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LA TEA INCENDIARIA

/ 26 de julio de 2021 / 18:59

¿Cuál es el origen de las últimas palabras de don Pedro Domingo Murillo? Existen tres versiones al respecto

La fría noche del 16 de julio de 1809 es recordada por el primer grito de la Independencia nacional, encabezada por el criollo paceño Pedro Domingo Murillo. Sucedió después de la procesión de la Virgen del Carmen, cuyo templo queda aún ubicado a dos cuadras de la Plaza de Armas, que en conmemoración al caudillo revolucionario fue rebautizada, durante la República, bajo el nombre de Plaza Murillo. La fiesta de la Virgen, como se acostumbra hasta hoy, estuvo acompañada por el profuso consumo de alcohol. 

El sonido de la Revolución se distinguió por los disparos de fusiles, que permitieron a los insurgentes asaltar el cuartel y apoderárselo; el repique arrebatado de las campanas de la Catedral, que reunió al vecindario en la plaza, hizo de fondo para los gritos del tumulto: “¡Muera el mal Gobierno!, ¡mueran los traidores!, ¡viva el rey Fernando VII!”.

La sublevación tuvo resultado victorioso. Logró deponer a las autoridades que fueron acusadas de conspirar a favor de la heredera borbónica Carlota Joaquina en contra del rey de España Fernando VII. Días después, el 24 de julio, se creó la Junta Tuitiva en la que Murillo, con el grado de coronel, fue nombrado presidente de la misma. Los objetivos fueron la proclama de la Independencia, el plan de Gobierno que cuestionaba algunas de las reformas borbónicas de finales del siglo XVIII, estableciendo el fortalecimiento del mercado interno y la alianza con los indígenas, quienes dejarían de pagar tributo.

Posteriormente, el comandante del Ejército Militar español, José Manuel de Goyeneche, hizo replegar a los revolucionarios hasta disolver la Junta Tuitiva, el 30 de septiembre de 1809. Murillo comenzó a ser perseguido hasta que fue apresado el 11 de noviembre y amarrado a la cola de una mula. Lo interesante es que, cuando rememoramos el aniversario de la ciudad de La Paz, cada 16 de julio, recordamos que el caudillo de la Revolución, antes de ser ejecutado en la horca el 29 de enero de 1810, dijo: “Compatriotas, yo muero, pero la tea que dejo encendida, nadie la podrá apagar, ¡viva la libertad!”. Frase que se ha convertido en un símbolo de la emancipación.

PATRONO. San Antonio de Padua,  en la iglesia de Santo Domingo de La Paz

El fuego ya estaba encendido

Murillo comenzó su carrera militar al servicio de la Corona Española. Tenía 29 años cuando fue nombrado teniente de fusilería para enfrentarse al ejército aymara comandado por Julián Apaza “Tupaq Katari” (Serpiente Luminosa) en 1781. Su primera hazaña fue retirar a varias familias españolas y criollas que vivían en los Yungas de La Paz, hacia la ciudad de Cochabamba. Así, alcanzó el título de capitán.

También lideró un ejército de 200 hombres al servicio del comandante Sebastián de Segurola. Y, según el historiador José Luis Roca, fue carcelero del comandante aymara. Al respecto, el movimiento indianista-katarista de la ciudad de El Alto construye la memoria del diálogo entre ambos líderes revolucionarios, previo a la ejecución de Tupaq Katari, el 15 de noviembre de 1781.

Durante una entrevista, el maestro amawta Mario Rayo, de la zona de Corazón de Jesús de la Ceja de El Alto, relató que Tupaq Katari se dirigió en idioma aymara a Pedro Domingo Murillo diciéndole: “Lunthat q’ara ninax wiytataxiwa, inapiniyatawa”. Entonces Murillo solicitó la traducción de esta frase, que puede ser interpretada como: “Ladrón opresor, el fuego ya está encendido, en vano nomás vas a hacer todo”.

Según esta versión, también reproducida en el libro Wiphala guerrera. Contra símbolos coloniales 1492-1892de Inka Waskar Chuquiwanka, el caudillo Pedro Domingo Murillo modificó la frase antes de ser ahorcado, plagiando al líder de la gran rebelión indígena. Por eso, Mario Rayo sostiene que “el 16 de julio, nosotros (los kataristas) recordamos el asesinato de nuestro Achachila, nuestro abuelo Tupaq Katari, no así la Independencia de La Paz, porque su lucha del Murillo es una mentira ¿no?”.

El proyecto de Katari veló por la autodeterminación política ante las reformas borbónicas de finales del siglo XVIII que, como describe la investigadora Silvia Rivera, fueron el emblema de la modernidad colonial, caracterizada por la violencia que impuso el régimen tributario: el quinto real, las alcabalas, diezmos u otras cargas fiscales, el monopolio de la coca, el reparto forzoso de mercancías y el reclutamiento de cargadores y llameros. Estas medidas afectaron el espacio del trajín colonial y, por eso, desataron la furia de la rebelión Katari-Amaru.

San Antonio Chapetón  En ese tiempo (1781), el criollo Murillo luchó contra las milicias indígenas que buscaban emanciparse de la Corona Española. Aunque, años más tarde (1809), las determinaciones más grandes de la Revolución coincidieron con el proyecto de Katari, pues los sublevados quemaron las listas de deudores y comprobantes de la Caja Real, declararon la inexistencia de los tributos e impuestos a las ventas, manifestándose en contra de las reformas. La diferencia fue que la primera lucha sometió a la población de la ciudad de La Paz a la privación de alimentos y agua, mientras que el proceso revolucionario de 1809 tuvo alcance popular.

Al terminar la rebelión, Murillo se dedicó a la actividad minera y ejerció el derecho en calidad de autodidacta. En 1805 participó en la fundación de “Los caballeros de América”, grupo de la masonería fundado en la ciudad del Cuzco. Allí comenzó a desarrollar ideas liberales. Ese tiempo, los rumores sostenían que los masones eran ateos, pero él fue devoto de San Antonio de Padua.

El historiador Ismael Sotomayor relata que, desde 1797, el español Agustín Bravo de Bobadilla instaló una botica en los alrededores de la Plaza Mayor, donde consagró a la imagen de San Antonio de Padua como patrón de su negocio. El boticario español era amigo de la causa libertaria, así que su negocio se transformó en espacio de tertulias.

A las siete de la noche, la botica de “don Acuti” cerraba sus puertas para recibir a Pedro Domingo Murillo, Mariano Graneros, Juan Cordero y Damián Vicuña. Los camaradas revolucionarios debatían sobre la política colonial y un día decidieron realizar el juramento patriótico: “¿Juráis, pues estar resueltos a llevar adelante nuestra obra y no temer sus consecuencias?”. Fue ante la imagen de San Antonio, quien al igual que el boticario era chapetón, es decir, recién llegado de Europa.

Meses más tarde, cuando Murillo fue apresado, su mujer llevó una imagen de San Antonio a la cárcel pública para que lo amparase. Él rezaba diariamente por su libertad, “pero el de Padua se hizo al sordo”. Llegó entonces el 29 de enero de 1810, y antes de dirigirse hacia la horca, encendió una vela al santo de su devoción diciéndole: “Esta velita que dejo encendida para San Antonio no me la han de apagar, porque es mi última ofrenda”. Según Sotomayor, este es el origen auténtico de la famosa frase de la revolución.

HOMENAJE. ‘Glorificación de Murillo’, de Joaquín Pinto (artista ecuatoriano, 1876). Está en el Museo Casa de Murillo

Versiones en la historia

La revolución del 16 de julio es un acontecimiento que debemos recordar casi por obligación para ser conscientes de los procesos históricos y sociales de Bolivia. En este caso, los recuerdos construidos en torno al proceso de emancipación se enfocan en las últimas palabras de Murillo, dejando de lado los procesos económicos que permitieron abolir la lucha independentista. 

Y es que, como describe el teórico literario Geoffrey Hartman, las explicaciones sociales de la destrucción pueden lograr lo imposible: permitir que los límites de la representación sean curativos, pero sin ocultar los acontecimientos que estamos obligados a recordar e interpretar para tener conciencia de nuestras sombras. Aquí existen varias versiones de la historia.

Para la historia oficial de Bolivia, las últimas palabras de Pedro Domingo Murillo simbolizan la lucha por la libertad y por la Independencia del yugo español. Contrariamente, el movimiento katarista interpreta las últimas palabras de Murillo como una modificación de las palabras que dijo el líder indígena Tupaq Katari, descalificando los alcances del proceso revolucionario y denunciando que criollos y mestizos de La Paz plagiaron un proyecto político que había sido planteado hace dos décadas. Finalmente, la versión de Sotomayor retrata al revolucionario católico que, sin haber recibido milagro alguno, nunca abandonó la fe.

No se trata entonces de encontrar la versión correcta o verdad histórica, sino de comprender cómo la historia se construye desde diferentes perspectivas, posturas y procesos ideológicos, que permiten construir las identidades sociales. Al igual que la tea de Pedro Domingo Murillo, la historia puede ser un instrumento incendiario que permite generar sentidos de pertenencia, reivindicación o la condena de diferentes grupos sociales. Algo que nunca se podrá apagar.

PINTURA. ‘La Ejecución de Murillo’, de Bernardino de Olivares (1900). El cuadro se halla en el Museo Casa de Murillo

FOTOS: GABRIELA BEHOTEGUY Y MUSEO CASA DE MURILLO

Nacho Marlats, retratista de culturas

En 2015 creó la comunidad iberoamericana de fotografía: Los Fotonautas, presente también en Bolivia

Reacio a poner pies de fotos, Marlats comparte su mirada del mundo

Por María José Richter

/ 20 de septiembre de 2021 / 12:11

Retratista de culturas. Así es como Nacho Marlats (1983), fotógrafo documental de viajes, se bautiza. “Si tuviera que definir mi fotografía, diría que tiene que ver con la gente y con sus entornos culturales. Intento retratar lo que es interesante visualmente, priorizo contar historias que son fotogénicas, contar historias desde el lenguaje visual. Siempre hay historias, pero si para mí desde lo visual no son atractivas, las descarto”.

Antes de pasar a este lenguaje, Marlats —nacido en Argentina, pero residente en Colombia— estuvo cerca, durante varios años, de la expresión escrita. Estudió Comunicación Social, egresó de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Sin embargo, el impulso nómada lo llevó a alejarse de esta profesión. Luego de trabajar en periodismo escrito y vivir en varios lados, entre ellos Brasil y Nueva Zelanda, se dio cuenta de que necesitaba un lenguaje más universal al cual dedicarse.

Hasta 2014 trabajó como fotoperiodista de la mano de la fotografía documental. “La reportería gráfica está más relacionada con la noticia, con las cosas de la actualidad y la coyuntura; en cambio, la fotografía documental lleva a crear proyectos a mediano plazo con un contacto con el ‘objeto de estudio’, por decirlo de alguna forma”, cuenta.

Fue así que aquel afán por generar contacto con el otro lo llevó a forjar un concepto propio sobre el lenguaje visual y una técnica singular. Alejarse de las corrientes establecidas y de los espacios cómodos se convirtió en su manera de labrar su propuesta, pero sobre todo en la forma de ahondar en la particularidad que hace de cada cultura una singularidad.

“Hoy por hoy la fotografía no trata tanto sobre las fotos, sino sobre los temas. Yo no voy por esa corriente, soy en ese sentido más clásico. Me gusta hacer fotos potentes y que hablen por sí mismas; no condicionar al espectador con el pie de foto. El lenguaje fotográfico es uno de los lenguajes más instantáneos, no vale la pena encasillarlo en un género”.

La fotografía, empero, reviste su verdadera pasión: el viaje. “Me considero 51% viajero, 49% fotógrafo. Si soy fotógrafo de viajes es porque viajar me gusta mucho, no puedo quedarme quieto. La fotografía es una especie de complemento. Tengo más años de viajero —50 países conocidos— que de fotógrafo. Cuando hago fotografías suelo hacer viajes largos, para mí la fotografía encaja dentro de lo que es una experiencia de vida, una especie de excusa para conocer personas y tener vínculos con las personas y culturas”.

LA GRÁFICA

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

Foto: Nacho Marlats

El retrato de Iberoamérica

Su fotografía recorre el mismo camino que su ideología, yendo a contrapelo de las nomenclaturas. “No me gusta la denominación de la fotografía de viajes porque como género, la única pauta que te da es que se hace en viajes. Hay mucho detrás. Dentro de ese abanico tan grande, me considero un retratista de culturas: para mí la presencia humana en la foto es fundamental. De vez en cuando me permito hacer fotos de paisajes o de arquitectura”.

Marlats visitó Bolivia por vez primera en 2006. “Me encantó. Siempre dije que era el país donde no había vivido que más disfruto de ir”. Una década más tarde, Los Fotonautas, la comunidad fotográfica creada por Marlats, se instaló en el país, siendo hoy “después de Colombia, el segundo lugar del mundo con más fotonautas, principalmente en Santa Cruz y La Paz y desde hace dos años El Alto”.

Los Fotonautas nacieron en 2015 en Colombia, luego de la llegada de Marlats a Medellín. Creó “Fotografiando Medellín”, que consistía en salidas gratuitas en diferentes partes de la ciudad. A ello le siguió Los Fotonautas, “una propuesta más académica, orientada a gente que quiere aprender sobre fotografía”.

En 2016 se llevó a cabo la primera edición de la FotoNaratón: una jornada en América Latina en la que, bajo la supervisión de un coordinador local (en Bolivia lo dirige Rosmery Chuquimia, de Amta Café), grupos de personas se reunían en las distintas ciudades para sacar fotos y luego participan de un concurso.

Desde 2017, la comunidad se ha extendido. Marlats y los inscritos empiezan a hacer viajes fotográficos por el mundo, sobre todo dentro de América Latina, donde también participan Argentina y Cuba. Para los viajeros, luego de la extensa pausa provocada por la pandemia del COVID19 , los próximos destinos, en los meses venideros, son Cuba, India y Egipto.

Combinar ambas prácticas es su forma de moverse y de alejarse de todo aquello que está explícito, nombrado y encasillado, y acercarse a los espacios, sitios y lugares donde se puede ahondar en lo particular. Niños de una colonia menonita en la pampa argentina; el interior de las casas de juncos en la isla de los Uros en el lago Titicaca peruano; hombres de la casta más baja del hinduismo llevando un cuerpo para que sea cremado públicamente a orillas de las aguas sagradas del río Ganges son algunas de las capturas que surgieron en estos viajes, y son, sobre todo, el retazo que retrata una vasta cultura.

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Escribir los ojos de la muerte: Un texto sobre un texto, un rezo, un canto

La escritora Paola Senseve escribe sobre el nuevo libro de Magela Baudoin

Magela Baudoin, escritora y periodista boliviana

/ 20 de septiembre de 2021 / 11:45

Nunca antes había leído así a Magela Baudoin. Comencé Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Plural, 2021) en un día de sol, transitando el camino a ver el mar, sintiendo mucho calor, humedad y un nudo que me oprimía el pecho. Venía de varias semanas sin poder abrir un libro porque las cosas prácticas y terrenales de la vida, como mudarse de país, conseguir una casa o inscribirse a un sistema nacional de impuestos, me tenían alerta, sin poder dormir ni ocuparme de cosas verdaderamente importantes, como leer.

Como quien toma una medicina que sabe que le hará bien, me obligué a entrar a la primera historia de este libro: Solo vuelo en tu caída. Hasta ahora, momento en que escribo estas líneas, no consigo entender qué es lo que hizo Magela o cómo me golpeó con este cuento. Es cierto, acabo de dejar a mi familia y mis hermanos son sencillamente lo más importante que tengo, pero aun racionalizando aquello, no puedo identificar las gotas en la inconmensurable profundidad de su océano. Qué inimaginable el dolor de perder a una hermana. Escribir la infancia puede ser una trampa por su complejidad. Todas hemos sido niñas, pero, ¿recordamos lo que es ser niñas?, ¿le prestamos verdadera atención a ese tesoro temporal mientras ocurre o simplemente lo atravesamos con vergüenza e inocencia? No lo sé. Qué difícil escribir como ha escrito Magela: con sangre, con médula de hueso, con espesor.

Las imágenes de este libro se pegan en la retina como un paisaje profundo y constante. Nunca había leído a Magela así, es cierto; pero mientras leo/veo a una mujer que mete sus manos en la mierda de un gran animal, recuerdo/veo a una niña que con los dedos se saca los mocos de sal y entonces entiendo que esta escritura siempre tuvo la impronta de la amenaza abisal. Ahora el ojo de una elefanta, su bestial capacidad de pasar días sin dormir mientras está en libertad y la frase “escapando sobre todo de los hombres”, me hacen llorar y llorar y llorar y no puedo detenerme.

Nuevamente es de mañana. Estoy sentada en un sillón amarillo que me gusta mucho, en una casa de gente que no conozco, quizá mañana no tenga dónde dormir, pero bebo café y pienso en que no quiero nunca terminar de leer este libro. Me siento muy cómoda aquí, aquí dentro del libro. Pienso también en Andrea Abreu que declaró en una columna que para ella leer era lo más cercano a un ritual religioso. Pues bueno, acá estoy yo, leyendo a Baudoin y supongo que, rezando extática, bien cerquita de diosa, de sus ojos que son los ojos de la muerte. Entonces, inevitablemente, pienso en los ojos de Magela. A veces, cuando leo, siento miedo de estar haciéndolo mal, porque me concentro tanto en el encadenamiento minucioso de las palabras y en la disección de las maniobras, que descuido un poco el seguimiento de la historia, o viceversa; pero acá, en este acá de Magela, no soy capaz de separar una de otra. La historia es el lenguaje y el lenguaje es cada movimiento.

Gracias Magela por, entre otras tantas cosas, hacerme sentir que no estoy tan mal. 

“Pronto me olvidaré de todo, lo sé”, leo en otro cuento… y qué miedo da olvidar, ¿no, Magela? Para evitarlo, la cabeza elabora distintas estratagemas, una de ellas es la capacidad de virar no solo al pasado, pero también al futuro, a un adelante que no hemos vivido aún pero que está asociado a la memoria; como dice uno de los epígrafes que dan inicio al libro, palabras de Lewis Carrol: “Es un tipo de memoria muy pobre la que solo funciona hacia atrás”. Y es interesante pensar que de esto también están hechos los sueños, de la combinación de memoria, deseo, proyección y lenguaje. Y, “por eso me apuro a escribir”, dice Magela en otro cuento, como ensayando esbozos de respuestas a las preguntas monumentales que hay en el oficio de la escritura. Escribir es recordar. ¿Es? Sí, pero con método, imaginativa, archivo, clasificación, orden (que puede ser caótico); es decidir cómo, qué, cuándo y dónde guardar lo elegido y trabajado. Es recordar cosas que no sucedieron o que se soñaron. Eso es escribir y Magela lo sabe. Eso es hacer poesía y Magela lo sabe.

Voy leyendo imbuida en el silencio de esta calle y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos me hace reafirmar que la poesía es lo único esencial que busco en la narrativa porque respondo a la necesidad de averiguar hasta dónde puedo sentir y saber que mis músculos emocionales siguen vivos. Poetizar, trabajar el lenguaje, es como descubrir nuevos sabores todo el tiempo. Poetizar la narrativa es hacer una película (o más) solo con palabras. Solo con palabras se puede lograr que se escuche la música, que se vean los colores, que se sientan las texturas, que haga frío, que haya excitación, que se pueda oler y tocar la sangre. Es todo eso; pero también es propiciar el entendimiento de que el mundo no es solamente lo que tú vives y ves y que tu verdad es solo eso: la tuya y una de las tantas.

Reconocer las verdades diversas es una cuestión de voluntad política y aquí está eso vibrando con constancia; su lectura nos sacude y nos hace abrir los ojos, no solo a la muerte, sino, a varios matices de la vida misma.

“Quiere tomarse todo el sol en un día”, escribe Magela en uno de sus cuentos. Recuerdo cuando mi amada Emma Villazón hablaba tan apasionadamente de torcer al lenguaje. Nunca lo olvidé y hasta ahora dedico, aunque sea una pequeñísima parte de todos mis días, a internalizar lo que quería decir. Leyendo a Magela entendí un poquito más sobre esa escritura que pone límites, ya bien minúsculos u oceánicos, donde entra todo, todo, todito. El lenguaje es como un elefante blanco y salvaje que queremos domesticar y primero hay que romper su espíritu y hacer que después nos mire de frente con su ojo triste.

Cada uno de estos cuentos tiene narradoras distintas, algunas tímidas, otras tremendamente osadas, que hablan sin contemplaciones haciendo caso omiso de tantos debeser o noseestila de la literatura y creo que han venido a enseñarme cosas de la escritura y esta máxima religión. Gracias, Magela, también, por presentarnos tan hermosos personajes: el papá que saluda hijito lindo, la madre que usa labial rojo y besa el espejo, la niña que escribe porque no puede hablar (esa niña somos todas), la asociación de esposas engañadas que bloquean el tren… la Flora, oh, por diosas, la Flora.

Ah, el sonido de la melancolía (o de la H) sumado a la concatenación de las palabras de Magela. Qué suavidad el contar desde ahí: “Más lindo en quechua, ¿no ve?”. Acá sigo llorando y llueve una tormenta con nombre de hombre y yo siento que tiene razón ella, que todo debe sonar más lindo en quechua, por ejemplo, el dolor de una madre que parió, que cría en quechua y que es expulsada mil veces, pero vuelve siempre. Me pongo a pensar en este último cuento, en cómo la Flora reza, porque tal vez hablarle a alguien que sabes que está, pero nunca te responde, es como rezar o en última, como escribir y todo me conmueve un toque más. “Un rezo, una invocación, un canto.”

“Cuantas veces puedes morir en un día” leo/rezo de nuevo. Y es que así quedé yo, en el sitio de este accidente/libro, esperando que mi ajayu vuelva, llamándolo: Paola, Paola, Paola.

Gracias, Magela, por tanta belleza. Gracias, por darme el primer libro que leí/recé en esta ciudad inmensa, ajena, monstruosa y hacerme recuerdo que de palabras está hecho el mundo: el tuyo, el mío y el de las otras.

Fotos: La Razón-Archivo

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Galletas llenas de pasión, creatividad y música

Valeria Salinas da rienda suelta a su imaginación: su Galleta Cassette, además, incluye seis canciones por la primavera

Valeria Salinas y sus creativas galletas

Por Mitsuko Shimose

/ 20 de septiembre de 2021 / 11:30

Un casete que solía guardar las grabaciones de los cantantes o bandas favoritas entre los años 70 y 90, podría estar hecho de harina, huevos, azúcar y mantequilla. Valeria Salinas Maceda ha dejado volar su imaginación para crear unas galletas únicas. Ella es creadora de la marca Cookie Lady VSM, que está vigente en Facebook desde 2017, y cuyo impulso surgió de su hermana, poseedora de una gran creatividad para promocionar sus productos a través de las redes sociales.

Como las galletas de Salinas son personalizadas, pensó que la música sería un complemento ideal para hacer regalos especiales, ya que las melodías forman parte de su cotidiano vivir. “Yo trabajo, horneo, decoro, hago todo con música. Me parece precioso poder dedicar una canción o que te la dediquen. Incluso hay temas musicales que marcan recuerdos con amigos y familiares, como la canción favorita de tu papá o la que siempre cantas con tu hermana”.

MÚSICA. Se debe escanear con el celular los códigos impresos en las galletas para escuchar las canciones

Así, después de varias pruebas, creó galletas que incluían una canción a elección del cliente. Es así que para celebrar el 21 de septiembre, lanzó la Galleta Cassette,en la que se incluye una playlist de seis canciones. La galleta viene decorada en ambas caras, lado A y lado B. Su  empaque es la de un casetede los años 90, pero con la tecnología del siglo XXI: los códigos que vienen impresos en las galletas se escanean con el celular y la música se reproduce automáticamente en Spotify.

Las galletas son una receta heredada de su abuela, a quien le encantaba la repostería. Generalmente son de sabor vainilla, aunque también están las especiales de chocolate y frambuesa, a las que se añade una cobertura con un toque de sabor a limón y cuyo diseño es decidido por el cliente. “He hecho desde personajes de Disney, pasando por galletas de morenada, diablada, caporales, hasta retratos. Las técnicas de decoración varían, pueden ser glaseadas, pintadas, acuareladas e incluso utilizando técnicas de aerografía. Además, hago galletas temáticas con relleno, galletas sorpresa con mensajes secretos en el interior, cake toppersde galletas para decorar pasteles, galletas rompecabezas, sets para pintar y galletas 3D”.

Una de sus muchas anécdotas vinculada a este emprendimiento es la solicitud de galletas que le hicieron para recibir al Team Nosiglia cuando volvieron del Dakar en 2018. “Personalicé tres medallas de oro para los miembros del equipo, cada una tenía sus nombres, los números con los que compitieron, además de la cinta con los colores de la bandera de Bolivia”. Pero eso no era todo. El pedido más grande fue un rompecabezas gigante de seis piezas de galleta. En cada pieza estaba un miembro del equipo con su moto o cuadratrack, además de un mensaje escrito de bienvenida. Al Team Nosiglia le gustó tanto este rompecabezas de harina, que terminó enmarcándolo como un gran cuadro.

Economista de día, haciendo investigación académica para su doctorado; y, “Cookie Lady”de noche, con su horno, sus ingredientes y colores… así transcurren las jornadas de Valeria, quien resalta que los sueños no se deben abandonar jamás y que es posible emprender a partir de la creatividad y los talentos que cada uno puede descubrir en sí mismo. “Si quieres emprender, ¡inténtalo! Haz tu mejor esfuerzo y las cosas se irán dando de a poco. Compite contigo mismo para tener productos que sean mejores que los que hiciste ayer”.

Fotos: Rodwy Cazón

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Atreverse a ser contemporáneos: una obra para todos nosotros

El performace ‘Vestigio’ de la coreógrafa Elena Filomeno se vio en Persona Casa Galería

Gaia Van Diemen

/ 20 de septiembre de 2021 / 11:21

Vestigios es una obra engañosa. La mirada inocente, no habituada a lo que el mercado ha nombrado hoy como “conceptual”, como “contemporáneo”, piensa que se trata de pura parafernalia visual o, peor aún, una obra sobre el intimismo. Es decir, sobre la vida de María Elena Filomeno y su relación con su abuelo, “una invocación a él”, dice la obra, y todas las escenas giran en torno a objetos que los unen: cartas, música, una radio vieja… Filomeno, para quien no sepa verla, parece simplemente pasar de una cosa a otra, del ruido, de la linterna, de la oscuridad, a la danza. Como si hacer piruetas sin sentido necesitase de mucho ensayo… Quizás por eso a muchos les parezca de las obras menos logradas de Proyecto Border, en ese sentido yo diferenciaría radicalmente al elenco (conjunto de dos o más) de esta obra que lleva el sello poético de Elena y promete futuras obras (de distinta dirección a las que haga en Proyecto Border) cada vez, seguramente, con mayor profundidad.

No se trata de que esta no tenga profundidad, sino que habrá que evitar dejarse hipnotizar por la parafernalia (que sí, evidentemente también está ahí) y atreverse a ver. Para el espectador crítico que disfrute leyendo los sentidos desplegados por la obra, la imagen se vuelve un detonador estético y político, aquí diríamos que el tema sobre el que se baila es una reflexión sobre la memoria y, por lo tanto, sobre el tiempo. No será esta un abordaje clásico o de tesis, como no es nunca en el arte: aunque algunas coincidencias podamos establecer con Foucault, por ejemplo.

¿Qué nos dice sobre ambos temas? Al contrario de lo que se podría pensar, nos dice que el tiempo es un espacio y que, de vez en cuando, es habitado por todos nosotros. Hablábamos de Foucault porque para el famoso filósofo francés, cuando habla de las heterotopias, esos espacios otros donde la sociedad deja que pasiones, circunstancias específicas, locuras, conocimientos y marginalidades, surjan (entre las que obviamente está el teatro por excelencia), habla de la importancia que nuestro tiempo le da al espacio. Aquí entonces parece que Filomeno da un paso más: no solo le damos más importancia, sino que el primero será el segundo.

Aunque tal afirmación requerirá del ya habitual ejercicio de análisis, en este caso, por motivos de espacio, dividiremos la proposición en dos y nos concentraremos solo en la segunda parte: 1) el tiempo es un espacio. 2) De vez en cuando, es habitado por todos nosotros. Decido concentrarme en la segunda pues contradice la lectura que más he escuchado: la obra habla de la vida privada de Elena y, entonces, ¿qué nos importa a nosotros los espectadores?

Para mostrar, entonces, que la obra nos pone en juego y nos invita a habitar la escena con la propia Elena Filomeno, me detengo en una imagen. La sala que en sí misma es bastante pequeña, Persona Casa, con solo 15 personas en sala— está en total oscuridad, ya han sucedido cosas antes: Elena se ha confesado parte del universo y se ha presentado. Pero ahora no vemos nada, nos oímos nada, ni siquiera podemos intuir su movimiento que es, en realidad, tan cercano. De pronto, Juan Carlos Arévalo (encargado de iluminación de la obra) enciende una linterna. Apunta a Elena, que se ha cubierto de una tela llena de lentejuelas o algún tipo de material que refracciona la luz en miles y miles de pequeños puntos, hilos, gusanos; morados, azules… Estos fragmentos de luz bañan toda la sala, por supuesto también al espectador.

El gesto es doble y radicalmente comprueba la importancia de ese todos de la proposición a argumentar, comprobando que Filomeno no es inocente, hace teatro para pensar con los espectadores. Por un lado, lo evidente es que el yo de la enunciación, la nieta, Elena, está cubierto. Se podría decir que es un centro, un eje, un sol sobre el que rondará el universo entero (porque eso parecen las luces que nos bañan). Sin embargo, ese sol no tiene luz propia, es el otro quien la ilumina. Así como el espectador será quien deba llenar de sentido cada una de las imágenes. Pero incluso antes de pensar en el espectador, el gesto será el de la refracción: ese sol apagado pone sobre la mesa su ser, pero el ser que se piensa es el de la división infinita.

División infinita, desarrollemos, en tanto dos sentidos: el primero, en tanto no habrá un hilo narrativo que construya a este sujeto, es un yo cubierto, pero infinito. El espectador no podrá reducirlo, porque además no está ahí donde parece. Su insinuación, entre gestos e imágenes, es la de un fantasma. No solo se invoca al abuelo, al invocarlo se invoca a la infinidad misma de la nieta. En segundo lugar, esa nieta, ese yo, es todos nosotros (¿por qué todos tuvimos un abuelo?, preguntará el inocente espectador). No por simple identificación, sino porque al incluirnos en tanto cosmos nos señala también nuestra división y ahí… la posibilidad, la libertad, de habitar nuestro tiempo y ser contemporáneos.

Fotos: Gaia Van Diemen

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Se acerca

El camino se hace difícil, moroso, con zancadillas y virus, pero ahí está, la luz al final de un cielo majestuoso paceño.

El cantautor paceño Manuel Monroy Chazarreta

Por El Papirri

/ 20 de septiembre de 2021 / 10:35

CH’ENKO TOTAL

Ya está cerca, se acerca, se lo ve como una luz bendita, ahí al fondo, un ruidito de gentes como grillos se avecina, es como un fueguito ardiendo a lo lejos, la altipampa sigue con sus porrazos, el camino se hace difícil, moroso, con zancadillas y virus, pero ahí está, la luz al final de un cielo majestuoso paceño.

Se acercan los niños cantando, felices: “si tu equipo es puntero de la cola”, “mañana hay paro movilizado”; sus caritas de luna se encienden de luces, uno se tropieza con el micrófono, a la hermosa de ocho años le encanta cantar Qué tal metal. Se acerca la historia del teatro, su fantasma preferido, el ingresar a la sala vacía, hacer reverencia, dos años hemos esperado, saludamos a los antiguos técnicos del teatro que mueven tarimas, alistan los pedestales. Los amigos músicos enrolan sus cables, saludan rápido, corretean en el fondo de la luz, son la luz misma. El Vico Guzmán, gran batero histórico, se olvidó unas baquetas, llama a alguien para que las traiga, “falta un monitoooor”, grita el Heber Peredo desde su trono de teclados.

Empezamos, tiemblan las rodillas, la gente aplaude, hay silbidos pero de alegría, Segalez con su guitarra me hace la seña de positivo, es la primera vez que tengo un guitarrista en 42 años, es que quiero bailar, librarme de ser base de esta construcción sonora compacta en su desorden. Le respondo la seña de positivo, estreno una guitarra que compré hace aaaños y que estaba en el ropero, tiene cuerdas de metal, salgo de mi zona de confort, las cuerdas de nylon son el confort, uta che, debería nomás tocar con la Sevillana, ¡ya, carajo! Sin llorar, Papirri. Entro a la luz de la escena y emprendo con el Kaluyo del retorno, sentida canción valluna sobre el migrante y su sueño de retorno. “Es que yo no tengo preciooo”, digo casi en lagrimón y me repongo en “tanto lío para eeestooo”. Antes, en el camerino, la productora me dice: “No hay una entrada, quedan todavía para mañana”. “Ufff”, digo pensando en la cantidad de músicos que tocarán en este concierto de presentación del disco 60Aen el Municipal de La Paz.

Ya está cerca, se acerca, se ve como luz bendita, el rito del recital, el calor del circo, el show y sus cabecitas anónimas, la fuerza que hay que sacar desde donde no hay fuerza, mucho le he dado a este cuerpo, che, está lleno de moretes, el hígado tiembla en sus humores, el corazón está hinchado, duele un poco el pecho, rezo a mis padres, debo sonreír, he perdido la sonrisa, ¿dónde se ha metido el humor? Bueno, menos mal las cancioncitas del final de la primera parte son para bailar, tengo que bailar, no me responde bien la pierna izquierda, se me acalambra, “trankilo, kilo”, dice la Carito desde el fondo de la escena. Entonces llega El barrilito, qué linda melodía hizo mi abuelo, en forma de gato, le puse la letrita en plena pandemia del año pasado, la magia del arte es efectiva, lo veo a mi hermano bailando a los tres añitos este gato que le regaló el abuelo. Entonces aparece el otro abuelo, El Olvidado, “mi abuelo nació en un puerto, navegante de la maarr”, digo y se me vuelve a quebrar la voz. Aparece el gran David Portillo con su figura mítica, siempre en sonrisas, y le cascamos tensos, emocionados a la Mamita Cantila, “estrellita de la mañana, madre de la luz, estrellita de la mañana, madre de Jesús”, otro asunto espiritual, bien, che. Llega la declaración de amor a La Paz, mi ciudad y otra vez se me quiebra la garganta, por suerte está Diana Azero, siempre lúcida, firme, apuntalando mas allá de su ego, atenta a todo. Raúl Flores se luce en su bajo, otro asunto espiritual, “yo te amo, mi La Paz, por su gente y su bondad, yo te kerooo”. Entonces a levantar el show, vamos a bailar, ya que no hay chistes, arriba las caderas, llega la cumbia suavita A casa de Gabo, arremetemos con un caporal bilingüe con las churras del Ballet Folklórico La Paz y su mini pollera, suena el charango de Ariel, fuerza ese caporal, “¡Camote! ¡Camote!”, grita la gente desde sus asientos, otro acto de amor este Camote. Terminamos la primera parte con el tema Ch’utis, danzando bien riquito.

Lo que viene en la segunda es la fiesta a la vida, el homenaje a respirar, el recuerdo como bálsamo, llega Alasita con su abundancia, Maribella insurrecta, aquellos Polvos del olvido que estremecen, los nenes suben de sus butacas a escena a cantar Qué tal metal, uyyyy, son muchos, demasiados, nos van a putear los del teatro, “La guacataya, la guacataya!” grita el público feliz, nos zapateamos en Bien le cascaremos, entonces me doy cuenta de que en la Metafísica popular ya no preciso estar, la cantan todos, los niños, los viejos, los jóvenes, las chicas lindas, las abuelitas y yo me voy calladito a mi casa mientras la gente sigue en el teatro, se prendieron con Los Canarios del Chaco que salieron a chacarerear. Todo esto pasará el 8 y 9 de octubre a las 18.00  en el Teatro Municipal de La Paz. Bien que has ido, che.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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