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LASTESIS: Un feminismo desde lo colectivo y la performance

LASTESIS. Dafne Valdés, Sibila Sotomayor, Lea Cáceres y Paula Cometa son las integrantes

/ 26 de julio de 2021 / 19:18

'El violador eres tú', pieza performática creada por el colectivo feminista chileno, hizo carne en mujeres de todo el globo

Yla culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía. El violador eras tú”, dice el verso más cantado en España, México, Turquía, Argentina, Chile y Bolivia de la performance creada por LASTESIS, un colectivo feminista fundado por cuatro jóvenes y reconocido por la revista Time como una de las 100 personalidades más influyentes de 2020, aunque la nominación resulta ser un detalle más en medio de una compleja lucha contra el patriarcado. Dafne Valdés, Paula Cometa, Sibila Sotomayor y Lea Cáceres, nacidas en Valparaíso (Chile) y a favor del enfoque interseccional, apuestan por un diálogo entre las tesis feministas y las manifestaciones artísticas como reivindicación de las mujeres y la comunidad LGTBIQ+. Y ahora quieren Quemar el Miedo.

—¿Cómo ven el movimiento feminista en Latinoamérica en un contexto de crisis sanitaria muy distinto a 2019 cuando, por ejemplo, las plazas eran espacios de lucha, de protesta?

—Está activo, aunque con la pandemia las prioridades van cambiando. La violencia doméstica ha sido un tema muy importante durante este tiempo; el confinamiento finalmente hace evidenciar aún más las formas de violencia contra las mujeres, infancia y personas de las disidencias. Así que hay luchas importantes y que en cuanto se pueda recuperar las calles van a florecer temas como el aborto, mientras tanto América Latina tiene que estar observando y constantemente  poniendo en su lugar a los agentes que finalmente resultan ser quienes proporcionan la violencia; visibilizando las prioridades que no son ni de derecha ni de izquierda, y construyendo las relaciones entre colectivas feministas, transfeministas latinoamericanas con organizaciones africanas, afrodescendientes, europeas y asiáticas que son importantes. Así que tenemos que estar despiertes, atentes y listes para reactivarnos.

—Ustedes incentivan a la acción en la lucha feminista. ¿Cómo hacerlo?

—Nosotras creemos mucho en el “hágalo usted misme” desde las herramientas que tenga, que pueden no ser muchas: no tienen que ser académicas, no tienen por qué tener un grado en arte, teatro o en lo que sea, sino que en verdad teniendo un cuerpo, son muchas las cosas que podemos hacer. Por ejemplo, nuestros vínculos con lo musical son absolutamente autodidactas, no nos dedicamos a la música, sin embargo desde que empezamos a trabajar en 2018 nos daba la sensación de que era muy necesario que tuviera un ritmo. Hay muchas cosas que se pueden hacer solo con el ímpetu y sin temor de nada. También creemos que ese activismo está en el cotidiano: en el cómo nos relacionamos con nuestra familia, cómo entendemos la construcción familiar, cómo comprendemos otros posibles vínculos de distinta filiación que no pasa por lo sanguíneo ni lo sexo afectivo; como también en lo laboral, este  activismo en el cotidiano como cuando voy caminando por la calle. Creemos que hay que estar todo el tiempo operando, lo que es un ejercicio bastante agotador, pero en ese sentido la lucha feminista es constante. Y en el contexto latinoamericano el diálogo entre el arte y el activismo, o sea, el artivismo, es algo muy potente y que a veces en los países del Norte no está instalado de la manera en que está aquí, de la manera en la que está en Chile, Argentina, Bolivia o Perú. Además, en nuestra lucha nos ha hecho sentido el diálogo con las personas de la disidencia del sistema sexo-género, con quienes compartimos tantas opresiones y creemos que tenemos muchos puntos en común en nuestra lucha y que juntes somos más fuertes.

La letra y la coreografía de Un violador en tu camino parecen sencillas, pero por detrás hubo un trabajo de investigación basado en el libro Calibán y la bruja de Silvia Federici. ¿En el camino que eligieron, por qué el cuerpo se convierte en uno de los protagonistas de la lucha feminista?

El cuerpo es el primer territorio que habitamos, y en el caso de mujeres y personas de las disidencias hay un tema de cómo el cuerpo se transforma en un territorio de opresión; un territorio de violencia que nos atraviesan en múltiples ámbitos que no tienen que ver solamente con las personas gestantes o con capacidad de gestar. Nos parece importante esa reivindicación; cuerpo como territorio y esa reapropiación como una herramienta de lucha y de resistencia. Además, eso se vincula directamente con esta creencia que tenemos en el potencial transformador de la performance, cuyo sustento, ya sea artístico o cultural, es el cuerpo. A lo largo de la historia hemos visto cómo las luchas muchas veces parten desde ese territorio oprimido, parten de ese lugar y el tema de vincular la performance con los feminismos o transfeminismos tiene que ver con eso, con esa potencia política que conlleva la apropiación del cuerpo que no es cualquier cosa como pareciera, como algo evidente, pero en verdad creemos que no, que ahí hay una vuelta importante, una lucha de muchos años pero que sigue en la actualidad.

—Son varias las manifestaciones artísticas que realizaron pero Un violador en tu camino reflejó un salto generacional; hubo adultas mayores cantando y realizando la coreografía en diferentes países. ¿Este salto fue buscado?

—Cuando generamos la intervención y definimos la coreografía, intentamos que fuera muy sencilla pensando en que una gran mayoría de personas pudiera ejecutar estos movimientos, eso era muy importante para nosotras. Y que los movimientos y la letra generarán una alianza, no una dicotomía, no una separación, sino que dialogarán. Y lo que sucedió con LASTESIS senior, personas mayores de 40 años, de alguna manera corroboró esa premisa. Era impactante lo que aquello significó, y lo mismo con este efecto sanador de la performance, con ese momento en el cual una misma apunta hacia afuera, algo sucede en torno a su experiencia de violencia sexual y que también fue algo que descubrimos cuando hicimos la performance en la calle por primera vez; como que antes eso estaba en el terreno de las ideas y hay cosas que solo se concretan cuando se realizan a través de la acción, en ese sentido tiene mucho que ver con lo performativo, o sea, con el cuerpo.

—¿Y cuál es el vínculo que tiene con los sectores populares, con los indígenas?

—No hay un vínculo directamente, pero nuestras convocatorias apuntan a todos los sectores económicos pero evidentemente hay una necesidad mucho más fuerte de hablar de feminismos en sectores populares en donde también los Estados y sus aparatos educacionales han minimizado de alguna manera la posibilidad de mayor información, por ejemplo, respecto al género. Eso quizás es una de las deudas que tenemos las feministas que venimos de la academia.

ACCIÓN. El violador eres tú de LASTESIS se replicó en las calles de diferentes países. Foto: LASTESIS

—“Feminazi” es un insulto que utilizan para descalificar el movimiento feminista. ¿Qué opinan sobre el adjetivo?

—Hicimos un video como respuesta en base a un texto corto de Paul B. Preciado que se llama Quemar el miedo, que va definiendo también un poco la idea de por qué te llaman feminazi, qué podría significar, qué pasaría si realmente fuésemos feminazis y si ejecutáramos las mismas violencias que el opresor histórico a la manera de los nazis. Como dice Paul B. Preciado, nos queda mucho, pero mucho margen para que nos llamen feminazis.

—En esta entrevista no colocamos las respuestas individuales, sino la postura de LASTESIS. ¿Cuál es la importancia que le dan al trabajo colectivo?

—Lo colectivo dialoga con lo político, con esa idea de potencia desde la colectividad y sin abandonar nuestras luchas personales, nuestras vivencias, nuestras propias realidades, violencia, etcétera; sino cómo a partir de lo colectivo logramos luchar en contra de estas violencias y opresiones comunes que compartimos. En esta idea del nosotras y no de la experiencia de una. Entonces, desde un principio para nosotras tenía mucho sentido el conformarnos como un colectivo porque también alude a una estructura que no es jerarquizada, que no es vertical.

—Este año presentaron dos libros. ¿Sobre qué escribieron?

—Por un lado está la Antología, donde compilamos teoría feminista de varies autores y escribimos el prólogo pero hay también poemas, dramaturgia, arte textil, diseño, fotografía, mostramos cómo las manifestaciones artísticas dialogan con lo teórico. Con el libro pensamos en acercar a personas que no tienen relación con los feminismos, que fuera introductorio, y también fue pensado para las personas que están dentro de los feminismos donde pudieran encontrar otras cosas. Y por otro lado está Quemar el Miedo, escrito en primera persona plural y desde el nosotras, considerando que la experiencia de una es la experiencia de todes. Lo que sale de ese libro son cosas que nos han pasado, pero lo que nos parecía muy importante era no hablar de nuestra biografía, por eso no le ponemos nombre y apellido, sino que desde el nosotras mostrar el cómo, en ese ejercicio de que la experiencia de una es la experiencia de todas.

—¿Y cuál será su próximo trabajo?

—Estamos entrando en una discusión con las pistas que nos entregan los estudios de urbanismo feminista; ver la relación del espacio público y el género como esta idea de que el espacio público, el urbanismo, digamos las ciudades están pensadas para el “sujeto masculino o neutral”, esta discusión en torno a la organización, pero desde esta perspectiva de género.

Libros indispensables según LASTESIS

— Género y disputa – Judith Butler

— La guerra contra las mujeres – Rita Segato

— Manifiesto contra sexual- Paul B. Preciado (Última edición)

— Calibán y la bruja- Silvia Federici

— Mujeres artistas- Flavia Frigeri

— Teoría King Kong- Virginie Despen

Ellas eligieron convertirse al Islam

Las mujeres musulmanas bolivianas decidieron seguir esta fe tras conocer esta comunidad que tiene más de 2.500 adeptos en el país

Por Claudia Fernández

/ 1 de agosto de 2021 / 20:13

Carolina recuerda que llegó a la mezquita, a metros del mercado Sopocachi, con ropa limpia que cubría desde los tobillos hasta los hombros, y un hiyab que dejaba ver solo el rostro, en ese momento su familia no sabía que ella había decidido abrazar el Islam. Segura del giro que estaba realizando, esperó a que finalice el Salat, oración de los musulmanes, y levantó el dedo índice de la mano derecha y pronunció en voz alta: “No hay dios más que Allah, Muhammad es el Mensajero de Allah”. Desde ese día empezó a usar el velo islámico, al principio solo en las oraciones, y después de seis años de su conversión definió utilizarlo de forma permanente.

En Bolivia todavía resulta llamativo ver a las musulmanas; algunas veces son vistas como símbolos de opresión, otras veces la curiosidad reina para adivinar qué hay detrás del velo y en algunos casos son confundidas con árabes, pero en nuestro país cerca del 100% de las musulmanas son mujeres que decidieron convertirse al Islam, la segunda religión monoteísta más extendida en el mundo. Se estima que hay 1.700 millones de creyentes en total, mientras que la comunidad musulmana en Bolivia llega a 2.500 sunitas —una de las dos ramas del Islam que surgieron desde la muerte de Muhammad o Mahoma en el año 632 para decidir quién tenía el derecho legítimo a liderar a los musulmanes— y los chiitas son un grupo aún más reducido, 50 personas.

“Jamás encontré algo que me ha llenado como el Islam y desde ese día mi vida ha cambiado”, expone Carolina, quien comenzó a leer sobre la religión en su celular una de esas largas tardes de trabajo. Ese interés desencadenó en la decisión de cumplir con la Shahada o testimonio de fe, en una América Latina que tiene uno de los más bajos índices de crecimiento de la fe islámica. En el caso de Nora, cambió de religión cuando tenía 50 años: “Tras la muerte de mi hijo no encontraba consuelo en nada, hasta que llegué a la mezquita”. 

“En La Paz tenemos mensualmente cuatro a cinco personas que se convierten al Islam y durante el Ramadán —mes sagrado y de ayuno durante el día— llegan a 10 las personas que abrazan la religión”, informa Ayman Altaramsi, presidente de la Asociación Islámica de Bolivia, desde la mezquita As-Salam, fundada hace 16 años en La Paz, la segunda en antigüedad. La primera fue fundada en Santa Cruz hace 30 años mientras que en Cochabamba, Sucre y Oruro habilitan espacios pequeños como lugares de oración colectiva.

MUSULMANAS. Las mujeres llevan el hiyab, que cubre cabellos, orejas y parte del cuello. Foto: MEZQUITA AS-SALAM

El velo islámico

Una de las costumbres musulmanas que no resulta fácil de integrar en la esfera social de países europeos y países latinoamericanos es el uso del velo islámico. En Bolivia no hay musulmanas que usan burka o niqab, prendas que cubren todo el rostro. Ellas eligen el hiyab que cubre los cabellos, orejas y parte del cuello.

“Aún hay algunos tabúes, muchas veces viéndonos con el velo piensan que somos personas oprimidas, que nuestros derechos están subordinados al esposo, al hermano o al padre, pero la verdad no es así. Por ejemplo, la religión nos permite trabajar y estudiar, lo importante es darle el tiempo adecuado a la familia. A diferencia de alguna cultura árabe que no permite que las mujeres sigan aprendiendo”, aclara Escarlet León, fisioterapeuta y madre de tres niñas. Ella eligió el Islam cuando estaba en la universidad, conoció sobre los cinco pilares de la fe islámica a través de un grupo de amigos palestinos.

“Además de la fe, llevar un velo necesita un grado de madurez en la sociedad donde vivimos. Hay hermanas que solo lo utilizan para las oraciones, pero su comportamiento ha hecho que den a conocer a otras personas que son musulmanas”, dice Escarlet.

Desde 2013 y tras una solicitud de la Asociación Islámica de Bolivia al Servicio de Identificación Personal (Segip), las musulmanas pueden salir con el velo en las fotografías de sus cédulas de identidad y pasaportes, esta aprobación mejoró el trato hacia las mujeres aunque no eliminó por completo los problemas por el uso del velo.

“Alguna vez en el banco te quieren obligar a sacarte el hijab y tenemos que mostrar la cédula y hablar con el encargado para que nos permitan hacer el trámite”, comenta Dana, quien se convirtió al Islam hace nueve años. La decisión la asumió después de ver el apoyo de la comunidad a una compañera enferma.

Que traten de quitarles el velo o les insulten en las calles son excepciones que viven las musulmanas en Bolivia, un país que reconoce la libertad de culto desde 2009.

SEDE. La mezquita As-Salam se encuentra en la calle Fernando Guachalla, en Sopocachi. Foto: MEZQUITA AS-SALAM

Las primeras de la familia

La mayoría de las creyentes del Islam vienen de familias que practican otras religiones. “Nunca les avisé nada, directamente me vieron con el velo. Al principio había un poco de rechazo por el desconocimiento hacia la religión, algunas amistades se me fueron y las verdaderas se quedaron; aquellas que sí realmente me aprecian, nos aprecian tal como…”, dice Dana, lingüista de profesión y antes de que termine la frase empieza a sonar un ritmo árabe en uno de los celulares. Es el muecín, que está llamando a la oración del mediodía. La entrevista hace una pausa mientras las musulmanas agachan la cabeza y cierran los ojos.

Cumplen así otro de los pilares de la fe islámica, el Salah: orar cinco veces al día, en dirección a La Meca, ciudad ubicada en Arabia Saudita y lugar donde nació el profeta Mahoma. Se puede rezar en cualquier lugar y cuando se quiere realizar la oración colectivamente se visita los viernes la mezquita. Además de las oraciones, hay otros pilares: el Zakat, dar limosna legal, los musulmanes eligen a quien ayudar; Sawn: cumplir el mes de Ramadán; Hajj: peregrinar a La Meca al menos una vez en la vida. Los principios de la fe islámica están en el Corán, libro sagrado que explica las vivencias y conocimientos del profeta Mahoma.

Finaliza la oración y continúa: “Algunos te dicen ‘cómo vas a ir a ese grupo, si son terroristas, si te van a agarrar y te van a encerrar’, pero eso no es el Islam”, menciona Dana. Esta división también la marca la Agencia de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados ACNUR; establece que el Islam se refiere a la religión monoteísta practicada por los musulmanes. No es lo mismo islamista que en su acepción generalizada, es la ideología que subyace al fundamentalismo islámico. Suele hablarse de “islamismo radical” cuando se trata de la tendencia ideológica que apoya la guerra santa y el uso de prácticas radicales como el terrorismo.

Una diferencia importante que se debe remarcar es que islamista no significa practicante del Islam.

ORACIÓN. Todos los viernes, los fieles se reúnen en la mezquita de La Paz para la oración. Foto: MEZQUITA AS-SALAM

Las cuatro esposas

Los musulmanes pueden tener hasta cuatro esposas al mismo tiempo bajo la jurisprudencia matrimonial del Corán; mientras que la práctica de que una mujer tenga más de un marido es un pecado en el Islam. “Al principio pensaba: ‘Si me caso, cómo voy a compartir a mi esposo con otras mujeres’, pero Dios es sabio y lo que dice el Corán es que el hombre cuando tiene dos mujeres tiene que darles todo por igual. Incluso tiene que ser equivalente en el amor”, reflexiona Carolina.

En Bolivia no se permiten los casos de poligamia y la mezquita celebra los matrimonios bajo las normas bolivianas. Es decir que primero se casan ante el Estado boliviano, que permite una sola unión a la vez. “Les llama la atención a los hombres eso de las cuatro esposas, pero el Islam dice ‘si tú no vas a ser justo económicamente y sentimentalmente con una o dos mujeres, no lo hagas, porque eso te va a llevar al infierno’. Y un creyente de Dios no va a querer nunca ir al abismo”, explica Escarlet.

En eso interrumpe un comentario con tono burlesco de una de las mujeres que están ahí: “Además,  a ver si aguantan también cuatro suegras”.

Luego de las risas y con un tono sereno, Carolina menciona que “el Islam pone en un pedestal a la mujer, si el hombre va por delante no es porque las mujeres tenemos que estar por detrás, es porque él las cuida, simplemente por eso”.

Se podrían escribir líneas y líneas sobre el rol de los musulmanes, sobre los pilares fundamentales del Islam y el rol de la mujer, se podría entrar en intensas discusiones, pero hay palabras que las musulmanas mencionan en varias oportunidades; respeto y falta de información sobre el Islam.

“Cuando nos ven piensan que nosotras estamos retrocediendo los derechos, no es así, porque nosotras respetamos su ideología. También pienso que tendrían que respetar nuestros principios y la forma en la que nosotros vivimos”, finaliza Escarlet.

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