viernes 22 oct 2021 | Actualizado a 15:32

Atreverse a ser contemporáneos: una obra para todos nosotros

Gaia Van Diemen

/ 20 de septiembre de 2021 / 11:21

El performace ‘Vestigio’ de la coreógrafa Elena Filomeno se vio en Persona Casa Galería

Vestigios es una obra engañosa. La mirada inocente, no habituada a lo que el mercado ha nombrado hoy como “conceptual”, como “contemporáneo”, piensa que se trata de pura parafernalia visual o, peor aún, una obra sobre el intimismo. Es decir, sobre la vida de María Elena Filomeno y su relación con su abuelo, “una invocación a él”, dice la obra, y todas las escenas giran en torno a objetos que los unen: cartas, música, una radio vieja… Filomeno, para quien no sepa verla, parece simplemente pasar de una cosa a otra, del ruido, de la linterna, de la oscuridad, a la danza. Como si hacer piruetas sin sentido necesitase de mucho ensayo… Quizás por eso a muchos les parezca de las obras menos logradas de Proyecto Border, en ese sentido yo diferenciaría radicalmente al elenco (conjunto de dos o más) de esta obra que lleva el sello poético de Elena y promete futuras obras (de distinta dirección a las que haga en Proyecto Border) cada vez, seguramente, con mayor profundidad.

No se trata de que esta no tenga profundidad, sino que habrá que evitar dejarse hipnotizar por la parafernalia (que sí, evidentemente también está ahí) y atreverse a ver. Para el espectador crítico que disfrute leyendo los sentidos desplegados por la obra, la imagen se vuelve un detonador estético y político, aquí diríamos que el tema sobre el que se baila es una reflexión sobre la memoria y, por lo tanto, sobre el tiempo. No será esta un abordaje clásico o de tesis, como no es nunca en el arte: aunque algunas coincidencias podamos establecer con Foucault, por ejemplo.

¿Qué nos dice sobre ambos temas? Al contrario de lo que se podría pensar, nos dice que el tiempo es un espacio y que, de vez en cuando, es habitado por todos nosotros. Hablábamos de Foucault porque para el famoso filósofo francés, cuando habla de las heterotopias, esos espacios otros donde la sociedad deja que pasiones, circunstancias específicas, locuras, conocimientos y marginalidades, surjan (entre las que obviamente está el teatro por excelencia), habla de la importancia que nuestro tiempo le da al espacio. Aquí entonces parece que Filomeno da un paso más: no solo le damos más importancia, sino que el primero será el segundo.

Aunque tal afirmación requerirá del ya habitual ejercicio de análisis, en este caso, por motivos de espacio, dividiremos la proposición en dos y nos concentraremos solo en la segunda parte: 1) el tiempo es un espacio. 2) De vez en cuando, es habitado por todos nosotros. Decido concentrarme en la segunda pues contradice la lectura que más he escuchado: la obra habla de la vida privada de Elena y, entonces, ¿qué nos importa a nosotros los espectadores?

Para mostrar, entonces, que la obra nos pone en juego y nos invita a habitar la escena con la propia Elena Filomeno, me detengo en una imagen. La sala que en sí misma es bastante pequeña, Persona Casa, con solo 15 personas en sala— está en total oscuridad, ya han sucedido cosas antes: Elena se ha confesado parte del universo y se ha presentado. Pero ahora no vemos nada, nos oímos nada, ni siquiera podemos intuir su movimiento que es, en realidad, tan cercano. De pronto, Juan Carlos Arévalo (encargado de iluminación de la obra) enciende una linterna. Apunta a Elena, que se ha cubierto de una tela llena de lentejuelas o algún tipo de material que refracciona la luz en miles y miles de pequeños puntos, hilos, gusanos; morados, azules… Estos fragmentos de luz bañan toda la sala, por supuesto también al espectador.

El gesto es doble y radicalmente comprueba la importancia de ese todos de la proposición a argumentar, comprobando que Filomeno no es inocente, hace teatro para pensar con los espectadores. Por un lado, lo evidente es que el yo de la enunciación, la nieta, Elena, está cubierto. Se podría decir que es un centro, un eje, un sol sobre el que rondará el universo entero (porque eso parecen las luces que nos bañan). Sin embargo, ese sol no tiene luz propia, es el otro quien la ilumina. Así como el espectador será quien deba llenar de sentido cada una de las imágenes. Pero incluso antes de pensar en el espectador, el gesto será el de la refracción: ese sol apagado pone sobre la mesa su ser, pero el ser que se piensa es el de la división infinita.

División infinita, desarrollemos, en tanto dos sentidos: el primero, en tanto no habrá un hilo narrativo que construya a este sujeto, es un yo cubierto, pero infinito. El espectador no podrá reducirlo, porque además no está ahí donde parece. Su insinuación, entre gestos e imágenes, es la de un fantasma. No solo se invoca al abuelo, al invocarlo se invoca a la infinidad misma de la nieta. En segundo lugar, esa nieta, ese yo, es todos nosotros (¿por qué todos tuvimos un abuelo?, preguntará el inocente espectador). No por simple identificación, sino porque al incluirnos en tanto cosmos nos señala también nuestra división y ahí… la posibilidad, la libertad, de habitar nuestro tiempo y ser contemporáneos.

Fotos: Gaia Van Diemen

La encarnación del recuerdo: ‘La última horquilla’ y el trabajo del olvido

Teatro La Cueva llenó —dentro de las medidas de bioseguridad— la platea del Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez con una obra sobre la memoria

Por Camilo Gil Ostria

/ 18 de julio de 2021 / 18:40

Volver al teatro no es un gusto por volver al típico hobby burgués que uno y otro disfrutarían porque entretiene y confirma un estatus de clase (porque todavía el arte en Bolivia algo de esto tiene y el teatro, como evento social, con mayor evidencia). Sino que es un gusto porque implica volver a ponerse frente a frente con la idea encarnada: con el acto de pensar el cuerpo del otro y de buscar el sentido ahí donde el lenguaje tiembla y los sujetos se conmueven. Ahí donde la vida misma transcurre y quien se sabe espectador se sabe también muriendo mientras mira a otros morir. Quizás por eso tantas lágrimas pude escuchar en la función de La última horquilla, obra dirigida por Darío Torres e interpretada por Alejandra Quiroz y Cintia Cortez (Teatro La Cueva), presentada el domingo 11 de julio a las 16.00. Quizá por eso la platea del Teatro Municipal, con medidas de bioseguridad, estaba al máximo de su capacidad: alrededor de 50 personas.

Decimos que la obra cumplió el objetivo básico de lo teatral (el de enfrentar al espectador con una idea), porque no es eso que parece: la historia de una niña sobreviviente de un deslizamiento, hecho tan común en nuestras montañas y que implica por supuesto perder seres queridos y hogar. No es eso porque el tono no es el del melodrama, el de la historia íntima que se exhibe, sino el del placer, la risa y el juego. Juego que cobra lógica y sentido en su relación con el recuerdo. Porque los personajes son dos: Sisi, la niña y Lele, el recuerdo. Es la segunda la que instaura un espacio, el de la suspensión: la obra no trata de mostrar la totalidad del mundo (de hecho, el afuera, lo real, es explícitamente suprimido: por ejemplo, Sisi cuenta que fue a visitar a su hermana para tratar de aclarar sus recuerdos; la visita, nunca se muestra en escena, se la narra). Pero esta suspensión pone en escena un deseo paradójico: Sisi quiere dejar de recordar al recordar.

La fórmula paradójica tiene el peligro de devolvernos al código del melodrama, el lector melodramático o psicologista podrá entender: para dejar de sentir el dolor que implica el recuerdo de la pérdida, deberé trabajar ese recuerdo para poder vivir con él. Pero en la obra el olvido es un real: Sisi, ya no como Sisi, sino como Silvia (su nombre del mundo real), se despide de Lele, no (solamente) en tanto tal sino en tanto su padre fallecido en el deslizamiento y el recuerdo desaparece. El problema es existencial: ¿cuál es el trabajo de la memoria?, ¿cómo me gustaría a mí hacerla trabajar?

En la obra el retrato del recuerdo es complejo, porque no solo implica al personaje en cuestión: que va y que viene, se nos dice, que a momentos concuerda en todo con el sujeto que recuerda y cambia (su blusa, mencionan, antes no era la misma), pero luego ya no tanto, y le dice que las cosas no fueron como ella dice que fueron. Sino que implica, aún más, un espacio y una forma de habitar el espacio. La escenografía es muy sencilla (aunque muy estética y funcional para el juego de las dos actrices), se compone por una superficie de algodón. Ésta llega hasta cierta altura, con tal de que las actrices puedan esconderse y desaparecer al cien por ciento a momentos o decidir mostrar solo fragmentos de sus cuerpos. Esta textura, la de una nube, es explicada en la obra. Los personajes están en perpetua caída, recordar es caer, no hay un fondo ni ningún lugar donde dejar de caer: en el mejor de los casos pueden fingir que vuelan y establecer una fiesta donde una es cabeza de la otra y la otra las piernas de la primera: así nadan entre las nubes y el nado no es cualquiera, sino, por supuesto, sincronizado. Espacio de la suspensión, ya decíamos, pero aumentamos ahora: la suspensión tiene sus reglas (sus sincronías) para sostenerse y al mismo tiempo su objetivo es dejar de suspenderse.

Las reglas y sincronías son en la obra de dos tipos: 1) técnicas, es decir, el juego se sostiene porque las actrices ponen todo su cuerpo en el juego, la música (de cuidada y detallada selección) aporta a las actrices los tonos de hablar correctos y las corporalidades adecuadas para que, incluso cuando el volar no es explícito, el espectador las vea volar. 2) conceptuales, el texto establece con claridad una diferencia entre el mundo de la Verdad, de la Idea, con mayúscula, que es el que la suspensión insinúa, pero que es imposible de ver (como Godot). La insinuación es tan trabajada en el texto que, incluso la lógica del absurdo y del sinsentido, contamina con juegos verbales y fonéticos la totalidad de la obra.

Ambas nos llevan de nuevo al espacio de lo cliché: el teatro como lugar de la memoria, el teatro no debe dejar al espectador olvidar cierta conciencia histórica que suele pasar por hechos concretos. En este caso el recordatorio de la obra se escapa al cliché y se acerca a la filosofía de Gilles Deleuze: en una famosa entrevista él dice que la memoria no debería ser un archivo donde acumular inservibles, sino que la memoria tiene el difícil trabajo de olvidar para entonces poder hacer, desear, agenciar. Acabemos entonces desplazando un poco el doloroso olvidar de Sisi. Pues ella olvida no solo a su padre, sino a lo terrible de la muerte, al padre…

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Sobre el Teatro de Los Andes o del dilema del hijo ante el Padre

La muerte de las artes, con énfasis en el teatro y sus formas de hacerse en Bolivia, se cierne como reflexión en tiempos de pandemia

Foto: wordpress.com

/ 20 de mayo de 2020 / 16:28

1. Lo dijimos en el anterior escrito, ciertas formas del arte se confirman hoy muertas: podría hacer un listado de éstas, pero sería infinito; resumamos: si puede ser nombrada, está muerta. Pero dijimos también que existen dos matices, íntimamente ligados, en primer lugar, que la muerte, cese de toda vida, contradictoriamente tiene todavía una potencialidad: la de recordarnos aquello que ha muerto, sus causas, su historia, no solo en un sentido enciclopédico. En segundo lugar, que a la muerte hay que llorarla, o algo así se dice en el Hamlet de los Andes, escrita por Diego Aramburo, y que yo pude ver en el festejo de los 25 años del Teatro de los Andes, sobre los que de forma tangencial escribiré aquí con el mayor cariño.

2. Un hombre al centro del escenario, algo dice, su voz truena, es intensa, es fuerte, conmueve; algo pasa, todo sale volando, un terremoto ha arrasado con su alrededor, pero no solamente, también con él, ahora su voz tiembla, su pantalón salió volando… En un sol amarillo pone en escena una poética evidente, señalada de todos modos por Julia Peredo en su tesis de licenciatura, pero que ella no se atreve a nombrar: “La obra está centrada en la injusticia que ejercen los poderosos frente a los desvalidos”, señala, además aclara que la suma de voces recopiladas (una pluralidad) son sintetizadas en una sola voz.

No dice que esa moral quiere convencer al espectador de una posición, busca, a la manera de las obras de Raúl Salmón estudiadas por Karmen Saavedra, su pasividad. “Sí, qué terribles son los políticos”, dirá el espectador luego de ver la corrupción en la obra, le tirará papeles, jamás pensará en ser político (en el sentido amplio de la palabra). Peredo habla de Brecht y de cómo Los Andes generarían una distancia crítica; sin embargo, los mismos elementos que ella ennumera (división dicotómica entre agredidos y agresores, la caricaturización de los segundos que logra identificación con los primeros, el humor en tanto sátira…) va en sentido contrario. Brecht también tenía una moral, diría ella, y tiene razón: ambos están muertos, matizando que la moral de Brecht, diría Benjamín, no era impositiva.

3. En dicho festejo vi mis primeras obras del famoso elenco nacional. Sí, no vi La Ilíada, La Odisea, Frágil, Otra vez Marcelo y otras obras que, dicen los sabios, marcan su mejor época, aquella liderada por César Brie. Pero confío en que esa moral, esa forma de hacer no haya variado sustancialmente (lo que no implica que los resultados sean técnicamente iguales) y es por eso que son lo que son: el ideal del teatro boliviano para muchos hacedores (casi todos los elencos hoy utilizan ejercicios provenientes de la Antropología teatral de Eugenio Barba, que obviamente llega al país con Brie) y críticos. Por lo tanto, son (un nuevo) Padre con las luces y sombras que tiene este término.

4. Así se vuelve interesante que hayan montado Hamlet, un hijo colocado en un dilema ético: el de constituirse como sujeto o el de replicar una subjetividad anterior (la de su padre que, también, se llama Hamlet; juego de dobles con el que Shakespeare estaba muy familiarizado). Los Andes resuelve fácilmente ese dilema, al final de la obra, los personajes se estancan en una puerta, afirman que están cansados de la venganza, faltaba un beso y abrazos, se retiran tras tanta confusión. Así, aunque no lo noten, siguen el camino del Padre, marcando una ley (matar o amar, da igual), ley que dicta y no deja al hijo progresar, pensar, ser un “sujeto que dirige su deseo”, diría Barthes. Así se aclara la poética marcada en la otra obra mencionada: primero hay que conmover, convencer, luego predicar; movimiento de la retórica clásica. Maticemos: un corpus clásico puede convertirse en un espacio “donde se pueda desear”.

5. Demos un salto mortal. El 2018, cuando gané el premio de crítica que quizás me impulsó a seguir escribiendo aquí, tenía entradas gratis a todo lo que se presente en el Teatro Municipal y, por supuesto, iba a todo. Llegó Luis Lugo, pianista cubano de —según dicen— alta fama internacional. El espectáculo no llegó a la cantidad de gente requerida y fue cancelado, sin embargo, el pianista decidió (ya que seguramente iba a pagar una multa, según normativa de teatros municipales) usar esa noche para grabar algunas de sus canciones. Yo tenía privilegios y, sin que me vea o me note, me senté en un palco a escucharlo.

El teatro vacío o, quizás, lleno de fantasmas. Él, solo con su piano, en el escenario, sin ropa formal, desarreglado. Tocó y aunque no recuerdo qué tocó, jamás olvidaré su intensidad: era un mar que se movía, sin demasiado esfuerzo, pero con el dolor de cada una de sus olas; era un llanto contenido en cada tecla, en el rechinar del viejo piano y a la vez era una fiesta… Los Andes logran (en el mejor de los casos) eso, la muerte tiene su potencialidad: la de recordarnos su peligro, la de hacernos creerla viva. Y si no la lloramos estaremos condenados a repetir el camino del Padre, cuando la lloramos borramos su peso, somos hijos ante el dilema, ante el caos. Y del caos es de donde empiezan las creaciones…

Camilo Gil Ostria – crítico

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Jazzmany Vasquez: mixtura convergente

Detector de estilos

Jazzmany Vasquez Foto: Christian Calderón

/ 18 de septiembre de 2019 / 10:20

Son tres las estéticas que Jazzmany Vasquez —fotógrafo y Dj, también conocido como Criminal Chuta— junta en su día a día, casi como una mixtura que sale de distintas épocas y lugares. Éstas son, comenta el artista, el estilo de los crooners, cantantes masculinos de los 40 y 50; elementos tradicionales de la cultura popular boliviana, y, finalmente, elementos contemporáneos que vienen de artistas trap, del hip hop moderno y del reguetón.

“Desde antes yo ya utilizaba mucha ropa formal clásica, porque me gusta la estética del jazz, de los hot clubs, donde la gente tocaba, bailaba; se usaba el abrigo, el sombrero y siempre con un cigarro en la boca”, comenta el Dj. Pero estos elementos no entran sin modificarse: cuenta que el otro día su papá le regaló un sobretodo que era demasiado largo, así que Jazzmany lo cortó, para dejar un saco elegante, aunque con un toque urbano.

Los elementos de la cultura popular boliviana se vuelven detalle importante para su estilo. “Siempre llevo algo que identifique mi contexto, como el chaleco que uso, es del norte de Potosí. El hecho de que sea bordado por una comunidad me llena al usarlo”. De la misma manera usa un anillo que representa el busto de un toro, “no como símbolo de opulencia, sino de las tradiciones milenarias”, o pines de t’ant’awawas. Uno de ellos representa a su abuela, a quien siempre lleva consigo. “Trato de no ser ofensivo con la gente del norte de Potosí u otras regiones que usa esa ropa por creencias, pero comparto mucho de lo que sienten y me identifico, pues al final es mi cultura también”.

Finalmente, las camisas floreadas, las uñas pintadas o las gafas oscuras provienen del ámbito contemporáneo. “Solamente son estéticos”, afirma el músico, quien les resta importancia, pero en el fondo actualizan una vestimenta, dando al estilo un nuevo brillo.

Y es que, para él, la moda es también una forma de generar empatía “con un diseñador reconocido o una señora que teje”, es “identificarse con ellos y mostrarse ante los otros”, es una postura que resulta del medio donde se mueve y de sus experiencias de vida. “Si fuera abogado o médico no podría vestirme así”, concluye Vasquez.

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¡Atención! Genios trabajando

Cuatro destacados jóvenes representarán a Bolivia en un mundial de robótica enfocado en problemas medioambientales

/ 18 de septiembre de 2019 / 09:52

Usualmente los colegios no tienen una materia de robótica o un laboratorio especializado. No es diferente el caso de la Unidad Educativa del Ejército (UEE). Pero, tal como se une una pieza con otra para hacer algo más grande, estos jóvenes genios se juntaron para no dejarse frenar y, trabajando en la casa de su capitán de equipo e iniciador del proyecto (preparada con mesas movibles, herramientas, espacio vacío y mucha luz), formaron un club de robótica. Como resultado, cuatro de sus miembros irán este año a representar a Bolivia en el First Global Challenge.

Este concurso tiene como objetivo afrontar los grandes retos de la ingeniería (por ejemplo, la contaminación de los océanos) y fomentar el amor por las ciencias. Esto se logra con distintas rondas donde se une el equipo con otros dos de distintos países y, juntos, se enfrentan contra otros tres grupos. Durante dos minutos y 30 segundos, sus robots recolectarán contaminantes en un escenario simulado y los depositarán en áreas de tratamiento.

Será la tercera versión del concurso, que se llevará a cabo del 24 al 27 de octubre en Dubái (India), con la participación de 175 países. Bolivia participó en eventos de años pasados, que se realizaron en Washington y en México D.F. En ambos casos fueron equipos de Sucre los elegidos a través de un torneo nacional de la Universidad Mayor San Francisco Xavier. Este año, entre 3.000 participantes, se eligió el equipo de la UEE.

¿Cómo llegaron estos jóvenes a desarrollar habilidades en el área? Robert Jordán Funk, comandante de la UEE, cuenta que “dos de ellos empezaron en una feria en la unidad el año pasado, hicieron una silla con movimiento mecánico para personas con discapacidad”. Por ello fue que se prometió la construcción de un laboratorio. 

Uno de ellos es Geovanny Ghilmar Tórrez Turumaya, líder del equipo y apasionado por la robótica desde sus seis años. Actualmente tiene 17 y su liderazgo se nota no solo por sus conocimientos en programación y diseño mecánico, sino también por sus habilidades sociales: se apresura en responder las preguntas, escucha a sus compañeros, complementa los comentarios de los otros…

Pero ningún miembro del equipo se queda atrás. Su mano derecha, desde el inicio, es Nicolás James Sánchez Leytón, encargado de la mecánica del robot. “Es necesaria mucha creatividad para hacer robots”. Con sus 16 años pasó por legos, arduinos y, ahora, piezas más complejas.

Marina Reinheimer Koizumi, encargada de comunicación, de 16 años, cuenta que pasó un tiempo en Japón, donde empezaron a interesarle los robots. “Pero aprendí más con el club”, afirma. Ella habla cuatro idiomas de manera fluida (español, inglés, japonés y portugués), por lo que es importante para el equipo en la difusión, pues First Global exige compartir sus avances en línea. “Tuvimos una videoconferencia con el equipo de Estados Unidos, y con la conversación hicimos varios cambios a nuestro diseño original. La anterior versión era demasiado compleja y tenía más probabilidades de fallar”, dice.

Finalmente, Pablo Marcelo Pacheco Bohórquez, encargado de la programación, aprendió sobre su área en Cochabamba, en Jalasoft, una de las pocas empresas de software boliviano. Igual de 16 años, amante de la creación de aplicaciones para teléfono celular, sueña, como su equipo, con  poder ayudar a través de la tecnología.

Todos han mejorado en el proceso, usan términos complejos a cada paso y se detienen a explicarlos. First Global ha potenciado sus conocimientos. “Para aprender a programar y armar el robot empezamos viendo videos de First Global, que te explican cómo funciona cada parte, etcétera, pero éstos no son muy extensos, son muy básicos, así que la mayor parte es prueba y error”, comenta Nicolás.

El camino no ha sido fácil. “Nosotros trabajamos de tres de la tarde a 10 de la noche todos los días”, informa Geovanny. El modelo que elaboran para el concurso está en un 20% de su desarrollo. En él utilizan el kit oficial de First Global Challenge, que fue el premio de la competencia en Sucre, donde se usaban arduinos muchos más simples que éste. “La mecánica es lo más complicado, es un robot que se hace en meses”, complementa el capitán.

El objetivo de la competencia es claro. “Existen dos tipos de contaminantes, los micro y los macro —explica Geovanny—, ganas puntos por recolectarlos y colocarlos en las plataformas: hay una a nivel del suelo, otra a nivel medio y otra muy arriba”. El reto es difícil pero, con una sonrisa ya ganadora, indican que no importa tanto el premio principal, sino que existen otras categorías a las que apostarán y que, de todos modos, nada los desanimará de seguir aportando al mundo desde la ciencia.

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El arte de la fermentación

Imilla Alzada, un restaurante en Cota Cota que produce pizzas y cervezas artesanales.

/ 11 de septiembre de 2019 / 00:00

Nuestra imilla es la levadura, porque la levadura alza cosas”, explica Sukko Stach,  dueño del restaurante de Cota Cota. La pizza, la cerveza, el pan, la sidra y el vino tienen algo en común: todos son fermentados. Éste es un proceso que simplifica sustancias y que, a veces, las levanta. Así se revela la razón de su nombre: Imilla Alzada, espacio que trata de ser dinámico, en constante mejora, pero, a pesar de todo, simple. “Al final es un espacio relajado para compartir un buen rato, sea con tus amigos, tu familia o tu pareja”.

Stach se crió en el área gastronómica: su papá y su mamá tenían restaurantes. Ella lo dejó hace unos 10 años, él lo mantiene en vigor. A sus 18, fue a estudiar diseño industrial a Canadá y empezó a trabajar en este rubro distinto. “Entré al que era uno de los mejores restaurantes de ese país, que estaba entre los primeros 50 del mundo. Me cambió la barra de expectativas, yo nunca había experimentado un nivel tan alto”. Este restaurante cerró, pero él no dejó de moverse, ascender y aprender. “Durante siete años trabajé en Toronto en el ámbito de restaurantes, unos más chicos, otros más grandes”.

A sus 26 años regresó a La Paz con el objetivo de abrir un local. Tres ya han sido sus emprendimientos: empezó con el café Antigua Miami. Luego abrió Hay Pan, una vinoteca. Finalmente, este tercer negocio sobre un producto que lo obsesionó desde el principio. “Cuando volví a Bolivia había como siete cervecerías artesanales, ahora hay más de 50”, señala Stach. Al ver la oportunidad estudió el tema a fondo.

“Hay gente que lee libros, yo leo recetas de cerveza”, afirma animado. Así, primero, creó la cervecería gitana Miskki Simi, que funcionó maquilando con cervecerías privadas. “Yo siempre digo: para hacer pan no necesitas un horno, necesitas conocer a alguien que tenga un horno”, indica el dueño. Hasta que tuvo un problema con una de ellas y decidió abrir la suya.

Volvió a Canadá a aprender a hacer cerveza durante seis meses. Luego colocó una pequeña fábrica en la zona de Sopocachi. Ahí elabora el producto que sirve en el local mediante grifos: de barril, cuya carbonatación es diferente, dando a la cerveza un toque muy fresco y permitiendo diferenciar las esencias cítricas, pero sin caer en lo dulce. Sus sabores van rotando, siempre cuatro disponibles en cada visita. “Ahora se nos acabó la de tamarindo y llegó una de maracuyá”, porque “no es divertido hacer lo mismo 100 veces”, afirma.

La elaboración del producto necesita la importación de casi todos sus ingredientes, lo que lo llevó a explorar otras opciones. “He empezado a hacer sidra, di una vuelta a Bolivia buscando manzanas”. Y el vino, como en su anterior negocio, es fundamental.

Así se va armando Imilla Alzada. “Pero no puedo servir chelas solas”, admite el propietario. “Hay pocas cosas que realmente te antojas al beber una cerveza, la pizza es una de ellas”. Al ver el espacio pensó inmediatamente en una pizzería. Para él hay una espiritualidad en esta comida: llena emocionalmente, no tiene distinción de clases sociales o de edades. “En occidente, todos nos hemos criado de una manera u otra con pizza; el otro día atendimos un cumpleaños de 20 años y otro de 90”. Para Stach, el encanto es que conoces lo que pides, de esta forma lo demuestran sus sabores clásicos: una masa de textura suave y delgada, con los ingredientes apropiados para lograr un sabor intenso.

Buscando, contacta a Teddy Tantani —jefe de cocina—, quien está haciendo su “tesis sobre masas madre. Ésta es especial, se tarda tres días en fermentar, tiene una textura heterogénea y es más fácil de digerir”. Un obsesivo para otro obsesivo. “Es mi compañero perfecto, estamos juntos desde el día cero”, dice. Ellos hicieron el horno de barro, decoraron y plantaron trepadoras que ya crecerán por todo el lugar. El verde jardín (ubicado en la calle Álvarez Plata Nº 50, Cota Cota) tiene campo para seis o más mesas, esto se complementa con un espacio semiabierto, ambos armonizados por música tecno, jazz…

“La idea es que sea un oasis para toda la familia”, añade. “Nos gusta cuando en la tarde vienen niños y corretean, comen pizza. Es un jardín y es para eso”. Recomienda ir a las 17.00, hora en la que abren de martes a viernes (los sábados están desde el mediodía, hora aún más recomendada). “Aquí se llena a las 20.30, pero hay gente que sale de la oficina a las 17.00 y puede venir. El espacio es abierto y, aunque hay calefacción, es necesario abrigarse en las noches”. Aun así todos vuelven, algunos con extraña frecuencia. “Hay una pareja que viene tres veces a la semana y siempre pide lo mismo”, señala entre risas.

“Vamos unos tres meses y ya nos han nombrado la sexta mejor pizzería de Sudamérica, la mejor pizzería de Bolivia en un blog con más de 1.000 seguidores, nos han comparado con la mejor pizzería de Dinamarca…”, enumera orgulloso Stach. “Hagamos pizzas, hagamos hotdogs o tucumanas es cuestión de ponerle el 110%”, concluye este experto, pero experto no solamente en restaurantes, sino en éste que es el arte de la fermentación.

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