martes 30 nov 2021 | Actualizado a 02:45

Recoleta: Un mall ecosustentable late en Sopocachi

MARCAS. Tiendas ecosustentables y que buscan el cuidado del medioambiente se han instalado en los dos pisos y los patios de la casona

/ 17 de octubre de 2021 / 19:33

Comida, ropa, productos de belleza, libros, café, tragos artesanales y música en vivo conforman la nueva propuesta ecosustentable paceña

Yo siempre he creído en las alianzas”, cuenta con entusiasmo Martina Eguino (26), dueña de la idea de la Recoleta en La Paz, el nuevo ecoespacio ubicado en la avenida Sánchez Lima (en el pasaje Carranza) y abierto todos los días de 10.00 a 21.00. El proyecto, sin embargo, tiene su precedente en el otro extremo del país: Recoleta Santa Cruz, instalado en el barrio de Equipetrol desde julio del año pasado, ofreciendo desde aromaterapia y degustación consciente, hasta vestimenta sustentable y comida vegetariana. Las pioneras de la propuesta en la ciudad cruceña son Cinthia Zeballos de Salvé Bolivia y María Laura Castedo, Valeria Hinojosa y María Julia Castedo de Ecomentalízate, una tienda multiproducto eco friendly. 

Rodwy Cazón

Por aquella creencia en los lazos, Eguino decidió trasladar aquella novedosa oferta a la ciudad de La Paz. “El año pasado les escribí a las personas de Ecomentalízate apenas supe de su tienda. Fuimos junto a mi tía Victoria Ossio, del refugio de animales Senda Verde a conocer Recoleta. Cuando llegamos, dijimos ‘esto es más que una tienda eco, esto es una casa’. Mi cabeza explotó y les dije que me gustaría hacer una alianza, que es en lo que creemos”, recuerda. Hoy, Recoleta Santa Cruz, decorado completamente con elementos reciclados, tiene más de 60 submarcas que ofrecen sus productos.

Una antigua casa de Sopocachi acoge esta nueva propuesta. Cada marca, con su propia decoración, se acomoda en un ambiente del inmueble en específico. Música de fondo. Un café en el living. Espacios cerrados, y otros abiertos, resguardados por los árboles. Dos pisos de oferta y los patios. “No quisimos cerrarnos al nicho de la zona Sur. Esta fue la primera casa que vimos, nos encantó la vibra, que sea retro y que tenga grandes espacios. Decidimos tomarla de inmediato”, relata Eguino. Hoy Botanika, Salvé, Ayurveda, Ecomentalízate, Bru Coctelería Artesanal, Ágape por Green Salad, Senda Verde y Lectura son algunas de las tiendas que acomodaron sus productos en la residencia de antaño.

Rodwy Cazón

Propuestas locales y sustentables

Las marcas están tejidas por un mismo hilo: los productos sustentables. “La idea nace de la necesidad de la ciudad de tener espacios donde el gasto sea más reflexivo. Quieres comer local, hay productos para ello; quieres comprar ropa de segunda mano, pero modernizada, está Salvé; y así sucede con las diversas marcas”. Pero el consumo consciente es solo el plus. El objetivo mayor es que Recoleta sea un rincón donde la gente coincida.

“Que sea un lugar de encuentro, que la gente venga porque le gusta el ambiente, los productos, los tragos, el café y la comida; en fin, que se sienta en casa. Las personas pueden quedarse horas trabajando y estar cómodas”, explica Eguino. A ello se suma una propuesta que se irá forjando paulatinamente: una agenda cultural con arte completamente local y, en algunas ocasiones, con un propósito mayor.

Hace unas semanas, Recoleta reunió a los músicos Vero Pérez, Prana, Agadá, Piel Morena, Nia Cole y Poche Ponce en beneficio de los bomberos voluntarios que combaten los incendios en la Chiquitanía. El evento fue organizado por el movimiento juvenil en Bolivia Fridays For Future.

“El objetivo fue que la gente sepa que se puede ayudar así, pasando un momento ameno, y ser conscientes de lo que sucede en el país”, comenta Eguino.

“Si hay gente de teatro, si hay poesía… la idea es tener siempre algo, desde actividades para niños hasta música en vivo. Estamos intentando ser un centro donde siempre haya eventos. Lo ideal sería tener una lista de acontecimientos mensuales, pero por ahora soy solo yo y se me hace difícil. Que venga una banda, por ejemplo, implica varias cosas: el sonido, los instrumentos y demás, que iremos trabajando de a poco”, señala.

Mientras tanto, Recoleta espera a sus visitantes paceños para una renovada experiencia sustentable.

LA GRÁFICA

GESTORA. Martina Eguino, parte del directorio de Recoleta La Paz

Foto: Rodwy Cazón

Foto: Rodwy Cazón

Foto: Rodwy Cazón

Foto: Rodwy Cazón

Fotos: Rodwy Cazón

El Astroamauta, un traje galáctico

El proyecto del fotógrafo Gonzalo Laserna y del diseñador Luis ‘Cucho’ Arce está hecho con materiales reciclados

/ 29 de noviembre de 2021 / 15:32

Inspirado en los viajes cósmicos, en la exploración espacial y en el afán de renovar las fotografías nocturnas es que nació el Astroamauta, un proyecto de Gonzalo Laserna (parte del equipo Noctis) y Luis “Cucho” Arce. El primero fue  quien originó la idea. “La tenía desde hace muchísimo tiempo. Como soy astrofotógrafo y me dedico a la fotografía nocturna, pensé que sería fantástico tener un traje de astronauta y darle un toque místico y mágico”, comenta el artista visual, quien le habló de esta idea al diseñador. Arce, en aquel entonces, “venía desarrollando una nueva marca —Cuchx— con expresión juvenil y artística en la industria del diseño y de la moda adaptada a las nuevas tendencias”, explica.

La colaboración entre ambos artistas se inició con una lluvia de ideas y un sinfín de bocetos. “La inspiración inicial fueron los diferentes trajes espaciales, tanto del cine como los reales, que son mucho más accesibles, usables y funcionales. Uniendo estas nuevas ideas con algunas culturas del mundo, simbologías andinas y otras iconografías ancestrales es que el Astroamauta fue visionado”, cuenta Laserna. Frente a estos patrones, el Astroamauta se distingue por incorporar materiales reciclados. “Es un ser del futuro que vuelve con un mensaje de concientización y supervivencia de nuestro planeta y especie”, exponen los dos creadores.

SESIÓN. Las fotos fueron tomadas por Laserna en el Valle de las Ánimas, en La Paz

Lonas recicladas, telas viejas, botas en desuso, un casco usado y varios materiales extraídos de equipos electrónicos —como leds— conforman el traje que, desde sus inicios, buscó apelar a una moda consciente con el medioambiente. “El objetivo es evitar desperdicios, reutilizar materiales en desuso, lograr tecnologías de reciclaje y concientizar a la gente a través del manejo de residuos, basura y procesos limpios de producción”, señalan.

“Primero hay un traje interno tipo overol acolchado para clima frío, que evita el contacto de la lona con la piel. Opcionalmente se hizo un overol sin acolchado para climas templados”, explican. Todo esto se combinó con una iconografía andina estampada en los materiales. “Se usaron varios elementos inspirados en iconografía y simbología tiwanacota, andina y ancestral, tratando de rescatar ese lenguaje visual antiguo presentamos una chakana en el centro del chaleco y varios íconos, trazos y símbolos en el resto del traje”.

Con las cebras

Así llegó la versión final. “Una vez realizada la idea gráfica se desarrolló la moldería en base a un overol combinado; es decir, una moldería de un pantalón de motociclista y la fusión de un overol de trabajo. El chaleco del traje es una adaptación entre un chaleco de trabajo y un chaleco antibalas desmontable y adaptable que lleva impresiones en termo estampado, como el resto de la iconografía del traje. Luego se transforma e interviene el casco, las botas y la mochila con luces y otros materiales de carácter más tecnológico”, describe Arce.

El Astromauta fue visto por vez primera en la alfombra verde de los Billboard 2021 en La Paz y Cochabamba. “En medio de la creación, Cucho fue invitado a participar como diseñador del evento, junto a otras personalidades y artistas”, recuerda Laserna que, junto a su compañero, vieron una importante oportunidad en aquel momento para acelerar el proceso de confección,  arribar al acontecimiento y concretar el proyecto.

Luis Arce y Gonzalo Laserna con el Astroamauta 

El traje no será estático, se irán desarrollando nuevas y mejoradas versiones con mayor funcionalidad y durabilidad. “La idea del traje es que pueda aguantar distintos climas adversos, en el caso nuestro. Para La Paz, en plena cordillera, tiene que resistir climas fríos”, exponen los artistas, que piensan que esta vestimenta podrá utilizarse para visitar varios destinos turísticos, como las montañas.

Una vez que alguien ocupa el traje se convierte en un ser del espacio y su ambiente deviene en una galaxia. Así sucedió con el Valle de las Ánimas en la noche y la madrugada en que se realizó la primera sesión de Astroamauta, que fue capturada por el propio Laserna. “Creemos que hoy estamos viviendo la era espacial y pronto será mucho más factible hacer un viaje de este tipo”, aseguran estos dos artistas, que con su trabajo y su visión ya se adelantaron al futuro.

Fotos: Gonzalo Laserna

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Retrato de Túpac Katari

Pablo Luis Quisbert Condori, de la Sociedad Boliviana de Historia, expone la existencia de un cuadro del líder

Túpac Katari

Por Pablo Luis Quisbert Condori

/ 29 de noviembre de 2021 / 15:31

Túpac Katari, el líder indígena que fue descuartizado por los españoles en noviembre de 1781, es un personaje omnipresente en el imaginario boliviano. En un anterior trabajo (Nicolás y Quisbert 2014) se analizaron las diversas maneras en cómo se retrató a Katari: desde el mártir precursor de la Independencia que imaginó la Revolución de 1952, pasando por la icónica imagen construida por el katarismo y el indianismo de un Túpac Katari rebelde, portando en las manos un pututu y un fusil; terminando con las representaciones del Estado Plurinacional, donde aparece sereno y en una posición de poder. Sin embargo, ¿cómo se retrató a Túpac Katari durante los sucesos de la Gran Rebelión de 1780-1782?

María Eugenia del Valle hizo notar que, a pesar de la existencia de muchos relatos de la sublevación, era llamativa la ausencia de una descripción de la apariencia física de Túpac Katari. Una excepción es el informe del agustino Matías Borda, quien tuvo la oportunidad de conocer a Katari en su campamento de El Alto y que lo describió de la siguiente forma: “…como de edad de 30 años, vestido de uniforme, con una camiseta de terciopelo negro”. Asimismo, se sabe que durante la sublevación circularon retratos pintados de los líderes insurgentes. El militar español José Reseguín, que participó en la columna que auxilió a La Paz durante el primer cerco y que dirigió la expedición que liberó a la ciudad del segundo cerco, confirma la existencia de un retrato de Túpac Katari. En una carta que en marzo de 1782 Reseguín remitió a Buenos Aires, dirigida al virrey José Vértiz, le anuncia que le envía la honda del líder quechua Miguel Bastidas y varios retratos de los líderes indígenas, entre ellos uno de Túpac Katari. Textualmente la carta dice lo siguiente:

“Los adjuntos retratos darán a Vuestra Excelencia una cabal idea del orgullo que habían tomado los cabezas de los rebeldes en las actuales alteraciones…Uno de ellos es del caudillo principal Túpac Catari que tanto ha fatigado y destruido estas provincias; representa el modo en que se nos manifestó en la función de Calamarca cuando fuimos a socorrer la primera vez la ciudad de La Paz, en la que, seguido por mí, perdió el caballo que todavía existe en mi poder” (Del Valle de Siles 2011: 21)

A pesar de intensas búsquedas, hasta ahora no se había encontrado ni éste, ni ningún retrato de Túpac Katari contemporáneo a los eventos de la rebelión. En buena medida, porque tras la ejecución de los líderes rebeldes las autoridades coloniales ordenaron destruir cualquier retrato o imagen que evocara su memoria.

El retrato

Ahora, después de 240 años de la muerte de Túpac Katari se cuenta con un retrato del líder indígena que es contemporáneo a los sucesos de la Gran Rebelión de 1780-1782.

Forma parte de una colección de acuarelas del siglo XVIII y principios del siglo XIX, que pertenecían a un coleccionista privado y que fueron exhibidas y luego publicadas en Buenos Aires en 2015 en un texto titulado: Un viajero virreinal. Acuarelas inéditas de la sociedad rioplatense. Los autores del volumen centraron su análisis en las acuarelas correspondientes al territorio de lo que hoy es Argentina y no tanto en las imágenes provenientes de Charcas o el Alto Perú (hoy Bolivia), con lo que la identificación del lugar y el contexto en el que se pintó esta imagen de Túpac Katari quedó sin resolver.

Túpac Katari aparece vestido con uniforme español, sombrero tricornio, medias rojas con detalles dorados, zapatos con espuelas, portando un sable y montado en un caballo blanco, bajo el rótulo “Julián Apasa alias Túpac Catari, jefe principal de la rebelión del Perú en el Virreinato de Buenos Aires”.

La imagen de un Katari vestido a la usanza española puede ser llamativa a primera vista, pero es esencial puntualizar dos cosas. En primer lugar, testimonios de la rebelión de 1781, como cartas y diarios, muestran que Katari acostumbraba usar vestimenta militar española. En segundo lugar, entender el uso que Túpac Katari hizo de la vestimenta española significa entender la rebeldía anticolonial del siglo XVIII, en cierta forma distinta del anticolonialismo contemporáneo. Desde que el virrey Francisco de Toledo sentara las bases del orden colonial a fines del siglo XVI, la vestimenta se convirtió en un marcador de pertenencia étnica. En tal sentido, estaba absolutamente prohibido que los indígenas del común vistieran como los españoles; solo a los miembros de la nobleza indígena, los caciques, se les reconoció como privilegio el que pudieran vestirse a la usanza española y montar a caballo. Ver a un indígena “del común” como Julián Apaza Túpac Katari vestido como español, y más aún montado a caballo, era atentatorio contra el orden colonial. Pero este retrato de Katari, además de elementos hispanos incluye también importantes elementos indígenas. En primer lugar, una honda o kurawa cruzada al pecho y sobre todo la camiseta o unku de color negro con bordes dorados que Katari lleva encima del uniforme español. Desde ya el unku negro era una prenda muy importante para los antiguos incas. Igualmente, consideramos que esta es la “…camiseta de terciopelo negro” que describe el agustino Matías Borda.

En cuanto a su origen, consideramos que este es el retrato que José Reseguín envió al virrey Vértiz, no solo porque el mismo se halló en Buenos Aires, la antigua capital del virreinato, sino porque el atuendo de Katari coincide con la descripción del que llevaba en la acción de Calamarca el 27 de junio de 1781, que fue narrada por el capitán español Francisco Javier de Cañas en los siguientes términos:

“Día 27: con las noticias ciertas que llevábamos de esperarnos Tupa Catari en Calamarca caminamos con las precauciones necesarias, llegamos al destino a las cuatro de la tarde y antes de acampar divisamos en una capilla que se halla distante del pueblo como dos cuadras, alguna porción de indios y abajo en la pampa, uno con cabriolé colorado.”

El cabriolé era una “…especie de capote con mangas o aberturas en los lados para sacar los brazos” (DRAE) y es la prenda que parece portar Katari en el retrato. Este episodio en Calamarca fue la primera vez en la que Reseguín vio a Túpac Katari, y en la cúspide de su poder; volverían a encontrarse frente a frente en noviembre de 1781 en el Santuario de Peñas cuando Katari fue capturado y posteriormente ejecutado. Al parecer, la aparición de Túpac Katari en Calamarca impresionó tanto a Reseguín, que mandó pintar este retrato y lo envió al virrey del Río de la Plata en Buenos Aires, donde finalmente sería hallado.

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Afiches sonoros ¿Cómo suena una pandemia?

El radialista Roberto Condori creó un proyecto audiovisual que reflexiona sobre las otras pandemias que el COVID-19 puso en evidencia

El radialista Roberto Condori

Por Adrián Paredes

/ 29 de noviembre de 2021 / 15:27

Cómo suena el mercado Lanza? ¿Qué sonidos lo diferencian de otros centros de abasto? Esa es la pregunta que se hace alguien que está trabajando un paisaje sonoro mientras graba y recopila una combinación de sonidos que, al escucharlos, buscan hacer pensar en la identidad que tiene este espacio tan conocido de la urbe paceña.

“En el Lanza el ruido es diferente porque es un espacio cerrado, con ecos y acústica diferente a la del, por ejemplo, mercado Rodríguez”, señala Roberto Condori Carita, comunicador social nacido en La Paz, quien después de la pandemia de COVID19 quiso hacer preguntas más complejas a la hora de crear estos paisajes sonoros. Fue así que nació el proyecto Afiches sonoros: un virus, diferentes pandemias. 

“La Garita tiene un sonido a la mañana, otro al mediodía y otro a la noche. Los sonidos de un lugar se van transformando con las actividades”, explica.

Si un paisaje sonoro presenta sonidos característicos de algún lugar, entonces un afiche sonoro es “un proyecto audiovisual que retrata gráfica y sonoramente” alguna idea o concepto. En el caso del proyecto de Condori son varias reflexiones sobre “las otras pandemias” que el coronavirus ha revelado.

Tras la escucha, el comunicador social ha identificado varias, pero para su proyecto retrató ocho: el sensacionalismo, la precariedad laboral, la contaminación ambiental, la violencia machista, el racismo, el miedo, la contaminación acústica y el hambre.

 Para hacer sus afiches no solo se valió de una imagen, sino que la combinó con paisajes sonoros, con efectos de sonido, con testimonios en primera persona y con clips de audio de videos que ayudan a darle una identidad a cada una de estas problemáticas. La meta final de Condori es “sensibilizar a la gente que visite estos afiches de manera virtual”.

“Es artístico y político al mismo tiempo. El proyecto no trata de registrar un sonido y pasarlo. Pero tampoco es una ficción; se trata de una narrativa sonora, de una reconstrucción e intervención de paisajes sonoros a partir de un mensaje y una visión crítica”, aclara Condori.

Escuchar más profundo

Con una grabadora Zoom H6 y el aval del Fondo Concursable Municipal de Promoción al Desarrollo, Salvaguarda y Difusión de las Culturas y las Artes (FocuArt) del año que corre —mismo que no ha sido pagado y no lo será hasta 2022—, Condori recorrió La Paz con un oído entrenado en más de 10 años de trabajo en las radios Deseo y Líder—con varios reconocimientos para Nación Marica, programa que realizaba con Édgar Soliz—, pensando en la mejor manera de representar estas reflexiones. “Hay aparatos más avanzados, pero este me ha servido mucho para este proyecto en el que hay que ser muy preciso y fino con el sonido”.

Para el afiche sobre el sensacionalismo, por ejemplo, pensó en cómo “todas las mañanas nos llegaban los reportes de contagio con cuántos infectados y muertos en todos los canales. Eso también es parte del paisaje sonoro de ese momento. Yo agarré esos sonidos y los he comparado con la narración de un partido de fútbol”.

“Son cortes mediados por el silencio, donde escuchas reportes mientras un equipo mete un gol y como que esto se va convulsionando. Al final viene siendo lo mismo. Los medios de comunicación han jugado un papel importante en la pandemia. Pero las personas no eran personas, eran números. Era una competencia: ¿qué departamento tenía más contagios?”.

O los vendedores ambulantes, cuya “realidad laboral siempre ha sido precaria” y que en la pandemia se vieron obligados a dejar de vender dulces u otros productos para comercializar barbijos, atomizadores y alcohol en gel. La opinión pública calificó este hecho como una “reinvención” cuando nada más cambió lo que vendían, no su situación. “En muchos casos no ha sido reinventarse, sino el miedo al hambre. Los afiches que hice tienen pautas que ayudan a que la gente reflexione para no romantizar el tema de la reinvención cuando en realidad es más que nada un tema de sobrevivencia”.

Pero la señal más grande de que hay más pandemias que el de coronavirus fue el río Choqueyapu, que tras pasar un buen tiempo sin recibir la contaminación de los paceños, tenía las aguas más claras.

Condori hizo este proyecto con un micrófono Zoom H6

Así que ahora el gran reto para sus afiches, estrenados entre el 3 y el 11 de noviembre en Spotify y YouTube —buscarlos como Afiches sonoros: un virus, diferentes pandemias—, es generar ese tipo de reflexiones. Su mayor obstáculo: el hecho de que, en Bolivia, y en el mundo también, la sociedad refuerza más los estímulos visuales que los auditivos.

“No tenemos una cultura de escucha muy avanzada. Pensamos a La Paz en imágenes, pero no pensamos a la ciudad en sonido. Y el paisaje sonoro te traslada a otro momento de reflexión, te hace atento a una escucha más profunda. Los sonidos pueden confundirnos, pueden parecernos simples, pero igual los vas anexando a tu memoria y experiencia”, explica el radialista y cronista que ganó el Premio Periodista Sin Riesgo 2018, entre otros premios, quien se adentra en territorios nuevos para su profesión.

“Nos hemos dado cuenta de muchas cosas, pero también tenemos que darnos cuenta de que somos los causantes de estas pandemias. Entonces es una reflexión que quisiera que la gente pueda cuestionarse”, dice. “Sé que pasará con el tiempo. Espero que sea así”, añade.

Fotos: Roberto Condori

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Miradas: una muestra a ciegas

Recorrimos la muestra bianual del MNA ‘Miradas indígena, originaria, campesinas’ con los expertos Narda Alvarado, Valeria Paz y Edgar Arandia

Por Ricardo Bajo H.

/ 29 de noviembre de 2021 / 15:12

Un recorrido crítico por la exposición bianual del Museo Nacional de Arte

La nueva exposición bianual del Museo Nacional de Arte es un extravío, un fuego amigo, un tiro en el pie, un naufragio. Miradas indígena, originaria, campesinas carece de propuesta/idea; es una mera yuxtaposición de cuadros. La interpelación al visitante y la contextualización no existe. El texto (sin firma) que da la bienvenida a la muestra promete “miradas y análisis en torno a las condiciones de producción, circulación y consumo de bienes culturales y los aportes/apropiaciones experimentados en el campo artístico”. Esas “miradas” y esos “análisis” brillan por su ausencia. ¿El motivo? No hay una línea de curaduría, ni se la espera. No hay método, ni rumbo, ni investigación. Pareciera que se entró al depósito del Museo para rescatar obras con la temática del título y luego se intentó construir un concepto de curaduría cuando el proceso es a la inversa.

Antes de caminar la exposición, charlamos con Edgar Arandia, Narda Alvarado y Valeria Paz. Edgar “Chino” Arandia, artista y exdirector del MNA, apunta a la línea de flotación: “En la muestra no hay un solo pintor indígena, esa fue mi crítica al título que se suponía novedosa por esa razón. Un título podría haber sido éste: Miradas colonizadas y descolonizadas del mundo indígena o algo así. No supieron qué hacer con un tema muy sensible en Bolivia. Esa mixturación devela el extravío, se nota improvisación y falta de profesionalismo a la hora de planificar una muestra de esta importancia. El MNA es la institución más importante de la plástica boliviana, no se la puede confundir con una galería de la zona Sur”.

La artista/investigadora Narda Alvarado apuntala la línea de argumento: “En la muestra no existe investigación, ni trabajo. La función de un museo es aportar una visión del arte al público. El problema de fondo es que no se cree en la figura de la curaduría y su conocimiento especializado con herramientas pedagógicas y pensamiento crítico. No es solo colgar cuadros, las obras son imágenes, son dispositivos ideológicos que hay que deconstruir con todas sus capas”.

La historiadora de arte Valeria Paz también señala a la (no) curaduría como el pecado original: “Debieron haberse tomado el tiempo necesario para hacer una curaduría más cuidada para una exposición en las salas permanentes. El resultado es que la cultura se vacía de sentido cuando se presenta sin la debida planificación; la atención que merecen las creaciones artísticas; los autores, sus ideas, búsquedas y luchas; su especificidad en relación al particular contexto artístico, cultural, histórico, político del país”.

Escultura. La obra en piedra ‘Amukiwawa’ del artista Víctor Zapana

La muestra de los curadores Osvaldo Cruz y Danilo Villamor (con línea museografíca a cargo de Freddy Taboada) arranca con una sala dedicada a las creaciones artísticas del periodo prehispánico: son reproducciones de arte rupestre en La Paz, fotos de chullpares del cantón orureño de Macaya y cuadros sobre Tiwanaku (uno de Fernando Peñaranda de 1919 y otro de Jorge de la Reza, La conquista de 1929). Ahí surge, iluminada, una de las obras cumbre de Cecilio Guzmán de Rojas: es El triunfo de la naturaleza. Es la corriente artística/política del indigenismo.

Las preguntas que uno se hace no aparecen, ni por asomo: “¿cómo vemos el indigenismo hoy en día?, ¿por qué hay que ensalzarlo y/o cuestionarlo?, ¿no convertía don Cecilio al sujeto indígena retratado/idealizado en un objeto? En la parte trasera del legendario cuadro vemos bocetos de Guzmán de Rojas con dos mujeres desnudas: todo un descubrimiento, todo un misterio.

En la segunda sala aparece la mítica Virgen del Cerro en todo su esplendor. Un pequeño texto trata de explicar su significancia/importancia. Una máscara de diablo fechada en 1983 (propiedad del Musef) está parada frente al Cerro Rico y su virgen/Pachamama. Un retrato de Luis Wallpher Rostro indígena de 1947 mira sin entender. Nadie sabe por qué. El diseño de esta muestra es idéntico a la anterior bianual: Dios y la máquina. Una escultura de Marina Núñez del Prado, India (1951), ha sido colocada junto al famoso óleo de Juan Rimsa, Fiesta altiplánica. Nada dialoga con nada, la “juntucha” reina sobre todas las “cosas”.

PINTURA. La emblemática obra de Cecilio Guzmán de Rojas ‘Mujeres andinas’.

En la tercera sala sigue el despropósito: una fotografía (de Tony Suárez) de los lienzos de Joseph López de los Ríos en el templo de Carabuco del siglo XVII (nuestra famosa “Capilla Sixtina”) es enfrentada a unas acuarelas costumbristas benianas de Melchor María Mercado. El texto que acompaña dice: “Asalto del tigre a mi canoa, antes que mostrar la peligrosidad de una escena que podría tornarse trágica, relieva aspectos jocosos de situaciones probablemente acostumbradas en Beni”.

Las obras del barroco mestizo también son desaprovechadas para interpelar y hacer pensar al espectador sobre estrategias de resistencia de ayer y de hoy. La muestra bianual del MNA es una gran oportunidad desaprovechada.

De la tercera a la cuarta sala, damos un salto de tres siglos y nos aparecemos en Warisata con un espacio didáctico sobre el proyecto educativo e indígena de dos gigantes visionarios/adelantados de nuestra historia: Elizardo Pérez y Avelino Siñani. Y sí, compañeros, “trabajo es paz y libertad”. Los grabados del gran Genaro Ibáñez (¿para cuándo un acto de reconocimiento/recuperación de este gran artista paceño?) y los cuadros de David Crespo Gastelú pagan por demás los cinco bolivianos que cuesta entrar a ver la muestra. La creación de Warisata (otra reproducción) de Carlos Salazar Mostajo nos despide con mucho color de la primera planta.

En el segundo piso nos espera la Guerra del Chaco: fotografías/postales de Luis Bazoberry y el dramático cuadro/pintura negra Cama 33 T.B. evacuable (1934) de Cecilio Guzmán de Rojas junto a dibujos de Gil Coímbra, Jorge de la Reza y Raúl G. Prada. ¿Alguna mirada crítica sobre el rol de los soldados indígenas/campesinos durante la guerra y el clasismo/racismo de aquellos años? Ni una palabra, ni una imagen, ni una idea.

La siguiente sala dedicada a la “mujer andina” identifica a ésta con la madre, con la montaña, con la patria, con la tierra, con la fertilidad. Sin comentarios. El espectacular óleo de Guzmán de Rojas, Mujeres andinas casi toca el techo. La Imilla de Miguel Ángel Pantoja calla en siete idiomas. Llegamos a 1952 y aparecen los Mineros de Alandia y la Danza aymara de doña Marina. A un lado de la sala, tres exponentes del expresionismo abstracto: Alfredo La Placa (con Solunandede 1994), Cordillera (1977) de María Luisa Pacheco; y Abstractode María Esther Ballivián de 1968. Frente a ellos, un cuadro costumbrista oriental de Herminio Pedraza y una reproducción de Historia de la medicina, el mural de Alandia Pantoja, sito en el Auditorio del Hospital Obrero de La Paz. El carretón y el expresionismo telúrico no hablan el mismo idioma. La escultura de Víctor Zapana Amukiwawa también calla.

La instalación de Roberto Valcárcel junto a un Mamani Mamani y un Diego Morales (izq). India con el retrato de Luis Wallpher ‘Rostro indígena’ (1947).

Los cuadros “sociales” (de Zoilo Flores, Protesta popular; de Walter Solón Romero, La mina; y de Lorgio Vaca, Manifestación popular) acompañan con fusil y metralla. Inés Córdova es de las pocas mujeres artistas en la muestra. Sin comentarios. Casi una docena de cuadros (como La puerta del silencio de Fernando Montes y Una explosión del sabor de Álvaro Ruilova) ya han sido apreciados hace escasos meses en la pasada muestra del MNA, La colección del Rey. Los desbarajustes suman y siguen.

La sala dedicada a la wiphala tampoco tiene desperdicio. Vladimir Cruz hace un “Gastón Ugalde” con su Historia y memoria (1991). Un par de “kerus” y unos “unkus” de la sublevación de 1789 nos dejan una escena/diálogo imaginario entre los (no) curadores: “¿acaso no tenemos un cuadro de Tupaj Katari y/o Bartolina Sisa?”.

El texto que abre la “expo” habla de “artistas indígenas” y “artistas no indígenas”, así entre comillas. Y los que se consideran como Arandia artistas cholos, ¿dónde entran? ¿Es Diego Morales —del cual podemos apreciar su gran cuadro Hasta las últimas consecuencias— un artista “indígena” o “no indígena”? ‘¿Y dónde metemos a Max Aruquipa, Antonio Mariaca, Eduardo Espinoza, David Angles o Erasmo Zarzuela? La misma pregunta vale para Zapana, para Marina, para Guzmán de Rojas, para Moisés Chire Barrientos.

La última sala de la muestra, dedicada al arte contemporáneo, no tiene ninguna relación con el (no) concepto curatorial de la misma. Es una falta de respeto “botar” una instalación de Roberto Valcárcel (Significado de las artes, 1986) en medio de una habitación sin contexto.

No obstante, es un primor apreciar individualmente a grandes artistas como Gil Imaná (y sus Las mujeres y el corral), Gíldaro Antezana Rojas (y sus Pencas), Enrique Arnal (con su icónico Tambo), Mario Conde (y su La banda), Cecilia Wilde (y su Jalq’a Lectura 1), Ricardo Pérez Alcalá (y su Un domingo por la tarde) o Diego Morales. Al fondo y para ponerle un toque surrealista aparece una gran fotografía de Wara Vargas de un cholet de Freddy Mamani. Quizás, sin querer queriendo, Roberto Mamani Mamani ha dado en el clavo con el título de su cuadro: La gran fiesta, juntucha de sapos. El más incrédulo de todos es un Aparapita (instalación de 1982) de Gastón Ugalde. Los pasajeros del micro Achachicala 130 de Raúl Lara no saben dónde están yendo; los visitantes del Museo, tampoco. Es una “expo” sin ton ni son.

Una máscara de Diablada —del Museo Nacional de Etnografía y Folklore— fechada en 1983.

A la salida de la muestra, volvemos a charlar con Arandia, con Alvarado y con Paz. El “Chino” se ratifica: “No ha habido una investigación previa para el montaje. El Museo no cuenta con un curador(a) adecuado/experimentado(a). Luego cada obra brilla por su calidad o por su mediocridad. El director Iván Castellón es un profesional que tiene buenas ideas, pero está realizando muchas muestras, una detrás de otra, sin un estudio previo, se está pisando la cola. Cree que generar muchas actividades es hacer buena gestión y entonces sacrifica la cantidad por la calidad. La idea del MNA que instalaron las élites lo convirtieron en un repositorio de cosas viejas y mudas. Para hacerlas hablar tienes que investigar los imaginarios que se promovieron desde la colonia, la república y el Estado plurinacional y hacerlas dialogar con el público de ahora”.

La historiadora Valeria Paz se refugia en las prisas: “Entiendo que al no contar con el tiempo suficiente y sumando la falta de información, reflexiones e investigaciones sobre el arte boliviano, ha sido imposible hacer una propuesta más contundente e interpeladora”.

Narda Alvarado cree que la perjudicada de esta muestra “folklorizada/turistizada/acomplejada” no es el propio Museo ni el espectador desorientado sino la misma escena del arte de Bolivia. “¿Cuánto ha costado?, ¿a quién se ha contratado como curadores? El MNA no es una comunidad; tampoco debería ser un museo de propaganda partidaria”. La investigadora de arte Alvarado tiene más preguntas que respuestas: ¿Por qué no se ha contratado a artistas indígenas de hoy para dialogar con las obras de ayer?, ¿no cae la exposición en lo que trata de criticar al ser una muestra otrificadora, occidental y tradicionalista?, ¿cómo abordamos su problema de la representación?, ¿cómo pensaba Guzmán de Rojas y cómo piensan los artistas de hoy de Cecilio?, ¿acaso no es crimen imprimir en lona de PVC reproducciones en un museo nacional?, ¿cuál es la mirada que tiene la curaduría sobre ese término que está en la Constitución de 2009  presente en el mismísimo título de la exposición?”.

Cuando sales del museo no lo sabes. La muestra durará dos años.

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Défi Titicaca: Una aventura deportiva, humanitaria y medioambiental

Además de nadar, tenían que jalar su casa-embarcación construida con productos reciclados

Por Mitsuko Shimose

/ 22 de noviembre de 2021 / 11:55

Amaneció con un cielo repleto de nubes que cubrían el sol y amenazaban con un día gris en Copacabana. La temperatura era de entre 6° y 8° centígrados, pero la sensación térmica era aún más baja a causa del viento que soplaba congelando las aguas del Titicaca. A pesar del frío, las orillas de la playa estaban bien resguardadas por las autoridades del municipio, quienes flanquearon a Théo Curin, Malia Metella y Matthieu Witvoet, encerrándolos en un círculo para ofrecer un ritual: el sahumerio con dulces para la salud y la prosperidad, además de flores y plantas para atraer buena fortuna para el desafío que les tocaba enfrentar en este lago sagrado: atravesar nadando 110 kilómetros, desde Copacabana (Bolivia) hasta las Islas Uros (Perú), en un lapso de 10 días.

Además de nadar esa longitud, tendrían que jalar, al mismo tiempo, una embarcación construida por ellos mismos con productos franceses reciclados; la misma que les serviría como una especie de vivienda durante los 10 días. Los nadadores se prepararon por 14 meses para este reto. El entrenamiento se realizó en agua fría a 6 u 8 grados centígrados durante una hora y media o dos en una piscina, con 15 kilómetros diarios y en la altitud para hacerlo bien. “Así hemos formado un gran equipo”, afirmó su entrenador Stéphane Lecat.

Para finalizar el rito, los rayos de sol bañaron las manos levantadas de los tres nadadores franceses de alto nivel: Théo, Malia y Matthieu, quienes recibieron entusiastas toda esa energía del Rey Inti, sellando de esta manera el pacto entre lo ofrecido a la Pachamama y la concesión de protección para llevar a cabo su misión: una aventura deportiva que se fue tornando en un propósito humanitario y, sobre todo, medioambiental.

“Para avanzar en la vida, tengo que superarme a mí mismo y fijarme siempre nuevos objetivos”. (Théo Curin)

Théo, de 21 años, fue amputado de sus cuatro extremidades a los seis años de edad por una meningitis. Realizó sus primeras clases de natación cinco años más tarde a pesar de su miedo al agua. Rápidamente, este elemento le causó una sensación de bienestar y libertad que lo alentó a perseverar en este camino. A sus 14 años, decidió dejar su ciudad natal, Lunéville, para unirse al centro de natación France Handisport en Vichy. Muy pronto se convirtió en una de las grandes esperanzas francesas de la natación para personas con discapacidad y fue, en particular, el más joven de la delegación francesa en los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro en 2016. Luego se convirtió en doble subcampeón mundial en 2017 y ganó la medalla de bronce en los 200 metros libres en el último Campeonato Mundial en Londres en septiembre de 2019.

“Yo soy un nadador paralímpico, pero antes estaba compitiendo con nadadores que tenían las cuatro extremidades. Era muy difícil para mí estar a la altura de esos competidores, por lo que decidí hacer mi propio desafío. Yo quería hacer un reto que jamás había hecho hasta ahora, y también quería compartir esa experiencia, deseaba que participaran conmigo otras dos personas y por eso le pedí a Malia y a Matthieu que me acompañasen. Había muchos lugares que estaba buscando, y muchos de ellos ya habían sido atravesados, como es el caso del lago Titicaca. Haciendo las investigaciones de este sitio, encontré que tenía dificultades excepcionales como la longitud, la altitud y el frío, y es por eso que me decidí por este lugar. Además, al realizar la búsqueda sobre este lago, vimos también que había mucha contaminación y queríamos mandar un mensaje ecológico en este desafío”.

“No es un viaje lo que nos espera, sino una aventura extraordinaria”. (Malia Metella) Malia, de 39 años, es una exnadadora especialista en pruebas de velocidad en estilo libre y mariposa. Retirada desde octubre de 2009, ha contribuido al auge de la natación francesa. Ella es cinco veces campeona de Europa en piscinas cortas y grandes (2003-2004), subcampeona del Mundo en 100 metros libres en 200 y subcampeona Olímpica en 50 metros libres en los Juegos Olímpicos de Atenas en 2004.

“Acepté este reto porque fue Théo quien lo propuso, por el valor que él le da a este proyecto y porque es un desafío muy fuerte para mí, para salir de mi zona de confort, pues hace mucho tiempo que ya no estoy más en la rutina de una deportista de alto nivel. Nadar en aguas libres en un lago con un frío excepcional es algo que nunca he hecho antes y que quería descubrir”.

“Más allá de la aventura deportiva y humana, es la oportunidad de transmitir un mensaje importante”. (Matthieu Witvoet)

Matthieu, de 27 años, es un ecoaventurero que se embarcó, junto con su primo, en una vuelta al mundo en bicicleta en 2017, recorriendo 18.000 km a través de 17 países para descubrir las soluciones locales a los residuos plásticos. En octubre de 2019, cruzó a nado el estrecho de Gibraltar para concientizar sobre la contaminación con plásticos en el Mediterráneo.

“Lo que hemos hecho con este proyecto es pensar en cómo transmitir este mensaje de limitar la basura, cómo lo podemos encarnar adentro de nuestro proyecto y por eso hemos hecho muchas cosas. Una de ellas es el bote que vamos a jalar, vamos a estar como un caracol, jalando nuestra propia casa durante 10 días. Esta casa es como un símbolo para nosotros y es también un poco raro porque hay que jalar el bote nadando. Este bote tiene flotadores que hicieron los olímpicos en los años 90, dando así una segunda vida a materiales utilizados. El almacenamiento de las partes viene de la basura de un teatro francés, la tomamos y con un poco de magia de ingenieros que están aquí con nosotros la transformamos en nuestra casa. Dentro de ella contamos con colchones ecodiseñados y ecorresponsables, además de la instalación de productos fotovoltaicos innovadores para permitirnos estar en total autonomía energética. Terminado este desafío, vamos a ofrecer esta casa-embarcación al Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD), una institución pública francesa multidisciplinaria y sus socios en la Universidad de La Paz, que realizan estudios científicos en el campo del desarrollo sostenible, para que pueda extraer datos sobre la calidad del agua. Además de eso, vamos a consumir comida sin generar basura. Por ejemplo, tenemos quinua y otros alimentos en bolsas reutilizables que se pueden usar 100 o 200 veces por muchos años; y el agua que beberemos la filtraremos del lago, así no tendremos botellas de plástico”.

LA GRÁFICA

El entrenador Stéphane Lecat, junto con los nadadores Théo, Matthieu y Malia. Foto: Andy Parant

Foto: Andy Parant

Antes de la partida, el entrenador y su equipo fueron ch’allados con flores para la buena fortuna en su misión. Foto: Andy Parant

La travesía de los nadadores fue acompañada por una lancha con parte de su equipo francés y autoridades y comunarios de Copacabana. Foto: Andy Parant

Foto: Andy Parant

Foto: Andy Parant

Agenda ambiental

Agua Sustentable es una ONG boliviana que trabaja en una agenda ambiental, por lo que fue parte del Défi Titicaca. “Este es un desafío importante, principalmente con un mensaje de hermandad y de que podemos lograrlo, pero solo lo haremos si nos unimos todos y si trabajamos en diferentes niveles: desde el nivel individual (poner conciencia sobre nuestro consumo, sobre el botar basura, etc.), hacia el familiar, comunitario, municipal (por eso estamos trabajando con el municipio de Copacabana), departamental, nacional, binacional (porque están dando justamente ese mensaje de hermandad entre Perú y Bolivia) y claramente también vemos que hay un apoyo a nivel internacional desde Francia”, comentó la directora ejecutiva de esta ONG, Paula Pacheco.

Después de este desafío, la ONG va a seguir trabajando con talleres de economía circular, de manejo de residuos sólidos a nivel más sostenible, y también en ver cómo solucionar el tema de la basura en dos islas sagradas: la Isla del Sol y la Isla de la Luna, que son parte del municipio de Copacabana. “Queremos agradecer por toda la inspiración que nos están dando Théo, Malia y Matthieu. Creemos que todos vamos a aprender de esta pasión y vamos a lograr superar estos desafíos grandes para el medioambiente”.

La partida

Más tarde, y minutos antes del inicio del desafío, autoridades del Gobierno Autónomo Municipal de Copacabana entregaron reconocimientos a Théo, Malia y Matthieu, en medio de guirnaldas y ch’alla con flores. En el acto, la embajadora de Francia en Bolivia, Hélène Roos, emitió unas palabras dirigidas a sus compatriotas antes de su partida: “Queridos, mi inmensa gratitud por el sueño que nos están haciendo vivir a todos. Recuerdo aquella frase que dice ‘Lo imposible se vuelve posible’. Ustedes ya han ganado su desafío, ya que todos estamos aquí con ustedes para apoyarlos y ustedes están para hacernos soñar. Si bien la COP26 estuvo en pleno apogeo, su desafío es un recordatorio a través de su noción ambiental, el derecho de que todos somos actores en la lucha contra el cambio climático. Su desafío es también un recordatorio de la importancia de la solidaridad con los países semejantes y un desarrollo para la transición ecológica, como Francia se ha comprometido. Y, finalmente, su desafío es también un recordatorio de la necesaria inclusión y de la igualdad de todas las mujeres y de todos los hombres”.

La preparación de los nadadores en el lago Titicaca consistió primeramente en la puesta de los trajes para nadar, que son térmicos, una característica importante para poder paliar las bajas temperaturas de esas aguas. Los gorros, las aletas, las manoplas y las gafas de natación fueron también parte de sus accesorios.

Las brazadas y los pataleos de Théo, Malia y Matthieu comenzaron furtivas al son de los bombos, las quenas y las flautas que se escuchaban como música de fondo. Poco a poco, los nadadores que jalaban la embarcación fueron alejándose de la vista de quienes permanecían en la orilla. Era el inicio de su travesía deportiva, solidaria y medioambiental de diez días por aguas sagradas.  

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