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‘Pitín’ Gómez, el camaleón

Tiene 50 obras de teatro y 20 filmes a sus espaldas. Fue futbolista y es un motoquero feliz. Es un hombre de izquierdas. Tiene el corazón de mantequilla y la sangre caliente

/ 22 de noviembre de 2021 / 11:39

Cuando Raúl Ángel Humberto Gómez Melazzini —más conocido como “Pitín”— se apunta por primera vez a un taller de teatro, su padre dispara a quemarropa: “No quiero un hijo maricón”. A inicios de los turbulentos años setenta, el joven Gómez se debate entre el fútbol, el teatro y el compromiso político. Gusta de sacar la pelota desde atrás como un recio/técnico número dos del Olympic de San Pedro, se ha apuntado al Taller Nacional Popular del maestro Eduardo Cassis (“muy amanerado”, para mi viejo) y lamenta ser demasiado joven para unirse a la guerrilla de Teoponte. Quiere seguir la estela de su primo José Arce Paravicini, “Pedrito”, el doctor de la UMSA, asesinado junto a Benjo Cruz, “Casiano”; quiere ser como el “Che” Guevara.

Su progenitor, don Raúl Gómez Lasarte (que aún vive, en Madrid, con 94 años) le pone contra la pared: “Tienes que estudiar una carrera”. La respuesta del hijo homónimo no se deja esperar: “Quiero ser mecánico y corredor como mi primo, Armando Paravicini”. El padre remata: “No quiero otro ‘uñas negras’ en la familia”. A “Pitín” le dicen así porque cuando vivía en Buenos Aires, con cuatro años y sus travesuras, su hermana le decía “Pillín” o “Pishin” en “argentino”. Va a ser un rebelde (con causa) toda su vida. Es tan “contreras” que se hace bolivarista porque toda su familia es del club The Strongest. “Soy la oveja celeste”.

La vena artística le viene de lejos y tiene su peso en el árbol genealógico. Su abuelo Humberto Melazzini —un italiano del Piamonte— es un panadero cuyo mejor pan se amasa entre guitarra y bohemia por las calles de Sucre. La escultura de fierro de una guitarra que adorna el “hall” de su casa es de su primo Ramiro Luján Melazzini, de la familia de Emiliano Luján. La hija del panadero, Isabel Melazzini Paravicini, buena bailarina, enamoró de joven con el mismísimo Lorgio Vaca, allá por los años 50. Un cuadro del gran muralista cruceño cuelga hoy en el “living” de la casa materna de “Pitín” en Miraflores. La dedicatoria (“de Lorgio para Isabella, con todo cariño”) fue borrada —con una nube blanca— hace muchos años por el que más tarde sería el esposo, también pintor de acuarelas y arquitecto reconocido. Los celos siempre lo estropean todo.

En la primera obra de teatro que actúa, “Pitín” hace de vasallo mudo junto a la gran Beatriz de la Parra en Edipo Rey (1972). No se callará nunca más. Dos años más tarde, participa en la fundación del Teatro Experimental de La Salle y sube a escena para dar vida a un apóstol en El sacrificio de Julio de la Vega. Entonces, el padre toma cartas en el asunto y manda al hijo con 18 años a estudiar a Madrid, internado en un colegio de la capital española. Pero el amor es más fuerte y “Pitín” descuelga su maleta de la habitación atada a una sábana y escapa por la puerta principal. “Voy a dar una vuelta”, dice. Y la vuelta lo arrastra hasta Sevilla.

El artista en una foto de archivo de un ensayo

En la capital andaluza va a vivir en el barrio del Real Betis Balompié, en Heliópolis; va a cantar por los tablaos zambas, cuecas y baladas (como A desalambrar de Daniel Viglietti y Para el pueblo lo que es del pueblo de Piero); va a comprar un modesto auto (un Simca 1.000); y va a recorrer toda Anda lucía y parte de Marruecos cuando este país era la meca de la “Generación Beat” aficionada al hachis del Rif.

Antes, ha invertido parte de sus ahorros (300 dólares) en la compra de una hermosa guitarra a un luthierde Madrid. “Mi española, invicta, todavía me acompaña”. En Sevilla, por fin, se pone a estudiar Arquitectura. Pero el destape de la transición española es más fuerte y las canciones de Lole y Manuel, también. “Pitín”, de excelsa memoria, canta para mí medio siglo después, una canción del famoso dúo gitano: “el sol, joven y fuerte, ha venci’o a la luna, que se aleja impotente del campo de batalla. La lu’ vence tinieblas por campiñas lejanas. El aire vuela pa’ nuevo. El pueblo se despereza. Ha llega’o la mañana”.

Eran nuevos y felices días. “¿Cómo haces para tener esa memoria prodigiosa de elefante?, pregunto. “Es una cuestión de método: Cassis nos decía que hay que grabarse la letra y marcarla con el movimiento y especialmente familiarizarte con el personaje, identificarte con el texto, no solo con tu parte o el pie que da paso sino con toda la obra, ahí está el secreto: formar el personaje fuera del texto. Castelo decía también: a letra sabida, no hay mal actor”. A finales de los setenta, amartelado por la nostalgia y los deseos de su madre, “Pitín” vuelve a Bolivia. En La Paz se disfraza (se pone peluca) para poder actuar sin ser reconocido por su padre en peñas como Los Escudos. Muchos años después todavía se va a subir a un escenario para tocar la “viola” (la Gibson electroacústica es su gringa, “más dulce que mi Fender”) con su banda actual Los Locotos.

La naturaleza camaleónica de actor también viene de lejos. “¿Este eres tú?” es la pregunta recurrente del periodista mientras el actor muestra una foto tras otra foto de sus trabajos en cine y teatro. En una de ellas, “Pitín” se esconde tras la máscara del Guasón (en el corto de 2013 La caída). “Si después de una película u obra, el público no me reconoce, para mí ese es el mejor aplauso”.

Con el director de cine Jorge Sanjinés

El grupo que forma nada más volver de las Españas tiene nombre futurista: se llama Formación 2.000 y toca temas de Vox Dei, folklore boliviano y rock. En 1979 se apunta a otra escuela de teatro, esta vez es la de Daniel Del Castelo, un argentino, con el que trabaja en la teleserie Bajo el mismo techode canal 7. “Todos los domingos a las ocho de la noche, la cita era sagrada delante del televisor, toda la familia”. Ahí está “Pitín” dentro de la “caja tonta” junto a Antonio Caro, Norma Merlo, María Elena Alcoreza, Lucy Tapia y René Jait, entre otros.

Dos años más tarde se casa con Esperanza Téllez. Ella le anima a ingresar al Taller de la Alianza Francesa, un impulso definitivo para su carrera actoral. Así llegan El marqués de Sadecon Fernando Illanes, Malena Orías y Walter Solón Romero; Las hermanasdonde hace de Billy, el niño; y Embrujo. Son los maravillosos años ochenta cuando se volteaba taquilla en el Teatro Municipal y la Casa de la Cultura; matiné, tanda y noche.

Entonces, en 1986, llega a la ciudad un uruguayo a dar un curso. Es Carlos Aguilera y todo va a cambiar. Se terminan las obras con tres actos y dos intermedios para comer “jadocks” en la cafetería. Don Celso Peñaranda, cuya familia regente el local del Teatro Municipal, va a renegar mucho. “Todavía me acuerdo que don Celso nos daba un ‘kaj’ de singani para entrar en escena y perder el miedo”. Con el uruguayo, todos se olvidan de aquellos mandamientos intocables: no darás la espalda al público, respetarás el proscenio por encima de todas las cosas, vocalizarás con un lápiz entre los dientes para modular la voz, te atarás las manos para no gesticular en exceso… Con el uruguayo Aguilera pasa de llamarse artísticamente “Raúl Gómez” a “Pitín Gómez”. El maestro oriental tenía un nombre aún mejor: “Pitín Melazzini”. “¿Te imaginas el enojo de mi viejo si me quito su apellido?”, se pregunta en medio de una carcajada de “Joker”.

“Pitín” no suelta el pie del acelerador y forma parte del Elenco Estable del Teatro Municipal. El traje del señor diputado, Criolladas (con Néstor Peredo, Hugo Pozo y Carlos Sandalio), El Principito(con Andrés Canedo y su hijo), El señor de la rosa(con Mabel Ribera) son los éxitos del momento. El maestro Néstor Peredo le enseña a moverse sobre el escenario en diagonal, trazando una curva. Antes, se había juntado con su hermano del alma, David Mondacca, para formar El Juglar, un elenco que iba a interpretar los textos (¿Conoce usted la vía láctea?y El zoológico de crista de Tennessee Williams) que publicaban en la revista de Líber Forti, Nuevos Horizontes.

‘Pitín’ Gómez con su perrita Chispita y su “española”

Para entonces, por fin, termina la carrera de Arquitectura y vuelve a Europa con una beca en restauración arquitectónica en Bélgica. Se vuelve a “escapar” y en Zurich (Suiza) forma parte de otro grupo teatral. A principios de los noventa, de regreso definitivo a la patria, continúa haciendo teleseries y publicidades. “Pitín” anuncia camisas Diplomatic y protagoniza los primeros spots para entidades bancarias como Mutual La Primera. “Todavía hoy alguna gente por la calle me reconoce y me llama ‘El Primerito’. Con Tota Arce hace El regreso de Margarita Ticona. Junto a Tatiana Mancilla, el camaleónico “Pitín” hace de Satuco, el diablo en persona. Con La guerra al cólerasalen fuera de los escenarios habituales y suben a El Alto.

En las dos décadas siguientes trabaja con Marta Monzón bajo la dirección de Carlos Cordero; con Maritza Wilde y “Cacho” Mendieta; con Antonio Eguino, Antonio Peredo y Marcos Loayza (en Desmemoriados). En esta última hace de guerrillero. Hace más cortos, más mediometrajes (con su recordado Luis “Pájaro” Mérida), más largometrajes (con Paolo Agazzi en El atraco, con Juan Carlos Valdivia en American Visa, con el propio Loayza en El corazón de Jesús, con Eguino en Los Andes no creen en Dios, con Sanjinés en Juana Azurduy, con Soderbergh en Che, guerrilla, con Rodrigo Ayala en Día de boda, con los hermanos Benavides en Engaño a primera vista, con Óscar Salazar en Fuertes). No para porque la pasión no para.

Tampoco deja de manejar moto —una Yamaha Virago 1100— porque se siente libre. “Es mi independencia, es estar conmigo mismo en la carretera”. La última escapadita junto a su grupo Los Paseanderos ha sido hace unas semanas, hasta Yolosita en Los Yungas.

Hace poco ha dejado de jugar fútbol cinco por una lesión pero todavía se acuerda cuando compartía cancha con el actual presidente, Luis Arce. “Dice Lucho que su afición es por el baloncesto pero yo he compartido cancha, en la Méndez Arcos, con él cuando era arquero, vestía de amarillo y tenía en la camiseta una hoz, un martillo y el rostro del Che”.

Actuando en la película American visa

“Pitín”, a estas alturas, ya es un actor de los mil y un rostros. Tiene medio centenar de obras de teatro a sus espaldas y es uno de los secundarios de lujo de nuestro cine. En este mes de noviembre estrena Esperar en el lago de Okie Cárdenas (su largo número 20) y hace unas semanas ha participado en el elenco de Wajtacha, la sorpresa teatral del año. En la primera hace de Eugenio, un profesor con su guitarra al hombro y en la segunda es un cínico empresario minero.

No deja de ser paradójico que sus mejores papeles hayan sido militares, curas (en Unay) y jefes, todos cuadrados. Dice que siempre tuvo la “percha” para esos papeles. Y se acuerda que de changuito su padre le obligaba a cargar escombros en la volqueta de la empresa. Algo habrá que agradecerle al viejo, pienso. “Me considero un hombre de izquierdas, con ética, formado por el ELN, así moriré, he pagado a veces, he perdido amigos y trabajos porque me han dicho zurdo pero no tengo problemas para dar vida a personajes antagónicos a mí. Solo pongo una condición: no voy a hacer mejor persona a un Banzer, a un García Meza, no voy a poner de mi parte para que la gente vea bien a un tipo que ha sido un hijo de puta y ahora quiere ser recordado como un buenito. No podría hacer nunca de un Che asesino y malvado”. Hasta el color del sofá de “Pitín” es rojo.

“Trato siempre de darlo todo, de entregarme, de desdoblarme. Cuando me concentro en mi rol pierdo el sentido de la realidad”. Será por eso que “Pitín” se considera un ser de energía. “En mi familia ha habido católicos, protestantes, agnósticos, ateos… Yo soy energético. Cuando nacemos nos cortan el cordón umbilical y perdemos esa energía pura y blanca pero luego puedes crear esa energía, ese aura, pues está en todo lado. Hay dos tipos de personas: los de sangre caliente y los de sangre fría. Mi corazón es de mantequilla pero mi sangre es caliente”, dice.

Este cuento (de vida) termina donde empezó. En el mismo lugar. Con los mismos personajes. Vemos a un padre y a un hijo. Han pasado 50 años de la primera escena. ¿Se acuerdan? Esa donde un padre grita y dice: “No quiero un hijo maricón”. Don Raúl Gómez Lasarte está de visita anual a Bolivia. Se aloja en la casa del hijo, ahora connotado actor. “Pitín” ensaya con compañeros y compañeras en el “living” de su casa. Son las ocho de la “matina” y hace frío. El viejo se despierta y ve la escena.  En la noche, con su infaltable whisky en la mano a pesar de sus casi noventa años, don Raúl aprovecha para terminar una conversación iniciada hace más de medio siglo: “Te admiro, hijo, has hecho lo que has querido hacer y lo has hecho con mucha pasión y dedicación. Te respeto y te felicito”. El círculo se ha cerrado. El teatro es más fuerte. Y “Pitín”, también. De la “nube blanca” en el cuadro del gran Lorgio Vaca se hablará otro día.

FOTOS: RICARDO BAJO Y ARCHIVO DE ‘PITÍN’ GÓMEZ

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Kiro Russo, el hombre de la cámara

El director postergó para marzo (por la cuarta ola del COVID-19) el estreno de su segundo y esperado largo El gran movimiento, premiado en el Festival de cine de Venecia

Por Ricardo Bajo H.

/ 16 de enero de 2022 / 20:44

Kiro Russo (La Paz, 1984) vive en la casa que fuera de sus abuelos, en Sopocachi. El padre de su padre, don Rafael Russo, llegó del sur de Italia al puerto de Buenos Aires en los inicios del siglo pasado. Rafael, comerciante de telas, terminó en Bolivia donde se casó con la abuela de Kiro, nacida en Huanuni. A partir de ese momento, la familia Russo giró siempre alrededor de la mina: el hijo de aquel comerciante italiano fue ingeniero de minas; el padre de su abuela, contador de minas y Kiro, cineasta de profundas oscuridades.

Cuando Russo pasó de la cinefilia al otro lado de la cámara la tuvo clara: su primer cortometraje iba a ser rodado en una mina. Se llamó Juku (2011) y se filmó (como no podía ser de otra manera) en Huanuni. De los viajes y estancias del paceño Kiro al centro minero orureño han salido tres películas: el citado “corto” y dos largometrajes Viejo calavera de 2016 y El gran movimiento de 2021, ganador del Premio Especial del Jurado en la sección Horizontes del Festival/Mostra de Venecia. Y faltan dos más: una película sobre la juventud de Huanuni atravesada por el folklore y el “black metal” satanista y otra sobre el Che Guevara, todas con cuatro familias mineras como hilos conductores.

“Bolivia solo se entiende desde la mina, el capital es la mina. Todos nuestros traumas coloniales, nuestra idiosincrasia, nuestro complejo de inferioridad vienen de ahí. El colectivo minero de Huanuni ha sido un grupo humano muy proclive a la transculturación, ha recibido una variada migración y tiene una toponimia abierta. El nuevo sujeto no es el indígena, es un obrero urbano occidentalizado con las nuevas tecnologías”, sostiene Kiro, cuyo nombre significa “brillo” tanto en quechua como en macedonio.

El chango Kiro siempre quiso ser artista. Arrancó con la pintura, abandonó el rock por el teatro y terminó en el cine. “Para mí, el cine es todas las artes en una, va más allá que todas”. Estudió en el Conservatorio Nacional de Música, aprendió a tocar varios instrumentos y acabó —más que obvio— en los inicios de los 90 en dos bandas de rock paceño: Los Tocayos y Oz. “Cuando me salí, llegó el éxito para ambas, tercer lugar de la Marathon Rock del Equinoccio en 2002 para Oz y cuarto lugar para Los Tocayos”, cuenta entre sonrisas.

Para entonces, el teatro era su nuevo amor. Pasó talleres con David Mondacca y con el Teatro de los Andes, pero el trabajo de actor no lo emocionaba. Kiro seguía a la búsqueda de una pasión verdadera y, ojalá, para toda una vida. Los videos que alquilaba en las tiendas Errol’s seguían ahí, haciendo guiños ninguneados. Al comienzo eran películas de acción “mainstream”, compartidas con su padre. Ir a alquilar aquellos VHS al videoclub de la esquina (la competencia se llamaba Euforia) se convirtió en un ritual, como liturgia también fue meterse en una sala oscura con gente desconocida para ver cine en una pantalla gigante. Pronto pasó de las patadas de Van Damme y Jackie Chan (“me he formado con ellas”) a otras inquietudes apellidadas Bergman, Breson o Tarkovski (“con mi padre veíamos Solaris en la Cinemateca sin saber qué era”).

La generación de Kiro no se hizo cinéfila en las salas sino gracias a los videos y sobre todo a la bendita/maldita piratería. “Con mis amigos íbamos por toda la ciudad, buscando piratas de cine de autor. Ver cine se aprende, es como leer. Luego llegó el cable y ver neorrealismo italiano o cine obrero inglés o belga se hizo más fácil gracias a canales como Europa Europa”.

La relación con el cine, para Kiro, es emocional; es buscar y encontrar gente con la cual hablar de películas horas de horas, charlar de títulos, de autores, de movimientos, de decálogos. Para Kiro, el “boom” de 1995 no fue el estreno de cinco películas bolivianas al hilo —tras varios años de sequía sin una maldita película nacional que ver— sino el año del Dogma 95 y una manera radical de hacer cine llegada de Dinamarca. La producción independiente gozaba de buena salud con directores como el iraní Abbas Kiarostami o la incipiente cinematografía asiática que venía de lugares como Corea del Sur (con Chan-Wook Park), Hong Kong (con Wong Kar Wai) , China (con Zhang Yimou), Taiwán (con Tsai Ming-Liang) o Japón (con Takeshi Kitano).

“Hoy en día, ese cine hace mucho tiempo que salió del cine, de la sala y se refugió en las plataformas de streaming”. Entonces, Kiro toca un tema fundamental en su obra: el tiempo. No por nada hace unos años filmó los cuadros coloniales de la Casa de la Moneda en Potosí. “Capturar el tiempo, ese es mi propósito, el cine no solo es contar una historia, eso es secundario, me ha interesado siempre el cine como lenguaje puro, como herramienta para documentar una época, para capturar huellas de momentos”. Por eso ha rodado su última película con una cámara de Súper 16 milímetros, en el viejo y querido celuloide, capaz de aprehenderlo todo a su manera, dejando de lado el facilismo del digital.

Por eso no es casualidad que las críticas internacionales que se han escrito tras el pase en festivales de El gran movimiento —con más de una decena de premios— citen la tradición del cine silente/mudo y a cineastas como Dziga Vértov (pseudónimo del director soviético Denis Abramovich Kaufman) y el alemán Walter Ruttmann, el autor de Berlín, sinfonía de una ciudad (1927).

Dziga Vértov (en ruso “Gira Peonza”, en un guiño a la poesía futurista) creía en las diversas etapas de realización y consumo de una película; en la audacia del montaje; en el rechazo de los actores profesionales; en el lenguaje poético/cinematográfico (en las antípodas del teatral). Kiro también cree en ese cine-ojo versus cine-mentira, en esas pinceladas fílmicas sobre la vida cotidiana, en esa cámara omnipresente como una diosa. Russo es el hombre de la cámara-ojo que capta “la vida al imprevisto”. De más está decir que se considera marxista.

Cuando los videos de alquiler y las películas piratas ya no aplacaban el hambre de conocimiento y la ansiedad, Kiro se metió a estudiar: primero en la ECA de La Paz y La Fábrica de Cochabamba y luego en la Universidad del Cine en San Telmo, Buenos Aires, de la cual salieron egresados notables como el paraguayo Pablo Lamar o el argentino Damián David Szifrion, el guionista y director de Relatos Salvajes (2014). “Mi viejo no quería que estudiara cine, pero a los 19 años me compré una cámara, una mini HDV de alta definición, con la que comencé a filmar todo. Tengo cientos de horas grabadas con miembros de mi familia, con tomas del cementerio y sus personajes, con vecinos y vecinas de Villa Victoria. Entendí entonces qué era filmar, qué significaba entrar a casas y conocer gente en la calle, desde borrachos hasta payasos”. 

Antes, con 18 años, se marchó a Madrid, solo y sin un peso. Trabajó de cocinero, lavando platos, preparando tapas en el Lateral, un restaurante del Barrio de las Letras. La conciencia de clase se fortalecía en las largas horas de trabajo junto a compañeros y compañeras filipinos, ecuatorianas, junto a raperos y costureros, 20, 30 años más veteranos que él. “Es extraño, pero estar con todos ellos, la intimidad y la complicidad se volvían otra cosa, evocaban mi infancia, mi familia”. Entonces, Kiro toca otro tema fundamental en su obra: los otros, los apartados, los que comen agachados, los que caminan la ciudad de día y de noche, los “nadies”. Por eso, quizás, Russo también rodó y se acercó a los yuquis para terminar con los “jukus” y con los aparapitas.

De la academia también salió con críticas a la institución de enseñanza. Kiro cree que algo no se está haciendo bien y ese algo tiene que ver con la (sobrevalorización de la) técnica. Se tiende a pensar que una buena película pasa por lo técnico, por un buen sonido, por una buena fotografía sin ahondar en el lenguaje, en la construcción de un pensamiento alrededor de una obra cinematográfica.

Russo llegó a Buenos Aires en 2008, los ecos del “corralito” rebotaban aún en las paredes de la ciudad. Pagar la universidad (“era carísima”) y lograr una beca de trabajo fueron los primeros objetivos. Hacer amigos, ver mucho cine y formar una comunidad fue mucho más sencillo. Kiro se juntó con compatriotas como Pablo Paniagua (más tarde, el director de fotografía de sus obras), con Nicolás Taborga, con “Pato” Romay Rabaj, Sebastián Fernández, Juan Alberto Guerra. “Ese momento fue muy lindo porque éramos un colectivo de jóvenes cineastas de toda América Latina, hombres y mujeres de Uruguay, Paraguay, Perú, Brasil, Argentina, Nicaragua, Bolivia… Veíamos harto cine, íbamos al festival Bafici para ver seis películas al día, una tras otra, era la primera vez que veía tanto cine y diferente en una sala”.

Russo quería saber todo. Entró a estudiar fotografía, pero rápidamente logró una beca para el departamento de sonido. “Pasé mucho tiempo, viví en Buenos Aires ocho años hasta el 2015, haciendo producción de sonido, seis horas al día. Pablo Paniagua, al que ya conocía de La Paz pero no éramos amigos, trabajaba en el departamento de edición y estudiaba fotografía”. Así nació una dupla.

Dos años antes de terminar la carrera, Kiro pasó a dirección y acabó egresando como director de cine. De esa época y de la mano del dúo Russo-Paniagua, nacieron cortos radicales que se planteaban preguntas como éstas: ¿desde dónde y cómo contamos las historias?, ¿para quiénes las contamos?, ¿con quiénes? Las respuestas eran muchas, aún lo son: “el cine es arte, no es solo negocio o entretenimiento; el cine parte del plano, no es solo la historia; el cine es forma y búsqueda, no solo narración y actuación”.

Años después, tras vivir y rodar en Huanuni, tras hacer amistad con “jukus” y mineros como el productor de Viejo calavera, Edwin Yucra, comenzó a filmar en el paceño mercado Rodríguez. “Me hice amigo hace 15 años de Max Bautista Uchasara, un indigente, parecía salido de un libro de Saenz o de Borda, increíble personaje. Charlamos de la vida, paseamos, hice pequeños cortos, fue algo enriquecedor. Solo mucho tiempo después, hace cuatro años, en 2017, surgió la idea de hacer una película con él pero con la cámara en acción no funcionaba, no era él mismo”.

Foto: Ricardo Bajo

Kiro Russo es un director y productor de cine, nacido en La Paz, Bolivia, en 1984. Foto: Ricardo Bajo

Russo ganó el Premio Especial del Jurado de la sección Horizontes, del Festival de Venecia. Foto: Ricardo Bajo

Foto: Ricardo Bajo

Foto: Ricardo Bajo

Kiro tuvo que reescribir el guion durante cuatro meses (antes de eso, el filme se iba a llamar Loba), centrarse en dos historias de las varias que quería contar y dar más líneas a Elder Mamani, el actor no profesional que opacó al resto en Viejo calavera haciendo de Julio César Ticona. El rodaje, en pleno golpe, fue harina de otro costal: “Nos insultaban, nos confundieron con los periodistas argentinos que llegaron a reportear, nos dijeron de todo, uno de ellos se me quedó clavado en la retina de la memoria: ‘Ustedes son la basura de Bolivia’. Fue mucho más duro filmar El gran movimiento que filmar adentro de una mina como en Viejo calavera”.

Entonces, Kiro toca otro tema fundamental en su obra: los actores no profesionales. Y así, la charla nos lleva al neorrealismo italiano, a Ken Loach, a los hermanos Dardenne, a Sanjinés y Eguino. La palabra clave es verosimilitud. “El teatro está basado en la impostación del cuerpo sobre unas tablas, el cine es todo lo contrario, es introspección, es naturalidad ante unas cámaras. Cuando estábamos rodando la última película, la producción, el “Piñas”, insistió en probar a Freddy Chipana, reconocido actor de teatro, hicimos varios ensayos y no funcionó. Es uno de los grandes problemas de nuestro cine, hacer actuar a la gente de teatro en una película. Dime una película boliviana donde ésta se sostenga en la profundidad psicológica de los personajes. Sanjinés y Eguino construyeron desde otras formas. Solo si logras un actor o actriz natural, puedes moldear y evocar desde sus cuerpos, desde sus experiencias”.

Kiro se define a sí mismo como “ridículamente obsesivo”, es un trabajador “enfermo”, es capaz de ir cuatro años seguidos a la inauguración de la Alasita para lograr los planos deseados y tiene como penitencia no caer en la tentación de la porno-miseria, término acuñado por los cineastas colombianos Luis Ospina y Carlos Mayolo en un pequeño manifiesto escrito en 1978. “Me han acusado de hacer eso precisamente. Dicen que fui a filmar a los pobres mineros para hacerme rico. Yo no filmo sus vidas por más que trabaje con actores no profesionales, yo ficciono a partir de, no muestro la realidad, aunque todos sabemos que la vida es dura, que los mineros van a morir por la silicosis, que la vida es una mierda, 15 de mis amigos que han participado de una u otra forma en las películas han muerto”.

Quizás, la palabra clave es proceso. Y su antónimo: paracaidismo. Quizás, para evitar caer en la porno-miseria es necesario volver al corazón del cine. Ospina y Mayolo aseguraron que la miseria se había convertido en tema impactante, en mercancía, en un espectáculo más, donde el espectador puede lavar su mala conciencia. Russo lanza las últimas preguntas: si no se puede filmar vidas empobrecidas para analizar y transformar, si no puedes hacerlo porque entonces haces un cine miserabilista para conmover y tranquilizarte, ¿qué nos queda?, ¿callar y mirar para otro lado?, ¿no mostrar la realidad?, ¿no sería eso reaccionario? Kiro, el hombre de la cámara, hace un “zoom in” a la muchedumbre y se va. El siguiente es un plano fijo: un vaso de cerveza vacío en una pizzería de Sopocachi. Fundido en negro.

TEXTO Y FOTOS: RICARDO BAJO

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Adele con la manzana de la tentación

Oh My God es el nuevo videoclip de la premiada artista británica que se desprende del disco denominado 30

/ 16 de enero de 2022 / 20:36

Con datos de Sony Music y El Universal

Un elegante blanco y negro, sugerente danza contemporánea y el carisma y la voz que caracterizan a Adele (1988, Londres) son la esencia del video del sencillo Oh My God, perteneciente a su más reciente y galardonado álbum 30. Este clip reúne a la premiada cantante y compositora con el director audiovisual Sam Brown, quien dirigió el video de 2010 para la ya mítica Rolling In The Deep. La manzana de la tentación caracteriza al chip de esta canción en que la cantante dice: “Sé que está mal, pero quiero divertirme”.

“¡Volví a trabajar con Sam Brown para Oh My God, quien dirigió el video Rolling In The Deep! Así que volver a colaborar juntos una década después fue nostálgico, por decir lo menos. Filmamos éste el día que salió Easy O The Deepn Me, había un millón de cosas sucediendo a la vez. Pero la atención a los detalles por parte del equipo estuvo al borde de la risa. Muchas gracias por su paciencia y por reunirlo todo. Fue muy divertido”, escribió la artista en su Instagram.

El videoclip —filmado en blanco y negro y con vestuario de Harris Reed, Louis Vuitton y The Queens Haus-Vivienne Westwood— combina un performance de danza contemporánea con Adele cambiando de escenarios y vestuarios, en el que al final sostiene una manzana como símbolo de tentación.

30 es el cuarto y más reciente álbum de estudio de Adele, después de 19(2008), 21 (2011) y 25(2015). La placa continúa liderando las listas de éxitos del mundo: está certificado el 3X Platino en Estados Unidos y 2X Platino en el Reino Unido, Irlanda, Francia y Corea. Desde su primer trabajo, Adele es imparable: Lanzado en noviembre pasado, 30es el álbum más vendido de 2021 y en Estados Unidos. Ha sido el número 1 en la lista de ventas de álbumes principales de Billboard durante siete semanas.

Es el álbum más vendido de 2021 y el único álbum que vendió más de un millón de copias en ventas de álbumes puros. El single principal del álbum, Easy On Me, es un éxito mundial y ha tenido el honor de ocupar el puesto número 1 en la lista Hot 100 de Billboard durante ocho semanas. Y las aventuras continúan. Adele dará inicio a su residencia previamente anunciada en Las Vegas, Fin de Semana con Adele, el 21 de enero de este año en The Colosseum of Caesars Palace Hotel.

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Eva Sofía Sánchez: un descenso al terror a través de la narrativa transmedia

Un recuerdo de infancia, una necesidad narrativa y un personaje oscuro dieron origen a Tenemos sed, el nuevo trabajo de la escritora cruceña

La escritora cruceña Eva Sofía Sánchez Exeni

/ 16 de enero de 2022 / 20:33

No había oído sobre los libros transmedia. Lo que la escritora cruceña Eva Sofía Sánchez Exeni tenía en mente era un cuento basado en un recuerdo de juventud, nada más. Pero las obras suelen tener vida propia. Y así nació Tenemos sed (2021, editorial 3600), un libro transmedia que pasa del papel al teléfono celular y al ordenador, al blog y al audio, a las fotografías y al video; a la interactividad. Aunque suene cliché, más que una lectura, es una experiencia.

“Lo de transmedia surgió en la mitad del proceso del libro. Empecé a escribirlo en octubre de 2019 y era una anécdota que sucedió cuando era adolescente, en la que estábamos unos amigos en una montaña y nos faltaba agua, entonces bajamos a buscarla. Y luego se me ocurrió que habían asesinado a alguien y pensé en el por qué habían hecho eso, imaginándome quiénes eran y se me ocurrió que era una banda de heavy metal. Recordé que tenía un grupo de música que tenía su propio blog y en ese momento abrí uno y puse un link”. Así empezó todo. Sánchez Exeni, con amplia experiencia en el periodismo y acostumbrada a ser ella quien hace las preguntas, escarba la ideas en su cabeza y las ordena en su casa en el centro de Santa Cruz. Este trabajo ha sido muy intuitivo y ha significado un proceso inédito para ella.

“Cuando se lo comenté a un editor al que siempre recurro, Alexis Sánchez, me habló de la narrativa transmedia y fui añadiendo más links para que el blog crezca”. Entonces el libro se conectó con internet y esto impuso nuevas necesidades. “Al principio los referentes eran de trash metal: Metallica, Sepultura, etcétera. Luego pensé que los personajes tenían que escuchar algo cercano a las artes ocultas y el black metal era lo ideal. Decidí estudiarlo más a fondo y encontramos las canciones ideales para que estén relacionadas con el contexto de la historia del blackmetal noruego”, agrega la autora.

Luego se hizo necesario crear música original, para lo que convocó a Juan Manuel Chain. Libro y temas se hicieron de forma paralela y después de mucho ensayo y error se llegó hasta las canciones que fueron masterizadas en España.

Cada tema tiene su propósito: “La primera canción, Éxtasis, debía generar una atmósfera; en la segunda, Beginning, quería que la gente escuche algo más pesado y al final la gran apuesta es Devoramos, que dura 10 minutos aproximadamente, que es el tiempo de lectura del último capítulo. La idea es que la música acompañe a la lectura y se pueda advertir lo que se está diciendo en el texto”. Y sí, puede que mucha gente no esté acostumbrada a leer y escuchar música a la vez, pero puede ponerla en pausa y leer o ver antes el video, solo escuchar la música… cada persona tendrá una experiencia única.

Es así que esta obra llevó a Sánchez Exeni —que desde 2020 imparte el taller de escritura creativa Escribir, ¿yo?— del solitario rol de la escritora al de una directora de orquesta o de cine, pues cada elemento — música, videos y diseño web— son parte importante de la obra.

Esta ficción arranca con el hallazgo de unos documentos, que luego se amplían en un blog que está en la web. “Me gustaron siempre las películas como La bruja de Blair, de found footage (metraje encontrado). En el prólogo se menciona que apareció un escrito y no se sabe de dónde y eso le da la tónica de no saber qué es lo que va a suceder. Todo está narrado por un tipo del que no se sabe nada, ni el nombre. Tiene ocultas las intenciones, solo él  sabe realmente lo que quiere”, adelanta Sánchez.

En su libro anterior, ¡Taxi!, hubo un momento en el que a la autora le asustó indagar más en un personaje tan oscuro, pero en Tenemos sed, el protagonista cobró vida de forma natural. “Daba para poder explorar mucho, yo perdí el miedo a trabajar con un personaje tan complejo y oscuro, con su con la sociedad y cómo interactúa con ella. Fue fascinante indagar cómo ve Santa Cruz del 2000, cómo ve a los metaleros. En un principio es una persona noble que comulga con la moral y que termina como el fascismo, con una intolerancia total. Si bien el personaje tiene un plan macabro, hubo un evento en su vida que lo corrompió y que al final de la novela se puede intuir”.

La obra es profusa en simbolismos: “El prólogo tiene siete partes y el hecho de que los detectives se llamen Sordello y Catón tiene un motivo espiritual, así como Fausto. Quería que el prólogo tenga una tónica pagana: si el lector conoce sobre las artes oscuras se dará cuenta de que es un homenaje”.

Por ello también la obra crece en sus 33 capítulos, la edad de Cristo. “En el último capítulo muestro la desestructuración en la psique de estos personajes y la forma que se me ocurrió para poder plasmarlo fue destrozando el texto, como si fuera un error en la matrix. Es la forma que hallé para expresar lo terrible de los actos que estaban ocurriendo, porque después de cometer esos asesinatos ya no sería la misma persona, volviéndose en la expresión misma de la maldad, algo que tienen relación con las imágenes y la música”. La interactividad, que tiene un importante ingrediente lúdico, además hace que la obra sea inmersiva, lo que resulta más que inquietante al tratarse de un texto de terror acompañado por música e imágenes que se quedan en la mente del lector.

Plasmar el libro en línea tal como está en este momento —y que este año verá su edición física en papel— fue otro viaje. La autora no tenía una idea clara de cómo plasmar la obra y no sabía si se la entendía a cabalidad. La editorial 3600 se interesó y contactaron a Eva Sofía Sánchez con Melisa Balderrama, quien fue la editora final del texto y propuso que el formato sea totalmente digital. “Yo no conocía todas las posibilidades y  a punta de ensayo y error surgió todo: desde el color de las letras para que tenga la estética de la época y se mantenga la mística del texto. Hay contenido extra en el blog, videos y obras de arte… también canciones no originales a las que el texto hace referencia”, dice la autora.

Eva Sofía Sánchez sabe que esta obra tiene un formato poco usual. Ella misma se encarga de mantener la página en internet debidamente actualizada  y atenta para que la lectura de la obra no ofrezca ningún problema. “Espero que el lector pueda viajar con el libro y lo disfrute como una nueva experiencia”.

El texto está en la página Venbo.shop, con la que trabaja editorial 3600, y tiene un precio de Bs 50. Simplemente se paga el monto y se da acceso al texto y demás material. “Espero que a partir del boca a boca y las experiencias de cada persona se pueda socializar este producto, pues me interesa mucho la experiencia que pueda vivir el lector”. ¿Es este el nacimiento de una autora multimedia? Eva Sofía guarda silencio. Fue la obra la que pidió el formato, no pretendía una búsqueda de innovación. Su libro ¡Taxi! también implicó una vivencia muy fuerte. Es que las obras suelen tener vida propia. “Me gustaría trabajar en un futuro con un material más pausado, reflexivo y no centrado en la acción”, concluye tras esta aventura.

PERFIL

Eva Sofía Sánchez Exeni (1981, Santa Cruz) es escritora y periodista. Autora de ¡Taxi! (novela corta, E1 Ediciones, México, 2020) y de Matar lo amado (cuentos, Editorial La Hoguera, Bolivia, 2018). Su libro Aquí y ahora – conversando con artistas cruceños (entrevistas y crónicas, Fondo Editorial de la FCBC, Bolivia, 2019) fue galardonado con el premio Letras de Nuevo Tiempo 2018, otorgado por la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia. Su nueva novela, titulada Tenemos sed es una obra de narrativa transmedia y fue publicada en diciembre de 2021 por editorial 3600.

Escrituras líquidas y la sed

Reseña de la obra transmedia ‘Tenemos sed’ de Eva Sofía Sánchez Exeni

La sed es ansia y Tenemos sed de Sánchez Exeni llegó a mí en momentos de sequía y naufragio. Me encontraba navegando en la web, consumiendo imágenes, videos de máximo un minuto y deslizando en modo automático, saltando de una aplicación a otra sin calmar la sed. Al ingresar la contraseña y acceder al libro me encontré con la escritura líquida de Sánchez Exeni que se iba expandiendo con cada toque de mi pulgar, páginas que se sobreponen, creando lo que denominamos narratividad transmedia y podríamos resumir como el uso de diversos medios para contar una historia. Tenemos sed me recuerda a comunidades de internet que investigan y en algunos casos hasta han resuelto asesinatos o misterios a través de información encontrada en la web, pequeños retazos de pistas que se hacen visibles con cada clic. En ese sentido, el soporte de la obra es también, un personaje.

La experiencia de lectura en la narratividad transmedia es activa, pues como lectores/espectadores de la obra podemos avanzar y volver atrás las veces que queramos, pausar los videos, verlos sin audio, escuchar solo la música, navegar el blog de Somos Inercia y ser personajes de esta historia de suspenso y terror, ser cómplices del misterio. Por otro lado, la transmedialidad es casi imposible sin el trabajo colectivo, en Tenemos sed escuchamos la música compuesta por el músico Juan Manuel Chahin con guitarras distorsionadas, grabaciones caseras que completan el cuerpo y realismo de este universo, que también es nuestro y ese es otro punto desde el cual podemos analizar la obra, la hiperrealidad pues la línea entre la realidad y la ficción es muchísimo más difusa en internet; modificamos nuestros rostros con filtros, creamos alter egos, los medios comparten imágenes retocadas, una aplicación puede cambiarle el rostro a cualquier persona. El filósofo francés Jean Baudrillard relaciona la hiperrealidad con el concepto de simulacro, indicando que “el mundo contemporáneo es un simulacro, donde la realidad ha sido reemplazada por imágenes falsas, a tal punto que no se puede distinguir entre lo real y lo irreal. La hiperrealidad difiere de otras realidades en que la división entre realidad e imaginario desaparece.

La representación es más importante que lo que se está representando. Tenemos sed podría seguir expandiéndose, los mitos dejaron de ser urbanos para existir en los distintos niveles del internet. La escritura de Sánchez Exeni en Tenemos sed contiene otras dimensiones que se expanden por fuera de lo que conocemos como libro y con esto me refiero a que podrían surgir nuevos blogs relacionados al asesinato de la familia noruega, a los cuerpos encontrados en Samaipata, a la banda de black metal y mantener su estado líquido recorriendo y salpicando más páginas web. De eso se trata la complejidad de la narratividad transmedia, de generar un tejido infinito de amplitud para la obra, una sed constante que permanece.

(*) Por Lucía Carvalho, escritora

FOTOS: PIRENE E IRAIS BUEZO, SANTIAGO CUÉLLAR Y BLOG DE ‘TENEMOS SED’

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Rodolfo Renato Vázquez, el coleccionista de Los Beatles

En Buenos Aires, Argentina, está el Museo Beatle, espacio con más de 11.000 artículos relacionados con los cuatro de Liverpool

Por Claudia Fernández

/ 16 de enero de 2022 / 20:25

En la parte superior izquierda — con una tipografía creada por Charles Front— se lee: “Rubber Soul”. El disco guarda The Long and Winding Road (El camino largo y sinuoso), la balada preferida de Rodolfo Renato Vázquez (64), dueño de la colección más grande del mundo — que ha sido dos veces avalada por los Guinness World Records— de artículos de Los Beatles.

“Siempre me emociona esa canción, y cuando la escucho, sea la versión que fuera, me pasa lo mismo. Me transmite algo”, dice a ESCAPE, Vázquez desde Argentina.

Autógrafos originales de John Lennon, cheques firmados por Paul McCartney, fotos con Ringo Starr, cartas de la hermana de George Harrison y la discografía de la banda son algunos tesoros de su colección, que llega a más de 11.000 artículos.

Las colecciones nunca terminan. A diferencia de sus inicios —cuando Rodolfo era un niño de 10 años— hoy es más exigente con los productos que busca por cada rincón que recorre. Su ímpetu de coleccionista no decae, por tanto su colección no muere.

“Cuando se separaron Los Beatles el sueño no había terminado, siempre había la esperanza de que se volverían a juntar, pero con la muerte de John Lennon se acabó esa esperanza”, comparte Vázquez. En ese momento de tragedia decidió convertirse en un coleccionista de la banda con la mirada en guardar un capital cultural para las generaciones futuras.

FIRMAS. Entre las joyas del museo están las firmas de John Lennon (izquierda) y Ringo Starr (derecha).

Bienvenidos a The Cavern

Cada 16 de enero, la beatlemanía —o al menos un grupo de estos fanáticos— recuerda el Día Internacional The Beatles, en honor a la inauguración del club de jazz The Cavern, aquel escenario escondido en el sótano de un edificio en el centro de Liverpool, Inglaterra; un espacio utilizado por las nuevas bandas. En ese club la banda inglesa estrenó su música.

Otro grupo de seguidores reivindica el 10 de julio (fecha cuando Los Beatles retornaron de una exitosa gira estadounidense en 1964)  para homenajear al fenómeno musical que vendió solo con su décimo disco The White Album (1968) 24 millones de copias. Y hay otro grupo que celebra todas las fechas; porque siempre es lindo recordar a Los Beatles.

No es necesario cruzar el océano para sentirse cerca de la banda. La única filial del Cavern Club de Liverpool se encuentra en la avenida Corrientes, Buenos Aires, Argentina, y en ese lugar se encuentra el Museo Beatle —uno de los dos museos en el mundo dedicados a Los Beatles—. El otro museo está en Inglaterra, The Beatles Story, un museo en Liverpool ubicado en Royal Albert Dock .

Más de 2.000 artículos de la colección de Rodolfo se encuentran en exhibición en el repositorio que se inauguró en enero de 2011 y que coincidió con la llegada del ex Beatle Ringo Starr a Argentina.

“La colección incluye revistas, libros, periódicos, partituras, carteles, autógrafos, fotografías, videos, discos, material promocional, pases de escenario, programas, entradas para conciertos e incluso figuras de tamaño natural de los cuatro integrantes de la banda”, describe con entusiasmo Rodolfo.

Uno puede disfrutar de las nuevas versiones musicales que dejaron Los Beatles en el Club de la Caverna; recorrer la azotea de Paul McCartney (un espacio al aire libre para comer), conocer la sala George Harrison o la sala John Lennon. Y también se puede recrear la portada del disco Abbey Road, publicado en 1969, y que continúa entre los 200 discos más vendidos de la historia, según la lista de los Billboards 2021.

“Un día estaba en mi casa y me avisaron del Museo Beatle que estaban los músicos y el mánager de Ringo Starr, y claro que fui volando a verlos. Ahí me invitaron a ir a los camarines porque Ringo quería conocer al loco que tenía un museo de la banda. Sabía del museo por una nota que salió en un periódico estadounidense. Fue maravilloso verlo”, recuerda Vázquez sobre el encuentro que tuvo con el mítico exbaterista del grupo inglés en el Luna Park.

La locura que siente por su banda lo llevó a escribir libros sobre The Beatles. “Estoy armando una colección; el primer libro es sobre la bibliografía, desde su primera publicación hasta el año 2012. Luego está la segunda parte de ese tomo. Tengo otro libro sobre la cinematografía de la banda y el último que saqué, Diamantes en el paraíso, es sobre un encuentro entre Lennon y Harrison en el cielo, y a través de anécdotas van relatando la historia de Los Beatles”.

La gran magnitud e importancia de esta colección han sido reconocidas por los récord Guinness.

El Museo Beatle es visitado por turistas de varias nacionalidades, fanáticos y estudiantes que escucharon muy poco de la banda; ahí aprenden la historia de Los Beatles, cantan y practican los acordes, dibujan, juegan y realizan manualidades sobre la banda de rock más importante de la historia de la música contemporánea. “Los chicos salen enamorados de la banda, y conocen también cómo era en la década de los 60, cómo eran los discos de vinilo”.

A 58 años de multitudes descontroladas que perseguían a Los Beatles, de aquellas locuras que cometían los fanáticos para ver de cerca a la banda y no han sido superadas por ningún otro fenómeno musical, la beatlemanía continúa, a su estilo, con seguidores de todas las edades, con estrenos de documentales en plataformas de streaming y millones de  descargas en Spotify. 

“La música que han hecho Los Beatles es maravillosa, su magia, su poesía, sus canciones, y hoy en día continúan transmitiendo esa magia”, finaliza Vázquez, el coleccionista de Los Beatles.

FOTOS: MUSEO BEATLE

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Ana Frank, un testimonio de los horrores del nazismo

Ana y su hermana Margot terminaron en el campo de concentración de Bergen Belsen, ahí murieron a causa del tifus en marzo de 1945

Por Dr. Aníbal Romero Sandoval.

/ 16 de enero de 2022 / 20:15

Ana Frank nació en Alemania en Frankfurt un 12 de junio de 1929. De origen judío, su familia emigró a Holanda cuando Ana tenía 12 años. Sin embargo, tras la ocupación nazi de Holanda, hacia 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, su familia sufrió las duras medidas aplicadas a la población judía, al extremo de tener que esconderse en un edificio detrás del negocio del papá. Ahí permanecieron por dos años hasta que fueron denunciados y llevados a campos de concentración.

Ana y su hermana Margot terminaron en el campo de concentración de Bergen Belsen, ahí murieron a causa del tifus en marzo de 1945.

El tifus es un conjunto de enfermedades infecciosas que se produce por la bacteria llamada Ricketsia. Esta bacteria está en el tracto digestivo de las pulgas, piojos, garrapatas y se transmite en el ser humano a través del sitio de picadura en la piel. Cuando las pulgas o piojos pican y defecan en el lugar de la misma roncha, estas heces contienen a la bacteria, y cuando el enfermo se rasca favorece el ingreso de las bacterias a través de la picadura. Este mal produce fiebre tan alta que puede llegar a 40 grados, con lo que el paciente puede llegar a delirar, además de dolor en los músculos y las articulaciones, escalofríos, cefalea y lesiones en la piel. El tifus endémico se caracteriza además por diarrea y dolor abdominal. La mejor manera de prevenir la enfermedad es con la higiene. Hoy en día es difícil encontrar casos de tifus.

Ana Frank llevó un diario durante el periodo en el que se escondía con su familia, el que luego se publicó y constituye un verdadero testimonio de lo que significaron esos dos años escondidos de la Gestapo.

(*) Dr. Aníbal Romero Sandóval En esta sección se abordan patologías relacionadas con personajes de la historia.

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