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Kiro Russo, el hombre de la cámara

/ 16 de enero de 2022 / 20:44

El director postergó para marzo (por la cuarta ola del COVID-19) el estreno de su segundo y esperado largo El gran movimiento, premiado en el Festival de cine de Venecia

Kiro Russo (La Paz, 1984) vive en la casa que fuera de sus abuelos, en Sopocachi. El padre de su padre, don Rafael Russo, llegó del sur de Italia al puerto de Buenos Aires en los inicios del siglo pasado. Rafael, comerciante de telas, terminó en Bolivia donde se casó con la abuela de Kiro, nacida en Huanuni. A partir de ese momento, la familia Russo giró siempre alrededor de la mina: el hijo de aquel comerciante italiano fue ingeniero de minas; el padre de su abuela, contador de minas y Kiro, cineasta de profundas oscuridades.

Cuando Russo pasó de la cinefilia al otro lado de la cámara la tuvo clara: su primer cortometraje iba a ser rodado en una mina. Se llamó Juku (2011) y se filmó (como no podía ser de otra manera) en Huanuni. De los viajes y estancias del paceño Kiro al centro minero orureño han salido tres películas: el citado “corto” y dos largometrajes Viejo calavera de 2016 y El gran movimiento de 2021, ganador del Premio Especial del Jurado en la sección Horizontes del Festival/Mostra de Venecia. Y faltan dos más: una película sobre la juventud de Huanuni atravesada por el folklore y el “black metal” satanista y otra sobre el Che Guevara, todas con cuatro familias mineras como hilos conductores.

“Bolivia solo se entiende desde la mina, el capital es la mina. Todos nuestros traumas coloniales, nuestra idiosincrasia, nuestro complejo de inferioridad vienen de ahí. El colectivo minero de Huanuni ha sido un grupo humano muy proclive a la transculturación, ha recibido una variada migración y tiene una toponimia abierta. El nuevo sujeto no es el indígena, es un obrero urbano occidentalizado con las nuevas tecnologías”, sostiene Kiro, cuyo nombre significa “brillo” tanto en quechua como en macedonio.

El chango Kiro siempre quiso ser artista. Arrancó con la pintura, abandonó el rock por el teatro y terminó en el cine. “Para mí, el cine es todas las artes en una, va más allá que todas”. Estudió en el Conservatorio Nacional de Música, aprendió a tocar varios instrumentos y acabó —más que obvio— en los inicios de los 90 en dos bandas de rock paceño: Los Tocayos y Oz. “Cuando me salí, llegó el éxito para ambas, tercer lugar de la Marathon Rock del Equinoccio en 2002 para Oz y cuarto lugar para Los Tocayos”, cuenta entre sonrisas.

Para entonces, el teatro era su nuevo amor. Pasó talleres con David Mondacca y con el Teatro de los Andes, pero el trabajo de actor no lo emocionaba. Kiro seguía a la búsqueda de una pasión verdadera y, ojalá, para toda una vida. Los videos que alquilaba en las tiendas Errol’s seguían ahí, haciendo guiños ninguneados. Al comienzo eran películas de acción “mainstream”, compartidas con su padre. Ir a alquilar aquellos VHS al videoclub de la esquina (la competencia se llamaba Euforia) se convirtió en un ritual, como liturgia también fue meterse en una sala oscura con gente desconocida para ver cine en una pantalla gigante. Pronto pasó de las patadas de Van Damme y Jackie Chan (“me he formado con ellas”) a otras inquietudes apellidadas Bergman, Breson o Tarkovski (“con mi padre veíamos Solaris en la Cinemateca sin saber qué era”).

La generación de Kiro no se hizo cinéfila en las salas sino gracias a los videos y sobre todo a la bendita/maldita piratería. “Con mis amigos íbamos por toda la ciudad, buscando piratas de cine de autor. Ver cine se aprende, es como leer. Luego llegó el cable y ver neorrealismo italiano o cine obrero inglés o belga se hizo más fácil gracias a canales como Europa Europa”.

La relación con el cine, para Kiro, es emocional; es buscar y encontrar gente con la cual hablar de películas horas de horas, charlar de títulos, de autores, de movimientos, de decálogos. Para Kiro, el “boom” de 1995 no fue el estreno de cinco películas bolivianas al hilo —tras varios años de sequía sin una maldita película nacional que ver— sino el año del Dogma 95 y una manera radical de hacer cine llegada de Dinamarca. La producción independiente gozaba de buena salud con directores como el iraní Abbas Kiarostami o la incipiente cinematografía asiática que venía de lugares como Corea del Sur (con Chan-Wook Park), Hong Kong (con Wong Kar Wai) , China (con Zhang Yimou), Taiwán (con Tsai Ming-Liang) o Japón (con Takeshi Kitano).

“Hoy en día, ese cine hace mucho tiempo que salió del cine, de la sala y se refugió en las plataformas de streaming”. Entonces, Kiro toca un tema fundamental en su obra: el tiempo. No por nada hace unos años filmó los cuadros coloniales de la Casa de la Moneda en Potosí. “Capturar el tiempo, ese es mi propósito, el cine no solo es contar una historia, eso es secundario, me ha interesado siempre el cine como lenguaje puro, como herramienta para documentar una época, para capturar huellas de momentos”. Por eso ha rodado su última película con una cámara de Súper 16 milímetros, en el viejo y querido celuloide, capaz de aprehenderlo todo a su manera, dejando de lado el facilismo del digital.

Por eso no es casualidad que las críticas internacionales que se han escrito tras el pase en festivales de El gran movimiento —con más de una decena de premios— citen la tradición del cine silente/mudo y a cineastas como Dziga Vértov (pseudónimo del director soviético Denis Abramovich Kaufman) y el alemán Walter Ruttmann, el autor de Berlín, sinfonía de una ciudad (1927).

Dziga Vértov (en ruso “Gira Peonza”, en un guiño a la poesía futurista) creía en las diversas etapas de realización y consumo de una película; en la audacia del montaje; en el rechazo de los actores profesionales; en el lenguaje poético/cinematográfico (en las antípodas del teatral). Kiro también cree en ese cine-ojo versus cine-mentira, en esas pinceladas fílmicas sobre la vida cotidiana, en esa cámara omnipresente como una diosa. Russo es el hombre de la cámara-ojo que capta “la vida al imprevisto”. De más está decir que se considera marxista.

Cuando los videos de alquiler y las películas piratas ya no aplacaban el hambre de conocimiento y la ansiedad, Kiro se metió a estudiar: primero en la ECA de La Paz y La Fábrica de Cochabamba y luego en la Universidad del Cine en San Telmo, Buenos Aires, de la cual salieron egresados notables como el paraguayo Pablo Lamar o el argentino Damián David Szifrion, el guionista y director de Relatos Salvajes (2014). “Mi viejo no quería que estudiara cine, pero a los 19 años me compré una cámara, una mini HDV de alta definición, con la que comencé a filmar todo. Tengo cientos de horas grabadas con miembros de mi familia, con tomas del cementerio y sus personajes, con vecinos y vecinas de Villa Victoria. Entendí entonces qué era filmar, qué significaba entrar a casas y conocer gente en la calle, desde borrachos hasta payasos”. 

Antes, con 18 años, se marchó a Madrid, solo y sin un peso. Trabajó de cocinero, lavando platos, preparando tapas en el Lateral, un restaurante del Barrio de las Letras. La conciencia de clase se fortalecía en las largas horas de trabajo junto a compañeros y compañeras filipinos, ecuatorianas, junto a raperos y costureros, 20, 30 años más veteranos que él. “Es extraño, pero estar con todos ellos, la intimidad y la complicidad se volvían otra cosa, evocaban mi infancia, mi familia”. Entonces, Kiro toca otro tema fundamental en su obra: los otros, los apartados, los que comen agachados, los que caminan la ciudad de día y de noche, los “nadies”. Por eso, quizás, Russo también rodó y se acercó a los yuquis para terminar con los “jukus” y con los aparapitas.

De la academia también salió con críticas a la institución de enseñanza. Kiro cree que algo no se está haciendo bien y ese algo tiene que ver con la (sobrevalorización de la) técnica. Se tiende a pensar que una buena película pasa por lo técnico, por un buen sonido, por una buena fotografía sin ahondar en el lenguaje, en la construcción de un pensamiento alrededor de una obra cinematográfica.

Russo llegó a Buenos Aires en 2008, los ecos del “corralito” rebotaban aún en las paredes de la ciudad. Pagar la universidad (“era carísima”) y lograr una beca de trabajo fueron los primeros objetivos. Hacer amigos, ver mucho cine y formar una comunidad fue mucho más sencillo. Kiro se juntó con compatriotas como Pablo Paniagua (más tarde, el director de fotografía de sus obras), con Nicolás Taborga, con “Pato” Romay Rabaj, Sebastián Fernández, Juan Alberto Guerra. “Ese momento fue muy lindo porque éramos un colectivo de jóvenes cineastas de toda América Latina, hombres y mujeres de Uruguay, Paraguay, Perú, Brasil, Argentina, Nicaragua, Bolivia… Veíamos harto cine, íbamos al festival Bafici para ver seis películas al día, una tras otra, era la primera vez que veía tanto cine y diferente en una sala”.

Russo quería saber todo. Entró a estudiar fotografía, pero rápidamente logró una beca para el departamento de sonido. “Pasé mucho tiempo, viví en Buenos Aires ocho años hasta el 2015, haciendo producción de sonido, seis horas al día. Pablo Paniagua, al que ya conocía de La Paz pero no éramos amigos, trabajaba en el departamento de edición y estudiaba fotografía”. Así nació una dupla.

Dos años antes de terminar la carrera, Kiro pasó a dirección y acabó egresando como director de cine. De esa época y de la mano del dúo Russo-Paniagua, nacieron cortos radicales que se planteaban preguntas como éstas: ¿desde dónde y cómo contamos las historias?, ¿para quiénes las contamos?, ¿con quiénes? Las respuestas eran muchas, aún lo son: “el cine es arte, no es solo negocio o entretenimiento; el cine parte del plano, no es solo la historia; el cine es forma y búsqueda, no solo narración y actuación”.

Años después, tras vivir y rodar en Huanuni, tras hacer amistad con “jukus” y mineros como el productor de Viejo calavera, Edwin Yucra, comenzó a filmar en el paceño mercado Rodríguez. “Me hice amigo hace 15 años de Max Bautista Uchasara, un indigente, parecía salido de un libro de Saenz o de Borda, increíble personaje. Charlamos de la vida, paseamos, hice pequeños cortos, fue algo enriquecedor. Solo mucho tiempo después, hace cuatro años, en 2017, surgió la idea de hacer una película con él pero con la cámara en acción no funcionaba, no era él mismo”.

Foto: Ricardo Bajo

Kiro Russo es un director y productor de cine, nacido en La Paz, Bolivia, en 1984. Foto: Ricardo Bajo

Russo ganó el Premio Especial del Jurado de la sección Horizontes, del Festival de Venecia. Foto: Ricardo Bajo

Foto: Ricardo Bajo

Foto: Ricardo Bajo

Kiro tuvo que reescribir el guion durante cuatro meses (antes de eso, el filme se iba a llamar Loba), centrarse en dos historias de las varias que quería contar y dar más líneas a Elder Mamani, el actor no profesional que opacó al resto en Viejo calavera haciendo de Julio César Ticona. El rodaje, en pleno golpe, fue harina de otro costal: “Nos insultaban, nos confundieron con los periodistas argentinos que llegaron a reportear, nos dijeron de todo, uno de ellos se me quedó clavado en la retina de la memoria: ‘Ustedes son la basura de Bolivia’. Fue mucho más duro filmar El gran movimiento que filmar adentro de una mina como en Viejo calavera”.

Entonces, Kiro toca otro tema fundamental en su obra: los actores no profesionales. Y así, la charla nos lleva al neorrealismo italiano, a Ken Loach, a los hermanos Dardenne, a Sanjinés y Eguino. La palabra clave es verosimilitud. “El teatro está basado en la impostación del cuerpo sobre unas tablas, el cine es todo lo contrario, es introspección, es naturalidad ante unas cámaras. Cuando estábamos rodando la última película, la producción, el “Piñas”, insistió en probar a Freddy Chipana, reconocido actor de teatro, hicimos varios ensayos y no funcionó. Es uno de los grandes problemas de nuestro cine, hacer actuar a la gente de teatro en una película. Dime una película boliviana donde ésta se sostenga en la profundidad psicológica de los personajes. Sanjinés y Eguino construyeron desde otras formas. Solo si logras un actor o actriz natural, puedes moldear y evocar desde sus cuerpos, desde sus experiencias”.

Kiro se define a sí mismo como “ridículamente obsesivo”, es un trabajador “enfermo”, es capaz de ir cuatro años seguidos a la inauguración de la Alasita para lograr los planos deseados y tiene como penitencia no caer en la tentación de la porno-miseria, término acuñado por los cineastas colombianos Luis Ospina y Carlos Mayolo en un pequeño manifiesto escrito en 1978. “Me han acusado de hacer eso precisamente. Dicen que fui a filmar a los pobres mineros para hacerme rico. Yo no filmo sus vidas por más que trabaje con actores no profesionales, yo ficciono a partir de, no muestro la realidad, aunque todos sabemos que la vida es dura, que los mineros van a morir por la silicosis, que la vida es una mierda, 15 de mis amigos que han participado de una u otra forma en las películas han muerto”.

Quizás, la palabra clave es proceso. Y su antónimo: paracaidismo. Quizás, para evitar caer en la porno-miseria es necesario volver al corazón del cine. Ospina y Mayolo aseguraron que la miseria se había convertido en tema impactante, en mercancía, en un espectáculo más, donde el espectador puede lavar su mala conciencia. Russo lanza las últimas preguntas: si no se puede filmar vidas empobrecidas para analizar y transformar, si no puedes hacerlo porque entonces haces un cine miserabilista para conmover y tranquilizarte, ¿qué nos queda?, ¿callar y mirar para otro lado?, ¿no mostrar la realidad?, ¿no sería eso reaccionario? Kiro, el hombre de la cámara, hace un “zoom in” a la muchedumbre y se va. El siguiente es un plano fijo: un vaso de cerveza vacío en una pizzería de Sopocachi. Fundido en negro.

TEXTO Y FOTOS: RICARDO BAJO

Juan Diego Escobar: ‘El cine como arte debe ayudar a sanar, no a entretener’

El director colombiano presenta en los cines de Bolivia su premiada ópera prima ‘Luz, la flor del mal’

Juan Diego Escobar

Por Marcelo Cordero

/ 16 de mayo de 2022 / 02:27

Luz, la flor del mal  es la ópera prima del director colombiano Juan Diego Escobar Alzate (1987, Manizales, Colombia). El filme tuvo su premier mundial en la Sección Oficial en Competencia en Sitges — Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya, el evento más importante del mundo para el cine fantástico y de terror. Desde ahí recorrió más de 60 festivales alrededor del mundo y ganó 24 premios internacionales, además de una masiva distribución internacional.

La película de Juan Diego bebe de varias vertientes, estéticas y narrativas, no sólo del género de terror, sino también del western y el suspenso, pero con un toque latino que le da a la película una identidad propia. Ese toque viene a través del melodrama, el ingrediente clave en la propuesta. A esta se suman los riesgos formales que asume el director, logrando crear un  universo onírico y perturbador único que, junto a su magistral fotografía y a la interpretación de sus personajes, sumerge al espectador en una experiencia cinematográfica que vale la pena experimentar.

Luz, la flor del mal se estrenó en las salas de Bolivia el 12 de mayo. El director compartió no sólo los pormenores de la propuesta, sino de su trayectoria, pues es un director que ya brilla con luz propia.

ESCENAS DE LA PELÍCULA 'LUZ, LA FLOR DEL MAL'

Foto: Yanemarai

Foto: Yanemarai

Foto: Yanemarai

—¿Quién es Juan Diego Escobar?

—Soy un apasionado del cine de género y del terror desde que tengo muy corta edad, soy un fiel amante de consumir y saber todo lo posible sobre éste. Colecciono DVD y Blu-ray de todas partes del mundo con respecto a estos géneros que amo. También, aparte de ser guionista, director, colorista y montajista, soy jefe de adquisiciones de una plataforma francesa de cine de género llamada Freaks On. Así que como se puede apreciar, soy y respiro el género y me encanta todo lo que tenga que ver con la alquimia, poesía, filosofía, metafísica y demás.

—¿Cuál es su formación en cine?

—Me gradué de Comunicación Audiovisual en Colombia y posteriormente hice una maestría MFA en dirección de cine y televisión en Estados Unidos, de la que me gradué con honores Cum Laude.

—¿Cómo surgió el interés por el cine?

—Soy de una pequeña ciudad colombiana llamada Manizales, en donde todo es conservador y las profesiones son las más comunes de todas, la gente busca seguir con los sueños de sus padres y nunca con los suyos cuando deben decidir qué estudiar. Yo veía mucho cine a muy corta edad, siempre apasionado por los spaghetti western y el terror y cuando me gradúo del colegio me digo: ¿qué quiero estudiar?. Sabía que no quería ejercer las profesiones normales de mis padres y así fue como me dije: lo único que he hecho en mi vida es ver cine, ahora intentaré hacerlo y me arrojé al abismo de la creación.

—¿Cuáles son sus referencias cinematográficas como director y que han terminado por influir en su trabajo?

—Mis directores favoritos son Alejandro Jodorowsky, Dario Argento y Terrence Malick, todos muy distintos entre sí. Diría que mi cine es una mezcla de estos, pero también tiene un tono muy único y poético que he encontrado solamente en la poesía, que es una de mis grandes pasiones. Mi cine bebe mucho del tono nostálgico de Sylvia Plath.

—Luz, la flor del mal es su primer largometraje, ¿cómo nació esta historia?

—Me interesaba contar una historia poética, difícil de digerir, que cuestionara y a la vez desafiara al espectador para que fuera un miembro activo más de la cinta al verla. No me gusta el cine que toma al espectador por bruto, por el contrario, me gusta cuestionarlo más allá de entretenerlo. El cine como arte debe ayudar a sanar y no a entretener. Particularmente no creo en Dios, pero sí en el Dios según Spinoza, que es un Dios que está en todas partes, en una sonrisa, una cascada, en absolutamente todo, y se manifiesta a través de la naturaleza. Y este es el caso. Luz es una película que es un tributo a la naturaleza y que nace a través de una toma de ayahuasca que hice en el Putumayo y es mi forma de decirle gracias a la tierra y a la naturaleza, que muestra mi  repudio hacia la religión como práctica al igual que hacia el machismo y exalta la divinidad de la mujer y su feminidad.

—Su filme juega, fuera del terror y el suspenso, con el melodrama, lo que le da un toque bastante latinoamericano, considerando nuestra tradición como continente en el uso de este género.

—Me gusta jugar con los géneros, los conozco muy bien. Luz no es una película de terror pura, en realidad diría que es una mezcla de todo un poco y de géneros que normalmente no se mezclan, como el melodrama, el western, la fantasía y el terror. Es bueno que menciones lo de melodrama porque así es, quería hacer una película única en su clase, que bebiera de clásicos como La familia Ingalls, Heidi y The Sound of Music, melodramática pero con una influencia oscura y cuyo paisaje fuera retratado como una pintura y como protagonista, así como se lo hacía en el ya extinto Heimat film.

—¿Cómo fue la recepción de la película en el mundo? ¿Cómo fue el estreno y en qué festivales estuvo?

—A la película no le pudo haber ido mejor, para ser una obra independiente de genero. Traspasó barreras y se convirtió en una película de culto no solo dentro de América Latina, sino en el mundo entero, lo cual es muy difícil de lograr y algo que pocas películas latinas han conseguido. Tuvo más de 46 selecciones en festivales y cosechó 24 premios internacionales. Se estrenó en competencia oficial y principal de Sitges, que es el festival más importante de cine de género del mundo, y fue adquirida por varias de las mejores distribuidoras de cine de esta clase en el mundo como son Shudder, Raven Banner y Dark Sky Films, entre otros.

— ¿Cómo fue la recepción de la película en su país?

—Fue un éxito alrededor del mundo, distribuida en más de 15 territorios a nivel mundial, llenando salas en el extranjero y con sold out total en Blu-ray y DVD en diferentes regiones del mundo. Sin embargo, en Colombia pasó desapercibida, fue un fracaso total. Salimos con un distribuidor muy pequeño y en medio de la pandemia nos tocó estrenar solo en autocines selectos, por lo que la película no tuvo la potencia que tuvo en el extranjero. Supongo que aplica el dicho “nadie es profeta en su tierra”.

—¿Cómo es producir y distribuir cine de terror latino en América Latina?

—Es muy complejo. Si producir cine independiente en nuestro continente es complicado, imagínate un cine transgresor cuando precisamente no existe una industria que lo apoye. Es mucho más difícil conseguir financiadores pese a que está bien demostrado, y que los números no mienten, que a la gente le gusta esta clase de cine, no solo acá, sino en todo el mundo. El cine de género cada vez más va tomando el protagonismo que se diluyó de sus manos em los años 80.

—¿Qué expectativas tienes sobre el lanzamiento comercial de Luz, la Flor del mal en Bolivia?

—La cinta fue todo un éxito en el extranjero, que llegue a un país como Bolivia me llena de emoción. Es una película diferente que pretende cuestionar y sanar tantas heridas sobre el machismo y la religión inconmesurada que se vive en América Latina. Esperemos poder tener una buena recepción con una película tan bella como compleja como esta, que requiere un espectador activo y no pasivo, no buscamos únicamente entretener, sino cuestionar.

—¿Cuáles son sus nuevos proyectos?

—Tengo dos proyectos en el tintero, ambas coproducciones argentino-colombianas y ambas pertenecientes al cine de género. Una es El arcoíris negro una historia de folk horror que bebe mucho de Apocalypto y la otra Líbranos del mal, un thriller de terror con tintes de folk horror que habla sobre la pedofilia en una comunidad alejada de todo.

FOTOS: YANEMARAI

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Un irlandés enamorado de La Paz

El emprendedor es el dueño del restaurante The Carrot Tree

Jack O’Connor en el comedor del restaurante

Por Mitsuko Shimose

/ 16 de mayo de 2022 / 02:18

Ojos grandes y celestes, una amplia sonrisa y un tono de cutis acentuado por el abrasador sol paceño son algunas de las características físicas de Jack O’Connor, un irlandés que llegó hace 12 años a esta urbe y de la cual quedó enamorado. “Nunca voy a olvidar el primer día que llegué a La Paz. Mi vuelo aterrizó el 16 de junio de 2010 a las 03.00, y cuando bajé del aeropuerto a la ciudad, la vi inmensa, toda envuelta de luces… era simplemente espectacular, nunca había pensado que podía ser así”.

Ese primer impacto que le generó esta urbe, además de que sus ciudadanos le hicieron sentirse como en casa, fueron trascendentales para que él decidiera  permanecer en La Paz por más tiempo. Su plan inicial no era quedarse tanto en Bolivia, llegó sin saber ni una sola palabra de español. Gracias a su carácter sociable, aprendió el idioma hablando con la gente y se comunicó con tantas personas, que cree tener ahora más amigos en La Paz de los que tal vez cultivó en Irlanda. Actualmente forma parte de dos equipos: uno de rugby, conformado por bolivianos, y otro de fútbol, llamado Chocos Locos, en el que participan extranjeros de Brasil, Irlanda e Inglaterra.

Su travesía se inició cuando tenía 21 años, tras terminar de estudiar Ingeniería Mecánica en un College de Cork, ciudad cercana a Tipperary, su pueblo natal que queda al sur de Irlanda y está habitado tan solo por 5.000 personas.

LA GRÁFICA

Irlandés. Jack O’Connor, en uno de los espacios del restaurante The Carrot Tree, del que es propietario. Foto: Álvaro Valero

La cocina del restaurante de O’Connor. Foto: Álvaro Valero

Frontis del restaurante. Foto: Álvaro Valero

Parte del menú para el Restaurant Week. Foto: Álvaro Valero

Una aventura por Sudamérica

Además de estudiar, trabajaba en construcción con su papá y tenía un empleo de medio tiempo en un supermercado, pues Irlanda atravesaba una crisis económica en ese momento. Así que cuando terminó el College, se dijo: “Tengo algo de plata guardada, voy a viajar un poco para ver el mundo y cuando vuelva voy a empezar a buscar un trabajo en mi sector como ingeniero”. Más de una década después, eso nunca sucedió.

“Mi plan era viajar por Sudamérica por tres meses, empezando en Perú, bajar hasta Bolivia y después regresar a Irlanda. Pero dos días antes de lo que se suponía iba a volver, llamé a mi mamá y le dije que no había razón para que fuera a recogerme al aeropuerto porque me iba a quedar”.

El aventurero planeaba permanecer en La Paz no ya por tres meses, sino por un año, por lo que consiguió un trabajo por ese periodo en un hostal. Sin embargo, terminó trabajando allí por ocho años.

El restaurante The Carrot Tree nació hace cuatro años en la calle Linares porque Jack quería tener un negocio propio y, gracias a que su primer trabajo lo había tenido a sus 15 años como lavaplatos en un local que era del padre de un amigo suyo, conocía bien cómo era su funcionamiento. Ese año vio una oportunidad fantástica: un espacio en alquiler cerca del Mercado de las Brujas. Allí aprendió mucho sobre la cultura boliviana hablando con las vendedoras, gracias a lo cual ahora también es capaz de explicar a los turistas las costumbres de la urbe paceña.

Debido al éxito del restaurante, con un menú elaborado con productos bolivianos y de pequeños emprendimientos  locales, en septiembre del año pasado Jack decidió abrir una sucursal en la calle Fernando Guachalla, en Sopocachi.

El nombre The Carrot Tree (o el árbol de zanahorias) surgió porque las familias irlandesas tienen una especie de insignia que caracteriza a cada una de ellas y, la de la familia O’Connor es un árbol de limón.  La idea nació precisamente de ahí, pero optó por no denominarlo plenamente así porque buscaba un nombre raro y original, así es como se le ocurrió The Carrot Tree, ya que las zanahorias no crecen en los árboles, convirtiéndose en un símbolo de que todo es posible, aunque no lo parezca: “Si quieres hacer algo y trabajas en eso, puedes lograrlo”.

Además del café, la especialidad del restaurante es el desayuno y el brunch.

Este es el primer año que The Carrot Tree participa del Restaurant Week. Jack está muy feliz porque dice que este tipo de eventos ayudan a la reactivación económica de este sector después de la pandemia. “Para este menú preparamos, por ejemplo, Ravioli Humacha y Irish Pie… tenemos una mezcla porque creo que es importante tener algo típico tanto de Bolivia como de Irlanda”.

Y aunque sea ficticio, el árbol de zanahoria sigue creciendo. El menor de los O’Connor proyecta abrir una sucursal en Santa Cruz en un futuro próximo.

FOTOS: ÁLVARO VALERO

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¿Se ayuda con un simple clic?

La guerra también se lucha desde trincheras digitales. Artistas de varios géneros muestran la situación en Ucrania a través de sus obras

Por Cristian Callejas

/ 16 de mayo de 2022 / 02:15

Nuestros músicos usan chalecos antibalas en lugar de esmóquines. Les cantan a los heridos en los hospitales”, decía el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky en un mensaje pregrabado para los Grammy que se transmitió el 4 de abril. En su mensaje pedía a quienes le escuchaban que dijeran “la verdad sobre la guerra. En sus redes sociales. En la televisión. Apóyennos en todo lo que puedan. Lo que sea. Pero no en silencio.”

A las cuatro de la mañana del 24 de febrero de este año empezó el ataque armado de la Federación Rusa contra Ucrania. Hasta la fecha, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha registrado 5.718 víctimas civiles en Ucrania: 2.665 muertos y 3.053 heridos. Estas cifras solo cubren personas confirmadas por familiares o conocidos, siendo que las cifras reales son considerablemente más altas, con desaparecidos no confirmados como muertes. La mayoría de estas víctimas han sido causadas por el uso de armas explosivas.

Creer que eventos como los que están sucediendo en Ucrania no tienen efecto en Bolivia o que no debe importarnos es negar nuestra humanidad. Vivimos en un mundo globalizado donde ya no se pueden ignorar injusticias o tragedias solo porque están a kilómetros de distancia. Sí, las noticias que llegan suelen estar filtradas o dependen enteramente del interés que tienen los medios de comunicación en obtener rating o vender sus periódicos, pero, una vez sabiendo que algo sucede y con la facilidad que brinda internet, es solo cuestión de hacer unos clics para saber más e incluso poder ayudar.

YouTube, como la mayoría sabe, paga a los artistas por la cantidad de vistas que tienen sus videos. Una forma extremadamente sencilla de apoyar a los artistas ucranianos es reproduciendo sus videos. Hay grandes opciones como ONUKA, una banda con ritmo electrónico donde su cantante, Nata Zhyzhchenko, promueve la fusión de lo actual con instrumentos y motivos folklóricos locales. Al recomendar los videos para CEAHC y SERUM, una de las primeras cosas que notarán quienes visiten su página en YouTube es que todos los videos tienen un banner encima llamando a la acción del mundo en protección de Ucrania.

Kazka y su video I am not OK es una denuncia directa de lo que realmente están viviendo las personas bajo los bombardeos y el terror de una guerra armado con grabaciones reales de ucranianos en sus celulares.

Instagram es otra plataforma donde se puede seguir y apoyar a artistas que tratan de darle al mundo un panorama de lo que están viviendo en su país. Compartir posteos e imágenes es simple y puede hacer una diferencia llegando a más personas. Artistas como @ocolorum, @waone_interesnikazki, @anton_abo o @glib.kaporikov, @unicornandwine y @evilpinkpics son ucranianos que a través de dibujos, doodles, collages, el humor sobre los políticos y comentarios tratan de mostrar sentimientos y realidades que se pierden o simplifican en los medios tradicionales.

O fotógrafos como @nomoreanry, @vadimghirda (contenido muy sensible), @timothyfadek, @wolfgang¬¬_scwan y @aris.messinis están cubriendo los estragos de una guerra que a veces solo duran tres minutos en los noticiarios y muestran versiones descafeinadas de cómo están viviendo los ucranianos estos ataques. Estas fotografías necesitan repostearse y llegar a la mayor cantidad de personas porque de otra forma vamos a seguir creyendo que una guerra es como se ve en las películas: unos minutos de caos y finales felices.

El impacto de acciones como un simple like o un reposteo es inmedible en la vida real. Por ejemplo, una acción que nació del sentido común: durante la evacuación de las ciudades bombardeadas, las personas que tenían auto recogían a las personas que iban a pie. Esta idea se trasladó a Telegram, donde como red se trató de unir a unos con otros para autoayudarse, pero la cantidad de personas necesitando ese aventón sobrepasó a la cantidad de autos, así que voluntariamente publicistas crearon de inmediato una campaña en Instagram con el mensaje: “un espacio en tu auto es una vida salvada”. Esto recuerda a los 21 días que los bolivianos vivimos durante 2019 cuando los grupos de WhatsApp, Telegram y las redes sociales eran herramientas para cuidarnos y comunicar lo que pasaba en tiempo real.

Para saber más de lo que está pasando en Ucrania o descubrir otras formas de apoyar y no quedarte en silencio, como pide el presidente ucraniano, busca en internet los hashtag #TodosSomosUcrania, #Ucrania, #iamukraine y #stanupforUkraine. Con un simple clic puedes ayudar a un país que lo necesita.

FOTOS: FREEPIK

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Chris Cornell, cinco años sin la mejor voz del grunge

La inolvidable voz del ‘frontman’ de la banda Soundgarden se apagó el 18 de mayo de 2017 en Detroit, Michigan

Christopher John Boyle (Cornell) nació en Seattle, Washington, el 20 de julio de 1964

Por Juan José Cabrera

/ 16 de mayo de 2022 / 02:08

Hay tristeza para cualquiera que muera antes de tiempo, y específicamente para aquellos que parecen afectar a las personas de manera positiva. No importa si es Whitney Houston o una persona sin rostro y sin nombre en la calle. Eso es una tragedia tan grande para mí”. Si hace cinco años las palabras de Chris Cornell hubiesen hecho eco en su propia existencia, este 2022 no se recordaría un año más de su muerte.

Hace tiempo alguien mencionaba que había una maldición sobre los hijos de Seattle, pues todos los cantantes oriundos del lugar fallecieron de forma trágica, para los que no están al tanto, antes habían fallecido Jimi Hendrix, Kurt Cobain y Layne Staley; los que al igual que Cornell tenían muchos conflictos existenciales que se originaron desde su infancia, un patrón que se hizo común entre los representantes del grunge.

Las personas que estuvieron presentes en el concierto del 17 de mayo de 2017 de la banda Soundgarden en el teatro Fox de Detroit, que sería el último de Chris Cornell, notaron que el artista de 52 años se comportaba de manera diferente en el escenario. Según el fotógrafo de la revista People Ken Settle, la primera impresión al ver a Cornell era la de una persona feliz con lo que le estaba pasando. “Él siempre había sido, especialmente en los primeros días, un cantante algo inquietante, más introspectivo, muchas veces mirando su guitarra la mayor parte del tiempo con el pelo en la cara. En este espectáculo fue todo lo contrario”, señaló Settle.

La reportera de USA Today Ashley Zlatopolsky dio una visión diferente, para ella el artista daba señales de que algo no estaba bien. “A menudo se tambaleaba de un lado a otro del escenario y parecía débil en sus movimientos. Con solo una o dos canciones, era como si la energía hubiera salido de su cuerpo, y lo que quedaba era el caparazón de un hombre luchando por hacer su trabajo”, afirmó la periodista.

Según Vicky Cornell, es inexplicable el suicidio de su esposo. “Yo sé que amaba a nuestros hijos y que nunca se hubiera quitado la vida conscientemente por el daño que les haría”, dijo. Sospecha que su marido perdió el juicio al excederse con su medicación contra la ansiedad. “Cuando hablamos después del concierto noté que balbuceaba. Estaba diferente. Me dijo que tal vez se había tomado un Ativan o dos de más”. Esto causó mucha preocupación en Vicky, quien llamó pidiendo que confirmaran si su esposo estaba bien.

Horas más tarde, el 18 de mayo de 2017, el mánager de Cornell, Brian Bumbery, anunció a The Associated Press que Cornell fue encontrado muerto en el baño de la habitación del hotel en el que se hospedaba, después de su última presentación en Detroit con la banda Soundgarden.

Han pasado cinco años y parte del mundo del rock se prepara para rendirle un homenaje al vocalista de Soundgarden, Audioslave y Temple of the Dog. Pese a los años, las curiosidades sobre esta estrella del grunge fueron varias de las cuales podemos destacar las siguientes:

Al contrario de lo que muchos piensan, la primera banda de Cornell no fue Soundgarden, fue The Jones Street Band y hacía covers de Rush, AC/DC, Sex Pistols y The Ramones. En esta banda Cornell ejercía las labores de cantante.

Chris Cornell junto a su agrupación Audioslave, al presentarse de forma gratuita en un concierto multitudinario en La Habana durante 2005, se convirtieron en los primeros roqueros estadounidenses en tocar en Cuba bajo el régimen de Fidel Castro.

En 1991, el músico grabó un disco con el grupo Temple of the Dog, compuesto por él y por miembros de la formación Mother Love Bone. Varios de los miembros de ésta conformaron después Pearl Jam.

Chris Cornell era conocido por su potente voz llena de notas agudas y una vocalización que se sumergía en gran medida en su voz de pecho y le daba una característica intensa y un tinte áspero a su manera de cantar. Por ello, la revista Hit Parade lo clasificó en el puesto número cuatro de las mejores voces de la historia del heavy metal, hard rock. En una encuesta del sitio web de la revista Rolling Stone, se lo sitúo en el puesto número nueve entre los mejores cantantes de la historia. Para la radio digital Planet Rock, el artista ocupa el puesto número 22 de lista de las 40 mejores voces del rock.

Cornell tuvo una faceta cerca del mundo del cine. Participó en la película Singles de Cameron Crowe, haciendo un cameo y actuando en el escenario. También aportó con su tema Seasons a la banda sonora de la película. Esta misma canción se tocó en la cinta Man of Steel. Un año antes, junto a Soundgarden, tocó Live to Rise para el filme The Avengers. En 2006, Chris junto al compositor David Arnold crearon You know my name para Casino Royale.

Tras la muerte del cantante surgió una batalla legal entre la viuda Vicky Cornell  y Soundgarden por el tema de regalías y la existencia de grabaciones inéditas que hizo el cantante antes de su muerte. El año pasado el juez de primera instancia de Seattle falló a favor de la viuda. 

Es muy difícil marcar con qué canciones podríamos recordar a Chris, ya que junto con sus bandas tuvo grandes éxitos e hizo versiones en solitario que destacaron. Ahora que se van a cumplir cinco años de su muerte se mencionan algunas que ayudan a recordarlo:

Hunger Strike – Temple of the Dog: Canción tocada en 1991 en compañía de su amigo Eddie Vedder, en la banda tributo Temple of the Dog, por el fallecimiento de su otro amigo Andrew Wood.

Black Hole Sun – Soundgarden: Tema sensación de 1994 y la que es considerada como la canción más conocida y popular de Soundgarden y con la que ganó el premio Grammy a “Mejor interpretación de Hard Rock” en 1995.

Like a Stone –Audioslave: Fue lanzada en 2003. Gracias a su éxito, logró hacerse del disco de oro, todo gracias a la voz de Chris y a la guitarra de Tom Morello.

Nothing Compares 2 U – Versión propia: En 2015 Chris mostró su versatilidad al versionar la canción Nothing Compares To You de Prince, con motivo del fallecimiento de la estrella púrpura. Con su voz icónica y espectacularidad dinámica, la interpretación de Cornell es una de las favoritas de los fanáticos, ha acumulado más de 123 millones de visitas en el canal de YouTube de SiriusXM. Este año, la hija de Cornell, Toni, apareció en The Late Late Show con James Corden para rendir homenaje a su difunto padre con una conmovedora interpretación de Nothing Compares 2 U, y claramente la joven que ahora tiene 17 años heredó la magnífica voz de su padre.

Billie Jean – Versión propia: Chris Cornell realizó su versión de la canción del rey del pop, Michael Jackson, en su segundo álbum en solitario denominado Carry On, que fue lanzado el 28 de mayo de 2007. Ante la pregunta de por qué realizó el cover de Billie Jean, Cornell manifestó que le gusto la letra porque en algunos momentos parece llegar a un lamento.

La música de Chris Cornell sigue vigente, un claro ejemplo es el álbum No one sings like you anymore, que salió el año pasado y que está conformado por una selección de 10 canciones versionadas por el propio Cornell, seleccionadas por éste para hacer un homenaje a diferentes figuras y canciones que le habrían inspirado en su vida profesional.

Para los que vivimos las canciones de Chris Cornell como parte de nuestra adolescencia y nuestra madurez, es importante saber que una de las mejores voces que ha tenido el mundo del rock no se ha perdido en el tiempo. Cornell es uno de los artistas referentes de la generación X, por su música, pero también por las letras que llegaron a los más sensibles.

La muerte del cantante hace cinco años fue repentina, a sus 52 años y con una gran familia a la que quería y apreciaba, el suicidio parecía el camino menos probable para él. Ese trágico día se unió a la fatídica lista de los músicos del grunge que sucumbieron a la depresión y las drogas. El pasado de Chris Cornell no está libre de adicciones, ya que probó drogas desde muy joven porque sufría de ansiedad, entre otros problemas, pero son su talento, su carisma y su presencia en el escenario lo que sus seguidores siempre recordarán. A lo largo de los años grandes personajes de la música han reconocido su talento: para Axel Rose es el mejor vocalista de rock, lo mismo opinó Eddie Vedder.

Christopher John Boyle —su nombre de nacimiento— pertenece a una generación perturbada por una sociedad estadounidense que vivió la desintegración familiar y el incremento del consumo de drogas en las calles. Es uno de los hombres que como forma de escape encontró refugió en la música, convirtiéndola en su aliada: le permitió crear su propio camino.

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Silvia Peñaloza, una mujer libre

Es una de las mujeres que marcaron el paso en la pintura boliviana. Con 80 años de edad, repasamos su carrera de arte y compromiso

Silvia Peñaloza

/ 16 de mayo de 2022 / 01:57

El taller de Silvia Peñaloza ha colapsado. El tercer piso de su casa amarilla está plagado de goteras y el barro se ha apoderado de todo. Sus cuadros han sido bajados a un cuartito junto al “living”. En el carnet de Peñaloza Rocha dice “pintora”. También dice que nació un 12 de abril de 1942.

La madre de Silvia fue modista. Doña Elvira Rocha Álvarez hacía tarjetas de flores de tela organza/organdí y pétalos de corazón. “Yo saqué mucho de ella, era una artista”. El padre de Silvia, Daniel Peñaloza Bernal, fue combatiente en la Guerra del Chaco (estuvo en la Batalla de Carandaití), policía y administrador/comodoro del Yatch Club de Huatajata, a orillas del lago Titicaca. La niña que fue Silvia todavía se acuerda de un barco verde y hermoso, llamado Calypso, como el buque de investigación del oceanógrafo francés Jacques Cousteau.

La wawa Silvia no nace en hospital, nace en su primera casa de la avenida Ismael Vásquez, en el barrio paceño de Pura Pura. “Dicen que no lloré, dicen que comencé a chupar mi dedo pulgar y que solo lloraba cuando me lo sacaban. ‘Elvira, mira a tu hija’, dijo la partera, ‘va a ser una mujer independiente y libre, no va a necesitar de nadie, ni siquiera necesita de ti ahora’”. Su dedo marcará el camino.

Doña Silvia ha cumplido 80 años el mes pasado y su buena salud se debe, en parte, a las caminatas por la ciudad. Su médico le ha dicho que el mejor ejercicio que hace/puede hacer es subir la cuesta que lleva a su casa de Alto San Pedro. “El otro día fui andando desde la calle Loayza hasta el cementerio, todo subida, para buscar unos óleos”.

LA GRÁFICA

Pintura. Retrato de la artista pintado por Javier Rodríguez

Momentos. Silvia Peñaloza en su casa

Daniel y Elvira, los padres de Silvia

Foto de carnet cuando era estudiante de arte

Silvia, en su casa, junto con sus cuadros más recientes

La infancia la pasa entre las lecturas de su padre y los juegos con los niños/niñas del vecindario. “Papá nos sentaba a mí y a mi hermana Patricia y nos leía en voz alta cuentos de Andersen, Blancanieves, Caperucita; luego Dickens, Salgari, Víctor Hugo; hasta llegar más mayores a los rusos como Gorki y Tolstoi”. Estudia primaria en la escuela Brasil de la avenida Montes y secundaria en el Lourdes y en el Santa Ana. “En ese colegio, en la clase de redacción, hice tiras al Cid Campeador, lo odiaba, para mí era un endiablado ser del infierno, un asesino. Puse al final: ‘desgraciado, ¿por qué naciste?’”. Silvia es castigada por las monjas.

Su compromiso político brota en el barrio. Silvia tiene, aún hoy clavadas en la retina tres imágenes de muerte. En su casa grande, junto a la estación central del ferrocarril, vivía una familia. El padre, dirigente fabril, había muerto y la madre, que lavaba ropa, no podía alimentar a sus dos wawas, “bautizadas” por Silvia como “Pinquillo” y “Zampoña”. Ambas fallecieron de escarlatina y viruela. “Fue mi primera relación dramática/traumática con la muerte”. Su segundo contacto con la “pálida” llega con el fallecimiento de doña Aurora. “Era de una familia de los Yungas, de Huancané; su padre era minero y jugábamos a hacer la ruta y yo era la voceadora, siempre tenían rica fruta. Un día me dijo: “me voy donde la luna nace y el sol se esconde”.

La tercera imagen mortuoria también lleva nombre de mujer: doña Hortensia atendía la tiendita del barrio. “Cuando iba a comprar el pan, siempre me regalaba un chupete de arroz tostado con azúcar”. Entonces, Silvia se preguntaba: “¿por qué mis amigos viven en una miseria tan mierda?, ¿por qué este mundo es tan asqueroso? Su padre respondía: “en este planeta hay pobres y ricos y los ricos ganan siempre”.

Cuando sus tíos Ramón y Román Valenzuela, que trabajan en las minas de Aramayo en Corocoro, le ofrecen chocolates por sus dibujos se cierra el círculo. “Mis tíos traían productos gringos como las galletitas saladas Bagley y a cambio de retratos de Stalin me regalaban ricos chocolates que yo no conocía”. La niña Silvia solo tiene que guardar el secreto: “no vas a mostrar a tus padres esos dibujos”.

En la universidad, antes de que la cerrara Banzer Suárez, Peñaloza conoce otro retrato famoso: es el “Che”. Para Silvia, Ernesto Guevara era su verdad. “Joven, churro, aguerrido; lo queríamos harto pues decía que no tenía que haber pobres, que los mendigos se iban a terminar, que todos tenían que tener pancito y comida en la mesa”. Un amigo de Silvia viaja becado a la URSS (a la mítica Universidad “Patricio Lumumba” de Moscú) y luego a Sofía/Bulgaria y escribe cartas contando las maravillas, al otro lado del Telón de Acero. “Esto es el cielo, me decía, luego nos dimos cuenta de que todo era un globo inflado, aquello fue una pena”.

Cuando le dice a su padre de militancia comunista que quiere ser pintora, éste responde: “No me vengas con esas, te vas a morir de hambre”. Entonces cumple órdenes y entra a Derecho. Pasa clases con Alipio Valencia Vega y Ñuflo Chávez Ortiz. “Gracias a Banzer me libré de esa carrera, cuando el dictador cerró la universidad a mí me salvó la vida”, dice entre sonrisas. Entonces, desobedece a la autoridad paterna e ingresa a la Academia de Bellas Artes Hernando Siles (aunque ya había pasado a escondidas clases de dibujo como alumna libre).

En la Academia, Jorge de la Reza (compañero de Cecilio Guzmán de Rojas y David Crespo Gastelú), el escultor Víctor Zapana, los pintores José María de Vargas y Gil Imaná junto al historiador Carlos Salazar Mostajo son sus primeros maestros. “A esta niña me la mandan al aula de arriba”, dice Jorge de la Reza nada más ve sus primeros dibujos. En esa clase están los alumnos de último curso con un modelo masculino haciendo un desnudo en escorzo. “Adelante, niña”, me dice don Jorge. La joven estudiante comienza y termina con todos los detalles, testículos incluidos, enrolla su cuadro y se va para la casa. “¿Dónde la llevas a mi hija?”, fue la pregunta de su padre a su madre. “Frutilla estaba el pobre cuando vio mi dibujo”.

Cuando sus compañeras de colegio comienzan a enamorar con quince años de edad, Silvia intenta charlar con los chicos de literatura, de política. “No he conocido un hombre que no sea idiota o vulgar. Por aquel tiempo, los jóvenes solo hablaban y querían ser como Elvis Presley. Cuando años más tarde me junté con pintores y revolucionarios, solo hablaban de mujeres y trago, con ajos y cebollas”.

De la academia, donde también toca el acordeón y es campeona de ping pong, sale con honores en 1967. Y recibe del Ministerio de Educación el derecho de ser maestra de Artes Plásticas en los diferentes ciclos de enseñanza escolar.

De aquellos años, Silvia se acuerda de las jaranas que daba otra pintora rebelde como ella, Agnes Ovando: “organizaba fiestas marineras de piratas, los hombres iban con sus cicatrices y las mujeres, bien acicaladas. Ponía moscas de juguetes en los tragos de los chicos y luego se las comía ante el horror de ellos”. Haciendo gala de una memoria prodigiosa, recita unos versos del poeta extremeño/romántico José Espronceda: “Con diez cañones por banda / viento en popa a toda vela / no corta el mar si no vuela / un velero bergantín / (…) / que es mi barco mi tesoro /que es mi Dios mi libertad / mi ley la fuerza y el viento / mi única  patria, la mar”. Si hubiese otra vida, Silvia elegiría ser pirata para entonar su canción. Por aquellos años, su madre llega a recibir a la Madre Teresa de Calcuta en su casa cuando la beatificada llega para visitar los hogares de su congregación.

Cuando en la Academia de Bellas Artes sus compañeros organizan un colectivo, ella se mete de “prepo” con improperios antimachistas. Su pintura no es tan política como la de ellos. Es más reflexiva. La crítica de arte Ana Meléndez Crespo acuña varios conceptos: ingenuidad, candidez y simbolismo retórico para hablar de sus cuadros de montaña, aparapitas, flores, “pepinos” y altiplano. “Mis imágenes no son derrotistas ni lloronas, no son puro gemido y amargura”.

Peñaloza Rocha forma parte del colectivo de artistas Machak Kurmi y del grupo Círculo 70 (de 50 artistas solo hay cinco mujeres: la orureña María Haydée Aguilar Fuentes y las paceñas María Cristina Endara, Inés Núñez, Juana Encinas junto la propia Silvia). De esa época son cuadros como Alfarera y Luna. En 1973 inaugura su primera exposición individual. Van a llegar después más de 80 muestras por toda Bolivia y países como Alemania, Cuba, Perú, Chile, Ecuador, Panamá y Yugoslavia. Luis Espinal Camps le encarga una historieta/cómic sobre Túpac Katari que publicará el CIPCA (Centro de Información y Promoción Campesina).

En los años 80 Silvia funda también, junto a otros colegas, el primer sindicato de artistas plásticos. Nota mental: en estos días el Museo Nacional de Arte muestra la última exposición de la ABAP (Asociación Boliviana de Artistas Plásticos de Bolivia) donde se puede ver su cuadro Presencia). En ese sindicato está de asesora Silvia Mercedes Ávila, escritora e hija de Laura Villanueva, más conocida como Hilda Mundy.

El 17 de julio de 1980 es una fecha fatídica para la historia reciente de nuestro país. Es el golpe de Estado de Luis García Meza y Luis Arce Gómez. Silvia y su tocaya Ávila están esperando a Liber Forti frente a la sede de la COB en El Prado para ser posesionada como delegada de la UTAC (Unión de Trabajadores del Arte y la Cultura) ante la Central Obrera Boliviana. A Silvia Mercedes se le corre la media y tiene que subir al mercado Lanza para comprar una nueva. Mientras la espera se desata la balacera, el sangriento asalto paramilitar. Días más tarde, monseñor Juan Quirós García, que dirige el suplemento Presencia Literaria, la advierte: “estás en la lista negra de los milicos, ¿a qué te metes?, ahora piérdete, piérdete”.

En esas jornadas, unos señores con acento argentino han llamado insistentemente a su casa (por aquel entonces vivía en la Huyustus) “interesados” en comprarle alguno de sus cuadros. Su casa es allanada con violencia, saqueo y robo de libros. Una invitación de un artista/amigo peruano Miguel Camargo Huamán (fallecido en 2012) logra el salvoconducto hacia el exilio. Del hermano país pasa a Ecuador, pues sus primos Enrique Rocha Monroy (recientemente fallecido) y Ramón están ya en Quito. “‘¿Qué haces aquí?’, me preguntó Nilo Soruco cuando me vio”. Al cantautor chapaco le habían molido las costillas en las torturas. “Che, ¿sabes escribir en máquina de escribir?”, me dijo. Y así pasé a llevar la correspondencia de la COB, filial Ecuador”.

En su etapa ecuatoriana, Silvia sigue pintando y con esos cuadros vendidos manda plata a su madre en La Paz. El golpe de García Meza le deja secuelas psicológicas; durante años sufre delirios de persecución. Todo termina cuando logra una beca en Vichy, Francia, donde comparte exilio con Matilde Casazola.

En 1990 con cuatro compañeros funda Los Beneméritos de la Utopía (junto al “soldado primero de infantería” Édgar “Chino” Arandia, el “soldado raso” Max Aruquipa Chambi, el “soldado primero de artillería” Benedicto Aiza y el “soldado primero de aviación” Diego Morales). Todos comparten una cultura de la resistencia, un sentido de identidad/pertenencia, un arte autónomo. Todos escriben el Manifiesto Espacholista del Batallón Morados Primero de Artillería. Van a dar guerra.

Veinte años después, los cinco “beneméritos” posan para las cámaras del fotógrafo Tony Suárez Weisse. “Libertad y justicia fueron, desde nuestra juventud, las banderas que enarbolamos. Fuimos víctimas de violencia, persecución, represión y censura principalmente en tiempos de dictadura por el peligro que representaban nuestras armas: lápices y pinceles. Los Beneméritos seguiremos por el camino de nuestros ideales, cargados de nuestros sueños y utopías, convencidos de que una nueva aurora brillará en el horizonte algún día, ojalá no muy lejano”, cuenta Silvia en el libro Beneméritos de la Utopía: la estética del compromiso (Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia/Museo Nacional de Arte, 2012).

En una de las exposiciones colectivas de los “beneméritos”, Peñaloza exhibe dos cuadros: La sed y Soldado desconocido: NN, un homenaje al padre que luchó en la Guerra del Chaco y un grito contra el abuso de las transnacionales que con su terrorismo económico enfrentaron a dos pueblos amigos. Hoy esos dos cuadros están en la Academia Boliviana/Museo de Historia Militar.

El periodista Elías Blanco Mamani acuña otro término en 1996 en el suplemento Puerta Abierta de Presencia: es “la pintora de las wawas”. Silvia se enoja, pero después agradece el apelativo. “Mi obra contiene un lenguaje pictórico sencillo. Quiero que los que son más se vean reflejados en mis cuadros; aquellos que son simples, honrados y cristalinos. El arte nos da esperanza en un mundo que no tiene futuro, donde estamos atrapados, ¿qué sería de nosotros sin el arte y la cultura? Tal vez, sin mis pinturas, no estaría viva”.

Silvia es docente de dibujo en la carrera de Artes de la Facultad de Arquitectura de la UMSA y recibe innumerables premios, entre ellos el Premio Nacional de Culturas en 2017 y la Tea de la Libertad, otorgada en 2012 por la Alcaldía de La Paz junto a otros dos grandes maestros como Gil Imaná y Ricardo Pérez Alcalá.

En Nocturno, un hombre con pies desnudos duerme en la calle, tapado únicamente con un manto de harapos. Los desheredados de la tierra son los protagonistas de su arte, libre como ella. “Nací independiente y no tuve hijos. El matrimonio es un atentado a los derechos humanos, te dicen que tienes que vivir con esa persona que se cree dios hasta que la muerte te separe; mientras tanto te pegan, te abandonan y hasta te matan. Además cuando te quedas embarazada, se te cae todo y luego pis y caquita durante años y de paso, atender al bruto de tu marido, eso te desgasta pues, yo nací libre”. Con 80 años recién cumplidos, Silvia vuelve al principio, a ese dedo pulgar que chupaba y chupaba, con eso bastaba y sobraba.

FOTOS: RICARDO BAJO, ARCHIVO SILVIA PEÑALOZA, TONY SUÁREZ

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