miércoles 29 jun 2022 | Actualizado a 19:52

Las niñas

/ 2 de mayo de 2022 / 01:39

La película de la española Pilar Palomero cuenta en la dirección de fotografía con la boliviana Daniela Cajías. La cinta se exhibe en Bolivia

CINE

Gracias al premio Goya 2022 a la mejor fotografía obtenido por nuestra compatriota Daniela Cajías, motivo de orgullo  ciertamente, hemos tenido la satisfacción adicional de acceder a una producción española, como las de tantos otros orígenes cada vez con menos presencia en las carteleras comerciales atosigadas de megaproducciones made in USA y productos, de la misma procedencia, con primeros, segundos y enésimos capítulos, todos ellos olvidables al instante.

La ópera prima de la aragonesa Pilar Palomero (Zaragoza/1980), componente de una nueva generación muy prometedora de cineastas en su mayoría mujeres, aseveran los colegas de aquellas latitudes, arranca con tres primeros planos sucesivos, montados mediante corte directo, de otras tantas muchachas que dan la impresión de estar cantando, aun cuando la banda sonora se abstiene de dar paso a cualquier sonido, del mismo modo que el encuadre cerrado bloquea todo intento de contextualización.

Ese desconcierto inicial se va disipando, empero, en la medida en que da las primeras pistas acerca del tono narrativo elegido por la directora para adentrarse en las vivencias de Celia, introvertida prepúber de 11 años, alumna en un colegio de monjas y, al igual que sus compañeras, escindida entre las preguntas propias de la etapa de iniciales descubrimiento de la sexualidad frente a las cortapisas sociales y religiosas erigidas a manera de obstáculos, difícilmente salvables, para encontrar las respuestas.

La película está ambientada en el año 1992, poco antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición de Sevilla, pero esos atisbos del acercamiento español, por vía de una aún incipiente “apertura”, a los gestos de la modernidad tardía vigentes en los países colindantes todavía deben lidiar con las secuelas del franquismo, profundamente arraigado en las costumbres y cosmovisiones de las generaciones que vivieron, o mejor dicho sufrieron, el agobio de un régimen intolerante en extremo a cualquier gesto de disconformidad hacia las rígidas reglas moralistas del mismo, al igual que a su cerrazón a la más mínima tentación de sumarse a los moderados vientos de cambio que recorrían el viejo continente, más viejo que nunca en esa España forzada a un ombliguismo blindado a toda “mala influencia” exterior. En suma, un contexto especialmente escabroso para afrontar el complejo tránsito de la niñez a la adultez, de sí siempre plagado, allí y en todos lados, de dificultades que se antojan insalvables para quiénes afrontan el reto. Peor aún si se trata de mujeres.

Anoto esto último porque, con absoluta franqueza, mas sin sermoneos vociferantes, Palomero desnuda las pautas de la discriminación de género que, si hoy nos parecen absurdos, entonces alcanzaban ribetes aún más aberrantes. Esto se halla expresado en la suma de imposiciones que Celia y sus compañeras se ven obligadas a sortear para conseguir manifestarse con voz propia.

Aquellas cargas se ilustran, sin necesidad tampoco de recurrir a los discursos reivindicativos, en los recurrentes ademanes de las monjas para que las niñas guarden silencio y en el mutismo impenetrable de Adela, madre de Celia, quien parece guardar en secreto tal vez graves incidentes de la relación con su esposo, fallecido en circunstancias poco claras, las cuales despiertan la curiosidad de la niña sin obtener ninguna aclaración de la madre, al igual que la falta de todo contacto con la parentela de ésta, a la cual Celia solo conoce por vagas referencias. Y en ese contexto, el silencio de las primeras secuencias alcanza una connotación muy significativa.

Por otra parte, en la misma dirección apunta el contraste entre las escenas, casi mudas, cuando Celia se halla en su casa o en el colegio frente a la bulla y la música que acompañan los momentos en compañía de sus pares. Así, la narración no necesita incurrir en subrayados verbalizados, basta con dejarse llevar por la cuidadosa puesta en imagen, esmero desde luego evidenciable asimismo en el estilo fotográfico, sobre el cual volveré más adelante.

La llegada al colegio de Brisa, huérfana de padre y madre, pronto amiga íntima de Celia, marca una profunda inflexión durante su estadía en el establecimiento religioso-educativo. Es como una cerilla que encendiera el fuego de las vacilaciones hasta entonces reprimidas y los iniciales atisbos de contestación contra los comportamientos impuestos sin mayor justificativo, puesto que allí prima el apotegma “las cosas son como son y no pueden ser de otra manera”, sentencia dogmática especialmente irritante cuando los cuestionamientos, en la antesala de la adolescencia, acerca de quién es cada quién, cuál es su lugar en el mundo y por dónde se encuentra la senda para acceder a ese sitio, adquieren especial peso. 

Un guion, autoría de la propia directora, con apuntes que parecieran remitir a vivencias autobiográficas —estudió también por ejemplo en una escuela regentada por monjas— y un tratamiento, ambos muy pensados, por momentos demasiado, lo cual enfría un tanto algunas escenas, arriesgando alejar al espectador de su identificación con los pesares y los dificultosos rastreos de las que niñas fueron el germen y la floración de Las niñas.

De hecho el argumento no describe nada original, la diferencia con otras tantas producciones abocadas a lo mismo reside sobre todo en la precisa elección de los recursos visuales socorridos para ambientar esa trama que discurre mayormente en interiores (el colegio, la casa de Celia), otro aporte formal a la sensación de encierro que atraviesa todo el metraje.

Es en este punto en el cual la fotografía de Daniela Cajías contribuye decisivamente mediante el uso preferente de la iluminación natural, que en innumerables secuencias aborda a las protagonistas en una suerte de penumbrosa media luz, por ello mismo agobiante.

Al tejido de tal claustrofóbica densidad visual también ayudan la preferencia por las tonalidades azules y marrones, la multiplicación de planos cerrados focalizados sobre una gestualidad minimalista pero suficientemente expresiva para aproximarse a los forcejeos de Celia y sus amigas con las incertidumbres propias de la edad.

Tales desasosiegos acompañan el puntual cuestionamiento a una religiosidad mutada en rígido instrumento de domesticación. La escena de la ida y vuelta al y desde el confesionario cobra en esa alegación un significado visual inocultable. Vista de lejos, Celia, cual si estuviese aplastada por lo que le espera, aparece empequeñecida por el peso de un ritual que ya se le va antojando absurdo, puesto que no tiene pecado alguno para confesar, aun cuando sabe que ello no la eximirá del previsible sermón del cura que fuma mientras detrás de rejas se muestra a la dubitativa niña, cual si se encontrara prisionera sin saber por qué. Concluido el protocolo, se la observa aún más achatada. Me detuve en esta descripción, pues ilustra a cabalidad el estilo optado por Palomero para dejar que las imágenes hablen por sí mismas.

Sobre el final, luego de algunas instancias prescindibles que amenazan con debilitar la fuerza que el relato venía cobrando pausadamente, el asunto recobra ímpetu en la escena en la cual Celia es vista cantando a viva voz, en una reafirmación del ímpetu que vino acumulando en su trabajosa procura para develar un cúmulo de recelos aflorados de cara a todo cuanto la rodea. Adicionalmente, la escena cierra el círculo abierto en la referida secuencia inicial. Ahora, la muchacha tiene esa ansiada voz propia que las circunstancias contextuales le escatimaban.

La conmovedora composición del personaje central a cargo de Andrea Fandos es desde ya uno de los soportes fundamentales de Las niñas. Otro son los contrapuntos con la madre actuada, de modo igualmente convincente por Natalia de Molina. Y el resto del elenco no desafina, gambeteando en varios casos los chirridos a los que se prestaban sus papeles.   

Por cierto, a quienes guarden en la memoria recuerdos de aquellos tiempos, o cuando menos tengan referencias, les resultará mucho más fácil sintonizar con lo relatado. Por el contrario, para las plateas fuera de España dicha compenetración será mucho más laboriosa, debido al aprieto para captar las innumerables sugerencias connotativas que circulan debajo de la superficie de lo mostrado. Aun así, a pesar de que a ratos se sienta como si la narración incurriese en el encogimiento simplista del  tránsito anotado, la película no pierde interés, amén de ser la sugestiva carta de presentación de esta directora debutante dotada de una seguridad infrecuente en la elección de los ingredientes figurativos y sonoros que mejor se adecuan al propósito de este abordaje, mayormente introspectivo a sus criaturas. Lo cual deja una vara muy alta para sus futuros emprendimientos.

Revolución Orgullo: voces que se alzan por los derechos

Colectivas transfeministas, LGBTQI+, hombres y mujeres trans son parte de esta muestra cruceña

El Carnaval de las mujeres trans

/ 27 de junio de 2022 / 11:15

Creyeron que lo destruyeron, pero el Escudo Plurisexual de Bolivia, violentado, se luce aún con orgullo en el Museo de la Ciudad El Altillo Beni de Santa Cruz de la Sierra, reflejando un país que si en los papeles reconoce la diversidad sexual, en la práctica no defiende los derechos de la población LGBTQI+ (lesbianas, gais, bisexuales, transgénero/transexuales, queer, intersexuales y demás realidades no citadas en el acrónimo). Una docena de individuos, cerca de las 11.00 del martes 14 de junio, ingresaron al centro cultural, gritando e insultando, y destruyeron la obra diseñada por La Pesada Subversiva, pieza que es parte de la exposición Revolución Orgullo, que se verá hasta el 30 de junio.

Se trata de una muestra que ve el orgullo más allá de la agenda tradicional del amor y parte desde una perspectiva feminista y antipatriarcal. Es sobre todo informativa y se concentra en la definición de las diferentes palabras que forman parte del abanico LGBTQI+, además de mostrar recortes de prensa sobre la primera marcha de las diversidades sexuales del país en 2000 y sobre crímenes de odio. Una parte muy importante son los retratos de las y los integrantes de las diferentes comunidades: mujeres trans en sus actividades anuales, hombres trans, incluyendo uno gestante y otros que se realizaron la mastectomía (retiro de los senos), las disidentes sexuales de La Pesada Subversiva y los movimientos transfeministas. En el último piso se pueden ver biografías de personalidades del movimiento y el trabajo de la drag queen Andrómeda. 

“Sobre la orientación sexual e identidad de género y población LGBTI se han realizado importantes avances normativos constitucionales y legales (art. 14.2 CPE y Ley 807 de Identidad de Género), reconociendo en forma expresa la prohibición de discriminación por motivos vinculados a la orientación sexual e identidad de género (…) Sin embargo, no se ha juzgado a ningún responsable por los asesinatos y crímenes de odio, de alrededor de 80 personas del colectivo LGBTI ocurridos desde 2004 en Bolivia”, señala La Pesada Subversiva, colectiva transfeminista y disidente sexual que propone la muestra con colectivas de hombres trans, mujeres trans y feministas, con curaduría de Nadia Callaú.

Quedan temas pendientes: el sistema judicial es reticente a proteger contra la violencia cuando se trata de parejas del mismo sexo (Ley 348) o aplicar el tipo penal de feminicidio cuando se trata de mujeres trans. El Tribunal Constitucional ha dictado la SC 0076/2017 que declara inconstitucional un párrafo de la Ley 807 que reconocía todos los derechos fundamentales, sociales, económicos, culturales y otros a las personas transexuales y transgéneros que cambiaron de dato de sexo, imagen e identidad. Esta sentencia es restrictiva en relación al matrimonio igualitario, adopción y participación política, impidiendo el acceso y ejercicio a derechos en condiciones igualitarias que la población heterosexual.

Por eso, respondiendo a la invitación de las autoridades del municipio —la secretaria de Culturas, Sarita Mansilla, ha expresado su firme apoyo a la muestra, pese a presiones desde el Concejo Municipal— se organizó esta muestra para que con orgullo y esfuerzo se construya “una sociedad para todas, todes y todos, haciendo frente a la violencia, el odio y la discriminación, poniendo en valor los principios de diversidad, pluralidad y justicia”.

¿Y la obra destruida? Permanece, más fuerte que nunca. “Tiraron la obra al piso y se rompió en al menos siete partes. Pero no la destruyeron. En un acto de enorme dignidad, el colectivo transfeminista La Pesada Subversiva agarró las partes y re-colocaron la obra. El escudo retornó a su lugar, pero ya no unificado, sino resquebrajado —resalta la escritora y periodista trans Eva Sofía Sánchez—. He aquí el valor del Escudo Plurisexual: esa obra consiguió lo que pocas obras de arte logran: tocar un nervio, interpelar, reaccionar. El escudo Plurisexual original, con las banderas de los colectivos LGBTQ+, inmaculado y hermoso, era un ideal. La obra que ahora tenemos, resquebrajada pero aún impactante, es una fiel representación de la realidad. Esa obra no fue asesinada. Esa obra vive. Esa obra quedó registrada. Y esa obra trascendió. Esa obra tocó un nervio en el sentir del boliviano promedio. Recuerden, fachos: la obra no es el objeto. La obra es lo que ustedes sienten al verlo”.

LA GRÁFICA

‘Escudo Plurisexual de Bolivia’

Colectiva. Las integrantes de La Pesada Subversiva, de disidencia sexual

Lucha. Las mujeres trans y las feministas son parte de actividades de interés común

‘La muestra va a quedar para el recuerdo y la historia

Revolución Orgullo es una muestra de arte sobre diversidades y disidencias sexuales, en busca de reivindicar las causas LGBTIQ+ desde un enfoque plural, feminista y antipatriarcal.

Es la primera vez que una instancia municipal cruceña abre sus puertas para conmemorar el mes del orgullo y no podíamos montar una exhibición reducida al tema del amor, lo tocamos claro que sí, desde una visión crítica con la violencia, pero la muestra tiene un horizonte transversal con muchas otras causas de las diversidades: las mujeres, los pueblos indígenas, la despenalización del aborto, las mujeres y hombres trans, la no binariedad, etc. Es una muestra transgresora y rabiosamente diversa.

Este es un tema que todavía genera grandes discusiones dentro de las colectivas feministas y LGBTIQ+, pero no nos importa, no podemos estancarnos en ese debate muchas veces violento y sin rumbo, nosotras y nosotros defendemos la pluralidad de las luchas, creemos que si alguna otra colectiva logra algo tan importante como ha sido esta muestra y lo hace desde una visión separatista o excluyente, va a estar retrasando. Las diversidades son feministas y los feminismos son diversos, es un lema que hemos producido con La Pesada Subversiva y lo hemos puesto con letras grandes en los dos muros principales de la primera sala del museo.

También nos parece que, con todo lo sucedido en torno a la muestra, las amenazas de quemar las banderas que se colgaron en la fachada del museo, la destrucción de una de las obras, el pronunciamiento fascista de la Unión Juvenil Cruceñista y la insistencia del Concejo Municipal por querer sacarnos y censurar la muestra, le ha devuelto al movimiento LGBTIQ+ de Santa Cruz su tono político y subversivo con el que nació en 2000 en la primera marcha del orgullo.

Hemos logrado que el orgullo vuelva a ser un tema de discusión general, demostrando que todavía hay muchas razones para luchar y organizarse. El movimiento nos ha acompañado en los momentos más duros y se han apropiado de la muestra porque se ven reflejados y reflejadas en ella, porque la sienten suya y, de hecho, es suya.

Ante la trayectoria machista, tiránicamente conservadora de las instituciones cruceñas, esta muestra es un acto de reparación histórica para las personas gais, lesbianas, bisexuales y trans que vivimos en Santa Cruz. No es una muestra simplemente artística y estética, es política, es de protesta, es de disputa con las hegemonías cruceñas que se niegan a ver la diversidad como un valor profundo de la cruceñidad.

De todas maneras, rescatamos el masivo interés, no ha habido ni un solo día que no recibiéramos visitantes, algunos jóvenes se nos acercan con lágrimas en los ojos y nos agradecen por la exposición. Ninguna exhibición artística en un museo público había logrado tamaña convocatoria, eso también nos emociona mucho.

Obviamente que ha sumado muchísimo la firme defensa que tuvo la Secretaría de Culturas encabezada por Sarita Mansilla y la jefa de patrimonio Benicia Chávez, nos ha sorprendido gratamente. La muestra va a quedar para el recuerdo y para la historia de las luchas LGBTIQ+ y feministas.

(*) Christian Egüez, Marica Marginal, integrante de La Pesada Subversiva

FOTOS: MARCO HURTADO, ÁLVARO SOLIZ Y LA PESADA SUBVERSIVA

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Casacor: arquitectura, diseño y paisajismo

El exhotel Asturias de Santa Cruz recibió a 55 profesionales del área que marcaron las tendencias de la época

Esencia. Alma Camba, espacio ideado por Juan Carlos Menacho

Por Miguel Vargas

/ 27 de junio de 2022 / 11:02

El buen vivir es el principal objetivo que persiguen los 55 profesionales de la arquitectura, el diseño y el paisajismo que formaron parte de la exposición Casacor Bolivia, realizada del 18 de mayo al 25 de junio en las instalaciones del exhotel Asturias de Santa Cruz de la Sierra. Cada uno de los ambientes sirvió para que estos creadores mostraran sus propuestas, las que marcan las líneas a seguir en la temporada 2022.

La exhibición que tuvo su primera versión en Bolivia, en 2013, se desarrolló este año en un inmueble situado en pleno centro histórico de Santa Cruz de la Sierra y que pertenece a los herederos del empresario español Pedro Díaz González. Sus instalaciones hoteleras también sirvieron como punto de encuentro para familias y amigos, así como para celebraciones sociales: allí se casó el cantante brasileño Roberto Carlos con Cleonice Rossi en 1968.

Sobre 4.800 metros de superficie, estos profesionales transformaron espacios en lofts, salas de estar, cocinas, churrasqueras, restaurantes, escritorios, restaurantes, galería de arte y otros. “Casacor es una vitrina de exposición del trabajo de profesionales en arquitectura, diseño y paisajismo. Además, se les ofreció la posibilidad de contactarse con los proveedores de productos del rubro”, señalan los organizadores, muy satisfechos con los resultados de esta nueva versión.

En su 35 aniversario, la casa matriz ideó el concepto “Infinito Particular”, que hace referencia a las casas biográficas, las que cuentan historias y son afectivas. Luis Alberto Quito Velasco, director de la franquicia, explicó: “En la pandemia por el COVID hemos demostrado ser capaces de transformar nuestro hogar, cada persona lo ha hecho según sus necesidades. Ahora buscamos ambientes versátiles, ambientes que se adapten a cada situación”.

Los profesionales de Casacor Bolivia trabajaron en dos bloques, un conjunto de casas y áreas comunes del antiguo hotel de la calle Moldes 154. Sus características corresponden a los centros hoteleros de mediados de los años 50. Los ambientes destacan con elementos naturales como la madera, piedra, ladrillo, cerámica, hierro, textiles y lo reciclado. El resultado: la vanguardia en diseño y construcción.

LA GRÁFICA 

Naturaleza. Natalia Murillo realizó El Jardín del Edén, un espacio rico en flora exótica.

Baño. En la Master Suite Nativa, de Fabiola Subirana Soria, Lissy Añez y Verónica Paz

Detalles. Así lucen los baños de la piscina, un elegante trabajo de Carlos Morales

Hogar. El Loft Memorias, de Kelly Leite, se caracteriza por su funcionalidad y estilo acogedor

Tienda. La Bottega Mediterránea de Carlos Xavier Araúz y Fernando Justiniano

Piscina. Patio Alberca es obra de la diseñadora Tassiana Oshiro

Esencia. Alma Camba, espacio ideado por Juan Carlos Menacho

Cafetería. La Vie en Rose, una creación de Alejandra Iriarte y Alejandro Díez de Medina Iriarte

Bebés. Bruna Añez Shraer y Guido Justiniano Rivero crearon la Suite de Mellizos

Recepción. El acogedor hall ha sido diseñado por Harold Anzoátegui y Natalia Torres

FOTOS: CASACOR

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Jorge Ortiz, a contracorriente

El actor y poeta tiene más de 60 poemarios inéditos. Viene de actuar en ‘La reina del sur’. Colecciona aguayos y ha comenzado a tocar trompeta

Jorge Ortiz, actor y poeta

/ 27 de junio de 2022 / 10:43

Jorge Ortiz es actor y poeta. No tiene celular, no tiene televisión por cable, no tiene computadora ni correo electrónico. No es que no entienda la tecnología sino que la tecnología no le entiende a él. Escribe a mano, con lápiz en papel sábana rayado y luego pasa todo a limpio en una vieja máquina de escribir turquesa de fabricación rumana. Si alguien quiere contactarlo, tiene un número fijo en casa. Hasta hace poco tenía un teléfono de discar. No usa ni siquiera tajador, prefiere afilar a punta de navaja. Colecciona aguayos, desde ponchos hasta tejidos pasando por “taris” y “lluchus” (de éstos tiene más de 120 diferentes).

Dejó de fumar y beber alcohol el día que cumplió 50 años. Hoy sus pulmones, tras fumar dos cajetillas al día, lucen como nuevos y su salud está mejor que nunca, incluso ha abandonado aquel bastón. Su cuerpo está completamente tatuado, es la historia de su vida. “Es la necesidad de comunicar algo que está muy dentro de mí, no es para mostrar, tengo 72 palabras en griego, 20 misterios de la ofrenda/mesa para la Pachamama, seis símbolos japoneses y muchas más figuras, ya no me queda casi espacio en mi cuerpo”.

Quisiera haber nacido en otra época, a finales del siglo XIX o principios del pasado siglo “porque era todo más humano y menos competitivo, porque el tiempo útil de vida era más disfrutable, menos degradante”. Arregla cosas con las manos y le gustaría haber inventado algo, como el telégrafo, el candil o la lámpara a petróleo, por ejemplo.

Tiene más de 60 poemarios inéditos, dos o tres guiones guardados en un cajón y carga a sus espaldas con una fama —inmerecida— de persona/personaje problemático (y febril), de inaccesible; por exigir lo justo ante el silencio cobarde de los demás. Jorge camina lento y a contracorriente en este mundo acelerado. Por las tardes toca la trompeta porque su sonido relaja y lo lleva a otro lugar. Antes se veía con los amigos en los boliches; ahora, en las farmacias.

Jorge Ortiz Sánchez empieza tarde haciendo teatro. Después de estudiar arquitectura en la UMSA, entra a trabajar al CBA (Centro Boliviano Americano) donde está a cargo de la coordinación del programa cultural y la sala de exposiciones. Un día, al director Michael Donahue le falta un actor y ahí arranca todo. Su primer papel protagonista lo logra en Woyzeck del alemán Georg Büchner.

Ortiz Sánchez nace en Tarija el 26 de octubre de 1956, es un escorpio con una imaginación, fuerza de voluntad y una potencia/energía emocional única. Con cuatro años su familia se traslada a La Paz por cuestiones de trabajo. Su abuela Clotilde que vivió en el castillo de La Glorieta en Sucre le enseña a leer y escribir. Estudia en el colegio San Calixto donde tiene las peores notas de todos y luego parte a la Capital para estudiar en el Liceo Militar de Sucre durante dos años y medio. “Había que cambiar de medio, el ambiente estaba feo”, dice el actor/poeta. Son los años setenta y gobierna de facto un señor apellidado Banzer Suárez. Cuando vuelve a Chuquiago, entra al Domingo Savio. “He probado militares y curas y salí anticlerical aunque me gustan las iglesias, no hay nada más tranquilo, sosegado y fresquito que entrar a la iglesia de San Francisco una tarde de calor”.

El chango Ortiz quiere estudiar pintura pero los padres nunca cambian: “te vas a morir de hambre”. Cuando esta frase suena en la mente de un estudiante con inquietudes artísticas, el atajo se llama siempre: Arquitectura. Ahí van a parar los y las que luego serán actores/actrices, pintores, cineastas, teatreros, artistas, tatuadores.

Antes, en 1976, año sabático, Jorge hace de todo: encuestas en la cárcel, empedrados en su barrio de Sopocachi, ayudante de mecánico en Hansa… Cuando llega a la carrera de Arquitectura, va a odiar las matemáticas. Hasta hoy. “Soy de la última generación que trabajó codo con codo con Juan Carlos Calderón junto a Carlos Adriázola, Carlos Ramírez, Mario Torrico, Gonzalo Maldonado”. De aquellos años, Ortiz recuerda las exposiciones locas de pintura en el patio. Y las lecciones que aprendió del extrañado Robertito Valcárcel. “Fue un genio, te podía hablar durante horas de arte y filosofía, era el summum y tenía mucho humor”.

En los años 80, después de aquel debut en el teatro del CBA, conoce a Guido Arce y entra al elenco del Pequeño Teatro de la calle Murillo en 1984. Las obras de aquella década y las de los noventa, efímeras como todas, han quedado hoy en el olvido: Ojos de perro azul con Omar Fuertes y Cindy Morales; Los reyes (texto de Julio Cortázar) con Virna Rivero y Ortiz haciendo de “monstruo”; La presa de Miguel Medina Vicario junto a David Mondacca; Alguien desordena estas rosas (un monólogo basado en el cuento homónimo de Gabriel García Márquez); El cofre de selenio (texto de Luis Ramiro Beltrán y dirección de Maritza Wilde) junto a “Pitín” Gómez y David Mondacca; Las troyanas (dirección de Tota Arce y vestuario de “Morita” Ibáñez junto a Norma Merlo, Sergio Ríos Hennings e Isabel del Granado; y otros monólogos como Estrategia para dos jamones de Raymond Cousse, El río de Julio Cortázar (una sola función) y Macario de Juan Rulfo.

De todas, Jorge Ortiz tiene gratos recuerdos de dos obras basadas en textos del inolvidable/querido Víctor Hugo Viscarra: Anoche… en un putero y El corredor de la catedral. El primero solo tuvo una función (Teatro de Cámara del Municipal) y el segundo, un par de representaciones en Cochabamba con la presencia “in situ” del mismísimo Viscarrita en el escenario, llorando ante los aplausos y el homenaje del público cochala. Anoche… en un putero es el espectáculo de su vida. Ortiz —desnudo— coloca una silla y una botella de agua, da la espalda al público. Borracho está pero se acuerda de vestirse poco a poco mientras las señoras de la primera fila no saben dónde mirar. Al editor de Viscarra, Manuel Vargas, tampoco le gustó.

LA GRÁFICA

En el filme ‘Cuestión de fe’

Inauguración del Teatro de Cámara del Teatro Municipal en 1990, junto a sus colegas

En 1992, Jorge Ortiz (al medio) durante el rodaje de ‘Para recibir el canto de los pájaros’, de Jorge Sanjinés

Con el elenco de la telenovela ‘Radio Pasión’

—¿Quién es el mejor director de teatro y el mejor actor con los que has trabajado?

—Pepetus Aramayo ha sido el mejor director por su manera de laburar, amena, seria, divertida. Con él tenías que ensayar duro y parejo, full disciplina. No había feriados, el compromiso era altamente exigente y todos hacíamos de todo, desde buscar en la basura para reciclar algo para el vestuario o decorado hasta poner plata. Acepta tus sugerencias y opciones mientras éstas funcionen. Él me enseñó a aprender. Con Pepe actuamos en un espacio llamado Microclima de Jenny Cárdenas en el Montículo con una obra llamada Decir sí de la argentina Griselda Gambaro, un juego de poder entre un peluquero y un cliente. Fundamos el Café con malicia, la ‘malicia’ era una tapita de singani. Otro director es Guido Arce por su gran capacidad para cautivar, para seducir, te metía en el proceso sin darte cuenta. De los actores y actrices, me quedo con Raúl, el ‘Conejo’, Beltrán, es mi compadre, siento pena por no haber trabajado más con él, me acuerdo de una obra que hicimos de Juan Claudio Lechín, 1491, los cóndores en España.

Del teatro al cine, solo hay un pasito. Su amigo arquitecto Mario Torrico está haciendo la escenografía para una película de Sanjinés. Jorge terminará, después de varias idas y venidas, haciendo del personaje de Pedro Berrón. Tras semejante debut cinematográfico llegarán otras películas con los más grandes del cine boliviano: Cuestión de fe de Marcos Loayza, El día que murió el silencio y El atraco de Paolo Agazzi, American Visa de Juan Carlos Valdivia y Los Andes no creen en Dios de Antonio Eguino. También participa en películas en el extranjero como Amigo mío (filme argentino/alemán de Meerapfel y Chiessa); La cacería del nazi del francés Laurent Jaoui; También la lluvia de Icíar Bollaín; y Olvidados del mexicano Carlos Bolado. Trabaja también, entre otros, con Rodrigo Bellott, Diego Torres, Jac Ávila, Adán Saravia, Guillermo “Gordo” Aguirre, Thomas Kronthaler, Anna Kalashikova, Fernando Vargas, Davide Sordella y Mela Márquez.

En la televisión debuta con “Radio Pasión” de Marcos Loayza en 1993 para luego actuar en Fuego cruzado (1995) de Rodrigo Ayala, en Historias del vecino y Tres de nosotras del recordado Fernando Aguilar y hace poco en La entrega de Gory Patiño y La reina del sur.

Con casi todos los directores, Jorge Ortiz ha tenido problemas a la hora de cobrar sus honorarios. Dice que no le han cerrado puertas por eso, “yo me las he cerrado”. Incluso casi se pone en huelga de hambre para cobrar el salario no pagado de una de sus películas más famosas. “Cuando me llaman para actuar, pongo mis condiciones, negociamos, he colaborado en más de cien cortos de estudiantes, pero ya no soy el tonto útil, exijo respeto porque yo también respeto”.

Jorge Ortiz cree en el trabajo y en la disciplina. Llega siempre diez minutos antes; da igual si se trata de un ensayo, un rodaje o una cita. Cuando quedamos frente a la iglesia de San Miguel en Calacoto cerca de su casa en Los Pinos, compruebo que efectivamente es así. Ortiz es un asiduo de la Cinemateca Boliviana donde no se pierde un estreno de cine nacional. Entra por el garaje y se va camuflado porque no quiere que le pregunten su opinión. De los últimos filmes, rescata a duras penas a Rojo, amarillo, verde, la trilogía de 2009 de las tres B: Bastani, Boulocq, Bellott. “Soy un mal espectador”. Ha dado talleres de dirección de actores y actuación en cine en la ECA y ha diseñado el taller de técnicas para cine y televisión “El ser imaginario”. Ha pasado clases con el cubano Humberto Solas, el brasileño Chico D’Assis, la española Assumpta Serna y el escocés Scott Cleverdon.

Lleva mucho tiempo, demasiado para mi gusto, sin hacer teatro. La última obra donde pudimos ver a Jorge fue en Di cosas bien de Eduardo Calla en 2006 junto a Patricia García, Marcelo Sosa, Mariana Vargas y Roberto Barbery. Cuando insisto en la necesidad de su retorno a los escenarios, lanza una de sus frases lapidarias: “sería como dar margaritas a los chanchos”.

Entonces cambiamos de tema y hablamos de fútbol. Ortiz es hincha del club Bolívar por su padre —Jorge Ortiz Reynolds, sobrino/nieto de don Gregorio, el gran poeta modernista— y porque a dos cuadras de su casa vivía nada más y nada menos que el “Maestro” Ugarte. “Cerca de donde hoy está la Red Uno había una canchita, nos juntábamos los chicos del barrio y con poleras de Boca Juniors armamos un equipo, Boca de Sopocachi. Los sábados por la tarde escuchábamos por radios argentinas los partidos de Boquita. En el barrio nos entrenaba Víctor Agustín Ugarte. Yo jugaba de back, ambidiestro”.

La poesía es su pasión clandestina desde la secundaria, “es un acto de purificación, me sirve para exorcizar mis benditos pecados capitales, mis culpas, mis dolores, para conjurar mis fantasmas perseguidos, no necesito expiar ni lavar mi conciencia sino que es una manera de sentirme bien conmigo mismo”.  Vive su temperatura a través de los poemas, que no son espejos que no son bitácoras, son casi un listado de sus comportamientos, son su paisaje.

Sus poetas favoritos siguen siendo Huidobro, Vallejo, Lezama Lima, Carpentier, los clásicos franceses y mexicanos, Whitman y entre los bolivianos: Quino, Campero, “Zeque” Rosso y Juanito Conitzer. Dice su colega Juan Carlos Ramiro Quiroga que hay poetas que escriben con palabras, otros con líneas y algunos —como Jorge— con el silencio. “Ortiz ha ideado su propia estrofa: escribe poesía desde la intermitencia de los adverbios y verbos castellanos. Sin disciplina pero con insistencia; sin claridad pero con insistencia; sin orden pero con la fuerza de las palabras”, dice en el prólogo del poemario Autorretrato acodado, su tercero y último libro de poemas publicado (Plural editores, 2006).  Los dos anteriores se llaman: El agua cóncava del ciego (1991) y La vida (edición artesanal, 1999, un texto libre para Teatro Grito).

Los otros, los inéditos, esperan por un buen editor/antologador, incluso los publicados en los ochenta/noventa en la revista Siesta Nacional de Marcela Gutiérrez y Jorge Campero. “Durante la pandemia me he sentido realmente productivo, he reescrito y escrito poesía como nunca”.

De su obra prosa/poética, el evocado Fernando Lozada, en una lectura “avesolera”, dijo: “la profusa producción poética de Jorge Ortiz muestra una cualidad extraña, una exuberante y caudalosa producción de imágenes y conceptos que nos recuerda la prosa de Lezama Lima o la lucidez delirante de un monólogo”. El último libro que ha comprado —en su librería favorita, Yachaywasi— es Vocabulario aymara del parto de Denise Arnold y Juan de Dios Yapita. “Es un poema, te hace entender la gestación como una siembra en la misma tierra, tiene dos mil palabras en aymara, es maravilloso”. Lo dicho, Jorge Ortiz es un salmón que remonta el río a contracorriente en un viaje de regreso hacia otro tiempo, hacia otro lugar (tal vez a principios del siglo pasado), hacia los territorios de una vieja canción con trompeta.

FOTOS: RICARDO BAJO, MARCOS LOAYZA Y ARCHIVO DE JORGE ORTIZ

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Un paraíso cultural: puerta que se cierra, ventana que se abre

Tercera parte del texto sobre el festival Theatertreffen de Berlín del crítico boliviano Camilo Gil Ostria

Por Camilo Gil Ostria

/ 27 de junio de 2022 / 10:34

Berlín es un paraíso cultural, pero también en el sentido dantesco. Es decir, un espacio habitado por la máxima libertad, incluso la libertad de poner en el lugar de Dios a quien uno mismo ha decidido: Beatriz. Sujeto de deseo que mueve un viaje alucinante y un descubrimiento sobre las idas y venidas, las oposiciones que cualquier espacio de potencia artística pone en juego. Pero poner a quien quieras sin anular la posibilidad ética de que el otro haga otra cosa, lo suyo. Es decir que si la excesiva y funcional institucionalidad berlinesa está poniendo en crisis la posibilidad de un arte arriesgado y experimental en esa ciudad, si lo más “remarcable” del teatro de este mundo estatal no le llega a los talones al teatro boliviano a pesar de tener presupuestos de producción multimillonarios, algo interesante sí se posibilita en esta ciudad de ensueño. El dinero, en fin, no es culpable de nada.

Se posibilita, por la institucionalidad de su movimiento, por el enfoque hacia el extranjero claramente marcado de la ciudad, por el presupuesto y la cultura de asistencia del público…, por todo eso y más que sea lo marginal lo que en Berlín brille. El último día de estadía en la ciudad, el domingo 15 de mayo, asisto a ver una obra de danza contemporánea: Encantado, de la coreógrafa brasileña Lia Rodrigues. A pesar de ser ella ya una coreógrafa que muestra sus obras hace mucho tiempo en Europa, de haber ganado muchos premios, de ser ya parte de un circuito elitista, su obra va en sentido contrario y sus raíces se vuelven base fundamental de su creación.

La obra empieza en el silencio y la lentitud del movimiento de los bailarines que van desenroscando una alfombra que rememora al espectador motivos africanos/brasileros. Un collage de alfombras sería mejor decir. Por un lado, es un gesto amoroso: el bailarín preparando el espacio que va a habitar frente a los ojos del público. Por otro lado, es meta-dancístico, nos avisa que la obra se compone de retazos, hilados y unidos sí, pero retazos a fin de cuentas. Y este segundo gesto nos habla también de la variedad cultural de Berlín: ahí donde cientos de tiempos, de nacionalidades, de culturas, de espacios se ponen en diálogo. El espacio que a fin de cuentas posibilita el encuentro.

Una vez la alfombra es puesta sobre el escenario, los bailarines salen y vuelven, uno por uno, todavía en la quietud, a la escena, desnudos. Poco a poco se meten en la alfombra, primero a realizar poses estáticas, esculturales, donde ya la variedad de cuerpos y expresiones se avisa. Pero nada hace decir: “hay variedad de cuerpos” si es que esa variedad no se vive. En la obra sí se vive y con creces. Siguiendo la metáfora anterior, Berlín no será entonces más que un medio, donde formas y expresiones de todo el mundo puede hallar cobijo, pero de todas formas el encuentro no sería posible sin él. La variedad está, ahora, ¿se vive? Difícil decirlo sin haber visto su movimiento cultural en complejidad, el Theatertreffen haría creer que no.

La alfombra, en la obra de Rodrigues, juega un papel similar aunque mil veces más problemático y es ahí en el problema donde, de nuevo, surge lo estético. Pues pronto el ritmo surge y los bailarines ya no solo habitan con timidez entre ellos y su espacio: forman un ritual de transformación y continuo devenir. Donde lo individual, sin perderse, es potenciado por su movilidad: la música es generada por ellos mismos y percusión grabada. La fiesta enloquece, ellos enloquecen, pero sin perder el juicio, el juego con la alfombra: ésta se hace vida y brilla en frenesí y razón. La alfombra deviene caballo, el caballo cabello, el cabello vestido… En primera instancia, ese devenir hace que los bailarines pierdan así su sexo de nacimiento, en el que nadie se fija, y la estética de lo andrógino se alza en erótico e hipnótico movimiento. Esa neutralidad de los bailarines, y ese devenir en segunda instancia, permiten al espectador fijarse en cualquier lugar de la escena: en una esquina estará pasando algo, en la otra, de forma simultánea también. El protagonismo no existe y no por ello se cae en la homogeneidad. Los bailarines, de técnica no solo pulcra, sino energía subversiva, hacen de puerta para el espectador a un sueño que habla de la ética del vivir juntos que las otras obras no permitían.

Quizás, así, Berlín también brilla en un movimiento más independiente y extranjero que, lastimosamente, yo no llegué a conocer: ahí donde lo marginal recuerda que el arte también es político y que la política de agenda es pobre y peligrosa. Quizás, ahí donde el inglés parece ser la verdadera lengua y la nacionalidad poco importa (o así también parece en una corta mirada). No por no haber visto esa escena dejaría de agradecer al Ministerio Federal de Asuntos Exteriores de Alemania y al Goethe Institut, que vía la Embajada de Alemania en Bolivia han hecho posible ver brevemente su movimiento. Además de saber oralmente del movimiento en otros 12 países, compartir sobre Bolivia y volver al país con ganas de, por lo menos, escribir lo vivido y algún cambio tratar de movilizar en nuestras selvas burocráticas y nuestra gran ausencia de institucionalidad. Porque, digámoslo para terminar, a Bolivia solo le falta la institucionalidad para que la fiesta de una alfombra que deviene se abra, porque el teatro ya lo tiene…

FOTOS: CAMILO GIL OSTRIA

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El lugar fantástico de Chimal

Valery Gismondi reseña el libro ‘La ciudad imaginada’ del escritor mexicano

/ 27 de junio de 2022 / 10:27

En su último libro, La ciudad imaginada (Yerba Mala Cartonera, 2022), Alberto Chimal logra transportarnos —como lo indica su título— a ese lugar que tan finamente nos describe y el cual es tan fácil de imaginar. Un lugar que se divide entre una realidad reconocible y ese mundo de fantasía que marca el tono de su obra a lo largo de los once cuentos que nos presenta. Lograr que nos perdamos en un universo construido con ese propósito tiene mucho que ver con la manera en que el autor juega con el lenguaje de manera precisa y fluida, haciéndolo reconocible, visual, pintoresco y sobre todo, fácil de leer, que a diferencia de lo que pueda creerse, es una tarea extremadamente difícil. Se trata de acortar ese puente entre autor y lector haciendo de la comunicación que significa la palabra escrita, una forma sublime de mirarnos los unos a los otros.

La manera en que Alberto es capaz de hacerlo gira en torno a cómo se nos presenta la fantasía: tan cercana y tangible. Las referencias que surgen como un guiño cómplice de mundos reales entremezclados con aquellos que él inventa, como en Corredores, hacen que cada relato sea una ventana diferente. La que nos introduce al libro —La ciudad imaginada— es una ventana que nos atrapa lo suficiente como para querer atisbar las restantes. De inmediato nos topamos con Mesa con mar que supone una exquisita expresión de realismo mágico, que podría confundirse por literatura fantástica, pero al devolvernos al universo de la niñez —en donde todo es posible y real— nos recuerda a ese lugar donde lo inconcebible puede hacerse concebible y lo imposible se sitúa codo a codo con lo cotidiano. 

Porque los cuentos han sido escritos con años de distancia y sin intención de convertirse en parte del mismo libro, supone una propuesta diversa y divertida, como Variación sobre un tema de Coleridge, que es sumamente ameno sin comprometer la profundidad del relato. Resulta una combinación casi estremecedora entre lo que te provoca reír y lo que te sumerge en la reflexión y la catarsis de cualquier expresión de arte. Y creo que al situarnos como lectores de esta obra, nos situamos también, ante justamente eso: una expresión de arte honesta, transparente, tan largamente y pulidamente trabajada en cuyo universo infinito alberga sirenas y mujeres atrapadas por ellas, charlas con ese Yo del pasado que no termina de encajar en el presente, monedas mágicas y misteriosas, películas de la cultura popular. Un sinfín que vale la pena explorar personalmente.

* Valery Gismondi Avendaño nació y vive en La Paz. Es licenciada en Ciencias Políticas y máster en Literatura Comparada, lectora, escritora y aprendiz.

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