Tuesday 9 Aug 2022 | Actualizado a 13:45 PM

El lugar fantástico de Chimal

/ 27 de junio de 2022 / 10:27

Valery Gismondi reseña el libro ‘La ciudad imaginada’ del escritor mexicano

En su último libro, La ciudad imaginada (Yerba Mala Cartonera, 2022), Alberto Chimal logra transportarnos —como lo indica su título— a ese lugar que tan finamente nos describe y el cual es tan fácil de imaginar. Un lugar que se divide entre una realidad reconocible y ese mundo de fantasía que marca el tono de su obra a lo largo de los once cuentos que nos presenta. Lograr que nos perdamos en un universo construido con ese propósito tiene mucho que ver con la manera en que el autor juega con el lenguaje de manera precisa y fluida, haciéndolo reconocible, visual, pintoresco y sobre todo, fácil de leer, que a diferencia de lo que pueda creerse, es una tarea extremadamente difícil. Se trata de acortar ese puente entre autor y lector haciendo de la comunicación que significa la palabra escrita, una forma sublime de mirarnos los unos a los otros.

La manera en que Alberto es capaz de hacerlo gira en torno a cómo se nos presenta la fantasía: tan cercana y tangible. Las referencias que surgen como un guiño cómplice de mundos reales entremezclados con aquellos que él inventa, como en Corredores, hacen que cada relato sea una ventana diferente. La que nos introduce al libro —La ciudad imaginada— es una ventana que nos atrapa lo suficiente como para querer atisbar las restantes. De inmediato nos topamos con Mesa con mar que supone una exquisita expresión de realismo mágico, que podría confundirse por literatura fantástica, pero al devolvernos al universo de la niñez —en donde todo es posible y real— nos recuerda a ese lugar donde lo inconcebible puede hacerse concebible y lo imposible se sitúa codo a codo con lo cotidiano. 

Porque los cuentos han sido escritos con años de distancia y sin intención de convertirse en parte del mismo libro, supone una propuesta diversa y divertida, como Variación sobre un tema de Coleridge, que es sumamente ameno sin comprometer la profundidad del relato. Resulta una combinación casi estremecedora entre lo que te provoca reír y lo que te sumerge en la reflexión y la catarsis de cualquier expresión de arte. Y creo que al situarnos como lectores de esta obra, nos situamos también, ante justamente eso: una expresión de arte honesta, transparente, tan largamente y pulidamente trabajada en cuyo universo infinito alberga sirenas y mujeres atrapadas por ellas, charlas con ese Yo del pasado que no termina de encajar en el presente, monedas mágicas y misteriosas, películas de la cultura popular. Un sinfín que vale la pena explorar personalmente.

* Valery Gismondi Avendaño nació y vive en La Paz. Es licenciada en Ciencias Políticas y máster en Literatura Comparada, lectora, escritora y aprendiz.

Re-torno

Por El Papirri

/ 8 de agosto de 2022 / 13:21

CH’ENKO TOTAL

Llegué a La Paz un martes a mediodía, había amenaza de paro, “los loqueadores están amenazando”, dice el joven taxista. En silencio integral bajamos la subida, la paz de La Paz desde arriba, su cielo impetuoso. “¿Va ir por la autopista?”, increpo inseguro; “es lo mejor”, responde serio el maestro. Dudando, dudando llegamos a la Montes, como con Mentisán pasamos el Prado, todo expedito, “ex-pedito”, me digo sonriendo y… ¡zaaas! Ya estamos en mi depto paceño. Cuando entro me emociono, veo la foto de mis padres casándose, me acuerdo del accidente de mi esposa. Hace dos meses que no escuchaba ese olor a guardado, abro la cortina de la sala y el Illimani me mira de reojo: está solemne sentado en sus barbas de nieve. “Permiso, jefeeee —le digo— hey llegado”. Las plantitas están secas, tengo que tomar decisiones, el depto estaba alquilado a un amigo que decidió migrar nomás, me dan pena las paredes sin los cuadros importantes, todos están encerrados en uno de los cuartos. La llamo a la señora Narda: “doña Nardita, ¿un almuercito me manda?”. “¡Ay! Qué susto me has dado, Manuelito, creí que no llegabas más. Te mando, papito”, me responde cariñosa. Tiendo mi cama que está un desastre, me recuesto y empiezo a sentir la altura en la garganta, en las sienes. Tengo mi hoja de coquita en el velador. En la tarde ensayo, debo tocar para un acto de los hermanos cubanos en la Casa Grande, es mañana, ensayo escalas y… ¡zaaas! El dolor en las sienes, decido nomas tomar la pastilla para la presión. El atardecer cae en cárdeno, las laderas se derriten en luces, ¡qué hermosa es La Paz!, me digo en plegaria. Duermo en inquietudes, me falta aire, no está seguro el repertorio.

La mañana siguiente nace repleta de sol, las laderas regalan sus frutas frescas, los autitos en miniatura dan vueltas y yo, sin saber qué cantar en el acto por la gesta del cuartel Moncada. Recuerdo la primera vez que toqué para el Moncada, era el 26 de julio de 1979. Don Pablo Ramos me llamó, “joven Monroy, me dicen los compañeros que usted nos puede ayudar con la música, somos de la Casa de Amistad boliviano-cubana”. “Claro, don Pablo”, le respondí nervioso. Y así fue. Como hoy, no sabía qué tocar. Solo que, en julio de 1979, con 18 años, no había compuesto ni media canción. Recuerdo que Silvio Rodríguez compuso algo sobre la heroica gesta del Moncada, recuerdo que toqué esa canción en el acto de don Pablo, voy a la computadora para investigar un poco más y… ¡zaaas! No tengo internet. No tener internet es más o menos como no tener gas en la garrafa, se asemeja a un corte de agua, realmente estás fuera de la nube, del planeta. Desde mi celular leo que se trata de la bella Canción del elegido, dedicada a Abel Santamaría, héroe del Moncada que fue torturado y asesinado a los 25 años. Se va armando el repertorio, no toco la guitarra hace tres meses, los dedos tropiezan, se enciman unos sobre otros, las uñas generan mucho ruido, quiero ponerme al día en un asunto de meses: tensión. Llega a almorzar un amigo que trae una jakhonta ardiente, me levanta el ánimo, “tú tocas hace 40 años, ¿cómo no vas a poder?”. “¿Me acompañas?”, imploro. “¡Claro!”, dice. “Pero los de tu Rotary Club por ahí se rayan de que vayas donde los barbudos”, le digo saboreando un ahogadito para revivir. “Nos vemos cinco y treinta en la puerta de la Casa Grande”, afirma el amigo y se va.

Hago una siesta inquieta, son las cuatro, me tomo la presión, 153/100, uy cará. Mi presión baja está muy alta… tomo la pastilla. Plancho mi camisita, me habían dicho que esté a las cinco para probar sonido, llego puntual y… no me dejan entrar. Dos motines me empujan a la mala, “espere afuera”. Entonces llegan los diplomáticos con sus ternos y carteras, sus perfumes de aeropuerto, me escabullo entre ellos con la guitarra y logro entrar al ascensor hasta el piso 21. Es un auditorio grande, pelado, sin sonido. Aparece un cuate que se hace el organizador del acto, le digo…  “¿y el sonido?”. “Ya van a traer, tranquilo, vente a esta salita”, y me encierra en un cuarto con una vista espectacular de la ciudad. Llegan unas damas con tambores, traen el programa oficial del Acto por el 69 aniversario del cuartel Moncada. Se hacen las seis, mi amigo reclama mi presencia en la puerta, le digo que es imposible bajar, que estoy a la espera de la prueba de sonido, la gente empieza a llegar a hervores, con carteles, pancartas y vivas. Se inicia el acto, el embajador de Cuba da unas palabras muy hermosas; yo escucho todo desde bambalinas, buscando al sonidista que aparece desesperado, cargando cables y micrófonos. Mientras transcurren las palabras, probamos mi guitarra suavito, ya no da tiempo para probar la voz. Habla la ministra Marianela, ahorasito, ya me toca, duelen las sienes de nuevo, sudan las manos. Entro a escena sin probar micrófono, siento un orgullo especial de seguir cantándole al Moncada, me abraza el embajador de Cuba, la ministra también, uno del público grita: “¡Cantá una del Stronguer!”, entonces emprendo con dos canciones inéditas: Canción para nuestra Alba y Cueca del mar boliviano, concluyendo con Canción del elegido de Silvio. Salgo temblando de escena, aparece mi amigo a los zancos, “¿estás bien?”. “Un poquito de agua, hermano, conseguirime”. Así fue mi breve re-torno a la escena musical. Vuelvo a Cochabamba luego de un masaje rotundo de una señora fisioterapeuta que embute su codo en mi omoplato herido de rigideces. El sábado me empieza a salir un sarpullido extraño. El domingo mi esposa dice: “Creo es Herpes Zóster”. El lunes se confirma. Es muy doloroso, tremendo, toda la espalda en llagas. Hoy, un poco mejor, decido nomás tocar en Café Efímera de La Paz este próximo 12 y 13 de agosto. Vayan pues, para hacerme el aguante. Que los espíritus superiores y la Pachamama nos ayuden. Y si saben de alguien que me haga una buena milluchada me avisan, che. Urgente es.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Bolivia, su cine

El crítico e investigador Claudio Sánchez repasa el trabajo fílmico de realizadores nacionales exhibido este año

La cinta ‘Utama’ de Alejandro Loayza

/ 8 de agosto de 2022 / 11:57

Es posible afirmar que el año 2022 para el cine boliviano empezó el sábado 22 de enero, cuando tuvo a lugar el estreno mundial de Utama (Alejandro Loayza) durante el Festival de Sundance que se lleva a cabo en Park City (Utah, Estados Unidos). La película logró hacerse del Gran Premio del Jurado en la sección World Cinema Dramatic, en este que es considerado el festival de cine independiente más importante del mundo. Desde entonces, Utama ha cosechado más de 25 premios en diferentes festivales y en distintas categorías. Con esto el cine boliviano ha ido convocando la atención de propios y extraños ya no solo en el país, sino más allá de nuestras fronteras.

Y de pronto la arbitrariedad del tiempo no permite determinar cuándo termina o acaba un año para con estas cuestiones. Porque Utama no es “una golondrina que hace verano”, sino que forma parte de toda una camada de películas que se insertan en un contexto internacional, posicionando a Bolivia en pantallas donde había estado ausente por largo tiempo. El antecedente mayor de la película de Loayza es, sin lugar a duda, El gran movimiento (2021) de Kiro Russo, que se estrenó en septiembre del año pasado durante la Mostra de Venecia y donde consiguió el Premio Especial del Jurado en la Sección Horizontes.

Ellas dos, que sí son excepcionales por el recorrido internacional que han tenido, el cual les ha permitido tener estrenos comerciales en países de Europa —por ejemplo— y generar interés por parte de otros productores en futuros proyectos, son parte de algo mucho mayor. Se trata del apoyo a la producción audiovisual boliviana por parte del Estado.

En 2019 el Gobierno del Estado Plurinacional de Bolivia, a través del Ministerio de Planificación del Desarrollo, lanzó el Programa Intervenciones Urbanas (PIU) que entregó 9 millones de bolivianos para la producción audiovisual en el país. En esa oportunidad se presentaron 47 proyectos y fueron seleccionados ocho. El fomento que representó esto dio como resultado la finalización de películas en diversos géneros, y permitió que se pudieran beneficiar —en diferentes etapas— las producciones más diversas. Entre ellas, las dos películas ya mencionadas, como también otras producciones que forman parte de una auténtica muestra representativa de las intenciones y preocupaciones de sus realizadores.

Ante la ausencia de fondos económicos para la producción audiovisual, el impacto del PIU representa una de las más importantes decisiones políticas por desarrollar un sector siempre activo y de meritoria existencia, pero muy pocas veces respaldado institucionalmente por el Estado. La demora para con el estreno de estos títulos, muchos de los cuales debieron llegar a las pantallas en 2020, se debe a motivos circunstanciales, y fundamentalmente a lo que significó la pandemia del COVID-19 en el mundo. El resultado de las restricciones que existieron en estos años, sumado a la irresuelta situación de vulnerabilidad todavía existente frente a los contagios de las diversas variantes que prevalecen hasta hoy, han hecho que mucho de este cine sea poco visto y difundido. Toda una contradicción, parte del mejor cine boliviano de los últimos años, ha sido muy poco visto en salas comerciales o de circuito alternativo.


‘El gran movimiento’ (Kiro Russo)

Óperas primas como Cuidando al sol (Catalina Razzini) o Gaspar (Diego Pino), son muestras de un cine de cuestiones más íntimas —como las relaciones familiares— y consiguen posicionarse en un lugar de privilegio dentro de las pequeñas nuevas joyas de nuestro cine. Ambas películas fueron estrenadas comercialmente en los primeros meses del año, pero pasaron inadvertidas en las carteleras locales. 98 Segundos sin sombra, adaptación del libro homónimo de Giovanna Rivero, dirigida por Juan Pablo Richter y estrenada a finales del año pasado, es otra de las películas que contó con el apoyo del PIU, también es —dentro de la filmografía de su director— una obra representativa de un cine que va consolidando su distancia con cierto centralismo andino y urbano.

Mención aparte merece el estreno de Cómo duele ser pueblo de Hugo Roncal (figura central del cine boliviano de los años 60 y 70) la cual pudo ser montada y restaurada para llegar a la pantalla grande 40 años después de su realización. Un ejercicio particular de recuperación de materiales dispersos, y su posterior puesta en valor desde sus registros originales, en una filmación (¿inconclusa?) que aporta a la comprensión de un tiempo como eslabón de los años 80 que empieza a tener en el video su tierra más fértil.

Asimismo subrayar el hecho de que durante el primer semestre del año hubo tres películas de ficción, dirigidas por mujeres,  exhibiéndose simultáneamente. Se trata del largometraje de Razzini, además de La casa del sur de Karina Oroza (aún pendiente su estreno comercial) y Chicas bien de Stephanie del Carpio. Este último caso es también representativo de la buena salud de la cinematografía boliviana, porque en su condición de “independiente” y con características de “cine comercial” logró tener su estreno en las principales salas del país.

Este recuento rápido de películas bolivianas está incompleto, no solo porque hay ciertos títulos que no se consignan en esta reseña, sino también porque el audiovisual nacional ha ido evolucionando y poniéndose a tono con tendencias más actuales, es el caso de la serie documental Noviembre rojo de Verónica Córdova emitida por televisión y puesta a disposición a través de plataformas digitales, por ejemplo, además de todo el cine indígena-campesino que no ha dejado de producirse y reflexionar sobre lo que somos hoy como país desde nuestras propias comunidades.

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Notas para unos cuentos sin moraleja

El escritor Rodrigo Urquiola escribe sobre su viaje por el cuento hasta su más reciente libro, ‘Ayer el fuego’

Escritor. Rodrigo Urquiola Flores (1986, La Paz), en las calles de su barrio, Santa Fe de Khessini

Por Rodrigo Urquiola

/ 8 de agosto de 2022 / 11:47

El cuento, para mí, no es un género menor, es un objetivo. Si bien la novela es la epopeya de la modernidad, pienso que —en estos tiempos en los que lo digital no solo invade nuestros ojos, dañándolos, y nuestras mentes, llenándolas de ruido— el cuento será el lugar donde podamos encontrarnos (encontrar algo de paz en la lectura, encontrar discusión, vernos en el espejo, alejarnos del pesado escándalo de imágenes del presente), en el futuro, con mayor facilidad.

Mi primer libro, Eva y los espejos, publicado en 2008, es uno de cuentos. En ese entonces, con el impulso que me daba estar descubriendo la literatura como algo maravilloso, como el único camino que quería (o tal vez sea más acertado decir: podía) seguir, escribí aquellos cuentos con cierta ingenuidad juvenil y algo de apremio por llegar al final de las historias. Mis inquietudes eran otras a las que tengo ahora. Buscaba reflexiones existenciales que se confundieran con elementos fantásticos u oníricos, en el mejor de los casos, alejándome mucho de la realidad nacional que, en aquel momento, me avasallaba hasta el cansancio, pero que no podía razonar con las armas del presente. Mi manera de escaparme de esa terrible Bolivia era ocultándome de ella en la ficción.

Desde que le puse punto final a mi cuarto libro, otro de cuentos, La memoria invertebrada, que se publicó en 2016, me propuse continuar el camino que me señaló la construcción de este: acercar los escenarios a los que yo conociera en mi vida cotidiana, hablar un poco más de la historia nacional (hay en ese libro un cuento que transcurre en la Guerra del Chaco u otro en alguna de nuestras tantas dictaduras) y situaciones humanas, en las que la encrucijada del momento diera lugar a una historia que, aparentemente, no terminaría nunca. Aquel libro, hecho de aprendizajes como todos los libros, se dividió en dos partes, una en la que lo real fuera determinante y otra en la que la figura de un monstruo (que podía ser cualquier cosa, en realidad: lo político, lo fantasmagórico, la locura) desencadenara los sucesos que afectaban a los protagonistas. Ya no estaba tan obsesionado con un final artificial, como he visto que muchos cuentos buscan, sino uno, digamos, más natural, más cercano a la realidad que habitamos, donde no siempre existen los finales redondos.


Foto: Juan Quisbert

Ayer el fuego busca internarse todavía con más fuerza en esa realidad nacional. Por eso, vi apropiado que los diez relatos que lo conforman se disfrazaran de una autobiografía. Por eso recomiendo que se lo lea en orden (aunque, por supuesto, el lector siempre será libre de leer como le plazca). Todos los cuentos están escritos en primera persona. Hay un Yo que sobrevuela sobre todos ellos sin identificarse. En realidad, Él no es lo que importa, sino Lo que le ha sucedido o ha visto que le ha sucedido a los Demás. A lo largo del libro, se narra una Infancia, una Juventud y una Adultez.

Todos los cuentos transcurren en los lugares que mejor conozco: los márgenes de la ciudad de La Paz; para ser más específico, en los barrios que circundan al centro de la zona Sur, donde vive la gente, tradicionalmente, mejor acomodada económicamente.

En Chupacabras se narra cómo transcurre la primera infancia de un niño que debe permanecer a solas en un territorio hostil y solitario que recién está poblándose, está tan solo que se fabrica un amigo imaginario para conversar. Dysneyworld narra cómo este niño deja su barrio para vivir en la elegante casa donde su abuela es la empleada doméstica de una familia de apellido inglés. También habla de la soledad, pero vista desde otro enfoque. En algún momento, mientras en el comedor de los patrones hablan inglés y en el de los empleados hablan aymara, él le pregunta a su abuela si acaso puede enseñarle su lengua, porque en ambos comedores la gente se ríe, pero él no puede comprender nada. No, hijo, le dice la abuela, tú tienes que aprender inglés, tienes que ser mejor que nosotros. Y quizás lo que suceda luego, ese desesperado intento por agradar al amigo jailón, hasta simular un teatro donde todos están involucrados, sea por esa primera educación también.

En Árbol asistimos a una voz adulta que recuerda un episodio de la infancia en el barrio cuando, un niño, junto a otros, se reúne cada tarde a jugar fútbol en las calles polvorientas. Hay un loco que camina por la zona creyéndose el macho alfa de una jauría. Sospechan que él es el padre de un perro con expresión humana, que, por el bien de todos, debe eliminarse. Ashley cuenta la historia de un colegial que se aventura a las lejanas calles del centro de La Paz (es que la zona Sur es casi una burbuja para muchos que viven ahí. No es raro que te digan: “Los jailones no van más allá de la 2 de Obrajes porque les da sorojchi” y los otros habitantes, los de los márgenes, cuando se ven obligados a salir de sus barrios lo hacen por trabajo o distracción). Allí, descubre que su compañera, vecina suya, trabaja de prostituta.


Foto: Juan Quisbert

Senkata narra cómo la amistad de un grupo de futbolistas de canchas de tierra, que han sido campeones en Ovejuyo, se ve destrozada por la llegada de la adultez y, con ella, de las pasiones. Huérfanos es otro relato sobre la amistad. Esta vez la de un niño —que ha preferido vivir en una cueva en las montañas de Achumani junto a un hermano al que la locura le ha invadido el cerebro— y una buena señora que quiere adoptarlo porque se le ha muerto el hijo.

La muerte de Lennon narra el amor entre un embolsador de supermercado y una señorita de familia rica con conciencia de clase. Un amor que no termina para nada bien. Canario es la historia de una venganza, ocasionada por otro amor terrible que busca vengarse en los padres de un desaparecido. La venezolana se aproxima más al presente, se habla de la crisis política que sufrió Bolivia en 2019 junto a la llegada de la pandemia, y, en medio, el drama de los venezolanos que llegaron a nuestro país a sobrevivir muy difícilmente.

Ayer el fuego, el cuento que le da el título al libro, marca el final de una búsqueda estilística. Y también, bajo el disfraz de un cuento de amor, habla de la venganza, de la estupefacción ante el racismo entre personas de una misma condición, y de ese afán tan nacional de quemar las cosas, como si se quisiera borrar las palabras o los hechos.

Hace algunos meses leí a una crítica literaria inglesa —que, imagino, no se animaría a vivir algunos meses en nuestros barrios periféricos, como no lo haría la mayor parte de nuestros propios críticos y escritores nacionales— decir que la narrativa del yo, o la de la violencia, la del realismo, estaba definitivamente passé, pasada de moda.

¿Cómo le explicamos a esa señora que las cosas que pasan en nuestras calles latinoamericanas no entienden de modas? Ojalá pudiéramos, por ejemplo, decirle, al ladrón que nos quiere quitar el celular: “señor, no lo haga, baje su cuchillo, no me golpee, que eso es passé”, y él nos hiciera caso y nos dijera: “qué tonto fui, lo siento, buscaré una manera más adecuada de asaltar”. Y es que uno escribe desde donde le duele. La realidad inevitablemente lastima, si la observas a profundidad o si te amenaza con un cuchillo y te golpea de cuando en cuando. Y es sobre eso que habla este libro. No hay moralejas en sus páginas. No hay una voz que te guíe sobre lo que debes pensar o qué no o sobre qué es lo correcto y qué no. Pienso que el escritor no es un predicador. No debe serlo jamás. He intentado que Ayer el fuego sea un trabajo honesto y que el lector, ese ser de libertad, sea el único que decida en qué creer luego de sentir la narración como si, en el mejor de los casos, le hubiera pasado a él mismo.

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‘Romeo y Julieta’, en danza contemporánea

Para celebrar sus 10 años de trabajo, la Compañía de Danza SHA lleva a escena la emblemática obra de William Shakespeare

Por Miguel Vargas

/ 8 de agosto de 2022 / 11:28

Han pasado 10 años desde que los coreógrafos, bailarines y profesores de danza Haru Beltrán y Sergio Valencia conformaran la Compañía de Danza SHA, un espacio para explorar y crear a través de la danza contemporánea, además de brindar formación. Una década después, tras obras como Piel (2015), Locura (2016), Salvaje (2017) y Caminantes (2018), el grupo presenta Romeo y Julieta, una adaptación a la danza contemporánea de la afamada obra del inglés William Shakespeare.

La compañía SHA se ha caracterizado por explorar las emociones y las relaciones interpersonales a través de la corporalidad. “Estos 10 años son la bendición y la certeza de haber cumplido un sueño, pero al mismo tiempo de reafirmar el compromiso de la responsabilidad que tenemos como artistas de seguir generando espacios de aprendizaje colectivo e individual, de revalorización del arte de la danza, cultivando disciplina y pasión en la gente que pasa por SHA”, explica Valencia.

Es la primera vez en Bolivia que se adapta la obra de Shakespeare en danza contemporánea. “Hemos respetado la esencia de la historia, pero hay algunas sorpresas en medio e interpretaciones muy interesantes. Se trata de un proyecto autogestionado y autofinanciado, por lo que nos gustaría poder tener más temporadas en La Paz y mostrarla en el interior del país. Deseamos que la gente celebre junto a nosotros con esta obra”, agrega el director.

Son 50 artistas los que participan en esta gran puesta en escena que se podrá ver los días 13 y 14 de agosto en el Teatro Auditorio Illimani del Campo Ferial Chuquiago Marka desde las 19.30.

“Magia. Hechizo. Nudos irrompibles. / Imposibles de desatar. Rojo. / Es ahí donde se dieron cuenta que / Hay lugares mágicos que no necesitan explicación. / El amor, el amor es uno de ellos”, dice parte del texto que sustenta la obra, para la que se pueden comprar ya las entradas ingresando en la plataforma de SuperTicket.

Y como las artes escénicas se pueden apreciar mejor a través de la vista más que del texto, ofrecemos estas imágenes de los ensayos, tomadas por el fotógrafo especializado en danza Alberto Schwartzberg, a manera de invitación.

La Compañía de Danza SHA durante los ensayos de la puesta en escena

Fotos: Alberto Schwartzberg

Fotos: Alberto Schwartzberg

Fotos: Alberto Schwartzberg

Fotos: Alberto Schwartzberg

Fotos: Alberto Schwartzberg

FOTOS: ALBERTO SCHWARTZBERG

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Ira fecunda, las emociones femeninas desde la danza

La danza contemporánea se usa para transformar la energía de la violencia a través de la expresión y el movimiento

Por Miguel Vargas

/ 1 de agosto de 2022 / 15:32

Ira fecunda y Amar U son dos obras de danza contemporánea que cuestionan, movilizan y encarnan la vivencia de las emociones femeninas, sobre todo ante la violencia, a través del cuerpo. Ambas piezas se presentarán hoy domingo 31 de julio a las 19.00 en el Teatro Nuna (21 de Calacoto, Parada PumaKatari). 

Ira fecunda —interpretada por Carmen Collazos, Adriana Iturralde y Tania Carafa, dirigida por Yumi Tapia Higa— forma parte del proyecto Quiero Gritar, que nace de la necesidad de visibilizar la emoción de la ira desde el mundo femenino.

“A partir de círculos de mujeres que propiciaban expresar en sororidad vivencias en relación a la ira y el elemento fuego a través del trabajo corporal y la palabra, tomamos herramientas que permitieron expresar y validar el enojo que en muchas situaciones es reprimido o descontrolado”, explica Tapia Higa.

Los hallazgos de este trabajo inspiraron la obra, que además permitió proponer nuevos ejercicios desde el cuerpo, los que serán compartidos en el taller presencial que se dará gratuitamente después de la función. El objetivo es “transformar la energía de la violencia a través de la expresión y el movimiento, encauzando la energía de la rabia en energía de voluntad de acción constructiva”.

Los conceptos del autocuidado y el cuidado comunitario y colectivo son piezas clave de la propuesta, que cuenta con el apoyo del Fondo Apthapi Jopueti. A través de este trabajo con el cuerpo se pretende potenciar la fuerza creadora, transformadora y sanadora femenina.

Amar U es la segunda obra que se presentará esta noche. Interpretada por Jessica Velarde y Tapia, conjuga danza contemporánea y teatro, desmenuzando interrogantes sobre negación, vivencia y sanación de aquellas mujeres que han sufrido violencia física, psicológica o han sido víctimas de feminicidio, resaltando además la diversidad e interseccionalidad de la vivencia femenina.

¿Por qué me sucede esto a mí? ¿Yo tengo la culpa? ¿Qué caminos he recorrido para llegar a esta situación? Estas son algunas preguntas que se hacen las mujeres víctimas de violencia. “Amar U es un momento filosófico-retrospectivo hasta el impacto con la violencia, pero a partir de entonces nace también un legado, una hermandad, no estamos solas: ‘Por nuestras muertas, ni un minuto de silencio, toda una vida de lucha’.

Para más información sobre esta presentación, comunicarse con Par Mil Productora Artística al teléfono 76558885.

IMÁGENES DE LAS OBRAS DE DANZA CONTEMPORÁNEA ‘IRA FECUNDA’ Y ‘AMAR U’

FOTOS:  IMMANUEL TAGGER

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