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Zenobia Azogue: bodas de Oro

Zenobia Azogue

/ 1 de agosto de 2022 / 15:07

La actriz y directora de teatro cumple este año medio siglo de trabajo sobre los escenarios. Repasamos su rica trayectoria

Mariana está perdida y loca. Mariana es una mujer/mito, lucha por la libertad contra el rey, don Fernandito. Y entrega su vida por la causa, por amor. Nadie se acuerda hoy del rey felón/Borbón, pero las canciones sobre Mariana Pineda se siguen escuchando dos siglos después; la obra de teatro que escribiera su paisano Federico García Lorca (ambos andaluces de Granada) se representa aún hoy en teatros de todo el mundo. Mariana muere asesinada con un método cruel —el garrote vil— por tejer una bandera con tres palabras: “libertad, igualdad, ley”. Su delito fue bordar en los vientos la bandera de su libertad.

Estamos en La Paz, Bolivia, año 1983, Teatro Municipal. Zenobia Azogue es la “heroína de la libertad”, es Mariana Pineda, como antes lo fueron Margarita Xirgú, María Dolores Pradera, Pepa Flores o Virginia Lago. Zenobia como Mariana “siente quemarse con su propia lumbre viva, está rosa de sangre su pecho” (Lorca dixit). Jamás en su vida de actriz ha sentido una angustia tan grande a la hora de meterse en la piel de un personaje. “Cuando volvía a mi casa después de actuar, no podía estar sola, me parecía estar cerca del cadalso a punto de morir en escena, sufría pesadillas y mis hijos tuvieron que botar todo lo relacionado con la obra, por eso ya no tengo ni un programa”.

Zenobia es como las rosas hembras, son las únicas que florecen, pero tienen espinas. Nace en La Paz el 24 de junio de 1944, es la primera de diez hermanos (Esperanza, Guillermo, Hugo, Isabel, Ricardo, María, Nancy, Franz y Deisy). Su padre, Hermenegildo Azogue Gutiérrez, marcha de joven hacia el Chaco Boreal. Las historias de la guerra formarán parte del acervo familiar. “Nos contaba cómo exprimían las hojas de los cactus para sacar alguito de agua y saciar la terrible sed, a mi padre le decían el Macho Azogue y cuentan que su fama llegó a oídos del mismísimo Germán Busch”. A su regreso a La Paz, tras pasar varios años prisionero en Asunción, donde aprende guaraní, don Hermegildo trabaja como profesor de Educación Física en Viacha. En el colegio conoce a la madre de Zenobia, doña Julia Crespo Valencia, que da clases de Castellano. Cuando el padre entra a la Policía, la familia acompaña en los destinos; ora Sajama, ora Corocoro, ora Cochabamba.

Zenobia va a crecer en la Llajta en una casa del centro, en la calle Ecuador. Hace la primaria en la escuela 14 de Septiembre, la secundaria en el colegio Elena Arze de Arze y luego ingresa a la Academia Man Césped para salir como profesora de Arte Escénico e Interpretación Poética. “El teatro y la poesía han marcado mi vida, con ambas me he sentido realizada a pesar de la falta de políticas culturales y del poco apoyo”.

Con siete años, Zenobia se enamora de la declamación. Ve un anuncio en el periódico donde Radio Rural de Cochabamba premia con entradas de cine a las mejores recitadoras. Aquel domingo se gana sus primeras cortesías para ver películas en las matinales  del Cine Bustillo. Zenobia todavía se acuerda de aquel primer poema que declamó en la radio; era Romance de María Barzola de Gontran Arranza. “Con un arco iris al hombro marchó María Barzola rumbo a la muerte minera, / rumbo al país de la gloria, abanderada del hambre y avanzada de la aurora”.

En 1970 una compañía de teatro de Buenos Aires llega a Cochabamba para dar unos talleres de teatro infantil. Zenobia está en primera fila y el bichito de trabajar con los niños se prende al cuerpo. Su profesora de la Academia Man Césped, Beatriz Hartmann de Bedregal, también cantante de ópera y poeta, la invita a participar en la zarzuela La rosa del azafrán del compositor Jacinto Guerrero, basada en El perro del hortelano de Lope de Vega. Junto a los personajes cómicos de la obra, Moniquito y Carracuca, Zenobia interpreta a una mujer de pueblo y levanta aplausos y risas en el Teatro Achá.

LA GRÁFICA

Activa. La teatrista posa en su casa de Irpavi. Continúa produciendo

Artistas. Zenobia Azogue junto a Beatriz Hartmann en una foto del archivo de Azogue

El afiche de la obra Fedra, en su estreno teatral en 1972

Recital de poesía en Cochabamba, con escenografía de Gíldaro Antezana

Azogue en ‘Mónica y el florentino’ (1981)

Niñez. Azoque, en su faceta de educadora en talleres de Teatro Infantil.

La obra que le regaló el ecuatoriano Guayasamín

Portada del álbum artístico

El debut en el teatro llega pronto. Cochabamba es, en los setenta, la capital del teatro boliviano. La fundación en 1967 del Instituto Boliviano de Arte (IBART) ha provocado un inusitado movimiento teatral en la Llajta de la mano de Julio Travesí, el chileno Raul Horth, Oscar Cortés y Asuntita Limpias de Parada. Llueven los festivales y brotan los elencos, hasta un total de 17. En uno de ellos, en la Compañía de Teatro Canata, Zenobia se estrena en 1972 sobre las tablas con un papel en la obra Fedra de Miguel de Unamuno (con Sonia de la Rosa, de “prota”). Hace de Eustaquia, la nodriza de Fedra, bajo la dirección de Jorge René Vargas que también pone en escena obras de Pirandello, Chejov, O’Neill, Usigli.

Para aprender a utilizar el cuerpo y ganar en plasticidad, Zenobia entra a la escuela de Lila Arzabe, la Academia Ana Pávlova. Su primer rol protagónico llega con Luna de miel, bajo la dirección de Raúl Horth en 1974. En esa efervescencia teatral cochabambina, también actúa en el Achá para el grupo de teatro El Punto de Saúl López Terrazas con la obra filosófica/existencialista Berenice de Ernesto Vaca Guzmán e interpretada por Melita del Carpio.

La poesía, no obstante, sigue rondando sus pasos. Un buen día, el pintor de Ayopaya, don Gíldaro Antezana, conocido por sus gallos y sus girasoles, escucha un ensayo de teatralización poética y se compromete a diseñar la escenografía para sus recitales. Dicho y hecho. Gíldaro pinta flores y palomas de la paz en su particular estilo expresionista figurativo. Elsa Dorado escribe así en el periódico El Diario: “En el arte de Zenobia Azogue el verso vibra, se nutre y se expresa en una explosión de humanas emociones; su voz cristalina es la expresión vital de una gran esencia”.

Por motivos de trabajo de su compañero, vuelve a la ciudad de La Paz en 1976. Vive en la plaza Triangular del barrio de Miraflores y se hace cargo del Taller de Teatro Infantil de la Alcaldía que dirige Mario Mercado Vaca Guzmán, siempre presto a apoyar el cine y el teatro, amén de su querido club Bolívar. Los otros talleres que se imparten en el Teatro Municipal tienen como profesores a Willy Pozadas y Juan Antonio Maldonado (de música), Margot Salas (danza folklórica) y Morayma Morita Ibáñez (títeres).

Los hijos de Zenobia (Marco y Geraldine Montaño) interpretan las obras que dirige su mamá junto a decenas de niños y niñas. “Eran todos sumamente creativos, absorbían mucho, trabajar con ellos era maravilloso y me dejaban sorprendida siempre, hasta hicimos Blanca Nieves Rock con Norma Merlo”. En La Paz también actúa bajo la dirección de Ninón Dávalos La luz que agoniza de Patrick Hamilton.

Tres años después, en 1979, Zenobia gana una beca para viajar y ver teatro en París. De la escena en la “ciudad de la luz” le sorprende el cariño tremendo del público hacia los actores/actrices y la generosidad de estos a la hora de compartir sus experiencias. Conoce al director actor y Robert Hossein y Juan Canolle, director en La Opera, es su guía en París. En Francia (en la Maison de l’Amerique Latine) y luego en Madrid, Zenobia recita poesía española y boliviana con poemas de Norah Zapata, Yolanda Bedregal, María Virginia Estenssoro, Silvia Mercedes Ávila y Alcira Cardona, entre otras. Su poeta favorito es Federico García Lorca: “la fuerza de sus versos y la potencia de sus personajes son lo máximo, lo que transmite es impresionante”.

Dos años después, en 1981, funda el elenco La Mueca. “No teníamos un elenco estable, pues los actores y actrices conocidos del momento siempre llegaban tarde y eran muy indisciplinados, así que yo opté por convocar a jóvenes que tenían otros trabajos, pero que amaban, querían hacer teatro y eran puntuales”. Así, changos como Jorge Ortiz que laboraba en el Centro Boliviano Americano, ingenieros como Enrique Prudencio, artistas como María La Placa o diputados como Eduardo Chichi Siles y su hermana Eliana o Erika Brockmann debutaron como actores y actrices.

El nombre de La Mueca lo propone don Armando Soriano Badani, poeta, escritor y crítico de teatro. La primera obra de teatro que ponen en escena es Mónica y el florentino del dramaturgo venezolano Isaac Chocrón, autodefinido como “zurdo, judío y homosexual”. En el elenco aparecen Gabriel Revollo, Freddy Cano, María Eva Capparelli (hermana de Roberto, el gran delantero stronguista de los años 40), Maruja Serrudo Ormachea, Vilma Beltrán… A finales de los ochenta, participa en los talleres que dan en La Paz el uruguayo Carlos Aguilera (el cual monta Orquesta de señoritas de Jean Anouilh) y el argentino Roberto Perinelli.

En la casa de Zenobia, en Irpavi, la directora y actriz tiene cuadros de sus amigos y amigas artistas: hay uno de Gíldaro Antezana y otro de Gil Imaná; hay tres de Silvia Peñaloza; hay otro con dedicatoria incluida del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín; otro de Ángeles Fabbri en modo afiche de La Mueca; y un retrato (fotográfico) de Gastón Ugalde. “Guaysamín vino una vez a La Paz invitado para ser jurado del Salón Pedro Domingo Murillo, me vio en un recital de poesía y me regaló un cuadro suyo, la dedicatoria dice así: a Zenobia con cariño”.

Se muestra orgullosa de uno de sus mejores logros: “en 2001 conseguí que los artistas no pagaran impuestos por sus actividades en los espacios municipales”. Cuando llegó la actriz Geraldine Chaplin también pasaron cosas mágicas: “cuando le dije que mi hija se llamaba así porque la admiraba mucho se me emocionó y quiso conocerla, cenamos en su hotel antes de que se fuera a rodar la película de Jorge Sanjinés, Para recibir el canto de los pájaros.

Azogue también ha sido profesora de Teatro para docentes de colegio e impulsó el teatro colegial. Participó en los primeros Fitaz con Hay que deshacer la casa de Sebastián Junyent. En los últimos años, antes de la pandemia, no ha dejado nunca de ser una “intérprete del verso” (Homenaje a Yolanda Bedregal) y las ganas de hacer teatro se han mantenido intactas: “quisimos hacer una obra llamada Cuatro mujeres con Cecilia Córdoba y Erika Bruzonic. Y también hacer de nuevo Doña Rosita, la soltera de García Lorca, que estrené en 1990 en el Teatro Municipal de La Paz”.

Zenobia ha perdido la cuenta de las obras que ha dirigido y actuado. Su currículum teatral supera las diez páginas entre actuaciones en el extranjero (principalmente en Estados Unidos), dirección de teatro infantil y juvenil, cursos, talleres, zarzuelas, recitales de poesía… Los premios, diplomas y distinciones llegan a las dos docenas, incluida su incansable labor al frente de la Asociación Boliviana Pro-Arte.

Cumple este año sus “Bodas de Oro” sobre el escenario (debutó en 1972), medio siglo haciendo teatro. Diminuta, transparente, incorpórea a veces, invisible a ratos, como si estuviese en otra dimensión, presente siempre. Es Zenobia Azogue.

FOTOS: RICARDO BAJO H.

Erótica 6.0: cuando lo bueno se repite

Más de una veintena de artistas son parte de la muestra dedicada al erotismo y al desnudo en la galería Altamira

color. El pintor potosino Zenón Sansuste presenta ‘La vie en rose’, óleo sobre trupán (160 x 80 cm)

Por Ariel Mustafá

/ 2 de octubre de 2022 / 01:24

De las 16 fechas de exposición anuales que organiza la galería Altamira (calle José María Zalles #834, bloque M-4, San Miguel, La Paz), solo hay dos que son colectivas y, además, temáticas. Y solo una de ellas que año tras año se repite. Cuando la hicimos por primera vez, allá por 2016, bautizada Por el ojo de la cerradura, lo hicimos como un divertimento, como una manera de convocar —y provocar— a un público que sabíamos se acercaba al desnudo, que por otra parte goza de una gran tradición en la pintura universal.

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En ese momento convocamos a los artistas cercanos a la galería a que trabajen algo específico para ese tema. El resultado al recibir las obras no pudo ser más alentador. Las propuestas eran bellísimas y variadas. Por supuesto que por sobre todo estaba presente el desnudo femenino, pero hubo piezas sutiles y crípticas que contenían una carga erótica que nos llevó a pensar que este tema ofrecía muchísimas posibilidades. Al año siguiente empezamos a utilizar la palabra “erotismo” para la convocatoria. Lo demás es historia. Esta es nuestra sexta versión y no dejamos nunca de sorprendernos, y sorprender al visitante, que es el fin último de nuestro trabajo. Erótica 6.0  colectiva de desnudo, estará abierta al público hasta el 11 de octubre de 10.00 a 13.00 y de 15.30 a 20.00.

Y si algo nos causa asombro, algo que me atrevo a asegurar, es que el paso de los años hizo que nos convirtiéramos en sociedades más represivas, más pacatas. Revisando la historia del arte y del erotismo puedo decir, sin temor a equivocarme, que desde el inicio de los tiempos los hombres convirtieron el erotismo en arte, y lo hicieron de una forma libre y poderosamente abierta. ¿Una prueba? Intente usted subir alguna de las obras de esta exposición a Facebook y saltarán las alarmas. Esta es nuestra modernidad.

LA GRÁFICA

Encuentro. La paceña Carolina Lovo exhibe ‘Balcón’, acrílico sobre lienzo (80 x 80 cm).

Trazos. Del artista potosino Enrique Arnal se ha rescatado este ‘Estudio’, grafito sobre papel (100 x 83 cm)

Ciudad. La artista paceña Ángeles Fabbri muestra el políptico ‘Conversación en la Catedral’, acrílico sobre lienzo (140 x 150 cm)

Urbano. El paceño Gustavo del Río enseña ‘Business day’, óleo sobre lienzo (104 x 69 cm)

Desnudos. El paceño Mario Conde ‘Barbies’, acuarela sobre papel (76 x 56 cm)

Abstracción. ‘Confort’ (óleo sobre lienzo, 125 x135 cm), del pintor paceño Vidal Cussi

Trazos. ‘Dama’, xilografía iluminada sobre papel (16.5 x 33.5 cm), del sucrense Juan José Serrano

Mitología. El paceño Pablo Giovany propone ‘Cantar de los Cantares 8:6’, (acrílico sobre lienzo 70×70 cm)

Silueta. ‘Torso negro’, talla en piedra basalto negro (58 x 25 x 11 cm) del escultor paceño Jorge Aranda

Masculino. El paceño Rubén Perales pintó ‘Dionisio y los Zarzales’, óleo sobre lienzo (70 x 90 cm)

Humor. Christian Aranibar sugiere ‘El fruto prohibido’, óleo sobre lienzo (47 x 47 cm)

Escultura. El artista Juan Bustillos —nacido en los Yungas y radicado en Santa Cruz— propone ‘Placer’, una escultura en bronce (28 x 50 x 30 cm)

Fotos: Galería Altamira

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Cadenza: los sonidos de Bolivia

El dúo lírico de Susana Renjel y José Luis Duarte recoge canciones icónicas del país y les imprime una sonoridad diferente

Por Miguel Vargas S.

/ 2 de octubre de 2022 / 01:02

En 2017, el Dúo Lírico Cadenza presentó su primer disco, Algo que cantarte, un trabajo que reunía una efectiva y ecléctica selección de canciones que fungía de carta de presentación de la propuesta que desde 2016 han realizado la soprano Susana Renjel y el tenor José Luis Duarte: llevar el canto lírico a la canción popular .

Tras este material, el dúo recorrió diferentes géneros, desde la música de películas, pasando por los temas emblemáticos de los grandes crooners, hasta los éxitos de las décadas 1980 y 1990. Eso les llevó a llegar a un público más masivo y en convertirlos en estrellas de los eventos corporativos y bodas.

Fieles al crecimiento de sus respectivas carreras, más allá del éxito comercial, se plantearon, tras ese trayecto, un reto mayor: no simplemente interpretar música boliviana con el estilo del canto lírico, sino proponer una sonoridad diferente para la promoción de la música boliviana.

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Es esto justamente lo que Sonidos de Bolivia hace, no solo  a través de las voces de Susana y José Luis —quienes han trabajado arduamente tanto en consolidar su estilo personal de interpretación individual como en potenciar sus voces juntas en una “voz” de dueto que también goza de personalidad propia y que sirve además para demostrar que juntos manejan un rango interpretativo poderoso— sino en los arreglos y estilo que han cobrado las mismas canciones en esta grabación.

Es así que temas de compositores como Matilde Casazola, Gilberto Rojas, Willy Claure, Javier Quispe, Humberto Iporre Salinas, Julio Bracamonte, Willy Alfaro, Yuri Ortuño y Néstor Olmos, entre otros, de estilos tan diferentes, conforman una unidad en los arreglos de Luis García, quien también ejecuta el piano —siempre preciso, así como dulce y armónico—, que a través de 14 canciones da un viaje musical por el país que visita la cueca, el taquirari, la copla tarijeña con un estilo único.

Los vientos de Roberto Morales  y el piano de García acompañan las voces de Susana y José Luis con delicadeza y solvencia, ofreciendo canciones que se dejan escuchar a detalle, con delicados matices las interpretaciones, libres de efectismos. Es un claro ejemplo de que menos es más. Ahora, José Luis se apresta a participar en el show de Plácido Domingo en Santa Cruz, mientras Susana continúa sus actividades en España. Y si bien físicamente ambos músicos ahora están siguiendo caminos separados, este disco nos muestra las proyecciones de su proyecto, que sin duda, verán la forma de continuar. 

Foto: Focusmile

FICHA TÉCNICA DEL DISCO ‘SONIDOS DE BOLIVIA’

Voces:

Susana Renjel y José Luis Duarte

Dúo Lírico Cadenza

Producción:

Dúo Lírico Cadenza

Grabación, mezcla y masterización:

Cantus

Arreglos musicales:

Luis García

Piano:

Luis García

Flauta traversa, saxofón, quena y quenacho:

Roberto Morales

Fotografía:

Focusmile

Fotógrafos

Accesorios:

Collita

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Alma latina, un viaje a dos guitarras

Mauricio Lanza Acebey y Rodrigo Llanos Sangüesa brindarán conciertos de música latinoamericana en La Paz y Santa Cruz

Mauricio Lanza Acebey y Rodrigo Llanos Sangüesa

/ 2 de octubre de 2022 / 00:54

La música ciertamente ha impactado en todos nosotros en diferentes momentos y formas. En lo personal, descubrir ese mundo ha significado ser parte de un viaje con muchas estaciones en las que uno se detiene para ver el paisaje y apreciarlo. En este caso en particular, tocó embarcarse en un viaje algo distinto a lo que era usual para mí en los últimos 25 años de escuchar música, me refiero a que lejos de la distorsión de las guitarras o las baterías de golpes incesantes, había que darle espacio a una experiencia familiar, porque se da en un territorio local, pero con un alma y esencia distintas.

Así fue como la interpretación de guitarra clásica que ejecutan Mauricio Lanza Acebey y Rodrigo Llanos Sangüesa lograron que me suba a este tren y disfrute una experiencia latinoamericana. Son dos intérpretes bolivianos que desde 2018 vienen tocando juntos con la meticulosidad que el estudio les ha demandado y el corazón que solo los latinos podemos presumir ante el resto del mundo, en un dúo que ha trascendido las fronteras nacionales e internacionales.

Su pasión por este arte, así como los colores de su sonido único y al calor de la vibración de sus maderas, los ha llevado a emprender su propia aventura hace cuatro años, cuando estrenaron en el país La Sonata de los Viajeros, del compositor Leo Brouwer; una obra que, según quienes son entendidos de la materia, es una de las más fantásticas de nuestro tiempo y a la que, hasta la fecha, han sido los únicos en hacerle un justo homenaje. Fue esta interpretación la que los ha llevado a iniciar su primera gira por distintas ciudades de Bolivia. La experiencia tipo viaje a la que hacía alusión en el inicio es algo que también sucede en estos artistas, lo que quisieron poner en escena, al simular una travesía en tiempo y espacio, desde una visita inicial a las tierras heladas del sur de nuestro continente, hasta el mar de las Antillas; mientras contemplaban a la musa de Praxíteles y la obra de Cervantes, e incluso conversaciones del propio J. S. Bach con un sacerdote. Esta propuesta se hizo cada vez más grande y se sumaron ritmos andinos bolivianos, tangos, música brasileña y valses venezolanos, entre varios otros.

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La guitarra de Mauricio Lanza, en Europa

Alma latina

Dicen que cumplir los sueños es aquello que nos hace sentir vivos. Y eso es lo que ellos vivieron, cuando este viaje se materializó y pudieron llevar su obra hasta un festival internacional en Uruguay, donde mostraron su talento como solistas y como dúo, lo que les valió un premio internacional y la posibilidad de llevar su interpretación a Europa.

Como alguien que ha podido ser parte de estos conciertos y vivir la experiencia que transmite este dúo, los invito a que sean parte de esta gira denominada Alma Latina, en la que se interpretarán obras de compositores bolivianos como Alberto Villalpando, Cergio Prudencio, Rolando Peña y Eduardo Caba. Su propuesta también incluye música brasileña, argentina, cubana y venezolana, entre muchas otras.

Ser parte de esta gira es ser testigo del momento en que sucede la mística de una comunicación meramente musical entre el guitarrista y su audiencia, sin utilizar necesariamente recursos líricos, pero que captura esa alma latina que caracteriza a los sonidos y melodías de esta parte del mundo y que tenemos la suerte de disfrutar gracias al talento de estos guitarristas bolivianos.

La cita será en La Paz el 6 de octubre a las 20.00 en el Teatro Nuna (Calacoto, calle 21, a media cuadra de la av. Costanera) y en Santa Cruz el 7 de octubre a las 20.30 en el Museo de la Ciudad Altillo Beni (Centro, calle Beni, entre Sucre y Bolívar).

ALMA LATINA Un viaje a dos guitarras
Alma latina

Mauricio Lanza Acebey

Nació en La Paz, Bolivia. Licenciado en Música por el Conservatorio Nacional de Música de Bolivia, es cofundador de la Orquesta Sinfónica Metropolitana de La Paz, con la cual fue solista en el estreno latinoamericano del Concierto de Albéniz, de Stephen Goss, con Hugo Uyuquipa en la dirección (La Paz-Bolivia, 2017).

Ganó diferentes premios nacionales e internacionales, entre ellos el primer lugar en el Concurso Nacional de Guitarra “Homenaje a Eduardo Caba” (La Paz-Bolivia, 2018), tercer lugar en la mención de Música de Cámara en el Festival de Guitarra de Uruguay (Atlántida-Uruguay, 2018) y segundo lugar en la Bienal Internacional de Guitarra (Cochabamba-Bolivia, 2015).

Rodrigo Llanos Sangüesa

Nació en La Paz, Bolivia. Concluyó la carrera de Guitarra Clásica en junio de 2018 en el Conservatorio Plurinacional de Música con Marcos Puña. Asistió a muchos seminarios y clases magistrales con maestros destacados del continente como Leo Brouwer, Fabio Zanon y Pablo Márquez. También obtuvo varios premios a nivel nacional e internacional entre los que destacan el primer premio en la Bienal Nacional de Cochabamba en 2017 y el tercer lugar en la mención de música de cámara en el Festival de Guitarra de Uruguay en 2018. Entre 2019 y 2022, realizó una maestría en la Universidad para Música y Teatro de Rostock-Alemania con el doctor en música Thomas Offerman. 

Los conciertos

Mauricio Lanza y Rodrigo Llanos presentan Alma Latina, un recital para dos guitarras con música de Bolivia, Paraguay, Brasil, Argentina, Venezuela y Cuba. Se trata de una experiencia intensa, donde los ritmos y sonidos característicos de cada región dialogan entre sí. Habrá dos presentaciones: En La Paz el recital será el jueves 6 de octubre a las 20.00 en el Teatro Nuna (Calle 21 de Calacoto, parada de PumaKatari) y en Santa Cruz será  el viernes 7 de octubre a las 20.30 en el Museo de la Ciudad Altillo Beni (calle Beni, entre Sucre y Bolívar).

Texto: Gonzalo Sillerico Osuna

Fotos: Pankara larrea, círculo de la unión y rodrigo llanos

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El papirri: 43 años de canciones

EL PAPIRRI

/ 2 de octubre de 2022 / 00:42

CH’ENKO TOTAL

Sinceramente se me puso difícil este año, incluyendo el retorno al escenario. El 23 de abril mi esposa tuvo un problema de salud tan serio que la muerte pasó rozando. A partir de allí empezaron las suspensiones de los conciertos, no quiero contarlos porque me viene el bajón. Cuando quise retornar en agosto vía Café Efímera, apareció Mr. Herpes Zoster a tomar mis territorios. Hoy, a dos meses de ser invadido, sigue Zoster manteniendo algunas trincheras en mi espalda, trato de no darle pelota, es una especie de Guantánamo que ninguneo. Hace unos días empecé a ensayar, toqué la guitarra luego de casi cinco meses, fue como cantar sobre ruinas de guerra. Canto y lloro a la vez. Nunca me pasó. Recién cumplí 62 años y ando lagrimeando y moqueando como wawita de pecho, una vergüenza. La emoción de volver a cantar y tocar me rebalsa. El asunto es que el próximo sábado 8 y domingo 9 de octubre vuelvo a dar conciertos en el mayor escenario de nuestro país, el Teatro Alberto Saavedra Pérez de La Paz, mi ciudad.

Decidí iniciar el concierto yo solito con mi guitarra, estrenaré tres canciones así en pelado, no me puedo poner nervioso pues Zoster saca sus agujas. La primera canción está dedicada a mi compañera Carolina, extrañamente suena un son atrás, describe semejante evento con marco medio salsero, me es difícil cantarla sin lagrimear: debo lograrlo. La segunda canción me atacó en súbito el año pasado en mi programa de tele Ch’utis, mi amigo el cineasta Mauricio Durán era el entrevistado. Un día antes había visto un documental de Durán que es desgarrador, investiga los pasos de su hermano asesinado por un milico en el servicio militar. Aquel día en el programa de tele apareció solita la canción El Murucullu, una cueca compuesta en 1987 y que nunca la había cantado en público. Es el misterio de las canciones. Me acordé todita la letra de este Muru, sarnita conquistador, linda cuequita es. La tercera canción tiene en el texto forma de décima, se llama Décima vez, es un ejercicio artístico académico nacido de las clases que dictaba en la Maestría de Producción Musical de la UPEA.

Yo mismo me complico la vida iniciando así este concierto, no es por masoco, es como tirarse un balde de agua helada y salir a la cancha, con esa sensación de vértigo de verte solito en un proscenio enorme, el ingreso al tablado con la gente y su murmullo de abejitas, solo-solito, como la primera vez, hace 43 años en mi estreno como compositor. Porque como guitarrista son 55 años que toco. Hay colegas que no sé cómo definen sus inicios y celebraciones, hay uno que festeja 60 años de carrera y no toca hace 20, hay otro que dice 40 años de carrera artística y tiene 50 años de edad, medio chacota el asunto. Yo decidí marcar la fecha de partida desde que presenté en público una primera canción mía, nada menos que en un concurso batiéndome en duelo en 1979 con los mejores cantautores de la época.

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El Avesol

Luego de estas tres canciones cantaremos composiciones del último CD 60A, que presentamos el año pasado. Haciendo un paréntesis bailaremos cantando el Pepino Pandillero en homenaje a los 474 años de la fundación de La Paz. En esta primera parte ya estarán en escena Heber Peredo y sus magníficos teclados; mi percusionista y amigo leal Vico Guzmán; en Amartelo aparece el bajista Raúl Flores, que acaba de llegar de gira por Europa; el talentoso Mauricio Segalez me hará el aguante con su voz y guitarrita; surgirá Diana Azero siempre segura e inteligente; el charango de Ariel Choque brotará en el caporal bilingüe Camote bailado por el Ballet Folklórico La Paz (Bafopaz), cerrando la parte con la cumbia posmoderna Ch’utis.

La segunda parte será iniciada con la presencia del tenor Mauricio Clavijo, una novedad en mis conciertos. Cantaremos Sacudite y Alasita, apareciendo seguidamente en escena el gran Bladi Morales (Efecto Mandarina, Vinilo 54), uno de los mejores bajistas de la actualidad. Bladi se inició profesionalmente conmigo hace unos 21 años, será un reencuentro muy lindo. Luego llegará el turno de David Portillo, que le da un aurea especial a la escena. El concierto acabará con jóvenes y niños, lindo final de esperanzas con Los Bolitas y el Papirri’s Kid. Es que no podré estar en los 500 años de La Paz, mi ciudad, serán pues estos jóvenes y niños quienes interpretarán mis canciones en mi ausencia. Esito sería. Vayan, pues. Con tanta suspensión ya no se sabe cuándo nos encontraremos de vuelta. La venta de entradas está disponible en Superticket, de manera digital, ingresando a la web de la empresa. También puede reservar con Iris al celular 705- 43667.  ¡Ahhh! Bien le cascaremos estará como bis. ¡Ahh! Estará a la venta el DVD El Papirri Sinfónico que salió en agosto. ¡Ahh! Manden nuevas metafísicas populares ¡Ahhh… chís! Me resfrié de nuevo…

(*) El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Utama

La premiada ópera prima del director Alejandro Loayza Grisi se exhibe en las salas de cine del país

‘Utama’ es el primer filme que dirige Alejandro Loayza Grisi

/ 2 de octubre de 2022 / 00:35

CINE

Tal cual acontece invariablemente con el cine hecho en estos lares, la disyuntiva a la que se enfrentó Alejandro Loayza Grisi en su ópera prima fue optar entre la mímesis o la introspección. Queda claro desde la primera imagen de Utama (Nuestro Hogar) que el director debutante tomó partido por la segunda de ambas alternativas. No en el sentido de volcar a la pantalla sus inquietudes íntimas, sino en el de retomar la clave esencial que permitió otrora a directores como Ruiz y Sanjinés adentrarse en los desafíos y las interrogaciones de una cotidianidad que se muestra desdeñosa con las enseñanzas heredadas de las culturas originarias, para volcarse por entero a la imitación de los patrones impuestos por la cultura (y por el cine también, desde luego) venida de afuera, presumiendo que tal vendría a ser el  modo de  acceder a una porción suficiente de nuestro exiguo mercado de la exhibición como para recuperar siquiera en parte lo invertido en la producción, aún a riesgo de levantar una muralla infranqueable para el espectador local alelado por ese otro cine repetitivo y desprovisto de cualquier valor identificable no bien la proyección concluye.

Rodada en la población de Santiago de Chuvica del municipio de Colcha K, situado en Nor Lípez (Potosí), la película testimonia el contundente impacto que tuvo en la visión del mundo de Alejandro su recorrido por el país, en función de fotógrafo de la serie documental Planeta Bolivia filmada por su padre, Marcos, en 2016. En ese escenario, a 3.972 metros de altura, donde no llueve hace un año y la devastación de la tierra ya alcanzó el extremo, viven Virginio y Sisa, dos ancianos cuyos únicos bienes son una pequeña cabaña de adobe y una recua de llamas.

La  existencia de la pareja transcurre con una rutinaria parsimonia que a los vástagos de la generación del videoclip puede de seguro antojárseles lindante con el absurdo. Muy temprano, Virginio, aquejado de tos persistente, síntoma de una grave dolencia respiratoria, sale a pastar sus llamas, entretanto, Sisa camina horas hacia al pueblo cercano, prácticamente deshabitado puesto que los moradores migraron escapando de la sequía. Procura conseguir agua para llenar los dos pequeños baldes, aunque la bomba tampoco ya cumple con su cometido. De allí se dirige al río donde las pocas mujeres que no se sumaron al éxodo acuden a lavar su ropa. Y, por último, retorna a su hogar a preparar el único platillo diario al que se limita su alimentación. De vez en cuando, al regresar a casa, Virginio trae de regalo para Sisa alguna pequeña piedra redonda. El gesto alcanza para significar que entre ambos, y a pesar de las escasas palabras que intercambian, perdura un sentimiento inmarcesible.

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LA GRÁFICA

Utama

CINEASTA. Alejandro Loayza Grisi nació en La Paz el 10 de octubre de 1985

Filmación de la cinta Utama

Filmación de la cinta Utama

Filmación de la cinta Utama

Tal es por lo demás uno de los varios aciertos narrativos de Loayza, centrando su vista en los gestos, las miradas y los silencios, mientras rehúye apelar a las parrafadas que no habrían hecho otra cosa, sino falsificar un modo de estar en el mundo y de entender la relación con el otro. Ese mismo acierto se refleja en las connotaciones de algunas actitudes de Sisa, por ejemplo, cuando golpea la carne para ablandarla, trasluciendo una fuerza interior de igual manera no necesitada de explicitaciones sobrantes. Y eso mismo trasunta la metáfora del cóndor recurrida por Virginio para explicarle a su nieto Clever que, al igual como aquel al saber que la vida llegó a su fin, se deja caer sobre la montaña,  para acabarla, el abuelo seguirá en lo suyo hasta que llegue el fin que presiente cercano, sin angustias ni quejas.

Justamente la súbita llegada de Clever a bordo de una moto pareciera marcar un punto de inflexión en el lento decurso existencial de los padres del suyo. Las insistentes alegaciones de aquel para convencerlos de ir con él a la ciudad, alternando con los cortantes dichos de Virginio respecto a un hijo que, no resulta difícil deducir, se marchó dejándolos abandonados, colisionan con la negativa de este a dejar la tierra donde pasó su vida para aventurarse a un cambio cuyo sentido se le escapa y con las vacilaciones de la abuela. Pero el conflicto en ciernes no llega en ningún momento al estallido, puesto que en el fondo ambos ancianos están seguros de que solo se necesitan uno al otro.

Los entredichos de Virginio y Clever, quien no aparta un instante su mirada del celular, otro gesto suficiente para traducir la brecha generacional entre ambos, reflejada de igual manera en el desconocimiento por el joven de la lengua quechua, que le impide entender a cabalidad lo que el abuelo desea transmitirle, son, asimismo, demostrativas del enorme talento del director al momento de elegir las imágenes que le permiten redondear un concepto, una situación, apelando a los recursos propios del aparato creativo elegido para contar su historia.

Esta última podría dar la impresión, equívoca por cierto, de estar impregnada de un fatalismo, ajeno por completo a la cosmovisión de una cultura fundada en el estrecho vínculo de los sapiens con el contexto natural y las demás especies, muy diferente al homocentrismo propio de la cultura occidental que elevó a los humanos al sitial de dueños absolutos del mundo, autorizados por ende a explotarlo sin restricciones para su propio beneficio. Fue ese el relato del racionalismo cartesiano y otras vertientes de la filosofía occidentalocéntrica, la kantiana sobre todo, tentando respaldar teóricamente, con las consecuencias advertibles en la depredación ambiental, puesta sobre la balanza por Loayza, al igual que el menoscabo de la sabiduría de las generaciones enraizadas en un diálogo preñado de las advertencias descifrables tan solo en la atenta mirada a la naturaleza, por aquellas empujadas a mimetizarse con el fraudulento modelo civilizatorio de la modernidad capitalista, cuyo fracaso quedó expuesto por la reciente pandemia del COVID-19, aun cuando la masiva sordera pertinaz aparejada al consumismo y la espectacularización banal de la vida diste mucho de haber llevado a tomar nota de tal quiebre.

La señalada estrecha interacción hombre/entorno está muy claramente pautada en la secuencia de la ascensión del grupo de vecinos, incluido Virginio, al nevado que ya ha perdido toda su nieve (el calentamiento global, claro) pero deja que consigan un poco de agua para “sembrarla” en la Madre Tierra, mezclada con la sangre de una llama, pidiendo que las lluvias vuelvan. Y el hondo presentimiento del ocaso de una cultura propia, es el subtexto de la canción interpretada durante el funeral: “No hay en el mundo ya más como tú”.

Tales señalamientos profundos, inquietante, impregnan de principio a fin el relato construido por Loayza dejando, repito, que las imágenes, desvestidas en la ocasión del carácter meramente ilustrativo y/o decorativo al cual han quedado relegadas en un cine atiborrado de efectismos y apuros ayunos de finalidad dramática, magneticen el interés del espectador sumergiéndolo en la pantalla, rehuyendo coartar paralelamente su facultad de incisión crítica.

Resulta esencial para la sólida contextura figurativa de Utama el trabajo fotográfico de la uruguaya Barbara Álvarez, apartado por entero de las tentaciones paisajistas y centrada en hacer del contexto, del espacio entonces, un elemento esencial en el tramado de la atmósfera envolvente que acompaña a los personajes, interrelacionándose con estos y sus actitudes. Y lo propio ocurre con el tiempo gracias al igualmente preciso trabajo de montaje de su compatriota Fernando Epstein.

Desde luego es sorprendente la faena de los(as) protagonistas, todos(as) ellos(as) actores naturales, sobre todo la de José Calcina (Virginio) y Luisa Quispe (Sisa), sin desmerecer en absoluto la de Santos Choque (Clever), este último galardonado como mejor actor de reparto en el festival  de cine de Beijing. La sólida credibilidad de sus composiciones aporta bastante más de un granito a la solidez del producto final y de seguro se debe a la guía de Freddy Chipana, transmitiendo su experiencia como dramaturgo y actor.

Cada palabra, cada encuadre, cada movimiento de cámara suman connotaciones y espesor al relato, al igual que los sonidos entremezclados de la música, los ecos lejanos de las conversaciones y los ruidos del medioambiente. Este, dije, ha sido víctima de una mayúscula desertificación, constatable en la ausencia de vegetación, en las incontables grietas de los terrenos aledaños a la cabaña de los protagonistas, en la agobiante sequedad de la tierra que se escurre, literalmente, de las manos.

De tal suerte queda probado que no existe necesidad alguna de copiar las fórmulas de tantísimas películas y series distópicas, plagadas de bulliciosos efectos especiales, que andan circulando por ahí, y que más bien desde aquí podemos aportar de forma contundente al desnudamiento de las atrocidades atribuibles al Antropoceno y sus amenazantes secuelas de extinción de la tierra cuya gravedad, de cara al porvenir de las generaciones futuras, continuamos desoyendo irresponsablemente.

En buenas cuentas Alejandro  Loayza Grisi, contando, entre otros, con el aporte del Programa de Intervenciones Urbanas que, sería deseable no pase a ser un recuerdo pasajero, entrega un potente ejemplo de madurez y rigor estilístico sin desmedro, al mismo tiempo, de la naturalidad y desenvoltura narrativa. Para ser una obra totalmente redonda quizás hubiese sido aconsejable prescindir de la escena dedicada a visita del médico a Virginio, si bien esta es breve y alude a uno más de los cortocircuitos entre las dos cosmovisiones enfrentadas, y algún otro apunte igualmente prescindible. Al margen de esas pequeñas demasías, Utama es una valiosísima contribución a la filmografía nacional y, por ende, a la del mundo entero.  

Fotos: Película Utama

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