Wednesday 30 Nov 2022 | Actualizado a 20:45 PM

Pseudo

La película Pseudo

/ 18 de septiembre de 2022 / 01:11

El director 'Gory' Patiño

CINE

Muralla (2018) y La Entrega, suerte de spin off —sobado anglicismo que  alude a una derivación— de aquella, realizada un año más tarde, opera prima de Rodrigo “Gory” Patiño en el largometraje la primera e igualmente debut en series de televisión del mismo realizador la segunda, fueron de esos inicios que al dejar un cúmulo de expectativas encaran a sus realizadores con el desafío de extremar recursos y capacidad autocrítica a fin de mantener el mismo nivel de esas inaugurales incursiones en el ámbito creativo. Sea cual fuera este último.

Debo decir que sin ser, ni mucho menos, un trabajo falto de atractivos, Pseudo queda un tanto (bastante) por debajo de Muralla. No obstante, según reveló Patiño, en esta oportunidad correalizador y coguionista con el español Luis Reneo —realizador de origen español, otrora compañero de estudios de Patiño y especialista en cortometrajes, varios de ellos galardonados a nivel internacional— la idea del reciente estreno viene de hace una década atrás, mucho antes de la decisión de extraer algunas líneas dramáticas esenciales para el argumento de aquel entrante descenso al submundo de La Paz, esa otra cara desconocida para la mayoría de sus habitantes, que ha inspirado varios largometrajes de más o menos reciente producción: Averno (Marcos Loayza/2018), Viejo calavera (2016), El gran movimiento (2021), ambas de Kiro Russo, las tres logradas exploraciones de la referida trastienda oculta, donde sangran las heridas de nuestra sociedad, cuya apariencia de una modernidad boyante esconde innúmera cantidad de aún irresueltos problemas de marginalidad y carencia de oportunidades.

Agobiado por la escasez de recursos y por la necesidad de ayudar a su enfermo hermano, un taxista cree haber ganado la lotería la noche en la que un pasajero, al cual escucha conversar por el móvil mientras lo traslada a su destino en una ladera, resulta duramente golpeado durante un intento de asalto al vehículo. Dando por hecho que el cliente ya fue, al encontrar sus documentos en el asiento, el maestrito resuelve asumir la identidad de aquel, presentándose al supuesto trabajo de fotógrafo para el que, de acuerdo al tenor de la conversación seguida a hurtadillas, ha sido contratado por una conocida empresa comercial, dedicada en verdad a la producción pornográfica.

Sin embargo, Amaru, nombre también apócrifo, el personaje aparentemente obituado, desempeña en realidad tareas como mercenario, reclutado en la ocasión por un grupo terrorista para mandar a mejor vida al coronel Viedma, antiguo jefe durante la represión ejecutada bajo un régimen dictatorial y en el presente exitoso empresario en el horario diurno, labor sustituida por la de la instrucción a grupos paramilitares al caer la noche. Y, como en la historia narrada por Patiño/Reneo, nada ni nadie es lo que aparenta, tampoco las justificaciones explayadas por los contratantes: impedir la consumación de un golpe de Estado  acaban siendo las auténticas motivaciones de los planes que planifican ejecutar.

Así pues, semejante juego de falsas apariencias es la clave dramática socorrida a lo largo de todo el relato para mantener el suspenso, objetivo logrado en buena medida cuando menos en los primeros 80 minutos del metraje, pero en buen grado comprometido en los tramos finales de esta mezcla entre el thriller —término derivado del inglés thrill que alude a impresionar, conmover, atemorizar— de suspenso y el político.

Cabe recordar que el eslabón principal de la formación cinematográfica de Patiño tuvo lugar entre los años 1998 y 2003 en la Universidad de Chapman, gracias a una beca conferida por la Fundación Fulbright de la Embajada de los Estados Unidos. Esta puntualización no entraña, valga la aclaración, ningún juicio axiológico ex ante. Únicamente busca dar con el origen de la atracción del codirector por el género del thriller justamente, uno de los más transitados por el cine norteamericano, así como con su indudable conocimiento y desenvuelto manejo de los modos de articulación dramática/narrativa del género en cuestión.

Ahora bien, si  se vuelve la mirada sobre  algunas de las obras paradigmáticas de aquel, para citar algunas: Pacto de Sangre (Billy Wilder/1944), Psicosis (Alfred Hitcock/1960), Z (Costa Gavras/1969); queda claro que el solo dominio de las referidas formas de orquestar los insumos trágicos expositivos, heredados de las fórmulas socráticas, no resulta suficiente para redondear un drama que concite a plenitud la adhesión afectiva del espectador/interlocutor. La cifra está en la cabal dosificación de dichos recursos. Y es en este punto donde flaquea Pseudo, no obstante el claro apartamiento de la puesta en imagen de algunos de los ingredientes más socorridos del género: no hay en el abordaje de Patiño/Reneo el villano de una sola pieza ni su antagonista igualmente inconfundible, puesto que todos los personajes están impregnados de una profunda ambigüedad ética. Si se quiere, todos ellos semejan seres llevados y traídos por un destino que no alcanzan a dominar y que los enfrenta a circunstancias imprevistas, las cuales no consiguen controlar, si bien distan mucho de ser fortuitas.

Volveré más adelante sobre los síntomas de la colacionada pérdida de control sobre la dosificación. Entretanto, evaluando los aspectos técnicos del relato, resulta obvio que hay en Pseudo una utilización más pulcra y cuidada de estos que en Muralla, pero tal cual suele suceder, a menudo ello supone una cierta merma de frescura y espontaneidad en el tramado del relato. 

Es remarcable el aporte de la fotografía de Gustavo Soto, sobre todo cuando la carga figurativa se concentra sobre la intimidad de los personajes y en los sobresaltos que el curso de los acontecimientos conlleva. De igual  manera, la tarea de montaje de André Blondel cumple en buena parte a cabalidad con su cometido de asegurar  la continuidad narrativa, evitando que las reiteradas oscilaciones temporales del presente al pasado, y viceversa, devengan en una afectación al ritmo y la comprensibilidad de la historia. Resulta asimismo valorable la faena de Emilio Kauderer en la composición musical, sin ínfulas de protagonismo, pero aportando lo suyo al espesamiento del clima de suspenso que atraviesa el tejido anecdótico.


Rodrigo ‘Gory’ Patiño revisa una toma durante el rodaje de la película ‘Pseudo’

La tarea del elenco, sobrepoblado de figuras consagradas, suma asimismo a los puntales que sostienen el filme, pero subrayo la de Carla Arana en el difícil rol de Naira, la muchacha que carga sobre su memoria el doloroso trance de la quema de su familia campesina en alguno de los actos represivos de Viedma y sus pares. Sin tener la experiencia del resto de los protagonistas centrales, no desentona en absoluto, al contrario, sortea los excesos melodramáticos a los cuales se prestaba su personaje.

Retomo empero el asunto de la imprescindible dosificación de los aderezos dramáticos y narrativos, salido aparentemente de control en el eslabón final de la película, cuando el relato desborda en reiteraciones desechables, enviciándose en la suma de giros argumentales que nada aportan a la contextura del resultado global, chocando más bien contra dos falsos finales  y dejando la sensación de que el despiste termina ganando una partida desfavorable hasta entonces.

Tampoco se justifican las redundantes tomas mediante drones, perjudiciales para la fluidez dramática, en una suerte de catálogo ilustrativo de los variados ambientes paceños, agravado por la multiplicación de escenarios igualmente semejantes a una oferta turística.

El rudimentario antimilitarismo expuesto en algunas escenas desafina asimismo con las connotaciones que la película se propone poner a consideración del espectador: la inutilidad de la venganza, las aberraciones provocadas por la obsesión de conseguir dinero a como dé lugar. Por último, la nutrida galería de seres marginales, arrastrados hacia una catástrofe inevitable, según refieren las varias historias paralelas que la trama va alternando, semejan un coro donde cada quien entona su propia pieza y el espectador no consigue escuchar nítidamente ninguna.

Las imperfecciones anotadas no desvalorizan del todo Pseudo, más son esos yerros de tratamiento los que a mi parecer impiden a la película dar cuenta de avance en la filmografía de un director desafiado a repensar su labor, puesto que talento e imaginación no le escasean. 

FOTOS: PSEUDO

Villalpando, una promesa al Niño

Alberto Villalpando recibió un nuevo Honoris Causa y estrena en La Paz su reciente trabajo, un buen motivo para repasar su obra y su vida desde su casa en Cala Cala, Cochabamba

Alberto Villalpando, referente de la música boliviana

/ 27 de noviembre de 2022 / 00:10

Villalpando, una promesa al Niño. Alberto Villalpando tiene cuatro años. Vive en una vieja casa de la esquina de la plaza principal de Potosí. Es la casa del abuelo por parte materna, sita entre la Prefectura y la Alcaldía. Viven varias familias de parientes en esta casona de 1700. En la sala principal hay un piano, una pianola eléctrica para ser más exactos. Albertito se acerca al Nacimiento que preside la sala y suelto de cuerpo le dice al Niño: “Te voy a tocar música”. Villalpando pone los dedos sobre las teclas negras y blancas (“vaya a usted a saber qué toqué durante dos o tres minutos”). Cuando termina, se acerca de nuevo al Niño: “Yo siempre te voy a hacer música”. El maestro Alberto Villalpando ha cumplido 82 años el lunes pasado y hace cuatro días ha estrenado en el Centro Sinfónico Nacional de La Paz su última obra Música para orquesta Nº7. Es el padre de la música contemporánea en Bolivia. La palabra aún tiene valor.

Alberto es el segundo hijo del dirigente comunista Abelardo Villalpando. Su padre milita en los años cuarenta en las juventudes del PIR (Partido de la Izquierda Revolucionaria) junto a otros jóvenes líderes marxistas como José Antonio Arze, Alfredo Arratia, Felipe Iñiguez o Ricardo Anaya. Van a fundar el Partido Comunista de Bolivia, el reconocido por la Unión Soviética, unos años más tarde. En las filas piristas, pulula un chango llamado Néstor Taboada Terán. Ya verá, en su momento, caro lector/lectora, por qué sumo este detalle. Por supuesto que el padre ni se imagina que su hijito anda por la casa haciendo promesas a una figura del pesebre navideño.

La madre es Lola Buitrago, hija de un médico conservador de Potosí. Tan retrógrada que en tercero de secundaria la saca del colegio y la manda a estudiar Corte y Confección a la ciudad de Sucre. Ella ha debido de poner el “Santo Misterio” con su María, su José, sus tres Reyes Magos y los animales.

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Una pintura de Villalpando

Villalpando, una promesa

Villalpando hace la primaria en la Escuela Alonso de Ibáñes, sito en la calle Bolívar y la secundaria en el poderoso Colegio Nacional Pichincha, orgullo de la ciudad, sobre la calle Ayacucho. Es un asiduo de los cines, del Omiste, del Hispano. Goza tanto de las aventuras del cine mexicano y de los clásicos “péplum” como de las grandes bandas sonoras a cargo del director de orquesta húngaro Miklós Rózsa (el de Ben-Hur). Todavía no sabe que acabará haciendo la música para una docena de películas bolivianas.

Tiene dos amigos/compinches: Marvin Sandi Espinoza y Florencio Pozadas. El primero parte a Buenos Aires a estudiar composición musical. Cuando vuelve no habla de otra cosa que no sea politonías, palíndromos y dodecafonías. Sandi allana el camino de Pozadas y Villalpando. Uno para todos y todos para uno, son los tres mosqueteros de la Villa Imperial. Solo uno va a seguir la pelea hasta el final: Sandi se pegará un tiro en Madrid en los años sesenta y Pozadas (hermano de Willy, reconocido director de orquesta) morirá en un accidente de tránsito en Buenos Aires.

Villalpando pasa seis años lindos en la capital argentina. Corren los sesenta y la metrópolis porteña es un bullicio. Alberto es alumno del Conservatorio Nacional “Carlos López Buchardo”. Su profesor es nada más y nada menos que Alberto Evaristo Ginastera, uno de los maestros de la música del siglo XX en América; su alumno más famoso será un tal Astor Piazzola. El estreno de su Cantata para América Mágica en 1961 en Nueva York conlleva tal éxito que se vuelve el soporte económico para la fundación del Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales, del Instituto Torcuato Di Tella. Un año después, en el 62, Villalpando postula para una beca en el Di Tella y gana. Va a gozar con los mejores profesores traídos de todas las partes del mundo, pura vanguardia: Luigi Dallapiccola, Iannis Xenakis, Olivier Messiaen… El Centro será parodiado, años después, por los geniales Les Luthiers a cargo de su personaje Johann Sebastian Mastropiero.

Villalpando se pierde por avenida Corrientes, va al cine, al teatro, se empapa de la nueva ola de cine francés, se conmueve con el neorrealismo italiano y se aficiona a la ópera. Un cuate del Di Tella, Miguel Ángel Rondano, le contagia la pasión. Logra un pase para el Teatro Colón. La pareja de amigos es tan asidua que los acomodadores les reservan silla en las tertulias del tercer piso. Vive en la calle Sarmiento y Paraná, desde donde ve todos los días cómo se levanta el Teatro San Martín. Cuando años después termina viviendo en París, la capital francesa le va a parecer una aldea en comparación con la efervescencia cultural de Buenos Aires.

Estamos ahora en La Paz, el maestro tiene 24 años. Está a punto de componer su primera obra para orquesta sinfónica. Se llamará Liturgias fantásticas. Antes de regresar a Bolivia, durante el último año en el Di Tella ha creado su obra Preludio, passacaglia y postludio con la que gana el Concurso de Composición “Luzmila Patino”. La música de vanguardia en Bolivia está dando sus primeros pasos, es el “sayari”.

Para contar la génesis de las Liturgias fantásticas, tenemos que retroceder en el tiempo. El pueblo del padre comunista de Villalpando se llama Puna. Está a cuarenta kilómetros de Potosí, es la capital de la provincia José María Linares. Alberto pasa sus vacaciones en Puna, en la casa paterna. El clima es más benigno. “Estudiando en Buenos Aires y aprendiendo de las partituras de vanguardias dodecafónicas, pensaba en cómo hacer la diferencia, cómo crear una música con particularidad propia, cómo avalar mis dotes de composición. Entonces viajé con mi mente hasta mis once años cuando visitaba la comunidad junto a mi hermano mayor, Abelardo”.

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El maestro Alberto Villalpando frente a su teclado en su casa de Cala Cala

Estamos ahora en Puna, principios de los 50. Es Semana Santa. Se celebra una misa de difuntos en la iglesia. El atrio ha sido tomado por tropas de músicos, un ejército de tarkas y zampoñas. Todos parecen tocar al mismo tiempo distintas melodías. Es un caos. O no. Abelardo y Alberto quieren treparse a la torre para contemplar todo desde arriba, como dos pequeños dioses. No se puede. Llegan, nomás, hasta el coro. El sonido de las melodías caóticas (o no) del atrio no llega hasta lo más alto. Ahí, en esa sucursal de cielo, los hermanos solo alcanzan a escuchar el armonio. Suena el Dies Irae del Canto Gregoriano. Cuando los himnos monódicos de la misa terminan, vuelve la fiesta a retumbar el templo. Los comunarios tocan ritualmente por la muerte de un “kuraka” querido. Villalpando, con el privilegio de la memoria dirigida, ya tiene la idea en la cabeza para su primera pieza de orquesta: sus “liturgias” de fantasía —que se estrenarán recién en 2000— tendrán tres movimientos, atrio-misa-atrio. “Le debo mucho a Puna”, termina.

El pensamiento musical de Villalpando se puede resumir en una frase: oír el paisaje. El maestro está convencido de que la geografía suena. Solo hay que saber escuchar. Y recoger esa fuerza interior, esa energía que tienen nuestros territorios. Villalpando está en contra de las apropiaciones culturales, del uso comercial/folklórico de las melodías más ancestrales. “Yo invento, solo una vez usé una pieza de Charazani para un pequeño fragmento de un concertino para flauta”. Rescata, sin embargo, el trabajo de Savia Andina y la labor de Cergio Prudencio con su Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos, fundada en 1980.

El paisaje no solo está para ser escuchado también alumbra ideas. Ante la expectación de la tierra, Villalpando se sumerge en meditación, en introversión. Cuando esto ocurre, brotan sus Místicas, música de cámara. Ya lleva catorce. Cuando el paisaje es majestuoso/imponente, nacen pentagramas para orquesta. Son su Música para orquesta. Ya lleva siete con la estrenada esta semana. “Mi percepción emotiva del paisaje me lleva a construir un pensamiento panteísta, me conduce interiormente a la búsqueda de lo divino. La desolación puede ser también silencio. Este silencio reina en los cerros y es acentuado por el viento que nace en el silencio para perderse en él”.

En La Paz vive por aquellos años en el barrio de Miraflores, en la avenida Saavedra, frente al Hospital General. Se ha casado con la argentina Camila Nicolini, a la que conoce en el Instituto Di Tella. Tendrán dos hijos, Javier y Alejandra. El panorama musical en La Paz es desalentador. “La Orquesta Nacional era malísima y había pocos músicos competentes”. Un amigo, el tarijeño Mario Estenssoro Vázquez, le presenta a Jorge Sanjinés, recién regresado del exilio en Lima. “Mire Villalpando; Sanjinés, el cineasta, está buscando un músico, venga usted”.

El maestro entra a trabajar en el Instituto Cinematográfico Boliviano. Va a componer la música original para el cortometraje ¡Aysa! (1965), Ukamau (1966)  y Yawar Mallku (1969). También trabajará con Jorge Ruiz (en Mina Alaska, 1968), Antonio Eguino (Chuquiago, 1977, Amargo Mar, 1984 y Los Andes no creen en Dios, 2007) y Paolo Agazzi (Mi socio, 1982).  Y con Hugo Roncal en Los ayoreos (1979). “Busco ese documental desde hace mucho tiempo. Su música tiene una historia linda. La musicalicé con voz femenina y una sola guitarra. Fuimos con Hugo a grabar a Buenos Aires durante quince días. Los ayoreos, nómadas, solo la usan durante sus cantos funerarios. Un antropólogo la escuchó sin el permiso de la comunidad y acabó en un saco. El antropólogo alemán Bernd Fishermann sí pidió permiso y pudo escuchar”.

En 1966, con Estenssoro de ministro de Culturas y Turismo de René Barrientos, la Orquesta Sinfónica, dirigida durante dos años (1964-65) por el estadounidense Leonard Atherton, mejora y vive su época de oro. Villalpando compone (su Mística N° 1 es de 1965 y su Concertino para flauta y orquesta, de 1966), se traen músicos reconocidos de Uruguay y Estados Unidos y se cubren las primeras sillas con profesionales que también enseñan en el Conservatorio. Con la llegada de la dictadura de Banzer, todo se viene abajo. El director de la Sinfónica, Gerald Brown, se lleva a los músicos “y nos deja plantados”. El gobierno de facto cierra el Ministerio de Cultura (una vieja y nefasta “tradición” que repetirán todos los golpistas) y los falangistas hacen desaparecer los ítems de los músicos profesionales. “La Orquesta y el Conservatorio volvieron a ser el mismo desastre de antaño”.

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Fotografía en que se ve a Villalpando junto a su segunda esposa, la poeta Blanca Wiethüchter

En 1965 conoce a Jaime Saenz. Villalpando camina la calle Ayacucho a la salida del ICB. Pasea en compañía de Édgar Ávila Echazú, otro chapaco. El poeta (y también pintor: en la casa de Cala Cala, en Cochabamba, el maestro tiene tres retratos al óleo de su autoría) y el músico se encuentran con Saenz, quien suelta una invitación: “Vengan a visitarme a la casa”. Villalpando cosechará una amistad fecunda, escuchará música de Bruckner y Schumann (“detestaba a Chopin”), gozará con algunas óperas de Wagner y nacerá un proyecto entre ambos. También verá la esvástica famosa pintada con tiza. Nunca beberá con él. El proyecto se llamará La máscara (luego virará hacia Perdido viajero). Quiere ser una ópera en tres actos, pero se quedará en (casi) nada. Villalpando prepara la música junto con Carlos Rosso y Jaime se encarga del libreto (sobre la postguerra del Chaco).

El maestro logra el financiamiento a través de un productor de cine llamado Gonzalo Sánchez de Lozada, que suelta sin asco los quince mil dólares que costará la producción. Se tenía que estrenar a finales de 1973, principios de 1974. No pasará naranjas. “Goni” hace incluso observaciones al primer acto y pide al trío a que no se peleen: “muchachos, parecen albañiles”. Cuando Villalpando insiste y exige a Saenz que entregue el texto (ya ha cobrado de Sánchez de Lozada el anticipo y el finiquito), el escritor responde tajante: “No se va a poder y mejor se van todos a la mierda”. Presume Villalpando que Saenz estaba celoso de su relación con Rosso. Pero solo intuye. De todo aquello solo quedarán vivos dos fragmentos musicales que terminan siendo una obra electroacústica ¡Bolivianos…! y un aria para barítono.

No verá a Saenz nunca más hasta dos meses antes de su muerte en agosto de 1986. “Caminaba por Miraflores con Blanca y lo vimos. Nos invitó a su casa, nos recibió en cama. Estaba borracho tomando de una botella de singani que tenía bajo el camastro. Era un mal borracho, sentimentaloide. Por aquel entonces solo escuchaba música, nos leyó un cuento y se quedó dormido”.

En los setenta nace el Taller de Música de la Universidad Católica de La Paz. Se arma una dupla: Alberto Villalpando-Carlos Rosso. Va a ser un salto a la modernidad. A finales de esa década, se va dos años y medio de primer secretario a la embajada boliviana en París. “No me gustó mucho Francia”.

Es gracias a Saenz que conoce a la que será su segunda esposa, la poeta Blanca Wiethüchter López. Tendrá una hija: Valentina (nacida en 1990). Las hijas de Blanca (Camila y Olivia del primer matrimonio de la escritora con Ramiro Molina) le dicen “Alber”. El amor brota mientras Blanca da talleres de literatura a sus alumnos de música. Al día de hoy, con 82 años, Villalpando sigue dando clases de contrapunto y armonía moderna en la universidad. El jueves pasado recibió el Doctorado Honoris Causa en el campus Tupuraya de la Católica en Cochabamba. Y hace cuatro años, el mismo título de la San Simón.

“Con Blanca, la relación fue muy linda, intensa, nos complementábamos, había mucho diálogo”. Juntos viven en La Paz y Santa Cruz y hacen —entre otras muchas obras— un ballet La Lagarta y Mientras crece un árbol sobre el mar (2000), para soprano, orquesta de cuerdas y vibráfono, musicalización de textos de Blanca. También lanzan una revista a finales de los noventa, Piedra Imán, junto a Rubén Vargas, Iván Vargas, Gilmar Gonzales Salinas, Alfonso Murillo Patiño y Ricardo Pérez Alcalá, editado por el sello El Hombrecito Sentado, de Wiethüchter. Blanca llegará a escribir —junto a Carlos Rosso— su biografía en Cochabamba, antes de su fallecimiento por cáncer de mama: La geografía suena. Biografía crítica de Alberto Villalpando.

En 1995 llega la venganza de la ópera. Los recuerdos de las obras disfrutadas en el Colón de Buenos Aires siguen intactos. La bronca con Saenz, también. Es la hora de contar el detalle del principio, la alusión inicial a Néstor Taboada Terán. Villalpando lee en París su novela Manchay Puytu: el amor que quiso ocultar Dios (editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1977). “Yo con esto voy a hacer una ópera”. Idéntica a la frase: “Yo siempre te voy a hacer música”. Villalpando compone durante un año y la ópera tiene tan solo tres presentaciones en el Teatro Municipal de La Paz. Giovanni Silva es el tenor; María René Ayaviri, la soprano; Gastón Paz, el barítono; y Ricardo Estrada, el bajo barítono. Los bajos son Hugo Silva y Gerardo Arteaga, además de Giovanno Salas y Teresa Morales. La escenografía es del maestro Pérez Alcalá; y el diseño de vestuario e iluminación, del arquitecto Juan Carlos Calderón. Un auténtico lujo sibarita.

Si este perfil arranca con una promesa, va a terminar con una maldición. Poco se sabe de la labor literaria del maestro Villalpando. De muchacho llega a publicar tres relatos en la revista de la Universidad Tomás Frías cuando su padre era el rector. Bajo los ánimos de Saenz, transforma un relato en novela. Se llamará Un tren viajaba en los ojos de Baní (1968). Jaime transcribe varias copias a máquina y le empuja a inscribirla en el Primer Concurso de Novela “Erich Gutentag” con una broma a su estilo: en el sobre colocará “Concursando solo al primer premio”. No ganará (saca la primera mención) pues Renato Prada Oropeza viene de triunfar en el “Casa de las Américas” de La Habana con Los fundadores del alba.

El segundo intento de publicación llega desde Argentina. Un editor, el ensayista Néstor Murena, promete publicarla en Sudamericana pero lo retiran del trabajo en la editorial. El tercer intento nos conduce hasta La Paz. Bajo el entusiasmo de Blanca, se llega a un acuerdo con la editorial Altiplano del Colegio Don Bosco. Cuando las galeras están listas, el cura italiano Renzo Cotta para el tiraje y funde los plomos. El cuarto intento llega en la época del quincenario El Juguete Rabioso. Wálter Chávez, dispuesto a terminar con la maldición, consigue unos pesos, pero un cáncer detectado a tiempo le obliga a destinar la plata para su curación. Alberto Villalpando ya no quiere comprometer a nadie en la publicación de su novela: “Me da miedo”.

A estas alturas de pentagrama prefiere disfrutar de sus últimos estrenos musicales y de los buenos partidos de fútbol europeo en la tele (“el boliviano me hace sufrir”). Su carrera musical ha puesto un granito de arena en la construcción identitaria nacional. “Tenemos un modo de ser bolivianos, muy distinto de nuestros vecinos con muchas cosas en común, pero con particularidades. No somos ni peores ni mejores que nadie, pero hay una forma de estar en el mundo que es realmente boliviana, caracterizada por cierta ingenuidad, algo de credulidad y algunas notas de optimismo. Esta forma de ser se puede resumir con una frase que dicen en La Paz: lo más seguro es que quizás”. Lo más seguro es que quizás el maestro siga haciendo música para su Niño por los siglos de los siglos. Así sea.

Fotos: Ricardo Bajo y archivo Villalpando

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Morbo: la seducción del mal que habita en nosotros

El escritor Adrián Nieve presentó su tercera novela (2022, PARC Editores) y ofrece en estas páginas un fragmento de su obra

El escritor Adrián Nieve

Por Miguel Vargas

/ 27 de noviembre de 2022 / 00:05

Morbo: la seducción del mal que habita en nosotros. No juzgues un libro por su portada. Lo mismo se aplica a los escritores: no te guíes por tus primeras impresiones sobre él para ingresar a su escritura. Adrián Nieve tiene aspecto afable: es un cariñoso amante de los perros y de la cultura popular; es cordial y no suelta palabras altisonantes alegremente. No le gusta bailar (no sabe, dice él) y su porte, su sonrisa y su mirada transmiten confianza y ternura. Sus textos son otra cosa. Y es que piensa mucho. Mucho. Así lo prueba Morbo, novela que acaba de publicar con PARC Editores. Es una novela que nació como cuento y que creció casi con vida propia hasta llenar más de 450 páginas que, no obstante, se dejan leer con avidez gracias a la vertiginosa historia que recogen.

El viernes, Nieve presentó este libro en Sucre y la semana pasada, en La Paz, ciudad en la que se venden los ejemplares en Café Rayuela, en el Baúl de los Libros y en librería Lectura, además de que está disponible en Amazon la versión Kindle. Las expectativas ante este nuevo hijo literario son diversas. “¿Para qué mentir? He visto torcer el gesto a gente en la Feria del Libro cuando les dijeron que un tomo de 20 páginas cuesta 50 bolivianos. Tenía un poco de miedo de que tal vez mucha gente no se anime a comprarlo o a leerlo, ya sea por la longitud o por el precio. Pero la respuesta que ha habido de parte de los lectores y de los mismos editores ha sido muy buena. Lo que busco es que la gente encuentre algo entretenido, pero que al mismo tiempo, sin querer, la obligue a reflexionar un poquito en ciertas cosas que piensan, hacen o que ven en el mundo día a día”.

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Morbo: la seducción del mal

El escritor se ha formado en psicología, pero ha abrazado el periodismo cultural, tanto en prensa escrita —fue parte del equipo de La Razón—, como en la televisiva e internet. El cine y los videojuegos son parte de esta pasión.

De sus tres libros—publicó El camino amarillo de Drogothy (2016, editorial Gran Elefante) y Hayley (2018, Editorial 3600)—, éste le ha resultado el más desafiante, pues ha significado un proceso de depuración y edición mucho más intenso y minucioso. Ha aprendido a matar párrafos que amaba. “Esta historia está basada en cosas que me pasaron cuando era adolescente y que de alguna forma quería expresar. Al principio era solo un cuento, hasta que empecé a aprender acerca de crónica y quise volverlo crónica, porque a veces la realidad es más sorprendente que la ficción. Pero éste no era el caso, a pesar de incluir hechos que sí sucedieron en la realidad”. Por ello esta idea inicial se asentó en una novela ambientada en Sucre en 2008, en la que el autor revela su relación de amor y odio con aquella capital.

Al principio el libro se llamaba Porno, pero transmutó a Morbo. Y si bien al principio los personajes principales se inspiraban en dos compañeros de curso de Adrián, éstos tomaron vida propia. “Ya estaban vivos y estaban teniendo su propia historia, es que es algo que está más allá de tu control: simplemente sabes que va a pasar algo y que tu personaje lo resolverá de una determinada manera, te sorprende. Alguna vez he estado caminando en la calle y he visto cómo iba a reaccionar uno de los personajes y volvía corriendo a mi casa para escribirlo”.

La elección del año no fue casual: ese 2008 se había mudado de Sucre a La Paz cuando saltó en los medios de comunicación la golpiza que sufrieron campesinos en la plaza 25 de Mayo. Entonces las felices historias de la niñez se cruzaron con situaciones de racismo, hipocresía y de conservadurismo en la cabeza del autor. Amor y odio. “Me han dicho que mucha gente va a odiar el libro en Sucre, quizá porque se va a ver ahí”, se encoge de hombros el amante de los perritos.

Sin embargo, la mirada con la que abordó el libro no es la del bachiller que dejaba su ciudad, sino la del adulto que ha viajado y comprende mucho mejor las dinámicas del país. “Ver estos conflictos cada octubre, cada noviembre, te ayuda a entender o tratar de entender lo que hay detrás de ellos. Te obliga a comprender la idiosincrasia de nuestros países. Bien fregada, bien compleja”. Racismo, machismo, individualismo, porno. Morbo.

Ya impreso Morbo, ha empezado a germinar el nuevo libro en su cabeza. “¿La escritura? Antes veía como que mi cabeza estaba llena y necesitaba vomitar cosas y el papel estaba ahí y vomitaba todo. Era muy emocional y era muy críptico, quizá demasiado subjetivo. Ahora siento que mi escritura ha avanzado, es más comprensible, menos críptica, sin tanto vómito emocional; más dirigida, más narrada, más una historia en sí misma. Pero no pierde ese algo que tengo yo, que es el filosofar, el estar sobrepensando las cosas. Busco que se entienda no solo el mundo interno de estos personajes, sino sus acciones y contarlas de la mejor forma posible. Porque la oscuridad forma parte de los seres humanos. Y aunque las personas escapan del morbo, el morbo es útil: no solamente nos enseña que algo está mal o que algo es reprobable socialmente, sino que todos sentimos de alguna forma, en nuestro interior, que tenemos ganas de hacer algo malo en algún momento”.

Adrián Nieve

Fragmento: Morbo de Adrián Nieve

NOTAS MENTALES

lunes 18/02/08 – martes 19/02/08

Lunes. Nublado, otra vez.

Justo. Alarma de mierda. Y ahí estás, justo a tiempo, primera erección del día. Me parece que eres señal de que la Gaby estaba en el sueño. Ya llevo un buen rato soñando con ella cada noche. Si me duermo otra vez quizás pueda continuar el sueño.

No, imposible. Por mucho que me retuerza y cierre los ojos, solo estoy incomodando a mis perros. Muchachos: los amo con el alma, pero odio cuando están así de apilados encima de mí.

¿Qué clase de persona soy para soñar con ella cuando con la Emma…? En fin, buenos días, mundo cruel. Estamos contentos de reencontrarnos una vez más en este purgatorio llamado Sucre, la famosa ciudad-prisión donde cada día hábil es lunes y el fin de semana es un largo domingo.

Qué frío de mierda, mi mamá ya está gritando para que salga de una buena vez de la cama y baje a desayunar antes de ir al colegio. Ya, ni modo. Me muevo un poco y, cómo no, los perros se van corriendo a ver si pillan algo de comida de mi ma o mi hermana.

“¡Con calma, carajo!”. La salvaje de la Artemisa no tiene consideración con el nabo del Tudito, peor con el Caqui, viejo, ahí bajándose apenas y caminando lentamente.

Coño, no quiero levantarme. Si tuviera las bolas de renunciar a la farsa del cole… No, pobre mi mamá. Aunque, no te entiendo, ma. Ni por san putas tu intención es criarme para que solo sea un colegial idiota que eventualmente se convierta en otro esclavo moderno. Debe haber cosas más útiles para aprender que usar las soluciones al final del Álgebra de Baldor para las tareas o cortar formas ñoñas en una venesta.

Pero no. Bien que nos conocemos, Tomás, me estaría diciendo la Emma. Sí, debería callarme porque yo, como en la canción, “mañana seguiré aquí”. Quizás es nomás como dice el Fons y la rebeldía es una excusa para creer que uno no es mediocre.

“¡Oye! ¡Dejá de perderte en tu cabeza!”, me dice la Ju con la carita entre somnolienta y sonriente. Me fascina el extraño balance que esta cojuda tiene por las mañanas. Pero ha cambiado, la maldita. Estás a un paso de ser mayorcita, pero todavía sigues diciendo que amas Coldplay cuando solo has escuchado el X&Y y no tienes la más mínima idea de la existencia del A Rush of Blood to The Head o el Parachutes. No sé en qué momento lo de hermanos pasó a limitarse al parecido físico.

“¡Dejame vivir! Y, más bien, apurate, Juliana, que me voy sin vos si no”.

“¡Perdóname, To-más! —Algún día aprenderás que silabear no es lo mismo que ser irónica, chiquilla—. ¿Desde cuándo a vos te importa ser puntual?”.

Encogerse de hombros. Apurar el café. Poner cara de te-estoy-esperando.

La Ju entorna los ojos y vuelve a su cereal. No entiendo por qué me odias en las mañanas, pero tampoco es que a esta hora vos brilles como la Buena Nueva en torno a la cual se congregan los Ned Flanders de la vida real. De hecho, pendejita mía, eres lo peor de esta parte de la rutina. Porque ya de por sí pararse, bañarse, vestirse, desayunar es una cagada y se hace peor con tu cara de culo. Y te amo, de verdad, pero tener que esperar a que te dé la regalada gana de alistarte es más largo que esperar el puto micro, que encima vendrá todo abarrotado para llevarnos como ganado al matadero.

Salir. Esperar. Abordar.

Puta sí, así se debe sentir la carne antes de terminar en el mercado. Por suerte no tenemos que ir en micro hasta la mismísima puerta del puto colegio y, por lo menos, podemos caminar seis cuadras hasta ahí, disfrutando de un paseo antes de entrar a clases. Juro que si no fuera porque de todas formas puedo chacharme, haría este recorrido con las mismas ganas que me nacen cada vez que el director nos manda a reuniones de beatas que creen que si citan la biblia de memoria harán que el tal Jehová exista de verdad.

¿Debería hablarte del aburrimiento? No, creo que solo me consolarías sin comprender una mierda. Como cuando tuve que llevarte a la entrada folclórica el anterior Carnaval y yo sentía que me iba a arrancar las uñas si tenía que seguir viendo gente saltar y sudar por una figurita. Pero vos estabas chocha, aferrándote a la idea de un día bailar ahí.

¡Ah! Ahí se asoma el colegio. ¿Qué clase de vida tienes que tener para haber nombrado tu colegio “Divina Providencia”?

Aunque tengo que admitir que, si no fuera por el nombre y la gente, me gustaría mucho este lugar. Casi en las afueras de la ciudad, lleno de patios verdes y con una especie de temática de piedra y naturaleza. No sé, funciona de alguna forma. Incluso si algunos de sus edificios son muy “ladrillo”, puta, hasta eso queda bien junto a todo lo demás. O sea, no es lo que la Emma llamaría “estético”, pero tampoco es un insulto a los ojos. 

Aparte, es lo suficientemente grande como para hacer olvidar a estos esnobs que detrás existe otro barrio clasemediero más.

Pensar que acá este colegio es grande, pero en La Paz no es más que otro con apenas dos canchitas.

“Me encanta la manera en la que el diseño del cole mantiene a los de primaria alejados de los de secundaria y del área administrativa”, le digo a la Ju mientras trata de caminar como modelo.

“¿Por qué?”.

“Fija los administrativos no quisieron tener que tragarse los gritos y ruidos de los niños y los exiliaron lejos, donde los profes no tienen ni apoyo ni descanso. Y, si lo piensas, es como establecer tres reinos rivales”.

“Tienes que dejar de leer esos libros sobre elfos y anillos, cada vez estás más raro”, me dice con una sonrisa bondadosa.

“Y vos necesitas ser un poco más rara, cojudita”.

La mirada. Esa mezcla perfecta entre verte como si fueras un idiota y blanquear los ojos. Me gustaría saber cómo la haces.

“Chau, sonso. Te veo en la casa”.

“Dale, Ju. Chau. Cuidate, ¿ya?”.

“Siempre, siempre”.

Ya ni se da la vuelta la muy… Entiendo que le encante el pedo elitista de nuestro colegio, pero si comienza con mierdas de que ella es mejor solo porque sí, voy a tener que darle una lección.

Me cago, ¿cómo fue que me salió una hermana placera? Aunque debería cerrar un poco la boca porque al menos la Ju le da alegrías a mi mamá con sus notas. Bueno, ser un “tiro al aire” tiene sus ventajas y si la Ju no se relaja un poco nunca sabrá cómo es jugar en una cancha sin reglas ni límites. Quizás debería llevarla en alguna de mis chachadas, mostrarle cómo es que uno se mueve fuera de los muros del colegio en este pueblo aspirante a ciudad.

Me cago, hoy toca Física. Aunque, ¿de qué me quejo? Debe seguir quebrada, la pobrecita de la profe. ¡Qué patética sonó su voz el otro día! Mero gallo socavando su autoridad mientras mandaba a callar al curso. Eso sí, valiente de su parte tratar de retomar el control, pero lo cierto es que no pudieron darle ni dos clases antes de cagarle la vida, ¿no, cabrones? Pero bueno, en el fondo estoy agradecido con mis compañeros por quitarme una clase de encima. No necesito más profesores quejándose de que no hago nada, por muy cierto que sea. Cualquier rato se emputan, se ponen de acuerdo y hacen oídos sordos a nuestros tratos, así que mejor no.

Mierda, eso me recuerda que debería empezar a ahorrar plata desde ya para los sobornos de fin de año. Conociendo a los cabrones profes, querrán pedir algo más espectacular que el año pasado y voy a necesitar cada maldito centavo. Sí, sí, puto Fons, ya te estoy escuchando: Tanto trabajo para no trabajar, ¿vale la pena?

Uta… ¿Esa es la Andreíta Toledo? ¡Me cago! Ha crecido. Y harto. Si hace… ¿qué? ¿cinco años?, puta mierda, sí, hace cinco años la desgraciada era una criatura de diez jugando con mi hermana en su cuarto. ¿Cuándo se puso buenota?

Timbre. Reverendo hijo de puta. Ya pues, ni modo. Hora de enfilarme a mi pupitre en el fondo del curso. Mis compañeros me saludan enérgicos con ese aire de alegría y frescura que la gente fuerza en la segunda semana de clases, cuando ya tuvieron tiempo de tragarse los vómitos de resignación. Puta, aparte la promo… Puedo leer en sus ojos esa ilusión de adultez que siempre he visto en la gente de la promo. Qué jodido pensar que este es el último año que tengo para quedarme sentado escuchando música y leyendo novelas todo el día mientras el resto pasa clases.

Bueno, a la mierda. Play. Jamiroquai, Virtual Insanity en mi MP3. Aunque no, puta, olvidé que primero me toca con la bendita Valeria. Ahí está, cabalito, a tiempo para abrir las pilas de baba de los chicos que siempre hablan de lo buenota que está la profe de Filosofía, pero nunca de su clase.

“¡Papito bello! ¡Tomasito! ¿Cómo estás?”. Uno vive para momentos como este abrazo tan cálido y esa amplia sonrisa de alma bella, o para envolverla con los brazos mientras sus pechos se aplastan contra el mío o para, casi sin querer, aspirar el intenso y acaramelado aroma a melocotón de su cuello. Al principio me daba vergüenza, pero ¿qué putas? Todo esto es la paga por tanto esfuerzo. Es un poco chistoso pensar que el Fons nunca entenderá que para mí este aroma y este abrazo son una recompensa más grata que la de los sobornos.

Fotos: Adrián Nieve

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Sobre el suicidio de un artista (I)

Cecilio Guzmán de Rojas, el pintor boliviano más importante de la primera mitad del siglo XX, escogió un agreste paraje de Llojeta para acabar con su vida

Una publicación sobre el suicidio

/ 27 de noviembre de 2022 / 00:02

Sobre el suicidio de un artista. Cecilio Guzmán de Rojas se disparó dos veces en el pecho el 14 de febrero de 1950 en predios de  la hacienda del coronel Vargas Bozo, ubicada en la zona rural de Llojeta de La Paz. Unos minutos después fue encontrado todavía con vida por un comunario de la zona, quien alertó a los vecinos sobre la presencia de un extraño que se desangraba tendido en el suelo. Cuando la policía llegó, a la mañana siguiente, habían pasado varias horas desde que el pintor había muerto en medio de terribles dolores.

El hecho constituye uno de los acontecimientos más importantes en la Bolivia de mediados del siglo XX.  Después de identificarse el cadáver, la noticia corrió como la pólvora entre la ciudadanía paceña hasta llegar a los principales diarios locales. En los siguientes días el Gobierno nacional declaró “duelo nacional”, el cuerpo del artista fue velado en la Biblioteca Municipal y a su entierro en el Cementerio General llegaron decenas de personalidades y delegaciones oficiales de múltiples instituciones.

Guzmán de Rojas

Sobre el suicidio

Los motivos de la autoeliminación de quien fuera el principal artista boliviano de la primera mitad del siglo XX permanecerán desconocidos para siempre. Distintos autores plantean hipótesis que van desde un posible desengaño amoroso hasta un estado de locura intermitente que el artista habría sufrido durante sus últimos años. Las biografías coinciden en señalar, sin embargo, que Guzmán de Rojas había regresado permanente afectado, física y psicológicamente, de la Guerra del Chaco (1932-1935) y que a su ya depresivo estado de ánimo se sumó, hacia 1947, la sustracción de las anotaciones de sus investigaciones sobre una supuesta técnica perdida del Renacimiento, mezcla de pintura y alquimia,  llamada “coagulatoría”.

Las circunstancias que rodean la muerte de Guzmán de Rojas son igualmente enigmáticas, aunque los registros de la época sean ciertamente muy prolíficos en detalles.  Entre ellas figura también un hecho un tanto escabroso: el hallazgo, a unos metros del lugar de donde se había levantado su cuerpo, de una pequeña escultura de arcilla en cuyo interior se escondía la fotografía de una mujer clavada con alfileres junto a una maraña de cabellos rubios y negros, posible último acto de magia negra de un suicida afecto al esoterismo, a lo sobrenatural y a la controversia.

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Cecilio Guzmán de Rojas: arte, magia y muerte

Obras 

Registros periodísticos y forenses

Los pormenores sobre la muerte de Guzmán de Rojas no se encuentran en ninguna de las biografías publicadas sobre el artista. Tampoco son consignados en los libros de Historia del arte del siglo XX, que se limitan a sugerir una coincidencia entre este hecho y el fin definitivo de la era del Indigenismo en el arte nacional. 

Los datos sobre el suicidio de Guzmán de Rojas tienen que buscarse en fuentes periodísticas y documentos de la época.  Dos de estos materiales resultan esenciales para iniciar las investigaciones: una crónica periodística de Juan Capriles publicada en el periódico La Razón el 12 de mayo siguiente y las actas forenses de la Policía firmadas el 6 de marzo por el famoso Dr. Alberto Mariño. Combinando y contrastando ambos materiales con notas de periódicos de la época como El Diario, La Nación, La Razón y Tribuna, uno puede hacerse una buena idea de lo que probablemente aconteció en Llojeta.

El último día de Guzmán de Rojas comenzó aproximadamente a las 14.00 en su casa ubicada en la avenida Abdón Saavedra del barrio de Sopocachi. Aquel martes la modelo de nombre desconocido con la que se encontraba trabajando había faltado a su cita habitual en el taller del pintor y éste, “sin razón especial”,  se habría sobreexcitado violentamente, llegando a amenazar a sus familiares con quitarse la vida mientras blandía la navaja que utilizaba para rasurarse. Se habría producido un enfrentamiento físico para despojarle del arma, hecho que refuta la versión periodística de un “pequeño disgusto familiar”.  Luego de un escándalo ya relativamente habitual en la casa de un artista con ataques intermitentes de psicosis, éste subió a su estudio para, a los pocos minutos, salir presuroso cargando, sin que nadie lo advirtiese, su pequeña pistola Sauer calibre 32. El relato de Capriles consigna enfáticamente que también “llevaba un paquete debajo del brazo”.

Por testigos se sabe que el pintor llegó a la zona de Llojeta entre las 16.00 y las 16.30, ingresando a las tierras de un coronel apellidado Vargas Bozo. Emprendió su caminar por delgados senderos de tierra rodeados intermitentemente de precarias construcciones de adobe y sembradíos. Capriles consigna, incluso, que una joven indígena lo habría visto tropezar con un matorral en su rápido andar, detalle que pudiese indicar tanto su estado nervioso como describir la topografía accidentada del escenario circundante. 

Tras unos minutos de caminata, Guzmán de Rojas arribó a un paraje alto desde donde podían contemplarse las níveas cumbres del Illimani. Escogiendo ese lugar para sellar su destino se habría detenido unos minutos reclinando su espalda contra un muro bajo de adobe. Luego el artista se abrió el chaleco y la camisa para disparase a quemarropa en el pecho.

De acuerdo con los reportes, los dos disparos que el artista se infligió tenían trayectoria de arriba hacia abajo, ingresando por la tetilla izquierda y atravesándolo por la espalda. “Se justifica el segundo proyectil como efecto de una reacción nerviosa refleja inmediata, a consecuencia del primer disparo”, explica Capriles, mientras que el informe de Mariño plantea más bien que tras que el primer disparo “fallido” que no alcanzara a dañar ningún órgano vital, el artista mantuvo suficiente compostura física y mental para, de rodillas e inclinado hacia adelante, dispararse una segunda bala que “lesionó gravemente la base del pulmón e importantes vasos arteriales y venosos”. Tras los dos destellos, el cuerpo del artista cayó a tierra.  

A los pocos minutos, y seguramente llamado por los estruendos de los disparos, un indígena llamado Tomás Plata encontró al artista tirado de bruces con abundante sangre brotándole del pecho y de la boca, pero todavía con vida. Mientras Plata fuese a buscar ayuda, Guzmán de Rojas habría alcanzado su acometido final hacia aproximadamente las 18.30.

Por la información de Mariño se sabe que la muerte del artista fue lenta y dolorosa. El disparo que le perforó el pulmón izquierdo hizo que “en medio de bruscas contorsiones” se mordiese la lengua hasta hacerla sangrar.  El líquido vital que brotaba de su boca, sumado a hondos y secos estertores, le causaron seguramente una agonía ciega. Un reporte forense temprano consigna que de haber sido atendido a tiempo se hubiera podido salvar su vida.  

El artista pasó sus últimos minutos iluminado por el sol del ocaso y rodeado de un paisaje que había inspirado muchas de sus pinturas y dibujos ya desde su primera residencia en La Paz en 1919. De acuerdo con varias fuentes, solía visitar con cierta regularidad la zona de Llojeta, solo o en compañía, para contemplar el paisaje o para tomar apuntes con los cuales luego efectuaría alguna pintura. Le habían fascinado sus altas formaciones geológicas que quedarían plasmadas en varios de sus cuadros de diferentes periodos, especialmente en paisajes firmados en 1939 y 1940.  Si, como decían ciertos rumores, había aprendido su “magia” de los indígenas, también es posible que acudiese al lugar a encontrarse con alguno de éstos o a realizar, en la soledad de la montaña, rituales desconocidos. 

El recorte de la fotografía de la mujer

El esquema gráfico de Llojeta

La policía llegó al lugar al día siguiente en horas de la mañana. La identificación del cuerpo del artista es otro de los temas en los que distintas fuentes periodísticas entran en contradicciones. Unas señalan que el nombre del artista se encontraba bordado en el interior de su sombrero, otras que su cuerpo hubiera sido reconocido recién varias horas después por los vecinos de la zona de Sopocachi mientras era trasladado cargado en una manta por los comunarios.  Sobre esta tardía identificación debe recordarse que, a pesar de la fama que gozaba entre las clases medias y altas paceñas desde su regreso a Bolivia en 1929, Guzmán de Rojas no presentaba un aspecto físico particularmente distinguible: de tez morena y lampiña, rasgos faciales angulosos, corta estatura y complexión delgada,  podía pasar por un mestizo urbano cualquiera, o, dada su ascendencia quechua, incluso, por un indígena próspero y bien ataviado.

Acaso por la importancia del personaje, se ordenó en días siguientes la realización de una investigación a profundidad sobre el hecho, tarea que fue encomendada a la División de Investigaciones de la Policía dirigida por Víctor Manuel del Castillo y el Gabinete Criminalístico en el que el Dr. Mariño fungía como jefe de Laboratorio.  Se realizó una autopsia, se colectaron declaraciones a familiares, amigos y vecinos del artista y comunarios de Llojeta, se tomaron fotografías y se dibujaron planos y esquemas. El informe de Mariño, corroborado por una reconstrucción del hecho realizada varios días después, consigna que todas las indagaciones concluían que la muerte había sido autoinfligida.

Uno de los asuntos que sale a la luz en el relato periodístico de Capriles —y que quedaría grabado en la memoria colectiva con ciertas distorsiones, como se ve en notas periodísticas publicadas en décadas posteriores— es el hallazgo de una tosca escultura moldeada en arcilla a cierta distancia de donde el artista se había matado. De acuerdo con el autor, en el interior de ésta se había encontrado “una fotografía de mujer atravesada con un alfiler; cabellos negros y rubios”, habiendo corroborado la policía su pertenencia al artista tanto por las huellas digitales impresas en sus superficies como por la coincidencia de los cabellos negros con los de su cabeza. Salvo las fotografías que se publicaron en La Razón, no quedan mayores registros de este objeto que se habría perdido en circunstancias no esclarecidas de los archivos policiales en años posteriores. Aunque el informe de Mariño publicado en El Diario el 13 de marzo siguiente no refiere el extraño ítem, sí menciona que en uno de los bolsillos del paletó que vestía el artista se encontró un vetusto cuchillo de cocina que probablemente haya sido llevado al lugar con el propósito de enterrar algo.

Sobre este objeto, Capriles señala: “Se sabía que, absorbido por las prácticas de la magia, Guzmán de Rojas hacía pequeñas figuras de aquellas personas que le eran particularmente afectas o desafectas. Al salir de su casa en busca del descanso definitivo, quiso llevarse consigo la figura que representaba a la persona que entonces constituía el objeto obsesivo de su preocupación. No lo llevó hasta el lugar de la muerte. Lo escondió, con la certidumbre de que nadie lo hallaría jamás, en aquella quebrada que encontró a su paso…”.

Ninguna de las fuentes consigna la identidad de la mujer de la fotografía, la dueña de los rubios cabellos.

Fotos: catálogo cecilio guzmán de rojas. exposición en el centenario de su nacimiento. fcbcb, 1999

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Mujeres enfrentan juntas el problema del agua

Las líderes de Bolivia y Perú se reunieron en Mecapaca para compartir sus experiencias y soluciones respecto a la falta de agua

/ 27 de noviembre de 2022 / 00:01

Mujeres enfrentan juntas el problema del agua. En Mecapaca, las líderes de La Paz y Arequipa se reunieron, gracias a Bolivia Watch, para intercambiar experiencias sobre los problemas hídricos de sus pueblos. A pesar de ser un tema crítico no solo para sus regiones, sino para el mundo, en las mesas de diálogo hay un ambiente de charla amena. Aparentemente distintas, estas mujeres de Bolivia y Perú comparten sus vivencias sobre la falta de agua y las soluciones que han encontrado en sus comunidades.

Si bien el 70% del planeta está compuesto por agua, el 2,5% es dulce, es decir, resulta apto para el consumo humano y para la agricultura, la ganadería y la industria. Con el transcurrir de los años, la carencia del líquido se está haciendo más visible debido al crecimiento demográfico y al calentamiento global.

Este último caso se hace visible en las montañas que están perdiendo sus nevados y en la vida de las personas que cada año están sintiendo más la falta de líquido. Entre las afectadas también están las poblaciones de Bolivia y Perú.

Mujeres enfrentan

Ante este panorama han surgido varias iniciativas para paliar la disminución del recurso hídrico. Una de ellas parte del Stockholm Environment Institute (SEI, del sueco, Instituto del Ambiente de Estocolmo), que trabaja para orientar las políticas ambientales y de desarrollo sostenible en el mundo. Como parte de ese trabajo, el SEI lidera el proyecto Bolivia Watch, que trabaja con el Gobierno para implementar un Plan Nacional de Cuencas en el país, teniendo en cuenta que las cuencas son canales naturales por donde baja el agua hacia ríos o lagos, por consiguiente, también para el consumo humano.

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En esa dirección, Bolivia Watch trabajó en el departamento de Potosí (en la cuenca Tupiza, en los municipios de Tupiza, Atocha y Colchacá) y en la cuenca Pampa Huari (en los municipios de Potosí, Yocalla, Tinguipaya, Porco, Belén de Urmiri, Chaquí y Tomavi).

De acuerdo con Melina Balderrama, coordinadora nacional de Bolivia Watch, también se desarrollan actividades en la cuenca del departamento de La Paz, en los municipios de Palca, Mecapaca y Achocalla.

Como parte de esta labor es que se organizó un encuentro entre las líderes paceñas con sus similares de Arequipa en el municipio de Mecapaca, ubicado a 28,4 kilómetros al sur del centro paceño. Por el lado boliviano estaban mujeres pertenecientes a las Bartolinas, acompañadas por dirigentes arequipeñas apoyadas por el Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo del Sur (Descosur) de Perú.

Arropado por cerros cubiertos de vegetación y viviendas republicanas con balcones, el edificio de la Alcaldía luce distinto, pues se llenó de mujeres que van a hablar sobre el agua.

“Anteriormente, éramos sumisas, no podíamos contar ni con las autoridades, no podíamos comunicarnos. Pero con las capacitaciones hemos aprendido a valorarnos como mujeres y participar en diferentes actividades”, comenta Martina Choquehuayta, vecina del pueblo de Charhuanca, provincia Cailloma, de la región de Arequipa.

Martina está vestida con su traje típico, con pollera, blusa y chaqueta con bordados multicolores, además de un sombrero de ala ancha bellamente adornado. Ella, acompañada por otras arequipeñas, escucha atenta la apertura del encuentro binacional de intercambio de experiencias en gestión de cuencas.

Con el respaldo del Viceministerio de Recursos Hídricos y Riego       —dependiente del Ministerio de Medio Ambiente y Agua—,  el alcalde de Mecapaca, Enrique de la Cruz, y otros tres alcaldes peruanos, más de medio centenar de mujeres se reunieron en mesas de diálogo para contar sus vivencias respecto del agua.

“Antes no teníamos agua. Para lavar la ropa teníamos que ir a buscar vertientes de agua cristalina. Toda la gente iba allí. Incluso íbamos a bañarnos. Así vivíamos antes”, rememora Máxima Mamani, vecina de la zona Las Carreras, en Mecapaca, quien viste una pollera verde, una blusa azul, una manta de alpaca, un sombrero negro y un aguayo multicolor.

“Lo que hacemos es compartir una planificación inclusiva, con un enfoque de género, que no solo tiene variables hidroclimáticas, que podemos obtener de una estación y hacer una planificación en escritorio, sino que toma en cuenta a los actores sociales, quienes nos dicen qué problemas hay para hacer la planificación”, explica Balderrama.

Es por ello que cinco mesas de diálogo —más otra con las autoridades ediles y de Bolivia Watch— conversan acerca de cómo monitorear la calidad de agua con enfoque de género, las herramientas para hacer el relevamiento de información, posibilitar acuerdos de autoridades municipales para trabajar de manera mancomunada y la manera de sensibilizar a la población sobre el cuidado del agua.

“Para nosotros es una gran iniciativa de Bolivia Watch que reúna a dos grupos de mujeres de diferentes culturas, pero con un solo objetivo: enfrentar la falta de recursos hídricos. Hemos aprendido que (las líderes arequipeñas) no se quejan de las autoridades, ellas trabajan en la cosecha del agua y con sus propios recursos y con su propia mano de obra”, comenta Reini Callizaya, concejal de Mecapaca.

En otra mesa se encuentra Vicentina Puma, pobladora de Chipay, provincia Cailloma, de Arequipa, quien dice que  en su pueblo viven de la crianza de alpacas. “Un año hubo escasez de lluvia, todas nuestras alpacas se han muerto. Desde entonces empezamos a reservar agua y, con la capacitación que recibimos, hemos aprendido a cómo mantenerla”, dice la representante peruana.

Balderrama cuenta que las mujeres del país vecino les enseñaron cómo empezaron a emplear la cosecha de agua para no sufrir de desabastecimiento y aprendieron acerca del enfoque de género que se lleva a cabo en Bolivia. “Las mujeres tienen que tener un espacio, una voz, que sea más escuchada si tiene un argumento técnico”, afirma.

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Mujeres. Las líderes de La Paz y Arequipa compartieron sus conocimientos sobre el problema del agua.

“Recuerdo que mi mamá y mi abuelita cosechaban agua de lluvia y las guardábamos todo el año, porque no había agua potable. Con el tiempo olvidamos esta costumbre. Por los cambios climáticos ahora tenemos que volver a aprender y enseñar a nuestros hijos”, afirma Máxima.

El encuentro es amigable. No falta la comida con papa y choclo que producen en la región y las infaltables fotos para recordar la llegada de las hermanas peruanas. En ese ambiente es que se firmó un acuerdo de hermanamiento entre los municipios de Mecapaca y de Arequipa, las mujeres de ambos países coordinaron más reuniones para seguir hablando de los recursos hídricos, tomando en cuenta que, a pesar de la distancia, atraviesan por problemas similares.

Además, mediante el apoyo de Bolivia Watch, se trabajará para obtener financiamiento para sus proyectos productivos y continuar con el intercambio de saberes de ambos países, principalmente.

La tarde transcurre calurosa, por lo que las anfitrionas llevan a sus ahora amigas arequipeñas a un recorrido por sus plantaciones de flores, que lucen colores intensos, tanto como la esperanza de, en cooperación mutua, seguir liderando la lucha por dar mejores días, no solo a sus hijos, sino también al planeta.

Fotos: Juan Manuel Rada / Bolivia Watch

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Erika Ewel: apuntes para una cartografía íntima

‘Pinto flores para que así no mueran’ titula la muestra de la artista que está en Galería Puro de San Miguel

Agua. Óleo sobre lienzo. 81 x 163 cm

Por Marisabel Villagómez

/ 20 de noviembre de 2022 / 00:10

Erika Ewel (Santa Cruz, 1970) es una de las más talentosas y prolíficas artistas trabajando hoy en Bolivia, reconocida en el ámbito nacional ampliamente y muy requerida por los coleccionistas bolivianos. En su trayectoria de 30 años de producción creativa, Ewel ha demostrado desteridad e innovación como creadora, moviéndose con facilidad a través de diversidad de materiales y medios, desde el collage hasta la pintura y el bordado. Es con esa misma facilidad que Ewel nos plantea transportarnos de un espacio síquico interior al espacio doméstico y a la expansión cósmica del universo.

Erika Ewel

Ewel se formó en Belo Horizonte en Brasil y en la Ciudad de México, ciudades en las que ha adquirido la capacidad técnica que luce hoy impecablemente. Y, sin embargo, hoy, y cada día más, su obra se apoya en una intuición que no se aprende en ninguna escuela y que devela sus procesos creativos. Es notable la trayectoria que se anota a través de la serie de tres libros que ha podido publicar junto con Susana Machicao e Isabel Navia (La Paz: Artes Gráficas Sagitario, 2009, 2014 y 2022).

En sus palabras: “Estos libros nacen como una necesidad personal de organizar y catalogar mi trabajo. El primero abarca la producción de 1991-2009; el segundo, 2009-2014, y el tercero, 2014-2022”.

En estos tres tomos podemos trazar dos motivos dominantes en estas más de tres décadas de trabajo: la conexión entre el cuerpo y el paisaje y la tensión que su trabajo presenta entre una epistemología artesanal y el consumo tecnológico de nuestros tiempos. Ewel se inserta con este cuerpo de trabajo en diálogos intergeneracionales con otras feministas americanas como Frida Kahlo, Martha Rosler, Ana Mendieta, y Kiki Smith. Todas ellas inspiradas en la inversión de los espacios domésticos donde prevalecen las imperaciones del yo por encima de la norma doméstica o incluso la familiar. No es coincidencia que el título de la última exposición que se presenta en Puro galería (Enrique Peñaranda 1034, San Miguel) cite verbatim a la célebre escritura de Frida Kahlo: Pinto flores para que así no mueran.

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Es así que su obra cobra año a año una mayor importancia. Los coleccionistas que en el pasado han acumulado su obra explican algunos de los motivos por los que la han adquirido.

Diego Guzmán de Rojas, nieto de uno de los más reconocidos pintores del modernismo, es uno de ellos y describe cómo comenzó a adquirir piezas de arte en general: “No estoy seguro de que la palabra ‘coleccionar’ aplique a mi caso. Desde pequeño he estado expuesto al arte gracias a la herencia familiar y ello ha motivado en mí una pasión por el arte en sus diferentes disciplinas, pero en especial por la pintura y las artes plásticas”.

LA GRÁFICA

En flor. Óleo sobre lienzo. 102 x 160 cm.

Paisaje en rojo. Óleo sobre madera. 60 cm de diámetro.

Pequeños. Laminilla de oro, collage sobre madera. 13 x 13 cm.

Rosa dorado. Óleo y laminilla sobre lienzo. 80 x 40 cm.

Siempre viva. Laminilla de oro. 100 x 100 cm.

Guzmán de Rojas recuerda, en sus primeros intentos como artista, que a los 15 años de edad se animó a exponer una serie de pinturas a lápiz y pastel en la plaza Humbold. “Aquel domingo de 1989 pude compartir con artistas que me contaron anécdotas e historias de vida y aquella experiencia quedó grabada en mí. Entendí lo valientes que son los artistas en perseguir su pasión y seguir su camino, desde ahí es que, cada vez que tengo la posibilidad, apoyo a los artistas adquiriendo alguna obra que me guste. Sé por experiencia propia que para un artista no existe mayor satisfacción que ver la expresión de alguien que aprecia y gusta de su obra y hace el esfuerzo para adquirirla y darle un lugar en su espacio personal. Con los años, y bajo este principio de colaboración, es que hoy disfruto de una serie de obras de arte que dan vida y visten varios de los ambientes de mi hogar y oficina”.

Sobre la posibilidad de comprar piezas de Ewel en particular, el coleccionista remarca la diversidad de la prolífica autora: “Tengo varias de sus obras, Erika Ewel es una gran artista con facetas muy lindas. He tenido la suerte de estar en el momento justo para poder hacerme de algunas de sus obras más lindas. La favorita en la familia es un cuadro de la serie de flores, un cuadro de 1,80×1,80 que muestra una perspectiva de un arbusto lleno de flores blancas. El centro del cuadro te absorbe, dando la sensación de que te llevará a otra dimensión, tal como si fuese el portal al país de las maravillas. Es una obra magistral que fue amor a primera vista”.

Otra coleccionista, que guarda su identidad, comenta que su motivación principal para adquirir la obra de Ewel es que la artista ha logrado “reconocido prestigio”, además de que sus cuadros “son un referente del arte contemporáneo boliviano”.

En conclusión, el trabajo sostenido de Ewel nos interpela en temas que atañen al arte feminista latinoamericano y que ha logrado una trayectoria de amplio reconocimiento local que ha convencido a diferentes coleccionistas de adquirir una obra que tiene la cualidad de revalorizarse año tras año.

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