Sunday 29 Jan 2023 | Actualizado a 01:45 AM

No basta con ser Villagómez

Carlos Villagómez, delante del cuadro de su sobrino Blas Villagómez

/ 6 de noviembre de 2022 / 00:01

Carlos Villagómez Paredes no es un arquitecto convencional. Está más cerca de los artistas (libres) que de sus colegas (cerrados). La defensa de La Paz es su última batalla (perdida)

No basta con ser (solo) arquitecto. Carlos Villagómez Paredes parafrasea a Vladimir Mayakovski.

Antes de charlar con lápiz y papel, recorremos su casa de Sopocachi, la casa de sus padres. Es la galería de arte de un coleccionista.

No basta con ser

Un cuadro de Juan Conitzer Bedregal dispara una conversación sobre locuras y pesadillas. En una esquina hay un Lorgio Vaca de 1953, antes de que se uniera al grupo Anteo en Sucre.

Es la calle Catacora, de noche.

En otra esquina, ilumina la sala un Rimsa (de su serie Tahití), el lituano enamorado de Gaugin, el que pintara un retrato de la madre de Juan, doña Yolanda Bedregal.

Pareciera que hay un diálogo invisible en las paredes de esta casa.

Subimos las escaleras y Villagómez posa ante un acrílico gigante sobre tela sintética de su sobrino Blas (Pablo) Villagómez.

Son los cerros ocres y los edificios blancos de La Paz, atrapados por una mano envejecida.

Cuando pasamos a otra salita, un gallo de pelea del cochabambino Gíldaro Antezana (maldita flota, Gíldaro) oscurece la tarde.

Es una pintura negra, es Goya revisitando las galleras de Ayopaya. Un gallo que asusta.

LEA LA COLUMNA DE VILLAGÓMEZ

Cerco urbano

Ajayu

En el pequeño paseo surge el portento de Antonio Mariaca, el que pintara el “ajayu” de esta ciudad única, La Paz.

En aquella esquina, un regalo: un dibujo/plano del arquitecto Juan Carlos Calderón sobre el Palacio de Telecomunicaciones (1987).

La dedicatoria agradece a Villagómez por su generosidad, por la defensa pública de éste hacia Calderón, su amigo, su colega.

Una serigrafía de Gastón Ugalde sobre la Marcha por la vida, un Guiomar Mesa y obra del chileno Carlos Catasse y del peruano Carlos Revilla nos llevan de la mano hacia un retrato del propio Villagómez: es un Mario Conde.

El rostro del arquitecto, develado tras una calavera, mira al cielo, vislumbrando otra máscara.

La careta apenas pregunta: ¿qué somos y qué parecemos ser?, ¿qué creemos ver y qué se nos oculta?

En la mesita del “living” hay una fotografía de Manuel Rigoberto Paredes Iturri, nacido en Puerto Carabuco, padre de Antonio Paredes Candia, tío de Villagómez.

Con 14 años, el tío junto al dibujante Clovis Díaz dan las primeras clases de dibujo al chango que acude al colegio La Salle.

El blog del arquitecto se llamará Villagómez, el Siñani.

Cuando descendemos hacia el escritorio llegamos a la “joya de la corona” (junto a ella, su último galardón.

LA GRÁFICA

Trabajos de Villagómez: Casa V, UPB Santa Cruz

Trabajos de Villagómez: Propuesta Museo Musa en Guadalajara, México, 2021

Un retrato de Carlos Villagómez, obra del artista Mario Conde, que el arquitecto exhibe en su casa

Villagómez, con un cuadro de Juan Conitzer Bedregal

Una vista exterior de la Casa Crespo (2000)

Tesoro

El premio a la trayectoria de la Bienal Internacional de Arquitectura de Santa Cruz 2022). El tesoro es un Le Corbusier, 1958.

Es un cubismo sintético, lleno de color, el mismo color que hace unos minutos pariese desde el fondo el lituano Rimsa.

Cuando subimos hacia la sala de video (tiene más de 2.500 películas en DVD), toca una piedra de la época wankarani.

“Me protege bastante, me energiza también, si tienes buenas vibras y la tocas, te pasarán cosas buenas”.

La toco, la siento, ¿me pasarán?

Esta piedra ha sido tapa de una revista literaria/artística efímera, Piedra Libre que Villagómez hiciera en 1994 junto a Ximena Arnal, Rubén Vargas Portugal y Sergio Vega.

El paseo por la casa de las mil escaleras ha terminado. No basta con ser una escalera.

El padre de Carlos es el periodista potosino Wálter Villagómez Muñoz. Tiene que salir al exilio de Lima tras el 52.

Su madre es Mercedes Paredes Candia.

Los hermanos: Gonzalo, Patricia y Cecilia. Todavía se acuerda de la luz tenue, de los cachivaches, de los libros que tenía el tío Antonio en su casa de película, en la Pando, cerca de la estación.

Era una persona libre, como los amigos artistas que tiene hoy Carlos.

Cine y arte

Del padre hereda su amor fanático por el cine y el arte, su pasión por el neorrealismo italiano y los guiones de Cesare Zavattini.

Vivirán todos en la casa, con vistas a la Avenida del Poeta, donde Carlos vive ahora. Es una casa cargada de significados.

De wawas corriendo por las terrazas. Cosas y presencias. Duendes.

Esta casa ve morir a padre, madre y hermano. Se han ido pero se han quedado entre estas paredes. No son recuerdo, son ellos “en gerundio”, como dijera Vallejo.

Roberto “Negro” Ayllón es su profesor de dibujo en último curso de secundaria de La Salle.

“El Negro” es el mismo que deslumbra en las canchas de baloncesto defendiendo la camiseta del mítico y añorado Ingavi, el equipo del pueblo”.

“La tarea sorprende a los alumnos: “Dibujen una casa, su planta y su perspectiva”.

Dos sacan la mejor nota. Son Villagómez y Aparicio (Rolando). No sabían qué estudiar, pero ahora sí lo saben.

Lisímaco

Cuando llega a la Facultad de Arquitectura de la UMSA, en plena revolución, conoce a “Maco”. Es Lisímaco Gutiérrez.

No es una calle de Sopocachi, éste es otro. Es un hombre lúcido, plenamente de izquierda, un lindo revolucionario con deje cubano.

Villagómez no sabe que también es un guerrillero del ELN. En ese momento es, simplemente, su profesor de taller durante nueve meses.

“No sé qué hubiese sido de la historia de Bolivia si a Maco no lo matan con un balazo en la cara, he conocido a pocos con su ética”.

Javier Lisímaco Gutiérrez marca a Carlos Villagómez.

Actualmente su nombre abre el edificio de la Facultad de Arquitectura de la UMSA donde alguna vez fuera maestro de futuros maestros.

La generación del “Maco” deja los lápices, los dibujos y los planos para leer a Marta Harnecker.

Para hacer proyectos en las comunidades sin sectarismo visionario, para sacar la arquitectura burguesa/esteticista de los círculos elitistas, para echar a andar.

No bastaba con ser solo (el mejor) profesor.

Universidad

En la “U”, en pleno banzerato, una chica alza la voz y grita en el Paraninfo. Los dirigentes estudiantiles vendidos, los “fachos de mierda”, la desafían a bajar.

Es la primera vez que Villagómez ve a esa mujer valiente llamada María Isabel Álvarez Plata. Se conocen, se enamoran y se casan.

Tendrán dos hijas y un hijo: Marisabel, Mercedes y Jorge Carlos. El oficio de arquitecto, ya con el título bajo el brazo, no está para él.

“Me rebelé contra la arquitectura”. El diseño gráfico, incipiente en La Paz, toca a sus puertas junto a la fotografía.

En el barrio vueltea otro chango llamado Gastón Ugalde que pone un disco blanco de una banda llamada The Beatles a todo volumen.

De la fotografía le gusta que el tiempo se detiene dentro del laboratorio, le gusta la alquimia. Tiene una Hasselblad 500 en las manos, la única cámara que fue a la luna y volvió.

Junto a su cuate Rolando Aparicio, leen revistas de diseño como MD y la alemana Novum Gebrauchsgraphik. Nadie habla en La Paz todavía de logos, apenas son “emblemas”.

Son dos diseñadores pioneros. Gana el concurso para el logotipo del CBA (Centro Boliviano Americano).

Conoce a otros que están con esas dos mismas pasiones.

Ugalde, Roberto Valcárcel, Omar Trujillo, Alfonso Barrero, Felipe Sanjinés, Efraín Ortuño, Sol Mateo y un pibe argentino, Matías Marchiori.

Que luego parte a hacer teatro a Santa Cruz para seguir desarrollando su fabulosa capacidad creativa.

Inventa dos logos que todavía se recuerdan hoy: el de Wara y el de Loukass. Ob-La-Di, ob-la-da suena, otra vez, a todo trapo.

México

María Isabel logra una beca para aprender restauración en la colonia Churubusco en Ciudad de México.

Villagómez está en la obligación de conseguir un trabajo, la beca apenas alcanza para su compañera.

Compra el periódico todos los días y lee un anuncio: “Se necesita dibujante”. Es el famoso estudio del arquitecto judío Salomón Gorshtein, en Polanco.

Va a tener que rendir una prueba junto a una treintena de aspirantes durante dos horas.

El boliviano gana la partida. Héctor Quiroz Rothe, la mano derecha de Gorshtein, es taxativo: “Tú te quedas, los demás pueden irse”.

De los planos y fotografías de aquella época (y de sus viajes), algo se puede ver en su Instagram, villagómez.paredes.

Tiene 28 años y recibe el encargo en la “chamba” de diseñar el nuevo edificio del Colegio Israelita de México.

“Desaforado como soy, arranco acumulando papeles, hago dibujos alucinantes, soy consciente de que es mi momento para romperla, para revolucionar la historia de la arquitectura mundial”.

Un arquitecto japonés trabaja a su lado. El “japo” apenas habla inglés, menos castellano.

La firma Gorshtein también le ha encargado un edificio. El paceño hace y deshace, escupe garabatos, un montón de garabatos. El nipón, ni se inmuta.

Solo piensa o parece que piensa, vaya  uno a saber. Tras varios días (o quizás fueron semanas), el japonés pide lápiz, papel y goma y en dos días dibuja la planta, en un solo papel.

La maqueta final la levanta en dos semanas. Villagómez pide explicaciones, exige. La respuesta es una sola: filosofía.

“Me confesó su secreto, su manera de trabajar. La primera semana no trazas una sola línea, piensas, piensas, piensas. Filosofía, filosofía, filosofía. Luego procedes, luego maquetas”.

El boliviano melenudo y el japonés se han entendido a través de señas.

Sopapo

Cuando Villagómez presenta su propuesta ante el consejo mexicano/judío del Colegio Israelita, recibe el primer sopapo de su entonces corta carrera.

“Enrolle todo y váyase, no es lo que queremos”.

La tierra se abre y traga al joven arquitecto. Se va a quedar sin laburo, sin el pan para alimentar a su primera hija. La cagó.

“No me he rendido fácilmente en la vida, no me arrodillo, en eso parezco alteño, nunca de rodillas. No me voy a dejar, pensé y rogué una segunda oportunidad”.

En una semana presenta una alternativa que hace feliz a los judíos.

La firma del boliviano no aparece por ningún lado.

Pero al día de hoy Salomon Gorshtein se enorgullece ante los suyos de haber ideado el Colegio Israelita de México y sus bloques de hormigón armado.

La pareja puede quedarse en México pero la patria llama. Pasará lo mismo cuando se vayan a estudiar, ambos, a Bruselas, años después con la dictadura (otra) de Luis García Meza.

“Generacionalmente todos pensábamos así, había que volver. Había que regresar para recomponer lo que los gorilas habían destruido”.

“Creíamos que se podía, así de ingenuos éramos”.

Estilo

En Bélgica, allá por el 83, adquiere la impronta de su “no estilo”. Son los años del posmodernismo.

Reina el arquitecto suizo Mario Botta, el gurú de la geometría, un maestro del siglo XX, un icono modernista, el sucesor de Le Corbusier.

“No me considero un arquitecto de estilo, apuesto por la geometría clara, es más, Geometrías fantasmas se llamará mi próximo libro”.

Las organizaciones geométricas simples son lo suyo, lo más lejos de los artefactos sofisticados. ¿Su mayor orgullo? Que en una casa diseñada por él se pueda vivir durante décadas.

No es la apariencia, es su esencia (geométrica). No es el gozo de la retina.

“La arquitectura debe tener un significado ético más que estético”. No es una frase de Villagómez (aunque podría ser).

Es de Mario Botta. En aquellos años flamencos se enamora de la voz del trovador Jacques Bretel, “el más grande”.

Cuando puede admirar una exposición de Henry Cartier-Bresson, el padre del fotorreportaje, se da cuenta en un instante de que nunca llegará a tanto.

Bolivia

La familia vuelve a Bolivia, son tiempos de hiperinflación. Después de ver tantas urbes por el mundo, Villagómez sabe que tiene que interpretar/soñar La Paz.

Desde los setenta ha fotografiado la ciudad, la ha pateado, ha subido y bajado sus cuestas, se ha emborrachado en sus antros. No ha sido ni es un observador de palco.

Pasa de los conceptos geométricos “posmos” a las tendencias puramente platónicas/hedonistas; es un arquitecto pagano.

Levanta edificios como la “Casa V.”, la Casa Crespo en la punta de un cerro, el Musef, el Serpag en El Alto, la Casa KG y la ST.

La UPB de Santa Cruz… Dará clases durante 33 años y seguirá acordándose de “Maco”.

En noviembre de 1997, tres de noviembre, Carlos Mesa lo invita a charlar sobre arquitectura en su programa De Cerca. Es una encerrona pero (aún) no lo sabe.

El arquitecto “famoso”, por aquel tiempo, se apellida Ormachea. Ha construido edificios feos y altos por toda la ciudad. Ormachea viene de estudiar Filosofía en Madrid pero “no ha entendido nada”.

Es amigo, desde chango, de Mesa. Villagómez ha visto ese programa varias veces en los últimos años. Todavía se enoja. Insulta (y rara vez insulta).

Recuerda con rabia cómo muchos de sus colegas le dieron la espalda.

“Felices con la astucia supuesta y el cinismo de un tipo depredador que jodió a esta ciudad, chochos con el palabrerío seductor, típico de los políticos”.

Santa Cruz

El moderador dejó la tele, Ormachea se tuvo que ir (hoy vive en Santa Cruz) y Villagómez sigue acá, dando guerra por y para La Paz, perdiendo batallas.

Luego de aquel debate, escribe un ensayo titulado La Paz ha muerto. Lo que vive ahora es Chuquiago Marka.

En 2021 publica Ser [email protected]: ensayo sobre la arquitectura en La Paz, Bolivia. Es raro que los arquitectos escriban (buenos) ensayos.

Villagómez apoya el delirio popular de la arquitectura de los “cholets”.

Antes ha intentado bautizar el fenómeno sin mucho éxito: ha hablado y escrito de “arquitectura cohetillo”, de la “arquitectura transformer”.

Es un convencido de que Freddy Mamani ha pateado el tablero, ha colocado a El Alto/Bolivia en el escenario de la arquitectura mundial.

Sin formación académica, con intuición pura, sin un discurso teórico (eso falta aún, cree). “Mientras La Paz se encoge, se arruga, El Alto florece”.

Cree que los arquitectos han perdido la lucidez creativa que sí tienen escritores como Wilmer Urrelo o Juan Pablo Piñeiro; cineastas como Kiro Russo; artistas como Cristian Laime Yujra.

Villagómez, todo el mundo le dice así, mantiene a rajatabla un espíritu crítico.

Artista

Es un polímata del siglo XXI, un profesional polifacético, un filósofo/artista alejado de las cofradías medievales.

No es un arquitecto convencional, a estas alturas el lector ya lo sabe. Todavía (y digo todavía) no ha subido al teleférico (se opuso a su construcción en una ciudad con semejantes déficits en salud y educación).

Critica los “mastodontes” de la plaza Murillo y alrededores (la Casa Grande del Pueblo y la nueva sede del Legislativo).

Es su malestar por la ciudad. No se cansa de arremeter contra las dos manías de sus colegas (el autismo y el vedetismo). “¿Por qué somos tan cojudos?”

Villagómez es un escéptico y un amante del buen vino.

En los noventa tenía un club de vino a tres bandas: el francés Jean Vacher (compañero de Ximena Arnal), su compatriota Bernard Arduca (dueño de La Comédie, célebre restaurante de Sopocachi) y el susodicho.

Vacher está ahora de visita en la ciudad. Han cenado juntos, han visto a los amigos, han vuelto a tomar vino (tarijeño).

Cualquier día de estos, se sube al teleférico. No basta con ser (solo) Villagómez.

Fotos: Ricardo bajo

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El primer órgano en Bolivia renace en la Catedral de Sucre

La pieza que data de la Colonia tiene dos fuelles de madera y cuero. Una persona aparte del músico los acciona a mano

/ 22 de enero de 2023 / 07:10

El silencio en la Iglesia Catedral de Charcas —de un día especial del siglo XVI— termina cuando los monaguillos se abren camino entre la multitud y, desde la parte superior del templo, se escucha la música del primer órgano que llegó al territorio que años después iba a llamarse Bolivia.

Un jueves de finales de 2022, a las nueve de la mañana, las campanas de la ahora Catedral Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe resuenan en toda la plaza 25 de Mayo como anuncio de buenas nuevas. El órgano antiguo volverá a dejar escuchar sus notas gracias a un laborioso trabajo de restauración.

A esa hora, la mayoría de las tiendas y repositorios de la capital de Bolivia abre sus puertas para atender a los estudiantes y turistas. Entre ellas se encuentra el Museo de la Catedral de Sucre, que resguarda, en sus pasadizos parecidos a un laberinto, una infinidad de joyas arquitectónicas, artísticas y musicales, como la capilla musical.

La capilla de música o capilla musical surgió durante el Renacimiento con el objetivo de brindar el acompañamiento sonoro a las misas tridentinas, que se caracterizaban por los sacerdotes que hablaban en voz baja, en latín y de espaldas a los asistentes.

órgano-catedral
órgano-catedral

En Charcas (ahora Sucre), la capilla musical de la Catedral fue creada en 1551 con un coro pequeño que interpretaba obras del sacerdote español Cristóbal de Morales, informa Gabriel Campos Arandia, actual maestro de capilla de la Catedral de Sucre y de la Basílica Menor de San Francisco.

“La Catedral ha sido el centro de irradiación cultural en toda América, ha sido el punto más importante en la Colonia y ha tenido a los maestros de capilla más importantes de todo el continente”, afirma Campos, organista, pianista, clavecinista, cantante lírico y compositor de varias obras de música barroca.

Carmen García Muñoz, en su libro Un archivo musical americano, indica que Charcas albergó a la escuela de música más importante de la región y que pasaron grandes maestros como los españoles Gutierre Fernández Hidalgo y Juan de Araujo, y los potosinos Antonio Durán de la Motta, Andrés Flores, Manuel Mesa y Julián de Vargas, entre muchos otros.

“El repertorio escuchado incluía misas, villancicos, juguetes, sinfonías, música dramática, cantantes, letanías, salmos, vísperas, lamentaciones, magnificat, conciertos, salves, rorros,  himnos y muchas otras formas donde cantantes, instrumentistas y organistas concertaban su arte con maestría y boato únicos en el continente”, resalta García Muñoz.

En aquellos tiempos de esplendor en la Catedral había un órgano de tipo renacentista, posiblemente traído desde España entre los años 1567 y 1570. “Según los expertos, se trata de un órgano que se encontraba en el coro alto de la capilla de San Juan de Mata, anexa a la Catedral”, indica Campos.

Pan de oro decora este órgano color verde que ha sido restaurado y que se volverá a escuchar en Semana Santa.

El Museo de la Catedral de Sucre se ubica en la calle Nicolás Ortiz 61, en la esquina de la plaza 25 de Mayo.

CATEDRAL. El instrumento llegó a Charcas durante la época colonial. Está en el Museo de la Catedral.

Después de la independencia de Bolivia, Charcas cambió su nombre a Sucre. También se fue perdiendo la suntuosidad de los templos católicos, lo que ocasionó, por ejemplo, que el primer órgano que había llegado al país y otros instrumentos musicales fueran olvidados durante muchísimos años.

Lo mismo pasó con la capilla musical, que dejó de funcionar durante la Guerra del Chaco, a mediados de la década de los 30. No obstante, esta heredad artística no podía quedar en el olvido, por lo que la Comisión Arquidiocesana de Arte Sacro y Patrimonio —con el apoyo del padre Bernardo Gantier y del arzobispo emérito, monseñor Jesús Juárez— decidió volver a dar vida a la capilla musical de la Catedral de Sucre.

La enorme estructura blanca, que fue construida en 1551 —de estilo renacentista, adornada en la parte superior con figuras de los 12 apóstoles y los cuatro evangelistas—, resguarda una importante colección de arte sacro que destaca pinturas, objetos religiosos, tallados y, obviamente, instrumentos musicales.

“No era un instrumento musical, era un mueble parecido a un ropero. Los tubos estaban en el piso, rotos y aplanados; el teclado no estaba nivelado, el conducto del fuelle al órgano no existía; los cueros de los fuelles estaban perforados, tenían filtros. El instrumento estaba, realmente, en el peor estado”, rememora el actual maestro de capilla.

Hace dos años, con el apoyo económico de  Adveniat —organización de ayuda de católicos en Alemania—, Campos y Ricardo López (encargado de Conservación y Restauración del Museo de la Catedral) iniciaron el largo y fatigoso trabajo de volver a dar vida a la reliquia artística.

“La intervención ha sido interesante porque no es nada diferente a una obra de arte antigua, porque tiene los mismos elementos, tiene policromía, soporte de madera. Fueron repuestos los elementos decorativos gracias a vestigios que encontraron en la investigación”, explica López.

Campos admite que la restauración fue complicada, pues primero hubo que trasladar el órgano al taller para desarmarlo por completo, para después componer los 210 tubos hechos de aleación de plomo y estaño y trabajar la madera de cedro y el teclado de ébano y cedro.

“No se ha incluido ningún elemento electrónico ni mecánico, sino que está tal cual fue fabricado y funciona gracias a la fuerza humana”, afirma López, refiriéndose a que este instrumento no tiene ventilador ni motor, sino que funciona con dos fuelles hechos de madera y cuero que deben ser activados de manera manual.

Después de tantos meses de trabajo, Gabriel se acomoda ante el órgano verde con adornos de pan de oro, mientras que Ricardo se sienta frente a los dos fuelles para moverlos de manera intercalada, con el objetivo de mandar aire de manera constante al instrumento musical.

Concentrado, con una postura parecida a los maestros de música clásica que admira, Gabriel empieza de mover los dedos con una habilidad que se transforma en agradables notas de tonadillas del archivo de la Catedral, que datan del siglo XVII.

La Catedral tiene otros dos órganos que necesitan ser restaurados: uno que se encuentra en la epístola y está en condiciones deplorables, y otro de color celeste que se mantiene desde hace varios años en el coro alto.

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La intención, ahora, es poner en funcionamiento los tres instrumentos para que resuenen durante alguna actividad religiosa importante, que lleve otra vez al templo más importante de la antigua Charcas a su época de gloria.

¿Cuándo podrá el público volver a apreciar el sonido de este órgano?

La capilla musical era escuchada en misas importantes, como el día de la Virgen de Guadalupe, en la víspera, en las novenas y como parte de obras de teatro con música barroca y poesía. De acuerdo con Gabriel Campos, el órgano volverá a ser ejecutado en público durante la Semana Santa en un concierto especial.

Para tener la posibilidad de ver este instrumento musical, el visitante puede acudir al Museo de la Catedral de Sucre, dependiente del Arzobispado de Sucre. Se encuentra en la calle Nicolás Ortiz Nº 61, esquina plaza 25 de Mayo. Abre de lunes a viernes, entre las 09.00 y 12.00 y desde las 14.30 hasta las 18.30.

Texto y fotos: Marco fernández Ríos

El teclado es de ébano y cedro y sus 210 tubos son de una aleación de plomo y estaño.
El teclado es de ébano y cedro y sus 210 tubos son de una aleación de plomo y estaño.

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Pedro Susz, un hombre de rituales

Él ha sido y es muchas cosas: ensayista, crítico de cine, pensador, fotógrafo en blanco y negro, cineasta apasionado.

MAESTRO. Pedro Susz, en las boleterías de preferencia en el Hernando Siles.

Por Ricardo Bajo H.

/ 22 de enero de 2023 / 06:56

Pedro Susz es un hombre de rituales. Se levanta muy temprano a las seis de la mañana, da cuatro paseos al día (dos por la mañana y dos por la tarde), carga su inseparable pipa seis veces cada jornada, escribe con música de fondo, compra regularmente libros que lee (con música de fondo) y sigue yendo (aunque ahora con menos frecuencia que antes) al cine y a la Cinemateca. El hombre de los ritos —esos que nos permiten que los días sean iguales/diferentes a otros días— ha abandonado otros hábitos: ir al Siles a ver a su querido Tigre, jugar fútbol todos los sábados por la tarde (lo hizo hasta el año 2000) y tomar el sol en el patio junto a Norma.

La casa de don Pedro está en un vetusto edificio de tres pisos de Miraflores. Cuando fue levantado hace medio siglo, los edificios en La Paz tenían tres alturas, las suficientes para “rascar los cielos”. Ahora el otrora gigante con nombre de antigua capital ha quedado encajonado y sin luz entre dos impunes monstruos de hormigón.

El hogar del compañero Susz está repleto de pipas, búhos, figuras de Chaplin y retratos de Norma. Cuando su pareja de toda la vida se fue (hace dos años), la familia y los amigos le dieron un consejo para “superar” la pérdida: deshacerse de la casa, de las cosas de ella, de sus recuerdos. Susz no hizo caso. ¿Acaso se puede olvidar la presencia intangible de un amor? Norma es la actriz Norma Merlo, la entrañable Norma, querida por todos y todas. Norma sigue viva en el recuerdo de sus amigos y amigas, de las personas que la vieron y la conocieron; sigue viva en cada rincón de la casa (y del corazón) de Pedro. Las pipas, unas cuarenta, son de él; los búhos, centenares, de ella. Las figuras del comunista Chaplin son de todos.

Susz ve al primer muerto de su vida cuando tiene dos años. Su padre (Pablo) trabaja de electricista en la empresa que levanta el Hospital Obrero de Miraflores. Estamos en 1952, año de revolución, inconclusa. El padre ha salido a laburar y no puede regresar por las balaceras en el barrio, epicentro de duros combates. Un vecino ha asomado la cabeza por la ventana y ha recibido una bala perdida, otra maldita bala perdida.

El crítico de cine posa entre retratos, fotografías y varios reconocimientos.
El crítico de cine posa entre retratos, fotografías y varios reconocimientos. Foto. Ricardo Bajo H

Su padre viene de huir de otra guerra, la segunda; la “mundial” en Europa. Don Pablo llega a Bolivia con ocho añitos, solo, desde su Viena natal (la familia escapa por los pelos a Londres del horror nazi tras la “Noche de los Cristales Rotos” de noviembre de 1938). Conocerá en La Paz a una mujer austriaca, también judía, Bertha Kohl. De ese amor nacerán dos hijos, Pedro y Susana Marion (la hermana murió también hace dos años, como Norma; no fue un buen año el 21).

El padre arranca de abajo, aprende el oficio de electricista, es contratado por la empresa constructora Gisbert (del abuelo de Carlos Mesa) y termina abriendo su propio taller en la avenida Montes, donde después funcionara el mítico Cine México. La madre estudia en el Colegio Americano y monta una empresa de productos farmacéuticos, Cormesa.

Susz pasa la primaria y la secundaria en el desaparecido Colegio Ingavi en la calle Díaz Romero. Las opciones en la casa para estudiar una carrera en la universidad se reducen a tres: abogado, ingeniero o doctor. “Me decidí por Medicina porque no había matemáticas”. Susz no es un hombre de números, es de letras.

En la carrera de Medicina aguanta tres años. Lo dejará por un niño muerto y por un borracho. El borracho es un asistente de una materia. Es viernes por la noche y el irresponsable abandona el puesto de primeros auxilios y se va de farra. Cuando los alumnos a cargo (Susz, entre ellos) reciben a una mujer con un niño desnutrido y deshidratado, no tienen ni los medios ni la capacidad para salvarle la vida. Susz cuelga el mandil blanco en ese momento. No quiere convertirse en un “doctor” desaprensivo.

Otros compañeros han renunciado antes por la “maña” de un catedrático de Anatomía I, conocido como el “Ciego” Mejía: “pedía cuotita para comprar salteñas y después nos obligaba a comerlas en la morgue delante de cadáveres en descomposición; era parte de su táctica para desalentar a futuros competidores en la profesión”. Entonces en casa lanza una bomba: “quiero estudiar Comunicación, me voy a la Argentina”. La respuesta fue, es y será la de siempre: “te vas a morir de hambre”. ¿Será por eso que Susz es (un) eterno flaco?

Antes de partir, Pedro milita en la universidad. Alguien le ha dicho que tiene “pasta de dirigente”. Y ese alguien no se equivocaba. Pedro viene de ser presidente del centro de estudiantes de su colegio. Por eso, cuando llega a la UMSA se mete a uno de los muchos y variopintos grupúsculos de izquierda en una “U” dominada por los trotskistas del POR y los comunistas del PCB. Por eso cuando llega a Buenos Aires a finales del 69 se mete al PSIN (Partido Socialista de la Izquierda Nacional), fundado en 1962 por el político/historiador Jorge Abelardo Ramos. Una de sus obras, Historia de la Nación Latinoamericana (1968) es uno de libros de culto (aún vigente hoy en día) que Susz devora en sus (primeros) años porteños.

Pedro Susz

MEMORIA. Susz con Norma Merlo en su luna de miel en Córdoba. Abajo: De niños, Pedro y su hermana Susana.

RITUAL. Parte de la colección de pipas de Susz, en su casa en Miraflores.

En la gran capital mundial de los cines y las librerías, Susz terminará doblemente enamorado. Primero, del cine; después de Norma; el primer amor le lleva al segundo. “La cantidad de salas de arte y ensayo era infinita, como las revistas; Ingmar Bergman fue prestigiado y estudiado antes en Buenos Aires que en Europa, con eso está dicho todo”. Susz cofunda el Departamento de Arte y Experimentación Audiovisual de la Escuela de Ciencias de la Educación y Comunicación Social de la Universidad del Salvador en Buenos Aires en 1973 y al año es el responsable del Departamento de Cine del flamante Centro de Cultura Experimental.

Estudia cine, hace cine, mama cine. Sus dos primeros montajes cinematográficos son de 1973: La parábola del sembrador y Ahora es ya. Sus tres primeros “cortos” son: Desayuno (1973), Jaque Mate (1974) e Inmigrantes (1974). Hasta los ochenta, realizará ocho montajes y cortometrajes más. “De la película que guardo mejor recuerdo es El Piso 24”. Ese “corto” supone el debut cinematográfico de Norma Merlo. “Creo que sí podía haber hecho una carrera como cineasta, pero me volqué a la teoría y la crítica, tareas que se me antojaron más apetecibles”. 

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El Centro de Cultura Experimental funciona en el barrio de Congreso, viven todos y todas en comunidad. Son Bruno Bert (un italiano, director teatral y crítico que vivirá en México desde los 80), Sonia, Isabel, el boliviano Susz y una actriz talentosa que viene de trabajar con actores como Héctor Alterio y Luis Brandoni y de ser parte de Nuevo Teatro, junto a Alejandra Boero y Pedro Asquini. Es nuestra Norma. Al comienzo no se tiran pelota, pero una dramatización sentida de unos poemas del francés Jacques Prévert conmueven al boliviano, que en ese montaje hace de fotógrafo. Nace entonces un amor que durará 48 años y más.

El paceño que llegará a escribir más de mil reseñas cinematográficas publica por aquel entonces la primera en Cine 70,  la revista del centro. “Fue una larga confesión de que no había entendido nada del ciclo de Godard que habíamos pasado”. Durante su estancia en Buenos Aires, en los primeros 70, conoce a varios exiliados políticos bolivianos (Guido Capra, Guido Chávez, Adolfo Perelman, nexo entre la izquierda nacional argentina y boliviana); y se junta especialmente con los del GRO (Grupo Revolucionario Octubre) de Andrés “Chichi” Soliz Rada. “Milité en el GRO, fui parte de la dirección y me dieron la tarea de volver a Bolivia para reorganizar el grupo”.

—¿Fue difícil dejar la Buenos Aires del cine, los libros, el teatro y la noche para volver a la Bolivia dictatorial de Banzer, y más teniendo como pareja a una actriz argentina?

—La situación política en Buenos Aires tampoco era sencilla, habían allanado la casa de Andrés Soliz. Y tiempo después nos enteramos con Norma de que la nuestra también. Si nos hubiésemos quedado, tal vez estaríamos ahora en las listas de los desaparecidos. En aquel entonces pensé: si voy a morir, que sea en mi país, haré algo útil.

Dicho y hecho. Norma y Pedro se montan en el tren que deja Buenos Aires y parte a La Paz. Susz cambia todas las tapas de sus libros de marxismo para disimular. Se deja en la Argentina muchos más libros y revistas, entre ellas la colección completa de Cine 70. Nunca volverá a recuperar —a pesar de los intentos— aquella primera crítica en la que confesaba no entender a Godard. Entran por La Quiaca y cuando la Policía banzerista va a revisar todos sus bultos, se corta la luz en el vagón. La pareja llega de noche a El Alto, donde lo espera el padre de Pedro. Norma suelta una de sus frases geniales: “Esto es el cielo que se ha dado la vuelta”.

Norma y Pedro viven primero en la casa de la familia en la avenida Busch y luego alquilan un “depto” en el Barrio Petrolero en Villa Fátima. Decidirán no tener hijos. Susz entra a trabajar en 1975 a la Alcaldía en la Dirección de Espectáculos junto a Amalia de Gallardo y hace audiovisuales con diapositivas. Conoce a Mario Mercado, el alcalde de entonces, y entablan amistad, pues éste había estado metido en el mundo del cine. “¿Sabías que Mercado es el primer boliviano que gana un Oscar en Hollywood? Lo hizo con un trabajo cuando era alumno de cine en Estados Unidos”.

Los primeros pasos para fundar la Cinemateca Boliviana estaban por darse gracias a Amalia, Renzo Cotta, Mercado, Susz y “un hippie con barba, melena y chompa de alpaca llamado Carlos Mesa”.  La primera sede, durante dos años, estará en la Casa de la Cultura antes de partir a la calle Indaburo esquina Pichincha, al auditorio del colegio San Calixto. Entonces la política se cruza de nuevo.

El GRO se divide para (no) variar y Susz termina en el Partido Socialista-1 de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Con su líder, Pedro tenía varias afinidades: el cine (ambos habían hecho películas), la literatura, el compromiso político. “Siempre me preguntaba al final de nuestras charlas: ¿cuándo te vas a incorporar al partido?”. Conmovido por la histórica acusación contra el general Banzer, Susz termina como dirigente y es jefe de campaña del PS-1 en dos elecciones. “Marcelo era una persona sencilla, carismática y accesible, parecía pedante y sobrador de inicio, pero en las distancias cortas ganaba mucho, cuando lo conocí era una figura prometedora y siempre creía que él podía cumplir el viejo propósito de todos, cambiar el país”. 

Susz ve venir el golpe de García Meza, advierte a Marcelo de los deseos incontenibles de matarlo, mantiene discusiones con la cúpula del partido y termina saliendo al exilio de Buenos Aires y Montevideo antes de todo, antes de los asesinatos de Quiroga Santa Cruz y Espinal. Otra vez se salva por la campana. “Marcelo nunca creyó que se atreverían a matarlo y Lucho tenía inculcado ese sentimiento cristiano de sacrificio y de entregar la vida por los demás”.

Con Espinal comparte tardes y noches de cine en el 16 de Julio, en el 6 de Agosto, en la Cinemateca. Escriben críticas y ven clásicos juntos. “Coincidíamos en lo fundamental y creíamos que la crítica era tan solo una opinión informada. Hay que leer críticas pero después de ver la película. Es decir, cada espectador debe formarse su propio criterio y luego confrontarlo con el crítico, no tenemos la verdad revelada nunca. En México una vez me preguntaron: ¿qué es la crítica de cine? Escribir notas que nadie lee sobre películas que nadie ve”.

—¿Y alguna vez tuviste problemas después de alguna reseña?

—Publiqué algunas observaciones a la película de Sanjinés Fuera de aquí” en un especial dedicado a su filmografía en las famosas Notas Críticas de la Cinemateca. Jorge se enojó y pidió que dejáramos de distribuir el folleto. Luego se le pasó la bronca. Eran los tiempos en que el público llegaba a saltar los cerrojos para ver sus películas; los tiempos —en el 78— de las bombas incendiarias cuando pasamos las obras nunca vistas acá de Sanjinés. Tiempo después, el alcalde, coronel Ricardo Sánchez Alarcón, intentó clausurar la Cinemateca para prohibir la proyección de La nación clandestina por subversiva. Montamos una campaña nacional e internacional y paramos la clausura. Fueron años maravillosos y apasionantes, de formar al público, de publicar y armar debates, de preparar ciclos eróticos para recaudar plata y seguir adelante.

Susz se pone nostálgico irremediablemente. Y con él, todos. ¿Quién no se acuerda de Norma en la boletería de la Cinemateca o interpretando a Chaplin para levantar el nuevo edificio? “La Merlo” recorría la ciudad y llevaba a los periódicos la cartelera diaria. ¿Quién no se acuerda de doña Clemencia metida en la caseta de los boletos, de Herrera, el proyeccionista a carbón, del colaborador Javier Luna, de Anita, la señora de la limpieza y acomodadora, de los ciclos interminables de Fellini, Tarkovsky y cine latinoamericano? Nostalgia pura, de la buena. La Cinemateca, símbolo de la democracia. Cuánto ha llovido.

En los ochenta, Susz arma un estudio de revelado en una esquina de la cocina. Es un apasionado por el blanco y negro (jamás hará fotografía a color). En las diez hojas del currículum que Pedro me ha entregado esta tarde de enero al llegar a su casa hay un apartado de “Exposiciones” que arranca así: “1982, muestra fotográfica en la Alianza Francesa”. Susz conserva casi todas aquellas fotos y sus negativos. De hecho, está pensando ahora en exponer de nuevo. “La falta de tiempo y la escasez en el mercado local —hasta llegar a la inexistencia— de materiales (papel, revelador, etc.) para trabajar en blanco y negro como lo hacía en mi propio laboratorio de revelado y copiado truncaron mi labor de fotógrafo”. Nunca es tarde  para volver, maestro.

A finales de los noventa, Susz asiste al parto del movimiento “Para seguir sembrando, para seguir sonando”. Se venían las elecciones municipales de 1999. “Nos reunimos Eduardo “Chichizo” López, Vicky Ayllón, Roberto Alem de Cochabamba, Ana Cristina Bubba, Guillermo Mariaca, Roberto Borda… Advertimos al vicepresidente Víctor Hugo Cárdenas que íbamos a asaltar el Parlamento y así lo hicimos. Una mañana tomamos el hemiciclo, pusimos a los actores y a las actrices en los curules y mandamos a los parlamentarios a los palcos, leímos nuestro manifiesto que exigía políticas culturales mientras la plaza Murillo estaba tomada también con una feria cultural no autorizada”. Cuando Juan del Granado con el MSM (Movimiento Sin Miedo) gana las elecciones con 20% (por delante de Ronald McLean/ADN con 17%; Guido Capra/MNR con 16% y Jorge Torres/MIR con 15%), el futuro alcalde llama a Susz y le dice: “ahora es con guitarra, háganse cargo, métanle”. Nace entonces la Oficialía Mayor de Culturas, con ese. Antes Susz —en 1990— había recibido el Premio Nacional de Cultura, sin ese.

“De mi etapa en la Alcaldía, estoy satisfecho de haber construido la ley de promoción y fomento a las culturas, una iniciativa pionera, una ley modelo que se copió luego en muchas ciudades de América Latina e incluso España. Lo único que no pudimos hacer fue la ley de participación ciudadana y transparencia”.  Una foto suya con el comandante Hugo Chávez, en su visita a la Alcaldía de La Paz, adorna una de las paredes de la casa.

Son casi las seis de la tarde, llevamos tres horas de charla amena en el “living” de la casa rodeados de pipas, búhos, retratos de Chaplin y Norma. Huele a tabaco de pipa; esta tarde toca fragancia de coco y piña (marca Brigg, que compra en su casera del mercado Lanza). Salimos a caminar por Miraflores. Susz se ha puesto un sombrero para protegerse de los rayos del sol (tiene el lóbulo de la oreja izquierda necrosado por culpa de Lorenzo). Pasamos por el Siles y hablamos de fútbol. “Iba a la cancha siempre con Norma a ver al Tigre, el fútbol ha dejado de ser una competencia deportiva y se ha convertido en una financiera manejada por oscuras mafias”.

El maestro vuelve a casa. Se sienta a escribir. Está afilando el tercer volumen de su Filosofía para la insubordinación. Después de pensar el poder y la libertad frente al laberinto mediático toca ahora repensar las utopías y las distopías. También afina la sexta entrega de sus Papeles de cine 40/24. Sus libros no traen recetas sino desafíos a pensar por uno mismo.

En lo que no pierde el tiempo es en las redes sociales, “verdaderos depósitos de basura; cebos para adormecer el espíritu crítico; hemos cedido al algoritmo nuestra capacidad de tener un modelo de pensamiento propio”. Hace décadas, creía necesario incluir en el currículum escolar un materia para leer críticamente el lenguaje audiovisual, ahora cree oportuno hacer lo propio para analizar el lenguaje digital. “Tenemos que cambiar radicalmente el modelo educativo; no pasa por llenar de ‘tablets’ las aulas, sino por formar el espíritu crítico y que los padres asuman la brutalidad de que sus hijos no pueden ser rehenes de las pantallitas y la violencia de los videojuegos”.

Susz, el pensador/ensayista, es un convencido de que es necesario/vital salir de ese laberinto digital narcotizante y retomar el derecho verdadero a la democracia que no se puede reducir a meter un papelito en una caja cada cinco años. “¿Para qué diablos escribo?”, me pregunto a veces. Susz, estoico, no pierde la esperanza de que “algo o alguien nos despabile algún rato”. Toca a despedida. Dejo a don Pedro bordeando el estadio. Nos vemos en el cine, compañero Susz. Quizás en el próximo estreno de una película boliviana, esas que últimamente (con El gran movimiento y Utama) han traído de nuevo aires de esperanza, ganas de mirar nuestras heridas para seguir buscando nuestra identidad; para seguir soñando, una de tantas lecciones del maestro/compañero Susz.

Texto y fotos: Ricardo Bajo H.

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La magia en una valija

La investigadora literaria argentina María José Daona escribió sobre ‘Ayer el fuego’ de Rodrigo Urquiola

/ 22 de enero de 2023 / 06:31

Otra vez el vaivén del viaje”, menciona uno de los personajes de Rodrigo Urquiola. Otra vez el ir y venir de voces, historias y pisadas en una escritura profusa y deslumbrante. Otra vez el viaje de un autor en busca de lectores. Hemos asistido en los últimos años a la aparición en nuestras librerías y academias de una serie de escritores bolivianos que vinieron a iluminar un sistema injustamente silenciado, escritores que se posicionaron como voces insoslayables de la literatura latinoamericana contemporánea, que no solo publicaron sus libros en las grandes editoriales comerciales sino que también se ocuparon de reeditar clásicos y de hacer resonar voces empequeñecidas a lo largo de la historia literaria.

En la mayoría de los casos son escritores que dejaron Bolivia e iluminaron un sistema desde los centros imperiales. Claro que lo celebro, pero no pude, a lo largo de estos años de búsquedas y lecturas, dejar de preguntarme por esos otros autores que se quedaron a vivir en las inagotables cumbres andinas. En las periferias que, en muchos casos, son el centro del país. A veces escuchamos sus nombres pero no llegan a las librerías. Leer sus libros (la mayoría de las veces en pdfs conseguidos por los caminos de la ilegalidad) no siempre es una posibilidad. Rodrigo es uno de estos escritores. El autor buscando lectores, viajando con una valija cargada de libros, retenido en la aduana, retenido en colectivos que pareciera nunca llegan a destino. Es así que llega a Tucumán con los libros bajo el brazo para mostrarnos esos lugares de los que el gran mercado editorial nos sigue privando. Celebro esta llegada doble: la del autor y la de sus libros. Celebro la llegada del recién venido.

Joven boliviano, autor de tres novelas: Lluvia de piedra, El sonido de la muralla y Reconstrucción; de cuatro obras de teatro: El bloqueo, El retorno, La serpiente y La felicidad; de dos libros de cuento: La memoria invertebrada y Eva y los espejos, a los que ahora se suma Ayer el fuego.

EVENTO. Fue en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán. Foto facultad de filosofía y letras de la universidad nacional de tucumán

Urquiola construye una escritura de memorias huérfanas. Una memoria que quiere ser y que nunca es. Una memoria mentirosa, territorio precario que se busca en la imaginación, el último refugio. Leemos en las páginas de Reconstrucción: “La reconstrucción es lo cierto porque es lo que queda, todo lo anterior es inaprensible. Y es que incluso la verdad es una ficción, una lectura particular y son las letras lo que se lee, siempre, aunque estés cerrando los ojos con fuerza y de pronto veas imágenes. ¿Qué es lo que hace puma al puma? En principio el orden de las letras que forman la palabra p-u-m-a. ¿Qué es una letra sino la aproximación a un sonido? ¿Qué es la forma de una letra sino el intento de atrapar un sonido en un dibujo? ¿Y qué es una palabra entonces? ¿Un conjunto de sonidos que buscan atrapar entre nuestros dientes algo que se nos escapa? ¿Y por qué un puma, entonces, no puede ser un jaguar? Los sonidos no mienten, pero la memoria sí”.

Es quizás este desasosiego el que se reproduce a lo largo de su obra, páginas y páginas que buscan una “realidad más grande, invisible, que existe detrás de lo que nuestros ojos ven cuando observan el mundo”. Esa realidad de piedra, de padres que no están, de madres que desaparecen mirando murallas. Realidad de espejos donde no es posible mirarse. Realidad de ellos y nosotros, de forasteros y extranjerías. De llantos incesantes, de sueños, máscaras y pesadillas. Posibilidad de reconstrucción, siempre trunca. En un país que “otra vez se ha quedado sin historia”.

Ayer el fuego es una colección de diez cuentos donde el deseo de imaginar una memoria vuelve a ser el disparador de la escritura. “Somos memoria y la memoria es buscar en el intrincado silencio de las imágenes que se quedan siempre atrás”, dice el narrador de Chupacabras, cuento que abre el libro y que explora las posibilidades de decir, ¿a qué imágenes ponerles sonido y convertirlas en palabras? El silencio, el juego entre lo que sí se dice y lo que no, aparece como pregunta y como deseo de escarbar en esas memorias olvidadas, en esas vidas que nadie contará, en esas imágenes que se guardan en los intrincados senderos del pasado.

Este libro nos introduce en territorios paceños olvidados; esos espacios que no fueron narrados ni imaginados en esta literatura. No aparece el Miraflores saenciano ni el Sopocachi urzagastiano. Tampoco están los espacios cerrados e íntimos, ni casas ni bodegas. Los cuentos de Ayer el fuego son cuentos de tránsito y desplazamientos que construyen una ciudad de márgenes y desigualdades. En los recorridos desde Chasquipampa hasta la plaza Murillo se configura el espacio del pongo, del hambre, del indio que aparece a veces como intruso en zonas no correspondidas, en la zona Sur jailona y de lenguas extranjeras. Entre esos tránsitos están las escenas de infancia: los partidos de fútbol, las comidas de la abuela, los amores lejanos. Y también las formas de la violencia.   

Los tránsitos y cruces se reproducen, los vaivenes constantes reaparecen e inscriben los tonos que predominan en la escritura de Urquiola: la ternura y la amargura. Entre esos tonos está la imposibilidad del encuentro entre lo alto y lo bajo, de zanjar la distancia de clases que es también la distancia étnica, la negación del territorio propio, la vergüenza, la construcción del indio, del negro de mierda. “Abuelita, enseñame aymara”, dice el protagonista de uno de los cuentos. A lo que ella responde: “No, hijo, tú vas a hablar inglés. Tienes que ser mejor que yo”. Cruces imposibles donde también aparece la venganza como respuesta porque el diálogo entre clases es siempre una aventura, una anécdota, un suceso condenado, como el Lennon asesinado por un “te quiero” que nunca fue respondido. 

Estas memorias imaginadas se tensan también con reencuentros de personas y espacios, con los restos de esos recuerdos en un presente habitado por rastros, gestos y marcas. Invadido por la nostalgia de lo ido. El reencuentro es recurrente en estos cuentos porque en el continuo caminar por la ciudad se vuelve a los espacios del pasado; allí donde fue ahorcado el perro del loco Eustaquio; se recuperan rostros desaparecidos, como Mariana devenida en Ashley. Movimiento continuo que devela las miserias del presente, los sinsentidos de un mundo derruido, el fuego que atravesó el tiempo, el fuego del ayer y del que solo se conserva el aroma de la ceniza.

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Entre estos territorios olvidados aparece Senkata, espacio conocido por nosotros por la masacre de 2019. Cuando esperamos la narración del golpe de Estado, los incendios y las corridas, nos encontramos con otra masacre: el segundo tiempo de un partido de fútbol. En un gesto por mostrar las formas de habitar un territorio el cuento se corre de lo esperado y muestra estas vidas de abandono, de padres que quieren hijos de otros, experiencias en cementerios y de amistades. Aquí están los recorridos por La Paz periférica, esa “breve ciudad de los muertos”. 

Uno de los personajes de este libro es un buscador de historias, caminante que busca en los recovecos de la ciudad qué decir. Aburrido de hablar de desaparecidos y sobrevivientes de la dictadura, cansado de los lugares a los que siempre se vuelve, como el reloj del sur del palacio legislativo, convertido en observador de una ciudad intransitable y cazador de miserias. En este personaje está nuestro narrador, que, como los soldados de la Guerra del Chaco, busca el agua en la ciudad amurallada, en la ciudad de piedra, en la ciudad del silencio.

Ayer el fuego es un libro de vaivenes, de esos vaivenes del viaje, del viaje incesante hacia arriba y abajo, hacia atrás y hacia adelante, hacia afuera y hacia adentro. La Bolivia profunda podríamos decir, o mejor, la Bolivia íntima. Es un libro que explora las ausencias o las formas de la presencia. Es un libro que imagina una vida, un libro que piensa también las formas de orfandad. Padres y madres que buscan hijos, hijos que no quieren padres. Padres que buscan padres. Estos cuentos tienen el tono de la añoranza, aunque lo que se añora no necesariamente es un pasado feliz. El mundo injusto y desigual es parte de ese pasado, es “la flor impredecible que todavía no ha sucedido”. 

Cuando llegó Rodrigo a Tucumán empezaba a armarse una gran tormenta. Pensé que, después de mucho tiempo iba a caer granizo. La lluvia de piedra venía con él. En esa idea se condensaba la magia paceña a la que siempre ansío volver. La tormenta no sucedió, pero con él llegaron los diálogos. Los cuentos de Ayer el fuego fueron apareciendo mágicamente en las charlas, con otras formas. Mi casa quedó invadida de cuentos traídos por este narrador, artesano nómade, el contador de historias. La magia en realidad venía en esa valija que cruzó la frontera, como siempre, en forma de libro.         

Texto: María José Daona

Fotos: Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán

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‘Al perro Petardos lo hemos asumido como un tótem’

Sergio Gareca: El escritor orureño acaba de presentar ‘El reino de las pesadillas’, la segunda entrega de una trilogía en narrativa

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/ 22 de enero de 2023 / 05:48

El perro Petardos es el personaje real/mítico que sirve de eje conductor entre El reino de las pesadillas, libro que acaba de presentar Sergio Gareca, y El secreto de la vida, la primera novela de la trilogía planeada por el escritor orureño para llegar a otros públicos. El libro —que estará disponible a fines de enero en Librería Subterránea (La Paz), Librería Electrodependiente (Cochabamba) y Centro Kuma y Ana (Oruro)— planea un viaje por el subconsciente, en el que los mundos tenebrosos encuentran a un hombre en un estado de fragilidad. El perro Petardos conoce a la bruja Circe, quien aparece en La Odisea de Homero y de manera inversa, convierte a un animal en ser humano. En la novela también aparece una niña, Cecilia, quien visita el mundo onírico y logra vencer sus pesadillas en la búsqueda del añorado origen familiar y su valor intrínseco.

— Desde El secreto de la vida, el primer libro de la trilogía, ¿cómo se arma este universo en torno al perro Petardos?

—Hace ya varios años vivía en Oruro, entre 2000 y 2009, aproximadamente, el perro Petardos. Era un perrito muy singular. No tenía un solo nombre, tenía varios. Algunos lo llamaban también “Coronel”, pero lo de “Petardos” se nos quedó. Se contaban historias sobre él. Por ejemplo, que era un perrito desertor de la Policía, que estaba entrenado para agarrar las manos a personas con arma de fuego y por eso saltaba hacia los petardos. Era un perrito desconfiado si le ofrecías comida, pero una caricia no se la negaba a nadie. Se metía por todos los barrios de la ciudad y hay muchas anécdotas de él. La Sociedad Protectora de Animales lo encerraba en una casa durante sus últimos carnavales, porque algunos danzarines que no le conocían le pateaban o él mismo podía hacerse daño con fuegos artificiales muy poderosos. Lo hicieron operar dos veces por la pólvora que ingería y era cuidado de cuando en cuando por algún hogar. Sin embargo, no le gustaba el encierro ni pertenecer a una familia. Era libre. Le gustaba el amor de toda la ciudad. Lo encontrabas pasando clases en la Facultad de Economía o Derecho. Me acuerdo que una vez en un examen final nuestro docente el Dr. Carlos Salinas les dijo a los estudiantes: “Y ¿de dónde aparecen? Este perrito asiste más que ustedes”, o podías verlo encima de un carro cuidándolo, mientras los dueños estaban farreando; cuando salían, no les dejaba conducir borrachos. Era un perro particular. Como colectivo nos hemos sentido atraídos por ese sentido de libertad y por eso lo hemos asumido como un tótem. Me refiero a que, si los indios norteamericanos tuvieron al lobo, el águila, el oso; los jóvenes de la ciudad tienen como único referente de lo salvaje al perro de la calle. He decidido construir un universo a su alrededor más o menos desde 2010. No trato de recrear su vida, de momento, sino de mantenerlo vivo, en otras circunstancias, en las calles de la imaginación, donde tampoco es de nadie. Por eso será que también hay perros Petardos en Potosí, y seguro en todo el mundo. Es un espíritu.

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Foto. sergio-gareca

Mi amiga Emma Villazón me ayudó con eso. En septiembre de 2010 vino a visitarme a Oruro y yo le conté la historia del perro en el parque Bolívar. En parte ella nos motivó a tomar ese nombre. Hay otras publicaciones por parte del colectivo como un libro de cómics que tiene como personaje al perro Petardos que solo salió en versión cartonera y quizá fuera bueno reeditar. Ahí todo el colectivo fue coautor.

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—¿Cómo surgió el relato de El reino de las pesadillas?

—La primera novela, El secreto de la vida, la escribí en dos días, después de estar en un festival de poesía en 2012 en Sucre. Allí tuvimos muy lindos días, “Bebiendo y viviendo poesía”, como decía Janina Camacho. Entonces, con Omar Alarcón, Adriana Lanza y la propia Janina comenzamos una larga amistad.

De esa experiencia, juntada con los problemas del TIPNIS, salió esa primera novelita, un poco jugando para mí mismo, y descansó hasta 2020 que por fin pude publicarla. Pero la intención siempre era hacer más: cómics, literatura, cine, música en torno al mito del perro, entonces quedaron historias sueltas. Entre ellas, esta de El Rreino de las pesadillas que empezó a tomar forma cuando nació mi hija en 2014, que aparece en la novelita con el nombre de Cecilia. Le puse otro nombre, porque con la experiencia de mi cuento El día que no hubo Carnaval, donde he convocado fuerzas extrañas para que lo escrito se haga realidad, me da miedo escribir ciertas cosas. Mi hijita tiene que escribir su propia vida.

Podría decirse que la novela corta es una mezcla de Pinocho con La Odisea. Aunque no sean las referencias que haya tomado directamente. Pinocho, porque, en su nivel simbólico, es la búsqueda del padre por parte de un niño. El “niño sin conciencia” es la humanidad y su padre es Dios. Por lo menos esa es una de las lecturas, sobre todo de la versión de Disney. De Collodi creo que soy un heredero de su agrio sentido del humor. Por parte de La Odisea, podemos decir que han sembrado en toda la narrativa universal, la dinámica del viaje, del periplo, de la travesía chocando con todo tipo de dificultades, en este caso es, al contrario de Pinocho, la confrontación con los Dioses y con el destino. En mi novelita, aparece Circe, la bruja de La Odisea que en lugar de convertir a los hombres en animales, convierte al perro Petardos en humano. Es una parte subjetiva, porque nosotros los seres humanos supuestamente venimos de los animales, en sentido evolutivo. O sea que un día éramos monitos (algunos siguen siendo), y de un rato para otro nos hemos vestido, tenido lenguaje, carnet, trabajo y otras tantas cosas. Ahí es donde juega su rol el perro Petardos como lo conocí en la calle, como un salvaje que trataba de entendernos y se divertía con nosotros, pero no nos tenía ninguna admiración. 

Al perro Petardos

Una larga fila de personas hizo fila para que el autor firmara sus copias.

POETA. Gareca, ofreciendo su trabajo en la calle. Abajo: una niña leyendo el primer libro de la trilogía.

—¿A qué apunta esta trilogía propuesta en torno a este can?

—A mí me preocupaba que mi literatura, sobre todo mi poesía, la “censuren” en los colegios o que haya la imagen de que tengo la cabeza muy retorcida (como si pudiese pervertir más a la juventud de lo que nuestro mal ejemplo como sociedad ya hace), me estaba privando de algún modo de mi entorno, mientras se da cabida a la lectura fácil de la autoayuda y otras cosillas. En este momento, esta trilogía es como un puente con nuevos lectores, aunque sea un poco darle el gusto al nado a favor de la corriente.

También lo he publicado porque trato de demostrarme a mí mismo que los libros son de alguna manera económicamente sostenibles. Una vez, estando ya en el paroxismo de cuestionamiento a mí mismo, sin trabajo, sin fe, “sin yerba de ayer secándose al sol”, como dice el tango; me animé a vender poemas. Al final “es para lo único para lo que soy bueno”, me dije, y quise escribir como por encargo. Como es de suponer, me fue pésimo. Y me alegro. Qué miserable fuera la poesía si se vende; porque la poesía no sirve para eso, no sirve para venderse a nadie. Sirve para invocar a los Apus, para decirse cosas a uno mismo; para tener una conexión con el wifi del universo, no sirve para ganar un solo peso, porque es liviana y es del éter, ¿para qué quiere pesos? Las librerías lo saben, las editoriales también. Los libros de poesía no se venden.

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En cambio, creo que el puente de la fantasía, la narrativa, sí puede poner un camino entre lo que digo y los lectores de mi contexto, que obviamente cuestiona, interpela y motiva a ese razonamiento, pero son más asequibles. Entonces, quizás me estoy ablandando. Pero estoy dejando mediante estos libros una puerta abierta a mis libros anteriores, a los futuros, y también a la literatura local en general.

— En la obra hay una alta carga onírica que acompaña a un espíritu rebelde. ¿Qué relación hay entre los sueños y la resistencia?

—Se podría decir que es un libro teológico esotérico y, quizá sí. Podría interpretarse así porque en este caso no se cuestiona la política, sino el “uno mismo”. En ese sentido, es una obra más reflexiva, porque nada puede hacer contra todo quien no se tiene a sí mismo.

—Desde visitas a historias de la Grecia antigua y la presencia importante del Carnaval, ¿qué presencia tiene el mito y el ritual en tu obra?

—Oruro es rito, mito y ritmo; de los griegos solo hemos querido conservar los mitos, pero tal vez hubiera sido bueno también conocer sus ritmos y darse una bailadita en sus fiestas. Creo que, también, deberíamos nomás escribir un “manual para diferenciar collas”. Si en El Alto se mueren de disparo, de asalto a mano armada o al final de cualquier cosa, es porque, como está en las crónicas alteñas que publicó Alexis Argüello en No me jodas, no te jodo, el alteño no le teme a la muerte; en cambio, el orureño tiende a la inmortalidad.  Yo repito que cada ciudad y lugar tiene una locura distinta. Parecemos lo mismo y no somos. En este caso, tal vez pudiera parecer provinciano, pero no hay manera en que pueda dejar de ser Oruro en mí y viceversa. A veces despierto y Diablada y Morenada son una pesadilla real, a veces son un sueño. Este último fin de semana pasaba por una calle vacía y, del silencio, se abrió la puerta del Carnaval en la velada de los Cocanis en el Hotel Edén como un pasadizo mágico; eso es de todos los días. Somos un pueblo muy feliz, la felicidad nos va a matar.

—¿Qué esperas que encuentre el lector en este libro?

—Que encuentre los errores para que yo pueda poner una fe de erratas.

PERFIL Sergio Gareca Rodríguez, escritor

Nacido en Oruro en 1983, publicó: Historias a la Luna (2004) y Bostezo de serpiente infinita (poesía visual 2009), Transparencia de la sangre (Premio poetas jóvenes de Bolivia 2010), Mirador (2011), Tradiciones del futuro (cuentos 2015), Área Vip (2016), Apología de un monstruo diminuto (2018), La Inconclusa y su yapa (2019) y El secreto de la vida (2021). Ganó el premio Poetas Jóvenes de Bolivia (Cámara Boliviana del Libro y la Fundación Pablo Neruda de Chile en 2010). Fue parte de los grupos Hechos de sangre, Preludio, Iki y Allinka. Dirigió el corto El poema que me he prohibido y el largo Marcha de órdenes. Fundó el kolectivo Perro Petardos, con quienes ganó la Bienal Internacional de Arte Contemporáneo Siart 2016.

Texto: Miguel vargas

Fotos: archivo sergio gareca

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CAYARA: Las cuatro estaciones

El hotel museo que está en el valle potosino ofrece a los visitantes la experiencia de una hacienda productiva.

/ 16 de enero de 2023 / 07:02

Cuando se llega a Cayara valle ubicado en el departamento de Potosí, a 23 kilómetros al oeste de la capital, la primera gran impresión es el fresco en el techado de su salón de estar que es el que comisionara Doña Dominga Palomo y Otondo, Marquesa de Cayara, a su sobrino Don Rafael Telleache, para conmemorar sus segundas nupcias. Se titula Las Cuatro Estaciones y muestra con pintura en fresco, las temporadas del ciclo agricultor, además de los cinco continentes.  Esta alusión permanente al ciclo agricultor es lo que hace de este hotel/hacienda una experiencia única para sus visitantes.

Para que la hacienda siga adelante con su vocación productiva se han llevado a cabo diferentes proyectos dentro de ella a lo largo del tiempo. Durante todo el año, la electricidad y el agua están garantizados a través de una hidroeléctrica diseñada y construida por el ingeniero Luis Soux Rives, migrado francés de finales de siglo XIX. En la biblioteca de esta hacienda se encuentran los testimonios de su pasaje a Bolivia, particularmente descritos en una crónica de viaje titulada De Paris à Sucre: Journal de Voyage que comienza el 3 de junio de 1882: “… a las 7.40 am, el cortejo se pone en movimiento y salimos de la Estación de Orléans. Somos seis en el tren: el Sr. Arce, Carlos Arce, la Srta. Morgenstern (una institutriz alemana con la que puedo hablar en francés), la familia Lerda (Sr. y Sra.) y yo.” En las 70 y tantas hojas de viaje, las primeras impresiones del ingeniero se tornan en vivaces experiencias de su nueva vida como migrante en Potosí. Este volumen, al igual que todos sus cuadernos, han sido cuidadosamente resguardados por sus decendientes Aitken Soux en la biblioteca de la hacienda y se componen de todos sus escritos, cartas, correspondencias, notas de venta y pedidos, asi como de una colección de sus dibujos. En pocas palabras, se trata de verdaderas joyas de la historia del diseño industrial de nuestro país.

vista del Museo Hotel Cayara en invierno. Abajo: fotografía de una ciudad que alberga empresas mineras.
vista del Museo Hotel Cayara en invierno. Abajo: fotografía de una ciudad que alberga empresas mineras. Foto. Fernando Arispe Poepsel y Marisabel Villagómez

Rodrigo Equice, guía de la hacienda, relata que el ingeniero Soux llega de Francia a Potosí comisionado por el entonces presidente Aniceto Arce para llevar adelante varios proyectos de modernización industrial de la minería. Siguen en pie muchos de ellos, como los puentes colgantes, algunos ferrocarriles, sistema de cabinas de cables del Cerro Rico, sistemas de procesamiento de minerales en ingenios de Potosí, entre otros. La biblioteca localizada en un eje adjunto al salón de Las Cuatro Estaciones, añade un espacio de reflexión y diseño que perfila el universo de la hacienda con sus tiempos, sus ritmos y sus modos de producción.

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Soux se casa en Potosí y al tiempo se asienta en Cayara, que había quedado rematada a comienzos del siglo XX, y empieza renovaciones entre 1917 y 1918, las que incluyen notablemente la construcción de una moderna hidroeléctrica. Uno de los primeros proyectos es el diseño de la planta hidroeléctrica y un sistema de acueductos de cinco kilómetros que canaliza y asienta una caída de agua sobre una montaña de piedra volcánica con la ayuda de muchos trabajadores, que en cada sector sumaban a más de cincuenta obreros que instalaron tuberías que importaron desde Estados Unidos.

La maquinaria de la hidroeléctrica misma es también de Estados Unidos y de Alemania. Esta tiene una capacidad de cuatro turbinas y en un inicio alimentaba, asimismo, de agua los ingenios localizados en las faldas del Cerro Rico de Potosí. Hoy funcionan dos turbinas (una de 1.5 kilowats por segundo y una de 5.5 kilowats por segundo) que alimentan a todo el valle de Santa Lucía, todo río abajo, La Palca, Caymani y Cayara, donde los cuatro pueblos, el año entero, producen alimentos que se venden en Potosí.

La caída de agua está canalizada por siete túneles que atraviesan los cerros, donde se recuperan las aguas de ojos para formar las piscinas que alimentan la hidroeléctrica. La capacidad de agua es de 400 litros por segundo para 170 metros de caída. Hoy esta hidroeléctrica está a cargo de la COMIBOL.

Las estaciones en la hacienda Cayara

Segundo patio de Hotel Cayara. Abajo: el queso cottage de Lácteos Cayara.

Arriba: juego de “trompe d'oueil” que dejó Werner Herzog en la Biblioteca de Cayara y otras piezas que se resguardan allí.

TECNOLOGÍA. La hiodroeléctrica fue diseñada por Luis Soux Rives en 1918. Las piezas llegaron de EEUU y Alemania. Abajo: el cactus cayara en invierno.

Dentro de los predios de la hacienda también se encuentra una lechería que comenzó a funcionar a finales de 1990 con apenas 15 vacas holandesas de Cochabamba. Hoy esa cantidad se ha incrementado gracias a la inseminación artificial y a la compra de suizas pardas; se cuenta con alrededor de 150 vacas. De estas se ordeñan 46 cada día para producir los mejores productos lácteos de altura. En dos ordeños se recolecta la cantidad de leche suficiente (mil litros) para producir derivados como quesos frescos, yogures, natas, dulce de leche, helados y la novedad de este verano: el queso cottage, que pronto estará en los mercados de delicateses de todo el país. Se anticipa la construcción de una planta nueva con mayores capacidades y tecnologías que mantengan la visión artesanal de esta producción.

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Además se encuentra el huerto de la hacienda, donde se cultivan, desde hace muchos años, alcachofas que se comercializan en Cochabamba. Dependiendo de las estaciones, se producen también papas y otros comestibles que siempre se consumen en la mesa del hotel. Los desayunos son principalmente preparados, salvo por la mantequilla, exclusivamente con los productos de la lechería y el huerto. Y las comidas preparadas por el personal del hotel tienen la característica de ser equilibradas y muy sanas.

Cayara, siendo una de las haciendas coloniales más antiguas del país, se asentó en el valle más cercano a Potosí y es desde estos asentamientos tempranos, un eje de la producción de la región. Es notable que hasta el día de hoy siga siendo una hacienda productiva. Y esto tiene que ver con que los diferentes propietarios de esta,  hasta el día de hoy, mantengan una visión de productividad que se asienta en estas cuatros estaciones. Cada visita a su hotel y museo, además de los puntos que sostienen su productividad, es una lección del óptimo funcionamiento de Potosí de innovación minera.

Texto: Marisabel Villagómez

Fotos: Fernando Arispe Poepsel y Marisabel Villagómez

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