Sunday 25 Feb 2024 | Actualizado a 20:59 PM

No basta con ser Villagómez

Carlos Villagómez, delante del cuadro de su sobrino Blas Villagómez

/ 6 de noviembre de 2022 / 00:01

Carlos Villagómez Paredes no es un arquitecto convencional. Está más cerca de los artistas (libres) que de sus colegas (cerrados). La defensa de La Paz es su última batalla (perdida)

No basta con ser (solo) arquitecto. Carlos Villagómez Paredes parafrasea a Vladimir Mayakovski.

Antes de charlar con lápiz y papel, recorremos su casa de Sopocachi, la casa de sus padres. Es la galería de arte de un coleccionista.

No basta con ser

Un cuadro de Juan Conitzer Bedregal dispara una conversación sobre locuras y pesadillas. En una esquina hay un Lorgio Vaca de 1953, antes de que se uniera al grupo Anteo en Sucre.

Es la calle Catacora, de noche.

En otra esquina, ilumina la sala un Rimsa (de su serie Tahití), el lituano enamorado de Gaugin, el que pintara un retrato de la madre de Juan, doña Yolanda Bedregal.

Pareciera que hay un diálogo invisible en las paredes de esta casa.

Subimos las escaleras y Villagómez posa ante un acrílico gigante sobre tela sintética de su sobrino Blas (Pablo) Villagómez.

Son los cerros ocres y los edificios blancos de La Paz, atrapados por una mano envejecida.

Cuando pasamos a otra salita, un gallo de pelea del cochabambino Gíldaro Antezana (maldita flota, Gíldaro) oscurece la tarde.

Es una pintura negra, es Goya revisitando las galleras de Ayopaya. Un gallo que asusta.

LEA LA COLUMNA DE VILLAGÓMEZ

Cerco urbano

Ajayu

En el pequeño paseo surge el portento de Antonio Mariaca, el que pintara el “ajayu” de esta ciudad única, La Paz.

En aquella esquina, un regalo: un dibujo/plano del arquitecto Juan Carlos Calderón sobre el Palacio de Telecomunicaciones (1987).

La dedicatoria agradece a Villagómez por su generosidad, por la defensa pública de éste hacia Calderón, su amigo, su colega.

Una serigrafía de Gastón Ugalde sobre la Marcha por la vida, un Guiomar Mesa y obra del chileno Carlos Catasse y del peruano Carlos Revilla nos llevan de la mano hacia un retrato del propio Villagómez: es un Mario Conde.

El rostro del arquitecto, develado tras una calavera, mira al cielo, vislumbrando otra máscara.

La careta apenas pregunta: ¿qué somos y qué parecemos ser?, ¿qué creemos ver y qué se nos oculta?

En la mesita del “living” hay una fotografía de Manuel Rigoberto Paredes Iturri, nacido en Puerto Carabuco, padre de Antonio Paredes Candia, tío de Villagómez.

Con 14 años, el tío junto al dibujante Clovis Díaz dan las primeras clases de dibujo al chango que acude al colegio La Salle.

El blog del arquitecto se llamará Villagómez, el Siñani.

Cuando descendemos hacia el escritorio llegamos a la “joya de la corona” (junto a ella, su último galardón.

LA GRÁFICA

Trabajos de Villagómez: Casa V, UPB Santa Cruz

Trabajos de Villagómez: Propuesta Museo Musa en Guadalajara, México, 2021

Un retrato de Carlos Villagómez, obra del artista Mario Conde, que el arquitecto exhibe en su casa

Villagómez, con un cuadro de Juan Conitzer Bedregal

Una vista exterior de la Casa Crespo (2000)

Tesoro

El premio a la trayectoria de la Bienal Internacional de Arquitectura de Santa Cruz 2022). El tesoro es un Le Corbusier, 1958.

Es un cubismo sintético, lleno de color, el mismo color que hace unos minutos pariese desde el fondo el lituano Rimsa.

Cuando subimos hacia la sala de video (tiene más de 2.500 películas en DVD), toca una piedra de la época wankarani.

“Me protege bastante, me energiza también, si tienes buenas vibras y la tocas, te pasarán cosas buenas”.

La toco, la siento, ¿me pasarán?

Esta piedra ha sido tapa de una revista literaria/artística efímera, Piedra Libre que Villagómez hiciera en 1994 junto a Ximena Arnal, Rubén Vargas Portugal y Sergio Vega.

El paseo por la casa de las mil escaleras ha terminado. No basta con ser una escalera.

El padre de Carlos es el periodista potosino Wálter Villagómez Muñoz. Tiene que salir al exilio de Lima tras el 52.

Su madre es Mercedes Paredes Candia.

Los hermanos: Gonzalo, Patricia y Cecilia. Todavía se acuerda de la luz tenue, de los cachivaches, de los libros que tenía el tío Antonio en su casa de película, en la Pando, cerca de la estación.

Era una persona libre, como los amigos artistas que tiene hoy Carlos.

Cine y arte

Del padre hereda su amor fanático por el cine y el arte, su pasión por el neorrealismo italiano y los guiones de Cesare Zavattini.

Vivirán todos en la casa, con vistas a la Avenida del Poeta, donde Carlos vive ahora. Es una casa cargada de significados.

De wawas corriendo por las terrazas. Cosas y presencias. Duendes.

Esta casa ve morir a padre, madre y hermano. Se han ido pero se han quedado entre estas paredes. No son recuerdo, son ellos “en gerundio”, como dijera Vallejo.

Roberto “Negro” Ayllón es su profesor de dibujo en último curso de secundaria de La Salle.

“El Negro” es el mismo que deslumbra en las canchas de baloncesto defendiendo la camiseta del mítico y añorado Ingavi, el equipo del pueblo”.

“La tarea sorprende a los alumnos: “Dibujen una casa, su planta y su perspectiva”.

Dos sacan la mejor nota. Son Villagómez y Aparicio (Rolando). No sabían qué estudiar, pero ahora sí lo saben.

Lisímaco

Cuando llega a la Facultad de Arquitectura de la UMSA, en plena revolución, conoce a “Maco”. Es Lisímaco Gutiérrez.

No es una calle de Sopocachi, éste es otro. Es un hombre lúcido, plenamente de izquierda, un lindo revolucionario con deje cubano.

Villagómez no sabe que también es un guerrillero del ELN. En ese momento es, simplemente, su profesor de taller durante nueve meses.

“No sé qué hubiese sido de la historia de Bolivia si a Maco no lo matan con un balazo en la cara, he conocido a pocos con su ética”.

Javier Lisímaco Gutiérrez marca a Carlos Villagómez.

Actualmente su nombre abre el edificio de la Facultad de Arquitectura de la UMSA donde alguna vez fuera maestro de futuros maestros.

La generación del “Maco” deja los lápices, los dibujos y los planos para leer a Marta Harnecker.

Para hacer proyectos en las comunidades sin sectarismo visionario, para sacar la arquitectura burguesa/esteticista de los círculos elitistas, para echar a andar.

No bastaba con ser solo (el mejor) profesor.

Universidad

En la “U”, en pleno banzerato, una chica alza la voz y grita en el Paraninfo. Los dirigentes estudiantiles vendidos, los “fachos de mierda”, la desafían a bajar.

Es la primera vez que Villagómez ve a esa mujer valiente llamada María Isabel Álvarez Plata. Se conocen, se enamoran y se casan.

Tendrán dos hijas y un hijo: Marisabel, Mercedes y Jorge Carlos. El oficio de arquitecto, ya con el título bajo el brazo, no está para él.

“Me rebelé contra la arquitectura”. El diseño gráfico, incipiente en La Paz, toca a sus puertas junto a la fotografía.

En el barrio vueltea otro chango llamado Gastón Ugalde que pone un disco blanco de una banda llamada The Beatles a todo volumen.

De la fotografía le gusta que el tiempo se detiene dentro del laboratorio, le gusta la alquimia. Tiene una Hasselblad 500 en las manos, la única cámara que fue a la luna y volvió.

Junto a su cuate Rolando Aparicio, leen revistas de diseño como MD y la alemana Novum Gebrauchsgraphik. Nadie habla en La Paz todavía de logos, apenas son “emblemas”.

Son dos diseñadores pioneros. Gana el concurso para el logotipo del CBA (Centro Boliviano Americano).

Conoce a otros que están con esas dos mismas pasiones.

Ugalde, Roberto Valcárcel, Omar Trujillo, Alfonso Barrero, Felipe Sanjinés, Efraín Ortuño, Sol Mateo y un pibe argentino, Matías Marchiori.

Que luego parte a hacer teatro a Santa Cruz para seguir desarrollando su fabulosa capacidad creativa.

Inventa dos logos que todavía se recuerdan hoy: el de Wara y el de Loukass. Ob-La-Di, ob-la-da suena, otra vez, a todo trapo.

México

María Isabel logra una beca para aprender restauración en la colonia Churubusco en Ciudad de México.

Villagómez está en la obligación de conseguir un trabajo, la beca apenas alcanza para su compañera.

Compra el periódico todos los días y lee un anuncio: “Se necesita dibujante”. Es el famoso estudio del arquitecto judío Salomón Gorshtein, en Polanco.

Va a tener que rendir una prueba junto a una treintena de aspirantes durante dos horas.

El boliviano gana la partida. Héctor Quiroz Rothe, la mano derecha de Gorshtein, es taxativo: “Tú te quedas, los demás pueden irse”.

De los planos y fotografías de aquella época (y de sus viajes), algo se puede ver en su Instagram, villagómez.paredes.

Tiene 28 años y recibe el encargo en la “chamba” de diseñar el nuevo edificio del Colegio Israelita de México.

“Desaforado como soy, arranco acumulando papeles, hago dibujos alucinantes, soy consciente de que es mi momento para romperla, para revolucionar la historia de la arquitectura mundial”.

Un arquitecto japonés trabaja a su lado. El “japo” apenas habla inglés, menos castellano.

La firma Gorshtein también le ha encargado un edificio. El paceño hace y deshace, escupe garabatos, un montón de garabatos. El nipón, ni se inmuta.

Solo piensa o parece que piensa, vaya  uno a saber. Tras varios días (o quizás fueron semanas), el japonés pide lápiz, papel y goma y en dos días dibuja la planta, en un solo papel.

La maqueta final la levanta en dos semanas. Villagómez pide explicaciones, exige. La respuesta es una sola: filosofía.

“Me confesó su secreto, su manera de trabajar. La primera semana no trazas una sola línea, piensas, piensas, piensas. Filosofía, filosofía, filosofía. Luego procedes, luego maquetas”.

El boliviano melenudo y el japonés se han entendido a través de señas.

Sopapo

Cuando Villagómez presenta su propuesta ante el consejo mexicano/judío del Colegio Israelita, recibe el primer sopapo de su entonces corta carrera.

“Enrolle todo y váyase, no es lo que queremos”.

La tierra se abre y traga al joven arquitecto. Se va a quedar sin laburo, sin el pan para alimentar a su primera hija. La cagó.

“No me he rendido fácilmente en la vida, no me arrodillo, en eso parezco alteño, nunca de rodillas. No me voy a dejar, pensé y rogué una segunda oportunidad”.

En una semana presenta una alternativa que hace feliz a los judíos.

La firma del boliviano no aparece por ningún lado.

Pero al día de hoy Salomon Gorshtein se enorgullece ante los suyos de haber ideado el Colegio Israelita de México y sus bloques de hormigón armado.

La pareja puede quedarse en México pero la patria llama. Pasará lo mismo cuando se vayan a estudiar, ambos, a Bruselas, años después con la dictadura (otra) de Luis García Meza.

“Generacionalmente todos pensábamos así, había que volver. Había que regresar para recomponer lo que los gorilas habían destruido”.

“Creíamos que se podía, así de ingenuos éramos”.

Estilo

En Bélgica, allá por el 83, adquiere la impronta de su “no estilo”. Son los años del posmodernismo.

Reina el arquitecto suizo Mario Botta, el gurú de la geometría, un maestro del siglo XX, un icono modernista, el sucesor de Le Corbusier.

“No me considero un arquitecto de estilo, apuesto por la geometría clara, es más, Geometrías fantasmas se llamará mi próximo libro”.

Las organizaciones geométricas simples son lo suyo, lo más lejos de los artefactos sofisticados. ¿Su mayor orgullo? Que en una casa diseñada por él se pueda vivir durante décadas.

No es la apariencia, es su esencia (geométrica). No es el gozo de la retina.

“La arquitectura debe tener un significado ético más que estético”. No es una frase de Villagómez (aunque podría ser).

Es de Mario Botta. En aquellos años flamencos se enamora de la voz del trovador Jacques Bretel, “el más grande”.

Cuando puede admirar una exposición de Henry Cartier-Bresson, el padre del fotorreportaje, se da cuenta en un instante de que nunca llegará a tanto.

Bolivia

La familia vuelve a Bolivia, son tiempos de hiperinflación. Después de ver tantas urbes por el mundo, Villagómez sabe que tiene que interpretar/soñar La Paz.

Desde los setenta ha fotografiado la ciudad, la ha pateado, ha subido y bajado sus cuestas, se ha emborrachado en sus antros. No ha sido ni es un observador de palco.

Pasa de los conceptos geométricos “posmos” a las tendencias puramente platónicas/hedonistas; es un arquitecto pagano.

Levanta edificios como la “Casa V.”, la Casa Crespo en la punta de un cerro, el Musef, el Serpag en El Alto, la Casa KG y la ST.

La UPB de Santa Cruz… Dará clases durante 33 años y seguirá acordándose de “Maco”.

En noviembre de 1997, tres de noviembre, Carlos Mesa lo invita a charlar sobre arquitectura en su programa De Cerca. Es una encerrona pero (aún) no lo sabe.

El arquitecto “famoso”, por aquel tiempo, se apellida Ormachea. Ha construido edificios feos y altos por toda la ciudad. Ormachea viene de estudiar Filosofía en Madrid pero “no ha entendido nada”.

Es amigo, desde chango, de Mesa. Villagómez ha visto ese programa varias veces en los últimos años. Todavía se enoja. Insulta (y rara vez insulta).

Recuerda con rabia cómo muchos de sus colegas le dieron la espalda.

“Felices con la astucia supuesta y el cinismo de un tipo depredador que jodió a esta ciudad, chochos con el palabrerío seductor, típico de los políticos”.

Santa Cruz

El moderador dejó la tele, Ormachea se tuvo que ir (hoy vive en Santa Cruz) y Villagómez sigue acá, dando guerra por y para La Paz, perdiendo batallas.

Luego de aquel debate, escribe un ensayo titulado La Paz ha muerto. Lo que vive ahora es Chuquiago Marka.

En 2021 publica Ser arquitect@: ensayo sobre la arquitectura en La Paz, Bolivia. Es raro que los arquitectos escriban (buenos) ensayos.

Villagómez apoya el delirio popular de la arquitectura de los “cholets”.

Antes ha intentado bautizar el fenómeno sin mucho éxito: ha hablado y escrito de “arquitectura cohetillo”, de la “arquitectura transformer”.

Es un convencido de que Freddy Mamani ha pateado el tablero, ha colocado a El Alto/Bolivia en el escenario de la arquitectura mundial.

Sin formación académica, con intuición pura, sin un discurso teórico (eso falta aún, cree). “Mientras La Paz se encoge, se arruga, El Alto florece”.

Cree que los arquitectos han perdido la lucidez creativa que sí tienen escritores como Wilmer Urrelo o Juan Pablo Piñeiro; cineastas como Kiro Russo; artistas como Cristian Laime Yujra.

Villagómez, todo el mundo le dice así, mantiene a rajatabla un espíritu crítico.

Artista

Es un polímata del siglo XXI, un profesional polifacético, un filósofo/artista alejado de las cofradías medievales.

No es un arquitecto convencional, a estas alturas el lector ya lo sabe. Todavía (y digo todavía) no ha subido al teleférico (se opuso a su construcción en una ciudad con semejantes déficits en salud y educación).

Critica los “mastodontes” de la plaza Murillo y alrededores (la Casa Grande del Pueblo y la nueva sede del Legislativo).

Es su malestar por la ciudad. No se cansa de arremeter contra las dos manías de sus colegas (el autismo y el vedetismo). “¿Por qué somos tan cojudos?”

Villagómez es un escéptico y un amante del buen vino.

En los noventa tenía un club de vino a tres bandas: el francés Jean Vacher (compañero de Ximena Arnal), su compatriota Bernard Arduca (dueño de La Comédie, célebre restaurante de Sopocachi) y el susodicho.

Vacher está ahora de visita en la ciudad. Han cenado juntos, han visto a los amigos, han vuelto a tomar vino (tarijeño).

Cualquier día de estos, se sube al teleférico. No basta con ser (solo) Villagómez.

Fotos: Ricardo bajo

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El barbero Sweeney Todd afila la navaja

El Espacio Kúu, un nuevo teatro con foso orquestal, subirá el telón con uno de los musicales más célebres y oscuros del siglo pasado ‘Sweeney Todd’

Por Ricardo Bajo H.

/ 25 de febrero de 2024 / 06:56

En el final del primer acto, la tabernera besa con lascivia al barbero diabólico de la calle Fleet. Se abalanza sobre él. La mujer que hace las mejores empanadas de carne de la ciudad es la señora Lovett (Ashford), interpretada por la actriz y cantante Pamela Sotelo; el barbero es Sweeney Todd, en la piel de Leonel Fransezze, actor y director del musical que llegará este mes de marzo para inaugurar el teatro/espacio Kúu en Calacoto.

El musical creado por Stephen Sondheim (“el gran genio de la música escénica del siglo XXI”, Mario Gas dixit) es un clásico de Broadway. Ha logrado innumerables premios (Tonys incluidos) y ha sido llevado a escena en muchos países del mundo desde su estreno en los años 80. No es, sin embargo, un musical al uso. Es una obra oscura y violenta con humor y horror, a parte iguales. Si no te gusta el género por ser muchas veces retrato ideal y feliz (con mucho glamour) de un mundo que no existe, Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet es una buena oportunidad para engancharte/reconciliarte con el musical. Si bien existen números musicales y canciones pegadizas, la obra (más de concepto) es teatro químicamente puro.

“Voy a vivir aunque lo tenga que hacer en las cloacas”. Es la frase al más puro estilo de Lo que el viento se llevó que grita el barbero cuando regresa al Londres de la era victoriana tras purgar una condena injusta. Es Fransezze que se adueña del escenario. Estamos en el ensayo general del musical. “Leo” se desdobla con una facilidad pasmosa. Cuando se mete en la piel del barbero asesino es un mal tipo; grita, insulta, se transforma su rostro. Cuando se pone en modo director, pide por favor las cosas. Con dulzura y a la vez rigor. “Muchachos, tienen que estar más rápido aquí arriba en la escalera, por si acaso”.

Fotos: Miguel Melgarejo y Ricardo Bajo Herreras

El protagonista del célebre musical es un barbero sádico que se dedica a pasar la navaja por el cuello de su clientela incauta. Es un asesino en serie. Esa es la parte del horror. La historia también es un cuento de amor, un musical sólido, un “thriller”. El centro del Espacio Kúu está dominado por una plataforma móvil que hace de cuarto arriba y panadería/barbería abajo. El musical requiere un gran trabajo escenográfico y el elenco viene ensayando duro durante los últimos 10 meses para que todo esté listo para el estreno este próximo 2 (sábado) y (domingo) 3 de marzo.

La obra tendrá seis únicas representaciones durante los tres primeros fines de semana del próximo mes. Sweeney Todd es también una fábula moral; un dilema ético con una historia fantástica/mordaz.

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Delante del escenario están ahora 25 músicos a cargo del director Andrés Muñoz. Son jóvenes talentosos salidos del Conservatorio, algunos con experiencia en la Orquesta Sinfónica. Son parte, ahora, de la flamante Orquesta Boliviana de Ópera que ha formado el propio Muñoz. En este ensayo general no están todavía colocados en el foso orquestal que va a tener el Espacio Kúu, situado en el Boulevard El Bosque de la calle 15 de Calacoto. “Vamos a inaugurar por primera vez desde 1845, desde la creación del Teatro Municipal, el primer teatro con foso para orquesta de toda Bolivia”, dice Fransezze, orgulloso, en uno de los descansos del ensayo.

“Red Bull y coca para todos; para los músicos, agua y galletitas, paramos cinco minutos, cinco no son quince”, grita el director. “Leo” y “Pame” charlan en la puerta. “Te abalanzas sobre el barbero pero creo que él no se deja besar”, le digo a ella. “Vas a ver el segundo acto, ahí prácticamente lo violo”. El humor y la tensión sexual entre los dos personajes malvados se mastica lentamente. Es una de las claves del éxito de la obra. Los dos, Fransezze y Sotelo, tienen ese reto por delante. Él todavía no está metido de lleno en el personaje. La relación entre el barbero y la señora que vende empanadas cerca de su barbería es una relación de complicidad y deseo. El hombre mata por venganza y la mujer amasa las mejores empanadas de carne de la ciudad para venderlas en su taberna: ora con los restos de un juez corrupto, ora con un barbero de la competencia, ora con un alguacil que molesta demasiado.

Las butacas todavía no han sido colocadas, esperan en los pasillos. El Espacio Kúu (oficialmente Kúu Inti por la marca comercial que apoya el emprendimiento) ha requerido una inversión de millón y medio de dólares. Los cuatro socios fundadores (Sofía Petignat, Leonel Fransezze, Luis Kushner y Alejandro Yaffar) saben que no recuperarán fácilmente la inversión. Y si lo hacen será dentro de 20 años.

La devolución va por otro camino: dejar/ofrecer a la ciudad de La Paz un teatro para todo tipo de eventos culturales/sociales: obras dramatúrgicas, ópera, musicales, ballets, “stand up”, cenas de gala… El Espacio Kúu tiene una capacidad en platea baja de 320 con mesas y sillas, de 420 con solo sillas y si se trata de un concierto, mil espectadores de pie. Cuenta con una platea alta (o mezzanine) y cuatro palcos, amén de cuatro camarinos con todas las facilidades. Tendrá un bar con terraza “lounge” con vistas a las hermosas bungavillas del boulevar, un bar “clandestino”, un “candy bar” y una variada oferta gastronómica. “Los tendremos haciendo fila”, dice el barbero como si hablara en realidad del Espacio Kúu. Por cierto, Kúu es un término japonés de difícil traducción: puede ser cielo, puede ser un espacio vacío, es siempre un lugar donde se juntan la creatividad, la energía, los espacios y el vacío.

Pero volvamos al ensayo después de este comercial. Con el director, no hay lugar para la pausa. Discute con el director vocal Fernando Pablo Valdivia. Recientemente llegado de Estados Unidos —tras 25 años trabajando en la escena—, Pablo discute con Leonel si tienen que entrar cuatro u ocho en esa escena. Estas “peleas” empujan al elenco a dar lo mejor, “nos acercan a la perfección”, dice Valdivia.

Ensayo en el Espacio Kúu. Abajo: Michelle Csapek, Pablo Valdivia y Sofía Ayala.
Ensayo en el Espacio Kúu.

El “casting” ha probado a un centenar de aspirantes con la colaboración de Freddy Chipana en la selección y la dirección de actores. “¿Quién se apunta para una afeitada gratis?”, grita otra vez Fransezze antes de arrancarse con uno de los números musicales. Algo no sale bien. “Vamos desde que le cortó el cuello, por favor”.

El musical tiene un costo de 38.000 dólares. “Leo” sabe que es a pérdida. “¿Por qué lo haces entonces?”, pregunto. “Porque me gusta, porque es el musical que más me gusta, es lo más anti Andrew Lloyd Webber que puedas encontrar, está en las antípodas de lo que la gente espera de un musical; es muy oscuro y violento”, responde con el entusiasmo vital de siempre. “Lo de hacer este espacio-teatro es parecido, es el sueño de toda mi vida, dejar algo tangible, perenne, que permanezca, a nuestra ciudad y a nuestro país. Los dos grandes impulsores de esta locura son Sofía Petignat y Mauricio Toledo”.

Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet es una obra compleja musicalmente hablando y complicada a nivel escenográfico. Es simple y llanamente uno de los musicales más importantes del siglo XX. “Es un musical muy complicado en su ejecución. Requiere cantantes con mucho oficio. La bravura musical que generó el autor y que claramente refleja el estado mental de los personajes, no es fácil de cantar. Por lo tanto, el entrenamiento vocal tomó mucho más tiempo de lo habitual para nuestras producciones. Sostener ese tiempo de ensayos no fue fácil; como producción llevamos casi un año en este proceso desde la primera audición donde se eligió a la mayoría de las personas del elenco”, dice la productora Claudia Gaensel.

En el elenco, amén de la pareja de protagonistas (Fransezze y Sotelo), están Pablo Valdivia, Sofía Ayala, Michelle Csapek, Daniel Ardiles, Mariana Torrico, Bismarck Barrientos, Erwin Erazo, Pablo Estrada, Daniela Arteaga, Vanessa Alcázar, Adrián Flores, Wilmar Velásquez, Alejandra Ríos, Luis Enrique Elías, Lisset Arandia y Mariel De La Riva.

Por tratarse de una obra de época, el vestuario y la escenografía juegan un rol esencial. Los trajes y los vestidos corren a cuenta de la producción de Claudia Gaensel y la productora Macondo. En un principio el vestuario no ayudaba para transmitir esa sensación de época victoriana, de lujo y miseria a partes iguales. Por eso mandó a hacer todo de nuevo.

De izquierda a derecha: Bismarck Barrientos, Daniela Arteaga, Mariana Torrico y Daniel Ardiles.
Abajo: Michelle Csapek, Pablo Valdivia y Sofía Ayala. De izquierda a derecha: Bismarck Barrientos, Daniela Arteaga, Mariana Torrico y Daniel Ardiles.

“Este Sweeney Todd tiene un universo propio, es más ecléctico; no es una propuesta moderna, por eso elegimos el vestuario que nos gustó para cada personaje más que hacer un diseño estricto de la época, vamos a ver cómo queda. No me gustó porque si bien quería trabajar en una propuesta muy monocromática, el momento que la vi en escenario, que es el lugar donde realmente apruebas el vestuario, me faltó color y contrastes”, explica Gaensel.

“La escenografía es una protagonista más de la historia y como tiene efectos en su ejecución, requiere de cuatro personas dentro de escena que estén a cargo durante toda la obra. Logramos que sea efectiva para ayudarnos a contar y esperamos que se luzca como la concebimos. Tenemos la suerte de tener un equipo de gente muy talentosa que nos ayudó a armarla. El vestuario aún no lo terminamos, es la primera vez que me pasa de armar algo que tenía claro y cuando lo vi en escenario hace dos días no me gustó, así que estamos corriendo con los cambios”, dice Gaensel, que cuenta con la colaboración en vestuario de Belén Iñíguez.

“Se te olvidó lo del hombre infiel”. Reclama Fransezze, de vuelta al ensayo. Pamela Sotelo, fuera ya de personaje, acota con gracia: “es que el hombre infiel no existe, por eso se me olvida esa parte”. A pesar de los asesinatos y la oscuridad de la obra, el humor está presente en la obra, quizás para hacer más llevadera la trama. El humor está a cargo de la señora Lovett, por supuesto. Su rol ha sido interpretado en el teatro por Emma Thompson y en el cine (en la reconocida película de Tim Burton) por Helena Bonham Carter (Johnny Depp era el barbero). “De un gato salen cinco pasteles, cinco pies, nada más”. El barbero y la cocinera bailan pegados.

Mientras los músicos se concentran en el pentagrama, tienen que estar atentos. “Lo más difícil es mantener esa concentración, esa tensión a lo largo de dos horas y cuarenta y cinco minutos”, dice Andrés Muñoz. Francesse respira hondo cuando termina el ensayo general con vestuario y escenografía ya listos. Ese desdoblamiento es agotador. “Estoy un poco loco, ¿no ve?”. Y sí. Hay que estar un poco loco para montar un musical tan complejo en la inauguración de un teatro con foso orquestal, el primero desde 1845. Los músicos, algunos muy jóvenes, se abren camino entre las sillas y salen a buscar aire el boulevard. El ensayo ha terminado. La navaja de Sweeney Todd se afila de nuevo.

Post-scriptum: si se han preguntado cómo acabó en la vida real el famoso barbero Todd, la respuesta es que fue proceso por sus crímenes y ahorcado en 1802 frente a la muchedumbre. Aunque algunos aseguran que el barbero nunca existió. Otros juran haberlo visto afilando la navaja por el boulevard.

(Para informes y reservas para las funciones del sábado 2 y domingo 3 de marzo; 9 y 10; y 17 y 17 de marzo: comunicarse con el celular 625 17 819. El costo de las entradas es: platea en mesa, Bs150; mezzanine, Bs120; y palcos, Bs 100.

Texto: Ricardo Bajo H.

Fotos: Miguel Melgarejo y Ricardo Bajo Herreras

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Silvia Cuello saca a la luz el abismo

A través de ilustraciones, la artista visual recorre en un libro y en una exposición en el Museo Nacional de Arte su proceso contra la depresión

Por Miguel Vargas

/ 25 de febrero de 2024 / 06:49

No son frecuentes las valiosas oportunidades en que podemos encontrarnos con una narración tan bien ilustrada y elocuente de algo que resulta ser muy profundamente subjetivo: las vivencias de experiencias y emociones de la depresión, descritas por una persona que nada más y nada menos es una de sus protagonistas”, escribe la doctora Elizabeth Patiño Durán, presidente de la Sociedad Boliviana de Psiquiatría, en el prólogo del libro El abismo ilustrado, obra que con motivo de la exposición de igual nombre que la artista Silvia Cuello presenta en la sala Diez de Medina el Museo Nacional de Arte (Comercio y Socabaya) se plasmó en un tiraje inicial de 50 ejemplares. “Mi objetivo es lograr apoyos para realizar una tirada grande y que el libro pueda distribuirse en escuelas y centros psiquiátricos y sanitarios”, visiona la artista española radicada en Bolivia.

“En un despliegue de genialidad, Silvia nos muestra con una impresionante sutileza, en los trazos diáfanos, precisos y hermosos de sus pinceles y de su pluma, las diferentes manifestaciones del cúmulo de vivencias y emociones tormentosas, que caracterizan este trastorno”, continúa la especialista que trató a la artista, quien fue diagnosticadahace varios años con depresión crónica.

“En medio de todo ello, la motivación y el eje central que movió a Silvia nos muestra su gran capacidad de resiliencia, sobreponiéndose a la adversidad y presentándonos esta obra de arte que además se constituye en una innovadora guía, para ayudar a quienes atraviesan cualquiera de las formas de depresión, a sentirse menos solas y menos ‘locas’, y brindar valiosas pautas de empatía a las personas que las rodean, para entender, comprender, acompañar e impulsar a buscar ayuda a tiempo”, finaliza Patiño Durán, presentando la serie de 26 ilustraciones que conforman la exposición.

“La depresión es una enfermedad que despierta poca empatía. Apenas se habla de su existencia y muchas personas la padecen en silencio, o incluso sin saberlo.  Aunque es una idea extendida, la depresión no equivale a estar triste, sino que se trata de un trastorno mental complejo y difícil de describir, que en los casos agudos impide desenvolverse en la vida cotidiana”, introduce Cuello sobre la temática que explora El abismo ilustrado.

La artista nació en 1980 en Barcelona, España, es licenciada en Bellas Artes y se dedica a la pintura y a la docencia. Llegó a Bolivia como voluntaria a Cochabamba, y se quedó explorando distintos lenguajes, como el collage. Para esta muestra, el vehículo fue la ilustración.

“La depresión no es algo a tomar a la ligera, es la principal causa de suicidio a nivel mundial. Mirar hacia otro lado, tanto si el problema lo padece uno mismo, como si lo sufre alguna persona de nuestro entorno, agrava la situación. En la mayoría de los casos la depresión se puede curar, pero solo si se trata a tiempo con ayuda profesional”, acota la creadora.

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“Cada persona sufre de manera distinta la depresión pero, aunque los síntomas sean diversos, lo que siempre está presente es un padecimiento mental atroz, muy activo y difícil de describir. Es por ello que, en un intento de darle una forma visual a ese sufrimiento, he querido hacer este libro, cuyos principales propósitos son tres: En primer lugar, tratar de que las personas con depresión se sientan un poco menos solas en su lucha, al mostrarles que lo que están sintiendo no es algo raro. En segundo, enfrentar el tabú y dar a conocer mejor la enfermedad, para que personas que tal vez la padezcan sin saberlo, tomen conciencia de ello y busquen tratamiento.Y en tercer lugar, hacer la depresión un poco más entendible al resto, para que los familiares y amigos de los afectados sean más capaces de empatizar con ellos y poder ayudarles”.

Y así como fue una poderosa catarsis, la exposición tomó también la forma de un impreso y continúa hoy su propio camino. “Culminar este libro ha sido un objetivo personal que me ha dado sentido y dirección durante lo dos últimos años. El proceso creativo ha sido duro, ha habido varios momentos de desmotivación y amarga autocrítica. Así que estoy muy orgullosa de haber seguido adelante, hasta el final”.

Es duro ilustrar la propia vulnerabilidad, “pero pienso que como artista tengo la posibilidad y en cierto modo el deber de usar mi don para ‘tocar’ a los demás de algún modo. —concluye la autora— Con esta obra he querido transmitir el mensaje de que no es fácil vivir con depresión, pero que se puede salir, y que vale la pena el esfuerzo. Personalmente estoy agradecida por las lecciones valiosas que he aprendido en este camino”.

Texto: Miguel Vargas

Imágenes: Silvia Cuello

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Mi Chola: arte, sabor y cultura

Mi Chola: Especializado en técnicas culinarias llevadas a cabo en los mejores restaurantes de Europa con estrellas Michelín

Mi-Chola

Por Fernando Cervantes

/ 25 de febrero de 2024 / 06:40

Crónicas gastronómicas

Ají de plátano, relleno de chuño, anticucho de hongos, sajta de papalisa, achojcha rellena, ají de trigo, crema de tunta, pesque, fritanga, trucha ahumada, chicharrón de llama, ají de arveja, escabeche de pollo, queso humacha, chancho vallegrandino, asado de llama , ají de cochayuyo, paiche gratinado  o un alucinante postre como el de  budín de pan acompañado de mousse de cacao amazónico empapado de tierra de lacayote, merengues en aceite y crocantes de copoazú y manzanas liofilizadas son parte de las creaciones y reinterpretaciones que Miguel Ángel Fernández García viene realizando desde el 18 de mayo de 2018,  fecha en la que abrió el restaurante Mi Chola.

Especializado en técnicas culinarias llevadas a cabo en los mejores restaurantes de Europa con estrellas Michelín, donde aprendió la metodología de investigación y de transformación de alimentos, este joven chef paceño, hijo de padres cochabambinos, pone ahora en práctica las enseñanzas recibidas trabajando con los más nobles insumos del patrimonio regional alimentario boliviano, entre los que podemos citar diversos ajíes, tubérculos y hasta insectos que eran consumidos ancestralmente.

Prueba de ello son sus menús degustación (que cambian todos los días) de cuatro tiempos que incluye una entrada, dos platos fuertes, un postre y tres snacks (Bs 100) o el de cinco pasos a base de dos entradas, dos platos fuertes, un postre y tres snacks (Bs 120). También tienen un menú con maridaje incluido, el cual consta de cinco platos, tres snacks y cinco vinos (Bs 300).

Miguel afirma con convicción que no quiere estrellas Michelín ni ser parte de los 50 mejores restaurantes del mundo, él simplemente quiere que su apasionado trabajo se conozca a través de cada comensal satisfecho que visita su establecimiento ubicado en el pintoresco Pasaje Medinacelli del paceño barrio de Sopocachi.

Y a juzgar por la gran cantidad de reseñas positivas que dejan tanto turistas como clientes locales en aplicaciones internacionales como la de Tripadvisor, este restaurante de comida boliviana contemporánea va por muy buen camino.

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Miguel Ángel Fernández García es el talento tras la propuesta de Mi Chola.

Restaurante Mi Chola / Mr. Popet

Mi Chola

  • Dirección: Avenida 20 de Octubre esquina Pasaje Medinacelli Nº 2228, Sopocachi
  • Reservas: 77728323  
  • Rango de precios: Bs 100 – 300 
  • Recomendado: Menú de nueve tiempos con maridaje
  • Parqueo: No
  • Horarios de atención : Lunes a sábado de 12.00 a 15.00 y de 19.00 a 21.30

Contáctenos:

Fernando recomienda, Fernandorecomienda @fernandorecomienda  Correo: [email protected]

Texto: Fernando Cervantes

Fotos:  Restaurante Mi Chola / Mr. Popet

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Rosario Aquim presenta nuevos cuentos riberalteños

El poeta, escritor y periodista Óscar Ordóñez Arteaga presentó con este texto el miércoles 21 de febrero el libro ‘De duendes, ángeles y otros demonios’

Por Óscar Ordóñez Arteaga

/ 25 de febrero de 2024 / 06:30

Los nuevos cuentos de la poeta, escritora y ensayista beniana Rosario Aquim ChávezDe duendes, ángles y ortros demonios (Editorial 3600)— nos llevan a su pago: Riberalta, para ella, una fuente de innumerables hechos a los que convirtió en conmovedores relatos, cuyos argumentos no solo se componen de la vida cotidiana en sí, sino que se destacan por la forma en cómo nos muestra esa rutina, abrasada por un sol inmisericorde que baña con su calor esas pampas, a las que describe como un “inmenso mar verde sin horizonte”.

Esa rutina riberalteña que a Aquim le ocupa y le preocupa pertenece también al resto del país. Por ejemplo, la desgracia de ciertas personas que, cual señaladas por un halo maligno, están condenadas a vivir en una torturada soledad o ser víctimas de una adversidad sin nombre, a la que se opone la urgencia de la tan deseada felicidad.

En efecto: estos cuentos nos permiten comprender que la felicidad ya no consiste en el deseo de una aspiración justa, como sostienen algunos filósofos, sino en un derecho legítimo.

Sin embargo, para aquellas almas que la escritora retrata en estos cuentos, el infortunio ha cerrado las puertas del bienestar y de la satisfacción dejándolas a merced del olvido y de la amarga soledad.

Al cobrarles la vida el inexplicable impuesto endeudado de la felicidad, esos personajes deben aprender a aceptar en silencio que no tienen ningún derecho a reclamo, ni siquiera en el día en que se van para siempre de este mundo.

La escritora juega con la imaginación de los lectores; tanto es así que en varios cuentos permite que nosotros concluyamos la historia, porque en eso también consiste el arte de la ficción: darnos la prerrogativa para que, a través de preguntas y posibles respuestas, lleguemos a uno o a varios finales.

Jocheos y duendes

Cual si fuésemos agricultores, el lenguaje riberalteño de Aquim nos permite identificar las raíces de algunas palabras que pronunciamos en los andes bolivianos. Por ejemplo: ‘pascana’, una posada, cuyo origen se encuentra en el quechua paskána.

Hay también giros tan orientales como el de nombrar a la lidia de toros como jocheo, voz compuesta por el verbo ‘jochear’ y el sufijo flexivo -eo.

‘Jochear’, alteración fonética de ‘jochar’, tiene su origen en el verbo ‘huchear’, es decir: ‘formar un griterío’, ‘lanzar los perros en la cacería dando voces’. Deriva del grito de caza ¡hucho!, que para el gran etimólogo español Joan Corominas viene del antiguo francés anticuado medieval en desuso ‘hucher’ (llamar a gritos o silbidos). Sus sinónimos son ‘asediar’, ‘presionar’, ‘perseguir’.

Aquim también evoca en estos relatos a los duendes que, antes de convertirse en esos seres fantásticos y traviesos que habitan en los hogares o por los alrededores, eran —en sus tiempos mozos— los dueños de las casas.

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Así fue documentado en 1221, en el Fuero de Villavicencio, un documento que reúne “los decretos promulgados por el rey Alfonso V y su esposa la reina Elvira en una asamblea de eclesiásticos y nobles, celebrada en la ciudad de León”, España.

De duende surgió ‘duen’, una contracción a la que obligatoriamente se le debía añadir el complemento “de casa”: duen de casa.

‘Duen’ es una forma apocopada de ‘dueño’, como ‘primer’ de ‘primero’, buen de bueno, mal de malo, gran de grande, san de santo, etcétera.

En el siglo XV, gracias a la conversación de culturas europeas, adoptó el nuevo significado de “espíritu fantástico, con figura de viejo o de niño en las narraciones tradicionales, que habita en algunas casas y causa en ellas trastorno y estruendo”.

Hoy, ‘duen’ se considera un arcaísmo. Y a diferencia de las voces apocopadas que hemos mencionado, no se consolidó en el habla española y ahora vive en los diccionarios de voces históricas en cuyas páginas amarillentas aún podemos sentir la lignina, aquel aroma amaderado, propio de los libros antiguos que nos remiten a las palabras olvidadas o moribundas.

Al margen de estos breves apuntes etimológicos, reconforta saber que con estos cuentos, Aquim plasma el testimonio de aquellas experiencias que le dejaron la señal inequívoca de que no existe mejor argumento que el de contarlas, no para que esté en paz con su conciencia, sino para reencontrarse con la feliz necesidad literaria de expresar ciertas verdades calladas del oriente boliviano.

Texto: Óscar Ordóñez arteaga

Fotos: Editorial 3600

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‘Arturo Posnansky y el cine. El argumento de La gloria de la raza’

El libro del investigador Claudio Sánchez trata la construcción en cine de un imaginario nacional que recrea un pasado glorioso

Por Mitsuko Shimose

/ 25 de febrero de 2024 / 06:20

Arturo Posnansky (Viena, Austria, 1 de enero de 1873-La Paz, Bolivia, 13 de abril de 1946) llegó navegando a Sudamérica a finales del siglo XIX, en 1896. Había terminado de estudiar su primera profesión: Ingeniería Militar Naval de la Armada Austrohúngara y, tras ello, se le había despertado su espíritu aventurero, por lo que no dudó en montarse sobre una embarcación hacia la Amazonía boliviano-brasileña para explorarla. Súbitamente, tres años después de su arribo a esas tierras, estalló la Guerra del Acre. Posnansky no dudó en unirse al Ejército de Bolivia para luchar desde su barco particular, elemento clave en la contienda. Afortunadamente, a pesar de haber sido tomado preso por el bando contrario, logró escapar hacia Europa para reparar su navío. Cuando la guerra concluyó en 1903, Posnansky fue declarado “Héroe de Guerra”, además de, con ello, obtener paralelamente la nacionalidad boliviana.

Pero el austrohúngaro no solo era ingeniero militar naval, sino también constructor, urbanista, cineasta, fotógrafo, investigador, escritor, historiador, minero, empresario, paleontólogo, antropólogo y arqueólogo, según su biografía; siendo su labor como arqueólogo la más conocidade todas estas actividades y, la menos, su trabajo como fotógrafo y cineasta.

Es precisamente en estas aguas aparentemente distantes entre la arqueología y el cine que navega el crítico de cine e investigador Claudio Sánchez (Camiri, Santa Cruz, Bolivia, 4 de noviembre de 1986 – La Paz, Bolivia, 12 de diciembre de 2023), en su libro Arturo Posnansky y el cine. El argumento de ‘La gloria de la raza’, publicado en 2020 gracias al Fondo Concursable Municipal de Promoción al Desarrollo, Salvaguarda y Difusión de las Culturas y las Artes (Focuart) en la categoría de investigación, del que fue ganador en su segunda convocatoria. El libro tiene dos partes: un ensayo de aproximación a la obra de Posnansky en el cine ligado a la arqueología y el documento del Argumento de ‘La gloria de la raza’ reeditado casi 100 años después.

Relato literario llevado al cine

La pasión de Posnansky por la arqueología lo condujo a investigar las ruinas de la civilización de Tiwanaku. Así, a través del registro fotográfico de sus hallazgos y de su imaginación recreadora de la destrucción del mítico imperio incaico, logra hacer el montaje que da vida al filme que plasmaría sus teorías arqueológicas.

Este montaje, no obstante, fue realizado gracias a su Argumento de la película nacional ‘La gloria de la raza’, archivo que se encuentra adjunto al final del libro. Sobre este documento, Sánchez sostiene que “está escrito con tanto detalle que no es sencillo comprender cómo pudo ser llevado a la pantalla”. “Es una pieza literaria más que cinematográfica”, subraya.

Más allá del valor literario de la pieza, el crítico de cine enfatiza que, al estar la película desaparecida, “es importante ‘ver’ el Argumento publicado porque en él se encuentran dos fotografías que lo ilustran”.

La primera se denomina El saludo de los Urus, que muestra a un grupo de urus en balsas sobre el lago, y que en el encuadre destaca su reflejo en el agua, algo en demasía interesante para Sánchez, quien interpreta que “este ejercicio de hacer del agua el espejo es también una manera de referirse a que se están viendo, a que nos estamos viendo”, además de que “los urus navegantes también sugieren esta identificación con el propio arqueólogo/navegante”.

En la segunda fotografía, El vaticinio de la coca se cumplió, se ve a un grupo de indígenas urus con su tradicional vestimenta en una imagen que recuerda las fotos de familia, todos reunidos para mirar a la cámara. En este acto de posar, Posnansky “[re]conoce la importancia de hacerlos visibles, esta urgencia de no solo nombrarlos, sino de asignarles un cuerpo, una mirada, un lugar”, sostiene el autor, enfatizando que es precisamente por eso que la labor del arqueólogo es tan importante, “porque es gracias a estos estudios que se puede dar fe de toda una época que recupera a la anterior en función de un presente que ahora también es el pasado”.

Templete semisubterráneo y Kalasasaya, en Tiwanaku

Tras la imagen en movimiento

Una vez concluido todo el proceso del montaje con la ayuda del Argumento, La gloria de la raza fue estrenada y exhibida del 16 al 18 de septiembre de 1926 en el Cine París, además de también ser proyectada en la Semana Indianista de 1931. En el filme, Posnansky es uno de los protagonistas junto con un viejo chamán que lo guía por varias culturas preincaicas —desde los urus hasta los tiwanakotas— por medio de un recorrido lacustre, en el que el arqueólogo es el capitán. Esta escena es clave en la película, pues no solo Posnansky se vuelve en el personaje-investigador haciendo de su vida misma una ficción, sino que descubre esa otra cultura en la “voz de uno de sus descendientes”, posicionándolo no solo dentro del escenario ficcional, sino también nacional.

Si bien Posnansky inscribe su nombre como uno de los pioneros de cierto “cine científico” por su investigación, Sánchez resalta que el austrohúngaro “está más cerca de una corriente de la pura ficción lejos de las aspiraciones documentales”. El autor afirma esto debido al desenlace de La gloria de la raza, en el que arqueólogo recrea el fin de esta civilización. Subraya, además, que el director usó este recurso para que sus ideas pudieran llegar mejor al público a través de esa representación, recurso que lo convirtió, a su vez, en el “precursor de los efectos especiales” del cine silente boliviano. 

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Sin embargo, La gloria de la raza nunca figuró como parte de “la época dorada del cine silente boliviano”, a decir de Sánchez, que cita el texto Wara Wara. La reconstrucción de una película perdida, de Fernando Vargas Villazón, en que sí figuran Corazón aymara (1925), de Pedro Sambarino; La profecía del lago Titicaca (1925) y Wara Wara (1930), de José María Velasco Maidana; y Hacia la gloria (1932), de Mario Camacho, José Jiménez y Raúl Durán, siendo esta última, según el investigador, el puente de transición hacia lo sonoro —concepto que se ampliaría en una próxima entrega—, dando paso a La Guerra del Chaco 1932-1935 (1936), de Luis Bazoberry, considerada como la primera película boliviana con sonido.

Espacio interior y exterior de la Casa de Posnansky, en Miraflores, La Paz

Un nuevo imaginario nacional

Finalmente, Sánchez llega a la conclusión de que la interpretación del cine como metáfora “forma parte de un proyecto cultural y político mayor”, citando el texto de María Chiara D’Argento, Modernidad, escritura nueva y cine en el Perú, publicado en Cine Mudo Latinoamericano. Inicios, nación, vanguardia y transición (2015). Así, “el cine, desde sus orígenes, ha pensado ‘el país’”, pues para Sánchez, cualquier imagen que se opta llevar a la pantalla tiene una intención no solo narrativa sino también discursiva. Es decir, “no se trata únicamente de contar una historia, sino de transmitir una idea, aquella que coincide con una —o varias— formas de pensar la sociedad y la cultura”. Los realizadores plasman lo que ven, pero también lo que idealizan de la cultura y la sociedad, dice. Así, en estos años, “el cine ‘boliviano’ se convierte en el lugar de los anhelos más que de las denuncias”.

En la Bolivia de ese tiempo, el tema fundamental era “la cuestión del indio”, por lo que se buscaba recrear esa realidad. En el caso de La gloria de la raza, Posnansky representa a “el otro” en un ejercicio de ver el pasado desde el presente, no solo contando una historia, sino reconociéndola en el pasado y dándole vigencia. Este tinte histórico caracteriza al cine silente de los años 20 y 30, dejando una “huella imborrable en el imaginario colectivo”.

Debido a la represión del gobierno de Bautista Saavedra, quien llegó al poder en 1921, se originó “una corriente crítica en la sociedad, aquella que volcó su interés por entender al indio como un sujeto político”. Así, las ideas del indigenismo no solo son en materia artística, sino también —y sobre todo— en cuestiones políticas, pues se buscaba el mejoramiento material de la vida de los indígenas y su consecuente incorporación a la nación, resalta el crítico de cine, citando a Huáscar Rodríguez García, en su artículo Sindicatos, izquierda e indigenismo en Cochabamba (1920-1952), del libro Los partidos de izquierda ante la cuestión indígena (1920-1977) (2017).

Si bien la imagen del indio ha sido negada dentro del imaginario, jamás ha sido reprimida, según la cita que hace el investigador de La patria íntima. Alegorías nacionales en la literatura y el cine de Bolivia (1998), de Leonardo García Pabón: “Por eso, no hacían (ni hacen) falta hechos sociales extremos para alterar su precaria estabilidad y desencadenar una inmediata necesidad de reestructuración simbólica”. Es por ello que Sánchez rescata a Pablo Quisberth en su artículo La gloria de la raza. Historia prehispánica, imaginarios e identidades entre 1930-1950, publicado en Estudios Bolivianos N° 12. La cultura del pre-52 (2004), donde afirma que “el indigenismo considerará a Tiwanaku como la representación constituyente de la ‘nacionalidad’”.

El monolito Bennett, en el Museo de Tiwanaku (izquierda). Posnansky junto al monolito Fraile en Tiwanaku (derecha).

Posnansky señala la figura en alto relieve del ‘Señor de los báculos’ en la Puerta del Sol, Tiwanaku.

Según Pablo Stefanoni, en Los incorformistas del Centenario. Intelectuales, socialismo y nación en una Bolivia en crisis (1925-1939) (2015), los impulsores del pensamiento indigenista “buscarán en el indio un sujeto de renacimiento nacional en clave vitalista”, resalta el crítico de cine. Para Posnansky, si bien Tiwanaku había desaparecido a causa de un cataclismo, sostenía que algo de esa superioridad de la raza había quedado en los aymaras que sobrevivieron, pues eran los herederos del conocimiento y las prácticas culturales de quienes habían erigido esta “cuna del hombre americano”.

Así, el arqueólogo dota al imaginario de una fuente que desde la ficción alcanza gran potencia, “a través de representaciones que nutren a una sociedad de referencias que se habían extraviado o que parecían distantes en el tiempo”. Posnansky, pues, consigue dotar a la sociedad boliviana posprimer Centenario de una referencia física sobre el pasado glorioso. De este modo, “consigue de muchas maneras sembrar de simbología tiwanakota el centro del poder político, generando toda una corriente que va a redescubrir su pasado y reconocerlo como fundacional de la nacionalidad” —lo que explicaría, según el autor, el traslado del monolito Bennett hasta la ciudad para instalarlo en El Prado (1933), antes de ser llevado hasta un templete semisubterráneo reconstruído con piezas tiwanakotas originales (1940) en Miraflores—, reivindicando de esa manera una ciudad y cultura desaparecidas como lo fue la tiwanakota y celebrando la de los urus, creando, a través de esta resignificación, un nuevo imaginario nacional.

Texto: Mitsuko shimose

Fotos: Mitsuko shimose, Archivo La Razón e Internet

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