Tuesday 31 Jan 2023 | Actualizado a 20:04 PM

Villalpando, una promesa al Niño

Alberto Villalpando, referente de la música boliviana

/ 27 de noviembre de 2022 / 00:10

Alberto Villalpando recibió un nuevo Honoris Causa y estrena en La Paz su reciente trabajo, un buen motivo para repasar su obra y su vida desde su casa en Cala Cala, Cochabamba

Villalpando, una promesa al Niño. Alberto Villalpando tiene cuatro años. Vive en una vieja casa de la esquina de la plaza principal de Potosí. Es la casa del abuelo por parte materna, sita entre la Prefectura y la Alcaldía. Viven varias familias de parientes en esta casona de 1700. En la sala principal hay un piano, una pianola eléctrica para ser más exactos. Albertito se acerca al Nacimiento que preside la sala y suelto de cuerpo le dice al Niño: “Te voy a tocar música”. Villalpando pone los dedos sobre las teclas negras y blancas (“vaya a usted a saber qué toqué durante dos o tres minutos”). Cuando termina, se acerca de nuevo al Niño: “Yo siempre te voy a hacer música”. El maestro Alberto Villalpando ha cumplido 82 años el lunes pasado y hace cuatro días ha estrenado en el Centro Sinfónico Nacional de La Paz su última obra Música para orquesta Nº7. Es el padre de la música contemporánea en Bolivia. La palabra aún tiene valor.

Alberto es el segundo hijo del dirigente comunista Abelardo Villalpando. Su padre milita en los años cuarenta en las juventudes del PIR (Partido de la Izquierda Revolucionaria) junto a otros jóvenes líderes marxistas como José Antonio Arze, Alfredo Arratia, Felipe Iñiguez o Ricardo Anaya. Van a fundar el Partido Comunista de Bolivia, el reconocido por la Unión Soviética, unos años más tarde. En las filas piristas, pulula un chango llamado Néstor Taboada Terán. Ya verá, en su momento, caro lector/lectora, por qué sumo este detalle. Por supuesto que el padre ni se imagina que su hijito anda por la casa haciendo promesas a una figura del pesebre navideño.

La madre es Lola Buitrago, hija de un médico conservador de Potosí. Tan retrógrada que en tercero de secundaria la saca del colegio y la manda a estudiar Corte y Confección a la ciudad de Sucre. Ella ha debido de poner el “Santo Misterio” con su María, su José, sus tres Reyes Magos y los animales.

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Una pintura de Villalpando

Villalpando, una promesa

Villalpando hace la primaria en la Escuela Alonso de Ibáñes, sito en la calle Bolívar y la secundaria en el poderoso Colegio Nacional Pichincha, orgullo de la ciudad, sobre la calle Ayacucho. Es un asiduo de los cines, del Omiste, del Hispano. Goza tanto de las aventuras del cine mexicano y de los clásicos “péplum” como de las grandes bandas sonoras a cargo del director de orquesta húngaro Miklós Rózsa (el de Ben-Hur). Todavía no sabe que acabará haciendo la música para una docena de películas bolivianas.

Tiene dos amigos/compinches: Marvin Sandi Espinoza y Florencio Pozadas. El primero parte a Buenos Aires a estudiar composición musical. Cuando vuelve no habla de otra cosa que no sea politonías, palíndromos y dodecafonías. Sandi allana el camino de Pozadas y Villalpando. Uno para todos y todos para uno, son los tres mosqueteros de la Villa Imperial. Solo uno va a seguir la pelea hasta el final: Sandi se pegará un tiro en Madrid en los años sesenta y Pozadas (hermano de Willy, reconocido director de orquesta) morirá en un accidente de tránsito en Buenos Aires.

Villalpando pasa seis años lindos en la capital argentina. Corren los sesenta y la metrópolis porteña es un bullicio. Alberto es alumno del Conservatorio Nacional “Carlos López Buchardo”. Su profesor es nada más y nada menos que Alberto Evaristo Ginastera, uno de los maestros de la música del siglo XX en América; su alumno más famoso será un tal Astor Piazzola. El estreno de su Cantata para América Mágica en 1961 en Nueva York conlleva tal éxito que se vuelve el soporte económico para la fundación del Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales, del Instituto Torcuato Di Tella. Un año después, en el 62, Villalpando postula para una beca en el Di Tella y gana. Va a gozar con los mejores profesores traídos de todas las partes del mundo, pura vanguardia: Luigi Dallapiccola, Iannis Xenakis, Olivier Messiaen… El Centro será parodiado, años después, por los geniales Les Luthiers a cargo de su personaje Johann Sebastian Mastropiero.

Villalpando se pierde por avenida Corrientes, va al cine, al teatro, se empapa de la nueva ola de cine francés, se conmueve con el neorrealismo italiano y se aficiona a la ópera. Un cuate del Di Tella, Miguel Ángel Rondano, le contagia la pasión. Logra un pase para el Teatro Colón. La pareja de amigos es tan asidua que los acomodadores les reservan silla en las tertulias del tercer piso. Vive en la calle Sarmiento y Paraná, desde donde ve todos los días cómo se levanta el Teatro San Martín. Cuando años después termina viviendo en París, la capital francesa le va a parecer una aldea en comparación con la efervescencia cultural de Buenos Aires.

Estamos ahora en La Paz, el maestro tiene 24 años. Está a punto de componer su primera obra para orquesta sinfónica. Se llamará Liturgias fantásticas. Antes de regresar a Bolivia, durante el último año en el Di Tella ha creado su obra Preludio, passacaglia y postludio con la que gana el Concurso de Composición “Luzmila Patino”. La música de vanguardia en Bolivia está dando sus primeros pasos, es el “sayari”.

Para contar la génesis de las Liturgias fantásticas, tenemos que retroceder en el tiempo. El pueblo del padre comunista de Villalpando se llama Puna. Está a cuarenta kilómetros de Potosí, es la capital de la provincia José María Linares. Alberto pasa sus vacaciones en Puna, en la casa paterna. El clima es más benigno. “Estudiando en Buenos Aires y aprendiendo de las partituras de vanguardias dodecafónicas, pensaba en cómo hacer la diferencia, cómo crear una música con particularidad propia, cómo avalar mis dotes de composición. Entonces viajé con mi mente hasta mis once años cuando visitaba la comunidad junto a mi hermano mayor, Abelardo”.

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El maestro Alberto Villalpando frente a su teclado en su casa de Cala Cala

Estamos ahora en Puna, principios de los 50. Es Semana Santa. Se celebra una misa de difuntos en la iglesia. El atrio ha sido tomado por tropas de músicos, un ejército de tarkas y zampoñas. Todos parecen tocar al mismo tiempo distintas melodías. Es un caos. O no. Abelardo y Alberto quieren treparse a la torre para contemplar todo desde arriba, como dos pequeños dioses. No se puede. Llegan, nomás, hasta el coro. El sonido de las melodías caóticas (o no) del atrio no llega hasta lo más alto. Ahí, en esa sucursal de cielo, los hermanos solo alcanzan a escuchar el armonio. Suena el Dies Irae del Canto Gregoriano. Cuando los himnos monódicos de la misa terminan, vuelve la fiesta a retumbar el templo. Los comunarios tocan ritualmente por la muerte de un “kuraka” querido. Villalpando, con el privilegio de la memoria dirigida, ya tiene la idea en la cabeza para su primera pieza de orquesta: sus “liturgias” de fantasía —que se estrenarán recién en 2000— tendrán tres movimientos, atrio-misa-atrio. “Le debo mucho a Puna”, termina.

El pensamiento musical de Villalpando se puede resumir en una frase: oír el paisaje. El maestro está convencido de que la geografía suena. Solo hay que saber escuchar. Y recoger esa fuerza interior, esa energía que tienen nuestros territorios. Villalpando está en contra de las apropiaciones culturales, del uso comercial/folklórico de las melodías más ancestrales. “Yo invento, solo una vez usé una pieza de Charazani para un pequeño fragmento de un concertino para flauta”. Rescata, sin embargo, el trabajo de Savia Andina y la labor de Cergio Prudencio con su Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos, fundada en 1980.

El paisaje no solo está para ser escuchado también alumbra ideas. Ante la expectación de la tierra, Villalpando se sumerge en meditación, en introversión. Cuando esto ocurre, brotan sus Místicas, música de cámara. Ya lleva catorce. Cuando el paisaje es majestuoso/imponente, nacen pentagramas para orquesta. Son su Música para orquesta. Ya lleva siete con la estrenada esta semana. “Mi percepción emotiva del paisaje me lleva a construir un pensamiento panteísta, me conduce interiormente a la búsqueda de lo divino. La desolación puede ser también silencio. Este silencio reina en los cerros y es acentuado por el viento que nace en el silencio para perderse en él”.

En La Paz vive por aquellos años en el barrio de Miraflores, en la avenida Saavedra, frente al Hospital General. Se ha casado con la argentina Camila Nicolini, a la que conoce en el Instituto Di Tella. Tendrán dos hijos, Javier y Alejandra. El panorama musical en La Paz es desalentador. “La Orquesta Nacional era malísima y había pocos músicos competentes”. Un amigo, el tarijeño Mario Estenssoro Vázquez, le presenta a Jorge Sanjinés, recién regresado del exilio en Lima. “Mire Villalpando; Sanjinés, el cineasta, está buscando un músico, venga usted”.

El maestro entra a trabajar en el Instituto Cinematográfico Boliviano. Va a componer la música original para el cortometraje ¡Aysa! (1965), Ukamau (1966)  y Yawar Mallku (1969). También trabajará con Jorge Ruiz (en Mina Alaska, 1968), Antonio Eguino (Chuquiago, 1977, Amargo Mar, 1984 y Los Andes no creen en Dios, 2007) y Paolo Agazzi (Mi socio, 1982).  Y con Hugo Roncal en Los ayoreos (1979). “Busco ese documental desde hace mucho tiempo. Su música tiene una historia linda. La musicalicé con voz femenina y una sola guitarra. Fuimos con Hugo a grabar a Buenos Aires durante quince días. Los ayoreos, nómadas, solo la usan durante sus cantos funerarios. Un antropólogo la escuchó sin el permiso de la comunidad y acabó en un saco. El antropólogo alemán Bernd Fishermann sí pidió permiso y pudo escuchar”.

En 1966, con Estenssoro de ministro de Culturas y Turismo de René Barrientos, la Orquesta Sinfónica, dirigida durante dos años (1964-65) por el estadounidense Leonard Atherton, mejora y vive su época de oro. Villalpando compone (su Mística N° 1 es de 1965 y su Concertino para flauta y orquesta, de 1966), se traen músicos reconocidos de Uruguay y Estados Unidos y se cubren las primeras sillas con profesionales que también enseñan en el Conservatorio. Con la llegada de la dictadura de Banzer, todo se viene abajo. El director de la Sinfónica, Gerald Brown, se lleva a los músicos “y nos deja plantados”. El gobierno de facto cierra el Ministerio de Cultura (una vieja y nefasta “tradición” que repetirán todos los golpistas) y los falangistas hacen desaparecer los ítems de los músicos profesionales. “La Orquesta y el Conservatorio volvieron a ser el mismo desastre de antaño”.

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Fotografía en que se ve a Villalpando junto a su segunda esposa, la poeta Blanca Wiethüchter

En 1965 conoce a Jaime Saenz. Villalpando camina la calle Ayacucho a la salida del ICB. Pasea en compañía de Édgar Ávila Echazú, otro chapaco. El poeta (y también pintor: en la casa de Cala Cala, en Cochabamba, el maestro tiene tres retratos al óleo de su autoría) y el músico se encuentran con Saenz, quien suelta una invitación: “Vengan a visitarme a la casa”. Villalpando cosechará una amistad fecunda, escuchará música de Bruckner y Schumann (“detestaba a Chopin”), gozará con algunas óperas de Wagner y nacerá un proyecto entre ambos. También verá la esvástica famosa pintada con tiza. Nunca beberá con él. El proyecto se llamará La máscara (luego virará hacia Perdido viajero). Quiere ser una ópera en tres actos, pero se quedará en (casi) nada. Villalpando prepara la música junto con Carlos Rosso y Jaime se encarga del libreto (sobre la postguerra del Chaco).

El maestro logra el financiamiento a través de un productor de cine llamado Gonzalo Sánchez de Lozada, que suelta sin asco los quince mil dólares que costará la producción. Se tenía que estrenar a finales de 1973, principios de 1974. No pasará naranjas. “Goni” hace incluso observaciones al primer acto y pide al trío a que no se peleen: “muchachos, parecen albañiles”. Cuando Villalpando insiste y exige a Saenz que entregue el texto (ya ha cobrado de Sánchez de Lozada el anticipo y el finiquito), el escritor responde tajante: “No se va a poder y mejor se van todos a la mierda”. Presume Villalpando que Saenz estaba celoso de su relación con Rosso. Pero solo intuye. De todo aquello solo quedarán vivos dos fragmentos musicales que terminan siendo una obra electroacústica ¡Bolivianos…! y un aria para barítono.

No verá a Saenz nunca más hasta dos meses antes de su muerte en agosto de 1986. “Caminaba por Miraflores con Blanca y lo vimos. Nos invitó a su casa, nos recibió en cama. Estaba borracho tomando de una botella de singani que tenía bajo el camastro. Era un mal borracho, sentimentaloide. Por aquel entonces solo escuchaba música, nos leyó un cuento y se quedó dormido”.

En los setenta nace el Taller de Música de la Universidad Católica de La Paz. Se arma una dupla: Alberto Villalpando-Carlos Rosso. Va a ser un salto a la modernidad. A finales de esa década, se va dos años y medio de primer secretario a la embajada boliviana en París. “No me gustó mucho Francia”.

Es gracias a Saenz que conoce a la que será su segunda esposa, la poeta Blanca Wiethüchter López. Tendrá una hija: Valentina (nacida en 1990). Las hijas de Blanca (Camila y Olivia del primer matrimonio de la escritora con Ramiro Molina) le dicen “Alber”. El amor brota mientras Blanca da talleres de literatura a sus alumnos de música. Al día de hoy, con 82 años, Villalpando sigue dando clases de contrapunto y armonía moderna en la universidad. El jueves pasado recibió el Doctorado Honoris Causa en el campus Tupuraya de la Católica en Cochabamba. Y hace cuatro años, el mismo título de la San Simón.

“Con Blanca, la relación fue muy linda, intensa, nos complementábamos, había mucho diálogo”. Juntos viven en La Paz y Santa Cruz y hacen —entre otras muchas obras— un ballet La Lagarta y Mientras crece un árbol sobre el mar (2000), para soprano, orquesta de cuerdas y vibráfono, musicalización de textos de Blanca. También lanzan una revista a finales de los noventa, Piedra Imán, junto a Rubén Vargas, Iván Vargas, Gilmar Gonzales Salinas, Alfonso Murillo Patiño y Ricardo Pérez Alcalá, editado por el sello El Hombrecito Sentado, de Wiethüchter. Blanca llegará a escribir —junto a Carlos Rosso— su biografía en Cochabamba, antes de su fallecimiento por cáncer de mama: La geografía suena. Biografía crítica de Alberto Villalpando.

En 1995 llega la venganza de la ópera. Los recuerdos de las obras disfrutadas en el Colón de Buenos Aires siguen intactos. La bronca con Saenz, también. Es la hora de contar el detalle del principio, la alusión inicial a Néstor Taboada Terán. Villalpando lee en París su novela Manchay Puytu: el amor que quiso ocultar Dios (editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1977). “Yo con esto voy a hacer una ópera”. Idéntica a la frase: “Yo siempre te voy a hacer música”. Villalpando compone durante un año y la ópera tiene tan solo tres presentaciones en el Teatro Municipal de La Paz. Giovanni Silva es el tenor; María René Ayaviri, la soprano; Gastón Paz, el barítono; y Ricardo Estrada, el bajo barítono. Los bajos son Hugo Silva y Gerardo Arteaga, además de Giovanno Salas y Teresa Morales. La escenografía es del maestro Pérez Alcalá; y el diseño de vestuario e iluminación, del arquitecto Juan Carlos Calderón. Un auténtico lujo sibarita.

Si este perfil arranca con una promesa, va a terminar con una maldición. Poco se sabe de la labor literaria del maestro Villalpando. De muchacho llega a publicar tres relatos en la revista de la Universidad Tomás Frías cuando su padre era el rector. Bajo los ánimos de Saenz, transforma un relato en novela. Se llamará Un tren viajaba en los ojos de Baní (1968). Jaime transcribe varias copias a máquina y le empuja a inscribirla en el Primer Concurso de Novela “Erich Gutentag” con una broma a su estilo: en el sobre colocará “Concursando solo al primer premio”. No ganará (saca la primera mención) pues Renato Prada Oropeza viene de triunfar en el “Casa de las Américas” de La Habana con Los fundadores del alba.

El segundo intento de publicación llega desde Argentina. Un editor, el ensayista Néstor Murena, promete publicarla en Sudamericana pero lo retiran del trabajo en la editorial. El tercer intento nos conduce hasta La Paz. Bajo el entusiasmo de Blanca, se llega a un acuerdo con la editorial Altiplano del Colegio Don Bosco. Cuando las galeras están listas, el cura italiano Renzo Cotta para el tiraje y funde los plomos. El cuarto intento llega en la época del quincenario El Juguete Rabioso. Wálter Chávez, dispuesto a terminar con la maldición, consigue unos pesos, pero un cáncer detectado a tiempo le obliga a destinar la plata para su curación. Alberto Villalpando ya no quiere comprometer a nadie en la publicación de su novela: “Me da miedo”.

A estas alturas de pentagrama prefiere disfrutar de sus últimos estrenos musicales y de los buenos partidos de fútbol europeo en la tele (“el boliviano me hace sufrir”). Su carrera musical ha puesto un granito de arena en la construcción identitaria nacional. “Tenemos un modo de ser bolivianos, muy distinto de nuestros vecinos con muchas cosas en común, pero con particularidades. No somos ni peores ni mejores que nadie, pero hay una forma de estar en el mundo que es realmente boliviana, caracterizada por cierta ingenuidad, algo de credulidad y algunas notas de optimismo. Esta forma de ser se puede resumir con una frase que dicen en La Paz: lo más seguro es que quizás”. Lo más seguro es que quizás el maestro siga haciendo música para su Niño por los siglos de los siglos. Así sea.

Fotos: Ricardo Bajo y archivo Villalpando

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Magenta Murillo plasma universos oníricos

‘Sueños’ es el nombre de la muestra que la artista visual paceña presenta en la Galería de Arte del hotel Los Tajibos de Santa Cruz de la Sierra

/ 29 de enero de 2023 / 07:31

Magenta Murillo tiene la capacidad de llevar a su trabajo desde las vivencias más personales y terrenales hasta sus anhelos más profundos e ideales. No solo en su trazo, sino desde los soportes que utiliza y hasta con los materiales con los que experimenta, la artista visual ha creado una obra sólida que crea un universo único lleno de colorido y de múltiples influencias.

Sueños es el nombre de la nueva exposición que la creadora nacida en La Paz y radicada en Santa Cruz de la Sierra presenta en la galería de arte del hotel Los Tajibos de la capital oriental.

Se trata de una obra gráfica, delicada y llena de detalles, trabajada en soportes exóticos y ancestrales, como papiros egipcios, papeles amate (de origen maya mexicano) y papeles japoneses de algodón. Todo este material brinda soporte a esos mundos mágicos que habita o visita la artista que estudió la carrera de Artes en la Universidad Mayor de San Andrés, donde hizo la mención de Pintura. “Fluyen, se materializan, son parte de un paralelo imaginario. Son seres que uso como referente, pero no de forma realista; son imágenes de otro mundo, de colores intensos… ¿acaso el arte no es la posibilidad de todo?”

La muestra de Magenta Murillo se caracteriza por el colorido y el trazo delicado.
La muestra de Magenta Murillo se caracteriza por el colorido y el trazo delicado.

 La artista resalta que un soporte como el papel merece y recibe materiales distintos a los que se requiere para el lienzo, a diferencia de un lienzo que, generalmente, implica acción y unas pinceladas más espontáneas. “En el papel es distinto, deben ser más delicados, requieren de una técnica paciente, de tiempo y delicadeza”, describe. Por ello, recurre a polvo de oro, pigmentos naturales, grafos, tintas, acuarelas y óleos, entre otros.

El trabajo de la artista es un laboratorio permanente y constante de creación. Con más de un centenar de exposiciones colectivas e individuales, su obra se ha expuesto en galerías de Bolivia y países como Cuba, Canadá, Rumania y Estados Unidos. 

En su trabajo, a pesar de las múltiples influencias, Murillo representa a Bolivia en varios contextos, ya sea en sus colores como en la manera de traducir las vivencias que, actualmente, se están viviendo en el país, en ese mundo creativo que la inspira, logrando piezas llenas de particularidades. “Mi obra invita al público a soñar, a creer y crear. El arte es un bien social capaz de generar puentes, lazos y nuevos pensamientos en la sociedad”, destaca.

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Magenta Murillo

ARTISTA. Murillo pinta en papiros egipcios, papeles amate mayas y papeles japoneses de algodón.

La muestra de Magenta Murillo se caracteriza por el colorido y el trazo delicado.

La exposición Sueños, que cuenta con más de 30 obras en exhibición, permanecerá abierta hasta el 17 de febrero.

Texto: Miguel Vargas

Fotos: Magenta Murillo

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M3GAN: terror para toda la familia

La combinación de comedia con suspenso logra una película que hace reír y saltar del asiento

/ 29 de enero de 2023 / 07:13

En sus inicios como género era impensable que exista una película de terror “para toda la familia”. Pero con su evolución —pues cuenta con uno de los públicos más nutridos y exigentes— se ha logrado establecer que el nicho más rentable para el horror es el de adolescentes y jóvenes. Y este es el público al que apunta principalmente M3GAN, dirigida por Gerard Johnstone, con guion de Akela Cooper y James Wan.

Es justamente Wan —que además produce la cinta— quien ha dado con este exitoso y rentable filón. Fue el director, productor y guionista malayo que pasó de las sangrientas entregas de Saw, con un gore en el sentido más clásico de este subgénero, a la mirada más que adolescente de la última entrega de Anabelle, la que de ser una muñeca aterradora que hacía poner los pelos de punta en la primera entrega de El Conjuro, pasó a ser uno de los disfraces favoritos para Halloween.

 El público infantojuvenil siempre ha sido amante del terror y el misterio. Basta repasar series de Tv dirigidas para éste, desde los inocentes fantasmas de Scooby Doo hasta las inquietantes historias de ¿Le temes a la oscuridad? El gran acierto de M3GAN es reconocerse entretenimiento puro y duro para toda la familia, recurriendo a diversos géneros para ofrecer una historia que, si bien no cuenta nada nuevo, combina la ciencia ficción con el terror y el humor negro para alternar entre la risa y los jump scare de forma alternada y hábil. Es algo así como una película de la hechura de Disney: tiene la acción y los sustos para divertir a los niños mientras lanza también mensajes para adultos.

ACTORES. En una escena de M3GAN: Jen Brown, Brian Jordan Alvarez y Allison Williams.
ACTORES. En una escena de M3GAN: Jen Brown, Brian Jordan Alvarez y Allison Williams.

La trama va así: Gemma (Allison Williams) es una ingeniera en robótica que trabaja para una empresa de juguetes que usa inteligencia artificial. Ella desarrolla  M3GAN, una muñeca realista programada para ser la mejor compañera de los niños y la mejor aliada de los padres. Cuando muere su hermana, obtiene la custodia de su sobrina Cady (Violet McGraw), para lo que recurre a la ayuda del prototipo M3GAN, que traerá de todo menos paz y tranquilidad a su hogar.

Siguiendo el estilo de Wan, Johnstone ofrece una cinta de acción trepidante que no da tiempo para grandes reflexiones, apenas dejando apuntes sobre cómo se ve amenazado lo “humano” por el desarrollo asombroso de la inteligencia artificial, así como la dependencia actual que tenemos de una multitud de gadgets.

Quien espera terror más filosófico, baños de sangre o salir aterrado de la sala, se equivocó de cinta. M3GAN responde al fenómeno de la tendencia, del baile viral en TikTok y del personaje que se presta para bromear. Eso se asume en una campaña mediática que con la inteligencia artificial, por ejemplo, va “corrigiendo” las malas reseñas en Twitter.

¿Y por qué no da miedo? Pues porque no hay mayor exorcista que la risa. Y las risas no faltan, entre susto y susto, en esta cinta que no te hará helar la sangre, pero sí pasar un momento muy entretenido.   

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Texto: Miguel Vargas

Fotos: Internet 

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Vivarium Industry crea un salón para la imaginación

El curador Luis Vedia reseña la exposición de arte fantástico en honor del artista Manuel Nogales

Escultura, dibujo, pintura y más técnicas se pueden ver en esta exhibición.

/ 29 de enero de 2023 / 07:00

La productora Neo Babilonia (Multimedia Post-Humanista) crea en el año 2004 Vivarium Industry como una sociedad de Ilustradores y Artistas de Arte Fantástico a cargo de Edwin Álvarez y Manuel Nogales, egresados de la Academia Nacional de Bellas Artes Hernando Siles, realizando talleres y conferencias. A partir de la invitación de la asociación Viñetas con Altura participa en 2006 con una exposición colectiva y al año siguiente se establece dentro de las actividades del Encuentro Internacional de Historietas el primer salón dedicado a la ilustración y la fantasía, que continuó hasta su séptimo salón, siendo ésta su última participación en el encuentro de historietas.

En 2014 se crea Imaginarium Aeterno (Asociación Boliviana de Arte Fantástico) a cargo de Edwin Álvarez y se organiza Vivarium Industry, el 1er Simposio de Arte Fantástico y Realismo Imaginativo en el Museo Tambo Quirquincho, incorporando a la muestra talleres, demostraciones y conferencias ligadas al arte, la fantasía y la ilustración, logrando llegar a su sexto salón en el año 2020. Debido a la pandemia por COVID-19, el simposio estuvo en pausa.

Vivarium Industry

PIEZAS. Se eligieron 40 obras de diferentes artistas para ser parte de este primer salón de honor.

FOTOS: VIVARIUM INDUSTRY

HOMENAJE. La exposición lleva el nombre de Manuel Nogales, artista de arte fantástico fallecido en 2022.

Ahora Vivarium Industry, renovado tras el largo descanso, nos trae el primer Salón de Honor, que está dedicado de forma póstuma al artista plástico Manuel Nogales, cofundador de esta sociedad, como un homenaje a su trabajo y su pasión por el dibujo, la ilustración y al mundo de la fantasía oscura.

Este Salón será anual y temático y se realizará meses antes del simposio.  En esta ocasión, la muestra reúne más de 40 obras entre pinturas, dibujos y esculturas de varios artistas de trayectoria que se integraron en los anteriores salones del simposio de arte donde impera lo fantástico, lo onírico, lo mitológico y lo biomecánico, caracterizándose por la entrega y su amor por lo académico en el extenso mundo de las artes.

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* La exposición estará abierta en el Museo Tambo Quirquincho (Evaristo Valle) de La Paz hasta la  primera semana de febrero.

Texto: Luis Vedia Saavedra

Fotos: Vivarium Industry

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Siempre será 1908

Esto es un viaje a 1908, un recorrido por la ciudad de La Paz a principios del siglo pasado cuando 12 changos fundaron un club para siempre, The Strongest

/ 29 de enero de 2023 / 06:51

Las piedras de la fuente de la plaza Murillo están desapareciendo una a una. Los lectores de periódico se quejan de que los espectáculos del Teatro Municipal (desde ópera y biógrafo Edison hasta boxeo y lucha romana) son caros. Y malos. En la “Granja de los Manzanos”, hacienda Calacoto, se ponen a la venta ejemplares de toretes Durgau y Holstein, así como vaquitas. El vendedor asegura que sus animalitos están perfectamente aclimatados a la altura. Dice también que no se tarda casi nada en llegar a la hacienda desde el centro, jura que son 30 minutos a coche o a caballo. Una deliciosa cena en el Park Hotel en la avenida principal de la Alameda (futuro Prado) sale a cinco bolivianos el cubierto; con “caviar sur canapé”, de entrada.

El Casino Internacional ha dejado su local en la plaza San Francisco y se ha trasladado a la plaza Murillo. “Solo tendrán ingreso las personas que tienen costumbres de respeto y consideraciones recíprocas y prácticas de roce social”.

Los paceños acuden a las grandes corridas extraordinarias de gala en la Plaza de Toros del barrio de Santa Bárbara. Ha vuelto a la ciudad el primer “espada” del momento, el español Manuel Pomares, más conocido como Troni. El Club de La Paz ha elegido nuevo presidente, es Ventura Farfán (su hermano es el jugador de “foot-ball” más famoso de la urbe); y lleva como tesorero a Abdón Saavedra; futuro vicepresidente de la República, futura calle de Sopocachi.

El presidente José León López Villamil. Abajo: la casa donde se firmó el acta de fundación del club The Strongest.

El monumento a Murillo que se esculpe en Roma cambia de escultor: sale Cantele, entra Biondi. Parecen apellidos de jugadores de la “azzurra”. Los duelos, a las afueras de la ciudad, son el pan nuestro de cada día. En una de las encrucijadas del camino de Obrajes, un joven de buena familia reta a duelo a un osado gacetillero por un artículo publicado en uno de los vespertinos. La sangre no llega al río.

Hoy es 8 de abril de 1908, penúltimo año del primer gobierno de Ismael Montes, el prohombre/caudillo del liberalismo, el terrateniente, el propietario de la hacienda Taraco. Bolivia cambia (carreteras, líneas férreas, escuelas, bancos…), Montes cumple. El jefe de Meteorología y Exploración Agrícola del Ministerio de Colonización y Agricultura, Víctor E. Marchant, anuncia para este octavo día del cuarto mes una mínima de cuatro grados y una máxima de 20. La nubosidad, de cero a diez, será de seis. Dicen que va a llover por la tarde y por la noche.

El mayor general José Manuel Rendón Camacho, héroe de la Guerra del Pacífico, se acaba de suicidar en Iquique a sus 82 años. El Tratado de 1904 con Chile es un doloroso puñal en el corazón de tantos y tantos bolivianos. Nos ahoga, nos hace doler el pecho de angustias. Hasta hoy. 

Estamos en el mes de nacimiento de un nuevo equipo “sportivo” en la ciudad; se va a llamar The Strongest Football Club. En estos días se leen anuncios como este en los diarios de la mañana: “Se necesita un pongo, calle Pichincha, casa de la señora Benita, viuda de Daza”. El estudio Fotografía Cordero anuncia la llegada de lentes especiales para retratos de grupo a su taller de la calle Ayacucho, esquina Mercado (al lado de la Botica Boliviana).

No van a tardar en ponerse delante de la cámara unos adolescentes que juran haber fundado un club de “foot-ball” para siempre. Don Julio Cordero no les cree. Lleva tomadas decenas de fotografías de equipos efímeros que han desaparecido, que han caído en el olvido.

—¿Acaso se acuerdan, changos, del club 6 de Agosto, de los Bolivian Rangers? Del club 20 de Octubre y de los Thunders creo que se acuerdan todavía, algunos de ustedes, caballeros, jugaban ahí de infantiles. ¿Cómo dicen que se llaman, ustedes?

— Strong Foot Club. Aunque el Perucho y Cochichi quieren cambiar y que nos llamemos “Los más fuertes”, en inglés pero, para que suene más lindo. “The Strongest” nos llamaremos y nadie se va a olvidar de nosotros en La Paz. Promesa, don Julio.

El que ha tomado la palabra frente al señor Cordero (que compite con Luigi Doménico Gismondi por ser el mejor retratista de la ciudad) es Pepe León López Villamil. Es el mayor de todos, con apenas 18 añitos. Juega en el medio y será el primer presidente. Vivirá 97 años (hasta 1987). Y morirá en abril, después del ocho. Será una leyenda. Las paredes de la ciudad serán pintadas con su rostro. Recordará por siempre a sus once amigos de juventud (todos más jóvenes que él, todos muertos antes que él). Y partirá a la eternidad con el deber cumplido, con aquella promesa hecha al mejor fotógrafo de la ciudad. “Nada de club efímero, hemos llegado a quedarnos en el corazón de los paceños más fuertes, promesa don Julio”.

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Cordero tenía razón. Uno a uno, como las piedras robadas de la fuente de la plaza Murillo, desaparecen todos: los jailones de Nimbles Sport Association, los abogados de The Law Players F.C., los obreros de Workmen F.C., los artesanos de The New Fighter’s, los ingleses y chilenos de la Bolivian Railway F.C.

Nadie recuerda tampoco el primer clásico de La Paz. A patadas y puñetes se agarraban en la plaza de San Pedro (donde ahora está el busto de Sucre) los Bolivian Rangers y los Thunders. Los Rangers fue fundado en 1901 por bolivianos que venían de las minas y los ferrocarriles de Chile, reforzado con ingleses de paso. El mítico gualdinegro (casaca negra con franja amarilla) The Thunders Football Club había nacido en 1904, capitaneado por Max de la Vega, el primer campeón paceño. ¿Por qué un nombre queda en la memoria del pueblo y otros se pierden en las hemerotecas? ¿Por qué en un medio tan proclive a la falta de constancia subsistió esta excepción notable llamada The Strongest? Ni don Pepe lo supo nunca.

Los changos que se han juntado, a ratos en el Prado, a ratos en la plaza Murillo —a la espera de la nueva estatua— son 12, como los apóstoles: Ramón El Gran Pachacha Gonzales (será el primer gran capitán), Armando Perucho Elío (será el primer tesorero), César Andrade  (al que perderemos la huella al irse detrás de un circo que pasará por La Paz), Víctor Manuel Franco, Isaac Gonzales, Juan Gonzales Quint, Francisco Cochichi Guachalla (hermano de uno que va a ser presidente efímero del país), José León López Villamil (será el primer presidente), Alberto Requena Crespo (será el primer arquero), Luis Rivera, Alberto Tavel (será el primer “vice”) y Manuel Valle.

Solo faltan dos que han viajado: Hugo Alípaz Solares (empleado de la prestigiosa librería Cervantes) y Adrián Deheza, que ha viajado a Santiago de Chile por motivos de estudio. Casi todos se conocen del Colegio Ayacucho. Se hacen llamar los “gallos” y acostumbran a chocar en plaza Murillo con los “pollos”, los “jai-jai” del Colegio San Calixto; los que fundarán el Nimbles Sport Association un año después (1909). Por copiones, por “monos”.

El segundo clásico que conocerá La Paz será éste precisamente: los gualdinegros de The Strongest versus los blanquinegros de Nimbles (se hicieron mandar las camisetas desde las minas de carbón de Newcastle, norte de Inglaterra). Nadie se acordará de que los muchachos de Nimbles serán los primeros en viajar al extranjero y ganar un “match”. Lo harán en Arequipa un 29 de julio de 1918 contra el Deportivo Arequipa con goles de Gemio, Villarroel, Sarabia y Lugones.

Los fundadores stronguistas son todos hijos del victorioso liberalismo. Años más tarde, se acuñará la famosa leyenda: stronguista, paceño y liberal. Aunque el club que se solidarizará siempre con los raleados clubes obreros, negará cualquier simpatía política (y más cuando el liberalismo empieza a clonarse como pipoca).

Los 12 “discípulos” firman la (desaparecida) acta de fundación de The Strongest Football Club durante la noche del 8 de abril en la casa familiar de los Requena Crespo, en la calle Buenaventura Bueno y Juan de la Riva, en pleno casco viejo de La Paz, muy cerca del antiguo puente Riverilla. Otros dirán, con el paso del tiempo, que fue en la casa de Guachalla. Cuenta la leyenda que las primeras camisetas de “franela” serán cosidas por la madre de Alberto, doña Victoria Crespo. Buenaventura y Victoria, nombres que aparecen desde los inicios del gualdinegro. 12 “apóstoles” para una religión/sentimiento. 30 años después, en 1938, estos chicos serán venerados por la hinchada gualdinegra y pasarán a la historia como la “Guardia Vieja”.

Los primeros colores pensados no son el amarillo y el negro; sino el negro y el verde. El padre de Adrián Deheza, a la postre gerente en Guaqui de la Compañía Recaudadora de Alcoholes, ha traído unas camisetas con esos colores desde Alemania. La simpatía de la mayoría por The Thunders Foot-Ball Club hace cambiar de idea. Los viejos hinchas de “Los Truenos” alentarán por siempre a los stronguistas en recuerdo de su franja horizontal amarilla sobre negro.

Dicen que los jóvenes fundadores celebran el nacimiento en la Confitería París de la plaza Murillo, charlando de “sport” con el pastelero que acaba de ser contratado, recién llegado de Europa. Dicen que luego bajan a la flamante pastelería Amat de la calle Comercio para degustar los helados más suaves y los caramelos (Amat, por supuesto) más ricos de la ciudad. Dicen que todo el día hablan del flamante “foot-ball”, pero también del “Corre Volando”, el ratero más famoso que ha llegado a su “mansión” de San Pedro tras ser detenido por vigésima vez. Sería un veloz “wing” para el nuevo “team”, piensa alguno. ¿Y todavía no han agarrado al que envenenó al párroco Alfredo H. Jordán, el cura de Tiahuanacu?, se pregunta otro gualdinegro.

UN VIAJE A 1908

FÚTBOL. Arriba: la vieja guardia, los fundadores en los años 50. Abajo: The Strongest Foot ball Club en 1911. Derecha: el equipo en la cancha de la Plaza del Óvalo en 1916.

Estos jóvenes stronguistas son “la nueva bohemia paceña, no la bohemia tuberculosa, sino la bohemia musculosa, ágil, movediza y deportiva, aquella que ha antepuesto a toda otra obligación, la obligación con el compañero, con el amigo, con el socio, con el camarada; la sinceridad en el afecto, la efusión en la ternura y la más estricta solidaridad en toda circunstancia”.

El que no podrá jugar nunca en el nuevo “team” es Irineo Limachi; acaba de fallecer tras ganar la carrera de resistencia entre Tiahuanacu-La Paz. Una pena, hubiese sido un motorcito en el medio, piensa aquel. Mientras tanto, otro vecino, Luis Gutiérrez Cuenca, propone al Concejo Municipal la construcción de una torre Eiffel de 40 metros y ocho pisos en la Plaza del Óvalo (actual plaza Isabel la Católica). Cada loco con su tema.

Los primeros partidos de la institución del oro y de la noche se juegan en el “field” de la avenida 12 de Diciembre (futura avenida Arce), en los terrenos propiedad de la familia Ernst (actual plaza Bolivia). Es la segunda cancha de la ciudad tras aquellos primeros “matches” en la plaza de San Pedro. El “tercer tiempo” se festeja siempre con licores legítimos en El Centenario (antiguo American Club House) donde se juega al palitroque. Los changos stronguistas y sus rivales esporádicos no paran de comentar la sorprendente detención de Otto Krause por intentar matar nada más y nada menos que al mismísimo Arturo Posnansky. Por un quítame unas vetas de estaño en el cantón Ichoca, provincia Inquisivi. Durante los primeros años, los partidos son simplemente de “desafío”. Las señoritas más lindas y cotejadas acuden a las chacras de la 12 de Diciembre, son las “madrinas” de trofeos, medallas, camisolas, pelotas y tragos. El desconocimiento de las reglas y el ímpetu convierte a ratos los “matches” de “foot-ball” en combates abiertos de box.

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Las calles de La Paz en este mes de abril para la gloria son también un campo de batalla. Hay denuncias contra algunos choferes de tranvía por manejar ebrios. Y las pocos señores que transitan en los novedosos automóviles sufren las arremetidas furiosas de los jinetes que todavía van a caballo. Se padece una inusitada crisis de peluqueros. Como lo oyen. La ciudad cuenta con 80.000 almas y solo alberga a 22 peluquerías. Y dicen que solo tres de ellas son decentes. Válgame, Dios. Será más fácil ganarse la vida como “fígaro” que como “player” de “football”. Dichoso mortal el que lograse afeitarse.

El primer “eleven” del club, aprendido de memoria por la hinchada comandada por “El Gran Pablito”, reza así: Alberto Requena de “goalkeeper”; de “backs”, “El Gran Pachacha” y Luis Rivera V.; de “half” Alberto Tavel (primer secretario del club), el presidente López Villamil y Juan González Quint; y de “forwards”, el quinteto temido formado por Víctor Manuel Franco, Armando Elío, Francisco Guachalla (primer capitán y goleador con su habitual “tonguito” o “pajizo” en la cabeza para rematar), Issac Gonzales y César Andrade.

En tres años van a conquistar la primera Copa para las vitrinas del club. Será en 1911, será la Copa que organiza el prefecto Luis Zalles para las fiestas julianas, la primera de la historia del fútbol paceño; será la primera de muchas. Aquellos 12 muchachos no sabían en 1908 qué camino iba a aparecer en el horizonte, solo sabían que The Strongest había aparecido para siempre. Promesa, don Julio.

*Este texto formará parte del libro ‘Cuando el Tigre era joven (la historia del Club The Strongest 1908-1938)’ de Ricardo Bajo Herreras a ser publicado/presentado el 8 de abril de 2023.

Texto: Ricardo Bajo H.

Fotos: Ricardo Bajo, Foto Cordero del libro ‘Rugido centenario’ de Iván Aguilar Murguía y de ‘El libro de Oro de The Strongest’ de Freddy Oporto Lens

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Un vecino gruñón

Tom Hanks interpreta a un viudo que no tiene ganas de vivir, en la cinta dirigida por Marc Forster

Por Pedro Susz K.

/ 29 de enero de 2023 / 06:17

La soledad y el sentimiento de haber quedado ayuno de razón alguna para seguir viviendo, que suelen apoderarse con frecuencia de quienes acaban de perder a su compañera de vida, le toca experimentar en la ocasión a Otto, avinagrado cascarrabias e intratable adulto mayor de alrededor de sesenta y pico años,  protagonista de esta, insípida, copia de la producción sueca dirigida en 2015 por Hannes Holm con el título de Un hombre llamado Ove, adaptación a su vez de la novela de Fredrik Backman (2012). Aquel traslado original a la pantalla, ninguna maravilla por cierto, fue candidata finalista al Óscar a la mejor película de habla no inglesa y convirtió al texto de Backman en un inesperado best seller. Era pues previsible que tarde o temprano Hollywood le echara el ojo.

Otto Anderson, conocido en el barrio como “el vecino amargo que vino del infierno”, quedó viudo seis meses atrás, al fallecer, víctima de un cáncer, su esposa Sonya. Para peor, por la misma época del óbito, la empresa donde desarrollaba su trabajo como ingeniero resolvió jubilarlo. Mudado a un típico suburbio de Pittsburgh donde todas las casas, pegadas unas a otras, son idénticas, alterna sus días planificando con toda meticulosidad quitarse la vida, apelando a todos los métodos imaginables, desde el gas hasta la escopeta, lo cual, cree, es lo único que pondrá fin a esa monótona existencia, con los intentos de ordenar de oficio la convivencia del barrio consiguiendo a gritos y gruñidos que sus vecinos respeten los lugares de parqueo o los depósitos donde debe depositarse la basura, eso cuando, a tiempo de argüir que el cliente siempre tiene la razón, no está vociferando contra el dueño de la ferretería que pretende cobrarle 33 centavos más por la cuerda que acaba de adquirir para ahorcarse.

La mexicana Mariana Treviño interpreta a Marisol, la vecina de Otto Anderson, interpretado por el premiado Tom Hanks. Foto. INTERNET

Justo en el momento en el que se encuentra a punto de llevar a cabo tal propósito irrumpe en la vecindad una nueva pareja de “latinos” con sus dos hijas. Marisol, la madre con un avanzado embarazo a cuestas, empeñada, al parecer, sin ningún motivo, en conseguir activar una corriente de simpatía con ese inaguantable rezongón, perseverará en su intento hasta conseguir transformar su actitud existencial. De pronto, Otto deja algunos resquicios en su malhumorada agresividad. Repentinamente, aquejado de un raro mal cardiaco, sin percatarse, salva a un extraño de morir, entretanto, alrededor todo el mundo permanece indiferente, pegado a las pantallas de sus móviles, manido guiño cuestionador.

Y la mutación llega a tal extremo que a cierta altura del relato lo veremos empatizando solidariamente con un joven vecino transgénero echado de su casa por sus padres; leyendo cuentos a las niñas de Marisol; enseñando a esta última a conducir su vehículo o, en el colmo de la metamorfosis, haciéndose cargo de la crianza de un gato sin dueño que deambula por el lugar y al que antes solo le apetecía espantar. Adicionalmente, el guion —plagado de tropiezos sorteados a pura arbitrariedad y  abrazado a todos los lugares comunes posibles—, se ocupa pronto de poner en claro que Otto dista de ser el malo infaltable en cualquier película de esta índole, papel reservado a una especuladora empresa inmobiliaria dispuesta a reubicar a todos los pobladores en el hospicio, el geriátrico, o donde sea, con tal de iniciar cuanto antes la demolición de las casas para levantar un moderno condominio y beneficiarse de las apetecibles rentas consiguientes.

De alguna manera, tales inflexiones parecerían querer remar a contracorriente de una época en la cual el cinismo, el pesimismo y la falta de horizontes se apropian de las actitudes de los colectivos. Solo que las maniobras narrativas y dramáticas ensayadas con tal fin son, sin excepciones, inconvincentes.

Marc Forster, director y guionista suizo, lleva en el oficio 27 años durante los cuales inscribió en su filmografía 16 largometrajes, tentando suerte en todos los géneros posibles, inclusive en Quantum (2007) una de las innumerables vueltas de tuerca en la saga James Bond, sin haber develado estilo propio alguno, así como tampoco ningún empeño visible en alcanzarlo y pese a haber conseguido cinco nominaciones a los premios Globo de Oro y siete al Óscar por Descubriendo el país de nunca jamás (Finding Neverland/2004) no pasó de ser uno de los tantos artesanos del montón, resignados a faenar aquello que le caiga entre manos. Era pues predecible que su acercamiento a esta historia, más propicia para un drama que para una comedia, distaría mucho de comportar alguna sorpresa.

Y, en efecto, su tratamiento de la historia de Otto es una suma de trivialidades, cuyo mayor enigma pasa por averiguar cómo es que Tom Hanks aceptó personificar a un individuo que contrasta definitivamente con los que el aclamado actor compuso con mayor afinidad a lo largo de su carrera. Pudiera ser, así filtraron algunas noticias, que, luego de meterse en la piel del turbio excoronel Tom Parker, manipulador entre sombras de Presley en Elvis (Bazz Luhrman/2022), otro papel en la misma medida discordante con las usuales encarnaciones de Hanks, el cual al aceptar ser Otto supuso estar equilibrando así la figura de villano de una sola pieza que le tocó asumir en la completamente fallida película de Luhrman. Fácticamente, los pocos instantes en los que el protagonista de Forrest Gump (Robert Zemeckis/1994) consigue empatar con la fuerza de aquella personificación son aquellos cuando, evitando los fingidos mohines recurridos para enfatizar los diálogos y la depresión que dice sentir, la cámara se detiene en su mirada y en sus gestos faciales, dejando aflorar algo escondido bajo esa máscara de pesadumbre, desdén y antipatía hacia todo cuanto lo circunda.

Foto. INTERNET

Para peor en Un vecino gruñón la faena de Hanks queda en gran medida opacada por la de la actriz mexicana Mariana Treviño como una Marisol llena de matices e inflexiones, una mujer vital y luchadora, que contrastan con la linealidad de Otto, previsible desde el primer minuto en un relato que tampoco termina de levantar vuelo, limitándose a seguir las fórmulas de infinidad de producciones con temática cercana a la de esta desorejada inmersión en las tribulaciones de un anciano asomado al borde de la abismática sensación de estar sobrando en este mundo.

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Los sobreabundantes flashbacks, nada sutiles, a los que apela Forster para indagar en el pasado de Otto, con el propósito de mostrar que no siempre fue el tipo insoportable que es en el presente, nos ponen en presencia de un joven —interpretado por el hijo de Hanks— ya con dificultades para socializar, pero aún simpático, interesado en la ingeniería. Solo que esas vueltas al pasado están puestas en pantalla con un estilo visual más propio de algún spot de la línea de cosméticos Carolina Herrera, hasta llevarnos al lindero con  el empalago. Y tal frontera resulta, definitivamente, sobrepasada con los en exceso azucarados flashbacks acerca de la relación entre el protagonista y su difunta esposa, la literata Sonya, quien no dista de ser un esbozo monocromo e inconvincente debido a la falta absoluta de peso y espesor dramático.

Así, las procuras de Forster pretendiendo agilizar un relato, al igual que tantísimos otros en tiempos recientes con metraje por demás sobrante, lo único que consiguen es aguar una historia merecedora de otro manejo. Por cierto, los repetitivos guiños, fingidamente impregnados de humor negro, que el relato desparrama a menudo, en buena medida centrados en los abortados intentos de suicidio, tampoco aportan a darle mayor vuelo a este remake bastante más manipulador que la versión sueca. Puesto a pensar en algún parentesco de la trama abordada, maltratada, en Un vecino gruñón, me vinieron a la memoria Gran Torino (Clint Eastwood/2008) y Cuento de Navidad escrito en 1843 por Charles Dickens. Mala idea. La comparación, sabiendo que siempre es cuestionable, no hace más que exacerbar la impresión de estar en presencia de un guion simplista, pedestre, tratado en modo por demás rutinario y baladí, con una indisimulable, falta de ritmo por una realización ejecutada ateniéndose a las sobadas recetas manipuladas hasta el hartazgo en tantas películas atenidas al afán de convencernos que en el fondo somos todos nobles y buenos. Solo es cuestión de afanarse un tanto en el intento de redención o, mientras derramamos algunas lágrimas, esperar de que el destino resuelva enderezar milagrosamente las cosas.

Texto: Pedro Susz K.

Fotos: INTERNET

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