Sunday 19 May 2024 | Actualizado a 18:02 PM

Villalpando, una promesa al Niño

Alberto Villalpando, referente de la música boliviana

/ 27 de noviembre de 2022 / 00:10

Alberto Villalpando recibió un nuevo Honoris Causa y estrena en La Paz su reciente trabajo, un buen motivo para repasar su obra y su vida desde su casa en Cala Cala, Cochabamba

Villalpando, una promesa al Niño. Alberto Villalpando tiene cuatro años. Vive en una vieja casa de la esquina de la plaza principal de Potosí. Es la casa del abuelo por parte materna, sita entre la Prefectura y la Alcaldía. Viven varias familias de parientes en esta casona de 1700. En la sala principal hay un piano, una pianola eléctrica para ser más exactos. Albertito se acerca al Nacimiento que preside la sala y suelto de cuerpo le dice al Niño: “Te voy a tocar música”. Villalpando pone los dedos sobre las teclas negras y blancas (“vaya a usted a saber qué toqué durante dos o tres minutos”). Cuando termina, se acerca de nuevo al Niño: “Yo siempre te voy a hacer música”. El maestro Alberto Villalpando ha cumplido 82 años el lunes pasado y hace cuatro días ha estrenado en el Centro Sinfónico Nacional de La Paz su última obra Música para orquesta Nº7. Es el padre de la música contemporánea en Bolivia. La palabra aún tiene valor.

Alberto es el segundo hijo del dirigente comunista Abelardo Villalpando. Su padre milita en los años cuarenta en las juventudes del PIR (Partido de la Izquierda Revolucionaria) junto a otros jóvenes líderes marxistas como José Antonio Arze, Alfredo Arratia, Felipe Iñiguez o Ricardo Anaya. Van a fundar el Partido Comunista de Bolivia, el reconocido por la Unión Soviética, unos años más tarde. En las filas piristas, pulula un chango llamado Néstor Taboada Terán. Ya verá, en su momento, caro lector/lectora, por qué sumo este detalle. Por supuesto que el padre ni se imagina que su hijito anda por la casa haciendo promesas a una figura del pesebre navideño.

La madre es Lola Buitrago, hija de un médico conservador de Potosí. Tan retrógrada que en tercero de secundaria la saca del colegio y la manda a estudiar Corte y Confección a la ciudad de Sucre. Ella ha debido de poner el “Santo Misterio” con su María, su José, sus tres Reyes Magos y los animales.

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Una pintura de Villalpando

Villalpando, una promesa

Villalpando hace la primaria en la Escuela Alonso de Ibáñes, sito en la calle Bolívar y la secundaria en el poderoso Colegio Nacional Pichincha, orgullo de la ciudad, sobre la calle Ayacucho. Es un asiduo de los cines, del Omiste, del Hispano. Goza tanto de las aventuras del cine mexicano y de los clásicos “péplum” como de las grandes bandas sonoras a cargo del director de orquesta húngaro Miklós Rózsa (el de Ben-Hur). Todavía no sabe que acabará haciendo la música para una docena de películas bolivianas.

Tiene dos amigos/compinches: Marvin Sandi Espinoza y Florencio Pozadas. El primero parte a Buenos Aires a estudiar composición musical. Cuando vuelve no habla de otra cosa que no sea politonías, palíndromos y dodecafonías. Sandi allana el camino de Pozadas y Villalpando. Uno para todos y todos para uno, son los tres mosqueteros de la Villa Imperial. Solo uno va a seguir la pelea hasta el final: Sandi se pegará un tiro en Madrid en los años sesenta y Pozadas (hermano de Willy, reconocido director de orquesta) morirá en un accidente de tránsito en Buenos Aires.

Villalpando pasa seis años lindos en la capital argentina. Corren los sesenta y la metrópolis porteña es un bullicio. Alberto es alumno del Conservatorio Nacional “Carlos López Buchardo”. Su profesor es nada más y nada menos que Alberto Evaristo Ginastera, uno de los maestros de la música del siglo XX en América; su alumno más famoso será un tal Astor Piazzola. El estreno de su Cantata para América Mágica en 1961 en Nueva York conlleva tal éxito que se vuelve el soporte económico para la fundación del Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales, del Instituto Torcuato Di Tella. Un año después, en el 62, Villalpando postula para una beca en el Di Tella y gana. Va a gozar con los mejores profesores traídos de todas las partes del mundo, pura vanguardia: Luigi Dallapiccola, Iannis Xenakis, Olivier Messiaen… El Centro será parodiado, años después, por los geniales Les Luthiers a cargo de su personaje Johann Sebastian Mastropiero.

Villalpando se pierde por avenida Corrientes, va al cine, al teatro, se empapa de la nueva ola de cine francés, se conmueve con el neorrealismo italiano y se aficiona a la ópera. Un cuate del Di Tella, Miguel Ángel Rondano, le contagia la pasión. Logra un pase para el Teatro Colón. La pareja de amigos es tan asidua que los acomodadores les reservan silla en las tertulias del tercer piso. Vive en la calle Sarmiento y Paraná, desde donde ve todos los días cómo se levanta el Teatro San Martín. Cuando años después termina viviendo en París, la capital francesa le va a parecer una aldea en comparación con la efervescencia cultural de Buenos Aires.

Estamos ahora en La Paz, el maestro tiene 24 años. Está a punto de componer su primera obra para orquesta sinfónica. Se llamará Liturgias fantásticas. Antes de regresar a Bolivia, durante el último año en el Di Tella ha creado su obra Preludio, passacaglia y postludio con la que gana el Concurso de Composición “Luzmila Patino”. La música de vanguardia en Bolivia está dando sus primeros pasos, es el “sayari”.

Para contar la génesis de las Liturgias fantásticas, tenemos que retroceder en el tiempo. El pueblo del padre comunista de Villalpando se llama Puna. Está a cuarenta kilómetros de Potosí, es la capital de la provincia José María Linares. Alberto pasa sus vacaciones en Puna, en la casa paterna. El clima es más benigno. “Estudiando en Buenos Aires y aprendiendo de las partituras de vanguardias dodecafónicas, pensaba en cómo hacer la diferencia, cómo crear una música con particularidad propia, cómo avalar mis dotes de composición. Entonces viajé con mi mente hasta mis once años cuando visitaba la comunidad junto a mi hermano mayor, Abelardo”.

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El maestro Alberto Villalpando frente a su teclado en su casa de Cala Cala

Estamos ahora en Puna, principios de los 50. Es Semana Santa. Se celebra una misa de difuntos en la iglesia. El atrio ha sido tomado por tropas de músicos, un ejército de tarkas y zampoñas. Todos parecen tocar al mismo tiempo distintas melodías. Es un caos. O no. Abelardo y Alberto quieren treparse a la torre para contemplar todo desde arriba, como dos pequeños dioses. No se puede. Llegan, nomás, hasta el coro. El sonido de las melodías caóticas (o no) del atrio no llega hasta lo más alto. Ahí, en esa sucursal de cielo, los hermanos solo alcanzan a escuchar el armonio. Suena el Dies Irae del Canto Gregoriano. Cuando los himnos monódicos de la misa terminan, vuelve la fiesta a retumbar el templo. Los comunarios tocan ritualmente por la muerte de un “kuraka” querido. Villalpando, con el privilegio de la memoria dirigida, ya tiene la idea en la cabeza para su primera pieza de orquesta: sus “liturgias” de fantasía —que se estrenarán recién en 2000— tendrán tres movimientos, atrio-misa-atrio. “Le debo mucho a Puna”, termina.

El pensamiento musical de Villalpando se puede resumir en una frase: oír el paisaje. El maestro está convencido de que la geografía suena. Solo hay que saber escuchar. Y recoger esa fuerza interior, esa energía que tienen nuestros territorios. Villalpando está en contra de las apropiaciones culturales, del uso comercial/folklórico de las melodías más ancestrales. “Yo invento, solo una vez usé una pieza de Charazani para un pequeño fragmento de un concertino para flauta”. Rescata, sin embargo, el trabajo de Savia Andina y la labor de Cergio Prudencio con su Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos, fundada en 1980.

El paisaje no solo está para ser escuchado también alumbra ideas. Ante la expectación de la tierra, Villalpando se sumerge en meditación, en introversión. Cuando esto ocurre, brotan sus Místicas, música de cámara. Ya lleva catorce. Cuando el paisaje es majestuoso/imponente, nacen pentagramas para orquesta. Son su Música para orquesta. Ya lleva siete con la estrenada esta semana. “Mi percepción emotiva del paisaje me lleva a construir un pensamiento panteísta, me conduce interiormente a la búsqueda de lo divino. La desolación puede ser también silencio. Este silencio reina en los cerros y es acentuado por el viento que nace en el silencio para perderse en él”.

En La Paz vive por aquellos años en el barrio de Miraflores, en la avenida Saavedra, frente al Hospital General. Se ha casado con la argentina Camila Nicolini, a la que conoce en el Instituto Di Tella. Tendrán dos hijos, Javier y Alejandra. El panorama musical en La Paz es desalentador. “La Orquesta Nacional era malísima y había pocos músicos competentes”. Un amigo, el tarijeño Mario Estenssoro Vázquez, le presenta a Jorge Sanjinés, recién regresado del exilio en Lima. “Mire Villalpando; Sanjinés, el cineasta, está buscando un músico, venga usted”.

El maestro entra a trabajar en el Instituto Cinematográfico Boliviano. Va a componer la música original para el cortometraje ¡Aysa! (1965), Ukamau (1966)  y Yawar Mallku (1969). También trabajará con Jorge Ruiz (en Mina Alaska, 1968), Antonio Eguino (Chuquiago, 1977, Amargo Mar, 1984 y Los Andes no creen en Dios, 2007) y Paolo Agazzi (Mi socio, 1982).  Y con Hugo Roncal en Los ayoreos (1979). “Busco ese documental desde hace mucho tiempo. Su música tiene una historia linda. La musicalicé con voz femenina y una sola guitarra. Fuimos con Hugo a grabar a Buenos Aires durante quince días. Los ayoreos, nómadas, solo la usan durante sus cantos funerarios. Un antropólogo la escuchó sin el permiso de la comunidad y acabó en un saco. El antropólogo alemán Bernd Fishermann sí pidió permiso y pudo escuchar”.

En 1966, con Estenssoro de ministro de Culturas y Turismo de René Barrientos, la Orquesta Sinfónica, dirigida durante dos años (1964-65) por el estadounidense Leonard Atherton, mejora y vive su época de oro. Villalpando compone (su Mística N° 1 es de 1965 y su Concertino para flauta y orquesta, de 1966), se traen músicos reconocidos de Uruguay y Estados Unidos y se cubren las primeras sillas con profesionales que también enseñan en el Conservatorio. Con la llegada de la dictadura de Banzer, todo se viene abajo. El director de la Sinfónica, Gerald Brown, se lleva a los músicos “y nos deja plantados”. El gobierno de facto cierra el Ministerio de Cultura (una vieja y nefasta “tradición” que repetirán todos los golpistas) y los falangistas hacen desaparecer los ítems de los músicos profesionales. “La Orquesta y el Conservatorio volvieron a ser el mismo desastre de antaño”.

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Fotografía en que se ve a Villalpando junto a su segunda esposa, la poeta Blanca Wiethüchter

En 1965 conoce a Jaime Saenz. Villalpando camina la calle Ayacucho a la salida del ICB. Pasea en compañía de Édgar Ávila Echazú, otro chapaco. El poeta (y también pintor: en la casa de Cala Cala, en Cochabamba, el maestro tiene tres retratos al óleo de su autoría) y el músico se encuentran con Saenz, quien suelta una invitación: “Vengan a visitarme a la casa”. Villalpando cosechará una amistad fecunda, escuchará música de Bruckner y Schumann (“detestaba a Chopin”), gozará con algunas óperas de Wagner y nacerá un proyecto entre ambos. También verá la esvástica famosa pintada con tiza. Nunca beberá con él. El proyecto se llamará La máscara (luego virará hacia Perdido viajero). Quiere ser una ópera en tres actos, pero se quedará en (casi) nada. Villalpando prepara la música junto con Carlos Rosso y Jaime se encarga del libreto (sobre la postguerra del Chaco).

El maestro logra el financiamiento a través de un productor de cine llamado Gonzalo Sánchez de Lozada, que suelta sin asco los quince mil dólares que costará la producción. Se tenía que estrenar a finales de 1973, principios de 1974. No pasará naranjas. “Goni” hace incluso observaciones al primer acto y pide al trío a que no se peleen: “muchachos, parecen albañiles”. Cuando Villalpando insiste y exige a Saenz que entregue el texto (ya ha cobrado de Sánchez de Lozada el anticipo y el finiquito), el escritor responde tajante: “No se va a poder y mejor se van todos a la mierda”. Presume Villalpando que Saenz estaba celoso de su relación con Rosso. Pero solo intuye. De todo aquello solo quedarán vivos dos fragmentos musicales que terminan siendo una obra electroacústica ¡Bolivianos…! y un aria para barítono.

No verá a Saenz nunca más hasta dos meses antes de su muerte en agosto de 1986. “Caminaba por Miraflores con Blanca y lo vimos. Nos invitó a su casa, nos recibió en cama. Estaba borracho tomando de una botella de singani que tenía bajo el camastro. Era un mal borracho, sentimentaloide. Por aquel entonces solo escuchaba música, nos leyó un cuento y se quedó dormido”.

En los setenta nace el Taller de Música de la Universidad Católica de La Paz. Se arma una dupla: Alberto Villalpando-Carlos Rosso. Va a ser un salto a la modernidad. A finales de esa década, se va dos años y medio de primer secretario a la embajada boliviana en París. “No me gustó mucho Francia”.

Es gracias a Saenz que conoce a la que será su segunda esposa, la poeta Blanca Wiethüchter López. Tendrá una hija: Valentina (nacida en 1990). Las hijas de Blanca (Camila y Olivia del primer matrimonio de la escritora con Ramiro Molina) le dicen “Alber”. El amor brota mientras Blanca da talleres de literatura a sus alumnos de música. Al día de hoy, con 82 años, Villalpando sigue dando clases de contrapunto y armonía moderna en la universidad. El jueves pasado recibió el Doctorado Honoris Causa en el campus Tupuraya de la Católica en Cochabamba. Y hace cuatro años, el mismo título de la San Simón.

“Con Blanca, la relación fue muy linda, intensa, nos complementábamos, había mucho diálogo”. Juntos viven en La Paz y Santa Cruz y hacen —entre otras muchas obras— un ballet La Lagarta y Mientras crece un árbol sobre el mar (2000), para soprano, orquesta de cuerdas y vibráfono, musicalización de textos de Blanca. También lanzan una revista a finales de los noventa, Piedra Imán, junto a Rubén Vargas, Iván Vargas, Gilmar Gonzales Salinas, Alfonso Murillo Patiño y Ricardo Pérez Alcalá, editado por el sello El Hombrecito Sentado, de Wiethüchter. Blanca llegará a escribir —junto a Carlos Rosso— su biografía en Cochabamba, antes de su fallecimiento por cáncer de mama: La geografía suena. Biografía crítica de Alberto Villalpando.

En 1995 llega la venganza de la ópera. Los recuerdos de las obras disfrutadas en el Colón de Buenos Aires siguen intactos. La bronca con Saenz, también. Es la hora de contar el detalle del principio, la alusión inicial a Néstor Taboada Terán. Villalpando lee en París su novela Manchay Puytu: el amor que quiso ocultar Dios (editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1977). “Yo con esto voy a hacer una ópera”. Idéntica a la frase: “Yo siempre te voy a hacer música”. Villalpando compone durante un año y la ópera tiene tan solo tres presentaciones en el Teatro Municipal de La Paz. Giovanni Silva es el tenor; María René Ayaviri, la soprano; Gastón Paz, el barítono; y Ricardo Estrada, el bajo barítono. Los bajos son Hugo Silva y Gerardo Arteaga, además de Giovanno Salas y Teresa Morales. La escenografía es del maestro Pérez Alcalá; y el diseño de vestuario e iluminación, del arquitecto Juan Carlos Calderón. Un auténtico lujo sibarita.

Si este perfil arranca con una promesa, va a terminar con una maldición. Poco se sabe de la labor literaria del maestro Villalpando. De muchacho llega a publicar tres relatos en la revista de la Universidad Tomás Frías cuando su padre era el rector. Bajo los ánimos de Saenz, transforma un relato en novela. Se llamará Un tren viajaba en los ojos de Baní (1968). Jaime transcribe varias copias a máquina y le empuja a inscribirla en el Primer Concurso de Novela “Erich Gutentag” con una broma a su estilo: en el sobre colocará “Concursando solo al primer premio”. No ganará (saca la primera mención) pues Renato Prada Oropeza viene de triunfar en el “Casa de las Américas” de La Habana con Los fundadores del alba.

El segundo intento de publicación llega desde Argentina. Un editor, el ensayista Néstor Murena, promete publicarla en Sudamericana pero lo retiran del trabajo en la editorial. El tercer intento nos conduce hasta La Paz. Bajo el entusiasmo de Blanca, se llega a un acuerdo con la editorial Altiplano del Colegio Don Bosco. Cuando las galeras están listas, el cura italiano Renzo Cotta para el tiraje y funde los plomos. El cuarto intento llega en la época del quincenario El Juguete Rabioso. Wálter Chávez, dispuesto a terminar con la maldición, consigue unos pesos, pero un cáncer detectado a tiempo le obliga a destinar la plata para su curación. Alberto Villalpando ya no quiere comprometer a nadie en la publicación de su novela: “Me da miedo”.

A estas alturas de pentagrama prefiere disfrutar de sus últimos estrenos musicales y de los buenos partidos de fútbol europeo en la tele (“el boliviano me hace sufrir”). Su carrera musical ha puesto un granito de arena en la construcción identitaria nacional. “Tenemos un modo de ser bolivianos, muy distinto de nuestros vecinos con muchas cosas en común, pero con particularidades. No somos ni peores ni mejores que nadie, pero hay una forma de estar en el mundo que es realmente boliviana, caracterizada por cierta ingenuidad, algo de credulidad y algunas notas de optimismo. Esta forma de ser se puede resumir con una frase que dicen en La Paz: lo más seguro es que quizás”. Lo más seguro es que quizás el maestro siga haciendo música para su Niño por los siglos de los siglos. Así sea.

Fotos: Ricardo Bajo y archivo Villalpando

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EL REGRESO Los trazos de José Ballivián

El artista paceño presenta una selección de dibujos en Kiosko Galería de Santa Cruz

Los trazos de José Ballivián

/ 19 de mayo de 2024 / 06:58

—¿Qué hará Quilco en la vida?” —él respondió resuelto: — ¡Nada!

Y tornó el camino de regreso, entregándose a los brazos abiertos de su solar nativo. Surcó con pies recios el lomo de mar endurecido de la pampa, se peinó la cabellera con el viento y aplacó su sed en el arroyo tímido. Se santiguó con la cruz de los cuatro puntos cardinales y se santificó con el aire de las cordilleras. Se envolvió de pampa y se puso frente al horizonte, camino de su hogar. Entonces el asno le mostró su fatiga y la majada le contó los secretos de la pastora.

Y cuando Quilco se hubo reintegrado a sus campos, puso las manos en los hombros de su padre y le habló en aymara:

—Tatay me he regresado…

Fragmento final del cuento ‘Quilco en la raya del horizonte’ de Adolfo Cáceres Romero

La reflexión sobre lo mestizo implica una definición de raza, una combinación que se ha producido en Bolivia antes de la llegada española y que tuvo un impacto político por los privilegios que gozaban los españoles y sus hijos durante la así llamada colonización.

Las reivindicaciones raciales, de alguna forma fracasadas durante la revolución de 1952 en Bolivia y los grandes esfuerzos políticos de este siglo por darle presencia a algunos grupos hasta entonces marginados, generaron propuestas estéticas que no solamente repiensan la idea de igualdad ante la ley, sino que también reivindican sus expresiones estéticas y, en algunos casos, como los de Adriana Bravo, Iván Cáceres y José Ballivián, entre otros, estiran esta reflexión hasta lugares que si bien transgreden los márgenes de lo políticamente correcto, son una inevitable muestra de la expresión cultural de una Bolivia actual, responsable por una condición social en la que los flujos comunicativos ponen en permanente diálogo lo local, popular y andino con los dejos producto de la imparable invasión global. 

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Esta muestra titulada El Regreso, inspirada en el cuento Quilco en la Raya del Horizonte de Adolfo Cáceres Romero, sugiere un retorno a una práctica tradicional y a una representación normativa como lo es el dibujo de José Ballivián, pero que se distingue y se diferencia por las temáticas que presenta y en las que se pone en tensión combinaciones culturales poco ortodoxas y en muchos casos políticamente incorrectas.

José Ballivián reflexiona sobre las múltiples capas que conforman la identidad nacional.

La selección de dibujos de distintas épocas conjuga un cuerpo de obra que se enfoca en lo así definido como mestizo, pero que simplemente implica la visibilización de ciertos grupos que consiguieron combinar con éxito visiones transversales sobre lo boliviano.

*El artista José Ballivián expone una selección de dibujos del 2013 – 2024 en la exposición ‘El regreso’ en Casa Melchor Pinto (con la colaboración de Kiosko Galería) de Santa Cruz. La muestra permanecerá abierta del 26 de abril al 2 de junio.

PERFIL

José Ballivián nació en La Paz, Bolivia. El artista visual estudió en la Academia Nacional de Bellas Artes Hernando Siles. Ha expuesto en muestras individuales y colectivas, como la 57a Bienal de Venecia en Viva Arte Viva, en el Pabellón de Bolivia (Venecia, Italia); Bienal Sur (Buenos Aires, Argentina), Bienal Conart (Cochabamba, Bolivia), Bienal Siart (La Paz, Bolivia), Museo de Arte Contemporáneo MAR (Buenos Aires, Argentina), Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino + Macro (Rosario, Argentina), Museo de Bellas Artes (Salta, Argentina), Museo Emilio Caraffa (Córdoba, Argentina) y el Museo Provincial de Bellas Artes Timoteo Navarro (Tucumán, Argentina), entre muchos otros.

Texto: Douglas Rodrigo Rada

Fotos: José Ballivián

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Máncora Restaurant & Bar: Los sabores del Perú, en Sopocachi

restaurante y bar Máncora

Por Fernando Cervantes

/ 19 de mayo de 2024 / 06:47

Crónicas gastronómicas

Máncora es el nombre de una de las playas más bonitas del norte del Perú, caracterizada además por tener un agradable clima cálido los 365 días del año. Antiguo pueblo pesquero, tuvo entre sus visitantes nada menos que al laureado escritor norteamericano Ernest Hemingway, quien anduvo por esos lares allá por el año 1956.

En la ciudad de La Paz, Máncora es el nombre de un nuevo restaurante situado en el barrio de Sopocachi, en el tercer piso de una antigua casona que cuenta con una calurosa terraza en la cual se puede disfrutar de una extensa carta que incluye variedad de ceviches, aperitivos, arroz con mariscos, chaufas y también platos para compartir, como piques o milanesas de la casa. Las especialidades peruanas —como el chupe de camarones, el lomo saltado o la jalea de mariscos— también dicen presente en este menú, pero evidentemente el protagonismo lo tiene ampliamente ganado su barco marino, que trae a bordo platos como el arroz dulce con camarones, jalea de mariscos, ceviche de trucha, ceviche de mariscos, cóctel de camarones, arroz chaufa de pollo, chaufa de mariscos, chaufa de carne, ceviche de camarones, salsas y canchita con chifles. El barco para seis personas está 350 bolivianos y para cuatro personas, a 250.

Algo interesante de mencionar es el amplio horario en el cual este restaurante abre sus puertas, pues se puede visitardesde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche los días de semana y el fin de semana la cocina está abierta hasta las 4 de la mañana.

Máncora Restaurant & Bar

  • Dirección: Av. Sánchez Lima # 2201, 3er nivel. Sopocachi.
  • Reservas: 72009685       
  • Rango de precios: Bs. 24 (empanadas de choclo y queso) a Bs 350 (Barco marino para seis personas)    
  • Producto estrella: Barco Marino. 
  • Horario de atención: Lunes, martes, miércoles y domingos, de 10.00 a 22.00. Jueves, viernes y sábado de 10.00 a 4.00 del día siguiente.

Peter Pablo es el propietario

restaurante y bar Máncora

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Contáctenos:

Fernando  recomienda, Fernandorecomienda @fernandorecomienda,  Correo: [email protected]

Texto y fotos: Fernando Cervantes

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Nación Menotti: Un espectáculo para pensar

El 5 de mayo falleció el entrenador argentino César Luis Menotti, Julio Peñaloza recupera un texto que hizo sobre la visión de este estratega

Por Julio Peñaloza Bretel

/ 19 de mayo de 2024 / 06:45

Pep Guardiola se convirtió en la confirmación de todo cuanto César Luis Menotti pregonaba desde los años 70 sobre el juego a partir de una militancia, de una visión del mundo. Definió que el catalán era el Che Guevara del fútbol. Fue en 2014 que el más talentoso pedagogo de la palabra futbolera en castellano pronunció las últimas palabras, tajantes e irrebatibles: Jugar bien puede ser una cosa para unos y muy distinta para otros. De lo que ya no hay duda es de en qué consiste jugar lindo. La inteligencia, la claridad conceptual y el buen decir fueron características de este que nos enseñó a amar el fútbol como manera rotunda y lúdica de amar la vida. Extrañaremos tanto al Flaco, con la certidumbre de que siempre estará entre nosotros. A continuación el texto (originalmente publicado en 2014 y ahora con algunas actualizaciones) que homenajea a ese flaco, fumador empedernido que partió a los 85 años, víctima de una anemia severa:

Cómo le pega Leonardo Pisculichi de media distancia. Para disparar al arco o para enviar centros perfectos a sus compañeros mejor habilitados.  Cómo le pega  Neymar Jr. que le hizo el segundo al PSG con la clase de los que saben, desde fuera del área y con el ligero efecto que hace del remate, pelota inatajable. Cómo le pega Marcelo Martins que anotó uno de bolea en su cierre de temporada para ser nombrado el mejor extranjero del Brasilerao. Pisculichi estaba de regreso de Qatar con 30 años y el ojo clínico de Marcelo Gallardo sirvió para que un jugador en retirada se convirtiera en la manija de River Plate para conquistar la Copa Sudamericana. Pasar bien y recibir bien son fundamentos ineludibles con los que debe contar un buen futbolista, pero pegarle con precisión y puntería pueden encausar triunfos como el obtenido por los de la banda roja frente a Atlético Nacional de Colombia, o el Barcelona dando vuelta un marcador en partido de Champions, o el Cruzeiro cerrando la temporada con un año fabuloso para el más importante jugador boliviano fuera del país.

El entrenador argentino César Menotti con Pep Guardiola
El entrenador argentino César Menotti con Pep Guardiola

Siempre convencido de que el buen trato de la pelota es el que marca las diferencias de calidad entre unos y otros —para pasarla, para gambetear, para pegarle de lejos—, me reencontré con los orígenes que me convencieron de que el fútbol es un espectáculo para pensar. Esos orígenes están exclusivamente vinculados a mis ávidas lecturas de El Gráfico en 1978 cuando César Luis Menotti, además de ser el seleccionador argentino, fue el locuaz narrador de una aventura entremezclada por jugadores bonaerenses con otros de provincia, que terminaría con la obtención del primer título mundial para la albiceleste.

Pues bien, el número de El Gráfico del último mes de 2014 se presenta con un primer plano del Menotti actual (76 años), canoso, surcado en su rostro por el transcurso del tiempo, quien ofrece respuestas a 120 preguntas y cero cigarrillos luego de haber sido fumador empedernido, que lo confirman como al entrenador que nos enseñó que el fútbol es jugar bien, pero que para ello, aparece como casi imprescindible contar con el maravilloso instrumento de la palabra para vehicular una manera de comprender y explicar el juego, y para eventualmente rebatir tantos falsos debates acerca de la asociación que se hace entre buen fútbol y resultado.

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A Menotti le debemos infinitas reflexiones, incontables ejemplos, ácidas comparaciones y rivalidades que vale la pena sostener, en el convencimiento de que siempre será un buen ejercicio intelectual combatir a los detractores del discurso creativo, los portavoces y hacedores de la practicidad, del camino vertical y simplificado, de la espera antes que de la búsqueda, del ponerse a buen resguardo antes que arriesgar, de los cultores de la falta táctica para anular la inventiva del otro, en la medida en que se carece de prosa o poesía propias. Y es justamente en estas coordenadas que el fútbol seguirá invariablemente siendo juego antes que  botín político, —a pesar de haberse convertido en un negocio descomunal— ese que el propio Flaco calificó alguna vez: “Amo el fútbol, pero su entorno me pudre”.

Menotti fue mi maestro por entregas semanales de la legendaria revista argentina. Me enseñó a mirar el juego apreciando la sensibilidad de los artistas que terminan dominando la pelota con todos sus misterios de trayectorias o inexplicables desapariciones, y es a partir de él que pude entender mejor lo que hizo Brasil del 70, Holanda del 74 y el Barcelona de la prodigiosa década de la santísima trinidad, Messi, Xavi e Iniesta. Justamente en esta conversación con el periodista Diego Borinsky encontramos, como si se tratara del hallazgo que nos faltaba para completar el rompecabezas de nuestras convicciones, el siguiente criterio sobre lo hecho por Josep Guardiola en La Masía y el Camp Nou: “Lo de Guardiola fue un huracán devastador, arrasó con toda la trampa y la mentira, los aniquiló de tal manera que ahora hasta los italianos quieren tener la pelota y jugar. El único que cada día juega peor es Brasil.” Y como para hacer más ilustrada tan rotunda afirmación, completemos el panorama con esta otra: “Fueron asesinados por Guardiola. Felizmente asesinados, los decapitó, les cortó la cabeza, las patas, se acabó, no se puede hablar más, porque ahora Guardiola va a Alemania y mete 7 goles, o como el otro día, que su equipo hizo 35 toques y la empujaron adentro del arco. Se acabó. Esto no quiere decir que no se pueda ganar de la  otra manera, eh, pero eso que ello pregonaron de que no se puede ganar jugando lindo, eso que hay que ganar y punto, se acabó. Ahí tenés a Guardiola: juega lindo, te ganó 16 títulos, les rompió el culo a todos, inventó a un montón de jugadores. A Piqué lo trajo por dos mangos de Zaragoza, Puyol decían que era un burro que no podía jugar y la rompió. Iniesta era suplente. Se acabó. Los decapitó.”

Diego Armando Maradona

¿Qué más? Para fines de comprensión del contexto boliviano es bueno recordar algunas frases convertidas en eslogans, proferida por algunos jugadores de nuestra liga: “No importa si jugamos mal, lo importante es que ganamos” o “hay que ganar como sea”. Listo. Son esos mismos jugadores los que culpan al sol, la luna, las estrellas, la lluvia, el estado del campo, los árbitros y cuantas excusan encuentren en el camino para justificar su mediocridad o las limitaciones inocultables de sus desempeños. He aquí entonces la explicación de por qué inicio este texto refiriendo las virtudes de tres futbolistas —Pisculichi, Neymar Jr, Martins— que demuestran lo que son con la pelota y no por lo que no pudieron conseguir en la vida. He aquí la explicación de por qué en Bolivia no hablamos de fútbol como nos lo propone Menotti, porque puede resultar incómodo el desmontaje de escuálidas propuestas tácticas basadas en la espera y en el contraataque tal como consiguió en gran medida The Strongest su tricampeonato: Jugando a lo Tigre, con valentía, tantas veces feo y casi siempre pensando primero en el cero en arco propio. Así de pobre es nuestro “profesionalismo”, en el que se debate sobre la filosofía de la papa frita y casi nada sobre cómo tratan la pelota nuestros equipos.

Han transcurrido 46 años desde que Argentina ganara en el Monumental de Buenos Aires su primera Copa del Mundo, y la marca rosarina de Menotti sigue indeleble, así como las de paisanos suyos, igual de valiosos por su inteligencia y claridad conceptual para comprender el juego como Marcelo Bielsa, Jorge Valdano, Lionel Messi, o Norberto Fontanarrosa. Así, con personajes de tan grande credibilidad, el fútbol, continúa siendo una extraordinaria aventura a descubrir y conquistar todos los días en el verde césped.

Texto: Julio Peñaloza Bretel

Fotos: Internet

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‘Experiencia Ítaca’: la travesía interior multisensorial

La espera estéril se torna fértil a través de la profunda reflexión de la protagonista

La actriz Cristina Wayar y la directora general de la obra, Roswitha Grisi-Huber.

Por Mitsuko Shimose

/ 19 de mayo de 2024 / 06:41

El hecho de haber sentido, conocido o presenciado algo tiene que ver con la vivencia, una de las acepciones de la palabra “experiencia”. Esta vivencia es transmitida a través del viaje interior en Experiencia Ítaca, propuesta teatral del grupo La valija de Penélope, que obtuvo el apoyo del Fondo Concursable Municipal de las Culturas y las Artes (Focuart 2023), estrenada ese mismo año y que regresó hace poco  a las tablas del Centro Cultural de España en La Paz y la Casa Grito. Esta obra, dirigida por Roswitha Grisi-Huber, es la puesta en escena del poemario Ítaca, de Blanca Wiethüchter (1947-2004), cuya reedición fue gestionada también el año pasado por el grupo teatral después de que la edición del año 2000 se hubiese agotado.

Experiencia Ítaca busca no solo mostrar la vivencia de Penélope (Cristina Wayar) durante la angustia de su espera —una angustia de amor que, para el teórico literario y ensayista francés Roland Barthes, en su libro Fragmentos de un discurso amoroso (2014), “es el temor de un duelo que ya se ha verificado, desde el origen del amor”—, sino también hacer vivenciar al público dicha angustia —y su resolución— a través de recursos multisensoriales.

Lo primero que se ve al ingresar al teatro es, naturalmente, la escenografía. Más allá de los elementos en la escena, lo que más resalta son los diversos colores, sobre todo en los vestidos guardados en el closet de la protagonista, los mismos que viste para pintar aquella espera grisácea. Bien lo señala Barthes que existe una “escenografía de la espera”, donde se provocan “todos los efectos de un pequeño duelo”, el cual es rehuido por  ella mediante el uso de prendas en toda la paleta de colores, convirtiéndose así el (des)vestirse en un acto subversivo.

En la puesta en escena se siente, además, el aroma del humo de la vela que la actriz apaga luego de prenderla, cuya luz denota esperanza, y desesperanza cuando ella extingue la llama con su aliento. Era al encender la vela que su angustia se incrementaba, lo que no quiere decir que al apagarla el desasosiego desapareciera. “La angustia de la espera no es continuamente violenta; tiene sus momentos apagados”, apunta al respecto Barthes.

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El sentido del gusto se hace presente a través del vino que bebe Penélope (nombre griego que significa “la que teje”), algunas veces imaginando la celebración de cuando esa ausencia se disolviera, u otras, en actitud de cavilación, la cual la lleva del tejer y destejer al escribir y reescribir. “Es la Mujer quien da forma a la ausencia, quien elabora su ficción, puesto que tiene el tiempo para ello; teje y canta; las Hilanderas, los Cantos de tejedoras dicen a la vez la inmovilidad (por el ronroneo del Torno de hilar) y la ausencia (a lo lejos, ritmos de viaje, marejadas, cabalgatas)”, se lee en  los Fragmentos.

La sonoridad —cuyo diseño está a cargo de Canela Palacios— también se percibe claramente en la puesta en escena a través de llaves, sogas tensionadas, arena en un círculo de papel mantequilla, entre otros, cuyas resonancias simbolizan collares, el paso del tiempo y las olas del mar. Del mismo modo se escucha el canto de Penélope, que al igual que el de las sirenas, es el que realiza el conjuro que invoca su nombre en el acto de aguardar. Ya decía Barthes que “la espera es un encantamiento”. Según este teórico francés, “la ausencia amorosa va solamente en un sentido y no puede suponerse sino a partir de quien se queda —y no de quien parte—. Históricamente, el discurso de la ausencia lo pronuncia la Mujer: la Mujer es sedentaria, el Hombre es cazador, viajero; la Mujer es fiel (espera), el Hombre es rondador (navega, rúa)”; pero debido al conjuro, el estado de espera se subvierte.

Unida a la percepción del oído, está la del tacto, pues todo lo que toca la protagonista tiene un sonido específico acompañado de particulares texturas, como el tejido y el telar o, se manifiesta desde el re-descubrimiento de su propio cuerpo, algo que le brinda conciencia de sí misma a través de su corporeidad. Para Barthes, es necesario sacrificar ese Imaginario del otro, para acceder al “amor verdadero”, ese que logra sacarla de su espera sin (des)esperar y que la envuelve en su propio abrazo.

De ese modo, en Experiencia Ítaca, la espera estéril se torna fértil a través de la profunda reflexión en la que la actriz se sumerge durante su viaje interior multisensorial. Esta introspección la lleva a tejer/escribir su propia historia, conduciéndola al tan anhelado encuentro, que ya no es con el otro, sino consigo misma, re-unión que se da en el mar de su isla natal de la cual se reapropia borrando la sensación de anulación que genera la espera, puerto al que llega en el buque de su propio nombre: Penélope, y que termina diluyéndose para convertirse una con el océano: Ítaca florece.

Texto y Foto: Mitsuko Shimose

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Nocturno de Tiwanaku

El sitio arqueológico de Tiwanaku abrió sus puertas —de 19.00 a 22.00— para la Larga Noche de los Museos. Una experiencia diferente.

/ 19 de mayo de 2024 / 06:30

Son las siete de la noche y hace (mucho) frío. Un centenar de personas esperan a que las puertas de acceso al sitio arqueológico de Tiwanaku se abran. Llegan los primeros guías y piden paciencia. Es la quinta vez que la Puerta del Sol, los monolitos, el templete subterráneo y las pirámides de la cultura tiwanacota van a ser apreciados de una manera diferente: de noche. Bajo la oscuridad y bajo las estrellas de mayo (mes de la Chakana), Tiwanaku —la vieja capital— revela sus misterios ancestrales.

La pirámide de Akapana es la primera parada del recorrido nocturno. La Chakana —la Cruz del Sur— se ve con todo su esplendor bajo un cielo despejado. El templo está estratégicamente pensado para disfrutar de las deidades astrales en forma de constelación cuadrada y escalonada. La cultura tiwanacota perduró durante más de 25 siglos y siempre supo dónde estaba el sur, gracias a la chakana.

Se ven colores azulados y blancos, rojos, naranjas. Todas las estrellas son más grandes y luminosas que el sol. Los tiwanacotas y otras culturas ancentrales estaban íntimamente conectados con el cosmos, con el cielo. En esta noche de Tiwanaku, lejos de las luces de la ciudad, esa relación —olvidada con la llegada de la era de la industrialización— renace de repente. Es un viaje en el tiempo.

En la visita nocturna a Tiwanaku se pueden apreciar piezas emblemáticas.
En la visita nocturna a Tiwanaku se pueden apreciar piezas emblemáticas.

El “puente/escalera” (eso significa chakana en quechua) está frente a los ojos de los que llegaron. La conexión entre el mundo terrenal y el mundo de los dioses se dibuja en el firmamento despejado. Son los cuatros “suyos”. Un guaraní que visita Tiwanaku por primera vez dice en voz alta en el primer grupo de visitantes: “no veo una cruz, lo que veo yo es al ñandú”. Tiene razón (también): la constelación lleva la forma de una avestruz. Cada uno ve lo que quiere.

La segunda estación es el monolito Ponce. Es la estela ocho. Estamos dentro del Templo de Kalasasaya, el templo de las piedras paradas. Tiene tres metros y es de una sola pieza, de piedra andesita. Tiene lágrimas con forma de pez, hombres alados, águilas, plumas, cóndores. De noche impresiona más, de noche parece saber cómo y porqué desapareció la cultura tiwanacota, esa que se extendió desde las costas del actual Chile hasta el altiplano, desde el Perú hasta la Argentina actual. ¿Qué pensaría la noche que lo “descubrió” Carlos Ponce Sanginés? Dime cuál es tu verdadero nombre, ahora que está oscuro y nadie nos escucha. Cerca está el monolito Fraile, pieza de arenisca veteada. Tiene peces. Es un dios del agua, cuando el lago Titicaca llegaba hasta estas orillas. En una mano un “keru” (vaso) y en la otra un báculo. Viste faja. Fue enterrado con honores. No sabemos cuándo resucitará.

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Unos metros más adelante, al extremo oeste, los turistas se sacan fotos con la Puerta del Sol. Está iluminada y la gente aprovecha para sacarse “selfies”. Dicen que antes adorábamos a la luna y luego la cambiamos por el sol. Este recorrido nocturno es una ofrenda a la diosa luna, esa que ilumina nuestras noches de insomnio. Espero que Huiracocha, el Señor de los Báculos, no se moleste.

Los visitantes observan y toman fotografías a las estelas de Tiwanaku.

Caminamos en la oscuridad, hay que mirar al suelo para no tropezar. Algunos alumbran el piso con la luz de los celulares. Cuando bajamos hacia el Templo de Kalasasaya, hay que agarrarse de las piedras de las escaleras, de las paredes balconeras. La temperatura, a campo abierto, roza los cero grados. Cuando llegamos a la escalinata de piedra, todos se paran para sacar fotos. Cuando bajamos al templete subterráneo, al mundo de abajo, las 175 cabezas clavas de roca caliza dan más miedo que de día. Están a punto de contarnos la verdad en esta noche de misterio. La guía habla de mensajes extraterrestres que se escuchan en las noches más frías, como la de hoy.

En el centro del templete estaba el monolito Bennet, la estela Pachamama. Hoy está a resguardo en el Museo Lítico, bajo techo. Ha sufrido demasiado desde que fuera llevada a la fuerza y sin permiso de la comunidad a la ciudad de La Paz en 1932. Primero estuvo en el Prado y luego junto al estadio Hernando Siles en Miraflores. Cada vez que lo movieron/molestaron sin pedir permiso/ofrenda ocurrieron desastres, especialmente inundaciones, como aquellas del 2002 cuando fue trasladado de vuelta por última vez. Su “descubridor”, el gringo Bennett, murió ahogado en una playa de su país, Estados Unidos. Con los dioses no se juega y menos si son gigantes. En su lugar, hoy está el Monolito Barbado, es la estela 15 o “Kontiki”. La guía apura a los visitantes: “vayan saliendo, tienen que entrar el resto de los grupos”.

De regreso al Museo Lítico, nos chocamos con otros grupos. En la entrada del museo, los chicos del grupo de teatro de la UPEA, la Universidad de El Alto, escenifican pasajes y leyendas. El paseo por las salas cerámicas y líticas es gratuito cuando Tiwanaku se muestra de noche.

La estela Pachamama luce imperial, sobrecoge por su tamaño. Me gustaría que estuviese de nuevo en su lugar junto al resto de las estelas, junto a sus hermanos, como reina de la noche. Son las 10 y los últimos minibuses devuelven a los citadinos a las luces de la ciudad. El sortilegio ha terminado. Los gigantes duermen tranquilos. Hasta el próximo nocturno de Tiwanaku.

Texto y Fotos: Ricardo Bajo Herreras

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