Wednesday 22 Mar 2023 | Actualizado a 06:28 AM

La magia en una valija

/ 22 de enero de 2023 / 06:31

La investigadora literaria argentina María José Daona escribió sobre ‘Ayer el fuego’ de Rodrigo Urquiola

Otra vez el vaivén del viaje”, menciona uno de los personajes de Rodrigo Urquiola. Otra vez el ir y venir de voces, historias y pisadas en una escritura profusa y deslumbrante. Otra vez el viaje de un autor en busca de lectores. Hemos asistido en los últimos años a la aparición en nuestras librerías y academias de una serie de escritores bolivianos que vinieron a iluminar un sistema injustamente silenciado, escritores que se posicionaron como voces insoslayables de la literatura latinoamericana contemporánea, que no solo publicaron sus libros en las grandes editoriales comerciales sino que también se ocuparon de reeditar clásicos y de hacer resonar voces empequeñecidas a lo largo de la historia literaria.

En la mayoría de los casos son escritores que dejaron Bolivia e iluminaron un sistema desde los centros imperiales. Claro que lo celebro, pero no pude, a lo largo de estos años de búsquedas y lecturas, dejar de preguntarme por esos otros autores que se quedaron a vivir en las inagotables cumbres andinas. En las periferias que, en muchos casos, son el centro del país. A veces escuchamos sus nombres pero no llegan a las librerías. Leer sus libros (la mayoría de las veces en pdfs conseguidos por los caminos de la ilegalidad) no siempre es una posibilidad. Rodrigo es uno de estos escritores. El autor buscando lectores, viajando con una valija cargada de libros, retenido en la aduana, retenido en colectivos que pareciera nunca llegan a destino. Es así que llega a Tucumán con los libros bajo el brazo para mostrarnos esos lugares de los que el gran mercado editorial nos sigue privando. Celebro esta llegada doble: la del autor y la de sus libros. Celebro la llegada del recién venido.

Joven boliviano, autor de tres novelas: Lluvia de piedra, El sonido de la muralla y Reconstrucción; de cuatro obras de teatro: El bloqueo, El retorno, La serpiente y La felicidad; de dos libros de cuento: La memoria invertebrada y Eva y los espejos, a los que ahora se suma Ayer el fuego.

EVENTO. Fue en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán. Foto facultad de filosofía y letras de la universidad nacional de tucumán

Urquiola construye una escritura de memorias huérfanas. Una memoria que quiere ser y que nunca es. Una memoria mentirosa, territorio precario que se busca en la imaginación, el último refugio. Leemos en las páginas de Reconstrucción: “La reconstrucción es lo cierto porque es lo que queda, todo lo anterior es inaprensible. Y es que incluso la verdad es una ficción, una lectura particular y son las letras lo que se lee, siempre, aunque estés cerrando los ojos con fuerza y de pronto veas imágenes. ¿Qué es lo que hace puma al puma? En principio el orden de las letras que forman la palabra p-u-m-a. ¿Qué es una letra sino la aproximación a un sonido? ¿Qué es la forma de una letra sino el intento de atrapar un sonido en un dibujo? ¿Y qué es una palabra entonces? ¿Un conjunto de sonidos que buscan atrapar entre nuestros dientes algo que se nos escapa? ¿Y por qué un puma, entonces, no puede ser un jaguar? Los sonidos no mienten, pero la memoria sí”.

Es quizás este desasosiego el que se reproduce a lo largo de su obra, páginas y páginas que buscan una “realidad más grande, invisible, que existe detrás de lo que nuestros ojos ven cuando observan el mundo”. Esa realidad de piedra, de padres que no están, de madres que desaparecen mirando murallas. Realidad de espejos donde no es posible mirarse. Realidad de ellos y nosotros, de forasteros y extranjerías. De llantos incesantes, de sueños, máscaras y pesadillas. Posibilidad de reconstrucción, siempre trunca. En un país que “otra vez se ha quedado sin historia”.

Ayer el fuego es una colección de diez cuentos donde el deseo de imaginar una memoria vuelve a ser el disparador de la escritura. “Somos memoria y la memoria es buscar en el intrincado silencio de las imágenes que se quedan siempre atrás”, dice el narrador de Chupacabras, cuento que abre el libro y que explora las posibilidades de decir, ¿a qué imágenes ponerles sonido y convertirlas en palabras? El silencio, el juego entre lo que sí se dice y lo que no, aparece como pregunta y como deseo de escarbar en esas memorias olvidadas, en esas vidas que nadie contará, en esas imágenes que se guardan en los intrincados senderos del pasado.

Este libro nos introduce en territorios paceños olvidados; esos espacios que no fueron narrados ni imaginados en esta literatura. No aparece el Miraflores saenciano ni el Sopocachi urzagastiano. Tampoco están los espacios cerrados e íntimos, ni casas ni bodegas. Los cuentos de Ayer el fuego son cuentos de tránsito y desplazamientos que construyen una ciudad de márgenes y desigualdades. En los recorridos desde Chasquipampa hasta la plaza Murillo se configura el espacio del pongo, del hambre, del indio que aparece a veces como intruso en zonas no correspondidas, en la zona Sur jailona y de lenguas extranjeras. Entre esos tránsitos están las escenas de infancia: los partidos de fútbol, las comidas de la abuela, los amores lejanos. Y también las formas de la violencia.   

Los tránsitos y cruces se reproducen, los vaivenes constantes reaparecen e inscriben los tonos que predominan en la escritura de Urquiola: la ternura y la amargura. Entre esos tonos está la imposibilidad del encuentro entre lo alto y lo bajo, de zanjar la distancia de clases que es también la distancia étnica, la negación del territorio propio, la vergüenza, la construcción del indio, del negro de mierda. “Abuelita, enseñame aymara”, dice el protagonista de uno de los cuentos. A lo que ella responde: “No, hijo, tú vas a hablar inglés. Tienes que ser mejor que yo”. Cruces imposibles donde también aparece la venganza como respuesta porque el diálogo entre clases es siempre una aventura, una anécdota, un suceso condenado, como el Lennon asesinado por un “te quiero” que nunca fue respondido. 

Estas memorias imaginadas se tensan también con reencuentros de personas y espacios, con los restos de esos recuerdos en un presente habitado por rastros, gestos y marcas. Invadido por la nostalgia de lo ido. El reencuentro es recurrente en estos cuentos porque en el continuo caminar por la ciudad se vuelve a los espacios del pasado; allí donde fue ahorcado el perro del loco Eustaquio; se recuperan rostros desaparecidos, como Mariana devenida en Ashley. Movimiento continuo que devela las miserias del presente, los sinsentidos de un mundo derruido, el fuego que atravesó el tiempo, el fuego del ayer y del que solo se conserva el aroma de la ceniza.

También puede leer: Una biblioteca quijotesca, acaso una ínsula

Entre estos territorios olvidados aparece Senkata, espacio conocido por nosotros por la masacre de 2019. Cuando esperamos la narración del golpe de Estado, los incendios y las corridas, nos encontramos con otra masacre: el segundo tiempo de un partido de fútbol. En un gesto por mostrar las formas de habitar un territorio el cuento se corre de lo esperado y muestra estas vidas de abandono, de padres que quieren hijos de otros, experiencias en cementerios y de amistades. Aquí están los recorridos por La Paz periférica, esa “breve ciudad de los muertos”. 

Uno de los personajes de este libro es un buscador de historias, caminante que busca en los recovecos de la ciudad qué decir. Aburrido de hablar de desaparecidos y sobrevivientes de la dictadura, cansado de los lugares a los que siempre se vuelve, como el reloj del sur del palacio legislativo, convertido en observador de una ciudad intransitable y cazador de miserias. En este personaje está nuestro narrador, que, como los soldados de la Guerra del Chaco, busca el agua en la ciudad amurallada, en la ciudad de piedra, en la ciudad del silencio.

Ayer el fuego es un libro de vaivenes, de esos vaivenes del viaje, del viaje incesante hacia arriba y abajo, hacia atrás y hacia adelante, hacia afuera y hacia adentro. La Bolivia profunda podríamos decir, o mejor, la Bolivia íntima. Es un libro que explora las ausencias o las formas de la presencia. Es un libro que imagina una vida, un libro que piensa también las formas de orfandad. Padres y madres que buscan hijos, hijos que no quieren padres. Padres que buscan padres. Estos cuentos tienen el tono de la añoranza, aunque lo que se añora no necesariamente es un pasado feliz. El mundo injusto y desigual es parte de ese pasado, es “la flor impredecible que todavía no ha sucedido”. 

Cuando llegó Rodrigo a Tucumán empezaba a armarse una gran tormenta. Pensé que, después de mucho tiempo iba a caer granizo. La lluvia de piedra venía con él. En esa idea se condensaba la magia paceña a la que siempre ansío volver. La tormenta no sucedió, pero con él llegaron los diálogos. Los cuentos de Ayer el fuego fueron apareciendo mágicamente en las charlas, con otras formas. Mi casa quedó invadida de cuentos traídos por este narrador, artesano nómade, el contador de historias. La magia en realidad venía en esa valija que cruzó la frontera, como siempre, en forma de libro.         

Texto: María José Daona

Fotos: Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán

Mamani Mamani, un niño terrible

Roberto Mamani Mamani es una marca, es orgullo y vanidad. Es un vendedor nato, es color y mito.

Facetas. El artista y su obra. Mamani Mamani con un premio de la ONU (derecha). En un viaje a Berlín (abajo).

/ 19 de marzo de 2023 / 08:41

Soy un niño terrible que juega con los colores / como una ñusta tejedora que tiñe los mantos sagrados. / Soy un niño con manos pequeñas que juega con el barro / como un amauta con las estrellas / (…) Soy tan terrible que juego con las formas, sin reglas / sin trampas pero tan terrible, tan terrible, que tal / vez a alguna gente no le guste pero aquí estoy” (del poema Soy un niño terrible, soy un niño aymara, Roberto Mamani Mamani).

Roberto tiene diez años y baila en Jaihuayco, uno de los barrios más antiguos de Cochabamba. Estamos a finales de agosto, año del señor de 1972, festividad de San Joaquín, el patrón del barrio, el “santo de los abuelos”. Roberto baila en la entrada de los paceños (su madre y su padre lo son); baila kullawada, la danza de los tejedores aymaras. Su fraternidad se llama “Kullawada Velas de Oro”. La familia vende velas en el Valle Alto. Muchos años después dirá: “para pintar morenada, hay que bailar morenada”.

Su infancia es una mañana en el río Rocha; los sapos no botaban polvo como ahora. Roberto nada en el río y pesca, mientras su madre lava las frazadas. Llevan comida y pasan todo el día. No están lejos de la estancia de Cala Cala que cuidan para el patrón.

Su madre es Antonia Quispe Mamani, nacida en Tiwanaku. Su padre es Ángel Mamani Ventura, de Puerto Acosta. En los sesenta se cambiará el primer apellido: dejará de llamarse Mamani (halcón/águila en aymara) para llamarse Aguilar. El hijo recuperará el apellido en sus cuadros. El abuelo paterno, Carlos Mamani, es uno de los miles de soldados aymaras que lucha en la Guerra del Chaco.

La madre y el padre se escapan porque las familias no están de acuerdo con el ”sirwiñaku”. El primogénito (“soy el fruto de un amor prohibido”) nacerá en Cala Cala (un 6 de diciembre de 1962); tendrá una infancia feliz. Será un “k’acha mozo”. El “niño terrible” vende junto a su padre la papa frita y el maní que hace su madre. “Nunca me voy a morir de hambre”. Nota mental uno: doña Antonia tiene, hasta el día de hoy, un puestito de medias en la calle Uyustus de La Paz. Cuando dice a sus compañeras y a los clientes que su hijo es el famoso Mamani Mamani, nadie le cree.

El niño Roberto va junto al padre de concierto en concierto, “puertea” en las tocadas en Cochabamba del “Rey del bolero ranchero” ( Javier Solís), de Sandro, de Juanito (Calizaya) y Sus Ases del Compás… Muchos años después, escribirá morenadas que cantará el mismísimo David Portillo. Para entonces, es un niño que pinta; usa el carboncillo de la cocina. Y ayuda a la madre a vender medias en el mercado 25 de Mayo, el primer mercado seccional de la Llajta. Con el maní, la papa frita y las medias, logrará estudiar. Nace su única hermana, Angélica.

—¿Por qué no tuviste más hermanos y hermanas, Roberto?

—Alguien le dijo a mi mamá: “hazte ligadura de trompas”.

Una de sus pinturas de desnudos (abajo).

Nota mental dos: en 1969 el cineasta Jorge Sanjinés Aramayo estrenó Yawar Mallku, una firme denuncia contra las campañas de esterilización de mujeres quechuas y aymaras por parte de los Cuerpos de Paz de Estados Unidos creados en 1961 para “promover la paz y la amistad mundial”. Uno de sus programas era de “control de natalidad”. El gobierno progresista de “Jota Jotita” Torres los expulsó de Bolivia en mayo de 1971. En agosto llegó el golpe del coronel Banzer.

Su primer colegio es la Escuela Rosendo Peña, en la Cancha; sus primeros modelos/ retratos serán sus profesores, sus compañeritos. Hace periódicos murales e ilustra los cuadernos de Química. Firma como “Túpac Mamani Quispe”. Sus primeras esculturas son de arcilla, son muñecos, títeres de barro. Jaihuayco es tierra de ladrilleras, la patria chica del gigante Camacho. “Yo también tenía que ser alto, pero me pescó la helada”, dice riendo.

Con 12 años, don Ángel y su hijo parten a Oruro. Viven tres años en la capital del folklore boliviano. Roberto estudia en el famoso Colegio Nacional “Juan Misael Saracho”; será un “perro”, sus colores serán el negro y el rojo; y peleará harto —como manda la tradición— contra los “heladeros” del Colegio Bolívar. Será por siempre un “sarachista”. La ciudad sabe a charquecán; hasta los “rostros asados” llevan máscaras.

Roberto descubre que padece una enfermedad de la piel llamada vitiligo. En sus manos, brazos y espalda aparecen manchas blancas debido a la falta de pigmentación (de melanina). El padre cree que eso se cura con frío y se van a Potosí. “Me blanqueaba como el Michael Jackson pero gratis”. Se queda pensativo y añade: “La naturaleza también pinta sobre mí”. Potosí suena a “k’alampeadas”, a charango rasguñado, a huayños; es una piedra ardiente.

Estará otros tres años bajo el manto del Cerro Rico y la Pachamama. No ha cumplido todavía 18 años y Mamani Mamani es un errante caminando la patria. “En Potosí creen que soy potosino y los orureños se enojan pues creen que soy orureño”. Antes de vivir en La Paz, padre e hijo, en su particular vuelta a Bolivia, viven un tiempito en Sucre. Llegan en camión y se ponen a vender p’asankallas. Como había harto chocolate en la Capital, “inventan” las p’asankallas de chocolate. Todo un éxito. Mamani Mamani es un vendedor nato. Es nuestro artista más “pop”; es una marca, su marca.

El primer hogar en la hoyada está en Chualluma. Es la casa de la abuela materna, doña Juana Mamani, tejedora. Con ella, vuelve a la comunidad, a Tiwanaku. Ella, “awicha” sabia, le dice una frase que será fundamental en la evolución de su obra artística: “Nuestros ancestros usaban los colores fuertes para ahuyentar los temores, los malos espíritus y las tristezas; utilizaban colores vivos para sostener la alegría de la vida, para no quedarse en la oscuridad”.

Roberto aprende rápido esa lección en una ladera/barrio que se llenará de color muchos años después: “es mentira que nuestros tejidos y nuestras cerámicas hayan sido dominadas por grises y oscuros. Nuestra música es para sanar, para agradecer. Y los pigmentos son para dar felicidad, para iluminar”. En La Paz, al joven Mamani Mamani le dicen “come mote”; en Cochabamba, le decían “come chuño”.

(“El paisaje andino está dominado por el ocre en sus diversas tonalidades, pero apenas uno alza la vista al cielo o a los grandes nevados, el azul, color de inmensidades y lejanías, se despliega en tonalidades cálidas que visten el paisaje con todas las posibilidades del arco iris. Al margen de la grisitud de la política o el estallido social, cuyo único color cálido es el de la sangre, Mamani Mamani pinta un río de colores, río de meandros desconcertantes que arrebatan el paisaje andino y tiñen de rubor sus mejillas. A río revuelto, ganancia de colores”, Ramón Rocha Monroy, 2004).

Una obra dedicada al gallero Wálter Chávez (arriba).

Cuando está por decidir qué carrera universitaria va a estudiar, una tía (Mónica) le suelta una de esas frases que marcan: “tú tienes que ser el ejemplo para toda la familia”. Elige Agronomía, por esa relación especial con el campo, con la tierra. Dura un año. Se pasa a Derecho. Tampoco “funca”. A Roberto lo que le gusta es dibujar y leer. “Me destaqué en literatura y filosofía, me encantaba la magia de las narraciones, las tradiciones orales, era la época del Boom, del realismo mágico”. Mamani Mamani ni podía imaginarse entonces que mucho tiempo después se iba a encontrar y charlar con Gabriel García Márquez en La Habana.

Los años ochenta son de militancia política, forma parte del PST (Partido Socialista de los Trabajadores), una (otra) escisión trotskista. “Incluso participé en una huelga de hambre en la universidad, en nuestro partido éramos cuatro o cinco, así que me tocó ir”.

La primera vez que entra a la mítica galería EMUSA (de Norah Claros) es para vender su papa frita, su maní y sus medias. La segunda es para exponer sus dibujos. Su primera muestra (marzo de 1990) es de fotografía: en la Galería Rojo, al 508 de la Belisario Salinas, en Sopocachi. Ha intercambiado con un gringo turista uno de sus cuadros por una cámara Nikon. Hace fotografías en blanco y negro, son desnudos de modelos que ocultan su rostro con máscaras del Carnaval. También retrata la ciudad, sus mercados, sus caseras, sus lavanderas, sus anticucheras, sus lustras. Las Naciones Unidas premian una de sus fotos por el Día Mundial de la Población. Su apodo de entonces es “Loquillo”.

(“A pesar de los altibajos en su obra, hay un hilo conductor que revela su alegría de vivir y nos permite desterrar esa imagen del indio triste y vencido, es como un qillqa kamayuc encargado de relatar lo que pasa en su pueblo”, Édgar Arandia, 2009).

Su primera exposición tiene lugar en el legendario Café Arte y Cultura que funciona en el Colegio Don Bosco, en pleno Prado paceño. “Eran dibujos con poemas revolucionarios, me estás haciendo recuerdo de toda esa época”. Las primeras reacciones del mundillo artístico son de rechazo y ninguneo: Roberto ni venía de la Escuela de Bellas Artes y su visión occidental (siempre ha sido autodidacta) ni formaba parte de esa rosca. En pocas palabras, las suyas: “me odiaban, este no es artista, decían”. De la plaza Humboldt de la zona Sur también lo sacan rajando. Entonces se dice así mismo: “voy a demostrar con mi trabajo”.

Lea también: Plástico y basura en el arte de Marina Sinjeokov

La Cinemateca Boliviana de la calle Pichincha e Indaburo se vuelve su hogar. Se hace socio desde que llega a la ciudad con 18 años. También se apunta a los talleres de crítica de cine del Colegio Don Bosco. Cuando pasea por las calles del casco histórico de la ciudad y sus señoriales construcciones, propiedad antaño de los españoles en la colonia, piensa: “algún día me compraré una de estas casas donde los indios eran esclavos”. Hoy, muchos años después, el Museo Mamani Mamani tiene su sede en la esquina de la Casa de la Cruz Verde, en la calle Jaén, la más linda de La Paz.

Cuando en 1991 gana el primer premio de dibujo en el Salón “Pedro Domingo Murillo”, la famosa rosca se quiere desmayar, “a muchos se les partió el alma”. El presidente de aquel jurado es nada más y nada menos que el ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. “De un indio mayor a un indio menor”, me dijo cuando me galardonaron.

La obra ganadora se llama Muertos en combate. Es un homenaje a los tres activistas de la Comisión Néstor Paz Zamora (CNPZ), asesinados por la policía en la calle Abdón Saavedra de Sopocachi durante el desastroso operativo de rescate del empresario Jorge Lonsdale (también muerto). Roberto no lo sabía entonces pero al gerente de la Vascal, subsidiaria de la Coca-Cola y accionista de La Razón, los guerrilleros que lo mantuvieron secuestrado durante seis meses en 1990 le llamaban “Mamani”.

Estamos charlando en “la sala de la felicidad” de su museo de la calle Jaén. Estamos rodeados de sus desnudos sobre papel de periódico. Una señora con sus dos hijas entra y llena el espacio de halagos: “¡qué lindo te quedó el manto del Gran Poder y la Virgen de Sorata, qué preciosura”. Roberto devuelve palabras bellas e invita a las mujeres a comprar alguna postal de la tienda. “Compren y luego vuelven para que se las firme”. Al poco de un rato, regresa una de las hijas. Roberto no solo dedica sino que improvisa un retrato a mano alzada. “Dentro de unos años esta postal valdrá millones”. Se despide de la adolescente como saluda siempre: “Jallalla con toda la fuerza de los Andes”.

La madre y sus dos hijas no han podido prestar atención a la “sala de la felicidad”: los cuadros eróticos de Mamani Mamani son un pequeño “secreto”. Muchos de ellos están recogidos en el libro Entre sapos, whakabolas y algunas k’alanchas (2009). Los desnudos tienen una particularidad: las “k’alanchas” lucen cabezas diminutas con caras vacías, parecen esperar que el espectador las complete; los cuerpos son voluptuosos, parecen llamar a la lujuria. Para Roberto, esas formas, siluetas y curvas son montañas transfiguradas. Es un canto a la fertilidad, a la fecundidad. El erotismo también fue extirpado del mundo andino, como las idolatrías; todo lo que conllevara placer fue castigado y reprimido.

“Mi obra siempre estuvo caracterizada por la madre dadora, por la Pachamama, por las warmis, las tawacos, las imillas, las cholas; por los llokallas, los arcángeles, los pueblos ancestrales sin iglesias ni cruces cristianas, por los falos, los gallos y sus peleas; por el Illimani y los caballos de Tata Santiago; por los sapos como vaginas; por las sandías y los zapallos, por la fiesta, por el color”. Roberto es “naif ”; espiritualidad, abundancia y eros.

(“Acercarse a la obra de Mamami Mamani es atravesar un laberíntico camino que se inicia con la fuerza del color y poco a poco devela el espacio del mito aymara. Dioses y diosas, wawas y madres, vírgenes y arcángeles, pueblos y cerros son las llaves y claves que descubren esta propuesta estética que viniendo desde lo inmaterial se traduce en la maravillosa obra de Roberto, pintor aymara, como no podía ser de otra manera”, Virginia Ayllón, 2009).

Mamani Mamani se autoproclama como el “Príncipe de los aymaras”. Roberto es vanidad y orgullo. Color y mito. Amauta y guerrero. Ha superado los mal llamados atavismos telúricos. Siente una nostalgia sincera por la Arcadia aymara perdida. “No me he casado, ¿qué iban a decir mis ñustas?”. Tiene cuatro hijos (Maya, ingeniera de sistemas; Illampu, artista y cineasta; Illimani, artista; y Amaru, en primero de Psicología). A todos le ha puesto nombres en aymara (“¿por qué mi hijo tiene que ser Maycol? ¿por qué valoramos más lo foráneo que lo nuestro?”). Son los “símbolos vivos” de su legado a la vida. Roberto también pensó un día en cambiarse el nombre; a “Huyuto”, hombre que sabe, que piensa.

(“La fuerza de los colores en las obras de Mamani Mamani refleja el auténtico espíritu combativo de las naciones originarias indígenas del pueblo boliviano”, Evo Morales Ayma, diputado nacional, 2004).

En su tienda/factoría hay para todos los gustos y precios, desde cuadros de gran tamaño hasta bolsos, sombreros, botellas de vino, telas y “souvenirs”. Cuando llegan turistas extranjeros, Roberto les dice en broma: “si no se llevan nada de Mamani Mamani a sus países, en el aeropuerto cuando se quieren volver no les van a dejar salir”.

Se enorgullece especialmente de un hecho que ha podido comprobar: los coleccionistas de “culito blanco” tienen en sus casas obras suyas mientras la empleada baila morenada con una manta de Mamani Mamani. “Cecilio Guzmán de Rojas y Arturo Borda pintaban indios sin ser indios; yo soy un indio que pinta indios”.

Roberto ha expuesto su obra en Europa, Asia y Estados Unidos antes que en el Museo Nacional de Arte. Ha hecho más de 50 muestras en galerías de medio mundo. “Siempre nos han hecho creer que somos pobres, es mentira; somos los más ricos del mundo. Tenemos riqueza de la pura y podemos exportar también el respeto y el agradecimiento por la naturaleza. ¿Quién tiene una Pachamama, un ayni, una tarqueada? Cuando voy a Europa como un plátano a un euro y no sabe a plátano, acá con ese dinero te puedes comprar 25 plátanos que saben y son plátanos. ¿Quiénes son los pobres verdaderamente?”.

Mamani Mamani dice sentirse igualmente cómodo en un hotel de siete estrellas de Japón que comiendo un ají de fideos en los “agachaditos” de la calle Uyustus, cerca del puesto de medias de su madre. “Camino el mundo, lucho, vuelvo a mis raíces, bailo, vendo, sobrevuelo la comunidad como un cóndor al mediodía sobre mis montañas, entro por las tardes a los lugares sagrados como un chachapuma, me divierto por la noche en los prestes; soy un “katari”. Es el ciclo vital de Roberto, el niño terrible, el niño aymara; sin reglas, sin trampas.

TEXTO: Ricardo Bajo

FOTOS: Ricardo Bajo y Archivo Roberto Mamani Mamani

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Sacaba y Senkata: Noviembre en la memoria. Un libro que Luis Fernando Camacho debería leer.

Julio Peñaloza Bretel escribe sobre el libro publicado por la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia.

Imagen. Primer lugar fotografía testimonial ‘Masacre en Sacaba Huayllani’, de Dico Veimar Solis Rocha.

Por Julio Peñaloza Bretel

/ 19 de marzo de 2023 / 08:08

Dos frases definen el golpe de Estado de noviembre de 2019 y al gobierno de facto, producto de la sucesión inconstitucional que llevó a la presidencia a Jeanine Áñez: “Iban a hacer volar la planta de Senkata” y “se dispararon entre ellos” (puente Huayllani, Sacaba). La mentira es la base de sustentación ideológica de los especialistas en la construcción de narrativas que fundamentalmente circulan por las redes sociales, con el propósito de penetrarlas y posicionarlas en el imaginario colectivo. Así fue que se decidió “defender” la planta de YPFB y criminalizar a esos salvajes que se disparaban por la espalda con el propósito de convertir en culpables a policías y militares. Así fue que intentaron salvar responsabilidades. Al final de cuentas, los asesinos quedaron al descubierto y en plena evidencia.

¿Quiénes iban a hacer volar la planta de Senkata? Respuesta concluyente e indiscutible: las hordas salvajes. ¿Quiénes se dispararon entre ellos, como dijo el ministro de la Muerte, Arturo Murillo? Respuesta concluyente e indiscutible: las hordas masistas.

Salvajes y masistas. De esta manera comienza el ataque inmisericorde contra los cuerpos y las cabezas de quienes salieron a oponerse a la renuncia-derrocamiento de Evo Morales. No son personas, no son seres humanos, son como señala cualquier diccionario un “grupo de gente que obra sin disciplina y con violencia”. Digamos, un rebaño que camina por donde el pastor lo guía. El expresidente del Comité pro Santa Cruz, Rómulo Calvo, sabe mucho de este lenguaje. A no olvidar que para él, todos esos “masistas de mierda” no son otra cosa que “bestias humanas”.

La publicación de Sacaba y Senkata: Noviembre en la memoria (Letras e imágenes de nuevo tiempo), a cargo de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia no podía ser más oportuna como punto de inflexión para que quede contundentemente transparentado quiénes fueron en realidad los que dispararon, qué órdenes recibieron y de qué manera están convencidos de haber “pacificado el país” con la promulgación de un decreto (4078) que se constituía en la carta blanca para abrir fuego contra la población civil armada de wiphalas, palos y piedras y cuál era el tono gubernamental de Áñez y sus secuaces para generar un disciplinamiento, so pretexto de combate al coronavirus, con tropas militares patrullando las calles en carros blindados. Desde que se acabara el gobierno de facto (noviembre de 2020) ya no circulan por mi zona camionetas con efectivos ataviados con uniformes de camuflaje que con su amenazante presencia me devolvieron a mi infancia de los años 70 cuando el Gral. Banzer mandaba y perseguía a subversivos del Ejército de Liberación Nacional (ELN) para hacerlos desaparecer bajo el paraguas del Plan Cóndor.

Foto testimonial de Luis Abad Miranda Pantoja (izquierda). Tapa del libro Sacaba y Senkata.

Fotografía artística de Silvia Benito Guaygua y Claudia Mollinedo Valdez (derecha).

Premio. Ilustración poesía ‘Un puente en Huayllani’, de Carolina Morón Ríos (arriba).

Sacaba y Senkata: Noviembre en la memoria es un libro de 600 páginas que contiene materiales generados a partir de convocatorias a concursos. Es un libro de libros. Figuran en él los trabajos que obtuvieron los primer y segundo lugares en las categorías de ensayo, cuento, poesía, dramaturgia, fotografía testimonial y fotografía artística. Sus autoras y autores escriben con el fuego de la indignación y la palabra precisa en cada género. En formato grande (tamaño carta), papel ahuesado y para las fotografías en couché blanco, es la primera gran publicación acerca de una constante en nuestra historia colonial y republicana, la de la desaparición forzada o la eliminación física de quienes se atrevieron a salir a las calles para reafirmar y defender un ideario de vida, y en ese intento se les fue la existencia misma, producto de una despiadada represión por aire y tierra, ordenada y coordinada logísticamente por el entonces comandante de la Fuerza Aérea, Gonzalo Terceros, y varios de sus colegas del Alto Mando Militar del Ejército. Golpistas, y como si no fuera suficiente, carniceros, masacradores del pueblo.

Paloma Gutiérrez (segundo lugar en poesía sobre Senkata) resume perfectamente lo acontecido: “Informes de un día/ de un martes de muerte/Informan que fueron 9/ 9 hombres menores de 39/ Autopsias confirman/ la causa de muerte/ Los 9 por bala/ Masacre que espanta/ Informes de un día/se huele la muerte/ Ni el gas lo impedía/ Senkata lo siente/ Ministros que mienten / ocultan la muerte/ Sus balas mataban/ de frente y con saña/ Informes de un día/ informes de muerte/ Golpismo fascista/ racismo candente.”

Lea también: ¿Peor que en dictadura?

Escrito por hacedores de la palabra de generaciones jóvenes, contiene textos que van desde las lectoescrituras de ese momento político de crisis estatal, el recuento crítico de los daños y las tragedias familiares (ensayos) como consecuencia de las masacres, hasta las formas creativas del cuento, la dramaturgia, la poesía y un conjunto de fotografías que registran las convicciones, el dolor, la lucha y la violencia institucional que nuevamente ponen de manifiesto, como ha sucedido a lo largo de nuestra historia, quiénes son los masacradores y bajo las órdenes de quiénes actúan. En este contexto, sería bueno hacerle llegar un ejemplar hasta Chonchocoro a Luis Fernando Camacho, el que obtuvo la ayuda de papá, para que los militares se cuadraran en contra del poder constituido, violentando las leyes y los cuerpos y almas de esas hordas masistas y salvajes por las que hoy continúan llorando desconsolados, padres, madres, abuelos, abuelas, hijos e hijas. Ahora que está alojado en una pequeña habitación que no se parece en nada a una celda carcelaria, Camacho podría comenzar con este libro a conocer la historia de Bolivia, ese país al que desconoce y en el fondo desprecia, desde esas ínfulas de karayana que lo definen. Si hay una condena de la que no hay escapatoria es la de la palabra que se transforma en historia y en memoria popular.

TEXTO: Julio Peñaloza Bretel

FOTOS: LIBRO ‘Sacaba y Senkata: Noviembre en la Memoria’

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Al encuentro de la melodía contemporánea

El pianista colombiano Daniel Áñez tocará su disco ‘Cergio Prudencio: Works for piano’ en La Paz y Cochabamba.

Compositor. Las obras para piano de Cergio Prudencio se presentarán el 22 y 24 de marzo.

Por Mary Carmen Molina Ergueta

/ 19 de marzo de 2023 / 07:50

Umbrales te lleva caminando. Cierras los ojos y descubres la oscuridad atravesada de luces. Aparece un espacio, lo observas y tu cuerpo se funde en las formas, deviene textura. El sonido vibra adentro y redibuja el paisaje de la ciudad. Umbrales te encuentra mirando por la ventana y algo, permanente pero nuevo, se revela ahí.

Para Cergio Prudencio, compositor de esta obra para piano de 1994, en su proceso creativo aflora lo andino y esta sensibilidad responde a una experiencia “de este entorno tan enloquecido, La Paz, las montañas, el altiplano circundante, en el que nací y viví la mayor parte de mi vida, y del que no me he podido sustraer. Esa influencia telúrica profunda de la que habla con grandísima lucidez Marina Núñez del Prado”. En su autobiografía, Eternidad en los Andes (1972), la escultora boliviana escribió: “Yo me he formado un concepto de mi paisaje y de mi raza, y mi obra quiere ser ese lenguaje lleno de sonoridades cósmicas”. A lo largo de más de 40 años, la propuesta artística de Prudencio configura un camino a través de la música contemporánea para crear y encarnar ese lenguaje de piedra y viento, alturas y horizonte. “Lo andino en mi música es resultado de tener en los genes esa fuerza, esa energía. Soy un hijo de la montaña”.

En la obra de Prudencio, fundamental en la música de tradición escrita en Bolivia desde fines del siglo XX hasta la actualidad, el piano es un instrumento con un sitio especial. Lo concibe así el propio artista, como también Daniel Áñez, destacado pianista colombiano residente en Montreal, quien durante la pandemia y dedicado al estudio de obras del repertorio latinoamericano, decidió que lo más importante en ese momento era grabar toda la obra para piano del compositor boliviano. “Aprendí, a través de mis maestros, que tenemos que tocar la música de la gente cuando está viva y trabajando, que la música no es solo para hacer homenajes y aniversarios. Entonces me dije, si hay alguien que está vivito y coleando, ese es Cergio Prudencio. Y su obra es absolutamente hermosa”. El resultado de un año de trabajo de Áñez en Canadá es el disco Cergio Prudencio: Works for piano, editado en 2022 por el sello austriaco Kairos. Algunos meses después del lanzamiento del CD, Áñez llega esta semana a Bolivia para hacer el lanzamiento oficial del disco y ofrecer un concierto de toda la obra pianística de Prudencio, un recorrido por tres décadas en la amplia trayectoria de uno de los compositores más importantes de Latinoamérica hoy.

melodía-contemporánea.-piano
MÚSICO. Daniel Áñez es un reconocido pianista colombiano radicado en Montreal, Canadá. FOTOS: IGNACIO PRUDENCIO, TATIANA ÁÑEZ Y DANIEL ÁÑEZ

Sentados al piano

Detrás del proyecto de la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos (OEIN), que Prudencio fundó y dirigió entre 1980 y 2016, el compositor creó un íntimo repertorio de obras para piano: Umbrales (1994), Ámbitos (1998), Horizontes (2001), Lejanas lejanías (2004), Figuraciones (2006) y Taqpacha (2021). La primera y la quinta fueron compuestas para largometrajes de la directora boliviana Mela Márquez (Sayariy y No le digas, respectivamente), articulando esta veta de creación a uno de los espacios más nutridos en la carrera de Prudencio: la composición de música para cine.

Para Áñez, quien ha interpretado y analizado el trabajo de Prudencio durante más de 10 años —desde que conoció sus piezas, a través de la gran compositora y maestra argentino-uruguaya Graciela Paraskevaídis—, la obra pianística integral del boliviano “es un encuentro con el lirismo y predomina una búsqueda de la melodía: expresiva, sincera y completamente desencadenada”. Como explica el compositor en el booklet del nuevo disco, sus piezas para piano “vienen de alusiones al espacio físico en una (posible) relación de continuidad”. Por ejemplo, “Horizontes se despliega hacia los límites de la mirada de los ojos y del alma. Lejanas lejanías supone otras geografías (¿otras arquitecturas?), más allá de las constantes. Taqpacha, finalmente, trasciende la materialidad de lo espacial hacia la inmaterialidad de los ‘pacha’ interiores, o subyacentes e inmanentes (tiempos-espacios aymaras)”.

Hay un “estado presente” en la obra de Prudencio, explica Áñez, y esto lo invita a explorar y poner en acción distintas facetas de su práctica interpretativa. Pianista a tiempo completo enfocado en músicas contemporáneas, cuenta que hace un esfuerzo constante por ser un músico moderno; es también intérprete de teclado, sintetizadores y ondas Martenot. Muchas de las herramientas con las que trabaja provienen de lo sonoro y lo electrónico: “el estatismo, el silencio, la constancia son elementos que pienso que me hacen un buen intérprete de la música para piano de Prudencio. Del otro lado, hay piezas de su obra para las que tengo que sacar a mi pianista romántico y hacer el lirismo más emocional y profundo que pueda”.

También puede leer: Entre Silvio y Serrat

Esta sensibilidad en la interpretación dialoga con el germen de la composición para el creador de estas músicas. Prudencio compone apelando al impulso. “Cuando enseñaba composición, les decía a mis estudiantes que lo primero que tenían que hacer era conectar con el mono interior, con aquel estado prerracional, preliminar a cualquier proceso organizador. Mis obras al piano están creadas conmigo y mi mono sentado al piano”. A pesar de reconocerse como hijo de la generación de la vanguardia que construyó el legendario Instituto Torcuato Di Tella en Buenos Aires —de la que forma parte nuestro también legendario Alberto Villalpando—, Prudencio nota que su búsqueda como músico contemporáneo está anclada en una no renuncia a la melodía. “Soy hijo de esa generación, con la que siento afinidad política. Pero en la composición, me siento junto a mi mono mujer, mi música es mujer. Es lo que hice para diferenciarme de esas corrientes de ruptura: apostar mi contemporaneidad en el mélos”.

Disco. En esta sala en Canadá, el músico Daniel Áñez grabó Cergio Prudencio: Works for piano.

‘Music for the masses’

En lo que va de este siglo, la música contemporánea en Bolivia vive un momento de florecimiento y diversificación singular. No, no es la música de las masas, pero, apunta Prudencio, “hay productos culturales que no fueron, ni quisieron ser, ni serán masivos, pero que son fundamentales para la construcción de una sociedad y su identidad”. La popularidad de una forma de hacer música no define la calidad de una obra, insiste el compositor boliviano. “Se puede ser trascendente desde esas burbujas que, para mí, son imprescindibles de ocupar porque son territorios políticos”.

Por su parte, el pianista Daniel Áñez encuentra que la discusión sobre la práctica de música contemporánea tiene muchas aristas. “Me cuestiono mucho la pertinencia de esta música, a pesar de que sea mi trabajo. Y a veces pienso como Mariano Etkin, que somos unos creadores de vanguardia, personajes delante de todo el batallón, explorando las posibilidades para el futuro”. A la vez, el colombiano rescata las convergencias en el espacio musical-sonoro actual: “los nuevos amigos de la música contemporánea vienen de la academia, pero también del rock, del punk, del metal y del noise. Y este encuentro está creando una escena puramente sonora”.

En nuestro territorio, la escena de la música contemporánea tendrá esta semana un evento singular. Daniel Áñez ofrecerá un concierto de la obra pianística de Cergio en La Paz el 22 de marzo (a las 19.00, salón Tiwanaku de la Cancillería) y en Cochabamba, el viernes 24 de marzo (19.00, Universidad Mayor de San Simón). Además, Áñez dará clases magistrales y talleres en ambas ciudades. La programación completa está disponible en las redes sociales de la Embajada de Canadá en Bolivia y del Conservatorio Plurinacional de Música, instancias organizadoras de las actividades de Áñez y Prudencio este marzo.

TEXTO: MARY CARMEN MOLINA ERGUETA

FOTOS: IGNACIO PRUDENCIO, TATIANA ÁÑEZ Y DANIEL ÁÑEZ

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Ser padre adrede

La escritora Camila Urioste repasa grandes momentos cotidianos con su papá Marcelo, escritor y músico.

Por Camila Urioste Laborde

/ 19 de marzo de 2023 / 07:34

Nací con Acuario en la casa tres, y si crees en la astrología, eso explica que haya tenido un padre raro. Mi padre era raro en varios sentidos. Era distraído, usaba el pelo largo, trabajaba mucho en la universidad, pero su tiempo libre lo pasaba escribiendo y tocando su guitarra. A menudo estacionaba la peta blanca en el centro y regresaba a casa de noche, sin saber dónde había parqueado el auto. Era raro, también, porque era un padre consciente, porque ejercía su paternidad a propósito. Mirando atrás, entiendo que muchas cosas que yo daba por sentadas eran expresiones de esta forma lúcida y adrede de ser papá.

En las noches nos contaba cuentos antes de dormir. No cuentos leídos, nada que ver. Nos contaba cuentos inventados sobre He-Man y She-Ra. Nos contaba historias de su infancia con tres hermanos mayores y dos hermanitas traviesas. Historias de abuelas rebeldes. Cada día en el almuerzo, ponía música clásica de un músico diferente y nos contaba su biografía. Nos enseñó a montar bicicleta en la plaza Isabel la Católica. Y a patinar. Y a jugar fútbol. Y se lo tomaba muy en serio. Una tarde se reventó el tendón de Aquiles defendiendo su arco de mi hermano de seis años y tuvo que ser operado y andar con un yeso hasta la cadera durante meses.

Ser-padre-familia
Legado. Marcelo Urioste Nardín (La Paz, 1952 – Washington, EEUU, 1997); poeta, músico y comunicador social. FOTO: ARCHIVO FAMILIAR

Cuando llegamos a Estados Unidos en el 89, lo primero que hizo mi papá fue comprar dos cañas de pescar, raquetas de tenis, pelotas de básquet e implementos de pintura al óleo. Era su equipamiento de paternidad ejercida. Recuerdo su alegría cuando llevaba a mi hermano a pescar a la laguna cercana (vivíamos en Florida, estaba todo rodeado de lagunas habitadas por peces y lagartos), esa felicidad silenciosa de pasar tiempo juntos en una actividad intrínsecamente varonil, de encarnar una narrativa poética sobre la paternidad, sobre el lazo padre-hijo. Nunca importaba si pescaban o no pescaban algo. Era el momento que pasaban juntos, el recuerdo que estaban construyendo.

Recuerdo el caballete instalado en una esquina de la sala, todo el piso cubierto de periódicos. Recuerdo el olor a pinturas al óleo, el olor a thinner y las tardes que él me enseñaba a pintar paisajes imaginarios: bosques rodeando una laguna, montañas nevadas bajo un cielo azul con nubes, campos de flores. No importaba nada la calidad (dudosa) de los cuadros, lo que importaba era el tiempo que pasábamos juntos, creando algo, adrede. Recuerdo una tarde en que yo pintaba una muchacha en lo alto de un edificio, a punto de saltar. Mi papá pintaba otra cosa a mi lado. Miró mi pintura y me preguntó qué significaba. Le dije que el arte se explica solo, como él me había enseñado.

Recuerdo cuando salíamos a montar bicicleta, cuando íbamos a la cancha de tenis o de básquet del condominio, bien equipados, y él nos enseñaba a jugar. Cuando nos enseñó a nadar en la piscina y lo bueno es que aprendimos en pocas semanas y lo malo es que a mi hermano le dio pulmonía porque papá nos dejaba estar en el agua hasta después del atardecer. Recuerdo cuando viajamos a Washington DC y recorrimos todo el museo mientras él nos contaba la historia del arte desde la edad media hasta Van Gogh.

FOTO: ARCHIVO FAMILIAR

Recuerdo las tardes que pasábamos los cuatro en Borders, una librería de tres pisos.

También puede leer: OFA interpretará cumbia sinfónica por el Día del Padre

Él se sentaba en el suelo o en uno de los sillones del local y leía horas. Yo me metía en el sector de terror para jóvenes adultos, o en el sector de Lo Oculto, donde leía libros sobre magia, tarot y astrología. No era estar juntos lo valioso aquellas tardes, era el placer que él nos transmitía, el placer de los libros.

Hasta el último día de su vida, hasta su último aliento, se dedicó a transmitirnos las cosas que para él eran valiosas. Su amor por la vida. Tuve 16 años con mi padre, y lleva 26 años fallecido. No tiene ningún sentido, el tiempo. Todos los días lo recuerdo. Cada día del padre me pongo triste y quisiera tenerlo, y es tan injusto no tenerlo. Pero no dura la tristeza, porque mi padre se aseguró, en vida, de hacerse eterno.

TEXTO: CAMILA URIOSTE LABORDE

FOTOS: ARCHIVO FAMILIAR

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Papá Lenguaje

La actriz y cantante Mariana Bredow escribe sobre Luis, con quien se encuentra en las letras.

Artista. Luis Bredow Sierra (Oruro, 1947) es un reconocido actor y director de teatro y cine.

Por MARIANA BREDOW VARGAS

/ 19 de marzo de 2023 / 07:20

Antes de cumplir tres años, yo ya sabía leer. Mi papá me enseñó, dibujó una letra “i” en una suela de mi zapato y una letra “o” en la suela del otro zapato, entonces yo miraba un pie y decía “i”, pisaba con el otro y decía “o” y al andar sabía que era “io”. Así comprendí que, poniendo las letras juntas, se crean palabras.

Una vez hube dominado los asuntos del yo, subió la complejidad a todas las letras del abecedario: descalabró una vieja máquina de escribir de teclas pequeñitas color hueso, las desparramó por el suelo y con ellas armamos y desarmamos el mundo. Revelados todos los secretos jeroglíficos, se me abrieron los carteles en las calles, los nombres de las cosas tenían ahora múltiples dimensiones y empecé a inventar otros nombres, mejores, para las flores, para la noche, para los bichos, para las gotas. Mi papá nos preguntaba cuál era nuestra palabra favorita, yo siempre escogía “lluvia” y también “mar”, que decidí hacerla mi nombre, aunque no lo conocía.

A pesar de que muchas letras ya se habían perdido, la misma máquina rota sirvió para enseñarle a leer a mi hermano Pablo un par de años después, cuando él también cumplió tres, pero él, talentosísimo para dibujar, pasó inmediatamente a fundar su propia fábrica de creación de cómics. Echado de panza en el suelo por mil millones de horas, inventó historias con personajes terribles como “Delmolman” armado de su sierra eléctrica, compulsivo de la destrucción, y su archienemigo “Doctorman”, que lo curaba todo con su gran jeringa, y la saga del gran Superpato y su amigo el científico, que era un poco mi papá, y hasta un país llamado Lermingbirilandia, con su idioma “Lerming”, su himno, mapa geopolítico y bandera de millones de colores, en el que vivían los “Lermings”. Todo eso, escrito con grandes y claras letras, que mi papá nos enseñó tan fácilmente como un juego, como revelar secretos encriptados, y nosotros le mostrábamos nuestras creaciones, con las mismas ganas, dentro del mismo juego de revelar palabras mágicas. Un genio mi pa, porque nunca hubo tedio ni rechazo al aprendizaje, de hecho, no nos dimos cuenta de estar aprendiendo. Nos hizo amar el lenguaje para siempre.

Fotos: Archivo Familiar

Todas las noches, con la luz apagada, se inventaba un nuevo y larguísimo capítulo de la historia de El Caballo y el Conejo, un par de amigos que recorren el mundo buscando el campo de la eterna zanahoria. Cada noche empezaba el cuento con la jugosa repetición del primer capítulo, el origen, que nosotros sabíamos de memoria pero él lo actuaba cada vez diferente, con nuevas palabras para describir el sabor de la zanahoria crujiendo en las mandíbulas del caballo, y la agitación del conejo tartamudo, que llegaba corriendo de lejos, sin aliento, para salvar sus ahorros subterráneos del enorme caballo, que los encontraba por casualidad y los devoraba tan feliz como un perezoso, y la forma en la que se hicieron amigos y aliados para emprender el viaje en busca de ese paraíso verde y anaranjado en el que las zanahorias enormes y jugosas, creciendo bajo tierra, se perdían hasta el horizonte. Para el capítulo de cada noche, nosotros le dábamos un personaje cada uno, con los que mi papá inventaba las historias más bellas que he escuchado en mi vida. Recuerdo el del encuentro con el águila, que, a pesar del riesgo, cumple con su promesa de no comerse al conejo, sino llevarlo volando a ver… si en verdad existe ese famoso campo; o el de la niña que no habla, pero al comer cierta flor puede decir solo tres palabras importantísimas y hermosas. Terminábamos con una sensación de explosión mística en el cerebro, siempre diciendo, “tenemos que escribirlas pa… tenemos que escribirlas…” y dormíamos soñando con las páginas doradas de ese libro futuro. Aún, esas historias vuelan en sus cuerpos de voz por el universo sin tiempo, quizás le llegan a otro papá gallina que hace dormir a sus hijitos.

Somos actores, mi mamá y mi papá se conocieron en el teatro y el oficio lo traían ya en la sangre por sus madres, y sí, hemos hecho mucho teatro juntos y seguimos, pero es en la escritura donde mejor me encuentro con mi papá, es el territorio en el que el diálogo es perfecto, profundo, único, nos corregimos palabra por palabra, nos ayudamos, nos hacemos espejo, nos leemos en verdad. Aunque ninguno de los dos ha publicado un libro de literatura, la escritura está y estuvo siempre viva y creciendo en nuestras charlas, haciéndonos sentir que un día… cuando todos los cuentos sean corregidos y terminados, los mostraremos al mundo y podremos disfrutar del campo de la eterna zanahoria…

FOTOS: ARCHIVO FAMILIAR

Quizás ese día no llegue, quizás estamos mejor así, escribiendo para leernos en familia solamente, quizás el día de la publicación no sea tan anaranjado ni tan crujiente como en sueños. En realidad no importa, mi papá nos ha enseñado a no trabajar por productos, ni esperar gloria alguna cuando logramos dar algo al mundo, ni sufrir cuando la gloria no llega, ni creérsela mucho cuando llega, sino simplemente amar los caminos paso por paso, andarlos riendo, conversando con amigos, alimentando nuestra consciencia con las experiencias y escribiendo para nosotros mismos la saga secreta de nuestras vidas, en la que lo único que verdaderamente importa, es andar con la lucecita de la felicidad prendida en la cabeza.

Me ha tocado tener el papá más maravilloso del mundo, y confieso que yo sí quiero ganar el premio Nobel de Literatura… solo para subirme a la cima del mundo a decirle: “Gracias Phjaph”.

También puede leer: ‘Jechu’ Durán para el mundo

TEXTO: MARIANA BREDOW VARGAS

FOTOS: ARCHIVO FAMILIAR

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Últimas Noticias