Sunday 1 Oct 2023 | Actualizado a 18:56 PM

Mela Márquez Saleg, enamorada del cine

Enamorada del cine

/ 19 de febrero de 2023 / 08:05

Este jueves cumple 60 años. Es la directora de la Cinemateca desde 2010. Y anuncia el estreno de dos películas este año. Es (la) Mela.

En las cuatro horas de charla, Mela repite una frase como sortilegio: “Me enamoré del cine”. Mela dirige la Cinemateca Boliviana desde 2010 y es cineasta desde que se enamoró. Fueron tres flechazos, tres. Mela es Carmela Florentina Márquez Saleg. Dicen muchas de sus biografías que nace en La Paz y no es verdad. Nace en Oruro (un 23 de febrero de 1963) aunque se siente “absolutamente paceña”. No tiene recuerdos de esos primeros/pocos meses que pasó en Oruro. Su madre la parió en la otrora gran capital minera porque quería estar junto a su abuela, doña Josefina Mendizábal; ella de padre vasco, madre libanesa. Cuando nace Mela, los padres ya habían dejado Oruro donde se habían conocido y vivían en La Paz, en el barrio de Miraflores.

El apellido Saleg no es anécdota. Es palestino, de Jerusalén, de Al Quds. La sangre palestina marca. El abuelo, por parte materna, se llama Hassan Saleg. Parte de la Palestina bajo control británico hacia Europa, luego hacia América. Termina en Oruro, en las minas, con una tienda de telas. Llega cargado de libras esterlinas, la moneda de la metrópoli. Conoce en un baile en Oruro a la abuela, con raíces libanesas. En esa época, Oruro es la ciudad más cosmopolita de Bolivia, a la altura de Buenos Aires y Montevideo.

Tienen siete hijos, uno de ellos la madre de Mela, doña Carmela. El lado paterno de la familia nos lleva hasta Camargo, valle de Cinti; tierra de sol, vino y buen singani. Los Márquez tienen vides y hacen vino de altura, amén de vinagres. Eulogio, su padre, que más tarde será policía destinado en Oruro, parte a Tarija; apellida Zamora de segundo.

Mela, de origen palestino, estudia en el Colegio Ingavi del barrio de Miraflores; es una cooperativa de buenos profesores universitarios de origen judío. Son cosas que pasan en La Paz. “Es el mismo colegio donde estudió Pedro Susz; me acuerdo que al profesor Higueras lo metían a cada rato preso porque era un activista político”. Los dos hermanos de Mela (Roberto y Jorge José) estudian ahí; los tres salen abanderados del curso.

Foto: Ricardo Bajo y archivo de Mela Márquez

La primera vez que recuerda haber visto la televisión es en la casa (frente a la suya en la plaza Scout) del doctor Herbert Miranda Pereira, primo hermano del coronel Roberto “Toto” Quintanilla Pérez, el responsable de seccionar las manos de Ernesto Guevara, el último verdugo del “Che”. El Ejército de Liberación Nacional (ELN) mata primero al doctor Miranda (septiembre de 1970) y luego “ajusticia” (en términos guerrilleros) a Quintanilla cuando éste era el cónsul boliviano en Hamburgo (abril de 1971). “Tenía siete años, escuchamos los disparos, mataron al doctor cuando dejó su carro al lado del frontón”. La vida de Mela ya parece una película.

Si la tele llegó a balazos, el cine llega de la mano de dos grandes: Óscar “Cacho” Soria (el mejor guionista de nuestro cine) y Ricardo Rada, el mítico jefe de producción del Instituto Cinematográfico Boliviano en los 60 y productor de las películas de Sanjinés en los 70. Rada, chuquisaqueño, es primo hermano del padre de Mela. “Tenía equipo de campaña en la casa y Rada, junto a su asistente Antonio “Toño” Pacello, su sobrino y asistente se prestaban para ir a filmar al campo”.  Al “Cacho” Soria lo recuerda como el hombre más goloso del mundo; “tenía pinta de Papá Noel, con sus manos grandes, era fascinante y moría por los dulces que hacía la madre de Pacello”.

Mela —con 15 anitos— vive en Chicago, Estados Unidos, durante un intercambio escolar. Aprovecha a ver el otro lado del mundo. Cuando tiene que elegir una carrera opta por Comunicación, pero la universidad se cierra, aunque ya había decidido abandonar pues “no había nada de lo que yo quería”. Soria y Liliana de la Quintana le avisan que la Empresa Productora Ukamau (no confundir con el Grupo Ukamau de Sanjinés) va a impartir un taller de cine.  En ese curso llega el primer flechazo: “Me enamoré del cine”.

Mela-Márquez-Saleg-recurdos
Recuerdos. Mela Márquez junto a amigos como Antonio Eguino y Ute Gumz. Foto. Ricardo Bajo y archivo de Mela Márquez

Los alumnos de aquel taller se llaman Luis Ovando, Liliana de la Quintana (juntos serán la clave del nacimiento del video boliviano), Ute Gumz, Javier Viscarra y Eduardo “Pildoringa” Rodríguez. Los profesores son cuatro: Paolo Agazzi, Antonio Eguino, Raquel Romero y Danielle Caillet, un lujazo.

Los estudiantes, en modo cine colectivo, filman Ocaso (una historia en el asilo San Ramón) y Pata Imilla. (Paréntesis uno: Mela se levanta de la mesa, busca y encuentra el story board y el guion técnico de “su” cortometraje, Pata Imilla, 1981). La película —donde Mela también actúa— gana el Cóndor de Plata. La dirección colectiva corre a cargo de María Luisa Mercado, Gabriela Ávila (hermana de Tatiana Ávila, actriz también), Viscarra y Márquez.

También puede leer: Magenta Murillo plasma universos oníricos

Acabado el taller, todos entran de voluntarios a la Empresa Ukamau que viene de filmar, bajo la dirección de Paolo Agazzi, Mi socio. Van a ser los soldados rasos de uno de los rodajes más complicados del cine boliviano, Amargo mar de Antonio Eguino. “Nos volvimos cinéfilos, éramos asiduos de la Cinemateca, charlábamos de cine hasta la madrugada, aprendimos mucho”. Mela arranca como asistente de vestuario (lo que luego se llamaría dirección de arte) a las órdenes de José Bozo, un maestro.

En este primero rodaje llega el segundo flechazo: “Me enamoré del cine, del cine, con rigor, del cine como trabajo colectivo. La pasión que me despertó me hizo entender que el cine es más serio que la vida, pues en la vida si te equivocas te afecta solo a ti, pero en el cine arrastras a mucha gente. Aprendí que Dios y el diablo están en los detalles. Logras al mejor director, tienes a la mejor actriz, ruedas la mejor escena y alguien hace un fuera de foco y se arruina todo. En Amargo Mar aprendí a amar el cine”.

Ese rodaje, impensable hoy en día, atesora un sinfín de anécdotas que no entran en este retrato a vuelapluma. Solo contaremos la más sabrosa: el personal de rodaje trabaja en el Palacio Quemado, ambientes cedidos por el presidente Siles Zuazo; en un descuido entran en la cocina y se comen los suspiros de don Hernán.

La segunda experiencia cinematográfica la lleva a las minas. Estamos en 1983. El cineasta francés Jack D’Arthuys, amigo de Regis Debray (otra vez se cruza el “Che” en esta historia) organiza junto a su Association Varan (y su “cine etnográfico”) un taller de cine minero en Telamayu. La idea es construir un centro permanente de formación y realización cinematográfica en este municipio de Atocha, Potosí. Mela entra en el curso (junto a Iván Sanjinés) a pesar de la oposición de Líber Forti . Todo va a terminar mal.

Foto: Ricardo Bajo y archivo de Mela Márquez

Inaugurado el centro por el presidente Jaime Paz Zamora, los primeros 16 trabajos fílmicos (a cargo de hijos de mineros becados) desaparecen en Francia durante la etapa de revelado; se vuelven a rodar y hoy solo se conservan algunos en París, en los talleres Varan. El “cine directo” a veces tiene curvas traicioneras. Los equipos de rodaje de Telamayu desaparecen sin dejar rastro. (Paréntesis dos: Mela se levanta de la mesa y trae toda la documentación que prueba el desfalco, con nombres y apellidos de los corruptos). ¿Dónde estará aquella cámara Super 8 Minolta XL del 84?

Llega el tercer flechazo: “Me enamoré del montaje”. El cubano Justo Vega Torres, una eminencia, leyenda del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfico (ICAIC), llega a La Paz para la edición de Amargo mar. Antonio Eguino suelta una frase: “Chica, vas a ser asistente del compañero Justo”. Mela tiembla pues jamás ha agarrado ni siquiera un rollo. El cubano, fumador empedernido, le enseña el oficio, de pe a pa. El padre de Leni Ballón (maquilladora en Amargo mar), don Pepe Ballón, consigue (por amistad con el rector) que Justo imparta un taller de cine en la UMSA a cambio de 500 dólares. Justo se lleva de todo para La Habana: cigarrillos, revistas de moda para su compañera que es modista, “jeans”…

Las ganas de seguir aprendiendo cine parecen conducirla hasta la Escuela de La Fémis, la heredera del famoso Instituto de Altos Estudios de Cinematografía (IDHEC), donde estudiará entre otros bolivianos Alfonso Gumucio Dagron. Pero una reportera italiana de la RAI de nombre Kiara, amiga de Paolo Agazzi, se cruza en el camino. “¿Y por qué no postulas al Centro Experimental de Cinematografía en Roma?” Dicho y hecho. Escribe un alegato titulado “Por qué quiero hacer cine”. Mela lo escribe en francés. Sin mucha esperanza. Sale elegida.

—Me voy a Italia, papi.

—No te vamos a dar un peso, no te vamos a mandar plata. Te vas a morir de hambre en Europa, hijita.

Con un pasaje de Aeroflot, ida y vuelta, y finalmente 600 dólares en el bolsillo, Mela se larga a Roma con una idea en la cabeza: “No voy a volver”. Mela tiene sangre palestina, sangre que le impide rendirse, sangre que obliga a luchar. La primera prueba en los míticos estudios romanos de Cinecittá es superada con holgura: ha hecho un análisis de Boccacio 70, cuatro cortometrajes de Vittorio De Sica, Federico Fellini, Mario Monicelli y Luchino Visconti. Las charlas cinéfilas en la Cinemateca, las conversaciones a la salida del cine 16 de Julio, las enseñanzas de Justo Vega Torres no han sido en vano. Mela pasa al examen oral.

En el jurado hay tres hombres: uno de barba le recuerda al “Cacho” Soria, otro es un gordito y el tercero, un “guapetón”. Mela no sabe todavía que sus nombres son: Sergio Leone (el barbudo), su montador Nino Baragli (el gordito) y Roberto Perpignani, “il bello” (montador de Bernardo Bertolucci).

—¿Qué le preguntamos a esta boliviana? — dice Leone mirando el pasaporte de Mela.

Foto: Ricardo Bajo y archivo de Mela Márquez

—Describa una película que le haya gustado mucho, cualquiera. Una que le haya gustado por su montaje, por su sonido — añade el creador de los “spaguetti western”.

Mela se acuerda de Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, 1984). La ha visto hace poco y ha charlado harto a la salida del cine con Paolo Agazzi. Comienza a hablar en francés, inglés y el poco italiano que recién sabe.

—Tell me, ma che cosa te piace del film? — pregunta Baragli.

—El flashback es maravilloso. La luz en el fumadero de opio con Robert de Niro, el sonido del teléfono sonando y sonando, la música de Ennio Morricone. La escena del reencuentro de “Noodles” (Robert de Niro) con Deborah en su camerino…

—Ragazza, ¿conosci il regista? ¿Anche in fotografía?

Mela dice que no, que no conoce, que solo ha visto la película en Bolivia. Entonces Sergio Leone se para y dice: “Mucho gusto, soy Sergio Leone, el director de Once Upon a Time in America. Y este ‘cavaliere’ es Nino Baragli, el montador del filme. La hemos rodado acá en Cinecittá, para su información”.

Mela ganará el primer lugar de todos los convocados, obtendrá una beca (de 650.000 liras) y pasará cuatro maravillosos años en la capital del cine. Pero antes, Roberto Perpignani, “il bello”, medio molesto por esa extraña complicidad del trío, pregunta:

—Signorina, parlare di “la nouvelle vague”, per favore.

Otra sonrisa se dibuja en el rostro de Mela. El tema es su favorito, se lo ha estudiado harto pues la primera intención era postular al Instituto de Altos Estudios de Cinematografía (IDHEC) de Francia. “Fue la mayor suerte de mi vida”. Mela vivirá en Frascati, a 20 kilómetros de Roma. Vivirá para el cine, trabajará de camarera en un pub inglés, verá mucho cine (tiene entrada gratis en las mejores salas por ser alumna en Cinecittá), viajará a los mejores festivales, gozará con sus compañeros de generación y con los mejores profesores del mundo. Pero no todo será miel sobre hojuelas. La pasará mal, aprenderá a base de golpes que también da la vida.

“Lloré cuando agarré una escoba para barrer el bar inglés donde trabajaba, pues la beca no alcanzaba. Aprendí que el trabajo dignifica y da sustento, cualquier trabajo; que nada de lo que haces para ganarte la vida te puede denigrar. Todas las personas de la clase media/alta, en Bolivia deberían pasar por algo así. Estamos acostumbrados a que alguien venga detrás de ti y levante tu taza, limpie, recoja. Estos comportamientos nos retrasan como país. Aquella lección no se me ha olvidado nunca; puedo hacer cualquier cosa”.  (Flashback: el otro día cuando me iba de la Cinemateca después de ver el documental La conquista de las ruinas de Eduardo Gómez vi cómo Mela, la directora, picaba entradas en la puerta de la “Sala Óscar Soria”, la Sala Dos).

Mela-Márquez-Saleg-familia
De arriba a abajo: Mela con su hermano Jorge. Actuando en Pata imilla (1981). Con sus padres y el productor Ricardo Rada en el estreno de Sayariy. Foto. Ricardo Bajo y archivo de Mela Márquez

Su trabajo de tesis en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma se llama La casa del passaggero (1985). El personaje, licenciado que trabaja de cuidador de los baños de la estación de trenes, termina bailando con su escoba. La película gana el premio de un festival de escuelas de cine en Canadá. La directora del Centro, la cineasta Lina Wertmüller, promete financiamiento para el primer largo de Mela. Será Sayariy (filmado en 1993).

Tendrá la (evocadora) música de Cergio Prudencio, los poemas de Blanca Wiethüchter y la (excelsa) fotografía de la dupla César Pérez y el italiano Arnaldo Catinari, compañero de estudios en Roma. Dirección, guion y montaje: Mela Márquez Saleg. Escenografía, un viejo conocido, don José Bozo. Sonido: otro capo, Ramiro Fierro. Producción, otro amigo de mil batallas, Alfredo Ovando. La italiana Rossella Ragazzi, amiga romana, será la asistente de dirección.

Rueda el “tinku” en Macha, norte de Potosí. Sayariy es la parte más ignorada del famoso “boom” del cine boliviano del año 1995, cuando se estrenaron cinco películas en un año, toda una proeza pues se venía de años sin un maldito estreno nacional. La fama y los focos mediáticos se los llevarán Marcos Loayza, Juan Carlos Valdivia y Jorge Sanjinés.

Sayariy se acerca al tinku desde afuera, con la poesía como intermediaria, desde la (onírica) autenticidad; es el (re)encuentro de Mela con Bolivia, una necesidad de entender su país. “¿Cómo a(r)mar un mundo ajeno sin transgredir los códigos que impone el respeto, la curiosidad y la admiración?”.

(“De los umajilas de arriba, somos. / De los fichichúas de abajo, son. / Nos vamos a encontrar / piedra blanca sobre piedra negra /nos chocaremos. / Nuestra sangre a la Pachamama / nos ofrendaremos. / Ha llegado el tiempo del enemigo / para vivir en paz / nos vamos a encontrar / para vivir en paz”. (Tiempo del enemigo, del poema Sayariy, Blanca Wiethüchter).

Sayariy se estrena en la Mostra de Venecia, en su edición número 52, Año del Señor de 1995. Gana un premio (Kodak) que ya no existe a las “operas primas”. Pasará por 36 festivales más. En Venecia, Mela junto a su productor italiano Gianluca Arcopinto, charla con el director de la Mostra, Gillo Pontecorvo, fiel admirador de Sayariy. De toda las críticas de aquella época, se acuerda de una. La firma Arturo Von Vacano, periodista, escritor, crítico. “Hemos mandado a la directora Mela Márquez a estudiar a Roma para que haga película sobre indios”.

Hasta el día de hoy, Sayariy es su única película estrenada comercialmente. Cuando acabe este 2023 no se podrá decir lo mismo. Mela cruza los dedos y espera que este año vea el estreno de una película salada, Caída al cielo (antes conocida como No le digas, basada en la puesta en escena teatral de David Mondacca sobre los textos de Jaime Saenz).

El poeta no era santo de la devoción de Mela. “No me gustó nunca la onda saenziana, la exaltación del alcohol; chupar porque llueve, chupar porque no llueve; pero me enamoré de Saenz, su aprender a morir para vivir; sus reflexiones sobre el cuerpo. Mi película trata de la muerte y el padre; del regreso de una hija abandonada en busca del padre”.

La obra antiguamente conocida como No le digas ha traído a Mela mucho sufrimiento; ha perdido la casa hipotecada, ha perdido plata y casi pierde la propia película. Lo único que tiene son deudas. Cuando peor pintó la cosa, salió a relucir otra vez su espíritu palestino; ese que le dicta en su cabecita una frase: “A mí no me joden, me puede quitar todo, casa, plata, la tierra; me pueden congelar las cuentas del banco y ahogar con intereses usureros, me pueden dar la espalda, me pueden hacer la vida imposible y yo jamás me rendiré, jamás desistiré, jamás me pondré de rodillas”. La Mela, siempre de pie.

Foto: Ricardo Bajo y archivo de Mela Márquez

La otra película que piensa estrenar es Yucay, el paraíso de los sentidos, actualmente en posproducción. “Son historias de amor en la comunidad Jalq’a, al este de Sucre”. De su documental político, Visión del Sur, un fresco de la última época gonista, hablaremos otro día.

Su otro dolor de cabeza es la Cinemateca Boliviana. Su última batalla es lograr la reglamentación de la Ley del Cine. Su último sueño, ver las salas de la Cinemateca repletas de espectadores otra vez, hacer sostenible al custodio del patrimonio fílmico boliviano. Mela no cree que la solución pase por la administración estatal de la Cinemateca, pues “no tenemos políticas culturales con continuidad y lo que se necesita es compromiso, de lo contrario se puede perder todo, la memoria no tiene partido político”. Si Mela fuese presidenta de la nación, aprobaría una ley de mecenazgo con beneficios fiscales para todos los que apoyen a las culturas. Si Mela volviese a nacer, se enamoraría del cine otra vez, con un, dos, tres flechazos.

(Corren los créditos finales de esta película/retrato. Y como en las buenas, aparece para los que se quedan hasta el final, como debe ser, una yapita: “Tuve pocos amores, pero todos largos, intensos y complicados. En mis novios busqué siempre lo excepcional, lo extraordinario, lo excelente pero eso venía acompañado de un cierto desequilibrio; a casi todos les faltaba un tornillo. Hoy por hoy, creo que el amor al cine venció al amor pasional de pareja, a pesar de que ambos me trajeron enorme dolor y un torbellino de emociones). Ahora sí, fundido en negro.

Texto: Ricardo Bajo H.

Fotos: Ricardo Bajo y archivo de Mela Márquez

Temas Relacionados

Bolibar se escribe con ‘B’

Un viaje por la historia bolivariana y una visita a la casa natal de los ancestros de Simón Bolívar en el pueblo vasco de Bolibar, a 50 kilómetros de Bilbao.

Un viaje a las tierras de la familia Bolibar

Por Ricardo Bajo Herreras

/ 1 de octubre de 2023 / 07:18

Esto no es una crónica sobre el descenso del club Bolívar en diciembre del 64. Esto va a ser un viaje. Un viaje en el tiempo hasta la casa natal de los ancestros del Libertador. Bolíbar (con dos “bes”) es un pueblo vasco, a las faldas del monte Oiz. Está a 50 kilómetros de Bilbao y tiene 300 habitantes. La tranquilidad de esta mañana de septiembre solo se ve alterada por la llegada —a cuenta gotas— de peregrinos que van camino de Santiago. Paran en el bar de la plaza y toman un cafecito con “pintxo” de tortilla de papa para reponer fuerzas. Entran a la iglesia renacentista de Santo Tomás y se persignan delante de la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela. Algunos visitan el Museo Simón Bolívar. Y luego siguen caminando. 

Beñat Ibaibarriaga abre el museo todas las mañanas entre las diez y la una del mediodía. Fuera hay un busto de Bolívar subido a un alto pedestal desde donde se ve el horizonte. El Libertador siempre supo hacia dónde mirar. El museo está donde antes estaba el “baserri” (caserío) de los Rementería (“errementari” significa herrero en euskera, la lengua milenaria de los vascos). Es la casa familiar de Simón Bolibar, el Viejo. El que viajó con boleto de ida hacia el continente americano en 1588. 

Por las leyes/tradiciones viejas de los vascos, el primogénito heredaba la casa solar, el segundo se metía cura y el tercero partía hacia otros mundos. A buscarse la vida. Hace cinco siglos no había pasaportes, ni visados, ni fronteras, ni deportaciones. Solo ganas de vivir (mejor). Como ahora. 

La enseña boliviana entre las de los países que consideran a Bolívar como su Libertador.
La enseña boliviana entre las de los países que consideran a Bolívar como su Libertador.

Simón Bolibar, el Viejo, no apellida Bolibar. Su verdadero apellido era Ochoa de (la) Rementería. Los cambios de apellidos no son de ahora, ni de antes de ayer. Venimos desde hace siglos abandonando apellidos propios y adoptando ajenos. Y lo hacemos por las mismas “razones”: supuestos prestigios, discriminaciones de antaño, racismo, complejos de subida y autoestimas de bajada. Nos hacen creer que eso es lo mejor para los que vendrán. 

El abuelo y el padre de Simón Bolibar el Viejo abandonan el apellido Ochoa en las primeras décadas de 1500. Así lo cuenta el historiador vasco Manuel Llano Gorostiza en su libro “Bolívar en Vizcaya” (1976, Banco de Vizcaya, Bilbao). Los Ochoa vivían en La Puebla de Bolívar y trabajaban el hierro en un taller. Los Bolibar Jauregi eran la familia noble del lugar; tenían casa torre (“jauregi” significa palacio en euskera) y trabajaban la tierra. Eran la envidia del pueblo. Quién pudiera apellidar como ellos.

Desde la noche de los tiempos, los caseríos de los vascos tienen un sol adornando la fachada frontal. Son los “lauburu” (cuatro cabezas, como los cuatro “suyus”). Son símbolos/ofrendas al “Eguzki”, al dios sol para que la “Ama Lurra” (madre tierra) devuelva cosecha abundante. Los apellidos de los vascos son toponímicos; el lugar de la casa del padre marca el apellido. Bolibar viene de “boli, bolu” (molino) y de “ibar” (vega). Un simple molino de trigo y maíz a la orilla de un riachuelo que baja del monte. Hoy una rueda de piedra, cansada de moler, reposa no muy lejos del solar del Libertador. Olvidada pero orgullosa de su brillante pasado.

En la segunda planta del museo, la poeta rumana Elena Varesco ha dejado escrita estas frases en un cuadro: “Bolívar, pradera de molino en lengua vasca. Molino que supo moler trigo de gloria y dar a los pueblos pan de libertad”. Junto al poema, las banderas de los seis países bolivarianos (incluida la boliviana); entre ellas, la “ikurriña” (la bandera vasca).

El viejo Bolibar —tras pasar 15 años en la isla de la Española (actual República Dominicana y Haití)— parte a Caracas donde funge como secretario de la Real Audiencia de Indias. Es en la nueva capital de la provincia de Venezuela donde el primer Bolibar, ya procurador al servicio de la monarquía de Castilla y Aragón, cambia la segunda “B” vasca del apellido por la castellanizada “V” (en euskera no existe la “V”).

Van a pasar 300 años para que un Bolívar regrese a Bolibar. Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios, el futuro Libertador, nace en Caracas el 24 de julio de 1783. Lleva el mismo nombre que su ancestro vasco. Es una vieja tradición de la familia. 

Estamos en el Año del Señor de 1799. El joven Simón tiene apenas 17 y está a bordo del navío San Ildefonso bajo el timón de don José de Uriarte y Borja, oficial de la Marina Real. Salen del puerto de la Guayra en enero. Burlan un bloqueo inglés a los 27 días de haber perdido de vista el Morro de La Habana. Desembarcan en Santoña, cerca de Bilbao, donde Simón descansa para llegar a Madrid, destino final.

Bolívar pertenece a una familia tradicionalmente acaudalada de altos funcionarios al servicio de la colonia. Tiene título de Marqués y Vizconde. Ha hecho de adolescente la carrera militar en el ejército colonial, es Subteniente de Milicias. Nada hace vislumbrar lo que está a punto de ocurrir. Ni siquiera el propio Simón se lo imagina.

En Madrid se aloja en casa de unos parientes, los Palacios que caen pronto en desgracia ante la Corte. Pasa a ser tutelado por un paisano caraqueño avencidado en la capital, el Marqués de Ustáriz, don Bernardo Rodríguez del Toro. Simón conoce —después de varias aventuras amorosas en los Madriles de la época— a la hija del Marqués, María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza. Llegará el amor, será un amor de fuego. Simón Bolívar amará siempre así, locamente. No sabe entregarse de otra manera. 

Estamos ahora en 1801. Cuando la familia de ella parte a Bilbao por negocios, Simón agarra una diligencia y emprende camino al norte. Va detrás. Va por Teresa, va por esa pasión irrefrenable que le brota por los poros. Vivirá un año y un mes (del 20 de marzo de 1801 al 29 de abril de 1802) en Bilbao, País Vasco. 

También puede leer: Santa Cruz de las quimeras

Simón lo hará en la calle del Matadero, en pleno Casco Viejo, junto a las viejas Siete Calles de la ciudad que por aquel entonces apenas tiene 10.000 habitantes. Teresa no vivirá lejos, tiene una hermosa casa con balcón en la calle del Correo. Hoy dos placas (una vieja en piedra y otra moderna) recuerdan a los caminantes que quieren leer que en la calle enfrente al Matadero vivió el hombre/Quijote que libertó América contra los gigantes de la monarquía española. 

Desde su casa bilbaína, Bolívar ve pasar a los mozos corriendo delante de los toros que salen desde la plaza de la Basílica de Santiago. Esos encierros improvisados se harán famosos siglos después en la vecina ciudad de Pamplona/Iruña con sus fiestas en honor a otro santo, San Fermín.

Estatua de Lola Martínez y pintura de Manuelita Saenz

En Bilbao, Bolívar trabaja en negocios de importación de cueros curtidos y del apreciado cacao de Caracas. Profundiza su formación intelectual. Camina las calles del Casco Viejo. Se mira en los ojos de Teresa. Ambos empanadean frente a la “Fuente del Perro” (Txakurraren Iturri), inaugurada en 1800 con el nombre de “Chorros de San Miguel”. 

Para mantener en la memoria este primer idilio de amor de Simón y Teresa, de Teresa y Simón, muchos años después, en el centenario de la batalla de Ayacucho, las muchachas de Bilbao colocarán flores en el balcón de la calle Correo donde Teresa esperaba a su novio. Así lo recordaba Pedro Mourlane Michelena en el periódico El Liberal en agosto de 1927.

La joven pareja de enamorados acude al teatro, a las corridas de toros, a los frontones de pelota vasca, a la ópera que llega de Italia y a los bailes de danzas vascas que todas las tardes de domingo amenizan el famoso Paseo/Muelle del Arenal a dos cuadras de sus casas.

Simón comienza a interesarse por su pasado, rastrea su estirpe. En uno de sus viajes a Francia, visita el solar de sus antepasados. No se imagina todavía que dos siglos después tendrá un busto suyo a la entrada de la casa colocado en un alto pedestal. Se para delante de la piedra del molino.

La entrada al museo y el busto de Simón Bolívar

Gracias a las amistades que hace y gracias a los libros de los revolucionarios franceses, Bolívar se hace independentista en Bilbao. Acude sagradamente a la tertulia de los enciclopedistas en la casa de Antonio Adán de Yarza, sita en la calle Bidebarrieta, hoy Archivo y Biblioteca Municipal. En la casa hay un pasadizo secreto que conduce al salón de los libros prohibidos. El joven Bolívar lee en la clandestinidad a Voltaire, a Montesquieu, a Rousseau… Igualdad, libertad, fraternidad.

A la tertulia acuden, entre otros, un peruano: Mariano de Tristán de Moscoso, coronel, natural de Arequipa, padre de Flora Tristán y bisabuelo de Paul Gaugin. Otro de los tertulianos, el vitoriano Valentín Tadeo de Foronda escribe en su libro Carta a un Príncipe que tiene Colonias a distancia: “es mejor dar de buen grado las colonias que un día nos quitarán por la fuerza”. El Libertador siempre supo con quién juntarse.

Tras pasar año y un mes en Bilbao, Simón y Teresa regresan a Madrid donde se casan en la barroca iglesia de San José, sita en la calle de Alcalá. Ella —“joya sin defectos, valiosa sin cálculo”, como la llamaba Bolívar— tiene 20, él 19. La pareja viaja a Caracas. A los ocho meses muere ella tras contraer fiebre amarilla (paludismo) en Venezuela. “Si no hubiese enviudado, mi vida quizás hubiera sido otra”. Así se lo contó Bolívar a su edecán Luis Perú de Lacroix. Miguel Unamuno, escritor bilbaíno de la Generación del 98, contaba: “es evidente que la muerte de su Teresa, su Dulcinea, lanzó a Bolívar, el rousseauniano, a su vida de heroísmo público, fue la gran sacudida que despertó su alma civil”.

Un poema dedicado al Libertador

Estamos en 1927. Nivardo Pina, cónsul de Venezuela en Bilbao, encarga al arquitecto vasco Pedro de Ispizua Susunaga un monumento en honor a Simón Bolívar. Será colocado en la plaza del pueblo de sus ancestros. No será una estatua a caballo. Será un monolito de piedra, respetuoso del entorno.

Tendrá un bajorrelieve en bronce con la efigie del Libertador y las ruedas de molino que dieron nombre a la estirpe. En los costados tendrá unas inscripciones en euskera: “Emen 1527’garren urtean yayoiko Bolibar’tar Simon arduraduna’k Amerika’n Bolibar’tarren oñetxea irasi eban” (El Procurador Simón de Bolíbar nacido aquí en 1527 echó en América las raíces de los Bolíbar). Al otro lado lucirá esta leyenda: “Antzinako sendi euskotar onek Bolibar’tar Simon argiratuaz bere bizmen indarra erakutsi eban” (Esta antigua familia vasca demostró su vigorosa fuerza dando al mundo a un Simón Bolívar). 

En el fronstispicio figurará la siguiente inscripción en castellano: “Simón Bolíbar, a quien reconocen por padre de la patria Venezuela, Perú, Ecuador, Panamá, Colombia y Bolivia. Venezuela, presidida por el General J.V. Gómez a la Puebla de Bolívar”. La palabra Bolivia hoy está desgastada y le faltan algunas letras. 

En agosto de aquel 1927 el representante diplomático boliviano acude —junto al resto de delegaciones bolivarianas— a la solemne inauguración del monolito. Hay misa solemne al aire libre. “Ocho dantzaris bailan el rito ancestral de la espadantza ante el rostro de Bolívar con los agridulces notas del txistu indígena”, dice Llano Gorostiza en el citado libro. 

La Banda de Música de la alcaldía de Markina y los niños y niñas de las escuelas estrenan el Himno a Bolívar en euskera y castellano con letra de Vicente Batiz y Luis Martínez de Maturana y música de Francisco Ugartechea, hermano de don Domingo, párroco de la Puebla de Bolívar. ”Bere izena idatzik dago eguzkian ta illargian; Bolibartarrak be idatzi ta irarri dabe bihotzian”. (En la querida tierra de Bolibar, su nombre está escrito en el sol y en la luna, los bolivarianos lo han escrito en sus corazones).

La canción será grabada en varios países; la Unión Panamericana en Washington la editará y la distribuirá por infinidad de centros escolares norteamericanos. Incluso la banda de música de la Academia Militar de West Point interpretará la partitura. 

En la misa al aire libre, se escucha como sermón la Oración Bolivariana del Padre Carmelita Fray Hipólito de Larrakoetxea. “Somos la mayoría de los hombres, pequeños, rastreros, así en nuestros ideales como en nuestras empresas. Los valientes, los héroes, los magnánimos y los de corazón generoso son muy pocos y solo en contadas ocasiones aparecen en el mundo. Difícilmente llega a tener un pueblo uno solo de estos hombres en cada siglo. Pues bien señores, nosotros, los pequeños y rastreros, tenemos la necesidad de recordar a estos hombres grandes y apoyarnos en ellos sino queremos perecer en nuestra pequeñez y miseria. (…)

“El pueblo vasco tiene, no uno que otro, sino muchos varones grandes e insignes. Los héroes de otros pueblos tienen con frecuencia empañada su gloria con las lágrimas y sangre de otros pueblos a quienes han oprimido y martirizado. Si aparecen grandes, si su figura aparece en alto, constituyen su pedestal millares y millares de cadáveres. No son de esa especie nuestros grandes hombres. Los vascos, nuestros héroes, jamás han querido elevarse sometiendo, oprimiendo a los demás. 

“Si son grandes lo son por sus méritos, por su rectitud. Tal fue el hombre que hoy honramos, el insigne Bolibar. La raíz principal de su grandeza y fama es la de haber dado vida libre e independiente a tantos pueblos de la dominación extranjera, de la dominación española. Si uno es amante de su libertad y al mismo tiempo de corazón recto y generoso, querrá también para los demás lo que tanto ama para sí. Vosotros, los bolibartarras, sus paisanos , recordadlo constantemente a la vista de este monumento, imitad sus virtudes, su hazañas, su amor a la libertad y a la patria”. 

Plaqueta conmemorativa e ‘Himno a Simón Bolívar’

En 1955 el gobierno de la República de Venezuela entregó como regalo al pueblo de Bolívar una nueva escuela, una imagen de Nuestra Señora de Coromoto para el pórtico lateral de la iglesia de Santo Tomás y un frontón de pelota vasca, formador desde entonces de leyendas de la cesta punta (“jai alai”), como el pelotari Txikito de Bolívar. 

A la entrada de Bolibar un nuevo monumento recibe hoy a los peregrinos que gota a gota pasan por la mitad del pueblo, rumbo a Santiago. Es una obra del escultor Mikel Lertxundi, inaugurada en 2015. Se llama “Hiruko” (Triada). La inscripción dice así en euskera, castellano e inglés: “Harria-Oinarria-Herria (Piedra-Base-Pueblo); Burdina-Ekintza-Lana (Hierro-Acción-Trabajo); Egurra-Emaitza-Fruitua (Madera-Resultado-Fruto). Simón José Antonio Bolívar, piedra, hierro y madera, la Santísima Trinidad.

La entrada del museo dedicado a Simón Bolívar en Bolibar.
La entrada del museo dedicado a Simón Bolívar en Bolibar.

Texto y Fotos: Ricardo Bajo Herreras

Comparte y opina:

Juan Mayta ¿Abstracto andino?

El artista paceño mostrará su trabajo en la exposición ‘Atmósfera’ en la galería de arte Altamira hasta el 17 de octubre

/ 1 de octubre de 2023 / 07:10

Poca es nuestra experiencia y nuestro acercamiento al abstracto, más allá de la obra de grandes maestros que marcaron una profunda huella. Como galería, siempre nos hemos considerado más cercanos al arte figurativo.  Pero algo en la obra de Juan Mayta —que exhibe actualmente la muestra Atmósfera, que estará abierta hasta el 17 de octubre en la galería de arte Altamira (calle José María Zalles Nº 834 – bloque M-4, San Miguel)— fue de a poco conquistando nuestros sentidos y nuestro gusto por su trabajo —siempre vinculado a la magia de las montañas y a las inmensas planicies del altiplano— ,serán tal vez las texturas o las veladuras que de a poco toman su obra por asalto.

A decir de la doctora en Historia del Arte, Margarita Vila, “los sutiles planos geométricos en los que el artista organiza el espacio pictórico evocan sus construcciones en constante expansión, poblando el horizonte de recortadas líneas a expensas de una vegetación que desaparece a ritmo acelerado de sus laderas. Como antes hicieron Klee y otros diseñadores de la Bauhaus, su acercamiento a la ciudad es sutil y a la vez riguroso en materia cromática y compositiva. Bermellones, terracotas, resonantes azules y suaves ocres se extienden en planos rectangulares en los que delicados difuminados se orquestan con pinceladas muy definidas y cuidadísimas texturas en una obra preciosista en sus cualidades formales y evocativa en su capacidad para sugerir la esencia humana…”.

OBRAS: JUAN MAYTA

No creemos equivocarnos al pensar que el artista sigue con su mirada el trabajo del gran Alfredo La Placa. Y si algo nos enseña la vida es que la obra de los grandes está hecha para admirarla, seguirla y, como un homenaje, acercarse a ella en técnica y contenido.

También puede leer: The Power LGTBI y una obra que revienta en emociones

EL ARTISTA

Juan Mayta nació en La Paz en 1980, donde actualmente radica. Estudió la carrera de Artes en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). Egresó con mención en pintura y grabado de la carrera de Artes Plásticas de la Universidad Nuestra Señora de La Paz.

Ganó el premio en Grabado del Salón Pedro Domingo Murillo (La Paz, 2023), el primer premio en escultura en Salón 14 de Septiembre (Cochabamba, 2020) y el premio único en pintura y escultura del mismo Salón en 2019.

‘Atmósfera’, de Juan Mayta, se puede visitar en la galería de arte Altamira.

Texto: Daniela Espinoza M.

Obras: Juan Mayta

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Il Falco Desde Italia, con amore

“Especialidades Italianas a precios bolivianos”, es decir, pizzas y pastas de muy buena calidad a precios justos y competitivos.

Por Fernando Cervantes

/ 1 de octubre de 2023 / 06:48

Crónicas gastronómicas

Soldado de la paz: Lucio Rosati llegó a Bolivia en el año 2002, cumpliendo un voluntariado de servicio civil a la patria, una alternativa que tienen los italianos que decidieron no realizar el servicio militar debido a sus convicciones pacifistas. Años después, este oriundo de Pésaro (una localidad en el centro de Italia) enamorado de Bolivia y de su gente, abrió Il Falco (“El Halcón”, traducido al castellano) y es entonces que desde el mes de agosto de 2006 su premisa es la de ofrecer la mejor relación calidad–precio de la ciudad, haciendo honor a su lema “Especialidades Italianas a precios bolivianos”, es decir, pizzas y pastas de muy buena calidad a precios justos y competitivos.

Seguramente muchos recordarán con nostalgia los sabrosos momentos vividos en este restaurante cuando se encontraba ubicado en la avenida Arce. Actualmente se encuentra en la calle Fernando Guachalla Nº 452, en la planta baja del edificio Guachalla, entre la Sánchez Lima y la 20 de Octubre, en el barrio de Sopocachi, a unas pocas cuadras de su anterior dirección.

 En cuanto a sus precios, como para hacerse una idea, un plato de gnocci a los cuatro quesos (quattro formaggi) está Bs 40, unos ravioles al pesto a Bs 35, un spaghetti a la carbonara a Bs 35 o un delicioso y aclamado postre llamado tiramisú, se puede pedir por Bs 15. Hablando de postres, mi favorito del lugar es la panna cotta, un excelente clásico de la repostería italiana que también está a 15 pesitos y que además es uno de los postres más apreciados del mundo.

Otra particularidad de este restaurante es que su pizza sale en formato no solamente redondo si no también cuadrado (recomiendo pedir especialmente la hawaiana, con abundante piña). Las opciones vienen en tamaño personal o familiar y hay diversidad de sabores, como la de prosciutto (con jamón y salsa de tomate); la de peperoni con extra queso y salame; la matriciana (tocino, cebolla y morrón); la formaggio sottile con queso criollo, roquefort, muzzatella y parmesano, o la buona, a base de morrón, aceitunas negras y champiñones.

Hoy por hoy Lucio tiene un asistente de lujo: Carlos Fernando, su pequeño hijo, quien junto a su mamá, Andrea, colaboran en todos los detalles para que la experiencia de los comensales en este lugarcito italiano de Sopocachi sea memorable. Un detalle más a considerar: al finalizar la comida, se puede pedir como cortesía un limoncello, un licor típico de Italia basado en la cáscara de limón que se toma frío y que es ideal como digestivo.

 ¡Buon Appetito!

También puede leer: El Aljibe: Un viaje al pasado gastronómico cruceño

Il Falco

  • Dirección: Calle Fernando Guachalla Nº 452, Edificio Guachalla PB  1, Sopocachi (La Paz)    
  • Rango de precios:  Bs 27- 49
  • Estacionamiento propio: No
  • Plato Estrella: Gnocci a los cuatro quesos de pato 
  • Menú para niños:
  • Opciones vegetarianas:
  • Horarios de atención: Lunes a sábado de 12.00 a 22.00, domingos y feriados de 12.00 a 16.00. 
  • Teléfono: 69722841

Contáctenos:

Fernando recomienda Fernandorecomienda @fernandorecomienda Correo: [email protected]

Texto y Fotos: Fernando Cervantes

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Acerca de los ‘Horizontes Sagrados’ de Francine Secretan

La exposición de esculturas y pinturas instalada en el Espacio Simón I. Patiño de La Paz evocó la sacralidad de los espacios y los objetos en el mundo andino

‘Horizontes Sagrados’ se presentó en el Espacio Simón I. Patiño.

Por Reynaldo J. González

/ 1 de octubre de 2023 / 06:33

El Espacio Simón I. Patiño de La Paz cerró el 28 de septiembre la exposición Horizontes sagrados de Francine Secretan. Dispuesta en sus dos salas principales y sus anexos, presentó 30 pinturas y 44 esculturas de quien es considerada la más destacada referente de la escultura boliviana contemporánea.

Se trata, sin duda, de una de las principales exposiciones del año al reunir una selección representativa de la producción de la artista suiza-boliviana en diversidad de medios, técnicas y formatos. 

En efecto, si algo destaca en esta exposición es la unidad de la propuesta característica de la obra de una artista madura y derivada de la influencia de las culturas andinas sobre sus concepciones artísticas, en especial, en relación al carácter sagrado de ciertos objetos y ciertos lugares. 

En escultura se pueden apreciar muestras de diferentes épocas de las dos tipologías principales de Secretan: Los tallados en madera complementados con cuerdas, telas y plumas, y los ensambles de planchas metálicas de perfiles geométricos. Ambos constituyen la base de su obra con importantes premios en certámenes del país y del exterior y con numerosos monumentos emplazados en espacios públicos y privados.  Son obras abstractas determinadas por una interpretación conceptual de las culturas andinas que cautivaron a la artista desde su llegada al país hace casi 50 años. Las obras en madera, por ejemplo, siguen la tradición de los tótems religiosos de elementos zoo y antropomorfos presentes en múltiples culturas americanas, reelaborándolos con formas más abstractas e irregulares y un lenguaje expresivo en la combinación de materiales y de texturas. Las obras en metal, por su parte, evocan de manera más directa la estética de los pueblos andinos prehispánicos en su geometrización, su referencia a ciertos tipos iconográficos y su intenso color rojo tomado de la textilería j’alqa. 

A esta obra ampliamente conocida y referida en la historiografía y la crítica artísticas, se suma la reciente producción pictórica de Secretan en lienzos caracterizados por su planismo, su gran intensidad cromática y su intensa luminosidad. 

También puede leer: Los tesoros de PORTACHUELO

Lo más destacado de esta pintura son las obras de gran formato en las que sobre bases de brochazos sueltos y rápidos la artista dibuja formas y figuras geométricas presentes en la decoración escultórica, arquitectónica y textil local y en su propia escultórica: Signos escalonados, cuadrados cruzados por rombos, espirales, triángulos, círculos, formas repetidas… Estas son imágenes que están unidas por un repertorio de símbolos que de alguna manera nos retrotraen a los comienzos mismos del abstraccionismo moderno tanto en su tradición mística en la obra de su iniciadora Hilma Af Klint (1862-1944) como en su vertiente más intelectualista y conocida en la obra de Vasili Kandinski (1866-1944). 

Francine Secretan realizó 39 exposiciones individuales en Bolivia, Bélgica, Suiza, Holanda, Francia, Australia.

La obra de Secretan, no obstante, se basa en una búsqueda intelectual y formal muy propia que ya ha superado cualquier influencia directa o indirecta. Es producto, sobre todo, de la espiritualidad de una artista estudiosa de las culturas andinas y de religiones y filosofías de origen oriental. Por estas razones emana también cierta espiritualidad de cada una de sus obras, una que no se puede aprehender por medios racionales, sino únicamente por medio de una detenida contemplación estética. 

Secretan estudió en la Escuela de Bellas Artes de Ginebra (1968-1970) y en la Escuela de Bellas Artes de Basilea (1970-1971) y es profesora de Dibujo por la Escuela Normal de Ginebra (1972). Llegó a Bolivia en 1974. Realizó más de 30 exposiciones individuales en Bolivia y el extranjero y participó de 115 exposiciones colectivas. Recibió casi una veintena de premios en el país incluido el Gran Premio del Salón Pedro Domingo Murillo de 1998. 

Texto: Reynaldo J. González

Fotos: Espacio Simón I. Patiño

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Material

El escritor paceño René Alejandro Canedo Peñaranda comparte este relato con los lectores de Escape

Por René Alejandro Canedo Peñaranda

/ 1 de octubre de 2023 / 06:06

Me mira con recelo. Es guapo el muchacho, tiene un agradable desaliño, rebelde digamos. Me dice que no tiene ese “material”. Le agradezco y me despido; casi fuera del local, le escucho murmurar algo que no entiendo. En la siguiente tienda, mucho más grande y surtida que la anterior, el dueño está conversando por celular, me mira y cuelga; algo cambia en su mirada cuando le pregunto por el “material” que busco (me copié el término que utilizó el jovencito aquel: “material”). Casi de inmediato, el muchacho entra y saluda familiarmente al propietario, prácticamente interponiéndose entre nosotros. Se sonríen. Confirmado, el chico es atractivo, más con el evidente enojo o la incomodidad que le provoca mi presencia. Simulando un accidente, le piso un pie, me disculpo y le tomo de los brazos, casi abrazándolo; siento su temblor, es muy delgado, aunque fuerte. De pronto el propietario pasa entre los dos diciendo algo que no entiendo del todo y me pide que lo siga.

2 Busco otro trabajo en el periódico. Mi hijita debe comprar no sé qué materiales para la escuela, también necesito para el alquiler del cuarto, y mi mujer que no deja de reclamar y reclamar. De repente, entra el tipo este, pidiendo esas cosas; parece bien educado, bien harto habla. Con su sonrisita y su gorra naic (original debe ser), bien jailón, carajo, seguro que es maricón. Me explica que necesita ese material para trabajar y no sé qué más; más bronca me da: ¿para trabajar en qué? Sí, maraco es, fija. Le digo que no hay ese material que quiere. Cuando sale, digo despacito, pero como para que me escuche: “ojalá te violen maraco de mierda”. Ese mismo ratito le llamo a mi suegro, porque seguro que el maraco irá a la tienda grande; o mejor voy para ver qué onda con el maraco. Llego y tal cual: el maraco está preguntándole a mi suegro sobre esas cosas que quiere para su “trabajo”, explicándole que … bla bla bla. ¡De repente, me pisa! ¡el muy cabrón! ¡y me agarra de los brazos! ¡creo que quiere abrazarme! ¡ay no, qué asco! ¡uta, bien fuerte el tipo! sus manos, tremendas…, si se raya, seguro me despacha de un piñazo; me calmaré nomás; además, no sé de cómo, mi suegro nos separa (¡gracias, dios bendito, padre amado, padre celestial!); el maricón se va detrás de mi suegro después de soltarme y sonreírme; carajo, casi me meo al imaginarme lo que pensó el marica al tocarme. 

3 Me llama el Santi. Dice que un maraco “anda rondando, cuidado don Johnny”, me dice. Este Santi, es buena gente, pero tiene sus cosas, ojalá encuentre trabajo rápido, yo no puedo pagarle mucho más; además, con el internet, ese netflix y no sé qué más, nos está jodiendo la competencia. ¡Zas! cabalito, entra un tipo como el que dijo el Santi: alto nomás, con gorrita naic, bien amable, bonito habla: me explica que debe hacer un trabajo o no sé qué para la universidad y no sé qué más. Yo, le escuuuucho nomas, pensando en la caja donde guardo esas cosas que quiere. Ese mismo ratito llega el Santi, nervioso, casi ni me deja hablar con mi cliente; de pronto, no sé de cómo, el «maraco» se abraza o algo así con el Santi, sin querer, creo; el Santi casi se muere de bronca ahí mismo (ja ja). Entonces, hago un chiste y paso entre ellos para separarlos; el “maricón” se ríe conmigo y me sigue, aunque creo que alguito siempre le ha dicho al Santi; y el Santi, callaaaaaro nomás. Saco la caja donde guardo lo que quiere “el maraco”; creo que no es de los que quieren con wawas, así que le muestro las de entre adultos nomás que veo a veces, aunque no mucho porque me aburro; además, los tipos ¡bien casco! ¿cómo pues aguantan tanto? Deben drogarse o hacer varias tomas y editarlas; eso debe ser; y las chicas, todas operadas, ¡fulero! Al final, el maricón escoge tres, de las más nuevas; yo solo vi dos. Esperaba que me pida de las que sí son bien jodidas, entre hombres, negros, blancos o combinados, todos bieeen musculosos o bieeeen flaquitos… ja, ja, como el Santi; pero no. Me paga y se va, despidiéndose bien amablemente ¡buena onda el cuate!

También puede leer: La defensa de la Educación Integral en Sexualidad desde el arte

4 ¡Ya voy! Ya, ya… yo le ayudo en su tarea… ¡pero no me grites…! [sus manos, todavía siento sus manos… en mis brazos…]  

5 En la cena, el Santi sigue puteando contra “esos maricas… no es natural, dios no lo permite, a la wawa hay que cuidar don Johnny, hay que protegerla de estos, quieren legalizar sus matrimonios y adopciones, dice, ¿se imagina, don Johnny? A la iglesia deberíamos ir, anímese a recibir a dios… porque eso del preste, pecado es, idolatría es, botadera de plata nomas es, esas fiestas que arman los de su pueblo…” Yo le escuuuuucho nomas. Ojalá encuentre trabajo rápido este mi yerno.

6 Buen material el del señor, y tan amable; don Johnny, así le llamó el muchacho bonito. Y ese chango, me miraba como si estuviese por brincarle, debe pensar que soy gay como él.

El Autor

Escritor, investigador y educador, René Alejandro Canedo Peñaranda nació en La Paz en 1975. Con Editorial Jaguar Azul Editores publicó los poemarios: poemasesino (2014), urbanos y bitácora (2015), nervaduras en colaboración con el fotógrafo Fernando Miranda (2016), informe murciélago en colaboración con el poeta Jorge Campero (plaquette, 2016), delírium trémens en colaboración con el poeta Sergio Gareca (plaquette, 2016), ejercicio forense (2017) y barbijo de plata, plaquette ad hoc por los25 años del Bocaisapo en colaboración con Benjamín Chávez, Ada Zapata, César Antezana/Flavia Lima (2023).

Texto: René Alejandro Canedo 

Imágenes: Freepik

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Últimas Noticias