Saturday 3 Jun 2023 | Actualizado a 07:23 AM

Así es Maritza Wilde

/ 5 de marzo de 2023 / 07:50

Actriz, dramaturga y directora de más de 50 obras teatrales, Maritza —generosa, comprometida y firme— es la gran dama del teatro boliviano

Te cuento otra anécdota? ¿Te interesa?”. Maritza es como Sherezade, (sobre)vive gracias a los relatos que cuenta, a las historias que arma. Y los espectadores somos ese rey de Persia que se queda con la curiosidad una y mil noches, que quiere una obra de teatro más, un festival más, otra dramaturgia. Sí, quiero que me cuentes otra anécdota, Maritza.

Con seis años, Maritza Wilde vuelve a la ciudad de Tacna donde nació. Estudia en el Colegio Santa Ana y, como es alumna nueva, no se sabe todas las oraciones. El primer día no reza, el segundo hace fonomímica. El tercer día va directamente al despacho imponente de la Madre Superiora y le dice: “No me sé la oración”. La monja le regala un bombón y contesta: “No te preocupes, ya vas a aprender”. Y aprendió. Maritza recuerda hoy, toda una vida después, que ella resolvió solita su problema, que no fue a contarle a nadie, ni a su madre, ni a su querida abuela.

Cuando a Maritza Wilde le preguntan dónde nació, responde que “es una ciudadana del mundo”, que tiene “una mezcla muy grande de orígenes”. Y es verdad. El padre, nacido en Lima, es Sergio Muyo Osorio, hijo de alemán; con madre chilena, María Luisa Osorio. La madre es orureña, doña Blanca Urrutia. El abuelo materno es Juan Carlos Urrutia Arestegui (vasco, de Bilbao) y la querida abuela es Alicia Parker, inglesa de Oruro.

Maritza junto a Agustín Wilde, su compañero, un amor de medio siglo.
PAREJA. Maritza junto a Agustín Wilde, su compañero, un amor de medio siglo. Foto: Ricardo Bajo y Archivo Maritza Wilde

Maritza es hija única y cuando se casa adopta el apellido anglosajón del marido, Agustín Wilde. No tendrá hijos; “soy muy feliz de no ser mamá, cuando me caso con ese señor, él ya tenía dos hijitos; nunca he sentido ese instinto maternal que dicen, para comenzar no es instinto, es una construcción cultural; lo inventaron los hombres desde la época en que ellos salían a cazar y nosotras nos quedábamos en la cueva dando a luz y criando”.

La casa natal en Tacna es del abuelo vasco. Es una casona con viñedos y miles de libros, antigua residencia del gobernador chileno cuando la ciudad perteneció a Chile entre 1884 y 1929. La wawa Maritza juega con los libros, los alinea, escala hasta las estanterías más elevadas. La literatura es un juego, siempre lo fue. No sabe todavía que los libros serán la gran pasión de su vida. Sus primeros años se dividen entre Lima y Tacna. Su mejor influencia es la abuela Alicia, “una maravilla de mujer”.

Es una niña mimada pero no malcriada. Lee y escucha de voces maternales cuentos infantiles y tradiciones peruanas de Ricardo Palma. “Mi madre me besuqueaba y me estrujaba, pero a mí me gustaban más las palabras y los relatos de la abuela”. Nota mental uno: el libro que lee estos días Maritza tiene que ver con eso; se llama La palabra amenazada de la poeta y ensayista argentina Ivonne Bordelois (vigente aún con sus 88 años); es un breve ensayo que propone trazar una estrategia para el rescate de la palabra. Maritza es una abanderada de la palabra. Así es Maritza.

En Lima estudia en el Colegio Antonio Raimondi. Con 12 años la familia se instala en La Paz y Maritza entra al Santa Ana, las mismas monjas de Tacna. “Nunca me gustó el colegio, las cosas que enseñaban me parecían tontas, sosas; la botánica no me interesaba y las matemáticas se me daban mal; sabía más por los libros que había leído”.

Entre aquellos libros del abuelo hay muchos de medicina (en lo más alto) y Maritza quiere ser doctora, pero no cualquiera doctora sino neurocirujana (“por las láminas que había visto en aquellos libros”). En un viaje con la familia a Buenos Aires, una escuela de ballet clásico llama su atención. Tiene apenas 12 años y decide (otra vez solita) que quiere ser bailarina. No cualquier bailarina, sino la mejor “prima ballerina” del mundo. Es su primera vocación/pasión.

Artista.Imágenes de distintas etapas en la vida de la teatrista y gestora Maritza Wilde. Foto: Ricardo Bajo y Archivo Maritza Wilde

Años después aparece una beca para estudiar en la Opera de París. “¿Bailarina? ¿En Francia? Ni hablar. No, no y no; fue un no rotundo”. La negativa de la familia causa una terrible desazón en aquella adolescente que lloraba y lloraba, comía y comía. Maritza engorda 20 kilos. Con 18 años se cruza el teatro, como un salvavidas. Unos talleres impartidos por Sergio Medinaceli llaman su atención. Maritza piensa que ahí va a poder actuar, cantar, bailar, vivir.

Entra al Taller de la Alianza Francesa; estamos a principios de los años 70. El TAF aglutina a la incipiente escena tras el cierre por la dictadura de Hugo Banzer del mítico Teatro Experimental Universitario (TEU). Es una linda/fructífera época de oro del teatro paceño con acento de mujer. Junto a Maritza están otras actrices como Kori Bolivia Carrasco, Tota Arce Paravicini, Mabel Rivera, Malena Orías, Rose Marie Canedo…

Maritza debuta con Los reyes de Julio Cortázar. Lugar: una sala de la Alianza Francesa en la calle Indaburo. Hace de Ariana, la que guiará a Teseo fuera del laberinto; es el juego del poder, es el juego de la palabra; otra vez la palabra. Es una lección sobre los monstruos: “mira, solo hay un medio para matar a los monstruos: aceptarlos” (Cortázar). En aquellos turbulentos años, conoce a Agustín Wilde, de profesión auditor. “De carácter positivo, congeniamos rápido, nos habíamos conocido en Lima y alguien nos presentó de nuevo en La Paz, en poco tiempo cumpliremos 50 años juntos; él es Leo y yo, Virgo con Leo; no creo al cien por cien en esas cosas, pero Leo es firme, hace lo que quiere hacer pero no pelea; Virgo es más analítica”.

A mediados de los 70, la pareja se va a vivir a Madrid por un masterado de Agustín. Antes compran el departamento de la avenida 6 de Agosto, en Sopocachi, donde todavía viven hoy. Nota mental dos: por motivos de salud, en un futuro cercano se irán a vivir a Cochabamba.

Maritza aprovecha para estudiar primero en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESART) y después en el Teatro Experimental Independiente (TEI), ambos en Madrid. “En el TEI aprendí mucho con el maestro William Layton, venía de la Academia de Nueva York, del famoso Actor Studio, nos transmitió el método orgánico; fue un profesor maravilloso, algo sordo por haber luchado en la II Guerra Mundial; también creó en la capital el local del Pequeño Teatro”.

Por el “Laboratorio de Teatro William Layton” pasa la “crema y la nata” de la escena española: Julieta Serrano, Ana Duato, Ana Belén, Miguel Bardem, Juan Luis Galiardo… Maritza se familiariza con dos apellidos claves de la formación teatral: Stanislavski y Grotowski (y su “teatro pobre”). Ve mucho teatro, toma talleres también en Francia y aprende. Son los años donde arrasa la obra maestra del polaco Tadeusz Kantor, La clase muerta (1976); donde triunfan las piezas de Peter Brook, el revolucionario de los escenarios, “l’enfant terrible” del teatro. Maritza es una esponja. Así es.

Foto: Ricardo Bajo y Archivo Maritza Wilde

Su momento cumbre, después de varios papeles secundarios en el TEI, llega con La Orestiada de Esquilo, una de las tragedias más transcendentes de la historia del teatro. La suben a escena durante el Festival de Mérida (Extremadura) en su famoso Teatro Romano. “Hice de Electra y con nosotros había un actor mexicano que tenía pinta de Pancho Villa y yo me preguntaba qué rato iba a sacar las pistolas”. No lo he dicho todavía, pero Maritza hace gala siempre de un humor particular, como ella. Su sonrisa es pícara. Te mata callando.

La pareja vive los años de la muerte en cama del dictador Francisco Franco, de la transición española y del destape. “Sara Montiel mostraba los senos en la televisión, una estupidez; el destape fue desagradable, salíamos del teatro y nos preguntábamos todos: ¿ya murió Franco?”.  A finales del 78, el año de la aprobación de la Constitución Española, Maritza y Agustín vuelven a Bolivia por la enfermedad de uno de los hijos de su compañero. “Dejé una carrera de actriz que comenzaba a formarse, la compañía de Nuria Espert me había llamado para un buen papel pero no me quise quedar sin Agustín, no me arrepiento, prioricé mi vida personal a la profesional”.

En La Paz da clases de interpretación en el Instituto Boliviano de Cultura de la calle Ingavi. Se junta con una generación dorada (y olvidada) de nuestro teatro: Pilar Campuzano (escenógrafa), Andrés Canedo, Luis Bredow, Ninón Dávalos… Deja de actuar para dedicarse a la docencia de manera profesional.

Los 80 en La Paz se apellidan Amalilef; en Santa Cruz estaba Casateatro de René Hohenstein. Amalilef, fundado en 1984, es el acrónimo con los nombres de las tres fundadoras. Son Maritza Wilde (que después en 1988 dirigirá otro elenco, Le Rideau), Malena Orías (terminará haciendo teatro de papel en Dinamarca) y Francy Bazurco (exiliada en México en los 70 y actualmente viviendo en Cuba). Luego se unen dos hombres: Índalo Luque y el músico Armando Iglesias.

La primera obra que monta es El juego de la venezolana Mariela Romero; es un espacio de encuentro de dos mujeres. Luego llegan un sinfín de obras teatrales, tanto europeas como latinoamericanas y bolivianas, en las que actúa y/o dirige, entre otras: El príncipe de Spandau, de Helder Costa (con David Mondacca haciendo del nazi Rudolf Hess); De brujas y alcoviteiras (Maritza es Lilith/Celestina); El cofre de Selenio (con Mondacca, Jorge Ortiz y Raúl “Pitín” Gómez); Seis oficios a saber (junto a Ninón Dávalos con dirección del argentino Omar Viale); El escudo y la piedra (inspirada en poemas de Marcelo Arduz, estrenada en la Expo 92 de Sevilla); Las Juanas (una historia de tres mujeres solas); y numerosos unipersonales como De oro y barro (con puesta en escena de César Brie). Llegará incluso a dirigir al exministro de Educación Tito Hoz de Vila en la obra La pulga en la oreja.

Maritza comparte escena con David Mondacca en la obra De brujas y alcoviteiras.
TEATRO. Maritza comparte escena con David Mondacca en la obra De brujas y alcoviteiras. Fotos: Ricardo Bajo y Archivo Maritza Wilde

Pero de la que más y mejor se acuerda es de La casa de Bernarda Alba (1986, diez días de octubre seguidos en el Teatro Municipal). Norma Merlo fue Bernarda, la “inquisidora”; Tota Arze era Poncia; Gloria Mir, la madre Josefa; Elizabeth Tejada, Martirio; Morayma “Morita” Ibáñez fue Angustias, la hija mayor; Lidya Ibáñez como Adela; Deisy Revollo, Amelia; Malena Orías fue Magdalena, la segunda; y Denís Avilés era la criada. La escenografía fue de José Bozo. ¡Cuánto daría por viajar en el tiempo y sentarme en la platea del Municipal para admirar semejante pléyade! ¡ese duelo actoral entre Norma y Tota, por Dios!

Para entonces Maritza ha comenzado su carrera como dramaturga (tiene dos libros publicados en Estados Unidos y Colombia con sus obras). Pasa de vivir muchas vidas a escribir. Lo hace con Adjetivos, basada en el matrimonio de los Ceausescu rumanos, ejecutados en 1989 (otra vez con la pareja Maritza Wilde/David Mondacca y dirección de Guido Arze Mantilla); Las invisibles (monólogos de personajes femeninos históricos como la mujer de Alejandro, Colón, Marx y Freud; hace poco añadió la de Napoleón y Bolívar); Sócrates y Asdrúbal, El equilibrista y El otro Juan (muchos de ellos inéditos). El teatro la lleva a conocer (más) mundo: actúa en España, Estados Unidos, Venezuela, Colombia, Chile, entre otros países.

Los 90 son sinónimos de festival. La culpa es de Cádiz, la “Tacita de Plata”. Maritza es invitada por el Festival de Teatro de esta ciudad andaluza. Luis Molina, el director del Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral, Celcit, lanza en la despedida una “provocación”:

—¿Por qué no haces un festival de teatro en tu Bolivia?

(Por aquel entonces solo teníamos dos festivales: el de cultura en Sucre y el “Peter Travesí” de teatro boliviano en Cochabamba).

—No voy a hacer un festival de teatro, mucho problema, nada que ver.

La primera respuesta de Maritza fue no. Ni hablar. No, no y no; fue un no rotundo. Como aquel de su madre cuando quiso ser bailarina. Después el bichito comenzó a trabajar lentamente, como hormiga. La segunda respuesta, solo para ella, fue: sí se puede. La tercera fue pensar: ¿dónde? “Por aquel entonces, hablo de 1997, Santa Cruz vivía un momento de progreso económico, tenía un buen aeropuerto y pensé que también iban a querer tener cultura. Además no existía el problema de la altura que a veces impide la llegada de algunos elencos”.

Maritza se pone manos a la obra. Llama por teléfono a un viejo conocido, Homero Carvalho, asesor de la Prefectura cruceña. El escritor beniano hará los contactos y alojará a Maritza. En una mañana y dos horas, logra 70.000 dólares (30.000 del prefecto “al que ni la cara vi”, 25.000 dólares de la Alcaldía gracias a Édgar Lora, oficial mayor de Cultura y 15.000 de la Casa de la Cultura). “Hasta hoy me parece increíble lo que logré; agradezco a mucha gente en Santa Cruz, estaba acostumbrada en La Paz al “mañana, pasado, nunca”; la ingratitud es uno de nuestros peores defectos, hay que ser agradecida y yo lo soy. No me quiero olvidar de Juan Pita, de la cooperación española, la AECID, que nos colaboró con su salón y una oficina donde trabajé durante tres meses”. El primer gran festival internacional de teatro estaba en marcha. Tendría 21 elencos de ocho países, 11 mil espectadores. Será recordado por Maritza por la muerte de su madre.

Fotos: Ricardo Bajo y Archivo Maritza Wilde

El día de la inauguración, 10 de abril de 1997, muere en La Paz doña Blanca. Infarto cardiaco. Maritza duda, quiere abandonar, tomar un avión. No lo hace. Agustín le dice: “Quédate, inauguras y te vienes mañana”. Maritza contiene el llanto. Viste un traje hermoso, verde lechuga. Todavía hoy, odia ese color. Algunos del Festival se enteran de la mala noticia: “Unos me felicitaban, otros me daban el pésame; yo solo acertaba a decir: Disfruten del festival y hagan disfrutar”.

En la noche, el elenco brasileño Desiderium de Belo Horizonte abre el telón con un espectáculo de danza en el Parque Urbano. Maritza viste un impoluto y bello vestido blanco. “El luto no se lleva en la ropa”. Al día siguiente vuela a La Paz, entierra a su madre y vuelve en la noche a Santa Cruz. Así es Maritza Wilde, damas y caballeros.

La segunda edición del Festival en Santa Cruz no la va a hacer ella. Y acá doy la palabra a Homero Carvalho, pues a Maritza no le gusta echar barro a las personas: “Lamentablemente el extraordinario trabajo de Maritza no fue reconocido en esta ciudad y hubo gente ingrata, lo que hizo que se aleje del mismo y concentre sus esfuerzos en la realización de su sueño: hacer el festival en su ciudad”. Dicho y hecho. “Te has ido a Santa Cruz y acá no haces”, fue el disparadero, era la queja paceña.

La Paz se preparaba para ser capital iberoamericana de las culturas. A Maritza le cuesta más conseguir el financiamiento. Recuerda el apoyo de Pedro Susz, las reticencias de Manuel Monroy Chazarreta (su hermano era el alcalde), los auspicios de Entel y la Cervecería, la plata del multifacético Fernando “Chacho” Arraya Arauz… “La Oficialía Mayor de Cultura nos rebajó de los 30.000 dólares que nos prometió el alcalde ‘Chaza’, que se portó bien, a los 20.000 y luego 13.000 porque había que dar 7 mil a las Alasitas. Papirri, el folklórico, me dijo: “¿Tienen la plata en el banco ya? Tenemos que suspender”.

También puede leer: Manuel Vargas, aquel niño de Vallegrande

La primera edición del Fitaz (Festival Internacional de Teatro de La Paz) no se suspendió. Se hizo contra viento y marea. Los kusillos nos dieron la bienvenida. “Recuerdo que la gente me paraba por la calle y me felicitaba; recuerdo los titulares en los periódicos: el Fitaz deslumbra a La Paz”. Maritza se sentirá sola, luchando sola, buscando quién le ayude, cargando sobre su espalda las equivocaciones, las cosas que salen mal, los elencos que defraudan, la falta de público, el ninguneo, los indignos. Maritza se sentirá cansada. Sentirá placer al decidir, al ver los frutos. Los grupos exigirán mejores condiciones y mejores pagos. Maritza les recordará con amabilidad y firmeza que también ella (y el público y el festival) necesitarán mejores obras.

Maritza Wilde, en una de las puestas en que participó.
TABLAS. Maritza Wilde, en una de las puestas en que participó. Fotos: Ricardo Bajo y Archivo Maritza Wilde

Maritza está al frente del festival durante 11 ediciones, de 1999 a 2020, hasta que la pandemia logró detener el mundo. Entregará el relevo a Bernardo Flores Arancibia y su joven/entusiasta equipo; “el Fitaz está en buenas manos”. Solo le pide una cosa a Bernardo: “que mantenga el carácter independiente y autónomo del festival, que no dependa de nadie, quien te pone plata se cree dueño”.

En esos 20 años, Maritza seguirá escribiendo teatro y estrenando obras. El público, nosotros, la inmensa minoría que todavía vamos al teatro, estamos en deuda con Maritza. El legado del Fitaz es para los elencos nacionales, para los hacedores de teatro, para aquellos espectadores que se convirtieron en actores y actrices, para los que apreciaron el intercambio cultural con grandes obras venidas de lejos, para los que aprovecharon las sinergias, para los que aplaudieron, lloraron y se emocionaron con nuestro teatro boliviano.

Si algo ha caracterizado el trabajo de 50 años sobre las tablas y fuera de ellas de Maritza es su tenacidad a prueba de balas, su compromiso a raja tabla, su generosidad sin límites. Ha regalado teatro, ha dirigido, ha actuado, ha creado y sostenido espacios para la dramaturgia y últimamente regala lo mejor que tiene: charlas sin fin con actores y actrices en su casa (antes de la pandemia). Y como tiene pensado dejar su querida La Paz, ahora también obsequia objetos que la han acompañado por medio mundo: su linda colección de sombreros la recogió como un tesoro su amiga y colega Marta Monzón. Así es Maritza Wilde.

Texto: Ricardo Bajo H.

Fotos: Ricardo Bajo  y Archivo Maritza Wilde

Walter Solón Romero, una historia plasmada en murales

La Fundación Solón ofreció un recorrido guiado a personalidades de la cultura de la ciudad para mostrar la gran magnitud de la obra de este artista

Mural del Museo de la Revolución

/ 28 de mayo de 2023 / 07:15

El tiempo se lleva consigo pedazos de la historia, sin embargo, estos pasajes que parecen efímeros casi siempre dejan insospechadas evidencias. Entonces, cuando los vestigios del ayer vuelven a la memoria como ráfagas de viento, se plasman en imágenes que se quedan como una huella que deja el tiempo. Para recuperar esa memoria, la Fundación Solón ofreció a representantes de la cultura boliviana una visita guiada por 10 murales del artista que retrató las luchas sociales.

Walter Solón Romero nació en Uyuni, Potosí, en 1923 durante el gobierno de Bautista Saavedra, año marcado por la Masacre de Uncía, una de las más sanguinarias de la historia del país. Desde pequeño sintió inclinación hacia el arte, abrazó todas las técnicas que pudo a lo largo de su vida con el objetivo de despertar conciencia social en la sociedad de ese entonces.

“Mi vida es paralela a la realidad de un pueblo que vivió de utopías y se jugó a perder”, solía decir el artista cuyo trabajo estuvo marcado por el esfuerzo, la disciplina y el estudio. El pintor creía, con firmeza, que su labor era parecida a la de un artesano que jamás termina de perfeccionar su obra.

El hijo del artista, Pablo Solón, fue el encargado de llevar adelante el recorrido que inició en la fundación que construyó junto a su padre para preservar su obra. “Quedó huérfano a muy temprana edad y fue enviado al internado del Sagrado Corazón en la ciudad de Sucre, viendo sus habilidades para la pintura, los jesuitas encargados del internado montaron un pequeño salón para que hiciera réplicas de cuadros religiosos”, contó.

El mural ‘Retrato de un pueblo’.
El mural ‘Retrato de un pueblo’. Fotos: Archivo FCBCB

El talento de Solón llegó hasta los oídos de Cecilio Guzmán de Rojas (pintor indigenista boliviano de la primera mitad del siglo XX), quien lo becó en la Academia Nacional de Bellas Artes Hernando Siles de la ciudad de La Paz. 

Pablo contó que en esa época Solón se debatía entre la pintura y el violín que le regaló su padre, pero decidió inclinarse por la pintura. Durante ese trayecto tuvo como maestros al pintor Luis Luksic, a la escultora Marina Núñez del Prado y fue influenciado por la obra de Jorge De La Reza.

La casa de Solón es amplia y llena de luz, está repleta de la obra de aquel hombre que vivía para construir imaginarios sociales con su lápiz, pincel y espátula, las únicas armas que un artista necesita para cambiar el mundo.

Aquellos cuadros, murales y colores plasmados en los muros donde abundan imágenes que parecen salidos de los libros no son casuales. Solón investigaba, leía decenas de textos para armar los bosquejos de sus obras que, según su hijo, eran reconstruidos muchas veces.

El primer mural del recorrido se encuentra en la Casa de Solón y titula El Quijote y la Leyenda de la coca. La obra inconclusa se observa en su taller. Para elaborarla el artista volteó muros, cerró ventanas, abrió puertas y volvió circular el pilar central de su taller.

El mural es producto de una fascinación del artista por Cervantes y una crítica contundente a la dictadura militar de Hugo Banzer Suárez. Vestigios de ello se encuentran en la casa Solón, donde se muestran las nueve series de quijotes.

Las personalidades que hicieron el recorrido. FOTOS: ARCHIVO FCBCB

La recuperación de la democracia

El recorrido continuó en la Escuela Nacional de Medicina, lugar que cobija la obra Salud para el Pueblo, que fue pintada en 1985. Ese año ,luego de casi 20 años de dictadura fue derrocada la última junta militar que gobernaría el país.

Tres años después, bajo esa misma consigna, Solón plasmaría la que muchos expertos consideran su obra más importante: El Retrato de un Pueblo. El mural inaugurado en 1989 está pintado con piroxilina en paneles transportables. El trabajo representa el espíritu valiente del pueblo y el papel que asumieron las universidades en la recuperación de la democracia. La magnificencia del trabajo está plasmada en los muros del Salón de Honor de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), para apreciarlo hay que empezar el recorrido desde el extremo derecho del muro e ir avanzando en sentido contrario a las manecillas del reloj.

“La verdad no es un mito, es la sombra de los actos en la historia y es la causa por la que pintamos en las paredes el retrato de los pueblos”, sostuvo su hijo, al recordar algunas de las frases de su padre.

También puede leer: La FCBCB convoca a concurso con siete categorías

Una de las características peculiares de la obra se puede apreciar en la parte de arriba del mural: ahí hay un fragmento de dibujo que se asemeja a un trazo que no está pintado. Sobre ello Pablo explicó que su padre quiso dejar un homenaje al dibujo.

El recorrido continuó en la calle Bueno y Camacho donde se encuentra el mural La historia del petróleo, el único en su tipo en La Paz pintado en la técnica del fresco. La obra resume las concesiones de tierras para exploración y explotación petrolífera y sus consecuencias para el pueblo reflejadas en el abandono, la miseria, la guerra y la muerte.

Una de las imágenes muestra a un soldado conquistador con un águila imperial y la inscripción “SOC 1922”, que según el hijo del artista hace referencia al año en que la Standard obtuvo del gobierno nacional la aprobación de la transferencia la firma de un contrato muy desventajoso para el país. Adicionalmente adquirió casi todas las concesiones, llegando a poseer 7 millones de hectáreas, cuando lo permitido era solo de 100 mil hectáreas. La SOC explotó los campos de Bermejo, Sanandita, Camiri y Camatindi, siendo interrumpido su accionar por la guerra del chaco.

El Quijote y Tunupa, dos murales rescatados

En la Gobernación del departamento de La Paz se apreciaron las obras Don Quijote/Tunupa. Los murales fueron pintados en la casa de Guillermo Jauregui en 1959, con la ayuda de su hermano Goyo Mayer, dibujante y grabador. Después de su fallecimiento los murales fueron trasladados a la ex prefectura de La Paz, en la plaza Murillo.

Solón explicó que las obras representan el encuentro del conocimiento ancestral con la búsqueda de la justicia. “En el mural del Quijote predominan los azules de un nuevo amanecer, mientras que en el mural de Tunupa los rojos y ocres representan la mitología andina. A diferencia de otros murales de Solón, en estos destacan las grandes figuras y la perspectiva dinámica de los protagonistas que parecen saltar de las paredes”, señaló.

Mientras el mural de Don Quijote versa sobre su arribo a la ciudad del Illimani con Sancho Panza, el de Tunupa se centra en el momento en que este navega amarrado a una balsa de totora y está a punto de estrellarse contra las rocas en el lago Titicaca.

‘Juana Azurduy de Padilla y los guerrilleros’.
‘Juana Azurduy de Padilla y los guerrilleros’. FOTOS: ARCHIVO FCBCB

La Revolución, en  el diálogo Solón-Alandia

Dos pintores potosinos inmortalizaron a través de su obra el pasado y futuro de la revolución. Solón y Alandia dialogan en el muro del Museo de la Revolución Nacional sobre lo que dejó la insurrección de los obreros y el futuro de la lucha y unidad para enfrentar los resabios del pasado.

“En el centro se encuentra un chasqui trayendo una misiva de esperanza y rebeldía. Atrás, un minero con una dinamita en la mano y más arriba, una marcha. A los costados, los campesinos, los estudiantes y los trabajadores que escuchan, amplifican con el pututu el llamado, y se suman a este largo caminar”, explicó Pablo Solón.

El mural pintado por Solón recupera la leyenda que surgió después de que fuera descuartizado por cuatro caballos, tras la derrota del cerco a la ciudad de La Paz en 1781. En la obra se ven los brazos, las piernas y la cabeza del líder indígena que fueron enterrados en diferentes lugares se juntan bajo la tierra.

También puede leer: Cuatro masacres, sesenta disparos

La historia de Bolivia se entreteje con la obra de Solón; en ella, la memoria colectiva resurge para interpelar al poder establecido. El Cristo de la Higuera (mural ubicado en la Facultad de Medicina) se convierte en el grito de vida de un niño entre manos y raíces.

“Este a veces se hace hombre, a veces, casi siempre el hambre y la miseria lo convierten en un habitante de una diminuta tumba blanca. Ojalá que este grito nos evoque el día en que llegamos nosotros con la misma ansiedad de vivir y hagamos algo”, manifestó Pablo.

Solón pintó el mural Juana Azurduy de Padilla y los guerrilleros junto a sus alumnos de pintura en la carrera de Artes Plásticas de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) de La Paz. La obra recuerda el golpe de Natusch Busch (1979) que dejó un centenar de muertos y medio millar de heridos. Las imágenes muestran los tanques y disparos desde un helicóptero, las protestas y una heroica resistencia que acabó derrotando el golpe establecido.

“En un extremo del mural encontramos el esbozó de Juana Azurduy de Padilla y sus guerrilleros que 170 años después de su levantamiento contra la colonia española encuentran una Bolivia ensangrentada”, relató Solón.

Sin embargo, el mural quedó inconcluso debido a un nuevo golpe militar el 17 de julio de 1980: Solón fue detenido y golpeado durante la dictadura de García Meza. Años más tarde este mural serviría de inspiración para una de sus obras más importantes: El Retrato de un Pueblo.

Así culminó la actividad en que participaron figuras del quehacer cultural local como el jefe de la Unidad Nacional de Gestión Cultural de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (FCBCB), David Aruquipa; el director del Museo Nacional de Arte (MNA), Iván Castellón, y la jefa de Museos, Jackeline Rojas Heredia. Aruquipa, por ejemplo, expresó su satisfacción y agradeció a la Fundación Solón por la disposición. “Quiero resaltar que estamos articulando el trabajo con la Fundación para conservar la memoria del artista y poder conocer su obra de cerca”.

Texto: Estefani Huiza Fernandez

Fotos: Archivo FCBCB

Comparte y opina:

Hochschild, odio y amor

El libro de Peñaranda y Brockmann ‘Escape a los Andes’ presenta un “balance final” sobre la figura del segundo “barón” del estaño; “ni perfectamente malo ni perfectamente bueno”

El empresario Mauricio Hochschild fue uno de los tres denominados “barones del estaño”.

Por Ricardo Bajo H.

/ 28 de mayo de 2023 / 07:01

Hochschild es el segundo hombre más rico de Bolivia (el primero es su enemigo íntimo Iturri Patiño; y el tercero, su buen amigo y competidor Aramayo). Es uno de los hombres más altos del país con su imponente 1.92 de estatura (lejos —de todas formas— del gigante Camacho y sus 2.32 centímetros). Tiene cejas pobladas y parece un búho. Habla cuatro idiomas (su alemán natal, castellano, francés e inglés). Y sabe más de dos mil chistes; lo que le servirá en la cárcel de San Pedro para confraternizar con los presos.

Hochschild bebe whisky y fuma habanos que llevan su nombre (por cierto, mal escrito en la anilla al poner su casero “Hochschied”). Es un adicto al trabajo y desprecia olímpicamente el concepto de tiempo libre. Tampoco trasnocha, eso es para bohemios y malentretenidos. Así le saldrá su único hijo. Ya vamos a tener tiempo de hablar del pobre Gerardo, una víctima más.

Hochschild es partidario de la idea bolivariana de unir a todo el continente bajo el nombre de los Estados Unidos de América Latina. Es un ávido lector de libros de economía. “Don Mauricio era el ejemplo del charmé que debe mostrar un verdadero gentleman”, cuentan Peñaranda/Brockmann en su flamante libro Escape a los Andes. No se jactará jamás de su plata y gustará más de complacer que de impresionar. (Nota mental uno: nada que ver con Marcelo Claure. Ricos eran los de antes).

Uncía en 1900. Foto. DE LOS LIBROS: ‘ESCAPE A LOS ANDES’ (BROCKMANN Y PEÑARANDA),

Hoschschild es un capitalista/explotador sin escrúpulos (paga cincuenta centavos de dólar diarios a sus mineros); es un vampiro/sátrapa; es un evasor voraz de impuestos; es uno de los culpables del atraso de Bolivia, es “un villano sin matices ni conciencia” (Brockmann/Peñaranda dixit). Su “leyenda negra” (extranjero, millonario y judío) se construirá a pulso: uno de los escándalos más sonados estallará en plena Guerra del Chaco; será acusado de ganar plata a través de cobros irregulares (cargas de más, invención de vagones o inflando el número de soldados enviados al frente) durante la administración del ferrocarril Atocha-Villazón. Se ganará así un rencor/odio eterno que llegará hasta nuestros días.

“Don Mauricio” —como le dicen sus empleados, sus amigos y sus enemigos— subestima siempre a su interlocutor y no se cansa de “diferenciar” entre los judíos alemanes/austríacos y los “indeseables” migrantes polacos (más pobres y menos secularizados). Es imprudente y atrevido; es desdeñoso y desmedido, incluso con su secretario personal y cocinero, el pobre Ricardo Luders. Publica en los periódicos cartas abiertas a los ministros para exhibir su poder. No entra a los socavones de ninguna de sus minas. No soporta que su único hijo se dedique al arte, a la literatura, a la fotografía (oficialmente Gerardito presentará dos exposiciones fotográficas a lo largo de su vida). Hochschild es amor y odio; odio y amor.

Mezcla su bonhomía con su capacidad testaruda de persuadir. Su frase favorita para resolver quilombos y entuertos sin salida es: “déjame hablar con él”. Es un judío secular, distante de la religión. Nace el 17 de febrero de 1881 como Moritz (luego castellanizará su nombre para ser Mauricio). Lo hace en Biblis, un pequeño pueblo del sur de Alemania, a 50 kilómetros de Frankfurt, famoso por sus pepinos. Hoy en esa localidad del estado de Hessen tiene una calle con su nombre. Dicen las malas lenguas (y lo contó el historiador germano-estadounidense Charles Arnade) que “don Mauricio” hizo una “donación” a la ciudad para lograr el cambio de nombre de la calle en 1961. ¿Sabrán hoy sus ocho mil habitantes que su paisano fue tan amado y odiado ayer?

Laboratorio químico del empresario. Fotos: de los libros: ‘escape a los andes’ (brockmann y peñaranda),

Estudia en la Escuela de Minería de la Universidad de Freiberg y hace el servicio militar en el Batallón de Cazadores Número 12 del Real Ejército de Sajonia. Trabajará en la principal firma alemana de compraventa de metales, en la Metallgesellschaft del primo hermano de su padre, el tío Zachary.

En uno de sus primeros viajes, terminará en Huelva (sur de España), famosa por albergar las minas de cobre de Riotinto, las más antiguas del mundo. En esas tierras andaluzas aprende castellano. Arrastrará —con acento alemán— las zetas por siempre. Un día, otro tío, Leopold, le animará a montar su propio negocio en Sudamérica. Le adelantará una carta de crédito por cinco mil libras esterlinas, unos 850.000 dólares en la actualidad. (Nota mental dos: ningún rico arranca de cero, ninguno).

Moritz desembarca en Chile y se instala en Coquimbo. Comienza a comprar mineral por todo el norte. De Atacama a Bolivia, hay un paso. Antes vuelve a Alemania durante la I Guerra Mundial y trabaja en el ejército comprando metales para la maquinaria bélica germana. Se casa con Kathe Rosenbaum en 1918 y vuelve a Chile. La pareja tiene un hijo, Gerardo, nacido en Valparaíso; será el único que tendrá.

La madre muere de tuberculosis en el sanatorio suizo de Arosa. El padre (ausente) no se ocupa de criar/cuidar a su primogénito; antes estarán siempre los negocios y los viajes. Es un magnate errante. Ambos, padre riguroso e hijo culto/parrandero, terminarán en los tribunales; uno soñando filicidios y el otro, anhelando parricidios. Ambos acabarán igual, morirán en soledad, producto de sendos infartos en la habitación de un hotel de lujo. Tanta plata para eso.

El padre, Mauricio, fallecerá con 84 años el 12 de junio de 1965 en el parisino hotel Meurice; el hijo, Gerardo, desheredado; el 12 de octubre de 1992 en el londinense hotel Claridge’s. El primero está enterrado en el legendario cementerio Pére-Lachaise, cerca de la tumba de Balzac; el segundo, en Highgate, cerca de la tumba de Marx.

Hochschild y dos de sus abogados. Foto. ‘EL PODER Y LA CAÍDA’ (ALMARAZ).

Hochschild llega a Bolivia en 1921, tendrá que irse en 1944. Cuando desembarca en el país, dice (con razón): “Bolivia es uno de los países más ricos del mundo; en su riqueza mineral natural solo es comparable a Canadá o Rodesia”.

Se convertirá a corto plazo en un “rescatador” de minerales; a medio plazo, en un primordial productor (Colquiri, San José, Matilde, Morococala y cerro Rico terminarán en sus manos); y a largo plazo, exportará el 30% del estaño boliviano y el 90% del plomo, zinc y plata, así como la mayoría de la producción de tungsteno, antimonio, cobre y oro. Será uno de los personajes más odiados de la historia de Bolivia. Formará parte de la famosa “rosca” minera: un suprapoder paralelo, un Estado de facto por encima del Estado real.

Estará a punto de ser fusilado por orden del presidente Busch, su “amigo”. Será secuestrado a sus 63 años durante el gobierno de Gualberto Villarroel (sus raptores fueron Jorge Eguino y José Escóbar, director general de la Policía y jefe de la Policía en La Paz, respectivamente). La revista Newsweek titulará: “The case of the vanishing tin man” (El caso de la desaparición del hombre de hojalata”). No dejará nada de su herencia (900 millones de dólares) en el país. Su segunda esposa, Germaine, donará su última mansión de Suiza al obispado de Lugano. Por lo menos, su rival de toda la vida (el “señor Patiño”, como lo llamaba) tiene una fundación cultural en el país.

Hochschild es un negociador duro, se hace rápidamente con el monopolio boliviano de exportación de minerales de baja ley. Peñaranda y Brockmann, en su libro Escape a los Andes: la historia de Mauricio Hochschild, el Schindler de Bolivia (editorial Aguilar/Penguin Chile), aseguran que nunca fue mujeriego, que nunca se le conoció amorío alguno fuera del matrimonio. “Largamente viudo” acabó con Germaine, la esposa de su primo Felipe.

También puede leer: Matilde, la sembradora de fueguitos

Privado de su nacionalidad por las leyes nazis, fue apátrida por un tiempo hasta convertirse en ciudadano… argentino. El pasaporte de la Argentina —potencia en ascenso— abría más puertas que el chileno o el boliviano. En esa época, Buenos Aires tenía dos millones y medio de habitantes y toda Bolivia llegaba apenas a tres millones.

Mauricio hace alarde de una personalidad exuberante, “en ocasiones, apabullaba”, cuentan Peñaranda/Brockmann, casi siempre en tono hagiográfico. Vivirá a caballo entre La Paz, Londres, Nueva York, Frankfurt, Santiago de Chile, Buenos Aires, Valparaíso, Arequipa, Lugano y París. No delegará nunca sus negocios (algo bien alemán) y visitará a sus clientes por medio mundo en interminables viajes en barco y tren. (Su archirrival, el cochabambino Iturri Patiño no se moverá casi nunca de París; en su mansión de la Avenue Foch recibirá incluso a presidentes de Francia, como Raymond Poincaré).

Se vestirá a medida en Saville Row, el imperio de la sastrería londinense, el paraíso del buen vestir al más puro estilo británico. Su centro de operaciones estará en el segundo piso del edificio La Urbana en la avenida Camacho, el “Wall Street” paceño. Sus mansiones serán sobrias (su última casa en La Paz estará en la penúltima cuadra de la avenida 6 de Agosto, al 610), alejadas de los oropeles típicos de su clase y época. “Las oficinas locales de la empresa eran expresión de su gris frugalidad” (Peñaranda/Brockman dixit).

Escape a los Andes recupera con todo lujo de detalles (gracias, entre otras fuentes, al flamante Archivo Histórico de la Minería Nacional de Bolivia y su gran impulsor, el compañero Edgar “Huracán” Ramírez) las acciones desconocidas de Hochschild para salvar a miles de judíos perseguidos en la fase previa del Holocausto. Los autores calculan que el alemán salvó de la muerte a —al menos— 12.000 personas (“aunque por la falta de registros, sean más del doble”). El famoso Oscar Schindler rescató a poco más de 1.200.

Cuando negocia con el presidente Germán Busch las cuotas de inmigración, el documento oficial boliviano hace una salvedad: las puertas de Bolivia están abiertas para todos (la idea inicial era traer agricultores europeos/blancos a las zonas despobladas del país) menos para “los inmigrantes de color y las personas que pudieran significar una carga para el Estado o un peligro para la conservación y mejoramiento étnico”. Hochschild no era Blancanieves.

El libro de Brockmann/Peñaranda también es una historia “pequeña” sobre el antisemitismo. Lo que más (me) fascina es re-descubrir la ignorada/oculta telaraña anti-judía del Departamento de Estado del gobierno del Estados Unidos para rechazar a los judíos y no-judíos (entre otros, comunistas, socialdemócratas, anarquistas, “agitadores profesionales”, muchos de ellos) que trataban de escapar del III Reich de Adolf Hitler. “En Estados Unidos, que en proporción a su población recibía cinco veces menos refugiados que las naciones europeas y diez o veinte veces menos que las sudamericanas, hubo esfuerzos para permitir el aumento de ingresos de judíos. Todos fracasaron”.

Luego, tras la derrota de Alemania, Washington no se hizo líos de acoger a los más altos jerarcas y científicos nazis. La parte II del libro termina con un dato contundente que debería avergonzar al país del norte hasta el día de hoy: “el 90% de las cuotas disponibles en EE UU para los inmigrantes de países bajo el control de la Alemania nazi y la Italia fascista nunca se llenó. De haberlo hecho, unas 190.000 personas (que equivalía al 0,1% de la población estadounidense) podrían haberse librado de las desdichas en los campos de exterminio y de la muerte”. Entre ellos, la familia de Otto Frank, cuya hija Ana escribiera luego un famoso diario. El libro denuncia la inoperancia internacional y la poca/nula voluntad de Estados Unidos por salvar las vidas de los perseguidos por el nazismo. Y carga las tintas también contra la insolencia de los judíos adinerados de Estados Unidos, los grandes magnates.

Es también un granito de arena para que el mundo reconozca y valore (de manera oficial y aunque sea tarde) la política de puertas abiertas que tuvo Bolivia cuando la gran mayoría de países del “mundo civilizado” miraron para otro lado y cerraron sus fronteras a cal y canto condenando a miles y miles de hombres, mujeres y niños, al gas y a la muerte en los campos de exterminio.

Bolivia fue el mayor receptor de refugiados en toda América, a excepción de EEUU y uno de los más altos del mundo. Superó en visas a todas las otorgadas por Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica e India juntas. “Es bueno insistir también en que ningún refugiado, de los cerca de 20.000 que llegaron a Bolivia entre 1939 y 1947, fue rechazado al llegar. Ninguno”, dicen Brockmann/Peñaranda. ¿Conocerán este dato los que hoy deportan bolivianos y niegan visas en las fronteras de la Unión Europea?

La llegada de 12.000 judíos entre 1938 y 1941 no provocó un movimiento antisemita en Bolivia, salvo algunos incidentes/anécdotas. Los autores del citado libro recuerdan el ambiente cosmopolita y la riqueza que aportaron los alemanes, austriacos, polacos, rusos y checoslovacos en ciudades como La Paz, Oruro y Cochabamba, con cientos de nuevos comercios, negocios y tiendas (desde el café Viena a la confitería Eli’s, por citar solo dos).

Moritz Hochschild

Pocos de esos huidos de una Europa en manos nazis se quedaron en Bolivia (la mayoría volvió a emigrar a la Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, EEUU o Israel) pero los que no lo hicieron, están en la memoria de todos: Wiener, el mítico productor de cine y creador de las salas Universo y Monumental Roby; Seligman, el gestor del arbitraje profesional boliviano; Conitzer, de familia de artistas; Guttentag, uno de los mejores libreros y promotor del oficioso Premio Nacional de Novela; Schreier, el del planetario…

Bolivia también salvó la vida a toda la familia Drexler (que vivió en Oruro); uno de los nietos, Jorge Drexler, es hoy un célebre compositor y cantante uruguayo. La historia de este gesto/esfuerzo boliviano ha sido recogida en su canción Bolivia (Todos decían que no / cuando dijo que sí Bolivia).

Hollywood llevó al cine la historia de Oscar Schindler (al cual el libro de Peñaranda y Brockmann le tiran un guiño por motivos comerciales) pero es casi imposible que haga lo mismo con la historia de Hochschild porque desnuda la hipocresía sistemática y el doble discurso de Washington, antes y ahora. (Nota mental tres: a no ser que Martin Scorsese se anime).

Bolsa de calcuta con estaño y retrato de Mauricio Hochschild.

OBRA. La portada del libro escrito por Roberto Brockmann y Raúl Peñaranda.

Foto del libro ‘Fotografias para la Historia Simón I. Patino, estaño y vida cotidiana 1900-1930’.

.

.

La talla “heroica” del odiado Hochschild está siendo “resucitada”. Primero fue la tesis universitaria hagiográfica de Carlos Antonio Tenorio Levandro (Orígenes de las firmas del industrial minero Mauricio Hochschild Hirsch en Bolivia, 2011) y luego el libro Dr. Mauricio Hochschild: empresario minero, promotor e impulsor de la migración judía a Bolivia (editorial El País, 2015) de León Enrique Bieber (con prólogo de Carlos Mesa Gisbert).

La tarea por desestigmatizar a Hochschild va rumbo a toda vela. Ha nacido con retardo el “hochschildismo” (como en su época nació el “patiñismo”). Con el surgimiento del interés (interesado) por su figura, el personaje brota de la historia “renovado en distintas dimensiones, ni perfectamente malo ni perfectamente bueno. En el balance final, se descubre a un ser humano que marcó la diferencia entre la vida y la muerte para miles de otros seres humanos”, dicen Peñaranda Undurraga y Brockmann Schroeder en el prólogo de su libro.

No obstante, la “leyenda negra”, parida por la Revolución Nacional del 52, sigue firme. Ya lo dijo en su momento Sergio Almaraz Paz en su libro El poder y la caída: el estaño en la historia de Bolivia (1966): “la minería fue el poder de la degradación: todo sucumbió ante ella. Monstruo sediento de riqueza, destruyó miles de vidas en un espantoso holocausto. A los hombres de gobierno no los mató pero los envileció. Pudrió el espíritu de las capas medias con un credo derrotista e hizo de ellas una sombría masa de seres indiferentes y resignados. Desarraigó, segregó y aplastó. En los campamentos se vivió la muerte lenta: enfermedades, alcoholismo, promiscuidad, miseria. Las ciudades fingían existir. Su condición íntima era más miserable que la de un campamento. Las aldeas aguardaban para entregar su aporte de sangre a la leva minera”.

Es cierto que Hochschild, el “Schindler de Bolivia”, salvó a muchos del Holocausto nazi (aunque sus empleados aseguraron en su momento que no pasaron de 80 personas), pero miró para otro lado y avaló el “espantoso holocausto” en sus propias minas. Y eso no es ninguna “leyenda negra”, señores. La maldad en Bolivia tiene tres apellidos: Hochschild, Patiño y Aramayo, los tres barones del estaño, la rosca. Y eso —“déjame hablar con usted”— no hay libro ni operación blanqueadora mediática/revisionista que lo remedie, “don Mauricio”.

Postdata i: el libro es rico en anécdotas desconocidas. Una de ellas es el regalo que le llevó el padre de German Busch, el alemán Pablo Busch Wiesener, al mismísimo Hitler, en 1939. Era una fina colcha de vicuña. ¿Acabaría en su bunker de Berlín? El “chisme” ha sido revelado a los autores por Denisse Busch Vargas, una de las nietas del presidente beniano.

Postdata ii: la obra mencionada está escrita a cuatro manos. Un ejercicio entretenido es tratar de averiguar quién ha escrito qué. Es más que obvio el nombre del autor del novelesco inicio del libro con la apasionante historia del naufragio del vapor/barco “Orazio”. Por ejemplo.

Texto: Ricardo Bajo H.

Fotos: DE LOS LIBROS: ‘ESCAPE A LOS ANDES’ (BROCKMANN Y PEÑARANDA), ‘FOTOGRAFÍAS PARA LA HISTORIA, SIMÓN I. PATINO, ESTAÑO Y VIDA COTIDIANA  1900-1930’, ‘EL PODER Y LA CAÍDA’ (ALMARAZ).

Comparte y opina:

Violeta

Me llamaron de Chile para tocar mis canciones para el Museo Violeta Parra.


Ch’enko total

Me llamaron de Chile para tocar mis canciones para el Museo Violeta Parra. Me alegré mucho, luego me entristecí rápido al saber que la tocada era vía streaming. Pero igual nomás acepté: era para Violeta, una de las más grandes cantautoras del continente. A Violeta yo la ubico en un segundo capítulo de la cancionística latinoamericana contemporánea, capítulo que denomino los tres grandes rebeldes: Violeta, Nilo Soruco y Atahualpa Yupanqui. Es el momento histórico cuando la letra de la canción se vuelve importante, se trabaja en el texto, ya no es solo el lugar común del relato folclórico. En cuanto a Violeta, nace el 4 de octubre de 1917 en San Carlos, provincia de Ñuble. Su vida abarca 50 años claves en el mundo y Latinoamérica. Llevó una infancia pobre junto a su esforzada madre a cargo de 10 hijos y su padre, un trabajador chileno ferroviario perseguido por la dictadura del coronel Ibáñez del Campo. La familia vaga por diversas ciudades y villerías del sur de Chile en busca de trabajo. En 1921, luego de la masacre de San Gregorio, se funda el Partido Comunista de Chile; Violeta militaría solo un año, renunciando a la militancia pero no a la ideología de izquierdas. En 1932, a los 15 años, llega a Santiago, cantando —en restaurantes y centros populares— corridos, boleros, valses. De 1937 a 1952 es esposa y madre de Isabel (1937), Jaime (1939) y Ángel Parra (1941). Isabel y Ángel son luego fundadores de la nueva canción chilena.

De 1953 a 1960 —de los 36 a los 43 años— nace la verdadera Violeta Parra. Todo lo acumulado sale reciclado en nuevos partos artísticos. Recopila, crea y difunde. Viaja por Chile, Latinoamérica y Europa. Propaga su trabajo como cantora, compositora, ceramista, escultora y arpillera. Expone en el Museo del Louvre de París sus obras como arpillera y pintora popular. En su etapa final, participa en el proyecto de La Peña de los Parra de la nueva canción chilena, que organizaban sus hijos Isabel y Ángel. En 1966 crea La Carpa de la Reina, en la Comuna de la Reina en Santiago, con terreno proporcionado por esa Municipalidad, donde difunde su obra. La Carpa dura poco, pues el 5 de febrero de 1967 se suicida.

Violeta es símbolo de la buena canción social latinoamericana, como La carta, un clásico de 1964. Sin embargo, sus canciones de amor son de un extraordinario poderío. Gracias a la vida (1965) y Volver a los 17 (1966), compuestas en letra y música por Violeta, quedan para siempre en la memoria de nuestros pueblos. Son parte del LP Últimas canciones de Violeta Parra que ella titula con tremenda premonición. Su canción El Gavilán, compuesta en 1959, no es en rigor una canción, es una obra para ballet que expande la forma de canción y anuncia aires de vanguardia que impresionan. A mí me suena a Leo Broawer. Violeta no había escuchado a este músico cubano, es una ráfaga de genialidad musical y poética que sobresalta. En cuanto a Volver a los 17, es una canción compuesta en el formato de la décima, respetando todas las leyes de esa forma de escritura nacida en España en el siglo XV y que se deposita y recicla de manera intercultural y fecunda en Cuba, Chile, Argentina, Uruguay. Utilizando la rima estricta y la rima musical, Violeta compone cada verso en 8 sílabas. La estructura de rimas es: a,b,b,a/b,c,b,c/d.c. En cuanto a la música, compuesta en tonalidad menor, el instrumento compositor es el cuatro venezolano que nos regala un aire de joropo lento; la melodía es simple, reflexiva, con pulso en 6/8, todas las notas son corcheas en A. En B, que es el coro, se genera un estribillo en cuarteta con melodía simple también en corcheas. La canción comprende 8 décimas con estribillo en cada final de estrofa. Una joya de canción, sobre todo en el texto. Con Violeta, la canción ya no se baila, se escucha.

Viendo algunas entrevistas, se cuenta que la Viola tenía un carácter realmente difícil. Parece que hay un segundo matrimonio, donde nacen dos nenas más, la info de internet casi no habla de ellas. Cuentan sus pocos detractores (entre ellos un escritor gaucho que radica en Chile, Jorge Aravena, quien sacó un polémico libro en el centenario de Violeta) que la Parra se va a tocar a Polonia, al Festival mundial de la Juventud y los estudiantes del bloque comunista, y deja a la beba Rosita Clara de ocho meses en los brazos de su hijo mayor, el pobre Ángel, que era un ángel adolescente, pero que no podía cuidar completamente a la nena. Dice Aravena que la nenita, wawa de pecho, muere de amartelo. Violeta nunca supera esta muerte, ni con las canciones que le dedicó como el Rin del angelito, ni con sus tremendos amores como el del Gringo Favre, ni con su triunfo en el Louvre de París como artista artesana. Luego de la muerte de Rosita, la Violeta se fue encerrando en sí misma. Es cierto que el amor a Gilbert Favre le resucitó ese corazón vapuleado. Aravena dice que lo maltrataba al Gringo, a tal grado, que el Gringo sale de la Carpa casi como escapando de Violeta; busca el consulado del Perú, lo tratan mal, y ahí cerca, entra al consulado de Bolivia donde lo tratan bien, entonces decide irse a Bolivia. Violeta ya había tenido un intento de suicidio que Favre no soportaba recordar.

El paso de Violeta por Bolivia en 1966 es intenso, se encuentra con Favre, se entera que ya tenía otra pareja, canta en la Peña Naira de mal humor, le aconseja a Alfredo Domínguez que cante sus canciones, “tú canta y no te preocupes”, le dice. Esto es fundamental para Alfredo, pues no quería cantar; incluso utiliza una cantante  en su primer EP. Violeta le propone a Cavour que vayan a tocar a la Carpa de la Reina, la Naira se va para Chile a hacer shows… Por esos tiempos, en esos días, Violeta decide pegarse el tiro, pronta a cumplir los 50. Una de sus últimas composiciones es Gracias a la vida. Violeta Parra vive hoy en todos nosotros con sus 106 años.

Bueno, mi concierto salió bien. Entre varias piezas, canté dos canciones mías dedicadas a la temática del mar boliviano. Lo siguieron 95 hermanos chilenos y dos bolivianos mediante la página del Museo Violeta Parra.

También puede leer: Juana Azurduy (final)

El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Las 12 versiones del Premio ‘Fernando Montes Peñaranda’: Un esfuerzo digno de aplausos

Instaurado en 2008, el concurso de dibujo es una iniciativa de la familia del pintor fallecido en 2007. Ha otorgado cerca de 30 mil dólares repartidos en 24 premios a jóvenes artistas.

La muestra de las obras participantes seleccionadas se hizo en la galería Chroma.

/ 28 de mayo de 2023 / 06:33

Hasta esta semana se encontró en exhibición en la galería de arte Chroma (San Miguel) la selección de obras del XII concurso “El valor del dibujo”, el certamen artístico privado más prestigioso del país.

A lo largo de sus 12 versiones, el concurso creado en memoria del insigne pintor Fernando Montes Peñaranda (La Paz, 1930- Londres, 2007) se ha constituido en una importante plataforma para el surgimiento de jóvenes valores del arte boliviano, entre quienes se encuentran nombres como Rosmery Mamani, Álvaro Ruilova y Juan Carlos Auza, a quienes se suma la ganadora de este año, Karina Lara Lomar.

La realización de este certamen ha contribuido decisivamente al desarrollo del arte boliviano mediante el estímulo de las técnicas y los lenguajes del dibujo más allá de las tendencias dominantes en los concursos municipales, siendo estas las de los lugares comunes de un pretendido hiperrealismo fotográfico de temática indigenista-social.  En efecto, a lo largo de los años “el Fernando Montes”—como se conoce a este premio dentro del ámbito artístico— ha contribuido sustancialmente a la adopción por parte de la plástica local de los lenguajes modernos y contemporáneos del arte, un aporte no poco meritorio en un medio cultural anticuado y aislado como el nuestro.

‘No cosas’, de Keith Lino.
‘No cosas’, de Keith Lino. Fotos: Vassil Anastasov, Claudia Hurtado y Eduardo Quintanilla B.

Más aún, es de destacar que se trata de un certamen artístico creado, financiado y gestionado por capitales privados, una práctica de mecenazgo artístico también poco común en Bolivia. Es la familia de Fernando Montes Peñaranda, liderada por la viuda de este, Marcela de Montes, la que en colaboración a galeristas locales ha permitido la continuidad y la consolidación de un concurso que ha beneficiado directamente a 24 jóvenes creadores con premios por un monto total cercano a los 30 mil dólares. A este generoso importe deben sumarse además los gastos de organización de sus 12 exposiciones en galerías privadas de renombre, así como la publicación de 13 catálogos que reúnen una selección de las 1.004 participantes en todas sus versiones.

Este es un ejemplo a imitar por el sector privado boliviano, que en los últimos años ha hecho ciertamente muy poco por el desarrollo artístico y cultural del país. También se trata de una actividad digna a ser seguida por otras familias de grandes maestros bolivianos, especialmente por aquellas que buscan la preservación de sus legados y sus memorias. 

Apuntes sobre el concurso

El concurso “El valor del dibujo” fue creado en 2008 con el objetivo de estimular el interés de artistas menores de 35 años en el desarrollo y la valoración de la técnica del dibujo. Según explicó Hugo Montes, uno de sus organizadores, en el espíritu de su creación confluyeron dos facetas del arte y de la sensibilidad de Fernando Montes Peñaranda: La importancia que concedía al dibujo como base para sus obras, “pues sus cuadros siempre se desarrollaban a partir de un boceto, es decir, de un dibujo que captaba casi exactamente lo que quería pintar en términos de forma y composición”; Y el hecho de que, a pesar de su éxito y de su vasta trayectoria internacional, “nunca olvidó lo difícil que es para todo artista empezar su andadura en el camino del arte”.

‘Alegoría del tiempo’, de Karina Lara Lomar. Abajo: ‘Las nubes con el viento’, de Adriana Nicol Padilla. En el círculo: Fernando Montes Peñaranda.

En este sentido, desde sus inicios la organización se propuso establecer una metodología de trabajo que garantice su institucionalidad, su permanencia en el tiempo y su creciente prestigio. Para ello fue determinante la selección de los jurados del concurso, siempre conformados por expertos como la historiadora del arte Margarita Vila y artistas de incuestionable prestigio como Alfredo La Placa, Guiomar Mesa, Miguel Yapur, Javier Fernández, Patricia Mariaca y Fabricio Lara, entre otros, cuyo trabajo garantizó siempre el alto nivel formal y conceptual de las obras premiadas y de las seleccionadas para las exposiciones.   

Otro de los aspectos que destaca este concurso son las exposiciones de las obras participantes en prestigiosas galerías de la zona Sur de La Paz, centros de alta afluencia de aficionados y compradores de arte. Las primeras tres versiones del certamen se organizaron en la histórica galería NoTa, dirigida por la insigne gestora cultural Norah Claros, y las siguientes en la Galería Alternativa, dirigida por Isabel Crespo de Cariaga y Claudia Hurtado. La versión de este año se realiza en la recién inaugurada Chroma, gestionada por Claudia Hurtado y Tania Aneiva. 

El concurso también ha destacado por la edición de un catálogo a color cercano a las 40 páginas para cada una de sus versiones, mismo que es distribuido gratuitamente entre el público general y los artistas participantes. En sus 12 versiones, este documento ha reproducido fotografías de 318 obras que dan cuenta del desarrollo artístico en Bolivia en el campo del dibujo. Estos catálogos cuentan con un diseño de formato unitario, con textos introductorios firmados por personalidades como Alberto Bailey, Carlos Villagómez, Valeria Paz, Alfredo La Placa, así como de fotografías de Vassil Anastasov y las actas de los jurados  que justifican ampliamente la elección de las obras ganadoras. A los 12 catálogos de cada exposición se suma la publicación, en 2016, de otro que reúne fotografías de las obras ganadoras del concurso en sus 10 primeras versiones, otro documento importante para historiar el arte boliviano.

Lea también: El universo en curva de Oscar Niemeyer

La revisión de estos catálogos permite, en efecto, reflexionar sobre la práctica del dibujo en Bolivia en lo que va de este primer cuarto del siglo XXI. Dan cuenta, por ejemplo, que la primera ganadora del certamen fue una joven artista alteña de raigambres indígenas como Rosmery Mamani, hoy tenida entre los grandes maestros bolivianos contemporáneos con una obra que da cuenta de la inclinación a la retórica de denuncia social característica de su propuesta. Luego serían premiados artistas jóvenes hoy igualmente conocidos como Álvaro Ruilova, Santiago Ayala, Juan Carlos Caizana, Juan Carlos Auza y Vidal Cusi, entre otros, cada cual con acabadas propuestas en lo técnico y lo conceptual que derivarían, en versiones posteriores del concurso, en la diversificación de propuestas, medios y temas del dibujo boliviano. De hecho, la revisión de los primeros y segundos premios de este concurso evidencia una evolución desde propuestas figurativas de marcado contenido social a obras de miradas más personales y subjetivas que, sin perder su extremo rigor técnico, han arriesgado en experimentaciones cercanas a los lenguajes mixtos.

Sobre la exposición de este año

El premio del XII Concurso El Valor del Dibujo fue otorgado este año a la obra Alegoría del tiempo de la artista cochabambina Karina Lara Lomar, que se impuso sobre otras 123 obras presentadas, de las cuales 48 se exhiben en las paredes de Chroma y 20 fueron incluidas en catálogo.

Alegoría del tiempo es un dibujo al carboncillo de formato grande en el que se presentan dos figuras masculinas sentadas una al lado de la otra. El jurado compuesto por Margarita Vila, Patricia Mariaca, Fabricio Lara, Juan José Serrano y Pablo Viracocha destaca —de acuerdo al texto del catálogo— cualidades como su compleja composición, su sentido del espacio y de los volúmenes, los delicados contrastes entre luces y sombras, así como las interpretaciones que sugiere en “la apertura de sentidos, conflictos y emociones que se derivan de la representación que hace de las relaciones humanas”.

Se seleccionaron 48 de las 128 obras presentadas en el concurso para su exposición.

André Taborga tuvo una mención de honor por ‘4:05

La muestra de las obras participantes seleccionadas se hizo en la galería Chroma.

Fernando Montes Peñaranda. Fotos: Vassil Anastasov, Claudia Hurtado y Eduardo Quintanilla B.

.

.

Aunque en efecto, de este dibujo se pueden desprender distintas interpretaciones, según explicó su creadora se trata de una representación del paso de los años, con sus usuales estragos, sobre dos personajes de sus afectos más cercanos que no son otros que sus dos hermanos. De ahí la nostalgia que emana el dibujo en los apesadumbrados rostros, en las posiciones cansinas en las que yacen, en el sentido simbólico muy personal de las flores, los tules y los hilos… Todos registros de la subjetividad de una artista de una sensibilidad muy particular y de elevados dotes técnicos para reflejarla en un pulido lenguaje academicista, a la vez clasicista y contemporáneo.

El segundo premio de esta versión del concurso recayó sobre la obra No cosas, del artista beniano Keith Lino, una propuesta también al carboncillo que presenta un bodegón de cosas desechadas: televisores, muebles, cajas de cartón… De acuerdo al acta del jurado, se trata de un dibujo sobre cosas que ya no existen en la representación de un aparente amontonamiento de objetos inservibles, un “lugar misterioso, metáfora inquietante de la realidad que nos envuelve y de sus controvertidos valores”. En efecto, se trata de una propuesta que, de manera diferente a la figuración del primer premio, se acerca a la abstracción de conceptos y de formas, acaso para reflejar, no obstante, el mismo estado psicológico de desazón, vacío y melancolía.

Arte Y Cultura Boliviana

Sobre el resto de las obras conformantes en la exposición de este año debe destacarse que en su mayoría marcan una elevación del nivel conceptual y técnico del dibujo en Bolivia, especialmente si se comparan en calidad con las obras presentadas comúnmente al Salón Municipal Pedro Domingo Murillo, donde aún prevalecen las propuestas naturalistas con motivos indigenistas de reivindicación cultural y social, con sus consabidos clichés de cruces andinas, mujeres de pollera, pepinos e imágenes de personajes locales en poses y situación de exacerbado patetismo. La mayoría de los dibujos de esta versión del “Fernando Montes” son, en cambio, de temáticas muy diversas, avocadas a la subjetividad de cada uno de sus creadores y a exploraciones formales cada vez más atrevidas.

Además de las obras ganadoras destacan en la exposición obras como 4:05 de André Taborga (receptora de una mención de honor), Las nubes con el viento, de Adriana Padilla y Saper vedere de Wilfredo Yujra, todas por un dominio de la técnica que no por ello se opone a la experimentación controlada y a la búsqueda de lenguajes de alta expresividad.

Para mal destacan también algunas obras avocadas a la imitación de la producción de artistas locales. Obras como El polvo mecido en línea, de Sergio Mamani —que imita en dibujo una llanta de piedra del escultor Flavio Ochoa— o el retrato sin título de Héctor Machaca —que imita la obra Rubén de Álvaro Ruilova (premiada en este mismo certamen en 2010)—, entre varias otras, reflejan cierta intención de algunos jóvenes artistas de reciclar lo ya visto en búsqueda de una apuesta segura.

Un tema que amerita mayores discusiones son las claras influencias que algunas de las obras participantes en este y otros concursos reciben de imágenes claramente extraídas de plataformas como Instagram o Pinterest. A diferencia de las obras premiadas, resulta evidente que muchos de los dibujos de esta exposición se apoyan en referentes ajenos o tratan de imitar, con resultados en exceso artificiales, lenguajes desarrollados en otros contextos producto de búsquedas de otras subjetividades.  Si no caen en la copia o en el plagio, las obras elaboradas de esta manera sí lo hacen en una carencia de autenticidad que, de un modo u otro, finalmente se transluce a los ojos de un espectador atento.

Texto: Reynaldo J. González

Fotos: Vassil Anastasov, Claudia Hurtado y Eduardo Quintanilla B.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Cuatro masacres, sesenta disparos

Una exposición fotográfica colectiva, ‘60 disparos’, recorre el Perú para denunciar las últimas masacres. Pasó por Lima, está en Cusco y Arequipa será la próxima estación

/ 23 de mayo de 2023 / 06:58

El 15 de diciembre, en Ayacucho, Edgar Prado recibió un disparo en la cabeza cuando estaba arrodillado. Ese mismo día, José Luis Aguilar Yucra (de 20 años) fue asesinado en la misma ciudad cuando participaba en las protestas y volvía de su trabajo en la construcción. En Ayacucho también encontró la muerte Jhon Henry Mendoza Huarancca, de 37 años, mientras se protegía en una cuneta cerca del aeropuerto Alfredo Mendívil Duarte. El 9 de enero, Edgar Jorge Huarancca Choquehuanca, de 22 años, ayudante de cocina, moría baleado desde un helicóptero en Juliaca.

El 11 de ese mismo mes, en Cusco, el cuerpo de Rosalino Flores (de 22 años) recibió 36 balazos, a sangre fría. Agonizó durante dos meses hasta morir. El 28 de enero, Víctor Santisteban fue asesinado en Lima tras recibir en la cabeza el impacto de una bomba lacrimógena. Son apenas seis historias de masacre y represión en Perú. En total fueron 1.300 heridos y 56 asesinados (ocho de ellos, adolescentes). Son cuatro masacres: Andahuaylas, Ayacucho, Pichanaqui y Juliaca. Es un recuento de impunidad y muerte.

La policía y el ejército disparó a matar. El “modus operandi” se repitió sistemáticamente en varias ciudades del Perú. La presidenta, Dina Boluarte, se lava las manos. “Puedo ser la jefa suprema de las Fuerzas Armadas pero no tengo comando”, dice la tapa del derechista diario El Comercio en su edición del 7 de mayo. Alberto Otárola, el primer ministro actual (ascendido al cargo tras la represión cuando fungía de ministro de Defensa) suma y sigue: “las responsabilidades son personales”.

Unos días antes, el 2 de mayo, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha emitido su informe y ha dicho que existieron ejecuciones extrajudiciales, uso desproporcionado letal de la fuerza y graves violaciones de los derechos humanos en las protestas contra el gobierno de Boluarte. En los barrios del extrarradio limeño las paredes riman/gritan: “Dina asesina”. La CIDH concluye: “al tratarse de múltiples privaciones del derecho a la vida, podrían calificarse como masacres”.

Lea también: Matilde, la sembradora de fueguitos

Sesenta disparos: la gráfica

Exposición ‘60 disparos’

Exposición ‘60 disparos’

Exposición ‘60 disparos’

Exposición ‘60 disparos’

Exposición ‘60 disparos’

Exposición ‘60 disparos’

Exposición ‘60 disparos’

Estas ocurrieron, como en Bolivia, frente ante el silencio/complicidad de los medios hegemónicos; ocurrieron entre el 7 de diciembre de 2022 y el 23 de enero tras la destitución y encarcelamiento del presidente Pedro Castillo, exigiendo el cierre del Congreso y el adelanto de las elecciones. La ultraderecha, que gobierna en el Perú en una cohabitación del poder ejecutivo con el legislativo, reclama el retiro del país de la Comisión de Derechos Humanos de la OEA. La embajada peruana en Washington ha contratado a una empresa gringa de relaciones públicas para mejorar la imagen del Perú. Como si la sangre derramada se pudiera limpiar con un par de “spots”.

Para no olvidar, para pedir justicia, para que la impunidad no reine otra vez, para lograr verdad, memoria y justicia, 60 fotógrafos peruanos están llevando por todo el país hermano la exposición fotográfica 60 disparos. La muestra pasó en abril por Lima (café El Gato Tulipán de Barranco) y este mes de mayo se puede ver en Cusco (Convento de Santo Domingo). La exposición nació durante el Censurados Film Festival de Lima en marzo pasado.

Bajo la curaduría de Mario Osorio Arrascue, un total de 16 artistas y colectivos muestran diferentes facetas de la lucha y la represión. Son miradas comprometidas desde la línea del frente. Ellos y ellas son: Edson Canaza, Jimy Tapia y Oswald Charca de Arequipa, Adrián Portugal (del colectivo limeño Supay), Miguel Gutiérrez de Ayacucho, Adriana Peralta de Cusco, Aldair Mejía de Lima, “El Ambulante Audiovisual” de Lima, Mario Colán de Lima, Nadia Cruz de Lima, “Perro Vago”, Uriel Montúfar e Yda Ponce de Puno, Joseph D. Araujo de Ayacucho, Elizabeth Flores de Cusco y “Big Rex” de Lima.

“60 disparos es una comunión de amantes de la imagen que han decidido mostrarnos su verdad. La exposición busca tender un puente entre el presente y nuestro pasado inmediato en una búsqueda incansable para lograr la unión, la convergencia de ideas y la paz para todos los peruanos”, dice Mario Osorio.

El afiche de la “expo” es una composición, una intervención artística. Son astromelias naranjas y amarillas, blancas y doradas; son los lirios del Perú, los lirios de los incas. Son flores llenas de color y vida, son flores de respeto y compromiso que crecen a partir de la esperanza en casquillos de bala y muerte. La autora es Nadia Cruz que firma como “Nadia Rain”.

Las 60 fotografías recorren el dolor que sufrieron las ciudades de Ayacucho, Arequipa, Cusco, Puno y Lima. Son tributos a las mujeres de pollera que agarradas de la mano se sienten más fuertes que un ejército entero (gran instantánea de Aldair Mejía). Son gritos contra el silencio. “Es un homenaje a los más de 60 hermanos fallecidos durante las protestas y también es un abrazo fraterno para los y las que siguen aún luchando”, dice Nadia. Es la memoria histórica, es un archivo, es una invitación a mirar al otro. Son wiphalas al viento. Son manos inundadas de lágrimas y velas ardiendo. Son las máscaras antigas de los obreros de la imagen, colgadas en la muestra, tras la batalla.

Han pasado cuatro meses de las muertes y el clamor por justicia no cesa. La estigmatización de los asesinados (para la derecha y la ultraderecha secundadas por los grandes medios de comunicación son “terrucos” y “terroristas”) también continúa. Hasta el día de hoy no existe ninguna acusación formal y la impunidad campea a sus anchas. Los 60 disparos son impactos contra el olvido.

Texto: ricardo bajo H.

Fotos: exposición ‘60 disparos’, Cusco

Temas Relacionados

Comparte y opina: