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¿Saenz vs. Viscarra? Cofradía nocturna

/ 9 de abril de 2023 / 06:33

La tradición ha enfrentado a los escritores Jaime Saenz y Víctor Hugo Viscarra. ¿Qué es lo que los une y qué los separa?

Ambos escribieron desde la noche oscura e inagotable alcohol. Vivieron épocas distintas y sus narraciones expusieron la marginalidad paceña desde sus antros y derredores, una cruda realidad que cada uno trazó a un estilo y que seguramente obedeció a su extracción y sus maneras de ver la vida: Voyerismo y praxis en carne propia; una suerte de contención que nunca existió —no podría— más que en la mente de aquellos que aún evocan sus perturbadoras impresiones. Jaime y Víctor Hugo, cronistas del lumpen a la sombra.

Jaime Saenz (8 de octubre de 1921–16 de agosto de 1986) fue poeta, escritor, novelista, ensayista, dibujante, periodista y catedrático universitario. De cuna acomodada en una sociedad clasista y racista, vivió huyendo de aquellas ataduras para sumergirse en la ciudad marginal, retratando sus escondrijos y sus personajes extremos en casi toda su obra. Su libro de vida dice que, de excelente educación, sus privilegios le permitieron migrar a Alemania hacia 1938, donde se cultivó con la filosofía de Arthur Schopenhauer, Martin Heidegger y los escritos de William Blake y Franz Kafka, además de asimilar la música de Richard Wagner. Se trataba de un hombre muy ilustrado. En 1955 publicó El escalpelo y le siguieron obras como Muerte por el tacto (1957), Aniversario de una visión (1960) y Visitante profundo (1964), entre otras.

Víctor Hugo Viscarra (2 de enero de 1958 – 24 de mayo de 2006) fue un escritor y cuentista de baja calaña representante del denominado realismo sucio. Su infancia no fue una bendición, como él mismo se encargó de aclarar en sus entrevistas y sus obras, las mismas que reflejan su vida leal con la marginación, el alcohol, las drogas y el crimen, con el que empezó a lidiar desde adolescente. No tuvo privilegios, al contrario, vivió con el lumpen al que hizo reconocido gracias a sus crueles relatos. Tampoco se circunscribió en la literatura formal, lo cual le significó el rechazo de los círculos de intelectuales. Sus libros son Coba: lenguaje secreto del hampa boliviano (1981), Relatos de Víctor Hugo (1996), Alcoholatum y otros drinks – Crónicas para gatos y pelagatos (2001), Borracho estaba pero me acuerdo (2002), Avisos necrológicos (2005), Ch’aqui fulero – Los cuadernos perdidos de Víctor Hugo Viscarra (2007).

Fotos: Internet y Archivo la Razón

Pese a las similitudes en sus propósitos narrativos, al fotografiar mundos suburbanos, no son considerados de la misma rama retórica, tanto por sus fans como por los críticos y observadores literarios, a la suma de reivindicar una enorme distancia entre uno y otro, la cual equivale a un antagonismo que ellos nunca sintieron, pero que sin dudas habita entre las tertulias de sus apasionados. Alguna vez, el extinto poeta y periodista literario Rubén Vargas aseguró que no existe comparación entre ambos pues Viscarra, a diferencia de su admirado Saenz, no podía ser considerado un escritor, sino más bien un cronista de carácter antropológico al narrar principalmente sobre sus vivencias. En contraparte, la crítica de arte y gestora cultural Mabel Franco apuntó que, aunque peleado con la ficción literaria, el hecho de que haya escrito sobre una realidad vivida no le quita los dotes de narrador-escritor, con la virtud de haber llevado esas memorias a un texto impreso.

Alegatos

Sobre las distancias entre ambos hombres, el escritor cochabambino Claudio Ferrufino-Coqueugniot, radicado en Denver (EEUU), afirmó que “en muda oposición a los intelectuales que mitifican y, aparentemente, idolatran la vida de los miserables (en clara alusión a la búsqueda de Saenz), Viscarra relata su malaventura personal sin pelos sobre la lengua. (…) o de aquellos que mal la imitan para luego ir a esconderse detrás de la comodidad de sus casas. (…) No podrían los exégetas de Saenz hablar de la seductora vida de los mendigos ante un autor que desnuda su trágica vida con aguda memoria” (El Malpensante, septiembre 2003).

El barbado Saenz es internacionalmente reconocido; sus obras fueron traducidas a varios idiomas y es sin duda la inspiración neta para todos aquellos que aspiran a ser literatos en la Bolivia de mediados de siglo XX para adelante. Demás está decir que sus libros fueron objeto de estudio y análisis y su prosa encumbrada por iluminada. “Su reputación como poeta venía del brazo de su vida tumultuosa que escandalizaba tanto a la gente a su alrededor, incluyendo a su familia, como a la clase letrada paceña. En especial su alcoholismo, su manía por vivir de noche y deambular por los barrios populares y semi-marginales de la ciudad, lo convirtieron en personaje extravagante ante los ojos de los escritores e intelectuales más tradicionales de la época, así como de la gente que lo frecuentaba. Esto creó la fama de Saenz ‘marginal’ y rechazado por la sociedad”, escribió Leonardo García Pabón en su estudio Postcriptum: Apuntes sobre el universo literario de Jaime Saenz, una más entre otras tantas tesis sobre el enigmático escritor.

Saenz fue aquel que beatificó laderas como Llojeta, su santuario de inspiración. “Era docente universitario, coqueteó con el oficio del periodismo y estuvo vinculado a grupos sociales desfavorecidos. No escapaba a los flashes del estrellato, pero no vivía en una burbuja, él conocía a la ciudad que vivía lejos de esos privilegios. Así, una de las mejores fotografías de la popular ciudad de La Paz que tenemos, es su libro Imágenes paceñas. Ahí, desde el aparapita hasta el afilador de cuchillos están retratados… y ni qué decir de las casonas y recovecos de la ciudad. Y si hablamos de personajes, con Felipe Delgado los reconocemos a la perfección, los cuales van por los caminos entrecruzados de la vida y la muerte en Churubamba en los años ‘30”, dijo el escritor Erick Ortega, autor del libro Cuarto mandamiento (Editorial 3600, 2022).

Fotos: Internet y Archivo la Razón

Viscarra, por su parte, canonizó los basurales y la inmundicia. El también periodista Ortega, refiere que “hay que realmente escarbar para pillar una foto decente de él. Le gustaba estar al margen de los reflectores. Recuerdo que cierta noche debía asistir a la presentación de su libro en un salón elegante, pero él, a la misma hora, estaba bebiendo en uno de sus bares. Gracias a él reconocemos a la ciudad de La Paz que está escondida bajo la alfombra de la cotidianidad. Y ni qué hablar de la riqueza de su obra en varios sentidos; por ejemplo, su libro Coba: Lenguaje secreto del hampa boliviano nos ofrece la riqueza del lenguaje y sus variaciones desde una celda. Él sabía de lo que escribía, pues en sus libros y en la vida es un personaje más que pasa la noche a la intemperie en un mundo”.

El editor y escritor Willy Camacho, quien compiló toda la obra de Viscarra en el libro La del estribo en 2018, que también fue publicado por Editorial 3600, dijo que Saenz fue por sobre todo un poeta que se puso al servicio de la narrativa. “Se lo considera un explorador de los márgenes; él asumió la pose de escritor maldito en vida y tenía toda un aura al respecto, desde su estética hasta lo que escribía. Saenz es mucho más literario que Viscarra, pero también racista en sus descripciones sobre el aparapita, por ejemplo. Ahí hay ciertos rasgos de superioridad de clase”.

Viscarra no fue reconocido desde un inicio. Su libro sobre el argot delincuencial boliviano le brindó cierta correspondencia, tras haber colaborado con la institución policial a la que odiaba. Pero continuó con sus descripciones marginales que llamaron la atención de algunos editores como Manuel Vargas, de Correveidile, quien no solo lo alojaba en casa, sino también le entregaba las herramientas para poder inscribirlas en un papel, pues el redactor callejero carecía de aquellas bondades materiales. Hacia fines de milenio pasado, un periódico chileno descubrió la vida y obra de Víctor Hugo y lo rebautizó como el Bukowski boliviano o Viscarrowski. Así, su nombre empezó a trascender fronteras. 

La Chupa

En Argentina, el poeta y escritor indígena David Chulque, uno de los primeros descubridores de Víctor Hugo en aquel país, explicó a principios de 2000 que “la escritura de Viscarra no posee las estéticas que exigen las academias, por el contrario, es directo, simple y visceral. Leerlo es como estar sentado con él, en una cantina, tomando una cerveza fresca mientras lo escuchás”.

En similar tonada, el escritor peruano Manuel Raya, admirador del fatídico alcohólico Charles Bukowski, explicó que en cuanto conoció la biografía del marginal paceño se interesó en su obra, la cual había llegado con algunos ejemplares hasta su tierra. “Su vida se parecía a la de Bukowski. Mejor dicho, el alcohol era el común denominador. La marginalidad en la que vivió Viscarra fue una constante lucha para él. Es casi inimaginable pensar que un vagabundo o un tipo que pernocta en las calles pueda escribir unas líneas tan bellas, tan tristes, profundas, llenas de mucha fuerza y fiereza a la vez. Víctor Hugo compartió un mensaje, el mensaje de su experiencia de vida. ‘No hagan lo mismo que hice yo’. Eso es lo que yo descifro como lector. Tal vez en eso se parece a Bukowski, ya que este tiene escrito en su lápida su mensaje: ‘dont’ try’ (No lo intentes)”.

Sáenz-Viscarra-Víctor
Fotos: Internet y Archivo la Razón

Por otro lado, y en disonancia con la mirada que se tiene sobre ambos, la Premio Nacional de Crónica Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela 2019, la chuquisaqueña Soledad Domínguez, dijo que tanto Saenz como Viscarra “son escritores de La Paz y al resto del país no nos conmueven tanto porque son miradas paceñas y desde esa perspectiva, han logrado imponerlos en toda Bolivia. Yo creo que hay otros grandes escritores, quizá mejores que ambos, pero no reconocidos. Eso sí, lo que sí me parece muy interesante, es que Víctor Hugo se pasaba por las nalgas a las élites intelectuales, y el hecho de que haya creado una literatura que es muy propia”.

La noche

En el desaparecido Bocaisapo de La Paz, pub-bar-antro de los años 90, solían reunirse escritores, bohemios y periodistas de la época, en imparables sesiones de chismes y alcohol. Una de aquellas noches reunió al poeta Humberto Quino con otros, y en ese trance de ofuscación entre todos los asistentes, ingresó al recinto un hombre con pinta de proscrito y heridas en el rostro, que empezó a recitar unos poemas a cambio de monedas y tragos que le invitaban desde las mesas para que se callara. Alguien preguntó a Quino que quién era ese personaje. “Un borracho cargoso”, dijo el vate declarado seguidor de Saenz. Aquel desconocido había sido Víctor Hugo que, así como llegó, volvió sobre sus pasos a su encuentro con la noche.

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En el ambiente letrado por otro lado, hay muchos que piensan que se ha sobredimensionado la figura de Víctor Hugo, que cualquier comparación con Jaime resultaría ridícula. “Pero no nos olvidemos que ambos son una construcción”, admite, crudo, el también escritor y gestor cultural Alexis Camacho. “Saenz estaba nomás ligado a círculos de poder y representaba a esa clase pudiente que estaba muy alejada de la realidad de un hombre de la periferia”. Según recuerda algunos comentarios en aquellas charlas bohemias, Saenz era un hombre que se sentía muy identificado con la ideología nazi, inclinación que habría asumido tras su estadía en Alemania, lo cual lo alejaba casi por lógica, de los entornos que él reivindicaba. Y lo mismo con Viscarra. ¿Es posible que un hombre acabado por el alcohol haya tenido la fuerza y lucides para concebir semejantes retratos, viviendo aún en la calle? En esos murmullos del Bocaisapo fue donde empezó a correr el mito de que existía la afanosa mano de un editor en los escritos de Víctor Hugo, que él se limitaba tan solo a contar sus historias. Una leyenda difícil de consumir y casi imposible de confirmar. “Lo cierto es que necesitábamos un escritor bohemio como Saenz y a uno que venga del lumpen”, explicó Alexis Camacho.

Para Ortega, en cambio, no es necesaria toda esta escaramuza sobre un supuesto antagonismo que jamás existió, por más que Viscarra se haya referido a Saenz como “un jailoncito que vivía en Sopocachi” (un potentado que vivía en un barrio de ricos, más o menos).  “No sé si necesariamente se puede entender los mundos de Víctor Hugo Viscarra y Jaime Saenz desde sus lectores. No considero que habría que enfrentarlos; al contrario, pienso que las coincidencias los unen. A riesgo de caer en la fosa común del periodismo, es como comparar a Messi y Ronaldo. A Saenz y Viscarra no hay que enfrentarlos, pero sí podemos apreciarlos desde sus libros”.

Salud por eso.

Fotos: Internet y Archivo la Razón

Palabra de Jaime

“La pasión es muy importante, es un componente del fanatismo y el fanatismo es muy importante, porque si no eres apasionado… Al mismo tiempo tienes que ser frío por ser apasionado, porque de otro modo te come la pasión, te anegas en la pasión, pero si eres frío entonces puedes llegar a algo”. Entrevista con el crítico Luis H. Antezana.

Palabra de Víctor Hugo

“He tenido mis universidades: celdas, callejones clandestinos, casas abandonadas, puertas de calle, alojamientos… viviendo con mi gente, que es ¡mí submundo!, mío solito. Me he criado en la basura, y he conocido muchos basureros y desde ahí escribo. Soy un antropólogo porque alguien tiene que reventarse por mi gente”. Entrevista en el periódico chileno La Nación.

Texto: Marco Basualdo

Fotos: Internet y Archivo la Razón

Mario Conde, la medida para distraer al pudor

La exposición ‘Los malqueridos’ de Mario Conde está en la galería Eter de la calle Batallón Colorados

Mario Conde y Los malqueridos

Por Ricardo Bajo Herreras

/ 7 de abril de 2024 / 07:07

“Al que se acuerde del título de uno de los dos cuadros que se robaron de exposiciones del Marito le regalamos una obra”. Los asistentes a la inauguración de la última exposición de Mario Conde en la galería Eter afilan la memoria. Uno de ellos balbucea un título. Nada, “janiwa”. “Al que se acuerde de cuántas novias ha tenido el Marito, le regalamos otra obra”. La fiesta de inauguración de la muestra Los malqueridos termina a altas horas de la madrugada en los bajos de la galería, en Latinos, el mítico boliche de la Batallón Colorados. 

“Tengo obras en mi casa que no han salido, algunas son de 2011, otras son desnudos”, le dijo un día Marito a Luis Gómez, el codirector de la galería. Así, en charla casual, comenzó la idea de la última muestra de Conde. “Pinto poco y vendo mucho”, me dirá después Mario amasando como pocos la ironía, otro de sus talentos. 

Semanas después, nueve acuarelas, tres grafitos y una tinta están colgados en las paredes de la flamante galería Eter, espacio cultural inaugurado en agosto del año pasado con una exposición de la vasca francesa Dominik Senaq. Nota mental uno: aviso para navegantes, la Eter es la única galería que no cobra porcentaje a los y las artistas. 

Mario-Conde-pudor

“Se trataba de colgar obras producidas en los últimos años de su trabajo pero no para resumir su trayectoria o contar algo a la gente. Ni Mario lo requiere ni está tan viejo. Esto es, más bien, una no-retrospectiva, una juntucha desenfadada que pide para estas obras otra miradita. A Mario Conde le gustaría ser recordado como un buen humorista. Aunque la peculiar acidez que impregna sus cuadros, de la broma a la burla, no esté exenta de quejas ni algo de rabia”. Así reza parte del texto que te da la bienvenida a la muestra. 

La primera acuarela, entrando a mano derecha, es un desnudo. Es el único que se ha vendido —de momento— después de tres semanas de exposición. Ha sido comprado a plazos. Una mujer sentada en una silla. Tacos y piernas abiertas. Desafiante, se cubre el sexo con las manos. Te mira fijamente. No sonríe, por tu bien. En las sillas alrededor del piso de azulejos aparecen vitrales de iglesia. En el fondo, los colores caprichosos de un cuadro abstracto. 

—¿Por qué crees que no se venden estos desnudos?—, le pregunto al Marito después de ver sus “malqueridos”. 

Mario Conde Cruz nació el 22 de julio 1956 en La Paz. Estudió en la Academia Nacional de Bellas Artes Hernando Siles.

—Vendo desnudos pero muchas veces me dicen: “¿qué va a decir mi mujer? ¿dónde cuelgo el cuadro? Tengo wawas”. Otros me cuestionan: “¿por qué no pintas desnudos masculinos?”. Que los hagan las mujeres pintoras. Para mí, la mujer es más bella que el hombre, es una cuestión estética. Por cierto, si una galería no tiene un desnudo expuesto, no es una galería. 

La Eter no tiene un desnudo, tiene cinco. Y de Mario Conde, uno de los más grandes del arte boliviano. Por eso, sus cuadros en esta muestra están colocados a su altura. De su hombro para abajo. Conde es la medida de todas las cosas. 

La obra más veterana de las “malqueridas” es una acuarela en sepia. Un caminante deformado se abre paso entre armonías tonales y composición. Parece un dibujo o una aguada. Es un tributo a su amado Francis Bacon. Es como muchas obras de Mario, puro enigma. Magnético, eso sí. “No se vendió, creo, porque a la gente le gusta el color, somos colorinches”, dice Conde. Nota mental dos: su idolatrado Bacon si pintó desnudos masculinos. 

Frente a la obra, esperan Las tres Ces. Marito tiene muchas animadversiones, una de ellas es su rechazo atroz a poner títulos a sus cuadros. Normalmente, otros hacen ese trabajo sucio por él. Un galerista tituló así el cuadro: Las tres Ces. Son un cocalero, un cooperativista minero y un contrabandista con un extraño parecido a Joaquín Sabina. Los tres posan en collage mientras un desnutrido cóndor de escudo se precipita al vacío, sobre sus cabezas. 

En la acuarela pegadita al lado, un “Che” Guevara se fuma un dólar. El señor que firma los billetes, como presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, es un tal Mario Conde. “Soy el presidente del Banco Central gringo de Alasitas”, dice el artista que se reconoce como cultor del neobarroco andino (“eso antes de que me digan surrealista”). 

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En las acuarelas de Conde el pasado y el futuro conviven. Mario no admite distinción entre antes y después. Es un hincha de los filósofos jónicos, de la Escuela de Mileto (actual Turquía) con Tales a la cabeza, de aquellos primeros pensadores que dejaron de ver al hombre como un servidor de los dioses. 

La muerte y sus demonios no pueden faltar en una muestra de Conde, por muy “sui generis” que sea. Una de las acuarelas está inspirada por la novela Sobre héroes y tumbas del argentino Ernesto Sábato, un descenso a los infiernos. ¿Es una casualidad que el protagonista —Martín— sea hijo de un pintor fracasado y una prostituta? Los sueños/delirios, el horror, los rostros invisibles y sus nichos, los héroes decapitados, las máscaras y los dioses desconocidos a caballo salpican las páginas de la novela y se cuelan en las acuarelas de Conde. De fondo, suena una banda sueca de “death metal” melódico. Se adivinan gritos de un desollado vivo. Mario Conde se deja la piel (desnuda) en cada obra. 

Cuando vuelvo a los desnudos y pregunto por los tatuajes, Marito suelta una de las suyas: “a veces para que no sean desnudos muy desnudos, para que no se vean tan calatas, pongo una máscara o un tatuaje, es para distraer al pudor”. 

Cuando estamos de salida de la galería, pregunto por aquellos dos cuadros robados. El primero fue sustraído del Museo Plaza de El Prado y el segundo, del Tambo Quirquincho. Al ladrón lo pillaron cuando —arrepentido— regresaba al museo con el cuadro debajo del brazo. Luego confesó el otro robo. Era un fan enamorado. La primera obra se llamaba El teatro de los descubridores y la segunda, Mama Coca. Anótese, caro lector, los títulos. Tal vez, en la próxima “no retrospectiva” de Mario Conde se pueda ganar la lotería.

No deja de llamarme la atención que el local pegado a la galería Eter es una clínica dental. El arte siempre fue como un dolor de muelas para pudorosos y afines. Y la obra de Mario Conde, un grito eterno. 

(La muestra Los malqueridos estará hasta el 16 de abril, martes. Ese día se celebrará otra fiesta, esta vez de clausura. Los horarios para visitar la galería son de 16.00 a 19.00 los lunes, miércoles y viernes y de 15.00 a 19.00, los martes y jueves. Eter se encuentra en el edificio El Estudiante, Mezzanine 1 Local 23, calle Batallón Colorados no. 20). 

Texto y Fotos: Ricardo Bajo Herreras

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Sabores del Sur El Original : Sabrosos picantes capitalinos en la Ciudad Maravilla

/ 7 de abril de 2024 / 06:58

Crónicas gastronómicas

Ubicado actualmente en la zona de Irpavi, este restaurante tiene ya varios años deleitando los paladares paceños con lo mejor de la comida boliviana y especialmente con platillos muy bien logrados de la cocina chuquisaqueña.

En su carta podemos encontrar tradicionales platos capitalinos como el mondongo, el picante mixto, la fritanga de cerdo o el picante surtido, pero también platos de otras regiones como el laping, sopa de maní, sajta, saice, filete de trucha, chicharrón de cerdo o un contundente pique macho.

El lugar abre de lunes a domingo con platos a la carta y almuerzos familiares (estos últimos de lunes a sábado) y cuenta también con un bonito jardín al aire libre, que seguramente será un hit en cuanto paren estas persistentes lluvias. Por lo pronto, se puede saborear su muy bien construido menú dentro de sus acogedoras instalaciones interiores.

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Sabores del Sur El Original

  • Dirección:  Av. Ovando Candia Nº 50, (a la altura de la calle 16 de Irpavi)
  • ☎ Reservas: 76722993  
  • Plato estrella: Picante surtido
  • Rango de precios promedio: Bs 25- 79
  • Estacionamiento: No
  • Atención: Lunes a domingo a partir del mediodía

Contáctenos: Fernando recomienda, Fernandorecomienda, @fernandorecomienda, Correo: [email protected]

Texto y Fotos: Fernando Cervantes

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‘Hotel Hazbin’: entre pecados, música y redención

Vivienne ‘VivziePop’ Medrano ofrece una serie que deconstruye las ideas del infierno

Por Miguel Vargas

/ 7 de abril de 2024 / 06:47

Eso de que un pecador arderá en el fuego eterno y le rechinarán los dientes por los tiempos de los tiempos no va más: Hay sobrepoblación en el Infierno, motivo por el que un ejército de ángeles hace cada año una depuración, exterminando demonios para que entren nuevos caídos. Ese es el planteamiento de Hotel Hazbin (Amazon Prime), serie animada musical que deconstruye los conceptos del bien y el mal, del pecado y la redención.

Con una paleta donde predominan las formas punteagudas y el contraste entre el negro, el rojo y el blanco, la serie creada por la artista estadounidense Vivienne ‘VivziePop’ Medrano, inspirada en creencias judeocristianas y en la demonología, presenta a la cándida Charlie Morningstar, hija de Lucifer y Lilith. Como princesa del infierno, la rubia joven se ha propuesto combatir la sobrepoblación de su reino rehabilitando a pecadores y demonios mediante una insospechada estratregia: la redención hacia la bondad en su Hotel Hazbin.

El programa recurre a estas figuras mitológicas para replantear y explorar los orígenes de lo que consideramos malo y se lo contextualiza en la sociedad actual. Cada personaje representa el lado humano de la virtud y el pecado. Así se presenta a un Adán vanidoso, por tratarse del primer ser humano, sediento de sangre de demonio, a pesar de ser un ángel, y se plantea a Lucifer como alguien que confió en que el ser humano tome buenas decisiones en el momento de tener libre albedrío.

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Hotel-Hazbin

La música —creada en un estilo que navega entre la tradición de Disney y la ópera rock de Broadway— y la animación son la pieza clave para navegar por las aguas pantanosas de los dogmas de fe y cuestionarlos: ¿un ángel que no quiere salvar la vida de un niño demonio debe ser desterrado? ¿Quien es víctima de un proxeneta es un pecador? ¿Obedecer la ley aunque implique una injustica es lo más importante?

En un programa lleno de colores y de notas musicales, los grises se van imponiendo poco a pocoen una primera temprada sin pierde. Y es que más que respuestas, como hace todo buen arte, siembra preguntas que uno mismo debe responder.

Texto: Miguel Vargas

Foto: Internet

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‘El Chaco y después’: la pérdida desde lo femenino

Cárdenas opta por la perspectiva femenina para sus relatos, logrando una re-creación de la Historia antes narrada solo por voces masculinas

/ 7 de abril de 2024 / 06:32

El Chaco y después (2022) es el penúltimo libro del escritor paceño Adolfo Cárdenas (1950-2023) y su último en el género del cuento, publicado por la Editorial 3600. El libro contiene nueve relatos breves divididos en dos partes: la primera parte denominada El Chaco con cinco cuentos (Alajjpacha, Chacharcomani, Sepulturas, Operación Rosita y Felícitas) y la segunda, llamada Y después, con cuatro (El hombre que supo amar, Tío Humberto, La brigada fantasma y Victoria).

Esta colección, que relata la contienda bélica y la posguerra, es un homenaje, según indica el autor en su Nota preliminar, a Óscar Cerruto y su Aluvión de fuego (1935), y a Augusto Céspedes con su Sangre de mestizos (1936); además de Jesús Lara, Adolfo Costa Du Rels, Raúl Leytón y Raúl Otero Reich. Así también, reconoce “la memoria de personas que se convirtieron en personajes y cuyas historias han dado origen a estos cuentos y relatos”: Felicidad, Celinda y Raquel Franco; Isaac Haydar; Humberto Salvatierra; y Victoria y Genara Dick.

Habiendo dado un contexto general del libro, entraremos, sin más preámbulos, a su análisis. Diremos, pues, que los cuentos y relatos de El Chaco y después tienen un evidente hilo conductor: la pérdida. Esta pérdida, además, tiene la particularidad de ser desvelada por lo femenino, destacándose la participación de la mujer ya sea como narradora, como protagonista o desempeñando activamente distintos roles en los relatos, como bien lo señala Daniela Saraí Murillo en la contratapa del texto, siendo de igual modo el mismo Cárdenas quien ya da guiños de ello en su epígrafe que da paso a los cuentos/relatos: “También mi abuela fue a la guerra del Chaco con el grado de lavandera” (Julio Barriga). Sumado a eso, encontramos también que en algunos cuentos/relatos la presencia de la mujer como madre está relacionada con la (p/m)atria-tierra-Pachamama.

‘El Chaco’

En primer lugar, y como decíamos, el hilo conductor es la pérdida, que es puesta en escena desde distintas facetas, las cuales nombraremos en cada uno de los cuentos y relatos. En la primera parte El Chaco, en Alajjpacha, Pelagio pierde la vida en la refriega, suceso del cual nos llegamos a enterar gracias a su madre Ildefonza, cuyo relato comienza en un tono elegíaco llamando a su hijo, al que le sigue las injusticias ocurridas después de su partida: “El Chuquiago grande donde los doctores y generales dicen que la gente del campo debe comprar escarapelas, carnets, pagar impuestos de guerra; los alzamientos en todas partes y los ancianos que se preguntan por qué contraemos obligaciones, pero no derechos”.  A causa de estos atropellos, la narradora convoca al final a una “revolución masiva” y habla de “los sollozos cargados de tiempo y ardor de lágrima tatuada en la mejilla lítica de tu-mi madre, que desde tiempos sin tiempo te-me-nos llama”, haciendo alusión, desde mi punto de vista, a la Pachamama.

En Chacharcomani, Efraín opta por el destierro autoinflingido, el exilio voluntario, por asociarse con el capitán Armaza para reclutar a sus coterráneos, hecho que no descarta el que los militares lo busquen por desertor y sus pares, por traidor. Así, de esa manera, Efraín pierde su tierra, por no ir a “la guerra que nués de nosotros, a defender tierras donde nadies vive y donde solostán los gallinazos y los peones de los blancos del Chuquiago que no sián contentau con hacernos pagar plata pa entrar a la ciudad, ni con hacernos comprar sus documentos dellos”.

 Antes de pasar al siguiente cuento, resaltamos que en los dos primeros la oralidad está claramente presente, tradición que es casi el sello personal de la narrativa cárdenasiana. Si bien de aquí para adelante la oralidad continúa latente, no se encuentra tan marcada como en estos.

Sepulturas narra de manera excepcional la historia de Aniceto Arzabe, quien termina perdido en el monte y notificado como desaparecido. Esta su pérdida en la selva, sin embargo, no es casual, ya que él mismo se interna en la profundidad de la maleza para huir de su madre, habiendo sido antes desertor de guerra. Su progenitora, una autoritaria mujer de pollera, había dirigido su vida siempre con mano dura: “…la atemorizadora presencia de la madre, esa chola valluna, propietaria de castigos que invariablemente consistían en exigencias de contrición”. Es más, había obligado a su hijo a conseguir un trabajo y formar una familia, demostrando con esto que “ella esperaba con ansias cualquier acto contrario a su voluntad para imponerse por sobre el hijo”. En otro pasaje, se resalta que cuando Aniceto hacía su servicio militar, estas conductas dominantes persistían “pese al miedo por la represalia de la superioridad que ni con mucho se acercaba a la crueldad con la que su madre reprimía estas compulsiones”. Aquí, la madre representa claramente la (p/m)atria, una mediada por un Estado represor de los indígenas obligados a ir a una guerra ajena, pero que representaba orgullo y estatus social para las familias de quienes iban a combatir en nombre de aquella.

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En el relato Operación Rosita se da una pérdida del rastro de las dos protagonistas, Rosita y Adela Bello, quienes trabajaban como espías para el Gobierno boliviano para “descubrir diplomáticos comprometidos con la causa paraguaya”. Pero ante una misión fallida, “si luego de terminada la guerra regresaron al oriente es algo que no se sabe. Simplemente se perdieron en la bruma de la historia”.

Felícitas simboliza la pérdida de la esperanza. Este relato trata sobre una madre que busca “ávidamente el nombre de su hijo” “en la lista de caídos en acción o desaparecidos”, “deseando fervientemente que él regresara salvo y sano para volver a contribuir en la economía de la familia”. Sin embargo, tiempo después del cese de fuego, se le apareció un hombre apoyado en una muleta, a quien solo reconoció cuando le dijo “mamá”. “Felícitas, al ayudar al hijo a subir y bajar aceras o gradas supo que él nunca recuperaría su antiguo trabajo, supo que había llegado tullido e inútil y supo que se había hecho de una boca más para llenar y que la vida que ella imaginaba al regreso de él, no se plasmaría en quién sabe cuánto tiempo. Entonces, en silencio, lloró”.

’Y después’

En la segunda parte Y después, en El hombre que supo amar, un exmiembro del cuerpo de sanidad de la Asistencia Pública durante el conflicto bélico narra su historia a un parroquiano en un bar. Le cuenta además que se había enamorado de una indígena, con cuya familia había aprendido el arte de la herbolaria para curar todo tipo de males de la guerra. Cuando su receptor reaccionó del semisueño provocado por el relato y el licor juntos, se dio cuenta de la pérdida de sus objetos personales: “…al palpar su bolsillo, no encontró nada; se rebuscó entero, pero la billetera junto a algunas monedas y llaves habían desaparecido; al levantar la vista constató que su interlocutor también”.

Tío Humberto relata la “juventud invertida en la guerra” del protagonista y su historia de las botas que había tomado de un paraguayo a quien había disparado, y las cuales más tarde le otorgaron ciertos privilegios, pues “cuando los carceleros vieron que el soldado calzaba botas, dedujeron (erróneamente) que se trataba de un oficial con ciertas consideraciones que el resto de la tropa no tenía”. Tiempo después conoció a Rosalba, con quien formó una familia, la cual se cansó de oír la historia de las botas, a diferencia suya y de su esposa, quien falleció primero. Ante la pérdida de su compañera y la única persona que escuchaba su historia, “el viudo dedicó sus últimos años a relatar sus experiencias en la guerra y en la prisión, que solo escuchaban los perros, las palomas o el vacío sobre esas botas que poseía y que eran un vehículo para recordar el Chaco con dolor y a la Rosalba con amor”.

FAMILIA. Adolfo Cárdenas, Sonia Amusquívar (esposa), María Libertad (hija) Cárdenas y Luna Paredes Cárdenas (nieta).
Adolfo Cárdenas, Sonia Amusquívar (esposa), María Libertad Cárdenas (hija) y Luna Paredes Cárdenas (nieta).

En La brigada fantasma hay una pérdida de la realidad a causa del exceso de alcohol que tiene Saúl, nieto de don Hipólito Tellería, excombatiente del Chaco, quien termina falleciendo debido a sus viernes de borracheras. Saúl, quien acompañaba a su abuelo en las francachelas, se vuelve trovador después de su partida, complaciendo a todos los viejos soldados con canciones que alimentaban su nostalgia bélica. A la par que el tiempo transcurría, el aspecto de Saúl desmejoraba, algo que llamó sobremanera la atención del cantinero, quien decidió seguirlo una de esas noches. Saúl se dirigía cada noche al cementerio a interpretar sus temas para los soldados caídos, a quien el cantinero levantó del suelo, interpretando una tonada que hace referencia al olvido al que son condenados los beneméritos de la patria.

Finalmente, en Victoria se da la pérdida de la razón de la protagonista de nombre homónimo. Victoria, pues, esperaba a su prometido que había ido a luchar por la patria, el cual nunca regresó a pesar de no figurar en ninguna “nómina de muertos, desaparecidos o prisioneros probables”. Al no saber de su paradero, Victoria fue “víctima de una locura sin retorno y así quedó todo, con un epílogo nada concluyente sobre el destino de ese novio”, destino que “no era para nada tan dramático”, según se supo después gracias al relato de un viajero.

Así, la pérdida —de la vida, de la tierra, en la selva, del rastro, de la esperanza, de objetos personales, de la esposa, de la realidad y de la razón— es el hilo conductor de El Chaco y después, pérdida que conlleva en su interior, sea de la naturaleza que fuere, cierta amarga nostalgia de quienes sobrevivieron a un inefable combate. Esta nostalgia y todo su contexto son plasmados notablemente por Cárdenas, quien opta por la perspectiva femenina para los relatos de este su libro, el cual, desde la ficción y el testimonio, re-construye la memoria de un pasado histórico antes narrado solo por voces masculinas, logrando con esto una re-creación de la Historia.  

Texto: Mitsuko Shimose

Fotos: Sonia Amusquívar

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Javier Mendoza y la comunidad de Aymaras Urbanos de Pampajasi

La Cámara de Senadores hizo un homenaje al historiador y escritor Javier Mendoza Pizarro y a la psicogerontóloga Mercedes Zerda Cáceres

Por Mercedes Zerda Cáceres

/ 7 de abril de 2024 / 06:15

Quiero agradecer en mi nombre y el nombre de mi compañero de toda la vida: Javier Mendoza, a la Cámara de Senadores de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia, en la persona del presidente de la Comisión de Política Internacional Senador Félix Ajpi, por la declaración camaral de reconocimiento a nuestro trabajo de 40 años como psicólogos comunitarios al servicio de la población aymara urbana y rural, sobre todo de las personas adultas mayores de nuestro país.

También quiero entregar nuestro agradecimiento con toda nuestra chuyma a ustedes, jilatanaka, kullakanaka, taykanaka, awkinaka, awichanaka, achilanaka, wawanaka, a quienes están presentes y a quienes no están, porque esta hermosa experiencia de construir una comunidad la hemos hecho todos juntos en tantos años.

Javier, que hace poco cumplió 80 años, dedicó la mitad de su vida y yo, dos terceras partes de la mía a la construcción de lo que hoy tiene el nombre de Comunidad Aymaras Urbanos de Pampajasi (CAUP), una organización comunitaria que durante todo este tiempo ha desarrollado una forma de servicio basada en la cultura, la cosmovisión y la organización aymaras.

Lo que hicimos nosotros fue acompañar y apoyar, de manera no directiva, el surgimiento de una verdadera psicología boliviana, la de esta región andina del país y resultó que la psicología del pueblo aymara es fundamentalmente comunitaria. Ahora les toca a otros, levantar los ojos de las pantallas y libros para mirar la abundante riqueza de las culturas indígena/originarias que nos rodea y aprender de estos pueblos otras maneras de entender la vida y las relaciones entre humanos y con la naturaleza. Hay mucho que hacer para psicólogos comunitarios académicos y empíricos.

A fines de los años 70 y principios de los 80, en la única carrera de Psicología que entonces existía en nuestro país, en la Universidad Católica, donde Javier enseñaba y yo era estudiante, surgió la idea de “poner la psicología al servicio del pueblo” y eso intentamos hacer: dejar de repetir las teorías europeas y norteamericanas que inundan las universidades y construir una psicología que sea útil y refleje a nuestros pueblos. Por eso en 1983, Javier y yo empezamos a compartir nuestra vida con familias aymaras urbanas y rurales en la zona de Pampajasi, en la ciudad de La Paz y en comunidades de la provincia Manko Kapak a orillas del lago Titicaca.

Todos los días de estos años ha pasado algo interesante que aprender, que comentar, que reflexionar, por eso creemos que lo que hemos aprendido es muchísimo más de lo que hemos podido dar y nos sentimos privilegiados porque la vida nos ha dado la oportunidad de construir esta comunidad con ustedes. Hemos aprendido a vivir y envejecer de manera natural, así como viven y envejecen las plantas, los animales, los ríos, las montañas, todo lo que nos da la Pachamama, hemos aprendido a respetar los derechos de todos, desde los de los más chiquitos hasta los de los más ancianos, trabajando todos juntos, poniendo nuestro esfuerzo de la misma manera y distribuyendo lo logrado de forma equitativa, para todos por igual.

Ustedes, con sus costumbres aymaras, nos han enseñado que “las cosas se hacen haciendo”, no planificándolas desde un escritorio, y sobre todo hemos aprendido, todos juntos, ustedes y nosotros, que la comunidad es la unidad esencial de cualquier construcción social que quiera sobrevivir, porque el individualismo egoísta solo destruye a los demás y a la naturaleza.

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En el mundo globalizado y capitalista de hoy que se acerca al inminente desastre ambiental, con guerras y crisis climática, para sobrevivir como especie los humanos necesitamos nuevas formas de civilización, basadas en el apoyo mutuo en vez de la competencia y en la sostenibilidad de la naturaleza en vez de la ganancia. El material esencial para construir esa nueva civilización está en las cosmovisiones de los pueblos indoamericanos, asiáticos y africanos; todas esas culturas son fundamentalmente comunitarias. Pensamos que aprender a construir verdaderas comunidades, cuidando las relaciones entre humanos y con la naturaleza es la manera de salvar al planeta, por eso la urgencia de aprender de las culturas ancestrales.

Este reconocimiento que nos hacen es también por el trabajo de historiador de Javier y por el mío de psicogerontóloga. Quiero mencionar que esos trabajos también fueron fruto del trabajo comunitario como psicólogos, pues los libros y las investigaciones históricas de Javier tuvieron siempre una posición crítica basada en una reflexión psicosocial y nuestra mirada gerontológica siempre fue para difundir la manera aymara de envejecer. En todos nuestros trabajos están trenzados la psicología comunitaria, los pueblos indígena/originarios y la gerontología.

Son muchísimos los niños y niñas que hemos visto crecer, los jóvenes que se han convertido en madres y padres de familia y las personas mayores que hemos visto morir, con ellos hemos realizado muchas actividades, proyectos largos y cortos, productivos, agropecuarios, artesanales, tejidos, culturales, música, baile, gastronómicos, hemos hecho adobes, construido casas comunitarias para la vejez, comedores e incontables cosas que han llenado nuestras vidas y las han mejorado. Hemos construido comunidad todos juntos, para superar dificultades económicas, emocionales, de relaciones interpersonales y grupales, de educación y de salud física y mental.

El homenaje en la Cámara de Senadores a Javier Mendoza Pizarro y María Mercedes Zerda Cáceres.
El homenaje en la Cámara de Senadores a Javier Mendoza Pizarro y María Mercedes Zerda Cáceres.

Para finalizar, ustedes saben que Javier no está presente hoy porque hace una semana ha partido hacia la aventura final de la vida, se ha adelantado en la última aventura que todos emprenderemos algún día. Las últimas conversaciones que hemos tenido, nuestras últimas reflexiones juntos, tienen que ver con la diferencia entre la resignación y la aceptación.

Resignarse, en castellano es aceptar algo, aunque no nos guste, nos resignamos a envejecer, nos resignamos a morir, porque no nos queda más remedio. En aymara hay una expresión que es ukhamaw, significa “así es”, así es el envejecer y así es la muerte, puede ser equivalente a resignación pero en realidad, es aceptación, comprobación de algo, la verificación de que algo es como es; envejecer es perder energía, perder la vista, el oído, ukhamaw, así es porque en tu experiencia lo estás viviendo y más te vale aceptarlo, pero no siempre es la aceptación de algo que no quieres, como en la resignación; puede ser la verificación de algo que te gusta, como que te quieran tus nietos, ukhamaw, así es ser abuela. Puedes decidir resignarte a envejecer o aceptar el envejecimiento con actitud ukhamaw, o puedes resignarte a morir o aceptar la muerte con naturalidad, porque así es morir.

Javier aceptó la muerte con actitud ukhamaw, porque según sus palabras “ya era cabal”, estaba justo en su momento. Ya se había saciado de vivir y aceptó partir a esa aventura desconocida a la que llamamos muerte. Murió en nuestra casa, en mis brazos y sus últimas palabras fueron: “Peti, lo hemos hecho bien en la vida, estoy listo”.

* Este es el exto leído en el acto de homenaje por Mercedes Zerda Càceres.

Texto: Mercedes Zerda Cáceres

Fotos: cámara de senadores y Archivo Comunidad Aymara Urbanos de Pampajasi

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