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Una esvástica en el Illimani

Una escalada al Illimani.

/ 25 de junio de 2023 / 06:30

En 1940 dos escaladores alemanes colocaron una esvástica en la cima. Ante eso, un boliviano y un inglés del Centro Boliviano Andino subieron y la quitaron.

Wilfried Kühn y Friedrich Fritz son hijos de la obsesión nazi por las montañas. Cuando colocan una esvástica sobre el Pico Sur del Illimani (a 6.460 metros dobre el nivel del mar) en marzo de 1940 creen haber alcanzado la gloria. Será su “fragmento precioso” (así lo denomina la psicología) que impida que sus nombres sean olvidados. Será su “Rosebud”; volverán a ese momento el resto de sus vidas. El famoso “übermensch” (el super hombre) de Nietzsche es un ser superior que vive en las montañas, lejos del mundanal ruido. Así se sentían Kühn y Fritz ese día; dos superhéroes en la punta del Illimani, con el mundo/La Paz a sus pies.

El III Reich de Adolf Hitler convirtió el deporte de montaña en una cuestión de Estado. Las hazañas en las grandes cimas del planeta formaban parte de la propaganda nazi y los montañeros eran convertidos rápidamente por la maquinaria de propaganda en auténticos ídolos. Quizás en eso pensaban Wilfried y Friedrich aquella mañana del 30 de marzo de 1940 cuando clavaron en el hielo lo que ellos llamaban “la bandera de Alemania”. El caso es que el tiro iba a salir por la culata; o el “piolet” iba a volar por los aires. El guardián, el espíritu protector de la ciudad, se iba a enojar. Y con él, todos los paceños.

Hacía solo tres años que otra montaña, a la que llaman “asesina”, había sepultado a la mejor generación de alpinistas alemanes, liderada por Karl Wien. El Nanga Parbat (la novena cima más alta del mundo con sus 8.125 metros) es una montaña sabia, como todas. Es el “ocho mil” más peligroso en el lado pakistaní del Himalaya: al día de hoy casi 100 montañistas han muerto bajo sus nieves.

Una recreación de la bandera nazi en una montaña.
Una recreación de la bandera nazi en una montaña. Fotos: Ricardo Bajo, Club Andino Bolivian

El 15 de julio de 1937 una avalancha que cae desde la vertiente Rakhiot sepulta a 16 personas (nueve sherpas, seis alemanes y un austríaco). Hitler les había dado una orden: “deben llegar a la cima del Nanga Parbat o morir”. En 1934 otra expedición nazi —la primera a la cordillera más alta de mundo— había fracasado también con un balance de 10 muertos. No lo estaba pasando bien el alpinismo nazi. Quizás por eso Kühn y Fritz pensaron en darle una buena/pequeña noticia al “Führer”: una esvástica en el Illimani.

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda y gran aficionado a la montaña (en su juventud llegó a escribir una novela sobre el tema, Michael) cojeaba. No era precisamente la viva imagen de la idea “nietzschiana” de la superioridad racial. Pero fue el gran impulsor del uso perverso del deporte por parte de Hitler para lograr la raza aria perfecta: “el deporte solo tiene un objetivo, forjar el carácter alemán”. No contaban ni con el gran Jesse Owens (atleta negro que logró cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936) ni con los fracasos estrepitosos en el Nanga Parbat.

Los nazis se sentían a gusto en las montañas solitarias: los grandes precipicios, las nieves vírgenes, el hielo inaccesible, el frío y la falta de aire recordaban a los conflictos humanos insolubles y apasionantes. El ego inflado de una nación era una bandera del III Reich en lo más alto de la cumbre más deseada. 

La única foto real de la esvástica en La Razón en abril de 1940.
La única foto real de la esvástica en La Razón en abril de 1940.

La magnífica cineasta, gran aventurera y nazi (se puede ser las tres cosas a la vez) Leni Riefenstahl también era alpinista y entró al mundo del cine de la mano de Arnold Fanck, pionero alemán del género de películas de montaña (con su mítica Der heilige Berg de 1926). Iba a ser la primera de muchas películas que iba a rodar Leni (como actriz y directora) en las cimas: El gran salto (1929, rodada en los Dolomitas), El infierno blanco del Piz Palu (1929), Tormentas sobre el Mont Blanc (1930) y La luz azul (1931, el filme que maravilló a Hitler). En sus mejores sueños Wilfried Kühn y Friedrich Fritz se veían como protagonistas de una película de Riefenstahl. Sabían que el defenestrado Ernst Rohm, el cofundador de las “Sturmabteilung” (las temibles SA), había vivido en La Paz hacía 10 años (entre enero de 1929 y octubre de 1930). Todo era posible, soñar es barato.

El episodio de Kühn y Fritz no va a tener un “happy end”. Es más, toda una ciudad se iba a levantar contra esa esvástica; no tanto por la bandera nazi sino porque esta había sido clavada por encima de la tricolor boliviana y en un tamaño mucho más grande. Pero volvamos al principio.

Wilfried Kühn viene de escalar el Chimborazo (6.263 metros) y el Illiniza (5.248 metros) en Ecuador. Y un monte que no sale en los mapas del Asia, el Tamabent, según ha contado al periódico New York Times. O eso replica La Calle. Ha llegado, antes de trepar el Illimani, a la cima del Sajama (6.542 metros) y al Jacha Cuno Collo (en la cordillera Quimsa Cruz, de 5.800 metros). La expedición alemana la completan Friedrich Fritz y Rodolf Boettger. El segundo ha intentado subir al Illimani en compañía del italiano Piero Ghiglione pero han fracasado; se han quedado a 600 metros de la cumbre. 

Los tres alemanes —bien aclimatados a la altura— salen de La Paz el miércoles 27 de marzo de 1940 (en plena II Guerra Mundial) hacia Palca, vía Calacoto. Pasan por Quilliwaya y la finca Unni para llegar a la estancia Pinaya donde alquilan unas mulas y pasan la noche. El jueves trepan durante tres horas hasta el campamento base. Es una caminata fácil, no hay grandes cuestas. El resplandeciente Illimani está a sus pies; a un lado el altiplano interminable, al otro, el lago sagrado. 

El refugio del Club Andino Boliviano en Chacaltaya.
El refugio del Club Andino Boliviano en Chacaltaya.

A las cuatro de la mañana del viernes, todavía sin la luz de la abuela sol, parten del campamento base. La ascensión se hace lenta: los ventisqueros son lugares lindos para detenerse, agarrar fuerza y dejarse maravillar por una belleza sin igual. Los desfiladeros cortan la respiración. Son angostos con espectaculares caídas a ambos lados. Al más mínimo error, “ch’akatau”. Los alemanes calzan botas de suela de goma y diez púas de ocho centímetros para clavarse fijos en el hielo. Dan pasos cortos, inclinan el cuerpo hacia adelante. Kühn, el más experto, abre la ruta; el resto pisa zonas con restos de nieve. Parecen una hilera de pingüinos. No sabemos cuántos porteadores caminan junto a ellos; tampoco sus nombres. Los “nadies” de las montañas son los grandes desconocidos, los verdaderos héroes del silencio.

Las cuerdas están tensas, todos se agarran a ellas como a la más firme esperanza. Trepan y trepan lentamente durante diez largas horas. Las vistas son únicas y el sentimiento de libertad, indescriptible. El cielo está al revés, las estrellas esperan en el piso. Bajo sus pies, los testigos de hielo tienen 18.000 años de historia.

A las seis de la tarde/noche una tremenda tormenta de nieve y viento manda a parar. La expedición alemana se encuentra exhausta a más de seis mil metros de altura sobre el nivel del mar. Con las pocas fuerzas que les quedan, cavan con sus piquetas un “vivac” (una cueva en el hielo) para pasar al raso toda la noche. El termómetro indica 10 grados bajo cero. 

El sábado es del día D. Faltan apenas 300 metros para hollar la cumbre. Salen dos hombres para arriba con bastones con regatón de hierro y piquetas. Son Kühn y Fritz. Rudolf Boetteger ha pasado una mala noche y se queda en el campamento alto. Apenas tiene fuerza para poder bajar. A las 10 de la mañana, los dos nazis hacen cima. De sus mochilas sacan un pequeño mástil. En lo más alto colocan una esvástica, debajo —cosida y mucho más pequeña— una bandera de Bolivia, la rojo, amarillo y verde. A pie del mástil, entierran un cofrecito con sus tarjetas personales (la de Boetteger, incluida) y la fecha de la ascensión: 30 de marzo de 1940. 

Los alemanes se toman fotos y ruedan con una pequeña cámara cinematográfica los extraordinarios paisajes. Es la primera vez que se escala el Illimani por ese costado, más escarpado y técnicamente más complicado. Cuando días después los nazis visitan el Observartorio de San Calixto y ven flamear la esvástica, sonríen y se dan la mano: “mission erfüllt”. 

La cabaña en una foto de 1940.
La cabaña en una foto de 1940.

La primicia es publicada —obviamente— por el periódico La Calle, feroz diario opositor del gobierno de facto del general Carlos Quintanilla Quiroga y del gobierno de Enrique Peñaranda del Castillo (los dos mandatarios bolivianos que tuvo aquel año, 1940). 

Los nazis alpinistas regalan la “pepa” a La Calle porque es el periódico que leen todas las mañanas. Simpatizan con la campaña que el diario de Armando Arce ha emprendido contra la incipiente comunidad de judíos en Bolivia, “in crescendo” después de la “Noche de los Cristales Rotos” en 1938, gracias al acuerdo de Mauricio Hotschild con el expresidente German Busch. Se divierten con titulares como estos: “Los judíos no se ríen, solo se ocupan de juntar moneda tras moneda” (17 de marzo); “Comienzan los judíos a realizar sus tenebrosos planes de dominación en Bolivia” (8 de abril, después de una pelea en un cafetín de la calle Colón); “El Libro Blanco publicado por los nazis contiene documentación sensacional: Inglaterra ha preparado cuidadosamente la guerra” (11 de abril). 

Kühn y Fritz son asiduos de las salas de cine donde se proyectan las famosas “revistas de la actualidad alemana”. Se solazan con los desfiles de las tropas del III Reich que ya han invadido Austria, Checoslovaquia, Lituania y Polonia. Y están a punto (será en mayo) de ocupar Bélgica. Pero algunos no están tan felices de recibir propaganda nazi en las salas oscuras y protestan airadamente. “Los judíos malcriados que se sientan en la galería de los cines zapatean o rechiflan los trozos de películas que muestran cualquier aspecto de la vida alemana. Esto es intolerable. Porque en Bolivia no han de ser pues los judíos los censores de las películas ni han de ser sus gustos los que tengan que prevalecer en los cines bolivianos. ¿Por qué razón, en nuestro país, tenemos que privarnos de espectar tranquilos en el écran la proyección de hermosas películas que nos permiten ver la grandeza del pueblo alemán que va ganando jirones de gloria admirable desde que ha expulsado a los judíos?”. 

Al día siguiente de la “gesta”, el presidente del Comité Nacional de Deportes (Alberto Nielsen Reyes) anuncia que el mismísimo presidente de Bolivia recibirá a los dos montañistas. No será así, el general Peñaranda se cuida. El domingo 31 de marzo, La Calle titula a ocho columnas: “Cómo llegaron a la cumbre del Illimani los alpinistas alemanes Kühn y Fritz: a 6.500 flamean las banderas boliviana y alemana”. La Calle no dice que la “bandera alemana” es una esvástica. Y tampoco dice, los nazis no lo cuentan, que la tricolor es diminuta y está cosida debajo de la nazi. 

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El Club Andino Boliviano es el primero en tomar cartas en el asunto. El CAB tiene recién un año de vida pero ya ha construido un refugio (“cabaña”) en Chacaltaya para practicar andinismo y esquí. Su directiva se hace presente en el Observatorio de San Calixto de la calle Indaburo y comprueba efectivamente que hay una bandera en el pico más elevado del Ilimani. La indignación crece. En ese mismo instante y lugar, deciden enviar una misión para retirar la “bandera extranjera” en cumplimiento estricto de las prescipciones de sus estatutos. Los elegidos son el boliviano Jesús Torres, el ingeniero mecánico inglés Eduardo de la Motte y los hermanos Raúl y Manuel Vicente Posnansky, los dos hijos varones de Arturo Posnansky, pionero de la arqueología de Tiwanaku, entre otras muchas cosas. 

El anuncio de las multas a los alemanes en el periódico La Razón, en abril de 1940.

El sábado 3 de abril sale de la ciudad de La Paz la expedición del Club Andino Boliviano, “la comisión”, al mando de Eduardo de la Motte, el quinto hombre que ha llegado en 1928 a la cumbre del Aconcagua (6.961 metros, el “centinela de piedra”, la máxima elevación de América); el primero (1936) en hacer cima en la montaña de más de cinco mil metros más austral de los Andes, el Sosneado (5.169 metros). 

Parten hacia Cohoni, vía Río Abajo; es la primera vez que se va a subir por esta ruta. Alquilan las mulas y cargan pasto gracias a la colaboración del corregidor Quintín Barrios y al señor Antequera que ofrece alojamiento. El domingo se detienen a una altura de 4.500 metros, es el campamento base. Están al frente del bastión de roca en la punta sur del Illimani. Encuentran algunos restos que han dejado los alemanes. Durante la noche cae una tormenta de lluvia y nieve que dura hasta la tarde del lunes, día 5 de abril.

Cuando la tormenta amaina, los hermanos Posnansky cargan las pesadas mochilas para que Torres y de la Motte, los designados para llegar a la cumbre, estén más frescos y alivianados. En los 5.700 metros montan el campamento alto. Levantan una carpa (de seda de avión) sobre una plataforma de roca y piedra menuda que sobresale del hielo. Construyen dos muros de piedra sobre el hombro rocoso para que entre la tienda. Las vistas son magníficas cuando los cuatro acaban la tarea. Los bosques vírgenes al este transmiten un aire helado de esperanza.

Pasan la noche a ocho grados bajo cero, tomando té. Arturo y Manuel Vicente Posnansky se quedan en apoyo como manda el sistema perfeccionado durante los últimos 20 años en el Himalaya. El capitán en andinismo, de la Motte, ata a la soga a su compañero menos experto, Jesús Torres. No por nada un peligroso filo en el volcán Lanín (en Neuquén, Argentina) lleva hoy el nombre de “La Motte”.

Jesús y Eduardo salen de noche para atacar la cumbre. Pasan sobre enormes grietas y a punta de crampón en los botines llegan a las 12.55 horas del 7 de abril a la cima del pico Sur del Illimani. El ascenso ha sido lento pues el inglés acusa la altura. “Torres, con sus pulmones bolivianos, no lo sintió tanto como yo; lo estimo como un augurio muy halagüeño, hará gran noticia para el andinismo de Bolivia”, dirá años más tarde sir Edward a sus colegas del Club Andino de Bariloche (Argentina).  La cumbre del Illimani es un filón casi horizontal de unos 50 metros de largo. En el punto más sur comprueban con sus propios ojos la afrenta. “Es un espectáculo insultante”, dirá De la Motte. Ahí está la tristemente famosa esvástica de los alemanes. 

Arrancan la bandera intrusa y plantan en su lugar un colihue (del hermano Aconcagua) con un pañuelo atado. Abren el cofrecito de los alemanes y suman a las tres tarjetas, una leyenda que dice así: “Jesús Torres y Eduardo de la Motte subieron a este pico el día 7 de abril de 1940 con el fin de sacar la bandera nazi, borrando así un insulto a la Gran Nación Boliviana. Torres es el primer boliviano que sube el Illimani”. Antes lo habían hecho ingleses —el primero William Martin Conway en 1898— y en el siglo XX otros alemanes. Eduardo y Jesús pasan una de las mejores tardes de su vida, ahí arribita en lo alto. Condorcitos quisieran ser.

Foto. club andino boliviano

Desde el Pico Sur (también llamado “Pico del Indio” o Achocopaya), Torres y de La Motte admiran el Pico Norte (o Pico Kühn, por el alpinista nazi), y el Pico Central, también llamado Cóndor Blanco. Se dan el lujo de contemplar un pico que no se ve desde la ciudad de La Paz, el Pico París (o Laika Khollo, Cerro Brujo). No pueden estar mucho tiempo y comienzan a bajar. A las 19.30 llegan al campamento base.

El comunicado del Club Andino Boliviano dice, al día siguiente: “la comisión llegó el 7 de abril al lugar indicado, notando con sorpresa de que flameaba la bandera boliviana cosida a máquina debajo de la extranjera, importando este hecho un ultraje al emblema nacional; la comisión retiró la indicada bandera habiendo denunciado este hecho insólito al Señor Ministro de Gobierno y al Presidente del Comité Nacional de Deportes”. El fiscal de distrito, Alejandro Trigo, anuncia sanciones “por el pendón irrespestuoso”.

En las calles de La Paz, el pueblo habla de proeza. La Razón publica, como primicia, la foto de la esvástica. El boliviano Jesús Torres agarra la bandera nazi con la mano, es la primera vez que sube hasta lo más alto del “Tata” Illimani. La foto la saca Eduardo de la Motte, gran andinista, modesto, de un inmenso encanto y gran integridad; como lo describen sus compañeros de escalada y cuerda.

El editorial del matutino de Carlos Víctor Aramayo, “barón” del estaño, escribe: “siendo como somos, un país soberano, libre e independiente, donde existieron como existen leyes que establecen la prioridad absoluta e indiscutible de la divisa nacional, era lógico y patriótico suponer que los ascensionistas alemanes, respetando el civismo del país que los acoge, hubieran colocado primero la bandera boliviana y debajo la alemana. Pero, acostumbrados a considerar a Bolivia como una colonia del Tercer Reich, procedieron exactamente al revés, colocando la bandera nazi arriba con su signo swástico. Aunque algunos súbditos de Hitler consideran el suelo boliviano como cosa propia, conviene recordar a los exploradores que no estamos dispuestos a admitir ofensas como la que denunciamos. Hácese precisa, de una vez por todas, una enérgica sanción a los extranjeros que se imaginan habitar un tolderío, sin respetar los usos, costumbres y leyes del país que los acoge”. 

La sanción para los nazis no llegará nunca. Es más, “herr” Wilfried Kühn y “herr” Friedrich Fritz contraatacan y piden… ¡que se les devuelva la esvástica! Aseguran que las dos banderas son del mismo tamaño. Kühn y Fritz “argumentan” en una carta dirigida al presidente del Comité Nacional de Deportes que la idea original era colocar un mástil con tres banderas: la esvástica arriba, la boliviana al centro y la suiza abajo (porque el exvicepresidente del Club Andino Boliviano Ernest Bauer, de esa nacionalidad, tenía que acompañar a la expedición). “Es de todo conocimiento que en los Juegos Olímpicos siempre se iza la bandera de la nación a la cual pertenece el vencedor. Estamos convencidos de que ningún boliviano encuentra atentado alguno a la soberanía del país nuestro proceder”, escriben Kühn y Fritz en la citada misiva publicada (¡cómo no!) en el periódico La Calle.

Los alemanes culpan a un inglés. Todo un clásico. “El hecho de que nuestra bandera recogida haya sido entregada al señor Pickwood, quien la tiene guardada en su caja de fierro, demuestra la intención política poco leal de quienes pretenden hacer de este asunto un escándalo con fines de propaganda. El proceder del señor Torres y el señor De la Motte está no solo en contraposición con los reglamentos éticos que rigen las instituciones del alpinismo internacional sino, en este caso, significa también un robo material al apropiarse de dos banderas que nos les pertenecían”. 

La noticia en el periódico El Diario.
La noticia en el periódico El Diario.

William Pickwood es nada más y nada menos que el administrador de la poderosa Bolivian Railway. Y presidente honorario de uno de los equipos de fútbol más querido de la ciudad de La Paz, el de los trabajadores del tren, el Club Deportivo Ferroviarios (fundado en 1929), donde brillan en su cancha de Pura Pura tres figuras del balompié: Ángel Montaño (“inter” izquierdo), Erasmo Miranda (“centro half”) y el mítico “Calichín” Morales padre (“centro forward” peruano proveniente de Arequipa).

La esvástica no la tiene el pérfido inglés, está resguardada en el salón del Club Andino Boliviano. Las congratulaciones para Jesús Torres y Eduardo de la Motte llegan de todo lado. Son efusivas. Los Amigos de la Ciudad felicitan al CAB y a su secretario Alberto López Sánchez “por tan meritoria hazaña para arriar la bandera nazi, colocada encima de la de Bolivia, sobre nuestra hermosa montaña; censuramos la actitud de quienes han cometido ese desacato”. Firman el presidente de esta entidad cívica, Humberto Muñoz Cornejo y el secretario Julio Iturri Núñez del Prado.

Eduardo de la Motte se fue de Bolivia pero volvió para escalar el Sajama (6.542 metros) en 1946 junto a una expedición formada por T.I. Rees, W. Tienken y Thomas Polhemus. En aquella ascensión, el Sajama cobró su primera víctima puesto que Polhemus se separó del grupo y nunca más fue encontrado. De la Motte se casó con Mabel Lilian Woodward (tuvieron un hijo en 1944) y murió trágicamente en 1958 en un accidente de helicóptero en el África Ecuatorial Francesa (actual República del Congo). Raúl Ponansky también murió en circunstancias dramáticas al ser alcanzado por una avalancha mortal en 1943 mientras esquiaba en Chacaltaya. Wilfried Kühn se quedó unos años más por Bolivia, subiendo montes. Ascendió —por primera vez en solitario— el Condoriri (“Cabeza de los cóndores”) pero esta vez no dejó ninguna esvástica en la punta.

Dijo una vez el geólogo austríaco Walter Schiller que las cumbres solo se abren para los privilegiados. Aquel abril de 1940 el Ililmani (“Donde nace el sol”) se abrió para dos hombres (un boliviano y un inglés) que rozaron el cielo con amor para arrancar una bandera de odio. Las montañas (y sus “achachilas”) son puras y eternas.

Texto: Ricardo Bajo H.

Fotos: Ricardo Bajo, Club Andino Boliviano y periódicos La Calle, El Diario y La Razón (hemeroteca de la UMSA).

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La Cinemateca Boliviana restaura los ocho minutos que el cineasta Velasco Maidana rodara durante la inauguración del estadio Hernando Siles en enero de 1930

La inauguración del estadio, en cine

Por Ricardo Bajo Herreras

/ 14 de abril de 2024 / 06:57

¿Quiénes son todos esos señores que rodean al presidente Hernando Siles en el palco del estadio paceño que se inaugura hoy con su nombre? Congelo el fotograma. Son 40 personas, la mayoría hombres, apenas cinco mujeres. ¿Quién es el caballero con pelo engominado que lee delante de un estrambótico (para nuestro tiempo) micrófono? El presidente, que morirá en Lima 12 años después, está rodeado de uniformes, de policías y militares. También hay sombreros y lentes de sol “fashion” incluso para nuestro tiempo.

Muchos miran a la cámara. Detrás de ella está José María Velasco Maidana, que viene de estrenar su película Wara Wara la semana anterior en el cine-teatro Princesa de la calle Comercio. Su empresa cinematográfica, llamada Urania, se ha comprometido a filmar este magno evento para la posteridad. Casi 100 años después, veo en el despacho de la directora de la Cinemateca Boliviana, Mela Márquez Saleg, los ocho minutos de rodaje (sin editar) que han sido restaurados en el Archivo de Imágenes en Movimiento. El registro histórico estaba en unas latitas de nitrato que el sobrino del cineasta encontrara y donara a la Cinemateca hace años.

Jueves, 16 de enero de 1930. Es feriado civil con cierre de oficinas públicas y privadas y de fábricas. ¿Por qué? Porque Siles así lo ha querido. Don Hernando lleva en el poder exactamente cuatro años y está tratando de cambiar Bolivia. Funda la Contraloría, compra aviones para el flamante Lloyd Aéreo Boliviano (nacido en 1925), inaugura la Academia de Bellas Artes, construye carreteras y ferrocarriles (hacia el oriente). Y también cierra periódicos, exilia a sus oponentes y trata de quedarse en la silla. Todos a la inauguración del “Gran Stadium Presidente Siles”, ordena y manda el presidente. Nota mental uno: el nombre durará poco al principio pues tras el golpe de Carlos Blanco Galindo en mayo de 1930 la cancha pasa a llamarse simplemente Estadio La Paz.

La fecha original de inauguración era el 10 de enero, pero un temporal lo impide. Luego se piensa en el 12 y después en el 15. Llueve, llueve mucho. Siempre llueve en enero. Aunque el “stadium” no está todavía terminado, se inaugura igual. Será una costumbre para las décadas venideras. A la cuarta será la vencida, será el 16, jueves. En la recta de general se ve separaciones de hormigón armado entre las graderías. Es el primer estadio que se construye con cemento en toda Sudamérica. El palco está resguardado por una estructura de madera.

Congelo el fotograma. Los cerros alrededor de Miraflores están pelados. A lo lejos, detrás del arco sur, solo la silueta de la Muela del Diablo confirma que estamos en la ciudad de La Paz. Detrás del arco norte se vislumbra también el convento de las Madres Concepcionistas Franciscanas (sobre la calle Guerrilleros Lanza). Hay casas con tejados estilo norte de Europa que serán derrumbadas o sucumbirán con el tiempo. El resto del paisaje cambiará radicalmente un siglo después.

La película muestra un plano del arquitecto/ingeniero Emilio Villanueva Peñaranda, padre del “stadium”. En lo que hoy es la plaza del Siles con su réplica del monolito Pachamama se habían proyectado una piscina y un gimnasio.

Sobre el terreno de juego, el director de orquesta, el maestro Antonio González Bravo, compositor de cuecas y poeta aymarista, dirige con ademanes parado en un pedestal. En tres años se marchará a enseñar Arte Musical a la Escuela de Warisata con Elizardo y Avelino. A su alrededor están los músicos de las bandas del Ejército, alumnos de los colegios y escuelas fiscales junto a sus estandartes, “pelotaris” de los 16 clubes que conforman la Federación de Pelota Vasca dirigida por Alfredo Mollinedo (también presidente del club Ferroviario) y pugilistas de la Federación de Box con la estrella del momento a la cabeza, Roque Landívar. Por primera vez a las tres de la tarde del 16 enero de 1930 se escucha el Himno oficial de Bolivia en el Siles. En su versión “in extenso”, por supuesto. Nota mental dos: ¿Cuántas veces se habrá entonado el Himno Nacional en este estadio hasta el día de hoy?

Los colegios abren el desfile en la pista del “stadium”. Entran el Nacional Ayacucho, el Nacional Bolívar, el Liceo de señoritas del Venezuela, el Instituto Nacional de Comercio, el colegio La Salle, el San Calixto, el Instituto Americano y el Colegio Alemán. A continuación, las escuelas fiscales: Vicenta Eguino, Juana Azurduy de Padilla, escuela Argentina, Modesta Sanjinés, Lindaura Campero, escuela Brasil, Agustín Aspiazu, Rosendo Gutiérrez, Félix Reyes Ortiz, Evaristo Valle y J. Manuel Indaburu.

Los ayudantes/asistentes de cámara de Velasco Maidana corren hacia el palco. Son Mario Camacho y José Jiménez Uría, este último rodará tres años después el largometraje Hacia la gloria. Está por bendecir el estadio el obispo de la diócesis, Monseñor Augusto Siefffert. Está por hablar, en discurso inaugural, el presidente del Comité Pro Stadium y ministro de Instrucción Pública Emilio Villanueva Peñaranda, el encargado de diseñar y levantar el estadio con frontis de estilo neotiawanacota. Villanueva —socio del club The Strongest— tiene la ciudad toda en la cabeza y la sueña a su manera. Debe ser uno de esos caballeros que rodean al presidente Siles en el fotograma congelado.

“Ha llegado, por fin, el gran día, intensamente deseado, de la inauguración de este gran stadium nacional. El alcance de sus beneficios ha de extenderse a toda la República pues la juventud vive, se educa y se forma física e intelectualmente en esta metrópoli. Hago votos porque salga de aquí la acción gestadora que nos dé una juventud fuerte, física, ética e intelectualmente bien contexturada capaz de encontrar mañana el verbo olímpico de su raza y de hacer el milagro de nuestros gloriosos destinos”. Así habla Villanueva, ante la atenta mirada de Siles.

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Los miembros del Comité Pro-Stadium que rodean al célebre arquitecto aplauden. Son Julio Sanjinés, Daniel Ballón Saravia, José Luis Tejada Sorzano, Aniceto Solares, Juan Pinilla, Julio Téllez Reyes, Julio D. Zavala. La crema y la nata que años después darán nombres a calles, avenidas y plazas de la ciudad. Junto a ellos, el presidente stronguista, Héctor Maldonado y el secretario Víctor Zalles Guerra.

El plano del proyecto del Stadium de La Paz
El plano del proyecto del Stadium de La Paz

Tras la jura ante la bandera nacional, los escolares, deportistas y los nueve equipos de “foot-ball” desfilan ante el palco. Los estudiantes ofrecen los ejercicios de gimnasia en conjunto y de coros que han venido ensayando desde hace días en el propio estadio. El director general de Educación Física, Saturnino Rodríguez, observa todo con atención prusiana desde el palco. No quiere que nada salga mal. Es otro de los hombres misteriosos de nuestra foto.

Junto a él, está un señor con bigotito de la época y pelo engominado hacia atrás. Es nada más y nada menos que Rodolfo Costas Escóbar, el locutor que junto a su hermano Enrique (ambos de Totora, Cochabamba) transmite todo para la flamante Radio Nacional de Bolivia.

Los que no han podido llegar a Miraflores escuchan el magno acontecimiento a través de ocho receptores Atwatter Kent y Crosley (traídos desde Estados Unidos) con altoparlantes instalados por los hermanos Costas en plaza Murillo, en la Pérez Velasco (en la librería La Juventud), en la calle Comercio, plaza Alonso de Mendoza, en los locales del club Ferroviario y en la sede de los periódicos El Diario, La Razón y El Norte.

La planta de transmisión está en la Ceja de El Alto. La radio no tiene ni un año de vida pues ha sido inaugurada en marzo de 1929. Eran “cosas de los Costas”, como se decía en la época.

La transmisión radial del acto
La transmisión radial del acto

Los dos equipos stronguistas (de fútbol y baloncesto) cierran el desfile y saludan con las manos en alto al presidente. Se escuchan los aplausos más fervorosos. Antes han pasado los “foot-ballistas” de Universitario, Nimbles, Bolívar, Rosario Deportivo, Bolway, Strong Players, Northern y Hiska Nacional. Algunos de ellos han urdido una protesta que no llega a buen puerto. Iban a desfilar en traje de civil para manifestar su enojo, pues el gobierno de Siles no ha cumplido con la promesa de liberar los artículos deportivos, proyecto bloqueado en la Cámara de Diputados por la bancada del Partido Republicano en pelea con los “saavedristas”. El sino de la historia de Bolivia es repetirse.

Los estudiantes del Alemán y el Americano copan el césped y compiten en carreras de velocidad de 100 y 75 metros, así como de relevos. El más rápido es Gualberto Saravia del Americano (en chicos) y Lisa Hubert del Alemán (en chicas); en postas, ganan los del Americano. Después en mitad de la cancha, cerca del arco sur, se instala una improvisada cancha de “basket” con dos canastas blancas de madera. Se enfrentan los dos equipos más fuertes de la ciudad: Nimbles Sport Association y el club The Strongest, que viste su tradicional vestimenta negra y amarilla pero con franjas horizontales. El quinteto de Nimbles suena así: Benavente, Atristain, Velasco, Molina y Soria. El gualdinegro, así: Zuazo, Rada, Cisneros, Salvatierra y Pinedo.

Las imágenes muestran la falta de pericia de los “players” y la extraña manera de lanzar las faltas personales a manera de cuchara. Nota mental tres: ahora entiendo porque los “scores” del baloncesto de la época eran tan cortos. El partido termina ocho a cuatro a favor de los blanquinegros de Nimbles.

Se trata de ocho minutos de rodaje sin editar restaurados en el Archivo de Imágenes en Movimiento.
Se trata de ocho minutos de rodaje sin editar restaurados en el Archivo de Imágenes en Movimiento.

Está a punto de arrancar el acto estelar del programa. El video de Velasco Maidana desmiente a los periódicos de la hemeroteca: el estadio no está repleto de público. No llegan a 10.000 privilegiados (cuando el Siles se termine llegará a albergar 20.000 personas). En lo que es hoy la recta de general, hay espacios vacíos. Y las empresas constructoras Ivica Krsul y Christiani & Nielsen no han iniciado aún la construcción de la curva sur, donde hay público de pie detrás del arco que anuncia un precipicio hacia la llamada Avenida de Circunvalación.

Cerca de las cinco de la tarde, el club The Strongest (que viene de ser tetracampeón en la década de los 20) y Universitario se aprestan para jugar el primer partido en la historia del estadio Hernando Siles. Alienados bromean y charlan delante de la cámara. Es la primera vez que veo por imágenes en movimiento a Eduardo “Chato” Reyes Ortiz y su pelada, al férreo zaguero Donato González y su pareja de baile Renato “Choco” Sainz (en cuatro años será tomado preso en Boquerón), al “Negro” Urquizo, a la leyenda Froilán Pinilla, a Rosendo Bullaín, el “centre forward” que morirá peleando en las arenas calientes del Chaco. Ríen nerviosos, estiran las piernas, se abrazan. Todavía no son “tigres” pero ya atacan como fieras.

Los “albos” de Universitario están más relajados, tienen una gigantesca U pintada en el pecho. Congelo la imagen. Jacobo Waisman, el argentino, es el “referee”. Nadie ha reclamado que arbitre hoy después de que el año pasado jugara para las filas del oro y el negro. El “divino pelado” manda más que Siles. No te hagas, presidente.

La tarea de organización del “match” ha sido encomendada al teniente coronel Guillermo González Quint, presidente de La Paz Football Association. Es uno de los militares de la foto. Un señor se encamina al centro y da el “kick off” de la apertura. Corre la película y el señor también lo hace, se va “fuera de campo”. ¿Quién es el caballero que tuvo el honor y privilegio de tocar oficialmente la primera pelota en el primer partido del Siles? Es Emilio Villanueva Peñaranda en el día probablemente más feliz de su vida.

El “eleven” del campeón suena así: Martínez (José Bascón, el arquero pianista está lesionado), Donato González-Miguel Maldonado en la zaga; Estrada (años después la Avenida de Circunvalación del estadio llevará su nombre), Reyes Ortiz y Guillermo Urquizo de medios; Rafael Salvatierra, Pinilla, Bullaín, José Toro y Humberto Barreda. El onceno universitario, así: Ruiz, Velasco-Quintanilla; Montero, Sainz, Beltrán; Saravia, Alborta, Fuentes, Reyes Peñaranada y Aguilar. El capitán es Mario Alborta, apodado el Tigre de Sopocachi, la estrella de un joven club fundado en 1927, tres años antes: el club Bolívar.

El ”match” va a tener juego brusco, como todos los de la época. Las reglas todavía no están claras (como hoy). Los de la U en el pecho han sido reforzados por clubs chicos de la ciudad. El primer gol en la historia del estadio Hernando Siles lo mete —como no podía ser de otra manera— Eduardo “Chato” Reyes Ortiz, el jugador más querido por la hinchada gualdinegra junto a Froilán Pinilla. Corre el minuto siete, faltan tres para las cinco de la tarde. Un “free-kick” potente se cuela en la valla de Ruiz. El segundo gol es de Humberto Barreda a los 18 minutos tras pase magistral de José Rosendo Bullaín. El tercero es de Pinilla (minuto 36) de certero testarazo.

Con tres a cero, un violento choque del arquero Ruiz contra uno de los postes provoca la ruptura de su clavícula. Ni corto ni perezoso, el teniente coronel González Quint sale volando del palco, agarra su motocicleta y traslada al “player” hasta el cercano Hospital Militar, bajando la Avenida de Miraflores (hoy Avenida Saavedra). El zaguero Quintanilla va al arco.

Imágenes de ‘Inauguración del estadio Presidente Hernando Siles’, de José María Velasco Maidana.

En la segunda parte los stronguistas se relajan. Y los “albos” atacan con todo el orgullo herido. Alborta anota el descuento y Saravia mete un gol fantasma que Waisman no concede. Se arma el quilombo. El “referee” expulsa a Alborta que se niega a abandonar la cancha. Entonces el que se va es don Jacobo. El “linesman” Rodrigo convence al árbitro cordobés para regresar al “field”. Alborta se niega por segunda vez. Waisman se va de nuevo. Los de Universitario dejan la cancha también y su hinchada invade el terreno de juego. Cuando el partido se reanuda, el “Chato” mete el cuarto para The Strongest. Algunos periódicos publican al día siguiente que el “score” terminó 3 a 1. Waisman —su palabra es ley— decide que eso acabó 4 a 1.

El presidente Siles y su comitiva de ministros dejan el estadio, toman la avenida Illimani y vuelven a Palacio. Lo acompaña el núcleo duro de su gabinete, encabeza por el canciller de Relaciones Exteriores y Culto, Fabián Vaca Chávez, el ministro de Fomento y Comunicaciones, Manuel Rigoberto Paredes, el ministro de Guerra y Colonización, Fidel Vega y el de Gobierno y Justicia, Guillermo Viscarra. La guerra parece inminente. Los paraguayos contraatacan y están a punto de retomar Boquerón. Faltan dos años para que estalle el conflicto bélico. El fútbol todavía no ha sustituido a las batallas entre hermanos.

El viaje al pasado ha terminado y es para agradecer. Congelo el fotograma.

Texto: Ricardo Bajo Herreras

Fotos: Ricardo Bajo Herreras, tomadas de la película de Velasco Maidana ‘Inauguración del estadio Presidente Hernando Siles’, enero de 1930.

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Lazos de vida

Anthony Hopkins protagoniza esta película biográfica del director británico James Hawes

Por Pedro Susz K.

/ 14 de abril de 2024 / 06:49

El cine británico no atraviesa su mejor momento y Lazos de vida, caprichosa traducción del título original One Life, o sea, “una vida”, no hace otra cosa que ratificar lo dicho, pese a los loables propósitos que llevaron al director James Hawes a develar en esta su opera prima, luego de varias décadas trabajando en serieS y películas para televisión, la historia real de Nicholas Winton (1909/2015) que, por decisión del propio Winton, tampoco había sido divulgada en su propio país hasta que Bárbara, hija de Nicholas, puso en circulación en 2014 la biografía de su papá, texto que a su vez inspiró un par de entregas de “¡Esto es vida!” (Thats Life!), amarillista y mediocre programa de entrevistas televisivas de la BBC, sobre el cual volveré más adelante puesto que cerrando el círculo la película recrea ese par de entregas.

En realidad la película de Hawes está dividida en dos líneas argumentales de un modo tan mecánico que bien puede apreciársela como dos películas biográficas cuyos pedazos se entremezclan de una manera igualmente poco imaginativa, cual si se tratase de algún telefilm o documental de relleno, destinado a la pantalla chica, impregnado eso sí de buenas intenciones y de la entumecida severidad que las reglas mandan cumplir cuando se trata de un asunto tan importante como la segunda guerra mundial. Allí está asimismo la ostentosa recreación de época, no vaya a ser que alguien se distraiga por cualquier detalle fallido, que se despiste por algunos desacertados saltos narrativos o se aburra por la poca garra narrativa de la puesta en imagen, que no pareciera importarle al director.

El relato arranca en 1987 cuando un ya anciano Winton es prácticamente forzado por su esposa a poner algo de orden en la mansión donde viven. En una de las habitaciones, el protagonista conserva miles de hojas de papel y otros recuerdos pasados. Entre ellos cierto maletín en cuyo interior se encuentran fotografías de niños y niñas, así como los documentos de las gestiones que, frente a una hermética burocracia, debió llevar a cabo más de medio siglo atrás, además de un cuaderno conteniendo la minuciosa anotación, por el propio Winton, de lo sucedido en aquella instancia. El descubrimiento lo lleva a recordar aquel episodio de su vida sintiendo nostalgia y al mismo tiempo culpa por haberse limitado, o retrasado, en acciones apuntadas a morigerar los horrores de la conflagración bélica acaecida justamente en los tiempos de los cuales proviene esa suerte de tesoro personal.

Ocurre que la otra línea narrativa recrea la campaña que un joven corredor de bolsa, que se decía socialista, Winton precisamente, emprendió en 1938, en vísperas de la segunda guerra mundial, cuando aprovechando sus vacaciones y debido a los horrores que le refirió un amigo decidió visitar Praga en inminente peligro de ser invadida por las tropas alemanas, las cuales ya habían entrado en Polonia y, se sospechaba, planificaban la ocupación de la entonces capital de la antigua Checoslovaquia.

El cuadro con el que se topó Winton era verdaderamente aterrador. Miles de refugiados hacinados en un gueto de la ciudad sobrevivían apenas en las peores condiciones imaginables. Sobre todo los niños que, aparte de estar expuestos a temperaturas heladas y a la brutalidad de quienes, por un desbocado instinto de supervivencia trataban de salvarse sin importarles el sufrimiento de sus prójimos, carecían de todo alimento para saciar el hambre. En suma, les esperaba una muerte segura debido a la implacable política de limpieza étnica llevada a cabo por las huestes hitlerianas. Entonces Winton, luego de regresar a Londres y contando con el decidido apoyo de Babete, su madre, resolvió poner en marcha el proyecto humanitario: Comité Británico para los Refugiados de Checoslovaquia.

Sobre todo Winton se sintió responsable de intentar salvar a la mayor cantidad posible de niños, empeño que concretó organizando el transporte de aquellos a bordo de trenes. Ocho viajes permitieron trasladar 669 pequeños, casi todos huérfanos, hacia Gran Bretaña, el noveno resultó fallido cuando se declaró oficialmente la guerra. Y aquella frustración quedó anclada en la memoria del protagonista, empujándolo a pensar que pudo no haber hecho lo suficiente para impedirla. 

Lo escabroso de la tarea de rescate no se limitaba por cierto al esfuerzo para conseguir el medio de transporte. Las autoridades migratorias británicas, nada interesadas en guarecer a esos exiliados, impusieron una absurda serie de reglas: para dejar entrar a los recién llegados el referido Comité debía gestionar la visa oficial para cada uno de ellos, amén de convencer a una familia de acogida obligada a certificar por escrito su consentimiento, y, por último, pagar 50 libras esterlinas, equivalentes a unos 10.000 dólares actuales, por cada refugiado, lo cual obligó a Winton y sus amigos a emprender trabajosas gestiones para recaudar los fondos. Y según se sabe, incluso salvados tales requisitos tampoco escasearon los actos discriminatorios contra aquellos nenes, a muchos de los cuales Churchill encarceló y finalmente obligó a incorporarse a las tropas británicas.

Anecdóticamente, a manera de una suerte de tardía mea culpa protocolar por aquellas inadmisibles torpezas, en 2002 Isabel II confirió a Winton el título de Caballero. Menos mal la película de Hawes no incluyó tal vergonzoso gesto de encubrimiento por el  venido a menos imperio de otrora entre las escenas de Lazos de vida. Dicha omisión se torna empero asimismo sospechosa, teniendo presente las actuales insensibles políticas británicas de cara a los angustiosos intentos migratorios de miles de fugados de sus respectivos países, africanos sobre todo, escapando de matanzas y de inaguantables condiciones de vida.

Volviendo empero al relato. Agotada la trivial recreación de los afanes del joven Winton, que pone el acento sobre todo en los referidos forcejeos burocráticos y en las incansables gestiones de Babete, sin conseguir profundizar adecuadamente en el sufrimiento de las víctimas a las cuales se intentaba mantener vivas, puesto que a Hawes se le antoja suficiente una convencional, distante, puesta en imagen, apelando a una fotografía de igual manera insípida y a una banda sonora atenida a las recetas más sobadas para acentuar la emotividad de ciertas escenas y estrujar los lagrimales del respetable, sin conseguir empero ahondar de verdad en la tragedia que se muestra, el relato da un nuevo salto temporal de los múltiples frecuentados para transitar del pasado al presente y viceversa, reenfocándose en las reacciones de Winton al  toparse en su memoria con lo acaecido medio siglo atrás.

Sin saber exactamente cómo proceder con el contenido del maletín, le presenta, por si acaso,  la documentación al director del periódico de la ciudad, sin que este muestre el menor atisbo de interés. Más adelante se la hace conocer a Betsy Maxwell, la esposa gala de Robert Maxwell, potentado financiero, propietario de varios medios y responsable de un sonado fraude. Quizás debido a sus raíces checas Maxwell sí cree que se trata de material valioso, sobre todo debido a la ignorancia generalizada entre la población inglesa, incluyendo a los entonces ya maduros sobrevivientes del Holocausto gracias a Winton, el protagonismo de este en aquel episodio.

Semejante desconocimiento se debió, quedó anotado, a la propia reticencia de Winton a divulgar dicho rol, reserva finalmente superada, puede inferirse, debido al hecho de que en el momento cuando desentierra, por así decirlo, aquel tesoro, eventos muy parecidos al que vivió en Praga vuelven a acaecer en varias latitudes del mundo. Pero él, que podía haber aportado a superar, así fuese en alguna medida la precariedad dramática de Lazos de vida queda tímidamente sugerido por Hawes, desperdiciando así otro de los varios insumos que se le escapan, ocupado como está en machacar sobre las, ya colacionadas, reiterativas vueltas a los encontronazos de Winton y su madre con los burócratas.

Y si la película no acaba hundida en el fracaso total es gracias, principalmente,  a que Anthony Hopkins se apropia desde su creíble corporización del protagonista muy entrado en años de la responsabilidad de mejorar la contextura narrativa. Sobre todo en las escenas inspiradas, como se dijo, en el programa de entrevistas televisivas difundido por la BBC. En el primero se ve a Hopkins/Winton confundido entre el público, donde asimismo están algunos de aquellos 669 niños, para entonces ya mayores, que pudieron continuar con vida gracias a la más que encomiable iniciativa de aquel. En la segunda de las transmisiones todos los asistentes, recién enterados de la hazaña de Winton, puesto que ciertamente lo fue, pertenecen a dicho grupo, como a su vez recién se enterará aquel, sin que el sentido reencuentro disipe su creencia de que pudo haber hecho más.

Por cierto mucho más pudieron haber hecho Hawes y los guionistas Coxon y  Drake con una historia potencialmente llena de emotividad y otros filones pasados por alto en el tratamiento, más parecido al de un telefilm rutinario que al de un trabajo destinado a la pantalla grande. Son inocultables las influencias sobre Lazos de vida de La lista de Schindler (1993) de Steven Spielberg aunque son igualmente indisimulables las diferencias con esta última, uno de los emprendimientos más valorables en la filmografía de Spielberg. Ello vuelve a dejar al descubierto que el tema abordado en una película no sirve por sí solo para hacer de esa realización un producto elogiable, importa, en igual medida, el cómo se lo traslada del papel, o la idea,  al relato audiovisual. Y desde luego, las buenas intenciones son lo último que pesa a la hora de ponderar un film.

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Ya se aludió a la chatura del estilo fotográfico y de la banda sonora. En cuanto al desempeño actoral también quedó puntualizado el de Hopkins, quien se desembaraza del encargo sin gran esfuerzo pero con la solvencia conocida. Y merece un apunte especial Helena Bonham Carter en el rol de Babete, o Babi como le dice su hijo, una de las mayores figuras puestas a consideración del espectador por el cine del Reino Unido de un buen tiempo a esta parte, sobre todo a partir de su papel protagónico en Alicia en el país de maravillas (Tim Burton/2010).  El resto sobreactúa debido a la impostada manera de recitar las casi siempre demasiado pedestres o extensas parrafadas del endeble guion. Otro de los síntomas, en definitiva, de la adhesión de Hawes al envarado estilo socorrido con obsesiva insistencia sobre todo en filmes enfocados sobre eventos bélicos, en otros géneros también claro, que confunde seriedad con solemnidad y almidonado.

Ficha Técnica 

Título Original: One Life – Dirección: James Hawes – Guion: Lucinda Coxon, Nick Drake – Libro: Barbara Winton – Fotografía: Zac Nicholson – Montaje: Lucia Zucchetti – Diseño: Christina Moore – Arte: Jan Kalous, Aline Leonello, Jo White – Música: Volker Bertelmann – Efectos: Chris Reynolds, Ryan Spike Dauner, Sarah Dicks, Peter Elton, David Fowler – Producción: Katherine Bridle, Emile Sherman, Iain Canning, Joel Stokes, Barbara Winton, Eva Yates, Nicky Earnshaw, Simon Gillis – Intérpretes:  Anthony Hopkins, Lena Olin, Johnny Flynn, Helena Bonham Carter, Michael Gould,  Tim Steed, Matilda Thorpe,  Daniel Brown, Alex Sharp, Jirí Simek, Romola Garai, Barbora Váchová, Juliana Moska, Jolana Jirotková, Michal Skach, Samuel Himal, Matej Karas,  Ella Novakova – INGLATERRA/2023

Texto: Pedro Susz K.

Fotos: Internet

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‘Momo’ y ‘La historia interminable’ de Michael Ende, una oda a la imaginación

La Embajada de Alemania en Bolivia celebra este abril la vida y obra del escritor. Isabel Mesa Gisbert reseña el trabajo del autor

Michael Ende – Vida y obra en textos e imágenes’ es la muestra en el Espacio Patiño.

Por Isabel Mesa Gisbert

/ 14 de abril de 2024 / 06:39

Michael Ende nació en Garmisch-Partenkirchen en 1929 y murió en Filderstadt en 1995. Su madre, Luise Bartholomä, fue fisioterapeuta; su padre, Edgar Ende, fue un pintor surrealista muy reconocido en los años 30. Es un hecho que su obra tuvo mucha influencia en los escritos de Michael, incluso uno de sus libros lleva ilustraciones de las pinturas del padre.

La publicación de su primera novela infantil Jim Botón y Lucas el maquinista fue rechazada por varias editoriales con el argumento de que era muy larga para niños. Finalmente, en 1960 la novela salió publicada en dos partes y ganó el Premio de Literatura Infantil de Alemania. Ese fue el inicio de la carrera literaria de Michael Ende, cuyas obras han sido traducidas a más de 40 idiomas con 35 millones de copias vendidas.

Su literatura ha sido calificada como una mezcla surrealista de realidad y fantasía. Los cuentos infantiles más conocidos de Ende son Tranquila Tragaleguas (1972), Norberto Nucagorda (1984), La sopera y el cazo (1990), El secreto de Lena (1991), El osito de peluche y los animales (1993) y La escuela de magia (1994). Pero sus verdaderos éxitos fueron Momo, publicada en 1972 y reconocida en 1974 con el Premio de Literatura Juvenil de Alemania; y La historia interminable (1979), que recibió el premio de literatura Janusz Korczak.

Momo trata de una niña huérfana de unos 12 años que vive en la parte baja de las ruinas de un pequeño anfiteatro ubicado en la zona más pobre de una ciudad. Momo sabe escuchar a los demás, y ayuda a resolver los problemas de los vecinos, así como enseña a los niños a jugar sin juguetes, simplemente creando historias.

Un día unos hombres grises ingresan sigilosamente a la ciudad con el objetivo de robar el tiempo a sus habitantes: los convencen de depositarlo en una “caja de ahorros del tiempo”. Así logran que la armoniosa amistad que reina en el barrio se torne en egoísmos, prisas y en una vida totalmente solitaria, porque cada uno comienza a vivir pendiente del tiempo que gasta.

El gran inconveniente de los hombres grises es Momo, quien no necesita ahorrar el tiempo. Cuando un hombre gris la visita, en lugar de caer ella en la trampa, es él quien termina contando todos sus planes a alguien que sabe escuchar.

Momo es una de esas obras capaces de construir mundos de fantasía en la imaginación creando una mitología propia con los elementos del tiempo. Ende juega con la posibilidad de que lo onírico forme parte de la realidad. El encuentro de Momo con el dueño del tiempo, el señor Hora, las flores mágicas y la acción de seres fantásticos siembran la duda en el propio lector, que se identifica con un personaje sencillo y real que vive lo irreal para convertirse en héroe.

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A partir de ese mundo surrealista mezclado con fantasía, Ende hace una crítica a la sociedad de consumo, al apego a lo material que incluso se da a costa de las relaciones de amistad y a la educación, entre otras cosas. Reflexiona sobre la vida haciendo énfasis en que la prisa en las ciudades, el cumplimiento de obligaciones diarias y el deseo de tener más y más deshumanizan a las personas y las convierten en seres incapaces de pensar y sentir.

La historia interminable es la obra magna de Ende. Construye un mundo sin fronteras en el que la imaginación y la fantasía son los únicos límites para que las cosas existan en la mente de los lectores.

En una tienda de libros antiguos, Bastian roba uno cuyo título es La historia interminable. Gordito y poco agraciado —que no destaca ni en las materias ni en el deporte, y que sólo ama leer— el pequeño ladrón sufre burlas en el colegio y por eso escapa de clases: refugiado en el desván, comienza a leer.

El autor nació el 12 de noviembre de 1929 en Garmisch- Partenkirchen y murió el 28 de agosto de 1995 en Filderstadt.

La historia interminable, el libro dentro de nuestro libro que empieza a leer Bastian, tiene como escenario el reino de Fantasía donde está ocurriendo algo extraño: una fuerza de atracción irresistible absorbe pedazos del paisaje e incluso partes de sus habitantes. En su lugar queda nada. No es un hueco ni un abismo, es la NADA. Y esta afección que asola a Fantasía tiene relación con la agonía de la emperatriz infantil, soberana del reino. Ella debe sanar para que Fantasía no desaparezca. Por eso el joven guerrero Atreyu recibe la misión de buscar la cura. Después de vencer difíciles obstáculos, se da cuenta de que será imposible hallarla, pues es un ser humano el único que puede salvar a la emperatriz y a Fantasía. Es entonces cuando la caja china vuelve a abrirse para insertar un nuevo relato dentro del libro de nuestro propio libro. Bastian, cada vez más sumido en la historia, es invitado por los diálogos entre Atreyu y la emperatriz a ser parte de la misma, pues es él quien, dándole un nuevo nombre a la emperatriz, salvará a Fantasía.

Fantasía es un mundo de seres irreales. Ogros, trolls, silfos, princesas, hadas, centauros, dragones, magos y todo lo imaginable habita en este reino que existe de forma simultánea al mundo de los humanos. Son ellos quienes lo mantienen vivo a partir de la creación de historias fantásticas en la mente. Cuando esto ocurre, Fantasía crece y vive mejor. Y aquí Ende vuelve a hacer la misma crítica que hace en Momo: cada vez se vive más de prisa y casi no hay tiempo para la creación de cuentos y relatos. Fantasía se va disolviendo en una NADA que, como un boomerang, también da origen a un daño irreversible en nuestro planeta.

Michael Ende fue un autor que revolucionó la literatura infantil en el siglo XX y la reivindicó en su concepto de literatura como tal. Su obra es, sin duda, una oda a la imaginación y a lo que yo, personalmente, espero de la literatura infantil o juvenil: poder leerla por el simple placer de disfrutar de ella.

Texto: Isabel Mesa Gisbert

Fotos: del legado particular de Michael Ende, Stiftung Internationale Jugendbibliothek @ Legado de Michael Ende, representado por: AVA international GmbH

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Coyotl Taquería: Los sabores de México, en Achumani

Coyotl Taquería, emprendimiento que nació con el formato de ghost kitchen en septiembre de 2021 y que desde el 15 de marzo de este año.

Por Fernando Cervantes

/ 14 de abril de 2024 / 06:27

Crónicas gastronómicas

Adriana y Gonzalo Vargas son dos hermanos nacidos en Tucson, Arizona (Estados Unidos), distante a solamente una hora y media de Sonora, estado mexicano que, con sus padres de origen boliviano, solían visitar frecuentemente, introduciéndose de esta manera en la cultura y gastronomía mexicana desde muy temprana edad.

Actualmente, ambos están a cargo de Coyotl Taquería, emprendimiento que nació con el formato de ghost kitchen en septiembre de 2021 y que desde el 15 de marzo de este año, tiene un cálido espacio abierto al público en la meseta de Achumani, en La Paz.

Adriana —de profesión ingeniera industrial y con una maestría en administración de empresas— es quien se encarga de las finanzas y administración del establecimiento y Gonzalo —con estudios culinarios en Argentina, prácticas en España en establecimientos con varias estrellas Michelín y una amplia experiencia laboral en renombrados hoteles y restaurantes de Buenos Aires, Ciudad de México y también Nueva York — es quien está a cargo de la cocina.

En su acotada pero bien lograda carta se puede encontrar delicias como los tacos de birria (tres tacos de carne de res adobada, tortilla de maíz, cebolla, cilantro, limón, salsa macha, salsa roja y salsa verde), la quesabirria (tres quesadillas de carne de res adobada, quesillo, tortilla de maíz, cebolla, cilantro, limón, salsa macha, salsa roja y salsa verde) o un consomé de birria a base de caldo de carne picada, cebolla y cilantro.

La carta también ofrece los clásicos chips con guacamole (totopos y guacamole de la casa) y los tacos de carnitas (tres tacos de carne de cerdo confitada, tortilla de maíz, cebolla, cilantro, limón, rajas en escabeche, salsa roja y salsa verde, a los que también se les puede agregar guacamole).

Para tomar se puede elegir entre la horchata (agua fresca a base de arroz, leche y canela) o la jamaica (a base de flor de Jamaica), que vienen tanto en botella como en vaso.

Algo muy importante de destacar es que este restaurante utiliza envases biodegradables y compostables para su entrega de pedidos por delivery.

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Adriana y Gonzalo Vargas han creado este restaurante con los sabores de México.

Coyotl Taquería

  • Dirección: Av. Julio Méndez Nº 108, entre calles 2 y 3, Meseta de Achumani
  • Teléfono: 77268674
  • Producto estrella: Quesabirrias
  • Rango de precios: Bs 20-50
  • Horario de atención: Jueves a sábado de 12.00 a 15.00 y de 18.00 a 22.00, domingo de 12.00 a 15.00 y de 18.00 a 21.00
  • Estacionamiento propio: No

Contáctenos: Fernando  recomienda, Fernandorecomienda @fernandorecomienda ,Correo: [email protected]

Texto y Fotos: Fernando Cervantes

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Videoteca Barbarroja: La utopía realizada

24 años tiene el archivo que fue creado para la promoción del Nuevo Cine Latinoamericano

Por Jorge Barrón Díaz

/ 14 de abril de 2024 / 06:19

En este 24 aniversario de la Videoteca Barbarroja, en un momento de profunda reflexión y a modo de escribir una crónica, deseo compartir la experiencia de un nacimiento y la vivencia de la utopía realizada.

Es el convencimiento del poder de las imágenes para concientizar en nuestros pueblos la necesidad de transformar y construir una nueva sociedad, justa y solidaria.

Como resultado de compromisos personales y colectivos, mujeres y hombres que buscamos hacer realidad nuestros sueños y utopías a través del cine, tomamos la cita del cineasta Miguel Littín: “América Latina es la tierra del mañana. Tiene que ser conocida a través de sus alegrías y de sus dolores. Y para ello los filmes son los mejores mensajeros” y echamos a andar las tareas del nuevo proyecto para contribuir en la construcción de un país con identidad, profundos valores históricos y culturales.

La Videoteca Barbarroja ha impulsado diferentes eventos de promoción de su archivo.
La Videoteca Barbarroja ha impulsado diferentes eventos de promoción de su archivo.

Nuestro nacimiento

En una tarde lluviosa, el 24 de marzo de 2000 en Chuquiago Marka (La Paz, Bolivia), a iniciativa de Santiago Feliú, Consejero Político de la Embajada de Cuba en Bolivia en aquella época, fuimos convocados a la legación diplomática algunos amigos de la solidaridad con Cuba para la proyección de un documental inédito sobre un comandante de la Revolución cubana.

Los invitados de Feliu para aquella sesión, éramos Jorge Sanjinés, Lorgio Vaca, Beatriz Palacios (+), Rosario Pino y Yolotzin Gómez, todos ligados al ámbito del cine y la cultura.

Al finalizar la proyección del documental, todos quedamos impresionados con la historia del personaje, es cuando Feliú plantea la necesidad y urgencia de construir una videoteca que se dedicara a la promoción y difusión del Nuevo Cine Latinoamericano en Bolivia, con el apoyo del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y el gobierno revolucionario de Cuba.

Después de un intercambio de opiniones sobre la viabilidad del proyecto, la consideración de aspectos técnicos, administrativos y logísticos para el funcionamiento de la videoteca y nuestro compromiso militante de apoyar la iniciativa desde nuestras trincheras, se procede a la creación formal de la videoteca.

Nuestro nombre, nuestra identidad

El nombre de Videoteca Barbarroja lo propuso Santiago Feliú en homenaje al comandante de la Revolución Manuel Piñeiro Losada, conocido como Barbarroja en la guerra de guerrillas de la Sierra Maestra, en el ingreso de los barbudos a La Habana al triunfo de la Revolución cubana y en las tareas internacionalistas de Cuba en América Latina y el mundo.

Es un reconocimiento al comandante Barbarroja por su inmensa labor de apoyo decidido a las causas justas de los pueblos del mundo, por su liberación y por los ideales más nobles que él profesaba como un seguidor de Ernesto Che Guevara.

Nuevo Cine Latinoamericano

El Nuevo Cine Latinoamericano fue un movimiento cinematográfico surgido en América Latina en la década de los 60, que se proponía terminar con los paradigmas del cine comercial, inventando otros lenguajes, utilizando la improvisación, la experimentación, el conocimiento de los ritmos internos del pueblo y la captación de su cultura más allá de los estudios, que suponían por sí mismas un valor estético y artístico espectaculares.

Además, en la visión de los realizadores del nuevo cine en un continente que lucha por su liberación, el cine revolucionario que proponían deberá ser antiimperialista por razones ideológicas y, en consecuencia, desempeñar una labor de denuncia, de clarificación, de rescate y así contribuir a la toma de conciencia sobre las culturas nacionales a la par que participan en ellas contribuyendo a su desarrollo; a este proceso Jorge Sanjinés y el grupo Ukamau denominarán: teoría y práctica de un cine junto al pueblo.

Caminante no hay camino, se hace camino al andar

Este espacio cultural de reflexión y discusión, dedicado a la promoción y difusión del Nuevo Cine Latinoamericano, inicia sus actividades al estilo de los grandes realizadores, muchas ideas y compromiso político con la realidad de nuestro país.

Con un reproductor y los primeros videos en formato VHS y Beta donados por sus creadores, presentamos en Sucre el primer ciclo “Clásicos del Cine Cubano” en el Festival Internacional de la Cultura en septiembre de 2000 con mucho éxito.

La dinámica que caracteriza estas presentaciones son las del cine-foro, con breves charlas sobre la obra del director, la sinopsis, la ficha técnica, la proyección de la película y, para finalizar la sesión, un debate abierto al público.

De esta forma, en todos estos años acercamos al público en general y a los jóvenes en particular a la filmografía de Tomás Gutiérrez Alea (Cuba), Jorge Sanjinés (Bolivia), Fernando Birri (Argentina), Glauber Rocha (Brasil), Santiago Álvarez (Cuba), Paul Leduc (México), Miguel Littín (Chile), Fernando Solanas (Argentina), Humberto Solás (Cuba), Ruy Guerra (Brasil),  Víctor Gaviria (Colombia), Fernando Pérez (Cuba), Francisco Lombardi (Perú), Héctor Babenco (Brasil), José Campanella (Argentina), Arturo Ripstein (México), Juan Carlos Tabio (Cuba), Verónica Córdova (Bolivia), Sergio Cabrera (Colombia), Montxo Armendariz (México) y otros realizadores latinoamericanos.

El camino recorrido y los nuevos desafíos

La Videoteca Barbarroja, en este aniversario, tiene su archivo filmográfico totalmente digitalizado con más de 2.500 títulos de películas y documentales, afiches, fotos, fichas técnicas, libros y revistas del Nuevo Cine Latinoamericano, las películas fundamentales del maestro Jorge Sanjinés, los documentales de Jorge Ruiz y una sección especial con la filmografía sobre Ernesto Che Guevara, quizá la más completa del mundo en la actualidad.

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Desde el inicio de nuestras actividades, hemos presentado ciclos de cine en Vallegrande y La Higuera en homenaje al Che Guevara y en los últimos 10 años hemos presentado programas de cine latinoamericano en la TV, ahora mismo tenemos un programa mensual en ATB.

En esta nueva etapa continuaremos participando en festivales internacionales, realizando ciclos de cine, talleres de realización cinematográfica y formación de públicos en los nueve departamentos del país y países hermanos, para promover la amistad, la integración y la solidaridad entre los pueblos de la Patria Grande.

Asimismo, la incorporación de las nuevas tecnologías, la interactividad con las redes sociales, la construcción de nuestra propia infraestructura, la producción de programas para la televisión, la creación de un canal de TV cultural y la publicación de un catálogo sobre la filmografía del Che son los nuevos desafíos de la Videoteca Barbarroja en la hora presente.

Texto: Jorge Barrón Díaz

Fotos: Videoteca Barbaroja

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