Los cineclubs están de regreso. O tal vez jamás se fueron. No hay ciudad boliviana que no tenga uno. O más. En La Paz son (al menos) más de media docena: el Sopocachi CineClub (de Carlos Martínez y Laura Villarroel), el Elipsis de la Cinemateca Boliviana, el Cineclubcito Boliviano (de Diego Mondaca y Ricardo Dávalos), el Ruway (de Carmiña Dubrelka García), el Cine Foro Club Jorge Ruiz (gestionado por Richard Sánchez en el Hotel Torino), el de la Casa Municipal de El Tejar (de Boris Caldera), el cineclub Horizonte y La Vertiente (de la realizadora/montajista Daniela Anze y Luciano Canova, que funciona en el Malabar de la calle México). Con la pandemia, algunos —como el Cineclub Espejo— se quedaron por el camino.

En Cochabamba funcionan —al menos— La Casa Roja (gestionada por Esperanza Eyzaguirre), el Cineclub Jorge Sanjinés y el Cineclub Luis Espinal. En Sucre, el Cineclub Tercer Ojo, La Linterna Cineclub y el Teixidó que proyecta en el coqueto Cine Magnus de la carrera de Comunicación Social de la Universidad San Francisco Xavier. En Tarija, el Chinatown Cineclub (de Franco Figueroa). Y en Santa Cruz, el Patio Club (gestionado por Yashira Jordán). Todos (casi) tienen una media de 40 espectadores por sesión.

En tiempos de “streaming”, consumo de películas en la soledad del hogar y avasallantes estrenos comerciales de superproducciones de Hollywood, resucita el cineclub y la necesidad/ganas de verse y juntarse alrededor de una película. Y charlar. Y debatir.

Sopocachi CineClub (Museo Inés Córdova Gil Imaná).

El cineclub es hijo de la Bolivia de los años 50. Luego fue poco a poco extinguiéndose en las dictaduras de los 60 y 70. Volvió en los 80 con la democracia, languideció en los 90 con la llegada de las tiendas de VHS y acabó muriendo a inicios de este siglo con las multisalas y Netflix. Ahora experimenta una nueva/pequeña resurrección con la apertura de una docena de cineclubs por todo el país, especialmente en La Paz.

Pedro Susz, crítico y exdirector de la Cinemateca Boliviana, fue uno de esos changos que acudía al primer cineclub que nació en La Paz: el Luminaria del Cine Teatro 16 de Julio. Luego llegó el Cineclub Universitario y luego el Cineclub La Paz. “Nacieron en un momento en el cual recién cobraba fuerza la constatación, aquí, de que el cine no era un mero pasatiempo. La llegada de Lucho Espinal y Renzo Cotta, aparte del impulso que le dio Amalia Gallardo a la filial boliviana de la Organización Católica Internacional del Cine, la OCIC, contribuyeron a ese momento de inflexión”.

Por aquel cineclub Luminaria de los 50 andaba también Marcelo Quiroga Santa Cruz. Muchos de los que pasaron por aquellos cineclubs de antaño se animaron a hacer cine después, como Susz, Quiroga Santa Cruz, Jorge Sanjinés y Alfonso Gumucio, entre otros.

Cineclub Elipsis (Cinemateca)

“Esos centros jugaron un importantísimo papel en el tiempo en el cual el Nuevo Cine Latinoamericano sostenía enfáticamente que el cine era un arma: Glauber Rocha, Solanas y Getino, Littin, los realizadores cubanos y por supuesto Sanjinés exponían variantes de esa tesis”, recuerda Pedro Susz quien no se olvida del componente ideológico/cultural que favoreció la primera desaparición de los cineclubs: “Murieron en el tiempo de las dictaduras, cuando el inminente advenimiento del socialismo como se profesaba en el momento histórico que parió el Nuevo Cine Latinoamericano, quedó desmentido de hecho, coincidiendo con la ofensiva de la industria del entretenimiento (Hollywood parte de ella) y la Tv atiborrada de películas y series  ‘made in USA’ jugaron un rol preponderante en la arremetida ideológica de los años 70. Hoy pareciera haber un renacimiento aparejado al giro de la producción local que intenta volver sobre los pasos de Ruíz, Sanjinés y Oscar Soria para replantear las heridas todavía abiertas en la construcción de una identidad propia”.

En los cineclubs de hoy en día se pasan películas que no llegan al circuito comercial, ciclos de cine diferente al hegemónico, clásicos revisitados y obras de autores bolivianos que son vetados por las abusivas multisalas. El Cineclubcito Boliviano es uno de ellos. Es gestionado por el cineasta Diego Mondaca y Ricardo Dávalos. Inició sus actividades en 2016 y funciona actualmente en seis ciudades: La Paz, El Alto, Cochabamba, Santa Cruz, Sucre y Tarija. Lo hace en espacios culturales autogestionados (como la gran mayoría de cineclubs en Bolivia) como Efímera y Malabar 1783 (La Paz); Wayna Tambo, Waliki y Cineteca Trono (El Alto); librería Trapezio, Kiosko, Museo Altillo Beni, La Federal y Casa Carmencita (de Santa Cruz); El Contenedor, La Libre, Martadero e Icrea (de Cochabamba); Casa Creart y Caretas (de Tarija); y Takubamba, Contrapunto y LIBRE-ria (Sucre). Son las “trincheras amigas” (Mondaca dixit).

Cine Foro Club Jorge Ruiz (Hotel Torino).

El director de Ciudadela y Chaco cree que la fuerza y constancia de un cineclub está en su capacidad de tejer redes y establecer alianzas. “Logramos la fuerza de nuestro proyecto —fundado junto a Isabel Collazos y Diego Luque— gracias a distintas manos y voluntades; articulamos una comunidad en torno al cine”.

Mondaca observa, no obstante, miradas de desconfianza o desprecio hacia los cineclubs: “no se dan cuenta algunos que estos son los más importantes para sostener y refrescar un dinamismo en torno el cine, son lo que Edgardo Cozarinski llama “palacios plebeyos”. El cineclubismo es algo que tiene la esencia de reunir y debatir, compartir novedades o revisar clásicos desde otras miradas en contextos actuales. El cineclub habilita condiciones que ayudan a la reunión y generación de una masa crítica, diversa y dinámica”.

Las películas que escoge el Cineclubcito deben tener la potencia de general un diálogo, una resonancia en los contextos bolivianos. “A partir de ese primer criterio, estamos muy atentos a hacer circular películas qué, antes que nada, nos ayuden a imaginar nuestra contemporaneidad; películas que permitan o inviten a nuestros públicos a imaginar e intuir el fondo paradójico y maravilloso de nuestro tiempo. Nos preguntamos: ¿cómo se verá esta o aquella película en Santa Cruz, o en el Alto o en la zona sur de Cochabamba? Ahí está la dimensión política de nuestra programación y, también la capacidad del cine (como espacio de proyección) de complicar y deconstruir las relaciones de fuerza y dimensiones del poder establecidos como la dejadez y desatención de entidades de Estado o privadas, las plataformas de streaming o las multisalas”, dice Mondaca.

El Sopocachi CineClub también nació en 2016. Fundado por Carlos Martínez y Laura Villlarroel Rojas (docente de Historia del Arte en la UMSA) ha pasado ya por varias sedes. Arrancó en uno de los auditorios de la Facultad de Arquitectura de la UMSA, pasó al auditorio del CIS (Centro de Investigación Sociológicas) y la Cinemateca Boliviana y actualmente (desde este 2023) se trasladó a la Casa Museo Inés Córdova-Gil Imaná de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia.

Martínez formó parte también durante su etapa universitaria del cineclub de la UPSA en Santa Cruz. “La idea de emular aquel mítico cine foro de Luis Espinal del cual mi padre me hablaba siempre ha estado. En 2016 casi no había una actividad así en La Paz y nos parecía raro; es como que falten bibliotecas o cafés en la ciudad, así de raro, o sea un espacio donde ver películas de cualquier época y hablar de manera divertida, seria y enriquecedora. Nuestro principal aporte es la generación de masa crítica desde la curiosidad y estimular la creación original y experimental”.

Afiches de diferentes ciclos en cineclubs.
Afiches de diferentes ciclos en cineclubs.

El fundador del Sopocachi CineClub lamenta la “terrible ignorancia de los administradores del Estado, esta ignorancia les priva a ellos principalmente de la sensibilidad necesaria para entender que un pueblo culto va a ejercer su libertad para mejorar todos los aspectos del bienestar de la sociedad en la que se desenvuelve. Entonces en su estupidez deciden que la cultura no es para nada importante o que se reduce a algunas curiosidades folklóricas. Esta falta de sensibilidad y de pasión se transmite de los educadores burócratas al resto de la población, entonces la gente desconoce que existen alternativas para ver y habitar el mundo, y este parece ser el círculo vicioso”.

Martínez también hace mea culpa y autocrítica: “debemos admitir que nuestra actividad no ha logrado el impacto que se espera, en especial con la fidelidad del público. Entonces en este punto es que nos debemos replantear estrategias para llegar a más audiencia, porque vemos que la gente si está dispuesta a ir al cine y gastar dinero en ello (multisalas), pero no logra hacer ‘click’ con la propuesta del cineclub que es justamente una alternativa diferente y enriquecedora”.

El Espacio Sociocultural Ruway (gestionado por Carmiña Dubrelka García Fernández) realiza tareas de cineclub desde 2012 con un intervalo de suspensión entre 2016 y 2019. Lo hicieron primero en la zona del Tejar con estudiantes de quinto y sexto de secundaria en la Casa Distrital Héroes del Pacífico (hoy Jiwasa) y luego con público abierto junto a estudiantes de Antropología de la UMSA.

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“El cine club es un espacio rico para abrir horizontes dialógicos, el visionado de una obra nos permite dialogar y conocer el/la director/a desde diferentes aristas, más allá de decir si la película fue buena o mala. Este ejercicio también permite salir de los circuitos de lo comercial o ver lo comercial desde otras perspectivas.  Desde el ámbito público tendríamos que contar con la liberación de las patentes o la regulación de la exhibición en salas pequeñas”, dice Carmiña quien también pone el dedo en la llaga: la falta de perseverancia.

Uno de los últimos cineclubs que se ha sumado a este pequeño reverdecer es el Elipsis que funciona en la Cinemateca Boliviana (todos los viernes a las 19.00). Son dos chicas y tres chicos: Mayumi Silva Troche, Mariana Uscamaita, Ruby Calvetti, Mauricio Daniel Pazo Montano y Mario Alejandro Gómez. Tienen dos años de proyecciones y arrancaron tras la pandemia por el deseo de compartir, disfrutar y discutir películas en grupo.

Cineclubcito en Sucre
Cineclubcito en Sucre

“El cineclub nos permite conocer nuevos mundos a través del arte y estas experiencias deben estar abiertas a todos. Además, es esencial no perder la experiencia de ir al cine y ver películas entre varios y poder discutir las propuestas que nos brindan los filmes y construirnos a partir de estas discusiones. En Bolivia es muy importante la formación de un público crítico y que permita el desarrollo del arte en nuestro contexto. Definitivamente hay público, pero hay que crear estrategias que se apliquen en nuestro medio para que funcionen, estrategias que deben trabajarse dentro de las políticas culturales, dice “Mayu” Silva.

El cineclub Elipsis, a través de las redes sociales y grupos de Whatsapp, elige los ciclos, directores y géneros a petición de su audiencia fiel. Este mes de diciembre realizará una encuesta en Instagram para seleccionar los ciclos de películas para 2024.

Uno de esos tantos cineclubs que desaparecieron fue el Cineclub Espejo de Sopocachi. Duró año y medio entre 2016 y 2017. Uno de sus asiduos, el cinesta Juan Álvarez-Durán se confiesa: “convocar público es complejo y con el ‘streaming’ hemos perdido el gusto por conversar sobre las películas que vemos. Ahora apretamos un botón para pausar la película, hablamos por Whatsapp y después seguimos a buscar comida”.

El Cineclub Espejo pasaba vistas previas de trabajos de realizadores bolivianos como Miguel Hilari, cine independiente latinoamericano y obras de muestras como el Feciso (Festival de Cine Social y Antisocial) de Chile, el Muta (Festival Internacional de Apropiación Audiovisual) de Perú y albergó lo que sería después el Festival de Cine Radical. “Cuando estuvo el director argentino Lisandro Alonso, la Casa Espejo reventaba, pero cuando pasamos La hamaca paraguaya de Paz Encina estábamos cuatro gatos”, recuerda Álvarez-Durán.

Los cineclubs no nacen ni mueren. Tampoco resucitan. Existirán siempre que un grupo de personas sienta la necesidad de salir de la casa, juntarse con otra gente, encerrarse en una sala oscura y prender la luz para charlar de esas imágenes/ilusiones que han brotado de la gran pantalla. No todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi cineclub.

Texto y Fotos: Ricardo Bajo Herreras, Cineclubcito, Cineclub Elipsis y Sopocachi Cineclub.