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‘Viva mi patria, Bolivia…’

La hazaña boliviana en la Copa América 1963 IMAGENES: Libro '50 años de La epopeya'

/ 16 de junio de 2024 / 11:09

En 1963, el conjunto verde se coronó campeón de la Copa América y la cueca pasó a ser un himno nacional.

Apolinar Camacho compuso en 1939 la música y la primera estrofa de A Bolivia, deliciosa cueca grabada por el sello Odeón, de Buenos Aires, en 1946. El poeta y tenor salvadoreño Ricardo Cabrera le colaboró con el segundo y tercer párrafo. Como esas cosas desairadas por la suerte, enfilaba hacia el olvido. En la Copa América de 1963 alguien la desempolvó y empezó a pasarla en el estadio antes de los partidos de la Selección Boliviana, en La Paz y en Cochabamba. El equipo encadenó su marcha triunfal y la cueca, como impulsada por las placas tectónicas de la tierra, arrasó. Sacudió los corazones, extrajo lo más profundo de la bolivianidad. Sonaba ya en las radios y en los negocios de las calles comerciales, incluso se la oía resonar desde el fondo de las casas con su pegadizo estribillo. Una vez terminado el campeonato y consagrado por primera vez campeón de América el conjunto verde, el músculo de lo popular la rebautizó como Viva mi patria, Bolivia. Y la fuerza huracanada del fútbol la convirtió en un segundo himno nacional.

Fue la banda sonora que acompañó una gesta con repercusión inigualable. Ninguna de las otras 47 coronaciones del torneo generó tal fenómeno de entusiasmo y orgullo nacional. La Copa América era un acontecimiento en los pueblos donde se jugaba, aunque quizá en ningún caso como en este de Bolivia 1963, cuando la Verde se coronó tras vencer a Argentina y Brasil. Ese título en una nación futbolísticamente modesta alcanzó ribetes epopéyicos y tuvo tintes reivindicatorios. Toda Bolivia se lanzó a las calles, en pueblos y ciudades, en un frenesí que duró días.

“Esa conquista fue el suceso del siglo en Bolivia. El país estaba conmocionado y paralizado por la emoción”, evoca Miguel Velarde Tapia, periodista de los grandes, jefe de medios. El día siguiente a la coronación no fue decretado oficialmente feriado, pero nadie trabajó, la gente se lo decretó sola y siguió de festejo corrido. Fue una mezcla de feriado cívico con alegría de Carnaval.

“Las celebraciones duraron mucho tiempo, fueron 15 días de fiestas, agasajos, bailes en las calles”, contó Ramiro Blacut.

Como en los cuentos de hadas, antes del final feliz hubo un comienzo inquietante. 27 ediciones del Sudamericano se habían disputado ya, aunque nunca le había tocado albergarlo al país que sacó de su vientre el oro, la plata y el bronce que se llevaron durante el virreinato para enriquecer a España. Bolivia se preparó como nunca, quería abrirle sus brazos a todo el continente, mostrarle su rostro más bonito. Hasta canceló su temporada de fútbol de 1962 para abocarse a los preparativos. Se remodeló a nuevo el estadio Hernando Siles, de La Paz, y se mejoró ostensiblemente el Félix Capriles, de Cochabamba. Sin embargo, las asociaciones sudamericanas fueron remisas hasta el último momento. No querían enviar a sus equipos. Con tantos aprestos, la Copa estuvo a punto de naufragar. Bolivia había preparado la mesa, horneado hasta los pastelitos y nadie le iba…

El titular de la Federación Boliviana, el ingeniero Roberto Prada, asistió al Mundial de Chile a entrevistarse con dirigentes locales, de Argentina, Brasil, Colombia y Uruguay, con gente de la Confederación. Fue al Congreso de la Conmebol en Asunción, emprendió una larga gira país por país. Eran todos noes. La prensa boliviana hasta lo tomó para el churrete: “los viajes de Prada”, decía con sorna. Chile no acudió por motivos extrafutbolísticos (hasta hoy supuran las heridas de la Guerra del Pacífico), Uruguay alegó el tema de la altitud. Es que, por primera vez en la Copa América se jugaría en los 3.640 metros sobre el nivel del mar en que reposa la colonial y hermosa Nuestra Señora de La Paz.

La “mala fama” de La Paz comenzó en 1960, cuando Peñarol vino a jugar por la Libertadores. En Montevideo había vencido a Wilstermann 7 a 1 sin apretar el acelerador. Pero en La Paz apenas pudo igualar 1 a 1. Al año siguiente la Celeste debía enfrentar a la Verde por la Eliminatoria para el Mundial ‘62. Era a partido de ida y vuelta y el ganador iba a Chile. Uruguay lo consideró de cuidado y envió con antelación a dos médicos para que analizaran la influencia de la altura, los doctores Masliah y Protto. Volvieron con un dictamen contundente: “Es imposible jugar allí”. Aduciendo que no era conveniente jugar en tal altitud, se negó a viajar a la Copa América. Allí nació el debate sobre si se debía o no jugar al pie del Illimani.

La emoción casi provoca una tragedia. Una multitud invadió la pista del aeropuerto de El Alto a la llegada del avión que traía a los campeones desde Cochabamba.
La gente no aguantó y se lanzó a frenar el aparato.

En los demás países comenzó a circular el chiste de que los aviones no aterrizaban en La Paz, estacionaban. “Tanto se habló de este tema que nos cambiaron el nombre de la ciudad, antes era La Paz, ahora es La Altura de La Paz”, ironiza con su chispa Guido Loayza. “Casi hubo que suplicarles a todos que vinieran”, evocaba Cucho Vargas, el narrador número uno de Bolivia de todos los tiempos. Importaba especialmente que asistieran Argentina y Brasil, por lo que representan, por el imán para el público. Dos novias indecisas. A último momento comprometieron su palabra: “Vamos”. Y vinieron. Brasil, sobre todo, era esperado porque venía de clasificarse apenas unos meses antes bicampeón del mundo. Pero, para desencanto general, no trajo ni a Pelé ni a Garrincha, ni a los ninguno de los consagrados en Chile ‘62. Asistió con un remiendo: la selección mineira que en enero de ese 1963 se coronó campeona brasileña, con refuerzos juveniles de Río, San Pablo y Río Grande do Sul. Sí fue comandada por el técnico principal, Aymoré Moreira. Y Argentina no concurrió con el equipo del Mundial de Chile; Boca y River le dieron la espalda. No obstante, conformó una fuerza respetable. Hacha Brava Navarro, hercúleo zaguero de Independiente, fue el capitán. Era de esos que dejan la sangre en la cancha, la suya y la de los contrarios. El otro central fue Rafael Albrecht, notable jugador de Estudiantes y posteriormente de San Lorenzo. También actuaron el Gato Andrada, César Luis Menotti, Raúl Savoy, Mario Rodríguez, Carlos Timoteo Griguol, el Mono Zárate, punterazo de River y de Banfield, el Loco Lallana y Oscar Martín, férreo lateral derecho que en 1966 sería capitán del Racing campeón de la Libertadores. Grandes jugadores, aún cuando la mayoría hacía sus primeras armas en el campo internacional.

Total que, de no ir nadie, al final se juntaron siete selecciones. Bien. Sin embargo, las pálidas continuaban. En noviembre de 1962 había llegado a Bolivia el nuevo seleccionador nacional, Danilo Alvim, quien fuera el centromedio de Brasil la tarde infausta del Maracanazo en 1950. Por todos sindicado como un hombre reservado, sencillo y criterioso.

“Alvim sabía escuchar a los jugadores y, en una de las tantas charlas hablando de lo que era mejor para el equipo, lo convencimos de llamar a Max Ramírez, un gran jugador. Faltaban sólo cinco días para el partido inicial y lo llamó. Y fue titular”, relata Wilfredo Camacho, la estrella del campeón, un mediocampista con carácter y gol.

Chile no fue invitado por las rispideces históricas y por un conflicto entre ambos países por el uso del río Lauca.

Pero Danilo no arrancó mal, arrancó peor. En sus dos primeros partidos, ambos frente a Paraguay por la Copa Paz del Chaco, perdió 3 a 0 y 5 a 1, los dos en Asunción. Dos palizas que preocuparon hondamente, porque además estaba avanzado febrero. Faltaban apenas tres semanas para el debut, no se podía organizar la Copa y hacer un papelón. ¿Y entonces, qué…? “Afuera Danilo”, rebuznó cierto periodismo, tan afecto a ello. No consideraron que los futbolistas locales carecían de ritmo de juego, pues el campeonato local se suspendió por un año a causa de la preparación del torneo continental. Y el uno de la Federación, Roberto Prada, pareció darle la razón a la prensa.

“Habían decidido echar a Danilo, pero Cucho Vargas y Lorenzo Carri, los dos periodistas más influyentes del país, lo hicieron desistir”, interviene de nuevo Miguel Velarde. Reunidos con Prada, lo convencieron de que ya era demasiado tarde, sería peor el remedio que la enfermedad.

—¿Tanto era el predicamento de Cucho Vargas? —preguntamos.

—Era el número uno total. Para darte una idea: tanta publicidad tenía Cucho que, para no chocarse con sus transmisiones tuvieron que armar dos cadenas, una pasaba, por ejemplo, la publicidad de Coca Cola y otra la de Pepsi.

Y, aunque atado con alambres, Danilo siguió.

El gol más festejado en la historia de Bolivia: el de Camacho a Argentina que rubricó el 3 a 2 y dejó a la Verde a las puertas del título.

—Es absolutamente cierto— recordaba Vargas a los 91 años, con asombrosa lucidez— los dirigentes habían decidido sacarlo, pero con Lorenzo lo fuimos a ver y lo convencimos de que debía seguir, ya estaba encima el Sudamericano. Y pudimos salvarlo. No sólo eso, nos reunimos con Danilo Alvim y le hicimos ver que Ausberto García debía estar en el equipo. Él tenía un problema en la “azotea” (N. del A.: mental). En un partido por la Eliminatoria frente a Argentina, en 1957, Amadeo Carrizo le pasó la pelota por sobre la cabeza dos tres o veces, lo ridiculizó y Ausberto quedó como traumatizado, achicado, pero era un jugador fantástico, de mucha calidad, dominaba la pelota como los grandes cracks, jugaba con cabeza levantada… Danilo confiaba ciegamente en nosotros y lo convocó. Y García fue una de las grandes figuras del torneo, con goles espectaculares y actuaciones inolvidables.

Por fin, el domingo 10 de marzo el presidente de la República, Víctor Paz Estenssoro, izó la bandera en el Hernando Siles y dio por comenzado el torneo. Era el tiempo, aún, en que los presidentes podían dar un discurso y dejar inaugurada una Copa América o un Mundial. Hoy, cualquiera que baje al campo o se pare en su butaca recibiría la chifladura de su vida. Es el desprecio al poder, a la autoridad, que tan legítimamente se lo ha ganado.

Había más: se temió que no hubiera rival. Ecuador llegó con la lengua afuera el sábado a la tarde, unas 20 horas antes del cotejo inaugural. La preparación ecuatoriana fue lamentable. En medio de una desorganización total, hicieron un partido amistoso y cayeron frente a River, que lo aplastó por 8 a 1 en Guayaquil. Radios y periódicos pusieron el grito en el cielo: “¡Que no vayan…!” Comenzaron a presionar para que su selección no se presentara en la Copa América. Y lo deben haber pensado seriamente porque decidieron viajar recién a último momento. Tanto que casi no llegan a tiempo. Había temor de protagonizar un bochorno monumental. El desorden era completo. Los futbolistas se sentían abandonados. Faltaban apenas nueve días para el estreno en la Copa. Los técnicos, el argentino Mariano Larraz y el ecuatoriano Fausto Montalván, tuvieron el tino de no inventar nada (algo que fascina a los entrenadores). Conformaron el equipo básicamente con futbolistas de dos clubes: Emelec y Barcelona. La defensa barcelonista y el ataque emelecista. Y a otra cosa. Nada raro. Como diría el Puma Goity, “dos wines bien abiertos y un nueve que la meta adentro…”

El arribo de Ecuador al aeropuerto de El Alto les devolvió el alma a los organizadores. La no presentación del seleccionado tricolor hubiese supuesto una mancha de grasa en el impecable traje de lino que estrenaba Bolivia. Se tenía la certeza de vencer a Ecuador, pero se pretendía hacerlo en la cancha, no en un escritorio.

“Cuando armaron el calendario pusieron a Ecuador en el primer partido pensando que lo goleaban”, aporta Miguelito Velarde.

Y llegó la hora de la verdad, cuando empieza a rodar la pelota. Todo lo demás es esto: fútbol hablado, palabrerío que no sirve más que para un libro, un diario o una radio. O peor, para la televisión, el mayor recipiente de palabras de la humanidad.

A los 27 minutos ganaba Bolivia cómodamente 2 a 0 y el público, satisfecho, comía empanadas y se convidaba caramelos, los entrañables Sugus. Los tres jefes de barra, ubicado uno en cada tribuna, dirigían un clásico canto de aliento: una tribuna coreaba “BO, BO, BO”, otra el “LI, LI, LI” y una tercera el “VIA, VIA, VIA”. Luego, todas juntas tronaban con el “VI-VA-BO-LI-VIA”. Pero en 20 minutos electrizantes (de los 30 a los 50), Ecuador, sordo a los gritos, dio un vuelco sensacional, inesperado: hizo cuatro goles y pasó a ganar 4 a 2. Goles del Maestrito Raymondi, el Pibe Bolaños y dos de Carlos Raffo, los tres, jugadores de Emelec. Raffo, que terminó siendo el goleador de la Copa, era argentino, aunque nunca hemos visto cosa más ecuatoriana que el Flaco Raffo.

Un frío polar atravesó los pechos bolivianos, los congeló. ¡Perder por goleada ante Ecuador…! ¡Y en el debut! Los dirigentes, sentados junto al Presidente de la Nación, parecían estar masticando ladrillos. Se derrumbaba toda la ilusión. Sin embargo, sin brillar, pero machacando, Bolivia consiguió finalmente un decoroso empate 4 a 4. Que no conformó a la cátedra, sobre todo por las precarias condiciones en que llegó Ecuador, pero salvó los muebles y sofocó el incendio. Incluso la entereza para sobreponerse a lo que parecía una derrota segura templó el ánimo de los futbolistas nacionales y enderezó el timón. Enseguida tocó Colombia y también comenzó perdiendo, pero lo dio vuelta rápido y ganó 2 a 1. Lo demás fue un dulce camino a la gloria, tapizado de alegría: 2-0 a Paraguay, su verdugo reciente en la Copa Paz del Chaco, 3-2 a Perú, 3-2 a Argentina y 5-4 a Brasil en el cierre. Espectacular, soñado. Campeón invicto, con cinco triunfos consecutivos y 19 goles. Recién en 1997 Bolivia volvería a conseguir cinco triunfos al hilo. Ni en el sueño más disparatado podía concebirse semejante actuación. Y el Viva mi patria, Bolivia atronando los cielos del altiplano y de los llanos orientales. Aunque fuera por una vez, un país unido como por encanto, sin sombra de pecado.

Quizás ninguna de esas victorias, ni siquiera la última, se celebró tanto como la alcanzada frente a Argentina, rival ante el cual, en Sudamérica, los éxitos se festejan doble. Bolivia lideraba las posiciones con 7 puntos y Argentina sumaba 6; después de eso quedaba un último encuentro para cada uno. Paraguay, con 6, también apretaba. El ganador se perfilaría hacia el título. Esa tarde cochabambina tuvo una carga de dramatismo que, al liberarse, desató una emoción ciclónica. Ganaba Bolivia 1-0, empató Mario Rodríguez, volvió a subir a la Verde en el marcador Ramiro Blacut y otra vez Mario Rodríguez igualó. El primer tiempo se fue 2 a 2. El segundo se jugó bajo una gran tensión. Bolivia presionaba y se topaba con Edgardo Andrada. El milagrero arquero rosarino tenía tardes, muchas, en que paraba el viento. Fue el arquero al que Pelé le marcó su gol número 1.000. Cuando ya parecía que terminaba en tablas, Blacut mandó un centro que pegó en el brazo de Griguol y el árbitro peruano Arturo Yamasaki sancionó penal. ¡Penal para Bolivia faltando dos minutos! La gente estaba a punto de explotar de la algarabía. Encargado, Max Ramírez, el gran caudillo de The Strongest; una responsabilidad y una presión tremendas. Ramírez pateó fuerte y al ras a la derecha de Andrada, el Gato se arrojó a su izquierda, pero estiró su pie, con la punta del botín alcanzó a tocar la bola y logró echarla al córner. Una angustia de muerte se apoderó del Hernando Siles. En esa felina acción, Andrada no sólo les había quitado el triunfo, posiblemente con ella les arrebataba el campeonato, la fiesta, todo. Era un guion demasiado cruel.

“Si el público boliviano se sumió en un silencio distinto a todos los silencios ante la proeza de Andrada, segundos después iba a lanzar el rugido más atronador que se haya escuchado jamás en el viejo coloso miraflorino ante el golazo de Camacho”. Las palabras del colega Pachi Ascarrunz pintan la excitación de aquel instante. Si perdía aquel partido, Argentina quedaba fuera de la lucha por la corona, de modo que todo el equipo argentino entendió que Andrada los había salvado más que de una derrota. Los 10 compañeros rodearon al arquero centralista felicitándolo efusivamente. Eran un racimo de euforia. Pero apenas 13 segundos después de la tapada sucedería un episodio cinematográfico. Lo revive Ramiro Blacut:

“Los jugadores argentinos estaban todos abrazando a Andrada, entonces nuestro compañero Fortunato Castillo, a quien le decían El Zorro, porque es vivísimo, ejecutó rápido el córner, sacó un centro al área y Camacho, que justo estaba consolando a Ramírez por fallar el penal, sin nadie que lo marcara, vio la pelota en el aire, cabeceó y gol. Perfectamente válido. Y triunfo de Bolivia 3 a 2”.

La mentada viveza rioplatense cambió de vereda esa vez. Algunos jugadores argentinos ensayaron una tibia protesta, pero no había nada que reclamar, se durmieron; Yamasaki no hizo lugar e instantes después terminó el juego.

“Quedé como petrificado tras la tapada de Andrada y solté el micrófono —retoma Cucho Vargas— Siguió relatando Lorenzo Carri. Pero inmediatamente vino el gol de Camacho y no lo grité, sólo pegué un alarido interminable y, de la emoción, di un golpe tremendo contra la caseta de transmisión y me lastimé los nudillos. Aunque aún faltaba ganar un partido, ese de Camacho fue el gol del campeonato, el más gritado en la historia de Bolivia. Pasamos de la desolación a la euforia en unos segundos”.

Quedaba un último escollo: Brasil. Lo derrotó con cierto apremio, aunque marcando cinco goles: 5 a 4. Ahí sí, se desató la locura en todos los rincones del país. En ese torneo se afianzó la camiseta verde para la selección campeona, que tuvo una base inamovible: Arturo López en el arco, Roberto Caínzo, Eduardo Espinoza, Max Ramírez y Eulogio Vargas en la línea de fondo; Máximo Alcócer, Wilfredo Camacho y el ídolo máximo, Víctor Agustín Ugarte, en la media; Ramiro Blacut, Ausberto García y Fortunato Castillo en ataque. Alternaron Jesús Herbas en defensa, Renán López y Abdul Aramayo adelante. Caínzo, Espinoza y Vargas eran argentinos nacionalizados. Camacho, Alcócer y Fortunato Castillo fueron los goleadores, cuatro cada uno. Camacho, un hombre corpulento y de fuerte personalidad, era el capitán y resultó el héroe de la conquista. Por él se instaló en el país un nuevo estilo de juego, basado en la garra, el empuje y la verticalidad: “el fútbol camachista”. Camacho resumiría luego el momento cumbre del fútbol boliviano:

Cucho Vargas en vestuarios reporteando a Max Ramírez, el gran capitán stronguista que prácticamente fue "puesto" en el equipo campeón por sus compañeros.

Los jugadores con la Copa en Palacio, recibidos por el presidente Víctor Paz Estenssoro, quien siguió los partidos en el estadio.

“La conquista del ‘63 fue en base a una buena camada de jugadores con esencia goleadora, como Víctor Ugarte, Ausberto García, el que habla, modestia aparte, Máximo Alcócer, Ramiro Blacut y Abdul Aramayo, gente a la que le gustaba la función de hacer goles. La habilidad de los hombres era lo importante, pero el talento estuvo al servicio del equipo. No hay mejor jugador que el conjunto… La base principal fue la camaradería que existió, éramos un solo corazón, eso nos llevó al éxito. Antes no contábamos con los recursos que hay ahora. No teníamos los gimnasios que existen actualmente para complementar nuestro entrenamiento. Nos ayudó mucho correr todos los días doce kilómetros desde la concentración a Quillacollo. Hubo mucha entrega y trabajo en la parte física. Corríamos los 90 minutos y por todo el campo de juego”.

La jornada final se disputó en Cochabamba porque los equipos visitantes se oponían a disputar un encuentro con opción de título en “el Techo de América”, como se conocía a La Paz.

“Vea —vuelve Cucho Vargas— Las alegrías que da el fútbol a un país no se pueden comparar con nada. El fútbol es único; por hacer un periodismo comprometido sufrí cuatro atentados contra mi vida, pero el fútbol nunca me abandonó, sólo me dio satisfacciones. Al término del partido frente a Brasil en el que Bolivia se consagró campeón, teníamos que volver de Cochabamba a La Paz. Debíamos salir para el aeropuerto, pero dijimos no, no vaya a ser cosa que… Pasó que unos días antes de ese partido cayó un avión del Lloyd Aéreo cerca de La Paz matando a un montón de gente (N. del A.: fue en medio del campeonato, murieron los 39 ocupantes). Teníamos cierta aprensión. Devolvimos los pasajes y nos fuimos por tierra con Remberto Echavarría, extraordinario comentarista. Teníamos preparado un taxi a la salida del estadio. Por cada pueblo que pasábamos la gente nos reconocía por el auto, que tenía un letrero en el parabrisas con la consigna del programa: ‘La verdad desde la cancha’. Nos hacían parar y bajar. Nosotros intentábamos excusarnos: ‘Tenemos que volver urgente a La Paz…’ Nada, no había cómo esquivarlo, a bajarse… Era la felicidad total, nos llevaban en andas… Y meta trago, meta baile, meta comida… Era un viaje de seis o siete horas, pero tardamos 24… Y llegamos descompuestos de tanto tomar aquí y allá. El júbilo era inenarrable, y duró varios días”.

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Ramiro Blacut sí viajó por aire y cuenta la increíble llegada del avión a La Paz transportando a los campeones.

“Estábamos ansiosos por llegar, el avión ya estaba por tocar tierra cuando de pronto sentimos que levantaba vuelo de nuevo. ¿Qué había pasado? Miles de personas eufóricas habían invadido la pista y se abalanzaron por donde debía carretear el aparato. La policía no pudo controlar a la gente, que se metía por los campos vecinos. Para evitar una tragedia, el piloto lo subió de nuevo, hasta que pudieron despejar la pista. ¡Al bajar fue todo tan emocionante…! La gente quería los zapatos, los pantalones, las medias, todo… Nos abrazaba. Ya al vencer a Argentina había sido así”.

De fondo, en cada pedacito de su geografía, retumbaba esa maravilla:

“Viva mi patria Bolivia,

una gran nación,

por ella doy mi vida,

taaaambién mi corazón…”

Fue el suceso más feliz de su historia como nación. La Selección Boliviana sí acudió a Uruguay en la Copa siguiente, en 1967. Fue a defender el título y quedó última sin siquiera marcar un gol. Un desencanto, claro, pero no alcanzó a empañar, en absoluto, la gesta del ’63. Esa tuvo el sabor de las cosas que se alojan en el alma, reposaba ya en un cofre de oro. La gloria es un bien abstracto e indestructible, nunca muere.

Texto: Jorge Barraza

Fotos: Libro ’50 años de la Epopeya’

Antonio Eguino, cinco escenas de un ‘pecador’

El cineasta Antonio presentó el pasado lunes en la Cinemateca Boliviana su libro de memorias

Foto.Ricardo Bajo Herreras, Antonio Eguino Arteaga, Danielle Caillet, Antonio Pacello y libro “Memorias de un cineasta ‘pecador’”.

/ 14 de julio de 2024 / 06:59

Las (auto)biografías son un género poco cultivado en nuestras letras. Y no es por falta de personalidades y alturas, sino por (falso) pudor. Toda biografía conlleva refrescar la memoria, saldar cuentas y ajustes, olvidar pasajes y personajes, contar medias verdades y medias mentiras. Y algún que otro “pecado”. Ernesto Sábato iba a más lejos: “Dada la naturaleza del hombre, una autobiografía es inevitablemente mentirosa”. Las memorias son eso, alteraciones de la imaginación.

Toda autobiografía debe provocar alguna que otra polémica, desvelar alguna que otra “pepa” (primicia periodística). Memorias de un cineasta ’pecador’ (grandes fotos, texto endeble) no es la excepción. Eguino —que se autodefinía antes como “ateo” y ahora como “no creyente” — confiesa: “tomé decisiones personales de las que me arrepiento o que haría de manera diferente si pudiera, una de ellas es mi segundo matrimonio con María Luisa Mercado” (página 110). Eguino también revela por qué no hizo la película sobre la Chaskañawi con Carla Ortiz (como productora y actriz): “invertimos tiempo en la escritura del guion pero a medida que avanzábamos en el trabajo —a finales de 2022— nos dimos cuenta tanto Paolo Agazzi como yo que Carla Ortiz quería utilizar nuestra participación principalmente para conseguir fondos y mantener el control total del proyecto” (página 109).

El director de Chuquiago lamenta —en cierta manera— no haber hecho más películas (tiene cuatro largometrajes en su haber) y reconoce que quería rodar un filme sobre “el totalitarismo del gobierno del MAS: “a lo largo de los años me sorprendió la cantidad de amigos de izquierda que apoyaban al MAS (…). A pesar de que inicialmente trabajé en el guion con la esperanza de que no duraría ese gobierno más de una década, constaté que no había suficiente oposición para lograr un cambio significativo. Esto disminuyó mi entusiasmo y gradualmente abandoné ese proyecto. Espero superar esta crisis creativa en el futuro y retomar mi trabajo en este guion o en otro proyecto con la esperanza de que en algún momento se convierta en mi próxima película” (página 111). 

Antonio Eguino Arteaga —con sus 86 años y la salud deteriorada tras sendas/recientes operaciones de próstata y cadera— presentó el pasado lunes su biografía en la Cinemateca Boliviana: un hermoso libro (precio, 150 bolivianos) sazonado de numerosas fotografías inéditas (algunas de ellas forman parte del archivo de su Estudio Fotográfico Eguino). Nota mental: en unos meses se inaugurará en la Cinemateca una exposición con los mejores retratos de dicho estudio fotográfico que hace dos años cumplió medio siglo.

En las memorias vemos instantáneas de su boda con la francesa (cineasta y escultora) Danielle Caillet y cuatro fotografías en gran formato/blanco y negro de su amigo Jorge Sanjinés Aramayo (del que recuerda su origen de clase media alta y su pasado familiar falanguista); de su colega Paolo Agazzi; del inolvidable “Cacho” Soria, megáfono en mano; y del querido Isico (el rol interpretado por Néstor Yujra en Chuquiago).

En la galería de la Cinemateca, esta semana han estado expuestas —con motivo de la presentación del libro— diez fotografías en blanco y negro de Eguino y otras diez de Danielle Caillet. Han estado a la venta y hasta el miércoles el “marcador” (fotos vendidas) estaba así: Danielle 5, Antonio 2. Debajo de cada foto, el nombre del comprador (a 150 bolivianos, cada una). A saber: Yarnila Mariaca, Diego Gullco, Dante Chumacero, Eduardo Quintanilla… En una costado de la galería, un pequeño “mausoleo” del Estudio Fotográfico Eguino expone retratos de personalidades como Simón Reyes, Alberto Villalpando, Julio Garret Ayllón, Carlos Rosso, la familia Dueri, Donato Espinoza, el propio Daniel Quintana (actual dueño del estudio y exmiembro del grupo La Escalera), Beba Rocha (de la orquesta Swingbal), William Centellas, Tito Yupanqui, Jaime Paz, “Jota Jotita” Torres, Pepe Eguino y bandas como Climax, Tabú, Proyección (de Cochabamba), Savia Andina, Los Grillos…

Van acá —a modo de aperitivo— cinco escenas (y una yapa) para no olvidar la autobiografía de Eguino Arteaga: para los viejos amigos, “Antuan” (así le bautizó Mario Mercado por su esposa francesa); para los conocidos, Toño; para todos, don Antonio.

Foto Danielle Caillet

Escena uno: la película que no fue

Los caminos de la muerte es una película de Sanjinés inacabada. Su título original era más largo (así lo contaba el propio Jorge en sus memorias): Viaje a la independencia por los caminos de la muerte. Se rodó en 1970 tras el éxito de Yawar Mallku (1969). Narraba las peleas entre comunidades mineras/campesinas en el norte de Potosí, la intromisión del gobierno norteamericano y la idea del gobierno de Paz Estenssoro de tomar Siglo XX y apresar a sus dos líderes mineros más combativos, Federico Escobar (Partido Comunista, línea pro soviética) y José Pimentel (partido maoísta). La idea/historia de la película fue del productor chuquisaqueño Ricardo Rada. En el filme actuaba la legendaria Domitila Chungara.

En el proceso de revelado en Alemania (pues era una coproducción de la televisión de la RFA), todo el material fílmico se arruinó por completo. Eguino —director de fotografía y operador de cámara de aquel filme— cuenta en el libro lo que pasó. Sanjinés siempre pensó que fue un sabotaje. “Lo que parecía un proyecto prometedor se vio empañada por problemas inexplicables desde el principio de la preproducción hasta el rodaje en el norte de Potosí. Jorge había conseguido la participación de la televisión alemana occidental en coproducción y en principio todo hacía ver que íbamos a tener una nueva película de impacto social y análisis político dentro de la línea que ya tenía Sanjinés. Elegimos como escenario una región conocida por las rivalidades entre dos grupos indígenas: los Laimes y los Jucumanis.

“Por causas misteriosas, toda la preproducción, producción e inicio del rodaje estuvieron llenos de problemas. Lo que es bastante incomprensible es por qué nos fue tan mal, teniendo gran entusiasmo, dinero y equipo cinematográfico nuevo. La relación del equipo humano en la producción y el rodaje no fue muy buena, siempre teníamos discusiones fuertes. Sanjinés y su esposa (nota de edición: Eguino se refiere a la chilena Consuelo Saavedra Quiroga, madre de sus cuatro hijos) no estaban nada bien. La situación se volvió aún más confusa, cuando varios artefactos, así como vehículos y generadores de electricidad, tenían constantes fallas y no funcionaron bien.

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“Ante esta incertidumbre, igual que en la producción de Yawar Mallku, decidimos hacer una ceremonia con los yatiris de la zona para que realizaran una “mesa” tradicional indígena y ‘vieran’ qué podría estar yendo mal. (Nota de la edición: Eguino participó en dos mesas más: para ver cómo iría su película Chuquiago y para averiguar dónde estaba una cámara que le robaron). Se llevó a cabo la ceremonia durante toda la noche y al amanecer los yatiris nos dijeron: ‘Todo lo que ustedes están haciendo está mal, no va a mejorar; han violado lugares sagrados de nuestras comunidad y cultura y no van a terminar lo que se han propuesto hacer’.  Por esta grave situación decidimos suspender el rodaje y procesar el material en Alemania para ver qué resultado íbamos a obtener. Dentro de nuestro equipo humano trabajó un buen amigo maestro pintor, Atilio Carrasco, y su esposa, que eran conocedores de esta zona. Su familia tenía una mina en explotación en el norte de Potosí. Lo curioso fue que en la ceremonia de la ‘mesa’ de los yatiris que habían pedido hacer en total oscuridad excepto por una vela que ellos encendieron, este amigo pintor deliberadamente encendió su linterna varias veces, lo que para mí era una provocación o una intención de ocultar algo.

“Una vez en Alemania entregué todo el material filmado a la empresa que estaba en coproducción con nosotros, ellos hicieron procesar en un laboratorio de Alemania Occidental. En cuanto se procesó, me dieron una terrible noticia, que hubo un accidente en la máquina procesadora de negativos, que se sobrecalentó y que la película fue dañada con una especie de ampollas y manchas en la imagen. Cuando se proyectó el material, pude verlo y esto fue el punto culminante de los problemas que afectaron al proyecto. El material estaba dañado irremediablemente. Informar esta tremenda noticia a Jorge y al equipo fue muy duro”.

La muestra en la Cinemateca Boliviana mostró algunas imágenes del archivo del estudio Eguino.
La muestra en la Cinemateca Boliviana mostró algunas imágenes del archivo del estudio Eguino.

Escena dos, el mago Ackerman

Por el libro de memorias de Antonio Eguino pasan muchas figuras; otras son simplemente ignoradas. El más enigmático de todos es “el señor Ackerman”. Definido por el cineasta como “el técnico mago”, es un personaje de película. Ackerman es un manitas, un especialista en arreglar cosas; ora una cámara fotográfica o de cine (por sus manos pasaron la cámara francesa

Beaulieu y la suiza Bolex de Eguino), ora una cerradura inexpugnable. “Algún tiempo después me enteré de que el señor Ackerman había participado en una operación en el Banco Central de Bolivia cuando la puerta de la caja fuerte principal se averió y nadie podía abrirla. Ackerman acudió y la abrió en muy corto tiempo. Cuando le preguntaron cuánto debían pagarle, él respondió: cinco mil dólares. Los funcionarios se sorprendieron y dijeron que era mucho dinero.

“Ackerman se dio la vuelta y cerró la puerta de la bóveda diciendo que si querían abrirla nuevamente tenían que pagarle diez mil dólares. Poco tiempo después fue contratado nuevamente y le pagaron ese monto. Años después me contaron que se quedó sin trabajo, vivía en la pobreza y decidió robar el Banco Central. Entró al banco, se ocultó y durante la noche desactivó el sistema de alarma de seguridad y abrió la bóveda, retirando una suma importante de dinero. Cuando los funcionarios del banco se dieron cuenta comenzaron las investigaciones hasta que uno de ellos mencionó que la única persona que podría haberlo hecho era el señor Ackerman. Los policías lo buscaron, él confesó, estuvo en la cárcel y poco tiempo después murió. Así fue el Mago”.

Foto. RICARDO BAJO

Escena tres, Espinal en el prostíbulo

Rodaje de Chuquiago (1977). Luis Espinal Camps trabaja junto al guionista “Cacho” Soria y se encarga de la continuidad del filme. Paolo Agazzi es asistente del director. Danielle Caillet y Pedro Susz hacen la foto fija. Se rueda en un prostítulo del barrio de Villa Fátima, sobre el Puente Minasa. Nombre del “putero”: El Redondo. Guillermo “Gordo” Aguirre siempre contaba que el nombre era “El Zepelín”. Lo regentaba una señora chilena. “Alrededor de la medianoche, hicimos una pausa para tomar café y comer empanadas obsequiadas por las chicas. Lucho Espinal salió a tomar aire. Cuando regresó nos contó que se había parado en la entrada del local. Al poco rato, pasó un taxi, se detuvo, bajó la ventanilla y el taxista lo reconoció y dijo: ‘Padre Espinal’. Luis respondió: ‘hola hijo, ¿cómo estás?’. El taxista respondió sorprendido: ‘Padre, ¿qué hace usted aquí?’. Y Luis respondió muy seriamente: ‘Estoy trabajando’.  En una escena improvisada, el grupo de David Santalla estaba bailando eufóricamente una cumbia alrededor de una joven, gritando que se desnudara. La chica accedió, marcando así el primer desnudo en el cine boliviano.

“(…) La amistad que tuve con Espinal era fuerte y de gran respeto a pesar de que yo me manifestaba como un ateo, Luis jamás intentó cambiarme. En una época invitaba a Luis a almorzar los domingos en mi casa. También estaban mi padre y mi madre, una mujer ultracatólica que le pedía a Luis que hiciera algo para cambiar mi pensamiento. Luis le respondió: ‘deje que su hijo tenga su propio pensamiento’. 

“Fue algo terrible cuando supe de su secuestro y posterior asesinato. Las hordas fascistas de García Meza cometieron este terrible crimen para que la gente lo sintiera con mucho dolor porque Luis era una persona muy querida. Cuando llegó a La Paz era un total desconocido, cuando se lo enterró toda la gente que asistió paralizó la ciudad.

“Tengo la sensación de que en la madrugada de su fallecimiento, él se me despidió. Fue una experiencia extraña que yo podría llamar paranormal. Volvía a mi departamento tarde después de un festejo por la inauguración del edificio de Mutual La Primera. El festejo se prolongó con los amigos arquitectos y cuando subí los últimos peldaños de mi departamento dúplex en Los Pinos sentí un ruido muy fuerte de algo que se rompía.

“En la mañana siguiente, temprano, mi esposa Danielle me despertó muy molesta acusándome, de que por el estado en el que llegué, había roto una cerámica que Luis me había obsequiado. Esto no era posible porque no acerqué a la estantería donde estaba la cerámica pero sentí un dolor enorme en aquel momento. Supe que Luis había muerto. En la tarde encontraron su cadáver, torturado y maltratado. Este episodio me entristeció enormemente y lloré”.

Foto. RICARDO BAJO

Escena cuatro, el ‘pecador’

“En una de las escenas de ruptura entre los dos personajes principales (de Los Andes no creen en Dios), la Miskki Simi y Joaquín (interpretados por Carla Ortiz y Milton Cortez), escuché en mis audífonos una voz masculina muy extraña que decía: ‘pecador’. Me molesté mucho y dije: ‘Corte’. Luego grité enojado: ‘¿quién habló?’. Los actores y el personal aseguraron que nadie había hablado pero el sonidista informó que la voz estaba grabada.

Inmediatamente escuchamos la palabra ‘pecador’ para sorpresa de todos. El sonidista siempre usaba dos micrófonos para grabar las voces de los actores. Lo curioso es que la palabra se grabó en un solo canal en lugar de ambos. Técnicamente esto no era posible ya que la conexión de los dos micrófonos estaba sincronizada. Nunca pudimos averiguar de dónde provino la voz y el sonidista no pudo dar una explicación razonable al problema.

Por lo tanto, la voz que decía ‘pecador’ quedó en el aire y es porque la llamamos ‘la voz del fantasma’. Una vez que terminamos la película hicimos una versión en DVD e incorporamos esta extraña manifestación. Nos preguntamos a quién iba a dirigida la acusación de la voz del fantasma. ¿A Milton Cortez? Nadie lo creyó. Nadie tenia dudas que la voz acusaba al director, es decir, a mí”.

Escena cinco, en la tumba de un (ex)amigo

“No soy una persona vengativa y no alimento odios, lo que me permite vivir en paz y dormir tranquilo. Un episodio que me marcó fue la pérdida de un amigo intelectual con quien había tenido serias desavenencias que llevaron a la ruptura de nuestra amistad. Un día, por casualidad, pasé por su tumba en el Cementerio Jardín. Me detuve y hablé en voz alta, reflexionando sobre la futilidad de las peleas y la importancia de la comunicación. Reconocí que algunos errores no pueden corregirse, ya que la vida es efímera”.

Antonio con su hermano Pepe Eguino.

Eguino y ‘Cacho’ Soria; Antonio y Danielle Caillet

Rodaje de ‘El coraje del pueblo’.

Fotografía tomada en el rodaje de ‘Yawar Mallku’.

Y la yapa, Eguino pornógrafo

Alfonso “Moro” Gumucio y Paolo Agazzi fueron los encargados de los comentarios en la presentación del pasado lunes. Gumucio lamentó —con razón— la ausencia de más detalles y anécdotas. “Es un recuerdo telegráfico de síntesis extrema, hubiese sido ideal un relato completo de todas sus picardías”.

Agazzi, a su turno, prometió desvelar los “pecados” no contados. Y así lo hizo, levantando las risas de una abarrotada sala uno de la Cinemateca Boliviana. “Antonio Eguino, con nombre falso, ha filmado un montón de películas pornos. Lo que más me ha dolido es que no me llamó para colaborar en ninguna de ellas. Hay pruebas de todo esto. En los locales de Foto Eguino están todas las fotos de las protagonistas de estas películas pornográficas”. Ahora entendemos, caro Paolo, porque Eguino solo rodó cuatro largometrajes a lo largo de su carrera.

Texto: Ricardo Bajo H.

Fotos: Ricardo Bajo Herreras, Antonio Eguino Arteaga, Danielle Caillet, Antonio Pacello y libro “Memorias de un cineasta ‘pecador’”.

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IntensaMente 2

La segunda entrega de la exitosa película animada de Pixar está dirigida por Kelsey Mann

Por Pedro Susz K.

/ 14 de julio de 2024 / 06:48

Nueve años atrás, conservando empero aún algunos resabios de los propósitos iniciales,  impulsores en 1995 de su entrada en escena, Pixar había dejado de ser un estudio independiente afanado en sacar a la animación del estancamiento al cual lo había llevado Disney, prácticamente desde sus inicios, a partir de la falsa premisa de que se trataba de un género fílmico que sólo interesaría a los niños, considerados adicionalmente humanos a medias, seres incapaces de pensar por sí mismos y, ni se diga de lidiar con los sentimientos y desafíos propios de los sapiens, como el sexo.

De allí que los personajes típicos de la factoría Disney fueran siempre asexuados, ya que el universo del tío Walt se encontraba poblado de ejemplares sin el menor  asomo de deseo erótico y vetados hasta de la más ínfima posibilidad de aludir a dicho, pecaminoso y borrado de los manuales protocolares de las gentes decentes, asunto, tal cual puntualizaron en su momento con punzante acierto Ariel Dorfman y Armand Mattelart en Para leer el Pato Donald, publicado en 1972, escrito que se convirtió en uno de los textos políticos acerca de la comunicación de masas más comentados de aquella movida década, sobre todo debido al énfasis puesto por los citados autores en el desmentido de la existencia de creaciones ajenas por entero a la influencia de la ideología, pretensión exhibida por Disney dando a entender que sus producciones apuntadas al público infantil se hallaban exentas de cualquier sesgo, ideológico precisamente.

Pues bien, Pixar, ajeno a la preocupación por fingir tales falacias, revolucionó radicalmente la animación consiguiendo poner en pantalla clásicos inmediatos como Toy Story (John Lasseter/1995), Monsters, Inc (Pete Docter/2001), Buscando a Nemo (Andrew Stanton y Lee Unkrich/2003), Los increíbles (Brad Bird/2004) y, la mejor de todas: Intensamente (Pete Docter y Ronnie Del Carmen/2015), a dicha data me refería con lo de los nueve años atrás.

Para entonces, 2006, Disney incómoda con la competencia de Pixar, había activado  sus tentáculos y desembolsando 7400 millones de dólares, fagocitó el estudio, aun cuando manteniendo el staff, lo cual, permitió que por un tiempo más las películas, hechas por ese grupo de cineastas, para entonces subordinados a las estrategias de marketing de los herederos del tío Walt, siguieran respetado las reglas creativas originales.

No obstante con la crisis sufrida por la industria cinematográfica a consecuencia de la pandemia del COVID-19 y el cierre de las salas de exhibición, una vez que estas volvieron a funcionar se tradujo en crecientes presiones para priorizar los éxitos de taquilla. Así pues los productos de la subsidiaria bautizada como Disney/Pixar —ejemplo además de cómo en ocasiones el orden de los factores altera ¡y vaya cuanto!, el producto—, fueron sumándose a la otra pandemia, la de las secuelas, resignando originalidad y calidad.

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Esto último se advierte en buena medida en Intensamente 2, hechura que fluctúa entre dianas y yerros, si bien ha conseguido colocarse, en términos de recaudación a la cabeza de todos los estrenos del género de animación en la historia del cine, ingresando 295 millones de dólares en su primer fin de semana de exhibición. Por el contrario, a diferencia de las unánimes loas recibidas en su momento por el original, la acogida crítica se dividió en la oportunidad entre quienes consideran este como un tropezón demostrativo de la decadencia de Pixar, alineada ahora a la referida moda de las redundantes secuelas huecas de creatividad y significado, frente a quienes juzgan que en una temporada muy pobre en películas de real valor, esta no se encuentra totalmente falta de atractivos, tanto en el contenido como en la forma.

Si, en la primera entrega Riley, la niña protagonista de Intensamente, experimentaba las iniciales incertidumbre del paso a la madurez a lo largo de un relato atenido a los códigos de las películas del camino que abordaba ese periplo mirado desde la inteligencia de la protagonista en compañía de una alegre pandilla, en la segunda entrega, con todos los guiños de las secuelas, Riley ya es una adolescente de 13 años acosada por todos los sobresaltos de la pubertad. Y si bien en San Francisco, su nueva ciudad de residencia a donde se mudó con su familia al final del primer capítulo, sigue acompañada de sus cinco antropomorfizadas emociones o, si se prefiere, amigas y amigos imaginarios: Alegría, Tristeza, Ira, Temor y Asco, nuevos posibles vínculos asoman en el relato que sigue pendulando entre dos escenarios: la vida real junto a sus padres, aquí reducidos a pasajeros bocetos, y la vida fantaseada que discurre, dentro de su mente, en el denominado cuartel general.

El grupo de flamantes compinches se encuentra conformado por Ansiedad, maniaca lideresa del mismo que pareciera ser la villana del asunto debido a los repentinos cambios de humor que provoca en Riley, pero acaba forzadamente como una gentil acompañante. Los otros amigos emergentes son Vergüenza, Envidia y Ennui, término tomado del francés que alude tanto a la depresión como al tedio, dos reacciones emocionales muy propias justamente de ese complejo tránsito evolutivo de la niñez a la adultez. Recordando empero lo anotado respecto a la rígida, cuanto tramposa, autocensura imperante en Disney, uno se pregunta porqué entre esos nuevos posibles compañeros no figura Deseo, cuando ese es precisamente uno de los sentires,  que las hormonas propician asome con mayor insistencia  en ese capítulo de la existencia diseminando dudas al por mayor en los adolescentes desorientados por la contradicción entre sus impulsos frente a las rígidas normas sociales.

El director debutante de Intensamente 2 es Kelsey Mann quien tiene una relativamente larga trayectoria como diseñador de guiones gráficos y guionista. En la ocasión entrega un relato asediado a cada instante por el tedio debido a la esquemática linealidad de la progresión dramática y sobre todo por el énfasis puesto en el hockey sobre hielo, deporte del todo ajeno al conocimiento, ni se diga al interés, de los espectadores de latitudes fuera de norteamérica.

En efecto, el grueso de la trama transcurre a lo largo de tres días dedicados por Riley y sus acompañantes a un torneo escolar del deporte en cuestión, donde conoce a la campeona Valentina Ortiz, a tiempo de enterarse que Alegría y Tristeza ya no cursarán junto a ella la secundaria. Pero ello no le preocupa como se suponía acontecería, ya que ahora Ansiedad le muestra la importancia de ser triunfadora y famosa, maniobrando junto a Envidia y Ennui a fin de  copar el cuartel general, desalojando a los sentimientos infantiles de la mente de la protagonista, no obstante sus momentáneas resistencias a dejar atrás esos sentimientos.

Estamos entonces en una lucha por el poder, agregado del cual los guionistas Meg LeFauve, Dave Holstein se valen para darle al relato un plus de interés por si acaso los demás ingredientes de la historia le resulten insuficientes al público frente a la mayor parte de las ofertas en cartelera mayormente pletóricas de efectos visuales, sonoros y demás aderezos recurridos para ocultar la pobreza de las historias. Y no es que los aspirantes sean villanos de una sola pieza. Por ejemplo, Ansiedad se muestra sinceramente preocupada ante las debilidades que Alegría comporta para una Riley a punto de acceder a la competitiva sociedad sin tener la suficiente ambición necesaria a fin de no quedar relegada en la dura y agresiva contienda existencial que le tocará afrontar a diario de allí en adelante. 

Al igual que en la entrega precedente, desde el punto de vista visual por cierto Intensamente 2  exhibe un plausible manejo de los colores y densidad de las imágenes contrastando, a fin de que el espectador se ubique sin dificultades en el lugar donde transcurre cada situación, aquellas escenas localizadas en el pensamiento de Riley que son mostrados con una gama cromática limpia, casi transparente, y las que aluden, mediante un manejo icónico de texturas densas y a su vez hasta cierto punto sucias, al mundo real de una ciudad llena de graffitis, basura, ruidos, trancaderas y no poca violencia.      

En el cine de animación la tarea de quienes ponen sus voces a los personajes tiene una importancia especial ya que están obligados a encontrar las modulaciones, inflexiones y acentuaciones adecuadas para acompañar los gestos, los ademanes, las reacciones de los dibujos, puesto que por muy creativo que sea el diseño de estos están limitados en cuanto se trata de impregnar los textos de sentido, pues no es cuestión únicamente de repetir o leer los diálogos o las cavilaciones escritas en el guion sino de transmitir su alcance significante y de tal modo seducir la empatía del espectador. 

Por eso las películas de animación dobladas, para su proyección, a otro idioma que el del original suelen empobrecerse bastante. Anoto esto porque los encargados de esta tarea en Intensamente 2 entregan una labor ejemplar, evitando que el pedestre estilo narrativo del director Mann malogre del todo una película muy por debajo, en términos de fluidez y emotividad, del original, frente al cual uno quedaba de inmediato magnetizado sin posibilidad de escapar del encanto de las figuras, sus andanzas y la socarronería que salvaba al film de precipitarse en la impostación retórica. Dicho sea de paso, en cuanto al humor Mann recurre a dicho acento con idéntica torpeza a la mostrada en el manejo de los demás herramientas del armado dramático.

Según cuales sean los aludidos pros y contras considerados prevalecientes por cada quien, este se alineará en una de las dos posiciones elegidas por la crítica para su valoración de Intensamente 2. Espero haya quedado claro que a mi parecer el cine no hubiese experimentado una pérdida relevante si no se sumaba a la lista de emprendimientos en un ámbito, el de la producción cinematográfica actual, ya suficientemente maltrecho.

Y como Docter, único sobreviviente del equipo inicial de Pixar, aunque ahora se mimetice, por vergüenza quizás, en una función secundaria, abrió el paraguas declarando: “Todo el mundo reclama: ¿Por qué no hacen cosas más originales? Y luego, cuando lo hacemos, la gente no lo ve porque no está familiarizada con él. Con las secuelas, la gente piensa: ‘Oh, ya he visto eso. Sé que me gusta. Las secuelas son muy valiosas en ese sentido’”, es de temer que se ya se tengan en carpeta las próximas caprichosas recaídas en Intensamente cada vez más lejos empero de la atrapante, codirigida por Docter justamente, primera visita a la mente de Riley.

Ficha técnica

Título Original: Inside Out 2 – Dirección: Kelsey Mann – Guion: Meg LeFauve, Dave Holstein – Historia: Kelsey Mann, Meg LeFauve – Fotografía: Adam Habib, Jonathan Pytko – Montaje: Maurissa Horwitz – Diseño: Jason Deamer – Arte: Rona Liu,  Laura Meyer,  Keiko Murayama, Joshua West, Bill Zahn – Música: Andrea Datzman – Efectos: Amy L. Allen,  Trevor Barrus,  Antony Carysforth,  Peter Demarest, Christina Garcia Weiland – Producción: Pete Docter, Mark Nielsen, Jonas Rivera, Dan Scanlon – Voces:  Amy Poehler, Maya Hawke, Kensington Tallman, Liza Lapira, Tony Hale, Lewis Black, Phyllis Smith, Ayo Edebiri, Lilimar, Grace Lu, Sumayyah Nuriddin-Green,  Adèle Exarchopoulos, Diane Lane, Kyle MacLachlan – EEUU/2024

Texto: Pedro Susz K.

Fotos: Internet

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Se escribe para habitar

Un análisis sobre el más reciente libro del escritor boliviano Benjamín Chávez, llamado ‘Para alguna vez cuando oscurece’

Por Christian J. Kanahuaty

/ 14 de julio de 2024 / 06:38

El último libro de Benjamín Chávez, Para alguna vez cuando oscurece (Plural, 2022), está dividido en tres secciones: 1) Caja versalita, 2) Opúsculos sobre un país realmente mejor y 3) Para alguna vez cuando oscurece. El libro podría haberse llamado “Estancias”, dado que el recorrido que nos plantea el autor es eso, estancias a través de una forma de habitar el mundo y la escritura.

Ya sabemos que mucha de la poesía contemporánea que se cultiva en Bolivia y en la región es una larga y sostenida meditación sobre el arte de la escritura poética. Es la manera en que el poeta intenta hacer partícipe al lector de un oficio repleto de mitologías. La noche, el alcohol, las drogas, la promiscuidad, la soledad, etc., el repertorio es amplio y la canción ya la conocemos. Pero lo que no se reconoce con facilidad es el trabajo que implica trazar una emoción, un recuerdo o un instante observado desde el lenguaje.

El trabajo con el lenguaje está a su vez lleno de reminiscencias, resonancias, ecos, escrituras y reescrituras. Aquello que por facilidad ciertos entendidos llaman “intertextualidad”. Y que no es sino el ejercicio de poner a pie de página una anotación sobre algo que fue leído o entendido. Porque el principio motor de toda escritura es conectar. Y quizá ese aliento es el que nutre la segunda parte de este libro que está atravesado por distintas intensidades. Esta, que aparece en su segunda parte, es la intensidad intelectual. Una que remite a los pormenores de ciertas lecturas que dieron lugar a la escritura de los poemas que leemos. Luego esas lecturas se combinan con recuerdos de cosas, lugares y personas. Pero nunca está exento el registro de lo literario. El libro que remite a la persona, la persona que remite al momento, el momento que remite al libro.

Este orden de situación en el sentido en que todo está a punto de ser complementado y contemplado es el lugar sobre el cual se mueve la primera parte del libro. Y es también, donde encontramos los poemas más largos del libro. Poemas que bajo la forma del verso libre cuestionan tanto el oficio poético como el sentido del poema. Pero lo hace en un registro muy único y muy sincero. Chávez entiende que lo que está al medio de la lectura y la escritura (de poesía, se entiende) es cierto estilo de estar solo. Se sugieren ciertas renuncias y sus costos. Hay un entendimiento sobre que la palabra no aparece así nomás en el texto. Que se necesita tiempo, meditación, espera y calma para que la palabra aparezca en el poema como una flor en un jardín. Todo germina, sí, porque hay un ciclo de la vida que lo permite, pero también porque hay un esfuerzo en el cuidado constante que permite que el mundo no dañe el nacimiento de aquello que antes no solo no existía, sino que ni siquiera se podría imaginar que era necesario.

Los poemas de este libro son necesarios porque, en primera instancia provocan su relectura. En segunda, porque remiten a otros libros, otras lecturas, y tercero porque da un golpe sobre los supuestos de que cualquiera que escriba versos es un poeta. Aquí el resultado de la lectura puede ser desalentador para aquel que crea que escribir poesía es un vano afán del tiempo y la memoria. Se resuelve en esta primera parte del libro lo siguiente: todo oficio que es creativo poco a poco se encamina a relacionarse con la palabra y una vez que se la encuentra no queda más que su exploración y no hay otra forma mejor de explorarla que a través del poema. El poema es el artefacto que nos permite reencontrarnos con lo maternos como lengua y con lo divino en tanto encarnación de una sabiduría que nos precede y que, sin embargo, se hace presente en el poema. Entonces, el poema que vive en el interior del poeta es más sabio y más viejo que el poeta que porta momentáneamente la palabra para darle forma.

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Esa gratificante forma de entender la poesía es la que atraviesa todo el libro, pero se halla en el centro de esa primera parte. Y como se habla de intensidad, no hay como aquella que el poeta reconstruye a través de la memoria de las personas que le son importantes en su oficio y en el (a la Cesaré Pavese) oficio de vivir: este recuento se presenta en la tercera parte.

Y como recuento es también un canto. Canta con fervor, pero con la cautela que lo caracteriza a las personas que le son importantes. Hay momentos de gran emoción, otros de ternura insondable y aquellos que bien podrían ser robados porque son lo que alguna vez hubiéramos deseado decir antes del fin.

Son poemas que se cierran sobre sí mismos, pero que nos llevan de la mano a la primera parte. Y es que el mensaje se anuncia: toda vida está acompañada de personas ejemplares y con ellas se aprendió tanto a caminar como a hablar, pero solo una de ellas nos dio el verbo y con él se escribe la poesía que nombrará el mundo que conocemos y habitamos. El poema es como en uno de los poemas finales del libro, una lectura de las líneas de la mano del territorio sobre el cual desenvolvemos la vida. Y ese acto es libre. Es suficiente y primitivo, se nos dio la vida, luego la palabra y finalmente la libertad para hacer con ellas lo que quisiéramos. Y elegimos la poesía.

Benjamín Chávez, nació 1971 en Santa Cruz y se crió en Oruro. Ganó el Premio Nacional de Poesía 2006 por ‘Pequeña librería de viejo’.
Benjamín Chávez, nació 1971 en Santa Cruz y se crió en Oruro. Ganó el Premio Nacional de Poesía 2006 por ‘Pequeña librería de viejo’.

Quizá este libro resuma una trayectoria poética y pueda funcionar como un fin de ciclo. Y por consiguiente como la apertura de una nueva etapa. Quizá estos libros estén realmente hermanados con los demás poemas de Chávez. Puede ser que incluso, estos poemas sean reescrituras de viejos poemas, de antiguas lecturas; por lo que, no dejaría de ser importante subrayar el hecho de que reordenando la bibliografía este libro bien podría estar luego de Y allá en lo alto un pedazo de cielo (2003), porque de esa manera los anteriores se leen como un camino para llegar a este y Para alguna vez cuando oscurece sería el puente que nos conduce a los demás.

Siendo leídos de este modo los libros, más que poesía, lo suyo es una conversación larga y profunda sobre las contingencias de la existencia que algún erudito con ascendencia filosófica, solo para aligerar el mensaje que intenta dar decidió transmitirlo en forma de poemas.

No es casual ni muy usual que en nuestra poesía nacional existan proyectos consolidados antes de la muerte del autor, pero tenemos ante nosotros un caso extraño. Algo similar al de Eduardo Mitre, Jorge Campero o Marcia Mogro o Vilma Tapia. Poetas que han encontrado su lenguaje al mismo tiempo que su universo. Y cuando logran eso, la información que arrojan a través de sus libros ya no es sólo estética, ni poética. Es una información vital, emocional, sensorial y altamente física.

Los poetas que responden a esta genealogía saben que su cuerpo es transitorio, pero su arte no. Porque es un arte solo prestado. Antes le perteneció a otro, luego le pertenecerá a alguien más. La palabra pasa de mano en mano y como en este libro, el poema circula para habitar.

Texto: Christian J. Kanahuaty

Fotos: Archivo La Razón e Internet

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Lolo: Alta pastelería de autor

Lolo tiene también excelente cafetería, cervezas artesanales y vinos de bodegas nacionales, así como jugos de temporada.

Por Fernando Cervantes

/ 14 de julio de 2024 / 06:25

Crónicas gastronómicas

Christian Gutiérrez es un experimentado cocinero tarijeño especializado en pastelería, con estudios en Argentina y pasantías en algunos de los mejores restaurantes de Europa.

En mayo de 2016 se incorporó a Gustu, en la ciudad de La Paz, y desde el 22 de diciembre de 2022 está al frente de su propio emprendimiento llamado Lolo, pastelería de autor, un establecimiento que combina técnicas de alta cocina y productos de primera calidad para crear una experiencia única.

En su carta podemos encontrar delicias como el croissant de masa madre relleno de crema de ron, vainilla y pimienta negra; la tarta de chocolate con caramelo salado y frutos de temporada; la galleta de chocolate con caramelo salado y nueces; el sándwich de pollo, romesco y vegetales; la tarta de queso, puerros y pimentón asado; el sándwich de pastrami con emulsión de ajo y encurtidos, o la tarta de naranja ácida, zanahoria y orégano.

Lolo tiene también excelente cafetería, cervezas artesanales y vinos de bodegas nacionales, así como jugos de temporada.

También puede leer: Gustu: Un hito en la alta cocina boliviana

Lolo , Pastelería de autor

  • Dirección: Avenida Sánchez Bustamante entre la calle 13 y 14 de Calacoto. 
  • Reservas: 65531010
  • Atención: Martes a sábado de 8.00 a 21.30
  • Rango de precios: Bs 8 (galleta de chocolate) Bs 40 (sándwich de pastrami)    
  • Producto estrella: Croissant de masa madre 

Contáctenos: Fernando  recomienda, Fernandorecomienda,@fernandorecomienda,   Correo: [email protected]

Texto: Fernando Cervantes

Fotos: Christian Gutiérrez 

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Erika Ewel: El arte que contiene

En el libro ‘Diario Visual de un tratamiento AC-T’, la artista boliviana ha registrado a través del dibujo el proceso de quimioterapia que vivió

/ 14 de julio de 2024 / 06:10

Desde sus primeras obras, la artista visual Erika Ewel ha sabido llevar sus vivencias y sus pensamientos a piezas capaces de transmitir fuertes sensaciones, recuerdos y reflexiones en que la poesía —en sus múltiples formas— siempre está presente. La ofrece a través de palabras, de texturas, de evocaciones, de color. En su más reciente libro, Diario Visual de un tratamiento AC-T (A ediciones), ha optado por el dibujo para compartir emociones y pensamientos sobre su trayecto por un proceso de quimioterapia.

“Este libro nace a partir de los dibujos que realicé durante mi tratamiento de quimioterapia el año pasado. Desde el inicio de este proceso, cuando apenas tenía fuerzas y energías decidí realizar un diario visual de esta experiencia. El resultado fueron 30 dibujos donde ilustré esta lucha, mientras que paralelamente escribía frases que me venían a la cabeza durante este tiempo”, describe Ewel.

La artista presentó este libro el 27 de junio de 2024 en el Centro Cultural de España en La Paz (Av. Camacho1484, entre Bueno y Loayza) y exhibió las piezas que lo conforman. La pieza estuvo a cargo de A ediciones, dirigida por Eloísa Paz, casa que se especializa en la concepción y elaboración de libros de artista.

Ewel ya tiene tres libros monográficos publicados en que se puede apreciar su obra y en su producción artística también trabaja con el libro de arte como objeto único, sin embargo este es el primer libro de artista que realiza; ha sido editado y publicado con un tiraje de 50 ejemplares para su primera edición. La artista Daniela Rico ha sido la editora invitada para este trabajo diseñado por la curadora Eloísa Paz.

“Fue gracias a la colaboración de Eloísa, de A ediciones, que se ha materializado el libro”, comentó la artista que ha combinado frases con dibujos en las páginas, en una pieza en que se juega con diferentes texturas, todas de gran delicadeza, que dan aún más fuerza a esta vitácora.

La memoria, el registro de esta y la consciencia del paso del tiempo están presentes a lo largo de la propuesta de Ewel. Y en este caso, los sentimientos, sensaciones y reflexiones durante la quimioterapia se comparten en una obra valiente, profunda, fuerte y hermosa. Porque Ewel es capaz de mostrar la belleza escondida también en los momentos más duros, en las reflexiones más existenciales; ofrecen lucidez . En este libro se plasma este duro proceso, interpelando directamente allector. Imposible quedarse indiferentes, pues la belleza de sus páginas también golpea.

Los nuevos trabajos

Además de la presentación del libro, Ewel ha mostrado su más reciente producción en pintura Neo Galería (San Miguel calle José María Zalles Nº19), denominada Botánica y otros seres.

 La muestra está conformada por 30 obras de pequeño formato, en su mayoría, y tres pinturas grandes al óleo. Muy afecta a referirse a la cartografía y a la aproximación de la memoria como una geografía, Ewel recurrió a la técnica mixta para estos cuadros, trabajando en una zona gris entre la pintura y ciertos elementos formales de la decoración, lo cual la llevó a crear planos mixtos con la entretela, los tapices y el bordado.

Neo galería, ubicada en San Miguel, en La Paz, expuso las más recientes obras de Erika Ewel.

El libro de artista ‘Diario Visual de un tratamiento AC-T’ de Ewel fue producido por A ediciones.

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“Me interesa en mi trabajo la superposición de planos, las diversas capas de color que se sobreponen. Para ello no sólo he pintado, sino que acudí a diversos materiales y a través del collage y del bordado los hice componerse”, explica Ewel. 

Una de las variantes que Ewel utilizó consiste en apoyarse en imágenes florales a través de láminas botánicas del siglo XIX. Constantemente la artista indaga en su pintura sobre una biografía personal y un árbol genealógico, pero no a modo de una regresión en el tiempo, sino de una exploración actual en el espacio, para descubrir los bloques de memoria que la acompañan en el presente.

Erika Ewel nació en Santa cruz en 1970; vive y trabaja en La Paz. Artista visual con una trayectoria de más de 30 años, representó a Bolivia en la I, II y III Bienales Internacionales de arte del Mercosur, en Brasil; IX Bienal Internacional de Cuenca, Ecuador; II Bienal Internacional de Estandartes en Tijuana, México; y en la VII Bienal de Arte Textil, en Montevideo, Uruguay.

Texto: Miguel Vargas

Fotos: Erika Ewel

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