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Thursday 29 Sep 2022 | Actualizado a 13:16 PM

Rosa Ríos, 17 años con el recuerdo de la Tía Núñez

La actriz defiende la autenticidad del famoso personaje paceño

/ 16 de julio de 2015 / 08:22

Tocaba el piano, su sueño era casarse de blanco, pero la dejaron con un pie en el altar. De allí que la Tía Núñez perdió la cordura y era vista caminando sola en las calles de La Paz, luciendo siempre extravagante. Así es como la actriz Rosa Ríos personificó durante 17 años a la mujer que terminó por convertirse en un ícono paceño.

Doña Rosa nació en La Paz el 17 de abril de 1935. En 1998, a los 63 años, empezó a encarnar a la Tía Núñez por invitación de Nelson Larrea, representante del Comité Cívico de La Paz y organizador, entonces, del desfile de tradiciones y costumbres paceñas, que se realiza cada 20 de octubre, por la fundación de la ciudad.

“Es muy importante recordar a los personajes de antaño, pero sin distorsionarlos. Ella era una mujer que comenzó a llamar la atención por su forma de vestir: medias verdes, vestido rojo y llevaba siempre los ojos pintados con colores claros y joyas llamativas”, dice la intérprete de 80 años, que dejó de representar al personaje porque aparecieron otras imitadoras que la distorsionaron y porque siente un dolor permanente en las rodillas que no le permite caminar con zapatos de tacón.

Visitó museos, recabó información de libros de historia y se entrevistó con personas que sabían de la pianista. “Era mala con las mujeres, en cambio a los hombres los abrazaba y besaba”, cuenta doña Rosa que inició en el teatro, impulsada por Raúl Salmón —periodista escritor y exalcalde paceño—. Debutó en la obra La calle del pecado. Yo miro, oigo y callo”, con el papel de sandwichera.

“Miren mis joyas, mi falda y mi sombrero son similares a los que la Tía Núñez utilizaba”, indica Rosa en la intimidad de su casa, mientras observa cada uno de los ropajes y accesorios que compró o costuró y aún conserva para recordar sus años de artista.

Tras haber participado en series de televisión, spots publicitarios, películas y más de cien obras de teatro como Me avergüenzan tus polleras, de J. Barrera, aguarda retirarse de las tablas y dedicarse de pleno a su tienda Doña Rosita, que estableció en la histórica calle Jaén y donde guarda cada una de sus fotografías como tesoro. No se cansa de pedir que las nuevas generaciones respeten la esencia de cada individuo que hizo historia en la ciudad de Nuestra Señora de La Paz.

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La guerra desde adentro

Por Édgar Arandia Quiroga

/ 6 de agosto de 2022 / 03:30

Bolivia, 197 años de independencia

Los primeros conquistadores que se asentaron por estos territorios, Hernán Cortés (1519) en México y Francisco Pizarro (1532) en Abya Yala, estaban guiados por la codicia y la posibilidad de obtener la gloria para la Corona. Para ello aplicaron la espada junto a la Biblia, dos instrumentos poderosos de conquista y colonización para someter tanto al cuerpo como al espíritu de los habitantes originarios de estas tierras.

Para la historiografía tradicional, el proceso de conquista culminó en la segunda mitad del siglo XVI, cuando se sometió a Tenochtitlan y Cajamarca, y la finalización de la colonización el año 1776, con la declaración de independencia de los Estados Unidos y a partir de entonces, la creación de las repúblicas.

Sabido es que las fuerzas criollas, es decir los descendientes de los conquistadores españoles, se arrogaban mayores derechos que sus antecesores porque habían nacido en tierras invadidas y, muchos de ellos, concubinado con mujeres indígenas y procreado hijos.

Los derechos de los conquistadores estaban amparados por leyes y normas llegadas desde la Corona y la posibilidad de intentar una simetría entre ambos grupos de poder solo podía darse por un cambio social y económico. Ambos grupos descansaban sobre las espaldas de las naciones indígenas que sostenían esa estructura a través de la mita, la encomienda y otras formas de explotación domésticas. La creación de las repúblicas solo fue un cambio de familias y las formas de explotación continuaron con otros barnices.

Durante estos periodos de inicio y finalización de la conquista y la colonización, continuaron las sublevaciones indígenas; así, en 1536, Mallku Inca inició actos de resistencia militar que fueron continuados por Sari Túpac y Titu Cusi Yupanqui. Estas confrontaciones fueron aplastadas ferozmente por la superioridad bélica de los conquistadores y formaran parte del tiempo de la Auca Pacha, el tiempo de las confrontaciones bélicas que continuarán en territorio boliviano —ya en la república criolla— hasta la Guerra Federal (1898- 1899) con resultados igualmente adversos a las fuerzas indígenas; sin embargo, estos fracasos militares sentaron un precedente ante las fuerzas criollas que asumieron su temor al indio y cerraron filas para evitar conflictos que pongan en riesgo sus intereses de casta. Zárate Villca escribió en la proclama de Caracollo, en su intento de incluir a los grupos mayoritarios indígenas a la república criolla: “2do. Con grande sentimiento ordeno a todos los indijinas que guarden respeto con los vecinos y no hagan tropelías (ni crismes) porque todos los indijinas han de levantarse para el combate y no para estropear a los vecinos/ tan los mismo deben respetar a los blancos o besinos a los indijinas porque somos de una misma sangre y deben quererse como entre hermanos e indianos (sic). 28 de marzo de 1889”. El resultado de la solicitud de respeto fue su asesinato.

Esta constatación sobre la dificultad de vencer al colonizador español o al criollo republicanos por medio de las armas motivaron en los líderes indígenas a recurrir a la memoria larga del movimiento durante la colonia del Taki Unkuy (1565), que se expresó primero en Huamanga y se expandió en todo el territorio de Charcas, en la zona centro andina conformada por el eje Lima-Cuzco La Paz-Chuquisaca. Este movimiento articulaba rasgos de la religiosidad aymara quechua, con una mística nueva que intentaba reencontrarse con las antiguas divinidades de la naturaleza cercana a los seres humanos, rechazando el dogma católico, implantado a sangre y Biblia.

INDIOS. El cronista Molina relata: “…resalieron muchos predicadores luego de los indios, (…) andaban predicando esta resurrección de las huacas, diciendo que ya las huacas andaban volando por los aires, secas y muertas de hambre; porque los indios no le sacrificaban ya, ni derramaban chicha; y que habían sembrado muchas chacras de gusanos para plantarlos en los corazones de los españoles, ganados de Castilla y los caballos y también en los corazones de los indios que permanecen en el cristianismo”. Este movimiento político religioso continúa hasta nuestros días en Bolivia, sus formas y estrategias han cambiado (fiestas patronales, fraternidades, colectivos), la forma de resistencia político- cultural ha generado un movimiento inusual en todo el territorio boliviano, incluido las tierras bajas por la expansión de las migraciones internas y su influencia seguirá creciendo, pese a la resistencia conservadora que desea replicar las formas republicanas de exclusión y explotación.

Édga Rarandi Aquiroga es artista y antropóm logo. es docente de la universidadmayor de san andrés numsao.

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La situación de los indios en el debate para la primera Constitución Política del Estado boliviano

Por Esteban Ticona Alejo

/ 6 de agosto de 2022 / 03:29

Bolivia, 197 años de independencia

Entre 1825 y 1826 hubo un debate muy interesante de los primeros diputados del país que discutían el contenido de la primera Constitución Política del Estado. El qué hacer con los indios, sobre todo, a lo referido a su condición de contribuyentes económicos y su aptitud de ciudadano es de profunda preocupación. En el libro Trabajos de la Diputación permanente se da cuenta de la instalación y el debate de los primeros diputados de la nueva República, iniciado con la primera sesión el 9 de noviembre de 1825 y finalizado el 31 de diciembre de 1826. Las 972 páginas de este documento, más su índice, nos permite evaluar cómo fueron las sesiones y los temas que se discutieron acaloradamente en más de un año de trabajo del Poder Legislativo del flamante Estado boliviano.

Hay varios temas de disputa que nos llaman la atención, pero para esta oportunidad nos interesa acercarnos al debate sobre los indígenas. Dos temas se discuten ampliamente: el incremento del pago de impuestos a los habitantes ancestrales y por el otro, su calidad de ciudadanía.

Los debates están llenos de frases y comparaciones entre el pasado colonial y el presente nacional, además de las múltiples secuelas de la guerra de los 15 años. También se puede evaluar las categorías sociales vigentes y sobre todo la estratificación social de la República de Bolivia con un alto espíritu imitativo a lo europeo y liberal.

Sobre el pago de impuestos al flamante Estado, el representante Callejo expresaba: “Los indios son más recargados porque a más de la contribución personal tienen que pagar la industria y de sus propiedades, cuya suma es mucho mayor que los tributos anteriores; las demás clases son impuestos con tres pesos…” (pág. 248).

Hay que recordar que en la época colonial los indios pagaban tributo entre los 18 y 50 años de edad, pero en la República este pago se extendió a entre los 18 y 60 años. Indudablemente este ensanchamiento en tiempos marcaba una de las diferencias o “castigos” respecto a los otros sectores sociales que apenas contribuían con tres pesos, como mencionaba el diputado Callejo.

PAGO. En la discusión se busca el pago directo de los indios y no el indirecto, porque el Estado no encontraba un sustento seguro para sobrevivir en los primeros años de la vida republicana. Otros diputados como Molina justificaban “el gasto de ahorros de los indios” porque en sus fiestas efectuaban borracheras y desórdenes. Textualmente dice: “Si algún ahorro podían hacer los indios de todo esto en el curso de algunos años, era para dar una fiesta en la que nos pagaba por el culto, que por la satisfacción de sus borracheras y desórdenes…” (pág. 262).

Tildar a la fiesta de los indios como la generadora de borracheras y desórdenes fue seguir pensando y actuando con el profundo desprecio del comportamiento negativo en los inicios de la sociedad boliviana. Este legado e imaginario aún se manifiesta actualmente.

Como sabemos por varios estudios, durante el siglo XIX el Estado boliviano vivió de los tributos de los indios, aunque se llamaba “contribución indigenal”. En las discusiones de los representantes se alude a mostrar cifras y realizar censos para una mejor justificación del cobro directo a los indios.

Indudablemente el debate más importante y acalorado que tuvieron los representantes fue el referido a la otorgación de la calidad de ciudadanía de los indígenas. Son absolutamente conscientes que son la mayoría de la población de la flamante sociedad boliviana, pero no sabían leer ni escribir el español.

Por ejemplo, el diputado Aguirre señalaba: “… que estando la mayor parte de la Nación compuesta de la clase indíjena no parecía regular, el que, sin tener culpa alguna de no saber leer, ni escribir, se lo privase del único derecho de que podía gozar…” (pág. 418). A pesar de esta justificación y comprensión del diputado Aguirre, éste sugiere 10 años de gracia para estimular a los indios para que se instruyan en la lectoescritura dominante.

Bozo, otro representante en el Congreso, expresaba sobre el analfabetismo de los indígenas: “…que esta calidad no se ecsijía por castigar a los indios, porque se les consideraba, y eran en efecto muy estúpidos y semejantes a los niños…” (pág. 418). Esta calificación a los indios de estúpidos y su semejanza con los niños no era la adjetivación del momento, sino que venía desde la mentalidad social y jurídica colonial. Considerar al indio como niño dio sustento al derecho colonial, la justificación de tener tutores.

ROLES. Lo que se devela también en estos debates es uno de los roles de los curas de la época con respecto a los indígenas: la educación y el adoctrinamiento. El mismo Bozo, refiriéndose a un caso, expresaba: “…el de un indio de la provincia Larecaja, a quien sus paisanos lo habían quemado como a un brujo…” (pág. 419). Atribuyó la incapacidad del indígena al descuido de los curas, que no le enseñaban “las buenas costumbres coloniales”. Aquí reluce la política de la “extirpación de la idolatría”, porque sencillamente el afectado era yatiri, pero es tildado de brujo. En el presente aún existe esta profunda confusión entre yatiri y brujo.

El indio no solo era borracho, estúpido, niño, brujo, sino que en la primera Constitución que se proyectaba podía ser peligroso también, porque era la población mayoritaria. El diputado Molina expresaba al respecto: “…había en las demás partes de la Constitución una popularidad ecsesiva…” (pág. 419).

Otro diputado, Calvo, en tono sarcástico, dijo: “…ya se hacía necesario el ocurrir a Roma para que otro Paulo V declarase racionales a los indíjenas. Que estos eran dueños del país y más naturales que los blancos, por lo que era injusto privarles de esta prerrogativa.” (pág. 420) Esta ironía de Calvo era la realidad, pero por la situación de la dominación colonial no era posible ese reconocimiento pleno a los pueblos ancestrales, en términos formales. Aunque los pueblos indígenas siempre lucharon para ser reconocidos como actores y contribuyentes de la Bolivia india.

¿Desde qué año se prohibió que las personas que no sabían leer ni escribir en castellano no fueran consideradas ciudadanos? La primera Constitución Política del Estado de Bolivia de 1826, en su artículo 14 señala que para ser ciudadano es necesario saber leer y escribir el castellano, pero “que esta calidad solo se exigirá desde el año mil ochocientos treinta y seis” (CPE, 1826. En Gaceta Oficial de Bolivia, 2019:7).

En las Constituciones Políticas del Estado de 1831 y 1834 no se hace ninguna mención al tema. Entre la década de 1826 y 1836 se hizo una pausa para que los indios aprendan a leer y escribir el castellano. En términos formales, la indiada podía votar en estos años mencionados. ¿Lo hicieron? Si fue así, ¿cómo fue esa experiencia? ¿Cómo fue la política de incentivo del Estado y la sociedad boliviana para que los indios aprendan a leer y escribir en español?

La Constitución de 1839, en su artículo 12, expresa: “Solo los ciudadanos que sepan leer y escribir, y tengan un capital de cuatrocientos pesos…gozan del derecho de sufragio en las elecciones” (en Gaceta Oficial de Bolivia, 2019:109). La Carta Magna de 1839 da el inicio formal a la prohibición para las personas que no sabían leer ni escribir. Pero ¿por qué se explicitó en 1839? ¿Por el fracaso del Estado en la educación castellanizante, sobre todo a los indios? O ¿fue una decisión política de racismo contra los indios?

Volviendo al debate de los primeros diputados, Callejo, a pesar de su denuncia a favor de los indios, no deja de ser excluyente cuando hace referencia a los “cholos” como “tribus errantes” o que los “africanos y sus descendientes son generalmente improductivos”, y para frenar sugiere la implantación de catastros y censos para cobrar un sistema de rentas (pág. 282).

Hay otros temas que nos llaman la atención, por ejemplo, las adjudicaciones del territorio de los Yuracarés y el inicio de la construcción del camino a Mojos, acompañado de por medio por una especie de cruzada cristiano-católica mediante misiones como la de San Francisco, la Asunción y Chimoré. El flamante Estado boliviano de 1826, mediante sus representantes, tenía el imaginario de que las tierras y los pueblos de la Amazonía eran casi inexistentes y habría que colonizarlas. Aquel ficticio argumento se reeditó con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) post 1952.

En conclusión, los primeros representantes políticos heredan todo el prejuicio racial colonial, a excepción de algunos diputados que tratan de entender a los indios. Prevalece la idea de la búsqueda de personas cultas e inteligentes para ser consideradas ciudadanos plenos, frente a la gran mayoría de indios que supuestamente no lo eran y que sencillamente son tildados de borrachos, estúpidos, niños, brujos, irracionales, etc. Está claro que la religión católica es parte activa de estas preocupaciones como parte del Estado, con profundo cimiento colonial, aunque se llame republicano. El debate no solamente fue entre los diputados, sino también con los representantes del Poder Ejecutivo, aunque estuviesen en calidad de invitados en algunas sesiones.

Esteban Ticona Alejo es sociólogo y antropólogo. doctor en estudiosculturales latinoamericanos. docente enlauniversidad mayor de san andrés (umsa) y autor de varios libros sobremovimientos indígenasycampesinos e investigación cualitativa. cofundador del taller dehistoria oral andina (thoa).

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Las independencias antes de la Independencia

Este título sugestivo, acuñado en un seminario en el Perú, revela un debate que se desarrolla hace varios años entre historiadores de los países latinoamericanos, para encontrar nuevas miradas sobre lo que ha significado la consecución de la Independencia de nuestros países.

Por Fernando Cajías de la Vega

/ 6 de agosto de 2022 / 03:29

Bolivia, 197 años de independencia

Este título sugestivo, acuñado en un seminario en el Perú, revela un debate que se desarrolla hace varios años entre historiadores de los países latinoamericanos, para encontrar nuevas miradas sobre lo que ha significado la consecución de la Independencia de nuestros países.

Evocamos el 6 de agosto de 1825 como la fecha fundacional de nuestro país y, eso tiene su gran base porque ese día se consolidó la Independencia; pero al evocar no podemos quedarnos en recordar solo el inicio de una era sin comprender que ese momento fue resultado de un largo proceso de luchas militares y sociales, además de profundos cambios políticos y de mentalidades.

Por estas razones es que actualmente es preferible hablar del proceso hacia la Independencia y no exclusivamente de Guerra de la Independencia. Otro aspecto que también ha merecido revisión, ya desde hace décadas, pero que todavía genera polémica, es que tradicionalmente se consideró que el cambio político se inició en 1808, con la crisis de la monarquía española, la invasión de Napoleón a España y las consecuencias que estos hechos tuvieron en América con los movimientos juntistas de 1809 y 1810.

Sin desmerecer que la coyuntura de 1808 fue fundamental para la Independencia, no se puede desconocer que el proceso hacia la emancipación empezó décadas antes. Por supuesto que la resistencia de los indígenas a la dominación española tiene antecedentes desde la colonia temprana, también las diferencias entre criollos y europeos; pero es a partir de la segunda mitad del siglo XVIII cuando el proceso hacia la Independencia se consolida en varios frentes.

El que más se desarrolló en esos años fue el indígena. Su descontento partió de las pensiones fiscales a las que estaban sometidos: el tributo, la mita y, sobre todo, el reparto mercantil. Este último, legalizado en 1751, consistía en la distribución obligada a los indios de mercaderías traídas de Europa como de productos de América. Los indios estaban obligados a recibirlas, sean útiles o inútiles, en los precios fijados por el Corregidor.

En la segunda mitad del siglo XVIII existía una relativa acomodación al tributo, inclusive, pese a sus abusos, a la mita; pero el reparto significó la ruptura del frágil equilibrio existente. Por eso en el siglo XVIII se han contabilizado un centenar de rebeliones indígenas contra el tributo, pero sobre todo contra el reparto. Fueron manifestaciones antifiscales, pero también tuvieron objetivos políticos, como terminar con los corregidores y caciques encargados de los cobros.

Existen varios ejemplos de esas rebeliones. En 1730, el mestizo Alejo Calatayud dirigió una revuelta en Cochabamba contra la tentativa de incluir en la tasa de tributarios a los mestizos. En 1739, abortó una rebelión en Oruro, en la que Vélez de Córdoba se proclamó nieto del Inca y dispuesto a levantarse contra los españoles. Particularmente interesante fue la rebelión de Condo Condo (Oruro) contra los abusos de los caciques cobradores de tributos. En Sica Sica, los comunarios mataron al Teniente de Corregidor en 1770, como parte de una rebelión identificada en contra del reparto de mercaderías. Lo mismo pasó en Jesús de Machaca.

Todas estas rebeliones tuvieron carácter local hasta que explotó la sublevación general de indios de 1780-1782, producto de un largo proceso del descontento indígena, agudizado a mediados de la década del 70 por la política de las Reformas Borbónicas.

Si bien estos movimientos fueron fundamentalmente de carácter económico y social, se los vincula al proceso hacia la Independencia, porque también reflejan el deseo de una transformación política que acabe con los abusos del antiguo régimen. La mayoría de las rebeliones locales terminaron con la vida de corregidores y caciques, pero lo más importante desde el punto de vista político fue el “Nacionalismo Inca”; desde las rebeliones tempranas estuvo presente la idea de restaurar el Tawantinsuyo y con ello el gobierno del Inca.

Para que esas revueltas se integraran y tuvieran objetivos más estructurales era necesario un liderazgo aglutinador que creció y se consolidó luego de un largo proceso de legitimación. Existieron varios líderes aglutinadores, pero destacaron especialmente dos familias: los Amaru, cuzqueños y quechuas, y los Catari, caciques aymaras. De las dos familias, la de los Amaru adquirió mayor preeminencia por su descendencia directa de los incas.

En la Sublevación General de Indios destacaron José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru, su primo Cristóbal, su sobrino Andrés y su esposa Micaela Bastidas; entre los Catari de Chayanta, Tomás, Dámaso y Nicolás. Mención especial requiere la figura de Julián Apaza y su esposa Bartolina Sisa, que no eran de la línea noble de caciques, pero tuvieron una gran convocatoria, uniendo a los Amaru y los Catari en el cerco de La Paz y de Sorata, utilizando el nombre de Túpac Catari.

La Rebelión General logró algunos de sus objetivos, como la eliminación del reparto y el cargo de Corregidor; pero sus líderes fueron víctimas de muertes crueles, como público escarmiento.

El otro frente de descontento contra el régimen español fueron los criollosmestizos o frente urbano. En la segunda mitad del siglo XVIII la coyuntura principal para ello, fueron las Reformas Borbónicas, que trajeron la reordenación profunda de las relaciones administrativas, militares y mercantiles entre la Metrópoli y las colonias; reajuste de las instituciones, elección de nuevas entidades político-administrativas, reformas que produjeron un gran descontento.

Una de las primeras medidas que produjo un gran malestar fue la expulsión de los jesuitas en 1767, cuyo mayor efecto se vivió en Moxos y Chiquitos y en todas las ciudades donde los jesuitas estaban presentes. Pero fueron, sin duda, las medidas administrativas y fiscales las que causaron mayor irritación, especialmente el aumento de los impuestos al comercio y la erección de aduanas. La Paz y Cochabamba fueron el escenario de revueltas urbanas contra las aduanas; la más grave fue el 12 de marzo de 1780 en La Paz, que obligó al obispo de la ciudad a suspender los nuevos impuestos.

Las Reformas Borbónicas pusieron en evidencia la crisis del sistema colonial y la fuerte rivalidad entre criollos y europeos, así como el creciente antieuropeísmo y la construcción paulatina de la identidad americana. Sin embargo, cuando se dio la rebelión en 1780, el descontento criollo se replegó; más pudo el miedo a los indígenas radicales que, con el desarrollo de la sublevación, ya no distinguían entre el blanco europeo y el blanco americano. Pero, también se debió a un conflicto de intereses y diferencias de objetivos entre los rebeldes indígenas y rebeldes criollos.

En la única ciudad, en la que se unieron la rebelión indígena y la revuelta criolla, fue en Oruro, donde el 10 de febrero de 1781, después de una matanza de españoles, los criollos tomaron el poder aliados a los indígenas. Los conflictos políticos reflejados en la lucha abierta por el poder local de la Villa; los conflictos económicos originados por las deudas de mineros criollos a comerciantes europeos; la desconfianza y el desprecio social mutuos fueron la causa fundamental del enfrentamiento. La poderosa aristocracia minera criolla, encabezada por los hermanos Rodríguez y su empleado Sebastián Pagador, con el apoyo de la plebe y de las comunidades indígenas circunvecinas, establecieron un gobierno que duró varios años. La alianza con los indígenas duró pocas semanas; pero una vez derrotados éstos, los líderes criollos de Oruro fueron reprimidos brutalmente.

La represión no significó la supresión del descontento. En la década de los 90, por diversos medios llegó la influencia de la Revolución Francesa y las ideas de la Ilustración. Aunque no se dieron movimientos similares a los anteriormente descritos, en esta década y en la primera del nuevo siglo, se fueron gestando reuniones, lecturas, rumores que transformarían la cultura política, tanto en Perú como en Charcas y en las otras regiones hispanoamericanas. Es así que apenas surgió la coyuntura favorable de 1808 y de 1810, las rebeliones se multiplicaron por cientos.

También entre los indígenas de tierras bajas y en el mundo africano esclavizado se dieron otras independencias. Uno de los casos más emblemáticos es el de los guaraníes, que no tuvieron un proceso hacia la Independencia, como las otras etnias, porque ya eran independientes. Una independencia con el alto costo de la guerra de siglos contra los españoles. Guerra con treguas y combates. Precisamente a principios del siglo XIX, la guerra guaraní volvió a estallar y, su máximo capitán, Cumbay, unió fuerzas con Belgrano y los esposos Padilla.

Los afrodescendientes tienen su mayor epopeya en la rebelión de Haití, la más radical y la primera del siglo XIX. Entre los varios protagonistas afros destaca la figura de Franciscote, con su rebelión abortada, en agosto de 1809, en Santa Cruz.

En esas independencias antes de la Independencia se lograron, aunque temporalmente, mayores transformaciones económico-sociales que en las repúblicas recién fundadas. Talvez porque viejos aliados de la contrarrevolución se acomodaron a lo inevitable. Pese a ello, parafraseando a la historiadora peruana Claudia Rosas, la permanencia de las estructuras sociales coloniales durante las primeras décadas republicanas, no significó la ausencia de transformaciones políticas profundas desde 1808, y desde décadas antes.

Con base en: Cajías, Fernando, ‘Acomodación, resistencia y sublevación indígena’ en Historia de América Andina, Volumen III, El Sistema Colonial Tardío, Quito, Universidad Andina, 2001.

Fernando Cajías De La Vega es Historiador, catedrático de launii versidadmayor de san andrés jumsak y de la universidadcatólica boliviana jucbk.

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La sublevación indígena en La Paz en 1781 Túpac Katari, la tormenta aymara

Por Róger Mamani Siñani

/ 6 de agosto de 2022 / 03:28

Bolivia, 197 años de independencia

La “sublevación general de indios” en Charcas tuvo sus motivos en los abusos de las autoridades coloniales para con los indios, la sobreexplotación de éstos en la mita minera, pero sobre todo en el “reparto forzoso de mercancías” o la venta obligada de productos a las comunidades indígenas que podían o no servirles.

Para fines de marzo de 1781, los principales caudillos de Chayanta y Oruro fueron derrotados y sus movimientos, controlados. Fue en ese momento que empezó la sublevación en la región de La Paz, encabezada por Julián Apaza, “Túpac Katari”, y su esposa Bartolina Sisa.

Julián Apaza nació en Sica Sica y muy joven se trasladó hacia Ayo Ayo, al ayllu Sullcawi, donde se inscribió en la categoría tributaria de “forastero”. Esta condición le permitió tener más libertad de movimiento dedicándose a oficios como el de “trajinante” o comerciante propietario de recuas de llamas. Fue gracias a esta actividad que logró contactarse con mucha gente y organizar la gran sublevación de 1781.

Su entorno familiar estaba conformado por su hermana Gregoria Apaza, su esposa Bartolina Sisa y un hijo llamado Anselmo. Por las descripciones de la época se identificaba a Túpac Katari como un hombre de más o menos 30 años al momento de su captura, por lo que habría nacido posiblemente hacia 1750. Sobre su aspecto físico no se conoce mucho, salvo algunas descripciones realizadas en los diarios del cerco de La Paz.

A principios de 1781, los rumores acerca de una invasión de las tropas de Túpac Amaru a La Paz eran cada vez más fuertes; por ello se nombró a Sebastián de Segurola, corregidor de Larecaja, como comandante militar de la ciudad, dándole la misión de organizar la defensa. Se construyó entonces un muro alrededor de la ciudad, dejando fuera los “barrios de indios” de Santa Bárbara, San Sebastián y San Pedro, y de adiestrar a la población local para el manejo de armas de fuego, creando milicias.

EXPEDICIÓN. En febrero de 1781, una expedición salió de la ciudad rumbo a Viacha, donde se ejecutó a varios “indios sublevados”. El 13 de marzo trataron de hacer lo mismo en Laja, pero allí los indígenas presentaron una resistencia tenaz. Cuando el contingente armado retornaba victorioso en horas de la noche, encontró en la Ceja de El Alto un campamento indígena dirigido por alguien que se hacía llamar Túpac Katari. Entonces, los soldados de Segurola se abrieron paso a punta de disparos de fusil hasta que en la madrugada lograron entrar a la ciudad. De esta manera se inició el cerco a la urbe paceña.

En 1781 se registraron dos cercos a la ciudad de La Paz. El primero duró desde el 13 de marzo hasta el 3 de julio de ese año. Luego de un intermedio en el que las huestes de Katari fueron desalojadas de sus campamentos por el coronel Ignacio Flores, se instaló un segundo cerco entre el 7 de agosto y el 17 de octubre del mismo año.

Túpac Katari concentró sus tropas en dos puntos estratégicos: el primero en la Ceja de El Alto, desde donde se controlaba todos los caminos hacia el altiplano; el segundo se ubicó en Pampahasi, desde donde se divisaba claramente la ciudad y se controlaba la salida hacia los Yungas. La estrategia era estrangular a la ciudad impidiéndole cualquier llegada de alimentos y amedrentar a la población con ataques diurnos y nocturnos, hasta que sus habitantes se rindieran. Finalmente se contemplaba la posibilidad de tomar la ciudad por asalto.

Para su cometido, Katari logró el apoyo inicial de los indígenas de Calamarca, Luribay, Yaco, Quime, Inquisivi, Capiñata, Cavari, Mohoza e Ichoca, sumándose luego los de los de Sica Sica y Ayo Ayo, además de muchos indígenas de los barrios de indios, llegando a conformar un ejército de entre 10.000 y 12.000 hombres.

La sublevación no se limitó a la ciudad de La Paz. En Tiquina, el 19 de marzo de 1781, Tomás Callisaya y sus huestes, siguiendo órdenes de Katari, mataron a hombres, mujeres y niños españoles o de ascendencia española. En los meses siguientes, las huestes de Katari lograron tomar las poblaciones de Desaguadero, Zepita, Pomata, Ilave, Juli y Chuchito, y el 1 de abril se cercó la población de Sorata, aunque sin resultados favorables. De la misma manera, se intentó tomar la ciudad de Puno mediante un cerco puesto en abril de 1781, en el cual convergieron las fuerzas aymaras de Katari y las quechuas de los Amaru.

INCOMUNICADA. La ciudad de La Paz quedó totalmente incomunicada, sin una posible vía de acceso para el reabastecimiento de víveres. Como Katari sabía que los refuerzos enviados desde Lima o desde Buenos Aires no tardarían en llegar, incrementó los ataques, logrando incendiar varias casas del interior de la ciudad arrojando antorchas a los techos de las mismas. A pesar de ello el muro no cedió.

El esperado auxilio a la ciudad de La Paz llegó a fines de junio con el coronel Ignacio Flores y unos 2.000 soldados, procedentes de Buenos Aires, La Plata y Cochabamba. Este contingente se enfrentó a las huestes indígenas en Sica Sica, Calamarca y Ventilla, donde Julián Apaza estuvo cerca de caer prisionero. En ausencia de éste, el mando de las tropas que asediaban La Paz lo asumió Bartolina Sisa, que se hallaba en el cuartel de Pampahasi; sin embargo, cuando trató de ir en busca de su marido fue traicionada y entregada a Segurola.

Las tropas del Rey llegaron a La Paz el 3 de julio, poniendo fin al primer cerco. La alegría de los paceños duraría poco. Muchos soldados habían caído enfermos y otros se mostraron altamente indisciplinados, por lo cual, a pesar de los ruegos de los habitantes de la ciudad y las órdenes de Segurola, las fuerzas auxiliares se retiraron de La Paz el 5 de agosto de 1781. Inmediatamente las tropas de Katari se reorganizaron e impusieron un nuevo cerco.

El 6 de abril de 1781, José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru, fue ejecutado en la plaza del Cuzco acusado de asesinato de españoles y de infidencia contra el Rey. A pesar de la muerte de su principal caudillo, la rebelión de los Amaru continuó, pero en un nuevo escenario, la provincia de La Paz.

En agosto se cercó nuevamente la localidad de Sorata, esta vez por tropas quechuas al frente de Andrés Túpac Amaru, sobrino de José Gabriel y Gregoria Apaza, hermana de Katari. Se construyó una cocha o represa de agua para romperla e inundar al pueblo. Una vez hecho esto, la pareja y sus huestes entraron solemnemente a Sorata, instauraron juicios sumarios a los vecinos y los sentenciaron a morir, mientras que a las mujeres se las obligó a llevar trajes indígenas en señal de sumisión.

Cuando el ejército quechua llegó a la ciudad de La Paz, Andrés Túpac Amaru le exigió obediencia a Túpac Katari, pero éste no quiso colocarse bajo las órdenes de un advenedizo. Finalmente, se acordó que cada uno quedaría al mando de sus respectivos ejércitos y se reconoció a Julián Apaza como comandante del cerco de La Paz. El 28 de agosto se reanudaron las hostilidades con ataques a los muros y el uso de antorchas que se lanzaban para provocar incendios. La ciudad, sobrepoblada debido a la acogida de la población criolla y mestiza que vivía en los barrios de indios, se quedó lentamente sin alimentos, llegando sus habitantes a comer carne de ratas, gatos y perros.

El hecho culminante del segundo cerco fue la construcción de una cocha, similar a la utilizada en Sorata, a la altura de Achachicala, utilizando las aguas del río Choqueyapu. El objetivo era arrasar los muros que protegían la ciudad; sin embargo, la noche del 11 de octubre, la represa cedió antes de tiempo. La fuerza de las aguas se llevó varias casas de extramuros, además de muchos puentes, pero las trincheras y las murallas lograron resistir el embate de la inundación.

Consciente de que la situación en La Paz se tornaba desesperada, el nuevo presidente de la Audiencia de Charcas, Ignacio Flores, envió a La Paz al teniente coronel Josef de Reseguín al mando de una tropa de 3.000 hombres y ocho cañones. Se optó por acabar con la resistencia indígena primero en los valles y luego en el altiplano, donde derrotó a las huestes quechuas y aymaras. Finalmente, la expedición llegó a El Alto el 17 de octubre, provocando la huida desordenada del ejército indígena. Sin perder tiempo, Reseguín atacó los campamentos de Pampahasi y el Calvario, donde estaban los Amaru. Finalmente, la ciudad de La Paz se vio libre de toda amenaza indígena.

Los principales líderes quechuas, así como Túpac Katari, se habían retirado hacia la localidad de Peñas días antes de la llegada de Reseguín. Sabedor de esto, el comandante realista salió en su persecución, pero cuando estaba en la localidad de Patamanta, el 3 de noviembre de 1781, se presentaron voluntariamente Andrés Túpac Amaru, Miguel Bástidas y Gregoria Apaza solicitando paces a cambio del perdón. Túpac Katari se retiró hacia Achacachi, donde fue recibido por Tomás Inga Lipe, el Bueno, quien lo esperaba con una fiesta. En la noche del 8 de noviembre, Katari presintió que iba a ser traicionado e intentó huir, pero gracias a Inga Lipe fue detenido por los soldados del Rey en un lugar denominado Chinchayapampa.

PEÑAS. El 10 de noviembre, Katari llegaba al pueblo de Peñas donde Reseguín había instalado su cuartel general. Luego de un juicio sumario seguido por el oidor Tadeo Díez de Medina, se lo encontró culpable de asesinato de españoles y de infidencia contra el Rey. El castigo que se le impuso fue la muerte por descuartizamiento, ejecución que se llevó a cabo por parte de cuatro soldados tucumanos el 14 de noviembre de 1781 en la plaza del pueblo de Peñas.

Luego de su ajusticiamiento y como forma de escarmiento, se colocó su cabeza en la ciudad de La Paz, primero en la plaza mayor y después en Quilliquilli; la mano derecha se mandó a Ayo Ayo y luego a Sica Sica; la mano izquierda fue destinada al pueblo de Achacachi, la pierna derecha a Chulumani y la izquierda a Caquiaviri, principales puntos de rebelión.

La rebelión indígena en La Paz terminó con la “pacificación” implacable por parte de Josef de Reseguín. Se arrestó o mató a algunos líderes o lideresas que quedaban como Isabel Guallpa, viuda de Choqueticlla, quien a la muerte de su esposo asumió el mando de sus tropas. Por otro lado, Bartolina Sisa fue ahorcada el 5 de agosto de 1782 en la plaza de armas de La Paz, después de una larga prisión y un juicio. Finalmente, Joseph de Reseguín dio por finalizada su campaña en julio de 1782.

La experiencia de las rebeliones indígenas marcó la vida de la población en Charcas. La Corona cambió su política frente a la población indígena, la crisis de los cacicazgos se profundizó y el temor a una nueva sublevación pasó a la siguiente generación. La memoria de la “sublevación general de indios” en los pueblos y en las ciudades quedaría latente y se manifestaría nuevamente en un contexto diferente: el de la crisis de la monarquía que se produjo 30 años después y que sería el inicio del proceso de independencia.

Roger L. Mamani siñani es licenciado en historia por la universidad mayor de san andrés. docente de la carrera de historia de la universidad pública de el alto (upea).

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Agustín Quespi, Ignacio Rodríguez y Asencio Patapata: capitanes de k’ajchas, trapiches y tumultos en Potosí en 1751 y 1756

Esta historia de Arzáns de Orsúa y Vela del siglo XVIII podía haber sido considerada como un relato totalmente ficcional. La investigación que estoy realizando revela que esta situación no solo era conocida en Potosí durante los años 1735, sino que anuncia también lo que sucedería décadas después.

Por Rossana Barragán Romano - historiadora

/ 6 de agosto de 2022 / 03:28

Bolivia, 197 años de independencia

Su nombre… es Agustín Quespi, su patria esta Villa… Críolo un vizcaíno que también era valiente… Es feligrés de la parroquia de San Martín. Le tenían miedo en el cerro y el más bravo español le huía… Andaba con un par de pistolas, con sus herramientas y sus compañeros, y como no tenía mina propia, entraba en las desiertas y sacaba el metal necesario… Ni… 50 hombres lograban prenderlo, tenía mucho valor y fuerza y por todo ello se decía que tenía un pacto con el demonio. Agustín era también temido por los indios. Una vez distribuyó latigazos rompiendo cabezas y quebrantando huesos. Se enfrentaba también a soldados o a franceses. Aunque muchos dueños y azogueros “deseaban beberle la sangre”, otros tenían amistad con él. Además, en favor del rey y la república entregaba quintos (impuestos) a su majestad y era liberal para el culto divino. Su riqueza y estima de parte de muchos españoles y curas lo salvaron hasta que llegó su ruina: fue apresado y atado de pies y manos. Puesto en la cárcel fue acusado de homicida, de haber capitaneado bandidos ladrones, de haber herido, maltratado y azotado a españoles. Agustín Quespi era capitán de los k’ajchas.

Esta historia de Arzáns de Orsúa y Vela del siglo XVIII podía haber sido considerada como un relato totalmente ficcional. La investigación que estoy realizando revela que esta situación no solo era conocida en Potosí durante los años 1735, sino que anuncia también lo que sucedería décadas después. Los k’ajchas fueron descritos por los azogueros y autoridades como ladrones que sacaban minerales los fines de semana y los procesaban en los molinos más rudimentarios conocidos como trapiches.

En los carnavales de 1751, las principales autoridades de Potosí acusaron a los k’ajchas de motín, tumulto y sublevación. Se decía que preparaban “alzamiento” para el domingo de Carnestolendas y se refirieron a que “conspiraron gran multitud de indios mestizos, y otros mistos cacchas (mixtos k’ajchas) en la calle de San Francisco armados, y prevenidos de fuerzas de piedras y hondas con la mira de asaltar, y avanzar a la Villa…”

Al día siguiente, otro personaje afirmó que: “… decían los dichos Cacchas (k’ajchas) ‘Viva el Rey, y muera el mal Gobierno, y que matando al Corregidor y Alcaldes se alzarían con la Villa”

Foto.Pedro Querejazu

‘CONSPIRACIÓN’. Diversas personas declararon que en la noche del 3 de febrero hubo una “conspiración” de multitud de indios, mestizos y otros mixtos k’ajchas. Fue cuando “ingresó” a la ciudad una “manga de indios con sus hondas y piedras”, razón por la que se mandó tocar la campana de cabildo convocando a los vecinos que acudan con armas en contra de ellos. Se apresó a varias personas, entre ellas a tres personas que fueron acusadas criminalmente de “alboroto y tumulto”. Se trataba de los mestizos Ignacio Rodríguez, el trapichero Nicolás Zárate y el indígena k’ajcha Marcelo Hanco. Ignacio Rodríguez declaró ser de La Plata, carpintero, harpero y trabajaba con trapicheros y k’ajchas. Como muchos de los involucrados, tenía un apodo, el del Molondro ( flojo, perezoso, holgazán/aunque podría ser también malandro utilizado para un “antisocial”). Declaró haber llevado velas a la cruz de los k’ajchas y que lo “mingaron” para que tocara harpa. Pero se lo acusó también de estar involucrado en una masiva reunión acullicando con más de 200 personas que eran los que planificaban “alzarse”.

Un año después, el alcalde Urquizo testificó una y otra vez que fue él quien logró tomar preso a Asencio Patapata, un trapichero que vivía cerca de Vilasirca, del que se dice que tenía el nombre de Asencio Oretia (o Uretia). Contó que fue a su morada, muy temprano en la mañana, entre las 07.00 y 08.00, con varias autoridades y diversas personas, por lo que lograron amarrarlo de los brazos, siendo colocado luego en las ancas de una mula y estuvo a punto de escapar. El corregidor de la Villa Imperial de Potosí, don Ventura de Santelices, que había sido acusado por algunos azogueros de apoyar a los k’ajchas y trapicheros, fue sin embargo el que dictaminó la muerte de Patapata el día 17 de marzo de 1752. Su sentencia decía: “que sea sacado de la cárcel donde está preso en bestia de albarda con una soga …al pescuezo atado pies y manos, y con voz de pregonero que manifieste sus delitos de perturbador de la paz pública, de homicida y de gravemente sospechoso… y sea así llevado por el paraje público acostumbrado a la horca… y de allí sea colgado por el pescuezo y ahorcado hasta que muera naturalmente, y de allí no le quite persona alguna sin mi licencia”.

Las diferentes fuentes revelan también, una y otra vez, el miedo que suscitaba la “multitud” de los k’ajchas, trapicheros y su poderío esta vez en 1756. Diversos testimonios explicaron que los k’ajchas llegaban a 200, otros a 1.000 con hondas y liwis, una honda para la caza muy característica entre los Urus. Se decía que los k’ajchas se armaban con bocas de fuego y tenían escudos hechos de pellejos utilizando las propias puertas para los huasis o casas que había en las bocaminas. Se decía que así podían “entrar matando”, “amarrando a cuantas personas encontraban”, azotando y haciendo burlas. Cuando las autoridades intentaron prender y apresar a uno de sus cabecillas, el Toque, tuvieron que lidiar con él más de media hora con entre seis y ocho hombres para llevarlo a la cárcel pública. Este k’ajcha opuso resistencia y clamaba por ayuda. El testimonio revela que los k’ajchas no solo siguieron a las autoridades durante todo el trayecto en el que llevaban a su amigo preso, sino que iban amedrentando y apedreando a las autoridades hasta llegar “a la Plaza del Regocijo”, donde muchísimos indios iban apareciendo desde las esquinas de la plaza.

APEDREADOS. Muchas autoridades, como la del 24, don Miguel Antonio de Careaga, regidor del Cabildo, proporcionó una larga lista de personajes apedreados: don Pedro de Iriuarren, alcalde mayor de Minas en el Curato de San Francisco, cuando fue a prender a un “cacha” (k’ajcha) y lo mismo le sucedió al superintendente de la villa que fue a visitar los trapiches junto con el alcalde ordinario don Josep Cornejo; el alcalde mayor de Minas Juan Vicente de Berroa, y el Conde de Casa Real de Moneda. La autoridad informó que se “insolentaron” los k’ajchas en la parroquia de San Pablo y a pedradas pretendieron quitar a tres o cuatro que traía presos y esto sucedía frecuentemente en los barrios de San Francisco el Chico, San Cristóbal, La Concepción, San Pablo, San Pedro, Copacabana y Santiago donde tienen “la guarida toda esta gente”.

En otras palabras, las máximas autoridades de la ciudad tenían que esconderse para evitar que los mataran, lo que indudablemente los ponía en una muy difícil situación porque no solo eran desafiados en su rango y cargo, sino porque su vida corría peligro. Esta situación devuelve un gran protagonismo a los diversos tipos de trabajadores involucrados en la explotación de plata del cerro y a su “cerco” a la ciudad de Potosí casi 30 años antes que las rebeliones del norte de Potosí y La Paz.

Rossana barraGán romano es Historiadora, trabajó en el instituto internacional de historia social (amsterdam) y es miembro de la coordinadora de historia (la paz).

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