— ¿Qué consecuencias tendrá la masacre para Noruega?
— En el paisaje político, pocas. Los partidos que hay no reflejan la ideología que ha llevado a este asesinato. Si alguien se presenta con los argumentos de Breivik, allí, será rechazado. Como mucho, puede que reformen las leyes sobre compra de armas y fertilizantes. Sin embargo, sí que se ha dado un golpe espiritual a esa autoimagen de país tranquilo. El enemigo está dentro de nosotros, y esa idea es difícil de procesar. Si hubiera tenido la piel oscura, habría habido una unión de todos los noruegos contra la inmigración. Sin embargo, sigo creyendo que Noruega es un país pacífico, pese a las sombras. Hay que confrontar el discurso de Breivik, entender cómo piensa. Las ideas son más importantes que él.
— ¿Y en Europa?
— La solución fácil es psiquiatrizar lo ocurrido, ver a Breivik como un loco con una adolescencia complicada. Pero entonces se pierden las ideas que hay detrás de su acto, que están en el manifiesto que ha escrito y que están diseminadas por toda Europa, incluida España.
— ¿Cuáles son?
— Que hay una guerra civil entre cristianismo e islam; que lo más peligroso para Europa es la multiculturalidad, que el islam penetre bajo el paraguas de la tolerancia. También propugna que hay que expulsar a los musulmanes pagándoles 25.000 euros y que, si no aceptan, hay que matarlos. Es como Hitler, pero con los musulmanes. Por último, habla del «marxismo cultural», al que considera traidor y que está encarnado por la socialdemocracia.
— ¿Algo ha fallado en Noruega para que suceda algo así?
— La Policía secreta está ciega de su ojo derecho, no era capaz de imaginar este tipo de amenaza.
— ¿Cómo debería reaccionar Europa?
— Con diálogo. Hay que ir más allá del multiculturalismo, que es un tipo de tolerancia, y avanzar en el diálogo, la curiosidad y el respeto. El siguiente paso es el aprendizaje mutuo entre el islam y el cristianismo.