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PELÉ – ‘Ahora solo quiero llorar de alegría’

A sus 74 años, el astro brasileño sigue en el imaginario de los aficionados como el más grande

/ 2 de junio de 2014 / 04:40

En esa un tanto ridícula carrera por decidir quién ha sido el mejor jugador de la historia, Pelé y Maradona siguen en cabeza con Cruyff, Di Stéfano y ahora Messi a la espalda. Pero hay algo en lo que el brasileño lleva clara ventaja sobre el resto. Aparte de la cifra récord de 1.283 goles marcados en su carrera, destila un envidiable y sano espíritu deportivo.

Lo primero que llama la atención cuando uno se sienta ante el mito de Edson Arantes do Nascimento son los genes. La gloriosa combinación que, pese a mostrarse un tanto trabado por una operación de cadera reciente, hace que a sus 74 años conserve el pelo de un adolescente y el cutis de una estrella de cine.

Después, su disposición. Eso le viene de otro componente constructivo en su vida: un ambiente en que, a pesar de pertenecer a la clase de los desheredados en la tierra, con una infancia en la que supo lo que era trabajar desde niño en su región de Minas Gerais, fue lo suficiente hábil como para aprovechar su don —“divino”, afirma él—. No solo es que aquello lo viera pronto su padre, Dondinho, también jugador profesional del Fluminense. Ayudó el hecho de haber sabido forjarse una nobleza intrínseca, cualidad que a cobijo de una madre obstinada, ayudó a dejarlo bien dispuesto para la cumbre.

Cuatro mundiales jugó después. Ganó tres. Además de 10 ligas, dos copas Intercontinentales, otras dos Libertadores y cinco de Brasil. Desarrolló su carrera en el Santos, aprovechó unos años en Estados Unidos para jugar, ahorrar un buen dinero en el Cosmos neoyorquino y estudiar de cara a un futuro que siguió sonriéndole incluso en política, un ámbito en el que llegó a ministro de Deportes con Fernando Henrique Cardoso como Presidente. Quizás por su transparencia sistemática, nunca ha ocultado detalles de su vida, dejando que éstos, por muy escabrosos que fueran, sirvieran de ejemplo. Y, sobre todo, nunca ha renunciado a disfrutar de lo que ha labrado. “Yo no busco que hablen bien de mí cuando me muera”, asegura Pelé, “ya he llorado de pena suficiente en esta vida, ahora solo quiero llorar de alegría”. Cuando comience este próximo Mundial en su país, tendrá quizás ocasión de hacerlo. Mientras, en São Paulo, donde nos concedió esta entrevista en mitad de unas jornadas sobre gestión deportiva organizadas por el Grupo Santander, despejó algunas dudas. “De jugar hoy al fútbol, lo haría en el Barcelona”, asegura. En cuanto a la carrera por su sucesión, para Pelé, “el mejor jugador de los últimos 20 años, ha sido Zinedine Zidane”.

Hoy manda la preparación física. antes primaba el espectáculo, pero la emoción, que es la esencia, es la misma.

‘Ahora también sería el mejor’

— Estará usted deseando tocar la pelota en la inauguración de este Mundial…

— Me parece que para el saque de honor van a probar algo nuevo con un muñeco y un muchacho paralítico. La idea original era que ese muchacho me diera un pase, será bonito si finalmente se hace, pero no sé si el proyecto va a culminar porque están preparando el robot. Aunque lo más duro es el entrenamiento para el chico. Ojalá eso suponga una ilusión y una fuerza para mucha gente.

— Y ¿no le darán ganas de vestirse con la canarinha?

— Bueno, eso les ocurre a todos los deportistas. Estén o no en activo. El primer Mundial que tuvimos en Brasil, en el año 1950, yo tenía 10 años y lo escuché por la radio. Emocionante, nos reuníamos los amigos de mi padre y los míos, con los que jugaba en la calle.

— ¿Era el tiempo en que, si uno no andaba por el campo, sólo se imaginaba el fútbol?

— Claro. Yo no jugué aquel primero, era muy joven. Y ahora, para éste, estoy muy viejo.

— En medio, aunque no fuera en Brasil, disputó usted cuatro y ganó tres. En el primero, el psicólogo de su equipo no quería que saltara al campo. ¿Por qué?

— Él creía que yo era muy joven y no estaba preparado para aguantar la presión. La verdad es que no me enteraba. Tenía 17 años y solo pensaba en jugar. Tampoco me sentía muy responsable, los jugadores con más experiencia estaban al mando: Didi, Dilton Santos, Gilmar. Ellos corrían con la carga. Para mí, todo era una fiesta. Pero quería, ante todo, jugar, y entonces el psicólogo no lo veía. Se equivocó, gracias a Dios. Ahora es diferente. Hoy la preocupación es la preparación física; antes primaba el espectáculo. Ésa es la diferencia, pero la emoción que transmite el juego, que es su esencia, es la misma.

— En aquel primer Mundial, fueron los grandes líderes del equipo los que sí impusieron que usted estaba ya más que preparado.

— Hay que decir que cuando estuvimos preparando aquel Mundial, yo me lesioné un ligamento. Aun así, aunque no estaba muy fino, viajé con el equipo. Pero durante los entrenamientos, Didi y Garrincha, pese a la preocupación del entrenador, dijeron que estaba más que listo para entrar en acción. El psicólogo lo que veía era que al ser demasiado joven cabía el riesgo de que no pudiera soportar la presión y perjudicara al equipo.

— Pero usted sabía mejor que nadie lo que era la presión. Un niño que se había ganado la vida como limpiabotas y al que su madre llevó ante la Virgen de la Aparecida para comentarle: “Ocúpate tú de éste, que yo no puedo más”… 

— Para mí ya era un sueño salir de Brasil. Imagínese. La gente nos decía que nos dirigíamos a otro mundo en vez de a otro país, ¿ve la diferencia? Fue por eso que mi madre me llevó enfrente de la virgen y le pidió que me acompañara y me protegiera, porque ella se sentía indefensa ante ese otro mundo. No hay que creer todo lo que se cuenta.

— ¿Qué tiene que ver aquel Brasil cerrado con éste que ya forma parte fundamental del mundo?

— Ahora es grande, muy grande. Primero por las comunicaciones. Hoy cuando vas a jugar contra alguien ya sabes quiénes son, los has estudiado, los conoces. Entonces no teníamos ni idea de quiénes eran los rivales. Casi todo el equipo de este Mundial juega fuera, en Europa, muchos son hasta amigos de sus contrincantes. Psicológicamente resulta muy diferente.

— Pero dentro de aquel mundo cerrado también les llegaban ofertas.

— Sí, pero yo estaba a gusto aquí, en mi equipo, en el Santos. Tenía propuestas para España y para el Milan, pero el Santos de entonces, junto al Real Madrid, eran los dos mejores equipos del mundo. No quise, estaba muy bien. Ah, y otra cosa también. En nuestra época la plata no era tan importante ni tan abundante como ahora. Hoy no lo podría rechazar.

— Tampoco se puede quejar de no haber ganado bien.

— No, yo no me quejo, gracias a Dios. Hice dinero cuando me fui a Estados Unidos para promocionar allí el fútbol con el Cosmos. También aquello me sirvió para estudiar marketing deportivo, porque entonces empezaba a plantearme mi futuro y mi carrera sin gran responsabilidad. Si me iba para Europa, tendría que competir más duro y no iba a tener tiempo de estudiar.

— Imagino que es mucho más difícil ser Pelé después de su vida profesional. Durante toda su carrera ha sido un referente. Y el partido que jugó después de retirarse era para permanecer en la historia como el mejor. ¿Es más dura la lucha por mantenerse en ese puesto que por ser alineado?

— La responsabilidad por mantenerse ahí se impone.

— Y además está el pique ese entre usted y Maradona. 

— Bueno, ahora es con Maradona, antes con Di Stéfano. La gente siempre hace la comparación. Pero con respecto a Maradona, hay cuestiones de principio, somos humanos y todos podemos cometer errores. Lo más difícil es procurar no decepcionar a la gente. Hay muchos jóvenes que nos admiran, que nos siguen, y yo pido a Dios que me ayude para no defraudar a esta gente.

— Parece usted, en esa batalla, un poco por encima. A Maradona, ¿no le pierde a veces esa obsesión por reivindicarse frente a usted como el número uno de la historia? ¿Qué ocurre?

— Pues mire, algo que parece un chiste, pero es verdad. Por coincidencia, si repasamos la historia, siempre se me ha comparado con los argentinos, porque con los europeos como Beckenbauer, Cruyff, Best, no me ocurría. Pero con los argentinos… Primero, Di Stéfano; aquello pasó y salió después Sívori, del que ya se han olvidado casi todos; luego vino Maradona, y ahora están empezando con Messi. Yo propongo algo: primero ustedes decidan quién ha sido el mejor en Argentina. Cuando lo sepan, después vamos a ver quién es el mejor del mundo.

— Es verdad que usted trata de no decepcionar a nadie y tiende a contar todo sobre su vida, en películas y biografías. Desde una primera experiencia sexual con un hombre a los hijos legítimos e ilegítimos.

— Hay mucho que se inventan los periodistas y no puedes rebatir, si te peleas con ellos es peor. Pero yo calculo que el 80% de lo que se dice sobre
mí es verdad.

— Bueno, lo que demuestra con eso es cierta sabiduría vital y apertura de mente.

— A veces, cuando doy entrevistas y sostengo opiniones políticas, se tergiversan. De política no me gusta hablar, lo que no significa que no me interese lo que ocurre en mi país. Lo último vino cuando salté por las críticas que se hacían al Mundial. Se habían producido muchas manifestaciones porque en la construcción de los estadios sobrepasaron los presupuestos. Dije que los jugadores de la selección no tienen la culpa de que contemos con políticos corruptos. Al contrario. El fútbol es lo que mejor nos promueve con nuestras cinco copas del mundo. No se entendió, me atacaron por criticar las manifestaciones, insisto, ¿qué culpa tienen los jugadores?

— La última no ha sido ésa. La última vino por lo que afirmó respecto a la muerte de un trabajador en las obras de un estadio. ¿También le malinterpretaron? ¿No demostró usted poca sensibilidad?

— Bueno, todo el mundo me conoce. Yo dije que, desgraciadamente, son cosas que pueden ocurrir. Todos los días nos encontramos tres o cuatro muertos por accidentes de automóvil en São Paulo, ¿qué podemos hacer? No tiene nada que ver con que tenga o no sensibilidad. El muchacho cayó. El fútbol no tiene la culpa.

— ¿La improvisación, quizás?

— La falta de seguridad, sí. Ése fue un caso, pero y los asaltos, los crímenes, ¿también se los vamos a achacar al fútbol? No pueden echarme en cara falta de sensibilidad, cuando la muestro también critican. Cuando metí un gol en Maracaná y quise llamar la atención del Gobierno para que se ocupara más de la educación de los niños me echaron en cara demagogia. Bueno, ya estoy acostumbrado.

— Viendo los últimos partidos de la Champions League (Liga de Campeones) en Europa, imaginaba a Pelé ahí y pensaba lo que ha cambiado el fútbol. ¿Se adaptaría a este juego físico de fieras programadas casi como robots?

— Hay que diferenciar el don, el talento, tanto para jugar al fútbol como para ser piloto o ingeniero. Es un regalo de Dios. Si ahora jugase, me tocaría prepararme físicamente como lo hacen ellos, pero también sería el mejor. Porque Dios me habría proporcionado ese don. Entrenaría duro, pero sería igual. Es como si le preguntaran a Beethoven qué tipo de música haría en otra época, pues alguna con el mismo genio, pero con otras herramientas, ¿no?

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Un divorcio en toda regla

Un puñetazo rompió la estrecha relación entre Vargas Llosa y García Márquez en 1976, por un conflicto que el peruano deja a los historiadores.

Un divorcio en toda regla .

/ 23 de julio de 2017 / 04:00

Dos amigos, dos colegas, dos talentos… Y un golpe que tumbó todo aquello. Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez se conocieron en los años 60 y fueron vecinos de la Barcelona de entonces. Forjaron lazos familiares y literarios. Con Carmen Balcells, su agente común, amiga, madrina… catapultaron a la generación de literatura en español más brillante del siglo XX. Aquella que brotó en un territorio propio, el de La Mancha que definió Carlos Fuentes con ayuda de Cervantes, y un montón de cofrades de todos los países que conforman América Latina.

Vargas Llosa recordó la semana pasada esa amistad, en una conferencia San Lorenzo de El Escorial, cerca de Madrid. Una alianza hecha añicos por un incidente que hizo temblar el boom literario y abrió una sima entre los dos ejes más importantes del movimiento. Ocurrió en México DF. Mario andaba en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes cuando García Márquez se acercó a saludarlo. Tras una mera explicación a la que después no ha seguido más que un silencio de cuatro décadas, el escritor colombiano recibió un puñetazo en la cara. Tan solo le dijo: “¡Esto, por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona!”. Hubo testigos, revuelo y aspavientos aquel 12 de febrero de 1976.

Ambos acudieron al estreno de Supervivientes de los Andes, la famosa película que recreaba el accidente de avión de un equipo de rugby y los episodios de canibalismo para poder sobrevivir hasta que fueron rescatados. El mandoble de Vargas Llosa rompía una férrea amistad de tiempo, exilios, alianzas personales y veladas de fuertes dosis literarias. Abría dos frentes entre el peruano y el colombiano, que con los años recibieron cada uno su premio Nobel. Enfrentó a sus familias y ruborizó a los amigos comunes. A partir de entonces, nada sería igual… ¿Qué había pasado?
Mario vivía una de sus crisis de pareja con su mujer de entonces, Patricia Llosa. Ella encontró amigo y confidente en Gabo y Mercedes Barcha, la mujer de éste. Hubo, quizás, malos entendidos que llevaron a los celos. Y de ahí, la posible y deseada reconciliación entró en barrena. Y la mala relación se fue enquistando entre posiciones políticas en las antípodas y una alimentada rivalidad.

Muchos buscaron el abrazo de la paz. “Sobre todo su agente, que era mucho más que eso. Carmen Balcells se había convertido para los dos en una especie de madre común, la mamá grande, la llamaban. Y lo pasó muy mal. Es que aquello fue un divorcio en toda regla. Con amigos que se ponen de un lado y otro de la pareja”, comenta Ángel Esteban, autor junto a Ana Gallego del libro De Gabo a Mario (Espasa). “Quien mejor ha contado el episodio”, comenta Esteban, es Xavi Ayén en Aquellos años del boom (RBA). Nadie ha refutado esa versión que ofrece todo lujo de detalles”.

Ayén describe la escena. También los prolegómenos y sus consecuencias en dicho volumen, de más de 800 páginas que recibió en 2013 el Premio Gaziel de biografía. En el capítulo Historia de un fraticidio, ya avisa lo que Vargas Llosa contesta cuando le preguntan qué pasó: “Bueno, eso vamos a dejárselo a los historiadores”. Es la misma respuesta que el escritor le ha dado a Esteban y a otros tantos. “Jamás, ni él, ni García Márquez volvieron a hablar del asunto. Lo que no sé es si estuvieron después en contacto o no”.

Públicamente, lo más parecido a una reconciliación, fue lo que ocurrió al aparecer la edición definitiva de Cien años de soledad por parte de la Real Academia Española. Ahí, Vargas Llosa dio permiso para que se publicara en el prólogo Cien años de soledad, realidad total, novela total. Ya antes había escrito sobre su amigo en Historia de un deicidio. “No sé si es que lo presionaron, pero aquello se interpretó como un gesto de acercamiento”, agrega Ángel Esteban.

Respeto. Las coincidencias persisten. Un nuevo gesto fue la charla pública que Vargas Llosa ofreció la semana pasada en San Lorenzo de El Escorial. “Con los años, creo que Mario va sintiendo la necesidad de cerrar heridas”, afirma Esteban. Otro curso sobre García Márquez se ha celebrado esta semana en la Universidad Rey Juan Carlos, también en Madrid. Como en una novela policiaca las teorías se afianzan recurriendo a los testimonios y los testigos, que han ayudado a reconstruir aquella crucial relación. Entre ambos escritores pervivió un respeto profundo por la obra del otro pero ante el conflicto, aún hoy Vargas Llosa guarda silencio.

Del revuelo que se formó tras el altercado en México, queda una anécdota. La escritora y amiga de ambos, Elena Poniatowska, al ver a Gabo en el suelo, se asustó pero quedó impresionada por el remango de Mercedes Barcha. “Elenita, hay que ser prácticos”. Y se marchó a por algo frío para quitarle la hinchazón. Cruzó al restaurante de enfrente, el Hamburger Heaven, para aliviarle el ojo y la mejilla izquierda a causa del KO. En vez de hielo, se presentó con una chuleta fresca y se lo aplicó en la cara. “Luego”, le contó Poniatowska a Ayén, “se lo llevaron en un volchito”, es decir, un Volkswagen. Y en ese rumbo incierto del escarabajo se perdió un trozo de la amistad que había forjado el boom para siempre.

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PELÉ – ‘Ahora solo quiero llorar de alegría’

A sus 74 años, el astro brasileño sigue en el imaginario de los aficionados como el más grande

/ 2 de junio de 2014 / 04:40

En esa un tanto ridícula carrera por decidir quién ha sido el mejor jugador de la historia, Pelé y Maradona siguen en cabeza con Cruyff, Di Stéfano y ahora Messi a la espalda. Pero hay algo en lo que el brasileño lleva clara ventaja sobre el resto. Aparte de la cifra récord de 1.283 goles marcados en su carrera, destila un envidiable y sano espíritu deportivo.

Lo primero que llama la atención cuando uno se sienta ante el mito de Edson Arantes do Nascimento son los genes. La gloriosa combinación que, pese a mostrarse un tanto trabado por una operación de cadera reciente, hace que a sus 74 años conserve el pelo de un adolescente y el cutis de una estrella de cine.

Después, su disposición. Eso le viene de otro componente constructivo en su vida: un ambiente en que, a pesar de pertenecer a la clase de los desheredados en la tierra, con una infancia en la que supo lo que era trabajar desde niño en su región de Minas Gerais, fue lo suficiente hábil como para aprovechar su don —“divino”, afirma él—. No solo es que aquello lo viera pronto su padre, Dondinho, también jugador profesional del Fluminense. Ayudó el hecho de haber sabido forjarse una nobleza intrínseca, cualidad que a cobijo de una madre obstinada, ayudó a dejarlo bien dispuesto para la cumbre.

Cuatro mundiales jugó después. Ganó tres. Además de 10 ligas, dos copas Intercontinentales, otras dos Libertadores y cinco de Brasil. Desarrolló su carrera en el Santos, aprovechó unos años en Estados Unidos para jugar, ahorrar un buen dinero en el Cosmos neoyorquino y estudiar de cara a un futuro que siguió sonriéndole incluso en política, un ámbito en el que llegó a ministro de Deportes con Fernando Henrique Cardoso como Presidente. Quizás por su transparencia sistemática, nunca ha ocultado detalles de su vida, dejando que éstos, por muy escabrosos que fueran, sirvieran de ejemplo. Y, sobre todo, nunca ha renunciado a disfrutar de lo que ha labrado. “Yo no busco que hablen bien de mí cuando me muera”, asegura Pelé, “ya he llorado de pena suficiente en esta vida, ahora solo quiero llorar de alegría”. Cuando comience este próximo Mundial en su país, tendrá quizás ocasión de hacerlo. Mientras, en São Paulo, donde nos concedió esta entrevista en mitad de unas jornadas sobre gestión deportiva organizadas por el Grupo Santander, despejó algunas dudas. “De jugar hoy al fútbol, lo haría en el Barcelona”, asegura. En cuanto a la carrera por su sucesión, para Pelé, “el mejor jugador de los últimos 20 años, ha sido Zinedine Zidane”.

Hoy manda la preparación física. antes primaba el espectáculo, pero la emoción, que es la esencia, es la misma.

‘Ahora también sería el mejor’

— Estará usted deseando tocar la pelota en la inauguración de este Mundial…

— Me parece que para el saque de honor van a probar algo nuevo con un muñeco y un muchacho paralítico. La idea original era que ese muchacho me diera un pase, será bonito si finalmente se hace, pero no sé si el proyecto va a culminar porque están preparando el robot. Aunque lo más duro es el entrenamiento para el chico. Ojalá eso suponga una ilusión y una fuerza para mucha gente.

— Y ¿no le darán ganas de vestirse con la canarinha?

— Bueno, eso les ocurre a todos los deportistas. Estén o no en activo. El primer Mundial que tuvimos en Brasil, en el año 1950, yo tenía 10 años y lo escuché por la radio. Emocionante, nos reuníamos los amigos de mi padre y los míos, con los que jugaba en la calle.

— ¿Era el tiempo en que, si uno no andaba por el campo, sólo se imaginaba el fútbol?

— Claro. Yo no jugué aquel primero, era muy joven. Y ahora, para éste, estoy muy viejo.

— En medio, aunque no fuera en Brasil, disputó usted cuatro y ganó tres. En el primero, el psicólogo de su equipo no quería que saltara al campo. ¿Por qué?

— Él creía que yo era muy joven y no estaba preparado para aguantar la presión. La verdad es que no me enteraba. Tenía 17 años y solo pensaba en jugar. Tampoco me sentía muy responsable, los jugadores con más experiencia estaban al mando: Didi, Dilton Santos, Gilmar. Ellos corrían con la carga. Para mí, todo era una fiesta. Pero quería, ante todo, jugar, y entonces el psicólogo no lo veía. Se equivocó, gracias a Dios. Ahora es diferente. Hoy la preocupación es la preparación física; antes primaba el espectáculo. Ésa es la diferencia, pero la emoción que transmite el juego, que es su esencia, es la misma.

— En aquel primer Mundial, fueron los grandes líderes del equipo los que sí impusieron que usted estaba ya más que preparado.

— Hay que decir que cuando estuvimos preparando aquel Mundial, yo me lesioné un ligamento. Aun así, aunque no estaba muy fino, viajé con el equipo. Pero durante los entrenamientos, Didi y Garrincha, pese a la preocupación del entrenador, dijeron que estaba más que listo para entrar en acción. El psicólogo lo que veía era que al ser demasiado joven cabía el riesgo de que no pudiera soportar la presión y perjudicara al equipo.

— Pero usted sabía mejor que nadie lo que era la presión. Un niño que se había ganado la vida como limpiabotas y al que su madre llevó ante la Virgen de la Aparecida para comentarle: “Ocúpate tú de éste, que yo no puedo más”… 

— Para mí ya era un sueño salir de Brasil. Imagínese. La gente nos decía que nos dirigíamos a otro mundo en vez de a otro país, ¿ve la diferencia? Fue por eso que mi madre me llevó enfrente de la virgen y le pidió que me acompañara y me protegiera, porque ella se sentía indefensa ante ese otro mundo. No hay que creer todo lo que se cuenta.

— ¿Qué tiene que ver aquel Brasil cerrado con éste que ya forma parte fundamental del mundo?

— Ahora es grande, muy grande. Primero por las comunicaciones. Hoy cuando vas a jugar contra alguien ya sabes quiénes son, los has estudiado, los conoces. Entonces no teníamos ni idea de quiénes eran los rivales. Casi todo el equipo de este Mundial juega fuera, en Europa, muchos son hasta amigos de sus contrincantes. Psicológicamente resulta muy diferente.

— Pero dentro de aquel mundo cerrado también les llegaban ofertas.

— Sí, pero yo estaba a gusto aquí, en mi equipo, en el Santos. Tenía propuestas para España y para el Milan, pero el Santos de entonces, junto al Real Madrid, eran los dos mejores equipos del mundo. No quise, estaba muy bien. Ah, y otra cosa también. En nuestra época la plata no era tan importante ni tan abundante como ahora. Hoy no lo podría rechazar.

— Tampoco se puede quejar de no haber ganado bien.

— No, yo no me quejo, gracias a Dios. Hice dinero cuando me fui a Estados Unidos para promocionar allí el fútbol con el Cosmos. También aquello me sirvió para estudiar marketing deportivo, porque entonces empezaba a plantearme mi futuro y mi carrera sin gran responsabilidad. Si me iba para Europa, tendría que competir más duro y no iba a tener tiempo de estudiar.

— Imagino que es mucho más difícil ser Pelé después de su vida profesional. Durante toda su carrera ha sido un referente. Y el partido que jugó después de retirarse era para permanecer en la historia como el mejor. ¿Es más dura la lucha por mantenerse en ese puesto que por ser alineado?

— La responsabilidad por mantenerse ahí se impone.

— Y además está el pique ese entre usted y Maradona. 

— Bueno, ahora es con Maradona, antes con Di Stéfano. La gente siempre hace la comparación. Pero con respecto a Maradona, hay cuestiones de principio, somos humanos y todos podemos cometer errores. Lo más difícil es procurar no decepcionar a la gente. Hay muchos jóvenes que nos admiran, que nos siguen, y yo pido a Dios que me ayude para no defraudar a esta gente.

— Parece usted, en esa batalla, un poco por encima. A Maradona, ¿no le pierde a veces esa obsesión por reivindicarse frente a usted como el número uno de la historia? ¿Qué ocurre?

— Pues mire, algo que parece un chiste, pero es verdad. Por coincidencia, si repasamos la historia, siempre se me ha comparado con los argentinos, porque con los europeos como Beckenbauer, Cruyff, Best, no me ocurría. Pero con los argentinos… Primero, Di Stéfano; aquello pasó y salió después Sívori, del que ya se han olvidado casi todos; luego vino Maradona, y ahora están empezando con Messi. Yo propongo algo: primero ustedes decidan quién ha sido el mejor en Argentina. Cuando lo sepan, después vamos a ver quién es el mejor del mundo.

— Es verdad que usted trata de no decepcionar a nadie y tiende a contar todo sobre su vida, en películas y biografías. Desde una primera experiencia sexual con un hombre a los hijos legítimos e ilegítimos.

— Hay mucho que se inventan los periodistas y no puedes rebatir, si te peleas con ellos es peor. Pero yo calculo que el 80% de lo que se dice sobre
mí es verdad.

— Bueno, lo que demuestra con eso es cierta sabiduría vital y apertura de mente.

— A veces, cuando doy entrevistas y sostengo opiniones políticas, se tergiversan. De política no me gusta hablar, lo que no significa que no me interese lo que ocurre en mi país. Lo último vino cuando salté por las críticas que se hacían al Mundial. Se habían producido muchas manifestaciones porque en la construcción de los estadios sobrepasaron los presupuestos. Dije que los jugadores de la selección no tienen la culpa de que contemos con políticos corruptos. Al contrario. El fútbol es lo que mejor nos promueve con nuestras cinco copas del mundo. No se entendió, me atacaron por criticar las manifestaciones, insisto, ¿qué culpa tienen los jugadores?

— La última no ha sido ésa. La última vino por lo que afirmó respecto a la muerte de un trabajador en las obras de un estadio. ¿También le malinterpretaron? ¿No demostró usted poca sensibilidad?

— Bueno, todo el mundo me conoce. Yo dije que, desgraciadamente, son cosas que pueden ocurrir. Todos los días nos encontramos tres o cuatro muertos por accidentes de automóvil en São Paulo, ¿qué podemos hacer? No tiene nada que ver con que tenga o no sensibilidad. El muchacho cayó. El fútbol no tiene la culpa.

— ¿La improvisación, quizás?

— La falta de seguridad, sí. Ése fue un caso, pero y los asaltos, los crímenes, ¿también se los vamos a achacar al fútbol? No pueden echarme en cara falta de sensibilidad, cuando la muestro también critican. Cuando metí un gol en Maracaná y quise llamar la atención del Gobierno para que se ocupara más de la educación de los niños me echaron en cara demagogia. Bueno, ya estoy acostumbrado.

— Viendo los últimos partidos de la Champions League (Liga de Campeones) en Europa, imaginaba a Pelé ahí y pensaba lo que ha cambiado el fútbol. ¿Se adaptaría a este juego físico de fieras programadas casi como robots?

— Hay que diferenciar el don, el talento, tanto para jugar al fútbol como para ser piloto o ingeniero. Es un regalo de Dios. Si ahora jugase, me tocaría prepararme físicamente como lo hacen ellos, pero también sería el mejor. Porque Dios me habría proporcionado ese don. Entrenaría duro, pero sería igual. Es como si le preguntaran a Beethoven qué tipo de música haría en otra época, pues alguna con el mismo genio, pero con otras herramientas, ¿no?

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Enrique Vila – matas ‘La realidad se está convirtiendo en una aventura interesante’

El autor español ha comenzado una nueva etapa, ya no se siente un escritor maldito

/ 24 de junio de 2012 / 04:00

Un día, a la fuerza, Enrique Vila-Matas comprendió quizá que su estela de maldito le apretaba las costuras. Sufrió un colapso debido a la mala vida, deliró —no literariamente, sino literalmente— y tuvo suerte de seguir en este mundo. Uno va en busca de ese nuevo Vila-Matas, obsesionado con las fronteras vitales y creativas, empeñado en labrarse una ficción en puja con el espejo real donde se mira y aparece él mismo. Hoy encontramos a un hombre interesado más por la realidad e incluso por la felicidad, que no moja la ansiedad en alcohol y que sólo la baña en tinta. Crítico con la posmodernidad siendo posmoderno, juguetón, risueño y relajado al sentirse ya sin el peso de su propia leyenda, el autor de Aire de Dylan se empeña en alcanzar la autenticidad. ¿Y quién fue antes? ¿Quién era antes? ¿Una farsa? ¿Un meditado invento?

— En una conferencia que dio usted recientemente en la Biblioteca Nacional hablaba de la ligereza. ¿Qué es eso?

— Hacer del lenguaje un elemento sin peso que flota sobre las cosas como una nube. Se cuenta la anécdota del poeta Cavalcanti, que va por un cementerio de Florencia y se le acercan unos juerguistas que le dijeron: “Se le ve poco a usted de noche”. Y el respondió: “Ni de día”, y dio un salto sobre una tumba para pasarse al cementerio de al lado. Esto es interesante, sobre todo cuando te acosan.

— ¿Escabullirse?

— No, plantearse mirar al mundo con otra lógica, con imágenes de levedad, de ingravidez porque, como demuestra la ciencia, el mundo se apoya sobre entidades sutilísimas, como los mensajes del ADN, los impulsos de las neuronas, los quarks y los bytes que sustituyen a las máquinas de hierro. Estamos en manos de lo leve y no lo pesado. Esto hay que aplicarlo a la prosa y a la literatura y definirse. Me gusta recordárselo con perspectiva a quienes dijeron, cuando apareció la Historia abreviada de la Literatura portátil, que era light. Ha perdurado más que otras cosas pesadas. También lo decía Torrente Ballester, que la literatura española no estaba preparada para entender la ligereza de obras como el Quijote, por ejemplo, porque era una novela llena de humor.

— ¿Le gusta autoparodiarse? En esto, usted mismo es consciente de que ha cambiado. Antes quería ser un escritor maldito. ¿Y ahora?

— Bueno, yo nunca dije que quisiera serlo, pero de alguna manera me fui convirtiendo en ello, forma parte de los cambios que se producen en la vida de uno y también en la literatura, sigo siendo el mismo de la Historia abreviada, pero con los cambios que he sufrido y que me han producido mis lecturas, que han variado, como en todos. Hay quien dice también que no he cambiado, que en realidad sigo siendo el mismo, pero de forma más templada.

— ¿Qué le provocaba saltar de manera virulenta?

— Tampoco era tan agresivo, sólo de vez en cuando. ¿Parezco agresivo?

— Dicen, pero me cuesta creerlo.

— Los insultos no pasaban de decirle a alguien tonto; en serio, que yo sepa no pasaban de ahí. Quizá equivocadamente, tratando de mostrarme verdadero en todos los sentidos, con mi capacidad de seducción y al tiempo presentando mis defectos. Es una locura haberlo intentado, se consigue mejor escribiendo. Ahí estaba el lado oscuro también, ahora lo vuelco en mi escritura dentro de la etapa en la que actualmente me encuentro, que yo creo que es la tercera. Sigo con la indagación sobre mí mismo, pero con más profundidad que en las etapas anteriores.

— ¿El angustiado, el torturado, el que no se mostraba feliz? ¿Lo es ahora?

— Bueno, no me lo he planteado, no es algo que me interese especialmente. Dudo mucho que la palabra corresponda a su significado. Trato de estar bien, sentirme bien. Busco que las cosas me vayan bien, siempre ha sido así, pero ahora más. El otro día alguien me lo dijo, que las cosas me iban bien.

— ¿Demasiado bien?

— Yo le respondí que se trataba de esto, porque lo sentí casi como una acusación. Claro, yo me muevo para que todo vaya bien, consciente de que en algún momento se romperá esa dinámica, pero mientras pueda…

— Existe gente que desprecia la felicidad, como si fuera cosa de tontos, cuando en realidad es lo contrario.

— Quizá yo busco más el entusiasmo, o la pasión, son cosas que quedan mal vistas en el entorno literario, cuando en realidad sin ellas se pueden hacer pocas cosas.

— Y menos en literatura.

— El optimismo tampoco gusta, pero es una cosa de aquí, europea. Yo creo que se trata de buscar el buen rollo, buscar pequeñas satisfacciones cotidianas. En los últimos años he pasado por momentos interesantes que, probablemente, si se hubiesen producido en la época en la que bebía y tendía a mitificarlo todo y a exagerarlo me habría parecido que estaba en el paraíso. He logrado ahora mesurar los buenos momentos sin ningún tipo de droga que me despiste de la normalidad, de la realidad. En ese sentido he ido acumulando experiencias muy interesantes sin que pasen de ser modestas, digamos, aunque las haya disfrutado con mayor plenitud que en otras ocasiones.

— ¿La bebida, en usted, angustiaba y distorsionaba la vida hasta puntos sobredimensionados?

— Hasta el punto de creerme genial a veces por decir algo que no eran más que estupideces. Exageras. A mí me encanta lo que me dijo el otro día Juan Marsé. Él es muy preciso. Me dijo: “Creo que te vas acercando cautelosamente a la realidad”. Aquí es fundamental el “cautelosamente”. Está perfectamente expresado, es más, creo que mi vida se dirige ahora a representar el papel que me ha marcado él en este sentido.

— ¿Cautelosamente real?

— Es cierto, me asombra ahora la realidad, a medida que me acerco a ella. Me asombran cosas como algo que escribí en un artículo un día que iba caminando por la calle y una mujer que hablaba por teléfono móvil se desplomó. Se presentó un hecho que interfería en la vida. Recuerdo que escribí: ¿De modo que esta es la famosa realidad? La realidad se está convirtiendo en una aventura interesante para mí.

— ¿A lo mejor porque se está despojando de su personaje y es usted más persona?

— Voy aproximándome a ello.

— ¿Y eso sin contar que la búsqueda de una historia universal del fracaso por parte del protagonista de su última novela le siga atrayendo como tema?

— Él quiere fracasar y no fracasa. Esta idea ha interesado mucho, creo que la idea predominante del fracaso es social, pero existe uno más importante, el personal, la relación que uno tiene con su realidad, su mundo, su verdad, que no debe ser nunca traicionada. Mucha gente fracasa al traicionarse, eso es lo importante. Tus propios fracasos los conoces tú, cuando una novela no responde a la idea o al reto que tú te marcaste sobre ella. Ése es el fracaso que importa, no el que tengamos ante los demás. Yo creo en lo que Juan Benet definía como prestigio propio. Pero también creo que nunca existe el fracaso total, como tampoco existe el éxito total.

El éxito muchas veces conduce al infierno, como demuestran muchos casos en la historia de la humanidad.

— También la autoexigencia puede ser infernal.

— Sí, pero hace muy entretenida la vida. Aquí es muy importante también divertirse. En las memorias de Baroja aparece un señor a quien una vez le preguntaron: “¿Usted es Martínez?”. Y dijo: “No, me llamo Pérez, pero da igual porque lo importante es divertirse”. Acercarse cautelosamente a la realidad es algo que entretiene… Se llega al arte a veces para pasar el tiempo. Muchos de los grandes se han dedicado a crear para eso, para pasar el tiempo… Bien. Como dicen los portugueses: “Façer horas”. Hay gente que no admite esto. Se muestran como profetas, como grandes dogmáticos, eso les da una categoría, pero es todo una gran hipocresía.

— A ver si va a ser cierta esa impresión que yo tenía con respecto a usted ahora. Parece usted una farsa de sí mismo. Alguien mucho más original que la copia de antes. Abierto, educado, insisto, con perdón, feliz, ligero, menos obsesionado con la literatura como tótem…

— No deseo tener que excusarme de nada, ni arrepentirme, estoy más allá de tener que dar explicaciones.

— Parece hasta más humilde. ¿Lo es?

— No creo que lo haya sido nunca. Eso sí, soy muy vanidoso. Bueno, dejemos este tema porque habrá quien diga… Soy tímido. Digamos que dejé el viaje interior y ahora estoy en el exterior.

— ¿Se cansó usted de sí mismo?

— El viaje anterior es muy pueril. La prueba son los que hacía al extranjero, de joven. Vas a lugares maravillosos, pero no ves nada, ni contemplas, porque, en realidad, el viaje es para mirarte a ti mismo. Ahora uno llega a un lugar, examina, estudia y ve.

— Usted ha creado un propio canon estético, literario, contracorriente, ¿fue a propósito?

— Sí y existe en él una jerarquía, aunque puedan estar equivocadas. Para mí, los Rolling Stones serán más que Madonna. ¿Por qué? Porque arriesgan y hacen algo que no se había hecho antes. Crean un mundo propio, y los demás salen de ahí sin aportar nada.

— ¿Los imitadores de ese canon, no cree que dañan demasiado el original?

— Quizá sea culpa mía. Muchos se creen que con unas citas literarias está todo arreglado, pero no se trata de esto. Son equívocos que se producen. Pero yo me transformo continuamente, cambio, por eso es difícil acercarse a mí, me cuesta a mí acercarme a mí mismo.

— Eso sí que es posmoderno, oiga.

— Una vez, en una ciudad española lo oí por primera vez: Sal y trata de no ser posmoderno, por favor. Fue la primera vez que escuché esa palabra aplicada a mí mismo.

— Todo le sonríe, ¿hay algo que vaya mal?

— Bueno, lo de siempre: el ansia, la angustia, el núcleo duro de la conciencia, es lo que trato de exponer en mis novelas.

— ¿Y esa ansia la atemperaba antes con ayuda del alcohol y ahora no puede?

— Bueno, ahora me acerco al ansia con mucha tranquilidad, con nuevas formas de indagación literaria. Es la ventaja de los escritores, hasta la mayor desgracia la explotan. Como Pessoa: el poeta es un fingidor. Todo lo que me ha ocurrido, hasta el colapso que tuve hace años, lo he escrito como si fuera otra persona. Es una deformación interesante.

— Pero de ese colapso ni era usted consciente.

– No, lo atribuí a una resaca y a que había viajado a Argentina, esa mezcla me llevaba hacia delante, aunque me notaba más raro de lo normal. Me comportaba de manera excéntrica, podía cambiar tres veces de hotel al día, me parecía una gran aventura, aunque en Argentina ya no me podía ni mover.

— Pero se volvió loco entonces.

— Sí, me entró un delirio, un delirio interesante de todos modos. El viaje sin moverse del sitio. Pero me pasa en Barcelona, no salgo y la gente me pregunta, antes igual, podía dar información de cuatro o cinco discotecas, sin más, y ya muchos se creían que dominaba la noche barcelonesa. Pero eso está relacionado con la juventud, hay un momento en que la ciudad se vuelve toda tuya, después se convierte en algo extraño, a medida que envejeces.

— No le incomoda hablar de sus delirios, pero sí de su infancia. ¿Fue niño?

— Precisamente ahora, mis amigos de la orden del Finnegan’s hemos quedado en escribir de la infancia. Nos reunimos los 16 de junio en Dublín para homenajear a Joyce. Hemos quedado en escribir conjuntamente un libro sobre ello.

— ¿En un escritor que ha sido maldito cabe un niño maldito, o fue usted feliz?

— Sí, no hubo complicaciones, ni conflictos.

— ¿Cómo era?

— He pensado en la primera frase de lo que escribiré y es: “No tengo recuerdos de la infancia”. A partir de ahí voy a empezar a tenerlos, estoy seguro.

— Alguno habrá. El colegio, por ejemplo.

— Era el de los hermanos maristas, en el paseo de San Juan, un territorio mítico para mí… No sé, pregúntame algo.

— ¿Conflictos con los curas?

— No, no, no. Eran unos curas que después se salían de la orden. Las clases de religión eran pésimas, muy bajas de tono, bajo mi perspectiva de niño de 11 o 12 años. Los niños tienen una mirada crítica, se dan cuenta.

— Son niños, pero no son tontos.

— Claro, lo mismo que sabían si los profesores eran buenos o no. Llevaban como un drama que su fundador no hubiese llegado a santo, que se hubiese quedado en beato, y a nosotros eso nos parecía como de segunda. Luego fui a los jesuitas de la calle de Caspe y ahí sí había rigor, ahí iba en serio, a las ocho de la mañana, misa diaria.

— ¿Familia acomodada?

— Bueno, burguesía media, tuvimos problemas económicos, mi padre se hizo a sí mismo, tiene 90 años, se dedicó a la construcción y fue concejal de Unió Democrática.

— ¿Y su madre? ¿Le marcó como escritor maldito?

— Una madre y un padre maravillosos, asombrosos. Miran todo lo que hago. Me debieron de ver un poco extravagante, pero no lo sé. Quería dedicarme a la escritura y eso no rendía económicamente. No había el menor porvenir, por eso estudié Derecho.

— ¿Hermanos?

— Sí, tres; soy el mayor y eso me ha convertido en un ser muy responsable a la larga. Hizo recaer en mí una presencia cuando el padre estaba ausente. Se me inculcó un espíritu de lucha y de trabajo en el que siempre me he movido, a pesar de todos mis devaneos.

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