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Dios

Moraleja de hoy: mucha fe, sí. Pero mejor también a jugar limpio, por las dudas.

/ 29 de junio de 2018 / 19:59

En Argentina se ha fundado una iglesia que adora a Maradona como su dios. No estoy bromeando, se llama Iglesia Maradoniana, fundada el 30 de octubre de 1998, cuando Maradona cumplió 38 años, en la ciudad de Rosario. Los seguidores de esta religión, que se adhieren a ella desde todas partes del mundo, cuentan los años desde el nacimiento de su ídolo, en 1960. O sea, según ellos, estamos en el año 58 DM (después de Maradona). Sus 10 mandamientos incluyen: 2) declara tu amor incondicional por Diego y el fútbol, 5) difunde los milagros de Diego por todo el universo, 9) ponte “Diego” como segundo nombre, y 10) llama a tu primogénito “Diego”. Tienen hasta su Padre Nuestro, titulado “Diego Nuestro”, que empieza diciendo: “Diego nuestro que estás en la cancha, santificado sea tu pie…” Se estima que la “iglesia” tiene más de 500.000 feligreses (¿?) en todo el mundo.

Por supuesto, la foto aquella que está rondando por las redes que muestra el momento del segundo gol de Argentina cuando un único rayo de sol ilumina a un exaltado Maradona en la tribuna (que, tengo que decir de paso, está igualito a Wálter Mercado) no ayuda a desmitificar al ídolo. Ni lo hacen las fotos de él, con los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos en blanco, como poseído, experimentando un éxtasis tortuoso digno de un santo.

La relación entre el fútbol y la religión es evidente. En 2014, el presentador de televisión John Oliver dedicó un episodio de su programa Last Week Tonight al Mundial, y comenzó evidenciando las similitudes entre el fútbol y una iglesia: desde los millones de fanáticos que endiosan a sus ídolos, como Messi o Beckham, las cantidades de dinero que estas instituciones amasan a costa de ese fanatismo indiscutido, y la pasión irracional que despiertan, tanto el sentimiento religioso como el futbolístico. Una mujer inglesa decía en ese programa: aquí el fútbol es la religión oficial.

Podría parecer una metáfora similar a aquella que equipara el mundo a un gran escenario, pero no. Es más que una metáfora. Lo ves cuando los jugadores árabes, como Mohamed Salah, de Egipto, festejan arrodillándose en dirección de la Meca y tocando el suelo con la frente después de meter un gol, o cuando Messi la mete por fin en el partido contra Nigeria cuando se jugaba su pase a octavos, y corre y se arrodilla y con ambos brazos elevados, los índices apuntando arriba, mira al cielo y ve a Dios (los feligreses de la Iglesia Maradoniana le hubieran dicho que bastaba con mirar a la tribuna, desde donde el “verdadero mesías” festejaba insultando a los nigerianos y haciendo gestos obscenos).    

En el fútbol, como en la vida, la superstición se funde y se confunde con la fe. No sé quiénes son peores, si los fanáticos o los futbolistas. De este lado, el de los fanáticos, se habla de maldiciones y cábala, se hacen cálculos y apuestas en base a nociones como la de “la maldición del campeón”. La maldición es así: el campeón del mundo nunca llega a octavos en el siguiente mundial. Por ejemplo, España, que ganó en 2010, no llegó a octavos en 2014; Alemania, campeón den 2014, fue eliminada en la fase de grupos en 2018, etc. Mi madre, hasta hace poco, se rehusaba a ver en vivo los partidos de Uruguay porque, según ella, les traía mala suerte. Muchos fanáticos tienen rituales para asegurar que la buena suerte acompañe a su equipo, o para alejar el k’encherío, como usar siempre la misma polera para ver los partidos. Mi hijo está convencido de que este año Uruguay gana el Mundial porque las dos veces que ganó, Italia no estaba.  

Los jugadores, por otro lado, están directamente mal de la cabeza. En un reportaje de la FIFA sobre los rituales supersticiosos de los jugadores profesionales se descubre lo siguiente: el antiguo arquero colombiano René Higuita insiste en usar calzoncillos azules para evitar la mala suerte en cada partido; el delantero alemán Mario Gómez usa solamente el urinal del extremo izquierdo cuando va al baño antes de un partido y se rehúsa a cantar el himno nacional, no sea que la calamidad caiga sobre el equipo; el jugador alemán Julian Draxler tiene que ponerse perfume antes de salir a la cancha; el inglés Dele Alli usa las mismas canilleras desde que tiene 11 años; el famoso Marcelo, de Brasil, siempre entra a la cancha con el pie derecho; los jugadores del equipo francés que ganó la Copa en 1998 piensan que les trajo buena suerte frotar la cabeza pelada de su arquero pajla; y Mario Kempes, delantero argentino que fue crucial para que Argentina ganara la Copa en 1978, lo atribuye a haberse afeitado el bigote (con bigote no goles, sin bigote, sí).

Todo esto nos lleva a preguntarnos: ¿habrá orinado Mario Gómez en el urinal equivocado para que su equipo, actual campeón del mundo, quedara eliminado en la fase de grupos? ¿Será que los problemas de Messi para rendir como se espera en este mundial tienen menos que ver con aspectos técnicos y más con su barba?

Los equipos africanos son conocidos como los más supersticiosos entre los supersticiosos, con rituales, talismanes y conjuros que usan para tener ventaja en cada partido. Algunos equipos africanos locales hasta incluyen a “brujos” en el plantel del club, con ítem pagado, para realizar rituales que ayuden a la victoria. Y, sin embargo, no hubo ritual, conjuro ni talismán que evitara que Senegal, el último de los equipos africanos con esperanzas de pasar a octavos, quedara eliminado. Y no solo eliminado, sino eliminado de manera histórica: por tarjetas amarillas. Por primera vez desde que la FIFA incorporó el tema de “fair play” para definir ganadores en caso de empates hace dos años, la norma se usó para determinar qué equipo quedaba segundo en el Grupo H. Así, Japón pasó por tener dos tarjetas amarillas menos que Senegal. Como una especie de karma, las instancias en que los jugadores de Senegal jugaron sucio en cada partido anterior vinieron a determinar, en el último partido, el resultado final.

Al fin y al cabo, como en la vida, el fútbol también a veces se define no por talismanes y fetiches, sino por valores: por un desempeño un poco más leal, por un esfuerzo un poco mayor. Y esa es la moraleja del día de hoy: mucha fe, sí. Pero mejor también a jugar limpio, por las dudas.

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San Pedro Gallese

/ 6 de julio de 2019 / 00:06

Siempre me intriga mucho la figura del arquero. Tanta soledad en un deporte que es de equipo. Tantas veces la presión solo sobre sus hombros. Por lo menos así parece, aunque ningún arquero está realmente solo, ni es suya toda la responsabilidad cuando entra un gol en contra, aun así, es el rostro del arquero el que busco.

Es al arquero al que quisiera consolar. Por ejemplo, no me quito de la cabeza la cara de Julio César, el arquero de Brasil en el partido del Mundial Brasil 2014, cuando Alemania les metió siete goles, recibiendo solo uno en contra. Jamás lo volví a ver. Ahora sé que pocos años después de ese partido se retiró del fútbol.

Nunca más fue convocado a jugar con la selección, y luego de jugar en Canadá y Portugal, se retiró a mediados del 2017, solo tres años después.

Es raro que en un mismo torneo, un arquero encuentre la oportunidad de ir del infierno a la gloria, pero esa parece ser la historia de “San” Pedro Gallese, el arquero de la selección de Perú.  Pues como sabemos, en la fase de grupo Perú se enfrentó a Brasil, y la selección anfitriona goleó cinco a cero a los peruanos, en gran parte debido a errores cometidos por Gallese. Imagino su frustración.

Los sentimientos de culpa. Y luego le tapa un penal a Suárez. Su desempeño en el partido de cuartos de final en el que el seleccionado Uruguayo quedó desclasificado fue impecable, tanto que fue nombrado la figura del partido. Si antes fue suya la responsabilidad del 5 a 0, ahora era suya la responsabilidad de llevar a Perú a la semifinal.

Pero la torta se la llevó en el partido por semifinales contra Chile. Chile, actual campeón de la copa, uno de los favoritos para ganarla de nuevo. Perú venía de aquella goleada que le metió Brasil, y de haber ganado a Uruguay por penales. Nadie estaba dispuesto a perder dinero apostando a que ganaba Perú.

Y, sin embargo, fue la noche de Pedro Gallese. Fue claro, preciso, enfocado en todo momento, posiblemente su mejor actuación en la selección peruana, atajando siete disparos directos de Chile, incluyendo un penal en el último minuto de un partido infartante, y una atajada en la que, más que saltar, voló. Gallese era de nuevo la figura del partido.

Extraño que un partido que terminó tres a cero sea infartante, pero lo fue, y le permitió a Perú clasificar a una final de Copa América luego de 44 años. Más extraño aún es que la vida te da la oportunidad de la revancha.

En la final que veremos el domingo, con Gallese frente al arco, apuesto por Perú.

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Instrucciones para superar una derrota futbolística (o Carta a Micael 2.0)

No por eso amamos menos el juego, pero es importante que lo sepas. No sería la primera y no será la última vez de que existan sospechas de que los intereses que nada tienen que ver con el juego, se trasladen a la cancha y determinen el resultado.

Cavani festejó de rodillas su gol a Perú, pero luego el árbitro lo anuló después de acudir al VAR. Foto: AFP

/ 1 de julio de 2019 / 06:53

Uruguay perdió contra Perú y se queda afuera de la Copa América. Iba a escribir acerca de cómo los hinchas podemos superar la derrota de nuestro equipo, utilizando herramientas que usamos para superar los desengaños amorosos. Iba a argumentar que las derrotas futbolísticas a veces son tan difíciles de superar como las rupturas de pareja. Cuando vamos ganando amamos el VAR, el universo es justo, pero cuando pierde nuestro equipo (más específicamente, cuando la interpretación humana del VAR anula tres goles en un partido que acaba cero a cero y tu equipo pierde por penales) parece injusto, el VAR es una porquería y sientes tu corazón roto. Iba a decir que podemos aplicar principios de la espiritualidad para superar esos golpes; todo pasa por algo. Creer que el universo nunca te dice no, el universo lo que dice es todavía no, no estás listo para esto, prepárate para la siguiente.

Iba a escribir esto, e iba a salir una columna medio sensiblona. Pero ahora estoy enojada. Porque mientras iba escribiendo, empezaban a llegar por redes sociales imágenes de las jugadas anuladas que desembocaron en tres goles de Uruguay, anulados por “EL VAR” en el partido contra Perú. Las imágenes demuestran que el VAR, aun siendo una herramienta tecnológica (que debería ser absolutamente imparcial) solo funciona por la interpretación humana, y los humanos no son imparciales. Y resulta que tal vez, solo tal vez, el partido no lo determinó el buen o mal fútbol, sino el árbitro brasileño y el argentino que monitoreaba el VAR. ¿Te acuerdas cuando Uruguay quedó desclasificado del Mundial y te escribí acerca de saber perder? Pues ahora tengo otra cosa de la que hablarte. Y es que el fútbol, además de ser el deporte más lindo del mundo, es también patrimonio de una institución mafiosa, repleta de corruptos, angurrientos de dinero y poder. Es un hecho. No por eso amamos menos el juego, pero es importante que lo sepas. No sería la primera y no será la última vez de que existan sospechas de que los intereses que nada tienen que ver con el juego, se trasladen a la cancha y determinen el resultado.

El fútbol es el deporte más lindo del mundo, pero es también el lugar donde el chauvinismo más bajo, el rencor más horrendo, el racismo y el patriotismo rabioso encuentran una de sus máximas expresiones. Es fácil verlo en los comentarios que hacen los hinchas, denigrando la nacionalidad, cultura y raza del equipo contrincante. Pero esto se traslada también al campo de juego.

Por ejemplo, lo del Maracanazo fue una herida histórica en el tejido de la sociedad brasileña. Han pasado más de cincuenta años, y esa herida se la han pasado de padre a hijo, a tal punto que no sería impensable que el partido estuviera arreglado para que no pasara Uruguay. Porque otro Maracanazo sería insoportable.

Tampoco es impensable que el árbitro argentino hubiera jugado gustoso su parte en eliminar injustamente a Uruguay de la Copa. No digo que así haya sido, y de seguro no tendremos nunca ocasión de averiguarlo. Pero no sería impensable, pues la FIFA es una institución corrupta, y eso sí está ampliamente demostrado. Ya sé que suena a discurso de mal perdedor. Solo que yo no soy mala perdedora. Ahí está esa carta que te escribí, cuando Uruguay perdió bien, tras un arbitraje impecable. Cuando no había nada que reclamar y podíamos abrigarnos con la esperanza de ganar de nuevo algún día, con el orgullo de un equipo que nunca se rinde, un equipo donde todos los jugadores llegan al estadio vestidos de terno y corbata porque para ellos, esa es la importancia que tiene cada partido.

Esto no es lo mismo. Esto es el uso de una tecnología que se supone debería ayudar a esclarecer, pero es que la tecnología es interpretada por humanos, humanos con rencores y con cuentas bancarias. Es verdad, Luis falló el penal. Pero no se hubiera llegado a penales si la interpretación del VAR hubiese sido otra. 

Sé que es duro de saber, pero el futbol es así. Es un juego hermoso, controlado por una de las instituciones más corruptas del planeta. Y así, muchas veces un equipo como el de Uruguay no juega realmente contra los once del equipo contrario, sino contra los jueces, los intereses corporativos, los rencores particulares y las heridas de hace siglos.

Camila Urioste es escritora. Invitada por Marcas de

La Razón durante la Copa América Brasil 2019.

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Las otras reglas del fútbol

/ 27 de junio de 2019 / 00:52

Para quienes no jugamos fútbol hay cositas que se nos escapan. Reglas que todos dan por sentado, y que de seguro son muy importantes, pero que desconocerlas no impide al espectador o espectadora desentendida disfrutar del partido. Incluso, el desconocimiento de ciertas reglas confiere al espectáculo cierto misterio. A veces, la pelota sale de la cancha y misteriosamente todos saben a quién le toca sacar, y de dónde, y una no sabe cómo saben, y solo desea que de una vez se reanude el partido. A veces, la pelota sale y es tiro de esquina, a veces sale y le toca al portero darle una patada que la mande al otro lado de la cancha. El por qué es un misterio. Y, sin embargo, repito, el desconocimiento de los pormenores no le quita disfrute al espectáculo. Incluso, de tanto ver fútbol, una desentendida como yo puede empezar a armar su propia lista de reglas, reglas no dichas que los jugadores cumplen. Por ejemplo, estas dos que comparto con ustedes:

Regla número uno: discute con el árbitro. Todo jugador que se respete responde a las decisiones del árbitro increpándolo con histriónicas gesticulaciones, palabras alzadas de tono, gestos de incredulidad, de consternación ante la flagrante injusticia que el juez acaba de cometer. Rara será la decisión del árbitro que no genere una pequeña turba de jugadores encarándolo con distintos grados de indignación. Acápite uno: Algunos árbitros no se toman bien el ejercicio de esta regla, y pueden llegar a sacar una tarjeta amarilla en represalia. Acápite dos: el cumplimiento de esta regla es total y absolutamente simbólico, diseñado para conferir al partido elementos dramáticos, emoción e incertidumbre (como espectadores estamos al borde del asiento, leyendo los labios de los jugadores para saber si están diciendo alguna mala palabra, observando el rostro del juez para saber si aguantará estoicamente el exabrupto o si sacará la amarilla). Es todo simbólico, pues los árbitros no son susceptibles de cambiar su decisión por los berrinches de los jugadores. 

Regla número dos: tírate al suelo. Si estás en medio de una jugada y sientes el roce del pie del contrincante, tírate al suelo. Es mejor si lo haces emitiendo alaridos de dolor. Si de hecho te hacen falta y caes al suelo sin querer, rueda, rueda lo más lejos que puedas, sosteniéndote el lugar afectado con las manos, emitiendo igualmente los alaridos de dolor. Nunca se sabe, y una falta bien cobrada podría tener consecuencias favorables para tu equipo, como un tiro libre o incluso un penal, o desfavorable para los adversarios, como una tarjeta amarilla o (Dios mediante) roja. Si, pese a tu caída estrepitosa, tus ruedos y gritos de dolor, el árbitro no cobra falta y el partido sigue como si nada, tomate tu tiempo antes de levantarte. Si te levantas como resorte, pones en evidencia el truco.  

Sin embargo, como todo buen espectáculo, las reglas no son solo para los jugadores, sino también para los espectadores. Las reglas tácitas que cumple el público son tan importantes como las que cumplen los que están sobre el escenario o, en este caso, la cancha. No dejar sonar el celular, no invadir el escenario, no gritar “Yo soy Godot” en medio de la obra “Esperando a Godot”… en fin. Aquí un par de reglas no escritas para espectadoras de fútbol. 

Regla número uno: piropos. No comentes los atributos físicos de los jugadores si estás viendo el partido con otros hombres. Los hombres tienen egos muy frágiles, y podrían sentirse disminuidos. Además, por lo general los hombres tienen la extraña noción de que el fútbol es un deporte de machos muy machos, en el que el atractivo físico de los jugadores es irrelevante. Acápite uno: A no ser, por supuesto, que te divierta de sobremanera poner de mal humor a los hombres con los que ves el partido. En ese caso, no dudes en comentar sin restricciones, silbar, mandar piropos a la pantalla y suspirar a gusto.

Regla número dos: malas palabras. Hay quien diría que las damas no dicen malas palabras, que las malas palabras y las groserías no le sientan bien a una mujer. Yo te digo, si hay un momento y un lugar para proferir palabrotas, es mientras ves un buen partido de fútbol. Dilas. Grítalas. Profiere una tras otra cuando tu equipo casi, casi mete gol, o cuando el contrincante está a punto de patear un penal. Parte del atractivo de los deportes competitivos es ese permiso que puedes darte de que te valgan por un rato los modales y lo que piensen los demás.  

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El pobre fútbol boliviano

/ 24 de junio de 2019 / 11:14

En el libro Padre Rico, Padre Pobre, Robert Kiyosaki dice que no es lo mismo ser pobre que estar en quiebra, y que la diferencia está principalmente en la cabeza y que no tiene realmente que ver con el dinero que tengas en tu cuenta. El pobre tiene mentalidad de pobre. Aun cuando el pobre tiene dinero, un “buen trabajo”, ingresos fijos, el pobre encuentra la manera de no llegar jamás a fin de mes. El pobre, o mejor, el que tiene mentalidad de pobre, corre detrás de la abundancia sin poder jamás asirla. En contraste, aquel que tiene la mente alineada con la abundancia puede estar en la quiebra, arruinado, pero se repondrá porque, para él, la quiebra es solo un estado pasajero.

Todo esto para decir, clarito, que el fútbol boliviano está en la quiebra y por la mentalidad de carencia que nos rige no parece ser una situación pasajera, y no estamos en camino de salir del hoyo. El fútbol boliviano no llega nunca a fin de mes.

No se trata de que Bolivia no tenga talento. A lo largo de su historia, Bolivia ha tenido grandes jugadores como El Diablo Etcheverry y Platiní Sánchez. Hemos tenido buenos técnicos de distintas partes del mundo. Somos un país “en vías de desarrollo”, pero países con niveles parecidos de desarrollo han obtenido y obtienen resultados mejores. Somos pocos, pero en Uruguay son menos. Qatar tiene no más de dos millones de habitantes, por ejemplo, y el progreso que ha hecho su selección en los últimos nueve años es histórico. No creo tampoco que sea falta de infraestructura; Bolivia no es precisamente un país que carezca de canchas de futbol de césped artificial.

Ni siquiera tiene que ver con ganar ni perder, en realidad no. Por ejemplo, antes de ganar la Copa América 2011, la selección de Uruguay no había ganado un torneo desde 1995. Han pasado nueve años desde el mundial en África, donde logró llegar a estar entre los cuatro mejores del mundo. Pero Uruguay no es un país pobre de fútbol, y cuando los goles no llegan y cuando se sobreviene una tras otra la derrota se entiende que estamos en quiebra, que el fútbol uruguayo se sobrepondrá. Y lo hará porque cuenta con un liderazgo sostenido e indiscutible, cuenta con un capital humano y con políticas claras que permiten al hincha soñar, una y otra vez, con la victoria de su equipo. Y si esta no llega, el hincha uruguayo perdona porque sabe que los jugadores que visten la celeste lo dejan todo siempre en la cancha.

Hay muchos y sobre todo muchas que argumentan que lo que hay que hacer es lograr que nos valga un comino el fútbol boliviano masculino, empezar a “apoyar” el fútbol femenino, el voley de playa, el bicicross, el ajedrez y cualquier deporte en que, de hecho, los deportistas bolivianos estén sobresaliendo sin el apoyo del estado ni de los hinchas ni de los medios de comunicación. Y todo bien con apoyar otros deportes, pero otros deportes son eso, otros. Igual de válidos, obvio, pero no son fútbol, no son ese deporte que une a miles de millones de personas, que crea vínculos y tejidos por generaciones entre familias, entre regiones y continentes.

Tener una selección de fútbol masculino de la que podamos estar orgullosos es importante. Tal vez no sea el tema de estado más urgente, tal vez no sea como tener más hospitales o mejor acceso a la justicia, pero es importante. Lo es, porque el potencial educativo e inspiracional del fútbol es enorme. Si lográramos establecer las políticas que permitieran formar desde pequeños a los futbolistas bolivianos con valores, integridad, perseverancia, disciplina y una sana autoestima, si lográramos establecer las políticas que hicieran del fútbol boliviano una institución íntegra, transparente y con visión a largo plazo; la repercusión en nuestros jóvenes y en la autoestima nacional sería transcendental.

No creo que requiera de demasiado dinero, no creo que sea imposible. Creo que sería suficiente la voluntad de las autoridades de establecer políticas a largo plazo, mirar a futuro e invertir en los más pequeños. 

* Escritora. Invitada por Marcas de La Razón durante la Copa América Brasil 2019.

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Interferencia

/ 21 de junio de 2019 / 00:09

El mundial 2010 me dejó muchos partidos memorables. Uno fue el de Uruguay contra Holanda por las semifinales, durante el cual la palabra “interferencia” cobró nuevos significados. Escuché el partido en una radio a pilas en un pueblo sin agua corriente a varios kilómetros de Apolo, sin señal de celular, parada encima de una lomita donde los lugareños decían que era más probable que mi radio captara la señal. Escuché todo el partido de manera intermitente, con el sonido borroso, repleto de estática, con el brazo en alto para no perder la señal. La derrota fue amarga, nació mi odio por Robben y la macurca en el brazo me duró dos días.

Corte a: jueves 20 de junio de 2019. El inicio del primer tiempo del partido Uruguay-Japón me encontró junto a mis hijos en un taxi en la carretera de Potosí a Sucre. Varados a lado de dicha carretera mientras el conductor y uno de los pasajeros intentaban soplarle vida de nuevo a la batería descargada. Habíamos hecho todo para poder llegar con tiempo a Sucre para ver el partido entero y, sin embargo, ahí estábamos, atascados a las siete de la tarde mientras caía la noche.

¿No tienes miedo de que pasemos todo el feriado aquí en el medio de la nada, mamá? Me preguntó Lucas. De lo único que tengo miedo es de perderme el partido de Uruguay, le respondí. Yo tengo más miedo de que gane Japón, añadió Micael.

Yo no entiendo nada de autos, no entiendo las maniobras que hacían el chofer y el pasajero, no sé cómo después de 15 minutos lograron que el motor rugiera y el auto pudiera arrancar de nuevo. El tema es que, llegando a Yotala, Micael logró captar la señal de radio en su celular y sintonizamos el partido justo a tiempo para escuchar el primer gol de Japón. Aun así, el alivio de estar en sintonía con el partido era enorme. El taxi avanzaba a toda velocidad por la carretera mientras el árbitro revisaba el VAR para determinar si era o no penal para Uruguay, y Micael y yo cruzábamos dedos. Cuando Suárez anotó el gol nos olvidamos de todo, de todas las interferencias que nos habían impedido ver el partido desde el inicio, como estaba planeado. Uruguay iba empatando y todo iba a estar bien.

Logramos llegar a Sucre para ver el segundo tiempo y la interferencia se transfirió al partido en sí, cuando Japón logró bloquear casi todos los ataques que intentaba Uruguay. Una y otra vez una cabeza, una atajada del arquero, una pierna, algo se interponía para impedir el gol. Luego el gol de Japón, y por fin el instante en que Josema Jiménez logró quebrar la defensa y anotar el gol del empate final.

Al igual que la mecánica vehicular, los mecanismos del fútbol son un misterio para mí. No sé cómo un equipo que pierde 4 a 0 con Chile se enfrenta a un equipo que ha goleado 4 a 0 a Ecuador y llegan a un empate. Todos los pronósticos indicaban que Uruguay ganaría con facilidad, solo que el fútbol es igual que el clima: le valen los pronósticos. Y me imagino que así como se dice que uno no se puede bañar dos veces en el mismo río, porque ni el río ni tú son los mismos, los equipos cambian también después de cada partido; la selección de Japón no es la misma que se enfrentó a Chile, algo ha cambiado aun si la alineación es exactamente la misma. La derrota cambia algo, la determinación es distinta. Igual con el equipo de Uruguay; la victoria del primer partido ejerce una suerte de alquimia, la lesión de Vecino tiene un efecto y el equipo ya no es el mismo.

 

Y  qué bueno que así sea. Que fácil sería, de otro modo, adivinar siempre el resultado de un partido. El fútbol es, así, absolutamente impredecible y humano. La interferencia, la ley del caos, las leyes del azar hacen de un torneo como la Copa América una historia inimaginable y llena de giros en la trama.

No puedo esperar a ver cómo le va a Chile contra Ecuador, un partido supuestamente con el resultado cantado, pero que podría darnos una sorpresa. Y el partido entre Chile y Uruguay, ese espero verlo sin ninguna interferencia. Cruzo los dedos.

(*) Camila Urioste es escritora. Invitada por Marcas de La Razón durante la Copa América Brasil 2019

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