viernes 20 may 2022 | Actualizado a 23:00

El Barça mató en su ley: 5 a 1 y con baile

Lo de ayer es una buena explicación a ese fenómeno de crecimiento catalán. El 5 a 1 con lujo, que trasciende a los colores e impacta hasta al más neutral motorizando la admiración, ese componente de la emoción que ninguna estrategia de márketing puede prefabricar.

/ 29 de octubre de 2018 / 10:42

En una gran tarde, el Madrid te gana y hasta te puede golear: En una gran tarde, el Barça te baila; la goleada va incluida. La diferencia la hace el fútbol en que cree uno y otro. Es el gran tesoro del FC Barcelona: su estilo, la búsqueda de la excelencia técnica, el toque como credo irrenunciable para arribar al objetivo. Hasta hace quince años, no se veía en Sudamérica un joven con una camiseta del Barcelona, todos eran internacionalmente del Real Madrid. Hoy se impone el color azulgrana. Y ello pese a las varias y fresquísimas Champions celebradas por el club de Di Stéfano y Bernabéu. Lo mismo ocurre con las ventas de productos de uno y otro, con el monto de ingresos y con el número de patrocinadores. Barcelona es, en fútbol, la marca planetaria más apetecida por las grandes empresas. ¿Quién no desea estar asociado a su buen gusto futbolístico…?

Lo de ayer es una buena explicación a ese fenómeno de crecimiento catalán. El 5 a 1 con lujo, que trasciende a los colores e impacta hasta al más neutral motorizando la admiración, ese componente de la emoción que ninguna estrategia de márketing puede prefabricar. En este fenomenal deporte, nada puede igualar a ganar jugando bien, dando show de bola. Es la fuerza arrasadora de cuatro toques seguidos, un amague, un enganche, una gambeta pícara, un freno, todo combinado colectiva y armoniosamente.

El Barcelona tiene eso: puede fichar mal, equivocarse con los técnicos, pasar por un momento flaco o ver cómo el Madrid, con menos juego, hilvana cuatro Champions en cinco años, pero el día que suenan los violines azulgranas, el fútbol pasa de deporte a expresión artística, del músculo a la sensibilidad. Y eso no puede ni soñarlo el Madrid, aún con toda su grandeza. Es patrimonio de este club. El Madrid es sexo, el Barça es sexo con amor.

Fue un 5 a 1 con enormes repercusiones. Estadísticamente, se suma a otros resonantes antecedentes clásicos de los últimos años: el 6-2 de 2009, el 4-0 de 2015, el 4-3 de 2014, el 3-2 y el 3-0 de 2017, todos en el Bernabéu. El apabullante 5-0 del 2010 en el Camp Nou, y muchos otros con más juego que goles. O como los 14 triunfos a 4 que se registran a favor del Barcelona en los últimos diez años.

Otra esquirla que se desprende de esta victoria de oro es que el club de Xavi, Iniesta y Messi toma la punta en solitario y el Madrid se hunde en el noveno puesto, siete puntos más abajo. Y acaso la más importante: el carácter destituyente de este 5 a 1 con el despido de Julen Lopetegui del banco del Madrid, que ve no solo peligrar toda la temporada, también la clasificación la Copa de Europa del curso siguiente. Por ello, Florentino Pérez fulmina al técnico vasco y presentaría hoy mismo al italiano Antonio Conte, que no es precisamente un lírico, pero que llega con el látigo. No obstante, el capitán y caudillo del vestuario blanco ya puso una barricada: “El respeto se gana, no se impone”, dijo, dando a entender que prefieren un conductor del tipo Del Bosque, Ancelotti o Zidane, de perfil dialoguista y conciliador a uno de mano dura. No obstante, el del Madrid no parece un problema de mano blanda sino estrictamente futbolístico: no tiene juego. No se renovó. Se lo nota un equipo aburguesado, que sigue saltando al campo con los mismos nombres. Alex Ferguson, el entrenador más ganador de la historia, decía que aún proclamándose campeón, cambiaba al menos tres nombres para el siguiente torneo; quería mantener el hambre de gloria. Si algún neófito iba al estadio y alguien le decía que ese Modric que estaba viendo es el flamante Balón de Oro y The Best, hubiera dicho que le estaban tomando el pelo.

Dato que pinta al Madrid: Marcelo es el artillero del equipo, marcó su tercer tanto consecutivo, en tanto Bale y Benzemá suman una decepción tras otra. El Madrid está llorando mares la partida de Cristiano Ronaldo, enfrentado con su presidente.

En otra lectura, vale resaltar que el Barcelona ha ganado en ocho días nueve puntos de platino, y casi todos sin Messi: 4-2 al Sevilla que llegaba puntero (aunque Leo se lo dejó encaminado con un 2-0 en 16 minutos antes de fracturarse el brazo); 2-0 al Inter en otro festival de fútbol que debió ser mínimamente de cinco o seis goles, y esta espectacular goleada clásica. Es un envión anímico excepcional porque se demostró a sí mismo que hay vida sin el genio. Ya contra el Inter sus hombres parecieron juramentados por demostrar que sin el 10 también pueden hacer cosas grandes. Y han enderezado un inicio de temporada plagado de dudas.

  • Ante la ausencia de Lionel Messi, el caudillo barcelonista fue el uruguayo Luis Suárez , quien anotó tres goles. Foto: AFP

El primer tiempo de ayer terminó 2-0, pero en juego fue mucho más que eso: superioridad total de un equipo ordenado, solidario, técnico y con grandes tocadores sobre otro sin fútbol ni rebeldía ni la menor idea de cómo afrontarlo. Esta versión de Valverde exhibió una notable similitud con el Barcelona de Guardiola, mucha presión alta para recuperar la pelota y luego toque y toque como argumento para avanzar y lastimar. La llegada del brasileño Arthur es la clave de este funcionamiento magnífico. Ya lo llaman “el nuevo Xavi” por su parecido en el juego, su fantástica relación con la pelota, el manejo de los ritmos, el dominio del terreno y del partido.

Había sido la figura de los dos lances anteriores, ante el Madrid no brilló especialmente, pero fortaleció un mediocampo que había perdido protagonismo en los últimos tiempos. En tándem con Busquets y Rakitic compuso un trío pleno de sabiduría y toque, casi una exageración de técnica y talento. Obligan al rival a jugar sin la pelota.

El momento estelar de Jordi Alba provocó el primer gol; Rakitic le puso un pase magistral por elevación, y el lateral resolvió con el manual: desborde, centro atrás perfecto y toque de Coutinho a la red. Luego, un penal de Varane a Luis Suárez que el uruguayo transformó en 2-0. Penal otorgado mediante el VAR, ya que el juez no lo había convalidado. Lo que siempre sospechamos: el VAR le iba a traer problemas al Real Madrid como a ningún otro club en el mundo. Lo que antes no hubiese sido penal, ahora es. De alguna se va a salvar, con VAR y todo, pero ya no será lo de siempre.

Aturdido, inerme, el Madrid se fue al descanso con pronóstico delicadísimo. Pero sorprendió en la segunda parte con una reacción típica de este club asociado desde siempre a la victoria, a los vuelcos inesperados. Descontó Marcelo; Modric mandó un remate al palo cuando Ter Stegen estaba vencido. Benzemá elevó un cabezazo en inmejorable ocasión de gol, pero Suárez, retornado de una larguísima oscuridad, puso el 3-1. Jugada calcada del primero, aunque por la derecha: brillante cesión aérea de Rakitic a Sergi Roberto, desborde, centro para Suárez y fabuloso cabezazo al gol que dejó parado a Courtois (nadie puede explicar todavía para qué lo ficharon teniendo a Keylor Navas, de sensacional rendimiento los últimos tres años).

Con el 3-1 terminó la oposición merengue y se reanudó la fiesta blaugrana. Hubo dos gritos más para redondear una actuación apabullante. Incluso uno a cargo de Arturo Vidal, que venía molesto por sus pocos minutos en campo y volvió a sonreír. El miércoles estuvimos en el Camp Nou ante el Inter y nos encontramos con Jorge Valdano, exquisita persona y fantástico producto del fútbol: jugador, entrenador, dirigente, periodista, escritor, todo en rango de campeón. Nos dijo: “El Barça tiene el tesoro de su estilo. Incluso si le toca andar mal puede refugiarse en el estilo. El Real Madrid no lo tiene y si sus grandes individualidades no están bien, lo sufre”.
Premonitorio de lo que ocurriría este domingo.

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Dios salve a Liverpool… Y a Klopp

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 15 de mayo de 2022 / 18:50

La Guardia Real de la Reina, la de uniformes rojos y enormes sombreros de piel negra enfundados hasta los ojos, ocupaba el campo de juego mientras la sensual cantante londinense Raye entonaba Good Save the Queen (Dios salve a la Reina). Y 90.000 espectadores en el imponente estadio de Wembley, no del todo silenciosos, los hinchas del Liverpool silbaron el himno. Al cumplir 150 años, una puesta en escena fabulosa dio apertura a la final de la Football Association Cup, la célebre Copa Inglesa, la competencia futbolística más antigua del mundo. En 1872, cuando empezó, no había Mundiales ni Champions ni ligas, ese fue el primer intento formal de rivalizar entre clubes. Luego vino todo lo demás. Sólo no se disputó durante las dos Guerras Mundiales. Setecientos veintinueve equipos participan, incluso de categorías aficionadas. O sea, representa realmente a toda Inglaterra, hasta el último cuadrito de barrio la juega. Semejante tradición se respeta de modo reverencial, por lo cual, a diferencia de otros países, el campeón de copa tiene en el fútbol inglés una importancia bastante cercana al campeón de liga. No es una hermanita menor.

Al igual que en la Copa de la Liga -segunda en importancia- llegaron a la final en el histórico escenario Liverpool y Chelsea. Como en aquella ocasión -27 de febrero-, jugaron ardorosamente, igualaron 0 a 0, fueron al alargue y a los penales. Y, como entonces, se coronó el Liverpool desde los doce pasos. En catorce penales, la mayoría maravillosamente ejecutados, venció 6 a 5 el club liverpooliano. La habitual angustia de la tanda penalicia sirvió para decretar un campeón y dar emotividad a la coronación. Y no es que faltaran emociones antes, hubo cantidad de situaciones de gol, sólo faltó la precisión, un elemento clave en este juego.

Actualmente hay que patear obligadamente bien los penales, caso contrario los arqueros los atajan. Son atléticos, estudian a los pateadores, entrenan mucho. Di Stéfano contaba que en su época los goles de penal no se festejaban, porque era demasiado fácil hacerlos. “Te dabas vuelta e ibas al centro del campo sin gritar”, recordaba Alfredo. Los arqueros casi no se movían, uno tiraba a asegurar, a una punta, y era gol seguro. Ahora, disparo que no va fuerte o esquinado es un postre para los porteros, muy felinos. Salvo que los rematadores sepan amagar bien, como sucede con los que se animan a hacer un Panenka. Terminada la serie y con Liverpool campeón, Jürgen Klopp no paraba de abrazar a Sadio Mané, el magnífico atacante senegalés; él fue quien falló el único tiro del campeón, quería que la tierra se lo tragara. Pero Alisson lo salvó tapándoselo a Mason Mount.

El príncipe Williams y Debbie Hewitt, la primera mujer presidenta de la Asociación Inglesa de Fútbol en 158 años, entregaron el trofeo al capitán liverpooliano Jordan Henderson, duro guerrero de arduas batallas. Es la segunda corona de la temporada del cuadro rojo, ahora deberá lidiar ante el Real Madrid por la Champions el 28 de mayo y espera un resbalón del Manchester City a ver si puede hilvanar también la Premier League, pero esa se le puso difícil. El City depende de sí mismo. Falta una fecha y, si los de Guardiola vencen al Aston Villa el domingo, serán campeones. Klopp buscaba un epopéyico cuatriplete, tal vez deba conformarse con tres.

Liverpool y Chelsea son gemelos presionando, se asfixian uno al otro, por eso les cuesta superarse. No obstante, hubo cantidades de llegadas de peligro de los dos. Y la más clara la tuvo en sus pies Luis Díaz, grandísima figura en el primer tiempo. Alexander Arnold le puso un pase de primera con tres dedos, toda una delicatessen, y lo dejó sólo de cara al gol; Lucho picó bien, sacando ventaja, como es su virtud, dominó, entró al área y definió rápido, pero la bola, entre las piernas de Mendy, se frenó y esto permitió que la defensa del Chelsea rechazara. El colombiano se metió a espaldas de Chalobah, en el hueco que había entre este y Reece James, y por ahí causó estragos, pero siempre le faltó la puntilla, los cinco centavos de puntería para hacer red. No obstante, a los 8 minutos ya era la estrella del juego con sus internadas por izquierdas, amagues, gambetas y centros. En la segunda parte también fue un factor de alto riesgo para los de Tuchel, y probó varias veces desde el borde del área, pero no era su tarde para el gol. En tiempo extra, Klopp lo sustituyó por Firmino porque estaba perdiendo frescura física y ya no ganaba en los piques, aunque con su titularidad y sus movimientos eléctricos y punzantes ratificó que es uno de los preferidos del técnico alemán y que está a la altura de Mané y Salah. Incluso todos los compañeros lo buscan con el pase más a él que a los otros dos. Un síntoma de confianza de aquellos, cuando el jugador trae la bola, la pasa al que cree que puede hacer alho. Si se le daba el gol, era el héroe de Wembley.

Fue una lucha sin respiro. Klopp le lleva a su compatriota Thomas Tuchel una ventaja de 10 victorias a 3; lo consigue, pero le cuesta ganarle. Y el Chelsea tuvo varias buenas frente al arco de Alisson. A Pulisic le pasó lo mismo que a Luis Díaz: brilló, desequilibró, no se le dio el grito sagrado y luego se fue desgastando, hasta ser reemplazado.

Un detalle del fútbol actual, de su grado de oposición: ambos equipos son claramente ofensivos -más el Liverpool- sin embargo, en todos los córners o tiros libres desde las bandas, los dos defienden con sus once hombres en el área. Cada vez se dan menos ventajas y es más difícil desnivelar. Pese a todo, se dan partidos espectaculares.

Liverpool llevaba treinta años sin ganar la Premier, trece sin conquistar la Champions y quince sin levantar la Copa Inglesa. Ya está: Klopp le ha devuelto todo. Si Liverpool pudiera emitir moneda propia, sus billetes llevarían la cara de Jürgen.

El jueves último, en memorable actuación, el Inter le ganó 4 a 2 a la Juventus en la final de la Copa Italia. Pocos lo vieron, muchos ni se enteraron. A nivel jerárquico, ambas competiciones son idénticas, pero a la Copa Inglesa la vio el mundo. Aquel fue un gran partido, éste un notable acontecimiento, un megaevento con toda la pompa. Lo mismo pasa con la Copa del Rey (España) o la Copa de Alemania. Es la diferencia abismal que ha establecido el fútbol inglés como espectáculo por calidad futbolística, presentación, buen gusto y elegancia en el decorado. Inglaterra sabe que ha creado el mayor entretenimiento de la humanidad y lo cuida con orgullo, prolijidad y excelencia.

A la final de la Copa de la Liga, entre los mismos contendientes, habían concurrido 85.512 pagantes. Esta agotó las 90.000 entradas. Los inventores del fútbol se descuidaron por años, pero han retomado la vanguardia en casi todos los aspectos. Y ahora es difícil que la pierdan.

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¡Una nota de seis metros de largo…!

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 8 de mayo de 2022 / 20:00

“66: El Mundial en tiempo real”. Tal es el título del libro de Ian Passingham de 2016. Periodista e historiador, Passingham dedicó la obra a la única Copa del Mundo ganada por Inglaterra, la de 1966, que hizo honor a los inventores de semejante juego. Se cumplían cincuenta años de la conquista. No es casualidad que lo escribiera Ian, hincha apasionado del West Ham United.

En la cuna del fútbol quedó para siempre la frase “la Copa que ganó el West Ham”, pues, pese a no ser de los más poderosos de la Premier League, tuvo el honor de aportar a la selección campeona a tres cracks que resultaron decisivos para alcanzar aquella gloria: el capitán y superfigura Bobby Moore, zaguero de alta clase, el goleador Geoffrey Hurst y el también delantero Martin Peters. En el 4-2 de la final ante Alemania, Hurst marcó tres goles y el restante fue de Peters. Hurst también convirtió el único en el difícil triunfo sobre Argentina. Los tres muchachos eran ídolos del West Ham, surgidos de su cantera; jugaron añares allí, por lo cual ningún otro club se emparentó tanto con aquel éxito inglés. Una estatua del trío preside desde hace un año el estadio Olímpico de Londres, cedido al West Ham por noventa y nueve años. Y debajo de la estatua fueron enterradas las cenizas de Martin Peters, fallecido en 2019.

Passingham tuvo una idea novedosa: tal como el título lo dice, el contenido del libro no es una típica recordación, sino que lo compuso íntegramente con noticias en tiempo real, tomadas de los diarios y otros medios de información del momento, tal como se iban produciendo los hechos. Y a ellas les puso títulos ingeniosos. En uno de los capítulos más curiosos, introdujo una información emanada de Birmingham. Allí, en el estadio del Aston Villa, habían igualado 0 a 0 Argentina y Alemania, pero el suceso no se produjo en la cancha sino en la oficina que el correo había instalado en el recinto para atender las necesidades de la prensa acreditada. Jugando con las palabras, en lugar de titular “Oh my God! (Oh, mi Dios), Passingham encabezó con “Oh my word!” (¡Oh mi palabra!). Lo que ocurrió lo transcribimos de su cita textual:
“¡Oh mi palabra!

El personal de Correos tardó seis horas en cablegrafiar el informe de un periodista argentino sobre la Batalla de Villa Park a los editores de su revista en Buenos Aires.

Osvaldo Ardizzone escribió la asombrosa cantidad de 20.246 palabras -el equivalente a la cuarta parte de una novela típica- sobre el partido Argentina-Alemania Occidental.

A un costo de 1 libra por minuto de cable, le hizo desembolsar a los jefes de El Gráfico la friolera de 340 libras.

Después de que se envió el cable de 20 pies de largo, Ardizzone insistió en que no se arrepentía y dijo: “Después de todo, esto es fútbol … y es la Copa del Mundo».

Hoy, cincuenta y cinco años después, 340 libras representan 427 dólares. Pagar eso en 1966 para mandar la nota era una suma colosal. Ahora, con Internet, sale gratis. En sistema métrico, 20 pies equivalen a seis metros y 10 centímetros. ¡Una sábana de seis metros para contar un partido…! ¡Y para contar un cero a cero…!

Ardizzone no se movió del lugar hasta constatar que desde la redacción, en Buenos Aires, le dieron el OK de recibido. Ahí estaba el comentario y las notas adicionales, voces de vestuarios e impresiones generales que tres días después entregaría El Gráfico a sus lectores en un amplio despliegue, y a cargo de su cronista estrella.

Hasta el Mundial de México ‘86 el material escrito se enviaba por télex, un extraordinario invento alemán que permitió transmitir a distancia textos de gran longitud. Ya no eran simples telegramas, sino extensos artículos. Era como una máquina de escribir, pero inmensa, que la operaban las sucursales del correo de cada lugar. Era necesario tener también una en la redacción para recibir los despachos. Uno tipeaba la nota en una máquina de escribir, la entregaba al empleado del correo y este volvía a mecanografiarla íntegra en el télex. Ese ruidoso armatoste nos desvelaba. Había que rogar que estuviera libre, que la operadora nos tipeara la cinta sin antes irse a comer o a hacer otro trámite, que no terminara su turno o lo que fuera. Que finalmente lo pasara a nuestra redacción y llegara bien… Las comunicaciones no eran tan automáticas como ahora y la tensión por transmitir el material nos mandaba a la cama molidos. En México ’86 vimos con asombro a colegas japoneses pasar sus artículos por fax y en Italia ’90 ya estaba definitivamente impuesto. El fax nos solucionó la vida.

Ardizzone no sólo veía bien el fútbol, era un artista de la palabra. Componía tangos, poesía y algunas obras de teatro. Quien suscribe tuvo la fortuna de ser su compañero. Cuando íbamos juntos a cubrir un partido, iba con mi ídolo. El querido Quique Wolff, hábil lateral derecho de Racing, River y el Real Madrid, hoy comentarista de ESPN, relata una simpática anécdota que pinta la dimensión colosal de Ardizzone, a quien todo el mundo llamaba simplemente Osvaldo. Decir Osvaldo en el ámbito del periodismo deportivo era lo mismo que decir Diego, por Maradona.

-Eso de que si no jugaste no podés hablar de fútbol es mentira; y si jugaste, a lo mejor podés hablar como analista, pero si antes te preparaste para hacerlo. Cuando debuté en River, lo hice contra Boca, ganamos 2 a 1. El Gráfico entendió que yo fui la figura del partido y Osvaldo Ardizzone, notable periodista, me preguntó si podía ir a mi casa a entrevistarme, porque antes se estilaba que fueran a hacerte la nota a tu casa… Le di la noticia a mi mujer, emocionado: ¡Me vienen a hacer una nota de El Gráfico…! ¡Y Ardizzone…! Pusimos la casa de punta en blanco, mi esposa preparó una comida especial… Osvaldo era un genio, yo lo miraba con admiración y el que me reporteaba era él a mí. A un tipo que sabe hablar de esto lo respetás, más allá de que el fútbol siempre ha sido materia de discusión. A mí jamás se me pasó por la cabeza si Osvaldo había jugado al fútbol o no.

Ardizzone nunca estudió periodismo, no había academias para formar hombres o mujeres de prensa, eso vino después; la escuela era la redacción de un diario, el aula magna, la fragua donde se aprendía todo. Sí se leía mucho, había buena formación intelectual. Nos parece ver a Osvaldo frente a la vieja Olivetti verde olivo, el cigarro haciéndosele ceniza en la boca, el pocillo de café sobre la mesa y la pasión moviéndole las ideas y los dedos.

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La Champions ¿Más que el Mundial…?

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 1 de mayo de 2022 / 18:00

La semana nos regaló dos joyas: una inolvidable (Manchester City 4 – Real Madrid 3) y otra de excelencia (Liverpool 2 – Villarreal 0). Los hinchas en el estadio bramaban, los telespectadores estábamos en grado de excitación. La Champions nos tiene acostumbrados a eso.

El primero fue un partido trepidante, excepcional, limpísimo, que ennoblece al fútbol y lo ratifica como el espectáculo más grande del mundo. No hay otra actividad o deporte siquiera que le pase cerca. Prometía dar el máximo nivel de juego y emoción, esa combinación fascinante que este deporte tiene. Y lo dio. Más allá de los siete goles, deben computarse el fragor extremo de las acciones, la entrega física y el clima volcánico de las tribunas. También algunas actuaciones individuales memorables como la de Benzema -una vez más-, Modric -una vez más-, De Bruyne -una vez más-, Vinicius… Por si faltara algo, el choque de estilos: posesión y preciosismo (City) versus contraataque y pragmatismo (Madrid). “Fue como un partido de 1950”, lo ensalzó, por el espíritu ofensivo, el magnífico periodista caleño Marino Millán. Sí, pero con cien veces más intensidad, presión, velocidad y agresividad. Cualquier enfrentamiento de los años ’60 parecería ridículo al lado de tan sensacional demostración de fútbol.

La brillantez del City-Madrid no fue una isla, semana a semana el torneo estrella de clubes nos prepara platos deliciosos. Uno espera un gran partido y lo tiene. Es el summun. Por ello, en el programa Conexión, de Win Sports, se generó un debate: ¿es comparable la Champions al Mundial…? Partamos de la base de que ambas competencias son maravillosas. Nuestra opinión fue que, futbolísticamente, sí, son comparables, incluso la Champions es superior. Hablamos del juego. Para el degustador del gran fútbol, no hay dudas.

Realizamos un sondeo en Twitter y, sobre 1.682 votantes, el 70,5% respondió que es más atractivo el Mundial que la Liga de Campeones de Europa. El 29,5% restante contestó a la inversa. La realidad es que ha habido cantidades de Mundiales discretitos o malazos. La Champions no decepciona nunca. Palpitamos que un Bayern-Barcelona será un partidazo y lo es. Lo mismo para un Juventus-Atlético de Madrid o un Inter-Manchester United. Casi ningún partido es malo.

“En Europa, sin duda, son mejores los equipos de clubes que las selecciones, en Argentina y Brasil no”, nos dice Pablo Nonis, agudo observador argentino que vive en Tenerife. “Acá la Champions es tan importante como el Mundial”. Además, la competición europea permite anualmente el confronte de alemanes con ingleses o españoles, italianos con franceses u holandeses… El choque tribal mantiene a tope la expectativa. En un Mundial eso se da esporádicamente.

Obviamente, para ingleses y españoles, donde las ligas son tan fuertes, el Mundial ocupa el segundo puesto. Y hay sitios, como en Argentina, donde el público es mucho más hincha de su club que de su selección. Fontanarrosa lo definía con su genialidad habitual: “Central es como mi vieja, la selección es como mí tía”. Por eso, cuando se hace la encuesta/pregunta “¿qué preferís, que tu club gane la Libertadores o que la selección sea campeona del mundo?”, la mayoría vota lo primero.

El Mundial atrapa porque involucra países, naciones enteras detrás de una formación, tiene mayor universalismo, pero no se ve un juego tan extraordinario. Las selecciones no tienen el ensamblaje de un equipo de club, trabajado día a día durante años. Los mejores técnicos del mundo (Guardiola, Klopp, Tuchel, Ten Hag, Conte, Ancelotti, Nagelsmann), están en clubes. A su vez, los Real Madrid, Barcelona, Liverpool, Chelsea, City, Bayern Munich, PSG, Juventus aglutinan los mejores talentos. Cada vez que llega una fecha de Eliminatoria o Eurocopa, estos clubes ceden quince o veinte jugadores a sus distintas selecciones, pero ninguna selección tiene quince o veinte jugadores en el Madrid, el Barsa, el PSG o el City. Ejemplo simple: Zinchenko es la máxima estrella en el combinado ucraniano, en el City es un obrero. Porque el City es una constelación de cracks ingleses, belgas, brasileños, portugueses, españoles, franceses, holandeses… Lo mismo sucede con los otros grandes de Europa. Casi sin excepción, todos los mejores artistas del balón están en Europa. Y en la Champions. Un equipo puede juntar a Salah, Mané y Luis Díaz, una selección no.

Justamente, el Mundial se pierde a Salah, a Luis Díaz, quizás al fabuloso lateral Andy Robertson, a Naby Keita -los cuatro del Liverpool-, a Haaland, a Mahrez, a Alexis Sánchez, a Juan Guillermo Cuadrado y Wilmar Barrios, a David Alaba, a Aubameyang, Verratti, Insigne… La Champions los tiene a todos.

Aunque no hay forma de medirlo, por cantidad de figuras reunidas, mayor tiempo de trabajo y calidad de entrenadores, un club de los grandes de Europa debería ganarle sin demasiados problemas a cualquier selección. Una selección no tendría chances frente a un equipo aceitado y entrenado desde hace cinco años por Guardiola o Klopp.

“La Champions es el Mundial cada año”, sentencia Tito Puccetti, brillante compañero y conductor del citado ciclo televisivo. El Mundial tiene el privilegio de que se lo espera cuatro años, con la expectativa que ello genera. Y que toda la actividad internacional se detiene durante un mes para verlo, la Champions no necesita ni eso, entre semana, metido en medio de decenas de partidos de copas y ligas nacionales, de Libertadores y otros, imanta a todos los públicos del orbe para ver uno de estos choques galácticos. Y el ambiente que se vive en cada duelo es fabuloso, los estadios parecen explotar. En la Champions hay hinchas, en los Mundiales, espectadores.

Desde luego, los Mundiales involucran la nacionalidad, la bandera, el himno, tópicos que llegan al alma, pero estamos hablando del juego y, salvo excepciones, los duelos mundialistas no tienen el grado de calidad ni de emotividad de la Champions, tampoco el entorno.

El fútbol de selecciones une, el de clubes divide, esa es otra ventaja para los Mundiales, pero el Madrid, el Barça, el Liverpool, el Manchester United tienen cientos de millones de seguidores en todo el mundo, más que cualquier selección. A propósito de esto, sería bueno saber el número de televidentes en Sudamérica que hubo el martes último, cuántos tuvo este City-Madrid y cuántos los siete partidos en conjunto de la Libertadores que se disputaron el mismo día. Seguro hubo una diferencia abismal a favor del primero, y eso que se juega en tiempo laborable en nuestro huso horario. La Champions ha logrado que se universalicen las simpatías por los grandes clubes europeos y que nos interese más un choque de allá que uno de acá, debemos admitirlo.

Con los siete goles del martes último y el 2-0 del Liverpool al Villarreal, la Champions alcanzó un alto promedio de 3 goles por juego. La actual Libertadores va por 2,27 y el último Mundial, Rusia 2018, llegó a 2,64.

Claro, cuando te tocan el himno se te aflojan las piernas, pero en juego propiamente dicho…

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Opinión

Liverpool, un equipo de autor

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 24 de abril de 2022 / 20:42

¡Qué lindo debe sentirse ser hincha del Liverpool en estos momentos…! Es una aplanadora que gana (casi) siempre, juega bien, humilla a su principal rival (5-0 y 4-0 al Manchester United en los dos clásicos de la temporada), pelea todos los títulos, los jugadores se abrazan como hermanos, Klopp sonríe, el estadio abarrotado ovaciona… Es celestial. El martes, al golear al ManUtd se subió por veinticuatro horas a la punta del campeonato cuando faltando seis jornadas; el miércoles ganó el City y recuperó el liderazgo y sigue arriba. Los de la ciudad de Los Beatles están a un paso de alzarse con los cuatro torneos en disputa: Premier, Copa Inglesa (disputará la final ante el Chelsea), Liga de campeones de Europa (es semifinalista) y Copa de la Liga, que ya conquistaron venciendo al Chelsea por penales.

De haberles podido preguntar a sus hinchas, seguramente el cuadro manchesteriano hubiese preferido entregar los puntos y no tener que enfrentar el infierno del Liverpool. Como en el 5-0 de octubre último, fue un apisonamiento. Le ganó en todos los sectores del campo, lo dominó a voluntad ejerciendo una presión bien alta, luego manejó la bola (74% a 26% de tenencia sólo en el primer tiempo) y buscó los movimientos exactos para perforar el arco de De Gea. Si existe el fútbol total, fue eso: presión, posesión, movilidad, precisión de pase, ambición, ataque, goles, armonía colectiva, destaques individuales. Conste que enfrente no estaban el Norwich o el Burnley sino un rival lleno de historia y valuado en 722 millones de euros.

El United virtualmente no pudo hacer nada, apenas presentarse en Anfield y cumplir con el reglamento. La diferencia abismal, más que de funcionamiento, fue de estado anímico; el Manchester está diez metros bajo tierra, el Liverpool sobrevuela la estratósfera. Y esto se debe al clima excepcional que genera su conductor, el hombre de la eterna sonrisa.

El Liverpool FC tiene ya una fecha de nacimiento y otra de renacimiento; la primera, la oficial, el 3 de junio de 1892, cuando su fundación; la segunda, extraoficial, el 8 de octubre de 2015, el día que firmó contrato Jürgen Norbert Klopp. Su fichaje fue, seguramente, la decisión más acertada de la historia del club. Luego de dominar el fútbol inglés -y en buena medida el europeo- en los ’70 y ‘80, en los 25 años anteriores a la llegada del estratega de Stuttgart el cuadro rojo navegaba en un marasmo futbolístico mientras veía cómo su acérrimo rival, el Manchester United, embolsaba un título tras otro de la mano de Alex Ferguson. Pero, como en una partida de póquer, en un momento la suerte cambió de mano: se jubiló Sir Alex y el United se hundió en una ciénaga en la que la lleva ocho años fichando decenas de nombres caros e improductivos, sin alegrías y con muchas decepciones. En contraposición, desembarcó Klopp al Liverpool y le devolvió todo el esplendor. Con lo que queda claro, una vez más, que no son los futbolistas sino los grandes entrenadores los que guían el barco a la victoria.

En muchos casos, existe una frontera difusa entre los méritos de un entrenador y la calidad de sus jugadores. Es la sospecha que persigue a Guardiola: si el Barcelona de fábula era obra del técnico o de Iniesta, Messi, Xavi, Puyol, Busquets… En el caso de Klopp, queda claro que la obra es toda suya. Él armó pacientemente este plantel y lo tornó vencedor. La última pieza que agregó fue nuestro conocido -y querido- Luis Díaz. Hace tiempo un sudamericano no entraba tan bien en un club de los poderosos de Europa. Hablamos de llegar, ser titular, figura inmediata, hacer goles y brillar. Y conste que es un fichaje de invierno, por lo general alguien que entra en un grupo para tapar algún agujero, completar plantel, ser alternativa al principio e ir ensamblando de a poco. Sobre todo, en un equipo tan aceitado. Y donde ya había siete delanteros: Salah, Mané, Firmino, Diogo Jota, Origi, Minamino y Elliott. Lucho se salteó cinco vallas de una tacada. Ahí también está el mérito de Klopp, primero porque supo verlo, luego por entender que éste era más que la mayoría y debía jugar. Sin que se le enoje nadie, lo puso apenas arribado. El resultado fue extraordinario. El martes, el guajiro marcó el primero de los cuatro goles y sirvió el tercero. Por último, supo agrandarlo, alabándolo fervorosamente en sus conferencias de prensa.

Klopp ya está en la galería de los grandes entrenadores de todos los tiempos. Su virtud esencial como líder es el grado de motivación excepcional que insufla a sus jugadores. Sólo hay que ver la concentración, los anticipos y la fiereza de Andy Robertson, el lateral escocés, para entender la mentalidad con que juega cada partido este equipo. El ambiente que instauró Klopp es tan estimulante, se advierte tan democrático, que cuando hace un cambio, el futbolista que sale lo abraza y le sonríe. A la mayoría de sus colegas los miran mal o pasan de largo. Genio de la rotación, todos sus dirigidos tienen minutos, por ello están contentos así jueguen un ratito. Buen ejemplo es que, en la definición por penales que les dio la Copa de la Liga ante el Chelsea, terminaron ejecutando -y convirtiendo- Divock Origi y Harvey Elliott. A todos les da confianza.

Vale resaltar que, en el término de 14 días exactos, el Liverpool debió enfrentar cinco partidos durísimos: Benfica (3-1), Manchester City (2-2), Benfica (3-3), Mánchester City (3-2) y Mánchester United (4-0). Y al quinto salieron a jugar como si se les fuera la vida, a devorarse al United. Cada vez muestran mayor apetito, es un grupo con una voracidad infrecuente, que no se relaja nunca, se sobrepone al cansancio y quiere ganar todo.

Desde el 13 de agosto en que comenzó la temporada, el Liverpool lleva disputados 52 cotejos, suma 38 victorias y apenas 3 derrotas. Los héroes que lograron doblegarlo son el Leicester (1-0), el West Ham (3-2) y el Inter (1-0) en la Champions. Ostenta un altísimo 80,12% de rendimiento. Si gana los diez juegos que le restan, el Liverpool puede alzarse con todas las fichas que están sobre la mesa. Viéndolo jugar no parece imposible.

Lo único que le fata a Klopp es un Balón de Oro para alguno de sus muchachos. Y eso también puede llegar este año: Mohamed Salah es artillero de la Premier, si además de ello le agrega cuatro coronas, ni Benzema podrá quitarle el trofeo pese a su año de película.

Liverpool contrató en 2015 a Jurgen Klopp. Si el Manchester United fichaba en ese mismo momento a Haaland, Mbappé o Lewandowski, ¿quién hubiese hecho mejor campaña…? No tenemos ninguna duda: la suma de éxitos en estos casi siete años no habría cambiado. La diferencia es el DT.

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Opinión

Esa gloria es tuya para siempre, Freddy

/ 17 de abril de 2022 / 19:57

Fue un predestinado. No hizo el gol más hermoso de los Mundiales ni el que definió un título. Sí uno de los más celebrados que podamos recordar. Hizo saltar el “festejómetro”. Movió las placas tectónicas en Colombia y la onda expansiva se replicó en toda América Latina, incluso en otras latitudes. Igual que un terremoto, sacó a la gente a las calles. Y le tocó a él, a Freddy Rincón. Ni el majestuoso gol de James a Uruguay pudo desatar tal euforia. Formamos parte de un grupo de estadígrafos e historiadores de América, con decenas de miembros desde Argentina hasta Estados Unidos y una gran cantidad de integrantes expresó lo mismo: “Lo grité como si fuera de mi país”. Fue raro: una alegría increíble que nos dio un equipo que no era el nuestro. Pocas veces pasa eso. Semejante eclosión derriba la estulticia de que si no es en la final del mundo o de la Champions no sirve nada.

Lo repiten cien veces y las cien lo vuelvo a mirar con idéntico interés, lo palpito como si estuviese pasando ahora. Fue producto de una bellísima construcción de paredes y una genialidad de Valderrama para dejar solito a Freddy con el meta alemán Bodo Illgner. Ese pase del Pibe es como que te den el billete ganador de la lotería y te digan «tomá, cobralo vos». Atrajo a toda Alemania Occidental hacia su izquierda y la puso mansa en Alemania Oriental. No había nadie ahí. Freddy no dudó un instante, controló y la mandó por entre las piernas del uno. Fue el instante mágico de su vida. Y fue la locura total.

¿Por qué semejante aclamación si era en fase de grupos y apenas sirvió para empatar 1 a 1…? ¿Por qué seguimos evocándolo treinta y dos años después…? Porque encierra una historia. Y sin circunstancia no hay épica. Colombia volvía a los Mundiales después de veintiocho años y le tocó en el grupo nada menos que Alemania, una maquinaria que sería el campeón invicto, y la última versión mundialista de una fuerte Yugoslavia, la de Dragan Stojkovic, Srecko Katanec, Dejan Savicevic, Darko Pancev, Davor Suker, Robert Jarni, Alen Boksic, Robert Prosinecki… La última reunión de serbios, croatas, bosnios, eslovenos, macedonios y montenegrinos. Alemania llegaba arrasando: 4 a 1 a Yugoslavia y 5 a 1 a Emiratos Árabes Unidos. Colombia peligraba su clasificación a octavos de final. Había caído ante Yugoslavia y apenas contaba con dos puntos, producto de un correcto triunfo sobre Emiratos. Necesitaba al menos un empate para aspirar a ser uno de los mejores terceros. Y justo debía conseguirlo ante el cuco del torneo. Parecía imposible.

Se esperaba otra goleada germana sobre la selección de Pacho Maturana. Y los primeros diez minutos fueron de terror, la Luftwaffe bombardeando Milán. Los pelotazos cruzados surcaban el campo colombiano generando pánico. Klinsmann y Vöeller picaban como flechas. Eran tiempos en que Alemania jugaba todavía al estilo Panzer, no como ahora, que saben tocar y son más pausados. Colombia parecía sumida en el desconcierto y en el palco del Giuseppe Meazza junto al inolvidable León Londoño, nos observamos con cara de vaca que mira el tren: “Estos nos meten cinco”. Hasta que vino una bola larga para la entrada de Klinsmann y, cuando todos presagiábamos ya el primer gol, salió Higuita, la paró con el pecho, se la levantó por sobre la cabeza al tanque alemán y salió jugando suave por derecha. Fue balsámico. Esa acción tan osada sirvió para aplacar la furia germana y animar a los suyos. Esas cosas que tenía René y que no tuvieron nunca otros arqueros, por buenos que fueran.

Salió el sol para Colombia y comenzó otro partido, a ritmo de vallenato. Y empezó el toque y el dominio bajo la batuta del Pibe. Fue emocionante. Por el rival y el marco, tal vez el mejor partido de esa selección de Maturana. Dominio y merecimientos se iban acumulando, hasta llegarse al fatídico minuto 89, cuando una apilada de Vöeller juntó a varios colombianos y dejó en buena posición de remate a Littbarski. Zurdazo y… ¡Gol alemán…! Fue un martillazo a la ilusión, como el iceberg con que chocó el Titanic. ¿Qué hacía ese iceberg ahí…? Era demasiada injusticia para una actuación tan consagratoria, prolija y valiente.

Enrique Omar Sívori, el famoso Balón de Oro de 1961, estaba junto a nosotros, “de la bronca” se levantó y se fue. “¡Con lo bien que había jugado Colombia…!”, lamentó. Era la desolación, daban ganas de llorar, de rabia y de impotencia. Los muchachos colombianos quedaron tirados en el piso. Valderrama, con gran entereza, levantó a algunos. “Vamos, vamos que hay que seguir…” Pero la tristeza duró sólo cuatro minutos. Al llegarse a los 93 vino esa jugada monumental en la que el Pibe, con pase bellísimo de zurda dejó sólo a Rincón y Freddy sin dudar, con aplomo, la mandó a la red. Fue una explosión difícil de narrar, esas cosas se viven. Con rubor, debo confesarlo: nunca grité tanto un gol de una selección que no fuera Argentina como ese de Rincón. Como dijo Pacho, “estamos habituados a que el último gol sea siempre de Alemania, pero esa vez fue de Colombia”.

Con León nos abrazamos y terminamos parados sobre las butacas de la zona VIP. Enseguida recordó que era miembro del comité ejecutivo de la FIFA: “Oiga, m’hijo, que nos van a echar de aquí…”, prudenció el hombre de Jericó. Pero no nos echaron. Las emociones que el fútbol genera exculpan ciertos exabruptos.

Ese gol reivindicó todo, la actuación y el pase a la siguiente ronda. Seguramente es el más gritado en la historia de Colombia. No obstante, el Freddy jugador excede la leyenda de aquel 19 de junio de 1990. Fue un volante espectacular que hoy valdría, mínimo, cincuenta millones de euros. Un todoterreno que marcaba, jugaba y convertía, con una zancada de avestruz, técnica respetable, tremenda potencia, gol y carácter. Un mediocampista con casi 170 goles es cosa seria. Llegaba al área como un huracán; en carrera era indetenible. Como las huellas dactilares, no hay dos jugadores iguales, sin embargo advertimos semejanzas en el juego a Kevin De Bruyne, un 8 de ida y vuelta, de área a área, con gran vocación ofensiva. Seguro es el más completo futbolista colombiano de todos los tiempos. Tenía todo. Hicimos un sondeo en Twitter sobre quiénes pueden ser los cinco mejores del país, participaron cientos de tuiteros y en todas las listas figura Freddy Rincón. El Pibe y él son unánimes. Los demás, para unos sí, para otros no.

Luego de aquella iluminación frente a Alemania vendrían muchos goles más, como los dos que anotó en el célebre 5 a 0 a Argentina, y una larga campaña internacional que incluyó a grandes equipos del mundo, entre ellos Real Madrid y Napoli. Fue pieza importante de aquel Palmeiras de oro de 1994 junto a Marcos, Roberto Carlos, César Sampaio, Flávio Conceição, Rivaldo, Zinho, Evair… Pero fue en Corinthians donde alcanzó la idolatría. Fue su cénit. Se recuerda especialmente cuando el club blanquinegro ganó el primer Mundial de Clubes con Rincón como capitán y figura del torneo. Convirtió dos goles y el primer penal en la definición ante Vasco da Gama. Recibió la copa de manos de Joseph Blatter, en una foto que recorrió el mapamundi. Triunfó ampliamente en Brasil justo en el lapso en que la patria de Pelé logro dos títulos mundiales -1994 y 2002- y tres Copa América –’97, ’99 y 2004-.

Lo sabemos, no hay muerto malo. Pero permítasenos este momento de alabanza en la hora del adiós de quien generara el instante de alegría más intenso de una nación.

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