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Pruebas de fuego

Dirigentes y jugadores de The Strongest que fueron a la Guerra del Chaco.

/ 26 de septiembre de 2019 / 12:44

Siempre he sentido que The Strongest ha sido y es una cultura más que un mero club de fútbol, aunque apostaría mi cabeza a que ninguno de los chicos que fundaron la entidad —con el afán de jugar al foot ball, el juego que a fines del siglo XIX y comienzos del XX revolucionaba el mundo— ni en el más delirante de sus sueños concibió los baños de fuego que ese pequeño conglomerado, esa reunión de amigos que tenía por costumbre encontrarse en un quiosco de la plaza Murillo, iba a sufrir con el correr del tiempo.

Las historias de cómo en un día se cambió de “Strong Foot Ball Club” a “The Strongest Football Club” —el club de fútbol más fuerte, en traducción literal, y luego “Club The Strongest”—, o cómo se eligió los colores amarillo y negro en franjas verticales, son harto conocidas. La flamante institución encontró arraigo pronto entre la juventud de aquel entonces. El hecho de llegar bailando a las canchas, la alegría que desparramaban junto con la calidad de juego hicieron que desde su nacimiento The Strongest protagonizase los partidos más espectaculares y esperados de la época: primero con Nimbles, luego con Col Mil, más tarde con Universitario y, finalmente, con Bolívar.

El signo de la guerra —el más terrible de la humanidad— impuso a The Strongest su primera marca de fuego. La Guerra del Chaco estalló en septiembre de 1932 y, hasta su final en 1935, arrastró a Bolivia y Paraguay a una cruenta conflagración entre países pobres que solo en nuestro campo dejó unos 60.000 muertos. Es conocida la participación de los jugadores stronguistas en aquella guerra, pero no se ha destacado lo suficiente la participación del club mismo: desde el inicio, no solo los jugadores estuvieron entre los primeros en alistarse, sino que lo hicieron llevando la camiseta del club de sus amores debajo de la chaqueta de guerra. Fueron las madres, esposas y hermanas de esos stronguistas quienes organizaron colectas y en varios casos se alistaron como enfermeras para ir al frente. Cañada Strongest, la batalla que cambió el curso perdidoso de la guerra para llevarla a un empantanamiento, cuenta la participación de varios oficiales stronguistas en el centro de mando del teatro de operaciones, uno de los cuales, el día previo, dijo que había que actuar con la decisión y la valentía que mostraba The Strongest en la cancha para poder alzarse con la victoria. La reunión se cerró entre gritos de algarabía junto a vivas a Bolivia y a The Strongest. Es una historia cuyos detalles nos han sido narrados mejor por nuestros abuelos, que por la historiografía oficial. Pero el solo hecho de que la batalla misma, el más resonante triunfo boliviano en la guerra, fuese llamado para la posteridad como la Batalla de Cañada Strongest, puso al club boliviano de fútbol en un sitio inalcanzable para cualquier otro, incluso a escala planetaria.

Ese día, The Strongest sufrió su transformación más radical: de simple club de fútbol a una cultura de rasgos míticos, a una forma de ser, a una manera espiritual, mental y física de luchar y sobreponerse ante la adversidad. Las pérdidas del equipo fueron tantas, que la institución tuvo que pedir licencia del campeonato de fútbol del momento. Más tarde, terminado el conflicto, el heroísmo stronguista fue premiado con la cesión de terrenos en lo que hoy es el complejo de la Tomás Frías.

La adversidad no ha sido tacaña con The Strongest. Apenas habían pasado 18 años desde el final de la Guerra del Chaco, cuando, en 1953, un accidente de coche se llevó a tres jugadores, poniendo otra vez al club en vilo y ante la misión de reconstituirse.

Otros 16 años, y The Strongest volvió a sufrir otro terrible baño de fuego. El 26 de septiembre por la tarde, tras disputar un torneo en Santa Cruz, el avión que transportaba a casi la totalidad del equipo y cuerpo técnico, junto a otra gente, cayó en Viloco, en un sector llamado, como una ironía trágica, La Cancha. Corrían tiempos difíciles en el país. Ese mismo día, el general Alfredo Ovando Candia había lanzado su golpe de Estado contra el presidente Luis Adolfo Siles Salinas. La coincidencia horrible dio lugar a rumores que nunca fueron confirmados.

A The Strongest le tocó renacer por tercera vez, una tarea titánica en la que todos pusieron el hombro. Desde su máximo rival —Bolívar—, hasta instituciones del exterior, entre las que sobresalió Boca Juniors, cuyo presidente, Alberto J. Armando —nombrado presidente honorario stronguista y luego reputado como el mejor presidente de los xeneizes: solo recordemos que el nombre oficial de La Bombonera es “Alberto J. Armando”—, no solo colaboró con dinero, sino con jugadores que pronto insuflaron calidad al naciente equipo: Luis Fernando Bastida, el temible Zorro, y Víctor Hugo Romero, Romerito.

Más adelante, como un reconocimiento que el fútbol suele hermanar, en el primer clásico después de Viloco, la hinchada bolivarista se unió a la stronguista para gritar “¡The Strongest… The Strongest…!” en una tarde única.

Mi frase de inicio, la que dice que The Strongest es una cultura al interior de la boliviana, no pretende ser gratuita. Siento que las tragedias signaron a una institución que cayó varias veces de la manera más grave, solo para levantarse fortalecido. El hecho de que esos sucesos —tatuajes de fuego en el alma y el corazón del más fuerte— hubieran llevado primero a la muerte y luego al renacimiento, han conferido a cada stronguista una forma un ser y de amar distinta al club. Hay un orgullo, tan contenido como legítimo, —logrado a través de los hechos más duros imaginables: “porque el Señor al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiere”, se lee en el Libro de los Proverbios— que se plasma cada año en libros y más libros, como ningún otro club de fútbol. Hay una celebración tan ruidosa como íntima en cada victoria futbolera. Pero sobre todo hay el reconocimiento que, como el mejor hierro, The Strongest ha sido templado una y otra vez en la forja. Como para pensar que nuestra camiseta, concebida más de un siglo atrás, no iba a representar el oro y negro, sino las pruebas de fuego que se venían.(*) El autor es escritor.

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Miente, miente que algo queda… (final)

/ 19 de marzo de 2018 / 10:55

Un querido maestro, en la literatura y el periodismo —don Mario Frías Infante—, me enseñó una vez que “la mentira tiene patas cortas. No importa cuánto corra, nunca llega demasiado lejos. Y siempre se cae…”.

Propongo, para empezar, una escena de rasgos juveniles: dos amigos se enfrentan a una piscina desde un trampolín. Observan la altura y uno dice “tú primero”. “No, tú”, responde el otro. “Te sigo”, insiste el primero. “Yo te sigo a ti”, retruca el segundo. Debaten quién va antes hasta que ven la solución: “¡Juntos!”, se dicen. Se miran riendo, asienten y…

Salvando diferencias, una escena así, de términos cómplices entre dos amigos, ocurrió entre dos reconocidos personajes de nuestro fútbol: Xabier Azkargorta y Guido Loayza. El vasco venía de ganar un bicampeonato con Bolívar, y de cumplir la mejor faena del club en la Libertadores de 2014… pero, se dice, el ambiente no era de los mejores.

Tras bambalinas, tanto Azkargorta como Loayza estaban hartos con las continuas interferencias de BAISA en su trabajo. En concreto, con Martín Claure, hermano de Marcelo y representante de éste en Bolivia. En ese tren, ya irritados los dos viejos amigos, acordaron renunciar conjuntamente.

Aquí regreso a la escena de la piscina: tras disputar un poco, los dos chicos acuerdan hacerlo juntos. Corren, pero en el borde mismo uno de los dos se frena y mira a su amigo caer al agua. En lugar de seguirlo, como había prometido, se da la vuelta y se va a su casa. Detalles más o menos, eso es lo que ocurrió en el ríspido, frío mayo de 2015. A decir del Bigotón, tras haber acordado renunciar, cosa que tenía que ser un poderoso golpe de efecto contra el manejo desconsiderado de BAISA, Loayza aguardó a que su amigo lo hiciera primero, para luego recular dejándolo solo. La renuncia de Loayza nunca tuvo lugar. Es lógico que, tras eso, Azkargorta se sintiera traicionado. La amistad de los dos hombres más representativos de la aventura del Mundial de 1994 se resintió para siempre.

Hay, entre tantas historias que cubren el 94, una que se niega a permanecer enterrada sin importar cuanta tierra se le tire encima. Varios periodistas y publicaciones se han referido a ella en sendas notas sin que, en ningún caso, se llegue al resultado obvio: que los involucrados aclaren la situación con documentos veraces. Es la historia de las entradas que se compraron ese año para diferentes escenarios del Mundial. En lo que sigue, propongo otra lectura de esa historia, las declaraciones y la escasa documentación que existe.

Todo comenzó en un vuelo comercial entre Estados Unidos y Bolivia, en 1993. Allí, por esas cosas del destino, se sentaron lado a lado Marcelo Claure y Guido Loayza. El altísimo, joven y talentoso profesional que volvía al país tras haber terminado sus estudios, junto al pequeño y vivaz presidente de la Federación Boliviana de Fútbol que vivía días de gloria como dirigente. Bajo su mando, una potente selección nacional había llegado por primera vez, por derecho propio, a un Mundial. “Se necesita cierta verticalidad para manejar la FBF”, solía pregonar a la gente de la Federación que había emprendido la gesta con él, y había que creerle. Donde iba, Loayza destacaba la organización y sinergia del grupo. Habían tenido la lucidez de traer a un técnico español de quilates para dar lugar al sueño y, en poco tiempo, técnico y dirigente eran como uña y mugre.

Pero poco después, con la hazaña ya cumplida, esa aeronave reunió al agua y la sed. Claure era uno de esos talentos financieros capaces de hallar oportunidades hasta en la tela de las arañas. El entonces presidente de la FBF vislumbró esos poderes y lo quiso a su lado. El vuelo no había llegado todavía a destino, pero Claure ya tenía en el bolsillo el primer cargo de importancia de su vida: Gerente Internacional de la FBF.

Poco más adelante, en medio de la vorágine organizativa que vivía la Federación, se propuso comprar entradas para venderlas en Bolivia. Dicho y hecho: se adquirió 12.070 tickets por nada menos que 870.000 dólares, no se sabe si con un ojo en los réditos o solo para favorecer el flujo de hinchas dispuestos a viajar. Empero el tiempo se fue acortando y la fanaticada boliviana no aparecía. La falta de visas más los costos complotaron para que muchos desistieran de hacer el viaje, por lo que, en un giro, se decidió vender las entradas a otro público.

Se impone aquí un corte para leer la versión de Marcelo Claure aparecida en el artículo “Un destape millonario en la FBF”, publicado en la revista iN de noviembre de 2012 con la firma de Mario Roque Cayoja: “El año 1993 fui contratado como Gerente Internacional de la FBF y en la siguiente gestión la Federación decidió comprar 12.070 entradas con un monto de 870.000 dólares, para ello llenamos los formularios de la FIFA…”, dice Claure de inicio, para luego explicar el objetivo de esa compra, y su consiguiente fracaso por el desistimiento de los hinchas bolivianos. Vislumbrando esto, Claure sostiene que se vendió las entradas a una empresa de Massachusetts a fin de que las comercializara, puesto que ellos, como FBF, estaban prohibidos de hacerlo directamente. “Las vendimos a (…) Pat’s Ticket Center (…) se nos pagó el monto (800.000 dólares) el cual depositamos a la Federación”. Sí, el importe de esa venta ya reflejaba una pérdida de la friolera de 70.000 dólares en la operación. Un debut harto malo para el flamante Gerente Internacional. Pero por los mismos días de la declaración de Claure, el 31  de octubre de 2012, como señala el artículo de Roque Cayoja, Guido Loayza afirmó que no sabía nada de la venta de las entradas en Estados Unidos…

A ver si entiendo. La Federación emprendió el que era, a todas luces, su mayor emprendimiento comercial: la compra de un fuerte número de entradas por un monto muy elevado. La operación tocó el fracaso con la pérdida estrepitosa de 70.000 dólares, ¿y el entonces presidente de la FBF, Guido Loayza, afirma que no sabía nada? El hombre que pregonaba que había que tener “cierta verticalidad” —léase autoritarismo— en el manejo federativo, ¿nos dice que Marcelo Claure —a quien conocía de poco tiempo atrás— hizo esas cosas a su espalda? Es un despropósito tan monumental como si de aquí a diez años preguntaran a Evo Morales sobre la demanda marítima, y él sostuviera que no sabía nada de lo que se dijo en La Haya. Es inaceptable. Y lo es porque, en primer lugar, en su declaración Claure dice “hablamos con la FIFA y nos indicaron (que la Federación no podía venderlas)… (…) entonces las vendimos (…) se nos pagó el monto, el cual depositamos a la Federación”, dejando en claro, por el uso del plural, que no estuvo solo en eso. Es del todo inaceptable porque, en segundo lugar, según afirman personeros de la FBF de ese entonces, todo —organización, finanzas, cheques— pasaba por manos del hiperactivo y diligente Guido Loayza.

Hay, en este “desconocimiento” interesado, una gran piedra de escándalo. Como gesto debió ser primicia de lo que, años más tarde, ocurriría con Azkargorta en aquello de renunciar juntos a Bolívar, como habían acordado. En el tema de las entradas, Loayza dejó solo a Claure para afirmar, en otras palabras, que aquella oscura maniobra de mercadeo fue de competencia total del empresario. ¿Irresponsabilidad, mentira a secas o ambas? Venga el lector y escoja.

Mal de males, la auditoría de Berthin Amengual a la FBF en 2014 no muestra partidas como el pago a la FIFA de 870.000 dólares por compra de entradas, como tampoco el pago de 800.000 dólares realizado por la empresa de tickets de Massachusetts que, a decir de Claure, “depositamos a la FBF”. Pero este es un punto en que pediría que expertos, de las autoridades y de Berthin Amengual, emitan juicios más certeros.

Como fuere, si se añade a esto el no-pago de impuestos de esos años y la falta de información sobre otras partidas grandes de dinero, estamos ante un escenario de mentiras, despropósitos y caos sobre el que apenas se comienza a echar luces.
(Final)

(*) El autor es escritor y periodista

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Si el río suena… (III)

/ 12 de marzo de 2018 / 11:05

A principios de los noventa, un bicho picó a Mario Mercado. De la noche a la mañana, se propuso traer a Diego Maradona para que juegue en Bolívar. La frase  —lo del bicho— se la debo al jefe de redacción del periódico en que trabajaba por ese entonces, quien la pronunció con voz constipada.

Como en cualquier parte, el anuncio levantó olas de comentarios y demás. Unos decían “somos un país pobre. No podemos tirar la plata en estas cosas cuando hay gente que pasa hambre”. Otros preferían atacar lo improbable del proyecto. Otros más, su malformación congénita. Los que sabemos, comenzaron a deshojar margaritas por cientos: “me quiere, no me quiere…”.

El plan, al menos en la mente de Mercado, era simple: pasaba por pagarle un millón de dólares al argentino para que juegue la Libertadores del 94, después del Mundial, en la Academia. Otras versiones, más inciertas o infladas, dicen que le ofreció dos millones por un año. Según la más veraz, la primera, Maradona debía jugar la primera fase de la copa y punto. Como sea, la idea tenía sus bemoles: después de un bajón, el hombre había regresado a la cúspide de su carrera; era considerado el mejor jugador del mundo y ya se había alzado un Mundial, el del 86. Para matizar, algunos incluso decían que era la mano derecha de Dios. Era un chiste con pizcas de mala fe: aludía al gol con esa extremidad que el Pelusa le marcó a Inglaterra, ese 86, ante el pasmo del árbitro que se tragó el pito. Como sea, el argentino estaba disponible y estudiaba ofertas como quien revisa un menú suculento. Mientras, aquí arreciaban los comentarios y los que sabemos amontonaban pétalos de margaritas por miles: “me quiere, no me quiere…”.

Nunca supe si Mercado tenía ese dinero para tirar al aire, pero la idea no sonaba mal en sus labios. La cosa iba por poner precio alto a las entradas: “Cincuenta mil personas…” —lo que cabía esos días en el Siles, cuando la gente no veía mal apapacharse— “…que paguen a veinticinco dólares por nuca por partido, y hacemos un negocio redondo. ¿Quién no va a querer ver a Maradona jugando en el Bolívar? Hasta los del Strongest van a hacer fila”, apostillaba el empresario a quien quisiera oírle. Para aquellos días el precio era alto pero no sideral, así que medio mundo, comenzando por el astro, revolvió bien la idea. La prueba es el hecho de que se tardó varios días en responder. “Agradezco a Mario”, comenzó diciendo cuando hizo arrancar el último pétalo que barrió con la ilusión. Otros proyectos se cruzaban en el momento y Maradona no se vistió de celeste.

El hecho muestra la manera en que está organizado el fútbol por aquí y por allá. Un personaje —patrón, dueño, inversionista o como quiera llamársele— que hace y deshace a voluntad, casi como un hobby juvenil. No está mal en sí, pero ya deberíamos ser capaces de entrever la superación del caprichoso modelo. Además, ¿lo tienen todos, es decir, cada club tiene su santón particular a fin de que se dé una competencia equitativa? No. No lo tienen aquí ni en España ni en Inglaterra. Que el modesto Wigan, un club de las afueras de Manchester, ponga sus once para enfrentar al Man U o al Manchester City, propiedad de un poderoso grupo de Abu Dhabi, no significa que tenga la mitad de las posibilidades de ganar.

A sabiendas de eso, nosotros aumentamos los participantes de 12 a 14 para un torneo atrozmente deficitario desde siempre. Sí, hay chicos que quieren jugar, que merecen oportunidades… pero sus clubes no cuadran los gastos ni por las tapas, y es en ese trance que se lanzan a toda suerte de martingalas para sobrevivir, sin otro fin que intentar agarrar un boleto a una copa internacional… ¿Se puede culparlos por ello? Y el sistema que los prohíja, ¿qué?

Considérese, además, la manera en que los grandes manejan sus finanzas. The Strongest, el más exitoso en términos económicos por sus seis participaciones seguidas en la Libertadores —en unos días irá por la séptima, lo que es un récord nacional, y quizá continental— afirma por boca de su presidente, César Salinas, que gran parte de las ganancias se fueron en impuestos. Cuando él tomó las riendas de la institución —después de la bizarra gestión de Kurt Reintsch, tan exitosa en lo deportivo como desmadrada en lo económico— el SIN estaba encima y fue necesario asumir un plan de pagos a fin de que el Estado no se cargue al club. Como fuere, ¿llegará el día en que los clubes hagan públicas sus auditorías como, digamos, lo hacen los bancos? ¿Por qué hay que ir tras ellos para que lo hagan?

Bolívar, el más exitoso en términos deportivos —llegó a semifinales de la Libertadores del 2014 obteniendo un jugoso rédito en cada etapa— dice, por labios de Marcelo Claure, que si no le dan un perdón impositivo, la figura no le cabe y peligra su futuro estadio. Contra eso, Fernando Dips, controversial exdirigente celeste, en una ácida carta abierta a Claure, a mediados de 2016, ensayó números de la era BAISA. No pondría las manos al fuego por sus cifras, pero tampoco por las que, de tanto en tanto, lanzan Claure-Loayza. Según Dips, los egresos naturales del club (contratos, sueldos, primas, premios, gastos), más las deudas, sueldos de directorio, gastos de éste, incluso siendo onerosos, resultan menores a los ingresos obtenidos estos años por participaciones en las copas internacionales, patrocinios y demás que sumarían unos 3 millones de dólares por año, monto de por sí grande y al que hay que añadir una guinda tan oscura como enorme: la venta de las torres de Obrajes que se construyeron donde existía el Gran Centro Mario Mercado, de propiedad de Bolívar. Las cifras de Dips, no por aproximadas carecen de sentido: 29.270 metros cuadrados vendidos a un promedio de 1.100 dólares cada uno, hacen un global de más de 32 millones de dólares. El costo de la construcción, unos 600 dólares por metro cuadrado, se llevó 17 millones y medio de dólares, lo que dejó un ingreso de más de 14 millones y medio de dólares americanos. Dips apunta que es comprensible que BAISA, como inversor, tenga ganancias, pero aclara que ya antes había comprado el Centro en 2.000.000 de dólares (“de acuerdo al impuesto transaccional pagado”). Sin saber a cuánto alcanzan las ganancias de BAISA, e incluso admitiendo que son altas, la conclusión de Dips es contundente. Cito: “si sumamos los ingresos del Club más las utilidades del Gran Centro, menos (…) los gastos efectuados por Uds., en pago de deudas (…), contrataciones (…), planilla (…), sueldos del directorio, (…) pasajes y alojamiento (…), que pese a todo el despilfarro, con seguridad, que Uds al Bolívar le deben plata”. A partir de ahí, el exdirigente solicitó una auditoría al Ministerio Público, sin más respuesta que un silencio sepulcral. Mejor: un silencio atronador que resalta más lo denunciado, mientras apunta a las autoridades que, otra vez, prefieren mirar al techo. En este punto, es casi folklórico recordar que los palos que le dieron a Dips en las redes no fueron por su denuncia… sino por su actividad en Cotel. Así vamos.

En defensa de sus actos, Claure y Loayza han explicado varias veces que en la gestión de Mauro Cuéllar los juicios, las deudas, las amenazas de embargo estaban llevando a la entidad al abismo. De no mediar su intervención, hoy Bolívar sería una linda foto. Cierto o no, lo real es que la falta de auditorías amplias y contrastables en la tienda celeste resulta insufrible, lo que, aunque sea a la rastra, da la razón a Dips.

Es que lograr informes detallados de los mandantes de Bolívar ya resulta tan difícil como ponerse a jugar tenis con tomates. No hay cuándo deduzcan que no es posible reducir todo a discursos efusivos por los logros, que más hacen recuerdo a esas discusiones de cacho en las que, cuanto más firmes suenan las convicciones, peor quedan los números. Es, ni cómo negarlo, un viejo hábito. Y bien se sabe que el hábito hace al monje. Lo que no se sabe tan bien es que el monje hace de eso una ideología. Ya lo dice el refrán: “si el río suena, es porque aguas trae…”.

(Fin de Tercera Parte)
 
(*) El autor es escritor y periodista

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Las maneras de la guerra (II)

/ 5 de marzo de 2018 / 11:01

Años atrás, hojeando una de esas revistas de fin de semana, me topé con una entrevista minúscula a Marcelo Claure. Era una ráfaga de preguntas cortas que ameritaban respuestas mínimas. “¿Quién es su personaje favorito de cómic?”, decía una. “Batman”, respondió el empresario. “¿Y el personaje que más odia?”. “El Joker. Por stronguista”. En ese lejano 2009, lo tomé a broma. Lejos estaba ya el Batman de Tim Burton (1989), que había impuesto como símbolo el logo de fondo amarillo del murciélago en el centro del pecho sobre el traje negro del personaje. “Tiene que ser un chiste”, me repetí entonces, pero hoy, a la sombra de los años, no puedo menos que ver en la frase del empresario un anuncio de lo que se ha convertido en un modelito recalcitrante de conducta. Estos son algunos periodistas, entre otra gente, que han tenido que bancarse con la prepotencia, cuando no matonaje, de los mandantes de Bolívar: Jorge Burgoa —tildado como “stronguista imparcial sinvergüenza”, sea lo que sea que signifiquen las palabras que usó Claure para atacar al relator de Tigo—; Fernando Bustillo, recriminado por Guido Loayza por preguntar “si fue un fracaso el no lograr el título”; Shamir Álvarez, expulsado de una conferencia de prensa por el mismo Loayza tras hacer otra pregunta incómoda, y luego amenazado… Es conocida, asimismo, la anécdota de un radialista reprendido por gritar, tras un gol de The Strongest, durante el Tri, “¡The Strongest, el único sin descensos!”, como si recordar eso fuese mentar la peste. Claramente, Claure y Loayza no ignoran lo que hacen: en el orbe de los consensos deleznables e instantáneos que arma Twitter, o la publicidad, no es difícil acumular pulgares para aplastar a alguien. En el ámbito de la verdad, las cosas funcionan de otro modo.  

Ética o mercado? Lo dije la semana pasada: no me gusta la manera en que César Salinas trata el caso de Diego Bejarano. Frases como que “se estaba muriendo de hambre en Grecia”, o que “se va con la maldición del Tigre” son cosas que no deberían oírse a un presidente. De algún modo los clubes deben retrotraerse a lo positivo que los jugadores hicieron mientras jugaron para ellos. Bejarano fue, varias veces, un aporte excepcional. En la Libertadores de 2017, en un partido con River que al Tigre se le estaba haciendo indescifrable, Diego lo destrabó con un precioso gol de taco. Esa es una imagen que se debe guardar, agradecer y tener paciencia. Demandar por perjuicios, “sentar precedentes”, ¿cabe…? Se dice que no se fue bien, pero ¿quién se va “bien” al archirrival, aquí o en cualquier parte?

Pensemos: ¿qué se entiende por cláusula de rescisión de contrato? ¿Qué papel juegan los dirigentes en estas idas y venidas? Mandos medios de The Strongest cuentan que en Luque, Paraguay, durante el sorteo de la Libertadores, se reunieron con gente de Bolívar. Allí, dizque, acordaron no ir por jugadores del otro. Pero a la vuelta ocurrió lo de Bejarano, como si los dueños hubiesen puesto un mentís a cualquier pacto. En rigor, Bolívar no fue solo por él. Fue por el Chuma —la gran novelita de fines del año pasado— y tanteó a Raúl Castro. Si no los convencieron, es otro cantar. Entonces la duda es si debe existir algo así como un protocolo, un marco ético para estas cosas. En esa Edad Media de nuestro fútbol, en los 80, un día de tal el coronel Mario Oxa Bustos, presidente de The Strongest, propuso un trueque a su par Mario Mercado: Julián Jiménez, un delantero paraguayo aguerrido que hacía goles en el Tigre, por Jorge Hirano, titular de la selección peruana y uno de los mejores punteros que ha tenido Bolívar. El minero Mercado, que decididamente nunca iba a perder el filo, le respondió: “Claro, pero el trueque deberá incluir el pase del coronel Oxa Bustos”.

No es que las cosas hubiesen sido siempre tan simpáticas. Durante la gestión de Mercado se dio el caso de Juan Carlos Ríos, obligado a jugar en Bolívar tras una odisea disparatada, así como el de Luis Suárez, homónimo del delantero del Barça. Era un diez argentino que brilló en San José. Al final del torneo, The Strongest le habló, le hicieron firmar un papelito y le adelantaron dinero. Al regreso de la vacación entrenó un par de días con el Tigre, pero Bolívar le presentó un papelote —un contrato con todas las de la ley— y una mayor cantidad de billetes. El caso se zanjó en una comisaría, con Suárez tratando de explicar lo que había hecho y lo que se aprestaba a hacer: devolver su platita al Tigre y pedir disculpas porque “se había precipitado…”. Se trató, se trata, qué duda cabe, de un mundillo reducido a las cualidades de una ranchera: “no hay que llegar primero, sino que hay que saber llegar…”.

El modelo. ¿Debe haber algo que lleve a imponer treguas y levantar, sino amistosas, al menos respetables banderas blancas? En el actual estado de cosas, es como poner puertas al campo. El dinero lo ha deformado todo hasta niveles impresentables. Si todo un Barcelona se tragó un sopapo como el de Neymar pagando su monstruosa cláusula para irse al PSG, ¿qué esperar en un país de ciegos, como el nuestro, en el que un tuerto —Bolívar— quiere ser rey a como dé lugar? En 2017, en medio de la guerra que le hacían a César Farías, leí a gente ligada al club celeste poco menos que reclamando en los diarios por el hecho de que Bolívar no tuviese ya treinta títulos, en vez de los veintitantos que tiene. Uno de los más puntillosos se dio el lujo de señalar el modelo a seguir: el Bayern Múnich, el equipo alemán que arrasa en cada torneo de su país. Hasta donde se sabe, futbolísticamente hablando, en Alemania todos siembran pero solo el Bayern cosecha. Claro, semejante accionar tiene consecuencias: más allá del alto nivel de su fútbol, pocos torneos son tan previsibles y aburridos como el alemán. A título de ilustración, recordemos lo ocurrido en la final “alemana” de la Champions de 2013. Como una auténtica rareza, el Borussia Dortmund había llegado a la final europea como una fuerza titánica dispuesta a repetir la dosis de la Bundesliga sobre el tiránico monopolio del Bayern. Para ello contaba con la fuerza demoledora del polaco Robert Lewandowski, el talento de Mateo Reus, y con la joya más promisoria del futbol alemán: Mario Götze. Pero días antes del partido ocurrió lo previsible, y que lleva nomás a cambiar de canal cuando se trata de fútbol teutón: el Bayern pateó el tablero. Pagó la cláusula de rescisión de Götze de 37 millones de euros, con la venia del jugador, y se lo alzó. A partir de ahí nadie dijo si el hombre podía, o no, jugar la final con su “anterior” equipo contra su “nuevo”, en una de las situaciones más extrañas, incómodas e infamantes de la historia del fútbol. Hubiese o no alguna “letra chica”, para el buen entendedor el Bayern había desarbolado a su rival antes del partido. Así lo entendió también el técnico del Borussia, que no se molestó en convocar a Götze. En pleno maremoto, un lúcido Lothar Matthäus fue uno de los que protestó por lo “oportuno” del contrato que tiraba a la basura la confianza de la gente. El chico, considerado desde esa hora como la persona más odiada de Dortmund, se acercó cohibido al vestuario de sus ¿excompañeros ahora rivales? a desear suerte. En 2016, tras un paso gris por Baviera, Götze regresó al equipo que lo formó, a su ciudad natal cuyos habitantes fruncen las cejas cada vez que lo ven. Mateo Reus, su otrora socio, subió un tuit fraternal en inglés: “Welcome back”. Pero la vuelta muestra otro Götze: frío y burocrático en lugar del hábil y atrevido de antaño. Apenas dos goles y dos asistencias en 16 partidos dicen que la magia se fue a otra parte…

El largo rodeo debe decir algo a Salinas, Claure, Loayza y otros: los jugadores no son máquinas inmunes a sus leseras, pujas, caprichos y bochinches. Xabier Azkargorta, el técnico más querido de nuestro fútbol, solía decir hasta el cansancio que lo que importa es el ser humano. No le atendimos.

(Fin de Segunda parte)

(*) El autor es escritor y periodista

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Orgullo y soberbia (I)

/ 26 de febrero de 2018 / 12:59

De andar de bajada, nuestro fútbol ha conseguido, a través de la imponderable lucidez de sus dirigentes, pasar a un estado de caída libre. Se diría que esa mezcla de superstición y bobería conocida como Ley de Murphy, se ha establecido aquí con rango de principio inamovible: si algo puede salir mal, de hecho saldrá peor.

A fines de 2017, Marcelo Claure propuso un “concurso” —esa la palabra que usó— para ver quién es el peor periodista deportivo del país. Nobleza obliga, quien escribe esto propone un certamen paralelo para premiar al peor dirigente del fútbol boliviano. Suena a broma, pero lamentablemente no lo es. En él tendrán cabida nuestros dirigentes en funciones, capaces de inflar un torneo de doce participantes, en su mayoría pobres, a catorce (¡!), como también el dueño de BAISA, tan ducho a la hora de fatigar Twitter para armar rifirrafes por aquí y por allí hasta con su propia hinchada.  

Vayamos por partes: teníamos —no gozábamos— un torneo anodino de doce equipos que solo en sus estertores se ponía caliente. Hoy, los dirigentes se han ingeniado para reemplazarlo por uno de catorce, lo que lo hará más moroso, mientras obliga a los jugadores a pasar más tiempo en aviones, buses y demás. De manera increíble —como ya señaló Marcas— el equipo que salga noveno ganará el derecho a participar en un torneo internacional. Los que califiquen del cuarto al octavo lugar, no. Así que, desde ya, varios se afilarán para perder lo suficiente y ganar algo a fin de dar en el blanco. Si no es de Murphy, debe ser de Ripley.

Que nuestros torneos son una dispar batahola entre varios clubes pobres y unos pocos pudientes, no es novedad. Lo insólito es que en todo este tiempo se hubiese hecho de todo para agravar el estado demencial de las cosas.

Revisemos un poco: no hace mucho, Guido Loayza contó una anécdota en un congreso futbolero. Un dirigente del interior se puso a vocear “¡escucho propuestas!”. Cuando el dirigente celeste se acercó para mostrarle su proyecto, el hombre le interrumpió: “¡No señor, escucho propuestas económicas!”. En buen español, el dirigente aquel estaba rematando su voto a cambio de dinero para su club. No sé si sea éste el germen del enfrentamiento que ha venido dándose entre los dos grandes de La Paz, pero fueron varias las veces en que tanto Claure como Loayza, y otros dirigentes, se han referido como corrupción al hecho de que el presidente de The Strongest, César Salinas, se hubiese hecho, por la vía de poner publicidad de sus empresas en las camisetas de equipos chicos, de los votos necesarios para llegar a la presidencia de la FBF. Si eso se dio, y Loayza fue testigo, en un momento en que tenía relación con Salinas, ¿por qué no se lo hizo notar? Cuenta la historia que hubo un desayuno entre ambos dirigentes, invitado por Salinas, en el que éste hizo partícipe a Loayza de su intención de ir por el máximo cargo de la FBF. Pero ya en el Congreso, en el que el atigrado creyó que contaba con el apoyo del celeste, éste no solo se apareció con su propio proyecto, sino que cuando Salinas lo interpeló le respondió con un reverendo “no me jorobes”. Las cosas empeoraron ahí mismo, con los dos hombres yéndose a las manos si no los hubiera separado Miguel Ángel Antelo. Pregunto de nuevo: ¿por qué Loayza no le señaló a Salinas su error? La experiencia estaba de su lado frente a un novato que había dado un paso no muy santo que se diga. No. Loayza optó por la retahíla verbal a la que ya me referí en otra oportunidad, y que no es sino un dilatado compendio de discriminación, racismo y odiosidad. No es así como se arreglan las cosas.

Otras épocas. Hubo un tiempo en que éste era un duelo deportivo, con dos hombres como Rafael Mendoza y Mario Mercado que se apreciaban y solían apostar una caja de whisky a sus equipos. Cuando Mendoza, apuntando a la estrategia, tuvo la visión de invertir en Achumani para lo que hoy es el complejo deportivo más grande del país, vino una de esas riadas que en décadas pasadas asolaban la zona. Mercado, que optó por privilegiar la táctica y se decantó por potenciar su equipo y ganar títulos, humoroso como era, declaró: “The Strongest tiene la cancha más grande del mundo. Un arco está en Achumani y el otro en Río Abajo”. A continuación, como alcalde de La Paz, puso instrumentos y recursos para encauzar al veleidoso río, de modo que su amigo y rival pudiese cumplir su sueño. Más: la hermosa avenida que entronca Achumani, y que hoy se llama “Avenida The Strongest”, se debe en gran medida a su empuje. Eran otros días. Hoy, cuando veo a Loayza narrando una y otra vez cuántos campeonatos ganó con “su” Bolívar, cómo llevó a Bolivia al Mundial, cómo se jugó el partido inaugural frente a Alemania, me digo “¿por qué rayos no tiran la estatua de Mario Mercado, de la Arce, y la reemplazan por una de Guido Loayza?”. Entre tanta cantilena soberbia, no le conozco al veterano dirigente una línea de homenaje a los muchachos que ganaron la Eliminatoria con la pelota. Repita despacio el lector estos nombres: Trucco, Borja, Quinteros, Sandy, Cristaldo, Soria, Rimba, Melgar, Etcheverry, Sánchez, Castillo, Ramallo, Baldivieso, Peña… Una constelación inigualable por donde se mire. Pero no. “Fui yo el que hizo funcionar eso”, dice entre líneas y sobre líneas Loayza. Al cuerno con Azkargorta. Fue Loayza, con seguridad, quien sopló para que esa pelota apenas impulsada por Etcheverry se colara a paso de caracol entre las piernas del arquero brasileño Tafarell, en uno de los goles más increíbles de la historia. Ése es uno de los dramas de la soberbia: meterse a empellones en el centro de la foto. Y Loayza incurre en ello una y otra vez. A veces sin respiro.

Que las cosas se urden mal, solo hay que revisar la última visita de Marcelo Claure al país. Dado que su otrora mentor —Loayza— está terciando por el máximo cargo de la FBF, y que ambos han hecho cuestión de Estado ganar la FBF, ¿por qué no se preocupó por presentar al presidente Morales un proyecto impositivo serio que aúne a los demás clubes tras la idea? En lugar de eso se jugó por ligar un perdonazo de impuestos para su club, en exclusiva. Claure alegará que no es su tarea salvar a los demás, y que sus esfuerzos están dirigidos a Bolívar. Pero si de verdad espera que los demás miren el techo mientras el Gobierno da el perdonazo solo a Bolívar —una figura legal conocida como tráfico de influencias—, se equivoca de medio a medio. ¿Será que el “sálvese quien pueda” es lo que se pretende aplicar para gobernar el fútbol boliviano? Qué cosas. Pregunto: ¿Cuántas veces el SIN ha precintado las sedes de clubes, de la FBF, amenazando con rematarlas? Además, no hay que mirar lejos para saber que con un simple perdonazo, incluso a todos, en tres años se estaría de nuevo estirando la mano. Lo que urge —esto lo digo para Claure, Loayza, Salinas, Negrete y quien quiera oír— es lograr la eliminación de los impuestos a los espectáculos de fútbol. Puede hacerse. Junto a eso, sugiero la creación de un impuesto que beneficie por igual a todos los clubes. También puede hacerse.

El orgullo. ¿A quién puede gustarle la manera en que César Salinas trata el triste caso de Diego Bejarano? El menos ilustrado futbolero sabe que a The Strongest no se le da tan bien ni seguido el captar talentos, y quizá por eso duela tanto. Es, en el fondo, un tema de dinero. No es que grandes como Romero, Edwin Sánchez, Etcheverry, Aragonés, entre varios, hubiesen sido tocados en la cuna para ser celestes. No. Es una cuestión de quién paga más. Mario Mercado, como antes el banquero Luis Eduardo Siles, y en un intermedio Jorge Lonsdale, hicieron sentir sus billeteras a una pléyade de presidentes stronguistas: Pando, Peláez, el primero dueño de hoteles en la avenida Perú, el segundo empresario importador, al coronel Oxa Bustos, al capitán Flores Morelli, al médico Jorge Sfeir, al empresario Saavedra Banzer… Pero ésa es harina de otra entrega. Lo que importa aquí es que los jugadores, como cualquier trabajador, deben poder decidir su destino con libertad. Acierta Loayza cuando dice que a eso se refiere la cláusula de rescisión de contrato. De que duele, pregúntenle a Claure y su rabieta por Twitter cuando un club de Chile (“un grande de verdad”, en el tonto decir de Beñat San José) dejó a Bolívar sin técnico. (Fin de 1ra Parte)

(*) El autor es escritor y periodista

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Salto al vacío

Un sentimiento de hartazgo y frustración embarga a muchos ante el curioso enfrentamiento que llevan adelante las dos instituciones futboleras más arraigadas del país.

/ 25 de septiembre de 2017 / 12:54

Un sentimiento de hartazgo y frustración embarga a muchos ante el curioso enfrentamiento que llevan adelante las dos instituciones futboleras más arraigadas del país.

Unos, bajo un manto ortodoxo, han hecho causa de Estado el retomar la FBF a cualquier precio. Llamadas a la FIFA, visitas al presidente del Estado Plurinacional, llevan a preguntarse: ¿Qué está en juego? ¿Cuál es el objetivo del señor Guido Loayza para semejante cruzada a estas alturas de su vida, cuando él mismo anunció su retiro años atrás? Es que cada palabra que pronunció en el pasado se le ha convertido en boomerang: desde la anunciada jubilación hasta la sarta de lindezas de tono racial que soltó para menospreciar al presidente de The Strongest, César Salinas. Algo debió rajarse en los cenáculos del poder futbolero del país para que la consigna “cualquiera, menos Salinas” crezca tanto, al extremo de que consiguieron —no preguntemos cómo— que la FIFA envíe un destacamento de urgencia con todo el aire de desembarco virreinal para imponer un poco de orden entre la indiada insurrecta.

Eso sin mencionar lo que conlleva una campaña plagada de despropósitos y menosprecio. Pero ni la ridiculez del espectáculo (¿de verdad no podemos organizar una elección medianamente limpia? ¿O solo queremos elecciones a la medida?) impidió que se rasguen vestiduras y se desentierren las hachas de guerra. ¿Es, como en Macbeth, que “algo hay oculto que hasta los cielos se tapan las narices para no olerlo”?

En una nota previa, sugerí que a César Salinas se lo debía cuestionar por su magro desempeño como presidente de The Strongest. Se lo debería poner debajo de todas las lupas por la forma en que, se dice, obtuvo promesas de votos por aquí y por allí: a través de regalos y publicidad de sus empresas.

Cité las obras nunca realizadas para el Tigre, el manejo poco previsor del equipo y una anémica falta de organización que hace pensar que maneja nomás al club en familia. Este diario no me dejará mentir: ahí está la impugnación que realizó The Strongest tras perder por un gol contra Lanús en Buenos Aires por la presunta mala habilitación de un jugador. En plazo establecido se presentó a la Conmebol un papel tan mal redactado, que debió causar vergüenza ajena. Cosas como ésas son las que había que cuestionar al dirigente aurinegro, y no el color de su piel.

El refrán popular afirma que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer. Contra eso, sostengo que un Guido Loayza muy conocido es harto peor.

94: EL AÑO QUE VIVIMOS EN PELIGRO

Un problema dramático de nuestro ingeniero es que siente que el capital de prestigio que ganó por la clasificación al Mundial de USA, le alcanza y sobra para borrar cuanto pecado cometió esos años, y para replicarlos a perpetuidad. La auditoría solicitada por él mismo a Berthin Amengual, al 30 de septiembre de 1994 (después del Mundial), es puntual. Allí, en el inciso “a” del punto 2 se lee: “La Federación Boliviana de Fútbol no efectuó la declaración y el pago del impuesto al valor agregado IVA ni al impuesto a las transacciones sobre los ingresos obtenidos durante el ejercicio 1993, según lo establecen las disposiciones legales vigentes el monto cuantificado por impuestos no declarados ni pagados alcanza a Bs 1.555.089 importe que no fue contemplado en la preparación de sus estados financieros al 31 de diciembre de 1993 ni al 30 de septiembre de 1994. Esta situación coloca a la institución en una posición de alto riesgo por falta de contabilización y pago de impuestos e incumplimiento de deberes formales, haciéndose pasible a intereses, sanciones y multas”. Dicho y hecho. Ironías de la vida, la persona que pagó casi cinco millones de dólares en impuestos por el carnaval financiero que se inició en la era Loayza, fue… Carlos Chávez.

Hay más de esa especie: ese mismo informe establece que “viáticos, premios, sueldos y primas pagados a jugadores y cuerpo técnico sobre los cuales no se retuvo el 13% correspondiente al impuesto y que alcanza a Bs 367.739 más intereses y multas no cuantificadas por incumplimiento a deberes formales, no contempladas en sus estados financieros al 31 de diciembre ni al 30 de septiembre de 1994”.

Hasta aquí, mi impresión es que la palabra “escándalo” se queda corta para entender el manejo financiero en la gestión Loayza durante ese dichoso periodo. Pero donde el informe comienza a alzar vuelo es en lo referente a los ingresos obtenidos por la FBF por su clasificación al Mundial. En un primer momento, se procedió con la misma soltura de cuerpo a la hora de la retención (y pago de impuestos) por ingresos de diversas fuentes relacionadas con el Mundial entre enero y septiembre de 1994. Pero en el siguiente punto (numeral 3), el informe de Berthin Amengual toca el meollo que durante todos estos años, habiendo comenzado castaño, ya se tornó bien negro. Dice (textual): “No nos fue posible establecer en su totalidad la razonabilidad de los ingresos provenientes de la participación de la Selección Boliviana en el Campeonato Mundial de Estados Unidos 1994 mediante la aplicación de otros procedimientos de auditoría, debido a que no se nos proporcionó documentación que acredite los importes definitivos desembolsados por la Federación Internacional de Fútbol Asociado “FIFA”, estos ingresos alcanzan a Bs 9.182.465. Mencionamos, además, que no hemos recibido respuesta a nuestra solicitud de confirmación de la Federación Internacional de Fútbol Asociado, sobre los importes entregados a la Federación Boliviana de Fútbol por su participación en el Campeonato Mundial, aspecto que podría incrementar el superávit del periodo con el equivalente de 600.000 Francos Suizos” (un poco más de 460.000 dólares de la época). Éste es el tema que ha tenido a mal traer a tanto periodista y dirigente durante años por su persistente manto de misterio. Eso porque ni Guido Loayza, ni Marcelo Claure —las dos personas que manejaron esos recursos en forma de fondos y entradas— se han pronunciado con descargos serios y demostrables. ¿Raro…? ¿La algarabía épica que vivió el país abrió las ventanas de Jauja para dar lugar a una discrecionalidad financiera que hoy sigue pasando factura?

GANAR O GANAR.   ¿POR QUÉ NO?
No solo fue un periodo que cubría a punta de sonrisas el desbarajuste. Fue también una época de abusos. Dos no pequeñas perlas de muestra: The Strongest y Bolívar venían representando al país en la Copa Libertadores, como campeón y subcampeón. Obtenida la clasificación contra los venezolanos, era necesaria una definición entre ambos a fin de decidir quién avanzaba a la siguiente fase. El tiempo apremiaba. El vasco Azkargorta trinaba porque sus planes de preparación eran picoteados de continuo por los dos clubes que requerían a sus seleccionados para sus partidos. No había acuerdo para disputar los dos juegos establecidos y el mal ambiente entre los dos clubes volvía a atizarse por otro mal paso unos meses atrás: el penoso caso del futbolista Juan Carlos Ríos, un pase que levantó olas y ronchas por doquier. Ríos era un jugador joven que despuntó con creces en Ciclón de Tarija. Tiempo antes, su padre, cuando el chico ya era algo más que una promesa, había reunido dineros para comprar el pase de su hijo al club tarijeño. Pagó diez u once mil dólares por ello. Más adelante, y en ese entendido, The Strongest se acercó al hombre y le compró el pase. Hasta ahí, todo parecía bien. Pero Ciclón tenía algo entre manos. Ocurre que transcurrido un año tras la compra del pase por parte del padre, se había dado un error pequeño: el hombre olvidó firmar un papel que ratificaba la posesión. Y como el chico había seguido jugando en Ciclón, ese club decidió por “resolución de directorio” recuperar el pase y desconocer la venta realizada al padre. Para ello se apoyó en que faltaba una firma…

Un “tecnicismo”, juzgaron abogados y comentaristas de la época, que en el espíritu de la ley y lo pactado no debía haber tenido peso legal. Peor si la resolución de Ciclón fue unilateral. Pero ahí fue que apareció otro actor: Bolívar, que se acercó a Ciclón y le compró el pase. Saltaron las tapas, temblaron cielos y tierra y se profirió toda la maledicencia del caso. “The Strongest no aprende. Así no se hacen las cosas”, dijeron en el bando académico a la cabeza de Mario Mercado. “Es cuestión de respeto, de ética”, pronunciaron en el lado aurinegro. El jugador habló: quería jugar en The Strongest. Su padre escribió una dramática carta en la que pidió al presidente de Bolívar que dejara sin efecto la compra del pase de su hijo, y que respetara su voluntad de jugar donde quería. No se oye, le respondieron. El caso fue a parar a los tribunales de la FBF, dirigida por Loayza. Allí, en las diferentes instancias, se dio lugar al “tecnicismo” de la falta de la firma del padre que hacía que el pase retornase a propiedad de Ciclón y, por ende, se diese por válida la transferencia a Bolívar. El exjugador y dirigente de The Strongest Eduardo Angulo alzó el grito al cielo: “esclavismo” dijo. Eso ocurrió en Bolivia el año 1993. En Europa, el año 1995, tras cinco años de batallas legales, el Tribunal Europeo de Justicia, a raíz del caso del jugador Jean Marc Bosman, a quien se pretendió hacer jugar donde no quería, falló a favor del jugador y cambió las reglas del juego de transferencias para siempre. Es que ayer, como hoy, se trataba de personas, no de mercadería… Demás decirlo, no fueron pocos los stronguistas que vieron la mano de Loayza en aquel fallo.

En ese ámbito enrarecido los dos clubes debían definir quién avanzaba en la Libertadores. Hasta eso, la selección ya iba camino de España de la mano de Azkargorta, a terminar su preparación. Tras varios intentos de negociación, finalmente Guido Loayza pudo sentar en una mesa a Jorge Sfeir Byron, presidente de The Strongest —quien todavía tenía la sangre en el ojo—, y a Mario Mercado Vaca Guzmán, presidente de Bolívar. Loayza lucía apurado porque en unas horas debía abordar el avión. La reunión transcurrió en absoluta reserva. El caso es que, con relativa rapidez, salió humo blanco en forma de un comunicado de cinco puntos. Los dos primeros aludían a las fechas de los dos partidos y las localías. El tercero establecía que… para el segundo partido Bolívar podía traer “a su costo” a cuatro de sus seleccionados. Es decir, se fijó que The Strongest jugaría ambos partidos sin sus cuatro seleccionados, a la sazón sus dos zagueros centrales Óscar Sánchez y Gustavo Quinteros, además del mediocampista Milton Melgar y el arquero suplente Gustavo Torrico.

Para la posteridad se puede decir que semejante extravagancia fue posible por la reputada habilidad de empresario de Mario Mercado, mientras quedó patente la pésima capacidad negociadora de Sfeir Byron. Sí… pero también cabe esta otra posibilidad: que Sfeir Byron hubiese decidido honrar a rajatabla el compromiso, tantas veces cacareado por ambos bandos, de apoyar a pleno a la selección incluso si eso pasaba por la debacle futbolística para su club: el primer partido —sin refuerzo alguno— lo ganó Bolívar por dos a uno. El segundo, 10 días después, y con un Bolívar reforzado por Julio Baldivieso —a la sazón la figura del partido—, Vladimir Soria, Miguel Ángel Rimba y Luis Cristaldo, es decir, toda su columna vertebral, se saldó con hecatombe: cuatro a cero a favor de los celestes. ¿Qué diría don Beñat San José de rarezas como ésta?

Lo que está claro es que esa argucia se plasmó durante la gestión de Guido Loayza, en una reunión a la que Mercado fue en compañía de Germán Jordán, mientras que Sfeir Byron acudió solo. Loayza, esa mañana, no fue presidente de todos los clubes bolivianos. No fue la persona que impusiera algo así como un “fair play”. Fue, siempre lo ha sido, un bolivarista más. Un microscópico sentido de justicia indicaba que ambos clubes debían jugar con sus equipos completos o no jugar. No podía ni debía considerarse como argumento el que Bolívar aportaba una mayoría de seleccionados. ¿Es que el dinero tenía y tiene que dictar el fondo y la forma…? Si iban a venir cuatro jugadores celestes, ¿por qué no podían venir todos? Eran días en que cada columna periodística, cada persona en la calle, cada medio e incluso los propios presidentes de ambos clubes, afirmaban a los cuatro vientos que debía ponerse a Bolivia primero y privilegiar al equipo del Bigotón. Pero a la hora de la hora, solo un club no temió a la derrota para cumplir eso. Y Loayza estuvo ahí para refrendarlo.

En Bolívar suele decirse, entre sus barras, que “Bolívar es Bolivia”. Me pregunto, le pregunto a Guido Loayza, ¿quién fue Bolivia esa mañana del 8 de abril de 1994 en el ex Sheraton? ¿Quién aceptó ser sacrificado, futbolísticamente hablando, para no perjudicar al seleccionado?

Éste es el tipo de salto para el que hoy se nos quiere imponer una sumisión casi canina. Y para colmo, al vacío.

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