lunes 25 ene 2021 | Actualizado a 09:32

Di-ego (Cuento argentino)

En realidad el Diego son todos y por eso le profesan idolatría, porque bien adentro tienen muy metido eso de amar al prójimo como a uno mismo.

Foto: AFP

/ 25 de noviembre de 2020 / 17:54

A la mañana del domingo, el Diego se despereza y se levanta con la remera blanca raída y ostensiblemente agujereada debajo del ombligo, boquete que enfatiza lo grotesco de su barriga. Lleva una resaca del carajo, pero de todas formas rengo como está, brinca al patio de la casa alrededor del que viven sus diez hermanos y cruza en diagonal para meterse a la ducha, porque son las únicas horas de que dispone en la semana para salir a caminar con su mujer Claudia, pintada de Evita ella y sus tres hijos y su hija que patalea en el cochecito azul y amarillo a cuatro meses de haber nacido.

Sale de la ducha el Diego y va para el cuarto en el que hay una silla con una montaña de ropa, la cama todavía desecha, un ropero con espejo en un lado y en el otro no, y un pantalla plana de 50 pulgadas de buena marca para poder mirar el fútbol de los domingos cuando a la cancha no se puede ir porque Boca juega de visitante.

Encima de la tele hay una Virgen de Luján y en la pared a lado de la puerta de la habitación color turquesa está la foto de ese Boca Juniors en el que jugaban Roma, Rattin y el fachero de Marzolini, para más datos en la casa todos son bosteros, excepto dos de los hermanos que se hicieron de Argentinos desde que vieron a un chico de dieciséis hacer malabarismos con la pelota en ese grupo que dirigía un tal Francisco Cornejo llamado los Cebollitas.

A las 11.30 de la mañana, a Diego le retumba la cabeza y cojea porque en el picado del día anterior, uno de sus compañeros de obra con el que se encuentra de lunes a viernes le puso la pierna fuerte, cosa que lo precipitó contra el piso cayendo mal, torciéndose el tobillo y volviendo a lastimarse esos meniscos que parecen de futbolista metido a profesional de primera división.

Así, cojo, gordo, demacrado, con cara de haberse tomado hasta el pulso en el bar del Guille la noche anterior, la familia encabezada por el Diego comienza la caminata todos en sandalias y bermudas con destino al centro de abasto del barrio, donde la vida es más barata, por más trucha y brillosa que sea la oferta.

Es una familia pobre, pero muy normalmente pobre la del Diego. Cuando hay de sobra es para chupar y alguna vez para comprarles zapatos a los chicos de los que destaca Huguito, el mayor que con doce años vive con las ganas de llegar algún día a la Bombonera para ver jugar a Román que también ha salido de uno de esos barrios jodidos —Don Torcuato — en el que los chicos jugaban por plata, algunos de ellos bien provistos de cortaplumas y otras puntas por si las moscas y si alguno de los pendejos del equipo rival quisiera pasarse de vivo a la hora de honrar los compromisos. Huguito quiere ser como Román porque Román aparte de saber tanto con la pelota, sabe sin ella, sabe con los suyos que el amor y la unión completan la fuerza que a uno le puede infundir el hecho de ser un tipo querido por la tribuna.

La Claudia es una buena madre que putea mucho con su marido cuando éste llega al día siguiente, que aparte de frustrarle el mañanero después de su último embarazo, le cae encima aplastándola en el vano intento después de tantas horas de meterle a la botella junto a sus gomías de obra en el bar del Guille, muchas veces amenazados por los revoloteos de algunas minas que fracasan en los coqueteos en pos de convencer a estos albañiles a los que solo les alcanza para la farra, pero jamás para intentar, además de chupar, uno de esos polvos que para sus bolsillos resultan prácticamente inaplicables. Eso sí, cuando alguna vez aparece la Soledad, el Diego se hecha una escapada al albergue transitorio más cercano porque como es amiga de añadas, la cogida es gratis aunque deba ser rápida, ella de cuatro, él de rodillas mirando al cielo.

El Diego no es buen marido pero tampoco malo, no es mal padre pero de ninguna manera excelente. Es un villero que no pierde de vista que lo primero es parar la olla, que si en otros tiempos su mujer tenía una cintura de avispa y se meneaba en los galpones donde retumbaba la música de Gilda, no había más que seguirla porque gracias a tanto sacudón le llegaron dos hijos al hilo, menos la última que debe su existencia a un globo pinchado. Los otros hijos del Diego y la Santa Claudia que se volvió santa luego de dejar la bailanta, se llaman René y Ricardo, el primero en homenaje al Loco Houseman y el segundo a Bochini, el ídolo de siempre del Diego, aunque el petiso 10 nunca haya cambiado la camiseta del rojo de Avellaneda. René tiene once años y Ricardo diez, también son boquenses pero todavía no se desesperan como el mayor, Hugo, por correr a la cancha porque prefieren ser ellos los que pateen pelota en la calle sin salida donde se sitúa la casa en la que además viven, en cuartitos de a cinco, sus diez tíos, estudiantes, plomeros y dos taxistas, y uno que se fue a probar a las infantiles de Argentinos.

Uno se pregunta si la vida del Diego y los suyos es vida, si las aspiraciones son asunto hace tiempo archivado por las urgencias, si jugar al fútbol con grados distintos de interés o ilusionarse con los domingos de campeonato no es otra cosa que un permanente pasaje de ida en el vagón de la sobrevivencia sin otra chance que procurar algún evento circunstancial y extra-ordinario para hacerle el quite al aburrimiento de todos los días, por más que haya fútbol y cuando la tele está encendida poder observar al astro que todo lo tiene y se pavonea por el mundo junto a íconos de la política o del espectáculo, exhibiéndose con unos lentes de contacto azules sin que le preocupe cuan negro y petiso es en verdad.

El Diego es y no es el Diego al mismo tiempo. Tiene la sobrenatural aptitud que le permite desdoblarse en sus noches de sueño que lo transportan al país de la pelota que no deja caer haciendo jueguito por tiempo infinito para retornar a su yo consciente cuando a la mañana abre los ojos y a levantarse para otra vez arañarle a la vida en la que no hay jueguito que valga.

Delirantes futboleros o esforzados albañiles. Exquisitos jugadores con distintas suertes todos, son futbolistas de espíritu, pero uno solo llega a ser Dios, un Dios, además, salido de la misma cuna de barrio destartalado, como los demás. En realidad el Diego son todos y por eso le profesan idolatría, porque bien adentro tienen muy metido eso de amar al prójimo como a uno mismo.

En ese paisaje barrial, los hijos del Diego son los hijos de la esperanza que viven de la ilusión y la mayoría de ellos mueren con ella, porque en la pobreza la ilusión es la mejor forma de vivir, haciéndose el distraído uno para mantener aplacada la fiera que todos llevamos dentro y no dejarnos tentar nuevamente por el saqueo al micromercado propiedad de un chino que no tiene la culpa del alucine social en el vivimos, Diego y el resto que en el fondo, ya se dijo, somos tan diegos como el original e irrepetible, y como el sobrenatural, el que esta noche volverá a desdoblarse para hacer jueguito otra vez, luego de otra jornada de apilar ladrillos, de hacer bardas con ellos y que sé yo cuantas cosas más se deban hacer en la pesada rama de la construcción.

El domingo, ya se sabe: A la mañana a pasear con los chicos y la nena y por la tarde a la cancha Diego para ir a ver a Diego que fantasma mantiene el balón suspendido en el aire con zurda, cabeza, rodillas, empeine hasta la hora en que se corporiza cuando vuelve a entregarse al sueño.

La pelota no toca el piso. Será por eso que vivimos etéreos ante la mágica ilusión que nos transmite la pelota, pero como la vida, este cuento ya me sabe a repetitivo y para repetitivo basta con el monótono y casi invariable andar de un día para el otro en el que el Diego y todos los diegos se encuentran metidos hasta el tuétano con los televisores dominicales a todo volumen cuando sus cuadros juegan de visita y no pueden viajar en omnibús para ir al otro lado de la ciudad.

Buenos Aires, noviembre 2001, cuando Diego Armando Maradona decidió colgar los botines y gritar a los cuatro vientos “la pelota no se mancha”.

Editado en La Paz, Corona Virus, 27 de abril de 2020.

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Mallku, el indio volador

Irreverente, radical, aguerrido, contestón, Felipe Quispe puso en evidencia con un lenguaje brutal y directo, la histórica desigualdad, el racismo y discriminación imperantes contra los originarios de estas tierras debido al poder y el orden de las clases dominantes a lo largo de nuestra historia.

/ 19 de enero de 2021 / 22:10

El siguiente texto fue publicado en el quincenario ‘El juguete rabioso’, el 29 de octubre de 2000. Forma parte del libro ‘Reportaje a la democracia, Memoria periodística, Bolivia 1969 – 2019’ de próxima aparición. Irreverente, radical, aguerrido, contestón, Felipe Quispe, nacido en la provincia Omasuyos del altiplano de La Paz, graduado en Historia de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) puso en evidencia con un lenguaje brutal y directo, la histórica desigualdad, el racismo y discriminación imperantes contra los originarios de estas tierras debido al poder y el orden de las clases dominantes a lo largo de nuestra historia. Este artículo registra, en alguna medida, la valiosa contribución del llamado ‘Mallku’ a nuestra historia democrática.

La aparición de Felipe Quispe, el ‘Mallku’, provoca nuevamente los odios y los miedos en una sociedad que, como no ha aprendido a conocer al otro, al indio, no cree ni se relaciona con él.

“Indio volador”, así le llamaban en sus años universitarios de Lovaina a Jaime Paz Zamora. El apodo se lo pusieron porque como buen sudaca se paraba bien bajo los tres palos del equipo en que jugaba cuando, residiendo en Bélgica, creía en el socialismo en el que soñaba por su nueva Bolivia.

El Indio volador que conocemos ahora ya no es, por supuesto, Paz Zamora, que hace muchísimos años se retiró  del fútbol y se dedicó a funcionalizar utopías gracias a unas célebres trampas retóricas cuidadosamente hilvanadas por quienes le fueron abriendo paso desde las entrañas del MIR hacia el poder. El Indio Volador es ahora Felipe Quispe, El cóndor pasa, tocayo del mismísimo Príncipe de Asturias: Dos metros de estatura, rubio y de ojos azules, y que provoca desvelos, a un personal femenino muy mestizo que nunca dejará de creer en los cuenteretes de hadas de Felipe Quispe.

Felipe Quispe, que de Borbón parece no tener nada, pero de hombre moderno de la ciudad,  marketero, televisivo y de chaqueta raída azul jean como cualquier modelo de spots Marlboro, tiene bastante, ha crispado las terminaciones nerviosas de los blancoides con bronceado de fin de año muy Miami Vice, a quienes les ha producido tembladera, como alguna vez a sus abuelos y bisabuelos antes del 52, con el pánico de que estos “indios de mierda” que no se bañan se van a meter a nuestras casas y se lo van a llevar todo.

Una vieja muy copetuda que era muy severa y jugaba rummy todas las tardes decía que su democracia quedaba detenida en las compuertas de sus fosas nasales porque no soportaba las emanaciones de los colectivos de entonces en que se viajaba apechugado y rodeado de sudores varios. Si la democracia se midiera como lo hacía esta buena señora, las lecciones debían producirse entre inventores de detergentes, jaboncillos de fragancias al gusto, y champús anticaspa, y ya no más entre políticos profesionales que se han pasado fenomenalmente por el forro de los cojones la existencia de los in-existentes, indios también con ganas de votar, agazapados en Achacachi con las cabezas hinchadas de bronca gracias al rollo que Felipe les larga con puntualidad y en proporciones dosificadas conforme se va acercando la fecha de un próximo conflicto con bloqueo de mentes y caminos como instruye el recetario completo.

Aprendí con el cine de Jorge Sanjinés, con su Teoría y práctica de un cine junto al pueblo, parida con mejores pretensiones que resultados en los 70, que el cine indígena, más precisamente aymara, debía ser uno de autor colectivo en el que la comunidad va construyendo el discurso fílmico concordante con una organización social que le otorga preeminencia a la voluntad del conjunto, y no la inspiración divina del artista único e irrepetible, tal como lo dicta el canon occidental.

Al final, el chocolate espeso y las cuentas claras: Sanjinés ha hecho a lo largo de su reconocida trayectoria, un cine suyo porque los guiones y la realización corrieron siempre por su cuenta y riesgo, por más que se forzara el autoengaño a fin de no cometer entre otras torpezas de hombre blanco, postales para las estaciones de metro europeas.

Y al igual que Sanjinés, el Mallku actúa por sí mismo y en el tinglado político en el que ha logrado posicionarse en el tiempo Guinness de 30 días, y emerge por su inteligencia, su astucia para enfatizar aún más su castellano mal hablado y parido desde el trivalente aymara. ¿Dónde se hace visible esa masa que le da legitimidad a su dirigente? ¿Qué televisión se ha preocupado por intentar meterse en las casas, pero no para llevarse lo poco que allí hay, de todos estos “indios de mierda” que no se bañan y que habitan un mítico cosmos como si el mundo lejano aquél no fuera tan perro como lo es el de aquí?

Indios, inexistentes y ahora invisibles, porque si algo tuvo el cine latinoamericano de los 60-70 fue poner en pantalla a quienes la televisión internetizada del Siglo XXI se viene encargando de desdibujar, a través de una pobrísima agenda de géneros audiovisuales, donde solo hablan los representantes democráticamente elegidos, (léase Felipe Quispe, ejecutivo de la CSUTCB), lo mismo que en la democracia presidencialista, parlamentaria y excluyente que fustigan con tanto ardor y miles de piedras acomodadas cerrándonos el paso unos a otros.

Con todas sus contradicciones, su bien aprendido estilo, y su teatralizaciones de goleador oportunista, de todas maneras el Mallku ha hecho algo que parecía nunca más iba a suceder: que la acomodada, poco instruida, bien aseada pero bastante aburrida clase media de las ciudades del país volviera a sentir miedo por la fuerza de lo desconocido, pero no el miedo de una tribuna folklórica que activaba el Compadre Palenque, sino ese miedo a lo profundo, sombrío, místico tan cargado de silencio que es el mundo indígena de este lado del país, en el que lo infrahumano aterra.

Felipe Quispe es un dirigente que responde a sus bases como él mismo dice, pero aunque no le guste ya ha sido absorbido por ésa que él llamaría cultura dominante, que es la cultura que gobierna más que antes al globo íntegro. El Mallku es la sensación del momento, el hombre de moda que aún sin estar de acuerdo, vive bajo las reglas puestas por quienes interpela.

Lo que pasa es que además de vestir como homo urbanus universal, debido a la urgencia con la que viven los suyos, acaba siendo presa del error de exclusión que él mismo condena con tanta vehemencia y ese error es el de insistir en “su” Bolivia prescindiendo de la voluntad de una comprensión totalizante, cuando las Bolivias in-existentes e in-visibles, nunca terminan de registrarse.

Los civilizados mestizos de la ciudad que se las dan de muy elegantes, que acuden a los acontecimientos que registra Ficho (Viaña, cronista de la haig sosayti paceña), viven en casas y aparentemente en las que las habitaciones de “sus” empleadas miden uno por uno, no tienen ventanas y muchos de ellas solo piso de cemento. Mientras en el Loro de Oro publican anuncios de ventas, alquileres y anticréticos con “habitaciones en suite”, sus empleadas deben amontonar las pertenencias en los aguayos con los que llegan y ocupan el espacio que el patrón les asigna. Y es que ese es el concepto de nuestros urbanistas, muchos de ellos metidos a postmodernos, acerca del hábitat que debe ocupar la doméstica salvaje, y es desde estos hechos reproducidos como hongos en propiedades horizontales que se incuba la furia en espíritus rebeldes e ideológicamente cincelados como el del Mallku.

La nueva Bolivia de Paz Zamora, Bolivia la nueva de Revollo, la federalista de Valverde Barbery, la empresarial inexistente de la que habla Valdez (Jorge, empresario petrolero) son modelos incompletos, imperfectos y viciados de nulidad por ese espíritu de rapiña del que se nutre el estamento político del que se abraza el poder a sí mismo, pero difícilmente lo vincula para que todos se suban al coche de la participación, dejando atrás viejas tretas de paternalismo estatal en el que esos mismos indios por los que pelea el Mallku se han cobijado durante décadas por un elemental sentido de sobrevivencia, es decir, necesitados de ingresar en la lógica clientelista y discrecional inaugurada por el MNR en los 50.

El Mallku sobrevuela con su amenaza de cerco sobre las azoteas de la indiferencia y la vida chata de una La Paz desangelada que no sabe por dónde comenzar para recuperar su ajayu. Así estamos, pero en realidad es que así somos, bien duchos para capear las emergencias, pero bastante holgazanes para aprender a escuchar al otro en tiempos de paz, y es que sin el odio y el desprecio ancestrales nosotros los de entonces ya no seríamos los mismos.

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Jota Ere

/ 16 de enero de 2021 / 02:16

Los reagrupamientos en el MAS–IPSP han dado lugar a un par de decisiones emergidas por unanimidad, una vez alcanzado el triunfo de Arce y Choquehuanca para acceder a la presidencia y la vicepresidencia del Estado: El entorno de Evo Morales no debe retornar al poder y los que ya fueron ministros no podrán volver a serlo en el marco de una voluntad renovadora y de un pedido de cuentas para quienes habrían sido partícipes o autores de la errónea decisión de desoír la voluntad electoral del 21 de febrero de 2016, que por mayoría decidió no habilitar una nueva postulación a la presidencia de quien ya había ganado tres elecciones consecutivas.

Las medias verdades suelen ser más nocivas que las altisonantes mentiras y, en ese sentido, culpar a un grupo palaciego de lo que hizo o dejó de hacer Evo Morales y que condujo a un quebrantamiento de la constitucionalidad boliviana encabezado por Mesa-Camacho- Doria Medina-Quiroga, será atribuible a equivocadas decisiones unipersonales —Evo es el responsable de Evo y nadie más— y no a supuestos calentamientos de cabeza ejercitados por sus cercanos, esos a los que se les llama llunkus en idioma quechua y han practicado con sistemático entusiasmo la zalamería para conveniencias personalísimas.

El entorno inmediato de Evo era muy peculiar en tanto estaba compuesto no por un coro polifónico, sino por un puñado de solistas, cada uno con estilo y orientaciones propias, fuera por intereses materiales concretos o por ámbitos de actuación especializada, y en ese marco de comprensión, la figura de Juan Ramón Quintana destaca por encima del resto, debido a su cotidiana influencia en la construcción discursiva antiimperialista. Si comparamos las alocuciones de Evo con las de su equipo de colaboradores más cercano, la retórica anticolonial, contra la derecha neoliberal y contra todo lo que significara “Imperio”, estaba provista por la influencia de este sociólogo y militar tempranamente retirado de las Fuerzas Armadas con grado de capitán, encargado de manejar asuntos estratégicos gubernamentales con especial influencia en el oriente y en la Amazonía bolivianos.

Quienes atribuyen a Jota Ere, como se le llamaba en los pasillos políticos de entonces, cualidades maléficas orientadas a la caza de reaccionarios de todos los matices, no saben, por ejemplo, que su manera de encarar y concebir las cosas era distinta y muchas veces contrapuesta a la de su colega de Gobierno, Carlos Romero, y que jamás se le pasaría por la cabeza escribir para un medio de comunicación que forma parte de lo que él mismo etiquetó como “cártel de la mentira”, como sí lo hace otro de los componentes de ese entorno, el que fuera Procurador y Ministro de Justicia, Héctor Arce.

Quintana ha sido pues un brazo fundamental del evismo, especialmente en períodos turbulentos cuando los cívicos y los prefectos, ahora gobernadores, conversaban fluidamente con la Embajada de los Estados Unidos para desestabilizar a un gobierno que fue capaz de reproducir el poder en dos oportunidades consecutivas (2009 y 2014) y desde el que se instaló una hegemonía parlamentaria como nunca antes había sucedido en la historia republicana del país. Controversial por su manera frontal y virulenta de encarar a sus adversarios de circunstancia, se convirtió en el trofeo más afanosamente perseguido por el murillismo, objetivo imposibilitado por la obtención de asilo político en la Embajada de México en La Paz. Se lo buscaba por sedición y terrorismo, con una endeble y poco seria base de sustentación como esa expresión que todavía debe retumbar en las cabezas más reaccionarias que mal gobernaron el país entre fines de 2019 y octubre de 2020, que decía que Bolivia se convertiría en un “Vietnam moderno” para resistir la arremetida golpista de la derecha en la que confluyeron militares, policías, la derecha partidaria y el fascismo cívico atrincherado en Santa Cruz de la Sierra.

Evo ha dejado de ser presidente hace 14 meses y por lo tanto el tan mentado entorno ha dejado de existir, aunque, por supuesto, cada una de sus figuras mantiene vínculos por separado con el jefe del MAS-IPSP, considerando que el actual presidente del Estado Plurinacional, Luis Arce Catacora, no fue parte de ese entorno, en tanto su peso específico lo perfiló como maestro de Economía del líder cocalero, y la política económica funcionó a través de una combinación de tecnocracia e ideología que le permitió al país indicadores competitivos en el espectro continental. Para el presidente Arce está claro que la voz partidaria debe respetarse, y nadie del entorno evista forma parte de los ámbitos de influencia gubernamentales en la actualidad, situación que aconseja a Jota Ere, en primer lugar, continuar reinventándose en el campo de la lucha contra el imperialismo y la antinación.          

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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El cargo de Evo

/ 2 de enero de 2021 / 06:01

¿Llegará el día en que Evo Morales asuma sin excusas que un apreciable número de seguidoras y seguidores suyos quedaron en estado de indefensión cuando instruyó la renuncia de quienes alcanzaban la sucesión constitucional (Senado y Diputados) “para que los golpistas se quedaran con su golpe”? Las señales dicen que no. Que el presidente vitalicio de las seis federaciones cocaleras del subtrópico cochabambino no quiere enterarse del desgraciado destino que tuvieron que soportar a partir de persecuciones políticas y extorsiones judiciales, entre otros argumentos, para defender su liderazgo histórico, mientras él disponía de muchas horas diarias para tuitear desde Buenos Aires. Valiosas y valiosos cuadros del mejor momento del masismo en el gobierno (2006-2014) fueron abandonados a su suerte, soportando, hasta ahora, detenciones preventivas, detenciones domiciliaras, y peor todavía, desde la esfera interna, vetos partidarios.

En el contexto de las incongruencias masistas, se sabe, por ejemplo, de un exviceministro que poco y nada aportó con su trabajo a las transformaciones del Estado en su área, que en su nueva calidad de asesor decidió apartar de su trabajo a un funcionario estatal por el solo hecho de haber aparecido en una selfie junto a un individuo tildado de “pitita”, cuando este sujeto había dado inequívocas señales de alineamiento. Este ejemplo pinta de cuerpo entero cuánto de inorgánico tiene el nuevamente partido de gobierno, en el que tantas veces se ha premiado el oportunismo y se ha castigado la lealtad incondicional y la responsabilidad funcionaria. En este contexto varias y varios masistas decidieron dejar la política o cuando menos, la militancia en el partido azul.

Dice Evo Morales que ahora queda claro quiénes estaban en el MAS nada más que por cargos. ¿No será que en este caso se aplica lo de la paja en ojo ajeno y no la viga en el propio? Porque hasta donde tenemos registrado, Evo se aferraba con uñas y dientes al cargo de Presidente, objetivo para el cual ocasionó el embarrancamiento del Tribunal Constitucional que el 28 de noviembre de 2017 lo habilitó como candidato presidencial, decisión con la que se perforó un referéndum en el que se impuso el No a una nueva reelección. Así que, si a Evo le ha dolido la partida de Eva en busca de su legítima aspiración en base a méritos propios, aceptando ser candidata a Alcaldesa de El Alto por otra tienda política, tendrá que aceptar que la expresidenta del Senado, reducto desde el que defendió al MAS con su decisión de lucha contra el golpismo, no quiere una “pega”, sino más bien, ser electa por voluntad popular, aunque el precio sea el de la expulsión por indisciplina partidaria.

En el MAS —único partido nacional del país— se ha producido como nunca en la última década, una intensa y febril deliberación democrática para la determinación de candidaturas a gobernaciones y alcaldías, sin explícitas reglas de juego institucionales, con la influencia del caudillo y los criterios de las bases que se mezclan para en unos casos arribarse a decisiones concertadas y en otros, a rupturas inevitables. Es el caso del departamento de Santa Cruz, en el que quien fuera Alcalde de Warnes, Mario Cronenbold, ha terminado inscrito como candidato a gobernador, a 15 días de haber proclamado y levantado en andas al presentador televisivo Pedro García con la presencia de Evo, pero que de militancia masista tiene nada y en su momento, desde la Red Uno, fue uno de los conductores televisivos encargado de las encerronas mediáticas contra dirigentes de organizaciones sociales y que conforme transcurrieron los años, fue migrando en materia de visión de país, lo que le permitió perfilarse como potencial candidato finalmente inscrito para vicegobernador, no se sabe exactamente si por imposición del jefazo, influencia de algunos sectores, o la combinación de ambos factores.

Evo ha hecho y ha deshecho en el MAS con el liderazgo y la legitimidad que le otorgaron sus tres aplastantes triunfos en las urnas, pero ese tiempo ha fenecido y ahora ejerce la conducción que las federaciones cocaleras del Chapare le otorgan, teniendo que aceptar, como jefe del MAS, otros liderazgos, como el de David Choquehuanca, respaldado por la legitimidad institucional de la Vicepresidencia del Estado, con participación e influencia en el Pacto de Unidad, ese acuerdo de organizaciones monolítico que la derecha no supo copiar en más de una década.

Evo debe estar persuadido que volverá a ser candidato a la presidencia en 2025. Van a suceder muchas cosas en los próximos cinco años y entre ellas se producirá un inevitable relevo generacional con la emergencia de nuevos Andrónicos y otras Evas. A estas alturas, a Evo le queda ejercer el cargo de jefe del MAS con magnanimidad, contribuyendo a perfilar su partido más allá de él mismo. Es lo que les toca a quienes aspiran a trascender en el tiempo con su legado. 

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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El cargo de Evo

Se producirá un inevitable relevo generacional con la emergencia de nuevos Andrónicos y otras Evas.

/ 2 de enero de 2021 / 04:25

¿Llegará el día en que Evo Morales asuma sin excusas que un apreciable número de seguidoras y seguidores suyos quedaron en estado de indefensión cuando instruyó la renuncia de quienes alcanzaban la sucesión constitucional (Senado y Diputados) “para que los golpistas se quedaran con su golpe”? Las señales dicen que no. Que el presidente vitalicio de las seis federaciones cocaleras del subtrópico cochabambino no quiere enterarse del desgraciado destino que tuvieron que soportar a partir de persecuciones políticas y extorsiones judiciales, entre otros argumentos, para defender su liderazgo histórico, mientras él disponía de muchas horas diarias para tuitear desde Buenos Aires. Valiosas y valiosos cuadros del mejor momento del masismo en el gobierno (2006-2014) fueron abandonados a su suerte, soportando, hasta ahora, detenciones preventivas, detenciones domiciliaras, y peor todavía, desde la esfera interna, vetos partidarios.

En el contexto de las incongruencias masistas, se sabe, por ejemplo, de un exviceministro que poco y nada aportó con su trabajo a las transformaciones del Estado en su área, que en su nueva calidad de asesor decidió apartar de su trabajo a un funcionario estatal por el solo hecho de haber aparecido en una selfie junto a un individuo tildado de “pitita”, cuando este sujeto había dado inequívocas señales de alineamiento. Este ejemplo pinta de cuerpo entero cuánto de inorgánico tiene el nuevamente partido de gobierno, en el que tantas veces se ha premiado el oportunismo y se ha castigado la lealtad incondicional y la responsabilidad funcionaria. En este contexto varias y varios masistas decidieron dejar la política o cuando menos, la militancia en el partido azul.

Dice Evo Morales que ahora queda claro quiénes estaban en el MAS nada más que por cargos. ¿No será que en este caso se aplica lo de la paja en ojo ajeno y no la viga en el propio? Porque hasta donde tenemos registrado, Evo se aferraba con uñas y dientes al cargo de Presidente, objetivo para el cual ocasionó el embarrancamiento del Tribunal Constitucional que el 28 de noviembre de 2017 lo habilitó como candidato presidencial, decisión con la que se perforó un referéndum en el que se impuso el No a una nueva reelección. Así que, si a Evo le ha dolido la partida de Eva en busca de su legítima aspiración en base a méritos propios, aceptando ser candidata a Alcaldesa de El Alto por otra tienda política, tendrá que aceptar que la expresidenta del Senado, reducto desde el que defendió al MAS con su decisión de lucha contra el golpismo, no quiere una “pega”, sino más bien, ser electa por voluntad popular, aunque el precio sea el de la expulsión por indisciplina partidaria.

En el MAS —único partido nacional del país— se ha producido como nunca en la última década, una intensa y febril deliberación democrática para la determinación de candidaturas a gobernaciones y alcaldías, sin explícitas reglas de juego institucionales, con la influencia del caudillo y los criterios de las bases que se mezclan para en unos casos arribarse a decisiones concertadas y en otros, a rupturas inevitables. Es el caso del departamento de Santa Cruz, en el que quien fuera Alcalde de Warnes, Mario Cronenbold, ha terminado inscrito como candidato a gobernador, a 15 días de haber proclamado y levantado en andas al presentador televisivo Pedro García con la presencia de Evo, pero que de militancia masista tiene nada y en su momento, desde la Red Uno, fue uno de los conductores televisivos encargado de las encerronas mediáticas contra dirigentes de organizaciones sociales y que conforme transcurrieron los años, fue migrando en materia de visión de país, lo que le permitió perfilarse como potencial candidato finalmente inscrito para vicegobernador, no se sabe exactamente si por imposición del jefazo, influencia de algunos sectores, o la combinación de ambos factores.

Evo ha hecho y ha deshecho en el MAS con el liderazgo y la legitimidad que le otorgaron sus tres aplastantes triunfos en las urnas, pero ese tiempo ha fenecido y ahora ejerce la conducción que las federaciones cocaleras del Chapare le otorgan, teniendo que aceptar, como jefe del MAS, otros liderazgos, como el de David Choquehuanca, respaldado por la legitimidad institucional de la Vicepresidencia del Estado, con participación e influencia en el Pacto de Unidad, ese acuerdo de organizaciones monolítico que la derecha no supo copiar en más de una década.

Evo debe estar persuadido que volverá a ser candidato a la presidencia en 2025. Van a suceder muchas cosas en los próximos cinco años y entre ellas se producirá un inevitable relevo generacional con la emergencia de nuevos Andrónicos y otras Evas. A estas alturas, a Evo le queda ejercer el cargo de jefe del MAS con magnanimidad, contribuyendo a perfilar su partido más allá de él mismo. Es lo que les toca a quienes aspiran a trascender en el tiempo con su legado.

    Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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La Presidenta Eva

/ 19 de diciembre de 2020 / 01:46

No hay mejor tontómetro que el de los alucinados con lo que hace o deja de hacer el MAS. Esos cultores de lo obvio afirman que la ruptura del partido azul se encuentra a la vuelta de la esquina debido a las últimas batallas por candidaturas a alcaldías, con exhibición amenazante de quimsacharanis, sillas voladoras de plástico muy barato que le pegan hasta al propio Evo Morales y desconocimientos a decisiones cupulares, sencillamente porque el Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos (IPSP) es una convergencia/divergencia de pareceres, por sus características corporativas nutridas de componentes caracterizados por lógicas que van desde lo étnico cultural hasta lo político sindical.

El MAS ha ganado nuevamente las elecciones presidenciales porque su militancia y sus simpatizantes de grados distintos lo consideran suyo: Ni repitiéndolo hasta el cansancio el conservadurismo comprende que ellas y ellos no son del MAS, que el MAS-IPSP es de ellas y ellos. Como la Madre Tierra. Como la Pachamama. Lo tienen penetrado en lo más profundo de sus creencias y, por ello, ganan elecciones nacionales desde hace 15 años con guarismos aplastantes que superan el 50%, así que quienes crean que una reyerta por candidaturas, propia de una organización amplia por su plurinacionalidad y por sus intereses diversos y a veces contrastados, va a tumbar su unidad, prefieren seguir sometidos al tontómetro de los lugares comunes y la incapacidad interpretativa.

El pedazo de institucionalidad democrática que se mantuvo en pie durante los oprobiosos días del gobierno de facto encabezado por la exsenadora Jeanine Áñez, supo conservarlo el MAS desde las directivas y los dos tercios en las dos cámaras. Fue la Asamblea Legislativa Plurinacional, que en determinado momento los golpistas se vieron tentados en cerrar, la que impidió que el autoritarismo fuera total en el país, gracias, fundamentalmente, al coraje de la presidenta del Senado, Eva Copa, que desafió al tenebroso ministro de Gobierno, Arturo Murillo, a que la fuera a buscar, que la esperaba en su despacho, y tuvo la valentía de plantarse contra la prepotencia del Gral. Sergio Orellana, comandante en Jefe de esas Fuerzas Armadas que forzaron la ruptura constitucional el 10 de noviembre del pasado año, cuando éste, junto con camaradas suyos, se apersonó con traje de combate para exigir los ascensos a generales esperados por aquellos que hicieron de su comandante simbólico a Luis Fernando Camacho, el cívico, encarnación del Cristo Redentor de Santa Cruz de la Sierra.

A partir de entonces, Murillo decidió ser cuidadoso para referirse a Copa, los militares tuvieron que regresar sobre sus propios pasos con la cabeza gacha y resignarse a que los ascensos no serían aprobados por el Senado, y como si esto no fuera suficiente, Copa se plantó inconmovible ante las presiones del Ejecutivo para la aprobación de deuda externa a través del Fondo Monetario Internacional (FMI). Encabezando la bancada mayoritaria del MAS, supo, conforme se iba superando el miedo a las metrallas y a las bayonetas, que el parlamento boliviano no levantaría la bandera blanca, y en la pulseta, la representante de El Alto demostró ser más presidenta que Jeanine, que ella mandaba en la Asamblea y que era capaz de exhibir una entereza admirable. Casi nadie la conocía hasta el día en que debió asumir, forzada por las circunstancias, la conducción parlamentaria, y hoy es precandidata a Alcaldesa de El Alto. Los mejor informados en el MAS están persuadidos que ganaría la elección de marzo, y aunque Evo no esté convencido de ese cálculo, ya está claro que las decisiones se toman a partir de hace unos días, a través de una combinación de las decisiones de las bases y de la experimentada orientación de su líder histórico.

Eva Copa era una “compañerita” a la que seguramente los maniáticos de la adjetivación incluían en el rebaño de los masistas levantamanos. Que estaban ahí para hacer número, cuando las circunstancias instruidas desde el Ejecutivo lo ameritaban. En situaciones extremas, cuando el golpismo le había propinado un derechazo furibundo a su fortaleza mayoritaria, la militante alteña fue rearmando el escenario, haciendo escuchar su voz, imponiéndose y doblándole la mano a su excolega, en ese momento, alojada en el Palacio Quemado y que terminó anunciando el retiro de su candidatura a la presidencia con un abrigo color sandía. 

A Eva Copa, alteña de nacimiento y corazón, Bolivia le debe, otra vez, como a tantos alteños, la defensa intransigente e indoblegable de la democracia. Lo poco que quedaba de ejercicio del Estado de derecho fue defendido con valentía y lucidez política por una bancada parlamentaria, encabezada por ella y secundada por Sergio Choque en Diputados. Con ese indiscutible ejercicio de compromiso, hoy, el MAS en la ciudad de El Alto se encuentra en la disyuntiva de si esta podría ser o no su próxima Alcaldesa.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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