miércoles 5 may 2021 | Actualizado a 21:14

Lo superó en goles no en juego

Jorge Barraza, periodista argentino

/ 11 de enero de 2021 / 09:07

Con sus dos goles del domingo anterior ante el Udinese, Cristiano Ronaldo llegó a 758 tantos oficiales en Primera División. Según todas las fuentes confiables, superó los 757 impactos de Pelé. Existen, entre los distintos organismos privados (la FIFA no lleva estadísticas propias, compra servicios de este tipo a entidades o particulares) ciertas diferencias en el número de goles de varios futbolistas, sobre todo los de antaño. Pero en este caso está claro: los 758 del portugués son indiscutibles y están todos filmados. Como tampoco hay dudas de que los de Pelé, por torneos reconocidos oficialmente, son 757. De modo que, en ese rubro, Cristiano superó a Pelé.

Este escrito no intenta ensalzar ni demeritar a ninguno de los dos sino establecer un análisis de lo que esta marca significa. Debido a que decenas de millones de personas han jugado fútbol, estar entre los dos, tres o cinco primeros del escalafón mundial en un aspecto tan relevante como el gol, es un mérito excepcional. Y superar a Pelé en ese ítem -o en cualquiera-, es absolutamente notable. O Rei fue el fútbol mismo, el jugador perfecto, el único del que no puede decirse “no tenía pierna izquierda», “le faltaba cabezazo”, “carecía de gambeta”… Nada. Tenía todo. Fue un prodigio técnico, era fantasía y objetividad, lo útil y lo bello. Y si los rivales salían con el hacha, sacaba también la suya. De malos no le ganaban. Completísimo. Y, como evocaba su compañero Pepe, “Nunca jugaba mal, el día que no brillaba, igual era el mejor de nosotros”. En los tiempos del 4-4-2 actuaba como segundo centrodelantero, no de 10 como su camiseta parecía sugerirlo. Un día le dieron la 10 por casualidad, en Suecia ’58, y, como deslumbró, pasó a ser su número inamovible. Pero era delantero neto, no un nueve de estar en el área sino de entrar al área tocando. Verlo parar la bola con el pecho, en el aire, devolvía la entrada, lo mismo que las tabelinhas (paredes) con Coutinho, como tejer con aguja al crochet, un arte. Sin hablar de su cabezazo, que era 30% de frente y 70 de cuello. Con aquella la direccionaba, con el cuello la potenciaba.

Ronaldo es delantero puro, primero jugando por afuera, casi como extremo en el United; desde el Real Madrid en adelante, un atacante de diagonal hacia adentro. Y en los últimos tiempos un pescador arriba, casi desenganchado del resto del equipo, esperando cada bola que le tiren para disparar al arco, exclusivamente finalizador. Extraordinario cabeceador y rematador con derecha e izquierda, vivísimo para el desmarque, ambicioso para el gol como no hemos visto nunca a otro, hiperconcentrado en el juego, superatleta, ultraprofesional de cuidado científico de su cuerpo y su carrera. No es habilidoso ni tiene magia, hace extraordinariamente bien lo mínimo desde el prisma técnico, es simple y directo: carrera, remate y gol. Todo jugador necesita estar rodeado de un buen equipo para brillar, Cristiano Ronaldo mucho más porque no participa del armado del juego. En carácter de goleador puede superar a Pelé en cifras, como jugador está muchos kilómetros detrás.

Incluso en promedio CR7 no lo igualará nunca: el brasileño necesitó 223 partidos menos para marcar sus 757 tantos: 0,93 de media sobre 0,73 de Cristiano. Aclaremos: los famosos 1.300 goles de Pelé no existen. Son 1.283, pero sumando amistosos, giras, partidos homenaje, goles en el ejército, etcétera.

Desbrocemos números y escenarios. Cristiano ha marcado sus 758 en el máximo nivel posible, en las ligas de Inglaterra, España e Italia (los 5 primeros fueron en el torneo de Portugal). No hay un escalón más alto. Y en cuanto a selecciones, sus goles son en el ámbito europeo en momentos en que Europa ha aventajado claramente a Sudamérica.

Es importante subrayar que todas las carreras son diferentes. Di Stéfano sólo llegó a 512 y era centrodelantero, pero debe convenirse que se movía por toda la cancha, no estaba esperando que se la alcanzaran arriba: bajaba, defendía, lideraba, armaba juego y definía. Romario, pese a su físico menudo, llegó a 748 (19 en Segunda); no obstante, vale aclarar que 272 de ellos los consiguió a nivel estadual, en el Campeonato Carioca, que no es la máxima expresión del fútbol de su país; este es el Brasileirão. Algo similar acontece con Pelé: 467 de sus conversiones fueron en el Campeonato Paulista, que evidentemente no tenía la excelencia de otros torneos. No había en Brasil un campeonato nacional que aglutinara a todos los grandes de Río, San Pablo, Belo Horizonte, Porto Alegre, Paraná, Recife o Bahía, como ahora. Jugaban clubes muy pequeños, algunos rozando lo amateur; eran tiempos en que se atacaba con cinco y se defendía con tres.

Santos, gracias a un presidente histórico, captó lo mejor de lo mejor: contrató a Gilmar del Cortinthians, a Carlos Alberto del Fluminense, a Calvet de Gremio, a Mauro del São Paulo… Armó un escuadrón. Y adelante era una máquina con Dorval, Mengalvio, Coutinho, Pelé y Pepe; los demás equipos, salvo Palmeiras, y en menor medida Corinthians y São Paulo FC, eran muy inferiores. Como si pusiéramos hoy al Liverpool a jugar en la liga de Gales, arrasaría. Tomamos uno de sus mejores años como ejemplo: 1959, en que Pelé fue artillero del Paulistão con 45 anotaciones. Santos venció 12 a 1 al Ponte Preta, 8-0 al América paulista, 8-2 al XV de Jaú, 7-0 al Jabaquara, 6-1 al Noroeste, 6-1 a la Portuguesa Santista, 6-2 al Comercial, 5-0 y 5-1 a la Portuguesa de Desportos… Señaló 155 goles el Santos en ese torneo, una animalada. También le convirtió mucho a equipos como Ypiranga, Taubaté, XV de Piracicaba, São Bento, Linense, Ferroviaria… Hoy, muchos se burlan cuando alguien le marca goles al Granada, al Sassuolo, al Brighton o al Guingamp.

O Rei también marcó 37 veces en el Cosmos en una liga norteamericana inferior a la de hoy. Igual, esto no lo minimiza en absoluto porque en los torneos internacionales goleaba a Boca, Peñarol, el Milan, Benfica o el que fuera. También goleaba en los Mundiales. Pero el párrafo anterior describe a quiénes les hizo cientos de goles oficiales. Sin contar con que el fútbol era mucho más lento y se marcaba menos.

Vale puntualizar que Cristiano ha ejecutado en su carrera la astronómica cifra de 170 penales, Pelé apenas un puñado, y no porque no supiera rematar. Pasa que Cris lleva doce años entre Real Madrid y Juventus, clubes a los que les conceden toneladas de penales.

En número de goles, en millones de dólares y en seguidores en Instagram, Ronaldo supera a Pelé, como futbolista, imposible. Ni en un siglo.

El fútbol es hacia adelante

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 2 de mayo de 2021 / 20:24

Sale el arquero jugando con el dos, el dos avanza un trecho y pasa la bola al cinco, éste cruza la media cancha y la adelanta en dirección al diez, el diez esquiva un hombre y abre al puntero, el puntero recibe, gira hacia su propio campo y toca veinte metros para atrás, la vuelve al medio… Lo vemos en todos los partidos y nos preguntamos irritados: ¿qué es eso…? ¿cómo así…? Lo entendemos como una estafa futbolística. Es como comprar un frasco de café, llegar a casa y, al abrirlo, comprobar que está vacío. Hay incluso tiros libres a favor en campo rival que entre toque al costado y pase para atrás y más atrás terminan en el arquero propio, que luego se ve obligado a reventarla con un pelotazo alto.

Pocas cosas molestan más como hinchas del fútbol (que no “de” fútbol): ver a los jugadores tocar para atrás. Y es algo que se ha tornado tan habitual que exaspera. Jugarla hacia atrás es el salvoconducto de la mediocridad: “No la perdí”. Lo inadmisible es que lo hagan futbolistas que costaron decenas de millones. El verdadero crack verticaliza, rompe líneas, intenta. Ferenc Puskas, el gran genio húngaro (es imperativo entrar en Internet y ver su primer gol en Wembley en aquel Inglaterra 3 – Hungría 6, una joya del fútbol) se enojaba: “Al jugador que la pasa para atrás habría que pitarle falta”.

Juan Sauro, nuestro primer maestro de periodismo, no académico sino empírico, en la redacción, sentía pasión por Boca, pero su jugador preferido era Vicente De la Mata, de Independiente, ídolo enorme de los años ’30 y ‘40. “De la Mata nunca pasó la pelota sin antes haber gambeteado como mínimo a dos, ya la daba con ventaja, sentía que esa era su contribución al equipo”, decía. Y Ricardo Bochini sostiene: “Todo equipo necesita jugadores que encaren. Cuando gambeteás un rival, ya se genera superioridad numérica, uno de los nuestros queda libre de marca, si gambeteás dos es muy posible que la jugada termine en gol”. Es ley del fútbol, porque se crean espacios y libertad de movimientos para los definidores. Otra del Maestro: “Cuando llega al área, el habilidoso tiene que encarar, si de cuatro intentos pierde tres, es buen promedio, la cuarta es gol”. Es fundamental el uno contra uno, sobre todo frente a rivales que se paran con dos líneas de cuatro cerca de su arquero. Esa lata no se abre sólo con pases, salvo que se juegue a un toque, con mucha velocidad y sorpresa. Pero requiere alta precisión.

Nos contaba un gran formador de juveniles español: “Teníamos un lateral derecho en el Madrid que llevaba cuatro o cinco años ya con nosotros. Salía hacia adelante el zaguero, le pasaba el balón y, teniendo quince o veinte metros para avanzar, giraba y se la devolvía al zaguero. Le dejamos libre y me viene a ver con su padre, enojadísimos los dos. Le dije la verdad: chico, es que tu no quieres jugar”.

Por eso mismo Mbappé vale 200 millones. Es un elemento de extraordinaria aptitud física, aunque con técnica normal, sin fantasía ni gambeta, pero va con todo al frente, que es lo que duele al defensa y genera desequilibrio. Nadie se pelea por los que tocan hacia atrás. Un hincha en la platea del Camp Nou le gritó a un delantero que costó una fortuna y no desnivela: “Tío, contigo los defensas tienen tiempo hasta de ir al baño”. Porque el pase descendente alivia la tarea defensiva del adversario, se reacomoda, espera firme.

Fuera del vicio de jugar hacia atrás, hay un sector del campo donde ya no se puede retroceder la maniobra; en paralelo al área hay que buscar terminar la jugada. Desde luego, si el rival ejerce mucha presión, casi al cuerpo, cuando es preciso destrabar una acción que se ensució o simplemente para no perderla, el pase atrás puede ser una solución, un desahogo. Pero no debe ser un recurso permanente. Así no se ganan partidos.

“Los que adoran la posesión, los Guardiolistas, dan pases a treinta centímetros y le llaman posesión”, dice Paul, un seguidor en Twitter. Lo de Guardiola es diferente, es una táctica: diez, quince, veinte toques para allá, para acá y luego un pase filtrado que sorprende. Bien ejecutado, con buenos jugadores, funciona espléndidamente. Claro, se necesita ese tipo de intérpretes, Xavis, Iniestas, Busquets… Guardiola ganó todo con eso, es el técnico con mayor promedio de triunfos y de goles de la historia con ese sistema. El que ha desesperado al PSG el miércoles y que enloquece a todos sus oponentes: los obliga a jugar sin la pelota. La tiene siempre el City, la mueve a la izquierda, a la derecha… Y el rival se desgasta física y anímicamente, corre y se cansa yendo de un lado a otro sin poder construir jugadas. El martes, en la revancha, será igual, porque es un credo, tener siempre la posesión para que el rival no lastime o haga el mínimo daño.

“Guardiola gana porque juega con todos monstruos…” ¿Cuáles monstruos tiene el City…? Acaso sobresale De Bruyne; el resto, buenos jugadores normales. Pero todo pupilo de Guardiola tiene internalizado a la perfección el libreto del técnico: presión total sobre la pelota mientras la tiene el rival; al recuperarla, movilidad permanente, búsqueda de espacios, toque y toque hasta que aparezca el hueco y a definir. Lo mismo acontece con el arquero. “Ederson es muy normalito”. Sí, tapando es un arquero de 6 puntos, con los pies es un zaguero de 8 ó 9. Guardiola busca ese tipo de goleros porque es el doceavo jugador del equipo, se descargan muchos balones en él y sabe resolver, darle salida limpia al juego. Un día perderá la pelota y le harán un gol, pero antes habrá resuelto centenares de situaciones manteniendo la herramienta en poder del City. Con él, Pep tiene un jugador más, son doce contra once. Por eso prefiere siempre un Ederson antes que un Keylor Navas, un Courtois o un Alisson. Para su sistema, necesita un Ederson. Y futbolistas que entiendan el juego.

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La bomba les explotó en la cara

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 26 de abril de 2021 / 09:44

Doce millonarios se suben a un barco y se ponen a salvo de la miseria y las injusticias. En proa, con poderosos binoculares, Florentino Pérez marca el rumbo. A su derecha, el vicealmirante Agnelli retransmite las órdenes: “¡Diez grados a babor…!” La voz pasa toda la cadena de mando hasta llegar al marinero que, por fin, gira el timón. Pero ¿hay marineros ahí…? ¿están permitidos…? El buque es gigantesco, tipo Titanic. Navega bajo bandera británica, española e italiana. Dieron en llamarlo Superliga. Sin embargo, pese a todo el almirantazgo a bordo, el barco zozobra y se hunde en cuarenta y ocho horas. ¿Cómo pudo ser…?

Así de efímera y con ese insólito final fue la célebre Superliga Europea, una suerte de NBA que reuniría lo mejor de lo mejor de lo recontramejor del fútbol. Que, ahora vemos, era una idea tirada de los pelos. Doce clubes se armaban un torneo entre ellos ignorando la regencia de sus asociaciones, de la UEFA y de la FIFA, a las que están afiliadas, pero pretendiendo seguir dentro del sistema, y eso es imposible. Si pateas el tablero y niegas la autoridad de la Unión Europea de Fútbol, pasas a la clandestinidad, armas una liga pirata. Es de escuela primaria. Como si una docena de jugadores del Real Madrid dijera: “este fin de semana nos vamos a jugar un desafío con unos amigos en la playa, el martes volvemos”. No te van a decir “que se diviertan”. No, te amenazarán con rescindir el contrato por carta documento. Es el mayor alzamiento en 117 años de existencia del fútbol asociado, el principio sagrado de la FIFA.

Lo peor fueron las formas. Un proyecto faraónico que, dicen, lleva tres años estudiándose al más alto nivel, que involucra a clubes con presupuestos colosales y llenos de ejecutivos y expertos en todas las áreas fue presentado mediante una simple gacetilla como las que llegan a la redacción todos los días desde la federación de bochas o de judo; publicada en la página de Internet del Real Madrid a altísimas horas de la noche del domingo y con la única firma de Florentino Pérez. ¿Por qué no en una rueda de prensa bien montada, anunciada con tiempo y con la presencia de los doce presidentes sosteniendo la idea…? Los errores de comunicación continuaron con el texto, al mencionar que el nuevo torneo permitiría que hubiera “más solidaridad” en el fútbol, cuando justamente doce millonarios se unían para ser aún más millonarios y abandonar a la multitud: los miles de clubes medianos y chicos que noblemente ofician de actores de reparto o de extras en esta película del fútbol con el sueño de ser ellos, alguna vez, el héroe que conquiste a la muchacha hermosa: la victoria. Alguien con un mínimo de sentido común debió prevenirlos: “Pongan cualquier argumento, pero no usen la palabra solidaridad”. Es que no existe nada más elitista, codicioso e insolidario que esta Superliga que repartiría miles de millones de euros entre un puñado de poderosos.

No hubo una sola voz a favor, sí un clamor mundial en contra. Y en veinticuatro horas el barco empezó a hacer agua: se apartó el Chelsea y con él hubo una deserción en masa. Un fracaso estrepitoso, lindante con el ridículo. Quedaron dos solos, el Madrid y el Barcelona, que no iba de capitán pero se prende en todas, desesperado de dinero para tapar los agujeros de la catastrófica gestión Bartomeu.

Lo increíble es que un peso pesado como Florentino Pérez salga completamente chamuscado de este incendio. A los 74 años y después de una trayectoria superexitosa. Puso la cabeza, la firma (¡firmó el comunicado él solo…!), el pecho a todas las balas. Hay dos corrientes de opinión: una, que ha sido muy valiente, sin dudas, para dar la cara y sostener la idea contra la tempestad mientras los otros presidentes se borraban; la otra, que firmó sólo por una cuestión de ego, quedaba como el Napoleón del fútbol, su refundador. Ahí pasaba a la historia como el hombre que superó incluso a Bernabéu, con quien compite cabeza a cabeza por la posteridad merengue.

Ingeniero de profesión, Florentino preside la empresa constructora más grande de Europa y la revista Forbes lo ubica como el noveno individuo más rico de España con 1.750 millones de euros de patrimonio. El mismo suceso que en su actividad privada, lo tuvo como dirigente deportivo: llegó al Madrid en el 2000, lo sacó de las deudas en que estaba sumido y lo relanzó como un club galáctico. Le tocó lidiar con un rival terrible: el Barcelona de Ronaldinho, Messi, Iniesta, Xavi y todos los genios, la máxima expresión de belleza y contundencia de este juego. No obstante, con menos talento, le arrebató cinco ligas y cinco Champions. Es el creador de Valdebebas, la extraordinaria ciudad deportiva del club, donde todo es siete estrellas. Y en breve reinaugurará el Bernabéu, un estadio que dejará sin aliento a los visitantes; será su obra cumbre. “Todo lo que hace Florentino es de nivel excepcional. No le gustan las cosas bien hechas ni muy bien hechas, quiere la perfección”, deslizan quienes trabajan a su lado. “Su único problema es que se mete en el fútbol, y no sabe”.

También cuentan el por qué. “Apenas llegado a la presidencia, Del Bosque (Vicente, el DT) le pidió a toda costa a Flávio Conceição, el brasileño del Deportivo La Coruña. “¿Estás seguro, Vicente…? Mira que cuesta un platal”. El técnico se puso inflexible: “Que sí, que sí”. Bien, pagó 24,5 millones de euros por él. Al mes, Flávio Conceição ya no jugaba. Florentino fue a la práctica y le preguntó a Del Bosque el por qué. “No pasa nada”. Perfecto, a partir de ahora ficho yo, dijo el presidente.

Pero esta ha sido una metida de pata monumental. Y puso el rostro él solo. ¿No supo calcular el tsunami que se le vino en contra…? ¿Tuvo la venia de Gianni Infantino…? Porque es sospechosísima la tibia reacción de la FIFA a una rebelión que, en otros tiempos, hubiera abortado a sangre y fuego. Infantino y Aleksander Ceferin, titular de la UEFA, están enfrentados (Gianni ve amenazado su poder por Europa), por lo cual FIFA no apoyó a los rebeldes, pero se hizo en cierto modo la distraída, pidió un té.

A esta altura de su vida, Florentino va por la estatua. Es posible que haya cometido tal error de cálculo movido un poco por arrogancia propia y otro tanto por el acendrado madridismo que lleva a pensar sus hinchas que todo pasa por el Madrid, que es el número uno del mundo, que las trece Champions, que… Y hay un periodismo madridista, que no madrileño, que le escribe el diario de Yrigoyen. Yrigoyen fue un presidente argentino de los ’10 y ’20 al que, cuentan, le editaban un diario para él sólo, con todas noticias buenas. Lo derrocó un golpe de estado.

Ahora bien, es entendible la posición de los clubes, que son quienes hacen el fútbol, no la FIFA ni la UEFA ni la Conmebol. Los clubes son la base de la gigantesca pirámide del fútbol. Deben contratar veinticinco jugadores, un cuerpo técnico, protagonizar los torneos, generar toda la infraestructura de este deporte, edificar o alquilar estadios, construir centros de entrenamiento, formar a los futbolistas juveniles, contratar profesores, preparadores físicos, médicos, auxiliares, asumir traslados, hotelería, boletería, prestar sus jugadores a la selección. Y poner los hinchas (que también alientan al equipo nacional). Y luego un señor que nunca se arremangó para conducir un club, caso Infantino o Ceferin, les dice cómo deben competir o cuánto deben ganar.

Los clubes nacieron antes que las asociaciones. Ellos decidieron crearlas cuando su número fue suficiente como para fundar un nucleamiento. Sin los clubes ni siquiera existiría el fútbol. Ni la FIFA. Las asociaciones soslayan con cierto desdén la importancia de los clubes; se sitúan varios escalones por encima. La FIFA, las confederaciones y las asociaciones nacionales existen porque existen los clubes, sino desaparecerían. Parecen no entenderlo.

 “Todos quieren ganar más”, se quejó Florentino en El Chiringuito, programa líder en la TV española. Olvida que él destrozó el mercado en el 2.000 al pagar 61 millones por Figo, una locura. La otra: los ingresos no pueden subir infinitamente para que cada año el Madrid o el Barsa compren Mbappés. O para pagar contratos disparatados a los futbolistas. Como le aconsejó Rummenigge, hay que reducir costos, no hace falta romper el fútbol.

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Opinión

Mente de acero, piernas de cristal

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 18 de abril de 2021 / 20:12

Todo comenzó en un ordinario compromiso de liga frente al Groningen de visita. El Ajax ni siquiera peleaba la punta. En realidad, sí tenía algo de especial: su hermano Stanley, que llevaba un tiempo viviendo en Canadá, de pronto se enteró que Marco se había convertido en futbolista profesional. Y que al parecer era bueno. Había vuelto a Holanda para verlo y estaba en la tribuna junto a su padre. Él quería demostrar. “Esos partidos no te los regalan, hay que ganarlos a pulso”, dice Marco. Y sigue: “Perdí una pelota en mediocampo y entonces hice esa entrada en nuestra propia mitad, junto a la línea de banda, contra Edwin Olde Riekerink. Le entré con fuerza. Estaba irritado. Enseguida noté dolor en el tobillo derecho. Normalmente uno piensa ‘uf’ y luego sigue, pero el dolor no se iba. Tuve que abandonar el campo al cabo de media hora. No era algo que me sucediera a menudo, apenas me lesionaba”.

Fue el 7 de diciembre de 1986. Marco Van Basten no olvidará nunca ese domingo por la tarde en el estadio Oosterpark. Estaba estrenando sus 22 años y ya era triple goleador de la Primera División de Holanda. Sin embargo, en ese tonto e imprudente cruce a los pies de Riekerink se iniciaba un martirio que marcaría toda su trayectoria, incluso su vida. La gloria que aún le esperaba estaría atravesada siempre por un persistente y maldito dolor que acabaría retirándolo del fútbol con apenas 28 años, estando en la cima y con muchos más goles y triunfos por delante. Allí empezó un largo calvario de tratamientos, operaciones, rehabilitaciones, fracasos, experimentos, consultas, siempre conviviendo con el dolor.

Aquella misma tarde fue con el médico del Ajax a hacerse una radiografía porque sentía demasiado dolor, pero le dijeron que no era nada especial, que esperara un poco. Casualmente, una semana después lo operarían del otro tobillo, el izquierdo. Ya llevaba todo ese año ‘86 con molestias en ese tobillo, pero su drama sería el otro.

Marco Van Basten fue, después de Joahn Cruyff, el más grande futbolista holandés de la historia. No es poco tratándose de un fútbol que ha dado tantos cracks. Tres veces Balón de Oro, ganador de 6 ligas (3 con Ajax y 3 con Milan), 2 Champions y una decena de títulos más, máximo goleador en seis ocasiones -4 en Holanda, 2 en Italia-. Y todo lo consiguió sin estar en la plenitud física. Los aficionados del mundo nos dimos cuenta del fenomenal jugador que era en aquella final de la Eurocopa de 1988 frente a Unión Soviética cuando tomó un centro largo y alto así como venía, de volea, y en el aire sacó una bomba que se incrustó en lo alto del arco de Rinat Dasayev, aquel notable arquero ruso que admiramos en el Sevilla. No es normal ver un gol así, con tal potencia, dirección y desde un ángulo sesgadísimo. Era incluso osado rematar desde ahí. “¿Y éste quién es…?”, pensó el mundo. Era un individuo que jugaba con cara de enojado, serio, pero con una elegancia desusada para un número 9. Estábamos demasiado habituados a ver el típico centrodelantero de fuerza, oportuno, rebotero, incluso troncón. Y este era un superclase total.

Cuando todos los grandes clubes quisieron reparar en él, ya estaba en el Milan, que se había anticipado, y lo pagó a precio de saldo: 2,5 millones de dólares. Van Basten era Haaland + Mbappé + Benzema. Con una mente superior a la de los tres. Pero la fortaleza que le sobraba arriba le escaseaba abajo. En noviembre pasado lanzó su libro.

“Siento que es un buen momento para contar mi historia. La historia que jamás he contado. No tendré piedad de nadie. Y menos aún de mí mismo”. Así arranca Marco Van Basten en el prólogo de su imperdible autobiografía, titulada Basta en su holandés original, Frágil en español, una de las maravillosas lecturas futboleras que cada tanto nos pone al alcance Roca Editorial a través de su sello Córner. Otras han sido Puskas sobre Puskas, Cómo leer el fútbol (Ruud Gullit), Liderazgo (Alex Ferguson), que también hemos disfrutado.

Marco se describe a sí mismo casi como un tipo hosco, de pocas pulgas, casi inamistoso. “Los periodistas, los fans, los focos y la admiración, todo me parecía exagerado, una carga, incluso me molestaba… Todo eso me apartaba de mi objetivo: ser el mejor. Y con ello me refiero a ser el mejor de todos, del mundo. Dejé todo a un lado para alcanzar esa meta y me pasé… me dejé llevar por un ansia ciega, derribando lo que se interpusiera en mi camino”.

Cuenta que su gran amigo Johan Cruyff, a quien le tocó reemplazar en el Ajax, era su técnico en 1986 y necesitaba mostrar resultados. “El PSV era una máquina y ya no podíamos pelearle el campeonato, así que nos centramos en la Recopa de Europa, donde teníamos buenas posibilidades. Johan estaba obsesionado con eso”, cuenta Marco hoy, a los 56 años. En un momento es como que Cruyff no le creía lo de los dolores. Le pidió una reunión personal y le dijo que, si no quería entrenar, que no lo hiciera, si no quería jugar, lo mismo. “Descansa, recupérate, pero te pido algo, y quiero ser muy claro: tienes que ganar la Recopa para nosotros. Y si no la ganas, te mato”.

La final fue en mayo de 1987 ante el Lokomotive Leipzig en el Estadio Olímpico de Atenas. Ajax ganó 1 a 0 con gol de Van Basten. “Antes del partido me paré frente a un espejo y me dije: olvídate del tobillo, esta noche tienes que hacerlo”. Ya estaba vendido al Milan. La primera temporada en Italia fue prácticamente en blanco, casi no jugó por el tobillo, pero el Milan lo respaldó y escondió el tema porque decir que había fichado un jugador lesionado era muy mala propaganda. Y antes de final de año, cuando ya no daba más, lo llevaron con el doctor René Marti, suizo, número uno de tobillos en Europa. El diagnóstico fue cruento: “No tiene buena pinta, seguramente llevas un año jugando con los ligamentos del tobillo rotos. Lo que encontrado es una carnicería, el daño es irreparable”.

Tenía 23 años y era un cinco estrellas. Siguió por su juventud, por sus ganas. Nunca estuvo al cien por cien. Pese a todo, construyó un idilio mutuo con el Milan e hizo una carrera fantástica. Hasta que no pudo más. Durante mucho tiempo no podía siquiera pisar. De madrugada se bajaba de la cama con los brazos e iba arrastrándose hasta el baño para hacer pis. Usó muletas, un aparato especial ruso para no pisar con el pie derecho, todo. El Milan le había renovado por tres años, era un gran contrato, pero pasó los primeros dos sin jugar y le pagaban puntualmente. “De vergüenza dije punto, terminemos aquí, me retiro”. Berlusconi fue extraordinario con él, lo alaba repetidamente.

El 18 de agosto de 1995, después de intentarlo todo para volver sin éxito, el Milan (Marco lo ama, lo llama “mi casa”) le brindó su partido homenaje. Pudo dar la vuelta olímpica caminando y saludar a los hinchas que colmaron San Siro para ovacionarlo. “No quiero esto -pensaba -. No ahora. Me queda aún tanto por dar, tantos goles por mostrar al mundo… Esto no era más que el principio. Quiero echarme a llorar, pero me obligo a estar controlado. El fútbol es mi vida. Hoy he perdido mi vida. He muerto como futbolista. Hoy asisto a mi propio funeral”.

Tenía para otros diez años de fútbol, pero no podía más. Y el título de su libro resume su drama: Basta.

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La grandeza no se mide por resultados

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 11 de abril de 2021 / 22:12

Primero, vaya un homenaje a los veintiocho futbolistas que entraron al campo en el maravilloso Bayern Munich 2 – Paris Saint Germain 3. Saltaron al césped ya con una intensa nevada y se entregaron con extraordinario fervor durante 94 minutos pese al frío y la mojadura. Nadie lloriqueó, hubo fragor y limpieza. Compusieron un partido que honra al juego, lo prestigia. Y con tribunas vacías, no había gente alentando ni pidiendo huevos. No hacía falta. El jugador cuando entra al campo deja todo. Es su parte más noble.

“El que gana siempre es el mejor”, dice una frase hecha, una de tantas que se acuñan en el fútbol y quedan. Porque suenan redondas, sentenciosas, no por sabiduría. No concordamos con ella. El miércoles, el mejor fue el derrotado. El Bayern dio una exhibición de buen fútbol, coraje y determinación. ¿Y por qué recibió tres goles si jugó bien…? Porque esto es fútbol, donde dos más dos son siete. Una vez le dijeron a Alfio Basile que paraba mal a sus jugadores y respondió con una ironía de salón: “Yo los paro bien, el problema es que después se mueven”. Los técnicos proponen, luego la dinámica dispone. No se juega sentado, como en el ajedrez.

Se le dio todo mal al multicampeón alemán, a los tres minutos ya estaba 0-1 abajo tras una excelente maniobra de Neymar, que arrastró todas las marcas y dejó sólo a Mbappé, quien definió bastante mal, al cuerpo, donde nunca debe apuntar un delantero; o simplemente le salió ahí, pero la pobre defensa de Neuer permitió que la pelota se colara igual (entre sus piernas). A partir de allí, el cuadro de Hansi Flick debió tomar la ruta del salmón, siempre contra la corriente. Cada avance rojo era como remontar río arriba, con diez esperando atrás y rechazando de cualquier manera. En tal persistencia, otra genialidad de Neymar (digan lo que quieran, pero como talento es indiscutible) puso a Marquinhos en soledad total frente a Neuer. El zaguero y mediocentro brasileño -cada vez más jugador- sí finalizó fantástico, a una punta, y ahí Neuer nada que hacer.

La corriente se embraveció y el Bayern sacó a relucir su historia, su grandeza, la chapa de club gigante, el que refundaron Gerd Müller y Beckenbauer en 1965, el que nunca se entrega y riega el pasto con sudor y sangre. Siguió dominando y martillando. ¿No estaba Lewandowki, el supergoleador…? No importa, vamos con todo igual. Pareció ser la consigna. Eric Choupo-Moting, el camerunés nacido en Hamburgo, clavó un cabezazo impecable, de pique al suelo y calentó el ambiente: 1-2.

Más arreció el dominio alemán, más atrás se refugió el PSG y más se agigantaó la figura de Keylor Navas, magnífico arquero (grueso error del Real Madrid dejarlo ir). De tanto machacar, Thomas Müller alcanzó el empate con otro testazo inatajable. Y la justicia pareció sobrevolar entre la nieve. Pero ocho minutos después Mbappé pateó otra vez el tablero del Bayern, ahora sí con una definición brillante. Di María le dio un pase al espacio, se hamacó entre dos rivales, se perfiló como para darle combado al segundo palo (lo pensamos todos, incluido Neuer) y le pegó bajo al primero. Letal, 3 a 2. Testarudo, enorme, el Bayern volvió a la carga los 24 minutos finales con más ahínco pero ya no pudo. Hubo al menos 85 minutos de asedio alemán. Careció de eficacia, la que le sobró al PSG. Quince córners forzó, contra uno del equipo francés; 31 remates, de los cuales 12 fueron al arco. Simplemente, no se le dio. El PSG pateó 5 veces y ganó.

“Se impuso el planteo de Pochettino”, escuchamos. ¿Cuál planteo…? Ningún técnico de la tierra planifica algo así. “Vamos a dejar que nos dominen todo el tiempo, defenderemos muy atrás, esperaremos que aparezca algún contraataque para nosotros y que ellos hagan un gol menos. Y tu, Keylor, debes ser la figura. ¿Entendido…? Bien, a la cancha…”

¿Así fue la charla técnica de Poche…? Si el partido se juega cien veces de este modo, en noventa y nueve gana el Bayern. En esta triunfó el PSG por la maravilla de la imprevisibilidad de este deporte. Como hincha de fútbol (nunca dejamos de serlo) así quiero que me represente mi equipo. Imaginamos el orgullo que sentirán los hinchas del Bayern, que siempre juega igual. Y el partido en Paris será similar. El Bayern se sabe más, lo irá a buscar. Y no le va tan mal con ese estilo: ha ganado 30 ligas, 20 Copa de Alemania, 6 Champions, 4 Mundiales de Clubes. Sin hurgar demasiado, hace ocho meses, este mismo plantel y cuerpo técnico derrotaron al PSG en la final de Europa. 

Esto no va en desmedro del PSG. De ningún modo. A veces uno no se atrinchera, lo atrinchera el adversario. Fue lo que aconteció. Al club franco-catarí hay que aplaudirle el oportunismo, la contundencia y el ardor con que defendió. Los amantes del resultadismo están felices. Pero la grandeza no se mide por el resultado. A este cronista le importan las formas. Es como elegir entre riqueza y dignidad. Vamos por la segunda.

Párrafo final para Mbappé. “Cualquiera que disponga de cinco metros de espacio parece un buen futbolista, porque no está sometido a ninguna presión”, dice Johan Cruyff en su libro “14 La autobiografía”. Y vemos que cuando Kylian encuentra esos cinco metros es un tsunami futbolístico, un genocida de equipos descuidados. Su velocidad y potencia física son devastadoras. Es un sensacional contraatacante, sí. Ahora: ¿qué pasa cuando debe atacar y lo esperan diez atrás, como le pasó al Bayern contra su equipo…? ¿También arrasa defensas…? Huuummmm… En zonas congestionadas no es igual. En Europa brilla más porque lo conocen menos, en la liga de Francia también destaca, pero lo toman mejor. Los entrenadores miran los partidos y se habrán dado cuenta que cuando su equipo está atacando frente al PSG y jugando cerca del área rival deben encimarlo y anticiparlo, no dejarlo recibir. Ahí se reduce su importancia.

¿Es un monstruo del fútbol…? Paciencia, el tiempo nos responderá.

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Más aspirantes a youtubers que a futbolistas

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 4 de abril de 2021 / 19:01

Macedonia del Norte estrenó su nombre en una Eliminatoria dando un sartenazo inesperado: venció a Alemania de visita 2 a 1. Es el país 149 del mundo en territorio y el 144 en población. El PBI de Alemania es 50.801 dólares por habitante, el de Macedonia apenas llega a 5.916. Pero en fútbol están menos alejados. ¿Cómo puede suceder una cosa así siendo la patria de Gutenberg una superpotencia y teniendo al actual campeón europeo y mundial, Bayern Munich…? No es descabellado: el fútbol es el único deporte donde absolutamente todo puede suceder. Que Brasil pierda en casa 7 a 1 con Alemania y que Macedonia derrote a los alemanes. Es parte de su encanto irresistible: la imprevisibilidad. Nunca nada es seguro. Y existen factores que todos pueden enarbolar a pesar de su modestia: la actitud, la preparación y la táctica. También la mística. Eso no tiene que ver con el presupuesto y puede equiparar el desbalance de calidad.

Al margen de ello, hay un punto adicional: el fútbol está cada vez más igualado. En especial a nivel de selecciones, donde sesenta o setenta representativos pueden reunir once elementos aptos. Hay mucha información del rival, los entrenadores estudian cada vez más y trabajan hasta el mínimo detalle. Los cuerpos técnicos son ahora un ejército de profesionales que enfocan todos los aspectos. Por eso, hasta Luxemburgo puede ser peligroso. Y los jugadores vienen cada día más con un perfil colectivo antes que individual.

En el caso de Alemania, posee muy buenos futbolistas (Kimmich, Goretzka, Sané, Gnabry, Werner), pero revela una escasez evidente de superestrellas que puedan definir un partido equilibrado, como a lo largo de la historia fueron Beckenbauer, Gerd Müller, Overath, Breitner, Matthäus, Klinsmann, Rummenigge… Para lograr el éxito precisa alcanzar un alto nivel de precisión y armonía de conjunto. Si no está superaceitada la máquina, puede perder con Macedonia. O con México y Corea del Sur, como aconteció en Rusia 2018.

Alguien preguntará: ¿Y por qué el Bayern es campeón de todo…? Porque un porcentaje mayoritario de su plantel es extranjero: Lewandowski, Alaba, Alphonso Davies, Pavard, Lucas Hernández, Coman, Tolisso, Javi Martínez, Douglas Costa, Choupo-Moting…

Pero ¿es un problema de Alemania esta escasez de grandes talentos…? No, es mundial. No están apareciendo los auténticos monstruos como el fútbol siempre tuvo, astros indiscutibles. Desde luego siempre habrá unos que destaquen más que otros, pero desnivelan por eficiencia, no por genialidad. Hay buenos normales, no grandiosos. La prueba es que los cinco o seis clubes más poderosos que siempre buscan un crack diferencial miran a los dos únicos que aparecen en esa lista, Haaland y Mbappé, dos topadoras que sobresalen por potencia física, velocidad, ambición y gol, pero no derrochan ni técnica ni ingenio ni fantasía. No hay poesía en su juego. (Mbappé jugó los tres partidos de la Eliminatoria -Ucrania, Kazajstán y Bosnia- sin convertir. Haaland enfrentó a Gibraltar, Turquía y Montenegro, tampoco marcó y fue reemplazado en los tres).

Brasil y Argentina, que fueron siempre los más fecundos semilleros del mundo, tienen la fábrica paralizada. La última perla encontrada en estas costas fue Neymar, que por una cuestión de mentalidad nunca pudo alcanzar el trono y consolidarse en la cima. España disfrutó de la brillante camada de Xavi, Iniesta, Puyol, Piqué, Busquets, Villa, Ramos, Casillas pero luego se secó el árbol que daba esos frutos. No tuvieron reemplazo del mismo nivel. Pasa lo mismo en todo el mundo. Por eso vemos jugadores comunes ser transferidos en millones de dólares.

¿Por qué no surgen fenómenos nuevos…? ¿No se trabaja a nivel de juveniles…? Sí, y los centros de entrenamiento son cada vez mejores, los profesores también. La razón deberemos buscarla en un hecho cultural, de esta época: estamos frente a una juventud cibernética, enganchada las veinticuatro horas con el WhatsApp, las redes sociales, la tableta, el youtuberismo. Y el sedentarismo. Una era donde es más importante tener conexión a Internet que una pelota, con cientos de millones de chicos que están recostados en su cama o en un sillón chateando o con los videojuegos. Estos jóvenes digitales son más cómodos. No es una juventud de a pie, de campito, de potrero, de donde antes surgían los cracks. Uno se pasaba horas y horas en la canchita. Allí, en el libre albedrío, dándole y dándole se pulía la técnica y aparecían los prodigios. La pasión los iba formando. La madre debía sacarlos de una oreja del partidito en la calle o en el hueco.

Eso no existe más. Ahora son jugadores de academia, que es un negocio como cualquier otro, se cobra por adiestrar. Les hacen correr alrededor de la cancha, unos tiritos al arco y jugar un picado, pero en general son incubadoras, producen jugadores de laboratorio, robotitos sin creatividad. No obstante, la falta de espacios libres en las ciudades hace de las academias un lugar necesario para que los niños hagan allí el jardín de infantes futbolístico y puedan pasar luego, si muestran condiciones, a un club federado. Debemos asumirlo: hoy hay más aspirantes a youtubers que a futbolistas.

Otra razón que conspira contra la aparición de figuras es el dinero en exceso que sobrevuela el fútbol. Muchos juveniles del Barcelona “B” ya son potentados sin haber debutado en Primera. Desde la novena división tienen representante y empiezan a recibir retribuciones: primero ropa y botines, luego el agente les da un auto para ir a entrenar y, a quienes muestran cualidades, desde los quince o dieciséis años, contrato. Trincao (21 años), el joven portugués del Barça, aún no había podido lanzar un centro y ya presumía en redes sociales de su Lamborghini de 274.000 dólares. El dinero en cantidad quema los sueños.

En su libro autobiográfico, Ricardo Bochini cuenta que, al llegar de Italia, donde había marcado su golazo a la Juventus que le dio un título mundial a Independiente, una multitud los fue a esperar, los trasladaron desde el aeropuerto en caravana, recibieron todo tipo de homenajes, los reportearon los diarios, las radios, la televisión, recibió miles de palmadas y abrazos. Al caer la noche estaba exhausto; la realidad le recordó que no tenía ni auto ni casa: alguien lo acercó hasta la pensión del club. Vivía debajo de la tribuna, junto a otros diecinueve muchachos, en un gran espacio compartido donde tenía un armarito y una cama. Sus compañeros de ilusiones lo recibieron como a un héroe. Pasada la efusividad, se desplomó sobre el colchón flaco a soñar glorias nuevas. Estaba feliz, le habían dado 200 dólares a cada uno por ganarle a la Juve. Iría a su pueblo y le compraría algunas cosas a su familia. Si seguía brillando habría más recompensas, quien sabe hasta comprar una casa grande para sus padres y sus ocho hermanos.

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