viernes 24 jun 2022 | Actualizado a 23:27

Mente de acero, piernas de cristal

/ 18 de abril de 2021 / 20:12

Todo comenzó en un ordinario compromiso de liga frente al Groningen de visita. El Ajax ni siquiera peleaba la punta. En realidad, sí tenía algo de especial: su hermano Stanley, que llevaba un tiempo viviendo en Canadá, de pronto se enteró que Marco se había convertido en futbolista profesional. Y que al parecer era bueno. Había vuelto a Holanda para verlo y estaba en la tribuna junto a su padre. Él quería demostrar. “Esos partidos no te los regalan, hay que ganarlos a pulso”, dice Marco. Y sigue: “Perdí una pelota en mediocampo y entonces hice esa entrada en nuestra propia mitad, junto a la línea de banda, contra Edwin Olde Riekerink. Le entré con fuerza. Estaba irritado. Enseguida noté dolor en el tobillo derecho. Normalmente uno piensa ‘uf’ y luego sigue, pero el dolor no se iba. Tuve que abandonar el campo al cabo de media hora. No era algo que me sucediera a menudo, apenas me lesionaba”.

Fue el 7 de diciembre de 1986. Marco Van Basten no olvidará nunca ese domingo por la tarde en el estadio Oosterpark. Estaba estrenando sus 22 años y ya era triple goleador de la Primera División de Holanda. Sin embargo, en ese tonto e imprudente cruce a los pies de Riekerink se iniciaba un martirio que marcaría toda su trayectoria, incluso su vida. La gloria que aún le esperaba estaría atravesada siempre por un persistente y maldito dolor que acabaría retirándolo del fútbol con apenas 28 años, estando en la cima y con muchos más goles y triunfos por delante. Allí empezó un largo calvario de tratamientos, operaciones, rehabilitaciones, fracasos, experimentos, consultas, siempre conviviendo con el dolor.

Aquella misma tarde fue con el médico del Ajax a hacerse una radiografía porque sentía demasiado dolor, pero le dijeron que no era nada especial, que esperara un poco. Casualmente, una semana después lo operarían del otro tobillo, el izquierdo. Ya llevaba todo ese año ‘86 con molestias en ese tobillo, pero su drama sería el otro.

Marco Van Basten fue, después de Joahn Cruyff, el más grande futbolista holandés de la historia. No es poco tratándose de un fútbol que ha dado tantos cracks. Tres veces Balón de Oro, ganador de 6 ligas (3 con Ajax y 3 con Milan), 2 Champions y una decena de títulos más, máximo goleador en seis ocasiones -4 en Holanda, 2 en Italia-. Y todo lo consiguió sin estar en la plenitud física. Los aficionados del mundo nos dimos cuenta del fenomenal jugador que era en aquella final de la Eurocopa de 1988 frente a Unión Soviética cuando tomó un centro largo y alto así como venía, de volea, y en el aire sacó una bomba que se incrustó en lo alto del arco de Rinat Dasayev, aquel notable arquero ruso que admiramos en el Sevilla. No es normal ver un gol así, con tal potencia, dirección y desde un ángulo sesgadísimo. Era incluso osado rematar desde ahí. “¿Y éste quién es…?”, pensó el mundo. Era un individuo que jugaba con cara de enojado, serio, pero con una elegancia desusada para un número 9. Estábamos demasiado habituados a ver el típico centrodelantero de fuerza, oportuno, rebotero, incluso troncón. Y este era un superclase total.

Cuando todos los grandes clubes quisieron reparar en él, ya estaba en el Milan, que se había anticipado, y lo pagó a precio de saldo: 2,5 millones de dólares. Van Basten era Haaland + Mbappé + Benzema. Con una mente superior a la de los tres. Pero la fortaleza que le sobraba arriba le escaseaba abajo. En noviembre pasado lanzó su libro.

“Siento que es un buen momento para contar mi historia. La historia que jamás he contado. No tendré piedad de nadie. Y menos aún de mí mismo”. Así arranca Marco Van Basten en el prólogo de su imperdible autobiografía, titulada Basta en su holandés original, Frágil en español, una de las maravillosas lecturas futboleras que cada tanto nos pone al alcance Roca Editorial a través de su sello Córner. Otras han sido Puskas sobre Puskas, Cómo leer el fútbol (Ruud Gullit), Liderazgo (Alex Ferguson), que también hemos disfrutado.

Marco se describe a sí mismo casi como un tipo hosco, de pocas pulgas, casi inamistoso. “Los periodistas, los fans, los focos y la admiración, todo me parecía exagerado, una carga, incluso me molestaba… Todo eso me apartaba de mi objetivo: ser el mejor. Y con ello me refiero a ser el mejor de todos, del mundo. Dejé todo a un lado para alcanzar esa meta y me pasé… me dejé llevar por un ansia ciega, derribando lo que se interpusiera en mi camino”.

Cuenta que su gran amigo Johan Cruyff, a quien le tocó reemplazar en el Ajax, era su técnico en 1986 y necesitaba mostrar resultados. “El PSV era una máquina y ya no podíamos pelearle el campeonato, así que nos centramos en la Recopa de Europa, donde teníamos buenas posibilidades. Johan estaba obsesionado con eso”, cuenta Marco hoy, a los 56 años. En un momento es como que Cruyff no le creía lo de los dolores. Le pidió una reunión personal y le dijo que, si no quería entrenar, que no lo hiciera, si no quería jugar, lo mismo. “Descansa, recupérate, pero te pido algo, y quiero ser muy claro: tienes que ganar la Recopa para nosotros. Y si no la ganas, te mato”.

La final fue en mayo de 1987 ante el Lokomotive Leipzig en el Estadio Olímpico de Atenas. Ajax ganó 1 a 0 con gol de Van Basten. “Antes del partido me paré frente a un espejo y me dije: olvídate del tobillo, esta noche tienes que hacerlo”. Ya estaba vendido al Milan. La primera temporada en Italia fue prácticamente en blanco, casi no jugó por el tobillo, pero el Milan lo respaldó y escondió el tema porque decir que había fichado un jugador lesionado era muy mala propaganda. Y antes de final de año, cuando ya no daba más, lo llevaron con el doctor René Marti, suizo, número uno de tobillos en Europa. El diagnóstico fue cruento: “No tiene buena pinta, seguramente llevas un año jugando con los ligamentos del tobillo rotos. Lo que encontrado es una carnicería, el daño es irreparable”.

Tenía 23 años y era un cinco estrellas. Siguió por su juventud, por sus ganas. Nunca estuvo al cien por cien. Pese a todo, construyó un idilio mutuo con el Milan e hizo una carrera fantástica. Hasta que no pudo más. Durante mucho tiempo no podía siquiera pisar. De madrugada se bajaba de la cama con los brazos e iba arrastrándose hasta el baño para hacer pis. Usó muletas, un aparato especial ruso para no pisar con el pie derecho, todo. El Milan le había renovado por tres años, era un gran contrato, pero pasó los primeros dos sin jugar y le pagaban puntualmente. “De vergüenza dije punto, terminemos aquí, me retiro”. Berlusconi fue extraordinario con él, lo alaba repetidamente.

El 18 de agosto de 1995, después de intentarlo todo para volver sin éxito, el Milan (Marco lo ama, lo llama “mi casa”) le brindó su partido homenaje. Pudo dar la vuelta olímpica caminando y saludar a los hinchas que colmaron San Siro para ovacionarlo. “No quiero esto -pensaba -. No ahora. Me queda aún tanto por dar, tantos goles por mostrar al mundo… Esto no era más que el principio. Quiero echarme a llorar, pero me obligo a estar controlado. El fútbol es mi vida. Hoy he perdido mi vida. He muerto como futbolista. Hoy asisto a mi propio funeral”.

Tenía para otros diez años de fútbol, pero no podía más. Y el título de su libro resume su drama: Basta.

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Desconsuelo nacional en Perú

La Selección era el chiche adorado de la población y se estrelló contra el piso

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 19 de junio de 2022 / 18:32

Lima es un cementerio”, nos dice gráficamente Freddy Lazo, un león de micrófono. Y sigue: “Caló muy hondo esta eliminación. De cada cien peruanos, noventa y seis aseguraban que Perú estaría en el Mundial. Hubo exceso de triunfalismo”. Y sobre Ricardo Gareca: “El 95% de la gente quiere que se quede, la prensa está dividida, un 60% pide que siga, un 40% opina que ya cumplió su ciclo, que su imagen con los jugadores y dirigentes está desgastada”. ¿La imagen de Gareca desgastada con los dirigentes…? Vaya… esa sí que es Mundial.

“Es como si hubieran apagado al país, como si lo hubieran desconectado”, grafica Miguel Villegas, editor de Deportes de El Comercio. “Sobre todo se apagó la sonrisa, ese regalo que nos había hecho la Selección. Este equipo tapaba tantas cosas que pasan en el país…”
“Perú es un velorio, se respira un ánimo sombrío en la patria, una tristeza nacional. Ni ruido hay… La gente lo toma como que se va Gareca, que se acabó un ciclo brillante y que tardaremos otra vez treinta y seis años en volver a un Mundial”, dice el colega y amigo Ricardo Montoya.

Continúa: “Conseguir un gran director técnico es muy difícil. Conseguir uno que además tenga la clase de Ricardo, casi imposible. Y no hay recambio de jugadores. El fútbol representaba la única alegría del país, ahora ni eso”. No para, sigue su dolorido monólogo: “Gareca nos devolvió la identidad de juego, nos hizo ser competitivos, fuimos a un Mundial, llegamos a una final de Copa América, en otra salimos terceros y en una más, cuartos; le cortamos la racha a Chile ganándole 3 a 0, descubrió jugadores donde no había…. Hizo mucho”.
“La gran depresión”, tituló el prestigioso medio deportivo Dechalaca.com. Y amplió: “El drama de todo un país por no decir presente en la Copa del Mundo se mantiene latente y llevará tiempo superarlo”.

Un aroma fúnebre cubre desde hace días el cielo de la nación inca. Es curioso: en todos los periódicos del mundo, cuando uno va a secciones, aparecen por orden de importancia más o menos así: últimas noticias, opinión, política, economía, mundo, ciudad, cultura… Deportes marcha octavo o noveno con dos vueltas menos, pero sucede que, por lo general, ningún acontecimiento impacta a la población como la suerte de su selección de fútbol. Nada convoca más, nada alegra o entristece ni siquiera un diez por ciento de lo que ese fenómeno vinculado al sentido de pertenencia. Y esto se da en todas las capas sociales. Ninguna otra actividad es capaz de llevar cuarenta mil ciudadanos a Rusia o veinte mil a Qatar. En bonanza o en crisis. Es la fuerza arrasadora de este juego-pasión.

La Selección (con mayúscula) era el chiche adorado de la población y se estrelló contra el piso, saltó en mil pedazos. En Colombia y Chile causó frustración la eliminación, pero ni comparar. Ambas selecciones ya venían mal y se veía posible la extremaunción. En cambio, Perú elevó las ilusiones a la estratósfera. Y cuando había que asomar, el equipo asomaba. Encima le tocaba el repechaje con Australia, que en su grupo de Asia venía de empatar 2 a 2 con Omán y de perder 2-0 con Japón (en Sidney) y 1-0 con Arabia Saudita. O sea, ¿qué era Australia…? Aparentemente nada según la prensa y el ambiente. Se juntó todo: la euforia, el aferrarse a esa soga hermosa que era la Selección, la idea de ir a copar de nuevo el Mundial —esta vez en Qatar— con cuarenta o cincuenta mil peruanos, la subestimación del rival, la seguridad absoluta de clasificar… Y un penal rompió todo. ¿Por qué, Señor…? ¿Por qué a nosotros…? ¿No se puede volver el tiempo atrás, retroceder esta película y que patee otro…? ¿O que el mismo Valera la tire a la izquierda de Redmayne…?

No, imposible, el sueño mundialista ya está en manos de Dios. Lo peor es que no se puede culpar ni al referí, a nadie.

¿Qué fue lo que pasó…? ¿Se equivocó Gareca…? ¿Por qué remató Valera, un muchacho con un puñadito de minutos en selección y dos veteranos como Trauco y Zambrano… ¿se borraron? La responsabilidad del técnico queda a salvo en tanto el planteo y los nombres —excepto Yotún, lesionado— fueron los mismos. Pasó que los jugadores no respondieron. Son héroes de batallas anteriores, pero en Doha no dieron nada. Hubo un apagón general. Justo el día que más se necesitaba. Acaso el Oreja Flores roza el 7, Zambrano y Callens el 6, Gallese también, porque no le patearon casi, pero después tapó un penal. El resto no pasa de cinco. Con suerte. Y, lo más relevante, no existió el triángulo virtuoso de este equipo, la usina de fútbol, que es Yotún-Carrillo-Cueva. Un triángulo invertido cuya base es Yotún.

Como en la historia del Titanic, el drama se fue dando silenciosamente. Primero no estuvo Ruidíaz, luego llegó al repechaje Australia y no Emiratos, que era más conveniente, por último, la lesión de Yotún y, revolviendo todo ese estofado, el exitismo. Fatal. Sin Yotún, que es la brújula, la inspiración quedaba a cargo de los otros vértices del triángulo. Carrillo, seguramente sin haber alcanzado su mejor ritmo de competencia, no aportó ninguna luz. Y a Cueva le bajaron la palanca, estuvo a oscuras. No hubo una pizca de fútbol, ni unas gotas de creatividad. Porque a Australia no se le ganaba corriendo, sino jugando. Los únicos arrestos de sobrevivencia los puso Édison Flores porque tiene clarísimo que el fútbol es con arcos y, donde puede apoyar el empeine sobre la bola, saca el fusil. Esté donde esté.

Los creativos de un equipo son el motor del auto, si ellos no funcionan la carrocería no se mueve. Y no se movió. A veces aparece un cabezazo salvador, un bombazo de afuera del área, un rebote afortunado. Esta vez no se dio nada. Y en los penales surgió ese arquero inopinado, enorme, con su barba de pastor protestante o de leñador noruego que se movía insistentemente, inquietantemente. Era el fantasma de la película. Buscaba confundir. Y confundió. Indujo al error. El DT australiano Graham Arnold tenía esa carta en la manga y la jugó en el minuto 120. Bien jugado, está en el Mundial.

Arnold pensó igual que Marcello Lippi en el Mundial 2006: Francia tiene el 70% de posibilidades de ganar y nosotros el 30. Pero si llegamos a los penales estamos 50 y 50. Así ganó Italia. ¿Y Gareca, qué…? El Flaco ya está más allá del bien y del mal en Perú. Imposible cuestionarlo. Haciendo una retrospectiva histórica: ¿Es mejor que Didí…? ¿Mejor que Tim…? ¿Más que los dos juntos…? Difícil responder esas preguntas, que parecen irrespetuosas, pero tienen su base de lógica. Pocas veces la obra de un técnico emerge tan nítidamente en un proceso futbolístico. Cuando pase el tiempo, el trabajo de Gareca en Perú quedará grabado en mármol. Él generó ese estado de euforia colectiva, de felicidad nacional.

¿Cómo culparlo de algo…? Sin grandes elementos hizo de Perú un relojito que siempre daba la hora exacta. Hasta que un día se paró. Fin.

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La opinión del señor Mbappé

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 12 de junio de 2022 / 20:21

Dijo Mbappé: «Argentina y Brasil no juegan partidos de mucho nivel para llegar al Mundial. El fútbol no está tan avanzado como en Europa». Y despertó el indio que llevamos dentro los sudamericanos. César Luis Menotti, cabreado, le respondió: “Que Mbappé venga a jugar a Chacarita. Que vaya a San Martín (N. del A.: donde está la cancha de Chaca, equipo de la segunda categoría argentina con fama de bravo). Nosotros hemos invadido los grandes tesoros del fútbol de Europa”. Y dio en un clavo: a fines de los años ’30, escapando del franquismo, una generación dorada de futbolistas vascos salió de España y formó la Selección Vasca que realizó una recordada gira por América. Varios se radicaron en México y otros en la Argentina. Quizás sus dos mejores intérpretes recalaron en San Lorenzo de Almagro y fueron ídolos: Ángel Zubieta, defensa de clase y capitán azulgrana por doce años, e Isidro Lángara, fantástico goleador que arribó a Buenos Aires un domingo por la mañana. Es un caso célebre: bajó del barco, lo llevaron a un hotel y de allí al estadio del Ciclón, que esa tarde jugaba contra River. Le preguntaron si se animaba a jugar y dijo que estaba presto. El suyo fue el debut más estruendoso de que se tenga noticia: San Lorenzo pisó a River: 4 a 0 con cuatro goles de Lángara. Lo sacaron en andas.

Pero fuera de esos dos casos, no se recuerdan otros talentos europeos que hayan hecho historia en el fútbol sudamericano. Podría agregarse a Sekularac, crack yugoslavo que causó sensación en Colombia a fines de los ’60. No obstante, apenas un puñadito de ellos jugó aquí. Sin embargo, miles de cracks de nuestro continente invadieron Europa desde 1910, cuando arribaron los primeros argentinos a Italia y, desde entonces, son la fruta más codiciada de los clubes del Viejo Continente. En 1934, Italia ganó su primer título mundial con el aporte de cuatro argentinos (Orsi, Monti, Guaita y Demaría) y un brasileño (Guarisi). Ni falta hace enumerar lo que representaron en aquello lares Di Stéfano, Sívori, Kempes, Maradona, Batistuta, Messi, Schiaffino, Forlan, Suárez, Cavani, Falcao, Ronaldo, Ronaldinho, Romario, Rivaldo, Neymar y centenares más.

Ellos nos enseñaron las reglas hace ciento cincuenta años, nosotros les mostramos cómo era la técnica a partir de 1924, cuando Uruguay se coronó campeón olímpico deslumbrando al público parisino. Seguramente, Mbappé no hizo su declaración con mala fe, aunque es necesario remarcar que demerita por desconocimiento. Los cuatro ases del olimpo son de acá: Di Stéfano, Pelé, Maradona y Messi.

Por lejanía, el atacante francés tal vez no sabe lo que es una Eliminatoria Sudamericana, jugar en la altura de La Paz, en el húmedo sopor de Barranquilla, ignora lo que es ser visitante en La Bombonera, enfrentar el biotipo físico ecuatoriano en Quito, tener que vérselas seguido contra Brasil en Río o San Pablo, toparse con los uruguayos…

Para ilustrarlo a Kylian: Argentina y Brasil se midieron 110 veces desde 1914. Francia apenas tuvo enfrente 16 veces a la Verdeamarilla. ¿dónde está lo fácil…? Francia pierde en los historiales con Brasil y con Argentina. O sea, está debajo de quienes considera inferiores. Sin contar con que Francia es una neopotencia. Hasta la aparición de Platini y hasta que decidió convertirse en multicultural y nacionalizar extranjeros, la selección francesa no protagonizaba, hacía número nomás. Era una Bélgica, una Hungría.

Un buen ejemplo es el de Cristiano Ronaldo y Messi. Cristiano marcó 117 goles a nivel de selecciones, Leo 86, aunque con 26 partidos menos. Pero, ¿cuántos goles tendría Messi si defendiera a una selección europea…? La UEFA tiene 55 miembros, siete de ellos poseen selecciones poderosas, como Alemania, Italia, España, Francia, Inglaterra, Holanda, Portugal. Luego viene un segundo estrato de considerable fortaleza: Bélgica, Dinamarca, Croacia, Suecia, Serbia, Suiza, Polonia, Escocia, Rusia, República Checa, Austria, Hungría. En un tercer lote ubicaríamos a Noruega, Rumania, Grecia, Ucrania, las Irlandas, Turquía, Islandia, Eslovenia, Macedonia del Norte. Y detrás se apelotona una veintena a las que podríamos definir como simpáticas o entusiastas, caso Gibraltar, San Marino, Chipre, Malta, Luxemburgo, Lichtenstein, Islas Feroe, Andorra, Albania, Montenegro, Kosovo, Estonia, Armenia, Azerbaiyán, Letonia, Lituania, Moldavia, Kazajistán, Georgia, Bielorrusia.

Si Messi le hace cinco goles a Venezuela, “no jugó contra nadie”, si Cristiano Ronaldo le marca cinco a Chipre, “es un animal competitivo”. La diferencia es la óptica, la fuerza política y mediática, el prisma eurocentrista. Además, Cristiano tiene a disposición decenas de enfrentamientos contra esos rivales del cuarto escalón. Porque además en Europa hay más partidos: Eurocopa, clasificatorias de Eurocopa, Mundiales, clasificatorias de Mundiales, Liga de Naciones. Y la UEFA arma las Eliminatorias de modo tal que faciliten la clasificación de los grandes. Un ejemplo: en el reciente Premundial, a Inglaterra le tocó con Polonia, Albania, Hungría, Andorra y San Marino. El primero va directo al Mundial, más sencillo, imposible. En ese grupo, a diez partidos, Messi podría anotar veinte goles, sin despeinarse. Frente a esos adversarios, Argentina y Brasil posiblemente ganarían los diez juegos y marcarían 40 ó 50 goles.

Hay, sí, una realidad, las cosas han cambiado radicalmente en los últimos veinte años. Hasta 2002, en los duelos directos entre europeos y sudamericanos por Mundiales, América del Sur ganaba 16 a 9. Alemania 2006 fue una bisagra; desde allí en adelante se impone Europa 15 a 4. También ha bajado la cantidad de estrellas que se exportan desde aquí hacia allá. Y los títulos, que desde ese 2006 han ido a parar a manos de la UEFA. Pero eso puede cambiar en Catar 2020. Brasil y Argentina, incluso Uruguay, mejoraron y lucen fuertes, podrían dar el zarpazo de nuevo. Tienen tradición, buenos planteles, entrenadores actualizados y capaces, sus asociaciones están organizadas y casi todas sus figuras son triunfadoras en los mejores clubes de Europa. El delantero del PSG ubicó a las dos mayores potencias sudamericanas por debajo de las europeas, sin embargo, no hay ningún ítem en el cual pueda aseverarse que Francia, Alemania, España, Portugal, Inglaterra u Holanda estén por encima de nuestros colosos del Atlántico. Si ganan aquellos es porque tuvieron una mejor tarde, un día más inspirado, no porque deban considerarse superiores.

Mbappé hizo su particular evaluación el 24 de mayo, siete días después se midieron en Londres los campeones de Europa y Sudamérica: Argentina venció 3 a 0 con un baile memorable. Sobre todo, con una calidad que debe haber deslumbrado al propio Mbappé. Inmediatamente después, por la Liga de Naciones, Italia empató con Alemania 1-1 y venció 2-1 a Hungría, que venía de derrotar a Inglaterra 1 a 0.

Mbappé tiene 23 años, vio poco fútbol y juega mejor de lo que opina.

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El fútbol que le gusta a la gente

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 5 de junio de 2022 / 18:26

“Hay una degeneración del gusto”, se queja Ángel Cappa, refiriéndose al aspecto estético del fútbol. Cierto. Repasando las redes sociales, que han permitido pulsar el sentir del hincha, especialmente del hincha joven, se advierte un desprecio evidente por la belleza. Es generacional: agrada lo tosco, lo defensivo, hasta lo bruto. Si un zaguero pega y comete todo tipo de tropelías, genera idolatría: “A mí dámelo siempre”. Beckenbauer o Bobby Moore, que eran limpios y elegantes para defender, tuvieron suerte de actuar en los ’60, en esta época hubiesen sido tratados de cándidos. Si gana el que propone jugar (ejemplo, Guardiola), se lo demerita hasta el límite de lo posible. “Gana torneítos”, “Es por la chequera”, “Que mire a Mourinho”. Gusta el vivo de la cuadra. Inteligente es el que juega mal, pero gana. La Biblia es el resultado.

Sin embargo, todo ese edificio de pensamiento se viene abajo cuando vemos un espectáculo como el Argentina 3 – Italia 0, que en rigor debió ser seis o siete a cero. Un recital que reivindicó al juego sudamericano, a su ancestral forma de sentirlo. Nuestra pasión por el fútbol deviene del sentido artístico que siempre le dieron los jugadores nacidos en este continente. No se trata de ser dogmático, hay diversas maneras de jugar bien; la fuerza, la potencia, la bravura son también una forma de belleza. Saber defender, tener un buen plan táctico es indispensable. Y sin presionar no se puede competir actualmente. Pero no hay expresión más sublime que el toque preciso con movilidad, el juego por abajo, el pase inteligente, la triangulación, la gambeta, el engaño, el rapto de inspiración, todo con espíritu colectivo y ofensivo. Y con gol. Porque sin coronar no está completo, es fútbol platónico.

Y los propios detractores del buen fútbol lo saben. Ejemplo claro es el hincha de Boca: confiesa su adoración por el empuje, la entrega, el sudor, pero ubica en su pedestal a Riquelme, Maradona y Rojitas, tres exquisitos. En el alma del hincha no hay sitio para picapiedras. O sea, el valor estético está por encima de todo. El zaguero más amado por la Número Doce fue Julio Meléndez, un peruano que te quitaba la pelota como quien te roba la billetera en el subterráneo, sin que te enteres. El ídolo más grande de Estudiantes de La Plata en sus 117 años de existencia no es alguien que hacía piquetes de ojos, que demoraba el juego o pinchaba con alfileres, es Juan Ramón Verón, un genio que jugaba en puntas de pie y enhebraba gambetas colosales.

Pasa en todos lados. En Uruguay se enarbola la garra, que es seductora, por cierto, pero la garra sola no llena estadios, los llenan los Ruben Paz, los Francescoli, los Recoba, los Suárez, Forlan y Cavani, todos esos gigantes del diminuto país oriental. El ícono de Colombia es el Pibe Valderrama, el de Bolivia, Etcheverry, el de Perú, Sotil, Cubillas, Paolo Guerrero… Nadie inmortaliza a un pegapatadas. La encuesta más seria realizada en el periodismo deportivo brasileño (por la revista Placar) sobre el técnico más querido del fútbol btasileño arrojó ganador -por demolición- a Telé Santana. No ganó ninguno de los cinco títulos mundiales de Brasil, a la gente no le importó. Telé era la generosidad total, les daba show de bola, mandaba el equipo al frente y a jugar. Los hacía sentir orgullosos de ser brasileños. A propósito: ¿Qué es “jugar al fútbol”…? Todos lo saben.

Hay, también, una manera argentina de jugar al fútbol. No siempre se da. O más bien, muy de tanto en tanto. Pero la hay. Intento recordar una Selección Argentina fuerte, bella y contundente y debe uno remitirse muy atrás en el tiempo, a la versión Basile.2, aquella de la Copa América 1991 o del Mundial 1994. Reunía la tres G del fútbol: ganaba, goleaba y gustaba. No obstante, esta del miércoles ante Italia ha alcanzado la más brillante interpretación de lo que en la Argentina se denomina “el gran fútbol argentino”, o ”el fútbol que le gusta a la gente”. O sea: pelota a ras del piso, altísima condición técnica para manejarla, toque, dinámica, personalidad para sostener la posesión, vocación ofensiva, contundencia, presión de marca para recuperar y firmeza para defender, juego colectivo e individualidades. Todo aderezado con energía.

”El fútbol que le gusta a la gente” no se dio muchas veces, porque semeja a encontrar un filón de oro en la montaña. Seguramente se vio en los años ’40 (nos lo contaron los mayores), luego en los ’70 y un poco en los ’90. Pero existe ese estilo. Y, cuando se da, disfrutamos en grande. Eso es etiqueta negra, doce años de añejamiento, el elixir de este juego, su máxima expresión. La satisfacción fue doble porque el baño de fútbol Argentina se lo dio a Italia, consagrado campeón de Europa hace apenas diez meses y que llegaba con sólo 2 derrotas en sus últimos 44 partidos (porque ahora resulta que Italia no es nada). Qué esté en el Mundial o no es un detalle, en el Mundial estarán Túnez, Irán, Canadá, Ghana, tal vez Nueva Zelanda o Australia y otros que no son más que Italia. Y porque fue en Wembley, con los ojos del mundo viendo el festival. Para recuperar respeto y prestigio. Si me dieran a elegir entre que Argentina juegue siempre así o que gane el Mundial jugando mal, elijo la primera opción, sin la menor duda.

Exactamente siete días antes del baile argentino sobre la Azzurra, Kilyan Mbappé había declarado: «Argentina y Brasil no juegan partidos de mucho nivel para llegar al Mundial. El fútbol no está tan avanzado como en Europa». Le patinó el embrague. Tal vez piense que el fútbol empezó ayer. Pero Brasil y Argentina están, de nuevo, a la par de los europeos, en condiciones de traer gloria de vuelta a Sudamérica. Ojalá pueda sumarse Uruguay a este tren de reivindicación. Desde luego, nadie puede garantizar que ganen el Mundial o mantengan su nivel de juego dentro de cinco meses y medio, pero jugando así hay mayor ilusión de que puedan hacerlo.

El Mundial es el torneo de mayor repercusión y entrega un reconocimiento eterno a quien lo gana, aunque está sobreestimado su nivel futbolístico. Sin ir demasiado lejos, el último lo ganó Francia, un correcto equipo del que no se ocuparán demasiado los libros de historia y al que no le cantarán los poetas.

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‘Al campeón no se lo discute’

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 29 de mayo de 2022 / 22:41

“Al campeón no se lo discute”, sugería don Américo Barrios, ilustre director del diario Crónica durante décadas. Habían mandado un cronista a Montevideo a cubrir la final Racing-Celtic. Ganó Racing, pero al joven no le agradó y mandó la nota diciendo lo que vio: que Racing lo había molido a patadas al equipo escocés. Le cambiaron el comentario y cuando, encolerizado, preguntó por qué, don Américo le respondió aquello. “El campeón siempre es el mejor”, proclama un axioma futbolero. Y queremos ajustarnos a ambos preceptos, pero cuesta. El Real Madrid es otra vez campeón de Europa… sin ser el mejor de Europa. Como en todos sus cruces anteriores, fue menos futbolísticamente que su rival y se las ingenió para superarlo. El arquero rival nunca tocó la pelota por remates madridistas, y el propio fue el héroe de la tarde parisina. Tuvo menos la pelota y no generó situaciones de riesgo, pero supo hacer un gol y defenderlo. Con alma, con determinación, con suerte, con aguante, con lo que marca ese escudo glorioso y con algunas actuaciones sensacionales como la del portero belga Thibaut Courtois, hoy el verdadero número uno del universo, que ha sido la estrella de esta Champions junto a Benzema.

El Madrid de los milagros enhebra su decimocuarta Copa de Europa cuando, a comienzos del torneo, nadie daba nada por su suerte. Manchester City, Liverpool, Bayern Munich, Paris Saint Germain, el mismo Chelsea, muchos prometían acariciar la corona antes que el equipo blanco, pero otra vez la mística y el corazón madridista pudieron más que el fútbol mejor elaborado de los adversarios. Y aunque el Liverpool haya llegado en proporción de diez a uno al arco contrario, cuesta decir que no es un buen campeón. Gana por grandeza, por el respeto temible que esa camiseta impone, por la confianza extrema de sus jugadores que, pase lo que pase, se sienten seguros de salir adelante vencedores. Y así fue una vez más. 

El machacar incesante del Liverpool durante al menos 75 minutos encumbró a varios hombres blancos a un altar: Courtois, dijimos, con al menos una docena de intervenciones notables, salvadoras, providenciales. Saca las que van adentro. Carvajal se tragó la cancha, el mejor valor de campo del campeón. Como lateral, un guardián impasable, se comió a Luis Díaz y tuvo una participación decisiva en el arranque de la jugada del gol de Vinicius, pero luego fue un titán defendiendo, hasta de arriba, siendo que es de corta estatura. Monstruosa actuación la suya. El uruguayo Valverde, con su tranco largo y criterioso y su afable relación con la pelota. Esta vez fue el mejor del cuadrado mágico del mediocampo y fabricó el gol haciendo un pase cruzado completamente inesperado para la defensa liverpooliana. Pase que empujó al gol y a la historia Vinicius, otro que, sin brillar, aportó su proverbial entusiasmo. Mención especial para Militão, fantástico zaguero brasileño, físicamente fabuloso por velocidad, energía, elasticidad. Y con la determinación de los grandes defensas de todos los tiempos. Siempre aparece su pierna para cortar el disparo de gol del adversario. Indispensable para un equipo que se defiende tanto.

El grado de implicación y entrega de los jugadores del Real Madrid es memorable, lo que habla maravillas de su entrenador Carlo Ancelotti, quien embolsa su cuarta Copa de Europa. Ancelotti es demeritado a través de un elogio: “Maneja bien el vestuario”, dicen. Como si no fuese una virtud y no tuviese una táctica o no trabajara. Sus equipos ganan porque elige a los mejores once, los para en el lugar adecuado y exprime lo mejor de cada uno. O sea, la función esencial del técnico. Aparte, reveló inteligencia: puso a Valverde bien pegado a la raya derecha y anuló a esa fiera que es Andy Robertson, el cual sube cien veces por partido y es un arma letal para Klopp.

Fue una final vibrante, hermosa. Los partidos no pueden terminar todos 5 a 4. La tensión también es belleza. Este es el máximo partido que el fútbol mundial puede ofrecer hoy. No hay más que esto. Cualquiera sea la final del Mundial en Catar el 18 de diciembre, no podrá igualar este nivel de prestación individual ni colectivo. Liverpool y Real Madrid tienen veinte internacionales cada uno, que en fechas FIFA representan a diferentes selecciones, pero ninguna selección posee veinte jugadores en el Madrid o en el Liverpool. Y ningún equipo nacional puede llegar a una definición con el grado de preparación de estos equipos, que llevan años de ensayos y entendimiento. Por eso, para muchos analistas, si bien la Copa del Mundo otorga un reconocimiento eterno, la Champions la supera en calidad futbolística. Son partidos que no toleran equivocaciones. Si no, que lo diga Donnarumma…

Liverpool llegó a la final con números superiores: 86,11% de rendimiento en Champions frente a al 66,67% del Madrid, con más victorias (10 a 8), una sola derrota contra cuatro, más goles a favor, menos en contra. Aunque el camino del club blanco fue más difícil: debió dejar atrás al PSG, el Chelsea y el Manchester City, tres posibles finalistas. Por ello no entendimos el alto favoritismo del equipo inglés en las casas de apuestas europeas, que daban en promedio 1,57 euros por un triunfo Red contra 2,40 por uno del madrileño.

En cambio el desarrollo del juego y el superior funcionamiento de los de Klopp sí justificó luego la amplia diferencia en las apuestas. Sólo hubo un lapso, los últimos quince minutos del primer tiempo, en que amainó la presión y la tenencia del Liverpool y tuvo mayor incidencia el mediocampo español, siempre liderado por la sabiduría de Modric, ayudado por el tranco largo de Valverde, las subidas de Carvajal y el peligro que genera Benzema. Pelota que toca el 9 francés siembra el pánico entre los rivales, pese a que esta vez no lució como en otras noches triunfales.

Liverpool más seguro con la pelota y dominando claramente, buscando los huecos por donde filtrar el pase o la internada individual. El Madrid, acostumbrado a tener menos la bola, tranquilo y agazapado, decididamente volcado a la contra, lo que mejor le calza. El dominio tuvo su primera aproximación seria a los 16 minutos: fantástico desborde de Alexander Arnold por derecha, centro bajo, remate de Salah y Courtois que empezaba a ser figura, como es habitual, tapando abajo con esfuerzo. Y a los 20’, cuando la superioridad de los rojos era ostensible, un bombazo de Mané fue conjurado a medias por el arquero belga, el esférico dio en el palo, coqueteó cerca de la raya y le volvió a las manos al uno. Esa sería la tónica que marcaría toda la final.

El insospechado gol madridista (nada lo hacía preveer) llegó al minuto 58 con 12 segundos, en lo que fue la más precisa -y preciosa- maniobra conjunta de los madrileños. Una salida limpia y bien jugada del fondo a cargo de Carvajal, combinó con Casemiro, abrió a la derecha para Valverde, sacó un potente centro cruzado y bajo que superó a toda la defensa inglesa y le cayó servida a Vinicius, que, sin oposición de nadie, la mandó a las mallas. Gol para la eternidad del puntero carioca.

A partir de allí hubo 37 minutos más y el Liverpool agudizó su dominio, se transformó en un vendaval, especialmente por el lado de Salah. El egipcio una vez más no tuvo suerte ante un Real Madrid que se refugió a cuidar el gol, porque sabía que con ese ya estaba. Uno, dos, cinco, ocho ataques con olor a gol en el arco del gigante belga, pero siempre ganó Courtois o apareció una pierna para rebotarla o echarla al córner. También es cierto que le faltaron luces al Liverpool para provocar un mano a mano, un pase-gol o una gambeta decisiva en el área. Debía ser la función consagratoria de Luis Díaz, sin embargo, esta vez no anduvo bien y fue devorado por Carvajal, siendo el primer reemplazado por Klopp. Hubo una actuación deslumbrante del joven Konaté, y también de Alexander Arnold, pero hacía falta talento arriba, un 10 que abriera la lata en un rapto genial. No se puede reprochar nada el Liverpool, cayó dando hasta la última gota de sudor y de sangre. Pero contra el Madrid no alcanza.

Catorce copas de Europa… ¡Qué mérito…! ¡Qué grandeza…! Eso sí que no se discute.

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¡Qué lindo que es el fútbol, pibe…!

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 22 de mayo de 2022 / 18:38

Descarriló la flema británica, se fue al pasto. Al demonio con la prolijidad, la imagen, el decoro y el elegante “producto Premier League”. La emoción no tiene nacionalidad. Y no se puede encorsetar. Menos si se trata de fútbol. Pero no le pueden echar la culpa a nadie, ellos lo inventaron.

Demarai Gray lanzó un preciso —y precioso— centro desde la derecha, Calvert-Lewin literalmente voló para conectarlo y, de cabeza, mandó la pelota a la red. De perder por 2-0 con el Crystal Palace, el Everton pasaba a ganar 3-2 y el estadio, que ya era una olla a presión desde antes del inicio, virtualmente explotó. Las viejas entrañas de Goodison Park, que están ahí firmes desde 1892, temblaron con el peso, los saltos y la furia de 39.000 enloquecidos, desaforados hinchas azules. Pero aguantaron. No había concluido el partido, faltaban aún cinco minutos y el descuento, sin embargo, presas de un desahogo casi feroz, los aficionados presionaban para saltar el campo y los controles de seguridad de camperas amarillas se vieron desbordados por tanto frenesí.

En el griterío y el desbande, algunas docenas de fans se colaron en el campo para ir a abrazar a sus jugadores, una escena inusual en una competencia modélica y glamorosa, cuidada como patrimonio nacional. No obstante, no hubo ni un atisbo de violencia, fue todo alegría. El éxtasis no conoce reglas.

Lo que debía ser un burocrático partido de fin de temporada jugado un jueves laboral para recuperar una fecha atrasada terminó siendo un acontecimiento excepcional, un himno al amor por los colores, un baño de orgullo. “Everton es de Primera y de Primera no se va”, cantaría el pueblo chacaritense.

Hay que explicarlo: Everton, el club más antiguo de Liverpool y fundador de la Liga Inglesa, muestra como un blasón ser el segundo equipo (detrás del Arsenal) con más años continuados en Primera División. Ininterrumpidamente desde 1954. Otros grandes bajaron y subieron después: Liverpool FC (desde 1963), Manchester United (1976), Tottenham (1979), Chelsea (1990) y Manchester City (2002). Están ya un poco borrosos sus años de esplendor, pero habitualmente pendula entre el sexto y el décimo puesto. No nada en abundancia y tampoco pasa necesidades.

Sin embargo, dos cambios de técnicos (se fue Ancelotti, asumió Rafa Benítez, lo sacaron y llegó Frank Lampard para salvar el remate), algunas malas decisiones, muchas lesiones y una pila de derrotas lo pusieron al borde del precipicio. Si perdía el jueves quedaba semicondenado a la “B”, como decimos en estos suburbios. Y en la última fecha le toca con Arsenal en Londres. Para peor, a cinco cuadras de allí, el Liverpool FC festeja todo, está a una semana de poder lograr un cuatriplete histórico: Copa de Liga, Copa Inglesa, Premier y Champions. Daba para cortarse las venas.

Los hinchas, conscientes de la situación límite, acudieron en masa y dieron un recibimiento de campeones a sus once combatientes. Antorchas azules, banderas, cánticos, todo el atronador repertorio para sacudir el desánimo y templar los pechos. Una atmósfera colosal. Pero todas las cartas seguían viniendo mal barajadas. Un tiro libre de Richarlison con olor a gol pegó en la parte de arriba del travesaño y se fue afuera. Por si faltaba algo, en una falta de costado, el Palace abrió el marcador, golpe que amainó el fervor. Y un rato después, una mala salida del siempre impetuoso arquero Pickford, titular de la Selección de Inglaterra, devino en el segundo gol visitante. Everton 0 – Crystal Palace 2. El fantasma de la “B”, ese escarnio que nos aterroriza a los hinchas bien nacidos, comenzó a sobrevolar el cielo de Goodison Park. Así se fue el primer tiempo, ni ganas de comer un choripán en el descanso.

Y el segundo comenzó igual, Everton pugnando por un gol, para ver al menos si era posible la quimera de un empate. Empujando, sin esquema ni orden. Hasta que, a los 54’, el magnífico zaguero Michael Keane acertó un zurdazo desde dentro del área y alteró la chapa: 1-2. El juego había comenzado con un atildado y ofensivo 3-4-3 del Everton y un 4-3-3 del Palace, pero las tácticas duran hasta que los corazones arden, ahí vuelan por el aire. La ilusión por rescatar al menos un punto enloqueció a la gente -toda del Everton-, el estadio se transformó en un tsunami humano y el Everton fue a la batalla con el alma, a pelear a cuchillo limpio, qué 3-4-3 ni relevos ni transiciones ni líneas de pase. Era ir por el empate o dejar el cuero ahí.

Y llegó el bendito gol. En uno de los tantos entreveros en el área, Richarlison le pegó cruzado de zurda y la pelota entró. ¡Entró, sí…! Un milagro y 2 a 2. El festejo fue alocado, gente grande abrazándose, retorciéndose, algunos trastabillando, rompiéndose las cuerdas vocales por una buena causa: el Everton. Ahí ya el juego se hizo anárquico, salvaje, montaraz, y el espectáculo se tornó volcánico y fascinante, absolutamente extraordinario. Los casacas azules siguieron la ofensiva y al minuto 85 Dios dio una demostración cabal de que es hincha del Everton, vino aquel gol celestial de Calvert-Lewin que puso el 3 a 2 y la locura generalizada.

A once mil doscientos kilómetros de Liverpool, sólo, mirándolo en mi computadora, también grité y celebré el gol. Emocionado, llamé a un amigo para preguntarle si lo estaba viendo.

-No, estoy trabajando. ¿Qué hacés un jueves a las cinco de la tarde mirando un partido del Everton…?

Me frenó. No supe qué decir.

-Lo que pasa es que no estaba haciendo nada, puse la tele y…

Mentí, hice la del cartero, que en el día franco sale a caminar un poco. Pero me gané la lotería. No fue un título de campeón, apenas quedará en la memoria colectiva evertoniana como “el día que nos salvamos descenso”. Eso sí: nunca olvidarán esa jornada de felicidad y delirio. Los jugadores ayudaron, sin embargo, la figura de la noche fue la gente, la tribuna lo ganó. “El amor por una camiseta no se elige, se contrae, como las enfermedades y el matrimonio”, decía Roberto Fontanarrosa, el genio rosarino. Tal cual. ¿Los ingleses se darán cuenta del jueguito que inventaron…?

El Liverpool puede ganar la Champions el sábado. Que la gane, el Everton ya está hecho.

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