domingo 13 jun 2021 | Actualizado a 11:19

Brasil, un barco que se aleja

Jorge Barraza, periodista argentino

/ 6 de junio de 2021 / 19:48

Ni la Copa América, ni el Mundial, ni la Libertadores o la Champions, ninguna competencia futbolística alcanza el grado de tensión de la Eliminatoria, el único torneo que no determina un campeón (Bielsa ganó una clasificatoria con 43 puntos, casi una grosería, pero no hubo laureles ni medallas). No otorga títulos, aunque pone en vilo al continente, lo tensa como una cuerda al límite. Es un cofre que se abre y reparte conformidad o decepción, no tiene grises. Y siempre nerviosismo. El Mundial ya es más una fiesta, la Eliminatoria es drama, el miedo de quedarse afuera. Quien no va al Mundial se siente el último de la clase. Luego, allá, aunque se pierda, queda la satisfacción de haber estado. Nada deprime o tranquiliza más que esta carrera agotadora y complicada. Porque la Eliminatoria no regocija, apenas satisface.

Conmebol propone y el Covid dispone. Recién después de siete meses de interrupción por el receso y la pandemia, volvió la clasificatoria. Las fechas de marzo quedaron en blanco y se recuperarán más adelante. Ahora se acometieron las jornadas 7ª. y 8ª. La novedad consistía en que dos selecciones presentarían nuevo entrenador: Reinaldo Rueda, que dirigía a Chile, volvió a Colombia, en tanto el uruguayo Martín Lasarte lo sustituyó en La Roja. A los dos les fue bien, aunque el gran vencedor de la quíntuple jornada de jueves y viernes fue Rueda. Cacheteó a los fantasmas. Reinaldo no vende, tiene cero prensa y a todo lo que dicen opone siempre su fórmula exitosa, la de la doble S: silencio y seriedad. Y la Selección Colombia le respondió justamente siendo un equipo serio, sólido, logrando un triunfo balsámico sobre todo. Lo puso de nuevo en el pelotón, con idénticas posibilidades que los demás. Recién van cinco fechas, falta una vida todavía.

Con esa formalidad inalterable, Rueda se nos antoja el Maestro Tabárez de Colombia, va a tener ochenta años y seguirá dirigiendo; con bastón y todo. Nacieron entrenadores, formadores, conductores de vestuario. Nunca una palabra de más, una promesa vana. Reinaldo puso sobre el césped un once que era superior a Perú en lo previo. Y lo fue después también. Tampoco es que se ganó el partido del siglo. La pelota vasca, donde corre mucha apuesta, tiene una regla de oro: se analiza delantero con delantero y zaguero con zaguero. Si una pareja es más y más, difícilmente pierda. Colombia era más y más en los once puestos del campo. Cuando la superioridad individual es tan marcada, se simplifica la tarea. Y resolvió con solvencia.

 * QUINCE SOBRE QUINCE. En apenas cinco salidas al campo (quedan 13 todavía), la proa de Brasil ya está más cerca del destino que del puerto de partida. En la Eliminatoria anterior, después de un magro y preocupante comienzo con Dunga, Tite tomó el timón y ganó nueve partidos consecutivos, marcando un récord para la competencia, que se disputa desde 1954. Ahora lleva cinco victorias, pero desde el inicio de la carrera. Puede continuar y superar su propia marca. En sus manos, Brasil parece invencible. Inempatable. Tanto que, de 17 juegos por Eliminatorias (entre la anterior y la actual), ganó quince y empató dos. Impresionante 92% de eficacia. En el medio conquistó la Copa América invicto. Y en el Mundial, después de tres triunfos y una igualdad, cayó una sola vez, en cuartos de final ante Bélgica. ¡Una sola derrota oficial en cinco años con Tite…! Las estadísticas no son poéticas, pero estos números encantan. ¿Cómo llamarle a esta maquinaria…?

Descontemos un cupo para Brasil, quedan tres y medio para los nueve competidores restantes. Sin ser la superpotencia de antes, sin deslumbrar con su juego, lejos del jogo bonito, Brasil igual es mucho para sus vecinos del continente. Siempre tiene quince o veinte buenos; si además lo conduce un óptimo entrenador como Tite…

* QUE EL ÁRBOL NO TAPE… El triunfo de Brasil es inobjetable. El sainete del final con el penal y su tardía repetición no pueden desenfocar lo esencial: ganó bien. Ante un duro rival, digno, batallador, pero el resultado es inobjetable. Ecuador no remató al arco. El penal de Neymar, bien o mal repetido, no cambiaba nada. Iba ganando Brasil Y el reloj marcaba 94 minutos.

* POCOS CAMBIOS. El triunfo colombiano es la única modificación de bulto en las posiciones, aunque no es menor. Colombia igualó la línea de Paraguay y Uruguay, los tres con 7 puntos. Mirando la tabla, se advierten otra vez tres segmentos, como en anteriores ocasiones: Brasil y Argentina arriba; Ecuador, Paraguay, Uruguay, Colombia y Chile en un segundo lote, y los tres de abajo: Bolivia, Venezuela y Perú.

* POCA ARGENTINA. La selección albiceleste dio una pálida función ante un Chile sin recambio y sin Vidal, que remató una vez al arco y acertó. El aura de la Generación Dorada, lo que queda de ella -Alexis Sánchez, Aránguiz, Isla, Gary Medel, Claudio Bravo- le restó dos puntos y la llenó de tribulaciones. Fue la presentación más floja de Argentina en lo que va del premundial. Tibiecita, con los mismos errores y vicios del pasado. Sin desequilibrio individual ni circuitos colectivos de juego para penetrar el cerco adversario y sin energía mental para imponer la camiseta y la localía. Híbrida, haciendo decenas de pases insulsos.

* FÓRMULA REPETIDA. Luego, lo de siempre, dársela a Messi y que él resuelva. Y Chile le hizo a Messi lo que le vienen haciendo desde hace dieciséis años: la jaulita. Rodearlo para impedirle progresar en el campo. No obstante, aún arrancando desde bien atrás, Leo fue el único que inquietó, generó juego y remató al arco: un tiro libre suyo dio en el travesaño, otro lo sacó del ángulo Bravo en una proeza voladora, otros tres zurdazos del 10 en jugada fueron también conjurados por el uno. Le faltó adivinarle el penal. A Messi se le fue la vida en esta selección que ha sido el Deportivo Casi: casi gana, casi empata, casi sale campeón… Y ahora ya no es el Messi en modo Superman que apilaba de a tres, de a cuatro a velocidad supersónica, el actual es un genio más terrenal. Igual hay que hacerle falta para detenerlo, igual exige más de una marca.

* SIN RENOVACIÓN. «El equipo está mal», reconoció Ricardo Gareca. Coincidimos. Es el peor momento de la Selección Peruana desde la llegada del DT en marzo de 2015. ¿Què vemos desde afuera…? Un fútbol que no produce jugadores. El mejor ejemplo es Paolo Guerrero: rumbo a los 37 años, volviendo de una lesión seria, sigue liderando el ataque. No hay quien le toque la puerta. Y sin jugadores, ni Guardiola.

* LA GRAN BOLIVIA. Despertó, hizo su mejor partido en mucho tiempo y derrotó a Venezuela 3 a 1. La Vinotinto que no pudo contar con cuatro figuras: Salomón Rondón, Yefferson Soteldo, Yordan Osorio y Yangel Herrera (muy destacado en el Granada). No es excusa, Bolivia la arrasó. Y era para cinco goles mínimo. “Venezuela, hoy, retrocedió veinte años”, opinó el periodista argentino-venezolano Edgardo Broner.

* LA ACTITUD. Esta Bolivia sí representa a su fútbol, a su gente, a su camiseta. Que te ganen por mejores, no por esconder la piernita. Claro, también hubo puntos altos, la coordinación de todo el equipo, se defendió mejor, hubo individualidades brillantes, por caso Saavedra, Bejarano, Justiniano y, desde luego, Marcelo Martins. Más que por sus goles, el amor que le pone a la Selección. Y en horas bajas. Es hora de ir pensando en algo para él, un busto suyo, el nombre del vestuario…

‘Tengo un problema en la tina’

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 30 de mayo de 2021 / 18:37

Pasaron seis años, unos están presos, otros ancianos y retirados, algunos más, muertos; y todos desacreditados socialmente. Han pagado el precio de su codicia: no son libres de mirar a la cara a la gente, están marcados. Ninguno de ellos, los capturados en la redada del FBI y la policía suiza aquel amanecer del 27 de mayo de 2015 (seis años hoy), logra explicarse cómo Walter B. (así lo llamaremos) logró evadir el gigantesco cerco policial en torno al lujoso hotel Baur au Lac, sobre el lago de Zúrich. El mal llamado FIFAgate -en verdad Conmebolgate- se llevó puestos a decenas de dirigentes futbolísticos acusados, juzgados y sentenciados por corrupción. Los cargos: soborno, fraude y lavado de dinero. El nido mafioso se construyó bien al sur de la América del Sur

Walter B. ocupó durante casi treinta años un puesto de enorme importancia en Conmebol, de ahí que sus compañeros de enriquecimiento, mientras eran metidos en camiones celulares con pantalones a medio abrochar y en pantuflas, se preguntaban si Walter B. también había caído. Porque no lo veían entre los esposados. Una vez en sus celdas, sus abogados les pasaron la lista de detenidos y tampoco figuraba Walter B. Sin embargo, él estaba alojado en el hotel, como ellos, habían compartido la cena y estado conversando hasta la noche. ¿Qué fue de él…? Nadie supo.

Hubo otro que zafó del barrido policial: Alejandro Burzaco, presidente de Torneos y Competencias. Según refirió el diario suizo Le Matin, Burzaco había bajado muy temprano al desayuno y estaba entre el café y las medialunas; cuando advirtió el gigantesco operativo, en lugar de alterarse y salir corriendo permaneció inmóvil en su mesa, pidió más café; flemáticamente dejó que el tiempo transcurriera y, cuando todo hubo terminado, se levantó y se fue. Tiempo después se entregó a la justicia en otra ciudad suiza. Y sigue confinado en Estados Unidos. Lo estará por un tiempo largo pese a avenirse a cooperar con la fiscalía.

En cambio, Walter B. no estuvo un solo día preso ni se entregó. La orden de captura internacional lo incluía también a él. Pero siguió viviendo normalmente. Un poco más agitado, eso sí. Envejeció diez años en cuatro. Desapareció de la vida pública y social, se recluyó en un campo. El FBI irrumpió en el Baur au Lac, de rigurosas cinco estrellas, antes de las seis de la mañana de aquel miércoles 27 de mayo. Absolutamente nadie vinculado a la FIFA abrigaba la mínima sospecha de una acción en contra de sus directivos ni el terremoto que desataría en el fútbol mundial. La Oficina Federal de Investigaciones de la justicia estadounidense eligió esa fecha porque se realizaría un congreso de la matriz del fútbol y nadie falta en esas pomposas ocasiones con gastos pagos, buenos viáticos y negocios por abrochar. Allí, la pelota es una excusa. Un oficial se presentó en recepción y entregó una lista, pidiendo las habitaciones de una veintena de dirigentes. El empleado intentó alegar en favor de la privacidad de sus huéspedes, pero enseguida comprendió que estaba frente algo muy grande, muy grave y colaboró sin chistar: anotó los números de los cuartos de cada uno.

Era muy temprano. El Congreso arrancaba a las 9, la mayoría dormía o estaba en proceso de levantarse y ducharse. Cuatro hombres estaban destinados a cada cuarto, tocaban timbre y, cuando salían los “dignatarios” del fútbol, les mostraban la orden de arresto.

-No, pero yo… No puede ser.

-Tiene tres minutos para vestirse y venir con nosotros.

-Pe… pero, es un error, yo soy el presidente de…

La detención no debía ser violenta, sí rápida y enérgica. A más de uno lo sacaron en pijama. Directivos de las 211 asociaciones futbolísticas del mundo comenzaban a bajar para el desayuno. En minutos, el lobby del hotel se transformó en un maremagnum. Ya estaban casi todos los acusados subidos a carros policiales, faltaban Burzaco, a quien desconocieron en el comedor, y Walter B., quien no respondía en su habitación. Los agentes del FBI tenían la 408 como pieza de Walter B., tocaron insistentemente a su puerta y nada. Bajaron a corroborar el número y estaba bien. Insistieron, nada. Exigieron al conserje que abriera con otra llave, lo hicieron y nada otra vez, el cuarto estaba completamente vacío. ¿Habría abandonado el hotel…? No, dijo el recepcionista, su cuenta estaba abierta. De pronto se percató de que había habido un cambio que no estaba cargado en la computadora: el pasajero reclamó el día anterior por un problema en su tina, perdía agua y, como tardarían en repararla, se lo solucionaron de otra manera:

-No se preocupe, lo cambiaremos de habitación.

Le asignaron la 821. Hacia ella volaron los oficiales del FBI.

A todo esto, Walter B., ya cambiado y listo para acudir al desayuno, escuchó un bochinche abajo, se asomó por la baranda de la escalera y percibió un frenético movimiento, cantidades de efectivos policiales, que se llevaban a sus pares y, en un segundo, calibró toda la situación, entendió que estaba en peligro: entró en su habitación, sacó el pasaporte, el dinero y volvió a salir. Cuando se dirigió a los ascensores vio que dos de ellos estaban subiendo. No tenía más tiempo, ¿qué hacer…? Frente al pasillo, junto a un enorme ventanal había un cortinado que llegaba hasta el suelo. Se escondió tras él, permaneció congelado y silencioso, tratando de contener la respiración mientras escuchaba cómo golpeaban a la puerta de la 821 y hablaban nerviosamente. Nunca entendió el inglés, menos el francés, pero no era necesario: venían por él. Luego llegó alguien más y oyó que abrían e ingresaban en su cuarto. Sudaba detrás de las grandes cortinas. Los agentes salieron diez minutos después sin encontrarlo, escuchó abrirse la puerta de un ascensor y cesaron los ruidos. No obstante, él estaba decidido a seguir escondido, esperar y aguantar el tiempo que fuera necesario.

A la hora le pareció que había calma en todo el hotel, se asomó y no vio a nadie en los pasillos, miró por la baranda y abajo el lobby estaba tranquilo. Dejó ropa, maletas, todo. Tomó por las escaleras y bajó; se recompuso, pispeó la recepción del hotel y vio poca gente. La razzia había terminado, los dirigentes estaban en el salón del desayuno o en grupos más allá, comentando el suceso más bochornoso de la FIFA en sus 117 años de historia. Walter B., se hizo de valor y caminó despaciosamente hasta la puerta de entrada, tratando de dar siempre la espalda a la recepción. Ganó la calle, hizo un par de cuadras y pidió un taxi: “Al aeropuerto”. Una vez allí, se informó del primer vuelo hacia España. Era en tres horas. Compró un boleto en efectivo, esperó en un baño para no hacerse ver y, cuando se anunció la partida, embarcó. Llegó a Madrid y consultó por un vuelo a su país. “Mañana”, le dijeron. Hizo toda la misma operación, pero no voló directo a su ciudad sino a otra; y volvió a su casa por carretera en un auto de alquiler.

Meses después llegaría la orden de captura a los juzgados de su país. En distintas partes del mundo, todos los involucrados fueron capturados, salvo él. La justicia de su país es menos rigurosa que la norteamericana. Y que otras. De los millones que hizo en el fútbol, Walter B. invirtió seiscientos mil dólares en jueces y fiscales y su extradición nunca llegó a efectivizarse. Ni se trató, murió cajoneada, algo que los magistrados hacen igual que esos delanteros que llevan la pelota hasta el banderín del córner y la pisan para dejar correr el tiempo cuando van ganando y faltan dos minutos. Terminó el partido y sacó el resultado adelante. Sus pares del comité ejecutivo hasta hoy no entienden cómo nunca fue arrestado ni “cooperó” con la justicia. Sus amigos lo rebautizaron como “El Gran Houdini”.

Cualquier director de cine filmaría su historia.

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El fútbol hablado

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 23 de mayo de 2021 / 20:53

Hay dos tipos de fútbol, el fútbol jugado y el fútbol hablado. Todos coincidiremos en que el primero es el más importante, sin embargo, por cada 90 minutos jugados hay 90.000 hablados. En algunos casos, 90 millones. Hay partidos que atraviesan décadas y se transforman en leyenda, por nostalgia o por polémica. Se hablará siempre de ellos (el Maracanazo lleva 70 años… y sigue). De modo que el segundo es tan apasionante como el primero. O más. Esta columna es parte del fútbol verbal, sólo que se imprimió la palabra. Las buenas historias de fútbol pueden dar dos goles de ventaja a las otras. Y no pierden.

Ese interminable cofre de novelas futboleras -deliciosas todas- ya abrió su tapa para que entre River Plate 2 – Independiente Santa Fe 1. En el constante peregrinar en el que masticamos y digerimos partidos sosos, insulsos y desabridos, el fútbol suele entregarnos cada tanto un bocado exquisito como este. Tuvo todos los ingredientes, y perfectamente sazonados, para que saliera un plato fenomenal. Los veinte jugadores de River impedidos de actuar por Covid o lesiones -entre ellos sus cuatro arqueros profesionales-, el volante central Enzo Pérez ocupando el arco desde el inicio, la imposibilidad de hacer cambios por tener sólo once efectivos disponibles, algunos futbolistas cambiados de puesto por necesidad y urgencia. Y los comentarios previos… “River es el Real Madrid sudamericano, siempre lo favorecen…” “Es el nene mimado de la Conmebol, van a postergar el partido…” “Le van a permitir incluir dos arqueros más en la lista…” “Hay que patearle de todos lados a Enzo Pérez”, “Es una buena ocasión para que Santa Fe lo golee…?”, “River se va a meter con diez atrás…”

Toda la antesala fue alimentando el morbo y la expectativa hasta poner al continente entero frente al televisor. Nos frotábamos las manos para ver qué sucedía. No hubo indultos ni autorizaciones. Y River no lloró. Se presentó. “Si hay que jugar con nueve, jugamos con nueve” pareció ser la consigna de Gallardo, del club, de los jugadores. ¿Qué pasó…? Todo al revés de las previsiones. River salió a beber vientos, fue un aluvión incontenible, un león hambriento y antes del minuto seis ya estaba ganando 2 a 0. Se nos salían los ojos de las órbitas, ¿qué estaba pasando…? ¿cómo era posible…? Los jugadores de Santa Fe parecían preguntárselo también al mirarse entre ellos.

Fue la receta del Real Madrid durante años en la Copa de Europa. En el Bernabéu, los primeros diez minutos, apretar con todo y sacar tres o cuatro disparos potentes al arco, no importa si se iban afuera, el tema era crearle miedo escénico al visitante. Pelota suelta, bomba contra el arco para marcar presencia.

Lo hizo River. Y encima con un gol de época, el segundo. Sin exagerar un milímetro, uno de los más grandes goles que este cronista vio, un prodigio técnico fabuloso, el pique, el control, la media vuelta, el balazo de zurda, la precisión, el ángulo por donde entró, la velocidad de maniobra… Todo con un zaguero encimándolo pegado y un muy buen arquero en los tres palos. Excepcional. Julián Álvarez juntó a Kempes con Batistuta y le rompió el arco a Castellanos. Tal vez muchos piensen que hace cincuenta años se marcaban tantísimos goles así. No.

Después del 2 a 0, lo demás fue aguantar bien en el medio, anticipando todo y protegiendo al improvisado Enzo Pérez, tapando cualquier remate de media o corta distancia, rodeándolo en los centros, que interviniera lo menos posible. Fueron once soldados entregados a una misión, disimulando el cansancio, las precariedades. La cumplieron extraordinariamente. Lo de Enzo Pérez entra en la antología no por una actuación descollante o salvar goles, apenas si intervino, pero se atrevió a calzarse los guantes y ponerse bajo el travesaño. ¿Y si lo goleaban…? ¿Si se le escapaba la pelota y le hacían tres o cuatro goles tontos…? Encima estaba con una distensión muscular que lo obligó a salir del campo en el clásico ante Boca. Arriesgó y se metió aún más en el corazón de los hinchas.

Sobre el césped se vio, sobre todo, la gallardía de Gallardo. Lo suyo es una comprobación más de que cualquier proyecto futbolístico ambicioso, hoy, comienza con un gran entrenador. River hizo una alta contribución a la Libertadores, a su mitología. Y al fútbol sudamericano. “Estas cosas inverosímiles en Europa no se ven”, nos dice Juan Vasle, cantante de la Ópera de Ljubliana, en Eslovenia, y periodista deportivo. “Se lo decía a un compañero del diario Ekipa: este sentimiento, esta pasión que se pone en Sudamérica, en Europa no existe. Acá hay plata, hay buenos partidos, pero este amor por una camiseta no. Y me lo reconoció. Me quedé levantado hasta las cuatro y media de la mañana por el partido, pero sentí un orgullo tremendo”. Juan es argentino y vive desde hace 31 años en la exrepública yugoslava.

¿Qué le sucedió al Santa Fe…? La táctica de Gallardo, de salir masivamente al ataque, y especialmente los dos goles de madrugada, lo desconcertaron. Fue dos veces a la lona, se puso en pie y siguió el combate, pero atontado, aturdido. Entró en un desconcierto mental que lo paralizó. No tuvo un líder que supiera tranquilizar al resto de la tropa ni la inteligencia para contrarrestar la presión adversaria. Y no había público. Con 65.000 apretando pudo ser peor. Le hubiese pasado a muchos. Cuando River le ganó 8 a 0 a Wilstermann dijeron que era un partido arreglado. Cuando le hizo catorce a Binacional (8 en el Monumental y 6 en Perú) ya se habló menos. Cuando apabulló con juego al Palmeiras campeón en San Pablo el año pasado casi hasta ridiculizarlo, dio otra muestra. Es un grupo fuerte de la cabeza y muchos rivales pueden sufrirlo. Que diga Boca cómo lo ha sufrido todos estos años.

Ahora Santa Fe deberá convivir con ello, como River debió hacerlo, hasta hoy, con aquella mancha cruel que fue la final copera de 1966 ante Peñarol. Ganaba 2 a 0 y perdió 4 a 2. Entonces, el país entero emitió un veredicto: “¡Gallineó…!!!”. Volvió de Chile y debía enfrentar a Banfield por el torneo local. Al asomar por el túnel, un ingenioso hincha del Taladro les arrojó una gallina blanca con una banda roja cruzada en el pecho. Pinino Mas le dio una patada y la levantó por el aire. Pasaron cincuenta y cinco años, hasta hoy llegó el estigma, que la era Gallardo está borrando.

Parece una historia sacada de los libros de la Libertadores. Pasó este miércoles 19 de mayo.

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Un cuento de hadas en Dinamarca

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 16 de mayo de 2021 / 18:47

La noche danesa se cubrió de luces, las estrellas brillaron como nunca y las bengalas y fuegos de artificio surcaban el aire. Todo adquirió un tono festivo. Jóvenes, niños, abuelos, hasta circunspectos matrimonios, tal vez él ingeniero y ella profesora, salieron a las plazas a sumarse a ese inopinado pero maravilloso festejo nacional. La bandera de Dinamarca había flameado en lo alto del estadio Ullevi, en Gotemburgo, en señal de triunfo. Para dimensionarlo: Dinamarca es un pañuelo, entra cuatro veces en Uruguay, pero el pequeño país con un hijo grandote -Groenlandia- acababa de dar un golpe monumental en la Eurocopa de 1992 y la euforia desbordaba a los cinco millones de daneses. La selección color tomate había vencido 2-0 en la final a la Alemania campeona del mundo y levantaba la copa. Una conquista única, por la forma increíble en que se dio y porque Dinamarca no ganó otro torneo así, ni antes ni después. Su historia futbolera es muy modesta.

Ahora que vuelve la Eurocopa vale exhumar una de las historias más bonitas que el fútbol haya entregado. Y ha dado muchas…

Tras una excelente eliminatoria en un grupo complicado con Yugoslavia, Austria, Irlanda del Norte, Dinamarca quedó fuera de la Eurocopa por un punto: 13 frente a 14 de los balcánicos, que reunían a una generación dorada con Davor Suker, Robert Prosinecki, Srecko Katanec, Alan Boksic, Darko Pancev. Parecía injusto, ningún otro segundo había logrado tal puntaje y se iba eliminado a casa. Sin embargo, duendes inesperados meterían la mano… En el interín, Croacia, Eslovenia y otras repúblicas yugoslavas habían declarado su independencia y estalló la guerra en los Balcanes, con exterminio y atrocidades insólitas. Serbia y Montenegro continuaron bajo el rótulo de Yugoslavia, pero la ONU les aplicó severas sanciones por sus acciones de guerra. Era un momento de convulsión política en el Viejo Mundo. Unión Soviética, también desintegrada, participó como CEI, Comunidad de Estados Independientes, y Alemania acudió al torneo unificada, ya no Alemania Occidental u Oriental.

En los meses subsiguientes a la Eliminatoria empezó a tomar fuerza una versión de que Yugoslavia sería excluida de la Eurocopa, lo cual se confirmó once días antes de iniciarse el torneo. La UEFA se oponía, pero, presionada por la ONU, tomó la indeseada medida. ¿Solución…? Llamar al segundo de su grupo y que juegue. Era Dinamarca. Muy democrático, pero… ¡Sus jugadores estaban de vacaciones…! El técnico Richard Moller-Nielsen debió llamarlos de urgencia. “Hay que regresar, nos vamos a la Euro en Suecia”. Varias figuras como el fenomenal arquero Peter Schmeichel, Henrik Larsen, Flemming Povlsen o Brian Laudrup se presentaron; en contraposición, la superestrella Michael Laudrup, que brillaba en el FC Barcelona, se negó a participar, enfrentado con el entrenador por su estilo hiperdefensivo. Michael (quizpas el futbolista más elegante que este cronista haya visto) adoraba el fútbol de ataque.

Dinamarca llegó feliz de participar, aunque sin preparación. Llevaba siete meses sin competir, desde que terminara la clasificatoria. Y encima le tocó un camino durísimo: el local Suecia, Inglaterra y Francia en su zona. Para empeorar el panorama, empató el primer partido (0-0 vs. Inglaterra) y perdió el segundo (0-1 ante Suecia). Llegó al último encuentro como colista, necesitaba una victoria propia y que Inglaterra no ganase a los suecos. Contra todo pronóstico, logró un insospechado 2-1 sobre Francia y, gracias a la combinación de resultados, pasó a la segunda fase. Allí lo esperaba el campeón vigente, la Holanda de Van Basten, Ronald Koeman, Ruud Gullit, Frank Rijkaard, Dennis Bergkamp, Frank de Boer… Una maquinaria. Dos veces se puso arriba la selección danesa, dos veces igualó la Naranja Mecánica. L…

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Neymar priorizó lo económico sobre lo deportivo

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 9 de mayo de 2021 / 17:42

“El Paris Saint-Germain se complace en anunciar la extensión del contrato de Neymar Jr. por tres temporadas más hasta el 30 de junio de 2025”, dice una breve noticia en la cuenta de Twitter oficial del club francés, en la que evidencia una inocultable satisfacción. “Padre e hijo ya tienen el contrato que querían. Han utilizado una vez más el nombre del Barça para ser más multimillonarios”, replica en la misma red Ángel Iturriaga, historiador y escritor de varios libros sobre el FC Barcelona. Lo mismo hicieron cuando el pase del Santos al club azulgrana: usaron de pantalla negociaciones con el Real Madrid (que en verdad tenía interés en Ney) para presionar al otro candidato. Siempre que hay un interesado, se busca o se inventa un coqueteo con otro para tener el mango de la sartén en el tironeo económico. Ya lo practicaban los fenicios muchos siglos antes de Cristo.

Por unas horas, el anuncio parará la eterna novela de sus posibles transferencias. Se trata del único futbolista de la historia que está en el mercado los 365 días del año. La Neymar Sports Marketing y su entorno son una industria sin descanso: lanzan bolas en todas las direcciones para tener siempre en vilo al club que lo tiene contratado. Y mantienen el run run, que acerca contratos. La misma política de Jorge Mendes para sus representados: que se hable, de los abdominales, de la colección de autos de lujo, del yate, de la mansión acondicionada como gimnasio, de los millones de seguidores en Instagram… Que se hable. Es lo que sostiene la cotización del producto, aunque ese producto no rinda en la cancha en relación a lo que cobra o lo que costó.

El Paris Saint Germain perdió una vez más la posibilidad de ser campeón de Europa, que en el caso del brasileño es el cuarto intento fallido, pues ya está finalizando su cuarta temporada allí. Recordemos que se fugó de Barcelona enarbolando dos objetivos: 1) que quería ser el número uno del mundo para lograr de una vez el Balón de Oro y 2) iba como el factor diferencial para que por fin el PSG conquistara la Orejona. Para eso pagaron 222 millones de euros por su pase, más altísimas comisiones y un contrato de fábula de 37 millones anuales.

Ney no ha logrado ninguna de las dos cosas. Más que eso, estos cuatro años en Paris le han quitado repercusión dado que la Ligue 1 es muy inferior en cartel a las de España, Inglaterra, Alemania e Italia. Lo ha alejado del Balón de Oro: pasó de ser el tercer mejor futbolista del mundo -indiscutiblemente- a no figurar ni entre los treinta nominados al premio de France Football (y jugando en Francia).

La nueva eliminación del equipo parisino de su obsesión -reinar en Europa- le pegó duro especialmente a él. Cantidades de voces se alzaron en su contra. France Football lo definió como «insoportable, egocéntrico y catastrófico», le adjudicó una nota 2 por su desempeño y se preguntó: «¿Era realmente necesario hacer seis toques de balón cada vez que le llegaba?”. Fabio Capello, que va siempre al hueso y no se muerde la lengua con nadie, comentó para Sky Sports y lo retrató: «Esperaba que pudiera hacer algo, ser más decisivo y decidido. No actuó como líder. Intentó demasiados regates inútiles en zonas equivocadas. Un líder lleva al equipo hacia un resultado. Hablaba demasiado». En Brasil, donde tiene la mayor cantidad de detractores, también fue blanco de fuertes críticas.

“No me importa más el Balón de Oro”, declaró Ney antes de enfrentar al Manchester City. Pero los responsables de la multinacional que gestiona su imagen y sus negocios no piensan igual. La estatuilla podría generarles enormes ingresos futuros. Además, quien es Balón de Oro lo es para siempre. A un ganador se lo presenta así: “Hristo Stoichkov, Balón de Oro 1994”, “Jean Pierre Papin, Balón de Oro 1991”. Es un título de nobleza futbolística para toda la vida. Aún le queda la Copa América para hacer la diferencia en un año que le ha sido especialmente adverso. El viernes ganó el Lille y dio un paso gigante hacia el título de liga en Francia. Si triunfa en las dos jornadas que restan le arrebatará el cetro al PSG, ganador de siete de los últimos ocho. O sea, el club franco-catarí se quedaría sin liga y sin Champions. Mala temporada para un plantel costosísimo.

“Si Neymar se hubiera quedado en Barcelona, estoy seguro de que habrían ganado dos o tres Champions más. Aquella delantera, con Messi y con Suárez, es el trío más imparable al que me he enfrentado nunca”, dijo Guardiola esta semana. “La de salir del Barcelona para ir al PSG es la peor decisión de toda la historia del fútbol”, considera Fernando Kallás, periodista brasileño afincado en Madrid. “Neymar al PSG: historia de una catástrofe colectiva”, analizó Toni Juanmartí, colega del diario Sport, de Barcelona. Tal cual: él perdió de seguir en la cúspide de la consideración mundial y de ganar títulos para ir a un medio con menos resonancia y donde ha tenido decenas de conflictos, en su propio vestuario, con los rivales, con la prensa y con árbitros. Su personalidad no encaja en la de los franceses. El PSG ha invertido, hasta el momento, 500 millones de euros en Neymar sin obtener lo que deseaba. Y el Barcelona, en manos de Bartomeu, dilapidó el dinero y gastó el triple de lo que recibió en compras improductivas y sin sentido, además de dejar de ser un equipo competitivo.

Neymar tiene todavía una edad buena para el fútbol, aunque ya está rumbo a los 30 años. Desde los 17 se viene asegurando que será el número uno del mundo. Sigue siendo un jugador encantador, completamente distinto por gambeta, fantasía, ingenio y atrevimiento. Pero empieza a sentir algunos factores condicionantes: 1) Cuando entra en el trigésimo año de vida, el deportista ya no evoluciona físicamente, con una vida ordenada puede mantenerse, pero la parábola empieza un lento descenso. Y se nota: Ney no tiene la misma velocidad de hace cinco o seis temporadas. Antes pasaba y no lo agarraban más, ahora lo alcanzan. 2) Juega más alejado del arco rival, por eso es que está cerrando este curso 2020-2021 con apenas 15 goles, su segunda cifra más baja en trece años de carrera. 3) No ha crecido futbolísticamente, algo que sí es muy propio de los grandes cracks, se tornan más sabios para entender y pergeñar el juego. Ney no agregó matices. Su repertorio sigue siendo muy bonito, pero el mismo. Y desde que debutó en 2009, nunca había dado menos asistencias que ahora: apenas 7, habiendo tenido temporadas de 27, 25, 22, 16. 4) Las lesiones, que lo han perseguido bastante en su carrera, no lo perdonarán cuando se viene más grande. En los últimos tres torneos de liga ha jugado apenas 17, 15 y 15 partidos. Poquísimo.

Hasta los 33 años y medio permanecerá en el club de la torre Eiffel. Tiene mucho tiempo de revertir cosas. Pero aún no ha triunfado allí. Sucede cuando se prioriza lo económico sobre lo deportivo. Y él fue por dinero.

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El fútbol es hacia adelante

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 2 de mayo de 2021 / 20:24

Sale el arquero jugando con el dos, el dos avanza un trecho y pasa la bola al cinco, éste cruza la media cancha y la adelanta en dirección al diez, el diez esquiva un hombre y abre al puntero, el puntero recibe, gira hacia su propio campo y toca veinte metros para atrás, la vuelve al medio… Lo vemos en todos los partidos y nos preguntamos irritados: ¿qué es eso…? ¿cómo así…? Lo entendemos como una estafa futbolística. Es como comprar un frasco de café, llegar a casa y, al abrirlo, comprobar que está vacío. Hay incluso tiros libres a favor en campo rival que entre toque al costado y pase para atrás y más atrás terminan en el arquero propio, que luego se ve obligado a reventarla con un pelotazo alto.

Pocas cosas molestan más como hinchas del fútbol (que no “de” fútbol): ver a los jugadores tocar para atrás. Y es algo que se ha tornado tan habitual que exaspera. Jugarla hacia atrás es el salvoconducto de la mediocridad: “No la perdí”. Lo inadmisible es que lo hagan futbolistas que costaron decenas de millones. El verdadero crack verticaliza, rompe líneas, intenta. Ferenc Puskas, el gran genio húngaro (es imperativo entrar en Internet y ver su primer gol en Wembley en aquel Inglaterra 3 – Hungría 6, una joya del fútbol) se enojaba: “Al jugador que la pasa para atrás habría que pitarle falta”.

Juan Sauro, nuestro primer maestro de periodismo, no académico sino empírico, en la redacción, sentía pasión por Boca, pero su jugador preferido era Vicente De la Mata, de Independiente, ídolo enorme de los años ’30 y ‘40. “De la Mata nunca pasó la pelota sin antes haber gambeteado como mínimo a dos, ya la daba con ventaja, sentía que esa era su contribución al equipo”, decía. Y Ricardo Bochini sostiene: “Todo equipo necesita jugadores que encaren. Cuando gambeteás un rival, ya se genera superioridad numérica, uno de los nuestros queda libre de marca, si gambeteás dos es muy posible que la jugada termine en gol”. Es ley del fútbol, porque se crean espacios y libertad de movimientos para los definidores. Otra del Maestro: “Cuando llega al área, el habilidoso tiene que encarar, si de cuatro intentos pierde tres, es buen promedio, la cuarta es gol”. Es fundamental el uno contra uno, sobre todo frente a rivales que se paran con dos líneas de cuatro cerca de su arquero. Esa lata no se abre sólo con pases, salvo que se juegue a un toque, con mucha velocidad y sorpresa. Pero requiere alta precisión.

Nos contaba un gran formador de juveniles español: “Teníamos un lateral derecho en el Madrid que llevaba cuatro o cinco años ya con nosotros. Salía hacia adelante el zaguero, le pasaba el balón y, teniendo quince o veinte metros para avanzar, giraba y se la devolvía al zaguero. Le dejamos libre y me viene a ver con su padre, enojadísimos los dos. Le dije la verdad: chico, es que tu no quieres jugar”.

Por eso mismo Mbappé vale 200 millones. Es un elemento de extraordinaria aptitud física, aunque con técnica normal, sin fantasía ni gambeta, pero va con todo al frente, que es lo que duele al defensa y genera desequilibrio. Nadie se pelea por los que tocan hacia atrás. Un hincha en la platea del Camp Nou le gritó a un delantero que costó una fortuna y no desnivela: “Tío, contigo los defensas tienen tiempo hasta de ir al baño”. Porque el pase descendente alivia la tarea defensiva del adversario, se reacomoda, espera firme.

Fuera del vicio de jugar hacia atrás, hay un sector del campo donde ya no se puede retroceder la maniobra; en paralelo al área hay que buscar terminar la jugada. Desde luego, si el rival ejerce mucha presión, casi al cuerpo, cuando es preciso destrabar una acción que se ensució o simplemente para no perderla, el pase atrás puede ser una solución, un desahogo. Pero no debe ser un recurso permanente. Así no se ganan partidos.

“Los que adoran la posesión, los Guardiolistas, dan pases a treinta centímetros y le llaman posesión”, dice Paul, un seguidor en Twitter. Lo de Guardiola es diferente, es una táctica: diez, quince, veinte toques para allá, para acá y luego un pase filtrado que sorprende. Bien ejecutado, con buenos jugadores, funciona espléndidamente. Claro, se necesita ese tipo de intérpretes, Xavis, Iniestas, Busquets… Guardiola ganó todo con eso, es el técnico con mayor promedio de triunfos y de goles de la historia con ese sistema. El que ha desesperado al PSG el miércoles y que enloquece a todos sus oponentes: los obliga a jugar sin la pelota. La tiene siempre el City, la mueve a la izquierda, a la derecha… Y el rival se desgasta física y anímicamente, corre y se cansa yendo de un lado a otro sin poder construir jugadas. El martes, en la revancha, será igual, porque es un credo, tener siempre la posesión para que el rival no lastime o haga el mínimo daño.

“Guardiola gana porque juega con todos monstruos…” ¿Cuáles monstruos tiene el City…? Acaso sobresale De Bruyne; el resto, buenos jugadores normales. Pero todo pupilo de Guardiola tiene internalizado a la perfección el libreto del técnico: presión total sobre la pelota mientras la tiene el rival; al recuperarla, movilidad permanente, búsqueda de espacios, toque y toque hasta que aparezca el hueco y a definir. Lo mismo acontece con el arquero. “Ederson es muy normalito”. Sí, tapando es un arquero de 6 puntos, con los pies es un zaguero de 8 ó 9. Guardiola busca ese tipo de goleros porque es el doceavo jugador del equipo, se descargan muchos balones en él y sabe resolver, darle salida limpia al juego. Un día perderá la pelota y le harán un gol, pero antes habrá resuelto centenares de situaciones manteniendo la herramienta en poder del City. Con él, Pep tiene un jugador más, son doce contra once. Por eso prefiere siempre un Ederson antes que un Keylor Navas, un Courtois o un Alisson. Para su sistema, necesita un Ederson. Y futbolistas que entiendan el juego.

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