martes 21 sep 2021 | Actualizado a 04:25

Sin mística no se puede ni entrar a la cancha

Jorge Barraza, periodista argentino

/ 12 de septiembre de 2021 / 16:30

Brasil se perdió en el horizonte, Argentina ya se ve más chiquita. Uruguay va enrumbado, Colombia se enderezó y puso proa en igual dirección que ellos. Y Ecuador está entre que voy y me quedo, pero es la mejor de todas las embarcaciones restantes. Así está hoy el mar de la Eliminatoria. Que difícilmente cambie mucho de aquí a fin de marzo próximo, cuando quede definida la grilla sudamericana para Catar 2022. El 4 de octubre pasado, como previa al comienzo de la carrera mundialista, titulamos una columna “Argentina, Brasil, Uruguay, Colombia y…” Sugeríamos como quinto a Ecuador. Era el panorama que pintaba en el fútbol continental de acuerdo a la potencialidad de los diez competidores, la cual se compone de calidad y cantidad de jugadores, categoría de su cuerpo técnico, tranquilidad y capacidad institucional de cada federación para acometer la empresa.

Un año después, muy poco ha cambiado. Los fuertes siguen siéndolo, acaso Argentina está mucho más sólida y en crecimiento, y Colombia ha recuperado la fortaleza futbolística y la confianza para ser nuevamente competitiva, como corresponde a los jugadores que posee. Y en lo individual, salvo Luis Díaz, no han aparecido nuevas estrellas en la región. Hubo, sí, un cambio radical: tras disputarse la cuarta fecha, Chile le ofreció a Colombia a Reinaldo Rueda. A como diera lugar quería sacarlo porque negociaba a sus espaldas la contratación de Matías Almeyda y, para no pagarle indemnización, le consiguió equipo (lo confirman los magníficos periodistas chilenos Danilo Díaz y Juan Cristóbal Guarello). Dado el pavoroso inicio de Carlos Queiroz, la Federación Colombiana aceptó. Finalmente, Almeyda desistió de ir a La Roja y Chile, urgido, desesperado casi, tomó al primero que vio, el uruguayo Martín Lasarte, que estaba en Santiago por razones personales. Fue un cambio decisivo en la clasificatoria. Chile era sexto con 4 puntos, 6 goles a favor y 6 en contra; Colombia séptimo también con 4 y un saldo goleador deficitario de 6 / 11. A partir de ahí se realizaron cinco jornadas: hoy Colombia es quinto con 13 puntos y en goles está 16 a 16; Chile es octavo con 7 unidades, 9 goles marcados y 13 recibidos. Un vuelco fundamental propiciado por la propia dirigencia del fútbol chileno. Ni a Bartomeu se le hubiera ocurrido. “Rueda nunca pidió permiso para negociar con su país, lo ofrecieron”, escribe Guarello.

Si ambas selecciones mantenían a sus entrenadores, hoy la tabla cantaría otra canción. Pero así se dio. Fuera de ello, asistimos a una maratónica y convulsionada triple jornada en ocho días, con viajes transcontinentales de ida y vuelta, enfrentamientos entre clubes y ligas con la FIFA por la cesión de futbolistas y el lamentable atropello de Brasil en su partido frente a Argentina. En el medio, los arbitrajes que solemos lamentar en Sudamérica. Hace tiempo no sentíamos la punzada de la injusticia como en el Uruguay 1 – Ecuador 0. El juez brasileño Daronco, ya tristemente célebre, ignoró dos patadas monumentales de Bentancur y Nández. Les mostró amarilla cuando eran para una noche de calabozo. ¿Y el VAR…? Bien, gracias. Uruguay (con la reciedumbre de sus grandes épocas) debió haber jugado un largo rato con nueve. Pero en el minuto 92 llegó al gol gracias a un fantástico desborde por derecha de Nández, quien ya debía estar duchado y mirando desde la platea. Y antes hubo un penal clarísimo de Giménez a Michael Estrada, pasado por alto también por el mencionado Daronco, quien lisamente decidió el resultado. Ecuador, el país entero, se sintió robado, impotente, con el pecho saliéndosele por la garganta. Estas perlas negras pertenecían al pasado, no deberían suceder más. Daronco las exhumó.

Hubo también páginas blancas. Una fue la estimulante victoria de Colombia 3 a 1 sobre Chile. Que se pareció mucho a aquellos inolvidables primeros tiempos de Pekerman. Volteó a un rival que “era” directo, lo hundió en la tabla, sigue invicto con Rueda y sumó de a tres. Pero lo relevante fue su fútbol penetrante, veloz, potente, hasta con lujos. Fue un equipo seguro de sí mismo, confiadísimo. La tarea de reconstrucción de Reinaldo Rueda en sólo tres meses es asombrosa. Los jugadores querían tocar, demostrar, hacer goles. Eso muestra el clima interno actual. Queda toda una rueda y es brava la carrera: le falta jugar dos partidos con Brasil, visitar a Uruguay y Argentina, pero ahora respira otra brisa y sopla viento de popa.

Otra página agradable es el presente de la Selección Argentina, que crece de a pasitos cortos, pero está, como Colombia, cada día mejor de la cabeza. Eso le permite mejorar su fútbol, desarrollarlo con mayor convicción. Ganó los dos partidos (3-1 a Venezuela y 3-0 a Bolivia) derramando situaciones de gol. Scaloni, al final, ha hecho un trabajo magnífico, tapando muchas bocas (la de este cronista incluido). Silenciosamente logró el recambio, armar un EQUIPO. Y rodear mejor a Messi, algo que todos proclamaban y ninguno gconseguía. Messi se siente feliz ahora con la celeste y blanca. Y, como dice Guardiola, “si Messi está feliz, hay paraíso”. Pese a jugar sólo 25 minutos en el PSG en el término de 60 días, fue el eje de los dos triunfos y marcó un triplete bellísimo a Bolivia con el que batió el récord de Pelé en materia de goles seleccionados. También se convirtió en el máximo artillero histórico de las Eliminatorias Sudamericanas. Pero, como siempre, lo más trascendente en él es la belleza de su juego, de sus goles elaborados, artísticos. Ya definitivamente en su rol de armador, mucho más retrasado en el campo, lleva 17 años en el mismo altísimo nivel de excelencia, algo que el fútbol jamás había visto. Cuida su cuerpo científicamente, llega dos horas antes al entrenamiento y, aunque está en la lista Forbes de los ultramillonarios, muestra un deseo irrefrenable de jugar todo, de no perderse un minuto ni en su club ni en la selección. Su gen competitivo es notable. Si fuera por él, quisiera que ya fuera octubre para acometer la siguiente triple fecha eliminatoria.

¿Y Bolivia…? Da la impresión de que participa por participar, porque lo obliga el reglamento. Hay que viajar, viaja; hay que presentarse a jugar, se presenta; hay que patear para aquel lado, patea… Se le advierte cero mística. Y la mística de un vestuario la crea el director técnico. Si el entrenador empieza con excusas entonces que no acepte. Fernando Costa asumió con la Eliminatoria empezada y el técnico puesto. Para la próxima es preciso revolucionar el proceso. No es un tema menor, la selección viste los colores del país, cuando sale a jugar tocan el himno nacional, si gana alegra a toda la nación, si pierde la deprime. Esta verde no representa a su gente.

El Brasil de Tite no deslumbra, pero en resultados es una apisonadora y aún con once bajas (los jugadores desafectados de la Premier League y de Rusia), consiguió puntaje perfecto ante Chile y Perú. Otro que aprovechó en grande fue Uruguay: obtuvo 7 puntos de 9 y desbancó del tercer puesto a su vencido Ecuador. En Paraguay estaba “casi echado” el DT Eduardo Berizzo, pero Venezuela, el gran salvador de todos, le tiró una soga y sigue en competencia: sexto a dos puntos de Colombia. Ambos se verán en noviembre en Barranquilla.

Queda por resolver el escándalo de Brasil-Argentina. Que un particular armado entre en un campo de juego mientras se disputa un partido de Eliminatoria de un Mundial que están viendo millones y empiece a arrear jugadores no se vio nunca, ni en la selva. FIFA habilitó a los jugadores en planilla, podían jugar. Y, como confirmó el presidente de Conmebol (también vice de la FIFA), “El protocolo firmado por los diez gobiernos del continente les permitía ingresar a Brasil, desde Inglaterra o desde cualquier país del mundo”. Alejandro Domínguez agregó: “De última, si los querían detener igual podían haberlo hecho antes o después del partido”.

Es una ley del fútbol que está en el reglamento de la FIFA: el local es el responsable del espectáculo. De su celebración y consecución. Quien debe dar las garantías para su normal disputa. No puede ser el que invada el campo de juego y aborte el encuentro. Sería el fin del fútbol si cualquiera puede entrar y suspender un partido por la causa que fuera. Sentaría un precedente nefasto. A partir de esto cualquiera presentaría una denuncia falsa en una fiscalía y sería suficiente para interrumpir y abortar un partido. El fútbol tiene garantías, se las da el mismo país anfitrión. No se puede entrar con un arma y suspender un partido llevándose preso a uno, dos o tres jugadores.

La FIFA está debilitada como nunca. De no ser así podría aplicar una sanción durísima a Brasil. En 1989 el arquero Rojas simuló ser impactado por una bengala en el Maracaná y se cortó él mismo. Chile se retiró del campo. La FIFA lo eliminó de dos Mundiales. Pero Infantino no es Havelange, que resolvía con el hacha. Este arregla con apretones de mano y palmadas en el hombro.

Hasta las redes lo lloran

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 19 de septiembre de 2021 / 20:15

Sin conocerlo, nadie lo hubiera elegido para número 9. No daba, era rechoncho y no muy alto. Gordito, le decían. Pero sus piernas eran dos árboles. Su colocación, su velocidad mental y sobre todo sus cuádriceps de acero fueron determinantes para el fútbol alemán. Cuando él clavaba la zurda en el suelo para darle espacio al derechazo, contra esa estaca podía chocar un pueblo: no la movería un centímetro. Y con la diestra facturaba. ¡Sesenta y cuatro centímetros de cuádriceps le midieron los médicos…! Sólo con eso ya podía ser futbolista. Sin embargo, tenía mucho más… Un instinto casi animal para el gol, la fuerza y el carácter indomable de un jabalí. Así defendía la pelota. Luego giraba y pum, adentro…

“Lo pondría al nivel de Van Basten, aunque Müller desequilibra por ser campeón mundial”, nos escribió un amigo peruano desde Canadá. Error: Müller tal vez fuera menos elegante que el holandés, pero casi lo triplica en goles y lo aplasta en títulos. Van Basten fue un artillero excepcional, Müller además era feroz. Vivía pastando en el punto del penal hasta el momento de entrar en acción. Allí liberaba la fiera montañesa que llevaba dentro, anticipaba con impresionante decisión de cabeza o con el pie y definía con potencia y justeza. Poseía, como los muy grandes, un grado de concentración absoluto. Marcado por auténticos carceleros, a veces tocaba dos pelotas en todo un partido. No obstante, seguía al acecho, atento, esperando una bola. Y en esa definía el pleito. Todo ello a pesar de que, cuentan, padecía un problema crónico: sufría de insomnio; no dormía bien antes de los partidos.

Gerd Müller es, seguramente, el máximo romperredes de la historia del fútbol si computamos cantidad de goles, torneos donde fueron marcados, importancia de los mismos, títulos que posibilitaron y promedio por partido. Sólo un puñadito de próceres estaría en condición de discutirle el trono: hablamos de Pelé, Di Stéfano, Puskas, Eusebio, Romario, Messi, Cristiano Ronaldo. Y quién sabe…

Hace un mes falleció el verdadero Müller, los demás son copias. Es increíble, hay muertes de ídolos que impactan más que la de un tío o de alguien cercano. Me pasa con este señor al que nunca conocí. En muchos otros países hubiese recibido funerales de estado, en Alemania su partida no mereció ni una tapa de los grandes diarios nacionales. El popular Bild al menos le dedicó un recuadrito con una foto en portada y la leyenda “Gracias por todo, Gerd”. Y algún que otro periódico regional publicó su foto en la primera plana. Son menos pasionales. “Es realmente muy pobre el homenaje que le hizo la prensa alemana -nos dice Hernán Jorge, argentino y futbolero que lleva muchos en la patria de Goethe-. El Spiegel apenas le sacó un obituario de una columna, algo ínfimo. Yo entiendo que ya se dijo y se escribió todo sobre Gerd Müller, no pedía un suplemento especial, pero sí que saliera en la tapa de todos los diarios”.

En atletismo y en cuestión de goles es difícil contrariar los números. Pero, aunque otros marcaron un poquito más, Gerd Müller fue el más extraordinario hombre de área que este cronista haya visto. No malgastaba un segundo en hacer un amague o una finta, era simple, práctico y letal. Asolaba defensas. La media vuelta, el cabezazo y el remate punteado eran su marca. Resultaba imposible marcarlo. Si había que volar para conectar una pelota de aire, literalmente volaba. Y si había una remota posibilidad de llegar a la pelota un centímetro antes, era gol de Müller. No se acomodaba ni demoraba una milésima de segundo en patear al arco, lo tenía claro: pronto es más efectivo que lindo. “Hay que hacerlo rápido o ya no lo haces”, decía. Nadie reaccionaba con más presteza. Con zurda, con derecha, de puntín, desde el suelo, cayéndose, con perfil o desacomodado, si pescaba la pelota, ésta iba al arco. Y entraba, era más rápido que la reacción de los arqueros y los defensas. Recomendamos un video para apreciar su virtud: bit.ly/3CYmglt

Beckenbauer lo adoraba. Lo va a sufrir mucho. Siempre ha dicho: «La grandeza del Bayern no me la deben a mí, todos se la debemos a él, a sus goles». Y es cierto. Fue una máquina goleadora, marcó 735 tantos en 793 partidos, a un asombroso promedio de 0,93 por juego, exactamente el mismo que Pelé. «Aunque ya hace tiempo lo veíamos venir, la noticia me cae como un rayo. Era un tipo fino y mucho más sutil de lo que muchos piensan. Gerd y yo éramos como hermanos”, comentó el Kaiser al diario Bild. “Antes de los partidos, Gerd me pasaba a buscar para después irnos en el micro con el equipo. Si me retrasaba me decía ‘Apúrate que llegamos tarde’. Y yo le replicaba: ‘Gordito, sin nosotros el Bayern no va a ninguna parte’».

La revista Kicker publicó una larga entrevista a Rummenigge acerca del Bombardero de la Nación: Dice Karl-Heinz: “Cuando lo vi a Müller por primera vez, me salió tratarlo de usted, pero él me dijo ‘Chico, jugamos en el mismo equipo. Soy Gerd’». También él recordó las palabras de Beckenbauer: “Franz dice que si no fuera por Müller, el Bayern todavía estaría jugando en su viejo estadio de tablones”. Y agrega: «Nunca voy a olvidar su positivismo, su sonrisa, su sentido del humor y por supuesto sus grandiosos goles. El área era su lugar. Un paso adelante, uno para atrás, otra vez para adelante, otra vez para atrás, hasta encontrar los pocos centímetros que necesitaba para meterla en la red. Eso, además de las paredes que hacía con Beckenbauer».

Todos sus compañeros lo idolatraban, incluso por encima del gran capitán. Rainer Bonhof es contundente: «La importancia de Gerd es gigantesca. Él convirtió a Alemania en una potencia del fútbol mundial. En la final del ’74 le di el pase para que haga el gol del triunfo, y después le dije en broma: ‘Vos eras el único que podía hacer algo con esa pelota’. Típico gol de Gerd, de la nada». Günter Netzer, aquel gran centrocampista que brillara en el Real Madrid, lo mismo: «El mejor jugador alemán de todos los tiempos fue Beckenbauer, pero Gerd Müller fue el fenómeno más grande. A veces hacía cosas que ni él mismo entendía. Era puro instinto.»

A diferencia de todos los demás futbolistas del mundo, Gerd ganó todos los títulos posibles siendo el héroe en cada uno de ellos. Nunca “participó”, siempre “protagonizó”. Bayern Munich era, hasta 1964, un club de orden regional. Ese año ganó el ascenso a la Bundesliga gracias, en buena medida, a los 33 goles de un retacón jovencito de 19 años, de gesto siempre adusto, casi hosco: Gerd Müller.

A partir de allí marcó todos los goles que fueron necesarios para que el Bayern se transformara en el club más fuerte de Alemania, de Europa y del mundo durante años. En 15 temporadas en el club muniqués anotó 365 veces sólo en la Bundesliga (ganó cuatro). Siete años fue máximo artillero de Alemania (67-69-70-72-73-74-78). En seis temporadas registró más goles que partidos jugados. Siempre con cifras bonitas: 30, 33, 36, 38, 40.

Sumó 78 tantos en la Copa de Alemania (obtuvo también cuatro) y 66 en las Copas de Europa (tres veces seguidas logró lo que hoy es la Champions). Es el único artillero del mundo de selecciones que tiene más goles que partidos jugados: registra 68 gritos en 62 salidas al campo. Ni Pelé ni Di Stéfano ni Eusebio pueden mostrar estas credenciales.

Paul Breitner se emociona al evocarlo: «Para mí, Gerd Müller fue el más grande jugador de mi vida. El fútbol pierde a un goleador único, capaz de hacer desde la nada los goles decisivos. Gerd es el cimiento sobre el que está construido el Bayern de nuestro tiempo. Lo llevó al nivel de los clubes más grandes. Jugar con él fue lo máximo que me pasó como jugador”.

Y era cero marketing, cero prensa; nunca hablaba. Sólo abría la boca para gritar “Goooollll”.

(19/09/2021)

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El campo de juego no es un centro de detención

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 6 de septiembre de 2021 / 07:52

“El gobierno brasileño no se tomó en serio la pandemia y, como consecuencia, muchos murieron innecesariamente», declaró el virólogo estadounidense Charles Rice, premio Nobel de Medicina 2021.

«Brasil es el ejemplo de todo lo que podía salir mal en una pandemia. Tenemos un país con unos dirigentes que, además de no implementar medidas de control, minaron las medidas como la distancia social, el uso de mascarillas y, durante mucho tiempo, también las vacunas. Ha sido una amenaza global». Opinión de Denise Garrett, epidemióloga que trabajó durante más de 20 años en el Centro para el Control de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) del Departamento de Salud de EE.UU. y ahora vicepresidenta del Instituto de Vacunas Sabin (Washington).

“Un grupo de expertos australianos del Instituto Lowy concluyó que Nueva Zelanda es el país que mejor gestionó la pandemia de Covid-19, mientras que Brasil fue el peor, está en el fondo de la lista tras ser analizados 98 países”, dice un despacho del canal de noticias internacionales France24, firmado por Ángela Gómez. Hay cien, doscientos testimonios similares o más condenatorios de expertos sobre el tratamiento dado por el Gobierno de Brasil a la peste del Covid. Peste que le ha costado hasta ahora 583.628 muertos y 20.890.779 de infectados a la nación amazónica, muchos de esos  sobrevivientes con secuelas importantes. Brasil es el segundo país con más fallecidos en el mundo por el temible coronavirus. Como el planeta entero sabe, el presidente brasileño Jair Bolsonaro ignoró los peligros de la epidemia y se mofó de ella, tomando escasos recaudos.

No obstante ello, el ministerio de salud del país amazónico puso un celo inédito, diríamos excepcional, como cuestión de Estado, para cazar a cuatro futbolistas argentinos que iban a ser parte del clásico sudamericano ante Brasil y logró suspender el cotejo que ya estaba en juego -iban apenas 5 minutos-. Un hecho insólito, jamás visto en la historia de este deporte. Un señor de particular, vestido con vaquero y en camiseta, con un arma en la cintura, supuestamente del departamento de sanidad o de un organismo de seguridad, irrumpió en el campo de juego y obligó al juez a abortar el partido. Aducía que el arquero Emiliano Martínez, el zaguero Cristian Romero, el volante Giovani Lo Celso y un suplente, Emiliano Buendía, habían infringido una norma del departamento de salud al ingresar al país y debían salir inmediatamente del campo y ser deportados. El juez venezolano Jesús Valenzuela permitió la intrusión y decretó la suspensión. Un suceso de inusitada gravedad, sin contar el papelón tercermundista: ¿Y si no era funcionario ni policía ni nada…? ¿Lo suspendía igual…?

Las autoridades brasileñas esgrimieron que la norma incumplida por ellos era que toda persona proveniente de Inglaterra debe hacer una cuarentena obligatoria y que los nombrados no la habían hecho, falseando la declaración jurada. Efectivamente, Martínez, Romero, Lo Celso y Buendía actúan en la Premier League y lograron permiso de sus clubes para estar presentes en esta triple fecha de la Eliminatoria. No obstante, y aunque pueda parecer un tecnicismo, provenían de Venezuela, donde habían disputado el encuentro anterior.

La Selección Argentina llevaba tres días alojada en San Pablo y no fue notificada de la posible deportación hasta unas horas antes del clásico, cuando se difundió la especie de que los cuatro futbolistas serían expulsados del territorio brasileño. No obstante ello, ningún funcionario se hizo presente en el hotel ni en el vestuario del estadio de Corinthians para efectivizar la medida antes del juego. Esperaron el inicio de las acciones e irrumpieron con carácter intimidatorio ordenando la salida de los cuatro elementos citados, con lo cual acabó el partido.

Nadie entendía nada. Ni los jugadores ni el árbitro ni el público. Sólo perplejidad. Brasil-Argentina es un clásico mundial, estaban Neymar y Messi en cancha, las imágenes iban a diversas latitudes y un sujeto armado irrumpe en el césped, se manotea con los jugadores argentinos y obliga a dar por concluidas las acciones. Se le escuchó decir a Tite, entrenador brasileño, con pesadumbre: “¡El espectáculo que estamos dando…!” Entre los actores de ambos bandos no hubo problema ninguno, sólo conversaciones respetuosas. El particular que ingresó, presuntamente de la policía de San Pablo, habría dicho que los cuatro atletas argentinos debían ser deportados en ese mismo momento y debían salir. No obstante, los cuatro viajaron sin problemas con el resto de la delegación rumbo a Buenos Aires.

La AFA había hecho en lo previo consultas a Conmebol y a FIFA y le respondieron que estaban resguardados por el protocolo sanitario acordado por ambas entidades con los gobiernos de los diez países sudamericanos para que el fútbol pudiera desarrollarse. FIFA lo hizo en realidad con todas las asociaciones del mundo. Ese protocolo incluye una rigurosa burbuja que aísla a los protagonistas. Por ello se han podido disputar normalmente en plena pandemia, aunque sin público, la Eliminatoria y las copas Libertadores y Sudamericana. Muchos equipos entran y salen de Brasil semanalmente sin inconvenientes, amparados por ese convenio. De allí el asombro de tal ensañamiento con estos cuatro jugadores, que además entraron en Brasil con PCR negativo y que no ponen en riesgo a nadie porque tienen absolutamente vedado cualquier contacto con personas externas a la delegación, lo cual hemos comprobado personalmente. El presidente del Barcelona SC de Ecuador (el exjugador argentino Alejandro Alfaro Moreno) vino a Buenos Aires encabezando la delegación de su club para enfrentar a Boca y la guardia apostada en el hotel no le permitía salir del hotel para ir a visitar a su madre. Es extremadamente riguroso.

No obstante, un hecho puntual desarticula la encarnizada obstinación de deportar a Martínez, Romero, Lo Celso y Buendía: hace 57 días apenas finalizó la Copa América en Brasil, los tres primeros la disputaron e ingresaron varias veces al País del Carnaval porque Argentina jugaba, retornaba a Buenos Aires, volvía para el siguiente duelo y así. Jair Bolsonaro pidió expresamente organizar la Copa cuando Colombia y Argentina no se decidieron a realizarla y ofreció todas las garantías sanitarias así como también respetar el protocolo firmado con Conmebol que permite el ingreso de los equipos.

Hay un trasfondo importante: Brasil decidió desafectar a nueve de sus seleccionados que militan en Inglaterra (Ederson, Alisson, Thiago Silva, Fabinho, Fred, Raphinha, Gabriel Jesús, Firmino y Richarlison) debido a la negativa de los clubes ingleses de liberarlos para estos tres compromisos, pero los argentinos sí lograron el permiso, entre otras cosas porque estaban decididos a viajar sí o sí, pasara lo que pasara. Eso creó un resquemor: ¿por qué ellos sí y los nuestros no…? Pero eso fue un arreglo individual de cada futbolista con su club. No tienen nada que ver las asociaciones ni los técnicos. El colombiano Dávinson Sánchez también gestionó y consiguió que el Tottenham le permitiera viajar. Se dijo que los brasileños no vinieron porque no hubiesen podido entrar a Brasil: falso.

¿Si los querían deportar por qué no lo hicieron antes del partido…? ¿O por qué no se esperó a que terminara…? No pocas veces una comisión policial esperó a un futbolista a la salida del estadio y se lo llevó detenido por causas diversas, pero jamás irrumpió en una cancha en medio de un partido. Y menos de un partido así. Estaba muy claro: no querían que jugaran los cuatro argentinos. Más después de haber perdido, hace menos de dos meses, la final de la Copa América frente a esta misma representación albiceleste.

Es un escándalo gigantesco, con una imagen lamentable transmitida al mundo. Deportivamente, los jugadores cuestionados estaban habilitados para actuar. Si incumplieron las normas migratorias brasileñas, el campo de juego no era el ámbito punitorio. La FIFA deberá decidir, aunque en este caso no hay mucho para pensar: la ley del fútbol establece que el local siempre es el responsable del espectáculo y en este caso es quien provocó la suspensión y el bochorno.

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Infantino y la FIFA, contra las cuerdas

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 29 de agosto de 2021 / 21:01

El flemático anuncio que desató la tormenta: “La Premier League no cederá a los jugadores sudamericanos que compitan en sus equipos a los seleccionados para la triple jornada de la Eliminatoria”. La comadrona española, dos pasos atrás: “LaLiga apoyará en todos los ámbitos la decisión de los clubes españoles de no liberar a sus jugadores internacionales para la convocatoria de CONMEBOL y realizará acciones legales pertinentes contra esta medida que afecta la integridad de la competición”. El contragolpe: “La FIFA amenazó con aplicar sanciones a las federaciones u otras instituciones que no entreguen a sus futbolistas para los partidos de las Eliminatorias al Mundial”.

FIFA puso el revólver sobre la mesa, pero nadie se inmutó. Al contrario, después de su advertencia Italia y Portugal se sumaron a la rebelión. Al final de la pulseada, los futbolistas vendrán, no obstante es el mayor levantamiento contra la matriz del fútbol en sus 117 años de existencia. Se le atrevieron, desafiaron su autoridad y lo estipulado en su estatuto. En tiempos de Havelange, el brasileño de origen belga hubiese sacado el hacha y aplicado una sanción sangrienta, pero desde el FIFAgate hacia acá la entidad de Zurich perdió prestigio y poder. Y Gianni Infantino no concita la adhesión ni el respeto de sus antecesores. Ya Florentino Pérez anunció la Superliga Europea con un descaro inédito. No prosperó, pero quedó claro que a él y a otros presidentes de clubes les importaba un rábano el orden establecido.

Si efectivamente a los futbolistas sudamericanos que actúan en Inglaterra, España, Italia y Portugal les hubiesen impedido venir a defender a sus selecciones, sería no sólo un precedente nefasto, Infantino terminaría como Luis XVI, ejecutado. La FIFA pasaría a ser una entidad tilinga y significaría el fin de la organización del fútbol como la conocemos. Que, mejor o peor, funciona desde hace 117 años.

“Acciones legales pertinentes”… ¡Vaya petulancia…! La Liga Española, como la Premier o la Serie A italiana no tienen autoridad para contrariar a la FIFA. Como si la liga de Cochabamba se envarara contra la matriz del fútbol. Las ligas están por debajo de sus asociaciones, son órganos internos de estas. Las afiliadas a la FIFA son las asociaciones. Y éstas al momento de unirse declararon aceptar las reglas del fútbol asociado. Los británicos inventaron este juego y la Asociación Inglesa es la primera del mundo en su tipo -de 1863- pero en 1905 pidió su ingreso a la FIFA, que había sido creada por otros siete países. Porque, vale aclararlo, la FIFA no está afiliada a la asociación inglesa, es al revés. Lo mismo es con sus 210 congéneres de todo el mundo. El fútbol asociado es un principio piramidal cuya cabeza es la FIFA. Así es la estructura. Si alguien no está acuerdo puede salirse; y si quiere permanecer debe cumplir las reglas.

Éstas, aprobadas por el Congreso -máxima instancia de la FIFA- fijan un calendario internacional para las competiciones de clubes y de selecciones. Y determinan qué torneos son oficiales a nivel de selección. Los oficiales -Mundial, copas continentales y Copa Confederaciones- se deben respetar. Ahí deben entregar a sus jugadores. En cambio los clubes son libres de negar a sus efectivos, si así lo desean, para el Torneo Olímpico o los Mundiales con límite de edad (Sub-20, Sub-17). 

“Pero los jugadores pertenecen a los clubes, ellos les pagan”, se esgrime. Para competencias entre clubes sí; a nivel de selecciones pertenecen a su país. Neymar se debe al Paris Saint Germain mientras dure su contrato, a Brasil está unido para siempre. Ya no puede jugar por otra bandera. La FIFA incluso da un resarcimiento a los equipos por ceder sus profesionales en los Mundiales. La UEFA hace lo propio cuando disputan la Eurocopa. A su vez, las asociaciones pagan premios a los futbolistas cuando juegan por sus selecciones. Está todo pensado y acordado. La Premier League no puede decidir si libera a los jugadores sudamericanos o no. Estos son libres de ir. No pueden atajarlos en el aeropuerto. El arquero argentino Emiliano Martínez, del Aston Villa, fue contundente: “Yo voy seguro, me dejen o no”. No pueden penalizarlos por ello ni tomar ninguna acción coercitiva cuando regresen de jugar la Eliminatoria. Los ingleses, tan escrupulosamente reglamentosos, lo saben. Su anuncio fue una bravata, si pasaba, iban por más.

Infantino, en una posición de debilidad sorprendente, recurrió a la buena fe de Boris Johnson, primer ministro inglés. Le mandó una cartita: “Boris querido, te pido esta gauchada, liberame a los muchachos…” El tono era más que cortés, casi implorante.

Todo este embrollo -de real gravedad- es porque los clubes ingleses no podrían utilizar a dichos futbolistas hasta diez días después de haber vuelto al país debido a la cuarentena obligatoria que ha impuesto Inglaterra para quienes viajan al exterior. Si les exigen aislarse, los jugadores se perderían dos partidos del campeonato, una jornada de competencias UEFA y la tercera ronda de la Copa de la Liga.

La Premier League tiene una norma inflexible: no permite contratar jugadores extranjeros que no sean de selección. Esto es para mantener alta la vara de la calidad y para que el campeonato, un producto refinado y cuidado, no se vea profanado de mediocridad. ¿Y luego no quiere permitirles que jueguen por su selección…? Cuando un jugador defiende a su selección aumenta su cotización, o sea es beneficio para su club. Si un club vende a un futbolista campeón de liga tiene un precio, si vende a un campeón del mundo ese valor se multiplica.

El fútbol de clubes divide, el de selecciones une. Por eso apasiona tanto, porque está investido de la nacionalidad, de la identidad y las raíces. Representa en cierto modo el carácter y el talento del país. Aparte de ello, en el campo internacional nacieron mucho antes las competencias de selecciones que las de clubes. La Copa América empezó en 1916, la Libertadores en 1960. En Europa fue igual. Sin embargo, el eje del poder actual pasa por los quince o veinte clubes de élite europeos. Y estos se muestran díscolos con la UEFA y la FIFA.

Sudamérica, pobrecita, quedó empequeñecida como nunca, desvalida. La Conmebol ni abrió la boca. Europa maneja esta industria, de aquí les enviamos trabajadores (cada vez menos). Así está el panorama. Pero esos trabajadores salvarán la ropa: van a llegar hoy y la triple fecha se va a jugar. Porque los futbolistas tienen más poder (y más agallas…) que la Premier League y que la FIFA misma. Ya habían decidido que, con prohibición no, venían igual. Y nadie se atreverá a sancionarlos. Cuidado: salvan la situación, no la autoridad de Infantino.

Un grosero error de la Liga Española -recurrir al TAS para darle respaldo legal a su pretensión- posibilitó que automáticamente todos los futbolistas quedaran habilitados para venir. El TAS -órgano judicial que dirime todos los pleitos del fútbol- dictaminó que, en este caso, las ligas deben cederlos para que puedan jugar por sus selecciones pues se trata de una Eliminatoria mundialista. De tal modo, las cuatro ligas europeas incurrieron en un papelón monumental. Pero no tapa el irrespeto a la FIFA y el ninguneo a Infantino.

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Opinión

Infantino y la FIFA, contra las cuerdas

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 29 de agosto de 2021 / 20:46

El flemático anuncio que desató la tormenta: “La Premier League no cederá a los jugadores sudamericanos que compitan en sus equipos a los seleccionados para la triple jornada de la Eliminatoria”. La comadrona española, dos pasos atrás: “LaLiga apoyará en todos los ámbitos la decisión de los clubes españoles de no liberar a sus jugadores internacionales para la convocatoria de CONMEBOL y realizará acciones legales pertinentes contra esta medida que afecta la integridad de la competición”. El contragolpe: “La FIFA amenazó con aplicar sanciones a las federaciones u otras instituciones que no entreguen a sus futbolistas para los partidos de las Eliminatorias al Mundial”.

FIFA puso el revólver sobre la mesa, pero nadie se inmutó. Al contrario, después de su advertencia Italia y Portugal se sumaron a la rebelión. Al final de la pulseada, los futbolistas vendrán, no obstante es el mayor levantamiento contra la matriz del fútbol en sus 117 años de existencia. Se le atrevieron, desafiaron su autoridad y lo estipulado en su estatuto. En tiempos de Havelange, el brasileño de origen belga hubiese sacado el hacha y aplicado una sanción sangrienta, pero desde el FIFAgate hacia acá la entidad de Zurich perdió prestigio y poder. Y Gianni Infantino no concita la adhesión ni el respeto de sus antecesores. Ya Florentino Pérez anunció la Superliga Europea con un descaro inédito. No prosperó, pero quedó claro que a él y a otros presidentes de clubes les importaba un rábano el orden establecido.

Si efectivamente a los futbolistas sudamericanos que actúan en Inglaterra, España, Italia y Portugal les hubiesen impedido venir a defender a sus selecciones, sería no sólo un precedente nefasto, Infantino terminaría como Luis XVI, ejecutado. La FIFA pasaría a ser una entidad tilinga y significaría el fin de la organización del fútbol como la conocemos. Que, mejor o peor, funciona desde hace 117 años.

“Acciones legales pertinentes”… ¡Vaya petulancia…! La Liga Española, como la Premier o la Serie A italiana no tienen autoridad para contrariar a la FIFA. Como si la liga de Cochabamba se envarara contra la matriz del fútbol. Las ligas están por debajo de sus asociaciones, son órganos internos de estas. Las afiliadas a la FIFA son las asociaciones. Y éstas al momento de unirse declararon aceptar las reglas del fútbol asociado. Los británicos inventaron este juego y la Asociación Inglesa es la primera del mundo en su tipo -de 1863- pero en 1905 pidió su ingreso a la FIFA, que había sido creada por otros siete países. Porque, vale aclararlo, la FIFA no está afiliada a la asociación inglesa, es al revés. Lo mismo es con sus 210 congéneres de todo el mundo. El fútbol asociado es un principio piramidal cuya cabeza es la FIFA. Así es la estructura. Si alguien no está acuerdo puede salirse; y si quiere permanecer debe cumplir las reglas.

Éstas, aprobadas por el Congreso -máxima instancia de la FIFA- fijan un calendario internacional para las competiciones de clubes y de selecciones. Y determinan qué torneos son oficiales a nivel de selección. Los oficiales -Mundial, copas continentales y Copa Confederaciones- se deben respetar. Ahí deben entregar a sus jugadores. En cambio los clubes son libres de negar a sus efectivos, si así lo desean, para el Torneo Olímpico o los Mundiales con límite de edad (Sub-20, Sub-17).

“Pero los jugadores pertenecen a los clubes, ellos les pagan”, se esgrime. Para competencias entre clubes sí; a nivel de selecciones pertenecen a su país. Neymar se debe al Paris Saint Germain mientras dure su contrato, a Brasil está unido para siempre. Ya no puede jugar por otra bandera. La FIFA incluso da un resarcimiento a los equipos por ceder sus profesionales en los Mundiales. La UEFA hace lo propio cuando disputan la Eurocopa. A su vez, las asociaciones pagan premios a los futbolistas cuando juegan por sus selecciones. Está todo pensado y acordado. La Premier League no puede decidir si libera a los jugadores sudamericanos o no. Estos son libres de ir. No pueden atajarlos en el aeropuerto. El arquero argentino Emiliano Martínez, del Aston Villa, fue contundente: “Yo voy seguro, me dejen o no”. No pueden penalizarlos por ello ni tomar ninguna acción coercitiva cuando regresen de jugar la Eliminatoria. Los ingleses, tan escrupulosamente reglamentosos, lo saben. Su anuncio fue una bravata, si pasaba, iban por más.

Infantino, en una posición de debilidad sorprendente, recurrió a la buena fe de Boris Johnson, primer ministro inglés. Le mandó una cartita: “Boris querido, te pido esta gauchada, libérame a los muchachos…” El tono era más que cortés, casi implorante.

Todo este embrollo -de real gravedad- es porque los clubes ingleses no podrían utilizar a dichos futbolistas hasta diez días después de haber vuelto al país debido a la cuarentena obligatoria que ha impuesto Inglaterra para quienes viajan al exterior. Si les exigen aislarse, los jugadores se perderían dos partidos del campeonato, una jornada de competencias UEFA y la tercera ronda de la Copa de la Liga.

La Premier League tiene una norma inflexible: no permite contratar jugadores extranjeros que no sean de selección. Esto es para mantener alta la vara de la calidad y para que el campeonato, un producto refinado y cuidado, no se vea profanado de mediocridad. ¿Y luego no quiere permitirles que jueguen por su selección…? Cuando un jugador defiende a su selección aumenta su cotización, o sea es beneficio para su club. Si un club vende a un futbolista campeón de liga tiene un precio, si vende a un campeón del mundo ese valor se multiplica.

El fútbol de clubes divide, el de selecciones une. Por eso apasiona tanto, porque está investido de la nacionalidad, de la identidad y las raíces. Representa en cierto modo el carácter y el talento del país. Aparte de ello, en el campo internacional nacieron mucho antes las competencias de selecciones que las de clubes. La Copa América empezó en 1916, la Libertadores en 1960. En Europa fue igual. Sin embargo, el eje del poder actual pasa por los quince o veinte clubes de élite europeos. Y estos se muestran díscolos con la UEFA y la FIFA.

Sudamérica, pobrecita, quedó empequeñecida como nunca, desvalida. La Conmebol ni abrió la boca. Europa maneja esta industria, de aquí les enviamos trabajadores (cada vez menos). Así está el panorama. Pero esos trabajadores salvarán la ropa: van a llegar hoy y la triple fecha se va a jugar. Porque los futbolistas tienen más poder (y más agallas…) que la Premier League y que la FIFA misma. Ya habían decidido que, con prohibición no, venían igual. Y nadie se atreverá a sancionarlos. Cuidado: salvan la situación, no la autoridad de Infantino.

Un grosero error de la Liga Española -recurrir al TAS para darle respaldo legal a su pretensión- posibilitó que automáticamente todos los futbolistas quedaran habilitados para venir. El TAS -órgano judicial que dirime todos los pleitos del fútbol- dictaminó que, en este caso, las ligas deben cederlos para que puedan jugar por sus selecciones pues se trata de una Eliminatoria mundialista. De tal modo, las cuatro ligas europeas incurrieron en un papelón monumental. Pero no tapa el irrespeto a la FIFA y el ninguneo a Infantino.

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Clubes brasileños: El poder de la chequera

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 22 de agosto de 2021 / 20:28

Un sorprendente Barcelona SC impidió lo que hubiese sido un histórico póker brasileño en las semifinales de la Libertadores. Eliminó a Fluminense y ahora los cruces quedaron así: Palmeiras-Atlético Mineiro y Flamengo-Barcelona SC. A su vez, una victoria mínima de Libertad sobre Santos evitó que los clubes de la patria de Pelé monopolizaran también la Copa Sudamericana. Afortunadamente se repartió un poco: chocarán Peñarol-Paranaense y Bragantino-Libertad de Asunción. A punto estuvieron de quedar siete equipos brasileños entre los ocho semifinalistas, un dominio arrasador y ponderable, aunque no deja de ser inquietante: ¿Cómo enfrentarlos con éxito…? ¿para qué juegan los otros…?

Semejante supremacía del fútbol de Brasil a nivel de club (su Selección también lidera la Eliminatoria con 18 puntos en 6 partidos) llevó a todo el continente a preguntarse qué está pasando. Hasta Boca y River quedaron en el camino en cuartos de final. Recordemos, además, que Flamengo y Palmeiras son los últimos campeones de la competencia mayor. Y que de los últimos diez campeones, seis fueron brasileños. Con un agregado relevante, los seis diferentes: Santos, Corinthians, Atlético Mineiro, Gremio, Flamengo y Palmeiras. Todos son potentes. Y en cualquier momento podrían agregarse Cruzeiro, Inter, Vasco, São Paulo, que ya saben los que es ser Rey de América. Incluso Fluminense, que ya fue finalista, hasta Botafogo… Hay mucho cuadro grande y poderoso en el País del Carnaval. Quizás más grande que cualquier otro del continente.

Lo que debemos preguntarnos es si esto es una tendencia que ha llegado para quedarse o si se podrá competir contra ellos. La realidad es que está difícil por una suma de circunstancias. En las primeras tres décadas de Copa los brasileños lograron apenas 5 títulos; en los siguientes treinta y un años llevan 15. Y ahora tienen altas posibilidades de sumar otro. Muestran un crecimiento notable a nivel regional.

Muchos adjudican esta prevalencia a que disponen de más cupos: en esta edición fueron 8, frente a 7 de Argentina y 4 del resto. Es un factor, indudablemente, pero no el único. Hay muchos países que, aunque les dieran 8 lugares, no ganarían nunca una Copa. Está el poderío de los equipos brasileños, que ya ni saben cómo era el jogo bonito, pero son fuertes, competitivos. ¿Es porque surgen muchos jóvenes talentos en Brasil…? Nada que ver, pero tienen un poderío económico gigante comparado con el de los Pulgarcitos a los que se enfrentan. Y se refuerzan en el resto de Sudamérica. O sea, además debilitan a los vecinos. Atlético Mineiro es buen ejemplo: contrató a Hulk haciéndole un contrato millonario y ahora a Diego Costa, otro fichaje costoso; le sacó a River a Nacho Fernández y luego le ganó 1 a 0 con gol de Nacho Fernández (traspasado por 6 millones de dólares limpios para el club millonario); Matías Zaracho, autor de dos golazos también ante River (uno con preciosa chilena), era la joya de Racing, Atlético compró el 50% de su pase en 7 millones de dólares libres para la Academia. El centrodelantero titular es Eduardo Vargas, de la Selección Chilena; el capitán del equipo, el paraguayo Junior Alonso; también están el ecuatoriano Allan Franco, el venezolano Jefferson Savarino y el colombiano Dylan Borrero. Un combinado internacional.

¿Es lo que tocará medir en los próximos años…? Jorge Luiz Rodrigues, prestigioso periodista carioca de SporTV, tranquiliza un poco: “Es verdad que la diferencia de presupuesto es mucho mayor que la de todos los clubes sudamericanos, incluido el fútbol argentino, pero son tres los clubes con mucho dinero: Atlético Mineiro, Palmeiras y Flamengo. Estos también le llevan mucha ventaja al resto de equipos brasileños. Atlético tiene un mecenas, Rubens Menin, que es billonario. Es dueño de MRV, la constructora más grande de Brasil, que construye las viviendas para el Gobierno, y es fanático del Galo. Pone toda la plata que haga falta. Palmeiras tiene detrás a Crefisa, poderosa compañía financiera cuya presidenta Leila Pereira quiere tomar el mando del club. Paga 21 millones de dólares por la publicidad en la camiseta más bonos adicionales. Por ser campeón de la Libertadores, Palmeiras recibió otros 2,3 millones de su patrocinador. Crefisa además le otorga préstamos para fichar jugadores. Por último, Flamengo está muy bien porque es un club saneado, muy bien administrado, e ingresa muchísimo dinero de la TV”.

Y agrega: “Pero otros están tapados por las deudas. Botafogo debe 185 millones de dólares, Vasco 113, Corinthians está en problemas. Estos tampoco pueden competir con aquellos tres”.

¿Cómo se entreveró Barcelona de Ecuador en medio de estos potentados…? Es muy meritorio. Con sus 10,5 millones de dólares destinados al equipo de fútbol, debe vérselas ante Palmeiras (167 millones), Flamengo (155), Mineiro (105) y Fluminense (74). El presupuesto de Palmeiras equivale al de diez o quince rivales extranjeros juntos. En el fútbol de club es una desproporción abismal. Pero Barcelona demuestra que con criterio y sabiduría para armar un plantel se puede pelear. Atlético Nacional dio la pauta en 2016 coronando en gran estilo. ¿Cuál es la fórmula para darles guerra…? La de toda la vida: saber fichar, elegir bien, conseguir un gran entrenador, generar mística. Y jugarles como le jugó Argentina a Brasil en la final de la Copa América: 200% de actitud.

Aún hay legiones que se sienten aterrorizadas de que un Tío Rico como Roman Abramovich o estados como Catar o Emiratos Árabes desembarquen en el equipo de sus amores. ¿Cuál sería el problema…? ¿Qué inyecten cien millones de dólares, fichen grandes figuras y sean campeones de América…? ¿Qué son Rubens Menin y Leila Pereira sino dos personajes de la lista Forbes que derraman fortunas sobre sus clubes y los potencian…?

“Además de la supremacía económica hay un cambio de expectativa: cuando yo era niño los clubes brasileños estaban enfocados en los torneos estaduales o nacionales, ahora apuestan todo a los continentales, especialmente a la Libertadores. Esto empezó con el São Paulo de Telé Santana. Entendieron que la Libertadores, la Sudamericana, la Recopa dan una gran visibilidad internacional”, dice Celso Unzelte, periodista e historiador paulista. Y también están los increíbles premios de los campeonatos internos. La Copa Brasil, tercera competición en importancia, reparte 60 millones de reales al ganador, que en total recauda unos 75 millones con las fases previas. Esto significa 14,5 millones de dólares. Un premio suculento. Si a ello sumamos los enormes premios que da el Campeonato Paulista, el Brasileirão y la propia Libertadores está claro que, al menos en Brasil, el negocio es jugar a ganador. Por eso todos se refuerzan.

La pelota está en campo de los rivales. O se quedan a mirar y aplaudir o deciden esforzarse y dar combate.

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