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jueves 20 ene 2022 | Actualizado a 07:16

Repechaje: el cielo o el infierno

/ 28 de noviembre de 2021 / 21:09

Italia y Portugal se arrancarán los ojos por un lugar en Catar 2022. O quizás Turquía o Macedonia del Norte se los arranquen a ambos, quién sabe. El repechaje europeo será caminar sobre brasas ardientes: hay doce selecciones para sólo tres boletos. Y además de los nombrados están Rusia, Escocia, Polonia con Lewandowski, Austria, Ucrania, Gales… Y dos subcampeones mundiales como Suecia y República Checa… En dos partidos únicos y en campo neutral se decidirá la suerte de doce selecciones con historia. Pronosticar es imposible. En marzo de este año Macedonia tumbó a Alemania en Duisburgo: 1-2. A partir de ahí está claro que todo puede suceder. 

En el mismo acto donde se sorteó la repesca europea fue a bolillero la de Sudamérica y pasó lo peor: el quinto de acá medirá al quinto de Asia, a un solo juego también en terreno independiente. No sabemos aún quién ocupará ese lugar en nuestra Eliminatoria. Pero no la tendrá fácil: el rival podría ser Australia, durísimo. Los Socceroos ya eliminaron una vez a Uruguay, cuidado…

El repechaje es el cielo o el infierno. Que lo digan los treinta millones de peruanos que se fundieron en un solo abrazo al vencer a Nueva Zelanda y alcanzar el nunca tan soñado pase al Mundial de Rusia. O que expresen los uruguayos qué sintieron aquel 16 de noviembre de 2005 cuando el arquero australiano Mark Schwarzer le paró el último penal a Marcelo Zalayeta. En el acto, Montevideo se convirtió en un cementerio. “El muerto está lejos, pero esto es un velorio”, graficó Jaime Roos, brillante cantautor, creador de ‘Cuando juega Uruguay’, donde describe el sentimiento que impregna a su pueblo cada vez que sale al ruedo la Celeste.

La nunca contada historia de los repechajes es bellísima. Está bañada de alegrías y amarguras límite. Fueron diez veces las que selecciones sudamericanas lucharon por esa última plaza, la del estribo. Sesenta años atrás exactos -noviembre de 1961- Paraguay inauguró esas disputas en busca de un cupo mundialista. Le tocó México, que entonces era una expresión muy menor. Además, Paraguay venía de hacer un digno Mundial ’58 en Suecia. “Se pierde una clasificación regalada”, escribió el doctor Miguel Ángel Bestard, diplomático y brillante historiador futbolístico guaraní. México ganó 1-0 en el norte e igualaron 0-0 en Asunción. “Muy poco o casi nada se sabía acá del fútbol mexicano. Con una soberbia muy paraguaya se esperaba el momento para dar una soberana paliza al país de Cantinflas”, dice Bestard en su magnífico libro ‘Paraguay: cien años de fútbol’. A México le habían hecho jugar una cantidad de partidos previos en Concacaf, en tanto la Albirroja estaba descansada. Y agrega: “En los días previos el calor era infernal, los mexicanos estaban desesperados y la afición local, en su salsa, gozaría con una espectacular goleada. Pero ese domingo amaneció con un fuerte viento sur, frío y lluvioso. La pista estaba mojada, la eterna tragedia endémica e incurable de nuestro fútbol. El público paraguayo le teme al agua más que el gato… Ni una pelota peligrosa llegó al arco del veterano arquero Carbajal. La gente se retiró triste y desilusionada”.

Paraguay hubiese sido el sexto sudamericano en Chile 1962, un Mundial con 16 equipos. Para Alemania 1974 se dio el segundo capítulo, seguro el más novelesco de los diez: Chile versus la Unión Soviética. Un golpe militar encabezado por Augusto Pinochet había depuesto al presidente chileno Salvador Allende, de extracción marxista-leninista, el 11 de septiembre de 1973. Quince días después, la Selección Chilena debía enfrentar a la URSS en Moscú. Sorteando diversos inconvenientes, la Roja llegó al país más grande del mundo y, con un planteo ultradefensivo, logró un heroico empate en cero. Dos meses más tarde correspondía la revancha en Santiago, pero el Gobierno comunista soviético (tan respetuoso de la democracia…) ordenó que su equipo nacional no acudiera, en protesta por el derrocamiento de Allende y porque el Estadio Nacional era un centro de detención y torturas. No quería jugar allí, aunque se quedara sin Mundial. Llegado el día y la hora del segundo encuentro, se especulaba con que la URSS se aparecería de improviso. Por eso Chile entró al campo con vestimenta de juego para cumplir con el reglamento, el juez dio el pitazo, los jugadores avanzaron sin nadie adelante y Chamaco Valdés hizo un gol simbólico. “El partido contra los fantasmas”, se denominó. La URSS perdió los puntos y Chile fue al Mundial sin necesidad de jugar esa revancha.

Para Argentina 1978 le tocó la repesca a Bolivia. Y otra vez un rival fuerte y de gran tradición: Hungría. Estaban dos grandes delanteros húngaros: Nyilasi y Fazekas. No hubo ambivalencias: los magiares golearon en Budapest 6 a 0 y se impusieron 3-2 en La Paz. En el Mundial ’82, casi la misma Hungría le ganaría 10 a 1 a El Salvador, resultado récord. Después de estar tan cerca, fue una decepción para la Verde, que había cumplido una buena Eliminatoria en nuestro continente.

Hubo que esperar doce años para ver otra repesca. Un solitario gol del Palomo Usuriaga en Barranquilla le dio a Colombia el cupo para Italia ’90. Llevaba 28 años sin participar de una Copa el país de García Márquez, ya consagrado con el Nobel. Su adversario fue Israel. Ambos habían asistido una sola vez a la cita máxima. En Tel Aviv igualaron 0-0; el equipo de Maturana hizo valer aquel triunfo por la mínima. Siempre quedó bajo un manto de dudas la misteriosa decisión de Francisco Maturana de no llevar al Mundial a Usuriaga, el hombre que con su gol le había dado el pasaje. Sonó a ingratitud. Pacho sólo dijo que, en el momento de viajar a Italia, “Usuriaga no cabía”.

Luego, como la FIFA empezó a dar siempre cuatro cupos y medio a Sudamérica, debía dirimirse el otro medio con un enfrentamiento intercontinental. Y se hicieron norma los repechajes.

En 1993, el célebre 5 a 0 de Colombia sobre Argentina en Buenos Aires dejó en el abismo a la Albiceleste de Coco Basile, que tuvo que partirse el lomo frente a Australia, un futbol duro, complicado, de corte británico. El miedo cerval de Julio Grondona de quedarse sin Mundial hizo que llamaran de vuelta a Diego Maradona, quien no había anunciado formalmente su adiós, pero estaba retirado momentáneamente del fútbol por su conocida adicción. Con lo justo, 1-1 allá, 1-0 acá, Argentina fue a Estados Unidos ’94, del que era sin dudas el mejor equipo con diferencia, y del que debió volverse, hundido por la sanción al propio Maradona.

Luego llegaron otros dos choques ante los australianos en 2002 y 2006. Ambos de Uruguay. Los Charrúas protagonizaron cuatro veces esta instancia salvavidas, las cuatro consecutivas. En 2002 impuso su superioridad histórica sobre los oceánicos. Había caído 1-0 en Melbourne, pero se desquitó 3-0 en el Centenario. Cuatro años después fue 1-0 para la Celeste de local y 1-0 y penales para los amarillos allá. El periódico The Australian, de Sidney, calificó la victoria sobre Uruguay como el mayor logro de la historia deportiva del país. Una nación de rica tradición deportiva, con tenistas y rugbiers legendarios y cientos de medallistas dorados en los distintos Juegos Olímpicos.

Uruguay se tomaría desquite en los siguientes ocho años con Costa Rica y Jordania. Y Perú se daría el gustazo ante Nueva Zelanda en 2017, pero esas son todavía páginas frescas. En las épocas doradas del fútbol sudamericano, hasta el quinto de acá era mucho para la modestia de Asia, Oceanía o Concacaf. Ahora cambiaron las barajas.

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Guardiola deja señada otra liga

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 16 de enero de 2022 / 18:30

Pep Guardiola entregó el 50% y dejó señada la liga 2021-22 en Inglaterra. Su confiable y estético Manchester City venció al granítico Chelsea 1-0 con sensacional golazo de Kevin De Bruyne. Era primero contra segundo. Al vencer el primero, el cuadro ciudadano le sacó 13 puntos de ventaja y casi le bajó la persiana al campeonato.

Suele ser el problema con Guardiola: cuando aún quedan casi cuatro meses y medio de campeonato, ya le quita toda emoción a la pelea por el título. Desluce los torneos. Guardiola tiene algo de Ayrton Senna: mientras puede respirar, va primero. Siempre.

El Chelsea puede ir dedicándose a otra cosa. Quien podría acercársele un poco es el Liverpool, que está 11 unidades abajo, aunque con un partido menos. Igual, sin pretender hacer periodismo de anticipación, arriesgaremos: esta Premier no se le escapa a Pep. Aunque falten 16 jornadas (un 42% de desarrollo). Es imposible pensar que perderá cinco o seis duelos de aquí a la bandera a cuadros. O que caiga dos o tres veces seguidas. Parece insólito imaginar que un equipo de Guardiola pierda tres o cuatro al hilo. Una vez aconteció: en la Bundesliga 2014-2015, dirigiendo al Bayern Munich, cayó sucesivamente ante el Bayer Leverkusen, el Augsburgo y el Friburgo, pero ya había sido campeón por un campo. Los muchachos jugaban con una jarra de cerveza en la mano.

Fue una partida de ajedrez: los dos equipos se conocen demasiado, Guardiola y Thomas Tuchel igual. El técnico alemán le había ganado al español la final de Europa (1-0) y la semifinal de la Copa Inglesa a mediados de 2021. Pep se tomó una pequeña revancha derrotándolo las dos veces en esta liga. Pero podrían volver a encontrarse en semifinales de Champions. Chelsea se piensa inferior al City y sale a defender siempre con cinco en el fondo más dos tanques en el medio (Kanté y Kovacic). Y espera un contraataque, una pelota parada, un pase filtrado. El City no varía nunca su esquema: tener siempre la bola, dominar, buscar, tocar y tocar hasta que aparezca el hueco feliz por donde meter el cuchillo.

Ese hueco apareció en el minuto 69: João Cancelo, tal vez hoy el mejor lateral del mundo, porque además hace las dos bandas con igual eficacia, puso un pase precioso a De Bruyne, el belga arrancó en su estilo, arrasando, Kanté olfateó el peligro e intentó talarlo, pero Kevin aguantó como un vikingo, siguió y, desde el borde del área, la clavó junto a un palo. Gol de inteligente. Si hubiese querido eludir a Rudiger no hubiese fructificado. Pasar al moreno es como escalar el Himalaya. Es un muro, un zaguero ciclópeo. De la misma dimensión futbolística que Kanté.

Chelsea no remató al arco en los 95 minutos y en ese dato queda resumida su actuación. Es difícil jugar contra Guardiola: sus equipos nunca te dejan la pelota. ¿Cómo elaborar una jugada si uno no tiene la herramienta…? Estamos hablando del campeón de Europa, de una formación que llegaba con una derrota en quince juegos. No pudo patear al arco. Y en ello reside una enorme porción de mérito de los equipos del catalán: no sólo muestran un fútbol agradable y ofensivo, también saben cuidar la casa. El City apenas recibió 13 goles en 22 encuentros. Lleva doce victorias consecutivas. Es un Mercedes. Uno sabe que, además del confort y la elegancia, llegará. Y de cara al tramo definitorio de la temporada, el motor le suena como un violín.

Guardiola aplasta con los números y con el juego. Sus detractores es como que ya bajaron la guardia. Antes hubiesen inundado Twitter vociferando: “Claro, si tiene todas las estrellas…” Pero en su plantel no están ni Messi ni Cristiano Ronaldo ni Mbappé ni Haaland ni Benzema ni Salah ni… “Pero fichó por cientos de millones…” Sí, los mismos millones que gastaron el Liverpool, el Chelsea, el Manchester United, el Real Madrid, el Barcelona… Sólo que él los hace jugar mejor. “¿Y por qué no gana la Champions…?” La ha ganado, dos veces, y seguramente volverá a hacerlo. Y si no lo hiciera ¿qué…? ¿Es menos extraordinario por eso…? Si lo único que vale son el Mundial y la Champions, ¿para qué se juegan estos campeonatos…?

El City era hasta 2008 un club con tradición, aunque de media tabla hacia abajo, incluso con una larga lista de descensos. Sólo había conquistado dos ligas. Su gloria era ser el rival de patio del Manchester United, que lo tenía bajo la suela. Tras la llegada del Abu Dhabi Group, fondo soberano de Emiratos Árabes Unidos, se convirtió en un gigante mundial. Logró cortar la brutal hegemonía del United de Alex Ferguson. Ahora le gana seguido y, si da esta vuelta olímpica, serán seis Premier League sobre once disputadas. Más dos Copa de Inglaterra, 6 Copa de la Liga, una final de Champions. Mucho laurel. Y si no corona, al menos coquetea con la chica hasta la puerta de su casa.

 Pero el City busca más que una liga, quiere marcar una era. La consultora suiza KPMG acaba de difundir un informe según el cual, por primera vez en la historia, el Manchester City generó más ingresos que el Manchester United: 644 millones de euros contra 557 de los Diablos Rojos. Corresponde al ciclo 2020-2021. Muy meritorio porque el United ha sido durante décadas el club con mayor facturación, o el segundo. Y es posible que en este curso 2021-2022 se repita el suceso, aún cuando el City tiene menos hinchas en Inglaterra y muchísimos menos en el resto del mundo. Y cuando su estadio posee 19.782 localidades menos que Old Trafford. No obstante, en la gestión futbolística, desde la dirección deportiva, el City lo golea doce a cero. Pueden cometer un dislate (como pagar 117 millones de euros por un volante normalito como Jack Grealish), pero luego lo remedian con otras ventas y cosechando más éxitos. Han sido campeones también con Roberto Mancini y con Manuel Pellegrini, lo que pondera la dirección del club al mismo nivel que la genialidad de Pep.

Para los que gustan más de las estadísticas que del juego: Guardiola va por su décimo título de liga en trece que ha disputado desde su debut en Barcelona. Una animalada. Ha ganado 567 de los 777 cotejos que disputó, con 1909 goles marcados y sólo 599 recibidos. Acumula una diferencia de gol de + 1.310… Alucinante. Nadie en la historia ha alcanzado estos guarismos. Ni Ferguson ejerció un dominio tan tiránico.

Tiene contrato hasta junio de 2023 con los ciudadanos. En tal sentido, con él no puede aventurarse nada pues es capaz de las decisiones más inesperadas, aunque ha confesado sentirse plenamente a gusto en Manchester y querer seguir mucho tiempo allí. Si renueva, será la peor noticia para todos los demás clubes. A seguir remando…

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‘Un día sin fútbol, me parece un día vacío’

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 9 de enero de 2022 / 20:55

A  menudo imagino mi primera conversación con Dios cuando me muera. Me preguntará qué he hecho con mi vida, qué sentido le he dado. Le responderé que he intentado ganar mis partidos. Y probablemente me preguntará, decepcionado: ‘¿Eso es todo?’. Intentaré convencerle de que ganar partidos es menos fácil de lo que parece y que el fútbol tiene importancia en la vida de millones de personas, que crea momentos de unión, de alegría y de tristeza enormes”.

La frase está contenida en Arsène Wenger: La filosofía de un líder, el imperdible libro de memorias del célebre entrenador francés que durante 22 años fue el factótum de los éxitos y el crecimiento institucional del Arsenal inglés, así como de su juego agradable y ofensivo. Simplemente, él cambió su historia. Arsenal era grande por su gente y su tradición, con Wenger se universalizó también como equipo potente y ganador. El Profesor reconoce haberse dedicado íntegramente al fútbol, incluso por encima de su vida familiar y sentimental, desde los 7 años en Duttlenheim, una minúscula villa de Alsacia, donde se crió, hasta su actualidad como director de desarrollo del fútbol mundial de la FIFA. Lo que definimos como “un loco del fútbol”, un Bilardo, un Bielsa. La obra es otra maravilla que nos entrega a los futboleros el sello Córner, de Roca Editorial. Como antes nos deleitara con Puskas sobre Puskas y las autobiografías de Cruyff, Ferguson, Van Basten, Ibrahimovic, Gullit, tantos…

Arsène comenzó en el Nancy de la familia Platini, club pequeño, pero el que le dio estatus de Primera División. Buen primer año, triste tercero: descendieron. Ya era un “enfermo” del fútbol. “Habíamos perdido un partido las vísperas de Navidad. Pasé días encerrado. Solo salí el día 24 para ir a visitar a mis padres, pero estaba como un miserable, un zombi. Hoy me avergüenzo de aquella intensidad”. El Mónaco confió en él y Wenger dio el primer zarpazo de prestigio: en su año inicial ganó con amplitud el campeonato francés. No solo esto, comenzó a vislumbrarse quizá la mejor de sus habilidades: la de fichador experto, quizás el número uno del mundo en ese rubro crucial. Su ojo clínico y sus contactos consiguieron por monedas dos jugadores fabulosos: George Weah, que recién comenzaba en Liberia y llegaría a ser Balón de Oro, y Lilian Thuram, el fenomenal defensa que con 18 años actuaba en el Fontainebleau, un cuadrito amateur. Lilian sería campeón mundial 1998 y quien más vestiría la camiseta de Francia con 142 presencias.

Armó un plantel estelar. “Tenía unos jugadores fantásticos, como Manuel Amorós, el arquero Jean-Luc Ettori, Bruno Bellone, Battiston, Sonor, Bijotat… En el terreno de juego desprendían una enorme confianza, sabían lo que querían y no se dejaban pisotear. Me llevé bien con ellos y extraje una enseñanza: si el entrenador tiene buena conexión con los jugadores más fuertes, será más fuerte. Si no, nadará a contracorriente”.

Ya empezaba a perfilarse como un buen constructor de equipos competitivos, más en base a ingenio que a chequera. Partió al Nagoya Grampus, de Japón. “Me llevaron a ver un partido del equipo, iba último y llevaba perdidos 17 partidos consecutivos. Y ese que vi fue el 18. Me dije: ¿qué es esto…? Pero justamente fue lo que me decidió a aceptar: me gustó el desafío. Fue duro, eran unos muchachos buenísimos, había que hacerlos reaccionar. Lo conseguimos: avanzamos hasta el cuarto puesto. Y luego hasta el segundo. Incluso ganamos la Copa del Emperador y luego la Supercopa de Japón. Cuando me fui no intentaron retenerme. Me dijeron que se habían propuesto que Japón fuera uno de los mejores países futbolísticos en… cien años. ¡Yo era una parte del engranaje y de su plan! Es un dato revelador de su relación con el tiempo, de su persistencia y determinación”.

El 1° de octubre de 1996 cumplió el sueño de su vida: Inglaterra. El encanto de su fútbol. Y pudo cumplirlo en parte por un hecho fortuito: a los 29 años utilizó sus vacaciones para irse a Cambridge a estudiar inglés. Cuando fueron a tantearlo, empezó ganando: ya hablaba el idioma de Shakespeare. Llegó ante la incredulidad general: “¿Arsène qué…?”, preguntaron irónicamente los medios. Era un total desconocido. En 120 años era el tercer técnico extranjero en la cuna del fútbol, tras el checo Jozef  Venglos (Aston Villa) y el argentino Osvaldo Ardiles (Tottenham). Sin embargo, se impuso y transformó para siempre al club londinense. Wenger fue simplemente, “el Arsenal”. Técnico, director deportivo, fichador, administrador.

Armó un equipo de profesionales médicos y físicos de máximo nivel y cambió las reglas de alimentación y entrenamiento. Revolucionó el fútbol inglés. Suprimió los largos entrenamientos de alto contenido físico por sesiones más breves, trabajando siempre con balón. Eliminó los chocolates, que eran un clásico, y las carnes rojas, sustituyéndolos por una dieta más apropiada. Estos métodos son hoy norma en todos los clubes ingleses.

Conquistó 3 veces la Premier League, 7 FA Cup, 7 Community Shield, fue finalista de la Champions y de la Recopa de Europa, hizo que el Arsenal saliera del viejo estadio de Highbury para 38.500 personas y construyera el Emirates para 60.260. Y mostró su gran talento de ojeador, descubridor y captador. Hizo contratar a un jovencísimo Thierry Henry, a Patrick Vieira, Robert Pires, jugadores fenomenales, a precios irrisorios. A Kolo Touré (“el crack más barato de la historia”, dice). A Nicolás Anelka lo vendió al Real Madrid en casi cien veces más de lo que lo adquirió. Manejó 450 traspasos. Recuperó a Toni Adams, granítico capitán de Inglaterra que estaba hundido por la bebida y lo llevó a liderar al equipo seis años más. Explotó al máximo a Dennis Bergkamp, fichó a Cesc Fábregas, Marc Overmars, a Van Persie… Sacó lo mejor de ellos y luego los traspasó por el doble o triple.

Mientras otros DT se centralizan únicamente en el equipo, Wenger (tal vez por su título de economista) fue casi un gerente que contribuyó de manera decisiva a la grandeza definitiva del Arsenal. Para dar el salto de calidad, el Arsenal debía dejar su viejo y entrañable estadio de Highbury para pasar a uno mucho más grande y confortable, que generara mayores ingresos. Con su anuencia, el club se embarcó en un costoso proyecto para levantar el Emirates. Se le fueron las tres estrellas principales: Patrick Vieira, Thierry Henry y Robert Pires, que les habían dado tanta gloria. “No podía retenerlos y decirles ‘No, no te vas’. Los futbolistas son profesionales y quieren ganar. Hay que tomárselo con filosofía y ponerse en su lugar. Además, uno no puede enfadarse con quien le ha dado tanto. Su marcha era una forma de conseguir más ingresos para destinar al nuevo estadio”, relata El Profesor.

Comenzó la construcción de la nueva gran casa y el Arsenal quedó relegado deportivamente frente al Manchester United, el Chelsea y otros, que seguían fichando jugadores a altos valores. “Pensábamos invertir 220 millones de libras en la construcción y acabamos pagando 428 —evoca Wenger—. Para respaldar el proyecto se me exigió firmar por cinco años. Me comprometí por un lustro que estaría lleno de obstáculos. Aun así, reconozco que estaba encantado. El Arsenal era mi club, mi vida. Con el estadio logré cumplir mi idea del papel del entrenador: dar otra dimensión a la institución”. Se implicó tanto que, reconoce, “durante veintidós años no viví en Londres sino solo en el Arsenal”.

Implantó una economía de guerra. Para poder sostener con los ingresos del fútbol la construcción del nuevo estadio había que clasificar a la Champions en al menos tres de cada cinco temporadas, pero lograron entrar a 19 consecutivas. Y, una vez inaugurada la nueva casa, debían conseguir una media de 54.000 espectadores por partido, “pero logramos 60.000”.

Finalmente terminaron de pagar a los bancos y el Arsenal se hizo poderoso. “Cuando fiché por el equipo, sus acciones costaban ochocientas libras, cuando me fui habían subido a diecisiete mil. A mi llegada, el club tenía entre 70 y 80 asalariados, al irme eran setecientos. Quedó un club saneado y fuerte”.

Se fue del Arsenal el 13 de mayo de 2018. “Un club que durante veintidós años fue mi vida, mi pasión y mi preocupación permanente. Pero nadie debe haber tenido la libertad que tuve para hacer todo lo que quise. Fui inmensamente feliz”.

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2022: el fútbol que tendremos

Se jugará el Mundial de Qatar entre noviembre y diciembre, antes se definirá si la Copa será bienal

/ 2 de enero de 2022 / 21:10

Mundial, Eliminatorias, Champions, Libertadores, el muy relevante congreso de la FIFA en Qatar a fines de marzo, la disputa FIFA vs. UEFA/Conmebol… Y en medio de todo ello, la pandemia protagonizando un inesperado papel estelar. En 2022, que apenas tiene unas horas de vida, promete una agitación excepcional. Vale empezar por el juego, que debe estar siempre delante de todo.

Intensidad. Es la palabra de moda en el universo de la número cinco. Primero fueron los conceptos de PRESIÓN y POSESIÓN, que llegaron y se instalaron cómodamente en la sala del fútbol para no irse más. En el ínterin, fueron afianzándose otros preceptos menores como presión alta, achicar la cancha defendiendo y agrandarla atacando, volver rápido pasando todos detrás de la línea de la pelota para recuperar, atacar con los laterales y una docena de etcéteras que implantan los técnicos y se diseminan por el mapamundi.

Hoy, la premisa de todo equipo es tener INTENSIDAD, o sea presionar, movilizarse, subir, bajar, marcar, destaparse… Todo con el mayor grado de energía y continuidad que el físico y la mente permitan. Mantener un ritmo elevado los 97 / 98 minutos que dura el juego. Eso es, desde el punto de vista táctico, lo que se enfatizará. Y lo que veremos en este bebé llamado 2022. “Ser intensos” es, más allá de todas las premisas habladas y aprendidas, el reclamo que los entrenadores hacen a sus futbolistas.

Mundial. Por primera vez en la historia lo hospedará una nación árabe. También como versión inicial se jugará a final del año y no en la mitad (21 de noviembre a 18 de diciembre). Y el marco será el brevísimo Qatar, de apenitas 11.586 km2. Nunca hubo un anfitrión tan diminuto. Se podrá ir hasta a tres partidos en un mismo día, dada la cercanía de las sedes. ¿Candidatos…? Los de siempre: Alemania y Brasil. A quienes debe agregarse el campeón vigente, Francia, que cuenta con cantidad de grandes futbolistas como Lloris, Kanté, Mbappé, Koundé, Varane, Pavard, Kimpembé, a los que ahora se suma Benzema. Luego, Dios dirá… Tal vez arrimen España e Inglaterra, Bélgica. Y veremos qué puede decir Argentina, mejorada con relación a lo de Rusia 2018. ¿Revelaciones…? Estados Unidos y Dinamarca.

Maleficio. ¿Podrá Sudamérica reconquistar el título mundial después de 20 años…? Sería balsámico para nuestro balompié regional. Y no sólo eso, obraría como un relanzamiento y una motivación excepcional, incluso elevaría la cotización de los cracks de aquí. El Brasil de Tite es muy potente y difícil de vencer; el más indicado para la proeza. En Rusia lo despachó Bélgica, aunque sin merecerlo. Esta vez el estratega gaúcho y sus garotos intentarán no cometer ni un mínimo error. ¿La mala…? Neymar será cuatro años y medio más veterano. ¿La buena…? Le apareció Raphinha, el zurdo del Leeds, una carta brava con creatividad y gol. Y tiene a una estrella naciente de dimensiones gigantes: Vinicius.

Drama. El que enfrentan Italia y Portugal. Uno de los dos —o ambos— quedarán fuera de la fiesta en Qatar. Deben eliminarse en el repechaje europeo. Aunque ya saben que es algo posible, será un golpe de nocáut para quien quede eliminado. Si es Italia, sumará dos Mundiales seguidos afuera. Increíble. Sobre todo, después de ganar con bastante brillo la Eurocopa. Si es Portugal, marcará el adiós definitivo de Cristiano Ronaldo de las copas del mundo. ¿Cuál de los dos tiene mejores jugadores para ganar el repechaje…? Claramente, Portugal: Rui Patricio, Pepe, Nuno Mendes, Ruben Días, João Cancelo, Bernardo Silva, Bruno Fernandes, Diogo Jota, João Felix, Cristiano…

Pulseada. El 31 de marzo tendrá lugar en Doha, Qatar, el 72° congreso de la FIFA, donde Gianni Infantino buscará reafirmar su intención de hacer un Mundial cada dos años. Esto, en el medio de la tirantísima relación FIFA-UEFA/Conmebol. El presidente de la casa de Zúrich debe conseguir la aprobación (“Ya tenemos los votos”, cacareó), no obstante, está apurado pues ese ciclo bienal empezaría en 2028 y ni siquiera se ha elegido sede siquiera. En noviembre, un par de días antes del inicio del Mundial, habría otro congreso.

Cielo o infierno. Sin duda, el 29 de marzo será de gloria o drama en varios países de América del Sur. Ese día terminará la clasificación hacia Qatar y seguramente hasta ahí habrá pelea palo y palo. Hay siete contendientes luchando por dos cupos y medio. Colombia ya descontaba ganar los tres puntos ante Venezuela ese 29, pero ahora está Pekerman en la Vinotinto y su rendimiento se optimizará. Una cita llena de morbo por la historia de amor que envolvió a Pekerman con Colombia. Dos acompañarán directamente a Brasil y Argentina, otro deberá esperar hasta junio para enfrentar al quinto de Asia (que puede ser Australia, ¡ojo…!). Será un martes negro o un feriado nacional.

Pandemia. En un año cargadísimo de compromisos, el COVID-19 podría jugar un rol fundamental en los torneos. Actualmente hay equipos con 10 o 12 contagiados. Y el virus no parece que vaya a retirarse a fines de noviembre, cuando empiece el Mundial. ¿Qué pasa si en lo mejor de su actuación uno de los favoritos debe prescindir de cinco de sus figuras…? Puede alterar el curso de la competencia. En Qatar, los futbolistas serán aislados y cuidados como astronautas. Un contagio puede llevar a una docena y acaba con las chances de cualquier selección.

Pérdida. Noruega quedó fuera de la carrera y el fútbol se perderá en el Mundial la agresividad y los goles de Erling Haaland, una de las dos superestrellas actuales junto con Mbappé, quien llega en óptimo momento y sueña con dar doblete. La pregunta: ¿Kylian irá a Qatar como jugador del Real Madrid…? Su marcha o no del PSG será una de las bombas del año. Lewandowski tratará de hacer buena a Polonia en el repechaje europeo. Pero cuidado, Polonia no es el Bayern Munich y a Lewa le pasa lo que a todos: es un matador fantástico, aunque si no está bien rodeado, su pólvora se humedece. Y la tiene bravísima: primero, Polonia-Rusia. Si pasa, frente a Suecia o República Checa.

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Los más y los menos del 2021

/ 26 de diciembre de 2021 / 18:10

Falleció Gerd Müller… Se rompió el idilio Messi-Barcelona… El fútbol brasileño copó Sudamérica… El Real Madrid quedó realmente en blanco… Luis Díaz hizo el gol de su vida… Nació y murió la Superliga Europea… Estados Unidos adoptó un hijo mexicano… Italia fue una ópera futbolera… Argentina rompió un maleficio… Pese a la pandemia, todo un manantial corrió bajo el puente del 2021, con rosas y espinas, aguas limpias y otras más turbias en el río del fútbol.

* Hazaña. Hay que empezar por Palmeiras, por su récord que quizá no se iguale nunca: el de ganar dos Libertadores en el mismo año. El 30 de enero sentenció en la final del 2020 al Santos por 1-0 en el minuto 99. El 27 de noviembre tumbó a Flamengo 2 a 1. Nadie lo tenía al cuadro del portugués Abel Ferreira, un equipo mecanizado, rocoso, luchador, de mucha marca y poco lucimiento. Pero entre ambos torneos jugó 26 partidos, ganó 19 y perdió sólo dos. Algo bien hace.

* Hundimiento. El del FC Barcelona. El que hasta hace sólo seis años se ufanaba de ser “el mejor club, el mejor equipo y el de fútbol más hermoso del mundo” cayó a un abismo en todos los órdenes. Presidente destituido, denuncias varias, deudas asfixiantes y un equipo humillado. Quedó fuera de la Champions en fase de grupos después de 21 años. “Ya no estamos en la élite, ni en Europa ni en España”, escribió Ernest Folch, exdirector del diario Sport.

* Anuncio. El de Gianni Infantino, de que FIFA hará un Mundial cada dos años a partir de Estados Unidos, México y Canadá 2026. Que además será un torneo de 48 equipos, pues ya está aprobado. Y con su correspondiente eliminatoria. Cómo entrará ese bulto en el saco del fútbol no se sabe. Pero Infantino, por si acaso, pasó aviso: “Ya tenemos los votos para aprobarlo”. Luego contemporizó: “Igual queremos convencer a Europa y Sudamérica de las bondades del proyecto”. Las bondades son 4.400 millones de dólares adicionales a repartir entre las 211 asociaciones en cada ciclo cuatrienal.

* Proeza. La de Cristiano Ronaldo, de romper la barrera de los 800 goles oficiales. Alcanzó los 802. Amado o discutido, es una cifra impresionante. “¿Sabés lo difícil que es un hacer un gol…?”, pregunta-asegura Alfio Basile. Tal cual. Cristiano seguro ya puso la mira en los 900.

* Final. El de Óscar Washington Tabárez en Uruguay cuando ya estaba cerca de los dieciséis años dirigiéndolo consecutivamente. En el mundo, nadie entrenó tanto tiempo a una selección. Lo voltearon los resultados. “Es una decisión personal mía y la asumo”, dijo Ignacio Alonso, presidente de la Asociación Uruguaya. Es el fin de una era. Fructífera.

* Liderazgo. Total, el de Gustavo Gómez, notable zaguero y capitán del Palmeiras y de la Selección Paraguaya. Más allá de quien gane la encuesta del diario El País el viernes 31, nuestro voto en el Futbolista de América 2021 fue para él. Jugador de una fogosidad, una entrega y una fuerza interior fabulosas, en todos los partidos.

* Abrumador. El dominio de los clubes brasileños en América del Sur. No sólo conquistaron la Libertadores y la Sudamericana, además fueron los cuatro finalistas. Al tradicional poderío del País del Carnaval en el juego se suma el abismo existente entre sus presupuestos económicos y los del resto. El único que puede pelearles mano a mano y ganarles -a veces- es River.

* Consagración. La de Luis Díaz. Ya había dado muestras gratis de su talento, sin embargo, en la Copa América encontró la vidriera perfecta para venderlo al gran público. Es lo que este cronista llama crack. Un delantero enorme con lo más difícil del fútbol: verticalidad. Encara sin miedo a los defensas y lo sustenta con una gambeta desequilibrante, potencia física, velocidad y gol. Se merece un Liverpool, un Bayern Munich. Y aunque no lo conocemos, parece tener la cabeza bien amueblada.

* Escándalo. No fue el bochorno del año, fue el del siglo: la suspensión del partido Brasil-Argentina por la Eliminatoria, a cargo de un sujeto vestido de particular y con un arma en la cintura. Empezó a arrear a los jugadores y abortó el juego. No pasa ni en una liga regional de la Polinesia, pasó en San Pablo. Que cuatro meses después la FIFA no se haya expedido califica a esta FIFA de Infantino.

* Paternidad. Aplastante, la de Estados Unidos sobre México este año. Lo enfrentó tres veces en instancias cruciales y lo noqueó en las tres: 3-2 en la final de Liga de Naciones, 1-0 en la definición de la Copa Oro (el correlato de nuestra Copa América) y 2-0 en la Eliminatoria para Catar. Una puede ser casualidad, dos un infortunio, tres es demasiado para quien presume de ser el líder de Concacaf (¿no, México…?). Atención a Estados Unidos en el Mundial, ya no están aprendiendo, aprendieron.

* Increíble. El portazo del FC Barcelona a Messi, el mejor jugador de su historia, quien deseaba continuar en el club. Le pidieron que fuera a firmar la renovación de su contrato y, al llegar, le informaron que no podían inscribirlo. “Hice todo lo que me pidieron para seguir, pero me dijeron que no me podía quedar, fue duro”, contó en una entrevista al diario Marca. Ni despedida le hicieron. Ahí empezó una búsqueda urgente y apareció el PSG, que le tiró un bote salvavidas, sino se quedaba sin jugar. No hay otra verdad. Ernesto Cherquis Bialo, brillante periodista argentino, acuñó una frase antológica: “Es como si La Gioconda buscara museo”.

* Encanto. Ganar produce alegría, jugar bien genera orgullo. Es lo que sintió Italia al abrazar su segunda Eurocopa después de 54 años. Bajo la guía de Roberto Mancini se vio una Italia nueva, bella, audaz y ofensiva. Como que rompió cien años de catenaccio, de fútbol competitivo y fuerte, pero avaro, áspero y conservador. El país de Da Vinci y Michelangelo merecía sentir alguna vez lo que es jugar bien y gustar. 

* Desaparecido. James Rodríguez ha jugado 7 partidos en los últimos siete meses y medio, cinco en el Al-Rayyan y dos en la Selección Colombia. Es producto de su exilio de oro en Catar, una decisión inentendible a una edad todavía muy propicia para destacar en ligas importantes. Su tabla de salvación para evitar el ostracismo total es el equipo nacional.

* Golpazo. El que se dio Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, al anunciar al mundo la creación de la Superliga Europea, una competencia reservada a los 16 clubes más poderosos del Viejo Continente. Jugarían por fuera de la Champions League ignorando la autoridad de la UEFA. Aleksander Ceferin, titular de esa Confederación le tiró una docena de misiles y la desactivó en veinticuatro horas. Los clubes ingleses renunciaron inmediatamente y quedó todo como en una fiesta que nunca se celebró: los gorros, las serpentinas, el champán, los bocaditos… Todo sin tocar.

* Duelo. En la eterna pulseada entre ambos, Lionel Messi va detrás de Cristiano en goles (758 contra 802), pero logró por octava vez el trofeo Pichichi, como goleador de España -el portugués lo ganó en tres ocasiones-. Leo también superó a Pelé como máximo artillero sudamericano en selecciones: 80 a 77. Todo ello y la obtención de la Copa América le reportaron su séptimo Balón de Oro, carrera en la que ya aventajó definitivamente a Cristiano: 7 a 5. Después de haber cumplido 34 años, es meritorio.

* Bomba. La que lanzó el 17 de diciembre el exídolo polaco Zbigniew Boniek, vicepresidente de la UEFA, acerca de que la Liga de Naciones de la UEFA incorporará desde 2024 a las diez selecciones de la Conmebol. Un torneo superatractivo que parece salirle al cruce al Mundial cada dos años de Infantino. ¿Se dará…?

* Balsámica. La Copa América ganada por Argentina ante Brasil. Pone fin a una autoflagelación por los 28 años sin títulos. La victoria tranquilizó al fútbol argentino. Fue un buen campeón, invicto y como visitante. Le jugó a Brasil como hay que jugarle: con intensidad, inteligencia, rigor y concentración total. Brasil pateó dos veces al arco. Y no de frente. Ya le ganó tres veces la Albiceleste a la casi invencible Verdeamarilla de Tite. Alguna virtud debe tener.

* Pintura. Una obra de arte, eso fue el gol de chilena de Luis Díaz a Brasil en Río de Janeiro. Fue la perfección plástica, una ejecución excepcional por belleza y precisión. No tiene goles feos, Luis. Por lejos, el gol del año.

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Bomba: nace la Liga de Naciones UEFA-Conmebol

/ 19 de diciembre de 2021 / 20:12

Gianni Infantino tiene desde el viernes un ataque de hígado: Zbigniew Boniek, aquel grandísimo volante polaco (una especie de Kevin De Bruyne, todoterreno con técnica y gol) anunció por la mañana que la UEFA ampliará su ya atractiva Liga de Naciones, sumando a las diez selecciones de América del Sur. Boniek está en el comité ejecutivo de la UEFA desde 2017, y es un flamante vicepresidente de la entidad europea. Lo nombraron en abril. Es posible que haya sido escogido estratégicamente como vocero de esta monumental primicia: para Infantino y la FIFA es difícil salirle al cruce a quien fuera un fantástico futbolista; el saco y corbata no puede contra alguien que brilló con pantalones cortos. Además, Boniek lleva desde hace dos décadas una impecable carrera dirigencial. Si él lo ha soltado es porque se trata de algo oficial. Y no habló en potencial sino como algo concreto.

Nace, pues, la Liga de Naciones UEFA-Conmebol. Muy esperada en nuestro continente; habíamos quedado descolgados, fuera del esquema de enfrentamientos con los europeos y esto representa un inesperado billete ganador. ¿Se imaginan un Alemania-Brasil, Inglaterra-Argentina, Italia-Uruguay, España-Colombia jugando por los puntos…? Partidos oficiales y sin necesidad de eliminatorias. Una maravilla, casi un Mundial.

En entrevista exclusiva con el periodista Tomasz Włodarczyk, del diario deportivo Meczyki, de Varsovia, Boniek anticipó que la edición 2022-2023 de la Liga de Naciones de la UEFA será la última que se dispute en su actual formato: “Para la siguiente se agregarán los diez países de Sudamérica”, dijo el excrack de la Juventus. Y dio precisiones: “Seis selecciones, entre las que seguro estarán Brasil y Argentina, entrarán al Grupo A, y otras cuatro al Grupo B”. Esas cuatro que mencionó Boniek como posibles integrantes del cuadro superior serían Colombia, Uruguay, Chile y Perú. En cambio, Paraguay, Ecuador, Bolivia y Venezuela cotejarían con Suecia, Ucrania, Rusia, Serbia, Escocia, Irlanda y una decena más. Claro que esto es un borrador, quienes vayan a una zona u otra lo decidirán la clasificación al Mundial y el Ránking FIFA. Ecuador podría tranquilamente ir al primer segmento. Lo seguro es que Brasil y Argentina integrarían el A.

El diario deportivo Meczyki habla de “Revolución”. Y celebró la noticia con un título eufórico: “¡Polonia podría jugar con Brasil…!”. Es que el país de Lewandowski integra actualmente la franja de élite de la Liga de Naciones, la cual reúne a los mejores 16 representativos, entre otros, a Alemania, Italia, Bélgica, Portugal, España, Inglaterra, Holanda. La posibilidad de tener enfrentamientos regulares con el Viejo Mundo mejoraría el alicaído fútbol sudamericano. Le daría otro roce. Y no hará falta traer a los futbolistas, para simplificar, todos los partidos tendrían lugar en Europa.

La noticia de Boniek es un torpedo debajo de la línea de flotación de la FIFA, o más bien de Infantino. La FIFA, hoy, es Infantino. Y se inscribe dentro de la guerra fría que sostiene el uno de Zurich con Aleksander Ceferin y Alejandro Domínguez, capos de UEFA y Conmebol. Ceferin, abogado hijo a su vez de un prestigioso abogado de Eslovenia, es un duro de matar. Los doce clubes más fuertes del mundo, liderados por Florentino Pérez y Andrea Agnelli, le crearon la Superliga, que hundía la Champions de la UEFA y Aleksander la dinamitó en veinticuatro horas. Agnelli es un hombre con una fortuna estimada en 17.000 millones de euros y Ceferin es el padrino de su hija, pero igual el esloveno no anduvo con vueltas: “A mis ojos, este hombre ya no existe. Pensé que éramos amigos, pero me mintió en la cara hasta el último minuto del último día, asegurándome que no tenía nada de qué preocuparme cuando el día anterior ya había firmado todos los documentos necesarios para el lanzamiento de la Superliga”.

Ceferin no se muerde la lengua ni con la FIFA, de la que es vicepresidente, aunque esta es manejada a placer por Infantino. “Han convocado para este lunes 20 una cumbre mundial en línea con las 211 asociaciones y ni siquiera tenemos una agenda de qué se va a tratar”, se quejó. “Estarán involucradas 500 personas en una videoconferencia, así que no espero nada muy profundo. Lo único que sabemos es que se llama El futuro del fútbol, que puede significar mucho y puede no significar nada”.

Y Domínguez está ciento por ciento alineado con Ceferin. Ambos saben que, con Europa y Sudamérica en contra, Infantino tiene un poder acotado. El paraguayo, además, va agarrado del bote del europeo. Para el lado que el otro navegue, estará mejor que sólo. A su vez, en su pelea con el ítalo-suizo, a Ceferin no le viene nada mal sumar dos transatlánticos como Brasil y Argentina, dos nombres muy pesados siempre en el universo fútbol. Este es un golpe terrible para Infantino, lo mandaron a la lona. Primero le dijeron no a su audaz propuesta de un Mundial cada dos años, y ahora le salen con este contraataque. Un Liga de Naciones con 65 equipos -55 de Europa y 10 de Sudamérica- donde están 33 de los primeros cincuenta del Ránking Mundial, es una joya que vale miles de millones en publicidad, taquillas, mercadeo y derechos de TV. Y de ahí a la FIFA no le corresponde un euro.

Desde luego, para viabilizar la nueva competición necesitarán la aprobación de FIFA. “Hasta para un partido amistoso Internacional A, llámese Argentina-Perú, se requiere autorización FIFA. Mas aún la realización de un torneo entre naciones. Incluso el calendario internacional lo regula la FIFA. Además, la cesión de los jugadores seleccionados por parte de los clubes es regida por la FIFA”, explica Javier Quintana, quien fuera secretario general de la Federación Peruana durante 30 años, considerado un experto en materia reglamentaria. También es cierto que FIFA no tiene ningún argumento valedero para vetar el torneo. Y no querrá chocar contra las treinta o cuarenta asociaciones más poderosas del tejido futbolístico. Simplemente, se la hicieron.

Hay una trama política detrás. Y miles de millones en ingresos. La FIFA viene perdiendo fuerza aceleradamente, ya no es el Vaticano del fútbol, el inalcanzable templo de mármoles negros creado por Havelange, ni siquiera la más terrenal y accesible parroquia de Blatter. Ahora se le atreven todos. Y este es un gancho a la mandíbula de Infantino. Le contarán hasta ocho y seguirá combatiendo. El tema es cómo sigue después.

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