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miércoles 25 may 2022 | Actualizado a 03:03

Bomba: nace la Liga de Naciones UEFA-Conmebol

/ 19 de diciembre de 2021 / 20:12

Gianni Infantino tiene desde el viernes un ataque de hígado: Zbigniew Boniek, aquel grandísimo volante polaco (una especie de Kevin De Bruyne, todoterreno con técnica y gol) anunció por la mañana que la UEFA ampliará su ya atractiva Liga de Naciones, sumando a las diez selecciones de América del Sur. Boniek está en el comité ejecutivo de la UEFA desde 2017, y es un flamante vicepresidente de la entidad europea. Lo nombraron en abril. Es posible que haya sido escogido estratégicamente como vocero de esta monumental primicia: para Infantino y la FIFA es difícil salirle al cruce a quien fuera un fantástico futbolista; el saco y corbata no puede contra alguien que brilló con pantalones cortos. Además, Boniek lleva desde hace dos décadas una impecable carrera dirigencial. Si él lo ha soltado es porque se trata de algo oficial. Y no habló en potencial sino como algo concreto.

Nace, pues, la Liga de Naciones UEFA-Conmebol. Muy esperada en nuestro continente; habíamos quedado descolgados, fuera del esquema de enfrentamientos con los europeos y esto representa un inesperado billete ganador. ¿Se imaginan un Alemania-Brasil, Inglaterra-Argentina, Italia-Uruguay, España-Colombia jugando por los puntos…? Partidos oficiales y sin necesidad de eliminatorias. Una maravilla, casi un Mundial.

En entrevista exclusiva con el periodista Tomasz Włodarczyk, del diario deportivo Meczyki, de Varsovia, Boniek anticipó que la edición 2022-2023 de la Liga de Naciones de la UEFA será la última que se dispute en su actual formato: “Para la siguiente se agregarán los diez países de Sudamérica”, dijo el excrack de la Juventus. Y dio precisiones: “Seis selecciones, entre las que seguro estarán Brasil y Argentina, entrarán al Grupo A, y otras cuatro al Grupo B”. Esas cuatro que mencionó Boniek como posibles integrantes del cuadro superior serían Colombia, Uruguay, Chile y Perú. En cambio, Paraguay, Ecuador, Bolivia y Venezuela cotejarían con Suecia, Ucrania, Rusia, Serbia, Escocia, Irlanda y una decena más. Claro que esto es un borrador, quienes vayan a una zona u otra lo decidirán la clasificación al Mundial y el Ránking FIFA. Ecuador podría tranquilamente ir al primer segmento. Lo seguro es que Brasil y Argentina integrarían el A.

El diario deportivo Meczyki habla de “Revolución”. Y celebró la noticia con un título eufórico: “¡Polonia podría jugar con Brasil…!”. Es que el país de Lewandowski integra actualmente la franja de élite de la Liga de Naciones, la cual reúne a los mejores 16 representativos, entre otros, a Alemania, Italia, Bélgica, Portugal, España, Inglaterra, Holanda. La posibilidad de tener enfrentamientos regulares con el Viejo Mundo mejoraría el alicaído fútbol sudamericano. Le daría otro roce. Y no hará falta traer a los futbolistas, para simplificar, todos los partidos tendrían lugar en Europa.

La noticia de Boniek es un torpedo debajo de la línea de flotación de la FIFA, o más bien de Infantino. La FIFA, hoy, es Infantino. Y se inscribe dentro de la guerra fría que sostiene el uno de Zurich con Aleksander Ceferin y Alejandro Domínguez, capos de UEFA y Conmebol. Ceferin, abogado hijo a su vez de un prestigioso abogado de Eslovenia, es un duro de matar. Los doce clubes más fuertes del mundo, liderados por Florentino Pérez y Andrea Agnelli, le crearon la Superliga, que hundía la Champions de la UEFA y Aleksander la dinamitó en veinticuatro horas. Agnelli es un hombre con una fortuna estimada en 17.000 millones de euros y Ceferin es el padrino de su hija, pero igual el esloveno no anduvo con vueltas: “A mis ojos, este hombre ya no existe. Pensé que éramos amigos, pero me mintió en la cara hasta el último minuto del último día, asegurándome que no tenía nada de qué preocuparme cuando el día anterior ya había firmado todos los documentos necesarios para el lanzamiento de la Superliga”.

Ceferin no se muerde la lengua ni con la FIFA, de la que es vicepresidente, aunque esta es manejada a placer por Infantino. “Han convocado para este lunes 20 una cumbre mundial en línea con las 211 asociaciones y ni siquiera tenemos una agenda de qué se va a tratar”, se quejó. “Estarán involucradas 500 personas en una videoconferencia, así que no espero nada muy profundo. Lo único que sabemos es que se llama El futuro del fútbol, que puede significar mucho y puede no significar nada”.

Y Domínguez está ciento por ciento alineado con Ceferin. Ambos saben que, con Europa y Sudamérica en contra, Infantino tiene un poder acotado. El paraguayo, además, va agarrado del bote del europeo. Para el lado que el otro navegue, estará mejor que sólo. A su vez, en su pelea con el ítalo-suizo, a Ceferin no le viene nada mal sumar dos transatlánticos como Brasil y Argentina, dos nombres muy pesados siempre en el universo fútbol. Este es un golpe terrible para Infantino, lo mandaron a la lona. Primero le dijeron no a su audaz propuesta de un Mundial cada dos años, y ahora le salen con este contraataque. Un Liga de Naciones con 65 equipos -55 de Europa y 10 de Sudamérica- donde están 33 de los primeros cincuenta del Ránking Mundial, es una joya que vale miles de millones en publicidad, taquillas, mercadeo y derechos de TV. Y de ahí a la FIFA no le corresponde un euro.

Desde luego, para viabilizar la nueva competición necesitarán la aprobación de FIFA. “Hasta para un partido amistoso Internacional A, llámese Argentina-Perú, se requiere autorización FIFA. Mas aún la realización de un torneo entre naciones. Incluso el calendario internacional lo regula la FIFA. Además, la cesión de los jugadores seleccionados por parte de los clubes es regida por la FIFA”, explica Javier Quintana, quien fuera secretario general de la Federación Peruana durante 30 años, considerado un experto en materia reglamentaria. También es cierto que FIFA no tiene ningún argumento valedero para vetar el torneo. Y no querrá chocar contra las treinta o cuarenta asociaciones más poderosas del tejido futbolístico. Simplemente, se la hicieron.

Hay una trama política detrás. Y miles de millones en ingresos. La FIFA viene perdiendo fuerza aceleradamente, ya no es el Vaticano del fútbol, el inalcanzable templo de mármoles negros creado por Havelange, ni siquiera la más terrenal y accesible parroquia de Blatter. Ahora se le atreven todos. Y este es un gancho a la mandíbula de Infantino. Le contarán hasta ocho y seguirá combatiendo. El tema es cómo sigue después.

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¡Qué lindo que es el fútbol, pibe…!

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 22 de mayo de 2022 / 18:38

Descarriló la flema británica, se fue al pasto. Al demonio con la prolijidad, la imagen, el decoro y el elegante “producto Premier League”. La emoción no tiene nacionalidad. Y no se puede encorsetar. Menos si se trata de fútbol. Pero no le pueden echar la culpa a nadie, ellos lo inventaron.

Demarai Gray lanzó un preciso —y precioso— centro desde la derecha, Calvert-Lewin literalmente voló para conectarlo y, de cabeza, mandó la pelota a la red. De perder por 2-0 con el Crystal Palace, el Everton pasaba a ganar 3-2 y el estadio, que ya era una olla a presión desde antes del inicio, virtualmente explotó. Las viejas entrañas de Goodison Park, que están ahí firmes desde 1892, temblaron con el peso, los saltos y la furia de 39.000 enloquecidos, desaforados hinchas azules. Pero aguantaron. No había concluido el partido, faltaban aún cinco minutos y el descuento, sin embargo, presas de un desahogo casi feroz, los aficionados presionaban para saltar el campo y los controles de seguridad de camperas amarillas se vieron desbordados por tanto frenesí.

En el griterío y el desbande, algunas docenas de fans se colaron en el campo para ir a abrazar a sus jugadores, una escena inusual en una competencia modélica y glamorosa, cuidada como patrimonio nacional. No obstante, no hubo ni un atisbo de violencia, fue todo alegría. El éxtasis no conoce reglas.

Lo que debía ser un burocrático partido de fin de temporada jugado un jueves laboral para recuperar una fecha atrasada terminó siendo un acontecimiento excepcional, un himno al amor por los colores, un baño de orgullo. “Everton es de Primera y de Primera no se va”, cantaría el pueblo chacaritense.

Hay que explicarlo: Everton, el club más antiguo de Liverpool y fundador de la Liga Inglesa, muestra como un blasón ser el segundo equipo (detrás del Arsenal) con más años continuados en Primera División. Ininterrumpidamente desde 1954. Otros grandes bajaron y subieron después: Liverpool FC (desde 1963), Manchester United (1976), Tottenham (1979), Chelsea (1990) y Manchester City (2002). Están ya un poco borrosos sus años de esplendor, pero habitualmente pendula entre el sexto y el décimo puesto. No nada en abundancia y tampoco pasa necesidades.

Sin embargo, dos cambios de técnicos (se fue Ancelotti, asumió Rafa Benítez, lo sacaron y llegó Frank Lampard para salvar el remate), algunas malas decisiones, muchas lesiones y una pila de derrotas lo pusieron al borde del precipicio. Si perdía el jueves quedaba semicondenado a la “B”, como decimos en estos suburbios. Y en la última fecha le toca con Arsenal en Londres. Para peor, a cinco cuadras de allí, el Liverpool FC festeja todo, está a una semana de poder lograr un cuatriplete histórico: Copa de Liga, Copa Inglesa, Premier y Champions. Daba para cortarse las venas.

Los hinchas, conscientes de la situación límite, acudieron en masa y dieron un recibimiento de campeones a sus once combatientes. Antorchas azules, banderas, cánticos, todo el atronador repertorio para sacudir el desánimo y templar los pechos. Una atmósfera colosal. Pero todas las cartas seguían viniendo mal barajadas. Un tiro libre de Richarlison con olor a gol pegó en la parte de arriba del travesaño y se fue afuera. Por si faltaba algo, en una falta de costado, el Palace abrió el marcador, golpe que amainó el fervor. Y un rato después, una mala salida del siempre impetuoso arquero Pickford, titular de la Selección de Inglaterra, devino en el segundo gol visitante. Everton 0 – Crystal Palace 2. El fantasma de la “B”, ese escarnio que nos aterroriza a los hinchas bien nacidos, comenzó a sobrevolar el cielo de Goodison Park. Así se fue el primer tiempo, ni ganas de comer un choripán en el descanso.

Y el segundo comenzó igual, Everton pugnando por un gol, para ver al menos si era posible la quimera de un empate. Empujando, sin esquema ni orden. Hasta que, a los 54’, el magnífico zaguero Michael Keane acertó un zurdazo desde dentro del área y alteró la chapa: 1-2. El juego había comenzado con un atildado y ofensivo 3-4-3 del Everton y un 4-3-3 del Palace, pero las tácticas duran hasta que los corazones arden, ahí vuelan por el aire. La ilusión por rescatar al menos un punto enloqueció a la gente -toda del Everton-, el estadio se transformó en un tsunami humano y el Everton fue a la batalla con el alma, a pelear a cuchillo limpio, qué 3-4-3 ni relevos ni transiciones ni líneas de pase. Era ir por el empate o dejar el cuero ahí.

Y llegó el bendito gol. En uno de los tantos entreveros en el área, Richarlison le pegó cruzado de zurda y la pelota entró. ¡Entró, sí…! Un milagro y 2 a 2. El festejo fue alocado, gente grande abrazándose, retorciéndose, algunos trastabillando, rompiéndose las cuerdas vocales por una buena causa: el Everton. Ahí ya el juego se hizo anárquico, salvaje, montaraz, y el espectáculo se tornó volcánico y fascinante, absolutamente extraordinario. Los casacas azules siguieron la ofensiva y al minuto 85 Dios dio una demostración cabal de que es hincha del Everton, vino aquel gol celestial de Calvert-Lewin que puso el 3 a 2 y la locura generalizada.

A once mil doscientos kilómetros de Liverpool, sólo, mirándolo en mi computadora, también grité y celebré el gol. Emocionado, llamé a un amigo para preguntarle si lo estaba viendo.

-No, estoy trabajando. ¿Qué hacés un jueves a las cinco de la tarde mirando un partido del Everton…?

Me frenó. No supe qué decir.

-Lo que pasa es que no estaba haciendo nada, puse la tele y…

Mentí, hice la del cartero, que en el día franco sale a caminar un poco. Pero me gané la lotería. No fue un título de campeón, apenas quedará en la memoria colectiva evertoniana como “el día que nos salvamos descenso”. Eso sí: nunca olvidarán esa jornada de felicidad y delirio. Los jugadores ayudaron, sin embargo, la figura de la noche fue la gente, la tribuna lo ganó. “El amor por una camiseta no se elige, se contrae, como las enfermedades y el matrimonio”, decía Roberto Fontanarrosa, el genio rosarino. Tal cual. ¿Los ingleses se darán cuenta del jueguito que inventaron…?

El Liverpool puede ganar la Champions el sábado. Que la gane, el Everton ya está hecho.

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Dios salve a Liverpool… Y a Klopp

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 15 de mayo de 2022 / 18:50

La Guardia Real de la Reina, la de uniformes rojos y enormes sombreros de piel negra enfundados hasta los ojos, ocupaba el campo de juego mientras la sensual cantante londinense Raye entonaba Good Save the Queen (Dios salve a la Reina). Y 90.000 espectadores en el imponente estadio de Wembley, no del todo silenciosos, los hinchas del Liverpool silbaron el himno. Al cumplir 150 años, una puesta en escena fabulosa dio apertura a la final de la Football Association Cup, la célebre Copa Inglesa, la competencia futbolística más antigua del mundo. En 1872, cuando empezó, no había Mundiales ni Champions ni ligas, ese fue el primer intento formal de rivalizar entre clubes. Luego vino todo lo demás. Sólo no se disputó durante las dos Guerras Mundiales. Setecientos veintinueve equipos participan, incluso de categorías aficionadas. O sea, representa realmente a toda Inglaterra, hasta el último cuadrito de barrio la juega. Semejante tradición se respeta de modo reverencial, por lo cual, a diferencia de otros países, el campeón de copa tiene en el fútbol inglés una importancia bastante cercana al campeón de liga. No es una hermanita menor.

Al igual que en la Copa de la Liga -segunda en importancia- llegaron a la final en el histórico escenario Liverpool y Chelsea. Como en aquella ocasión -27 de febrero-, jugaron ardorosamente, igualaron 0 a 0, fueron al alargue y a los penales. Y, como entonces, se coronó el Liverpool desde los doce pasos. En catorce penales, la mayoría maravillosamente ejecutados, venció 6 a 5 el club liverpooliano. La habitual angustia de la tanda penalicia sirvió para decretar un campeón y dar emotividad a la coronación. Y no es que faltaran emociones antes, hubo cantidad de situaciones de gol, sólo faltó la precisión, un elemento clave en este juego.

Actualmente hay que patear obligadamente bien los penales, caso contrario los arqueros los atajan. Son atléticos, estudian a los pateadores, entrenan mucho. Di Stéfano contaba que en su época los goles de penal no se festejaban, porque era demasiado fácil hacerlos. “Te dabas vuelta e ibas al centro del campo sin gritar”, recordaba Alfredo. Los arqueros casi no se movían, uno tiraba a asegurar, a una punta, y era gol seguro. Ahora, disparo que no va fuerte o esquinado es un postre para los porteros, muy felinos. Salvo que los rematadores sepan amagar bien, como sucede con los que se animan a hacer un Panenka. Terminada la serie y con Liverpool campeón, Jürgen Klopp no paraba de abrazar a Sadio Mané, el magnífico atacante senegalés; él fue quien falló el único tiro del campeón, quería que la tierra se lo tragara. Pero Alisson lo salvó tapándoselo a Mason Mount.

El príncipe Williams y Debbie Hewitt, la primera mujer presidenta de la Asociación Inglesa de Fútbol en 158 años, entregaron el trofeo al capitán liverpooliano Jordan Henderson, duro guerrero de arduas batallas. Es la segunda corona de la temporada del cuadro rojo, ahora deberá lidiar ante el Real Madrid por la Champions el 28 de mayo y espera un resbalón del Manchester City a ver si puede hilvanar también la Premier League, pero esa se le puso difícil. El City depende de sí mismo. Falta una fecha y, si los de Guardiola vencen al Aston Villa el domingo, serán campeones. Klopp buscaba un epopéyico cuatriplete, tal vez deba conformarse con tres.

Liverpool y Chelsea son gemelos presionando, se asfixian uno al otro, por eso les cuesta superarse. No obstante, hubo cantidades de llegadas de peligro de los dos. Y la más clara la tuvo en sus pies Luis Díaz, grandísima figura en el primer tiempo. Alexander Arnold le puso un pase de primera con tres dedos, toda una delicatessen, y lo dejó sólo de cara al gol; Lucho picó bien, sacando ventaja, como es su virtud, dominó, entró al área y definió rápido, pero la bola, entre las piernas de Mendy, se frenó y esto permitió que la defensa del Chelsea rechazara. El colombiano se metió a espaldas de Chalobah, en el hueco que había entre este y Reece James, y por ahí causó estragos, pero siempre le faltó la puntilla, los cinco centavos de puntería para hacer red. No obstante, a los 8 minutos ya era la estrella del juego con sus internadas por izquierdas, amagues, gambetas y centros. En la segunda parte también fue un factor de alto riesgo para los de Tuchel, y probó varias veces desde el borde del área, pero no era su tarde para el gol. En tiempo extra, Klopp lo sustituyó por Firmino porque estaba perdiendo frescura física y ya no ganaba en los piques, aunque con su titularidad y sus movimientos eléctricos y punzantes ratificó que es uno de los preferidos del técnico alemán y que está a la altura de Mané y Salah. Incluso todos los compañeros lo buscan con el pase más a él que a los otros dos. Un síntoma de confianza de aquellos, cuando el jugador trae la bola, la pasa al que cree que puede hacer alho. Si se le daba el gol, era el héroe de Wembley.

Fue una lucha sin respiro. Klopp le lleva a su compatriota Thomas Tuchel una ventaja de 10 victorias a 3; lo consigue, pero le cuesta ganarle. Y el Chelsea tuvo varias buenas frente al arco de Alisson. A Pulisic le pasó lo mismo que a Luis Díaz: brilló, desequilibró, no se le dio el grito sagrado y luego se fue desgastando, hasta ser reemplazado.

Un detalle del fútbol actual, de su grado de oposición: ambos equipos son claramente ofensivos -más el Liverpool- sin embargo, en todos los córners o tiros libres desde las bandas, los dos defienden con sus once hombres en el área. Cada vez se dan menos ventajas y es más difícil desnivelar. Pese a todo, se dan partidos espectaculares.

Liverpool llevaba treinta años sin ganar la Premier, trece sin conquistar la Champions y quince sin levantar la Copa Inglesa. Ya está: Klopp le ha devuelto todo. Si Liverpool pudiera emitir moneda propia, sus billetes llevarían la cara de Jürgen.

El jueves último, en memorable actuación, el Inter le ganó 4 a 2 a la Juventus en la final de la Copa Italia. Pocos lo vieron, muchos ni se enteraron. A nivel jerárquico, ambas competiciones son idénticas, pero a la Copa Inglesa la vio el mundo. Aquel fue un gran partido, éste un notable acontecimiento, un megaevento con toda la pompa. Lo mismo pasa con la Copa del Rey (España) o la Copa de Alemania. Es la diferencia abismal que ha establecido el fútbol inglés como espectáculo por calidad futbolística, presentación, buen gusto y elegancia en el decorado. Inglaterra sabe que ha creado el mayor entretenimiento de la humanidad y lo cuida con orgullo, prolijidad y excelencia.

A la final de la Copa de la Liga, entre los mismos contendientes, habían concurrido 85.512 pagantes. Esta agotó las 90.000 entradas. Los inventores del fútbol se descuidaron por años, pero han retomado la vanguardia en casi todos los aspectos. Y ahora es difícil que la pierdan.

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¡Una nota de seis metros de largo…!

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 8 de mayo de 2022 / 20:00

“66: El Mundial en tiempo real”. Tal es el título del libro de Ian Passingham de 2016. Periodista e historiador, Passingham dedicó la obra a la única Copa del Mundo ganada por Inglaterra, la de 1966, que hizo honor a los inventores de semejante juego. Se cumplían cincuenta años de la conquista. No es casualidad que lo escribiera Ian, hincha apasionado del West Ham United.

En la cuna del fútbol quedó para siempre la frase “la Copa que ganó el West Ham”, pues, pese a no ser de los más poderosos de la Premier League, tuvo el honor de aportar a la selección campeona a tres cracks que resultaron decisivos para alcanzar aquella gloria: el capitán y superfigura Bobby Moore, zaguero de alta clase, el goleador Geoffrey Hurst y el también delantero Martin Peters. En el 4-2 de la final ante Alemania, Hurst marcó tres goles y el restante fue de Peters. Hurst también convirtió el único en el difícil triunfo sobre Argentina. Los tres muchachos eran ídolos del West Ham, surgidos de su cantera; jugaron añares allí, por lo cual ningún otro club se emparentó tanto con aquel éxito inglés. Una estatua del trío preside desde hace un año el estadio Olímpico de Londres, cedido al West Ham por noventa y nueve años. Y debajo de la estatua fueron enterradas las cenizas de Martin Peters, fallecido en 2019.

Passingham tuvo una idea novedosa: tal como el título lo dice, el contenido del libro no es una típica recordación, sino que lo compuso íntegramente con noticias en tiempo real, tomadas de los diarios y otros medios de información del momento, tal como se iban produciendo los hechos. Y a ellas les puso títulos ingeniosos. En uno de los capítulos más curiosos, introdujo una información emanada de Birmingham. Allí, en el estadio del Aston Villa, habían igualado 0 a 0 Argentina y Alemania, pero el suceso no se produjo en la cancha sino en la oficina que el correo había instalado en el recinto para atender las necesidades de la prensa acreditada. Jugando con las palabras, en lugar de titular “Oh my God! (Oh, mi Dios), Passingham encabezó con “Oh my word!” (¡Oh mi palabra!). Lo que ocurrió lo transcribimos de su cita textual:
“¡Oh mi palabra!

El personal de Correos tardó seis horas en cablegrafiar el informe de un periodista argentino sobre la Batalla de Villa Park a los editores de su revista en Buenos Aires.

Osvaldo Ardizzone escribió la asombrosa cantidad de 20.246 palabras -el equivalente a la cuarta parte de una novela típica- sobre el partido Argentina-Alemania Occidental.

A un costo de 1 libra por minuto de cable, le hizo desembolsar a los jefes de El Gráfico la friolera de 340 libras.

Después de que se envió el cable de 20 pies de largo, Ardizzone insistió en que no se arrepentía y dijo: “Después de todo, esto es fútbol … y es la Copa del Mundo».

Hoy, cincuenta y cinco años después, 340 libras representan 427 dólares. Pagar eso en 1966 para mandar la nota era una suma colosal. Ahora, con Internet, sale gratis. En sistema métrico, 20 pies equivalen a seis metros y 10 centímetros. ¡Una sábana de seis metros para contar un partido…! ¡Y para contar un cero a cero…!

Ardizzone no se movió del lugar hasta constatar que desde la redacción, en Buenos Aires, le dieron el OK de recibido. Ahí estaba el comentario y las notas adicionales, voces de vestuarios e impresiones generales que tres días después entregaría El Gráfico a sus lectores en un amplio despliegue, y a cargo de su cronista estrella.

Hasta el Mundial de México ‘86 el material escrito se enviaba por télex, un extraordinario invento alemán que permitió transmitir a distancia textos de gran longitud. Ya no eran simples telegramas, sino extensos artículos. Era como una máquina de escribir, pero inmensa, que la operaban las sucursales del correo de cada lugar. Era necesario tener también una en la redacción para recibir los despachos. Uno tipeaba la nota en una máquina de escribir, la entregaba al empleado del correo y este volvía a mecanografiarla íntegra en el télex. Ese ruidoso armatoste nos desvelaba. Había que rogar que estuviera libre, que la operadora nos tipeara la cinta sin antes irse a comer o a hacer otro trámite, que no terminara su turno o lo que fuera. Que finalmente lo pasara a nuestra redacción y llegara bien… Las comunicaciones no eran tan automáticas como ahora y la tensión por transmitir el material nos mandaba a la cama molidos. En México ’86 vimos con asombro a colegas japoneses pasar sus artículos por fax y en Italia ’90 ya estaba definitivamente impuesto. El fax nos solucionó la vida.

Ardizzone no sólo veía bien el fútbol, era un artista de la palabra. Componía tangos, poesía y algunas obras de teatro. Quien suscribe tuvo la fortuna de ser su compañero. Cuando íbamos juntos a cubrir un partido, iba con mi ídolo. El querido Quique Wolff, hábil lateral derecho de Racing, River y el Real Madrid, hoy comentarista de ESPN, relata una simpática anécdota que pinta la dimensión colosal de Ardizzone, a quien todo el mundo llamaba simplemente Osvaldo. Decir Osvaldo en el ámbito del periodismo deportivo era lo mismo que decir Diego, por Maradona.

-Eso de que si no jugaste no podés hablar de fútbol es mentira; y si jugaste, a lo mejor podés hablar como analista, pero si antes te preparaste para hacerlo. Cuando debuté en River, lo hice contra Boca, ganamos 2 a 1. El Gráfico entendió que yo fui la figura del partido y Osvaldo Ardizzone, notable periodista, me preguntó si podía ir a mi casa a entrevistarme, porque antes se estilaba que fueran a hacerte la nota a tu casa… Le di la noticia a mi mujer, emocionado: ¡Me vienen a hacer una nota de El Gráfico…! ¡Y Ardizzone…! Pusimos la casa de punta en blanco, mi esposa preparó una comida especial… Osvaldo era un genio, yo lo miraba con admiración y el que me reporteaba era él a mí. A un tipo que sabe hablar de esto lo respetás, más allá de que el fútbol siempre ha sido materia de discusión. A mí jamás se me pasó por la cabeza si Osvaldo había jugado al fútbol o no.

Ardizzone nunca estudió periodismo, no había academias para formar hombres o mujeres de prensa, eso vino después; la escuela era la redacción de un diario, el aula magna, la fragua donde se aprendía todo. Sí se leía mucho, había buena formación intelectual. Nos parece ver a Osvaldo frente a la vieja Olivetti verde olivo, el cigarro haciéndosele ceniza en la boca, el pocillo de café sobre la mesa y la pasión moviéndole las ideas y los dedos.

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La Champions ¿Más que el Mundial…?

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 1 de mayo de 2022 / 18:00

La semana nos regaló dos joyas: una inolvidable (Manchester City 4 – Real Madrid 3) y otra de excelencia (Liverpool 2 – Villarreal 0). Los hinchas en el estadio bramaban, los telespectadores estábamos en grado de excitación. La Champions nos tiene acostumbrados a eso.

El primero fue un partido trepidante, excepcional, limpísimo, que ennoblece al fútbol y lo ratifica como el espectáculo más grande del mundo. No hay otra actividad o deporte siquiera que le pase cerca. Prometía dar el máximo nivel de juego y emoción, esa combinación fascinante que este deporte tiene. Y lo dio. Más allá de los siete goles, deben computarse el fragor extremo de las acciones, la entrega física y el clima volcánico de las tribunas. También algunas actuaciones individuales memorables como la de Benzema -una vez más-, Modric -una vez más-, De Bruyne -una vez más-, Vinicius… Por si faltara algo, el choque de estilos: posesión y preciosismo (City) versus contraataque y pragmatismo (Madrid). “Fue como un partido de 1950”, lo ensalzó, por el espíritu ofensivo, el magnífico periodista caleño Marino Millán. Sí, pero con cien veces más intensidad, presión, velocidad y agresividad. Cualquier enfrentamiento de los años ’60 parecería ridículo al lado de tan sensacional demostración de fútbol.

La brillantez del City-Madrid no fue una isla, semana a semana el torneo estrella de clubes nos prepara platos deliciosos. Uno espera un gran partido y lo tiene. Es el summun. Por ello, en el programa Conexión, de Win Sports, se generó un debate: ¿es comparable la Champions al Mundial…? Partamos de la base de que ambas competencias son maravillosas. Nuestra opinión fue que, futbolísticamente, sí, son comparables, incluso la Champions es superior. Hablamos del juego. Para el degustador del gran fútbol, no hay dudas.

Realizamos un sondeo en Twitter y, sobre 1.682 votantes, el 70,5% respondió que es más atractivo el Mundial que la Liga de Campeones de Europa. El 29,5% restante contestó a la inversa. La realidad es que ha habido cantidades de Mundiales discretitos o malazos. La Champions no decepciona nunca. Palpitamos que un Bayern-Barcelona será un partidazo y lo es. Lo mismo para un Juventus-Atlético de Madrid o un Inter-Manchester United. Casi ningún partido es malo.

“En Europa, sin duda, son mejores los equipos de clubes que las selecciones, en Argentina y Brasil no”, nos dice Pablo Nonis, agudo observador argentino que vive en Tenerife. “Acá la Champions es tan importante como el Mundial”. Además, la competición europea permite anualmente el confronte de alemanes con ingleses o españoles, italianos con franceses u holandeses… El choque tribal mantiene a tope la expectativa. En un Mundial eso se da esporádicamente.

Obviamente, para ingleses y españoles, donde las ligas son tan fuertes, el Mundial ocupa el segundo puesto. Y hay sitios, como en Argentina, donde el público es mucho más hincha de su club que de su selección. Fontanarrosa lo definía con su genialidad habitual: “Central es como mi vieja, la selección es como mí tía”. Por eso, cuando se hace la encuesta/pregunta “¿qué preferís, que tu club gane la Libertadores o que la selección sea campeona del mundo?”, la mayoría vota lo primero.

El Mundial atrapa porque involucra países, naciones enteras detrás de una formación, tiene mayor universalismo, pero no se ve un juego tan extraordinario. Las selecciones no tienen el ensamblaje de un equipo de club, trabajado día a día durante años. Los mejores técnicos del mundo (Guardiola, Klopp, Tuchel, Ten Hag, Conte, Ancelotti, Nagelsmann), están en clubes. A su vez, los Real Madrid, Barcelona, Liverpool, Chelsea, City, Bayern Munich, PSG, Juventus aglutinan los mejores talentos. Cada vez que llega una fecha de Eliminatoria o Eurocopa, estos clubes ceden quince o veinte jugadores a sus distintas selecciones, pero ninguna selección tiene quince o veinte jugadores en el Madrid, el Barsa, el PSG o el City. Ejemplo simple: Zinchenko es la máxima estrella en el combinado ucraniano, en el City es un obrero. Porque el City es una constelación de cracks ingleses, belgas, brasileños, portugueses, españoles, franceses, holandeses… Lo mismo sucede con los otros grandes de Europa. Casi sin excepción, todos los mejores artistas del balón están en Europa. Y en la Champions. Un equipo puede juntar a Salah, Mané y Luis Díaz, una selección no.

Justamente, el Mundial se pierde a Salah, a Luis Díaz, quizás al fabuloso lateral Andy Robertson, a Naby Keita -los cuatro del Liverpool-, a Haaland, a Mahrez, a Alexis Sánchez, a Juan Guillermo Cuadrado y Wilmar Barrios, a David Alaba, a Aubameyang, Verratti, Insigne… La Champions los tiene a todos.

Aunque no hay forma de medirlo, por cantidad de figuras reunidas, mayor tiempo de trabajo y calidad de entrenadores, un club de los grandes de Europa debería ganarle sin demasiados problemas a cualquier selección. Una selección no tendría chances frente a un equipo aceitado y entrenado desde hace cinco años por Guardiola o Klopp.

“La Champions es el Mundial cada año”, sentencia Tito Puccetti, brillante compañero y conductor del citado ciclo televisivo. El Mundial tiene el privilegio de que se lo espera cuatro años, con la expectativa que ello genera. Y que toda la actividad internacional se detiene durante un mes para verlo, la Champions no necesita ni eso, entre semana, metido en medio de decenas de partidos de copas y ligas nacionales, de Libertadores y otros, imanta a todos los públicos del orbe para ver uno de estos choques galácticos. Y el ambiente que se vive en cada duelo es fabuloso, los estadios parecen explotar. En la Champions hay hinchas, en los Mundiales, espectadores.

Desde luego, los Mundiales involucran la nacionalidad, la bandera, el himno, tópicos que llegan al alma, pero estamos hablando del juego y, salvo excepciones, los duelos mundialistas no tienen el grado de calidad ni de emotividad de la Champions, tampoco el entorno.

El fútbol de selecciones une, el de clubes divide, esa es otra ventaja para los Mundiales, pero el Madrid, el Barça, el Liverpool, el Manchester United tienen cientos de millones de seguidores en todo el mundo, más que cualquier selección. A propósito de esto, sería bueno saber el número de televidentes en Sudamérica que hubo el martes último, cuántos tuvo este City-Madrid y cuántos los siete partidos en conjunto de la Libertadores que se disputaron el mismo día. Seguro hubo una diferencia abismal a favor del primero, y eso que se juega en tiempo laborable en nuestro huso horario. La Champions ha logrado que se universalicen las simpatías por los grandes clubes europeos y que nos interese más un choque de allá que uno de acá, debemos admitirlo.

Con los siete goles del martes último y el 2-0 del Liverpool al Villarreal, la Champions alcanzó un alto promedio de 3 goles por juego. La actual Libertadores va por 2,27 y el último Mundial, Rusia 2018, llegó a 2,64.

Claro, cuando te tocan el himno se te aflojan las piernas, pero en juego propiamente dicho…

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Liverpool, un equipo de autor

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 24 de abril de 2022 / 20:42

¡Qué lindo debe sentirse ser hincha del Liverpool en estos momentos…! Es una aplanadora que gana (casi) siempre, juega bien, humilla a su principal rival (5-0 y 4-0 al Manchester United en los dos clásicos de la temporada), pelea todos los títulos, los jugadores se abrazan como hermanos, Klopp sonríe, el estadio abarrotado ovaciona… Es celestial. El martes, al golear al ManUtd se subió por veinticuatro horas a la punta del campeonato cuando faltando seis jornadas; el miércoles ganó el City y recuperó el liderazgo y sigue arriba. Los de la ciudad de Los Beatles están a un paso de alzarse con los cuatro torneos en disputa: Premier, Copa Inglesa (disputará la final ante el Chelsea), Liga de campeones de Europa (es semifinalista) y Copa de la Liga, que ya conquistaron venciendo al Chelsea por penales.

De haberles podido preguntar a sus hinchas, seguramente el cuadro manchesteriano hubiese preferido entregar los puntos y no tener que enfrentar el infierno del Liverpool. Como en el 5-0 de octubre último, fue un apisonamiento. Le ganó en todos los sectores del campo, lo dominó a voluntad ejerciendo una presión bien alta, luego manejó la bola (74% a 26% de tenencia sólo en el primer tiempo) y buscó los movimientos exactos para perforar el arco de De Gea. Si existe el fútbol total, fue eso: presión, posesión, movilidad, precisión de pase, ambición, ataque, goles, armonía colectiva, destaques individuales. Conste que enfrente no estaban el Norwich o el Burnley sino un rival lleno de historia y valuado en 722 millones de euros.

El United virtualmente no pudo hacer nada, apenas presentarse en Anfield y cumplir con el reglamento. La diferencia abismal, más que de funcionamiento, fue de estado anímico; el Manchester está diez metros bajo tierra, el Liverpool sobrevuela la estratósfera. Y esto se debe al clima excepcional que genera su conductor, el hombre de la eterna sonrisa.

El Liverpool FC tiene ya una fecha de nacimiento y otra de renacimiento; la primera, la oficial, el 3 de junio de 1892, cuando su fundación; la segunda, extraoficial, el 8 de octubre de 2015, el día que firmó contrato Jürgen Norbert Klopp. Su fichaje fue, seguramente, la decisión más acertada de la historia del club. Luego de dominar el fútbol inglés -y en buena medida el europeo- en los ’70 y ‘80, en los 25 años anteriores a la llegada del estratega de Stuttgart el cuadro rojo navegaba en un marasmo futbolístico mientras veía cómo su acérrimo rival, el Manchester United, embolsaba un título tras otro de la mano de Alex Ferguson. Pero, como en una partida de póquer, en un momento la suerte cambió de mano: se jubiló Sir Alex y el United se hundió en una ciénaga en la que la lleva ocho años fichando decenas de nombres caros e improductivos, sin alegrías y con muchas decepciones. En contraposición, desembarcó Klopp al Liverpool y le devolvió todo el esplendor. Con lo que queda claro, una vez más, que no son los futbolistas sino los grandes entrenadores los que guían el barco a la victoria.

En muchos casos, existe una frontera difusa entre los méritos de un entrenador y la calidad de sus jugadores. Es la sospecha que persigue a Guardiola: si el Barcelona de fábula era obra del técnico o de Iniesta, Messi, Xavi, Puyol, Busquets… En el caso de Klopp, queda claro que la obra es toda suya. Él armó pacientemente este plantel y lo tornó vencedor. La última pieza que agregó fue nuestro conocido -y querido- Luis Díaz. Hace tiempo un sudamericano no entraba tan bien en un club de los poderosos de Europa. Hablamos de llegar, ser titular, figura inmediata, hacer goles y brillar. Y conste que es un fichaje de invierno, por lo general alguien que entra en un grupo para tapar algún agujero, completar plantel, ser alternativa al principio e ir ensamblando de a poco. Sobre todo, en un equipo tan aceitado. Y donde ya había siete delanteros: Salah, Mané, Firmino, Diogo Jota, Origi, Minamino y Elliott. Lucho se salteó cinco vallas de una tacada. Ahí también está el mérito de Klopp, primero porque supo verlo, luego por entender que éste era más que la mayoría y debía jugar. Sin que se le enoje nadie, lo puso apenas arribado. El resultado fue extraordinario. El martes, el guajiro marcó el primero de los cuatro goles y sirvió el tercero. Por último, supo agrandarlo, alabándolo fervorosamente en sus conferencias de prensa.

Klopp ya está en la galería de los grandes entrenadores de todos los tiempos. Su virtud esencial como líder es el grado de motivación excepcional que insufla a sus jugadores. Sólo hay que ver la concentración, los anticipos y la fiereza de Andy Robertson, el lateral escocés, para entender la mentalidad con que juega cada partido este equipo. El ambiente que instauró Klopp es tan estimulante, se advierte tan democrático, que cuando hace un cambio, el futbolista que sale lo abraza y le sonríe. A la mayoría de sus colegas los miran mal o pasan de largo. Genio de la rotación, todos sus dirigidos tienen minutos, por ello están contentos así jueguen un ratito. Buen ejemplo es que, en la definición por penales que les dio la Copa de la Liga ante el Chelsea, terminaron ejecutando -y convirtiendo- Divock Origi y Harvey Elliott. A todos les da confianza.

Vale resaltar que, en el término de 14 días exactos, el Liverpool debió enfrentar cinco partidos durísimos: Benfica (3-1), Manchester City (2-2), Benfica (3-3), Mánchester City (3-2) y Mánchester United (4-0). Y al quinto salieron a jugar como si se les fuera la vida, a devorarse al United. Cada vez muestran mayor apetito, es un grupo con una voracidad infrecuente, que no se relaja nunca, se sobrepone al cansancio y quiere ganar todo.

Desde el 13 de agosto en que comenzó la temporada, el Liverpool lleva disputados 52 cotejos, suma 38 victorias y apenas 3 derrotas. Los héroes que lograron doblegarlo son el Leicester (1-0), el West Ham (3-2) y el Inter (1-0) en la Champions. Ostenta un altísimo 80,12% de rendimiento. Si gana los diez juegos que le restan, el Liverpool puede alzarse con todas las fichas que están sobre la mesa. Viéndolo jugar no parece imposible.

Lo único que le fata a Klopp es un Balón de Oro para alguno de sus muchachos. Y eso también puede llegar este año: Mohamed Salah es artillero de la Premier, si además de ello le agrega cuatro coronas, ni Benzema podrá quitarle el trofeo pese a su año de película.

Liverpool contrató en 2015 a Jurgen Klopp. Si el Manchester United fichaba en ese mismo momento a Haaland, Mbappé o Lewandowski, ¿quién hubiese hecho mejor campaña…? No tenemos ninguna duda: la suma de éxitos en estos casi siete años no habría cambiado. La diferencia es el DT.

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