domingo 8 may 2022 | Actualizado a 20:01

¡Una nota de seis metros de largo…!

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 8 de mayo de 2022 / 20:00

“66: El Mundial en tiempo real”. Tal es el título del libro de Ian Passingham de 2016. Periodista e historiador, Passingham dedicó la obra a la única Copa del Mundo ganada por Inglaterra, la de 1966, que hizo honor a los inventores de semejante juego. Se cumplían cincuenta años de la conquista. No es casualidad que lo escribiera Ian, hincha apasionado del West Ham United.

En la cuna del fútbol quedó para siempre la frase “la Copa que ganó el West Ham”, pues, pese a no ser de los más poderosos de la Premier League, tuvo el honor de aportar a la selección campeona a tres cracks que resultaron decisivos para alcanzar aquella gloria: el capitán y superfigura Bobby Moore, zaguero de alta clase, el goleador Geoffrey Hurst y el también delantero Martin Peters. En el 4-2 de la final ante Alemania, Hurst marcó tres goles y el restante fue de Peters. Hurst también convirtió el único en el difícil triunfo sobre Argentina. Los tres muchachos eran ídolos del West Ham, surgidos de su cantera; jugaron añares allí, por lo cual ningún otro club se emparentó tanto con aquel éxito inglés. Una estatua del trío preside desde hace un año el estadio Olímpico de Londres, cedido al West Ham por noventa y nueve años. Y debajo de la estatua fueron enterradas las cenizas de Martin Peters, fallecido en 2019.

Passingham tuvo una idea novedosa: tal como el título lo dice, el contenido del libro no es una típica recordación, sino que lo compuso íntegramente con noticias en tiempo real, tomadas de los diarios y otros medios de información del momento, tal como se iban produciendo los hechos. Y a ellas les puso títulos ingeniosos. En uno de los capítulos más curiosos, introdujo una información emanada de Birmingham. Allí, en el estadio del Aston Villa, habían igualado 0 a 0 Argentina y Alemania, pero el suceso no se produjo en la cancha sino en la oficina que el correo había instalado en el recinto para atender las necesidades de la prensa acreditada. Jugando con las palabras, en lugar de titular “Oh my God! (Oh, mi Dios), Passingham encabezó con “Oh my word!” (¡Oh mi palabra!). Lo que ocurrió lo transcribimos de su cita textual:
“¡Oh mi palabra!

El personal de Correos tardó seis horas en cablegrafiar el informe de un periodista argentino sobre la Batalla de Villa Park a los editores de su revista en Buenos Aires.

Osvaldo Ardizzone escribió la asombrosa cantidad de 20.246 palabras -el equivalente a la cuarta parte de una novela típica- sobre el partido Argentina-Alemania Occidental.

A un costo de 1 libra por minuto de cable, le hizo desembolsar a los jefes de El Gráfico la friolera de 340 libras.

Después de que se envió el cable de 20 pies de largo, Ardizzone insistió en que no se arrepentía y dijo: “Después de todo, esto es fútbol … y es la Copa del Mundo».

Hoy, cincuenta y cinco años después, 340 libras representan 427 dólares. Pagar eso en 1966 para mandar la nota era una suma colosal. Ahora, con Internet, sale gratis. En sistema métrico, 20 pies equivalen a seis metros y 10 centímetros. ¡Una sábana de seis metros para contar un partido…! ¡Y para contar un cero a cero…!

Ardizzone no se movió del lugar hasta constatar que desde la redacción, en Buenos Aires, le dieron el OK de recibido. Ahí estaba el comentario y las notas adicionales, voces de vestuarios e impresiones generales que tres días después entregaría El Gráfico a sus lectores en un amplio despliegue, y a cargo de su cronista estrella.

Hasta el Mundial de México ‘86 el material escrito se enviaba por télex, un extraordinario invento alemán que permitió transmitir a distancia textos de gran longitud. Ya no eran simples telegramas, sino extensos artículos. Era como una máquina de escribir, pero inmensa, que la operaban las sucursales del correo de cada lugar. Era necesario tener también una en la redacción para recibir los despachos. Uno tipeaba la nota en una máquina de escribir, la entregaba al empleado del correo y este volvía a mecanografiarla íntegra en el télex. Ese ruidoso armatoste nos desvelaba. Había que rogar que estuviera libre, que la operadora nos tipeara la cinta sin antes irse a comer o a hacer otro trámite, que no terminara su turno o lo que fuera. Que finalmente lo pasara a nuestra redacción y llegara bien… Las comunicaciones no eran tan automáticas como ahora y la tensión por transmitir el material nos mandaba a la cama molidos. En México ’86 vimos con asombro a colegas japoneses pasar sus artículos por fax y en Italia ’90 ya estaba definitivamente impuesto. El fax nos solucionó la vida.

Ardizzone no sólo veía bien el fútbol, era un artista de la palabra. Componía tangos, poesía y algunas obras de teatro. Quien suscribe tuvo la fortuna de ser su compañero. Cuando íbamos juntos a cubrir un partido, iba con mi ídolo. El querido Quique Wolff, hábil lateral derecho de Racing, River y el Real Madrid, hoy comentarista de ESPN, relata una simpática anécdota que pinta la dimensión colosal de Ardizzone, a quien todo el mundo llamaba simplemente Osvaldo. Decir Osvaldo en el ámbito del periodismo deportivo era lo mismo que decir Diego, por Maradona.

-Eso de que si no jugaste no podés hablar de fútbol es mentira; y si jugaste, a lo mejor podés hablar como analista, pero si antes te preparaste para hacerlo. Cuando debuté en River, lo hice contra Boca, ganamos 2 a 1. El Gráfico entendió que yo fui la figura del partido y Osvaldo Ardizzone, notable periodista, me preguntó si podía ir a mi casa a entrevistarme, porque antes se estilaba que fueran a hacerte la nota a tu casa… Le di la noticia a mi mujer, emocionado: ¡Me vienen a hacer una nota de El Gráfico…! ¡Y Ardizzone…! Pusimos la casa de punta en blanco, mi esposa preparó una comida especial… Osvaldo era un genio, yo lo miraba con admiración y el que me reporteaba era él a mí. A un tipo que sabe hablar de esto lo respetás, más allá de que el fútbol siempre ha sido materia de discusión. A mí jamás se me pasó por la cabeza si Osvaldo había jugado al fútbol o no.

Ardizzone nunca estudió periodismo, no había academias para formar hombres o mujeres de prensa, eso vino después; la escuela era la redacción de un diario, el aula magna, la fragua donde se aprendía todo. Sí se leía mucho, había buena formación intelectual. Nos parece ver a Osvaldo frente a la vieja Olivetti verde olivo, el cigarro haciéndosele ceniza en la boca, el pocillo de café sobre la mesa y la pasión moviéndole las ideas y los dedos.

La Champions ¿Más que el Mundial…?

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 1 de mayo de 2022 / 18:00

La semana nos regaló dos joyas: una inolvidable (Manchester City 4 – Real Madrid 3) y otra de excelencia (Liverpool 2 – Villarreal 0). Los hinchas en el estadio bramaban, los telespectadores estábamos en grado de excitación. La Champions nos tiene acostumbrados a eso.

El primero fue un partido trepidante, excepcional, limpísimo, que ennoblece al fútbol y lo ratifica como el espectáculo más grande del mundo. No hay otra actividad o deporte siquiera que le pase cerca. Prometía dar el máximo nivel de juego y emoción, esa combinación fascinante que este deporte tiene. Y lo dio. Más allá de los siete goles, deben computarse el fragor extremo de las acciones, la entrega física y el clima volcánico de las tribunas. También algunas actuaciones individuales memorables como la de Benzema -una vez más-, Modric -una vez más-, De Bruyne -una vez más-, Vinicius… Por si faltara algo, el choque de estilos: posesión y preciosismo (City) versus contraataque y pragmatismo (Madrid). “Fue como un partido de 1950”, lo ensalzó, por el espíritu ofensivo, el magnífico periodista caleño Marino Millán. Sí, pero con cien veces más intensidad, presión, velocidad y agresividad. Cualquier enfrentamiento de los años ’60 parecería ridículo al lado de tan sensacional demostración de fútbol.

La brillantez del City-Madrid no fue una isla, semana a semana el torneo estrella de clubes nos prepara platos deliciosos. Uno espera un gran partido y lo tiene. Es el summun. Por ello, en el programa Conexión, de Win Sports, se generó un debate: ¿es comparable la Champions al Mundial…? Partamos de la base de que ambas competencias son maravillosas. Nuestra opinión fue que, futbolísticamente, sí, son comparables, incluso la Champions es superior. Hablamos del juego. Para el degustador del gran fútbol, no hay dudas.

Realizamos un sondeo en Twitter y, sobre 1.682 votantes, el 70,5% respondió que es más atractivo el Mundial que la Liga de Campeones de Europa. El 29,5% restante contestó a la inversa. La realidad es que ha habido cantidades de Mundiales discretitos o malazos. La Champions no decepciona nunca. Palpitamos que un Bayern-Barcelona será un partidazo y lo es. Lo mismo para un Juventus-Atlético de Madrid o un Inter-Manchester United. Casi ningún partido es malo.

“En Europa, sin duda, son mejores los equipos de clubes que las selecciones, en Argentina y Brasil no”, nos dice Pablo Nonis, agudo observador argentino que vive en Tenerife. “Acá la Champions es tan importante como el Mundial”. Además, la competición europea permite anualmente el confronte de alemanes con ingleses o españoles, italianos con franceses u holandeses… El choque tribal mantiene a tope la expectativa. En un Mundial eso se da esporádicamente.

Obviamente, para ingleses y españoles, donde las ligas son tan fuertes, el Mundial ocupa el segundo puesto. Y hay sitios, como en Argentina, donde el público es mucho más hincha de su club que de su selección. Fontanarrosa lo definía con su genialidad habitual: “Central es como mi vieja, la selección es como mí tía”. Por eso, cuando se hace la encuesta/pregunta “¿qué preferís, que tu club gane la Libertadores o que la selección sea campeona del mundo?”, la mayoría vota lo primero.

El Mundial atrapa porque involucra países, naciones enteras detrás de una formación, tiene mayor universalismo, pero no se ve un juego tan extraordinario. Las selecciones no tienen el ensamblaje de un equipo de club, trabajado día a día durante años. Los mejores técnicos del mundo (Guardiola, Klopp, Tuchel, Ten Hag, Conte, Ancelotti, Nagelsmann), están en clubes. A su vez, los Real Madrid, Barcelona, Liverpool, Chelsea, City, Bayern Munich, PSG, Juventus aglutinan los mejores talentos. Cada vez que llega una fecha de Eliminatoria o Eurocopa, estos clubes ceden quince o veinte jugadores a sus distintas selecciones, pero ninguna selección tiene quince o veinte jugadores en el Madrid, el Barsa, el PSG o el City. Ejemplo simple: Zinchenko es la máxima estrella en el combinado ucraniano, en el City es un obrero. Porque el City es una constelación de cracks ingleses, belgas, brasileños, portugueses, españoles, franceses, holandeses… Lo mismo sucede con los otros grandes de Europa. Casi sin excepción, todos los mejores artistas del balón están en Europa. Y en la Champions. Un equipo puede juntar a Salah, Mané y Luis Díaz, una selección no.

Justamente, el Mundial se pierde a Salah, a Luis Díaz, quizás al fabuloso lateral Andy Robertson, a Naby Keita -los cuatro del Liverpool-, a Haaland, a Mahrez, a Alexis Sánchez, a Juan Guillermo Cuadrado y Wilmar Barrios, a David Alaba, a Aubameyang, Verratti, Insigne… La Champions los tiene a todos.

Aunque no hay forma de medirlo, por cantidad de figuras reunidas, mayor tiempo de trabajo y calidad de entrenadores, un club de los grandes de Europa debería ganarle sin demasiados problemas a cualquier selección. Una selección no tendría chances frente a un equipo aceitado y entrenado desde hace cinco años por Guardiola o Klopp.

“La Champions es el Mundial cada año”, sentencia Tito Puccetti, brillante compañero y conductor del citado ciclo televisivo. El Mundial tiene el privilegio de que se lo espera cuatro años, con la expectativa que ello genera. Y que toda la actividad internacional se detiene durante un mes para verlo, la Champions no necesita ni eso, entre semana, metido en medio de decenas de partidos de copas y ligas nacionales, de Libertadores y otros, imanta a todos los públicos del orbe para ver uno de estos choques galácticos. Y el ambiente que se vive en cada duelo es fabuloso, los estadios parecen explotar. En la Champions hay hinchas, en los Mundiales, espectadores.

Desde luego, los Mundiales involucran la nacionalidad, la bandera, el himno, tópicos que llegan al alma, pero estamos hablando del juego y, salvo excepciones, los duelos mundialistas no tienen el grado de calidad ni de emotividad de la Champions, tampoco el entorno.

El fútbol de selecciones une, el de clubes divide, esa es otra ventaja para los Mundiales, pero el Madrid, el Barça, el Liverpool, el Manchester United tienen cientos de millones de seguidores en todo el mundo, más que cualquier selección. A propósito de esto, sería bueno saber el número de televidentes en Sudamérica que hubo el martes último, cuántos tuvo este City-Madrid y cuántos los siete partidos en conjunto de la Libertadores que se disputaron el mismo día. Seguro hubo una diferencia abismal a favor del primero, y eso que se juega en tiempo laborable en nuestro huso horario. La Champions ha logrado que se universalicen las simpatías por los grandes clubes europeos y que nos interese más un choque de allá que uno de acá, debemos admitirlo.

Con los siete goles del martes último y el 2-0 del Liverpool al Villarreal, la Champions alcanzó un alto promedio de 3 goles por juego. La actual Libertadores va por 2,27 y el último Mundial, Rusia 2018, llegó a 2,64.

Claro, cuando te tocan el himno se te aflojan las piernas, pero en juego propiamente dicho…

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Liverpool, un equipo de autor

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 24 de abril de 2022 / 20:42

¡Qué lindo debe sentirse ser hincha del Liverpool en estos momentos…! Es una aplanadora que gana (casi) siempre, juega bien, humilla a su principal rival (5-0 y 4-0 al Manchester United en los dos clásicos de la temporada), pelea todos los títulos, los jugadores se abrazan como hermanos, Klopp sonríe, el estadio abarrotado ovaciona… Es celestial. El martes, al golear al ManUtd se subió por veinticuatro horas a la punta del campeonato cuando faltando seis jornadas; el miércoles ganó el City y recuperó el liderazgo y sigue arriba. Los de la ciudad de Los Beatles están a un paso de alzarse con los cuatro torneos en disputa: Premier, Copa Inglesa (disputará la final ante el Chelsea), Liga de campeones de Europa (es semifinalista) y Copa de la Liga, que ya conquistaron venciendo al Chelsea por penales.

De haberles podido preguntar a sus hinchas, seguramente el cuadro manchesteriano hubiese preferido entregar los puntos y no tener que enfrentar el infierno del Liverpool. Como en el 5-0 de octubre último, fue un apisonamiento. Le ganó en todos los sectores del campo, lo dominó a voluntad ejerciendo una presión bien alta, luego manejó la bola (74% a 26% de tenencia sólo en el primer tiempo) y buscó los movimientos exactos para perforar el arco de De Gea. Si existe el fútbol total, fue eso: presión, posesión, movilidad, precisión de pase, ambición, ataque, goles, armonía colectiva, destaques individuales. Conste que enfrente no estaban el Norwich o el Burnley sino un rival lleno de historia y valuado en 722 millones de euros.

El United virtualmente no pudo hacer nada, apenas presentarse en Anfield y cumplir con el reglamento. La diferencia abismal, más que de funcionamiento, fue de estado anímico; el Manchester está diez metros bajo tierra, el Liverpool sobrevuela la estratósfera. Y esto se debe al clima excepcional que genera su conductor, el hombre de la eterna sonrisa.

El Liverpool FC tiene ya una fecha de nacimiento y otra de renacimiento; la primera, la oficial, el 3 de junio de 1892, cuando su fundación; la segunda, extraoficial, el 8 de octubre de 2015, el día que firmó contrato Jürgen Norbert Klopp. Su fichaje fue, seguramente, la decisión más acertada de la historia del club. Luego de dominar el fútbol inglés -y en buena medida el europeo- en los ’70 y ‘80, en los 25 años anteriores a la llegada del estratega de Stuttgart el cuadro rojo navegaba en un marasmo futbolístico mientras veía cómo su acérrimo rival, el Manchester United, embolsaba un título tras otro de la mano de Alex Ferguson. Pero, como en una partida de póquer, en un momento la suerte cambió de mano: se jubiló Sir Alex y el United se hundió en una ciénaga en la que la lleva ocho años fichando decenas de nombres caros e improductivos, sin alegrías y con muchas decepciones. En contraposición, desembarcó Klopp al Liverpool y le devolvió todo el esplendor. Con lo que queda claro, una vez más, que no son los futbolistas sino los grandes entrenadores los que guían el barco a la victoria.

En muchos casos, existe una frontera difusa entre los méritos de un entrenador y la calidad de sus jugadores. Es la sospecha que persigue a Guardiola: si el Barcelona de fábula era obra del técnico o de Iniesta, Messi, Xavi, Puyol, Busquets… En el caso de Klopp, queda claro que la obra es toda suya. Él armó pacientemente este plantel y lo tornó vencedor. La última pieza que agregó fue nuestro conocido -y querido- Luis Díaz. Hace tiempo un sudamericano no entraba tan bien en un club de los poderosos de Europa. Hablamos de llegar, ser titular, figura inmediata, hacer goles y brillar. Y conste que es un fichaje de invierno, por lo general alguien que entra en un grupo para tapar algún agujero, completar plantel, ser alternativa al principio e ir ensamblando de a poco. Sobre todo, en un equipo tan aceitado. Y donde ya había siete delanteros: Salah, Mané, Firmino, Diogo Jota, Origi, Minamino y Elliott. Lucho se salteó cinco vallas de una tacada. Ahí también está el mérito de Klopp, primero porque supo verlo, luego por entender que éste era más que la mayoría y debía jugar. Sin que se le enoje nadie, lo puso apenas arribado. El resultado fue extraordinario. El martes, el guajiro marcó el primero de los cuatro goles y sirvió el tercero. Por último, supo agrandarlo, alabándolo fervorosamente en sus conferencias de prensa.

Klopp ya está en la galería de los grandes entrenadores de todos los tiempos. Su virtud esencial como líder es el grado de motivación excepcional que insufla a sus jugadores. Sólo hay que ver la concentración, los anticipos y la fiereza de Andy Robertson, el lateral escocés, para entender la mentalidad con que juega cada partido este equipo. El ambiente que instauró Klopp es tan estimulante, se advierte tan democrático, que cuando hace un cambio, el futbolista que sale lo abraza y le sonríe. A la mayoría de sus colegas los miran mal o pasan de largo. Genio de la rotación, todos sus dirigidos tienen minutos, por ello están contentos así jueguen un ratito. Buen ejemplo es que, en la definición por penales que les dio la Copa de la Liga ante el Chelsea, terminaron ejecutando -y convirtiendo- Divock Origi y Harvey Elliott. A todos les da confianza.

Vale resaltar que, en el término de 14 días exactos, el Liverpool debió enfrentar cinco partidos durísimos: Benfica (3-1), Manchester City (2-2), Benfica (3-3), Mánchester City (3-2) y Mánchester United (4-0). Y al quinto salieron a jugar como si se les fuera la vida, a devorarse al United. Cada vez muestran mayor apetito, es un grupo con una voracidad infrecuente, que no se relaja nunca, se sobrepone al cansancio y quiere ganar todo.

Desde el 13 de agosto en que comenzó la temporada, el Liverpool lleva disputados 52 cotejos, suma 38 victorias y apenas 3 derrotas. Los héroes que lograron doblegarlo son el Leicester (1-0), el West Ham (3-2) y el Inter (1-0) en la Champions. Ostenta un altísimo 80,12% de rendimiento. Si gana los diez juegos que le restan, el Liverpool puede alzarse con todas las fichas que están sobre la mesa. Viéndolo jugar no parece imposible.

Lo único que le fata a Klopp es un Balón de Oro para alguno de sus muchachos. Y eso también puede llegar este año: Mohamed Salah es artillero de la Premier, si además de ello le agrega cuatro coronas, ni Benzema podrá quitarle el trofeo pese a su año de película.

Liverpool contrató en 2015 a Jurgen Klopp. Si el Manchester United fichaba en ese mismo momento a Haaland, Mbappé o Lewandowski, ¿quién hubiese hecho mejor campaña…? No tenemos ninguna duda: la suma de éxitos en estos casi siete años no habría cambiado. La diferencia es el DT.

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Esa gloria es tuya para siempre, Freddy

/ 17 de abril de 2022 / 19:57

Fue un predestinado. No hizo el gol más hermoso de los Mundiales ni el que definió un título. Sí uno de los más celebrados que podamos recordar. Hizo saltar el “festejómetro”. Movió las placas tectónicas en Colombia y la onda expansiva se replicó en toda América Latina, incluso en otras latitudes. Igual que un terremoto, sacó a la gente a las calles. Y le tocó a él, a Freddy Rincón. Ni el majestuoso gol de James a Uruguay pudo desatar tal euforia. Formamos parte de un grupo de estadígrafos e historiadores de América, con decenas de miembros desde Argentina hasta Estados Unidos y una gran cantidad de integrantes expresó lo mismo: “Lo grité como si fuera de mi país”. Fue raro: una alegría increíble que nos dio un equipo que no era el nuestro. Pocas veces pasa eso. Semejante eclosión derriba la estulticia de que si no es en la final del mundo o de la Champions no sirve nada.

Lo repiten cien veces y las cien lo vuelvo a mirar con idéntico interés, lo palpito como si estuviese pasando ahora. Fue producto de una bellísima construcción de paredes y una genialidad de Valderrama para dejar solito a Freddy con el meta alemán Bodo Illgner. Ese pase del Pibe es como que te den el billete ganador de la lotería y te digan «tomá, cobralo vos». Atrajo a toda Alemania Occidental hacia su izquierda y la puso mansa en Alemania Oriental. No había nadie ahí. Freddy no dudó un instante, controló y la mandó por entre las piernas del uno. Fue el instante mágico de su vida. Y fue la locura total.

¿Por qué semejante aclamación si era en fase de grupos y apenas sirvió para empatar 1 a 1…? ¿Por qué seguimos evocándolo treinta y dos años después…? Porque encierra una historia. Y sin circunstancia no hay épica. Colombia volvía a los Mundiales después de veintiocho años y le tocó en el grupo nada menos que Alemania, una maquinaria que sería el campeón invicto, y la última versión mundialista de una fuerte Yugoslavia, la de Dragan Stojkovic, Srecko Katanec, Dejan Savicevic, Darko Pancev, Davor Suker, Robert Jarni, Alen Boksic, Robert Prosinecki… La última reunión de serbios, croatas, bosnios, eslovenos, macedonios y montenegrinos. Alemania llegaba arrasando: 4 a 1 a Yugoslavia y 5 a 1 a Emiratos Árabes Unidos. Colombia peligraba su clasificación a octavos de final. Había caído ante Yugoslavia y apenas contaba con dos puntos, producto de un correcto triunfo sobre Emiratos. Necesitaba al menos un empate para aspirar a ser uno de los mejores terceros. Y justo debía conseguirlo ante el cuco del torneo. Parecía imposible.

Se esperaba otra goleada germana sobre la selección de Pacho Maturana. Y los primeros diez minutos fueron de terror, la Luftwaffe bombardeando Milán. Los pelotazos cruzados surcaban el campo colombiano generando pánico. Klinsmann y Vöeller picaban como flechas. Eran tiempos en que Alemania jugaba todavía al estilo Panzer, no como ahora, que saben tocar y son más pausados. Colombia parecía sumida en el desconcierto y en el palco del Giuseppe Meazza junto al inolvidable León Londoño, nos observamos con cara de vaca que mira el tren: “Estos nos meten cinco”. Hasta que vino una bola larga para la entrada de Klinsmann y, cuando todos presagiábamos ya el primer gol, salió Higuita, la paró con el pecho, se la levantó por sobre la cabeza al tanque alemán y salió jugando suave por derecha. Fue balsámico. Esa acción tan osada sirvió para aplacar la furia germana y animar a los suyos. Esas cosas que tenía René y que no tuvieron nunca otros arqueros, por buenos que fueran.

Salió el sol para Colombia y comenzó otro partido, a ritmo de vallenato. Y empezó el toque y el dominio bajo la batuta del Pibe. Fue emocionante. Por el rival y el marco, tal vez el mejor partido de esa selección de Maturana. Dominio y merecimientos se iban acumulando, hasta llegarse al fatídico minuto 89, cuando una apilada de Vöeller juntó a varios colombianos y dejó en buena posición de remate a Littbarski. Zurdazo y… ¡Gol alemán…! Fue un martillazo a la ilusión, como el iceberg con que chocó el Titanic. ¿Qué hacía ese iceberg ahí…? Era demasiada injusticia para una actuación tan consagratoria, prolija y valiente.

Enrique Omar Sívori, el famoso Balón de Oro de 1961, estaba junto a nosotros, “de la bronca” se levantó y se fue. “¡Con lo bien que había jugado Colombia…!”, lamentó. Era la desolación, daban ganas de llorar, de rabia y de impotencia. Los muchachos colombianos quedaron tirados en el piso. Valderrama, con gran entereza, levantó a algunos. “Vamos, vamos que hay que seguir…” Pero la tristeza duró sólo cuatro minutos. Al llegarse a los 93 vino esa jugada monumental en la que el Pibe, con pase bellísimo de zurda dejó sólo a Rincón y Freddy sin dudar, con aplomo, la mandó a la red. Fue una explosión difícil de narrar, esas cosas se viven. Con rubor, debo confesarlo: nunca grité tanto un gol de una selección que no fuera Argentina como ese de Rincón. Como dijo Pacho, “estamos habituados a que el último gol sea siempre de Alemania, pero esa vez fue de Colombia”.

Con León nos abrazamos y terminamos parados sobre las butacas de la zona VIP. Enseguida recordó que era miembro del comité ejecutivo de la FIFA: “Oiga, m’hijo, que nos van a echar de aquí…”, prudenció el hombre de Jericó. Pero no nos echaron. Las emociones que el fútbol genera exculpan ciertos exabruptos.

Ese gol reivindicó todo, la actuación y el pase a la siguiente ronda. Seguramente es el más gritado en la historia de Colombia. No obstante, el Freddy jugador excede la leyenda de aquel 19 de junio de 1990. Fue un volante espectacular que hoy valdría, mínimo, cincuenta millones de euros. Un todoterreno que marcaba, jugaba y convertía, con una zancada de avestruz, técnica respetable, tremenda potencia, gol y carácter. Un mediocampista con casi 170 goles es cosa seria. Llegaba al área como un huracán; en carrera era indetenible. Como las huellas dactilares, no hay dos jugadores iguales, sin embargo advertimos semejanzas en el juego a Kevin De Bruyne, un 8 de ida y vuelta, de área a área, con gran vocación ofensiva. Seguro es el más completo futbolista colombiano de todos los tiempos. Tenía todo. Hicimos un sondeo en Twitter sobre quiénes pueden ser los cinco mejores del país, participaron cientos de tuiteros y en todas las listas figura Freddy Rincón. El Pibe y él son unánimes. Los demás, para unos sí, para otros no.

Luego de aquella iluminación frente a Alemania vendrían muchos goles más, como los dos que anotó en el célebre 5 a 0 a Argentina, y una larga campaña internacional que incluyó a grandes equipos del mundo, entre ellos Real Madrid y Napoli. Fue pieza importante de aquel Palmeiras de oro de 1994 junto a Marcos, Roberto Carlos, César Sampaio, Flávio Conceição, Rivaldo, Zinho, Evair… Pero fue en Corinthians donde alcanzó la idolatría. Fue su cénit. Se recuerda especialmente cuando el club blanquinegro ganó el primer Mundial de Clubes con Rincón como capitán y figura del torneo. Convirtió dos goles y el primer penal en la definición ante Vasco da Gama. Recibió la copa de manos de Joseph Blatter, en una foto que recorrió el mapamundi. Triunfó ampliamente en Brasil justo en el lapso en que la patria de Pelé logro dos títulos mundiales -1994 y 2002- y tres Copa América –’97, ’99 y 2004-.

Lo sabemos, no hay muerto malo. Pero permítasenos este momento de alabanza en la hora del adiós de quien generara el instante de alegría más intenso de una nación.

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Todos los estilos son válidos, pero…

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 10 de abril de 2022 / 21:04

Con todos los estilos se gana, con todos los jugadores no. Y todos los estilos son válidos dentro del reglamento. Sin trampas, un técnico puede alinear once defensas en torno a su arco si le parece adecuado para obtener un resultado. Debe respetarse. De ahí a vanagloriarse de esa táctica es otra canción. Viene a cuento del choque entre el Manchester City y el Atlético de Madrid, ganado finalmente por el conjunto inglés por 1 a 0.

Como todos sabemos, el City de Pep Guardiola domina y ataca los 90 minutos buscando el triunfo de ese modo, intentando conseguir el objetivo con la mayor cantidad de goles posible. Todos sabemos también del esquema ultradefensivo del Atlético, con el cual ha conseguido grandes resultados. Pero, a ver… desmenucemos.

El partido del martes era el duelo de dos formas completamente opuestas de ver el fútbol. Durante décadas se habló de líricos (los guardiolistas o menottistas) versus picapiedras (cholistas o bilardistas). También se los identificó —erróneamente— como pechos fríos a los primeros y aguerridos a los segundos. Cualquiera que se haya puesto un pantalón corto en su vida sabe que lo más valiente de este juego es tomar la bola y llevarla hacia adelante, encarar al adversario para superarlo. Y lo más difícil es crear juego, romper la barrera defensiva rival. A su vez, lo básico es meterse atrás, resistir, tirar la bola a cualquier parte. También es la antítesis del coraje. Cuando un equipo se sabe menos que su oponente o es muy superado por éste, se refugia en su área o pegado a ella. No obstante, si el aguante consigue el empate, o a veces el triunfo mediante un afortunado contraataque, se enarbola la teoría del coraje y la inteligencia.

Cuando se trata de un club chico, con chequera pobre y plantel modesto, se suele ser indulgente y decir, “bueno, son las armas que tiene, hay que disculparlo”. En cambio, en el caso del Atlético de Madrid no hay defensa posible. Es uno de los clubes con mayor inversión en jugadores. Sólo por João Félix pagó 138 millones de dólares. El valor total de su nómina es de 7,182 millones de dólares. El argumento de la humildad no le cabe. Es un club hipermillonario. Tiene elementos de igual o mejor calidad que el City. Practica un fútbol arratonado y avaro porque es de preferencia de su entrenador, no por su situación financiera. Y porque los hinchas le disculpan las formas en tanto los devolvió al primer plano después de décadas sombrías, en las que incluso descendió de categoría (año 2000). No es osadía atacar con cinco efectivos, osadía es pedir que te fichen a João Félix por 138 millones y después ponerlo a defender con el pelotón. ¿Cómo miras a la cara al dirigente al que le pediste a João Félix…?

Hemos celebrado los triunfos del Atlético de Simeone porque se trata de una institución histórica, que un día ingresó en un oscurísimo túnel de decadencia y se convirtió en perdedor. Y el Cholo lo exhumó de ultratumba, lo devolvió a los títulos, al primer plano europeo y, sobre todo, recuperó la alegría para su gente, que es, seguramente, la hinchada más encantadora de España por seguidora y alegre. Pero no adherimos a su fútbol, no es fácil entender cómo alguien neutral puede invertir dos horas de su vida para ver un partido ordinario del Atleti en liga. En Champions es diferente, los rivales ilustres dan sentido al partido.

Frente al City, Simeone dispuso un planteo extremo para aguantar el cero en su arco: dos líneas de cinco defensores (5-5-0), todos bien pegados en las inmediaciones de sus 18 yardas. Y no lo logró. Hubo una posesión de balón de 70% a 30 en favor del elenco inglés, el colchonero no remató al arco y no tuvo córners ni tiros libres a favor. Fue como echar llave, poner tres candados, trabas, alarmas, perros, alambre de púas y que te roben igual. Muchas veces este planteamiento le dio magníficas utilidades, esta vez se fue con las manos vacías. Ni en Italia gustó. Arrigo Sacchi fue cáustico: “Tienen un catenaccio de los años 60, una idea vieja: ¿qué fútbol es esto? No te da alegría ni cuando ganas. Triunfas sin merecerlo, solo con astucia. No me gusta y me extraña que los españoles, gente acostumbrada a la belleza del fútbol, lo acepten. Simeone tiene valores morales importantes, es un líder, debería hacer más, creer más en sí mismo».

Frente a tal grado de oposición, el local jugó con la grandeza que es marca registrada en los equipos de Guardiola: tener la bola, tocar de un lado a otro esperando el hueco por donde meterse y atacar sin pausa, contra los que fueran. Y tuvo la fortuna de poder ganarlo, por la mínima, pero al menos dejó sin premio la mezquindad adversaria. Sin embargo, no cabe lloriquear. El “se metieron todos atrás” no es más excusa hace años en el fútbol. Si el rival espera con los once, hay que tratar de romper el cerco. En tanto sea legal, cualquier táctica es admisible. Puede que no agrade, pero se debe aceptar. Cada quien elige la estrategia que mejor le calza. Pero desde el punto de vista del espectáculo es indefendible. Y para el hincha, ver que su equipo sale a jugar con esa actitud, defendiendo con diez y renunciando a cualquier posibilidad de triunfo, es indigerible.

En Inglaterra, el fútbol más vertical que existe, donde los hinchas celebran que su equipo vaya al frente aunque pierda, acusaron al Atleti de juego sucio. No es tal. Jugar sucio es pegar, hacer tiempo, ser mañero, buscarle pelea al contrincante. Y el Atleti no lo hizo. Simplemente, opuso una defensa exagerada. Incluso para aquellos males hay una herramienta: el reglamento. Sin embargo, ninguna de las 17 reglas prohíbe defenderse.

Lo que hay es, como dice Ángel Cappa, “una degeneración del gusto”. Cuando apareció el Estudiantes de Zubeldía en 1967, que además de tener excelentes jugadores defendía, pegaba, demoraba el juego y exponía todas las mañas imaginables, la opinión pública lo condenó. Hoy sería idolatrado. Millones de jóvenes, alentados por cierto periodismo tacticista y cientifizoide, aman ese fútbol rácano, pequeño y especulativo. Al que, además, definen como guerrero, batallador, lo identifican con la palabra huevos, cuando es todo al revés, poner diez a defender es justamente lo contrario, rehuir el combate, sentirse inferior.

Se da por supuesto que obtener un empate o una victoria colocando dos líneas de cinco a defender “es un planteo inteligente». Y, aunque pierda, sigue siendo inteligente para sus enarboladores. Y el que busca ganar atacando y dando espectáculo es un tonto que no sabe nada, que no entrena, que hace asados. Para cientos de millones “Guardiola no ganó nada” (desde luego es el técnico más exitoso y revolucionario). Lo que agrada es ese fútbol elemental y prehistórico de atrincherarse atrás. Se valora la falta de audacia e ingenio dándole los calificativos inversos: valentía y astucia. Ser especulador es sinónimo de triunfador. Está todo dado vuelta.

Defender solamente es apenas una fase del juego. Y va contra el espíritu con que se inventó este deporte, que es ir en busca del objetivo: el gol, el triunfo. Lo demás es válido y respetable en tanto sea limpio, pero no deja de ser una expresión menor, miedosa, rudimentaria y anacrónica.

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El bolillero es una excusa

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 3 de abril de 2022 / 21:17

Uruguay es tan chico que para tirar un córner te tenés que ir a otro país”, decía Marcos Lubelski, empresario futbolístico rosarino residente en Montevideo, quien sentía verdadero cariño por la patria de Artigas.

Esa miniatura demográfica que, toda entera, cabe seis veces en San Pablo, cinco en Buenos Aires y tres en Bogotá, es gigantesca comparada con Catar. La sede del Mundial es quince veces más pequeña que el territorio uruguayo. En rigor, 15,2 veces cabe Qatar en Uruguay. Ese breve emirato de la península arábiga lo logró: se consiguió el Mundial.

En diciembre de 2010 se anunció el triunfo de su candidatura y en todo estos años bramaron y amenazaron con sacárselo Inglaterra y Estados Unidos, desairados en su pretensiones organizadoras, pero la decisión se mantuvo y ya no hay vuelta atrás. Será el primer Mundial en el mundo árabe. A lo árabe, con toda la fastuosidad de que es capaz la altivez y el orgullo de jeques y emires. 

Qatar recibirá un golpe de popularidad arrasador. Empezó a recibirlo con el sorteo del viernes. Los ojos del planeta entero se posaron sobre Doha, la “rascaciélica” capital que escenificará la mayoría de los 64 partidos. Le costó unos pesos (se habla de 500.000 millones de dólares), pero gracias al fútbol, Qatar será el centro del universo durante meses. Nadie volverá a decir “¿dónde queda eso…?”

Sin siquiera mover la pelota, FIFA ha convertido el sorteo de la Copa Mundial en un megaevento universal que paraliza a media humanidad. Todos quieren saber a quienes enfrentará su selección, cuál es el grupo de la muerte, quien deberá toparse con Alemania (que no es una piedra en el zapato, es un clavo de punta); si se cruzan Irán y Estados Unidos (¡sí…!) y así. El sorteo es ahora un fenómeno comercial, hay que comprar los derechos para televisarlo, no es fácil para el periodismo acreditarse, concurren los máximos dirigentes, todos los entrenadores, exglorias y personalidades de todo tipo. Es una gala galáctica.

El sorteo del Mundial semeja a diez entregas de los Oscar, todas juntas, y cuando sacan la bolilla de Brasil equivale a cien cachetadas de Will Smith. El fútbol está varios escalones arriba de todo. Es el entretenimiento convertido en industria, pero con el agregado de la pasión, la tradición, la fidelidad.

Antiguamente los sorteos eran caseritos, se circunscribían a un acto administrativo. Se alquilaba un salón en un buen hotel, iba un número moderado de delegados y se extraían los papelitos de unos copones de vidrio. Y cuando cantaban el nombre de un equipo, algún funcionario colocaba un cartelito de cartón en el casillero correspondiente. No llevaba más que unos 20 minutos en total. Y nos enterábamos de la conformación de los grupos más tarde, a través de un cable de Associated Press o DPA. Si uno andaba cerca del hotel, se metía y miraba la ceremonia. Era todo simple, sin pompa. No había estrellas ni shows ni canciones oficiales ni celebridades invitadas.

En 1966 apareció la mascota, el leoncito inglés, Willy, muy simpático. Y los cabezas de serie se elegían a dedo, se hacía una ponderación de la potencialidad de los participantes y se los ubicaba en consecuencia. Para ilustrar: el sorteo del Mundial de Francia en 1938 con una docena de dirigentes y cronistas todos mezclados detrás de un enorme escritorio. Se pusieron dieciséis papelitos con los nombres de los equipos en un viejo trofeo de cristal, Jules Rimet, el célebre presidente de la FIFA, lideró el acto, subió a su nieto Yves de seis años a la mesa y el niño los fue extrayendo uno a uno. Una sencillez que no dejaba de ser bonita.

Los periodistas, que rara vez pegan una, siempre se opusieron a todos los cambios que el fútbol experimentó. Cuando aparecieron las tarjetas (“una tontería”), cuando se pasó de 16 a 24 equipos y luego a 32 (“¡qué vergüenza!”), al jugarse el Mundial en dos países, Corea y Japón (“¡Qué locura…!”), cuando se pasó la Eliminatoria al sistema de todos contra todos (“otra burrada…!”), al llegar el VAR (“¡es la muerte del fútbol…!”) y así en docenas de modificaciones. Todas resultaron magníficas, aunque nadie se rectificó.

Lo más ridiculizado de todo fue el Ránking Mundial, creado en 1993. “¿Bélgica primero…? Qué estupidez, ¿quién hace ese ránking…?”. Pero funcionó y es perfecto. Una máquina lo hace, se da un valor equis a cada triunfo según los rivales, los goles y las posiciones, se carga en una computadora y sale al instante, como en el tenis.

Y ahora los bombos del sorteo se ocupan estrictamente en base a la ubicación en ese escalafón, por mérito, no a piacere de los directivos. Es más transparente. Antes se arreglaban entre bambalinas los cabezas de serie, ahora hay una norma: el anfitrión y los siete primeros del Ránking.

Eso determinó que Alemania vaya al bombo 2 (está 12° en el Ránking) y cayera en el grupo de España (partidazo). Pero el bolillero se portó bien y la integración de las ocho zonas es equilibrada, no hay un grupo de la muerte, nadie se quejó ni hubo sospechas de bolas calientes y frías. Argentina tiene una primera fase accesible (Polonia, México, Arabia Saudita). Después, si pasa o no son cinco centavos aparte.

Si Escocia derrota primero a Ucrania y luego a Gales en el repechaje faltante de Europa, se encontraría por primera vez cara a cara con Inglaterra en un Mundial, un choque absolutamente imperdible, por la fuerte rivalidad de los “Viejos enemigos” (una especie de Argentina-Uruguay) y porque Escocia-Inglaterra es el primer partido internacional oficial de la historia de este juego. Empataron 0 a 0 en Glasgow el 30 noviembre de 1872.

Es posible ilusionarse con recuperar el título para Sudamérica. Tanto Brasil como Argentina han levantado mucho, son buenos equipos, tienen variedad de figuras, excelentes entrenadores y hambre de gloria. La incerteza es cómo les irá contra los europeos, hace tiempo no tienen confrontaciones para medirse. Pero la totalidad de los seleccionados de ambos países actúa en el Viejo Mundo, lo conocen.

El peligro es que un Mundial no perdona ni un resbalón, te vuelves a casa. Los candidatos al título, si el Mundial fuera hoy, serían Francia, España y Brasil, con Argentina unos pasitos detrás. Alemania está en una crisis de figuras, sin embargo, nunca es descartable por su histórica confiabilidad. Siempre crece en los Mundiales. El futbolista alemán juega siete puntos en su club y ocho o nueve en su selección. Toda la vida fue así.

El 21 de noviembre comenzará a rodar la número cinco. Lo más probable es que su caprichoso tintineo mande al canasto todas estas sesudas previsiones.

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