Monday 3 Oct 2022 | Actualizado a 00:09 AM

Liverpool-City, mejores enemigos

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 31 de julio de 2022 / 17:51

Se ha transformado en un clásico moderno, pelean cabeza a cabeza cada campeonato, tienen a los dos mejores entrenadores del mundo y lo demuestran en todos los duelos, intensísimos, espectaculares, sea la instancia que sea. Liverpool y Manchester City aceleran el pulso del fútbol.

El City le birló dos ligas a los Reds por apenas un punto, pero últimamente Klopp tiene a maltraer a Guardiola. Y este sábado volvió a ganarle 3 a 1 en otra final sin respiro, de ida y vuelta, con ambos volcados al ataque y generando situaciones de gol. Proponen un fútbol sincero Liverpool y City, frontal, limpio, a ver quién es mejor y no más guapo. No incurren en peleas ni fricciones. La pelota no se va nunca afuera, eso habla del nivel del juego. Que es muy equilibrado, prevalece el Liverpool últimamente por una cuestión de carácter, se nota en la presión, en cada corrida, salto o trabada. Se le advierte una pizca más de energía.

Europa arrancó formalmente el fin de semana la temporada 2022-2023 jugando las supercopas de tres países, nada menos que de Inglaterra, Alemania (Bayern 5 – Leipzig 3) y Francia (Nantes 0 – PSG 4). Trofeo a partido único donde rivalizan campeón de liga versus ganador de copa. Que en el caso del fútbol inglés se denomina Community Shield o, en su nombre comercial, Carabao Cup, por la bebida energizante tailandesa que patrocina el duelo. Y abrieron el fuego nada menos que los dos capos de la Premier League. Los debuts de Darwin Núñez en el Liverpool y de Erling Haaland y Julián Álvarez en el City duplicaban el interés de la cita. ¿Cuántos goles hará Haaland en un equipo tan ofensivo como el de Guardiola?, se preguntaban todos. ¿Y Julián Álvarez, el chico de River, podrá destacar en este nivel…? ¿Será tan bueno el uruguayo Núñez que lo han pagado 76,6 millones de dólares más 25 en variables…?

Empecemos por lo último: Núñez, que puede ser sensación en Qatar 2022, vale cada centavo que costó. Empezó en el banco, entró en el minuto 59 y mostró su terrible peligrosidad con tres cabezazos. En uno consiguió el penal (mano de Ruben Días) que Salah transformó en el 2 a 1 parcial. En otro anticipó a los defensas y el remate se le fue apenas desviado. Y en el tercero hizo el gol del 3-1 con gran definición. Jugó poco más de media hora, sacudió la red, ganó su primer título en Inglaterra y quedó como la luminaria de la tarde. Más, imposible. Con él, nadie se acordará del adiós de Mané, por magníficos que hayan sido los seis años del senegalés en la ciudad de Los Beatles. Núñez nos remite una vez más al milagro futbolístico uruguayo, un país de 3,4 millones de habitantes que procrea jugadores y técnicos en cantidad y calidad.

Julián Álvarez, también de estreno oficial, se mostró movedizo, como en River, muy enchufado en el juego colectivo. Marcó el empate parcial del equipo ciudadano. Un APROBADO con mayúsculas. Y, aunque parezca increíble, el fiasco fue Haaland. Sin gol, como perdido en el área, sin participar del toque que siempre propone el City. Apareció poco; le cayó una en el primer tiempo y, aunque encimado, definió al cuerpo del arquero Adrián. Y a los 97’ fue autor del blooper de la final: le quedó un rebote a tres metros de la línea, sin rivales a la vista, con Adrián caído, era soplarla y gol, le pegó mal, la bola le salió alta, pegó en el travesaño y se fue desviada. Por su vigor anímico, cabe creer en él, además es apenas un partido, pero quedó la sensación de que el juego de posesión y traslado del City lo ahoga contra la defensa rival, no le quedan espacios. Y un grandote como él los necesita.

El otro sudamericano, Luis Díaz, sumó su tercera corona en el escaso semestre que lleva en el Liverpool, aunque compuso su partido más intrascendente desde que arribó a Liverpool. Apático, sin desnivelar en el uno contra uno, que es su fuerte. No encaró nunca. Klopp lo sigue considerando titular, sin embargo, debe levantar.

Los detractores de Guardiola, alineados incondicionalmente con Klopp, felices. En el historial individual entre ambos, éste fue el encuentro número 25, con 10 triunfos para el de Stuttgart, 8 para el de Cataluña y 7 empates. Pero hay que recordar que, de las últimas cinco ediciones de la Premier League, Pep se quedó con cuatro y una sola fue para Klopp. Aunque en este lapso también el alemán puede ufanarse: levantó una Champions League y el catalán, ninguna. Son tan brillantes como parejos. Lo de Klopp es sencillamente fantástico: luego de una larga travesía en el desierto, el Liverpool encontró en él al redentor. Con este trofeo ya ganó los siete posibles para cualquier club inglés: Premier, Copa Inglesa, Copa de la Liga, Community, Champions League, Supercopa de Europa y Mundial de Clubes. En casi todos, el club de Anfield Road llevaba añares sin conseguirlos. En el caso de la Premier League, tres décadas exactas. Y le quedan cuatro años más de contrato a Jürgen. Habrá más vueltas olímpicas con él, seguro.

El Liverpool está bien, pasó la prueba inicial de la temporada con nota alta, su carácter, agresividad e intensidad siguen intactos. No sería extraño que vayan por otro delantero, pues se desprendió de tres: Mané, Minamino y Origi. Y sólo llegó Núñez. Le falta uno más por afuera, que pueda hacer las dos bandas. Pero con lo que tiene peleará otra vez todos los frentes.

El City es exactamente al revés de lo que piensan millones, que es un equipo de estrellas. Para nada. Estrella es Kevin De Bruyne, buenos-buenos son João Cancelo y Rodri, Haaland sigue siendo una promesa grande, los demás son buenos normales.

Hay mejor funcionamiento que intérpretes. Lo que le da competitividad es el sistema, la preparación de élite que garantiza Guardiola, no las individualidades. Seguimos pensando que Pep no es el mejor ojeador del mercado. Ya no lo era en el Barcelona. Haber pagado 119,4 millones de dólares por Grealish puede que, con el tiempo, sea considerado un disparate importante. Y haber dejado ir a Gabriel Jesús, otro. El brasileño se despachó el sábado con un triplete en el 6-0 del Arsenal al Sevilla. Partido amistoso, vale aclararlo, aunque ahora hasta los amistosos se juegan a fondo. No sería descabellado que Guardiola salga de compras y contrate a alguien más. Alguien con desequilibrio individual en tres cuartos de cancha. Con esta dotación le da para aspirar a la Premier, para lo internacional deja dudas.

Una vez más, el VAR estuvo fantástico. El juez Craig Pawson no había dado penal al Liverpool tras una mano clamorosa del portugués Días. La cabina lo corrigió oportunamente. Y había anulado el gol de Julián Álvarez por offside, la tecnología demostró que estaba habilitado. Bien utilizada, con criterio y decencia, es la mejor herramienta que se aplicó al fútbol en un siglo.

¿Y quién gana el Mundial…?

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 25 de septiembre de 2022 / 20:19

Ya se siente ruido de pelota. Sólo faltan 56 días para descorrer el telón del Mundial que mayor curiosidad despierta por el exotismo de su marco, la grandiosidad de las obras que se anuncian, las tradiciones árabes que lo rodearán y porque —vez primera— no se jugará con calendario europeo, es decir a mitad de año, entre el final y el comienzo de una temporada en las grandes ligas del Viejo Mundo.

Esto los fastidia, naturalmente (han inventado este juego y lo gobiernan desde hace siglo y medio), pero puede que le confiera al torneo un brillo futbolístico sobresaliente. El agobiante calor de Qatar en junio y julio, superior a 40 grados, obligó a correr las fechas y determinó un Mundial casi navideño (finalizará el 18 de diciembre).

Los futbolistas llegarán frescos, a tres meses y medio de haber arrancado el curso 2022-2023. La excusa para malos rendimientos en todas las copas anteriores ha sido siempre que toca afrontar la máxima competición después de campañas extenuantes de 50 y hasta 60 partidos. O sea, ahora no cabe el célebre latiguillo de “llegan fundidos al Mundial”.

Y si hay frescura física, hay promesa de buen juego. Además, entre noviembre y diciembre las temperaturas en el diminuto emirato oscilan entre 26 y 30 grados, pero los estadios estarán refrigerados, con lo cual los jugadores sentirán unos agradables 23-24. Uruguay 1930, Chile ‘62 y Argentina ’78 se disputaron en pleno invierno austral; en Estados Unidos 1994 se llegaron a registrar 55 grados sobre el césped durante el choque inaugural en Chicago entre Alemania y Bolivia (estábamos presentes).

Y en todas las ediciones albergadas en Europa el calor fue de bochorno. Ni hablar de México ’86. Pese a todas las desconfianzas que suscita Qatar en Occidente, esta del clima parece no caber. Puede que veamos, por tanto, un fútbol de alta intensidad como el que se viene observando últimamente.

Ganar un Mundial es el mayor reconocimiento posible para jugadores y entrenadores. Ningún otro logro reporta tanto prestigio. Así tenga ochenta años, a alguien que levantó el artístico trofeo se lo presenta como “fulano de tal, campeón del mundo”. Es un título de nobleza social y una gloria inmarcesible. Es el Himalaya deportivo, la punta del embudo en el que entran los 211 países-estados-enclaves miembros de la FIFA (las Naciones Unidas reúnen 193). Los Juegos Olímpicos se componen de 33 deportes, aún así no alcanzan el 50% de la repercusión de la Copa Mundial.

Pero los Mundiales nunca son muy atractivos futbolísticamente. Mucha gente los idealiza, les pone la vara muy alta en cuanto al producto. Piensa que, al estar los mejores futbolistas y las mejores selecciones del momento, debe ser el gran espectáculo. No es así. Son la máxima caja de resonancia, no la mejor expresión futbolística (hubo muchos decididamente feos).

Hay una lógica: se juntan 23 jugadores que provienen de clubes y de países distintos, con un técnico que no es el que tienen diariamente en sus equipos, con otro sistema, otra personalidad, diferente forma de trabajo. Y, al no disponer del mismo tiempo de ensayo que los clubes, las selecciones rara vez alcanzan la armonía de los equipos, que sí tienen a los futbolistas entrenando juntos todo el año. Armonía es sintonía, ensamble, entendimiento, cerrar los ojos y saber que tal compañero está allá, que el otro va a picar, que fulano va a ir a buscar el centro… Es difícil lograrlo en 20 días de entrenamiento y unos poquitos partidos.

Por eso, el técnico que consigue amalgamar una defensa firme y un ataque oportuno más una buena convivencia, ya tiene abiertas las puertas de la final. La historia está llena de campeones correctos: Italia 2006, Francia 2018, Brasil 1994, Alemania 1990… ¡Casi sale campeón Argentina en 1990, una selección que marcó 5 goles en 7 partidos…!

Este cronista asistió a 10 Mundiales; y vio 14 en total desde la niñez. Salvo el de 1970 y quizás el de 2014, no hubo brillantez en ninguno. La final de 1974 enfrentó a las dos superpotencias del momento, la revolucionaria Holanda de Cruyff, Neeskens, Rep, Krol, Van Hanegem, Rensenbrink y la maciza Alemania de Beckenbauer, Müller, Breitner, Overath, Holzenbein, Hoeness, Bonhoff… Ganó Alemania 2-1. Fue una final tensa, sí, pero áspera, gris, ni los goles la salvaron, dos fueron de penal y uno que se inventó Müller desde la nada.

Menotti fue siempre una bandera del fútbol ofensivo y exquisito. Su Argentina de 1978 tal vez comenzó la Copa con esa intención, pero nunca la plasmó; terminó guapeando, conquistando el título a punta de coraje. Sobran ejemplos de campeones que no alcanzaron el brillo. Italia 2006 definitivamente es menos que un recuerdo, una estadística. ¿España 2010 brilló…? Hizo 8 goles en 7 cotejos. Casi la despacha Paraguay… Ganó los cuatro partidos eliminatorios por 1 a 0, sudando tinta. Su valor más alto fue David Villa, Balón de Bronce, algo que pocos recuerdan. ¿Cuántos fueron los Mundiales y campeones brillantes…?

El análisis previo de Qatar 2022 nos formula dos preguntas: ¿Cómo podría no ser campeón Brasil…? ¿Qué cataclismo debería acontecer…? Tiene todo, la tradición ganadora, el técnico adecuado (Tite), la vocación ofensiva, el funcionamiento y una veintena de cracks tremendos: Neymar, Richarlison, Vinicius, Rodrygo, Antony, Raphinha, Everton Ribeiro, Pedro (el finísimo goleador de la Libertadores actual), Paquetá, Casemiro, Fred, Marquinhos, Militão (un central de excepcional determinación y prestación física), Alisson… Tite no sabe a quién sacar. Abundancia total, más que en 2018. Allí, en un recodo del camino, se encontró con una trampa llamada Bélgica. Pero ahora, ¿quién le pone el cascabel…?

Si ambos ganan sus grupos y avanzan en octavos y cuartos, Brasil y Argentina podrían encontrarse en semifinales. Sería un choque de planetas. Argentina debería jugarle como en la final de la Copa América, a hierro corto, con las antenas a mil. Y con mucha inspiración. Aún así, le sería difícil vencer. El equipo de Scaloni está afilado, ha internalizado el libreto, tiene excelentes intérpretes, una moral estratosférica y a Messi en estado celestial, cerebral, en modo oráculo. Es otro candidato. ¿Y luego…? Francia luce muy fuerte, le sobran talentos, como a Brasil, tiene un técnico -Deschamps- que no regala ni un chicle usado y, además, en cualquier instante juega la carta brava: Mbappé, un tsunami.

Luego se verá qué pueden decir Alemania, que siempre puede juntar once buenos (y son alemanes, de una confiabilidad notable), la desatada y atractiva España de Luis Enrique, que puede atacarte con siete; Bélgica, capaz de cualquier hazaña por los nombres que posee, y Holanda, abanderada del buen fútbol y con individualidades muy ponderables.¿Una apuesta loca, muy loca…?: Dinamarca. Da para arrimarle unas monedas. Y el pálpito que es casi certidumbre: veremos un buen Mundial. (25/09/2022)

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El jugador número 12

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 19 de septiembre de 2022 / 07:46

Llueve y llueve en Buenos Aires, ha caído la noche, no es óbice para que enjambres de impermeables y paraguas amarillos y azules se vayan acercando a La Bombonera, el mítico estadio de Boca Juniors. ¿Si hay un partido importante…? Estando Boca, todos los partidos lo son. Las pizzerías rebosan de hinchas. Ver a Boca y comer pizza es una tradición centenaria. También se llenan bares y oscuros bodegones ya sin fe de convertirse en prósperos establecimientos. Nunca serán coquetos, pero mientras juegue Boca, tendrán días felices. Son parte de este universo tan peculiar que es La Boca. El arrabal más pintoresco de la capital argentina se agita como desde hace un siglo cuando hay fútbol. La simbiosis entre el barrio y su club de fútbol es absoluta. El barrio dio su nombre al equipo, éste pagó con fama a la comarca.

En lo alto del cemento retumba el clásico “Dale Boooo… Dale Boooo…” Abajo, un ejército de vendedores de gorros, banderas y cornetas pulula y se mezcla con el humo de las parrillas montadas por vendedores de choripanes, con otros que ofrecen lugar para estacionar el auto. En medio de todo ello, una marea humana entuba las calles enfilando hacia la esquina de Brandsen y Del Valle Iberlucea, el punto de referencia donde se levanta la mole. Esa muchedumbre compone El Jugador Número 12, la mundialmente célebre hinchada de Boca.

Allí donde Boca esté, en Brasil o en Japón, en México o en Rusia, habrá miles de camisetas auriazules acompañándolo. Boca es sínónimo de aliento, de apoyo y de fe. Lo impusieron los inmigrantes italianos. Los viejos vecinos del barrio relatan que Boca venía puntero del campeonato de 1940. Tenía la valla menos vencida y arrasaba con su clásico estilo de empuje, combate y fervor ilimitado. Le tocó jugar contra Independiente, bicampeón vigente, que tenía un cuadro virtuoso y temible. Su delantera había marcado 218 goles en dos campeonatos, récord absoluto hasta hoy. Y pasó lo que podía pasar: Independiente le propinó una paliza histórica: 7 a 1 y con baile. La peor derrota boquense en sus 114 años de vida.

La preocupación general en la semana posterior se centraba en cómo asimilaría semejante humillación el conjunto azul y oro, si bajaría los brazos y perdería la punta del torneo. Pero el pueblo boquense, esa masa gigantesca que no sabe de renuncios, que hizo del sufrimiento esperanza y de la alegría pasión, no le permitió caerse, le templó el espíritu con su inigualable corriente afectiva. Boca jugaba frente a Gimnasia y Esgrima en la recién estrenada Bombonera. El público xeneize reventó el estadio y apenas asomó por el túnel la primera camiseta auriazul le tributó una ovación estremecedora, que duró minutos.

Era la célebre fidelidad boquense aflorando en toda su dimensión. Los jugadores no pudieron menos que corresponder a tamaña demostración de cariño y ganaron 8 a 2. Boca enderezó el rumbo y conquistó el título.

La anécdota describe con nitidez el sentimiento boquense. Boca nació pueblo, aunque su notable popularidad se extendió a todo el país con la gira de 1925. Cosechó una hilera de triunfos resonantes en Europa y su fama se propagó como un incendio a lo largo y a lo ancho del país. El diario Clarín editó en 2005 un libro del centenario y en su portada no puso a ningún jugador estrella. Ni siquiera a Maradona o Riquelme. Es una foto de los hinchas agitando banderas. Ese es el verdadero símbolo del club, su hinchada, que siempre estuvo por encima de todo. Boca es su camiseta, sus colores, su barrio y su gente.

La Boca fue el primer puerto de Buenos Aires, allí desembarcaron millones de italianos, muchos de los cuales se afincaron ahí mismo y se emplearon como estibadores, obreros de los astilleros, carbonerías, talleres y fundiciones del lugar. O bien como marineros. Como toda zona portuaria, La Boca tiene un sabor particular. Los italianos, en su mayoría genoveses (de allí proviene el apelativo de xeneizes, que significa justamente genoveses en ese mismo dialecto) confirieron a la zona una fisonomía totalmente distinta a la del resto de la ciudad. Casas de hasta tres pisos con paredes y techos de chapa y pisos de madera, todas de distintos colores. Las pintaban con los sobrantes de pintura de los barcos que se reparaban. Un color no alcanzaba para todo, entonces una pared era roja, otra azul, otra amarilla… Al conjuro de los italianos fueron creciendo las cantinas y las pizzerías, de cuyos interiores surgían sones mezclados de tarantelas y tangos.

La República de La Boca es la musa inspiradora de poetas, pintores y artistas plásticos. Su aire bohemio estimula la creatividad. La celebérrima calle Caminito lleva su nombre por el tango homónimo, cuya música es de Juan de Dios Filiberto, compositor boquense. “Caminito que el tiempo ha borrado, que juntos un día nos viste pasar…”

Lo de República no es tan simbólico. En 1882, los italianos se rebelaron por un conflicto laboral y declararon constituida la República Independiente de La Boca, informándolo al Rey de Italia e izando la bandera genovesa. El presidente Julio Argentino Roca, en persona, fue al barrio y desarticuló la protesta. Pero el pomposo título quedó para siempre asociado al lugar.

Previo a cada partido, la grey boquense despliega una monumental bandera que en letras mayúsculas reza: “PODRÁN IMITARNOS, IGUALARNOS JAMÁS. JUGADOR NÚMERO 12”. El célebre apelativo nació en 1925, durante la exitosa gira de Boca por Europa. Ya entonces viajó con la delegación un hincha, Victoriano Caffarena, Toto, muchacho del barrio, hijo de italianos como casi todos en La Boca, aunque con una diferencia importante: era escribano y de una familia que había progresado. Toto aportó para la gira, pagó su viaje y acompañó al equipo en aquella aventura. Salía al campo vestido como un lord inglés y posaba con el equipo. No eran tiempos como los actuales, en que hay auxiliares para todo. Y Toto, un auténtico dandy, pero sencillo, daba una mano haciendo de utilero, llevando bártulos, cebando mate, alentando. Por eso los futbolistas le tomaron cariño y lo presentaban como “nuestro jugador número doce”. Así quedó tipificado el simpatizante azul y oro, cuyo aliento es como jugar con uno más.

Un año después, Caffarena, por su cuenta, mandó a componer el himno del club, que se canta hasta hoy: “Boca Juniors, Boca Juniors… / ¡Gran campeón del balompié! / que despierta en nuestro pecho…/ entusiasmo, amor y fe. / Tu bandera Azul y Oro / en Europa tremoló…/ como enseña vencedora / donde quiera que luchó…”

En 1955, el presidente Alberto J. Armando entregó a Caffarena una plaqueta y lo designó oficialmente “el Jugador Número 12”. Luego, el vocabulario futbolero lo universalizó.

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Nostalgia de lo que nunca pasó

La sencillez y el romanticismo de antes no vuelven nunca más. Eso extrañamos, no el juego, el juego es infinitamente mejor ahora.

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 11 de septiembre de 2022 / 21:32

Llenamos el álbum con mi hermano mayor, fue una emoción muy fuerte. No existían las Panini todavía, las figuritas (cromos, estampitas) se llamaban “Ídolos del deporte” y la temática era el Mundial ‘62. Las tres más difíciles: Néstor Ross -aquel de River y Millonarios-, Tobar, un delantero chileno, y… Pelé. Pelé era la imposible de conseguir, nadie la había visto siquiera. ¡Pero lo logramos…! La cambiamos a otro chico, que insólitamente la tenía repetida, por sesenta y cinco figus… Era como comprar a Mbappé ahora, te damos 300 millones y cuatro jugadores. La pegamos con esmero litúrgico y llevamos el álbum al distribuidor, que, tras comprobar si estaba debidamente completado, te daba una pelota a cambio. Era el premio. La pelota era preciosa, marrón clarito, de las de antes, un sueño, pero entregar ese álbum fue triste, ¡era tan hermoso verlo lleno, había costado tanto esfuerzo…!

La televisión recién empezaba, no transmitía los partidos sino hasta dos días después, y no todos, los de Argentina nomás. La radio era tan reina como Isabel II. Y las figuritas suponían el escaso marketing que decoraba el Mundial. Con ellas se entraba en clima de competencia. Era todo tan simple que cuesta imaginarlo, como entonces resultaría inimaginable que en Catar habrá estadios refrigerados y un metro que atravesará el desierto por vía subterránea para ir de una ciudad a otra. O que se juegue en Catar…

“Aquel de Chile fue un Mundial casero, muy sencillo, nada que ver con el despliegue tecnológico, de dinero y de gente que se hace hoy en cada Copa”, nos contó Emilio Lafferranderie, “El Veco”, periodista de raza, estrella en los años dorados de “El Gráfico”. Fue su primera cita con esa dama subyugante llamada Copa del Mundo. “Los estadios eran modestos y, salvo el de Santiago, pequeños. Creo que ninguno fue hecho exclusivamente para la Copa. Tampoco tendrían luz porque todos los partidos se jugaron de día. El de Rancagua sería para unas 10.000 personas. Y sobraba espacio. Es que era otro el mundo, otro el fútbol. Ni comparar con los fabulosos escenarios de ahora”.

Pero nos deslumbraba. Creerémos hasta la tozudez que aquello era mejor que esto. Nada que ver, es sólo por la humana inclinación de adorar el pasado. Todo era más elemental. Lo cuenta Antonio Ubaldo Rattin, capitán durante años de la Selección Argentina: “Íbamos a debutar en el Mundial de Chile contra Bulgaria y no sabíamos ni de qué color era la camiseta de los búlgaros. A la Copa de las Naciones en Brasil, 1964, fuimos invitados a último momento. Desistió Italia y llamaron a Argentina. Minella era el técnico, citó a los jugadores de urgencia y nos juntamos por primera vez en el ómnibus que nos llevaba al aeropuerto. Y la primera práctica la hicimos en Río de Janeiro. Pese a eso, jugamos muy bien y fuimos campeones venciendo a Inglaterra, Portugal y Brasil”. Semejante improvisación invita a creer en proezas homéricas. No tanto, pasa que los otros también improvisaban. Se jugaba lento, con enormes espacios, se marcaba de lejos y los habilidosos se daban un festín. Sin embargo, visto en perspectiva, aquel fútbol parece hermoso y “muy superior al actual”. En absoluto, es sólo la sublimación del ayer. Como contemplar fotos antiguas, pocas cosas hay más atrapantes.

Un señor intrépido, subido a lo más alto del estadio, cambiaba manualmente las chapas del marcador. Nunca trabajó tanto como aquella vez de Hungría 10 – El Salvador 1, en España ’82. Jamás había pensado usar la número 10, pero sucedió. Transpiró: once veces debió intervenir. Ahora los carteles electrónicos nos repiten el gol al instante y dan todas las informaciones, cambios, cantidad de público… Pero el sabor de aquellos tableros es incomparable.

La historia nos la contó Ricardo Vasconcellos Rosado, historiador riguroso y columnista de alto mérito del diario El Universo, de Guayaquil: “En el Sudamericano del ’45 jugaron por Ecuador los mellizos Mendoza, panameños que llegaron muy jóvenes a Guayaquil. Los dos ficharon por Millonarios luego, en 1946 y 1947. Eran calcados. Aún ya viejos resultaba imposible distinguirlos. Yo trabajaba en el Seguro Social cuando ellos estaban jubilándose y me visitaban continuamente por su trámite. Jamás supe cuál era el que entraba en mi oficina. Lo gracioso, que lo oí contado por ellos mismos, fue que ante Argentina entró jugando Luis Antonio, un gran mediocampista que salió lesionado al terminar el primer tiempo. El técnico Orlandini hizo entrar en su lugar al mellizo José Luis sin gastar el cambio. Imposible para el árbitro, jueces de línea y rivales percatarse de la jugarreta”.

Después de meter de contrabando a Mendoza por Mendoza, Orlandini hizo las tres sustituciones que permitía el reglamento. Y sonrió de su propia picardía. Por supuesto, hoy no se podría hacer. Y eso nos encanta de lo pretérito: la sencillez de las cosas. Compartimos varias charlas con Ángel Berni, puntero derecho del equipo de Paraguay campeón de la Copa América de 1953 que jugó en el Boca Juniors de Cali. Donó su casaca número 7 de aquel torneo al museo de la Conmebol. Le preguntamos si era la que había usado en la final frente a Brasil. “No, la de todo el torneo. Nos daban una sola a cada uno. Y la teníamos que lavar después de los partidos”. Muy simpático. Hoy, cada selección lleva treinta juegos de camisetas al Mundial.

Alcides Gigghia, autor del gol más relevante de la historia, refería en una entrevista cómo festejaron en 1950, al volver desde el Maracaná al hotel tras vencer a Brasil 2 a 1 y dar el batacazo más grande de la historia: “Como no encontrábamos al tesorero, hicimos una colecta entre todos para comprar unas cervezas y unos sándwiches. Nos fuimos a una pieza a celebrar”.

Las camisetas sin publicidades, limpias, la emoción que nos traía la radio y que no podíamos discutir por falta de imagen, los futbolistas que eran seres verificables y estaban al alcance de los hinchas, no los semidioses de hoy, qué bello era todo… Pero si miramos videos de hace sesenta o setenta años veremos con desencanto un fútbol cándido, permisivo, muy lejos de las proezas técnicas y goleadoras del presente, aún cuando el grado de oposición es mucho mayor. Todas las actividades de la vida evolucionaron, el fútbol también.

El mismo Veco, pese a ser de aquel tiempo, reconocía: “Fue un lindo Mundial el del ’62, con grandes estrellas. Bobby Charlton, Sekularac, Puskas, Garrincha… Entonces no había presiones de ninguna naturaleza, el que era bueno lo demostraba, jugaba tranquilo. También hay que ser sincero: antes se marcaba mucho menos. Por eso aquellos monstruos podían hacer esas cosas asombrosas”.

La sencillez y el romanticismo de antes no vuelven nunca más. Eso extrañamos, no el juego, el juego es infinitamente mejor ahora. (11/9/2022)

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Las estrellas iluminan Europa

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 4 de septiembre de 2022 / 23:34

“No pagaría una entrada para ver a Messi, pagaría diez”, dijo el Tano Onnis el año pasado, cuando Leo estaba verdaderamente mal, atribulado por una serie de contratiempos. Y “su” Francia comienza a ver que tenía razón. “Su” porque Delio Onnis es hombre de tres banderas: aunque nació en Italia y es tan argentino como Gardel, se convirtió en el máximo artillero histórico en la patria de Zidane y Platini. Es ídolo allá. Vive seis meses en Mónaco y seis en Buenos Aires. El jueves último, L’Equipe incluyó a Messi en su equipo ideal de la jornada disputada a media semana. A su vez, bajo el título «El nuevo tango de Leo Messi», Le Parisien dice: «Lionel Messi ha recuperado su esplendor». Entre los amplios elogios que el matutino le dedicó, destaca este: «Messi es capaz de desorientar a todo un equipo por la visión de juego». Y resalta que lleva asistiendo en cinco goles de los seis primeros partidos de la Ligue 1: En un duelo difícil ante el Toulouse de visita, dos genialidades suyas permitieron el 2-0 parcial a través de Neymar y Mbappé. Leo promete una feliz temporada. Suma 4 goles y 6 asistencias. Que no esté en la lista de los 30 nominados al Balón de Oro suena hereje, nadie tiene su calidad.

No es la única de las estrellas mundiales que ha tenido un arranque feliz de temporada. Su amigo Neymar va desatado. Como Messi se encarga del armado, desde atrás, el brasileño está jugando más de punta que antes y ya metió en su bolso 9 goles y 6 pases de gol concretados en apenas seis juegos. Impresionante. Su pica con Mbappé lo tiene estimulado. Un Ney como en sus mejores tiempos que hace soñar a Brasil para el Mundial. Que tampoco él figure en la lista de los treinta para el Balón parece entrar en el terreno del ridículo.

Erling Haaland es una motosierra, arrasa con lo que se le cruza y ya hace que su fichaje por el Manchester City en sólo 60 millones de euros parezca un chiste. Sobre todo, comparado con los 100 que costó Antony o los 73 de Casemiro, ambos incorporados por el Manchester United. El noruego de 22 años acumula 10 impactos en 7 juegos. Se pensaba que un Panzer de un metro y 94 centímetros metido en el área no cuajaría en un equipo de Guardiola, de toques cortos, pero apenas iniciado el torneo ya Inglaterra entera se pregunta cómo alguien podría arrebatarle el título de artillero. Sin lesiones, cabe pensar en cuarenta o cincuenta goles del vikingo.

El notable Harry Kane protagoniza un inicio magnífico en esta 2022-2023. Marca menos que Haaland, pero todos sus goles son decisivos, además de su inteligencia para jugar y hacer jugar. Cada punto que cosecha el Tottenham tiene que ver con Harry, sea por tanto propio o por habilitación para que convierta un compañero. El sábado, apenas señaló el gol de la victoria, Antonio Conté lo reemplazó, necesita fresco a su as de oro para el choque del miércoles por Champions frente al Olympique de Marsella. La pregunta es ¿qué sería del Tottenham sin Harry…?

Robert Lewandowski ha elevado hasta el cielo la autoestima del FC Barcelona, que ha vendido activos a futuro para poder cambiarle la cara a su plantel, ahora sí, renovadísimo. Las compras de Lewandowski, Koundé y Raphinha generan mucha ilusión. El resto de los nuevos -Christensen, Bellerín, Marcos Alonso, Kessié-, son elementos llegados como libres, puede que alguno se destape. Pero el polaco no sólo representa el gol (ya hizo 5 en cuatro presentaciones), también el liderazgo, es el que agarra la lanza y grita “vamos que podemos”. Xavi le ha dedicado elogios excepcionales: “Lewandowski es una bendición… Se siente a gusto, se adapta, es consciente de la responsabilidad que tiene desde que quiso venir aquí y marca las diferencias… Muestra una gran madurez futbolística, es un líder natural, habla con los jóvenes, es humilde y trabajador y, sobre todo, me encantan sus movimientos y su timing: sabe cuándo tiene que aparecer, cuándo debe aguantar o ayudar y cuándo hay que rematar”.

Karim Benzema -4 goles y 1 asistencia- también transita un comienzo fantástico de estación. Pasa que es un silencioso (esa escudería en la que militan Messi, Mané, Kane). No hace bulla, no obstante, trasciende porque es un gigante, y ya tiene puntero a su Madrid. Lo suyo es igual a lo de Harry Kane, jugar y hacer jugar, anotar y distribuir. Un fenómeno que acomete su decimocuarta temporada a un nivel excepcionalmente alto para sus casi 35 años. Y, de propina, hace docencia. Les enseña a Vinicius y a Rodrygo cómo llegar a ser cracks.

Calladito, Sadio Mané ha encajado perfecto en la estructura del Bayern Munich, que lo pagó a precio de ganga: 32 millones de euros. Ya empezó a devolver con sus primeros 5 goles y no ha hecho extrañar el adiós de Lewandowski. Es un versátil el senegalés, no está sólo para empujarla, también la mueve. Va a ser la difícil presa de la que deberán encargarse los zagueros ecuatorianos Félix Torres y Piero Hincapié en Catar, cuando se midan ante Senegal.

Kylian Mbappé deberá moderar su estratosférico ego y entender que el fútbol es de once, no sólo de Mbappé. Que patear al arco no es un derecho divino concedido sólo a él. Los otros también pueden hacerlo y él debiera combinar, asociarse, dar un pase. Igual, se calme o no, es un caso de potencia física y ambición tan descomunal que siempre generará réditos. Empezó con 7 goles en cinco cotejos y, como Haaland, promete un mínimo de cuarenta. Sobre todo porque Messi lo entiende a la perfección y le pone bolas preciosas, jugosas, listas para hacer red.

Todas las estrellas han puesto primera en positivo. La nota disonante en este comienzo de ciclo europeo es Cristiano Ronaldo, quien aún no registra goles ni asistencias y se ha mostrado en baja forma. Por sus diversas actitudes vedetísticas no bien vistas por el resto del vestuario, su anuncio de que se iba sí o sí del United, frustrado porque se ofreció a una docena de clubes y nadie lo quiso, y porque, como se preveía, es suplente para Erik ten Hag, un técnico que valora especialmente el trabajo en equipo, la presión sobre el adversario y la pelota al pie. Que no son las características del portugués. Y, para peor, deberá competir por un lugar con muchachos como Rashford, Sancho y Antony, de 24, 22 y 22 años. Desde luego, todo ello puede ser anecdótico. Ronaldo se mantiene perfecto atléticamente -el cuidado de su cuerpo es una de sus virtudes fundamentales-, tiene vivo el gen competitivo y el anhelo por el gol no lo ha abandonado. No jugará la Champions después de tantos años. Hay que ver si ayuda a clasificar para la siguiente. En cinco meses cumplirá 38 años y algo está claro: no se le puede exigir igual que a uno de veintidós o veintitrés. (04/09/2022)

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Una nueva era: la intensidad total

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 28 de agosto de 2022 / 20:28

Después de ocho temporadas magníficas y 18 títulos —cinco Champions entre ellos— Carlos Henrique Casemiro se despidió con todos los honores del Real Madrid. Con 30 años y seis meses exactos lo fichó el Manchester United por la desorbitada suma de 72 millones de dólares más otros 12 si consigue ciertos objetivos. Florentino Pérez declaró que le dolía en el alma, que era como un hijo para él, pero no tardó treinta segundos en decidirse: se vende. ¡Setenta y tres millones + doce por un volante de marca próximo a los 31 años…! Si fuese un goleador de área, la operación no merecería reparos, el 9 ofrece el producto más requerido, el gol. Y además tiene un radio de acción no demasiado amplio; pero la tarea de Casemiro se desarrolla en la zona de combate: el mediocampo. Allí está el epicentro de la batalla, donde la lucha alcanza su punto más áspero, se necesita mucho fuelle y piernas frescas. Casemiro es un volante útil, de buena lectura de los partidos, que se ayudó siempre con su reciedumbre (amparado por la camiseta). La duda es si le dará el físico para soportar la tremenda dinámica de la Premier League, donde el concepto de intensidad alcanza su expresión límite. Un jugador puede llegar en muy buen estado atlético a su cumpleaños número 31, pero su pico de rendimiento ya pasó hace tiempo. La parábola de agilidad, fuerza y resistencia apunta claramente hacia abajo. Es lo que lleva a pensar si no se transformará en otro de los tantos fichajes basura de los últimos años del Manchester United, caso Pogba, Maguire, Alexis Sánchez, Wan-Bissaka y decenas más, todos carísimos y de pésima productividad.

Nos genera enorme curiosidad ver cómo se las arreglará Casemiro cuando deba enfrentar al Fulham, al Crystal Palace, al Brentford, equipos que, a despecho de sus pocas luces, ejercen una prestación física y una presión casi insoportables. Último sin puntos, el United enfrentaba el lunes al Liverpool en el clásico histórico de Inglaterra. Era ultrafavorito el equipo de la ciudad de los Beatles, sin embargo, ganó el cuadro manchesteriano por actitud mental y energía física. Y pese a ser esos dos atributos frecuentes del Liverpool, terminó superado. “Se vio desde el principio el nivel de agresividad del rival, lo que iba a pasar”, reconoció Jürgen Klopp.

Esa combatividad fue encarnada como ninguno por dos defensas de los Diablos Rojos: el lateral izquierdo holandés Tyrell Malacia (23 años) y el zaguero argentino Lisandro López (24). Potente, ágil, velocísimo, con gran sentido de la marca, Malacia se devoró a Mohamed Salah. Fuerte, técnico, determinado, todo un resorte, Martínez desbarató cantidades de ataques liverpoolianos. Contagiaron al resto, fueron el paradigma de cómo se debía jugar ese partido para tener chance de triunfo. Del mismo modo en que Argentina enfrentó a Brasil en la final de la Copa América el año pasado: lo que antiguamente se decía “jugar a muerte”, o sea, sin dar diez centímetros de ventaja y poniendo el alma en cada pelota. Así, el inferior (Manchester United) derrotó al superior (Liverpool).

El juego fue mutando a lo largo de la historia, pasó por el jogo bonito, el catenaccio, el hombre a hombre, la marca en zona, el contraataque, el fútbol total holandés, el tiqui taca, la presión y otros. Esta es la era de la intensidad total. ¿De qué se trata…? Un batido de potencia física, presión asfixiante, gran despliegue, rapidez de desplazamientos y ritmo persistente los 95 ó 96 minutos que dura hoy un juego. Por eso, en nuestros días no es extraño que un equipo sin figuras rutilantes derrote a otro en apariencia más poderoso. Lo físico y la lucha han alcanzado un sitial preponderante que determina resultados y no están sujetos al presupuesto. “Hasta no hace mucho, el fútbol no era un deporte de alta competencia sino de individualidades, ahora lo es”, dice con agudeza nuestro amigo y colega colombiano Marino Millán. Gran verdad. Actualmente la preparación es extrema hasta en los mínimos detalles y el descanso, la alimentación y el cuidado del cuerpo son científicos. Los comandos técnicos son ejércitos; el Liverpool tiene cuatro preparadores físicos y seis fisioterapeutas encargados de mantener a la tropa en óptimo estado.

No obstante, el ímpetu que se imprime a cada acción conlleva muchas lesiones musculares, ligamentosas y golpes. Son cada vez más frecuentes, sobre todo en los profesionales de treinta años para arriba. Por eso y por la cada vez mayor cantidad de compromisos, los equipos necesitan una dotación numerosa. “Juegan once, hay cinco cambios y tenemos partidos cada tres días, es imprescindible tener mucho plantel”, afirma Xavi Hernández, DT del FC Barcelona. Y no contó ni las lesiones ni el recambio indispensable por la seguidilla de juegos.

El Liverpool está sorprendido de su famélico inicio de campeonato: empató a duras penas en Londres con el Fulham (2-2), igualó en casa (1-1) con el Crystal Palace y cayó el lunes ante el United. Y en todos empezó perdiendo. Vimos los tres duelos. No es que jugara mal, hizo lo de siempre, sólo que sus rivales lo apretaron en todas las líneas. El Palace, dirigido por el grandísimo Patrick Vieira es definitivamente un bloque inaguantable, corren como salvajes, son durísimos y no toman un respiro, hay que estar muy lúcido técnicamente para ganarles. Y dejar hasta la última gota de sudor en el campo. A un partido solo, el pequeño equipo londinense le haría un lío a cualquiera, llámese Bayern, Madrid o PSG. “Estoy preocupado con la situación”, dijo Klopp tras obtener apenas dos puntos sobre nueve en el arranque de la Premier, ante tres rivales con los que cabía esperar el cien por ciento. Es que lo ahogaron con su misma fórmula: intensidad. El sábado se desquitó con el Bournemouth (9 a 0).

“Hacer la pausa” era, hasta no hace mucho, una indicación sabia para ordenarse, serenar el juego y razonarlo mejor, pero ¿cómo hacerlo en la actualidad…? Si alguien pisa la pelota lo llevan por delante. ¿Para qué tanta intensidad…? Para anular la iniciativa del rival y, sobre todo, para minimizar el talento del adversario. Si un rival es muy superior técnicamente a otro, con la intensidad el inferior logra equiparar. En boxeo la intensidad era Joe Frazier, en tenis Rafa Nadal. ¿Es espectáculo…? Hay que ir acostumbrándose, pero sí, se dan partidos encarnizados, de ida y vuelta, con una vivacidad notable. Hay menos florituras, eso sí, pero más emoción.

Todos van hacia eso. El que no se sube al carro de la intensidad queda fuera de todo.

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