Friday 7 Oct 2022 | Actualizado a 02:53 AM

La nueva primavera de Messi

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 14 de agosto de 2022 / 22:40

¿Messi once goles nada más…?” Sí, once. El sujeto habituado a marcar cincuenta, sesenta, setenta y hasta 91 goles por temporada cerró el curso 2021-2022 con ese modesto guarismo en el Paris Saint Germain. ¿Qué hubo…? ¿Es el fin del genio…? ¿Expiró a los 35 años…? Pasó que en ese lapso se le juntaron las siete plagas de Egipto y todas las calamidades sueltas que acechaban por ahí.

La Copa América terminó muy tarde, cuando ya los equipos europeos habían vuelto al trabajo, Leo salió de Brasil el 11 de julio, tomó su mes de vacaciones y regresó feliz a Barcelona a firmar su contrato de renovación ya acordado, pero recibió el célebre portazo: “No te puedes quedar aquí”, le espetaron. Y se vio fuera de todo. Un mazazo que jamás hubiese esperado, lo noqueó.

En medio de la congoja le apareció un salvavidas: el PSG. Cambió de ciudad, de vida. Arregló rápido y, sin hacer pretemporada, debutó tarde, en la cuarta fecha, sin conocer el medio ni al técnico ni a sus nuevos compañeros. Y con un planteo de Pochettino que nunca terminó de carburar.

Metidos como cuña, hizo cinco viajes a Sudamérica para disputar 12 juegos de Eliminatoria. En uno de ellos recibió el terrible planchazo del defensa venezolano Luis Martínez que le hundió la rodilla hacia adentro, con su posterior inactividad. Una vez recuperado llegó el receso de 10 días por las fiestas, un periplo más, a Rosario. Y allí, otra peste sorpresa: el COVID, que lo obligó a una cuarentena de 14 días. Nunca le había pasado en diecisiete años de carrera.

Fue una sombra de sí mismo: apenas esos 11 goles y 15 asistencias. Todo el combo le costó lo inimaginable: silbidos y algún abucheo de los ultras del Paris. Y que por primera vez no estuviese ni entre los 30 nominados al Balón de Oro. Pero no ha dejado de ser el mejor futbolista del mundo. Otros pueden tener un año mejor, ninguno su calidad.

Sin embargo, volvió a salir el sol en casa de los Messi. Acortó sus vacaciones, empezó una semana antes los entrenamientos y por fin pudo hacer una pretemporada fuerte. Llegó un nuevo conductor con fama de duro a imponer orden y disciplina: Christophe Galtier. Y quedó encandilado por él: “Cuando Leo sonríe, el equipo sonríe. Es amado y admirado por sus compañeros”, dijo Míster Látigo, que se ablanda totalmente al referirse a Lionel. “Cumple con todos los entrenamientos, se involucra, sonríe, habla con sus compañeros, es una inspiración para nuestros jugadores y agradezco cada momento que tengo para verlo en la cancha, para saludarlo todos los días porque él representa el ejemplo a seguir… Lo ha ganado todo, pero no está satisfecho, ni mucho menos», agregó. En efecto, se lo ve físicamente óptimo, alegre y con autoridad dentro del equipo.

Galtier parece haberle encontrado la posición en la que más jugo le sacará: por el centro, delante de la línea de volantes de corte y detrás de los dos atacantes (Neymar y Mbappé). Oficia de orquestador y pasador, pero llega de frente al arco y no está tan lejos del área. Ahora tiene mayor contacto con la bola y más posibilidades de toque. Está jugando de 10, de armador. Lleva 3 goles y 2 asistencias en los tres primeros cotejos oficiales, pero da para aventurar que tal vez alcance los treinta. A los veinte años era la bomba atómica, a los 35 perdió velocidad y potencia, algo biológicamente lógico, pero está cerebral como nunca y se puede hacer un festín poniéndoles bolas con ventaja a Neymar y Mbappé. O tocando con ambos. El sistema Galtier (3-4-1-2) lo respalda, le cubre bien las espaldas. Tres centrales atrás (Sergio Ramos-Marquinhos-Kimpembe), una línea de cuatro con dos laterales-volantes (Hakimi-Nuno Mendes) junto a dos medios de corte (Verratti-Vitinha), Messi delante para manejar el balón y dos puntas bien definidos (Neymar-Mbappé). Este esquema le permite a Leo desentenderse de tareas defensivas —para eso ya hay siete— y dedicarse a crear, a abastecer a los dos cracks de arriba e intentar arribar él al área para definir.

Galtier le cambió la cara al PSG en solo dos partidos. Se lo vio sólido defensivamente, con mayor presión, más fuerte de la cabeza, con dominio del juego. Levantó mucho Neymar, está recuperado en lo físico Sergio Ramos y parece una revelación el joven portugués Vitinha. Es una versión mejorada.

Leo fue la sensación en la gira por Japón por su juego, además, marcó dos goles en tres amistosos, uno al Kawasaki Frontale y otro al Gamba Osaka, anotó el primero ante el Nantes en la Supercopa de Francia siendo la figura y sumó otros dos frente al Clermont, en el arranque de la liga. Con los últimos tres contribuyó con 1.002 goles en clubes, 684 anotaciones propias y 318 asistencias. Y si le sumamos la Selección son 1.140, divididos en 772 conversiones y 368 pases concretados en gol. Todo en 976 partidos. Una auténtica animalada. Nadie lo hizo. Y sin ejercer de delantero puro hace años, sin haber sido jamás jugador de área. 

También dio vuelta a la exigente y peculiar hinchada parisina, siempre en su estilo, sin demagogias, en silencio y por lo que hace en la cancha. Tras los goles en Clermont la tribuna empezó con la sinfonía que atronaba en sus tiempos del Barça: “Meee-ssi, Meee-ssi…”

Joan Laporta, presidente del Barcelona, reconoció el deseo de reficharlo en 2023 para suturar la puñalada: “Espero y deseo que el capítulo de Messi en el Barça no haya terminado. Moralmente, estoy en deuda con él”. Messi no se manifiesta. Ya no tiene empatía con el titular azulgrana y se adaptó a París. Es muy difícil el retorno porque, además, el PSG quiere ofrecerle una extensión de contrato hasta mediados de 2024. La llegada de Leo a París representó un negocio fabuloso para el club franco-qatarí, que por primera alcanzó los 717 millones de dólares de facturación anual y empezó a codearse en ese rubro con los Madrid, Barça, Liverpool, los dos Manchester. Marc Armstrong, director del área comercial del PSG, reveló que el club creció un 40% en todos los rubros. Llegaron diez nuevos patrocinadores con contratos un 70% más altos que los que se hacían antes de Messi (AM). Sobrepasaron por primera vez el millón de camisetas vendidas, el 60% de ellas con el número 30 de la Pulga. Solo en las primeras tres horas de anunciarse el fichaje se recaudaron 956.000 dólares en la tienda oficial de Champs Elysées. “Lamentablemente, no puedes producir un montón de camisetas de más, no podemos satisfacer la demanda de camisetas de Messi, nadie puede hacerlo. Hemos tocado techo. Ya estamos vendiendo muchas camisetas, más quizá que cualquier otro equipo del mundo por un jugador”, señaló Armstrong.

Se registró un crecimiento excepcional en redes sociales, alcanzando por primera vez el PSG los 150 millones de seguidores en redes. Y las taquillas… “Ya no hay entradas en cada partido, con un récord de ingresos entre los clubes europeos por localidad, con ocho veces mayor el número de aficionados que se quedan sin entradas o VIP”, agrega.

Pero el verdadero negocio de tener a Leo está en el verde césped. Y este año promete grandes ganancias.

Periodismo patrocinado

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 3 de octubre de 2022 / 00:15

Una sombra inquietante -y cada vez más abarcativa- se cierne sobre el periodismo deportivo: las notas pagas, los periodistas en nómina, no de un medio sino de clubes, representantes, empresas. Es cada vez más común. Temas impuestos por exclusiva mediatización, surgen de la nada y se expanden en las redes sociales creando tendencia, agigantando figuras, creando opinión. Y logran su objetivo, generalmente económico: colocar un jugador en otro club en una fortuna, renovar un contrato al alza, convalidar contratos de televisación, lograr millones de seguidores en Instagram o Twitter, algo que monetiza muy bien, firmar como modelo para una empresa de indumentaria u otro rubro. En los medios españoles es tan común que roza la desvergüenza. Hay redacciones completas en nómina de agentes externos. Se montan verdaderas campañas en favor de un jugador que vale un millón y terminan vendiéndolo en cuarenta. Por lo general, campañas fogoneadas por los empresarios de futbolistas e incluso por los dirigentes de los clubes en busca de algún interés.
“Munich alucina con Coutinho”, tituló un diario catalán en 2019, cuando el brasileño estaba a préstamo en el Bayern. Obviamente, nadie alucina con Coutinho. Sucede que el FC Barcelona, en uno de sus acostumbrados fichajes ruinosos (o raros), se lo había quitado a la brava al Liverpool, pagando 170 millones de euros con los bonus incluidos. Un precio inflado hasta lo indecente, que quizás nadie hubiera arriesgado ni por Pelé, Maradona o Messi. Pero el Barsa se ufanó de conseguir una superestrella (nunca lo fue). Cou resultó un fiasco en Cataluña, irritaba al público en el Camp Nou y la directiva que lo contrató quedaba demasiado expuesta con tan bajo nivel del jugador. Le pidieron a su manejador que tratara de ubicarlo en algún lado a como diera lugar. Le consiguieron el Bayern, dos años a préstamo y que se hiciera cargo de su elevadísimo salario. Además, una opción de compra por 120 millones. Entonces había que hacer ruido y decir que en Alemania la gente ni comía por ver a Coutinho. Pero el Bayern no picó y lo devolvió. Lo ofrecieron a media humanidad. Finalmente, el brasileño pasó al Aston Villa por 20 millones, una octava parte de lo que habían erogado. Lo compraron como una Ferrari y lo vendieron como un Fiat 600. Y volvió a Inglaterra por la mano que le dio Steven Gerrard, su excompañero en Liverpool. Gerrard es el técnico del “Vila”. Como suele suceder con Cou, se volvió a dar en él el efecto gaseosa, subió como espuma en los primeros cinco partidos y luego bajó a límites que obligaron al mismo Gerrard a mandarlo al banco. Coutinho estaba bien en Liverpool y ahora es un alma errante, pero aseguró completamente el futuro de tres generaciones con un contrato de ocho cifras. La maquinaria de prensa funcionó.
Previo a su segurísimo pase al Real Madrid, Kylian Mbappé era para los medios madridistas virtualmente una mezcla de Pelé con Zidane y Batistuta. Y un hijo y atleta ejemplar. Eran varias notas diarias alabando sus virtudes futbolísticas y personales. Pero ocurrió lo inesperado, lo insólito: dejó al Madrid con el ramo de flores esperando en la esquina y siguió en los brazos del Paris Saint Germain. Renovó por tres años con los dueños cataríes. A partir de allí pasó a ser mala palabra en la capital española y alrededores. Ahora, la prensa afín sólo se remite a su estratosférico ego, al contrato casi obsceno que le hicieron, a su posible romance con una modelo transexual, sus tiradas de las mechas con Neymar y otras linduras. Ya no es el muchacho humilde, el batichico que iba a firmar por el Madrid. Ahora es Judas. Hay que defenderle la piel a Florentino Pérez, a quien le fracasó la contratación.
Cuando Cristiano Ronaldo se hace arrumacos con el gol “es el mejor deportista de la historia” según cierta prensa amiga, entonces se exaltan sus bondades en el campo, cuando está torcido (o en franca declinación) como desde que salió del Madrid, sigue apareciendo en la misma proporción en cartelera, aunque por frivolidades: porque estrenó su yate nuevo, por su colección de autos de lujo, sus vacaciones con la bella y pulposa Georgina o su mansión de 30 habitaciones. No se habla de fútbol, pero sí de Cristiano, que tiene detrás a Gestifute, la empresa de Jorge Mendes, con una docena de expertos en marketing, comunicaciones y redes sociales.
“El goleador, cuando se viene viejo, tiene que decidir entre precisión o rapidez, las dos cosas juntas no puede ser, es lo que le pasa a Cristiano”, escribió Diego Torres en El País, de Madrid. En Portugal, desacostumbrados a cualquier crítica hacia Ronaldo, por leve que fuera, cayó como una ofensa nacional.
James Rodríguez, también de la escudería Mendes, es posiblemente el futbolista -o quizás deportista- con más popularidad y mayores ingresos del mundo en función de lo que devuelve en el rectángulo, con la pelota. Tiene períodos de larguísima inactividad -seis meses, cinco meses-, casi no juega, no obstante, está más activo que nadie en los medios. Tiene de dos a tres noticias diarias, sea por cambio de look, porque siempre está a punto de pasar a otros clubes -en general rumores falsos-, por un encuentro con otro famoso… Ya pasó los 50 millones de seguidores en redes (Pelé tiene 10 millones). Y le pisa los talones a Mohamed Salah (52,9), Sergio Ramos (53,4), Zlatan Ibrahimovic (55,8), Karim Benzema (58,2). Tener 50 millones de adherentes monetiza en alto grado. Una foto suya con una cerveza de tal marca en la mano puede reportarle cientos de miles de dólares. No hay dudas, se trata de una construcción, una elaboración de imagen a base de ametrallar con noticias. No importa si no juega. En cambio, sus reiteradas lesiones son un misterio. Nadie del clan Mendes, ni el propio James, develan cuál es la dolencia, por qué se rompe cada vez que juega un partido. En ese caso, silencio stampa.
Para todas estas operaciones se necesitan periodistas “allegados”, «del palo», que lancen una noticia y luego se amplifique. “Aquí en Ecuador hay un canal que es dueño de los derechos de TV de la liga y otro que tiene la exclusividad de la selección. A veces hay partidos horrendos del torneo local, pero se los comenta como si fueran mejores que los de la Premier League. Y para los que transmiten los juegos de la selección, esta es una mezcla de Brasil del ’70 y el Barcelona de Guardiola”. El testimonio es de Ricardo Vasconcellos, editor de Deportes de El Universo.
Hay cientos de ejemplos más. El periodismo patrocinado lesiona el rigor en la crítica, lo anestesia, desvía la atención, inventa, crea fenómenos que no son. Y se expande progresivamente. Es insano e irrespeta al público, aunque a parte del público le agrada ese run run. Lo compra gustoso.

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¿Y quién gana el Mundial…?

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 25 de septiembre de 2022 / 20:19

Ya se siente ruido de pelota. Sólo faltan 56 días para descorrer el telón del Mundial que mayor curiosidad despierta por el exotismo de su marco, la grandiosidad de las obras que se anuncian, las tradiciones árabes que lo rodearán y porque —vez primera— no se jugará con calendario europeo, es decir a mitad de año, entre el final y el comienzo de una temporada en las grandes ligas del Viejo Mundo.

Esto los fastidia, naturalmente (han inventado este juego y lo gobiernan desde hace siglo y medio), pero puede que le confiera al torneo un brillo futbolístico sobresaliente. El agobiante calor de Qatar en junio y julio, superior a 40 grados, obligó a correr las fechas y determinó un Mundial casi navideño (finalizará el 18 de diciembre).

Los futbolistas llegarán frescos, a tres meses y medio de haber arrancado el curso 2022-2023. La excusa para malos rendimientos en todas las copas anteriores ha sido siempre que toca afrontar la máxima competición después de campañas extenuantes de 50 y hasta 60 partidos. O sea, ahora no cabe el célebre latiguillo de “llegan fundidos al Mundial”.

Y si hay frescura física, hay promesa de buen juego. Además, entre noviembre y diciembre las temperaturas en el diminuto emirato oscilan entre 26 y 30 grados, pero los estadios estarán refrigerados, con lo cual los jugadores sentirán unos agradables 23-24. Uruguay 1930, Chile ‘62 y Argentina ’78 se disputaron en pleno invierno austral; en Estados Unidos 1994 se llegaron a registrar 55 grados sobre el césped durante el choque inaugural en Chicago entre Alemania y Bolivia (estábamos presentes).

Y en todas las ediciones albergadas en Europa el calor fue de bochorno. Ni hablar de México ’86. Pese a todas las desconfianzas que suscita Qatar en Occidente, esta del clima parece no caber. Puede que veamos, por tanto, un fútbol de alta intensidad como el que se viene observando últimamente.

Ganar un Mundial es el mayor reconocimiento posible para jugadores y entrenadores. Ningún otro logro reporta tanto prestigio. Así tenga ochenta años, a alguien que levantó el artístico trofeo se lo presenta como “fulano de tal, campeón del mundo”. Es un título de nobleza social y una gloria inmarcesible. Es el Himalaya deportivo, la punta del embudo en el que entran los 211 países-estados-enclaves miembros de la FIFA (las Naciones Unidas reúnen 193). Los Juegos Olímpicos se componen de 33 deportes, aún así no alcanzan el 50% de la repercusión de la Copa Mundial.

Pero los Mundiales nunca son muy atractivos futbolísticamente. Mucha gente los idealiza, les pone la vara muy alta en cuanto al producto. Piensa que, al estar los mejores futbolistas y las mejores selecciones del momento, debe ser el gran espectáculo. No es así. Son la máxima caja de resonancia, no la mejor expresión futbolística (hubo muchos decididamente feos).

Hay una lógica: se juntan 23 jugadores que provienen de clubes y de países distintos, con un técnico que no es el que tienen diariamente en sus equipos, con otro sistema, otra personalidad, diferente forma de trabajo. Y, al no disponer del mismo tiempo de ensayo que los clubes, las selecciones rara vez alcanzan la armonía de los equipos, que sí tienen a los futbolistas entrenando juntos todo el año. Armonía es sintonía, ensamble, entendimiento, cerrar los ojos y saber que tal compañero está allá, que el otro va a picar, que fulano va a ir a buscar el centro… Es difícil lograrlo en 20 días de entrenamiento y unos poquitos partidos.

Por eso, el técnico que consigue amalgamar una defensa firme y un ataque oportuno más una buena convivencia, ya tiene abiertas las puertas de la final. La historia está llena de campeones correctos: Italia 2006, Francia 2018, Brasil 1994, Alemania 1990… ¡Casi sale campeón Argentina en 1990, una selección que marcó 5 goles en 7 partidos…!

Este cronista asistió a 10 Mundiales; y vio 14 en total desde la niñez. Salvo el de 1970 y quizás el de 2014, no hubo brillantez en ninguno. La final de 1974 enfrentó a las dos superpotencias del momento, la revolucionaria Holanda de Cruyff, Neeskens, Rep, Krol, Van Hanegem, Rensenbrink y la maciza Alemania de Beckenbauer, Müller, Breitner, Overath, Holzenbein, Hoeness, Bonhoff… Ganó Alemania 2-1. Fue una final tensa, sí, pero áspera, gris, ni los goles la salvaron, dos fueron de penal y uno que se inventó Müller desde la nada.

Menotti fue siempre una bandera del fútbol ofensivo y exquisito. Su Argentina de 1978 tal vez comenzó la Copa con esa intención, pero nunca la plasmó; terminó guapeando, conquistando el título a punta de coraje. Sobran ejemplos de campeones que no alcanzaron el brillo. Italia 2006 definitivamente es menos que un recuerdo, una estadística. ¿España 2010 brilló…? Hizo 8 goles en 7 cotejos. Casi la despacha Paraguay… Ganó los cuatro partidos eliminatorios por 1 a 0, sudando tinta. Su valor más alto fue David Villa, Balón de Bronce, algo que pocos recuerdan. ¿Cuántos fueron los Mundiales y campeones brillantes…?

El análisis previo de Qatar 2022 nos formula dos preguntas: ¿Cómo podría no ser campeón Brasil…? ¿Qué cataclismo debería acontecer…? Tiene todo, la tradición ganadora, el técnico adecuado (Tite), la vocación ofensiva, el funcionamiento y una veintena de cracks tremendos: Neymar, Richarlison, Vinicius, Rodrygo, Antony, Raphinha, Everton Ribeiro, Pedro (el finísimo goleador de la Libertadores actual), Paquetá, Casemiro, Fred, Marquinhos, Militão (un central de excepcional determinación y prestación física), Alisson… Tite no sabe a quién sacar. Abundancia total, más que en 2018. Allí, en un recodo del camino, se encontró con una trampa llamada Bélgica. Pero ahora, ¿quién le pone el cascabel…?

Si ambos ganan sus grupos y avanzan en octavos y cuartos, Brasil y Argentina podrían encontrarse en semifinales. Sería un choque de planetas. Argentina debería jugarle como en la final de la Copa América, a hierro corto, con las antenas a mil. Y con mucha inspiración. Aún así, le sería difícil vencer. El equipo de Scaloni está afilado, ha internalizado el libreto, tiene excelentes intérpretes, una moral estratosférica y a Messi en estado celestial, cerebral, en modo oráculo. Es otro candidato. ¿Y luego…? Francia luce muy fuerte, le sobran talentos, como a Brasil, tiene un técnico -Deschamps- que no regala ni un chicle usado y, además, en cualquier instante juega la carta brava: Mbappé, un tsunami.

Luego se verá qué pueden decir Alemania, que siempre puede juntar once buenos (y son alemanes, de una confiabilidad notable), la desatada y atractiva España de Luis Enrique, que puede atacarte con siete; Bélgica, capaz de cualquier hazaña por los nombres que posee, y Holanda, abanderada del buen fútbol y con individualidades muy ponderables.¿Una apuesta loca, muy loca…?: Dinamarca. Da para arrimarle unas monedas. Y el pálpito que es casi certidumbre: veremos un buen Mundial. (25/09/2022)

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El jugador número 12

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 19 de septiembre de 2022 / 07:46

Llueve y llueve en Buenos Aires, ha caído la noche, no es óbice para que enjambres de impermeables y paraguas amarillos y azules se vayan acercando a La Bombonera, el mítico estadio de Boca Juniors. ¿Si hay un partido importante…? Estando Boca, todos los partidos lo son. Las pizzerías rebosan de hinchas. Ver a Boca y comer pizza es una tradición centenaria. También se llenan bares y oscuros bodegones ya sin fe de convertirse en prósperos establecimientos. Nunca serán coquetos, pero mientras juegue Boca, tendrán días felices. Son parte de este universo tan peculiar que es La Boca. El arrabal más pintoresco de la capital argentina se agita como desde hace un siglo cuando hay fútbol. La simbiosis entre el barrio y su club de fútbol es absoluta. El barrio dio su nombre al equipo, éste pagó con fama a la comarca.

En lo alto del cemento retumba el clásico “Dale Boooo… Dale Boooo…” Abajo, un ejército de vendedores de gorros, banderas y cornetas pulula y se mezcla con el humo de las parrillas montadas por vendedores de choripanes, con otros que ofrecen lugar para estacionar el auto. En medio de todo ello, una marea humana entuba las calles enfilando hacia la esquina de Brandsen y Del Valle Iberlucea, el punto de referencia donde se levanta la mole. Esa muchedumbre compone El Jugador Número 12, la mundialmente célebre hinchada de Boca.

Allí donde Boca esté, en Brasil o en Japón, en México o en Rusia, habrá miles de camisetas auriazules acompañándolo. Boca es sínónimo de aliento, de apoyo y de fe. Lo impusieron los inmigrantes italianos. Los viejos vecinos del barrio relatan que Boca venía puntero del campeonato de 1940. Tenía la valla menos vencida y arrasaba con su clásico estilo de empuje, combate y fervor ilimitado. Le tocó jugar contra Independiente, bicampeón vigente, que tenía un cuadro virtuoso y temible. Su delantera había marcado 218 goles en dos campeonatos, récord absoluto hasta hoy. Y pasó lo que podía pasar: Independiente le propinó una paliza histórica: 7 a 1 y con baile. La peor derrota boquense en sus 114 años de vida.

La preocupación general en la semana posterior se centraba en cómo asimilaría semejante humillación el conjunto azul y oro, si bajaría los brazos y perdería la punta del torneo. Pero el pueblo boquense, esa masa gigantesca que no sabe de renuncios, que hizo del sufrimiento esperanza y de la alegría pasión, no le permitió caerse, le templó el espíritu con su inigualable corriente afectiva. Boca jugaba frente a Gimnasia y Esgrima en la recién estrenada Bombonera. El público xeneize reventó el estadio y apenas asomó por el túnel la primera camiseta auriazul le tributó una ovación estremecedora, que duró minutos.

Era la célebre fidelidad boquense aflorando en toda su dimensión. Los jugadores no pudieron menos que corresponder a tamaña demostración de cariño y ganaron 8 a 2. Boca enderezó el rumbo y conquistó el título.

La anécdota describe con nitidez el sentimiento boquense. Boca nació pueblo, aunque su notable popularidad se extendió a todo el país con la gira de 1925. Cosechó una hilera de triunfos resonantes en Europa y su fama se propagó como un incendio a lo largo y a lo ancho del país. El diario Clarín editó en 2005 un libro del centenario y en su portada no puso a ningún jugador estrella. Ni siquiera a Maradona o Riquelme. Es una foto de los hinchas agitando banderas. Ese es el verdadero símbolo del club, su hinchada, que siempre estuvo por encima de todo. Boca es su camiseta, sus colores, su barrio y su gente.

La Boca fue el primer puerto de Buenos Aires, allí desembarcaron millones de italianos, muchos de los cuales se afincaron ahí mismo y se emplearon como estibadores, obreros de los astilleros, carbonerías, talleres y fundiciones del lugar. O bien como marineros. Como toda zona portuaria, La Boca tiene un sabor particular. Los italianos, en su mayoría genoveses (de allí proviene el apelativo de xeneizes, que significa justamente genoveses en ese mismo dialecto) confirieron a la zona una fisonomía totalmente distinta a la del resto de la ciudad. Casas de hasta tres pisos con paredes y techos de chapa y pisos de madera, todas de distintos colores. Las pintaban con los sobrantes de pintura de los barcos que se reparaban. Un color no alcanzaba para todo, entonces una pared era roja, otra azul, otra amarilla… Al conjuro de los italianos fueron creciendo las cantinas y las pizzerías, de cuyos interiores surgían sones mezclados de tarantelas y tangos.

La República de La Boca es la musa inspiradora de poetas, pintores y artistas plásticos. Su aire bohemio estimula la creatividad. La celebérrima calle Caminito lleva su nombre por el tango homónimo, cuya música es de Juan de Dios Filiberto, compositor boquense. “Caminito que el tiempo ha borrado, que juntos un día nos viste pasar…”

Lo de República no es tan simbólico. En 1882, los italianos se rebelaron por un conflicto laboral y declararon constituida la República Independiente de La Boca, informándolo al Rey de Italia e izando la bandera genovesa. El presidente Julio Argentino Roca, en persona, fue al barrio y desarticuló la protesta. Pero el pomposo título quedó para siempre asociado al lugar.

Previo a cada partido, la grey boquense despliega una monumental bandera que en letras mayúsculas reza: “PODRÁN IMITARNOS, IGUALARNOS JAMÁS. JUGADOR NÚMERO 12”. El célebre apelativo nació en 1925, durante la exitosa gira de Boca por Europa. Ya entonces viajó con la delegación un hincha, Victoriano Caffarena, Toto, muchacho del barrio, hijo de italianos como casi todos en La Boca, aunque con una diferencia importante: era escribano y de una familia que había progresado. Toto aportó para la gira, pagó su viaje y acompañó al equipo en aquella aventura. Salía al campo vestido como un lord inglés y posaba con el equipo. No eran tiempos como los actuales, en que hay auxiliares para todo. Y Toto, un auténtico dandy, pero sencillo, daba una mano haciendo de utilero, llevando bártulos, cebando mate, alentando. Por eso los futbolistas le tomaron cariño y lo presentaban como “nuestro jugador número doce”. Así quedó tipificado el simpatizante azul y oro, cuyo aliento es como jugar con uno más.

Un año después, Caffarena, por su cuenta, mandó a componer el himno del club, que se canta hasta hoy: “Boca Juniors, Boca Juniors… / ¡Gran campeón del balompié! / que despierta en nuestro pecho…/ entusiasmo, amor y fe. / Tu bandera Azul y Oro / en Europa tremoló…/ como enseña vencedora / donde quiera que luchó…”

En 1955, el presidente Alberto J. Armando entregó a Caffarena una plaqueta y lo designó oficialmente “el Jugador Número 12”. Luego, el vocabulario futbolero lo universalizó.

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Nostalgia de lo que nunca pasó

La sencillez y el romanticismo de antes no vuelven nunca más. Eso extrañamos, no el juego, el juego es infinitamente mejor ahora.

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 11 de septiembre de 2022 / 21:32

Llenamos el álbum con mi hermano mayor, fue una emoción muy fuerte. No existían las Panini todavía, las figuritas (cromos, estampitas) se llamaban “Ídolos del deporte” y la temática era el Mundial ‘62. Las tres más difíciles: Néstor Ross -aquel de River y Millonarios-, Tobar, un delantero chileno, y… Pelé. Pelé era la imposible de conseguir, nadie la había visto siquiera. ¡Pero lo logramos…! La cambiamos a otro chico, que insólitamente la tenía repetida, por sesenta y cinco figus… Era como comprar a Mbappé ahora, te damos 300 millones y cuatro jugadores. La pegamos con esmero litúrgico y llevamos el álbum al distribuidor, que, tras comprobar si estaba debidamente completado, te daba una pelota a cambio. Era el premio. La pelota era preciosa, marrón clarito, de las de antes, un sueño, pero entregar ese álbum fue triste, ¡era tan hermoso verlo lleno, había costado tanto esfuerzo…!

La televisión recién empezaba, no transmitía los partidos sino hasta dos días después, y no todos, los de Argentina nomás. La radio era tan reina como Isabel II. Y las figuritas suponían el escaso marketing que decoraba el Mundial. Con ellas se entraba en clima de competencia. Era todo tan simple que cuesta imaginarlo, como entonces resultaría inimaginable que en Catar habrá estadios refrigerados y un metro que atravesará el desierto por vía subterránea para ir de una ciudad a otra. O que se juegue en Catar…

“Aquel de Chile fue un Mundial casero, muy sencillo, nada que ver con el despliegue tecnológico, de dinero y de gente que se hace hoy en cada Copa”, nos contó Emilio Lafferranderie, “El Veco”, periodista de raza, estrella en los años dorados de “El Gráfico”. Fue su primera cita con esa dama subyugante llamada Copa del Mundo. “Los estadios eran modestos y, salvo el de Santiago, pequeños. Creo que ninguno fue hecho exclusivamente para la Copa. Tampoco tendrían luz porque todos los partidos se jugaron de día. El de Rancagua sería para unas 10.000 personas. Y sobraba espacio. Es que era otro el mundo, otro el fútbol. Ni comparar con los fabulosos escenarios de ahora”.

Pero nos deslumbraba. Creerémos hasta la tozudez que aquello era mejor que esto. Nada que ver, es sólo por la humana inclinación de adorar el pasado. Todo era más elemental. Lo cuenta Antonio Ubaldo Rattin, capitán durante años de la Selección Argentina: “Íbamos a debutar en el Mundial de Chile contra Bulgaria y no sabíamos ni de qué color era la camiseta de los búlgaros. A la Copa de las Naciones en Brasil, 1964, fuimos invitados a último momento. Desistió Italia y llamaron a Argentina. Minella era el técnico, citó a los jugadores de urgencia y nos juntamos por primera vez en el ómnibus que nos llevaba al aeropuerto. Y la primera práctica la hicimos en Río de Janeiro. Pese a eso, jugamos muy bien y fuimos campeones venciendo a Inglaterra, Portugal y Brasil”. Semejante improvisación invita a creer en proezas homéricas. No tanto, pasa que los otros también improvisaban. Se jugaba lento, con enormes espacios, se marcaba de lejos y los habilidosos se daban un festín. Sin embargo, visto en perspectiva, aquel fútbol parece hermoso y “muy superior al actual”. En absoluto, es sólo la sublimación del ayer. Como contemplar fotos antiguas, pocas cosas hay más atrapantes.

Un señor intrépido, subido a lo más alto del estadio, cambiaba manualmente las chapas del marcador. Nunca trabajó tanto como aquella vez de Hungría 10 – El Salvador 1, en España ’82. Jamás había pensado usar la número 10, pero sucedió. Transpiró: once veces debió intervenir. Ahora los carteles electrónicos nos repiten el gol al instante y dan todas las informaciones, cambios, cantidad de público… Pero el sabor de aquellos tableros es incomparable.

La historia nos la contó Ricardo Vasconcellos Rosado, historiador riguroso y columnista de alto mérito del diario El Universo, de Guayaquil: “En el Sudamericano del ’45 jugaron por Ecuador los mellizos Mendoza, panameños que llegaron muy jóvenes a Guayaquil. Los dos ficharon por Millonarios luego, en 1946 y 1947. Eran calcados. Aún ya viejos resultaba imposible distinguirlos. Yo trabajaba en el Seguro Social cuando ellos estaban jubilándose y me visitaban continuamente por su trámite. Jamás supe cuál era el que entraba en mi oficina. Lo gracioso, que lo oí contado por ellos mismos, fue que ante Argentina entró jugando Luis Antonio, un gran mediocampista que salió lesionado al terminar el primer tiempo. El técnico Orlandini hizo entrar en su lugar al mellizo José Luis sin gastar el cambio. Imposible para el árbitro, jueces de línea y rivales percatarse de la jugarreta”.

Después de meter de contrabando a Mendoza por Mendoza, Orlandini hizo las tres sustituciones que permitía el reglamento. Y sonrió de su propia picardía. Por supuesto, hoy no se podría hacer. Y eso nos encanta de lo pretérito: la sencillez de las cosas. Compartimos varias charlas con Ángel Berni, puntero derecho del equipo de Paraguay campeón de la Copa América de 1953 que jugó en el Boca Juniors de Cali. Donó su casaca número 7 de aquel torneo al museo de la Conmebol. Le preguntamos si era la que había usado en la final frente a Brasil. “No, la de todo el torneo. Nos daban una sola a cada uno. Y la teníamos que lavar después de los partidos”. Muy simpático. Hoy, cada selección lleva treinta juegos de camisetas al Mundial.

Alcides Gigghia, autor del gol más relevante de la historia, refería en una entrevista cómo festejaron en 1950, al volver desde el Maracaná al hotel tras vencer a Brasil 2 a 1 y dar el batacazo más grande de la historia: “Como no encontrábamos al tesorero, hicimos una colecta entre todos para comprar unas cervezas y unos sándwiches. Nos fuimos a una pieza a celebrar”.

Las camisetas sin publicidades, limpias, la emoción que nos traía la radio y que no podíamos discutir por falta de imagen, los futbolistas que eran seres verificables y estaban al alcance de los hinchas, no los semidioses de hoy, qué bello era todo… Pero si miramos videos de hace sesenta o setenta años veremos con desencanto un fútbol cándido, permisivo, muy lejos de las proezas técnicas y goleadoras del presente, aún cuando el grado de oposición es mucho mayor. Todas las actividades de la vida evolucionaron, el fútbol también.

El mismo Veco, pese a ser de aquel tiempo, reconocía: “Fue un lindo Mundial el del ’62, con grandes estrellas. Bobby Charlton, Sekularac, Puskas, Garrincha… Entonces no había presiones de ninguna naturaleza, el que era bueno lo demostraba, jugaba tranquilo. También hay que ser sincero: antes se marcaba mucho menos. Por eso aquellos monstruos podían hacer esas cosas asombrosas”.

La sencillez y el romanticismo de antes no vuelven nunca más. Eso extrañamos, no el juego, el juego es infinitamente mejor ahora. (11/9/2022)

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Las estrellas iluminan Europa

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 4 de septiembre de 2022 / 23:34

“No pagaría una entrada para ver a Messi, pagaría diez”, dijo el Tano Onnis el año pasado, cuando Leo estaba verdaderamente mal, atribulado por una serie de contratiempos. Y “su” Francia comienza a ver que tenía razón. “Su” porque Delio Onnis es hombre de tres banderas: aunque nació en Italia y es tan argentino como Gardel, se convirtió en el máximo artillero histórico en la patria de Zidane y Platini. Es ídolo allá. Vive seis meses en Mónaco y seis en Buenos Aires. El jueves último, L’Equipe incluyó a Messi en su equipo ideal de la jornada disputada a media semana. A su vez, bajo el título «El nuevo tango de Leo Messi», Le Parisien dice: «Lionel Messi ha recuperado su esplendor». Entre los amplios elogios que el matutino le dedicó, destaca este: «Messi es capaz de desorientar a todo un equipo por la visión de juego». Y resalta que lleva asistiendo en cinco goles de los seis primeros partidos de la Ligue 1: En un duelo difícil ante el Toulouse de visita, dos genialidades suyas permitieron el 2-0 parcial a través de Neymar y Mbappé. Leo promete una feliz temporada. Suma 4 goles y 6 asistencias. Que no esté en la lista de los 30 nominados al Balón de Oro suena hereje, nadie tiene su calidad.

No es la única de las estrellas mundiales que ha tenido un arranque feliz de temporada. Su amigo Neymar va desatado. Como Messi se encarga del armado, desde atrás, el brasileño está jugando más de punta que antes y ya metió en su bolso 9 goles y 6 pases de gol concretados en apenas seis juegos. Impresionante. Su pica con Mbappé lo tiene estimulado. Un Ney como en sus mejores tiempos que hace soñar a Brasil para el Mundial. Que tampoco él figure en la lista de los treinta para el Balón parece entrar en el terreno del ridículo.

Erling Haaland es una motosierra, arrasa con lo que se le cruza y ya hace que su fichaje por el Manchester City en sólo 60 millones de euros parezca un chiste. Sobre todo, comparado con los 100 que costó Antony o los 73 de Casemiro, ambos incorporados por el Manchester United. El noruego de 22 años acumula 10 impactos en 7 juegos. Se pensaba que un Panzer de un metro y 94 centímetros metido en el área no cuajaría en un equipo de Guardiola, de toques cortos, pero apenas iniciado el torneo ya Inglaterra entera se pregunta cómo alguien podría arrebatarle el título de artillero. Sin lesiones, cabe pensar en cuarenta o cincuenta goles del vikingo.

El notable Harry Kane protagoniza un inicio magnífico en esta 2022-2023. Marca menos que Haaland, pero todos sus goles son decisivos, además de su inteligencia para jugar y hacer jugar. Cada punto que cosecha el Tottenham tiene que ver con Harry, sea por tanto propio o por habilitación para que convierta un compañero. El sábado, apenas señaló el gol de la victoria, Antonio Conté lo reemplazó, necesita fresco a su as de oro para el choque del miércoles por Champions frente al Olympique de Marsella. La pregunta es ¿qué sería del Tottenham sin Harry…?

Robert Lewandowski ha elevado hasta el cielo la autoestima del FC Barcelona, que ha vendido activos a futuro para poder cambiarle la cara a su plantel, ahora sí, renovadísimo. Las compras de Lewandowski, Koundé y Raphinha generan mucha ilusión. El resto de los nuevos -Christensen, Bellerín, Marcos Alonso, Kessié-, son elementos llegados como libres, puede que alguno se destape. Pero el polaco no sólo representa el gol (ya hizo 5 en cuatro presentaciones), también el liderazgo, es el que agarra la lanza y grita “vamos que podemos”. Xavi le ha dedicado elogios excepcionales: “Lewandowski es una bendición… Se siente a gusto, se adapta, es consciente de la responsabilidad que tiene desde que quiso venir aquí y marca las diferencias… Muestra una gran madurez futbolística, es un líder natural, habla con los jóvenes, es humilde y trabajador y, sobre todo, me encantan sus movimientos y su timing: sabe cuándo tiene que aparecer, cuándo debe aguantar o ayudar y cuándo hay que rematar”.

Karim Benzema -4 goles y 1 asistencia- también transita un comienzo fantástico de estación. Pasa que es un silencioso (esa escudería en la que militan Messi, Mané, Kane). No hace bulla, no obstante, trasciende porque es un gigante, y ya tiene puntero a su Madrid. Lo suyo es igual a lo de Harry Kane, jugar y hacer jugar, anotar y distribuir. Un fenómeno que acomete su decimocuarta temporada a un nivel excepcionalmente alto para sus casi 35 años. Y, de propina, hace docencia. Les enseña a Vinicius y a Rodrygo cómo llegar a ser cracks.

Calladito, Sadio Mané ha encajado perfecto en la estructura del Bayern Munich, que lo pagó a precio de ganga: 32 millones de euros. Ya empezó a devolver con sus primeros 5 goles y no ha hecho extrañar el adiós de Lewandowski. Es un versátil el senegalés, no está sólo para empujarla, también la mueve. Va a ser la difícil presa de la que deberán encargarse los zagueros ecuatorianos Félix Torres y Piero Hincapié en Catar, cuando se midan ante Senegal.

Kylian Mbappé deberá moderar su estratosférico ego y entender que el fútbol es de once, no sólo de Mbappé. Que patear al arco no es un derecho divino concedido sólo a él. Los otros también pueden hacerlo y él debiera combinar, asociarse, dar un pase. Igual, se calme o no, es un caso de potencia física y ambición tan descomunal que siempre generará réditos. Empezó con 7 goles en cinco cotejos y, como Haaland, promete un mínimo de cuarenta. Sobre todo porque Messi lo entiende a la perfección y le pone bolas preciosas, jugosas, listas para hacer red.

Todas las estrellas han puesto primera en positivo. La nota disonante en este comienzo de ciclo europeo es Cristiano Ronaldo, quien aún no registra goles ni asistencias y se ha mostrado en baja forma. Por sus diversas actitudes vedetísticas no bien vistas por el resto del vestuario, su anuncio de que se iba sí o sí del United, frustrado porque se ofreció a una docena de clubes y nadie lo quiso, y porque, como se preveía, es suplente para Erik ten Hag, un técnico que valora especialmente el trabajo en equipo, la presión sobre el adversario y la pelota al pie. Que no son las características del portugués. Y, para peor, deberá competir por un lugar con muchachos como Rashford, Sancho y Antony, de 24, 22 y 22 años. Desde luego, todo ello puede ser anecdótico. Ronaldo se mantiene perfecto atléticamente -el cuidado de su cuerpo es una de sus virtudes fundamentales-, tiene vivo el gen competitivo y el anhelo por el gol no lo ha abandonado. No jugará la Champions después de tantos años. Hay que ver si ayuda a clasificar para la siguiente. En cinco meses cumplirá 38 años y algo está claro: no se le puede exigir igual que a uno de veintidós o veintitrés. (04/09/2022)

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