Monday 17 Jun 2024 | Actualizado a 18:20 PM

Prócer del fútbol bien jugado

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 12 de mayo de 2024 / 21:32

Medía 1,93, era un basquetbolista metido en una cancha de fútbol. Un cinco lentón, de buen manejo, que le pegaba con un cañón a la pelota. Surgió en el club del que eran hinchas él y su familia: Rosario Central. Pasó a Racing, a Boca, se fue a Estados Unidos al New York Generals y por una gran actuación allí frente al Santos lo contrató el mismo Santos. Ahí le pasaba la bola a Pelé y Coutinho, nada menos. Pero ya le picaba el bichito de dirigir y se retiró joven. Y, de arranque, el técnico trascendió al futbolista.

Con sólo 32 años le dieron Huracán. Fue en abril de 1971. Sería una decisión histórica para el fútbol argentino. Como el hornero, fue construyendo el nido hasta quedar un lujo.

Brindisi y Babington venían de las inferiores, a Houseman lo ficharon por dos pesos de Defensores de Belgrano, otros llegaron libres… Así fue armando ese sueño de cualquier hincha llamado “Huracán del ‘73”, una orquesta de cámara, un equipo armonioso que tocaba el cuero de manera celestial.

Ya en el primer partido del campeonato goleó a Argentinos Juniors 6 a 1. A varios más les hizo cinco, cuatro… Pero los números eran irrelevantes: lo fascinante era el juego. A Central, en Rosario, le iba ganando 5 a 0 y era tal el espectáculo y la superioridad que la hinchada centralista se puso de pie y empezó a aplaudir. Nadie más logró eso.

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Esa obra maestra elevó al joven César Luis Menotti a la máxima consideración y al año siguiente lo nombraron director técnico de la Selección. Argentina siempre había sido un fútbol importante, un semillero del mundo, mas nunca reflejado en un torneo grande. Menotti puso condiciones para asumir: que la selección, una entidad desvalorizada, desorganizada, fuera prioridad total. Los futbolistas se negaban a vestir la Albiceleste, los clubes no los cedían, el equipo nacional se juntaba unos días antes de cada torneo y sumaba fracaso tras fracaso. Improvisación total. Menotti cambió esa historia a través de una palabra: compromiso. Comprometió a los jugadores, a los dirigentes, al periodismo, al país. Y a partir de él el país de Di Stéfano, Maradona y Messi fue a cinco finales del mundo, ganó tres, se coronó 6 veces campeón mundial juvenil, conquistó 2 Juegos Olímpicos, 3 Copa América, encabezó el Ránking Mundial de la FIFA. Rubricó todo el potencial que el país mostraba desde el inicio del siglo veinte. Desde ese momento, los jugadores se enamoraron de la selección y vienen nadando de Europa si es preciso. Generó una mística que se mantiene cincuenta años después.

No obstante, por encima de los títulos estaba su prédica, que dio lugar a una corriente futbolística: el menottismo. Esto es, jugar bien, por abajo, respetando la pelota, salida limpia desde el fondo, tocar, llegar en bloque. Orden con creatividad, nunca cortarle las alas de la inspiración al futbolista. No era otra cosa que volver a las fuentes que hicieron grande al fútbol gaucho. Porque hay una manera argentina de jugar al fútbol, que es exactamente la que mostró la Selección de Scaloni en la Copa América y en Catar. Se lo identificó como “el fútbol que le gusta a la gente”. Una verdad de cemento: el hincha gusta de ese estilo, genera orgullo cuando el equipo de uno lo practica.

Claro, para ello se necesita persuadir al actor. Nunca fue un problema, el fantástico verbo de Menotti entraba fácil en los jugadores, poseía un notable poder de transmisión. “Menotti convencía por seducción, Bilardo por insistencia”, describió Jorge Valdano. Corrobora Faryd Mondragón, el gran arquero colombiano que coincidió con él en Independiente: “Teníamos un zaguero de una garra y fuerza tremendas, aunque no muy técnico, Arzeno. Menotti lo convenció de salir jugando y el Polaco empezó a jugar la pelota al pie, daba gusto. Ver jugar al equipo desde atrás era una delicia”. Faryd contó otra anécdota sabrosa. “Íbamos a jugar un clásico fundamental contra Boca en La Bombonera, que fue el único enfrentamiento entre Menotti y Bilardo. Ganó Independiente 1 a 0. La noche del sábado bajo de mi habitación y al pasar por la cafetería veo a Menotti en una mesa tomando café con sus colaboradores. Me dice: ‘Venga Faryd, siéntese. Tómese un whisky’. Profe, ¿un whisky…?, respondí. ‘Tómese un whisky, por uno no pasa nada, le va a ayudar a dormir mejor’. Así era, te daba confianza, descontracturaba todas las situaciones. Nunca lo vi enojado, aunque tomaba decisiones fuertes”.

Una de esas decisiones, quizás la más discutida de su vida, fue dejar fuera del Mundial ’78 a Maradona. Aún con 17 años, Diego era el mejor jugador argentino junto con Bochini. Y ya había debutado en la Selección. Pero al dar la lista definitiva, de 25 nombres había que sacar tres. Y uno de ellos fue Maradona. Entrevistado esa misma noche, Maradona estaba como aturdido, conmocionado, no salía de su estupor. “Si lo agarra mi familia lo mata, le quieren pegar”, dijo el 10. A Bochini también lo marginó. Luego, Argentina fue campeón mundial y el título tapó la medida del técnico. Pero le hubiese dado el brillo que necesitó la Selección. Argentina ganó ese Mundial guapeando, con el coraje de Passarella, Kempes, Fillol, Luque, Tarantini, no con el fútbol que proponía el entrenador rosarino.

Tras ocho años en el banco celeste y blanco se fue a Europa, al Barcelona. Antes de debutar en el Camp Nou declaró en su estilo fluido, elegante, casi literario: “Me siento como un músico frente a un gran escenario”. Los periodistas se arracimaban frente a su presencia esperando las frases aterciopeladas que el Flaco acuñaba. “El fútbol es orden y aventura”, decía. “La única manera que tiene un técnico de hacerse respetar es desde el conocimiento. Si no fuera así, cualquier tonto podría ser entrenador». Otra: «El fútbol se juega para lograr eficacia. La belleza aparece de las cosas bien hechas».

Fue un individuo controversial, que generaba amores incondicionales y odios viscerales. Pero se sentía a gusto en ese mar de la polémica, no lo arredraba. Su enfrentamiento casi irracional con Carlos Bilardo abrió una grieta en el fútbol, ya no sólo argentino sino latinoamericano. El jugar bien o ganar como sea que encarnaban uno y otro dividió al público, al ambiente del fútbol y, sobre todo, al periodismo. Se era menottista o bilardista. Y eso generaba enconos personales fuertes, hasta la enemistad. Duró décadas la dicotomía.

Habían sido amigos al comienzo, luego, una declaración de Bilardo en los medios picó a Menotti, éste respondió, se fue poniendo más picante y se hizo un ping pong. Por último, el Flaco expresó que una decisión de su sucesor desprestigiaba a los jugadores. Bilardo estalló: “Leí el diario y me enloquecí, me tuve que tomar dos Lexotanil, pero nada me hacía efecto. Estaba envenenado”, reconoció. Y al día siguiente le respondió en rueda de prensa: “Cuando asumí en la selección lo único que encontré fue una silla y un escritorio. No había carpeta de jugadores, no había calendario, contactos, nada… Este país necesita que se hable menos y se trabaje más. Estamos cansados del verso”. Fue el inicio de una auténtica guerra dialéctica y de estilos.

Dirigió a Boca, a River, Independiente, a Peñarol, al Atlético de Madrid. Jugó con Pelé en el Santos, fue amigo cercano de Cruyff, dirigió a Maradona y, en su última etapa como director de selecciones nacionales, compartía en el predio de la AFA con Messi. A los 85 años, se fue el Flaco Menotti, personaje mundial del fútbol. 

(12/05/2025)

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Batman y Robin

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 16 de junio de 2024 / 22:45

Doscientos mil escoceses llegaron a Munich llevando su euforia, su vestimenta ancestral. Se volvieron con cinco goles. Y borrachos. No importa si perdieron, se emborrachan hasta por las dudas.

Son fantásticos los hinchas escoceses, siempre poniendo color y calor en los torneos, pero su selección nunca corresponde a tanto apoyo. Es curioso, Escocia es un fútbol pletórico de tradición, país fundador del juego. Hace 152 años -en 1872- Escocia e Inglaterra disputaron en Glasgow el primer partido internacional de la historia (igualaron 0 a 0).

Solamente pensar en aquel Celtic de 1967 y en Jimmy Johnstone se siente un respeto reverencial por Escocia, incluso en los grandes técnicos como Alex Ferguson y Jock Stein. Sin embargo, cuando se unen en selección carecen de la alegría de sus hinchas, tienen cero creatividad, cero ingenio y ello les compromete las posibilidades ofensivas.

Siempre es bueno tener un par de escoceses en tu equipo, es sangre buena, guerrera, pero no saben estar once juntos.  

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Para esa Escocia del viernes, hubo demasiada Alemania. Una Alemania nueva con nombres viejos (Neuer, Kimmich, Gundogan, Kroos, Can, Rudiger, Thomas Müller), con la seriedad competitiva de siempre y con la frescura que le dan esos dos chicos con el cuerpo y la mente llenos de fútbol: Musiala y Wirtz, Batman y Robin, 21 años cada uno y ya campeones en sus clubes, ya titularísimos en una selección grande como Alemania, a la que vienen a devolverle la ilusión, la fe de conquistar más títulos.

Siempre que aparecen dos cracks de tanta proyección, juntos, y que además empatizan y se conectan con generosidad, sin celos, pueden suceder cosas trascendentes. Recuerdan a Pelé y Coutinho, Bochini y Bertoni, Xavi e Iniesta, Gullit y Van Basten, Romario y Bebeto. Una pequeña sociedad como Musiala y Wirtz eleva directamente a la cima a Alemania. El resto es más sencillo: defender bien, apoyarlos, abastecerlos, ellos se encargarán de desequilibrar y ganar los partidos.

Musiala es habilidad, Wirtz es talento, ambos tienen desequilibrio y gol. Debieran juntarse más en el campo, tocar, triangular. Al menos por ahora, van por cuerda separada. En ninguno de los cinco goles se unieron en la maniobra. No obstante, se buscarán y se encontrarán, el buen jugador sabe con quién puede dialogar, quién puede ser su interlocutor sobre el césped. Toni Kroos, un sabio de la distribución de juego, giraba hacia la izquierda, lo veía a Mittelstädt solo, se daba vuelta de nuevo y prefería dársela a Kimmich. Pensaría: ¿qué puede hacer Mittelstädt con la pelota…?

La inteligencia artificial (¿por qué hay que designarla con mayúsculas…?) computó las predicciones de 28 casas de apuestas y eso dio como resultado que el favorito al título es Francia con una probabilidad del 19,2%, seguida de Inglaterra con el 16,7% y Alemania con un 13,7%. Sin embargo, eso fue hasta el momento de comenzar la Eurocopa.

En el primero de los 51 partidos Alemania pateó el tablero y pasa al primer puesto por presunción, por demostración y por esos dos jóvenes maravilla que le dan el plus de la clase aunada al atrevimiento. Representan un nuevo fútbol alemán, menos acartonado, más chispeante, igual de ganador y contundente.

El verdadero hincha del fútbol celebra cuando aparece un binomio así. Son una bendición. Ni Francia ni Inglaterra ni España cuentan con un dúo explosivo como Musiala y Wirtz. ¿Cuál es Batman y cuál es Robin…? El tiempo determinará.

La inteligencia artificial tiene futuro en muchos campos, pero en futbol dos más dos son siete. En esto todo puede suceder. Mil veces ha pasado que ha ganado el menos opcionado. Ejemplos: Dinamarca 1992, Grecia 2004. Aparte, mientras exista la vida lo más relevante del análisis será la OBSERVACIÓN, y eso es privativo de los humanos. La pelota que pega en el palo y sale no está comprendida dentro de la inteligencia artificial.

Los laberintos de la mente tampoco. Hay demasiado imponderable en este juego físico, técnico, intelectual y emocional, donde lo escénico juega un rol determinante. Nunca debiera suceder, aunque seguro acontecerá algún día, que un futbolista deba ejecutar un penal en el último segundo de una final del mundo para decidir el campeonato, con tres o cuatro mil millones de personas esperando el desenlace. Nadie merece semejante carga. De fallar, podría ser un muerto en vida como Moacir Barbosa Nascimento, el arquero de Brasil al que culparon del segundo gol de Uruguay en el Maracanazo.

En la Copa América la inteligencia artificial tiene mejores posibilidades porque los batacazos son más infrecuentes. O menos probables. Sobre todo, porque no habrá una localía manifiesta como en otras ocasiones. Estados Unidos es terreno neutral. Las diferencias que establecen en este continente Argentina y Brasil son más amplias. Y está Uruguay, con su misterio de garra y compromiso. ¿Quién puede alzar la bellísima copa forjada en una joyería de Buenos Aires en 1916…? Nos inclinamos a pensar que podría ser Argentina. Posee el mismo plantel que ganó el Mundial hace dieciocho meses, sin ausencias por lesión, con el libreto de Scaloni completamente internalizado, sin presiones de fracasos anteriores, Y aún con ilusión, con hambre de triunfo, que es lo más complicado de conseguir en un grupo que ha logrado altos objetivos: mantener el ojo del tigre.

Algo más: hay varios elementos en un nivel excepcional como Mac Allister, Cuti Romero, Tagliafico, Dibu Martínez y con un Messi espléndido, que hace todo perfecto con la pelota. Desde el día de la coronación ante Francia en Catar hasta hoy, los jugadores campeones marcaron en conjunto 300 goles en sus clubes y selección, de modo que siguen en modo avión.

¿Quién puede tumbar al campeón defensor…? Brasil. Siempre es Brasil, aún con su declive de los últimos años. Aún sin Neymar y con técnico nuevo. Pero están Vinicius (primer candidato al Balón de Oro, hoy), Rodrygo, Endrick, Lucas Paquetá, Militão, Marquinhos… Hay nombres fuertes y el respaldo de la camiseta.

Y Uruguay, que puede hacer saltar los fusibles. Tiene a todos asustados este Uruguay de Bielsa que corre, vuela, mete pierna como siempre y ataca como nunca. Es un aluvión y juega como jamás lo había hecho la Celeste, con todo hacia adelante. Con grandes figuras como Luis Suárez, que pese a la edad sigue siendo un león en el área y con Darwin Núñez, delantero de cualquier época, goleador voraz. Ya les ganó a Brasil y Argentina en el camino al Mundial, con notable autoridad.

Los tres -Argentina, Brasil, Uruguay- prometen llegar arriba y ampliar su currículum. Pero, si nos permiten una última apuesta, le ponemos unas fichas a Colombia. Es otra Colombia, nueva, fresca, con una mente distinta, que quiere ganar, pero esencialmente se obstina en no perder. Tiene una nómina de alta calidad, con dos figuras por puesto y un entrenador que es la revelación de la Eliminatoria. Lorenzo quiere que se juegue siempre en campo contrario, lo que revela el carácter ofensivo de su idea.

Como Argentina, tampoco lamenta lesionados y llega con viento de popa. Y, como Uruguay, ha volteado muñecos grandes: Alemania, España, Brasil. Aparte, no tiene que ir a ganarle a los tres grandes de visitante, por el contrario, jugará a estadio repleto alentándolo. En Estados Unidos, sólo México puede presumir de más público. El título sería absolutamente consagratorio para un fútbol importante, que necesita llamarse ganador.

Ya se siente ruido de pelota.

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Una Copa de sofá

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 9 de junio de 2024 / 19:12

Tu puedes asistir al duelo Ecuador-Venezuela el 22 de junio en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, y al día siguiente ver el Uruguay-Panamá en el Hard Rock Stadium de Miami.

Claro, primero deberás hacer unos 80 km en carro desde Santa Clara a San Francisco, allí pescar un vuelo directo hasta la joya de la Florida y desandar 5 horas y 35 minutos en el aire. Bajas, rentas otro auto y haces los casi 29 km desde el aeropuerto hasta el coliseo.

Claro, ello te significará en total unas doce o quince horas de traslado y alrededor de 1.000 dólares de costo. Pero podrías intentarlo. Es más o menos como ver en vivo un partido el sábado en Buenos Aires y otro el domingo en Guayaquil. Por el mismo torneo…

Así será, a grandes trazos, seguir la Copa América en Estados Unidos. No deja de ser un orgullo que nuestro torneo continental, primero en el mundo, se expanda y se importe a otras latitudes.

Sin dudas, la locación en la patria de Lincoln aumenta su prestigio. Es una caja de resonancia universal. No obstante, seamos claros: será una copa para la televisión. Y para los latinos residentes en Estados Unidos, que ya suman 65 millones. Ellos aman el fútbol y seguirán a sus selecciones.

El colombiano a Colombia, el peruano a Perú y así. De Sudamérica irán muy poquitos, mínimos. Quien esté en condiciones de erogar unos cuantos miles de dólares tal vez pueda acompañar a su equipo nacional en tres o cuatro juegos, no más.

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“Será la mejor Copa América de la historia”, anunció el presidente de Conmebol, Alejandro Domínguez. Tal vez. Y la que genere mayores ingresos, eso sin dudas. Los calculamos en unos 2.000 millones de dólares, algo inimaginable si se realiza en Sudamérica. No obstante, será incómoda aún para quienes viven en Estados Unidos.

Una Copa dispersa, con 32 encuentros en 14 subsedes, en algunos casos ciudades con un partido, otras con dos. Y todo ello en un territorio gigantesco como el de EE.UU., con distancias enormes entre un emplazamiento y otro. En cada sitio concurrirá en su mayoría público local. Difícil trasladarse. Y completamente inviable para el periodismo. Sólo para aquellos que deban relatar y transmitir los encuentros de la selección de su país.

 Será la antípoda total del “concepto Qatar”, que organizó un Mundial en una sola urbe -Doha-, donde todo estaba a mano, los ocho estadios próximos y conectados por autopistas y el metro. Una maravilla que tal vez no se repita nunca. Qatar, cada día lo tenemos más claro, fue la mejor Copa del Mundo con diferencia. Toda vez que venga un nuevo torneo lo evocaremos con nostalgia. En Qatar hubo hinchas y periodistas que presenciaron hasta tres partidos en directo en un mismo día. Querían probar esa experiencia. Era posible por la cercanía y por los horarios.

“Aquí no creo que nadie pueda ver ni cinco partidos en el estadio, es muy bravo. Esto no es Qatar, donde todo era cercano, accesible, fantástico”, dice Manolo Rosero, productor televisivo ecuatoriano radicado hace años en Houston. Manolo, quien trabaja para El Universo, recorrió las 14 sedes de la Copa. Agrega: “Todos los estadios están lejos de las ciudades. Sólo a tres se puede ir en tren. Para llegar a ellos debes ir en carro, alquilando uno. El parqueo arranca desde los 40 dólares. Y eso, bien lejos del estadio, 100 si quieres un lugar próximo. Si no tienes carro, desde tu hotel hasta el estadio un taxi te cobra 100 dólares la carrera”.

El costo de las entradas es elevadísimo y los viajes internos igual. “En junio-julio, un pasaje Miami-Nueva York estará entre 800 y 900 dólares”, dice Rafael Crisóstomo, fotógrafo peruano con 40 años en el país del norte. “Iré en mi auto a cuatro juegos, los que quedan más o menos cerca de Daytona Beach, donde vivo.

No sé si me animaré ir a un quinto en Charlotte, que albergará una semifinal, es mucho sacrificio. Tengo una hora hasta Orlando, tres y media a Miami y 6 a Atlanta, donde Argentina jugará el cotejo inaugural. Hasta ahí llego, para los periodistas es muy difícil esta Copa”, dice Crisóstomo, quien trabajó añares en el Washington Post. “Y está el tema del clima, hará mucho calor durante la Copa. En la Florida llevamos semanas con 40 grados. No quiero ni pensar los que se jueguen en Arizona”.

Para quienes decidan ir a Estados Unidos y acudan a tres o cuatro juegos, luego podrán ver el resto por televisión. “Puedes quedarte a verlos cómodamente en tu hotel, pero para eso tienes que pagar, aquí todo se paga. Como ejemplo: cada juego del Inter Miami sale entre 26 y 36 dólares-, informa Rosero-.

El fenómeno Messi disparó todo, ha sido un boom extraordinario. Hay un antes y un después de Messi. Esta es una Copa pensada para la televisión y para darle más fuerza al fútbol en Estados Unidos, que ahora es el cuarto deporte detrás del fútbol americano, el béísbol y el básquet”.

Un hotel económico se puede conseguir por 150 dólares la noche. Rentar un auto cuesta entre 80 y 90 dólares diarios. “Pero a ello debes agregarle los peajes y la gasolina. De modo que tampoco es barato viajar en carro. De Nueva Jersey a Charlotte el GPS te marca nueve horas, pero nunca puedes hacerlo en menos de once, pues debes parar para descansar un poco y comer”, dice Manolo Rosero, quien hizo el trayecto.

No quedan dudas: el mejor lugar para ver la Copa es el living de casa. “Ir al fútbol acá es caro y complicado”, dice Johani Ponce, periodista venezolana con residencia en Miami. “Llevé a mi hijo a un partido de Messi, aquí en Miami, y entre entradas y demás gasté 500 dólares, demasiado”.

¿Ya hay atmósfera de Copa?, le preguntamos a Manolo. “No, muy poco, y eso entre los latinos. Para que tengas una idea, en Houston tenemos un equipo de fútbol en la MLS, el Houston Dynamo, yo les pregunto a mis vecinos gringos y no saben qué es el Dynamo, no han escuchado.

En la recorrida por los 14 estadios algunos de los administradores no sabían que se jugaba la Copa América ni de qué se trataba. Nos decían: ‘Ah, con razón nos reservaron el estadio para esa fecha’. Pero esto ayudará a popularizar más el fútbol”.

Nuestro compañero en Catar 2022 agrega: “Esto me hace acordar en cierto modo a Japón 2002, no había demasiado clima de copa, si caminabas por la calle no sentías que estabas en un Mundial. Allá los dos deportes más populares son el béisbol y el golf. A la noche veíamos los programas de deportes por TV y era media hora de béisbol, quince de golf y al final un par de minutos de fútbol”.

Pero veinticuatro años después puede decirse que la número cinco prendió en el país del sol naciente. Y lo que progresaron jugando… Pasaron de no tener la menor idea a clasificar a los últimos ocho Mundiales consecutivos. A ganarle a Alemania y a España en el 2022. Y a exportar muchos futbolistas. Lo mismo puede acontecer en Estados Unidos. Va en ese camino.

La Copa América es una marca mundial, excedió a nuestros países eternamente en desarrollo, hiperpolitizados, casi siempre en crisis económicas, con tremenda inseguridad y grandes carencias. Nos preguntamos cómo hubiese sido disputar la Copa América hoy en Ecuador, al que le correspondía hospedarla por el criterio rotativo de organización.

Ecuador renunció a montarla y probablemente fue una acertada decisión. Pero nos preguntamos: ¿qué país sudamericano estará en posición de organizarla después de los ingresos que mostrará Estados Unidos 2024…? ¿La tendremos de vuelta en 2028…? ¿Irá a México…? Quién sabe.

(09/06/2024)

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Sabe ser campeón

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 2 de junio de 2024 / 22:14

Ganar una Champions es una proeza, ganar quince una epopeya. Es la dictadura más gloriosa de la historia del fútbol: la del Real Madrid. Comenzó en Europa en 1956 y sigue hasta este 2024.

Son siete décadas de dominio en el máximo nivel posible. El término impresionante queda chico, se necesita algo más fuerte, más adecuado. De 69 ediciones coronó en 15, un descomunal 22%.

El 78 restante es para todos los demás clubes europeos juntos. Lo insólito de esta supremacía es que el Madrid no necesita ni jugar bien ni merecer ganar.

Simplemente, gana. No seamos inocentes: la suerte y los árbitros constituyen una parte de la explicación de tantos éxitos, también hay otro costado, cuyos argumentos son la jerarquía, la combatividad, el temple, la grandeza.

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El Madrid siempre se impone ser el club número uno del mundo, empieza por ahí. No entra a los campeonatos a ver cómo le va, interviene para ganarlos. Todos. Contrata para tal fin a los galácticos, pero les deja claro que galáctica es la camiseta.

Cristiano Ronaldo pensó, en algún momento, que estaba por encima del escudo. Que la razón de los triunfos era él. “Quiero tanto o me voy”. Florentino Pérez le hizo saber de inmediato lo que es el Real Madrid: “Consíguete club y te vas”.

Se fue, hace justo seis años. El portugués sintió la crudeza del invierno fuera del Bernabéu, va desnudo de títulos últimamente, en cambio el club blanco sigue arropado: alzó 2 Champions, 3 Ligas, 1 Copa del Rey, 1 Mundial de Clubes, 3 Supercopa de España, 1 Supercopa de Europa. El mismo ejemplo vale para Mbappé, que llega nuevo: eres bueno y puedes ayudarnos, pero nosotros te haremos campeón a ti, no al revés.

Quien supo esta vez de la dimensión del Madrid fue el Borussia Dortmund. Jugó un magnífico primer tiempo, maniató al equipo de Ancelotti, lo superó claramente en juego (como lo superaron el Leipzig, el Manchester City y el Bayern Múnich), pero se necesita algo más que buen funcionamiento y situaciones de gol para eliminarlo. Cuando el Madrid está sentido hay que noquearlo, de lo contrario se levanta y mata. Al minuto 20, ese futbolista excepcional que es Mats Hummels puso un pase messiánico para Karim Adeyemi. Tan sólo quedó el puntero frente a Courtois que se asustó, lo invadió un miedo escénico y no supo definir, se abrió tanto hacia la izquierda que permitió que Carvajal le tapara el remate, ya sin fuerza, ya sin posibilidades reales. Ahí empezó a perder el Dortmund. “Quem não faz, leva”, dicen en Brasil, en esa maravillosa brevedad de la lengua portuguesa.

En ese primer tiempo el Madrid no generó ninguna situación de gol, el cuadro alemán tuvo cuatro claras, no metió ninguna. Sí, en la del palo de Fullkrug jugó el infortunio, era para gol. Sin embargo, le faltó la contundencia del campeón. No existe ninguna instancia del fútbol donde quede más reflejada la jerarquía que en la definición. El crack tiene una y va adentro, al bueno o al regular se la tapan, pega en el poste, se le va afuera.

Lo habíamos manifestado repetidamente: si la final era sana, si era limpia arbitralmente, el Dortmund tenía altas posibilidades de vencer. Y en esos 45 minutos iniciales quedó demostrado, fue mucho más protagonista en la trama de la película. Esa primera parte de los amarillos habla muy bien de Edin Terzic, el joven técnico germano. Con menos material que su rival lo superó tácticamente. Si cambiaba cuatro figuritas con el Madrid, la Champions viajaba a Alemania, sin ninguna duda. Vaya un homenaje para el Dortmund, quinto en la Bundesliga, pero meritorio finalista. Mención de honor para Hummels, que se devoró a Vinicius en el primer acto y le sobró personalidad para salir jugando. Un grande. Vale una ponderación para Nico Schlotterbeck, zaguero de futuro, y aplausos para el tanque Fullkrug, alemán de la vieja estirpe de los gladiadores germanos.

«Ancelotti no nos habló en el descanso. Normalmente nos da unos minutos para que descansemos y después habla, pero esta vez no. Nada. Cuando salimos, ya en el túnel del vestuario, nos llamó y nos dijo: ‘¡Perdón, me olvidé! Si se la siguen dando a los de amarillo vamos a perder'». Lo confesó Jude Bellingham. Y definió al multicampeón entrenador italiano. Un hombre de pocas palabras, excepcionalmente calmo, paternalista, de escasas elucubraciones tácticas, aunque con fabulosa comunicación con sus jugadores. Es el conductor que, cuando hace un cambio, el que sale lo abraza con una sonrisa. Todas las batallas se pueden ganar con un general así. No es de los que gritan alocadamente al costado del campo ni de los que dibujan flechitas en planillas, le alcanza con dos palabras y una palmada. Con esas herramientas emocionales lleva 29 coronaciones, cinco de ellas en Champions.

Las individualidades del Madrid y sus valores espirituales dieron vuelta el bote. La categoría de varios (Carvajal, Vinicius, Kroos) y la fuerza mental de todos, aplacaron el dominio del Dortmund y voltearon el desarrollo para terminar ganando sin discusión, porque el fútbol también es de goles. Al minuto 65, un córner ejecutado con maestría por Toni Kroos fue a la cabeza de Dani Carvajal, que se anticipó a la defensa rival en el primer palo. Pasó apenas arriba del travesaño. El Dortmund no tomó nota. A los 73’, la misma acción, calcada, tuvo final distinto: Carvajal sacudió la red. Un golpe al corazón del Borussia. Uno a cero para el Madrid. Y al Madrid es difícil darle vuelta el resultado. Con el botín en la mano, no lo suelta.

A partir de allí se afianzó el blanco y, sobre todo, se desanimó el amarillo. Le entró el cansancio, el apuro, estaba vivo, pero ya sintiendo el calor del horno. Y en ese estado de turbación, el holandés Maatsen regaló el segundo gol al Madrid. Dio un mal pase atrás con todo el equipo saliendo, le fue a los pies de Bellingham, este simplemente alargó el recorrido hacia Vinicius y el brasileño, sólo y con la defensa alemana desparramada, definió a placer ante el buen arquero Kobel.

A propósito, fantasmal actuación de Bellingham. Era su primera final de Champions, pero sin magia ni gambetas ni talento. Hasta un minuto antes de la final, el inglés era candidato central al Balón de Oro, después se le desinfló la candidatura. En cambio, creció el favoritismo de Vinicius para alcanzar la estatuilla. No lo achica ningún escenario, ninguna circunstancia a Vini. Si juega tranquilo, sin armar guerras, desnivela. La Champions te sube al podio, la Eurocopa y la Copa América definirán el resto.

Igual que en 2022 en París, en la definición ante el Liverpool, la clave de la victoria fue Dani Carvajal. Nacido para jugar este tipo de partidos, metiendo, apretando a los rivales, yendo hacia adelante. Una garra impresionante. Y lo que contagia… El gol va de yapa. Una anécdota lo define como jugador de club, que quiere ganar por encima de todo y que sabe dónde está. Se le vencía el contrato y aleccionó a su representante: “Ni se te ocurra pedir aumento”. Priorizaba seguir allí, juntar más gloria, no más plata. Un marcador fiero, antipático, a veces antideportivo, pero ganador mil por mil. Carvajal entiende como nadie lo que es vestir esa camiseta.

Lo mejor de la final: esta vez el arbitraje no incidió en el resultado. ¿Si es justo el 2 a 0…? Dejémoslo ahí. Hay que saber ser campeón y el Madrid sabe. Sabe sufrir y sabe ganar.

(02/06/2024)

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Fiorito, Ciudad de D10S

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 26 de mayo de 2024 / 23:48

El tiempo se detuvo en Azamor 523, Fiorito. Lo que hace sesenta años podía calificarse como una casita humilde y mínima es ahora una tapera. El alambre que la separa de la vereda parece caerse, todo está desprolijo en lo que debiera llamarse jardín, hay trastos dispersos por el piso de tierra, los árboles sin podar fueron ganando terreno y le dan un aire sombrío.

El estado de abandono entristece. Lo único que emociona es una pintura de Diego Maradona vistiendo la celeste y blanca en el frente de la vivienda, tomada de una foto del astro en el Mundial ’82. Y algunas camisetas o bufandas de clubes que lleva la gente y deja colgada de un árbol, de una reja. Esa ruina que vemos es la primera morada de quien, para millones, fue posiblemente el mejor futbolista de la historia.

El descuido duele. ¿Por qué esto está así…? ¿Por qué no es un templo, un museo, un lugar de culto dedicado a quien se gambeteó a todos los ingleses y metió el golazo de todos los golazos, a quien hizo delirar de emoción a tantos, el que enloqueció a los napolitanos con su magia…? Es el pensamiento que nos asalta apenas ver eso. La emoción por llegar hasta la casa inicial de Diego se derrumba apenas verla.
-¿Esta es la casa de Maradona…?-, preguntamos al vecino de al lado.
-Ésta-, responde.

A tres días del que hubiera sido su cumpleaños número 61 y a pocas semanas del primer aniversario de su fallecimiento, la casa natal del Pibe de Oro fue declarada lugar histórico nacional por el Gobierno debido la «enorme influencia» que tuvo el futbolista en la cultura popular argentina, que trascendió sus «méritos deportivos» y se convirtió en uno de los «símbolos más reconocibles de nuestra identidad».

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«Declárase lugar histórico nacional a la casa natal de Diego Armando Maradona, sita en la calle Azamor Nº 523 de la Ciudad de Villa Fiorito, partido de Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires», dice el Decreto 733, firmado por el presidente Alberto Fernández el 27 de octubre de 2021. Suena pomposo el dictamen después de ver esa pocilga.

Históricas las paredes, que encierran vivencias, que cobijaron los sueños de ese chico que dominaba la pelota como un dios. Era una cocina, una salita y dos piezas. Ahí se apretujaban don Diego, doña Tota y los ocho hijos. Luego, la habilidad inigualable del quinto de esos chicos los sacaría a todos de allí, les daría una vida distinta.
¿Por qué el Gobierno, la Provincia, la intendencia, los hinchas, la familia de Diego o el propio Diego no hicieron nada para conservarla…? “Aún sigue perteneciendo a los Maradona”, nos informa una vecina que se acerca desde enfrente. “Doña Tota se la prestó a una señora que trabajaba de doméstica en su casa de Villa del Parque porque no tenía dónde vivir. Luego la señora falleció y ahora vive su hijo. Se la quedó para él. Al que quiere entrar a ver la casa, le cobra”.

Una parte de la casa antigua de Diego Maradona en Villa Fiorito, en Buenos Aires. (Claudia Benavente)

Azamor ya luce pavimento, que le otorga cierto urbanismo, pero sigue siendo un barrio olvidado por los políticos, sobre todo por los que dicen luchar por ellos, los pobres. Tampoco Maradona miró para atrás. El que se quedó en Fiorito es Goyo Carrizo, el chico que lo presentó en Argentinos Juniors, donde comenzó la leyenda. Vive a unas cuadras.
-Yo tenía un chico en las infantiles de Argentinos, Goyo Carrizo, que era de Villa Fiorito. Era calladito, pero todos los días venía y me decía lo mismo: “Maestro, en mi barrio hay un pibe que juega mejor que yo”. Pasa que muchas veces los chicos quieren traer al hermanito o a un primo. No le hice mucho caso, sin embargo me lo repetía. Hasta que un día le pregunté ¿y por qué no viene? “Porque no tiene plata”, respondió. Le di un billete de diez pesos y le dije: “Mañana traélo”. El chico era Maradona…
El relato pertenece a Francis Cornejo, a quien entrevistamos para El Gráfico en 1986. Francis era de esos delegados que fungían de técnicos, padres, guías, consejeros. Y el primero que llegó a esa casa de Fiorito con la propuesta de ficharlo.
-Yo nací acá y nunca me fui. Con Diego estábamos siempre juntos, desde que nació hasta los dieciséis años que Argentinos Juniors lo llevó a vivir a La Paternal. Jugábamos en la calle, que era de tierra, se armaban unos partidos bárbaros-, dice Norberto Fernández, el Vaca, propietario de la casa de al lado. -Yo le daba la pelota a él, la agarraba, se gambeteaba a cinco y metía el gol. O a veces nos quedábamos todos mirándolo hacer jueguito, hacía cosas increíbles. Igual, nunca imaginamos que llegaría donde llegó. Pensábamos que era bueno en el barrio nomás.
-Pero llegó rápido a Primera, a los quince años.
-Sí, contra Talleres de Córdoba. Fuimos. De acá fue toda la cuadra a verlo ese día.
-¿Es verdad que era hincha de Independiente…?
-Fanático. La familia Maradona era de Boca, pero él salió de Independiente. Y yo soy boquense. Cuando jugaban Independiente y Boca era una guerra acá. Después se fue haciendo de Boca por la pasión de la hinchada. Su ídolo era Bochini. Vino un día el Bocha acá a ver la casa de Diego, quería conocerla y nos quedamos charlando un rato. Muy humilde, Bochini.
-¿Cómo era Diego…?
-Para mí siempre fue un grande, futbolística y personalmente. Para mucha gente era muy arrogante, temperamental, pero pasa que cuesta la fama. No le gustaba que lo tocaran, era quisquilloso con eso. “No me toqués”, te decía.
-¿Venía por acá…?
-Sí, mientras jugó en Boca venía siempre. Hasta que no podía estar más, llegaba y era un mundo de gente, todos encima de él y le escapaba a eso. Después ya se fue a España, a Italia y dejó. Aparte, cada vez que llegaba se producía una aglomeración de gente. La última vez vino con ese director de cine ruso que hizo su película (N. del A.: se refiere al cineasta bosnio Emir Kusturica).
-¿Lo volvió a ver, Norberto…?
-Sí, no mucho antes de su muerte. En el velatorio de un familiar, acá enfrente, en la casa de su abuela. Se decía que no andaba bien. Fui, me atendió bien. Estaba en una sala aparte. “¿Qué hacés, Vaquita…?, pasá.” No me gustó lo que vi, estaba con cuatro amigotes. Le dije ¿por qué vivís así…? Dejate de embromar, si tenés todo… Me contestó: “Te cambiaría siete días de mi vida por siete de la tuya”. Quería una vida normal y no la tenía. No podía vivir.
-¿Viene gente a ver la casa, Norberto?
-Mucha, de todos lados. Vienen de China, de Japón, de Italia, ingleses vienen muchos, turistas, hinchas, periodistas… Se quedan un rato, se sacan fotos, traen velas y las prenden acá en la vereda, rezan por él, dejan alguna camiseta. Cuando Diego murió se juntó una muchedumbre durante tres días.
Atrapado entre el Riachuelo y las vías del ferrocarril, Fiorito está en una confluencia difusa de Avellaneda, Lanús y Lomas de Zamora, en los fondos de los tres municipios. Y nadie mira hacia el fondo. Ahí son todos de a pie. Perros sueltos por todas partes, más de un caballo, montículos de basura en las calles. Diego es el orgullo de Fiorito, el único. Van a hacer cincuenta años que dejó ese arrabal, pero sigue presente en todo. En cada calle hay un mural pintado por la gente, o leyendas alusivas, la más frecuente, “Fiorito, ciudad de D10S”.
A cuatro o cinco cuadras de la casa natal del ídolo está “El potrero de D10S”, la cancha de Estrellas del Sur, donde el zurdito empezó a mostrar cosas grandes. El sueño de que otro Diego dibuje sobre ese piso de tierra está siempre, pero es difícil, las esquinas de alrededor están llenas de pibes con motos y un celular en la mano.

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Klopp es todo lo que está bien

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 19 de mayo de 2024 / 22:12

Lidera, inspira, alienta, contagia, alegra, motiva, respalda, enseña…

Lloraron los del Mainz en 2008, lloraron los del Dortmund en 2015, lloran hoy los del Liverpool. Sólo en tres clubes ha estado Jürgen Klopp en sus 24 temporadas como entrenador, en los tres hay un denominador común: amaron tenerlo, lamentaron despedirlo.

Lloraremos, también, los hinchas de todos los equipos. Klopp es patrimonio de todos, lo queremos, queremos que esté siempre ahí, al borde del campo dando indicaciones, riendo con su sonrisa Kolynos, palmeando a sus jugadores, estrechando la mano del técnico rival.

¿Es el mejor entrenador de la historia…? Posiblemente debiera ser incluido en ese análisis, quizás subiría al podio. Los ha habido más eficaces, más revolucionarios, con mejor verbo, pero nunca deberá ser considerado apenas como un notable estratega o un genio táctico.

Klopp es mucho más que eso: es un líder espiritual, un amigo de sus jugadores, un increíble fabricante de mística, el sujeto que dará esperanza a los hinchas apenas llegar y los hará felices durante toda su estadía.

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Prócer del fútbol bien jugado

Ni Guardiola ni Ferguson ni Ancelotti, por ganadores que sean, son capaces de generar la atmósfera de entusiasmo que crea este alemán de 57 años. Él simplemente mejora todo lo que toca. Guardiola es sin duda el número uno de todos los tiempos, pero no establece este tipo de relaciones afectivas con los hinchas ni deja la estela de cariño que riega Klopp.

Imaginemos la tristeza liverpooliana. Hoy, cuando acabó el partido ante el Wolverhampton, Jürgen dijo adiós después de casi nueve años de romance con Anfield. Ha decidido tomarse un año sabático para descansar, disfrutar de su esposa, ver fútbol por la tele, tomar clases de cocina y de baile. Anhela ser un hombre común, ir al supermercado, al cine, estar muchas horas en su casa, jugar con su perro. «Esta será la primera vez en mi vida en la que no tengo una idea real de lo que haré, y eso es exactamente lo que quiero».

El público no sabe que un entrenador de élite ejerce a tiempo completo 24/7. Sir Alex Ferguson comenta en su libro Liderazgo que, todos los días, 6,30 de la mañana ya estaba sobre el césped de Old Trafford, con un té en la mano, inspeccionado con el canchero el estado de la hierba. Y terminaba cada jornada muy, muy tarde por la noche. Lo mismo podría contar Klopp. O Guardiola. En ese nivel es así.

Se quedó sin energías, reveló. Han sido 24 años seguidos de entrenamientos, partidos, charlas, viajes, planificación, videos, concentraciones, ruedas de prensa…

Después de ser un discreto futbolista de Segunda División del modesto Mainz 05, le confiaron la dirección técnica del equipo, que parecía condenado a Tercera. Ganó seis de sus primeros siete juegos y se salvaron del descenso en la última fecha. Tras dos años intentando estabilizarlo, consiguió ascenderlo por primera vez a los 99 años de vida del club.

Ya en Primera, lo clasificó a la Copa UEFA 2005-2006, lo que para los hinchas era como ser campeones del mundo. En 2007 perdieron la categoría, pero apareció el Klopp que veríamos más tarde, el de la lealtad: se quedó a remarla en Segunda. Y ahora el Mainz es un equipo permanente de la Bundesliga 1.

Tras ocho años en Mainz, ya había ganado un prestigio y subió varios escalones: en 2008 lo contrató el Borussia Dortmund, que había tenido una temporada de espanto: decimotercero entre dieciocho. Pero llegó el optimista de Klopp y empezaron a remontar. Y una vez hechos los retoques necesarios al plantel y darle su impronta, ganaron dos ligas seguidas, en 2011 y 2012. Al curso siguiente llegaron a la final de la Champions. Fue una época de oro del club amarillo, le pelearon el reinado al Bayern Munich, de presupuesto mucho mayor.

Luego de siete años con los borusser, decidió tomarse un descanso, como ahora, pero apenas cuatro meses después de dejar el Signal Iduna Park apareció el Liverpool. Y nadie le dice no al club con más hinchas de Inglaterra. Luego de ser el dominador casi dictatorial del fútbol inglés (y europeo), al Liverpool se le habían juntado las vacas flacas, las brujas enterraron sapos en el césped de Anfield y las lechuzas anidaron en el vestuario. Y quedó entre tinieblas. Treinta años sin ganar una liga. Conste que en ese lapso el Liverpool fue dos veces campeón de Europa, lo cual es muy festejable, naturalmente, pero el hincha quiere el trono local, para mirar a los vecinos desde lo alto del orgullo. Para peor, su archirrival, Manchester United, ganó en ese lapso ¡13 ligas…! Y lo pasó en el historial.

Treinta años de sequía, hasta que un día apareció el Rey Sol. Nunca pensaron esos ingleses que amarían tanto a un alemán. Klopp es la confirmación absoluta de que, hoy, todo proyecto futbolístico que aspire al éxito pasa primero por el entrenador, luego por los jugadores. Hace cincuenta o sesenta años, cuando el técnico era un personaje paternal o caudillesco, o con buen verbo, los futbolistas estaban por delante y el DT podía triunfar si contaba con un plantel virtuoso. Hoy el fútbol es más sofisticado, infinitamente más complejo, los futbolistas son los dueños del vestuario, el exitismo roza el límite de la intolerancia y la competencia es feroz por lo equilibrada. Se necesita un conductor inteligente, estudioso, capaz tácticamente, trabajador, persuasivo, con mando y manejo de grupo, que absorba la presión. Por eso un gran entrenador cobra ahora entre 20 y 25 millones de euros al año. Y cuando aparece uno, se lo pelean los clubes de élite.

Ese título no fue de los jugadores, como suele decirse con demagogia. Fue todo de él, del gran artesano de Stuttgart, ya ciudadano ilustre de Liverpool. Nunca en la patria de Bobby Charlton un campeón se coronó 7 fechas antes del final, récord en los 137 años del torneo. Y con 23 puntos de ventaja sobre el segundo, nada menos que el Manchester City de Guardiola. Un registro fabuloso; tal vez pase un siglo para que se repita. O quizás nunca.

Intenso, dinámico, ofensivo, potente, agresivo, duro, mentalizado, eficaz, práctico. Así ha sido en estas nueve estaciones el Liverpool de Klopp. De buscar, buscar y golpear. Atacando con vocación, defendiendo con fervor. El carácter de un equipo lo transmite el capataz. Y detrás de la sonrisa permanente de Klopp hay un comandante firme, convencido de su plan. Se ha ganado definitivamente el olimpo del fútbol internacional por capacidad, sin regalos mediáticos ni campañas marketineras.

Y en el medio de tantas tardes y noches de gloria hubo tres finales de Europa, dos perdidas ante el Madrid, una ganada sobre el Tottenham. Y una Copa Inglesa, una Copa de la Liga, un Mundial de Clubes, una Supercopa de Europa… Todos los títulos posibles.

“A Klopp le faltaron el Bernabéu y Messi”, titula su columna Aritz Gabilondo, de As. “No ha habido otro técnico que haya sabido contrarrestar a Guardiola igual de bien que él”, escribe. Y agrega: “Hubiera sido fascinante descubrir, en cualquier caso, el rol de Klopp en un contexto más dominante. Un Klopp con dinero y opulencia, como el PSG y el City; con grandeza y gloria, como el Madrid o el Bayern; o con el mejor jugador de la historia, como el Barça. Klopp ha sido Klopp por cómo es Klopp. Sin un Bernabéu o sin un Messi. Simplemente entendiendo el fútbol por lo que le dicta el corazón”.

La pelota pierde un protagonista esencial. Lo vamos a extrañar.

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