Friday 19 Jul 2024 | Actualizado a 21:24 PM

El minuto fatal de Ecuador

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 23 de junio de 2024 / 23:39

La Copa América es el gran karma del fútbol ecuatoriano. Sus dolorosísimas estadísticas a lo largo de la historia en este torneo (ganó sólo 16 partidos sobre 126) echan sal en la herida y hacen aún más cruenta la derrota inaugural ante Venezuela.

Por inesperada y porque rompe la ilusión de arrancar, por fin, con el pie derecho en este torneo que le ha sido tan esquivo. También golpea doble por el exceso de confianza de mucha gente, entre la que se incluye a sus jugadores.

“Nosotros venimos acá a ser campeones”, dijo con total seguridad el zaguero Félix Torres un día antes del estreno, frase ya pronunciada por otros miembros del equipo, como si se tratara de un intento de autoconvencimiento.

Frase altiva que ni siquiera sale de la boca de jugadores brasileños, argentinos, uruguayos, colombianos. Estos hablan con cautela.

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Desde luego, el 1-2 ante la Vinotinto no significa la eliminación del torneo, pero complica mucho y es un mazazo a la ilusión. Para peor, que haya ganado México dificulta más el panorama, lo ideal era que empatara con Jamaica y quedaran ambos con un punto.

Hay que empezar por el minuto 18 con 24 segundos, donde una desgracia doble para Ecuador condicionaría el resultado final. Una buena apertura de Kendry Páez a la izquierda para Hincapié, devolución perfecta del lateral al punto del penal, Páez va a buscar y toca bien con derecha para gol, pero una milagrosa tapada del arquero Romo evita la conquista. Era el 1-0.

En el mismo instante, Enner Valencia comete una falta tremenda sobre el Brujo Martínez: planchazo en el cuello del venezolano. Enner no es un jugador violento, pero la falta fue insólitamente brutal y, tras ser amonestado, el VAR llamó al juez Wilmar Roldán para hacerle ver que era roja y no amarilla. Ecuador no abría el marcador, como esa bonita jugada merecía, y además se quedaba con diez.

Una auténtica fatalidad. Significaba quedarse sin su gran goleador por dos partidos, ése y el siguiente. Y jugar con diez los siguientes 85 minutos, porque el tiempo añadido fue muchísimo.

No obstante, un mal rechazo de Yordan Osorio y un notable gesto técnico de Jeremy Sarmiento en la pegada le permitieron a la Tricolor abrir la cuenta: ahora sí 1-0. Y estando en desventaja numérica. Incluso con justicia: Ecuador era más que una confundida Venezuela, que hizo un primer tiempo de espanto. Pero el hombre de menos y los acertados cambios realizados por Fernando Batista en Venezuela dieron un vuelco fundamental al juego. El dominio caribeño se acentuó, para redondear al final un 66% de posesión.

Los delanteros Jhonder Cádiz y Eduard Bello le cambiaron la cara a su selección y lograron los dos goles de la, hasta ahí, insospechada victoria vinotinto. En ambas acciones fue fundamental la experiencia y astucia de Salomón Rondón, primero para servirle el balón a Cádiz, quien con tiro bajo anotó, previo desvío en Félix Torres; luego, tras un centro de Alexander González, el veterano goleador conectó con una preciosa palomita, Domínguez salvó su arco atajando a medias y Bello aprovechó el rebote para enviarla a la red, en una acción en la que madrugó a William Pacho. Estando detrás del zaguero logró anticiparlo y convirtió. Reaccionó muy tarde Pacho.

Ahí se derrumbó Ecuador y, aunque quedaba tiempo de sobra para empatar, ya no tenía gasolina ni variantes ofensivas. Estando todavía 1-0 arriba, había salido Sarmiento, el mejor atacante, el más movedizo y peligroso, para que entrara Gruezo. Entonces Félix Sánchez alineó tres volantes de marca para contener el dominio venezolano, pero apenas un minuto después llegó el empate de Cádiz y Ecuador quedó en terapia intensiva, sin ofensiva. La derrota parecía inevitable y se consumó. Nuevamente un mediocampo exclusivo para luchar, con cero creatividad. Apenas unos metros adelante, Kendry Páez y, más arriba, Kevin Rodríguez como llanero solitario. Lo habíamos comentado en una columna anterior: es demasiado peso tirarle a un chico de 17 años la responsabilidad de crear todo el juego. No tiene socios, Páez. Además, sus virtudes técnicas son indiscutibles, pero entra poquísimo en juego. Tocó por primera vez la pelota al minuto 17. Puede llegar a ser una figura en Inglaterra, sin dudas, el tiempo lo revelará, hoy no es solución por sí solo.

Asimismo, se advierte una intención de hacerle sentir al rival el poderoso biotipo físico actual de Ecuador (Preciado y Gruezo son abanderados en este sentido), no obstante, hay que pensar más en la pelota, en jugar.

No es igual optimismo que triunfalismo. Hay una expectativa alta en Ecuador debido al hecho de tener varios jugadores actuando en Europa, pero este no es un factor diferencial, las demás selecciones también los tienen. Argentina, Brasil, Uruguay, Colombia, Chile y otros cuentan con futbolistas en ligas importantes. Hasta Jamaica tiene 13 integrantes que militan en clubes de Inglaterra. También los títulos internacionales ganados por Liga de Quito e Independiente del Valle han sobreencendido la ilusión, al punto de considerar al ecuatoriano el tercer fútbol de Sudamérica. Y, por último, otro ítem que invita a la euforia es lo que se ha dado en llamar la Generación Dorada. Efectivamente, es dorada en defensa, del medio hacia adelante es una camada flaca en calidad y en cantidad. Y encima la defensa falló ante Venezuela en los dos goles. En el primero se durmió en un saque lateral, en el segundo hizo una siesta Pacho tras el rebote en Domínguez.

Igual, que quede claro: hay en general buenos jugadores y una mentalidad altamente competitiva, la entrega no puede ser puesta en duda, dejan todo. Esta derrota se puede dejar atrás con dos triunfos, pero hay que poner los pies sobre el piso, bajar las expectativas y la grandilocuencia, ir paso a paso.

Acerca de Sánchez Bas, hoy el hombre más detestado del Ecuador: tal vez no sea el técnico más adecuado. Lo que no se entiende es el apuro en ir a buscarlo inmediatamente después del Mundial sabiendo lo mal que le había ido con Catar. Pero es lo que le gusta a la dirigencia. Adora que tengan perfume europeo. Primero querían a Klinsmann, con asistentes alemanes, asesores alemanes y hasta con aguatero alemán. Luego fueron rimbombantemente por Jordi Cruyff, un fantasma de la dirección técnica que traía la receta para ser superpotencia mundial. Y tras aceptar a regañadientes a Gustavo Alfaro como última opción, porque no había más tiempo, volvieron por otro europeo. El hincha le apunta a Sánchez Bas, pero él no se contrató solo.

Opinión

Lo bueno, lo malo, lo lindo, lo feo

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 16 de julio de 2024 / 21:04

¿Buena, mala, regular…? Definir la Copa América que acaba de terminar es complicado. Quienes estuvieron presentes no bajan de la palabra desastre, aunque es verdad que mezclan lo deportivo con las peripecias personales soportadas en los extensos viajes, los altísimos costos y todo tipo de incomodidades. Realizar un torneo en 14 sedes en un territorio tan gigantesco como Estados Unidos parece, de antemano, una idea temeraria. Y eso para sólo 32 partidos. Lo aconsejable tal vez era agrupar todo en un solo estado.  

* El juego. Apenas unas líneas por encima de discreto, como en la Eurocopa. En Europa hubo partidos más vibrantes en la primera fase, luego decayeron. Aquí se puede decir que los tres mejores espectáculos fueron aquellos en los que intervino Colombia: versus Brasil, Uruguay y Argentina. Por el fragor y la tensión imperantes en los tres. Faltaron goles: apenas 70, a 2,19 por juego, la media más baja de las últimas cinco copas.

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* La guerra. Uruguay 0 – Brasil 0. Volcánico, ríspido, con excesivo juego brusco. No gana el fútbol con duelos así.

* El equipo. En cuanto a exhibición, Colombia. El que hizo más goles, el más ofensivo, el de individualidades más destacables. Se despintó en la final, aunque no lo desmerece.

* El campeón. Un equipo granítico, que sabe manejar los partidos bravos, duro, inteligente, solidario entre sus miembros, con un arquero y tres defensas excepcionales: Dibu Martínez, Romero, Lisandro Martínez y Tagliafico. Y un goleador encendido: Lautaro Martínez.

* La ganadora. La FIFA, que mandó un contingente a Estados Unidos a tomar nota de esta experiencia de la Copa América y seguramente sabrá cuáles son los puntos altos y bajos, de cara al Mundial de Clubes 2025 y el Mundial de selecciones 2026. Las dos principales: el estado de las canchas y la climatización de los estadios. En Catar ambos aspectos fueron perfectos. Aunque igualar a Catar será difícil: fue extraordinario en todo.

* El Once ideal. No se trata de combinar jugadores de diferentes países para que quede salpicadito sino de incluir a los que jugaron realmente bien, que lo hicieron en la mayor cantidad de partidos y que llegaron más alto. Bajo estos preceptos, es difícil salirse de Argentina y Colombia. Dibu Martínez (Argentina); Daniel Muñoz (Colombia), Cuti Romero (Argentina), Dávinson Sánchez (Colombia), Nicolás Tagliafico (Argentina); Richard Ríos (Colombia), Jefferson Lerma (Colombia), Alexis Mac Allister (Argentina), James Rodríguez (Colombia); Jacob Shaffelburg (Canadá), Lautaro Martínez (Argentina).

* Lo increíble. El notable rendimiento de James Rodríguez. Nadie podía esperarlo dadas sus actuaciones en los últimos años. Incluso había disputado apenas 265 minutos en el São Paulo desde enero hasta junio. Pasó de la inactividad total a ser la estrella de la Copa. Se lo vio feliz, enfocado, lúcido, decisivo para llevar a Colombia a la final, en la que no brilló, pero ya el premio al mejor jugador lo había logrado con lo anterior. Su pegada del balón, sobre todo en jugada detenida, es fantástica. Elige a quien destinar el centro y posee una precisión quirúrgica. Relanzó su carrera. “¿Y los que lo criticaban, qué dicen ahora…?” Nada, lo hacían con absoluta razón. James cambió.

* La mancha. La organización. La Conmebol informó en un comunicado que contó con 42.000 colaboradores (¿42.000, seguro…? ¿No es mucho…?) Pese a tal número, hubo quejas por los campos de juego, en los que se levantaban los panes de césped puestos sobre el piso artificial; de los periodistas que no tuvieron condiciones mínimas para desarrollar su trabajo (nunca olvidemos que la prensa se encarga de difundir el torneo); del calor agobiante en las sedes adonde se llevaron partidos (53 grados en California, 45 en Arizona). Y la bochornosa y casi trágica jornada final en la que hubo desmanes, desmayos, golpes, detenciones y escenas horrendas en lo que debió ser una fiesta deportiva maravillosa. Gente que pagó miles de dólares para estar ahí y sufrió un destrato insólito. La final comenzó 1 hora y 22 minutos después de lo programado y el entretiempo tuvo 28 minutos en lugar de 15 para dar cabida a una gala musical que pasó inadvertida.

* El éxito. Los ingresos. La Copa América es un negocio fabuloso que moviliza centenares de millones de dólares. Sólo un dato: para la final en el Hard Rock Stadium de Miami había 75.540 entradas disponibles. El sitio oficial designado por Conmebol para la venta de boletos -Ticketmaster- ofrecía en los últimos días las más baratas a 2.500 dólares y las más caras a 20.000. Obviamente quienes las compraron hace dos meses pagaron bastante menos. Pero si se hiciera un promedio a la baja, digamos 800 dólares, nos daría una taquilla de 60 millones. Y es apenas unos de los tantos rubros. Luego están los parqueos (en la final costaban de 60 a 100 dólares), el mercadeo, las comidas, los patrocinadores, la venta de derechos de televisación…

* ¿Volverá…? Semejantes volúmenes de dinero obligan a preguntarse si la Copa América 2028 retornará a su lugar de origen, Sudamérica. Sólo un ejemplo: en Estados Unidos 2024 se vendieron 1.571.878 localidades a una media de 49.121 por juego. En Chile 2015 fueron 655.801 (58,3% menos) y un promedio de 25.223 pagantes, de por sí muy bueno. Además, en nuestro subcontinente las entradas valen un 300% menos. Pregunta: ¿En qué otro país se encuentra una clientela de 65 millones de latinos ávida de ver a nuestras selecciones…? ¿Los dirigentes de Conmebol le van a dar la sede a Venezuela, Perú, Chile, Ecuador, Uruguay, Bolivia, Uruguay, Paraguay…? Huuuuuummmm…

* Irrisorios. Los premios para las selecciones. Es verdad que se aumentaron en más de un 100% respecto a la edición anterior de Brasil 2021, pero en virtud de la facturación global parecen bajos. Los 16 equipos recibieron 2 millones de dólares por participar. Y luego están las recompensas por ubicación. El campeón cobra 16 millones, el segundo 7, el tercero 5 y el cuarto 4. Es cierto que desde la presidencia de Alejandro Domínguez los premios de todos los torneos se han aumentado en más de un 350%. Pero en esta Copa suenan a poquito.

* La esperanza. Que la Copa siga creciendo. Aún con todas las críticas, Estados Unidos le dio un marco de supertorneo, por la importancia de país, por los megaestadios y por los millones de inmigrantes que le dan colorido. Por tradición, la Copa América es uno de los grandes orgullos del fútbol sudamericano, hay que cuidarla y enriquecerla cada vez más.

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Se trata de che con la gloria

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 15 de julio de 2024 / 20:41

El Obelisco se vuelve a llenar, las plazas de todo el país también. Encienden sus luces y se escucha bullicio, gritería. Pese al frío cruel de este invierno y ser muy pasada la medianoche, la gente sale a las calles a celebrar y desfoga su emoción, su orgullo. Argentina campeón, otra vez…

Ya suma 16 títulos de Copa América, la copa que creó en 1916 vuelve a ser suya. Es un pueblo que necesita triunfos futbolísticos, se alimenta de ellos, porque es un país de fútbol. La gente vive para este deporte, come y piensa fútbol.

Alguien podría decir “¡qué banalidad… El fútbol es un hecho menor, secundario en la vida de una comunidad”. Pero ser campeón mundial o ser campeón de América en esto genera prestigio. Un periodista alemán, comentando la nueva conquista celeste y blanca, dijo: “Esta nación está en la cima del mundo, en la cima del fútbol”.

Él posiblemente ignore los problemas económicos que atraviesa el país, pero no ignora que ser campeón en fútbol requiere de enormes facultades, más que de habilidades. Una nación no puede ganar tantos títulos en fútbol sin una serie de atributos espirituales.

Siempre decimos que Inglaterra es la cuna del fútbol, Brasil la patria del jogo bonito y Argentina la capital de la pasión. Esa pasión es una marca país y reporta una buena imagen desde el exterior. Por eso no es en absoluto una frivolidad la importancia que su gente le da.

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No alcanza con jugar bien, no alcanza con habilidad, fuerza o talento. Ser campeón exige de una serie de virtudes o elementos agregados: temple, carácter, aplomo, resistencia, inteligencia, liderazgos, unión, colectivismo, amistad, conducción. Por eso es tan difícil coronar. Un buen partido lo hacen muchos, un gran torneo, algunos, campeón es uno solo. Todo ese conjunto de que hablamos le dio a Argentina un nuevo título continental.

Copa América – Mundial – Copa América. Una trinidad tan difícil que en un siglo de fútbol sudamericano se consigue por primera vez. Y se logra más por las virtudes intelectuales y anímicas que futbolísticas. Tiene buenos jugadores, desde luego, pero su fuerte está en la cabeza y en el pecho más que en las piernas. Cómo piensa los partidos, cómo los trabaja, cómo los saca adelante, la energía interior que pone en cada jugada, en cada salto o carrera. Es ese “no nos van a ganar” que los hace trabar con la cabeza si es preciso.

Eso le agradece el pueblo a sus gladiadores cuando sale a celebrar pese al clima, la hora y las inclemencias: la forma en que los representa, cómo defienden la camiseta, la ilusión de sus compatriotas. Con pasión, con amor.

Luego de los desmanes generados por la caótica organización, tras una hora y 22 minutos de espera hubo un partido. Colombia prevaleció en el primer cuarto de hora. Lo que se preveía, pasó: más activo, más rápido, más ofensivo, dominante y buscando el área rival. Ahí se dio su mejor y única acción de riesgo de todo el partido: el tiro de John Córdoba que tocó el palo del lado de afuera y se fue por línea de fondo. Un casi, casi… Eso le hizo pensar a Colombia que lo tenía. Sin embargo, lentamente Argentina comenzó a nivelar las acciones y volcarlas de a poco a su favor.

Se fue el primer acto, vinieron 28 minutos de entretiempo para que Shakira hiciera un poco de ruido y se llevara 2 millones de dólares, y luego regresó la final. Ya Colombia se fue apegando como una vela. James Rodríguez, sin dudas el mejor jugador del torneo, esta vez no incidió en absoluto, lo taparon. El eléctrico, velocísimo e impredecible Luis Díaz no fue ni eléctrico ni veloz, aunque sí predecible. El corpulento John Córdoba no pudo contra una defensa casi feroz en los anticipos y cierres. Richard Ríos se perdió entre la bruma y el equipo de Lorenzo, sin duda el que más brilló englobando toda la competencia, quedó sustentado en la fuerza mental y física de dos colosos: Jefferson Lerma y Dávinson Sánchez. Se lo notó cansado a Colombia, Argentina tomó nota, se adelantó en el campo y comenzó a ver de cerca la cara de Camilo Vargas.

Un gesto de Richard Ríos, excelente volante colombiano, pasó casi inadvertido para el público, no para sus rivales: corría el minuto 89, aún iban 0 a 0 y estaba siendo reemplazado; antes de salir del campo se paró para quitarse las canilleras, bajarse las medias, aflojarse los botines, algo que los futbolistas hacen en el banco, pero dentro el rectángulo conllevaba una sola intención: hacer un poco de tiempo, dar un respiro al equipo. Los jugadores argentinos, cazadores expertos, seguro captaron la escena en su real dimensión: “estos están muertos, vamos por ellos”. Y se fueron con la escopeta encima de Colombia en el suplementario.

Lerma estaba exhausto, debieron masajearlo ya antes de ser sustituido. También salieron otras tres columnas del equipo como James, Lucho Díaz y Ríos. Y Argentina, sin Messi desde el minuto 66 por un fuerte entorsis de tobillo, también refrescó la tropa y exhibió su decisión de ganar antes de llegar a penales. Y los tres que entraron juntos en el minuto 97 construyeron el gol de la victoria: una sensacional barrida de Paredes cortó una salida de Colombia, gran pase profundo a Lo Celso, notable asistencia de primera a Lautaro Martínez y el goleador del Calcio y de esta Copa mandó un balazo cruzado que Vargas ni alcanzó a ver. Iban 112 minutos. Colombia ya no tenía resto para levantar ese cheque.

Los números revelan elocuencia: se quedó con la corona un equipo que ganó cinco partidos y empató el restante, que marcó 9 goles y sufrió apenas uno, el de Ecuador, que llegó al minuto 91. Este de Argentina es un grupo de futbolistas con grandes condiciones, pero sobre todo inteligentes para manejar los partidos y llevarlos a su mejor hacer, con una defensa de acero, un carácter y una solidaridad que pocas veces se da en los grupos humanos. Lionel Scaloni, el notable gestor de este proceso exitoso dejó una radiografía de lo que es esta Argentina: “El equipo no deja de sorprender, se repone a las dificultades de un partido difícil, con un rival muy complicado y sin hacer un primer tiempo bueno, en el segundo mejoramos y merecimos ganar. Y en la prórroga siempre da un plus. Es gratificante verlos jugar y estoy eternamente agradecido por cómo se brindan”.

No fue el festival de fútbol que muchos esperaban por el estilo de los técnicos, como en toda final reinaron la cautela y la tensión, sin embargo resultó atractivo y, sobre todo, limpio. Tampoco hubo que lamentar fallos arbitrales que perjudicaran a ninguno. Argentina genera un espejismo, parece un equipo ganable, aunque es casi imposible hacerlo. Lleva dos derrotas en 62 partidos.

El país del fútbol (el verdadero) celebra una nueva corona. ¡Salud, campeón…!

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La parábola inversa

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 13 de julio de 2024 / 21:29

En Argentina se discute (y en general se aprueba) si la actual es la mejor selección de su historia. En Colombia lo mismo. Significa que estamos frente a dos formidables equipos.

Por extensión, esto nos lleva a pensar que veremos una superfinal, y no sólo atractiva, también menos bélica que los duelos de Colombia ante Brasil y Uruguay. No más amable, sí más civilizada. Y mejor jugada.

Finales hay muchas, siempre llegan dos, algunos buenos, otros no tanto. Acá ambos son inmejorables: el campeón mundial de un lado, el mejor del momento del otro. Preguntamos comedidamente: ¿quién en el mundo juega hoy mejor que Colombia…? ¿España…? Lo vemos a la par. ¿Quién más…? No avizoramos.

En el último año y medio la máquina de Néstor Lorenzo derrotó a Alemania, España, Rumania, Japón, Brasil, Uruguay, México, Estados Unidos…  A todo lo que le salió al paso. Y con fútbol, atacando, convenciendo. El largo invicto habla de la personalidad: no les gusta perder.

Es, pues, la final soñada. Y ojalá sea la imaginada, de juego brillante y ganador indiscutible. Pero no llegan igual. La parábola de ambos apunta en sentido contrario. La flecha de Argentina está en bajada, la de Colombia, en subida. Son los momentos de los equipos. Acontece en toda actividad humana: luego de que se llega al cénit comienza el descenso.

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Y Argentina hizo cumbre al alcanzar la corona en Catar. El carácter de sus jugadores, los puntos altos como Messi, Dibu Martínez, Cuti Romero lo mantuvieron en un nivel competitivo considerable, que en números impresiona: ha perdido sólo 2 de sus últimos 61 partidos. Encabeza la clasificatoria para el 2026 y ha llegado sin derrotas a esta definición. De modo que, respeto.

Sin embargo, ha bajado su producción. Todos los partidos le cuestan. Le cuesta Canadá, le cuesta Chile. Se dice que llegó a la final por la ruta de la seda (Chile, Perú, Ecuador y Canadá), pero nadie pensó que Perú y Chile serían tan famélicos (no marcaron un gol) y Ecuador no tiene nada de sedoso. Sus defensas y delanteros son atletas que cumplen el lema olímpico: más rápido, más alto, más fuerte. Los canadienses, igual.

Esta Argentina modelo 2024 genera menos situaciones de gol y pasa algunas zozobras atrás. Ha perdido frescura, su circulación de pelota, esas combinaciones de pases que fueron su virtud y fortuna no se dan tan seguido ni con aquella fluidez. Falta chispa en la media cancha, que es la cocina del fútbol. No están finos algunos de sus elementos clave como Mac Allister, aunque levantó en el último juego. Le va decididamente mal a Enzo Fernández, parece desgastado De Paul. Lo bueno, Messi está un poco mejor físicamente y, sin molestias, hace diferencia siempre.

Su fuerte: aún mantienen el hambre de gloria. Scaloni, un joven sabio, magnífico conductor de grupo, ha logrado preservar el ojo del tigre de la tropa, su idea futbolística está internalizada y, como dice Messi, “una final es un partido aparte”. Todo puede suceder. Es altamente probable que salga con Dibu en el arco; Montiel, Romero, Lisandro Martínez y Tagliafico en defensa; De Paul, Mac Allister y Enzo Fernández (porque no hay otro) al medio; Messi, Julián Álvarez y Di María para lastimar.

Es fácil advertir que los once son del Mundial. No ha habido recambio. Scaloni ha llamado y probado una docena de nuevos, ninguno dio el nivel para meterse en el equipo. O sea, a veinte meses de la final ante Francia, tienen que seguir los mismos. Pero, cuidado, este perro muerde. Saben que están a un escalón de enhebrar un collar histórico: Copa América – Mundial – Copa América. Dejarán la sangre en el intento.

Colombia tuvo un día menos de descanso y viene de dos partidos volcánicos ante Brasil y Uruguay. Podría jugarle en contra, pero tiene a favor el optimismo, el jugador número doce. Una pastilla de optimismo quita el cansancio, los dolores, todo.

Es un equipo fenomenal. Si hoy fuera el Mundial nos atreveríamos a decir que está para campeón. Respetamos todas las opiniones y adoramos el pasado, pero esta es la mejor Selección Colombia que este cronista vio. Tiene todo: juego, garra, fuerza, mente, carácter, gol, individualidades, pasión. Puede revertir un resultado. Es un extraordinario finalista como no se da en todas las ediciones. El que mejor ha jugado en esta Copa. Una posible victoria sería consagratoria para el fútbol colombiano, ingresaría en otra dimensión.

Colombia, por sí sólo, puede hacer un top seis de los mejores del torneo: James Rodríguez, Jefferson Lerma, Muñoz, Dávinson Sánchez, Mojica y Lucho Díaz. La carga de estos muchachos es que necesitan concretar, levantar la Copa. Es casi obligatorio. Eso sí puede pesarle. Argentina deberá cuidarse de una fórmula letal de Colombia: los centros de James y las cargas de la fuerza aérea: Lerma, Dávinson y Córdoba. No tiene gente alta Scaloni, el que sacaba todo de arriba era Otamendi, pero ahora está grande y es suplente, ya va para 37. Se puede llegar a impedir que James levante centros en jugadas, en pelotas paradas no. Colombia lamentará la ausencia de Muñoz, un lateral de novela, el mejor del torneo, pero no tanto, Santiago Arias es un férreo marcador también. No hay secretos: es casi un hecho que Colombia saldrá con Vargas; Santiago Arias, Dávinson, Cuesta y Mojica (jugó el partido de su vida ante Uruguay); Richard Ríos y Lerma; John Arias, James Rodríguez y Luis Díaz; John Córdoba.

Junto con Xabi Alonso en el Bayer Leverkusen, Scaloni y Lorenzo son los dos máximos descubrimientos técnicos a nivel mundial. No hay mejores. Los dos tienen un estilo similar: estimular el buen fútbol, presionar alto y jugar en campo contrario. ¿Quién lo logrará…?

Sensaciones… Están cincuenta y cincuenta. Puede que Scaloni vuelque a Di María por derecha para contener las subidas de Mojica, que, si se junta con Luis Díaz, complicarían en exceso a Montiel. Éste ya tendrá demasiado con parar a Lucho. Puede que De Paul encime a James para coartarle libertad. Argentina debe impedir los centros. Por esa vía lo complicaron Ecuador y Canadá. La movilidad de Julián Álvarez hará que Cuesta y Dávinson también se cuiden atrás. Colombia tiene un biotipo físico superior a Argentina y eso gravita en las divididas, en el salto, en la carrera. Quizás la única ventaja de Argentina hoy es que, si empatan y van a penales, tiene a Dibu Martínez, un gigante del arco con tremenda influencia psicológica sobre rivales y compañeros, sobre el escenario mismo.

Está todo dado para que veamos una final inolvidable. Incluso mejor que la de Europa. Ojalá, prestigiaría al fútbol sudamericano.

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Una Copa sacatécnicos

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 12 de julio de 2024 / 23:06

En los años noventa algunas selecciones acudían a la Copa América con equipos alternativos, muchos jugadores que actuaban en Europa “gambeteaban” el convite, los entrenadores decían que era un buen tubo de ensayo para las Eliminatorias. No la tomaban muy en serio. Eso cambió por completo. El grado de exigencia ha aumentado extraordinariamente. El prestigio de la Copa da alto reconocimiento a quienes la ganan o a quienes cumplen buen papel.

Esta Copa es redentora para James Rodríguez, que volvió a sus estándares del Mundial 2014 y alcanzó niveles de superhéroe en Colombia. Jeyland Mitchell, el zaguero costarricense que se devoró a Vinicius ante Brasil ya fue fichado por el Feyenoord de Holanda. Y cuatro técnicos fueron cesados por la mala actuación de sus equipos. Tales indicadores reflejan la importancia actual de la Copa.

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* Disyuntiva. El interés y la significación alcanzada por la centenaria competencia lo ratifica una declaración de Orlando Ascensio, subeditor de Deportes del diario El Tiempo. Se le preguntó qué elegirían hoy los hinchas colombianos si tuvieran una sola opción: ganar esta Copa América o ir al Mundial. “Creo que la mayoría prefiere ser campeón de América”. Un sondeo en Twitter lo ratificó: un 78% escogió ganar esta Copa, que sería un logro histórico, consagratorio para el fútbol colombiano, por el momento del equipo, por la escalera de rivales (Brasil, Uruguay, Argentina) y por las formas: jugando un gran fútbol.

* Adiós. Las pobres campañas de sus selecciones y el descontento de los hinchas provocó el despido o la renuncia de cuatro de los dieciséis entrenadores que llegaron al torneo: Greg Berhalter (Estados Unidos), Daniel Garnero (Paraguay), Félix Sánchez Bas (Ecuador) y Heimir Hallgrímsson (Jamaica). La Federación de EE.UU. fue concisa y clara: “No se cumplieron las expectativas”. Eso vale para todos. A su vez, quedaron malheridos Jaime Lozano (México) y Dorival Junior (Brasil). Y muy tocados Antonio Zago (Bolivia) y Jorge Fossati (Perú). El 50% cesanteados o cuestionados. Ahora, la Copa no perdona.

* Cachet. Se especula que Shakira, que cantará mañana en el entretiempo de Argentina-Colombia como telón de la Copa América, cobrará alrededor de 500.000 dólares por sus diez minutos de actuación. En comparación, sería bastante más que los 667.000 que percibió por partido cada selección en la primera fase del torneo. No es que Shakira cobre mucho, los equipos reciben poco.

* Precios. Argentina-Messi es el equipo más convocante del mundo y Colombia tiene una colonia de inmigrantes gigante en el país de Washington. El Hard Rock Stadium de Miami, escenario de la final, tiene aforo para 75.540, pero no alcanzará para la expectativa despertada. Está claro que, si hubiese un estadio para 300.000, rebalsaría igual. Y los precios son estratosféricos. La entrada más económica para el choque por el título en el sitio oficial de venta concesionado por la Conmebol -Ticketmaster- es de 2.249,48 dólares y la más elevada 11.903,95. Sólo quedaban unas pocas. En reventa seguro se podrán conseguir todavía, pero a costos mucho más onerosos. La taquilla, como todos los demás rubros, será ultramillonaria. Tantos ingresos no tienen correlato con la pobre recompensa que se llevan las selecciones.

* ¿Popular…? Ir a un solo partido de la Copa por intrascendente que éste sea, al menos en Estados Unidos, supone un gasto gigantesco en boleto, transporte y comidas. No sólo va el que quiere sino el que puede. La comercialización del futbol ha cambiado radicalmente, ya no es un deporte para el pueblo. En Europa no se permite poner cualquier número al valor de las localidades, hay límites. Por eso la Eurocopa es mucho más democrática y accesible. Hay cuatro niveles para la final de Berlín: 300 euros, 600, 1.000 y 2.000. La taquilla en Alemania tal vez no llegue ni a la mitad de la de Estados Unidos.

* Clima. Se prevé una temperatura media de 28 grados a las 8 de la noche del domingo en Miami. Tolerable. Sin embargo, las altas temperaturas fueron uno de los puntos inquietantes de esta Copa. El pasado sábado 6 se registró en California un pico de 53 grados. En Arizona llegó a 45. Ambas ciudades albergaron partidos de la Copa América. La FIFA, que ha enviado una delegación para estudiar los distintos aspectos de esta competencia, seguro lo tendrá en cuenta y es posible que solicite climatizar todos los estadios para el Mundial 2026. Eso le obligaron a hacer a Catar en 2022, además de cambiar la fecha de disputa.

* Edad. Los finalistas están parejos en promedio de edad: Colombia (28 años y 2 meses), Argentina (28,5). El fútbol está signado actualmente por la intensidad y no es posible competir con posibilidades sin frescura física. Lo acaba de explicar Ricardo Gareca, al comentar por qué decidió excluir de la Selección Chilena a Arturo Vidal, Gary Medel y Charles Aránguiz: “El recambio siempre es algo que se da naturalmente, no porque uno quiera. Tiene que ver con el rendimiento y otras cosas puntuales, porque si contás con mayoría de muchachos de 36 ó 37 años, hay un promedio de edad que sí o sí tenés que bajar, porque si no se complica el nivel de competencia. Si te cargás de gente demasiado grande, lógicamente vas a tener problemas a la hora de disputar con intensidad en la parte física, más allá de que lo técnico también importa”.

* Candidato. Colombia ha jugado claramente mejor que Argentina en lo que va de la Copa, incluso enfrentó rivales más complejos, no obstante, en todas las casas de apuestas la Albiceleste casi dobla en favoritismo a su rival de mañana: El once de Scaloni paga en casi todas 2,10 ó 2,15 por cada dólar apostado, Colombia devuelve entre 4,15 y 4,33.

* Despedida. La de Uruguay, entre golpes, corridas y broncas. Del Mundial de Catar se fue con varios futbolistas increpando gravemente al árbitro, rompiendo la cabina del VAR que utiliza el juez, casi tomando del cuello a un juez de línea. Era la rabia por no concederle un penal. De esta Copa América sale envuelto en un disturbio pleno de violencia en el que los jugadores pelearon con hinchas colombianos. Se argumenta que agredieron a sus familiares. Es posible, pero es una antigua costumbre. Un fútbol respetado, admirado y hasta temido como el uruguayo no se puede ir de los torneos entre agresiones cada vez que pierde. Hay 11 futbolistas celestes sumariados por la Conmebol. En Sudamérica, por lo general las sanciones quedan en nada.

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La batalla de Charlotte

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 11 de julio de 2024 / 21:20

Uruguay es el cuco del campeonato, Colombia el que mejor juega, se sabe que es una final anticipada porque son los dos mejores del momento.

Brasil es un bello recuerdo, Argentina no está como en el Mundial. Colombia, si gana la partida, debe tener una escalera real en la mano: Brasil, Uruguay, Argentina. Terrible prueba, nunca una corona habrá costado tanto. Ya pasó a la Verdeamarela. Toca Uruguay, que tiene asustados a todos.

Vuelan estos celestes, atacan como no lo hicieron en más de cien años. Aunque ante Estados Unidos se olvidaron del bielsismo y ganaron ahí nomás, con un gol discutido.

Y ante Brasil se acordaron que son Uruguay y metieron leña como para un invierno entero. Ahora prometen más, aunque no estará Nández, capaz de hachar un bosque él solo.

Las tribunas son un gran mosaico amarillo con puntos celestes. Son 70.644 que han pagado boleto. Esta Copa es un negocio pingue para muchos, menos para los animadores, los que entrarán al campo. Los que ya se fueron a casa se llevaron dos milloncitos de dólares.

Hay clima de fiesta, aunque todos saben que en el rectángulo habrá roces, empujones, broncas, palabrotas, amenazas, o sea, el variado menú sudamericano en este juego de la pelota.

Tocan los clarines, se enarbolan las banderas y empieza la lid. Conociendo a Bielsa, es obvio que Uruguay mandaría la caballada al frente, conociendo a Lorenzo era seguro que no se achicaría. Y el primer café lo sirve Muñoz: centro de Luis Díaz, cabezazo apenas desviado del mejor lateral del torneo. Era para gol.

Pero Uruguay es joven, fuerte, se siente favorito y ese potro indomable que es Darwin Núñez se escapa tres veces seguidas, a los 17, 21 y 27 minutos y tira las tres afuera desde buena posición. Tino Asprilla le había arrojado unos dardos en la previa (“Se controla solo, necesita que le pongan seis balones para meter uno”, había dicho). Y Núñez parece querer responderle con un par de goles, pero tiene el caño de la escopeta torcido. Siguen 0 a 0.

Colombia contesta a los 33’ con otro cabezazo, esta vez de Córdoba, que se le va por centímetros. Y cuando las agujas de Cronos daban los 39’, gol de Colombia. Perdón, golazo. Córner de James, el mejor centrador del mundo, a la cabeza de Jefferson Lerma, porque James hasta te elige el parietal. Lerma es el Coloso de Rodas, se eleva imperial entre Ugarte y Josema Giménez, y mete el cabezazo perfecto, de pique al suelo, como dictan las sagradas escrituras del fútbol. Se mete por un estrecho hueco entre el arquero Rochet y el palo.

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Ugarte no salta, Giménez sí, pero poco, y Rochet no sale. Entre los cuatro decretarían que Uruguay pase a perder. Es un gol de gladiador el de Lerma. Un gol psicológico. Uruguay lo sintió como un palo en la nuca, no entraba en sus cálculos. Como el boxeador que va dominando el combate, se nota confiado y de pronto recibe un gancho al hígado que lo paraliza.

Inmediatamente después llega la acción que daría un vuelco a la historia. En una reyerta de las varias, Ugarte le da un pellizcón en la cintura a Daniel Muñoz y este reacciona enfurecido con un codazo. Ugarte cae retorciéndose y Muñoz recibe tarjeta roja. Inesperado. Resulta sorprendente la reacción de Muñoz, sobre todo teniendo amarilla, pero hay que estar ahí, en ese mar de nervios y emociones fuertes.

Ugarte, el rey del pase atrás, es un jugador menos que discreto, pero un virtuoso en el arte de calentar rivales a la vieja usanza. Lo hizo con Messi y De Paul en cancha de Boca. Le dijo a De Paul “mamadera de Messi”. Enloqueció a ambos. Messi, fuera de sí, tomó del cuello a Mathias Olivera, capitán uruguayo. No lo echaron porque es Messi. Ugarte sonrió, los sacó del partido, Uruguay ganó 2-0.

Se iba el primer tiempo y millones pensamos lo mismo: no va a aguantar Colombia un tiempo entero con un hombre menos, esto es mucho Uruguay. Néstor Lorenzo, el mayor descubrimiento mundial a nivel de dirección técnica junto con Scaloni y Xabi Alonso, rearmó el equipo: salió John Arias, volante mixto, y entró Santiago Arias, lateral puro.

El gol ya estaba hecho, había que defenderlo. Pero ¿cómo…? Uruguay vendría con toda metralla. Y vino. Dominó, empujó, cascoteó, convirtió el partido en el Sitio de Alejandría. Colombia, amurallado, tirando aceite hirviendo desde las torres. Lorenzo refrescó el equipo, exhausto de tanto rechace. Sacó al 9, John Córdoba, y puso un 2 neto, Yerry Mina, un metro 95, un individuo que puede estar una semana cabeceando sin parar. Colombia alineó cinco atrás, casi tocando al arquero, y otros cuatro delante de ellos. Una línea Maginot.

Bielsa sacó del armario a Luis Suárez: “entrá y arreglá esto”. Y el Pistolero, apenas ingresado, mandó un pelotazo al palo. En Colombia casi muere la mitad de la población. El dramatismo aumentaba por minuto. Era el ansia contra el aguante. Y era hermoso, la belleza tiene muchos rostros y esto hacía rato había dejado de ser un cotejo de fútbol para convertirse en una batalla. Uruguay con flechas, con palos, con piedras lo intentó todo, pero Colombia no aflojó nunca. Cuando ya el reloj se acercaba a los 90 todos intuíamos que podría caer un gol uruguayo, no podía resistir más Colombia. Pero a medida que lo peloteaban, más se agrandaban los de amarillo. Nunca la habíamos visto tan aguerrida. Lo que jugó el lateral izquierdo Johan Mojica fue antológico. Ponerle 10 puntos es casi insultar su esfuerzo, su moral, regó todo el campo con su sangre.

El juez mexicano (ecuánime, por cierto) dio 7’ de adición, una vida para los corazones colombianos. ¿Soportaría siete más…? Lo hizo, sin problemas. El arquero colombiano Camilo Vargas no tuvo una sola parada de riesgo, fueron tiros por arriba, centros conjurados por Yerry Mina o Dávinson Sánchez, pelotas muy pasadas o mal dirigidas… Colombia tuvo tres en que era más difícil errar el gol que hacerlo, dos de ellas en los pies de Matheus Uribe.

Respetamos todas las opiniones, adoramos el pasado, pero esta es la mejor Selección Colombia que este cronista vio. Tiene todo: fútbol, garra, fuerza, carácter, mente, gol, individualidades, pasión, resistencia. Extraordinario finalista. Por si acaso, que no venga el Tino Asprilla a decirnos que ellos jugaban mejor. No, Tino.

Reflexiones finales… El mejor duelo de la Copa América. Y de la Eurocopa también. Tuvo emociones, drama, juego, tensión. Los partidos no tienen que terminar 5 a 4 para que el fútbol guste. Con 1 a 0 sobra si tiene los ingredientes necesarios. Excepcional triunfo de Colombia. Es por mucho el equipo sobresaliente de esta Copa América hasta aquí. Uruguay no sabe ser favorito, para ganar tiene que ir de punto. Ojalá veamos una final para la historia.

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