Nacional

domingo 16 may 2021 | Actualizado a 11:45

Evo Morales sugirió a Carlos Romero que saliera del país, pero éste no quiso

En sus memorias de los últimos nueve meses, que acaban de publicarse en Argentina, el expresidente habla de sus ministros y lamenta que algunos no pudieran exiliarse. Culpa de su caída al “proceso de cambio de los militares”.

El exministro de Gobierno Carlos Romero cuando ingresaba a una pasada audiencia cautelar. Foto: APG - archivo

/ 31 de agosto de 2020 / 08:03

El expresidente Evo Morales sugirió a su ministro de Gobierno, Carlos Romero, que actualmente se halla en detención domiciliaria, que saliera del país antes de que lo apresaran, según relata en un libro de memorias que acaba de publicarse en Argentina.

En el texto, titulado “Volveremos y seremos millones” (Editorial Planeta), Morales lamenta que otros de sus ministros no se hubieran “retirado” de la Residencia de México a tiempo para escapar. “No tenemos nada: es un tema político”, explica respecto a los procesos que han sido planteados contra ellos y contra él mismo.

“La misma noche de la renuncia, algunas personalidades del gobierno, familiares, se han ido a la embajada mexicana. Era entendible”, se lee en la obra.

Luego el exmandatario recuerda que “algunos prefirieron salir, como la Nélida Sifuentes. No tiene nada y se salió sin problemas en Chuquisaca. Algunos abandonaron y salieron hacia Europa. Y algunos se quedaron y ahora no pueden salir. El último en salir fue el compañero ministro César Navarro”.

Morales resume la situación así: “La mayoría se retiró oportunamente, clandestinamente, y a algunos sacamos, como a Luis Arce, y algunos se quedaron pero no se animaron a retirarse. Si se retiraban no hubiesen estado ahí. Se quedaron ahí y ahora no pueden salir”, señala en alusión a los siete jerarcas del Movimiento Al Socialismo (MAS) que viven en la Residencia de la Embajada de México por falta de salvoconductos para abandonar el país. 

Morales cuenta que le dijo a Carlos Romero: “Te van a procesar”. A lo que el exministro le respondió: “No, yo no tengo nada”.

Morales rememora que entonces le explicó que había razones políticas que pesaban en su contra. “Como no podían meter en la cárcel a Evo, a Álvaro (García Linera) ni a otros que estaban en la Embajada, entonces (querían) una prueba, una muestra”.

Por eso, él creía, iban a encarcelar al exministro de Gobierno.

El relato continúa con Romero aceptando salir a Argentina y Morales recomendándole rutas alternativas para hacerlo por tierra. “Pero el Carlos Romero no me creía”, explica.

La portada del libro de Evo Morales, adelantada por el portal Infobae.

“Un poco dudó y cuando estaba en la preparación se lo llevaron detenido a la cárcel. Ahora está con arresto domiciliario. En la cárcel estuvo en situación de riesgo, porque estaba… con los que él había metido”, añade.

También reclama que se le haya fijado una fianza mucho más alta que para los miembros del actual gobierno que están involucrados en juicios de corrupción.

Al caso de persecución judicial al que concede más espacio es al de Patricia Hermosa, su secretaria, imputada con cargos de terrorismo y sedición.

Morales cuenta que Hermosa tuvo la fuerza para trabajar con él cuando estaba en el poder y la presión laboral era enorme, y luego el valor de seguir en contacto con él, lo que le costó la acusación que hoy pesa sobre ella. “Al (ex)ministro de Salud (Marcelo Navajas), implicado en temas de corrupción, por temas de respiradores, lo llevaron a la cárcel cuatro horitas. Después, arresto domiciliario por temas de salud. Patricia, solo por hablar telefónicamente conmigo, meses de cárcel”, denuncia.

Sacaba y Senkata

El expresidente se conmueve por lo sucedido en los días posteriores a su renuncia a la Presidencia, cuando seguía en México. Recuerda que el 14 de noviembre “los compañeros querían hacer su manifestación en la ciudad (de Cochabamba)… Cuando marchaban en la ciudad de Sacaba… ahí viene la masacre”. 

Según él, un comandante policial dijo en Cochabamba: “Prepárense, vienen las hordas masistas”. Esto lo empuja a la siguiente reflexión: “Antes nos decían ‘indios’, despectivamente. Decían que los indios son animales.
Ahora son ‘hordas masistas’. Ahora al indio le dicen ‘masista’. Así preparan el ambiente para esa masacre”.


También ironiza sobre la versión de los funcionarios gubernamentales sobre los eventos de Senkata, que denominan “enfrentamientos”. “En los ‘enfrentamientos’ solo caen los manifestantes. Ni heridos hay entre los uniformados”, dice.

Y añade: “La masacre de Senkata parece calcada de la caravana de la muerte que sucedió durante la ‘guerra del gas’ del año 2003, cuando también intentaron con tanques y balas abrir paso a los camiones cisterna que alimentan con combustible y gas la ciudad de La Paz. Aquella matanza se dio sobre la autopista. Esta vez los manifestantes cayeron frente a la planta”.

La tesis del libro

Según sostiene en estas memorias de sus nueve meses de exilio, Morales cayó por un “golpe de Estado” realizado por la Policía, que en Bolivia no funciona como una institución, sino como un grupo corporativo en busca de recursos públicos, y por los comandantes militares que recibieron millones de dólares de la élite opositora, “fascista y racista”, para echarlo del poder.

“El 7 de agosto (de 2019) todavía el Ejército mostraba su fidelidad. En el aniversario de las Fuerzas Armadas, el general expresó su apego al Proceso de Cambio, llamándome ‘hermano Evo, hermano Presidente’. Incluso, dijeron, declararon las Fuerzas Armadas que eran antiimperialistas, en contra de las normas, de las ideas, de la derecha. Pero cambió. Era ‘su’ proceso de cambio.”, ironiza.

Y luego asevera: “Hay comentarios, no confirmados, de que el comandante en jefe no rechazó un millón de dólares, de que los otros comandantes aceptaron 500.000 dólares. Falta averiguar, falta saber más de este hecho, pero quiero decirles que algo pasó”.

En el exilio

En cuanto a su vida como exiliado en Argentina, Evo relata que sus días en cuarentena son aburridos. “El tiempo parece sobrar, después de comer, de dormir, hacer ejercicios, grabar, algunas entrevistas. A veces me siento calabocista (sic). Detenido, me siento: encarcelado en un calabozo”, dicta a los editores del libro.

Morales cuenta que trabaja con varios equipos de exiliados bolivianos y de militantes izquierdistas argentinos. Repite anécdotas de la extraordinaria trayectoria que lo llevó de comenzar como pastor de llamas a ser el presidente más singular de la historia contemporánea de Bolivia.

En una de las pocas notas personales nuevas, el libro está lleno de alusiones a Salvador Allende, el presidente chileno que se suicidó para no caer capturado por las tropas golpistas del general Augusto Pinochet.

El expresidente boliviano se cuestiona si, después de su derrocamiento, él debió resistir y no buscar exiliarse. Zanja este asunto repitiendo la frase que entonces le espetó su vicepresidente García Linera: “Aquí, si queremos salvar el Proceso de Cambio, hay que salvar la vida de Evo”.

*Es periodista, columnista de La Razón

(31/08/2020)

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Nuevo mapa de actores en Bolivia

Este libro está un poco más allá de la polarización que desde hace años divide y tensiona a los bolivianos

/ 17 de marzo de 2021 / 14:36

SALA DE PRENSA

La historicidad de ciertos hechos contemporáneos es evidente en el momento mismo en el que ocurren. Así pasa por ejemplo con los sucesos de octubre y noviembre de 2019. Todos los bolivianos hemos observado y protagonizado estos sucesos, no importa en qué bando, con la sensación clara de que estábamos atravesando por “momentos históricos”. Esto que se dice a menudo por pura hipérbole —que tal o cual cosa es “histórica”— en este caso fue rigurosamente cierto.

La historicidad de octubre-noviembre de 2019 emergió, en ese mismo instante, ante nuestros ojos, gracias a que teníamos una visión colectiva de la historia como la sucesión de momentos en que la cotidianidad se rompe o acelera; de la historia como sucesión de “hechos de masas” y, simultáneamente, de eventos estatales o que comprometen fuertemente al Estado. Este “sentido común” boliviano no debería extrañarnos. La conciencia que se despierta en cada pueblo sobre su historia corresponde con el modo en que este pueblo hace esta misma historia.  

El libro Nuevo mapa de actores en Bolivia, que han compilado Jan Souverein y José Luis Exeni Rodríguez desde la Fundación Friedrich Ebert (FES), surge de esta interpretación histórica que, como digo, es colectiva y “de sentido común”. El libro atribuye a los hechos de octubre-noviembre la condición de bisagra entre dos etapas sucesivas o, para usar la metáfora que maneja, de sustitución de un elenco de actores sociales y políticos por otro. 

La obra no es propiamente historiográfica, pero se aproxima más a la historiografía que a la sociología estructural. Presenta una serie de recreaciones de lo sucedido durante la salida de un gobierno nacional-popular y el arribo de un otro gobierno que buscaba ubicarse en las antípodas del primero. Digamos que cumple la primera fase del trabajo historiográfico, esto es, colecciona los datos relevantes para las diversas interpretaciones históricas de los autores, y hace su primera articulación hermenéutica.

Como siempre ocurre, los autores leen el pasado desde el presente. Pero su presente no es el actual, en el que varios de los procesos desencadenados por las elecciones del 20 de octubre de 2019 han encontrado un desenlace, sino un tiempo previo, en el que esto aún no había sucedido. Tal cosa les quita a las monografías reunidas en el libro “profundidad de campo”, por así decirlo, pero en cambio les dota de vivacidad y, a aquellas que son críticas con el proceso que estaba en marcha y aún no había abortado, las reviste también de clarividencia y honorabilidad.  

No se infiera de lo que acabo de decir que los artículos de Nuevo mapa de actores en Bolivia estén cortados con la misma tijera ideológica o política. No, más bien se trata de una colección plural de análisis de los actores y los cambios sociales emergentes de la crisis. Fernando Mayorga analiza al Movimiento Al Socialismo, la secuencia de las reacciones de este partido a la derrota sufrida el 10 de noviembre y su preparación para actuar en las siguientes elecciones. María Teresa Zegada confirma la incapacidad crónica de los partidos de oposición para dirigir y encauzar la lucha contra el evismo. Yuri Tórrez pasa revista a los principales actores de la sedición contra el gobierno: los movimientos de las clases medias educadas. Jonas Wolff explica la lógica escondida del comportamiento aparentemente errático de las élites económicas respecto del capitalismo de Estado. Susana Bejarano y yo establecemos las razones y características de la “hegemonía instantánea” del relato comunicacional antievista en el campo mediático. Gabriela Reyes retrata las dinámicas del motín policial, que como se sabe dio el tiro de gracia al gobierno de Morales, en un artículo que proporciona claves importantes a quienes sigan buscando definir qué fue lo que pasó, si un “golpe de Estado” o una “insurrección burguesa”. Gustavo Fernández informa de los alineamientos de los organismos y las potencias internacionales frente a la crisis boliviana. Eduardo Paz explora las relaciones elusivas y polémicas entre religión y proceso de cambio. Finalmente, Eliana Quiroz y Wilmer Machaca nos hablan del papel de las redes sociales en los sucesos.

Algunos autores enfatizan los errores precedentes, las decisiones de Evo Morales que dieron lugar a la crisis. Otros, el carácter reaccionario de las fuerzas que ascendieron durante esta crisis y trataron de formar un nuevo bloque de poder. Ciertos artículos destacan por su acopio de materiales y otros por su atrevimiento ensayístico. Lo que todos tienen en común es que procuran alcanzar cierto nivel científico en lugar de parapetarse en la opinión política, si entendemos ésta como “creencia injustificada”. En otras palabras, detrás de los artículos asoma una misma actitud: una actitud cognoscitiva antes que instrumental. Es decir, se busca conocer, no cambiar el mundo.

Gracias a esto, este libro está en general un poco más allá de la polarización que desde hace años divide y tensiona a la sociedad boliviana. Puede trascenderla. Su lectura cuestiona algunos supuestos de las narrativas polarizantes. Es verdad que su propósito no es refutar estos relatos ni mucho menos eliminar uno en desmedro del otro. Sin embargo, al buscar un conocimiento sin error —que es la búsqueda asociada a la mencionada actitud cognoscitiva— llega a resultados que no se adaptan a las simplificaciones políticas de la historia.

(*) Fernando Molina es escritor y periodista

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Los medios tras la salida de Morales del poder

Página Siete y sus columnistas hicieron una campaña para despejar cualquier sospecha de que el gobierno de Áñez hubiera nacido de un golpe de Estado o una confabulación de la élite.

/ 15 de noviembre de 2020 / 00:07

En el artículo El alineamiento de los medios de comunicación bolivianos con el bloque de poder postevista que pronto se publicará en un libro colectivo de la Fundación Ebert, Susana Bejarano y yo hacemos un análisis de la conducta de los principales medios de comunicación en las primeras semanas del gobierno de Jeanine Áñez, justamente un año atrás.

Estos medios apoyaron fervientemente al nuevo gobierno con una cobertura dirigida políticamente y con la evidente intención de neutralizar cualquier crítica a la forma de constitución de éste. Por ejemplo, Página Siete y sus columnistas hicieron una sistemática campaña para despejar cualquier sospecha de que el gobierno de Áñez hubiera nacido de un golpe de Estado o una confabulación de la élite; puso tanto empeño en ello que llegó a despedir a una de sus columnistas estrella, la feminista María Galindo, que chocaba fuertemente contra el oficialismo.   

Otro aspecto de la defensa de los medios de la legitimidad gubernamental fue la mitificación de la “revolución de las pititas”. Periodistas de Página Siete y de El Deber presentaron de inmediato sendos libros encomiásticos del proceso político de fines de 2019. 

El apoyo mediático al nuevo oficialismo llegó al punto de justificar sistemáticamente la represión ejecutada por el gobierno. El 16 de noviembre de 2019, en Sacaba, una población cercana a Cochabamba, una columna de cocaleros que intentaba llegar a esta última ciudad fue detenida por fuerzas combinadas de la Policía y el Ejército. Murieron 10 campesinos y decenas fueron heridos. Ningún elemento uniformado murió o fue lastimado por disparos. Página Siete tituló: Fuego cruzado entre cocaleros y FFAA deja al menos seis muertos. En la noticia se afirmaba, sin suministrar pruebas, que los manifestantes tenían “armas de fuego y otros objetos letales”. 

El 19 de noviembre, las fuerzas conjuntas rompieron temporalmente el bloqueo de la planta de acopio de gas y gasolina de Senkata, situada en El Alto, a fin de llevar camiones cisterna con gasolina a la ciudad colindante, La Paz. Luego de hacerlo, dejaron la planta custodiada por militares con rifles de balines y armas de fuego. Los alteños, frustrados por la salida del combustible, lanzaron piedras a la guarnición y luego se abalanzaron sobre el viejo muro exterior de la planta. Un video muestra el momento en que se desploma este muro, sobre el que se recuestan y hacen fuerza los manifestantes. En este video no se ve ni se oye ninguna explosión. Sin embargo, todos los medios excepto La Razón dijeron que fue volado con dinamita. Ninguno se preguntó por qué la supuesta explosión de dinamita no causó un hueco en la pared y, en cambio, ésta se desplomó íntegramente, justo como si hubiera cedido al empuje de las personas que estaban junto a ella.

Los medios repitieron así la versión del gobierno, en lugar de realizar una investigación propia, ya que ningún periodista estaba en el lugar y el momento de los hechos. Pese a ello, ulteriormente aludieron constantemente al “atentado dinamitero” contra Senkata, lo que les permitió hablar de “terrorismo”. ¿Qué ocurrió realmente? No lo sabemos, pero el único medio nacional que entrevistó a los protagonistas fue La Razón.

La narrativa oficialista sobre “atentados narcoterroristas” permitió justificar la muerte por bala de más de 30 personas humildes y sin antecedentes policiales. Los medios bolivianos no pusieron en cuestión esta justificación y, con ello, permitieron que el gobierno lograra su propósito. No constituye una casualidad que las víctimas fueran indígenas sin agencia cultural o política. 

Los principales canales del país cubrieron exhaustivamente las protestas contra Morales. En cambio, desde la renuncia de éste, los mismos canales solo emitieron informes escuetos sobre las manifestaciones anti-Áñez y, en muchos casos, describieron a sus protagonistas como parte de “hordas” y “turbas”.

Casi ningún medio, ninguna asociación periodística y pocos periodistas individuales protestaron porque las cadenas Telesur y RT, venezolana y rusa, respectivamente, fueran suspendidas de todos los servicios de cable del país. Esta cancelación de emisión era más grave que las restricciones realizadas por el gobierno del MAS, que nunca se había atrevido a tanto, pero se acogió en el campo mediático en silencio o con aprobación.

*Fernando Molina es periodista y escritor

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¿Por qué ganó el MAS?

En este periodo, el estamento indígena ha modificado sustancialmente sus formas de vida previas.

/ 1 de noviembre de 2020 / 01:25

La Reforma Agraria, el voto universal, el boom de Santa Cruz, el crecimiento poblacional y la urbanización, las corrientes migratorias, las nuevas redes de infraestructuras, la revolución de los materiales y de las telecomunicaciones, la participación popular, todo esto ha cambiado integralmente el paisaje social boliviano.

Hace 70 años, este paisaje se parecía más al que había en Bolivia a fines del siglo XIX que al que existe hoy. En el último medio siglo los cambios sociales se han acelerado. No solo se trata de cambios cuantitativos, es decir de la extensión y la multiplicación de elementos modernos en la economía y la vida social. También son saltos cualitativos por la desestructuración de los roles tradicionales de los grupos sociales. El viejo orden boliviano, basado en estamentos raciales y étnicos, ha sido sacudido y transformado, no sin resistencia y trauma.

En este periodo, el estamento indígena ha modificado sustancialmente sus formas de vida previas. Han cambiado sus formas productivas, pasando de la agricultura al comercio y el trabajo urbano asalariado. Han cambiado sus formas de ocupación del espacio, pasando de vivir en las áreas rurales del occidente del país a todas las ciudades y a las áreas rurales del oriente. Han cambiado sus formas de educarse, pasando de un aprovechamiento mínimo a uno mucho mayor del débil sistema educativo nacional. Se ha incrementado su agencia política, por lo que han pasado de ser fuerza de apoyo de otras fuerzas a ser sujetos activos de la vida política nacional. Finalmente, pero no menos importante, los indígenas han cambiado su forma de representarse a sí mismos.

Se trata de un movimiento expansivo de democratización social, que arrastra importantes componentes de autoritarismo a causa de su gestación traumática (en alianzas temporales y luchas con los sectores no indígenas) y debido a que se ha producido en condiciones de escasez material.

Los sectores no indígenas, que constituyen la élite tradicional del país, también han cambiado. Quizá en algunos momentos eligieron oponerse a la “revolución”, pero no pudieron elegir no estar en ella. De atesorar más capitales simbólicos (prestigio familiar), pasaron a atesorar más capitales educativos (títulos académicos). Remplazaron el racismo científico que profesaban por la propuesta del mestizaje cultural como solución étnica de la nación. También se hicieron económica y políticamente más fuertes en el oriente, a causa de la historia demográfica y económica de esta región del país.  

Pese a estos cambios, la élite ha variado muy poco la imagen que tiene de sí misma y de su relación con los indígenas. Esta imagen y esta relación siguen siendo “señoriales”. Su nueva ideología apunta al gobierno de los más educados (“meritocracia”), un proyecto que —pese a los cambios educativos mencionados— sigue siendo censitario, pues se trataría de un gobierno reservado para los sectores no indígenas. 

René Zavaleta explicó el atraso de la élite boliviana con una de sus originales figuras historiográficas: la “paradoja señorial”. Por distintos factores, dijo, la clase dominante nacional no había podido liderar la transformación social que correspondía con sus intereses históricos. A veces había participado de la modernización (“revolución burguesa”), pero generalmente había estado en contra, tendiendo a oligarquizarse, a actuar como “casta” antes que como “burguesía”. Por ejemplo: la clase media dentro del MNR.

La “paradoja” en realidad no es paradójica: se explica simplemente sacando a relucir un interés diferente del económico, el meritocrático. Lo señorial se debe a la imagen de la élite tradicional boliviana de sí misma y su relación con los indígenas. Se debe, entonces, a una rémora ideológica. Un anacronismo que convierte a la élite tradicional boliviana en un grupo social premoderno y antiliberal.

La renovación social de las últimas décadas ha dejado a Bolivia en una situación muy particular. De un lado tiene una élite que, actuando como casta meritocrática, no logra acumular suficiente agencia política en un país marcado por la insurgencia indígena; del otro lado tiene unos sectores indígenas y populares con agencia política de sobra, que, a partir de esta ventaja, niegan o retacean a la élite la suya propia. Esta contradicción, como hemos visto este año, puede producir muchísima violencia.

Solo se me ocurren dos posibles soluciones democráticas. Una: la élite tradicional moderniza su imagen de sí misma y sus relaciones con los indígenas (abjura de la meritocracia). Dos: la contra-élite indígena hace un gobierno que no le arrebata agencia política a la élite y, por eso, va tornándose legítimo para esta. Ninguna es fácil o probable.

*Fernando Molina es periodista

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Expresiones del racismo: distorsiones del deseo

/ 17 de octubre de 2020 / 22:16

El racismo es una disposición, generalmente inconsciente, a actuar de determinada manera respecto a determinadas personas (en Bolivia, los indígenas).

Esta disposición no aparece de la nada, sino que se aprende. Tiene dos aspectos.

Un aspecto afectivo: es una actitud de rechazo o aversión a los indígenas. Y un aspecto cognitivo: es la creencia de que los indígenas carecen de poder y, por tanto, también de valor social.

La creencia opera como la explicación de la actitud. ¿Por qué se rechaza o se siente aversión por los indígenas? Porque se cree —se tiene por cierto— que carecen de valor social.

Por su parte, la actitud media la relación entre la creencia y la acción. Por ejemplo: ¿por qué algunos individuos no desean sexualmente a los indígenas (es decir, no desean sexualmente a ningún indígena)? “No desearlos” es la acción.

Atrás de ella está la creencia: se cree que los indígenas carecen de valor, en este caso, libidinal.

Y en el medio, conectándolas, está la actitud: la repulsión por determinadas características corporales (pigmentos, rasgos faciales y formas anatómicas propios del fenotipo indígena). Toda actitud es una pulsión, un impulso a actuar. En este caso, se trata de una pulsión negativa: no empuja a estos individuos “hacia alguien”, sino “lejos de alguien”.

Un individuo siente aversión por los pigmentos, rasgos faciales y formas anatómicas indígenas. Es un racista integral. Otro individuo —del sexo que le interesa al primero— posee los pigmentos, rasgos faciales y formas anatómicas indígenas. En el encuentro entre ambos, el deseo del racista es igual a cero. Su racismo anula toda la energía libidinal del otro individuo (confirmando su creencia previa de que éste carecía originalmente de dicha energía).

Este caso está en un extremo, mientras que en el otro se ubica la pareja interracial sin complejos. Y luego existen infinidad de posibilidades intermedias. En cada una de ellas se da una diferente mezcla de deseo y aversión, en combinaciones que determinan las también infinitas formas del “encholamiento” o hibridación de razas.

No falta aquel que odia, en su amante, al indio que él o ella misma es. Ni los frustrados que reprochan a sus parejas por meterlos a ellos y a sus hijos en la indianidad, es decir, por “empeorar su raza”.

Son, claro está, actitudes reprimidas y generalmente inconscientes.

El tema principal de la famosa novela La Chaskañawi, de Carlos Medinaceli, es una variación compleja de este último motivo. Adolfo abandona su supuesta superioridad racial para convivir con una chola y con ello prueba que la raza blanca es inferior. Es una parábola retorcida y en el fondo anti-chola. En La Chaskañawi, este “encholamiento” es un hecho inevitable pero trágico porque representa, junto al gozo sexual, el hundimiento social. El sexo “encholado” es orgásmico pero envilecedor.

El de Adolfo no es el único tipo de “encholamiento” que aparece en esta novela. Ésta presenta a personajes que valoran el valor libidinal de otros personajes con rasgos indígenas, las cholas jóvenes, pero se niegan a ser asociados públicamente con ellas, por el temor a que su propio valor libidinal sufra menoscabo. Ser “cholero”, aun sin llegar a convivir con una chola, significa ser rijoso, lascivo. ¿Por qué? Porque solo los sátiros pueden dejar de tener la actitud “normal” que cabe frente a las cholas, que es, ya sabemos, la repulsión.

Un grado todavía más agresivo del “encholamiento” es el de quienes creen que su fenotipo blanco les debe conceder acceso sexual automático a las personas con fenotipos indígenas, pues éstas necesariamente deben sentirse atraídas por su blanquitud. Esta creencia se deriva de la otra que hemos mencionado más arriba, la que vacía la identidad indígena de todo poder (o valor) social. La actitud relacionada con ella no es la aversión, en este caso, sino un deseo sexual depredador. Tal impulso provocó el mestizaje biológico en la Colonia.

Pero siguen quedando vestigios del mismo, como muestra la película de Rodrigo Bellot, Dependencia sexual, que trata del abuso de los “señoritos” a las “cunumis” en Santa Cruz.

La tensión entre deseo y aversión, y entre deseo y represión racista, produce una gran cantidad de neurosis individuales y una gran neurosis colectiva, que está conectada con fenómenos sociales como la poca autoestima nacional, el blanco-centrismo libidinal y corporal, el cisma social y político, la auto-punición histórica. Por eso María Galindo plantea que sin la descolonización de los cuerpos no puede haber descolonización.

 ¿Por qué se rechaza o se siente aversión por los indígenas? Porque se cree —se tiene por cierto— que carecen de valor social

Fernando Molina es periodista

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Expresiones del racismo: ver y no mirar

Existen expresiones más indudables del racismo en nuestra sociedad, pero ésta de la invisibilización resulta significativa y violenta.

/ 4 de octubre de 2020 / 09:41

El racismo es una creencia según la cual las personas que no viven plenamente instaladas en la cultura socialmente superior y, además, exhiben determinado fenotipo (expresión corporal de una genética) poseen un menor valor social.

Es una creencia falsa e ilegal, pero eso no impide que guíe la práctica de aquellos grupos sociales que por razones históricas tienen el poder social suficiente para imponerse —e imponer su creencia—en la mayoría de las interacciones sociales en las que participan. Estos grupos — en nuestro país, los blancos y los exitosamente blanqueados— heredan esta creencia como un componente de su “saber grupal”, y la conservan y siguen porque les ayuda reproducir su dominio sobre otros grupos, los “indios” y los “cholos”, con los que compiten en distintos campos sociales: la vida cotidiana, el trabajo y la política.

Dicha creencia se traduce en la expectativa de que indios y cholos, cuyo poder social se presume como nulo, se subordinen siempre a las órdenes, decisiones, sugerencias y estímulos de los blancos. Tanto la creencia como la expectativa correspondiente son inconscientes y, cuando no, son inconfesables. No obstante, sabemos que existen porque se manifiestan de múltiples formas objetivas, que vamos a ir describiendo en este espacio, una por una.

La primera de la que hablaremos es la tendencia de los blancos a “ver sin mirar” a los indígenas, es decir, a ignorarla presencia física de éstos, en especial de los más pobres. Esta conducta no es premeditada, sino, una vez más, inconsciente. Se observa por ejemplo cuando el servicio doméstico, que siempre es indígena, deambula entre los patrones y sus invitados y éstos no reparan en él, ni para saludarle ni para interesarse por lo que hace. ¿Por qué? Porque los indígenas, en tanto carecen —o se supone que carecen— de todo poder social (económico, cultural, político o corporal), no pueden dar ninguna orden, imponer ninguna decisión, hacer ninguna sugerencia, proporcionar ningún estímulo. No son actores, sino exclusivamente espectadores del juego del poder social, que asienten sin comprometerse en la acción.

De ahí la diferencia en el tipo de interacción que se da entre los blancos y diferentes grupos de servidores no domésticos (cocineros, mozos, peluqueros  y mecánicos), según éstos sean indígenas o sean blancos (lo que es raro, pero ahora ocurre de vez en cuando). Por decirlo rápido, a los segundos se los mira, mientras que a los primeros solamente se los ve, incluso cuando no se pretende ser descortés con ellos. Existen por supuesto expresiones más indudables del racismo de nuestra sociedad, pero ésta de la invisibilización resulta particularmente significativa y violenta. Significa una suerte de “destierro” de los indígenas de la comunidad. Significa su “reificación” o transformación en objetos de los que se tiene una experiencia (son empíricos), pero con los que, como es lógico, no se dialoga. Cosas sin alma, cuerpos vacíos de energía libidinal.

Podemos encontrar un ejemplo reciente en un video que retrata a un candidato que es abordado por un niño que le pide una limosna, y que responde algo así como “nada”, pero que al mismo tiempo sigue de largo sin hacer ninguno de los gestos faciales o corporales que constituyen las reacciones normales de una persona que se encuentra con otra (en particular la de mirarla).

En este video, ese niño se desvanece: se vuelve invisible. Puede discutirse si sufre esta radical marginación por su condición de indígena, de pobre o porque es un incordio para el candidato (ya que éste, igual que todos, tiene derecho a la privacidad). No podemos saberlo a ciencia cierta. Sin embargo, es evidente que muchos indígenas, incluso indígenas con cierta posición económica, tienen que vivir momentos como éste en los que son “borrados”. Momentos de alienación radical, de total falta de reconocimiento.

Este mismo efecto se produjo en dimensiones macrosociales después de los hechos sangrientos de noviembre pasado en Sacaba y Senkata. Por mi profesión estuve en este segundo sitio y pude entrevistar a vecinos indígenas tremendamente indignados porque, pese a la gravedad de lo que les había pasado, la prensa nacional no cubría su tragedia. Se sentían como personajes de Cien años de soledad: víctimas de la “peste del olvido”.

La incapacidad de la élite blanca del país (políticos, periodistas, intelectuales, empresarios) de mirar a los indígenas, de establecer una relación real con ellos, es el inicio de muchos de los males nacionales. Pocas veces se quiere admitir en que esta incapacidad tiene una base y solo una: el racismo.

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