LR en la Memoria

Saturday 28 Jan 2023 | Actualizado a 06:41 AM

Los senadores que impusieron la presidencia de Jeanine Áñez

Los instigadores de la inconstitucionalidad llegaron a puertas del Senado, cerradas por Óscar Ortiz, Arturo Murillo y Jeanine Áñez para cocinar la materialización de la sucesión.

/ 20 de junio de 2021 / 00:04

Aproximadamente a las seis de la tarde del domingo 10 de noviembre de 2019, en la residencia de la Embajada de México situada en la exclusiva Rinconada de la ciudad de La Paz, llegó, vía celular, un mensaje que confirmaba las renuncias de Evo Morales y Álvaro García Linera a la presidencia y vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia. El mensaje era taxativo, pues se trataba de una instrucción que no admitía debate: los representantes parlamentarios del MAS en la línea sucesoria constitucional debían renunciar a sus cargos para que no se produjeran dudas acerca de las características conspirativas y golpistas con las que se estaba operando la sucesión presidencial.

En tal escenario, Evo Morales y Carlos Mesa coincidían, por motivaciones obviamente opuestas, en que Adriana Salvatierra no debía asumir la presidencia del Estado. El argumento de preservar la vida de Evo era una prioridad y por ello, el lunes 11 de noviembre, en reunión realizada en la Universidad Católica con los articuladores de la anulación de las elecciones y la renuncia de Morales, a fin de acelerar los acontecimientos, se trataba en primer lugar de generar las condiciones para la salida de Bolivia de los exmandatarios, sanos y salvos. La violencia, los secuestros, las quemas de viviendas de parlamentarios y dirigentes, las órdenes de detención policial contra dirigentes masistas, pero sobre todo contra quienes formaban parte de la línea sucesoria constitucional eran objeto de una gran manipulación mediática para generar la versión de una pretendida —¡y heroica!— gesta civil.

Un oficial coloca la banda presidencia a Jeanine Áñez. Foto: Óscar Ortiz

Tuto Quiroga se encargó de comprometer al comandante de la Fuerza Aérea, general Jorge Gonzalo Terceros, para que tal condición, previa a cualquier diálogo, se cumpliera. Las representantes del MAS que conversaron con Quiroga entre el  lunes 11 y el martes 12 no sabían que cuando Morales, García Linera y Gabriela Montaño aterrizaron en Chimoré (domingo 10 por la noche) estaban siendo inicialmente conducidos a la zona militar del aeropuerto muy probablemente para ser detenidos, decisión cambiada por el piloto de la nave ante una advertencia hecha por García Linera, que dijo que con la marea cocalera que esperaba en la plataforma principal podía generarse una tragedia espeluznante. Una vez en tierra, los exmandatarios y la exministra de Salud fueron envueltos por sus compañeros hasta ser internados monte adentro, donde policías y militares no pudieran llegar para capturarlos.

Para Evo Morales el golpe se tornaba en la estrategia perfecta, el hecho político que borraría casi mágicamente la ira que provocó violar la voluntad ciudadana del referéndum del 21 de febrero de 2016. Para los instauradores de la versión del fraude era la oportunidad de expulsar al MAS del poder y para siempre, y es ahí donde encaja la declaración de Mesa del mismo domingo 10: Salvatierra o cualquier otro masista no debían acceder a la sucesión presidencial, lo que en otras palabras significaba violar el artículo 169 de la Constitución y el reglamento de la Cámara de Senadores que exige la composición de la directiva con los representantes de la bancada mayoritaria en la presidencia y en la primera vicepresidencia.

Bronca

Mesa actuaba movido por la bronca de la derrota. En su fuero interno sabía que había perdido en las urnas y la estratagema en sociedad con los observadores de la OEA enviados por Luis Almagro era armar un escenario insoportable: los masistas, no contentos con haber escamoteado el resultado del 21F a través de una figura forzada por el Tribunal Constitucional —ser reelegible como derecho humano—, pretendían imponer un triunfo viciado de nulidad, del que hasta el día de hoy, dicho sea de paso, no se tienen pruebas fehacientes e irrefutables. A partir de ese momento, a Evo le empezaba a funcionar la instalación de la matriz del golpe de Estado, cosa que probablemente no hubiera sucedido si Mesa, Camacho y compañía optaban por política con la cabeza y no con el hígado, orientando su estrategia a que el MAS asumiera la sucesión según el precepto constitucional para someterlo a un desgaste final con la convocatoria a elecciones en 90 días y en ese breve lapso, lograr que la victoria contra Evo se diera en las urnas, legítima e irreversible, frente a otro binomio azul.

Mesa, Doria Medina, Ortiz, Jerjes Justiniano representando a Luis Fernando Camacho, Tuto Quiroga y sus “facilitadores” hicieron todo lo contrario. Decidieron y actuaron de acuerdo a lo que el MAS necesitaba para recomponerse en el lapso que al final se extendió por casi un año, aunque el precio en vidas humanas terminara siendo irreparable. Primero con Evo viajando entre México, Buenos Aires y La Habana en plan víctima internacional, recibido con honores y gestos de admiración por los presidentes Andrés Manuel López Obrador y Alberto Fernández. Segundo, intensificando una campaña sobre la ilegalidad/ilegitimidad de la presidencia asumida por Jeanine Áñez, que facilitó aún más las cosas cuando fue proclamada candidata (alianza Juntos) con el propio Mesa afirmando que con su intempestiva decisión se podría pensar que efectivamente su gobierno era producto de un golpe de Estado.

Evo decidió que Salvatierra no asumiera la presidencia del Estado para cuadricular como golpistas a quienes forzaron su renuncia. Mesa se hizo el despistado con la sucesión constitucional, convencido de que el MAS quedaría afuera del poder sin opciones de retorno. El tiempo transcurrido nos informa que la sagacidad del cocalero bloqueador de carreteras terminó imponiéndose a la ilustración desangelada del candidato de Comunidad Ciudadana, perfectamente mal asesorado. La sucesión que se produjo fue un garabato producido en tres reuniones —la primera sin representantes del MAS— auspiciadas por curas, embajadores de la derecha internacional y un par de exdefensores del Pueblo en las que las representantes del MAS —Salvatierra, Rivero, Morales — se limitaron a decir que no podían actuar sin consultar previamente a sus bancadas. Aguantaron y dieron la cara frente a unos mediadores con la camiseta opositora bien puesta bajo la dirección de monseñor Eugenio Scarpellini, secundado por el embajador de la Unión Europea León de la Torre.

Los hechos quedaron a la vista de la ciudadanía. Los negociadores —los expertos en Derecho Penal los llamarían instigadores— armaron las condiciones para una sucesión trucha, usando un comunicado de prensa del Tribunal Constitucional que seguramente era “lo más cercano a la Constitución” según Waldo Albarracín —el ipso facto pensado por Luis Vásquez Villamor—, poniendo en entredicho su transparencia como abogado con experiencia en derechos humanos, pues bien sabe que no hay un instrumento legal interpretativo para determinar, en este caso, la sucesión constitucional que llega solamente hasta el presidente de la Cámara de Diputados, y de ninguna manera a una segunda vicepresidencia por minoría del Senado, tal como aconteció con Jeanine Áñez, por más que otros abogados de dilatada trayectoria pública, para comenzar el propio Vásquez Villamor, argumentaran el “derecho prevalente (evitar un supuesto vacío de poder), porque fue imposible lograr el quórum con la bancada oficialista por su falta de voluntad”, una falsedad que la propia Adriana Salvatierra se ha encargado de desmentir en entrevista con la directora de La Razón, Claudia Benavente (Piedra, papel y tinta, 17 de junio de 2021).

Sucesión

Los negociadores o instigadores de la inconstitucionalidad llegaron hasta las puertas del Senado que el 12 de noviembre fueron cerradas por Óscar Ortiz, Arturo Murillo y Jeanine Áñez para cocinar la materialización de la sucesión: 1) El senador Ortiz acompaña en helicóptero a la senadora Jeanine Áñez a una reunión con Luis Fernando Camacho. ¿Los militares operativizando el cambio de mando presidencial? Sí. Los mismos que le sugirieron a Evo Morales renunciar. 2) El senador Murillo reconoce ante un funcionario del Senado que lo que van a perpetrar es inconstitucional, pero que hay legitimidad conseguida con las movilizaciones callejeras. 3) Jeanine Áñez recibe a la jerarquía de la Iglesia Católica en el despacho de la presidencia del Senado, oficina de la que dispone sin pedir permiso cuando todavía ni siquiera se había armado el sainete con el que se la habilita como presidenta de la Cámara Alta. 4) No hay registro de instalación de sesión de la Cámara en que se elige presidenta del Senado a Áñez, ni siquiera una sin quórum. Lo que se produce es nada más que un simulacro. 5) El senador Ortiz controla los accesos al edificio de la Asamblea Legislativa Plurinacional con “pititas”, policías y militares. Salvatierra y Rivero, presidenta en ejercicio de la Cámara de Diputados, son impedidas de ingresar a la plaza Murillo por los uniformados (miércoles 13 por la tarde), uno de los cuales zamarronea a la presidenta del Senado y amaga con llevársela detenida, incidente que no tiene registro audiovisual, o que si existe fue cuidadosamente archivado por los medios afines a la conspiración senatorial. 6) El senador potosino Edwin Rodríguez, que en su momento formara binomio por los Demócratas junto a su colega Ortiz, y renunció a su candidatura para apoyar entre líneas a Mesa, es sustituido por su suplente sin justificación alguna. Él manifiesta que había entablado negociaciones con senadores del MAS para recomponer la directiva de la Cámara. 7) Los senadores del MAS Omar Aguilar, Efraín Chambi y Eva Copa establecen trato fluido y continuo con su excolega senador Murillo que el 13 de noviembre jura como ministro de Gobierno. Conforme se va consolidando el régimen de facto, Copa elude comunicarse con Evo Morales, que en ese momento ya se encontraba en Ciudad de México en calidad de asilado político. 

Jeanine Áñez con el clero de la Iglesia Católica antes de proclamarse. Foto: RTP

De facto

El 24 de enero de 2020, Jeanine Áñez ya no era solo presidenta transitoria de facto. Se convirtió en candidata para las elecciones que serían dos veces pospuestas con el pretexto del “estado de excepción” al que nos somete la invasión del coronavirus. Sus colegas senadores recibieron datos de una encuesta que la apuntaban como la opción de la unidad para enfrentar al MAS. Se emocionaron de tal manera con la posibilidad que creyeron tocar el cielo con las manos y en ese exacerbado estado de ánimo gobernaron operativizando tareas, que ahora se develan: 1) Decreto que libera de responsabilidades penales a militares ante la inminencia de la represión y masacre en Sacaba-Huayllani, Senkata y El Pedregal. 2) Combate a la pandemia con la compra irregular de unos respiradores que nunca funcionaron. 3) Combate a “sediciosos” y “terroristas” con gases lacrimógenos que también se compran a través de un business armado entre Murillo y sus amigos de juventud expertos en la materia, prófugos de la Justicia paraguaya, entre otros datos de prontuario. 4) Criminalización, persecución, apresamiento, detenciones domiciliarias, detenciones en centros médicos, extorsiones concertadas entre el poder político y fiscales, torturas, conjunto de acciones represivas contra exautoridades, dirigentes sociales, empresarios y exfuncionarios gubernamentales de la última administración de Evo Morales. 5) Puesta en funcionamiento de un aparato persecutor mediático (Unitel, Brújula Digital, Página Siete y un largo etcétera) con participación de civiles que hacen vigilias en puertas de domicilios particulares a cambio de vales para hamburguesas. 6) Permisividad con organizaciones irregulares como la Resistencia Juvenil Cochala que siembran el terror en la zona Sur de la ciudad. En resumidas cuentas, violaciones a los derechos humanos a la orden del día. ¿Y la presidenta de la Asamblea Permanente, Amparo Carvajal? Bien, gracias. Sigue en el cargo.

Hacia los seis meses de su ejercicio, el de Áñez se consolidó como un gobierno virulento en el literal sentido de la palabra. Murillo amenazaba, reprimía y giraba de cacería por todo el país. Ortiz continuó como senador hasta que en junio se contagió de COVID-19 ya como ministro de Desarrollo Productivo, que lo dejó fuera de combate por aproximadamente un mes para regresar directamente en julio a ocupar la cartera de Economía y Finanzas Públicas. Ortiz estaba en todas y en el show televisivo de estos días no figura. Parece haber quedado convenientemente escondido, perdiéndose de vista su rol como negociador en las reuniones de la Universidad Católica y como parte del equipo de senadores junto al propio Murillo, Áñez y Yerko Núñez de una sucesión en que una parte del partido de Rubén Costas, los verdes del Movimiento Demócrata Social (MDS), es decir ellos mismos, tomaron el control del gobierno.

Una vez capturado y consolidado el nuevo poder, los senadores Ortiz, Murillo y Núñez, según diversas versiones periodísticas, efectuaron declaraciones públicas vinculadas a aprietes contra empresarios sindicados por afinidad al MAS, que sufrieron presiones y extorsiones judiciales, y de otros negocios vinculados al diésel y a la gasolina.

Luis Fernando Camacho, protegido por un aparato de expertos guardaespaldas extranjeros durante los 21 días de la crisis de 2019, hijo de un empresario al que se vincula con el paramilitarismo del golpe de Banzer en 1971, es de convicciones anticomunistas, lo mismo que Tuto Quiroga y Óscar Ortiz, de acuerdo al manual de las dictaduras militares de los años 70. Al igual que Mesa y Doria Medina coinciden en que era hora de eliminar del sistema político a Evo Morales, un nacionalista de izquierda,  defensor de la soberanía de los recursos naturales, y de ninguna manera un socialista o comunista como lo pudieron haber sido Fidel Castro y el Che Guevara. Ese enceguecimiento caracterizado por una equivocada lectura sobre su perfil ideológico, los llevó a actuar de manera precipitada y sin horizonte estratégico. No previeron que a Murillo y a su aparato no les interesaba el país, ni proyecto político alguno. Solamente llegaron a tomar el poder para hacer unos cuantos negocios groseros que les pudieran asegurar el futuro cuando éstos quedaran fuera de la actividad pública.

Plan B

El Plan B era Jeanine presidenta. Sí o sí. Habría que corregir al autor de la frase, Samuel Doria Medina, en sentido de que ese fue desde un principio el Plan A de representantes políticos, Iglesia Católica y Unión Europea. Y para su ejecución armaron una figura pretendidamente jurídica en forma de comunicado institucional que no se sostiene constitucionalmente. Los participantes de las reuniones de la Universidad Católica fueron los negociadores del golpismo. Los senadores Ortiz, Murillo, Áñez, y un poco más atrás Núñez, son los autores de la consumación de los hechos. Un golpe de Estado es la toma ilegal del poder, más específicamente de la presidencia de un país, y eso es lo que sucedió entre el 10 y el 12 de noviembre de 2019.

Jeanine Áñez ha sido la víctima propiciatoria de este plan alocado, producto de la ansiedad y un grado de improvisación de gravísimas consecuencias para Bolivia. El golpe, a la larga, fue funcional al MAS. Regresó al poder luego de un paréntesis de un año con un contundente triunfo en las elecciones del 18 de octubre de 2020, sin que se necesitara al insustituible Evo en la papeleta. El precio más alto de este atentado contra la institucionalidad democrática es el de la masacre de 37 ciudadanos, cuyas familias hasta ahora no encuentran justicia.

La Razón publica una serie de artículos relacionados con el poder y los medios de comunicación en Bolivia. El periodista Julio Peñaloza Bretel investiga trayectorias de la esfera política con peso específico, así como las relaciones complejas y conflictivas entre personalidades públicas y la estructura mediática urbana dominante. La base de esta propuesta está inspirada en la necesidad de acudir a la memoria para combatir el olvido y el desconocimiento.

La Razón publica una serie de artículos relacionados con el poder y los medios de comunicación en Bolivia. El periodista Julio Peñaloza Bretel investiga trayectorias de la esfera política con peso específico, así como las relaciones complejas y conflictivas entre personalidades públicas y la estructura mediática urbana dominante en el país. La base de esta propuesta está inspirada en la necesidad de acudir a la memoria para combatir el olvido y el desconocimiento.

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La mentira antimasista

/ 28 de enero de 2023 / 02:16

La deshonestidad intelectual es hoy día una especialidad de la política boliviana. Es deshonesto intelectualmente quien afirma algo que no es cierto y lo hace con la intención de hacerles creer a los demás cosas imposibles de demostrar y para que esa tarea haya adquirido potencia, circula entre las clases medias urbanas una credencial indispensable que es la del antimasismo. Hay que ser antimasista para aspirar a la licenciatura, la maestría y el doctorado en eso que se llama mentira organizada.

El día en que llegaron a romperle los platos de la cena de gala a la clase dominante, el día en que indios de distintos orígenes étnicos empezaron a ocupar cargos en el aparato estatal, el día en que supieron que “el indiecito” no iba a caerse en los seis meses pronosticados desde el paternalismo colonial y la subestimación racista, ese día se instaló el antimasismo y para ser antimasista hay que saber mentir, hay que manejar algunas técnicas de cómo se manipula la información y a continuación, con esas armas, intentar instalar como verdades históricas, estruendosos disparates desmentidos por los hechos, esto es por las violaciones a los derechos humanos, las transgresiones a la ley de distintos tamaños y por el ocultamiento de la información que beneficia política y electoralmente, precisamente, al masismo.

Para ser masista hay que repetir con convicción robótica: “No fue golpe, fue fraude”. Una idiotez pronunciada por todos los autores intelectuales, materiales, encubridores y operadores de la sucesión anticonstitucional que llevó a la presidencia a Jeanine Áñez. La consigna es de gelatina porque en el supuesto demostrable de que para las elecciones de 2019 se hubiera producido un fraude electoral, la forma en que se combatió ese supuesto fraude estuvo plagada de violaciones a la Constitución, a las leyes y a los reglamentos legislativos que dicen expresamente cómo y en qué orden jerárquico debe producirse la elección de un nuevo Presidente del Estado con la participación y el voto de representantes nacionales de la Asamblea Legislativa Plurinacional. No se ha constatado, hasta ahora, que se hubiera producido efectivamente un fraude electoral y eso que el gobierno de facto tuvo casi un año para investigar y hasta para “montar” una versión sobre el asunto. Sí se tiene constatado, en cambio, que la sucesión fue inconstitucional, y que por lo tanto sí hubo un golpe de Estado que por añadidura tuvo características violentas y desembocó en masacres respaldadas por un decreto firmado por la presidenta y sus ministros. Con tan graves motivos, Jeanine Áñez tiene una condena de 10 años de reclusión y Luis Fernando Camacho ha sido detenido preventivamente, acusado por su actuación decisiva en el golpe de Estado.

Otra mentira que se viene arrastrando desde que el MAS gobierna Bolivia es la de la “persecución” y los “presos políticos”. En la actualidad se dice que hay como 180 personas encarceladas en el país por “pensar distinto”. Se trata de otra genialidad que no resiste un debate de cinco minutos: Todos a quienes se victimiza como presos políticos en nombre de la “justicia y la libertad” están siendo procesados por la comisión de delitos que consisten en violaciones a los derechos humanos, gran parte de ellos policías y militares que participaron en las masacres de Sacaba y Senkata, así como la quema de la sede de Adepcoca. Una segunda tongada la conforman los investigados por casos de corrupción, incluido Rubén Costas al que le inició un proceso el mismísimo Luis Fernando Camacho, y en un tercer grupo se encuentran quienes tienen acusaciones menores pero igualmente delictivas. Sigo buscando y no encuentro a alguno de estos supuestos presos políticos que haya sido privado de libertad por ese supuesto “pensar distinto” que, dicho sea de paso, hasta ahora se circunscribe a militar en el antimasismo con tufo de plegaria evangélica. Todos, absolutamente todos estos ciudadanos y ciudadanas, están sometidos a la Justicia por hechos relacionados con distintos grados de violaciones al ordenamiento jurídico boliviano.

El listado de mentiras convertidas en eslogan callejero y en consigna política tiene otras perlas como esa de que vivimos en dictadura y nos encaminamos a ser como Cuba y Venezuela, afirmación que se vocifera desde las escuálidas concentraciones de la calle 21 de la zona Sur conformadas por señoritas y señoritos que no quieren saber de aprendizajes sobre la historia de Bolivia. Y para ponerle caviar con fecha vencida al tema, se ha publicado el 1 de diciembre del pasado año lo siguiente: “No hemos tenido en la historia otro presidente así: Evo Morales primero hizo que perdiéramos el mar y ahora que perdiéramos las aguas del Silala #JuicioDeReponsabilidades” (sic). Quien firma este histórico tuit es nada menos que un presidente de asociación de periodistas, de esas en las que se arman cursos financiados por agencias norteamericanas para instruir a sus asistentes acerca de mentiras del tamaño del sistema solar y que ya provocan vergüenza ajena. Que quede claro: Estos técnicos de la mentira y la manipulación informativa no admiten pausas.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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Operadores mediáticos ‘ad nauseam’

/ 14 de enero de 2023 / 01:32

Hasta que llegó el día en que unos indios insolentes ondeando wiphalas irrumpieron en el gobierno y luego en el poder, momento en el que la vajilla de porcelana de la abuela se hizo añicos y hasta ahora, con todos los pedazos esparcidos por el comedor, las delirantes bandas de opinadores, “analistas”, tiktokeros, trolls y demás fauna reaccionaria, continúan tratando de reconstruir el rompecabezas como si la restauración conservadora consistiera en uno de esos puzzles de 5.000 piezas que se van armando con mucha cabeza y paciencia, cosa que no está sucediendo porque lo que falta precisamente es pienso y tomarse en serio al país.

Se trataba de una antigua vajilla a la que tenían acceso unos comensales privilegiados que desde su gran mesa hicieron y deshicieron la Bolivia excluyente y racista, corrupta y clientelista, arrastrada desde la revolución de 1952, revolución que se hizo golpista y que convirtió a los “emenerristas” en socios históricos del militarismo autoritario y fascista de las dictaduras que dominaron Sudamérica entre los 60 y 80.

Todo estaba bajo control hasta que, destrozados los platos hondos, planos y platillos, los indios y los campesinos se sentaron a la mesa y sin ningún pudor comenzaron a tomar sultana con marraqueta en jarros de peltre, ese sustituto de la plata inadmisible para el abolengo y el buen apellido. A partir de ese momento (2006), los bolivianos que soportaban sobre sus hombros todas las veces que fuera imperativo, gasolinazos, impuestazos y demás medidas ajustadas desde los organismos crediticios internacionales, decidieron que podían gobernar nuestro país al que convirtieron de República a Estado Plurinacional y al que se metieron a fuerza de victorias electorales aplastantes.

Un verdadero horror. Una desfachatez. Un sindicalista bloqueador de carreteras y productor de hoja de coca provocó la ira de blancos y blancoides, quienes lo tipificaron como la personalización demoniaca del populismo, el autoritarismo, la deformación de la democracia representativa y decente. A partir de entonces unos que eran, o por lo menos parecían periodistas, se transformaron en operadores mediáticos, esto es, activistas políticos financiados por agencias norteamericanas de penetración e injerencia, que deben su origen y existencia a las razones anticomunistas de la guerra fría de control y dominación sobre América Latina como puede comprobarse con la misma revolución del 52 en la que metieron mano y hasta el fondo, las administraciones gringas de Kennedy y Johnson.

Con la detención preventiva de Luis Fernando Camacho, gobernador de Santa Cruz, principal activista y materializador de la sucesión inconstitucional que llevó a la señora Jeanine Áñez a la presidencia, los operadores mediáticos, guarecidos bajo el paraguas de instituciones decadentes como la Asociación Nacional de la Prensa (ANP) y la Asociación de Periodistas de La Paz, han salido indignados a protestar por agresiones de las que fueron víctimas “sus” periodistas en medio de los desmanes, el vandalismo, los incendios, y demás destrozos ocasionados por militantes de la Unión Juvenil Cruceñista a la que, por supuesto, jamás calificarán como hordas, ya que las hordas en Bolivia solo pueden estar conformadas por masistas —militantes, afines o simpatizantes del Movimiento Al Socialismo (MAS)—, según su obsesiva y enfermiza mirada.

Busco y no encuentro. La ANP y la asociación paceña de esos periodistas, tan gremiales como mediocres tantos de ellos, ¿dijeron algo cuando se desataron los atropellos del gobierno de facto de Áñez, como por ejemplo la persecución sistemática desatada contra este diario, LA RAZÓN, gracias a iniciativas claramente represivas y atentatorias contra la libertad de expresión, pero fundamentalmente contra la verdad, inventando versiones de negocios “raros” y conexiones con otros medios que nunca existieron? No podían hacerlo porque precisamente los persecutores mediáticos eran ellos mismos, con capacidad incluso, de acceder a información confidencial de la Unidad de Investigaciones Financieras (UIF), en clara conducta violatoria de la ley.

Estos dizque periodistas han sustituido la palabra esclarecedora y transparente por la mentira y la manipulación informativa sistemática, pero a diferencia de 2019, el masismo ha vuelto a las calles para demostrar otra vez que es mayoría y es con mayorías y minorías que se hace democracia en la cotidianidad, con la aceptación de que esas mayorías son las legitimadoras indiscutibles de la democracia, y las que fueron víctimas de la sañuda persecución, encarcelamiento y tortura sobre la que estos operadores mediáticos miraron para otro lado durante la gestión de Arturo Murillo, ministro cazador, ahora sentenciado y cumpliendo condena en Miami, el paraíso vacacional de muchísimos que hasta hace tres lustros se sentaban a comer en la reluciente, y ahora hecha añicos, vajilla de la abuela.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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Un hombre solo

/ 31 de diciembre de 2022 / 01:40

La reina del papel couché, Isabel Preysler, acaba de romper con Mario Vargas Llosa. Ha decidido romper su noviazgo de revista del corazón —¡Hola!— para terminar ahuyentando las miles de hojas de papel ahuesado en las que descansan las soberbias novelas del escritor peruano. Como recién ha pasado a formar parte del registro de los “ex” de Isabel, no se me ocurrió otra cosa que traer a la memoria una canción de Julio Iglesias, el primero de los cuatro célebres ex de esta señora filipina, reportera estrella de reinas, príncipes, casas reales y otros lugares de diseño en los que el lujo es más importante, por supuesto, que la fiesta de un chivo, donde se puede leer la historia ficcionada de un dictador centroamericano, narrada con la rigurosidad y la maestría del escritor arequipeño.

Julio Iglesias no sospechaba en 1987 cuando se publicó este su disco, que terminaría cantándole Un hombre solo sin querer queriendo nada menos que al último novio de la madre de sus hijos, entre los que figura como primogénito otro cantamañanas igual que él, de nombre Enrique, y que ha hecho de la pseudopoética para señoras que juegan al bridge, la marca exitosa traducida en millones de copias vendidas por continentes y mares.

Julio Iglesias, entonces, le dedicaría Un hombre solo a Mario Vargas Llosa:

“Lo tengo todo/Completamente todo/Mil amigos y amores/Y el aplauso de la noche/Voy por la vida rodeado de gente/Que siento mía/Voy de abrazo en abrazo/De beso en risa/Me dan la mano/Cuando es precisa/ La loca suerte besa mi frente/Por donde voy/Pero cuando amanece/Y me quedo solo/Siento en el fondo/Un mar vacío/ Un seco río/Que grita y grita/Que solo soy/Un hombre solo.”

Lo tiene bien merecido Vargas Llosa, por arriesgarse a jugar a chico estupendo a los ochenta y pico años, con una señora de setenta y pico, pero que parece de cincuenta.

Dicen que habían celos de por medio. Dicen que eran incompatibles el vaporoso estilo de vida de Isabel, la reportera estrella de ¡Hola! con la disciplina literaria de Mario. Dicen, por lo tanto, que la vida del espectáculo público de alfombra roja es incompatible con la de la cultura, las ideas, los libros, la ficción, la novela. Falso. Vargas Llosa es tan egocéntrico que creía que todo cabía en un mismo sitio. Alrededor suyo. Que a su tercera edad, era suficiente con que las erecciones fueran novela, cuento o columna de opinión donde expone sus esquemáticas ideas neoliberales anticomunistas, bañadas de rencores contra su propio pasado como militante del boom literario latinoamericano de los años 70-80.

Si de algo se ha salvado, finalmente, Vargas Llosa, es de haber dejado de ser padrastro temporal de Enrique Iglesias, ese joven casado con la relampagueante tenista rusa Ana Kournikova, que ha seguido por el insoportable camino paterno de la balada romántica y nos ha taladrado de manera inmisericorde durante por lo menos dos décadas cuando teníamos que escucharlo por culpa del taxista o el micrero de turno. Desconsolado, el coqueto escritor comentó alguna vez cuando se alojó en casa de su hijastro que “habían muchas canchas de tenis, pero ninguna habitación apta para poder escribir”.

No sabemos si Vargas Llosa terminará como el hombre sólo de la canción. Fue un entusiasta militante de la revolución cubana para pasar a converso rabioso neoliberal. Estuvo casado con una tía. Estuvo casado con una prima. Tiene dos hijos, una hija y media docena de nietos. Es Premio Nobel de Literatura. Recientemente le ha abierto las puertas la academia francesa. Fue candidato a la presidencia y perdió contra un outsider (Alberto Fujimori) de origen cholo japonés, es decir que como político fracasó y cada vez que lo recuerda seguramente sufre de tormentos, y ahora que su última pareja le dijo adiós, tiene que saber, de manera definitiva, que en la vida no todas son victorias del ego, sino que a veces se imponen motivos sentimentales por fuera del control del oficio para escribir, todos los días, en los mismos horarios, con disciplina jesuita.

Hay, sin embargo, un motivo para seguir creyendo en el novelista peruano y para ello hay que leer su última novela Tiempos recios (2019) que recrea la Guatemala de los años 50 cuando los Estados Unidos, usando a la omnipresente CIA, auspició a Carlos Castillo Armas para derrocar al gobierno de Jacobo Arbenz. El neoliberal de las columnas de El País de España, queda aquí suspendido por el autor de ficción que se despacha sin concesiones en una descripción de los métodos intervencionistas y tutelares de los gringos en América Latina. Es que el subconsciente colectivo es muy poderoso y con esto queda demostrada una afirmación rotunda de Juan Rulfo: “La literatura es una mentira que sirve para decir la verdad” y que el propio Marito enfocaría a partir de su libro de ensayos La verdad de las mentiras. Vargas Llosa creyó que escribir dentro la burbuja que le preparó Isabel era posible. Ahora ya sabe porque la cursilería también puede ser literatura.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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La asombrosa normalidad de Messi

/ 17 de diciembre de 2022 / 01:31

Qatar 2022 ha permitido verificar, nuevamente, que el fútbol se eleva a su máxima expresión de belleza por sobre los escombros que los trabajadores dejan, hasta ofrendando sus propias vidas, en las construcciones de estadios de lujo y comodidades insultantes. Es el capitalismo elevado a sus máximas expresiones simbólicas que nos dice, partido a partido, que para que comience a rodar el balón en los campos de juego, hay que poner por delante la explotación a los migrantes provenientes de la India y de otros países que viven alrededor de ese territorio nacional que de futbolero tiene nada, que discrimina la diversidad de las preferencias sexuales y penaliza al que lleve cualquier distintivo que aluda a la bandera del arco iris de las felicidades alternativas, contestatarias del orden y la ley conservadores.

Qatar es la expresión simbólica de un siglo XXI en el que mandan los petrodólares por sobre las grandes tradiciones históricas y culturales, pero cuando Lionel Messi comienza a desplazarse en las canchas, reingresamos en los pasadizos que nos internan en las patrias del divertimento, del juego, de la celebración por el triunfo o del llanto por la derrota. Qué sería de la humanidad sin la posibilidad de que sus seres vivos expresen, apenas nacen, su profunda necesidad interior de aprender a jugar, de compartir, de explorar capacidades creativas para descubrir alguna o para resignarnos a saber de nuestras limitadas destrezas.

Messi ha roto, por lo menos durante casi dos décadas, la monotonía y cierta previsibilidad de los fines de semana y de los partidos en días ordinarios de la Champions League. Nos ha ofrecido un festival continuado y casi indetenible de que hay genios en la vida que nacen para jugar por los millones de hombres y mujeres que apenas pueden hacerlo porque el día a día los conduce al trabajo y al agobio. Y lo ha hecho desde el contradictorio y casi inexplicable lugar de una vida marcada por la normalidad, entendida ésta como renuente al estrellato, a los lujos asiáticos, a las extravangancias, al exhibicionismo de la fama y de la fortuna. Messi ha hecho de la familia su profundo lugar en el mundo, de sus compañeros de juego, el perfecto argumento del que habla el genial Alejandro Dolina: Se juega al fútbol para hacernos mejores personas, para que nos comprendamos como seres humanos de una manera en que se impongan la solidaridad, el desprendimiento, lejos del egoísmo y la arrogancia individualista. En suma, para querernos entre nosotros, un poquito más.

Desde esa normalidad, sin incidentes mediáticos que caracterizan a tantos rock stars del fútbol de élite, desde su compañera Antonella, desde sus tres hijos, Messi se erige como el hombre más normal catapultado por su inteligencia superlativa para manejar el balón atado al pie y su genio, a la categoría de jugador histórico, del mejor jugador de todos los tiempos de acuerdo a la medición masculina tan fálica, que expresa la manía de comparar quién la tiene más grande. No es necesario ir por ahí con Messi. Durante sus dos décadas como futbolista fuera de serie ha ganado por regularidad de rendimiento, por persistencia, ha ganado como el más goleador del Barcelona y la selección argentina, ha ganado como el asistidor perfecto para que sus compañeros la empujen al arco, y también, cuando no ha estado en la mejor de sus formas ha sabido jugar tan mal, casi desapareciendo del verde césped, para demostrarnos que su genio, su vocación profunda por el juego, emerge desde esa normalidad que nos informa que hasta los más grandes, los diferentes, los tocados por varitas mágicas, se pueden equivocar y feo, con todo el derecho que les asiste por su simple y sencilla condición humana.

La felicidad que he vivido durante esta Copa del Mundo se llama Lionel Andrés Messi Cuccittini. Así como lloré desconsoladamente cuando mi prócer del fútbol Diego Armando Maradona partió de este mundo cruel, lloro con felicidad infantil luego de que Messi me saca de la planicie con un regate, una gambeta, un pase filtrado, un tiro libre perfecto y hasta de un penal marrado. Como bien dijo ese cíclope que tiene por arquero la selección argentina, el Dibu Martínez, “esto es para los 45 millones de trabajadores que no la pasan bien hoy día en mi país”: Una suerte de obrero bajo los tres palos que ataja los penales necesarios para que la patriada conductora de Messi llegue a buen puerto.

Desde mi sensibilidad, el amor al juego es esencialmente prioritario por sobre la heroicidad del triunfo, pero está claro que se ingresa a la cancha para ganar, mejor si jugando como juega Messi con los suyos para demostrarnos que desde la normalidad, pero también desde el rigor de la protesta contra sus enemigos que lo envidian y amenazan, se puede ser el tipo de la película que hace felices a millones de argentinos y no argentinos, que no dejamos de asombrarnos con sus proezas y su inteligencia suprema.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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El asesinato político de Sebastián Moro

/ 19 de noviembre de 2022 / 02:21

A la medianoche con un minuto del 10 de noviembre de 2019, el diario Página 12 de Buenos Aires publicaba Un golpe de Estado en marcha en Bolivia, nota despachada desde La Paz por su corresponsal Sebastián Moro, que también trabajaba con la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB). En dicho reporte periodístico, Moro pormenorizaba lo que horas después se materializaría con la “sugerencia” del Alto Mando Militar a Evo Morales, que hacia el final de la tarde de ese mismo día anunciaba su renuncia a la Presidencia del Estado Plurinacional de Bolivia.

En los 13 párrafos de la nota escrita por Moro se refieren las condiciones imperantes en Bolivia, caracterizadas por los motines policiales, las insinuaciones militares que luego se traducirían en el derrocamiento de Evo y en el caótico ambiente callejero que tenía a las clases medias conservadoras marchando a paso de parada del brazo de uniformados para escrachar, amedrentar y, si se veía necesario, agredir a los “mugrosos indios” del Movimiento Al Socialismo (MAS) que salían a oponerse al cambio de gobierno por la vía de la violencia, la represión y días más tarde a través de las masacres que provocaron 37 muertes en las zonas de Huayllani-Sacaba de Cochabamba y Senkata de El Alto de La Paz.

Hoy, a tres años de los acontecimientos producidos en Senkata, debemos también recordar que a los pocos días de los convulsionados días del golpe de Estado que catapultó a Jeanine Áñez a la presidencia de Bolivia, Sebastián Moro fue encontrado en su casa de La Paz con marcas en su cuerpo producto de una tremenda golpiza. Conducido a un hospital de la ciudad, debido a la gravedad y contundencia de las agresiones sufridas, el periodista argentino falleció, tragedia que hoy día tiene a parte de su familia en nuestro país clamando por justicia.

Sebastián Moró vivía en Bolivia y sus credenciales informan que era un periodista comprometido con la defensa de los derechos humanos e identificado con el “proceso de cambio” liderado por Evo Morales. En el maremágnum de acontecimientos e informaciones, esta penosa e indignante historia no está consignada en mi libro Democracia interrumpida, crisis de Estado y gobierno de facto en Bolivia, vacío que repararé como corresponde en una segunda edición prevista para 2023.

A Moro lo mataron por ser periodista de izquierda, por proclamar abiertamente su identificación con el gobierno del MAS y por trabajar con la principal organización que aglutina a los trabajadores campesinos de Bolivia, a través de su medio impreso Prensa Rural y radio Comunidad. Lo mataron los paramilitares o parapoliciales que han vuelto a salir a las calles del Plan Tres Mil de Santa Cruz de la Sierra para saquear, masacrar y violar a sus habitantes, migrantes collas dizque residentes de la ciudad más hospitalaria de Bolivia “bajo el cielo más puro de América”, con el grosero pretexto de defender una fecha para la realización del Censo Nacional de Población y Vivienda.

Ese mismo 19 de noviembre de 2019, este periodista fue víctima de la criminalización mediática perpetrada por los tocayos Peñaranda y Garafulic. En la Brújula digital de Peñaranda se publicó “La diputada masista Susana Rivero y su esposo Julio Peñaloza fueron vistos en el aeropuerto de El Alto este martes, con rumbo a Lima con conexión a México, según testigos que estaban en la terminal aérea”, y en Página Siete algo parecido: “La asambleísta Susana Rivero y su esposo fueron vistos en el aeropuerto. Testigos vieron a la diputada y a Julio Peñaloza abordando un avión rumbo a México”.

En su plan persecutorio, como palanca mediática golpista, el execrable periodismo practicado por estos personajes no solo que nos criminalizó seguramente con el objetivo de ser “cazados” como lo pretendía el ministro de la muerte Arturo Murillo, con todos los masistas “sediciosos, terroristas y narcotraficantes”, sino que publicó una falsedad porque jamás abordamos avión alguno a México. Resulta que nuestro temor a pisar el aeropuerto de Viru Viru nos obligó a buscar otra conexión que nos condujera a Buenos Aires, ciudad en la que artesanos de Caminito salieron en nuestra defensa cuando unas señoronas muy cruceño blancoides se acercaron para agredirnos. Nos habían reconocido gracias a las fotos registradas en el aeropuerto de El Alto y publicadas por Brújula digital y Página Siete, corrijo, Página Miente.

En una de las fotografías publicadas por estos genios de la mentira y la manipulación mediática aparece mi hijo Sebastián, entonces menor de edad. Ni siquiera por eso, Peñaranda recordó que alguna vez (1995) lo había llevado a trabajar al diario Última Hora que por entonces me encomendaron relanzar sus propietarios, herederos de Mario Mercado.

Con la rabia y el dolor contenido, porque mi historia es insignificante frente a la tragedia que vive la familia de Sebastián Moro, me sumo a su clamor: ¡ Justicia con cárcel para sus asesinos golpistas!

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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