Opinión

jueves 13 ago 2020 | Actualizado a 21:39

Pico electoral

Así pues, asumiendo los erráticos datos oficiales acerca de las previsiones de contagio por COVID-19, es difícil condicionar la fecha de las elecciones. Lo que resulta innegable es que, más allá de la evolución de la pandemia, no existe ninguna posibilidad de una nueva postergación de los comicios.

/ 31 de julio de 2020 / 02:31

Por La Razón

Parece haber una curiosa correlación entre la fecha de elecciones y las previsiones sobre el “pico” de contagios por coronavirus. No es que el calendario electoral se defina en función a la evolución de la pandemia, como sería natural, sino al revés. Para decirlo en otras palabras: los pronósticos sanitarios del “comité científico” se mueven a tono con la temporalidad de los comicios.

En marzo, cuando el COVID-19 llegó al país y empezó a extenderse en todo el territorio, se afirmó que el pico de contagios sería en mayo a junio. Con esa proyección se decretó la cuarentena total, que se fue ampliando, y se produjo la primera postergación de las elecciones generales, originalmente convocadas para el 3 de mayo. La evidencia de la pandemia era innegable y la ciudadanía asumió con disciplina el confinamiento (salvo excepciones). La suspensión del calendario electoral también fue incuestionable.

Con la nueva fecha para los comicios, establecida por ley como máximo hasta el 2 de agosto, los voceros del Gobierno provisorio cambiaron sus pronósticos sanitarios: el pico de contagios sería en agosto. Lo propio ocurrió cuando, a iniciativa del TSE y como resultado de un acuerdo político pronto desconocido por la alianza Juntos, se estableció la segunda postergación del sufragio —también por ley— para el 6 de septiembre. Rápidamente la titular de Salud informó que en septiembre sería la cima de contagios.

A reserva del debate legal sobre la reciente decisión del TSE de aplazar los comicios hasta el 18 de octubre, las autoridades sanitarias, que se contradicen entre ellas, ahora dicen que el pico de contagios será… ¡en octubre! Claro que lo prolongan hasta noviembre y más, lo que supondría aplazar sine die la votación. Así, la correlación entre fecha de elecciones y proyecciones de contagios, que al principio resultaba razonable, hoy parece más bien un opaco instrumento para fines político-electorales.

Si hay alguna certeza en el actual escenario de crisis múltiple e incertidumbre en el país, es que ni las autoridades del Gobierno ni su “comité científico” (cuya cabeza está en Estados Unidos buscando respiradores) saben decirnos algo cierto sobre la evolución de contagios por coronavirus y el temible pico que no llega. Eso es natural toda vez que no se ha podido garantizar ni lo más elemental, que es contar con pruebas suficientes. Hoy mismo cinco departamentos reportan subregistro de casos por falta de reactivos.

Así pues, asumiendo los erráticos datos oficiales acerca de las previsiones de contagio por COVID-19, es difícil condicionar la fecha de las elecciones. Lo que resulta innegable es que, más allá de la evolución de la pandemia, no existe ninguna posibilidad de una nueva postergación de los comicios. Como ha señalado el TSE, el 18 de octubre es una fecha definitiva si de verdad se quiere garantizar que este año tengamos autoridades y representantes electos. Lo demás es cuidarse por cuenta propia.

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Parálisis estatal

Cierto que las elecciones por sí mismas no resuelven la crisis múltiple (político-institucional, sanitaria, socioeconómica, ambiental), pero brindarán al menos mejores condiciones, en especial de legitimidad, para enfrentarla.

/ 12 de agosto de 2020 / 02:26

Por La Razón

La irresuelta crisis múltiple y la creciente polarización política en el país se complican con una sensación cada vez más penosa de parálisis estatal. Existe un bloqueo mutuo entre el Ejecutivo y el Legislativo. El nivel central del Estado coordina poco y mal con las entidades territoriales autónomas. Y el propio Gobierno provisorio demuestra fragilidad e incoherencia interna.

Hay varias experiencias de gobiernos que carecen de bancada mayoritaria en el Legislativo. En tal escenario, existe la tradición de coaliciones entre dos o más fuerzas políticas. Cabe también la posibilidad de construir acuerdos puntuales sobre determinadas normas y políticas públicas. En ausencia de gobierno mayoritario o de pactos, surgen el bloqueo institucional y la parálisis decisoria. Lo vivimos en Bolivia en el gobierno de la UDP, en la gestión de Mesa y con el actual Gobierno provisorio.

Más allá de la relación armónica o conflictiva entre los órganos del poder público, incluido el Judicial, el Tribunal Constitucional y, en algunos casos, el organismo electoral, es fundamental en democracia preservar la razonable y necesaria lógica de pesos y contrapesos. El problema surge cuando ese principio de coordinación e independencia de poderes se convierte en desencuentro sistemático. Cuando cada órgano va por su lado, con arreglo a intereses irreconciliables, no hay horizonte común posible.

La situación hoy en Bolivia es más complicada y crítica porque el bloqueo institucional se produce entre un gobierno provisorio sin la legitimidad de las urnas, y una asamblea cuya composición no representa la actual correlación de fuerzas políticas. Ambos con mandatos sobradamente prorrogados y ya improrrogables. Dos órganos sin ninguna voluntad política e institucional para coordinar acciones mínimas para enfrentar la crisis. Si ni siquiera pudieron ponerse de acuerdo en escucharse el 6 de agosto.

Es evidente también la ausencia de coordinación entre el nivel central del Estado y las entidades territoriales autónomas. Así, decisiones del Gobierno provisorio no necesariamente son acompañadas por gobernaciones departamentales y gobiernos municipales. Ello ocurre por varias razones, entre otras, decisiones verticales que no se consultan, falta de recursos, disputa política. La mala gestión pública de la pandemia por el COVID-19 es una muestra de ello, con la actual sensación de colapso sanitario.

Dada esta insostenible situación, que parece irremediable en el corto plazo, es fundamental garantizar un gobierno y una Asamblea Legislativa resultantes de la voluntad ciudadana expresada en las urnas. Cierto que las elecciones por sí mismas no resuelven la crisis múltiple (político-institucional, sanitaria, socioeconómica, ambiental), pero brindarán al menos mejores condiciones, en especial de legitimidad, para enfrentarla. Empezando por la posibilidad de construir acuerdos y evitar escenarios de violencia.

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País bloqueado

Mientras tanto, la sociedad boliviana, particularmente en las ciudades principales, se ve jalonada por los grupos que alientan la polarización y la alimentan de cotidianas consignas y desinformación, y sometida a la incertidumbre cuando intenta conservar una posición equidistante.

/ 10 de agosto de 2020 / 01:23

Por La Razón

El fracaso, el sábado, del intento del Tribunal Supremo Electoral por lograr un acuerdo con la Central Obrera Boliviana, y el domingo, de la Presidenta candidata, por lograr un compromiso para resolver la tensión política, sirve también como conjunto de indicadores del mal momento que atraviesa la democracia del país, golpeada no solo por la ruptura institucional, sino también por la pandemia.

En primer lugar, la COB, desvencijada organización matriz de los trabajadores, ha vuelto a tener un protagonismo inesperado en el escenario político, sin que hasta ahora sea claro cuál es el propósito que persiguen las movilizaciones iniciadas hace una semana a instancias de la histórica central sindical, aparentemente coaligada con una parte del MAS, la misma que tiene influencia sobre las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba, sector que tampoco está dispuesto a ceder en sus pretensiones de adelantar, así sea una semana, la fecha de las elecciones, hoy fijadas para el 18 de octubre.

Por otra parte, hay una dura lección para las y los miembros de la Sala Plena del TSE, que con su decisión de mover de manera autónoma la fecha de las elecciones, y sin importar si sus razones son más valederas que las del resto de los actores políticos, ha provocado el actual momento de inestabilidad, en gran medida por no haber construido acuerdos necesarios, particularmente con aquellos que estando conformes con la decisión, prefieren no decirlo públicamente por cálculo electoral.

Para la Presidenta candidata y su equipo de gobierno tiene que haber sido sensible el mensaje de que gobernar es mucho más que administrar la fuerza o siquiera la amenaza de usarla. Todo gobierno democrático debe extremar sus recursos para construir consensos amplios con quienes le apoyan, mínimos con quienes ni adhieren ni atacan, y siquiera principios de acuerdo con quienes se oponen. Convocar al diálogo, cuando no se ha dado muestras de que es posible concertar, no tiene sentido ni mucho menos resultados.

Mientras tanto, la sociedad boliviana, particularmente en las ciudades principales, se ve jalonada por los grupos que alientan la polarización y la alimentan de cotidianas consignas y desinformación, y sometida a la incertidumbre cuando intenta conservar una posición equidistante, necesaria para decidir quién merece el voto popular en octubre próximo, sobre todo a la luz de la escasa vocación democrática que muestran unos y otros.

El balance final muestra que todos los actores políticos relevantes coinciden en estar dispuestos a firmar un acuerdo que fije de manera definitiva el 18 de octubre como fecha de los nuevos y postergados comicios, y sin embargo el país sigue bloqueado, lo cual claramente obliga a buscar qué intereses se esconden detrás de las posturas maximalistas e intransigentes, de las cuales hay abundante memoria en la historia política boliviana.

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Acuerdo urgente

El requisito es garantizar por ley, sin ninguna condicionalidad o duda, que la fecha del 18 de octubre es inamovible. Ello implica un compromiso formal del TSE. Y también que el Gobierno provisorio garantice las condiciones para el ejercicio del voto tanto en el país como en el exterior.

/ 9 de agosto de 2020 / 03:51

Por La Razón

Mientras actores radicalizados del Gobierno provisorio y de organizaciones sociales afines al MAS apuestan por atizar la polarización en el país, diferentes voces plantean la necesidad de diálogo. El desafío es construir un acuerdo amplio que permita enfrentar la crisis múltiple y encaminar las elecciones 2020. Solo así se evitarán salidas violentas, inaceptables en democracia.

Bolivia vive una situación de crisis integral que parece conducirnos al abismo. A la agravada crisis político-institucional arrastrada desde los hechos de octubre y noviembre de 2019, se añade una mal gestionada crisis sanitaria, una crisis socioeconómica con efectos venideros de largo alcance y una renovada crisis ambiental por nuevos incendios forestales. Si a ello sumamos el bloqueo institucional, la parálisis decisoria y la escasa legitimidad de varias autoridades, el panorama es sombrío.

En relación al proceso electoral originalmente convocado para el 3 de mayo, continúa la incertidumbre acerca de la nueva fecha decidida unilateralmente por el TSE. Si bien parece haberse asumido la imposibilidad de concurrir a las urnas el 6 de septiembre, la jornada electoral ahora postergada hasta el 18 de octubre aún tiene problemas de legalidad y de legitimidad. Por un lado, requiere una ley dado su carácter excepcional; por otro, implica acuerdos y garantías con los sectores movilizados.

Semejante escenario de crisis múltiple y de incertidumbre respecto a los comicios solo podrá superarse si los actores relevantes concurren al diálogo y se abren a la posibilidad de lograr convergencias mínimas, aunque sean únicamente procedimentales y de corto plazo. De lo contrario, la polarización que apela al uso de la fuerza para bloquear o desbloquear abona la clausura de salidas electorales y, por tanto, pacíficas; y nos conduce casi como fatalidad al deplorable riesgo de violencia y enfrentamiento.

¿Cómo blindar las elecciones, esto es, la imperiosa necesidad de autoridades y representantes con legitimidad para enfrentar la crisis? Pareciera viable construir un arreglo en el ámbito de la Asamblea Legislativa. El requisito es garantizar por ley, sin ninguna condicionalidad o duda, que la fecha del 18 de octubre es inamovible. Ello implica un compromiso formal del TSE. Y también que el Gobierno provisorio garantice las condiciones para el ejercicio del voto tanto en el país como en el exterior.

La bochornosa negación mutua en los actos oficiales del 6 de agosto muestra la dificultad de un acercamiento institucional y político. Cierto que la presidenta-candidata Áñez ofreció un acuerdo sobre bonos, pero lo hizo con ataques y en clave de campaña electoral. Cierto que la presidenta de la Asamblea habló de unidad, pero el MAS alienta acciones que dividen. Estamos como país en cuenta regresiva para un acuerdo urgente. Si no se logra, lamentaremos daños de largo plazo para nuestra convivencia social.

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La Razón, más que papel y tinta

Somos un equipo de profesionales que se esfuerza cada día para llegar a manos de nuestros lectores con información veraz, relevante y completa en sus páginas.

/ 5 de agosto de 2020 / 12:36

Por La Razón

La Razón es más que papel y tinta. Somos más que un dispositivo o una red digital. Somos un equipo de profesionales que se esfuerza cada día para llegar a manos de nuestros lectores con información veraz, relevante y completa en sus páginas. Somos el periódico más influyente del país, un medio de comunicación de referencia para los bolivianos en toda su diversidad. Y en el camino recorrido en nuestros 30 años de vida nos hemos convertido en una fuente indispensable de noticias e información responsable.

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Calendario y campaña

Lo que resulta inaceptable, y está prohibido por ley, es el uso de bienes y recursos públicos para fines electorales. Ocurre en varios niveles, pero es excesivo por parte del Gobierno provisorio y la candidata-presidenta Áñez.

/ 5 de agosto de 2020 / 02:07

Por La Razón

Reafirmando su decisión unilateral de postergar las elecciones para el 18 de octubre, el TSE aprobó el calendario con las nuevas fechas de las actividades que restan hasta culminar el proceso. Es una importante señal para brindar certidumbre a los comicios 2020, aunque se requieren todavía acuerdos sociales, políticos e institucionales que garanticen su legitimidad y legalidad.

Con la publicación del calendario los vocales asumen dos decisiones importantes sobre las elecciones. La primera es que no hay marcha atrás en el aplazamiento de la votación prevista para el 6 de septiembre, que a estas alturas es inviable por razones logísticas y administrativas. La segunda decisión es que la nueva fecha es inamovible y, por tanto, definitiva, con lo cual se descarta la posibilidad de una nueva postergación. Ni septiembre ni 2021, pues, las elecciones serán el 18 de octubre.

En relación al calendario electoral, luego de un prolongado paréntesis (desde marzo) a su ejecución, si bien ya está en vigencia desde este lunes, se retomará formalmente 45 días antes de la jornada electoral con la sustitución de candidaturas por renuncia. Es un hito relevante para las fuerzas políticas contrarias al MAS, que hasta ese momento podrán decidir si continúan con sus candidaturas o declinan para negociar cuotas en otras listas legislativas. Claro que ya no existe la posibilidad de formar alianzas.

Otra actividad fundamental del calendario es el sorteo público para la selección de jurados electorales, a realizarse el 18 de septiembre. La designación de estas autoridades, que tienen la misión de garantizar el funcionamiento de las mesas de sufragio, marca un punto de no retorno en el proceso. En esa misma fecha se inicia la difusión de propaganda electoral en medios de comunicación, que será central para la promoción de candidaturas dado el contexto de distanciamiento social por la pandemia.

En ese marco, debe alertarse sobre el plazo para la “difusión de propaganda electoral en actos públicos de campaña”, fijado para el 6 de septiembre. En rigor, es una formalidad que no se cumple. Es claro que todas las fuerzas políticas y candidaturas, unas más que otras, continuaron haciendo campaña electoral por diferentes medios (en especial en redes sociales) durante los últimos meses, en medio de la cuarentena. Parece difícil que el TSE pueda regular, prohibir y en su caso sancionar este extremo.

Lo que resulta inaceptable, y está prohibido por ley, es el uso de bienes y recursos públicos para fines electorales. Ocurre en varios niveles, pero es excesivo por parte del Gobierno provisorio y la candidata-presidenta Áñez. Pese a que un decreto de la propia Áñez lo prohíbe, gran parte de acciones y mensajes de “gestión pública” son en realidad campaña electoral, incluida propaganda en medios (al mejor estilo del expresidente Morales). El TSE debe actuar conforme a norma y no desentenderse del tema.

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