Columnistas

Dibujos como balas

La Razón (Edición Impresa) / A fuego lento - Edgar Arandia Quiroga

00:00 / 08 de diciembre de 2019

El poder que tiene un dibujo sobre la palabra es su dimensión masiva que, cuando contiene un sentido crítico, lastima de muerte a los gobernantes autoritarios que no pueden digerirlos como una crítica a sus errores y afanes dictatoriales. Les duele, pero no mueren ni sangran, les quita el sueño, y por eso persiguen a sus autores.

En las antiguas ánforas griegas se pueden apreciar los primeros dibujos de humor, con las facciones y los cuerpos caricaturizados, con el afán de ridiculizar a los personajes representados. La civilización egipcia también tuvo su divinidad del humor, representada por Bes, el espíritu del mal (según el libro de los muertos). Su imagen ahora es usada en el certamen internacional de la caricatura en Montreal, Canadá. La nación azteca tuvo asimismo dibujantes que exageraban los rasgos y ridiculizaban a los personajes comparándolos con animales. La cultura china tiene a Xi-Chen, la divinidad de la alegría, íntimamente relacionada con las representaciones caricaturescas.

En la Edad Media, el oscurantismo eclesiástico limitó y prohibió el uso de la caricatura. Por ejemplo, Lutero denunció la corrupción del papado con dibujos. Los cuales, por su contenido crítico, constituían la delicia de los pueblos que apreciaban en ellos lo que no podían decir por miedo a los inquisidores. A su vez, Jacques Callot (1593-1635) elaboró cientos de grabados sobre la Guerra de los 30 años (1633) en los que describe, descarnadamente, los sufrimientos de los campesinos sometidos a los intereses religiosos y al poder de las monarquías.

Entretanto, el pintor inglés William Hogart (1697-1764) es considerado el primer caricaturista político, por su feroz crítica a la sociedad inglesa de su tiempo. Aunque no existía la prensa escrita, el artista usaba las primeras prensas rudimentarias y vendía al público sus trabajos en formatos de colección.

Por esta época también empezaron a circular hojas volantes en las ferias y mercados con canciones y versos sobre la vida cotidiana de las sociedades de entonces, siempre develando lo que la monarquía quería ocultar. Estas hojas volantes eran muy difundidas, pues las clases populares eran analfabetas y los dibujos hablaban por sí mismos.

Durante la Revolución Francesa (1789), la caricatura con intención social y de crítica al poder absolutista formó prácticamente una escuela que pervive hasta ahora. Una de las razones era la absoluta libertad de expresión que había, consagrada precisamente entre los valores fundamentales conquistados por ese movimiento social que cambió la faz del mundo conocido hasta entonces.

También en Europa la vena inglesa se fortaleció con James Gilray (1756-1815) y Thomas Rowlandson (1756-1827), cuyos trabajos impresos circulaban en el mundo político. Fueron los primeros caricaturistas en sufrir amedrentamientos por grupos violentos y paramilitares. Estas obras se pegaban en los muros, anónimamente, ya ejecutados por artistas que mantenían en reserva su nombre para evitar a la Policía represiva.

Durante las guerras de independencia (1810-1825) también circularon los pasquines dibujados en los territorios de Charcas y el Bajo Perú, criticando a los gobernadores, virreyes y a los reyes españoles. Los gendarmes reales se encargaban de buscar a los autores patriotas para encarcelarlos o eliminarlos.

El retroceso que ahora vivimos en torno al respeto a la libre expresión se devela claramente al constatar la frivolidad del Poder Judicial a la hora de conceder y ceder ante los nuevos gobernantes. Es un rasgo de la inmadurez y licuefacción de la democracia. Así, el Ministro de Gobierno presenta una novela sobre dos “terroristas digitales” y habla de “cazar” a sus adversarios políticos como si fueran animales; mientras la Ministra de Comunicación paladea su venganza contra su colega Amanda Dávila, frunciendo sus labios color sangre, escudriñando en su pasado. Llama la atención la alacridad de estas autoridades a la hora de “cazar” a sus adversarios políticos, parcializándose con sus acólitos, e ignoran voluntariamente perseguir a la pandilla fascista de “terroristas digitales” que amenaza y amedrenta a Alejandro Salazar, el mejor caricaturista político boliviano.

Durante las dictaduras militares sucedió lo mismo con los artistas que develaban el lado oscuro de las autoridades, y si la señora Áñez quiere pacificar el Estado, debe desprenderse de sus “ayudadores” que solo buscan venganza o beneficio personal, como tempranamente lo hiciera Jerjes Justiniano, la cuota política de Camacho.

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