Columnistas

Donald Trump intenta matarnos

La Razón Digital / Pulso político-económico - Paul Krugman

00:00 / 07 de abril de 2019

No sabemos con certeza el alcance del legado que Donald Trump nos dejará. Y, cómo no, es sumamente importante lo que ocurra en las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos. Pero una cosa parece segura: aunque el tuitero en jefe sea presidente durante un solo mandato, habrá causado, de manera directa o indirecta, la muerte prematura de un gran número de estadounidenses.

Algunas de esas muertes se producirán a manos de nacionalistas blancos de extrema derecha, quienes constituyen una amenaza en rápido crecimiento, en parte porque se sienten autorizados por un presidente que los califica de “muy buenas personas”.  Otras se producirán por fallos de la Administración pública, como la inadecuada respuesta al huracán María, que sin duda ha contribuido al elevado número de muertes en Puerto Rico (recuerden: los puertorriqueños son ciudadanos estadounidenses).

Y otras se deberán a los continuos esfuerzos del Gobierno por sabotear el programa de Atención Sanitaria Asequible (mejor conocido como Obamacare), que no han conseguido anular la reforma, pero han paralizado el descenso del número de personas sin seguro, lo que significa que muchos no están recibiendo aún la atención sanitaria que necesitan. Por supuesto, si Trump se sale con la suya y elimina por completo el Obamacare, las cosas en este frente se pondrán mucho, muchísimo, peor, para las personas de escasos recursos.

Pero es probable que el mayor número de fallecimientos lo provoque el programa liberalizador de Trump; o quizá no deberíamos llamarlo “liberalizador”, porque su gobierno es curiosamente selectivo acerca de qué sectores quiere dejar a su aire. Piensen en dos cuestiones recientes que ayudan a comprender lo mortalmente raro que es lo que está ocurriendo.

Una de ellas es el plan para que los mataderos de cerdos asuman buena parte de la responsabilidad federal de llevar a cabo inspecciones de seguridad alimentaria. ¿Y por qué no? No es que hayamos visto problemas derivados de la autorregulación en, pongamos por caso, el sector aeronáutico, ¿no es cierto? Ni que hayamos experimentado importantes brotes de enfermedades provocadas por alimentos. O que, para empezar, hubiera una razón para que la

Administración pública estadounidense regulase las industrias cárnicas.

Ahora bien, podríamos ver la voluntad del gobierno de Trump de confiar en la industria cárnica para que nuestra carne sea segura como parte de un ataque general a la reglamentación pública, una voluntad de confiar en que los sectores con ánimo de lucro harán lo correcto, y dejar que gobierne el mercado. Y algo de verdad hay en ello, pero no es toda la historia, como ilustra otro acontecimiento: la declaración que hizo Donald Trump el otro día de que las turbinas eólicas producen cáncer. Ciertamente, podríamos atribuirla a su propia demencia: el tuitero en jefe siente un odio irracional por la energía eólica desde que fracasó en su intento de impedir la construcción de un parque eólico cerca de su campo de golf escocés. Y el Presidente parece demente e irracional en tantas cuestiones que una afirmación extraña más apenas parece importar. Pero no se trata de un mero trumpismo más. Después de todo, normalmente pensamos que los republicanos en general, y Trump en particular, son personas que minimizan o niegan las “externalidades negativas” (los costes no compensados) que imponen algunas actividades empresariales a otras personas o empresas. Por ejemplo, el gobierno de Trump quiere revocar las normas que limitan las emisiones de mercurio de las centrales eléctricas. Y para lograr ese objetivo, quiere impedir que la Agencia de Protección Medioambiental de Estados Unidos tenga en cuenta la multitud de beneficios que comporta la reducción de las emisiones de mercurio, como una reducción asociada de óxido de nitrógeno.

Pero en lo que a energía renovable se refiere, a Trump y compañía les preocupan mucho de repente los supuestos efectos negativos, que en general solo existen en su imaginación. El año pasado, la Administración presentó una propuesta que habría obligado a los operadores de las redes eléctricas a subvencionar la energía del carbón y la nuclear. La supuesta lógica era que las nuevas fuentes de energía amenazaban con desestabilizar estas redes, pero los propios operadores negaron que esto fuese cierto.

De modo que hay liberalización para algunos, pero nefastas advertencias sobre amenazas imaginarias para otros. ¿Qué está ocurriendo? Parte de la respuesta es: sigan al dinero. Las aportaciones políticas de la industria cárnica favorecen abrumadoramente a los republicanos. La minería del carbón apoya casi exclusivamente al Partido Republicano. Las energías alternativas, por el contrario, prefieren en general a los demócratas.Probablemente haya también otras cosas. A un partido que desea poder volver a la década de 1950 (pero sin el tipo fiscal máximo del 91% de aquel entonces), le resultará difícil aceptar la realidad de que cosas hippies y poco masculinas como la energía eólica y solar se estén volviendo cada vez más rentables. Con independencia de qué impulse la política de Trump, el hecho, como he dicho, es que matará a la gente. Las turbinas eólicas no causan cáncer, pero las centrales térmicas de carbón sí (además de provocar muchos otros males). Los cálculos del propio gobierno de Trump indican que esta relajación de las normas sobre la contaminación causada por el carbón matará a más de 1.000 estadounidenses cada año. Si el Gobierno consigue poner en práctica todo su programa —no solo la liberalización de muchos sectores industriales, sino también la discriminación contra sectores que no le gustan, como las energías renovables— el daño será mucho mayor.

De modo que si comen carne (o, ya puestos, beben agua o respiran aire) Trump intenta matarlos en un sentido muy real. Y aunque se vea despojado del cargo el próximo año, para muchos estadounidenses será demasiado tarde.

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