Columnistas

Trump y su corrupto partido de siempre

Estamos presenciando una prueba de hasta qué extremo el Partido Republicano está dispuesto a degradarse

La Razón Digital / Paul Krugman

23:33 / 30 de noviembre de 2019

Oficialmente, la Cámara de Representantes está llevando a cabo una investigación para determinar si habría que destituir al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. En realidad, hace mucho tiempo que conocemos la respuesta a esa pregunta. En otra época, cuando ambos partidos creían en la Constitución Política, el abuso de su posición por parte de Trump para beneficio personal habría conducido a su destitución hace ya mucho. Pero lo que estamos presenciando en realidad es una prueba de hasta qué extremo el Partido Republicano está dispuesto a degradarse. ¿Cuánta corrupción, cuánta confabulación con potencias extranjeras y cuánta traición a los intereses nacionales defenderán los representantes electos del partido del elefante?

Y el resultado de esa prueba parece cada vez más claro: no hay límite. La investigación no ha encontrado un arma humeante; ha encontrado el equivalente a toda una batería de artillería humeante. Pero casi ningún miembro del Partido Republicano se ha vuelto contra Trump y sus colaboradores de altos delitos y faltas. ¿Por qué? La respuesta apunta al núcleo del problema con la presente política estadounidense: el Partido Republicano es actualmente un partido profundamente corrupto. Trump es un síntoma, no la enfermedad, y nuestra democracia seguirá bajo una amenaza extrema aunque él se vaya, si es que se va.

La explicación habitual para la aquiescencia del partido con las actividades ilícitas de Trump es que los republicanos electos temen ser derrotados en primarias si muestran cualquier asomo de vacilación. Y ciertamente esa es una parte importante del relato. No han olvidado lo ocurrido en 2014, cuando David Brat, un insurrecto del Tea Party, venció a Eric Cantor, en aquel momento presidente de la Cámara de Representantes. Cantor era un conservador de la línea dura, pero respetable en cuanto a sus afectos, y se le consideraba blando en materia de inmigración. La lección fue que la base republicana exige complacer a los seguidores, y eso hoy en día significa apoyar a Trump a toda costa.

Pero los miedos electorales no son lo único que mantiene a raya a los republicanos. Por una parte, la mayoría de los observadores no se dan cuenta ni siquiera ahora de hasta qué punto muchos republicanos consideran que sus adversarios internos no son conciudadanos, sino enemigos sin derecho legítimo alguno a gobernar. William Barr, el Fiscal General, afirma que los progresistas son “laicistas militantes” decididos a “destruir el orden moral tradicional”. Si uno ve el mundo así, apoya todo aquello —inclusive la petición o la extorsión a potencias extranjeras para que intervengan en las elecciones estadounidenses— que le ayude a derrotar a esos progresistas.

Por otra parte, resulta asombroso que, salvo raras excepciones, hasta los republicanos que van a dejar su cargo o lo han dejado ya sigan negándose a criticar a Trump. Ha habido una oleada de republicanos que han anunciado su renuncia a la Cámara de Representantes, y caben pocas dudas de que algunos de ellos lo hacen porque les asquea servir al actual Gobierno. Pero casi ninguno lo ha dicho explícitamente, a pesar de que ya no tengan que enfrentarse a más primarias. ¿Qué los mantiene a raya?

La respuesta es: sigan el rastro del dinero. Al fin y al cabo, ¿cómo se ganan la vida los cargos públicos retirados? Muchos pasan a formar parte de grupos de presión; y en tiempos de polarización extrema, eso significa presionar a su propio partido. Ser honesto respecto a las razones por las que uno deja el cargo sería malo para sus futuros negocios.

Aparte de eso, la actual derecha contiene muchas instituciones —Fox News y otros medios de comunicación, centros de estudios derechistas, instituciones académicas y otros organismos— que ofrecen refugio a antiguos cargos públicos. Sin embargo, esta “seguridad social para radicales conservadores” —sin parangón en la izquierda— solamente está disponible para quienes siguen acatando la disciplina partidaria.

Antes he mencionado a David Brat, quien destronó a Eric Cantor. Se da la casualidad de que el propio Brat salió derrotado tras la abrumadora victoria demócrata del año pasado. ¿Y qué hace ahora? Es decano de la escuela de negocios en la Liberty University de Jerry Falwell (Virginia). De modo que los incentivos económicos siguen manteniendo a raya incluso a los republicanos que se retiran. Y las excepciones confirman la regla.

Hasta donde yo sé, Gordon Sondland, embajador de Estados Unidos ante la Unión Europea (UE), ha sido el primer cargo por nombramiento político, no un funcionario de carrera, que ha testificado sobre el abuso de poder del gobierno de Trump en Ucrania. Sin embargo, una característica clave de Sondland es que es rico y no necesita una seguridad social. Seguirá viviendo cómodamente durante su jubilación, siempre y cuando no vaya a la cárcel. De modo que sus incentivos eran muy distintos de los que esperan a la mayoría de las figuras del Partido Republicano.

Entonces, ¿son todos los republicanos corruptamente serviles a Trump? No, hay algunos miembros honrados del partido que nunca se someterán a él, entre ellos muchos neoconservadores en política exterior como William Kristol. Algunos nunca le perdonaremos a este grupo que nos llevase equivocadamente a la guerra contra Irak, pero resulta que realmente tienen principios, y merecen reconocimiento por su actual valentía política.

Pero el Partido Republicano en conjunto es abrumadoramente fanático, corrupto, o ambos. Cualquiera que se imagine que la enorme montaña de pruebas sobre las actividades delictivas de Trump conducirá a un despertar moral, o que los republicanos volverán a las normas políticas democráticas una vez que el Presidente se haya ido, vive en otro mundo. Probablemente ni siquiera una derrota electoral catastrófica el próximo año ayudaría mucho a cambiar el comportamiento republicano.

La gran interrogante es si el Estados Unidos que conocemos podrá aguantar mucho tomando en cuenta que uno de sus dos principales partidos ha rechazado de hecho los principios sobre los que se construyó la nación.

* Es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008.

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