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La Razón (Edición Impresa) / Lucía Sauma

23:35 / 10 de abril de 2019

Con una inquietante frecuencia escucho a los adultos dar gracias a sus padres porque les dieron “un chicotazo bien dado” o porque les pegaron con trapo mojado para escarmentarles cuando eran niños para que no volviesen a cometer las faltas causantes de los castigos. Creo que esas personas están equivocadas, más bien debieran decir que, con esas formas de corregir, ellos y su entorno ganaron adeptos al círculo de la violencia. Aprendieron que se educa a golpes, pellizcos, insultos, jalones, humillaciones que solo traen miedo, desarrollan sentimientos de venganza, generan baja autoestima y una serie de conductas erráticas que terminan en reiterativos yugos de violencia y actitudes negativas frente a la vida.

Es posible que la primera reacción de un niño golpeado o reprendido con insultos sea de obediencia, pero esto solo es una conducta aparente, porque en el fondo es como una olla a presión que en cuanto pueda se destapará y estallará para sacar a luz el odio acumulado, el resentimiento oculto. No confundamos obediencia o respeto con miedo. Una de cada dos personas violentas es así porque de niños sufrieron violencia.

En Bolivia se registran en promedio 100 infanticidios al año. Esta cifra se torna espeluznante cuando nos percatamos que los autores son el padre, la madre, o parientes muy cercanos. Estas muertes se dan en los propios hogares que cobijan a las víctimas, la mayoría menores de cinco años. Este tema ya tiene todos los elementos de una pandemia; es decir, que estamos hablando de una sociedad enferma.

El urgente cambio de esta situación se tiene que dar a través del cumplimiento de las normativas vigentes, la promulgación e implementación de políticas públicas, severas sanciones para quienes infrinjan los acuerdos, campañas de reeducación a todo nivel y a través de todas las herramientas de difusión posibles. Proteger a la niñez en la práctica significa que las defensorías enfrenten su labor con el personal idóneo y suficiente en número, con un presupuesto digno que responda a lo planificado para cada gestión, priorizando el pleno desarrollo de niñas y niños. También es necesario avanzar en el tema de justicia otorgando los ítems requeridos para tener jueces especializados que conozcan cómo tratar y llevar adelante los casos que involucren a niños, niñas y adolescentes.

En el Programa de País suscrito entre Bolivia y Unicef se leen cuatro visiones a ser alcanzadas hasta 2022: todos los niños y niñas sobreviven y prosperan. Están protegidos contra la violencia y la explotación. Todos los niños y niñas aprenden. Disfrutan de las mismas oportunidades en la vida. Casi 3 millones de infantes y adolescentes en Bolivia esperan que esta situación se haga realidad.

* Periodista.

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