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Dulce Francia

¿Macron saldrá airoso o deberá hacer mayores concesiones que, a la larga, impedirán robustecer la economía?

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:56 / 14 de diciembre de 2019

En un país tan avanzado, culturalmente, como la Francia inmortal, las huelgas se programan con anticipación, y su calendario se elabora con la misma sofisticación empleada en la preparación de aquellos menús gastronómicos ofrecidos en los miles de restaurantes esparcidos en su territorio hexagonal.

Es así que se anunció con semanas de anticipación que el jueves 5 de diciembre las centrales sindicales convocarían a sus afiliados y a toda la ciudadanía a una gigantesca manifestación popular, que daría origen a una huelga indefinida en protesta contra el proyecto de reforma de las pensiones vigente hasta ahora. En esencia se trata de ejercer presión para que la Asamblea Nacional no apruebe la legislación respectiva; norma que, entre otras medidas, aumenta la edad de jubilación actual de 62 años a 65 y reduce el monto de las pensiones.

Las críticas apuntan al presidente francés, Emmanuel Macron, por su insistencia en ordenar la economía de esta nación, que desde hace mucho tiempo vive confortablemente gastando más allá de sus medios. Estas demandas conducen a reflexionar si la mayoría de la población pervive realmente con dificultades, particularmente si se compara su estándar de vida con sus pares europeos.

Veamos algunos elementos al respecto. Por ejemplo, las cinco semanas de vacaciones anuales pagadas a la población laboral; los repetidos feriados cívicos y religiosos; el —estupendo— seguro de salud gratuito; acceso a todos los niveles de instrucción formal, incluyendo la educación superior, sin pago alguno; inamovilidad en la función pública y otras golosinas inexistentes en otros lares.

Ciertamente hay diferencias odiosas en los esquemas de jubilación, en los que algunos sectores tienen derecho al retiro más temprano; al igual que las diversas modalidades de las cajas de pensiones, etc. Pero las 800.000 personas que se manifestaron el fatídico 5 de diciembre no constituyen la mayoría de la población gala, calculada en 66 millones; como tampoco lo son los famosos chalecos amarillos, cada vez más menguados, aunque más bulliciosos. Otra característica que vale la pena tomar en cuenta es que los días no trabajados no son pagados. Por ello, los sindicatos cuentan con fondos de reserva para sostener a los huelguistas en sus gastos cotidianos. Aun así, se han registrado huelgas de hasta cuatro semanas.

Atrapados en esos contratiempos, los franceses se resignan a caminar a pie, sin transporte público, a no mandar a sus hijos a las escuelas cerradas y a adoptar sus hábitos diarios a esas extraordinarias condiciones. Simultáneamente, el Gobierno estudia alternativas que mitiguen la estruendosa protesta para llegar a un modus vivendi balanceando un dramático dilema: arreglar la macroeconomía hoy o, como sus predecesores, esconder la basura bajo las alfombras y continuar gozando la bonanza artificial en la dulce Francia. Macron es el líder europeo forjado en hierro especial; sin embargo, ¿saldrá airoso o deberá hacer mayores concesiones que, a la larga, impedirán robustecer la economía francesa?

* Doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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