Columnistas

La hipocresía del cambio generacional

El acto de rebajar la edad de los protagonistas en la política ha sido un afán de continuismo antes que de cambio.

La Razón (Edición Impresa) / Elvis Vargas Guerrero

00:11 / 05 de febrero de 2020

Probablemente los millennials hoy son la mayoría demográfica. El mundo debería estar en sus manos y nuestro destino, recaer en sus hombros. Pero no, a excepción del salvadoreño Nayib Bukele, el austriaco Sebastián Kurz y el coreano Kim Jong Un, la gerontocracia se impone en todas partes. En la última elección en EEUU, Donald Trump se batió contra Hillary Clinton, dos septuagenarios; y este año probablemente el Mandatario estadounidense se las verá contra alguien de su misma edad. No es para sorprenderse porque la edad biológica nunca hace una generación política, sino las ideas que se mueven en un espacio y tiempo determinado, en el que fácilmente pueden coexistir viejos de 70 años y jóvenes de 20.

En Bolivia hoy se habla mucho de un cambio generacional. Nada nuevo en el país, porque siempre se lo ha hecho, quizás por una aspiración de progreso y modernidad. No obstante, este discurso ha cobrado fuerza porque antecede un largo periodo de gobierno en el que los personajes siempre fueron los mismos. Es una manera de metaforizar la renovación. Algo que también denota el prejuicio latente de que la vejez es sinónimo de caduco, conservador y reaccionario; y la juventud, de renovación, cambio y revolución. Lastimosamente no siempre ha sido así. El mejor ejemplo es la generación Evo, que creció conociendo un solo presidente, cuyos postulados ahora son ultraconservadores.

La actitud de nuestros políticos ha sido también en ese tono. Evo Morales asumió el cambio generacional poniendo sus “pichones” al frente, pensando que así aseguraba la continuidad de su proyecto y que los jóvenes se identificarían con otro joven. Además, le echó en cara a su principal oponente lo viejo que estaba. Sin embargo, aquel acto de rebajar la edad a los protagonistas ha sido un afán de continuismo antes que de cambio, y en algunos casos, un anhelo de establecer dinastías políticas. Poner un joven a gobernar no significa que los jóvenes estén en el poder; que una mujer sea presidenta no significa que las mujeres manden; o que un indio sea figura pública no significa que ellos dominen. En la mayoría de los casos éstas son solo figuras decorativas de las élites que controlan el poder.

El discurso político de los que hoy dicen representar el cambio generacional, que por si acaso no son millennials, es una repetición de la cháchara anticomunista difundida por la escuela austriaca allá por los años 90 en un intento por barrer todo vestigio del socialismo después de la caída del muro de Berlín, y de los nuevos liberales que para justificar su ideología intentan hacer similitud entre el socialismo y el populismo. Lo cual ignora que el populismo tiene sus grandes representantes en Trump, Putin y Erdogan, quienes no tienen una pizca de izquierdismo. Pienso que Luis Fernando Camacho y Áñez, por sus ideas, son la otra cara de la medalla de la generación política de Evo Morales, solo que ellos fueron los actores relegados del podium político y ahora tienen palestra.

Sería interesante ver candidatos millennials repitiendo ideas de Pikkety, Yuval Noah Harari, Byung-Chul Han; discutiendo los límites de la propiedad privada, la desigualdad, la difuminación de las diferencias entre la naturaleza, la máquina, el hombre, la inclusión, la quiebra de la democracia liberal, la lacra de los nacionalismos. Pero no, las ideas de ahora son las mismas que hace dos décadas. Me temo que para que ocurra un cambio generacional tenemos que esperar largo rato.

* Escritor y agricultor.

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