Columnistas

Las huellas de un nazi en Bolivia

Estados Unidos pidió disculpas a Francia. Que sepamos, nunca hizo lo mismo con Bolivia.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

20:34 / 23 de febrero de 2019

El 4 de febrero de 1983 —esto es 36 años atrás— el presidente Hernán Siles Zuazo decidió expulsar al criminal de guerra nazi Klaus Barbie, quien había permanecido en Bolivia 32 años con el falso nombre de Klaus Altmann. Por insondables azares del destino, me tocó realizar la última entrevista en la vida de este personaje en su viaje de retorno a Francia, país donde había cometido sus mayores crímenes durante la ocupación alemana. Con ese material y varias otras entrevistas elaboré un documental difundido el 16 de febrero de aquel año en el medio donde yo trabajaba. Infelizmente este documental no fue conservado en los precarios archivos del canal estatal, como lo comprobé en 1986 cuando escribía el libro Barbie Altmann de la Gestapo a la CIA.

Terminada la guerra, Barbie fue reclutado por los servicios de Inteligencia de los Estados Unidos en Europa y utilizado varios años en las nuevas condiciones de la Guerra Fría. Cuando Francia emplazó a los yanquis a entregar a Barbie, pues tenía ya acumuladas dos sentencias de muerte en ausencia, estos prefirieron empaquetarlo y con toda su familia enviarlo bajo un nombre falso a Bolivia.

La información oficial de Estados Unidos admite que después de muchos años de tenerlo aislado (en “Baño María” como se dice en el argot del espionaje), la CIA reconectó a Barbie para obtener información sobre los movimientos insurgentes en América Latina vinculados a la estrategia de la Revolución cubana cuyo exponente máximo fue Ernesto Che Guevara. Barbie formaba parte de una red de exnazis ubicados en varios países de América Latina. Lo que no se conocía era el nexo que Barbie tuvo con Ralph Shelton, el oficial estadounidense que dirigió el entrenamiento de los “rangers” bolivianos en el ingenio La Esperanza, ubicado al norte de Santa Cruz.

La revelación está en el documental “My Enemy’s Enemy” (El enemigo de mi enemigo), de Kevin Macdonald, uno de los mejores sobre el tema. Sabido es que se han escrito numerosos libros y producido varios filmes, tanto de ficción como documentales, acerca de las andanzas de este personaje.

La revelación, entre muchas otras, la hace Álvaro de Castro, colaborador estrecho de Klaus Barbie en La Paz: “Hubo una reunión con… Shelton, el instructor del comando que vino de Estados Unidos, indudablemente Altmann dio algunas ideas cómo se podía combatir a este guerrilla. Existían los antecedentes del trabajo que él había realizado durante la Segunda Guerra Mundial. Entonces, pienso que aprovechaban bien de su experiencia”,

Por su parte, Guido Benavides, desde su prisión en Chonchocoro, a tiempo de recapitular los métodos de tortura aplicados durante las dictaduras de Banzer y García Meza dijo: “El mejor asesor que ha tenido el Ejército en esas épocas ha sido Klaus”.

Las revelaciones anteriores explican de alguna manera las expresiones del propio Barbie Altmann cuando en la entrevista insisto en interrogarlo sobre la represión que él personalmente ejerció sobre los miembros de la resistencia francesa: “Mire, es una pregunta que no voy a contestar. Pero era represión en el sentido de antiguerrilla, igual que ustedes han hecho en Ñancahuazú”.

A confesión de parte, relevo de pruebas, dice un aforismo jurídico, muy apropiado para estas circunstancias.

Estados Unidos pidió disculpas a Francia por haber utilizado los servicios de un criminal de guerra nazi. Que sepamos, nunca hizo lo mismo con Bolivia, país al que lo  enviaron y donde también utilizaron su experimentada habilidad para la represión política. Los asesinatos del Che y otros guerrilleros, los de Espinal y Marcelo, la masacre de la calle Harrington y muchos otros crímenes tienen el sello de la ideología y la técnicas nazis que Klaus Barbie esparció en Bolivia. No cabe la menor duda.

* Periodista.

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