Columnistas

‘Tatake’, nuestro gigante

La Razón (Edición Impresa) / Edgar Arandia Quiroga

21:25 / 22 de junio de 2019

Las ciudades modelan su imaginario todos los días, especialmente cuando reciben algo inusual que rompe la rutina y se lo apodera para sí misma. Esto ocurrió cuando Wálter Quisbert Limachi irrumpió en el escenario urbano rebautizado posteriormente como Tatake, en alusión a un personaje malévolo asiático, enemigo del héroe híbrido Kalimán y su acompañante Solín, exitosa radionovela popular que se la puede encontrar aún en compactos en las ferias de El Alto. Su desmesurado tórax y su altura de 2,35 lo transfiguraron en un personaje singular, que se disputaban políticos, fraternidades y entrenadores deportivos.

Durante su corta estadía en Chile, en la década de los 70, emprendió su carrera como boxeador y fue reclutado para representar a Bolivia en los Juegos Bolivarianos de 1977, con la innegable ventaja de su estatura y la fuerza descomunal de sus 123 kilos. Dada la peculiar inutilidad de los deportistas bolivianos para ganar medallas de oro, el triunfo de Tatake sobre sus adversarios, quienes lo miraban boquiabiertos, desató una euforia inédita en los aficionados al box pero, sobre todo, fue aprovechado por los políticos de entonces para justificar sus actos represivos (era un año conflictivo por las movilizaciones sociales en los estertores de la dictadura militar).

Obligado por la Ley del Servicio Civil Obligatorio, Quisbert nos representó en aquel certamen deportivo y su actuación fue la más exitosa por el aura, casi circense, que sus patrocinadores armaban. Esa medalla lo marcó para el resto de su vida. Nunca más dejaría los cuadriláteros, ya sea como luchador, boxeador o promotor. Sus presentaciones posteriores llenaban el Coliseo Cerrado de la calle México. Fue un renacer del box boliviano. Con Isidro Guarachi, otro destacado púgil boliviano, le dieron impulso, aunque efímero, a esta disciplina deportiva en el país.

En su ciudad natal, La Paz, nunca fue derrotado. Y eso me trae a la memoria a un tío que era un seguidor incondicional suyo, quien nos venía a buscar para llevarnos al Coliseo, hacer fila durante horas, y obtener los mejores sitios para animar a nuestro ídolo con gritos machistas como “¡Dale como a tu chola!”, y otros estribillos que se confundían con la algazara popular que no mide su entusiasmo con protocolos de finura y que ahora serían políticamente incorrectos y censurados por su ordinariez.

En una ocasión sus promotores trajeron a un luchador venezolano muy apuesto, una especie de Tarzán latino al que no habían advertido que se iba a enfrentar con un hombrón de 2,25 metros de altura y 123 kilos de peso o un poco más, ya que el éxito había incidido positivamente en su peso. Cuando el luchador venezolano subió al ring, un grupo femenino numeroso vitoreaba al Tarzán llanero, que de un salto subió a las cuerdas del cuadrilátero para lanzar besos a las damas que suspiraban y le arrojaban flores, entusiasmadas por la reciprocidad del púgil. El ingreso del Tatake fue apoteósico, con su capa azul y plata y en cada pierna un enano enmascarado que se balanceaba al paso del gigante. La reacción del público fue de un fervor que nos remontaba a los circos romanos.

Los encuentros entre pesos pesados no profesionales solamente duran tres rounds de tres minutos, por uno de descanso. Por lo tanto, entre 12 a 15 minutos debe suceder todo. Luego de algunos airados reclamos, el púgil venezolano tomó valor, animado por su entrenador y seguro de que tenía una técnica superior a su rival.

Se escabullía de los largos brazos de Tatake, quien no lograba ni rozar su humanidad. Entonces envalentonado por su agilidad, le propinó un golpe directo al rostro, haciendo volar su protector bucal y ocasionándole una hemorragia nasal. Fatal momento, Tatake retiró la sangre con su antebrazo sin ningún estilo y lanzó un huaracazo huracanado de derecha que el púgil venezolano eludió con un juego de cintura, pero cometió otro error fatal: se irguió otra vez para atacar, sin pensar jamás que el huaracazo podía volver en reversa. Un ruido de algo quebrado sonó en el Coliseo. Final del combate. Según nuestro tío, Quisbert revolucionó el box con este golpe letal.

Quisbert Limachi nació en la zona del Gran Poder, y el sábado anterior, en la entrada de nuestro Señor del Gran Poder, recordamos su presencia cuando danzaba con paso cansino, saludando a la gente que lo aplaudía y vitoreaba. Fue nuestro héroe.

* Artista y antropólogo.

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