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El liderazgo social, el bloque revolucionario y la construcción programática

Uno de los aciertos políticos del MAS, desde su primera victoria en 2005, fue construir su propuesta programática junto a los movimientos sociales indígenas, campesinos y urbano-populares, convirtiendo la demanda social en programa de gobierno bajo el paradigma del Vivir Bien.

/ 16 de febrero de 2014 / 04:03

En vísperas de las elecciones presidenciales de 2005 y con encuestas en mano, dentro del Movimiento Al Socialismo (MAS) se sabía ya que Evo Morales triunfaría ampliamente. Esa rutilante victoria —la primera, porque luego vino el triunfo aún más amplio de 2009— fue posible por la combinación de tres factores: 1) liderazgo social, 2) bloque social revolucionario, y 3) programa de transformaciones. Veamos cada uno de ellos.

Liderazgo social. A medida que se hundía el sistema político conformado por los partidos políticos neoliberales (MNR, ADN, MIR) Evo se fue convirtiendo en una opción claramente diferenciada de esa partidocracia. Su liderazgo, gestado hace más de 20 años en la defensa de la hoja de coca contra las violentas erradicaciones ordenadas por el Gobierno estadounidense, se amplió luego a las demandas por tierra y territorio, con lo que irradió su influencia a los sindicatos agrarios en el ámbito nacional. La denominada “guerra del agua” de 2000 le permitió dar un salto cualitativo, agregando a su plataforma la recuperación de los recursos naturales y el derecho popular a acceder a los servicios básicos, que no deben estar controlados por transnacionales. Desde 2001 planteó la necesidad de convocar una Asamblea Constituyente. Durante la crisis de 2003 que precipitó la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada, propuso la recuperación de soberanía frente al Fondo Monetario Internacional y la nacionalización de los hidrocarburos. Ya como presidente, desde 2006, enriqueció su propuesta con la defensa de los derechos de la Madre Tierra frente a la depredación capitalista de nuestro planeta.

Evo se forjó en la escuela del sindicalismo y su tradición orgánica: el respeto y consulta permanente a las bases, la deliberación interna que deviene en acción externa unitaria, la voluntad de lucha y de sacrificio en la búsqueda de los objetivos definidos colectivamente, la tendencia a la negociación de posiciones para arribar a acuerdos, un fuerte practicismo que se basa en el aprendizaje por la experiencia y que no se pierde en discusiones doctrinarias, la acción política con arreglo a fines.

La emergencia de este liderazgo antiimperialista y anticolonialista constituye la mayor novedad en la política boliviana desde 1952. La derecha recién está aprendiendo, luego de ocho años y varias derrotas, a no    subestimar un factor tan decisivo.

Bloque social revolucionario. En el viejo debate de la izquierda boliviana sobre la relación entre los movimientos de masas y el partido de cuadros, terminó imponiéndose el Instrumento Político, como una categoría intermedia entre las dos anteriores que designa a la expresión políticamente organizada de los movimientos sociales y en la que los cuadros políticos deben ser también dirigentes sociales. Esta concepción se alejó tanto del “espontaneísmo” como del “vanguardismo” que caracterizó a la izquierda tradicional.

Se entiende al Instrumento Político como un bloque histórico de fuerzas sociales que, desde su condición de oprimidas y explotadas por el colonialismo interno y el capitalismo neoliberal, se unifican en la acción política sobre la base de acuerdos programáticos esenciales.

Al núcleo inicial conformado por campesinos, colonizadores (hoy llamados interculturales) y pueblos indígenas, se fueron sumando otros sectores urbano-populares y los sindicatos obreros. La Coordinadora de Movilización Única Nacional (Comunal) de 2000 y el Estado Mayor del Pueblo de 2003 fueron las primeras experiencias unitarias. Para respaldar a la Asamblea Constituyente se conformó en 2007 la Coordinadora Nacional por el Cambio (Conalcam), a la que se incorporaron transportistas, gremialistas y cooperativistas mineros, entre otros sectores. Desde 2011 este bloque se debilitó por el alejamiento de algunas organizaciones, pero se ha reconstituido hace poco, con la decisión de la Central Obrera Boliviana (COB) de apoyar al Gobierno para profundizar el proceso.

Programa de transformaciones. Uno de los aciertos políticos del MAS, desde aquella primera victoria de 2005, fue construir su propuesta programática junto a los movimientos sociales indígenas, campesinos y urbano-populares, convirtiendo la demanda social en programa de gobierno bajo el paradigma del Vivir Bien. De esta forma el bloque social revolucionario se proyectó en la gestión estatal con fines transformadores, lo que daba enorme legitimidad a esa gestión. Cuando aquel bloque se debilita por fisuras internas o porque entran en reflujo sus movilizaciones, pasa a prevalecer la tecnocracia gubernamental, con lo que el programa tiende a atemperar sus iniciales objetivos revolucionarios.

Hoy, que se están reconstituyendo las fuerzas sociales que respaldan el proceso, hemos entrado de lleno al debate programático. En esta construcción del programa de gobierno para el periodo 2015-2020, es indudable que partimos de los grandes avances conseguidos en los ocho años anteriores, entre los que se destacan las nacionalizaciones efectuadas en sectores estratégicos de la economía, fundamentalmente en el sector de hidrocarburos, así como haber sentado las bases constitucionales del nuevo Estado Plurinacional y del régimen de autonomías.

La consolidación y fortalecimiento del nuevo Modelo Económico Social y Comunitario —que no el de “economía plural” por ser ésta una noción conservadora— viene a ser una de las tareas más importantes y decisivas en el siguiente periodo. Y para ese nuevo tipo de economía, no es suficiente hablar de estabilidad y crecimiento (todos los gobiernos, incluyendo los neoliberales, hablan de esto). El énfasis debe estar en la socialización de la riqueza producida, lo que conlleva que no solo debemos preocuparnos de cuánto crece nuestra economía medida en los convencionales términos del Producto Interno Bruto (PIB), sino de cómo crece nuestra economía. Un enfoque revolucionario del manejo económico no asigna ponderación absoluta y excluyente a la cantidad y calidad de los bienes materiales producidos, sino pone el énfasis en el modo en que se están produciendo y a la transformación de las relaciones sociales propias de esa manera de producir y distribuir lo producido.

En esta orientación anticapitalista será fundamental el aporte ideológico de la clase obrera (mineros, metalurgistas, constructores, fabriles y petroleros) que se está incorporando a esta construcción programática.

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La otra política, la de los movimientos sociales

Éste será un 1 de mayo para reafirmar el apoyo de los trabajadores al proceso, eso sí, demandando más nacionalizaciones, una nueva Ley General del Trabajo acorde con la Constitución, sindicalización donde aún predomina la flexibilización laboral, el reconocimiento de las empresas sociales comunitarias.

/ 2 de mayo de 2016 / 05:17

No podría comenzar este artículo si no es recordando aquel 1 de mayo de 2006 cuando se reunió el gabinete encabezado por Evo Morales para aprobar la nacionalización de los hidrocarburos. Eran las seis de la mañana en el Palacio, acababa de firmarse el decreto Héroes del Chaco; recuerdo que cantamos el Himno Nacional, nos abrazamos con esa sensación de que algo histórico estaba ocurriendo y luego salimos rumbo al aeropuerto militar de El Alto, desde donde en un avión Hércules viajamos al Chaco, para en el campo San Alberto anunciar al país la medida.

Hoy se cumplen 10 años de aquella patriada que cambió radicalmente nuestra economía, al punto que desde ese momento —con el enorme flujo de ingresos originado en la nacionalización del excedente generado en la industria hidrocarburífera— es que puede hablarse de la implementación de un nuevo modelo económico posneoliberal.

Eran tiempos en que las iniciativas más importantes (la convocatoria a la Asamblea Constituyente, las nacionalizaciones, la revolución agraria, las políticas sociales) las tomaba el gobierno de Evo, como depositario de la voluntad popular expresada en las urnas con el contundente triunfo del 54% de diciembre de 2005.

Este 1 de mayo de 2016 nos encuentra en otra situación, ya que ahora las iniciativas políticas vienen también desde los movimientos sociales que han fortalecido, como espacio para su convergencia unitaria, a la Coordinadora Nacional por el Cambio. Surgida en 2007 para respaldar el proceso constituyente, en la Conalcam confluyen en la actualidad tres vertientes: 1) El movimiento indígena campesino originario, 2) El movimiento obrero estructurado en la Central Obrera Boliviana (COB), y 3) El movimiento urbano-popular cuyas organizaciones tienen una matriz vecinal.

Las organizaciones de la primera vertiente acusan todavía el impacto del escándalo de corrupción en el Fondo Indígena, con la consiguiente pérdida de autoridad moral y política ante el resto de la sociedad. Por ello, ha sido la segunda vertiente, constituida por los sindicatos obreros, la que asume un protagonismo que ya no se limita a una actitud seguidista de todo cuanto hace el gobierno. En el último Congreso de la COB, efectuado en Tupiza hace tres meses, se aprobó una Tesis Política elaborada en base a los documentos de la Federación de Trabajadores Mineros y la Confederación de Trabajadores Fabriles; el lineamiento ideológico define la defensa y la profundización del proceso de cambio como las principales tareas políticas de los movimientos sociales en la presente coyuntura nacional e internacional.

Una coyuntura internacional signada por la rápida restauración neoliberal en Argentina con el gobierno de Mauricio Macri, el golpe parlamentario en plena ejecución contra el gobierno de Dilma Rousseff en Brasil, la desestabilización crónica del gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela y el triunfo de las derechas en las elecciones presidenciales en Perú. Este amenazador avance de las fuerzas contrarrevolucionarias en Sudamérica está cohesionando en Bolivia al bloque indígena-obrero-popular que rápidamente se acerca al gobierno de Evo Morales, cuyo liderazgo sigue siendo uno de los factores de unidad de dicho bloque.

El resultado adverso a la opción por el Sí en el referéndum del 21 de febrero configuró una derrota política de carácter táctico que rápidamente debe ser superada y solo se podrá hacer preservando la unidad de las fuerzas revolucionarias. La COB y la Conalcam interpretaron a la perfección esto al convocar, hace un mes, a la “Cumbre Nacional Política de los Trabajadores y los Movimientos Sociales de Bolivia”, evento que en la ciudad de Cochabamba logró tomar cuerpo de multitud al reunir a 8.000 participantes, representantes de los movimientos sociales de todos los departamentos. Bajar a las bases, volver a escuchar al pueblo, redoblar la lucha contra la corrupción, aprobar desde el Gobierno nuevas medidas revolucionarias, convertir a Bolivia en el referente de las luchas antiimperialistas; en síntesis, profundizar el proceso desde los movimientos sociales. He aquí la otra política, la que al nacer de las fuerzas colectivas y comunitarias adquiere potencial transformador, afirmando el liderazgo social sin caer en caudillismos individualistas.

Por cierto, esta política de los movimientos sociales cuestiona también a las orientaciones ideológicas que, de tanto teorizar sobre las “clases medias” y la movilidad social que —dicen— debe acompañar todo crecimiento económico, terminan dejando a un lado el anticapitalismo, el comunitarismo y el socialismo, pasando a llamarse “progresistas”.

Hacer estas reflexiones de tono estratégico, en modo alguno significa no atender las demandas sociales inmediatas. Y es aquí que quiero resaltar el acuerdo Gobierno-COB sobre el tema salarial.

El impacto macroeconómico de la caída de los precios internacionales del petróleo (que arrastra al precio del gas que vendemos a Argentina y Brasil), de los minerales, de la soya y la quinua, ocasiona que Bolivia perciba menores ingresos por exportaciones. La guerra monetaria entre un dólar estadounidense, que por la especulación mundial sube su valor ocasionando que las monedas en Sudamérica se devalúen, tiene también efecto en nuestra economía interna, aunque no al punto de que ya no podamos soportar dicha presión. En este sentido, la sugerencia de Samuel Doria Medina de efectuar “minidevaluaciones” inmediatamente fue repudiada por los trabajadores, que entienden que esa medida favorece a la burguesía exportadora, pero va a generar inflación y, por tanto, pérdida del poder adquisitivo de los salarios.

El modo como se arribó al acuerdo salarial ratifica la orientación del Gobierno favorable al pueblo trabajador, pues se hizo en diálogo directo con los obreros dejando a un lado la exigencia empresarial de un arreglo “tripartito”. Dentro del sistema capitalista nunca habrá igualdad entre quienes detentan el capital y quienes venden su fuerza de trabajo. La COB por su parte no cayó en el infantilismo izquierdista que exigía romper con el Gobierno. Furiosos, los analistas de derecha acusan ahora a esa dirigencia de genuflexa con el Gobierno. Cuánto no quisieran esos opositores reeditar lo que pasó hace 30 años con la UDP, cuando la dirigencia sindical cometió el error de poner contra las cuerdas a ese gobierno, abriendo así las puertas a la derecha y el Decreto 21060 que inauguró la era neoliberal en Bolivia.

Éste será un 1 de mayo para reafirmar el apoyo de los trabajadores al proceso, pero eso sí, demandando nuevas nacionalizaciones en los sectores estratégicos de la economía, una nueva Ley General del Trabajo acorde con la Constitución Política del Estado, la sindicalización en los sectores en los que todavía predomina la flexibilización laboral, el reconocimiento de las empresas sociales comunitarias en las que los trabajadores toman el control directo de la producción ante el abandono empresarial.  Aún queda mucho por hacer.

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Una derrota táctica

El 21 de febrero se produjo una derrota táctica dentro de una lucha estratégica; por derrota táctica se entiende un desgaste político que no llega a cambiar estructuralmente la correlación de fuerzas sociales. La oposición sabe esto y abandona rápidamente su inicial plan de ir hacia un referéndum revocatorio de Evo.

/ 7 de marzo de 2016 / 04:01

Partamos por lo positivo. El 21 de febrero el voto agrario ha mantenido su apoyo a Evo Morales, hablo de las comunidades campesinas de La Paz, Oruro, Cochabamba, Chuquisaca y Potosí, así como los bastiones de San Julián y Yapacaní en Santa Cruz, además de varias provincias en Pando, Beni y Tarija. También ha triunfado contundentemente el Sí en Huanuni, Colquiri y San Cristóbal, donde están los sindicatos mineros más fuertes. El voto de los trabajadores fabriles y constructores, que son los sectores proletarios más numerosos de la COB, se hizo sentir en las barriadas populares de La Paz, en los distritos urbanos más poblados de El Alto, también en Vinto, Quillacollo y en la plebeya zona Sur de la ciudad de Cochabamba, en las villas y en el Plan Tres Mil de la ciudad de Santa Cruz. El sufragio de otros sectores urbanos vecinales fue particularmente importante en El Alto, La Paz, Cochabamba y Oruro. En otras palabras, la base indígena-obrera-popular del proceso de cambio ha continuado respaldando a Evo, siendo esa la mayoritaria composición de clase del apoyo recibido.

Pero se debe reconocer que la opción del No triunfó entre los pobladores urbanos de ingresos medios y altos en todas las ciudades capitales de departamento, logrando también captar mayoritariamente el voto joven, sobre todo por el impacto de los medios de comunicación y las redes sociales.

En esto hay que ser cauteloso pues no creo que sea acertado atribuir la derrota únicamente a las redes sociales. En sentido general esas redes surgen desde las nuevas herramientas tecnológicas de información y comunicación; no es que puedan crear “realidades virtuales”, pero sí pueden expresar, llevándolas hasta el paroxismo, algunas tendencias que están presentes en la sociedad. Su impacto se ha sentido fundamentalmente en las denominadas clases medias, porque había una base subjetiva sobre la que la derecha montó sus campañas que terminaron alentando el racismo y la discriminación. Aquella subjetividad se origina en algunos casos de corrupción no aclarados plenamente, me refiero en particular al caso del Fondo Indígena en el que, si bien hay un proceso investigativo que ha llevado a la cárcel a la exministra Julia Ramos y a un número creciente de dirigentes campesinos, Nemesia Achacollo ni siquiera fue citada por la Fiscalía. ¿Por qué Achacollo no asistió voluntariamente a declarar? Estas cosas dejan un mal precedente sobre el que luego se arman tramoyas como el caso Zapata.

Hay que reconocer que lo del Fondo Indígena erosionó la confianza del pueblo. Que la derecha realizó una campaña electoral mucho más efectiva logrando posicionar la idea de recambio generacional por delante de las ideas de estabilidad y futuro que planteó la campaña por el Sí. Hay que darse cuenta de que no se logró neutralizar el aparato mediático y político opositor, que actuó con sus propias estrategias y con una hoja de ruta precisa y sumamente eficiente. Hay que asumir que el debilitamiento de la estructura política del Movimiento Al Socialismo (MAS) fue otro factor que llevó al resultado negativo.

Pero el referéndum ya pasó y hay que mirar hacia adelante. Es probable que en los espacios de decisión abiertos para la participación en el proceso del bloque social revolucionario (repito: indígena-obrero-popular), el más importante de los cuales es la Conalcam, se proyecten medidas de gobierno que profundicen las transformaciones. Hoy tenemos esta oportunidad, luego de que ha quedado en evidencia que la burguesía agroexportadora y financiera, que se acercó hace algunos años sonriente al Gobierno prometiendo inversiones y apoyo, solo estaba buscando preservar su poder económico para, una vez logrado ello, gestar el proyecto de derecha restauradora del neoliberalismo más peligroso de los últimos diez años: el Movimiento Demócrata Social (MDS).

El partido de Rubén Costas ha triunfado electoralmente en el departamento de Santa Cruz, se ha expandido hacia el centro del país con el alcalde cochabambino José María Leyes y tiene dos importantes acuerdos programáticos en el occidente, el primero con el alcalde Luis Revilla en la ciudad de La Paz, el segundo con la burguesía cooperativista minera en la ciudad de Potosí. A quienes, por dar un ejemplo, se preguntan por qué el apoyo a Evo disminuyó en Santa Cruz en este referéndum, les respondo que desde que se impuso al interior del Gobierno una tendencia conciliadora con los grandes empresarios cruceños, se ha dejado intacto aquel poder económico burgués que hoy, convertido en proyecto político, amenaza con vencer a las fuerzas revolucionarias.

Hoy está profundamente cuestionada esa tendencia que incluso llegó a ser teorizada bajo la forma de incorporar al contrincante derrotado, como supuesto resultado de la universalización de las necesidades colectivas del bloque social dominante. Se dijo que era una combinación de un planteamiento leninista (de fuerza, de victoria con derrota del enemigo) con otro gramsciano (de seducción y convencimiento). Esta orientación terminó justificando no solo la apertura de nuestro proyecto a personajes provenientes de la derecha, sino también los lineamientos no revolucionarios de carácter pactista con la burguesía cruceña. Nunca he estado de acuerdo con este pragmatismo; es más, creo que los resultados del referéndum en Pando y Beni, pero fundamentalmente en Tarija y Santa Cruz, muestran su debacle y exigen que nos olvidemos del “derrotar e incorporar”.  

Si leemos la Tesis Política aprobada en el reciente Congreso de la Central Obrera Boliviana, encontraremos un planteamiento muy consistente sobre el papel revolucionario de los movimientos sociales en el proceso de cambio, además de una estrategia para la defensa y profundización del mismo. No son planteamientos solo de coyuntura; apuntan a tomar iniciativas programáticas en lo económico —considerando que estamos ya en un nuevo escenario en el que nos está golpeando la crisis internacional del capitalismo, en lo político —sabiendo que ahora tenemos que enfrentar a una derecha remozada que tiene su proyecto regresivo, y en lo social —ahora que se deben encarar los temas de la reforma integral de la justicia o de la salud pública.

El 21 de febrero se produjo una derrota táctica dentro de una lucha estratégica; por derrota táctica se entiende un desgaste político que no llega a cambiar estructuralmente la correlación de fuerzas sociales. La oposición sabe esto y abandona rápidamente su inicial plan de ir hacia un referéndum revocatorio de Evo, aunque no faltan algunos recalcitrantes que insisten con la idea. Evo Morales seguirá siendo factor de unidad de los movimientos sociales y continuará ejerciendo su liderazgo plebeyo y la conducción del gobierno por los siguientes cuatro años. En torno a él se debe preservar la unidad, seguir fortaleciendo al bloque histórico de poder y el programa revolucionario; la futura candidatura deberá responder a esos dos factores y recién discutirse en 2018.

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El despunte de una nueva derecha en Bolivia

La campaña está permitiendo observar la aparición de una nueva plataforma política conservadora en nuestro país, conformada por una mezcla entre corrientes de renovación generacional con la derecha forjada en el movimiento autonómico regionalista.

/ 15 de febrero de 2016 / 04:02

Esta campaña previa al referéndum está permitiendo observar la aparición de una nueva plataforma política conservadora en nuestro país, conformada por una mezcla entre corrientes de renovación generacional con la derecha forjada en el movimiento autonómico regionalista.

No me refiero a esa expresión fosilizada de la ultraizquierda que es el Partido Obrero Revolucionario (POR), al que se le ha dado por ingresar al terreno de la democracia burguesa… de la mano de la burguesía. El insólito llamamiento porista a votar por el No —coincidente con la arenga que desde Miami lanzan Carlos Sánchez Berzaín y Manfred Reyes Villa— fue repudiado y derrotado políticamente en el último Congreso de la Central Obrera Boliviana (COB) realizado hace tres semanas en la ciudad de Tupiza.

Tampoco hablo de los masistas disidentes que se alejaron del proceso de cambio con un discurso de izquierda y terminaron pactando con el fascista José María Leyes, con quien cohabitan en la Alcaldía de Cochabamba la señora Rebeca Delgado y el inefable Álex Contreras, convertido en defensor a sueldo de las discriminadoras disposiciones ediles que prohíben realizar en la plaza 14 de Septiembre actividades reñidas con la moral de las personas “de familia”.

La nueva derecha boliviana tiene como principal referente ideológico al movimiento autonómico cruceño, que se opuso abiertamente al proceso de cambio y a la Asamblea Constituyente, presionando desde  2004 para contener las inevitables transformaciones políticas y sociales que se venían en el país luego de la caída del gonismo en octubre de 2003. Este movimiento autonómico de carácter regionalista, cuyos principales líderes son Rubén Costas y el propio Leyes, cuenta con el respaldo de las fracciones económicamente más poderosas de la burguesía asentada en Santa Cruz, y ha logrado, en el contexto de la nueva Constitución Política del Estado aprobada por voto el 2009, fundar un partido político: el Movimiento Demócrata Social (MDS).

El MDS tiene un discurso anclado en el liberalismo en lo económico y, en lo político, en la descentralización del poder estatal hacia las regiones bajo el formato de autonomías. Esto le permite interpelar a otras corrientes políticas, tales como Sol.Bo de Luis Revilla, con quien desde el año 2014 ha logrado entendimientos programáticos. Recordemos que fue Revilla el mayor promotor y el que más presionó al interior del extinto Movimiento Sin Miedo (MSM) para el  acercamiento entre Del Granado y Costas. Desaparecido el MSM —con su ropaje izquierdista que incomodaba a un Revilla adocenado y elitista— se conforma la nueva agrupación ciudadana a imagen y semejanza del burgomaestre paceño, con un discurso tecnocrático y desideologizado funcional a la nueva derecha, a la que le aporta renovación generacional. Pero no es solo la confluencia en el discurso, sino también en las medidas de ajuste típicamente neoliberales que se aplican en el municipio. Recordemos que la gestión de Sol.Bo ha aprobado un impuestazo sobre bienes inmuebles urbanos, modificando la base imponible, que ya no será el valor catastral, sino el valor comercial del bien, que como sabemos es bastante más alto. Y ni hablemos del tarifazo y la legalización del trameaje en el transporte urbano.

Cuando Mauricio Macri ganó las presidenciales en Argentina no fueron pocos los que tildaron de exagerada la afirmación de que se trataba del retorno al poder del neoliberalismo y que ese fenómeno podía darse también en Bolivia. En dos meses de macrismo, el pueblo argentino ya siente las consecuencias: devaluación de la moneda, inflación de los productos de la canasta familiar, despidos al por mayor, disminución de impuestos a la burguesía agroexportadora, subida de las tasas de interés bancarias, eliminación de los subsidios al consumo de energía eléctrica y gas domiciliario. ¿Habrá ahora alguien que diga que esto no es neoliberalismo puro y duro?

Pero el efecto político en Bolivia, en plena campaña hacia el referéndum constitucional del 21 de febrero, fue positivo para la izquierda, que ante el peligro inminente de regresión se está cohesionando. Sirva de ejemplo el mencionado congreso cobista, donde la clase obrera nuevamente dio muestras de madurez histórica al rechazar a las corrientes pequeño burguesas que con verborrea radical están tendiendo la alfombra para el retorno de los neoliberales, de esos mismos que batieron palmas saludando la victoria de Macri: Costas, Quiroga, Doria Medina, Revilla.

Es que una cosa es tener críticas al Gobierno dentro del proceso de cambio y otra muy distinta es prestarse al juego de las fuerzas regresivas, que con el triunfo del No pretenden llevar al país a una situación de desestabilización política y crisis económica.

Y aquí unas palabras sobre el colectivo “No es N.O.”. Repasando nombres, se trata del mismo núcleo que hace tres años confluyó con Samuel Doria Medina en el denominado “Frente Amplio”. La señora Loyola Guzmán, que entonces protagonizó un desaguisado junto a connotados derechistas como el propio Doria Medina o Germán Antelo, y que luego volvió sobre sus pasos renunciando a la alianza, hoy quiere una “nueva oportunidad” utilizando el referéndum como trampolín para una futura candidatura del expresidente Carlos Mesa. Sobre Mesa ya se ha dicho que es tan buen vocero de la demanda marítima como malo en el arte de tomar decisiones y gobernar.

Hay otro actor político que tendrá no un papel estelar, sino de reparto: Félix Patzi. Este intelectual aymara sabe que sus posibilidades para 2019 dependen de que Evo ya no esté en la papeleta; por ello es que se ha lanzado a una desenfrenada campaña en todo el país bajo la directriz de Sánchez Berzaín: llamar dictadura al gobierno de Evo Morales. Patzi le llama “tiranía”.

Ya afirmé en varias oportunidades que Patzi, para convertirse en portavoz de la burguesía aymara, inevitablemente tomaría posiciones contrarias al proceso de cambio. Lo está haciendo ahora sumándose a la campaña por el No y lo seguirá haciendo en el futuro —ante un posible triunfo del Sí— persistiendo en su candidatura presidencial únicamente a los fines de restarle votación a Evo.

Esta derecha remozada busca consolidarse el 21 de febrero. Pero su campaña, que pretendía ser “ciudadana” y no partidaria, no logró sus objetivos. Rápidamente comenzaron a aparecer los mismos rostros que cansaron a la gente de tanto presentarse a elecciones y perderlas. Sus estrategas de campaña, extranjeros ellos, no pudieron fijar una idea-fuerza que contrarreste al Factor Estabilidad que tanto pesa en la gente. Algo tan sencillo como el sentido común popular: “no estoy de acuerdo con muchas cosas que hace este gobierno, pero me garantiza estabilidad”. No está demás decir que los revolucionarios defendemos la estabilidad, pero no para que se vuelva “statu quo”, sino como base para la profundización del proceso de cambio. Para colmo, la nueva derecha, y la antigua junto a ella, cayeron en la guerra sucia… ¿será también su epitafio electoral?

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La COB ante una nueva encrucijada

No se trata de que la COB asuma actitudes seguidistas; se trata de que tenga un posicionamiento revolucionario y consecuente, que a tiempo de defender lo hasta aquí avanzado frente a los ataques internos y externos, también sea crítica con las tendencias no revolucionarias al interior del proceso.

/ 11 de enero de 2016 / 04:02

Hace tres semanas se realizó en la localidad de San Cristóbal (Potosí) un nuevo congreso de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), organización que por su larga historia (fue fundada en 1944) es la columna vertebral de la Central Obrera Boliviana. Luego de intensos cinco días, el evento concluyó con la aprobación de una tesis política titulada: “Frente a la conspiración reaccionaria, los mineros en la lucha revolucionaria” que fue presentada por el sindicato de Colquiri, una empresa minera nacionalizada ubicada al sur del departamento de La Paz. De esa misma mina salió el nuevo secretario ejecutivo de la Federación, Orlando Gutiérrez, joven dirigente que fue también encargado de defender la tesis en los debates en la Comisión Política y en la plenaria del Congreso.

Esos debates estuvieron marcados por la nueva coyuntura política internacional abierta en Sudamérica tras el triunfo del empresario Mauricio Macri en las elecciones de Argentina, y la irrupción de la derecha en las legislativas en Venezuela, en un contexto de agravamiento de la crisis global del capitalismo que se expresa en la caída de los precios internacionales, fundamentalmente del petróleo, y en la especulación financiera. Particularmente impactantes fueron las noticias que llegaron desde Argentina, no solo a través de los medios informativos sino por boca de familiares bolivianos que viven allá, sobre las medidas tomadas por el macrismo.

Repasemos. La eliminación de los subsidios a la energía doméstica, bajo el viejo argumento del “sinceramiento tarifario”, ha incrementado los montos que las familias destinan para el consumo de electricidad y gas domiciliario; la subida de las tasas de interés bancario del 28% al 38% anual significa para esas mismas familias el encarecimiento del pago de sus deudas con las entidades financieras; la devaluación de un 30% del peso argentino —que pasó en un solo día con el levantamiento de las restricciones cambiarias, de 9,8 a 14 pesos argentinos por dólar— es un impuesto indirecto a la economía de los sectores populares en favor de los grandes exportadores; la inflación de precios de alimentos y medicamentos, como resultado de las medidas anotadas, es algo que el pueblo siente en sus bolsillos, así el nuevo Gobierno haya declarado “emergencia estadística” que impide al Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) proporcionar cifras sobre la inflación real.

El ajuste aprobado por el presidente Macri inevitablemente va a generar precarización laboral afectando a los trabajadores, lo que explica que sea también perjudicada la numerosa comunidad boliviana en el vecino país, considerando que en su gran mayoría son empleados en el sector productivo, de comercio y servicios.

Ya no es teoría, ya no es una hipotética amenaza; es el neoliberalismo en acción como retrató en 1986 el maestro economista Pablo Ramos cuando se refería en el caso boliviano al decreto 21060, parecido en su lógica interna a lo que ahora se aplica desde la Casa Rosada. Y esto es muy importante decirlo, porque en nuestro país hay cronistas que por desinformados o manipuladores buscan convencer que ya no hay diferencias entre la izquierda y la derecha, que no es cierto que en Latinoamérica se esté tratando de restaurar el neoliberalismo, que no hay motivo para preocuparse porque hasta la derecha tiene un rostro social… ¿qué dirán ahora de lo que pasa en Argentina?

Esto de borrar diferencias entre proyectos políticos y modelos económicos no es solo una enfermedad de intelectuales acomodaticios, aqueja también a la ultraizquierda en el mundo sindical. Esta corriente, que no distingue entre el actual Gobierno y los anteriores, en el congreso minero al que me refería comenzando esta nota, propuso recuperar la “independencia de clase frente al nacionalismo burgués de Evo Morales”. Fue derrotada por la mayoría de los congresistas, que aprobaron una tesis política con el siguiente lineamiento: “Vivimos una coyuntura en la que se encuentra la disyuntiva en la que los trabajadores debemos tomar partido. O por el imperio, expresado en los sectores conservadores del país (política de crisis) o estar con la profundización del proceso (política de estabilidad). Por eso se justifica hoy la unidad con el Estado porque el enemigo es uno: el imperialismo estadounidense. Este proceso no es de un grupo de personas; es de los trabajadores”.

Así de claro, con la prosa sencilla y directa de los proletarios, se ratificó el reencuentro entre los trabajadores y el Gobierno para profundizar el proceso de cambio. La Tesis de Colquiri tendrá incidencia decisiva en el XVI Congreso de la Central Obrera Boliviana —próximo a inaugurarse dentro de una semana en la ciudad de Tupiza— si a la posición orgánica de los mineros se suman los petroleros, constructores, fabriles, artesanos y campesinos.

En el caso boliviano, el entronque de la lucha de la clase obrera contra la explotación capitalista con la resistencia de las naciones originarias a la opresión colonialista puede terminar fortaleciendo las tendencias antiimperialistas, comunitaristas y socialistas al mismo tiempo que se profundiza la democracia. Se trata de una nueva estrategia que nace de una visión —que es marxista sí, pero también indianista— que comienza a cuajar al interior de los trabajadores cuando éstos retoman conceptos como el Sumaq Qamaña (Vivir Bien), el respeto a la Pachamama (Madre Tierra) o el mismo Socialismo Comunitario, mencionados por primera vez en una tesis sindical minera.

En el congreso de la COB continuará el debate y de allí puede surgir la propuesta programática para la profundización del proceso, vale decir, el conjunto de medidas que los trabajadores plantean al Gobierno (recalco, un gobierno de los movimientos sociales) en cuanto se refiere a nuevas nacionalizaciones de sectores estratégicos de la economía, a los proyectos de industrialización y generación de empleo, al avance de los derechos laborales, a la soberanía alimentaria, a la revolución agraria, a las políticas de salud, educación, vivienda popular y medio ambiente. No se trata de que la COB asuma actitudes seguidistas; se trata de que tenga un posicionamiento revolucionario y consecuente, que a tiempo de defender lo hasta aquí avanzado frente a los ataques internos y externos, también sea crítica con las tendencias no revolucionarias al interior del proceso, esas que disimulan su moderación llamándola “progresismo”.

Se trata en lo coyuntural de apuntalar la campaña por el Sí en el próximo referéndum, cuya convocatoria promovió la COB y la Coordinadora Nacional por el Cambio (Conalcam). Asumiendo la estabilidad como continuidad del proceso de cambio para la profundización de las transformaciones, y advirtiendo que hay el riesgo de que la derecha neoliberal intente frenar el proceso de cambio, abriendo así un escenario de confrontación política que lleve a la crisis económica. La disyuntiva está planteada: estabilidad o crisis. Y se definirá el 21 de febrero.

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Amenaza de la restauración neoliberal en Sudamérica

La amenaza de la restauración neoliberal obligará a las fuerzas populares, obreras e indígenas a cohesionarse para defender sus conquistas históricas. Y no debe ser en ruptura con el proceso de cambio sino a su interior, criticando todo lo que haya que criticar.

/ 14 de diciembre de 2015 / 04:01

Desde 2013 en los países de la región comenzó a sentirse el impacto de la crisis global del capitalismo —a través del deterioro en los términos del intercambio comercial mundial que se expresó con la caída de los precios del petróleo, los minerales y los bienes primarios alimenticios— con fuertes efectos en Argentina, Brasil y Venezuela, cuyas exportaciones soyeras, mineras y petroleras representan gran parte de sus ingresos fiscales.

Si a ello le agregamos la especulación financiera internacional que ha llevado al fortalecimiento del dólar con efectos erosivos en casi todos los países sudamericanos, que se vieron obligados por razones de competitividad comercial a devaluar sus respectivas monedas, se ha configurado un complejo panorama económico, en el que confrontan problemas de financiación las políticas sociales de carácter protectivo y redistributivo que impulsaron los gobiernos de Cristina Fernández, Dilma Rousseff y Nicolás Maduro. En el caso venezolano, existe además como agravante el sabotaje interno que con el ocultamiento, desabastecimiento y especulación de productos efectúan los grupos económicos privados más poderosos.

Para no caer en el determinismo económico hay que puntualizar que, si bien es cierto que la derecha restauradora del neoliberalismo cabalga sobre el malestar social cuyo origen está en la economía, aprovecha también las fallas programáticas y las debilidades políticas de los propios gobiernos genéricamente denominados progresistas.

La ajustada victoria del empresario de ideas neoliberales Mauricio Macri en las presidenciales de Argentina, el sorprendente triunfo de la Mesa de Unidad Democrática (MUD) en Venezuela y la apertura de un juicio político en el Congreso contra la presidenta Rousseff en Brasil son parte de una arremetida derechista en Sudamérica, que opera sobre la base de partidos políticos nacionales pero que coordinan en el ámbito regional, en una especie de “internacionalismo contrarrevolucionario”.

A partir de la experiencia boliviana de 1982-1985, a la que ahora se agrega lo ocurrido en Argentina y en Venezuela, se puede formular la siguiente hipótesis: tratándose de procesos políticos que ocurren dentro del campo democrático, no hay posibilidades de forjar alternativas revolucionarias de poder en confrontación y ruptura con aquellos gobiernos que con respaldo popular emprenden reformas políticas, económicas y sociales. Se puede complementar la hipótesis: Cuando ocurre el desgaste de esos gobiernos que van perdiendo el apoyo popular que les dio origen, se terminan fortaleciendo las facciones más conservadoras que son las que finalmente pueden retornar al poder.

Recordemos lo que ocurrió durante el gobierno de la Unidad Democrática y Popular (UDP) en los 80. Hernán Siles Zuazo presidía un gobierno nacionalista y popular con limitados ribetes reformistas, al que se enfrentaron la Central Obrera Boliviana (COB) y el Partido Obrero Revolucionario (POR) bajo la premisa de la “superación revolucionaria del udepismo”. El resultado fue catastrófico: la UDP se hundió, la COB se deslegitimó y los partidos de derecha de ese momento, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y Acción Democrática Nacionalista (ADN), terminaron ganando las elecciones de 1985 con lo que encabezados por Víctor Paz Estenssoro dieron inicio a la larga noche neoliberal.

En Argentina, la ultraizquierda que hace años se organizó en el Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) desplegó varias estrategias de desgaste del kirchnerismo, acusándolo de ser “un otro gobierno burgués con tendencia a derechizarse”. Bajo esa aberrante lógica que no observa matices, el FIT, que obtuvo 812.000 votos (poco más del 3%) en la primera vuelta en Argentina, para la segunda vuelta llamó a votar en blanco “no importando cuáles sean los candidatos”. Macri ganó esa segunda vuelta por 680.000 votos y ahora es Presidente. Los aventureros del FIT tendrán que explicarle al pueblo por qué facilitaron con su abstención el retorno al gobierno de la burguesía neoliberal, que se apresta a tomar medidas de recorte de los subsidios, rebaja de los salarios y retroceso en los derechos laborales.

En Venezuela, la variopinta oposición contó al principio entre sus filas con organizaciones “revolucionarias” de nombres tan radicales como Bandera Roja o Movimiento Al Socialismo, así como disidentes del chavismo. Pero con el apoyo económico y el aparato mediático de la burguesía, con el tiempo pasaron a prevalecer las corrientes de Leopoldo López y Henrique Capriles, admiradores del fascista colombiano Álvaro Uribe. Éstos son los que han logrado mayoría calificada en la Asamblea Nacional de Venezuela y desde allí pretenden, a pedido de la burguesía venezolana, anular la “Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras” en la que están plasmadas las conquistas sociales logradas los últimos 15 años. 

Ojalá no se olvidaran estas lecciones de la historia y la política contemporáneas, pero como en Bolivia la memoria es frágil otra vez se escuchan frases como “la derecha está en el gobierno” u “otra izquierda es posible”. Afirmo aquí y ahora que esa verborragia es solo un taparrabos de las corrientes políticas que, con su desmedido ataque al gobierno de Evo y a la Coordinadora Nacional por el Cambio, están tendiendo la alfombra para el retorno de los neoliberales. De todas las oposiciones la que más ha avanzado es el derechista Movimiento Demócrata Social (MDS), de Rubén Costas. Tiene personería jurídica nacional y aunque perdió la Gobernación de Beni ganó la Alcaldía de Cochabamba, donde los disidentes del masismo Álex Contreras y Rebeca Delgado cohabitan de lo más cómodos con esa derecha. Costas también ha logrado acuerdos con el alcalde de La Paz, Luis Revilla, cuya agrupación ciudadana Sol.Bo —despojada ya del tenue discurso izquierdista del extinto Movimiento Sin Miedo— terminará siendo funcional al conservadurismo.

En sintonía con Jorge Quiroga y el propio Rubén Costas —y con Manfred Reyes Villa y Carlos Sánchez Berzaín, que desde Miami agregan lo suyo— la ultraizquierda hace campaña por el No para el referéndum próximo. Consultado por un periodista sobre esta coincidencia con los neoliberales, Miguel Lora, militante del POR, respondió: “Nuestro No es diferente”. ¿Dónde exactamente radica la diferencia?, ¿en la “n” o en la “o”?

La amenaza de la restauración neoliberal obligará a las fuerzas populares, obreras e indígenas a cohesionarse para defender sus conquistas históricas. Y no debe ser en ruptura con el proceso de cambio sino a su interior, criticando todo lo que haya que criticar y planteando la necesidad de la profundización de las transformaciones. Es una estrategia que se la viene trabajando desde hace años, desde el reencuentro entre la COB y el gobierno de Evo, que ha logrado el fortalecimiento de la Conalcam, y que nuevamente se pondrá a prueba en la campaña por el triunfo del Sí en el referéndum de febrero de 2016.

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