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Tiempo histórico liminal

/ 13 de enero de 2021 / 14:48

Época liminal: cuando la historia deambula como un zombi y se avecina un nuevo y anhelado tiempo histórico

El espíritu de la época. Recuperando a Goethe Marx llegó a referirse al “espíritu de la época” como el ambiente de expectativas que caracterizaba a la sociedad en un momento histórico. Por lo general, las personas, las clases sociales y los pueblos viven sus luchas diarias, sus decisiones cotidianas, orientadas por un horizonte de esperanzas que dan direccionalidad y convergencia a sus múltiples acciones. Se trata de creencias por lo general inalcanzables en su totalidad, pero que, en su cumplimiento parcial, superficial o tangencial, refuerzan su validación como expectativa creíble.

La emancipación, la liberación nacional, la revolución o la democracia, en unos casos; o el libre mercado, “el fin de la historia” y la globalización en las últimas décadas fueron unos de esos tantos nombres que asumió el “espíritu de la época”. Pero resulta que ahora, con múltiples crisis coetáneas, el horizonte predictivo del mundo se ha derrumbado. Ni las élites dominantes planetariamente, ni las clases sociales subalternas, ni los conglomerados empresariales, ni los filósofos, ni los gobiernos pueden imaginar convincentemente lo que les depara a las sociedades en el mediano y largo plazo.

El Estado actual del mundo. Las crisis siempre han sido parte de la regularidad de la modernidad capitalista.

Pero hay momentos en que las crisis son de tal envergadura estructural que provocan un estupor generalizado que desmonta el optimismo histórico de las aristocracias planetarias. Hoy estamos atravesando eso. Se ha producido una sobreposición abigarrada y anudada de múltiples crisis.

Por una parte, la crisis médica. Al momento de escribir esto, ya se contabilizan 1.600.000 muertos por el COVID-19; 69 millones de afectados; una segunda ola de contagios en los países del norte a pesar del anuncio de los inicios de la aplicación de varias vacunas inmunizadoras. La silenciosa desazón que corroe la confianza histórica radica en que, pese a los grandes adelantos tecnológicos, a la euforia de la inteligencia artificial, a la nanotecnología y los planes de colonización de otros planetas, no se ha podido aplicar un método más eficaz contra un virus que el arcaico aislamiento de las poblaciones. Y por si no estuviéramos experimentado con suficiente dramatismo esta catástrofe humana, la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad, vinculada a las Naciones Unidas, informa que existen más de 850.000 virus aún no descubiertos en mamíferos y aves, que podrían tener la capacidad de infectar a las personas en cualquier momento.

A ello se suma la crisis ambiental. La ONU anuncia que la temperatura promedio del planeta se ha incrementado en 1,1 grados centígrados por encima de la existente en la era preindustrial, dando lugar a una época de creciente calentamiento global provocado por la acción humana, de consecuencias desastrosas para todas las formas de vida del planeta.

Simultáneamente, estamos ante dos crisis económicas superpuestas: una de carácter estructural y la otra inmediata. En este último caso, la OCDE anticipa una caída del PIB mundial del -4.4%; para América Latina del -8%; para EEUU del -4,3% y para la zona euro de -8.3%. Ello está llevando a que la extrema pobreza aumente en nuevos 115 a 150 millones de personas hasta el año 2021. Según la OIT, al segundo trimestre del 2020 se hubieran perdido en horas de trabajo, un equivalente a 495 millones de empleos de tiempo completo.

Y, además, claramente estamos ante el inicio de la fase descendente de la ola globalizadora iniciada en 1980. La crisis financiera de 2008 con las hipotecas subprime fue ya el primer campanazo respecto a la ralentización del expansionismo privatizador. Los gobiernos de las potencias capitalistas tuvieron que “nacionalizar” bancos y empresas privadas, para transferirles recursos públicos y contener una quiebra escalonada de compañías. Poco tiempo después, el brío comercial que durante los años 1990-2012 crecía a una tasa dos veces mayor que el propio PIB mundial cayó a  la tasa promedio o menor al PIB, para finalmente desplomarse a un -10% en 2020. De la misma manera, los flujos transfronterizos de capital, emblema de la globalización financiera, cuyo crecimiento había pasado de 5% en 1989 a 20% en 2007 respecto al PIB mundial, desde 2012 apenas se sostiene en torno a 5%. Y en medio de este declive, las potencias económicas comienzan a divergir de los caminos a emprender hacia el futuro: Inglaterra se separa de la Unión Europea para atrincherarse en su isla; la Unión Europea, que se aferra al libre comercio cuando se habla de exportaciones, se escuda en una nacionalismo seguritario cuando se trata de importar tecnología 5 G de China; Estados Unidos inicia una escalada de premios y sanciones a sus empresas a fin de repatriar algunas de sus inversiones en el mundo, chantajea a Tik Tok a “nacionalizarse” , desata una guerra comercial con China, maltrata a los alemanes y le dice al mundo que ante los problemas comunes, “América primero”. El proteccionismo está de regreso. No es que ya no habrá más globalización, ésta seguirá en muchos ámbitos materiales, pero tendrá que negociarse su presencia y alcance con un ascendente proteccionismo estatal. Pero lo que sí ha colapsado es el relato, el imaginario de la globalización como destino final, deseado e insuperable de la humanidad.

Estupor y cansancio hegemónico. Que The Economist, la biblia por fascículos de los neoliberales contemporáneos, haya titulado en su tapa de mayo del 2020 “Goodbye globalisation” no solo refleja una histeria ante el “lockdown”que ha paralizado la economía mundial durante meses, sino la profundidad del desfallecimiento de la narrativa dominante de las últimas décadas. Esta fragmentación del horizonte dominante visible en los hechos fácticos tuvo su estocada final en la narrativa lanzada por el FMI en su último informe, de octubre de 2020, cuando tiene que abdicar de todo el discurso anterior, impuesto durante décadas a fuego y chantaje sobre el mundo de países subalternos, para abrazar ahora un dejo de proteccionismo “progresista” que añade más confusión a una época sin destino. Así, el “libre comercio”, “menos impuestos a las empresas”, “cero déficits fiscales”, “rechazo al populismo redistributivo” repetido machaconamente durante años y años, ahora ha dado paso a la recomendación de instituir “impuestos a las propiedades más costosas, las ganancias de capital y los patrimonios”, además de asegurar “tributación internacional a la economía digital”, un inmediato “incremento de la inversión pública” y un “apoyo prolongado a los ingresos de los trabajadores desplazados”.

El “gran consenso neoliberal” dominante de los últimos 40 años comienza a derrumbarse. Es una nueva “muerte de los dioses” que deja un sentimiento de desolación y abandono. Y en medio de los restos desfallecientes de estas estatuas fetichizadas, la democracia está también amenazada de ser arrastrada por el cataclismo cognitivo. Claro, hasta hace poco el “gran consenso” tuvo la virtud de unir libre mercado con democracia representativa, lo que aseguró no solo una convergencia estratégica entre elites dominantes, sino además una legitimidad popular a unas medidas inevitablemente antipopulares. Pero ahora que el “libre mercado” eclipsa ante unas elites dominantes divergentes en cuanto a cómo afrontar la incertidumbre, se ha desatado una intensa pugna entre ellas, unas más globalistas, otras más proteccionistas, unas más libertaristas, otras más progresistas e igualitaristas, todas con posibilidades de acceder al poder de Estado, incluidas con aquellos sectores populares que quieren democratizar la propiedad y la riqueza, núcleo sagrado e intocable del consenso neoliberal. Y entonces, para los neoliberales fosilizados o conservadores neoproteccionistas, la democracia no solo ha devenido ahora en un estorbo, sino en un peligro, pues en una ampliación plebeya de sus significados, anuncia incorporar la propiedad, la riqueza y el poder en el espacio de la querella pública.

Época liminal ¿Cómo caracterizar este tiempo histórico tan confuso? Precisamente por la muerte de los espacios de expectativas colectivas de mediano y largo plazo. Es una época sin consensos activos, que no sean las hilachas heredadas de la inercia de pasadas glorias y acuerdos. Marx hablaba de un “espíritu de época sin espíritu”, en tanto que el antropólogo V. Turner propuso el concepto de liminalidad para dar cuenta de esos singulares momentos de vaciamiento de sentido del destino de las personas. Llamaremos entonces época liminal a estos momentos en que las sociedades entran en un umbral histórico, a un pórtico que separa un tiempo histórico cansado, meramente inercial, que deambula como un zombi, y un nuevo tiempo histórico que aún no llega, que tampoco se anuncia, que no se sabe cómo será, pero que todos esperan que algún rato llegue.

El tiempo liminal supone que el viejo horizonte predictivo con el que las personas organizaban, real e imaginariamente, la orientación de sus vidas a mediano plazo, ha colapsado, se ha extinguido. Por tanto, la incertidumbre táctica en medio de una clara certidumbre estratégica, tan propia de la volatilidad diaria de la modernidad, ahora ha sido sustituida por una certidumbre táctica de que no hay ninguna certidumbre estratégica.

Al paralizarse el horizonte predictivo, no hay un mañana, no hay un destino al cual aferrarse para sortear la previsible aleatoriedad táctica de las cosas del mundo. Y al no haber un mañana, entonces tampoco hay un tiempo histórico, entendido como una sucesión encadenada de eventos que nos acercan a un destino compartido. Estamos ante un tiempo histórico suspendido en el que los vertiginosos acontecimientos se suceden no como suma acumulativa dirigida a una meta, sino que son eventos caóticos, sin sentido ni vocación.

Al no haber dirección del mundo, lugar hacia dónde ir, el tiempo ha perdido su intencionalidad colectiva compartida. Y entonces no hay flecha del tiempo social. Lo único que se vive ahora es la experiencia de un tiempo suspendido en el que, pese a la vorágine de los acontecimientos, éstos suceden como si tardaran una eternidad, como si nunca dejaran de pasar, todos entremezclados. Si en las épocas revolucionarias el tiempo se comprime y lo que sucede en décadas se agolpa en semanas, en la época liminal el tiempo se dilata, como si nunca avanzara. Es la experiencia subjetiva del fin de una época sin sustitución sensible.

Ahora, la liminalidad supone también la vivencia de una igualación perpleja de las subjetividades. Claro, como las autoridades planetarias portadoras del poder simbólico para enunciar el destino social con efecto performativo están paralizadas ante la crisis, se sienten fracasadas ante los acontecimientos y se hallan ahogadas en contradicciones ante los riesgos inmediatos, entonces nadie monopoliza el poder simbólico de crear horizontes predictivos cautivantes de las expectativas colectivas planetarias. Y si no hay monopolio de las enunciaciones performativas de horizontes sociales, significa que estamos en medio de una democratización o igualación social de oportunidades de enunciación creíbles de futuro. Es como si todos los relatos posibles de porvenir tuvieran condiciones de irradiación relativamente parecidas, es decir, democráticamente escasas por el estupor y escepticismo predominantes en el aparato cognitivo de la sociedad. Sin embargo, el derrumbe de las viejas certidumbres sigue promoviendo la porosidad del sentido común predominante, la fisura de los esquemas lógicos, procedimentales y morales con los que las personas, especialmente las clases subalternas, se adecúan al orden social. Y es que, al fin y al cabo, la incertidumbre estratégica no puede ser perpetua, las personas, tarde o temprano, necesitan aferrarse a algo que les devuelva la dirección, real o imaginada, del tiempo histórico.

Estamos en un momento de excepcionalidad del curso histórico en el que el futuro social se muestra tal como es de manera descarada: contingente y aleatorio. Se inicia con ello el tiempo de una dolorosa apertura cognitiva de la sociedad, un proceso de compleja revocatoria de creencias, de modificación de las relaciones de dominación. Y en medio de todo esto, las propuestas de nuevos horizontes predictivos, que se han incubado a lo largo de décadas o que emergen recientemente en el seno de las clases plebeyas, tienen la probabilidad extraordinaria de ponerse a prueba ante la emergente disponibilidad social a adoptar nuevos esquemas cognitivos. En definitiva, la ausencia de horizonte dirigente es el inicio patético de uno nuevo.

(*) Una versión preliminar de este escrito fue leída al momento de recibir el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Rosario, Argentina, el 14 de diciembre de 2020.

(**) Álvaro García Linera Exvicepresidente del Estado Plurinacional

Las clases medias en disputa

La autoridad analiza las reacciones y comentarios que ha generado su primer artículo sobre esta misma temática.

Las clases medias en disputa.

/ 21 de febrero de 2018 / 04:00

La publicación de nuestro ensayo “La asonada de las clases medias decadentes”, en el suplemento Animal Político, ha generado un extenso y sano debate que muestra hasta qué punto los conceptos sobre las clases medias son tanto un espacio de disputa como de intencionalidad performativa (Austin).

Una parte de los críticos conservadores han preferido eludir el debate conceptual o estadístico y han optado por esconder sus limitaciones intelectuales refugiándose en el expediente del agravio. En vez de proponer una manera distinta de conceptualizar las clases medias, o sus procesos de movilidad y sus discursos organizadores, han reclamado el que se les diga que son “decadentes”. Usamos esa palabra no como adjetivo descalificador, sino como categoría que describe un proceso objetivo de crecimiento demográfico de la clase media y, por tanto, de devaluación inevitable de los antiguos bienes patrimoniales, culturales o simbólicos, monopolizados por las antiguas clases medias. Son 2,2 millones de nuevos integrantes de clase media, en términos de relaciones laborales, o tres millones en términos de capacidad de consumo en apenas una década, que hablan de una saludable y necesaria ampliación de la clase media boliviana que convierte el clásico triángulo social de décadas atrás, con el que se representaba a las jerarquías sociales, en un rombo, tal como lo describe el periodista Yuri Flores.

Pero, este proceso de democratización de la riqueza, eso es, en el fondo, el significado del surgimiento de una nueva clase media, lleva, inexorablemente, a que los antiguos ocupantes de ese segmento social ahora tengan que compartir el espacio social con otros sectores advenedizos que, con su sola presencia, devalúan, por su masificación, los antiguos reconocimientos, jerarquías, privilegios y espacios que ocupaban (cines, colegios, universidades, urbanizaciones, lugares de recreación, entre otros). Y si la clase media tradicional no despliega estrategias para reconquistar la “exclusividad” de esos o nuevos recursos, bienes, posiciones y reconocimientos de clase media, está claro que tenderá a descender socialmente, es decir, a ubicarse como decadente. Se trata de un proceso objetivo de desclasamiento y reenclasamiento social, y nadie, con un poco de inteligencia, debería enojarse por ello.

En este bloque de agravios, no puedo dejar de mencionar el extravío histórico de Carlos Mesa al considerar que la “clase media” fuera la “depositaria” de los valores democráticos, dejando entender que el resto de las clases populares fueran antidemocráticas y autoritarias. Se trata, ciertamente, de un apego espontáneo a lo aristotélico del “justo medio” como depositario de las virtudes del “buen gobierno” que no solo reproduce el viejo prejuicio señorial sobre la “incivilidad” de las clases populares, sino que también borra injustamente la evidencia histórica de que quienes conquistaron la democracia en Bolivia siempre han sido las clases trabajadoras, y que la profundización de esa democracia solo es posible mediante más participación de esas clases trabajadoras a las que pareciera aborrecer.

Un segundo grupo de artículos han polemizado aspectos interesantes que hay que rescatar. Unos han observado las características de mi definición de clase media. A quienes observan por la importancia que asigno a la relación de propiedad económica, decirles que eso permite precisamente separar a obreros y trabajadores calificados que, pertenecientes a la clase obrera, debido al aumento de sus niveles de ingresos en la última década, son confundidos con “clase media”. Y a aquellos que han desempolvado el viejo manual de economía política de Nikitin para exigir una lectura exclusivamente economicista del concepto de clases, simplemente decirles que la sociología moderna y las más sofisticadas corrientes marxistas han enriquecido notablemente el concepto relacional de “clases sociales”, han incorporado otros “bienes” y tipos de “propiedades” en la estructuración estadística de una clase social, como los bienes culturales, los bienes educativos, los bienes simbólicos, los bienes organizativos, e incluso, en sociedades poscoloniales, los bienes “étnicos”. Ya el propio Marx, recomendó tomar en cuenta en el estudio de las clases sociales la lucha por la “distinción” en “los modos de vida, sus intereses y su cultura”.

Sin embargo, quiero detenerme en dos lúcidas reflexiones. La primera de Gustavo Luna que señala que en los últimos dos años ha habido una ralentización en el crecimiento de la economía (de 5,5% a 4%), de la inversión pública y del consumo de los hogares. Estas tres variables han crecido, y han sido las más altas del continente; pero han crecido a una tasa menor, entre un 20 a un 30%, que en años anteriores. Es decir que habría un dato objetivo en la economía que hubiera impactado en las subjetividades sociales. El incremento del consumo, la expansión de contrataciones, consultorías, emprendimientos personales que tenían una tasa de crecimiento elevada y habían generado expectativas y apuestas hacia futuro, en términos de inversión, estudios y empleo, se han visto obstaculizadas parcialmente en los dos últimos años, creando las condiciones de un malestar social urbano de clase media que logró ser canalizado por construcciones discursivas conservadoras y convocatorias corporativas como la de los médicos.

En todo caso, si esta hipótesis fuera cierta, la recuperación económica mundial de 2017, el incremento en más del 30% del precio del petróleo en los últimos meses y el efecto irradiante de las inversiones industriales, tanto públicas como privadas ya en marcha, dinamizarán nuevamente este año, 2018, el “segundo motor” de la economía boliviana, el sector externo, con lo que habrá de superarse a corto plazo este elemento objetivo de malestar. Todo dependerá ahora de la capacidad de construcción discursiva y simbólica con la que actúen el partido de gobierno y la oposición para significar, subjetivar y politizar estos cambios materiales.

Un segundo aporte notable viene de parte de Manuel Canelas y Amaru Villanueva quienes, por separado, observan que las clases medias tienden a satisfacer sus nuevas demandas ya no en el Estado, sino en el mercado. Es una idea interesante en tanto te exige comprender que el mediador “visible” de la clase media con sus nuevas expectativas de estatus social (Weber) ya no es directamente el Estado y sus instituciones, sino el “mercado”, los bancos, las empresas privadas, los emprendimientos personales, y demás. Sin embargo, tampoco se puede caer en la ilusión liberal de que el “mercado” es un ente al margen de las personas, los grupos, los intereses y del propio Estado. ¿Quién fija las tasas de interés bancario para la vivienda del profesional o la iniciativa productiva de los nuevos emprendedores? El Estado. ¿Quién dinamiza determinadas ramas de la economía o prioriza la demanda de ciertas profesiones en la que el joven profesional puede hallar más oportunidades de empleo? El Estado. Y en una sociedad donde el Estado controla el 60% de la inversión y el 40% de la economía, el Estado atraviesa directamente la suerte y las oportunidades del conjunto de la sociedad y, en especial, de las clases medias. Por ello, lo que ha ampliado la clase media en Bolivia en esta última década no es el “mercado”, sino el Estado, y su manera de influir o de ampliar el mercado. No hay que olvidar que el Estado se desempeña en realidad como un “Banco Central” (Bourdieu) que acumula, regula, distribuye, valora y devalúa los distintos capitales, bienes, propiedades y prestigios que acumulan todas las clases sociales. Que esto no haya podido ser “visibilizado” como un relato orgánico en el sentido común (Gramsci) de la nueva clase media habla más de una incomprensión gubernamental de los alcances de su propia obra que de una autonomía real de las clases medias respecto a la dinámica estatal.

En todo caso, lo importante de todo ello es que al lado de la antigua clase media se ha instalado una nueva clase media de origen popular, que ha satisfecho sus necesidades básicas como el acceso a agua, alcantarillado, asfaltado de calles, gas, transporte, educación, vivienda propia y que ahora se lanza a la búsqueda de otros servicios como la calidad en la atención de salud, bienes de consumo selectos, esparcimiento, viajes, entre otros.

Estamos, por tanto, ante la búsqueda de bienes que ya no están vinculados a la circunscripción territorial del hogar, la comunidad y la fábrica, que eran los lugares de la militancia sindical, de la junta de vecinos o la comunidad campesina. Es decir, estamos ante sujetos en proceso o plenamente desindicalizados y desterritorializados lo que significa que son portadores de otra concepción del mundo, del orden lógico e instrumental de las cosas.

Claro, el orden sindical boliviano en cierta medida fue una fuerza productiva de la escasez; y más que una pertenencia organizativa es una manera de ser en el mundo, de acceder a derechos, de conseguir reconocimiento social, de construir memoria colectiva, de remontar adversidades y de ubicación moral en las contingencias cotidianas. La subjetividad sindical ha construido el espíritu articulador de lo nacional-popular en los últimos cien años. Y ahora resulta que una tercera parte de la población se ha desindicalizado, se ha individuado abruptamente y con ello ha dado lugar a una nueva cultura de ubicación y de organización del mundo que tal vez ya no puede ser convocada por los antiguos códigos discursivos y que, de hecho, reclama la impronta de sus propios códigos en el espacio de los reconocimientos y articulaciones políticas.

De manera resumida, hay un importante sector social, las nuevas clases medias, que, proviniendo de las clases populares, ya no milita en ningún movimiento social territorial, pelea por una cultura de distinción y su modo de unificación política es una incógnita. Su procedencia popular, el que el padre o los parientes militen en un sindicato, junta de vecinos o gremio, sumado a que estos vínculos sindicales-comunales le permitan una interlocución instrumental más fluida con los mecanismos de contratación o inversión estatal, pueden hacer pensar que es sensible a la narrativa e interpelación sindical. Pero, a la vez, sus nuevas condiciones de vida, sus aspiraciones de reconocimiento y sus nuevas expectativas, parecidas a las de la clase media tradicional, la pueden llevar a inclinarse por la irradiación conservadora de la clase media descendente. Está claro, entonces, que la conformación de la identidad y filiación de las clases medias es hoy un espacio de intensas luchas y disputas políticas que habrá de dirimirse en los siguientes años.

Pero, además, hay un cambio tecnológico que está complejizando y acelerando el perfil e inclinaciones  sociales de las clases medias: el internet. Si bien es un soporte tecnológico de comunicación, como lo es la televisión, la radio o la imprenta, es el primer soporte adecuado a la individuación desterritorializada propia de las clases medias. El internet en el celular no solo afianza el rompimiento de los vínculos corporales propios del sindicalismo, la vecindad y el gremio; sino que también se apoya en la individualidad desterritorializada resultante, para brindarle herramientas de nuevas hermandades, de nuevas filiaciones sin anclaje territorial y virtuales. El Facebook o el WhatsApp son los lugares de construcción de las nuevas “comunidades” de afinidad temática en las cuales el usuario, en su soledad y con el solo movimiento de un dedo, puede comunicarse, dedicar tiempo y hallar espacios de reconocimiento, identidad y militancia. En cierta medida, el WhatsApp y las “redes sociales” son una suerte de atenuado y aséptico sindicalismo desterritorializado, pero con capacidad de producir “conocimientos”, sedimentar emociones y anclar certidumbres colectivas.

Su impacto político radica en que puede unir criterios y movilizar expectativas sin necesidad de reunir personas, incluso en el anonimato. Su límite deliberativo, y por tanto democrático, es que desde ese anonimato carente de responsabilidad pública o contraparte atenuante, es propenso a la manipulación para gatillar los temores, ignorancias y emociones más primitivas para alcanzar un objetivo político.

De hecho, aquí radica una de las principales lecciones de las luchas en torno al Nuevo Sistema del Código Penal. No basta tener la razón y la verdad racional sobre las cosas. Si no tienes de tu lado también las emociones, entonces, la mentira o la “verdad emotiva” es la que triunfa. Y el lugar más rápido, generalizado e irresponsable para producir vertiginosamente “posverdades”, falsedades emotivamente manipuladas para aparecer como verdades temporales o, si se prefiere, el desplome de la responsabilidad moral de contrastar los hechos, son precisamente las redes sociales, convertidas hoy en lugar de concurrencia privilegiada de las clases medias. Si en general el acortamiento de distancias entre los ingresos económicos de las clases populares respecto a las clases medias tradicionales tiende a producir un “pánico de estatus” (Lipset), acentuando el apego a ideologías ultraconservadoras y racistas, es probable que la profusión de absurdos emotivos (“te van a quitar tu casa”; “van a encarcelar a los que oran”; “van a subir los impuestos”; “van a permitir vender droga en los colegios”…) haya podido apoderarse tan rápidamente del imaginario de estas clases medias descendentes.  

En síntesis, estamos ante un rediseño de las identidades colectivas y el bloque nacional-popular que se construyó a lo largo de los últimos 15 años tiene, en la posibilidad de articular a estas nuevas clases medias, a sus códigos y narrativas, el reto de continuar siendo hegemónico.

  •  Álvaro García Linera es vicepresidente del Estado

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Una parte de los críticos conservadores han preferido eludir el debate conceptual o estadístico y han optado por esconder sus limitaciones intelectuales refugiándose en el expediente del agravio. En vez de proponer una manera distinta de conceptualizar las clases medias, o sus procesos de movilidad y sus discursos organizadores, han reclamado el que se les diga que son “decadentes”. Usamos esa palabra no como adjetivo descalificador, sino como categoría que describe un proceso objetivo de crecimiento demográfico de la clase media y, por tanto, de devaluación inevitable de los antiguos bienes patrimoniales, culturales o simbólicos, monopolizados por las antiguas clases medias. Son 2,2 millones de nuevos integrantes de clase media, en términos de relaciones laborales, o tres millones en términos de capacidad de consumo en apenas una década, que hablan de una saludable y necesaria ampliación de la clase media boliviana que convierte el clásico triángulo social de décadas atrás, con el que se representaba a las jerarquías sociales, en un rombo, tal como lo describe el periodista Yuri Flores.

Pero, este proceso de democratización de la riqueza, eso es, en el fondo, el significado del surgimiento de una nueva clase media, lleva, inexorablemente, a que los antiguos ocupantes de ese segmento social ahora tengan que compartir el espacio social con otros sectores advenedizos que, con su sola presencia, devalúan, por su masificación, los antiguos reconocimientos, jerarquías, privilegios y espacios que ocupaban (cines, colegios, universidades, urbanizaciones, lugares de recreación, entre otros). Y si la clase media tradicional no despliega estrategias para reconquistar la “exclusividad” de esos o nuevos recursos, bienes, posiciones y reconocimientos de clase media, está claro que tenderá a descender socialmente, es decir, a ubicarse como decadente. Se trata de un proceso objetivo de desclasamiento y reenclasamiento social, y nadie, con un poco de inteligencia, debería enojarse por ello.

En este bloque de agravios, no puedo dejar de mencionar el extravío histórico de Carlos Mesa al considerar que la “clase media” fuera la “depositaria” de los valores democráticos, dejando entender que el resto de las clases populares fueran antidemocráticas y autoritarias. Se trata, ciertamente, de un apego espontáneo a lo aristotélico del “justo medio” como depositario de las virtudes del “buen gobierno” que no solo reproduce el viejo prejuicio señorial sobre la “incivilidad” de las clases populares, sino que también borra injustamente la evidencia histórica de que quienes conquistaron la democracia en Bolivia siempre han sido las clases trabajadoras, y que la profundización de esa democracia solo es posible mediante más participación de esas clases trabajadoras a las que pareciera aborrecer.

Un segundo grupo de artículos han polemizado aspectos interesantes que hay que rescatar. Unos han observado las características de mi definición de clase media. A quienes observan por la importancia que asigno a la relación de propiedad económica, decirles que eso permite precisamente separar a obreros y trabajadores calificados que, pertenecientes a la clase obrera, debido al aumento de sus niveles de ingresos en la última década, son confundidos con “clase media”. Y a aquellos que han desempolvado el viejo manual de economía política de Nikitin para exigir una lectura exclusivamente economicista del concepto de clases, simplemente decirles que la sociología moderna y las más sofisticadas corrientes marxistas han enriquecido notablemente el concepto relacional de “clases sociales”, han incorporado otros “bienes” y tipos de “propiedades” en la estructuración estadística de una clase social, como los bienes culturales, los bienes educativos, los bienes simbólicos, los bienes organizativos, e incluso, en sociedades poscoloniales, los bienes “étnicos”. Ya el propio Marx, recomendó tomar en cuenta en el estudio de las clases sociales la lucha por la “distinción” en “los modos de vida, sus intereses y su cultura”.

Sin embargo, quiero detenerme en dos lúcidas reflexiones. La primera de Gustavo Luna que señala que en los últimos dos años ha habido una ralentización en el crecimiento de la economía (de 5,5% a 4%), de la inversión pública y del consumo de los hogares. Estas tres variables han crecido, y han sido las más altas del continente; pero han crecido a una tasa menor, entre un 20 a un 30%, que en años anteriores. Es decir que habría un dato objetivo en la economía que hubiera impactado en las subjetividades sociales. El incremento del consumo, la expansión de contrataciones, consultorías, emprendimientos personales que tenían una tasa de crecimiento elevada y habían generado expectativas y apuestas hacia futuro, en términos de inversión, estudios y empleo, se han visto obstaculizadas parcialmente en los dos últimos años, creando las condiciones de un malestar social urbano de clase media que logró ser canalizado por construcciones discursivas conservadoras y convocatorias corporativas como la de los médicos.

En todo caso, si esta hipótesis fuera cierta, la recuperación económica mundial de 2017, el incremento en más del 30% del precio del petróleo en los últimos meses y el efecto irradiante de las inversiones industriales, tanto públicas como privadas ya en marcha, dinamizarán nuevamente este año, 2018, el “segundo motor” de la economía boliviana, el sector externo, con lo que habrá de superarse a corto plazo este elemento objetivo de malestar. Todo dependerá ahora de la capacidad de construcción discursiva y simbólica con la que actúen el partido de gobierno y la oposición para significar, subjetivar y politizar estos cambios materiales.

Un segundo aporte notable viene de parte de Manuel Canelas y Amaru Villanueva quienes, por separado, observan que las clases medias tienden a satisfacer sus nuevas demandas ya no en el Estado, sino en el mercado. Es una idea interesante en tanto te exige comprender que el mediador “visible” de la clase media con sus nuevas expectativas de estatus social (Weber) ya no es directamente el Estado y sus instituciones, sino el “mercado”, los bancos, las empresas privadas, los emprendimientos personales, y demás. Sin embargo, tampoco se puede caer en la ilusión liberal de que el “mercado” es un ente al margen de las personas, los grupos, los intereses y del propio Estado. ¿Quién fija las tasas de interés bancario para la vivienda del profesional o la iniciativa productiva de los nuevos emprendedores? El Estado. ¿Quién dinamiza determinadas ramas de la economía o prioriza la demanda de ciertas profesiones en la que el joven profesional puede hallar más oportunidades de empleo? El Estado. Y en una sociedad donde el Estado controla el 60% de la inversión y el 40% de la economía, el Estado atraviesa directamente la suerte y las oportunidades del conjunto de la sociedad y, en especial, de las clases medias. Por ello, lo que ha ampliado la clase media en Bolivia en esta última década no es el “mercado”, sino el Estado, y su manera de influir o de ampliar el mercado. No hay que olvidar que el Estado se desempeña en realidad como un “Banco Central” (Bourdieu) que acumula, regula, distribuye, valora y devalúa los distintos capitales, bienes, propiedades y prestigios que acumulan todas las clases sociales. Que esto no haya podido ser “visibilizado” como un relato orgánico en el sentido común (Gramsci) de la nueva clase media habla más de una incomprensión gubernamental de los alcances de su propia obra que de una autonomía real de las clases medias respecto a la dinámica estatal.

En todo caso, lo importante de todo ello es que al lado de la antigua clase media se ha instalado una nueva clase media de origen popular, que ha satisfecho sus necesidades básicas como el acceso a agua, alcantarillado, asfaltado de calles, gas, transporte, educación, vivienda propia y que ahora se lanza a la búsqueda de otros servicios como la calidad en la atención de salud, bienes de consumo selectos, esparcimiento, viajes, entre otros.

Estamos, por tanto, ante la búsqueda de bienes que ya no están vinculados a la circunscripción territorial del hogar, la comunidad y la fábrica, que eran los lugares de la militancia sindical, de la junta de vecinos o la comunidad campesina. Es decir, estamos ante sujetos en proceso o plenamente desindicalizados y desterritorializados lo que significa que son portadores de otra concepción del mundo, del orden lógico e instrumental de las cosas.

Claro, el orden sindical boliviano en cierta medida fue una fuerza productiva de la escasez; y más que una pertenencia organizativa es una manera de ser en el mundo, de acceder a derechos, de conseguir reconocimiento social, de construir memoria colectiva, de remontar adversidades y de ubicación moral en las contingencias cotidianas. La subjetividad sindical ha construido el espíritu articulador de lo nacional-popular en los últimos cien años. Y ahora resulta que una tercera parte de la población se ha desindicalizado, se ha individuado abruptamente y con ello ha dado lugar a una nueva cultura de ubicación y de organización del mundo que tal vez ya no puede ser convocada por los antiguos códigos discursivos y que, de hecho, reclama la impronta de sus propios códigos en el espacio de los reconocimientos y articulaciones políticas.

De manera resumida, hay un importante sector social, las nuevas clases medias, que, proviniendo de las clases populares, ya no milita en ningún movimiento social territorial, pelea por una cultura de distinción y su modo de unificación política es una incógnita. Su procedencia popular, el que el padre o los parientes militen en un sindicato, junta de vecinos o gremio, sumado a que estos vínculos sindicales-comunales le permitan una interlocución instrumental más fluida con los mecanismos de contratación o inversión estatal, pueden hacer pensar que es sensible a la narrativa e interpelación sindical. Pero, a la vez, sus nuevas condiciones de vida, sus aspiraciones de reconocimiento y sus nuevas expectativas, parecidas a las de la clase media tradicional, la pueden llevar a inclinarse por la irradiación conservadora de la clase media descendente. Está claro, entonces, que la conformación de la identidad y filiación de las clases medias es hoy un espacio de intensas luchas y disputas políticas que habrá de dirimirse en los siguientes años.

Pero, además, hay un cambio tecnológico que está complejizando y acelerando el perfil e inclinaciones  sociales de las clases medias: el internet. Si bien es un soporte tecnológico de comunicación, como lo es la televisión, la radio o la imprenta, es el primer soporte adecuado a la individuación desterritorializada propia de las clases medias. El internet en el celular no solo afianza el rompimiento de los vínculos corporales propios del sindicalismo, la vecindad y el gremio; sino que también se apoya en la individualidad desterritorializada resultante, para brindarle herramientas de nuevas hermandades, de nuevas filiaciones sin anclaje territorial y virtuales. El Facebook o el WhatsApp son los lugares de construcción de las nuevas “comunidades” de afinidad temática en las cuales el usuario, en su soledad y con el solo movimiento de un dedo, puede comunicarse, dedicar tiempo y hallar espacios de reconocimiento, identidad y militancia. En cierta medida, el WhatsApp y las “redes sociales” son una suerte de atenuado y aséptico sindicalismo desterritorializado, pero con capacidad de producir “conocimientos”, sedimentar emociones y anclar certidumbres colectivas.

Su impacto político radica en que puede unir criterios y movilizar expectativas sin necesidad de reunir personas, incluso en el anonimato. Su límite deliberativo, y por tanto democrático, es que desde ese anonimato carente de responsabilidad pública o contraparte atenuante, es propenso a la manipulación para gatillar los temores, ignorancias y emociones más primitivas para alcanzar un objetivo político.

De hecho, aquí radica una de las principales lecciones de las luchas en torno al Nuevo Sistema del Código Penal. No basta tener la razón y la verdad racional sobre las cosas. Si no tienes de tu lado también las emociones, entonces, la mentira o la “verdad emotiva” es la que triunfa. Y el lugar más rápido, generalizado e irresponsable para producir vertiginosamente “posverdades”, falsedades emotivamente manipuladas para aparecer como verdades temporales o, si se prefiere, el desplome de la responsabilidad moral de contrastar los hechos, son precisamente las redes sociales, convertidas hoy en lugar de concurrencia privilegiada de las clases medias. Si en general el acortamiento de distancias entre los ingresos económicos de las clases populares respecto a las clases medias tradicionales tiende a producir un “pánico de estatus” (Lipset), acentuando el apego a ideologías ultraconservadoras y racistas, es probable que la profusión de absurdos emotivos (“te van a quitar tu casa”; “van a encarcelar a los que oran”; “van a subir los impuestos”; “van a permitir vender droga en los colegios”…) haya podido apoderarse tan rápidamente del imaginario de estas clases medias descendentes.  

En síntesis, estamos ante un rediseño de las identidades colectivas y el bloque nacional-popular que se construyó a lo largo de los últimos 15 años tiene, en la posibilidad de articular a estas nuevas clases medias, a sus códigos y narrativas, el reto de continuar siendo hegemónico.

  •  Álvaro García Linera es vicepresidente del Estado

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Cuando el lodo es el alma

Al final —para desgracia de la patria—, Zavaleta no se equivocó en la descripción del alma enlodada de la generación de clase media que le tocó vivir (“las clases medias de Bolivia son las más ignorantes, racistas y antina-cionales del continente”), y de la siguiente generación que vio  asomar.

/ 25 de abril de 2016 / 04:06

En un reciente artículo en La Razón [Animal Político del domingo 10 de abril], Erick Ortega nos recuerda aquella lapidaria sentencia que René Zavaleta, en 1962, lanzara sobre las clases medias bolivianas: “son las más ignorantes, racistas y antinacionales del continente”. Y claro, razones no le faltaban para llegar a esa conclusión.

A Zavaleta le tocó vivir el devenir de la victoriosa insurrección armada de 1952, convertida en una genuflexión inmoral por parte de sus conductores “clase medieros” ante los dictados del Departamento de Estado norteamericano.

Con seguridad, él padeció la ignorancia de las clases medias, en la charla de copetín barato de los funcionarios “cuperos” y el superfluo lenguaje acartonado de escritores y profesionales diletantes, renuentes a cualquier atisbo de profundidad y sistematicidad de razonamiento.

En los 60, el racismo de las clases ascendentes es el mismo que el de las clases decadentes del gamonalismo abatido (son primas-hermanas). Es así que mientras las últimas consideran a los indios como seres inferiores que necesitan ser educados y civilizados para acceder a la ciudadanía, las primeras (encaramadas en el poder sobre los hombros de los mineros armados) piensan lo mismo, solo que camuflan su rechazo a cualquier tipo de consideración de los derechos colectivos de los pueblos indígenas, detrás de un supuesto “mestizaje” fallido.

En cuanto al espíritu antinacional de las clases medias, el código Davenport, que privatiza los campos gasíferos de YPFB en pleno apogeo revolucionario (1956), y la sumisión gubernamental a las políticas de contrainsurgencia temprana, adheridas a los acuerdos de la “Alianza para el progreso”, justifican no solo la dureza de la apreciación zavaletiana sino, sobre todo, el hecho de que la revolución del 52, lejos de ser “traicionada” fue abortada, desde un inicio, por la clase social que la conduce.

Evidentemente, las personas no son solo lo que hacen en un momento dado, sino también la historia acumulada de todo lo hecho tiempo después. Y, hoy, la estructura de clases sociales boliviana se ha modificado notablemente.

Tenemos nuevas clases medias, una gran parte de ellas emergentes del mundo popular e indígena, vinculadas a la academia y a la mundialización comercial que, a tiempo de optar electoralmente por un presidente indígena y por la indianización de la identidad boliviana, le han dado viabilidad técnica a los actuales procesos de nacionalización e industrialización, que son los soportes materiales de una soberanía nacional real.

Sin embargo, en medio de esa nueva generación y la que conduce la revolución del 52, hay una generación de clase media que es el retrato fiel —incluso aumentado— de la descripción de Zavaleta.
Nos referimos a la generación del “entronque histórico”, que dejará los sueños de una revolución armada continental por la prosaica realidad de los dólares preferenciales, las comisiones de las empresas públicas privatizadas y la sumisión a los caprichos hollywoodenses de los embajadores norteamericanos.

Se trata, no cabe duda, de una generación frustrada, conformada por miristas, “socialistas” y extrostkistas que, seducidos por el neoliberalismo (en general) y por el gonismo (en particular), serán incapaces de lograr nada de aquello que alguna vez soñaron y harán todo lo que alguna vez juraron combatir: entregar las riquezas del país y el mando del Estado a manos extranjeras.

Como parte de esta generación extraviada, habrá otro segmento de clase media más culta, de distinto origen y textura discursiva, pero que comparte la desventura de esa época, aunque no la estética de prostíbulo de sus compañeros de ruta. Tiene un apego señorial a la modernidad y, debido a ello, los fuegos de la plebe insurrecta del 52 le resultarán una incómoda y caótica curiosidad histórica. Así, cuando las pasiones guerrilleras y obreristas de los años 70 arrastrarán a todo el país, mantendrán una distancia melindrosa; pero cuando las trompetas de una nueva modernización, ahora con estética empresarial, toma el relevo histórico (tras el fracaso de la UDP), correrán presurosas a sumarse con entusiasmo y compromiso.

Se trata de toda una corriente generacional, que halla en el gonismo la realización de todas sus ilusiones de progreso y orden democrático controlado: disciplinamiento de las clases peligrosas mediante la desindicalización; apaciguamiento y domesticación de indios mediante políticas multiculturalistas de minorización de “etnias”; acceso a la modernidad económica de la mano de eficientes empresas extranjeras; pactos políticos de “caballeros” que atemperan y viabilizan la gobernabilidad; y un educado relacionamiento con los organismos extranjeros, que tutelan el encuentro con una globalización vertiginosa e implacable.

Son ellos quienes desde los medios de comunicación, la cátedra de gestión de negocios, las consultorías o las fundaciones defenderán —con envidiable locuacidad— el desmantelamiento de cada una de las empresas estatales en los 90. La enajenación de campos de gas, ductos de petróleo, aviones, hidroeléctricas y centrales telefónicas, producidas con el trabajo de dos generaciones, les resultará justa e inevitable para acceder a la buena voluntad de los exigentes empresarios extranjeros, promotores de la ansiada modernidad.

Para ellos (igual que para sus abuelos liberales de principios del siglo XX), patriotismo y soberanía son arcaísmos que deben rendirse ante el altar de la eficiencia y la mano “invisible” del mercado. Y, cuando el andamiaje de la impostura neoliberal comenzará a agrietarse, no dudarán —en un acto de “audacia” personal— arriesgar el apellido y sumarse a la candidatura vicepresidencial, a fin de salvar el último refugio histórico del “progreso”, ante el asedio de una plebe levantisca y de malos modales.

Una vez en gestión de gobierno, cualquier indicio de enojo de los empresarios extranjeros del petróleo les causa zozobra, pues lejos de interesarse por la patria, velan por el cumplimiento de la “seguridad jurídica” de los depredadores. Los gastos reservados corren por sus manos y no tienen ningún imperativo moral en rechazar este tipo de malversación personal de millonarios recursos públicos, como si se tratara de un derecho de casta ante el cual ningún reparo ético puede sobreponerse.

Sin dinero en las arcas públicas ni voluntad política para recuperar lo que es de los bolivianos, viajan al extranjero cada fin de año, sin decoro, en busca de la conmiseración de los organismos extranjeros, a fin de acceder a créditos para el pago de aguinaldos. Y cuando el Gobierno norteamericano exige la contraparte gubernamental para soltar alguna limosna, no dudan en ponerle precio a la soberanía, a la Constitución y a la dignidad de los bolivianos, aceptando la inmunidad de las tropas del país del norte, en el ejercicio de su intervención armada en territorio boliviano.

Al final —y para desgracia de la patria—, Zavaleta no se equivocó en la descripción del alma enlodada de la generación de clase media que le tocó vivir, y de la siguiente generación que vio asomar. Quizá en lo único en lo que careció de precisión, es en subestimar dosis de cultura general con la que la segunda generación movimientista suplió a la primera.

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Derrotas y victorias

La derrota del Sí ha removido la estructura general de las organizaciones sociales que sostienen el proceso de cambio. Y lo ha hecho para bien y en un momento oportuno, porque  quedan cuatro años por delante para corregir errores, ya que es una derrota táctica en medio de una ofensiva y victoria estratégica del proceso de cambio.

/ 7 de marzo de 2016 / 04:02

Cuando uno arroja una piedra a un vaso de cristal y éste se quiebra, a veces surge la pregunta ¿por qué se rompe el vaso? ¿Es por culpa de la piedra que lo impactó? ¿O porque el vaso es rompible y luego entonces la piedra lo fragmenta? Es una pregunta que solía plantearla el sociólogo Pierre Bourdieu para explicar que solo la segunda posibilidad era la correcta, porque te permitía ver, en la configuración interna del objeto, las condiciones de su devenir.

En el caso del referéndum del 21 de febrero, no cabe duda que hubo una campaña política orquestada por asesores extranjeros. Las visitas clandestinas de la ONG NDI, dependiente del Departamento de Estado, sus cursos de preparación de activistas cibernéticos, los continuos viajes de los jefes de oposición a Nueva York —no precisamente a disfrutar del invierno—, hablan de una planificación externa que tuvo su influencia. Pero así como la piedra arrojada hacia el vaso, esta acción externa solo pudo tener efecto debido a las condiciones internas del proceso político boliviano, que es preciso analizar.

CLASES. 1. La nueva estructura de las clases sociales

Que en diez años el 20% de la población boliviana haya pasado de la extrema pobreza a la clase media es un hecho de justicia y un récord de ascenso social, pero también de desclasamiento y reenclasamiento social, que modifica toda la arquitectura de las clases sociales en Bolivia. Si a ello sumamos que en la misma década de oro la diferencia entre los más ricos y los más pobres se redujo de 128 a 39 veces; que la blanquitud social ha dejado de ser un “plus”, un capital de ascenso social y que hoy más bien la indianitud se está consagrando como el nuevo capital étnico que habilita el acceso a la administración pública y al reconocimiento, nos referimos a que la composición boliviana de clases sociales se ha reconfigurado y, con ello, las sensibilidades colectivas, o lo que Antonio Gramsci llama el sentido común, el modo de organizar y recepcionar el mundo, es distinto al que prevalecía a inicios del siglo XXI.

Las clases sociales populares de hoy no son las mismas que aquellas que llevaron adelante la insurrección de 2003. Los regantes controlan sus sistemas de agua; los mineros y fabriles han multiplicado su salario por cinco; los alteños, que pelearon por el gas, ahora tienen, en un 80%, gas a domicilio; las comunidades campesinas e indígenas tienen seis veces más cantidad de tierra que todo el sector empresarial; y los aymaras y quechuas, marginados por su identidad indígena en el pasado, son los que ahora conducen la indianización del Estado boliviano. Hay, por tanto, un poder económico y político democratizado en la base popular, que modifica los métodos de lucha sociales para ser atendido por el Estado. Paralelamente, la urbanización se ha incrementado pero, ante todo, los servicios urbanos de educación, salud, comunicación y transporte se han expandido en las áreas rurales ampliando los procesos de individuación de las nuevas generaciones, diversificando las fuentes de información y de construcción de opinión pública regionalizada más allá del sindicato o la asamblea. Si a ello añadimos el hecho de que pasada la etapa del ascenso social insurreccional (2003-2009), inevitablemente viene un reflujo social, un repliegue corporativo que debilita a las organizaciones sociales y a su producción de un horizonte universal, entonces es normal un periodo de despolitización social, que disminuye la centralidad sindical como núcleo privilegiado de construcción de la opinión pública popular, para ampliarla a una pluralidad de fuentes como los medios de comunicación, la gestión estatal, las redes sociales, etc.

La comunidad nacional en lucha contra las privatizaciones, la comunidad nacional despojada de sus recursos y que reclama su reconquista, o la comunidad dolorosa de las víctimas de la matanza de octubre de 2003, que fueron la base del ascenso revolucionario entre 2000 y 2006, han dado lugar a otro tipo de comunidades reivindicativas más dispersas regionalmente, más afincadas en la gestión de proyectos de desarrollo o de expectativas educativas de carácter individual. Se trata de comunidades de tipo virtual o mediáticas que no solo modifican los métodos de lucha sino también los contenidos mismos de lucha, las percepciones sobre lo deseado, lo necesario y lo común.

Estamos, por tanto, no solo ante una nueva estructura de clases, sino también ante nuevos marcos culturales de movilización y de percepción del mundo. Por todo ello, la convocatoria del sindicato o de la comunidad convertida en capital electoral en 2005 o en 2009, que irradió a sectores de la sociedad civil individuada, hoy no son suficientes para producir el mismo efecto electoral. Sin duda, el mundo sindical obrero, campesino-indígena y vecinal pobre continúa siendo el bastión más sólido y leal del proceso de cambio —y esto se ha verificado nuevamente en la última elección con gestos tan extraordinarios como la donación de una mita por parte del proletariado minero de Huanuni para la campaña—, pero ya no tiene el mismo efecto irradiador de antes. Han surgido otras colectividades sociales entre las clases populares y en las diversas clases medias de origen popular, más volátiles, por residencia, por estudio o por comunidad virtual, que se mueven por otros referentes e intereses, muchas veces de carácter individual. Como gobierno revolucionario habíamos ayudado a cambiar al mundo; sin embargo, en la acción electoral, en una parte de nuestras acciones, seguíamos aún actuando como si el mundo no hubiera cambiado. Acudimos a medios de movilización y de información insuficientes para la nueva estructura social de clases y, en algunas ocasiones, empleamos marcos interpretativos del mundo que ya no correspondían al actual momento social.

LIDERAZGO. 2. Hegemonía no es lo mismo que continuidad de liderazgo

La fortaleza de un proceso revolucionario radica en instaurar una matriz explicativa del mundo en medio de la cual las personas, las clases dominantes y las clases dominadas, organizan su vida cotidiana y su futuro.

Durkheim llamaba a esto las estructuras del conformismo moral y conformismo lógico de la vida en común. Y el bloque social dirigente capaz de conducir activamente estas estructuras se constituye en un bloque social hegemónico. El proceso de cambio creó una matriz explicativa y organizadora del mundo: Estado plurinacional, igualdad de naciones y pueblos indígenas, economía plural con liderazgo estatal, autonomías. Hoy, izquierdas y derechas se mueven en torno a esos parámetros interpretativos que regulan el campo de lo posible y lo deseado socialmente aceptado. Hoy, la gente de a pie construye sus proyectos personales y expectativas en torno a estos componentes potenciados hacia el futuro a través de la Agenda Patriótica 2025, y no tiene al frente ningún otro proyecto de Estado y de economía que le haga sombra. En ese sentido, hablamos de un campo político unipolar. El que el presidente Evo tenga una popularidad y apoyo a la gestión de gobierno que bordea el 80%, según las encuestas hechas en plena campaña por el referéndum, constata este hecho hegemónico.

Sin embargo, cuando a los entrevistados se les consulta si están de acuerdo con una nueva postulación, solo la mitad de los que apoyan la gestión responde positivamente. El apego al proyecto de Estado, economía y sociedad no es similar al apoyo a la repostulación o, si se quiere, hegemonía no es directamente sinónimo de continuidad de liderazgo.

Es posible que haya pesado la desconfianza normal hacia una gestión muy larga; también es posible que algunas personas pensaran que en el referéndum volvían a reelegir a Evo, creyéndolo innecesario después de ya haberlo elegido en 2014. En todo caso, sobre ese espacio de votantes que daban su apoyo a la gestión de Evo, pero no a su repostulación, se centró toda la artillería de la campaña, tanto de la oposición como del partido gobernante. La oposición se montó rápidamente en una matriz de opinión larvaria, pero trabajada desde hace años con el apoyo de agencias internacionales, referida a que los gobiernos de izquierda revolucionarios son “autoritarios”, “abusivos”, quieren “eternizarse”, etc. Y, entonces, la repostulación fue rápidamente ensamblada a la lógica de una manifestación que confirmaba el “abuso”, el “autoritarismo”, etc. Algunos izquierdistas de “cafetín” se sumaron a este estribillo y, por consiguiente, la irradiación fue más extensa. En tanto que el partido de gobierno tuvo que hacer una doble labor explicativa. Primero, enfatizar que quienes no querían la repostulación eran los de la vieja derecha privatizadora y, luego, que la repostulación garantizaba la continuidad del proceso de cambio. En esta dualidad explicativa es donde se perdió la fuerza de la simpleza de una consigna electoral, frente a la matriz discursiva imperialmente labrada que repercutía más fuerte justamente por su simpleza.

REDES. 3. Las redes: nuevos escenarios de lucha

Recientemente estuve en San Pedro de Curahuara, un municipio alejado, cercano a la frontera con Chile. Los mallkus y mama t’allas nos recibieron con cariño y bien organizados; habían decidido en su asamblea los temas a tratar y los oradores. Pero también vinieron a recibirme los jóvenes del colegio. Todos los estudiantes de la promoción tenían un smartphone similar al mío, y si bien no habían participado de la asamblea comunal, se habían enterado por teléfono o WhatsApp que estábamos llegando al municipio. Aquello que vi en Curahuara se repite en toda Bolivia. El internet y las redes han abierto un nuevo soporte material de comunicación, tan importante como lo fueron otros soportes materiales de comunicación en el pasado: la imprenta en el siglo XVIII, la radio a principios del siglo XX, la televisión a fines del siglo XX. Se trata de medios de comunicación cada vez más universales, que han llegado para quedarse y que no solo modifican la construcción cultural y educativa de las sociedades, sino la forma de hacer política y de luchar por el sentido común.

La masificación y novedad de este nuevo soporte material de comunicación ha generado una sobreexcitación comunicacional que ha sido bien aprovechada por las fuerzas políticas de derecha, que dispusieron recursos y especialistas cibernéticos al servicio de una guerra sucia como nunca antes había sucedido en nuestra democracia y que ha vertido toda la lacra social en el espacio de la opinión pública.

Está claro que las redes no son culpables de la guerra sucia; es la derecha, que no tuvo escrúpulo alguno para esa guerra sucia unilateral, la que apabulló el medio. Nosotros atinamos a una defensa artesanal en un escenario de gran industria comunicacional. Al final, esto también contribuyó a la derrota. A futuro, está claro que los movimientos sociales y el partido de gobierno deben incorporar en sus repertorios de movilización a las redes sociales como un escenario privilegiado de la disputa por la conducción del sentido común.

OPOSICIÓN. 4. Oposición unida

A lo largo de los últimos 15 años, las batallas electorales han contado con un bloque conservador de derecha fragmentado. Desde las elecciones de 2002 hasta las de 2014, la derecha política ha presentado varias candidaturas que han dispersado el voto de esas derechas. En oposición a ello, la izquierda política ha contado con una única candidatura y, encima, respaldada por un único bloque de izquierda social (sindicatos, comunidades, juntas de vecinos).

En 2016 este panorama se ha modificado. Aun con sus divergencias, toda la derecha pudo articularse en torno a una sola posición, la del NO; e incluso tuvo la capacidad de arrastrar a los fragmentos del “izquierdismo deslactosado”, que antes había acompañado a Gonzalo Sánchez de Lozada en su gestión de gobierno.

La antigua fragmentación de la derecha claramente mejoraba la posición electoral del MAS, que se presentaba como la única fuerza con voluntad real de gobierno. Sin embargo, al unificarse aquélla para el referéndum, se anularon temporalmente las fisuras y guerras internas que debilitaban a unas frente a otras y a todas ellas frente al MAS. Así, el “todos contra el MAS” permitió que entraran, en una misma bolsa, desde los fascistas recalcitrantes y los derechistas moderados, hasta los trotskistas avergonzados. Y, en un memorable grotesco político, la noche del 21 de febrero se abrazaron quienes, pocos años atrás, estaban agarrando bates de béisbol para romper las cabezas de campesinas cocaleras, y algunos exizquierdistas que, alguna vez, pontificaron desde su escritorio los derechos indígenas.

Al final, la derrota del Sí ha removido la estructura general de las organizaciones sociales indígenas, campesinas, vecinales, juveniles, obreras y populares que sostienen el proceso de cambio. Y lo ha hecho para bien y en un momento oportuno. Momento oportuno porque quedan cuatro años por delante para corregir errores, ya que es una derrota táctica en medio de una ofensiva y victoria estratégica del proceso de cambio. Y, para bien, porque las repetidas victorias de los últimos diez años han generado una peligrosa confianza y pesadez para un escenario de lucha de clases siempre cambiante, que requiere lo máximo de las fuerzas, lo máximo de la inteligencia y lo máximo de la audacia del movimiento popular. Y es que las revoluciones avanzan porque aprenden de sus derrotas o, en palabras de Carlos Marx, las revoluciones sociales “se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado para comenzar de nuevo desde el principio, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que solo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: ¡Aquí está Rodas, salta aquí!”.

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El nuevo campo político en Bolivia

El que el MAS ocupe el centro político no significa que se hayan abandonado propuestas o principios; al contrario, significa que esos principios y propuestas de izquierda se han convertido en un “sentido común”, en un horizonte de época unánime y, al hacerlo, ha convertido a su vez a la izquierda en el “centro” de gravedad política.

/ 2 de noviembre de 2014 / 04:02

Unas semanas antes de las elecciones, Juan del Granado lanzaba la siguiente sentencia al presidente Evo Morales: “Que prepare sus maletas para irse de Palacio”; por su parte, Jorge Tuto Quiroga, reafirmando que ganaría las elecciones, sermoneaba: “La biblia regresará a Palacio”. Sin quedarse atrás, Samuel Doria Medina vaticinaba: “Iremos a una segunda vuelta y ganaremos”. Sin embargo, al final el Movimiento Al Socialismo (MAS) se llevaría  la victoria con el 61,4 % de los votos, lo que significa que más de 3 millones de personas habían derrumbado las ilusiones del bloque opositor. A la luz de estos resultados democráticos, se pueden observar tres nuevas características dentro del campo político boliviano.

HORIZONTE. El horizonte de época. Una de las funciones del Estado moderno es la construcción de consensos fundamentales sobre el sentido común, es decir, el orden y el destino del mundo social; esto no solo garantiza la consolidación de una forma estatal sino, ante todo, la cohesión social que sostiene el orden estatal. En su libro Sobre el Estado, Pierre Bourdieu propone la distinción de dos componentes en la construcción de los consentimientos duraderos sobre la organización de la vida social: la integración lógica y la integración moral. La primera hace referencia a los acuerdos inmediatos alcanzados por personas que tienen similares categorías de pensamiento, percepción y construcción de la realidad, mientras que la segunda tiene que ver con la presencia de valores morales compartidos.

Lo que ha sucedido en Bolivia en la última década es la emergencia y consolidación de un tipo de integración lógica y moral de la sociedad, esto es, de una manera casi unánime de entender el mundo y de actuar, caracterizada por el trípode constitucional de: economía plural con eje estatal, reconocimiento de las naciones indígenas con un gobierno de movimientos sociales, y régimen de autonomías territoriales. Se trata de un trípode discursivo con la capacidad de explicar lógica y moralmente el orden aceptable de la sociedad boliviana, y de orientar las acciones colectivas hacia un porvenir con todas las clases sociales. Es, no cabe duda, un horizonte de época que ha desplazado a los tres ejes discursivos que 20 años atrás definieron al neoliberalismo en el imaginario social: la extranjerización de los recursos públicos, la gobernabilidad partidaria y la oenegización de la deuda social.

A diferencia de las elecciones generales de 2009, cuando el bloque de la derecha intentó reflotar la lógica privatista de las materias primas y el orden racializado del poder político, en las elecciones de 2014 esta polarización desapareció. ¡Claro!, si retomaban la jurásica propuesta de la privatización, corrían el riesgo de desaparecer del mapa político. Entonces, lo que hicieron fue adoptar ambiguamente un nuevo discurso. “Respetaremos la nacionalización”, “vamos a mejorarla”, “dialogaremos con las organizaciones sociales”, etcétera, fueron las frases que día a día se repitieron ante un electorado cuyas categorías de percepción y construcción del mundo ya se habían afianzado en torno a la nacionalización de los recursos públicos y al poder de las organizaciones sociales. Al mutar de traje discursivo y adherirse sin convicción a un sentido común popular prevaleciente, la derecha devino en una derecha travesti que buscó por todos los medios ocultar no solo su raíz privatizadora y antipopular, sino sus intenciones más profundas. El desliz de Doria Medina de proponer el 50% para las petroleras o la ingenuidad de Tuto al “fotocopiar” el artículo 3 de la Ley de Capitalización de Gonzalo Sánchez de Lozada para “repartir” acciones, mostraban lo superficial y falaz de la adhesión discursiva de la derecha al espíritu revolucionario de la Constitución.

Con todo, este esfuerzo de camuflaje electoral, imprescindible para cualquier candidatura que quisiera mantener vigencia, confirmaba las cualidades del nuevo horizonte de época dominante. En los hechos, dentro del campo político, las izquierdas, los centros y las derechas están obligadas —por un buen tiempo— a moverse en esos tres parámetros organizadores y orientadores de la acción de la sociedad boliviana. La legitimidad política de cualquier propuesta emerge de su adhesión a ese horizonte de época; esto significa que en la actualidad no es posible imaginar nada al margen de ese techo discursivo. Y justamente por ello, las fuerzas opositoras han incursionado en una guerra perdida. Sin importar la cantidad de propaganda que hicieron, la cantidad de críticas que lanzaron o los asesoramientos extranjeros que contrataron, el campo discursivo legítimo, dominante, no era el de ellos; su adhesión tenía el tufo de impostura; y por si fuera poco, tampoco habían hecho ningún esfuerzo para crear o siquiera comenzar a imaginar un horizonte, una propuesta política distinta y creíble.

Al final, concurrieron a un campo político ya definido. Sus intentos de polarización fueron fallidos porque no es posible polarizar sin un proyecto alternativo (que al final nunca existió). Por eso, la votación de octubre de 2014 se constituye en la primera elección unipolar desde 1997; y esto deja para los siguientes años un campo político unipolar, es decir, uno con una única hegemonía discursiva definida por el MAS/Movimientos Sociales, y una variedad de partidos regionales armando coaliciones circunstanciales para disputar el electorado más frágilmente adherido al núcleo hegemónico.  

HEGEMONÍA. Irradiación territorial hegemónica. Si por hegemonía entendemos —en el sentido gramsciano— la capacidad de un bloque social de convertir sus necesidades colectivas en propuestas universales capaces de articular a otros sectores sociales distintos a él, ella no es posible sin que antes se dé la derrota política e ideológica (Lenin) de esos otros grupos o clases sociales convocadas a ser integradas. La hegemonía es pues una combinación de fuerza y seducción, de victoria (Lenin) y convencimiento (Gramsci). Y eso es precisamente lo que aconteció en el país entre 2000 y 2014.

En 2000, con la Guerra del Agua y el bloqueo de caminos de 20 días durante septiembre, el campo político se polarizó en torno a un bloque de partidos neoliberales y la emergencia de los movimientos sociales con capacidad de movilización territorial y discurso alternativo. En 2003, con la Guerra del Gas, quedó consolidada la propuesta universalista del movimiento social: nacionalización del gas, gobierno indígena y asamblea constituyente. Entre 2003 y 2005, el nuevo sentido común se impuso y el discurso privatizador entró en un ocaso. En diciembre de 2005, esta victoria ideológica se transmutó en victoria electoral y la mayoría política plebeya (indígenas, campesinos, vecinos, trabajadores urbanos…) quedó constituida. En 2008 se derrotó militarmente a la derecha golpista (septiembre), y políticamente al neoliberalismo (aprobación del texto constitucional en octubre). Por último, en 2009 el proyecto del retorno neoliberal fue derrotado electoralmente.

En ese sentido, octubre de 2014 no solo es la consolidación estructural de un único proyecto de economía, Estado y sociedad, sino la irradiación social y geográfica de la revolución democrática y cultural. El MAS creció con 201.850 votos respecto a 2009, logrando más de 3 millones de votos; triunfó por primera vez en Pando (antiguo bastión opositor controlado por las formas cacicales de la política) y en Santa Cruz, convirtiéndose en mayoría política e inaugurando una nueva época en una región controlada anteriormente por las fuerzas radicales de la derecha. Es así que nos encontramos frente a la expansión geográfica de la hegemonía y la disolución geopolítica de la llamada “media luna” conservadora.

El triunfo en Pando se explica básicamente por la presencia estatal que ha desplazado el poder hacendal, el impulso de un tipo de economía diversificada de las ciudades, y la distribución de tierras a campesinos y pueblos indígenas, que han quebrado las relaciones de dependencia frente al viejo poder cacical y terrateniente. Precisamente las reiteradas derrotas en el Beni tienen que ver con esta aún ausencia estatal en amplios territorios, la debilidad de los movimientos sociales populares, indígena-campesinos, y el poderío todavía vigente de las viejas estructuras hacendales, patrimoniales y comerciales.

A su vez, la victoria en Santa Cruz está ligada al creciente fortalecimiento de los movimientos sociales urbanos y rurales, a la incorporación de los obreros y trabajadores urbanos de la COB, pero ante todo a la disolución de los prejuicios y mentiras con que las antiguas élites ultrarreaccionarias regionales mantuvieron cautivo a un electorado de clase media cruceña. El estigma de “anticruceñismo”, de “quita casas” y “quita autos” con que la derecha generó distancias con el Proceso de Cambio, hoy se ha disuelto. El MAS ha mostrado no solamente que valora los avances económicos y sociales de la sociedad cruceña, sino que los quiere mejorar y ampliar. El doble aguinaldo democratiza la distribución de la riqueza en las diversas clases asalariadas; la inversión estatal brinda amplias oportunidades de negocios para profesionales y pequeños empresarios; se ha presenciado en la región el relanzamiento de la producción de hidrocarburos, de plantas de procesamiento, de la nueva petroquímica, además de una gran inversión en energía eléctrica y en la futura represa de Rositas; todo esto muestra que el “modelo de desarrollo cruceño” se ha democratizado y engrandecido con otras áreas productivas.

Como resultado final, el Proceso de Cambio ha expandido su base territorial, y con seguridad en las futuras elecciones nacionales se expandirá aún más. La lógica de estabilización electoral del proceso revolucionario nos lleva a pensar que el voto duro tenderá a consolidarse en torno al 60% en los siguientes años. Un porcentaje mayor solo es posible en momentos extraordinarios de polarización social.     

GRAVEDAD. El efecto “gravedad fuerte”. Dentro del espacio euclidiano, que normalmente usamos en una hoja de cuaderno, el punto medio entre dos puntos cualesquiera se obtiene uniendo con una línea recta a ambos y hallando la mitad de dicha recta. Algunos analistas políticos aplican esta forma básica y primitiva de comprensión geométrica a la lectura de la sociedad y cuando se refieren al “centro político”. No cabe duda que se trata de una lectura falsa y simplista, pues supone la existencia de “dos puntos”, es decir, de dos propuestas políticas polarizadas, con el mismo “peso” social, por lo que el “centro” político correspondería a aquellos que se ubican en la “mitad” de dichas propuestas. Pero, ¿qué sucede cuando no se tienen dos propuestas políticas polarizadas, sino una sola, mientras que las otras giran como satélites, más a la izquierda o más a la derecha, del centro unipolar? Evidentemente, Euclides aquí no ayuda mucho. Abusando de las analogías, el espacio de Riemann es más útil en este caso. Se trata de un espacio de cuatro dimensiones: ancho, largo, profundidad y tiempo. Einstein lo usó para graficar las curvaturas del espacio-tiempo bajo los efectos de la gravedad. Bajo estos supuestos, el “medio” de dos puntos no es la mitad de la línea recta euclidiana entre ellos, sino la mitad de la línea curva que los une, de manera que si la curvatura del espacio es muy pronunciada cerca de uno de ellos, visualmente la “mitad” estará muchísimo más cerca del punto que se encuentre en el borde de una curvatura del espacio. Esto, debido al efecto de gravedad que curva el espacio-tiempo.

En política, podemos aplicar el concepto de efecto de gravedad fuerte que da la curvatura al espacio político, es decir, el efecto de una propuesta política lo suficientemente fuerte y hegemónica que anula —temporalmente— otras alternativas políticas discursivas convirtiéndolas en variantes satelitales, más a la izquierda o más a la derecha del vórtice gravitacional. En este caso, lo que surgió en 2000 inicialmente como una alternativa de izquierda opuesta a una de derecha, al anular plenamente a esta última, hizo que el campo político se convirtiera de bipolar en unipolar; y entonces la propuesta de la izquierda, por el efecto de la fuerza de gravedad política, devino en “centro”. Pero, ¡ojo!, no es que ella haya cambiado o se haya “derechizado”; al contrario, la fuerza de gravedad de la propuesta de izquierda es tal que al anular la de la derecha (que equilibraba el campo político) hace que el campo político entero, que la sociedad boliviana entera, se “izquierdice” en su totalidad. Es así que todas las propuestas políticas ya no cuestionan ni la nacionalización ni la participación de las organizaciones sociales, y simplemente hablan de ajustes de forma en torno a este único núcleo discursivo. 

El que el MAS ocupe el centro político no significa que se hayan abandonado propuestas o principios; al contrario, significa que esos principios y propuestas de izquierda se han convertido en un “sentido común”, en un horizonte de época unánime —con tanta fuerza de atracción, que a los que tenían posiciones de centro o de derechas, no les queda más que cambiar de posición “izquierdizándose”—, y al hacerlo, ha convertido a su vez a la izquierda en el “centro” de gravedad política.

¿Cuánto durará esta cualidad del campo político unipolar con variantes satelitales? Es difícil saberlo. En todo caso, esta traslación del centro político hacia la izquierda será lo que marque los debates políticos y sociales durante toda esta década.

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